PLANES DE FUTURO VIII
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid. 16 de diciembre de 2013
Aunque a Marga le hubiera gustado mantener una larga charla con Jorge después de que el hombre la besara, no fue posible por el momento. Uno de los primos del auror había irrumpido en el cuarto de baño y, después de mirarlos con extrañeza porque los había pillado aún abrazados, les comunicó que había novedades. Los sanadores afirmaban que el estado de doña Felisa seguía siendo muy grave. El hecho de que no hubiera empeorado eran buenas noticias.
Jorge se había dejado caer sobre una silla mientras una de sus tías intentaba consolarle. Marga no había sido presentada y no tenía ni idea de cómo se llamaban todas aquellas personas. Estaban tan nerviosos que ninguno parecía percatarse de su presencia. Marga observó que todos eran muy bulliciosos y habladores y sintió que Jorge estaba un poco fuera de lugar entre ellos. No parecían tener nada en común y, de cuando en cuando, les lanzaba miradas temibles, pero estaba claro que se entendía a la perfección con ellos.
Marga se quedó un poco apartada, esperando a que los ánimos se calmaran. La nube de primos se fue evaporando poco a poco y, cuando llegó la hora de comer, las tías le ordenaron que se fuera a comer algo. Jorge se resistió un poco, pero finalmente claudicó y se dirigió a la cafetería arrastrando los pies. Marga, por supuesto, fue con él.
— ¿Estás bien? —Preguntó con suavidad. Jorge, que estaba un poco ensimismado, se llevó un pequeño sobresalto. Después, se encogió de hombros—. No sabía que tuvieras una familia tan numerosa. ¿Puedo preguntar cómo se llaman tus tías?
— Puedes —No tenía pinta de querer seguir hablando, así que Marga alzó una ceja y él soltó un bufido—. Soledad y Candela.
— ¿Y tu madre?
Marga hizo la pregunta con cierto temor porque, durante el rato que había estado observando a la familia, se dio cuenta de que allí pasaba algo raro. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Jorge se envaró y la miró de reojo.
— ¿Por qué no ha venido?
Jorge se detuvo. Estaban a punto de llegar a la cafetería y a Marga lo encontró increíblemente alto cuando se plantó frente a ella. La barba incipiente y los ojos enrojecidos le daban un aspecto entre vulnerable e imponente.
— Te agradezco que hayas venido —Parecía costarle mucho pronunciar esas palabras. Jorge no era de los que daban las gracias. O pedían disculpas—. Pero no quiero hablar de mi madre. Ni ahora ni nunca.
Quiso preguntarle por qué, pero se dio cuenta de que sería un error. Al fin había conseguido acercarse a él y romper ciertas barreras que se le antojaron infranqueables durante mucho tiempo. No pensaba meter la pata. No después del beso.
— Entiendo —Jorge continuó caminado a buen paso. Marga tuvo la sensación de que aquel iba a ser un día muy largo—. Ya he visto que tienes un montón de primos.
— Cuando eran pequeñas, mis tías querían tener familias numerosas. Ya ves que lo han conseguido.
— ¿No tienes hermanos? —Jorge negó con la cabeza—. Mi familia también es bastante numerosa. Tengo dos hermanos y una hermana y un montón de sobrinos. Son todos muggles.
— ¿Cómo se han tomado lo de Iván?
Jorge parecía ansioso por cambiar de tema. Ya habían llegado a la cafetería y se acercaron a la barra para pedir algo de comer. Marga, que sonreía como una boba cada vez que se acordaba del niño, siguió hablando mientras se esperaban.
— Ya había comentado con ellos que pensaba ser madre, aunque les ha sorprendido un poco que finalmente haya optado por la adopción. Estaba tan obcecada en la idea de quedarme embarazada, que no me di cuenta de que hay un montón de niños que necesitan padres. Ahora me siento un poco tonta, teniendo en cuenta cuál es mi trabajo. De todas formas, están todos encantados y mis padres conocerán a Iván muy pronto. Pienso llevarlos a la casa de acogida esta misma semana.
— ¿Y los padres biológicos del crío?
Marga apretó los dientes. Cada vez que pensaba en esos desalmados, se estremecía de rabia.
