PLANES DE FUTURO X


Residencia de Juanjo López, Madrid. 19 de diciembre de 2012.

— Buenos días, Juanjo —El auror López le dio un breve abrazo a su hermano y alzó una mano para saludar a su cuñada, que estaba trajinando en la cocina—. Paqui, no sé qué estás preparando, pero huele muy bien.

— Es cocido. ¿Quieres quedarte a comer?

— En realidad voy a estar muy ocupado durante todo el día. Y vuestro hijo también. ¿Dónde se ha metido?

— Sigue en la cama —Comentó Juanjo mientras caminaba detrás de su hermano.

— ¿En la cama? ¡Pero si es más de mediodía!

— También es su día libre. Quiere aprovecharlo para descansar.

— Pues ayer le dejé bien clarito que teníamos cosas que hacer. Paqui, ¿te importaría despertarlo?

La mujer se quedó parada un instante, pero finalmente asintió y salió disparada por el pasillo. Su marido tenía el ceño fruncido y miraba al auror con mala cara.

— Dale un respiro. ¿Quieres? Se está esforzando muchísimo. Por un día que vaguee un poco, no pasa nada.

— Lo que el chico está haciendo es tocarme la moral, te lo aseguro, pero ya me encargaré de enderezarlo.

— ¿No estarás exagerando?

— Llevo muchos años en el cuerpo y tu hijo es un tocapelotas de mucho cuidado. Por suerte, también es joven y estamos a tiempo de arreglarlo. Siempre y cuando me haga caso, aunque parece que sigue empeñado en hacer lo que le da la gana. Le dejé muy claro ayer que fuera puntual.

— ¿Dónde vais?

— Tenemos el funeral. La abuela del auror encargado de instruir a tu hijo ha muerto. Nos pasaremos por el tanatorio e iremos al entierro.

— ¿La abuela de Armero? ¿Juanjo ha dicho que iría contigo?

— Le dije que se preparara.

— Pero si Armero es un imbécil y Juanjo no lo traga. No creo que quiera ir contigo.

— No se trata de si quiere o si no quiere. Lo correcto en estos casos es que los compañeros vayan a mostrarle sus condolencias al auror afectado. Ahora forma parte de algo mucho más grande que sus intereses personales.

— No puedes obligarle a ir.

— Sí que puedo. Y tú no te metas. Si quieres que el chico se adapte a su nueva profesión, será mejor que me dejes que yo maneje el asunto.

Juanjo López se disponía a protestar. Siempre había pensado que su hermano le echaría una mano a su chaval, no creía que fuera a putearle de aquella manera. Porque para eso estaba la familia, para ayudarse los unos a los otros.

— ¡Tío! —El chico se estaba frotando los ojos—. ¿Qué pasa?

— Ni tío ni nada. ¿Qué te dije yo ayer?

— ¿Ayer?

— Tenemos que ir a Sevilla, Juan José. Haz el favor de vestirte de una vez. Nos vamos inmediatamente.

— ¿Sevilla? ¿Es que estabas hablando en serio?

— ¡Pues claro que hablaba en serio! ¡Date prisa, coño!

Juanjo López hijo agitó la cabeza y, aunque sintió deseos de mandar a su tío a freír monas, optó por obedecerle. Cuando el jefe de aurores se ponía en ese plan, lo mejor era no llevarle la contraria. Incluso si estaban en su propia casa y en su día libre. Se dio media vuelta, prácticamente chocando con su madre, y le dirigió una mirada desesperada. Paqui, que no se había enterado de nada, miró a su cuñado.

— ¿Ha ocurrido algo en el Ministerio? ¿Alguna emergencia?

— ¡Qué emergencia y qué ocho cuartos! Tu hijo y yo nos vamos de viaje.

— ¿Hoy?

— La abuela de Armero se ha muerto —Intervino Juanjo—. Mi hermano quiere llevárselo al funeral.

— ¡Pero si Armero se lleva fatal con el niño!

El auror López se tragó las palabras. Estaba harto de la actitud de aquellos tres. A veces le daban ganas de presentar la renuncia y dedicarse a una vida más tranquila. Tal vez podría irse de profesor a la Academia de Aurores. Juanjo ya no estaba allí y no creía que ninguno de sus otros sobrinos quisiera seguir sus pasos. Sí, allí estaría a gusto, sin hermanos que se pasaran la vida intentando convencerle para que fuera más permisivo con aquel maldito crío.

Finalmente, después de unos minutos de espera y de un pequeño rifirrafe, López se llevó a su sobrino a Sevilla. Juanjo se quejó porque no le había dejado desayunar, pero el hombre hizo oídos sordos a sus protestas. Ya había tenido suficiente por un día.


Sevilla. Un poco más tarde.

