PLANES DE FUTURO X
Barrio Mágico de Madrid. 18 de enero de 2013.
Cuando Marga salió de trabajar, lo primero que hizo fue visitar la juguetería ubicada en el barrio mágico de la capital. Llevaba toda la semana al borde de un colapso nervioso e incluso había empezado a comerse las uñas. Y no era para menos. Después de mover cielo y tierra, podría llevarse a Iván a casa el próximo lunes. Había dedicado casi todo su tiempo libre a decorar la que sería la habitación del niño; le había comprado cuentos y un montón de juguetes mágicos y muggles, pero aún faltaba un último detalle. Cada vez que iba a visitarlo, Iván insistía en que quería una varita de brujo y Marga se disponía a comprarle una. Solamente expulsaría unas cuantas chispas de colores al agitarla, pero estaba convencida de que al niño le encantaría.
Marga apenas podía creerse que su vida hubiera cambiado tanto en tan poco tiempo. Un mes antes, estaba dispuesta a someterse a una inseminación artificial y ahora tenía un hijo. Sonriente, la bruja metió en su bolso el pequeño paquete envuelto en papel de regalo y se dispuso a visitar la calderería de Clara.
Mientras dirigía sus pasos hacia allí, pensó que Iván no era lo único que había cambiado. Porque Margarita Vázquez no tenía únicamente un hijo. Ahora tenía algo que se parecía mucho a un novio, aunque su relación con Jorge Armero fuera bastante extraña en algunas ocasiones. A Marga le estaba costando un poco asumir la idea de que realmente quería pasar el resto de su vida con él. No se trataba de uno de esos enamoramientos apasionados que se le pasaban al poco tiempo. Lo que sentía por Jorge era mucho más fuerte y sincero que nada de lo que hubiera sentido antes y, aunque estaba feliz, también era consciente de que estar con ese hombre no iba a ser fácil porque el auror no se abría a los demás con facilidad.
Después de que su abuela muriera, Jorge había decidido hacer uso de las vacaciones atrasadas y se había instalado en Sevilla junto a su familia. Marga había temido que el hombre se olvidara de ella y no se tomara la molestia de llamarla, pese a los besos compartidos y a lo mucho que se habían aproximado a raíz de la enfermedad de doña Felisa, pero por fortuna no fue ignorada. Tuvo que ser ella la que diera el paso de ponerse en contacto con el brujo, pero no la rechazó. De hecho, se veían bastante a menudo y Marga sabía que el hombre se reincorporaría al trabajo el próximo lunes.
Lo que la mujer no se esperaba era encontrárselo en plena calle. Lo vio venir desde lejos, alto como él solo y enfundado en un abrigo oscuro. Desde el fallecimiento de doña Felisa, Jorge sólo vestía de negro.
— Buenas tardes, Margarita —Él la saludó con una sonrisa. A Marga también le estaba costando un poco acostumbrarse a eso, aunque reconocía que le encantaba. Cuando el auror Armero sonreía, estaba guapísimo—. Te veo muy contenta.
— Acabo de pasarme por la juguetería. Le he preparado una sorpresa a Iván.
Él la miró con cierto escepticismo. Aunque nunca comentaba nada al respecto, seguramente pensaba que Marga estaba exagerando al comprarle tantas cosas al niño.
— ¿Finalmente lo llevarás a casa el lunes?
— Hoy hemos arreglado los últimos papeleos. Pensaba pasarme por la casa de acogida para decírselo. ¿Quieres venir?
Jorge la había acompañado alguna que otra vez a visitar a Iván. Cuando estaba con el niño, se sentía menos deprimido. Además, se notaba que el chiquillo le tenía cariño.
— No puedo. Acabo de llegar de Sevilla y tengo cosas que hacer.
— A Iván le hubiera gustado verte. Ayer me preguntó por ti. Y anteayer.
— Tendrá que aguantarse. Estoy muy liado.
A pesar de que entre ellos había surgido una gran confianza, Armero seguía siendo un hombre parco en palabras. Marga había tenido ocasión de verlo en sus peores momentos, pero poco a poco volvía a ser el tipo hosco y silencioso del pasado. Esperaba que Jorge aprendiera a suavizar sus modales en su presencia, así que se acercó un poco a él y le acarició juguetonamente un brazo.
— ¿Quieres que te ayude con esos asuntos pendientes cuando vuelva del centro?
Jorge parpadeó y frunció el ceño. Podría parecer enfadado, pero Marga estaba aprendiendo a leer en sus ojos y sabía que en realidad el comentario no le había molestado. Él se inclinó un poco para poder hablarle al oído.
— Señorita Vázquez, si no me revela sus verdaderas intenciones, tendré que arrestarla.
— ¿Qué?
— Temo que pretenda abusar de mí.
