PLANES DE FUTURO IX
Ministerio de Magia, Madrid. 18 de diciembre de 2013.
Juanjo no tenía absolutamente nada que hacer. Había llegado al cuartel de aurores tan puntual como siempre y se había encontrado con que Armero no estaba allí. El día anterior también faltó al trabajo y, aunque había preguntado por ahí, lo único que sus compañeros hicieron fue tenerlo de recadero durante todo el santo día. Si Armero no llegaba pronto, pensaba ir a quejarse a su tío. Estaba harto de que ese idiota le insultara y, para colmo, no cumplía con su deber. Alguien debía tomar cartas en el asunto. Y debía hacerlo pronto.
— Señor López.
Reconoció de inmediato la voz de su tío. A veces encontraba un poco estúpido que le llamara por su apellido, aunque era perfectamente comprensible que no le tratara con la misma familiaridad que utilizaba en casa. Se suponía que era un auror más, que no habría favoritismos y todo ese rollo. A Juanjo le frustraba que su tío se negara a darle un trato especial porque eran familia y, además, el enchufismo estaba a la orden del día. O eso era lo que le gustaba pensar a él.
— Buenos días, señor —Dijo, poniéndose en pie y controlándose para no llamar tío a su superior, quien venía acompañado por una mujer de barriga prominente que debía estar a punto de dar a luz. Lo más curioso era que llevaba puesto un uniforme de auror. ¿Acaso se permitía que las preñadas se dedicaran a tan peligrosa profesión?
— Su compañero, el auror Armero, solicitó ayer una baja laboral porque tiene algunos problemas familiares que resolver. Puesto que no puede quedarse sin supervisión, la auror Rocío García-Callejón. Estará a sus órdenes hasta nuevo aviso.
Sin añadir nada más, su tío se dio media vuelta y se alejó a buen paso. Juanjo hubiera protestado, pero estaba demasiado impresionado. ¿Qué era esa tontería de que estaba al cargo de esa parturienta? Era una estupidez. Estaba seguro de que esa mujer sería incapaz de lanzar un hechizo medianamente decente y dudaba que fuera capaz de enseñarle algo. Si Armero, que era un tipo imponente, estaba resultando ser un maestro del todo decepcionante, nadie con dos dedos de frente esperaría gran cosa de esa tal Callejón. Además. ¿No había un alto cargo ministerial que se apellidaba así? Seguro que, además, de preñada, esa mujer era una enchufada.
— Te llamas Juanjo. ¿Cierto? —La Callejón acababa de hablarle, extendiendo una mano en su dirección. El joven la estrechó por una mera cuestión de cortesía—. Encantada de conocerte.
— Sí, ya —El chico habló con desdén y Rocío alzó una ceja.
— ¿Cuánto tiempo has estado bajo la supervisión de Armero? —Preguntó. Su tono sonó un poco menos amable.
— No sé. Un par de semanas, tal vez. Pero no me ha enseñado gran cosa, la verdad.
— ¿Y eso?
— Lo único que hemos hecho ha sido patrullar por ahí. No hemos entrado en acción ni una sola vez. Aunque es normal, claro. Después de dos años encerrado en la oficina, no me extraña que se haya vuelto un poco incompetente.
— ¿Te parece que Armero es un incompetente? —La Callejón parecía claramente sorprendida por esa revelación. Juanjo se había dado cuenta de que aquel idiota no tenía demasiados amigos entre los aurores y le pareció que podría ser buena idea practicar el noble arte del cotilleo.
— Muy listo no debe ser, teniendo en cuenta lo que hizo para que le suspendieran y le mandaran al archivo. Además, es incapaz de reconocer a un sospechoso cuando lo tiene delante. Una vez, defendió a uno de esos quinquis.
— Quinquis.
— Ya sabes, esos tíos que van por ahí con un montón de piercings y vistiendo ropa barata. Armero no quiso que lo detuviéramos y seguro que después estuvo robando por ahí o algo.