Jorge necesitaba unos minutos para respirar. Llevaba desde la noche anterior allí metido, recibiendo a familiares y a amigos de su abuela, y estaba cansado. Aún no había terminado de asimilar lo sucedido. Sólo podía pensar en lo restablecida que había parecido doña Felisa por la tarde y en lo rápido que se había ido para siempre. Ahora estaba metida dentro de una caja de madera y pronto sería incinerada. La abuela había querido que arrojasen las cenizas al Guadalquivir y sus hijas pensaban cumplir con sus deseos.

— Te he traído un café. Toma.

No le extrañó en absoluto que Marga estuviera allí, justo a su lado. A la mujer le había faltado tiempo para reunirse con él después de que la llamara por teléfono y no había querido irse a su casa en toda la noche. Mientras Jorge estuvo rodeado por su familia, se había mantenido en un segundo plano, esperando la llegada de un momento como aquel. Porque Jorge necesitaba respirar, cierto, pero no quería hacerlo solo. Quería estar con Margarita Vázquez.

— Gracias —Murmuró, cogiendo el vaso de cartón y dando un largo trago a su contenido—. ¿Sabías que me gusta el café solo y sin azúcar o ha sido potra?

— Una apuesta personal, más bien. Tienes toda la pinta de que te gustan las cosas amargas.

— ¿Cómo se supone que debo tomarme ese comentario?

— Tú sabrás —Marga le sonrió y, aunque estaba terriblemente desolado, Jorge se sintió algo reconfortado—. La cuestión es que he acertado. ¿No?

Jorge asintió y, echándole un vistazo, se dio cuenta de que ella también estaba tomándose algo.

— ¿Cómo lo tomas tú?

— ¿No quieres arriesgarte?

— Seguro que me equivoco, pero diría que es un descafeinado con mucho azúcar.

— En realidad es chocolate calentito. Me hace sentir bien.

— ¿Sabes que en los países en los que hay dementores, la gente toma chocolate después de encontrarse a una de esas criaturas? —Marga negó con la cabeza y se apoyó en la pared que tenían justo detrás—. Me acabo de dar cuenta de una cosa. Al final me has invitado a ese café que llevabas tanto tiempo ofreciéndome.

— Es cierto —La mujer sonrió. Estaba un poco ojerosa, pero Jorge seguía viéndola tan guapa como siempre. De hecho, si en ese momento el pelo se le hubiera vuelto verde y le hubiera crecido una verruga en la punta de la nariz, hubiese seguido viéndola preciosa. Porque ya no veía a la Marga frívola a la que creía conocer. Veía a una mujer cálida y responsable capaz de adoptar a un niño abandonado y de correr al lado de sus amigos sin pensárselo dos veces—. Pero no te creas que me voy a conformar con esto. Las veces anteriores tenía otra cosa en mente y estoy segura de que habrá más ocasiones para repetir.

— Por supuesto, salvo que entonces te invitaré yo a ti.

— ¿En serio?

Jorge la miró fijamente y le agarró una mano con fuerza. Había muchas cosas que quería decirle, pero sabía que no podría encontrar las palabras adecuadas. Así pues, se inclinó un poco y la besó. Ella no tardó nada en abrazarle y, una vez más, el brujo se sintió bien y pensó, sintiéndose tal vez un poco idiota, que Marga era la única luz durante aquel aciago día del mes de diciembre. Aunque el sol brillara en el cielo sevillano, la única que le proporcionaba algo de calor era ella.

— Gracias por venir.

— No me tienes que agradecer nada. Los amigos estamos para ayudarnos.

— Siempre me he portado fatal contigo. Y a veces me he ido un poco de la lengua.

— Eso es porque eres un tipo difícil, pero no te lo tengo en cuenta.

— Gracias de todos modos. Y, Margarita, no creo que seamos solo amigos.

— Ya habrá tiempo para hablar sobre ello, no te preocupes.

Jorge estaba dispuesto a hacer alguna declaración, pero justo entonces apareció en escena Macarena Armero. El auror le había presentado a Marga a sus tías y a algún que otro primo, pero a su madre la había ignorado. Ni siquiera había querido saber nada de ella cuando le comunicaron la muerte de la abuela. Se sentía demasiado dolido como para lidiar con algo así.

— Jorge, cariño. Tu jefe te está buscando. ¿Puedes ir a hablar con él?

Marga se dio cuenta de que el labio inferior le temblaba, pero Jorge aguantó el tipo. Asintió secamente, se terminó su café de un trago y pasó junto a su madre sin mirarla siquiera. Macarena se había quedado medio paralizada, evidentemente dolida, y Marga no supo muy bien cómo actuar. La situación era ciertamente incómoda y Jorge ni siquiera le había explicado lo ocurrido entre él y su progenitora.