— Intenté convencerles para que no renunciaran por completo a la custodia del niño. Les sugerí que siguieran visitándolo, que se tomaran su tiempo para acostumbrarse a las circunstancias, pero no me escucharon. De hecho, estaban bastante ansiosos por firmar toda la documentación. Dijeron que, puesto que no tienen un empleo, intentarán vender su casa y se cambiarán de ciudad.
— ¿Y el resto de familiares? ¿Cómo les explicarán la ausencia del niño?
— No tengo ni idea —El camarero acababa de servirles su comida y fueron juntos a ocupar una mesa—. Supongo que se inventarán alguna excusa, no sé. Aún estoy intentando convencerme de que ése ya no es mi problema. Y no es fácil, te lo aseguro. Me preocupa sobre todo Mateo. Algún día se hará mayor y, tal vez, querrá saber cosas sobre su hermano. Seguramente pase mucho tiempo hasta que ocurra, pero estoy dispuesta a facilitarles las cosas llegado el momento. Es muy injusto que esos padres hayan separado a los hermanos de esa forma. No me cabe en la cabeza.
— No todo el mundo es capaz de buscar el bien para sus hijos —Jorge apretó los dientes, como si supiera mejor que nadie de lo que estaba hablando—. Por suerte, Iván te ha encontrado a ti. Seguro que os va bien juntos.
Marga se quedó boquiabierta y, aunque ya era una mujer hecha y derecha y había recibido toda clase de piropos e insinuaciones a lo largo de su vida, las palabras del hombre lograron que se ruborizara un poco.
— Gracias, Jorge.
Para su sorpresa, Armero también se puso ligeramente colorado. Carraspeó, echó un vistazo a su alrededor y movió un poco la silla para acercarse más a ella. A Marga le sorprendió mucho que comenzara a hablar sobre lo ocurrido en el cuarto de baño.
— Lo de antes… —El auror carraspeó—. El beso.
— No irás a disculparte.
— ¿Qué?
— Espero que no estés arrepentido —Marga decidió dar un pasito adelante y le cogió una mano—. Porque sería una putada si lo estuvieras.
— ¿No estás molesta?
—Si lo estuviera, ya te habrías dado cuenta. Te lo aseguro.
— Tienes tu genio. ¿Cierto?
— No sabes cuánto.
Jorge sonrió y, seguidamente, se llenó la boca de comida. Marga sabía que estaba preocupadísimo por su abuela y que le estaba costando un montón quitársela de la cabeza, pero le alegraba poder ayudarle a olvidarse durante un rato de los problemas que tenía encima.
— Pensé que eras de una forma diferente, Margarita —Jorge habló a media voz—. Creo que ahora sí podré salir a tomar un café contigo.
— ¿Y con Iván? Porque dentro de poco, me resultará muy difícil encontrar tiempo libre para mí sola.
— Y con Iván.
Marga le dio una palmadita en la mano y siguieron con la comida. No tardaron demasiado en volver a la sala de espera, pero Jorge parecía mucho menos atormentado y más fuerte.
Marga se marchó a media tarde. Los sanadores fueron a hablar con la familia un rato después y no trajeron buenas noticias. Jorge vio como sus primos se iban retirando poco a poco y ya era noche cerrada cuando su tía Candela se sentó a su lado. Era la hermana mediana, tenía el pelo negro y encrespado y los ojos verdes y algo rasgados. Siempre se había parecido mucho a su madre y, durante años, Jorge sintió un arañazo en el pecho cada vez que la miraba. Estaba un poco entrada en carnes y era tan mandona como doña Felisa.
— Vete a casa, Jorge.
— Quiero estar con la abuela.
— Llevas aquí metido todo el fin de semana y necesitas descansar. Yo me quedaré esta noche.
— Pero tía…
— Nada de peros. Y no me hagas enfadar, Jorgito. Te vas a ir a casa, dormirás y mañana por la mañana te presentarás en el cuartel de aurores para informar de lo que ha pasado.
— No pienso ir a trabajar hasta que la abuela se recupere.
— Me parece bien. De todas formas, tendrás que avisar a tus superiores. Y afeitarte esa barba horrible. Pareces un vagabundo y a tu abuela no le gusta nada que vayas por ahí con esa pinta.