Rocío le dirigió una mirada extraña. Jorge no tenía forma de saber que estaba pensando que era un idiota tremendo. Se quitó la bufanda que llevaba enredada en el cuello e hizo uso de la varita para conjurar un par de archivadores.
— Puesto que aseguras que Armero no te ha enseñado nada, me aseguraré de que empieces a aprender desde abajo. Quiero que organices todos estos expedientes por fechas y orden alfabético. Tienes hasta medio día para hacerlo.
Sin darle tiempo apenas a reaccionar, Rocío se alejó del chico y fue hasta su mesa. Domínguez, un auror de gran experiencia en el cuerpo, no tardó en acercarse a ella con una sonrisilla en los labios.
— ¿Qué me dices? ¿Armero exageraba?
Armero se quedaba muy corto. Rocío miró a Juanjo López y negó con la cabeza. Domínguez soltó una risita y se cruzó de brazos.
— MiniLópez nos va a traer más de un problema, ya verás. He visto a unos cuantos como él y va a costar enderezarlo.
— Pues tendremos que hacerlo entre todos.
— Cierto. Lástima que ese imbécil de Armero no esté aquí para cargarle el muerto.
Domínguez se fue. Rocío tomó aire y sintió como su bebé le daba una patadita. Tendría que pasarse el día vigilando a MiniLópez y tenía la sensación de que no sería agradable. No le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón y cumplir con su deber.
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid. 18 de diciembre de 2013.
Jorge tuvo la oportunidad de pasar a ver a su abuela al mediodía. Doña Felisa seguía evolucionando favorablemente y los sanadores afirmaban que seguramente la llevarían a una habitación en un par de días. Aunque podían entrar a la unidad de cuidados intensivos de dos en dos, Jorge se había quedado momentáneamente solo en el hospital. Sabía que sus tías y su madre estaban reunidas en la casa de Sevilla, tratando temas de vital importancia para la familia.
Antes de entrar, tuvo que someterse a un par de hechizos de limpieza y desinfección. Por lo general, nunca permitía que nadie alzara la varita contra él, pero no quería montar una escena en el hospital. Sabía que era un procedimiento habitual, pero no le gustaba enfrentar situaciones como aquella. En cualquier caso, el mal trago mereció la pena porque pronto estuvo frente a su abuela.
Estaba pálida y parecía indefensa, pero era una considerable mejoría habida cuenta del lamentable estado que había presentado en los últimos días. Jorge no recordaba haber visto a su abuela enferma nunca y el alivio que sentía sólo podía equipararse a la angustia que había atenazado su cuerpo en las últimas jornadas.
— ¡Jorgito! —Su abuela sonrió, claramente contenta de verle. Jorge le cogió una mano y le dio un beso en la frente, totalmente desarmado por sus ojos llorosos.
— ¿Te encuentras bien, abuela? Los sanadores dicen que estás mejor.
— Estoy muy cansada, pero no te preocupes. Pronto volveré a dar guerra.
— Eso espero. Tienes que volver a casa antes de Nochebuena. No será igual si no puedes preparar tu pollo relleno y esa salsa de cebolla que está tan rica.
— No me hables de comida, hijo. Esos matasanos no me dejan probar bocado y estoy hambrienta.
— No te quejes. Los sanadores saben lo que se hacen.
— Y me lo dices tú, que me montabas una escena cada vez que te traía al hospital.
Jorge le besó la mano, ansioso por sentir el calor en su piel. Deseaba asegurarse de que realmente estaba viva y era la de siempre.
— Me diste un buen susto, abuela. Cuando fui a tu casa y vi que no te despertabas.
— Seguramente me desmayé, pero no me acuerdo de nada. Llevaba un par de días un poco afiebrada.
— ¿Y no me dijiste nada? O a las tías.
— No puedo estar molestándoos constantemente con mis achaques. Ya tengo una edad, Jorgito.