— ¿Eres amiga de mi hijo? —Le preguntó Macarena de sopetón. Marga asintió—. ¿Está bien? No quiere hablar conmigo y estoy preocupada.

— Está sobrellevando todo lo mejor que puede.

— Ojalá pudiera… —Macarena agitó la cabeza y se abrazó el cuerpo—. Perdona, no quiero importunarte. Entre Jorge y yo hay ciertos problemas y no me gustaría ponerte en una situación comprometida.

La mujer no añadió nada más. Se dio media vuelta y regresó al interior del tanatorio. Marga saboreó brevemente su chocolate, pensando en lo que acababa de ocurrir y preguntándose qué clase de trabas podrían existir entre Jorge y su madre para que la reconciliación pareciera tan imposible de llevar a cabo.


Después del oficio religioso y la incineración, todos los miembros de la familia se reunieron en la casa de la abuela. Jorge observó cómo sus tías se apoyaban en sus maridos y lamentó no haber aceptado la proposición de Marga. Ella se había ofrecido a acompañarle durante todo el tiempo que hiciera falta, pero aquel era un momento familiar y no quería incomodar a nadie.

Durante un buen rato, charló con sus primos, recordando algunas anécdotas de cuando eran pequeños y doña Felisa les regañaba cada vez que hacían una trastada. Todos habían perdido a la abuela, pero también comprendían que Jorge había perdido algo más. Doña Felisa había sido su principal apoyo desde niño y la echaría de menos más que nadie.

— ¿Puedo sentarme un rato contigo, Jorge?

Miró a su madre. Debía reconocer que la mujer no se daba por vencida. Estaba demasiado cansado como para presentar batalla, así que se encogió de hombros y la dejó hacer. Macarena se moría de ganas por abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería, pero sabía que sólo obtendría rechazo de su querido Jorge. Era un hueso duro de roer, pero ella estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que hiciera falta. Su madre se lo había dicho antes de morir. Le había dicho que tuviera paciencia y que fuera paso a paso, advirtiéndole que Jorge era un poco rencoroso, pero también un pedazo de pan. Macarena empezaba a dudar de su éxito, pero merecía la pena intentarlo.

— ¿Estás bien, hijo? ¿Necesitas algo?

Jorge negó con la cabeza. Al menos no la había insultado ni le había pedido que se fuera. Por el momento.

— Sé que todo esto está siendo muy difícil para ti, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para cualquier cosa. Yo también quería muchísimo a la abuela. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero era mi madre y me alegra muchísimo haberla podido ver antes de que se fuera. Gracias por ir a buscarme.

— Ya te he dicho que ella me lo pidió.

— Y tú fuiste. Gracias.

Se quedaron callados. El hombre tenía los ojos fijos en el suelo y Maca no podía dejar de mirarlo. Se parecía muchísimo a su padre. Había querido a aquel cabrón con locura y se había sentido traicionada y asustada cuando la abandonó. Jorge nunca le había preguntado y a ella le alegraba no tener que contestar preguntas incómodas. Nunca había sido buena eligiendo a los hombres de su vida. El único que realmente merecía la pena era Jorge porque todos, de una forma o de otra, la habían decepcionado. Incluso Ginés, por el que tantas veces había dado la cara.

— La abuela me dijo que no has leído ninguna de las cartas que te he escrito en los últimos años.

— Si vienes a reprochármelo…

— No quiero reprocharte nada, Jorge, pero sí me gustaría que las leyeras. La abuela también me dijo que las conservas.

Lo vio apretar los dientes. Sin duda, ni siquiera él sabía por qué había guardado unas cartas que no deseaba leer. Macarena creía que eso constituía una pequeña esperanza, que en el fondo él también ansiaba una reconciliación.

— Hay muchas cosas que quiero decirte, hijo. Todo sería mucho más fácil para mí si lees esas cartas.

— ¿Por qué querría facilitarte algo?

— Porque a la abuela le hubiera gustado que lo hicieras.

— No utilices su recuerdo de esa forma.

— No utilizo nada, Jorge. Sólo estoy constatando un hecho. La abuela quería que hablásemos y aprendiésemos a llevarnos bien y yo quiero intentarlo. ¿No puedes darnos una oportunidad?

Jorge no movió un músculo. Cuando había pasado casi un minuto, suspiró y se puso en pie.

— Ya veremos.

Fue a reunirse con Soledad y no añadió nada más. No era mucho, pero Macarena estaba convencida de que aquel gesto significaría un inicio para ambos. A partir de ese momento, las cosas sólo podían ir a mejor.


Iba a incluir un salto temporal por aquí, pero creo que es mejor dejarlo todo para el último capítulo. A ver si vuelvo a actualizar pronto y finiquito el minific :)