Jorge pensó en que las mujeres de su familia eran insufribles, pero asintió de todos modos. Desde niño, había aprendido que no era buena idea llevarles la contraria porque siempre terminaban saliéndose con la suya.
— Quiere que vaya a buscar a mi madre —Soltó la frase de sopetón y su tía se tensó de inmediato—. Le he prometido que lo haría.
— Entonces, tendrás que hacerlo.
— No me apetece demasiado tenerla rondando por aquí.
— A mí tampoco, pero da igual lo que nosotros queramos. La abuela desea verla y Maca es tan hija suya como la tía Sole y yo. Lo justo es que la informemos.
— Terminaremos discutiendo, tía. Siempre es igual.
— Ya lo sé, Jorge, pero a ver quién es el guapo que le lleva la contraria a la abuela. Con la mala uva que se gasta, es capaz de hechizarnos a todos. Aunque esté convaleciente.
Jorge sonrió. Sí, doña Felisa siempre había sido de armas tomar.
— Si la tía Sole y tú os quedáis con la abuela, iré a por ella mañana mismo.
— Pues claro que nos quedamos. Ni que hiciera falta que te pases todo el santo día en el hospital. Ya somos mayorcitas para ocuparnos de esto.
— Me siento más tranquilo estando aquí.
La tía Candela le dirigió una de esas miradas tiernas que habían sido tan habituales cuando era pequeño y le dio un abrazo fuerte y reconfortante. Aunque a veces renegara de la familia porque eran un atajo de escandalosos, a Jorge le gustaba estar con ellos. En ocasiones.
— ¿Sabes dónde está tu madre?
— Soy auror, tía. Hace años que la tengo localizada.
En algún lugar de la costa de Alicante. 17 de diciembre de 2012.
Macarena Armero había conseguido un empleo temporal en un pequeño restaurante cercano a la playa. En invierno no había mucho jaleo, pero la cocinera oficial estaba de baja por maternidad y Macarena llevaba muchísimo tiempo esperando esa oportunidad. Desde el mes de agosto no había encontrado ningún trabajo y empezaba a quedarse sin dinero. Con los años, había aprendido a apretarse el cinturón y a no malgastar ni un céntimo de euro. Se había llevado muchos disgustos y más de una vez tuvo que recurrir a la ayuda de su madre.
Doña Felisa siempre gruñía y la abroncaba, pero al final terminaba echándole un cable. Macarena sabía que lo hacía a escondidas de sus hermanas y, aunque le mosqueaba bastante la actitud de aquel par de Doñas Perfectas, poco a poco se había ido dando cuenta de que tenían sus motivos para actuar como actuaban. Después de todo, tanto Sole como Candela habían sido muy trabajadoras y responsables desde jovencitas. Jamás le habían dado un disgusto a su madre y doña Felisa tenía muchos motivos para sentirse orgullosa de las dos. Macarena, en cambio, sólo le había causado dolores de cabeza. Uno detrás de otro y desde que sólo tenía catorce años.
Había sido una adolescente caprichosa y egoísta. Con esa edad se había creído con derecho a todo y, harta de las normas de su madre y de los reproches de sus hermanas, se fugó de casa. Se consideraba muy mujer y durante un año vivió demasiado deprisa, hasta que se quedó embarazada y aquel tipo la dejó tirada. Entonces había vuelto a casa con el rabo entre las piernas y, aunque doña Felisa la acogió en su hogar, impuso nuevas reglas.
Macarena estuvo a gusto durante los meses del embarazo. Después de dar tumbos por ahí durante tanto tiempo, la tranquilidad de su casa de Sevilla era bienvenida. Retomó los estudios de magia que había dejado abandonados para irse a hacer el idiota y se sintió muy feliz cuando nació Jorge. Era como un muñequito al que adoraba y quería más que a su vida pero, pese a sus buenas intenciones y al amor que sentía por él, no sabía muy bien cómo arreglárselas.