— Me da igual que tengas una edad. Tendrías que habernos avisado —Molesto con la anciana por haberse callado, Jorge tomó una decisión—. Me voy a ir contigo a Sevilla. No puedes vivir sola.
— Ni hablar. No necesito una niñera.
— Estás enferma, sí que la necesitas. Y si tú eres terca, ya sabes que yo lo soy aún más. Me voy a ir contigo y no se hable más.
Doña Felisa intentó mirar a su nieto con rencor. Nunca le había gustado que los demás decidieran en su lugar, pero no podía estar enfadada con Jorge. De hecho, le estaban entrando unas ganas tremendas de achucharle.
— ¡Cuánto te he malcriado, hijo!
— Sabes que siempre has sido una abuela muy estricta —Jorge sonrió con cierta socarronería—. Me tenías atado bien en corto.
— Sí —Doña Felisa cerró los ojos un instante, como si su mente hubiera viajado muy lejos de allí—. Contigo y con mis hijas.
— Las tías siempre dicen que me criaste exactamente igual que a ellas. Al principio pensaron que serías más permisiva, pero se equivocaron.
— Me temo que nunca he sabido hacer las cosas de otro modo —La anciana miró a su nieto y le acarició la cara—. Aunque me cueste reconocerlo, me equivoqué muchas veces. Sobre todo con tu madre.
Jorge se tensó de inmediato y, aunque su instinto le hizo dar un paso atrás, su abuela le apretó la mano y no le permitió huir como siempre hacía.
— Gracias por avisarla, hijo. Necesitaba verla.
— Te prometí que la traería y es lo que he hecho. No tienes nada que agradecer.
— Gracias de todas formas —Doña Felisa dejó caer la mano que había elevado hasta el rostro del hombre—. ¿Has hablado con ella?
— No tenemos nada de qué hablar.
— Pues yo creo que sí. Hace mucho tiempo que tu madre intenta acercarse a ti.
— Como te he dicho otras veces, es tarde. Debió pensarse las cosas hace mucho tiempo, no ahora que se está haciendo mayor y no puede seguir llevando el ritmo de vida de su juventud.
— No lo hace por eso, Jorge. ¿Es que no has leído ninguna de sus cartas?
— No me interesan.
— Tu madre te quiere. Dale una oportunidad de demostrártelo.
Jorge se envaró. Nunca había creído que esa mujer le quisiera en lo más mínimo y no pensaba cambiar de opinión ahora que ya no necesitaba ni su cariño ni su compañía.
— Esa mujer sólo se quiere a sí misma. Si me hubiera querido, jamás habría consentido que ese cabrón de Ginés me pegara. Pero él le importaba más que yo y no hizo nada para que me quedara con ella en Barcelona. Debió dejarlo y venirse conmigo. No me quiso entonces y no me quiere ahora.
— Tu madre era muy joven entonces, Jorge. No es que no te quisiera, es que no sabía cómo quererte.
— ¿Esa es su excusa? ¿La juventud?
Doña Felisa se dispuso a decir algo más, pero el cansancio más absoluto hizo mella en su ánimo. Suspirando, giró la cabeza hacia un lado y cerró los ojos. Jorge pensó que le ocurría algo malo y se inclinó sobre ella con preocupación.
— Abuela. ¿Te sientes mal?
— No quiero discutir. Necesito dormir.
— Claro. Descansa todo lo que quieras.
— Pero no te creas que esta charla ha terminado. Tenemos que aclarar las cosas.
— Cuando estés mejor.
— Sí, hijo. Cuando esté mejor.
Doña Felisa cayó rendida. Jorge la observó durante unos cuantos minutos más y alguien del personal de San Mateo le comunicó que era hora de marcharse. Les había prometido a sus tías que pasaría la tarde lejos del hospital, pero no pensaba irse hasta que no llegara alguien de la familia. Se tomó un tentempié en la cafetería para hacer tiempo y se llevó una sorpresa de lo más desagradable cuando, media hora después, su madre se plantó a su lado.
— Jorge, cariño. ¿Has visto a la abuela?