Aquella era, con total seguridad, la primera broma que Jorge Armero le hacía. La bruja se quedó absolutamente pasmada un instante y luego se echó a reír a carcajadas. Jorge se alejó nuevamente de ella y se quedó ahí, tieso como un palo y con el semblante serio e inexpresivo, aunque la diversión brillaba en sus ojos.
— ¿Le gustaría arrestarme, auror Armero? Porque si me invita a su casa, le daré razones sobradas para que deba hacerlo.
Jorge volvió a sonreír y relajó la postura.
— Tengo que ir a comprar algunas cosas, pero después volveré a casa y no me iré a ningún sitio. Puedes venir cuando quieras.
— Cuenta con ello.
Se despidieron con un beso en la mejilla. A Jorge no le gustaban demasiado las muestras de afecto en público, pero en la intimidad era otra historia. Marga había tenido un adelanto de lo apasionado que podía llegar a ser, pero aún no habían intimado físicamente y, aunque se moría de ganas de hacer el amor con él, en esa ocasión no estaba ansiosa. El sexo siempre había sido lo primordial en todas sus relaciones. Menos en esa.
Observó a Jorge mientras se alejaba calle abajo. El hombre vivía en un piso del barrio mágico que Marga sólo había tenido ocasión de visitar en una ocasión. Jorge había forrado las paredes de madera y había utilizado tapizados oscuros para los sillones, dándole a la casa un aspecto muy masculino. Y, aunque indudablemente era demasiado pronto para pensar en aquello, la mujer ya sabía cómo dar más luminosidad y amplitud a la bonita sala de estar que daba a uno de los balconcitos de la calle.
Marga reanudó su camino y no tardó en llegar a la tienda de Clara. Su amiga estaba atendiendo a tres jovencitas a las que conocía de vista. Una de ellas era hermana de Guillermo Aguirre, un amigo de su ahijado Darío que había sido convertido en licántropo unos años antes.
— ¿Se puede saber qué habéis hecho? —Clara examinaba detenidamente un caldero medio desecho. Las chicas intercambiaron una mirada y una de ellas, que tenía el pelo rubio, se encogió de hombros.
— Ha sido una poción que no salió bien.
— Sí —Dijo la hermana de Aguirre—. A Maripili se le olvidó leer correctamente las instrucciones.
— ¡Oye! No me llames Maripili.
— Me temo que el caldero no tiene arreglo —Informó Clara.
— Ya lo suponíamos. ¿Me das uno nuevo?
La mujer asintió y desapareció rumbo a la trastienda. Marga se cruzó de brazos y observó a las chicas mientras conversaban. Se preguntó cómo sería Iván cuando tuviera su edad y sonrió, más consciente que nunca de todo lo que iba a cambiar su forma de ver el mundo.
Cuando la puerta de la calderería se abrió de nuevo, Marga se encontró con Darío y Alfie, que tenían las mejillas rojas y sudaban como pollos. Su ahijado no tardó nada en verla y en saludarla con un gesto, pero Alfie no le prestó demasiada atención. Estaba demasiado ocupado dirigiéndoles una sonrisa resplandeciente a las tres chicas.
— ¡Pero a quién tenemos aquí! —Exclamó, acercándose a ellas mientras se desanudaba la bufanda—. ¡Hola, guapísimas! ¿Qué estáis haciendo? —La hermana de Aguirre abrió la boca para responder, pero Alfie la interrumpió—. ¡No me lo digáis! Apuesto a que queréis un caldero nuevo y que es para… Carmen.
— ¿Por qué para mí?
— Tengo entendido que, de las tres, eres la que peor lleva lo de las pociones.
— Pues te equivocas —Lejos de sentirse molesta por el comentario poco halagador del chico, Carmen sonreía tan ampliamente como su interlocutor—. Es para Pilar.
— ¡Oh, vaya! Aunque mi error es comprensible. Nunca he tenido ningún talento para la adivinación. Sin embargo, ese pequeño punto flaco no hace que seáis menos afortunadas al tenerme por aquí.
Charo y Pilar intercambiaron una mirada y Darío hizo un gesto que indicaba que era mejor no hacerle caso, pero Carmen parecía estar divirtiéndose con aquella charla.
— ¿Por qué somos afortunadas?
— Pues porque estáis delante de un pirata. ¿Por qué va a ser?
— ¿Un pirata?
— Dentro de poco me embarcaré en una peligrosa expedición a través de los más inhóspitos lugares mágicos.
Carmen se cruzó de brazos y alzó una ceja.
— ¿Te refieres al viajecito que harás a órdenes de mi tío?
Alfie abrió la boca, fingiendo la más absoluta indignación, y borró la sonrisa de su cara.