Su madre se pasaba el día regañándole. Que si no la ayudaba en las tareas domésticas, que si no sacaba buenas notas en la escuela de magia, que si no era capaz de cuidar de Jorge como era debido. Macarena aguantó estoicamente hasta que conoció a aquel brujo de Santander. Se llamaba Fausto, era guapísimo y daba unos besos de muerte. Maca, que había conseguido un trabajo de media jornada en la tienda de mascotas del barrio mágico, se quedó prendada de él y no dudó a la hora de irse a Santander con Jorge. Doña Felisa protestó, pero ella era mayor de edad y no le hizo ningún caso.
Para bien o para mal, lo suyo con Fausto no funcionó y fue ahí cuando empezó a dar tumbos. Con un niño de menos de tres años y sin trabajo, Maca se recorrió media España buscando empleos temporales y conociendo hombres. Hasta que llegó Ginés y le ofreció un poco de estabilidad en su residencia barcelonesa.
Maca nunca había podido perdonarle a su madre que le quitara a Jorge. Doña Felisa se había negado a entender que Ginés era una buena persona y no quiso creerla cuando le aseguró que nunca volvería a ponerle una mano encima al niño. Fue humillante y doloroso tener que dejarle ir, pero sabía que no podía hacer nada para luchar contra su madre y sus hermanas. Cada vez que podía, visitaba a Jorge, pero el niño dejó de ser el de siempre. Maca sabía que en Sevilla estaban volviéndolo en su contra y la distancia entre ellos fue cada vez más insalvable. Tanto era así que ni siquiera quería verla.
Ya era un hombretón. Maca sabía que era auror y que tenía un carácter de los mil demonios. La última vez que se acercó a él fue cinco años antes, en pleno barrio mágico madrileño. Aún se acordaba de la mirada despectiva de Jorge, como si la considerara peor que a un insecto. Maca le había escrito muchas veces, ansiosa por recuperar la relación perdida tantos años antes, pero no era fácil. Su Jorge era un rencoroso de mucho cuidado.
Tal vez porque no se esperaba para nada que él fuera a verla por voluntad propia, el corazón se le quedó parado cuando lo vio detrás de la barra del restaurante. Una de las camareras le había dicho que la buscaban y Maca pensó que se trataría de alguna de sus amistades muggles.
— Jorge —Se quitó el mandil, plantándose frente a su hijo en un abrir y cerrar de ojos. Pese a saber que no sería bien recibido, le dio un abrazo—. ¿Cómo estás, cariño? ¿Estás bien?
Aunque el hombre estaba más tieso que un palo, se dejó hacer. De niño, Jorge había sido muy afectuoso. En Sevilla se lo habían estropeado.
— Tienes buen aspecto. ¿Sigues trabajando como auror?
— No he venido para hablar sobre mí —Espetó con sequedad, logrando al instante que Maca se alejase de su lado—. La abuela me ha enviado a buscarte. Por eso estoy aquí.
— ¿La abuela?
— Está enferma y quiere verte —Jorge se alejó un paso de ella y la miró con frialdad, como si estuviera hablando con alguien totalmente ajeno—. Me da igual lo que quieras hacer. Te vienes conmigo a San Mateo ahora mismo. Quiero que se quede tranquila.
Maca quiso protestar, quiso decirle a ese desconsiderado que no podía hablarle de esa forma, no después de tantos años separados, pero se quedó sin voz. Además, su madre estaba enferma. Últimamente se carteaban bastante a menudo y doña Felisa tenía las puertas abiertas a una reconciliación definitiva, pero no era fácil. Habían pasado demasiadas cosas en el pasado y Maca no se sentía con fuerzas para olvidarlo todo.
— ¿Qué le ha pasado?
— Tiene una infección sanguínea. Los sanadores la están tratando, pero de momento no han obtenido resultados positivos. Podría morirse en cualquier momento.
— ¿Qué dices? No puede ser.
— No finjas que te importa. A ti siempre te ha dado igual lo que le pase.
Maca sintió como si le acabaran de lanzar una maldición mortal. Jorge tenía los dientes apretados con rabia y no la miraba a la cara. Parecía ser incapaz de hacerlo. Resultaba inmensamente doloroso que la relación con su hijo se viera reducida a aquello. Ella siempre había querido a su niño. Siempre.
— Ni digas eso. Claro que me importa.
— ¿Nos vamos ya? No quiero seguir perdiendo el tiempo.