— He estado con ella un buen rato.
— ¿Está bien?
— Hemos estado hablando, pero necesita descansar. Creo que sí está bien.
— Me dejas más tranquila.
— Ya —Jorge echó un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde están las tías?
— Hemos acordado que yo me quedaré esta noche en el hospital. Tenían que solucionar algunas cosas, pero se pasarán a media tarde.
Nuevamente, el auror Armero se tensó. Sus tías se habían vuelto locas de remate, no le cabía la menor duda.
— Si ellas no pueden, no hace falta que te quedes tú. Yo lo haré.
Macarena apretó los dientes y, aunque cada vez que estaba junto a su hijo se mostraba muy tranquila y prudente, aquel comentario la molestó muchísimo.
— Sé que no tienes un buen concepto de mí, pero te aseguro que soy capaz de cuidar de mi madre durante unas horas.
— Perdona que lo ponga en duda porque, por lo que sé, en tu vida te has ocupado de nadie más que de ti misma.
— No me hables así, Jorge. Estás siendo muy injusto conmigo.
— Te estoy diciendo la verdad, puesto que nadie más parece capaz de hacerlo —Jorge se acercó a ella, ignorando la mirada de dolor que recibía a cambio de sus palabras—. No tendrías que estar aquí. Yo no te quiero aquí. Puedo entender a la abuela, pero no sé por qué las tías insisten en tratarte como si fueras una más de la familia. No tienes ningún derecho a invadir nuestras vidas. Estamos mejor cuando estás lejos.
— Ya basta, Jorge. Cállate.
— Por supuesto que me voy a callar. Voy a hacer más que eso. Me largo de aquí. No soporto estar bajo el mismo techo que tú.
Sin más, se dio media vuelta y se fue dando grandes zancadas. Sólo entonces se percató de que el corazón le estaba latiendo a gran velocidad. Estar cerca de Macarena siempre le alteraba muchísimo, pero nunca tanto como en esa ocasión. Tenía grandes deseos de liarse a maleficios con el primero que se le cruzara. Era plenamente consciente de que estar tan alterado no le hacía ningún bien. No quería perder los nervios por completo y necesitaba encontrar una forma de relajarse y recuperar el control de sus actos. Cerrando los ojos, suspiró y se apareció en aquel lugar casi por instinto.
Casa de acogida, Madrid. Ese mismo día.
Iván estaba muy contento. Todavía echaba muchísimo de menos a sus papás y a Mateo y no terminaba de entender aquello de que se iba a pasar mucho tiempo alejado de ellos, pero le alegraba un montón saber que pronto se iría a vivir con Marga. Era muy guay estar con ella porque era la persona bruja más divertida de todo el mundo y cuidaba de él siempre, siempre. Marga le había dicho que estaba rellenando un montón de papelotes y que pronto, muy pronto, se marcharían juntos. Iban a vivir en Madrid y Marga estaba preparando la mejor habitación que un niño mago podría tener jamás. A Iván le costaba un poco entender esas cosas de la magia, pero era bueno saber que todo lo raro que le ocurría a veces no era culpa suya. Marga le había dicho que cuando fuera más mayor tendría una varita y podría hacer hechizos y otras cosas geniales.
Marga también le había hablado de su familia. Puesto que iban a vivir juntos para siempre, Iván tendría que conocer a los papás de Marga, a sus hermanos y a todos sus sobrinos. Le había dicho que había un montón de niños que podrían ser como sus primos y a Iván le hacía mucha ilusión porque, hasta ese entonces, únicamente tenía ocasión de jugar con su hermano Mateo. Iván lo extrañaba muchísimo y sabía que tampoco podría verle pronto, pero prefería concentrarse en cosas más divertidas.
Como los columpios mágicos que había en aquella casita repleta de niños gritones y adultos mandones. Pepón, que era una especie de abuelo muy simpático, le estaba vigilando atentamente mientras se tiraba por el tobogán. A Iván siempre le habían gustado los toboganes y se lo estaba pasando en grande aunque hiciera frío.