Maca se quedó inmóvil un instante y finalmente asintió. Le asustaba un poco lo que le esperaba en Madrid, pero intentaría afrontarlo con entereza.
Hospital Mágico de San Mateo. Por la tarde.
En la pequeña sala de espera, saltaban chispas. El estado de doña Felisa seguía sin cambios y sus familiares no podrían pasar a verla hasta una hora más tarde. Sole y Candela estaban sentadas en un extremo de la habitación, intercambiando miradas repletas de rencor con Macarena. Cuando Jorge la había llevado hasta allí, le hablaron sobre el estado de salud de su madre y, desde entonces, no se habían dirigido la palabra. Unos cuantos primos se habían pasado para preguntar, pero el único que llevaba toda la tarde con ellas era Jorge.
No había sido agradable viajar hasta Alicante. Después de visitar el Ministerio de Magia y de que en el cuartel de aurores no le pusieran ninguna pega para que acompañara a su abuela durante su enfermedad, Jorge había estado de buen humor. El simple hecho de ver a su progenitora, había convertido su carácter en una nube negra que no le dejaba respirar con tranquilidad. Macarena le miraba de cuando en cuando, con una extraña ansiedad presente en sus ojos, pero él prefería ignorarla. No quería escuchar nada de lo que tuviera que decirle. Ya le había fallado demasiadas veces a lo largo de su vida y hacía mucho que no era un chaval idiota y confiado. Había dejado de creer en las promesas y buenas intenciones de aquella mujer.
— Buenas tardes —Jorge dio un respingo y no tardó en reconocer a la sanadora Amaia Vilamaior. Llevaba tratando a su madre desde el principio y era una gran profesional. Además, su carácter tranquilo y amable ayudaba a calmar a sus tías—. Les traigo buenas noticias. Parece que la infección está remitiendo y doña Felisa acaba de despertarse.
Las tres hermanas Armero se pusieron en pie al mismo tiempo. Jorge estaba muy cerca de la sanadora, mirándola con los ojos muy abiertos y loco de contento.
— Dos de ustedes pueden pasar a verla. Si su evolución sigue siendo positiva, pronto podremos trasladarla a una habitación.
A Jorge le hubiera encantado ser el primero en ver a su abuela, pero sabía que sus tías se morían de ganas de hacerlo. Se hizo a un lado, renunciando a aquel privilegio sin necesidad de decir una palabra, y se quedó pasmado cuando escuchó a la tía Sole hablar. Era tan morena como sus hermanas, pero tenía los ojos negros y no se parecía físicamente a ellas.
— Pasad vosotras. A mí no me importa esperar y mamá quería verte, Macarena.
Las otras dos mujeres se quedaron heladas. Hubo un par de protestas, pero finalmente abandonaron la sala de espera en compañía de la sanadora Vilamaior.
— Tendríais que haber ido la tía y tú —Afirmó con decisión—. Ella no tiene derecho.
— No se trata de derechos, Jorge. La abuela quería ver a tu madre y no hay más que hablar —Soledad consultó la hora—. Me voy a tomar un café mientras están dentro.
Jorge la hubiera acompañado, pero Margarita Vázquez acababa de llegar. Se alegró muchísimo al verla allí y no pudo evitar dedicarle una sonrisa. Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.
— ¿Cómo está tu abuela?
— Acaba de despertarse. Los sanadores dicen que está mucho mejor.
— Me alegro muchísimo. ¿Os han dicho cuándo podrá volver a casa?
— Depende de cómo evolucione, pero estoy seguro de que vamos a pasar las Navidades en Sevilla. Mi abuela es una mujer muy fuerte. Ya verás.
Jorge se sentía extraño, como si volviera a ser un crío y estuviera indefenso. Marga titubeó un instante antes de abrazarle y él estuvo encantado cuando se tomó la libertad de besarle. Fue un roce de labios consolador y tierno y Jorge enterró una mano entre sus rizos oscuros mientras la miraba a los ojos.
— ¡Joder, Margarita! ¡Cuántas ganas tengo de tomarme ese café contigo!
Ella se rió y le besó de nuevo. El día no podía terminar mejor para el auror Armero.
Y la cosa sigue avanzando. Ya queda poco para el final, así que preparaos. Besetes y hasta el próximo.