— ¡Eh, zagales! —Pepón había dado aquella voz de forma repentina. Los gemelos se estaban tirando de los pelos un poco más allá, pero Iván no les hizo caso porque siempre se peleaban—. ¡No hagáis eso, criaturas!
Pepón se alejó unos metros. Iván, que estaba en lo más alto del tobogán, dudó si tirarse o no tirarse. Lo primero tenía pinta de ser más divertido, así que se impulsó con los brazos y gritó mientras descendía a toda velocidad. Cuando llegó al suelo, se dispuso a correr para hacerlo otra vez, pero entonces vio a aquel señor tan alto. Acababa de aparecerse ante sus mismísimos ojos e Iván estaba tan alucinado que quería preguntarle. Así pues, no dudó a la hora de acercarse a él.
— ¡Hola! —Exclamó—. ¿Cómo has hecho eso?
El señor alto lo miró desde allí arriba y apretó los labios un instante. Iván le tuvo un poco de miedo, pero entonces se acordó de que repartía caramelos, era un policía de los magos que atrapaba malos y, lo más importante, era amigo de Marga. No podía ser peligroso ni nada. A lo mejor un poco gruñón.
— ¿Qué?
— No estabas y. ¡PUM!
— ¡Oh! Me has visto aparecerme —Iván asintió efusivamente—. Es algo que todos los magos podemos hacer. Cuando seas más mayor, tú también lo harás. Es como cuando Marga te coge en brazos y vais de un sitio a otro.
— ¿Sí?
— Pues claro que sí.
Iván le miró fijamente. Sí que se había aparecido con Marga alguna vez y la sensación no le gustó mucho. Así pues, optó por cambiar de tema.
— ¿Tenes la varita?
— Un mago siempre lleva la varita consigo, Iván. Es una de las primeras cosas que tienes que aprender.
— Yo no teno.
— Porque eres pequeño. Cuando tengas edad suficiente, Marga te comprará una.
— ¿Sí?
— Sí.
— Y haré magia y ataparé a los malos. Como tú.
— Sólo los aurores podemos atrapar a los malos. Y no es fácil hacerse auror.
— ¿Poqué?
— Porque hay que ser muy listo y estudiar un montón durante mucho tiempo.
— ¡Iván! —Pepón acababa de llegar junto a ellos. Parecía un poco alarmado, tal vez porque no estaban demasiado acostumbrados a recibir visitas de extraños. Cogió al niño por los hombros y lo acercó a su cuerpo—. ¿Qué estás haciendo?
— Hablo con este señor tan alto. Es auror.
— Pues se acabó la cháchara. Es hora de entrar.
— ¡Jo!
— Vamos, zagal. Hay chocolate para merendar.
La expresión cariacontecida del chiquillo se transformó en una de absoluta felicidad. Chocolate para merendar y, después, visita de Marga. Porque Marga siempre iba a verle después de merendar y, además, esa tarde iría con sus papás para que Iván los conociera y, así, luego ir a jugar a su casa de un sitio nuevo que se llamaba Extremadura. Le dijo adiós a Jorge con una mano y salió corriendo. El auror correspondió a la despedida y estuvo a punto de sonreír.
— ¿Puedo ayudarle? —Pepón se había cruzado de brazos y parecía estar alerta.
— Me llamo Jorge Armero. No sé si se acordará de mí, pero hace unos días estuve aquí con Margarita Vázquez. Conozco a Iván y me apetecía verlo.
— Entiendo. ¿Marga sabe que está usted aquí?
— No le he dicho nada, pero estoy seguro de que no le importará. Somos amigos.
— Ya —Pepón se pasó una mano por la nuca. Jorge no creía que cualquiera pudiera entrar en esa casa, así que el hombre debía estar decidiendo si invitarlo a entrar o no—. No me lo tome a mal, pero no acostumbramos a recibir a desconocidos. La rutina de los niños puede verse alterada y los pobres ya tienen bastante encima como para… Ya me entiende.
— Claro, lo entiendo perfectamente. No se preocupe.
— Hablaré con Marga. Si ella autoriza sus visitas, estaré encantado de dejar que vea a Iván.
— Si me hace el favor de decirle que he venido.
— Lo haré, señor Armero.
Jorge se despidió de Pepón y volvió a desaparecerse, escogiendo su casa de Madrid como destino definitivo. Aún se sentía abrumado tras lo acontecido en el hospital, pero charlar con Iván le había sentado muy bien. Mejor de lo que esperaba.
Extremadura. Por la noche.
— ¿Y bien? ¿Qué os aparecido?
Juliana y Honorio intercambiaron una mirada. Ambos eran bastante mayores y tenían el pelo del mismo tono grisáceo, algo que a Marga siempre le había llamado la atención. A pesar de su edad avanzada, siempre decían que les quedaba cuerda para rato y demostraban una energía impropia cuando se ponían a cuidar de los nietos. A esas alturas, eran una docena. Iván sería el número trece. O el doce más uno, como decía su supersticioso padre emulando a cierto campeón del motociclismo mundial.
— Es un encanto de niño, Margarita —Juliana apretó el hombro de su hija con aprobación. Siempre había querido que su brujilla le diera nietos tan brujillos como ella y, aunque no se había esperado lo de la adopción, sabía que no tardaría nada en encariñarse con el pequeño Iván—. Aunque no estamos muy seguros de si seremos capaces de bregar con desastres mágicos a nuestra edad. Debiste hacer como Clarita y tener hijos antes.
— No empieces con eso, mamá. He decidido tener hijos cuando me he sentido preparada.
— ¡Pero has tardado tanto!
— Mamá…
— Y que conste que me dejas con las ganas de verte vestida de blanco. ¿Seguro que no has encontrado a nadie con quién sentar cabeza?
Normalmente, Marga siempre negaba efusivamente y se reía. En esa ocasión, se quedó un poco cortada y se ruborizó. Juliana abrió mucho los ojos y se llevó las manos al pecho.
— ¡Ay, hija! No me digas que…
— ¡Mamá!
— Al fin, cariño.
— Que no seas pesada, mamá. Sigo sin querer casarme. Confórmate con Iván.
Juliana puso morritos y Honorio soltó una de sus risas broncas y la estrujó entre sus brazos. Comparado con su esposa, estaba hecho un tirillas, pero siempre se las arreglaba para acaparar todo su cuerpo. Marga sabía que iban a seguir metiendo baza y que terminaría mosqueándose con ellos, así que le alegró que le sonara el móvil. Pensó que sería Clara, pero la pantalla del aparato reflejaba un número de teléfono desconocido.
— ¿Marga?
— ¿Jorge? —Aquella llamada no podía ser más inesperada y se le notó en la voz—. ¿Pasa algo?
— No quiero molestarte… —La voz de Armero sonaba rota. Marga empezó a preocuparse porque nunca le había escuchado hablar de esa manera—. ¿Puedes venir al hospital? Necesito… Quiero que…
— ¿Qué pasa, Jorge?
— No quiero estar solo. Mi abuela se ha muerto y yo… Estaba bien esta tarde, pero… Se ha muerto, Margarita.
A Marga se le paró el corazón y no sólo por la mala noticia. Jorge Armero estaba llorando y afirmaba necesitarla. A ella.
— Voy para allá ahora mismo, Jorge.
— Por favor.
Colgó el móvil y miró a sus padres. No necesitó decir nada para que ellos comprendieran que ese tal Jorge era alguien muy importante en su vida. Especial.
SEPARADOR
Y aquí paro por hoy. ¿A que soy mala? Me ha costado un poco matar a doña Felisa, pero al final me he decidido por lo que acabáis de ver y estoy contenta con el resultado. ¿Qué os parece? ¿Os ha pillado de susto o ya imaginabais algo así?