— Eres una aguafiestas, Aguirre. Casi tenía convencidas a esas dos preciosidades de lo conveniente que es salir conmigo ahora que estoy a punto de jugarme la vida.
— ¡Sí, hombre! ¡Claro que sí!
Carmen se echó a reír. Clara regresó justo entonces y observó al animado grupo de jóvenes brujos. Darío, que había estado contemplando la escena con interesada diversión, palmeó la espalda de su amigo.
— Siento que se te haya fastidiado el plan, Don Juan. ¿Os apetece tomar algo, chicas?
Las tres amigas se miraron y asintieron. Aunque Darío y Alfie eran algo mayores que ellas, se conocían desde hacía bastante tiempo y tenían la suficiente confianza como para salir juntos, así que al cabo de cinco minutos todos se habían marchado. Marga se acercó entonces al mostrador y miró el caldero destrozado de la tal Maripili.
— Esto de los desastres mágicos nunca acabará. Recuerdo aquel caldero que fundimos tratando de elaborar la Amortentia.
— Di más bien que tú fundiste. Yo intenté impedir que echaras las patas de cucaracha, pero no me hiciste caso.
— Ya, pero técnicamente fue tu culpa.
— ¿Por qué?
— Sabías que las pociones se me daban mal y que casi nunca seguía tus consejos. Debiste hechizarme para evitar el caos.
Clara puso los ojos en blanco y se rió, apoyando los codos en el mostrador.
— Estoy agotada —Se quejó—. No sabes qué día llevo. De buen grado cerraría y me iría para casa, pero aún es pronto.
— ¡Ay, Clarita! Siempre te digo que eres demasiado responsable.
— Apuesto a que dentro de nada serás muy parecida a mí, Marga. En cuanto tengas a Iván conmigo.
Nuevamente las mariposas invadieron su estómago y Marga sonrió. Hacía tiempo que no estaba tan contenta.
— No creo que pueda sobrevivir al fin de semana —Comentó, entusiasmada como una niña pequeña—. Ahora voy a contarle al niño lo que ha pasado y estoy nerviosísima.
— Iván se va a volver loco de alegría. Estoy deseando verte metida en faena. Al fin te vas a enterar de lo que es bueno.
— Lo sé.
— Y te repito que no será fácil.
— También lo sé, pero no me importa. Quiero muchísimo a ese niño y poder llevármelo a casa es lo mejor que me ha pasado nunca.
— ¿En serio? ¿Incluso mejor que Jorge Armero? —Clara le guiñó un ojo.
— Son dos sensaciones distintas.
— Eso, tú no te mojes.
— Sabes de lo que hablo, Clarita. Como siempre dice mi madre, lo que siento por Iván y lo que siento por Jorge, son amores distintos —Clara asintió y se incorporó de nuevo—. Esta noche he quedado con Armero. No es una cita propiamente dicha y no sé si pensará en preparar algo para cenar, pero seguro que pasamos un buen rato.
— Ya me imagino en lo que estás pensando.
— Pues te equivocas. No te niego que no tenga ganas de acostarme con él, pero me apetece mucho más hablar y conocerle mejor.
Clara la miró con seriedad un instante y se rió.
— Sí que estás enamorada esta vez, Marga. No me cabe la menor duda.
Ministerio de Magia, Madrid. 21 de enero de 2013.
Jorge se sintió un poco extraño al volver al trabajo. Después de un mes inactivo, estaba bastante seguro de que le costaría un poco recuperar el ritmo y ponerse en forma. Aunque, por otro lado, seguramente a López le diera por mandarlo de regreso al archivo. Y nadie necesitaba estar ojo avizor mientras estaba en aquel puñetero lugar.
Procurando no ponerse de mal humor durante su primer día, fue hasta su mesa y se quitó la ropa de abrigo. Muchas cosas habían cambiado desde la última vez que estuviera allí sentado. Para empezar, su abuela se había muerto. La pérdida siempre dolería, pero Jorge podía sentir cómo se recuperaba poco a poco. El paso del tiempo y el apoyo de sus familiares y amigos estaba siendo primordial. Especialmente el de Margarita.
Contuvo una sonrisa. Una cosa era saberse satisfecho con aquella relación y otra muy distinta ir por ahí comportándose como un idiota. Jorge siempre presumía de no haberse enamorado jamás, pero durante esos días comprendió que había estado siendo un poco idiota. Tenía la sospecha de que el amor terminaría doliendo de la misma forma que habían dolido todas las cosas que le habían pasado a lo largo de su vida, pero también era maravilloso sentirse así. Margarita era una persona en la que podía confiar, una de las pocas a las que deseaba hablarle sobre sus problemas. Y, por supuesto, estaba toda la parte física.
Los recuerdos de lo ocurrido el viernes por la noche inundaron su memoria. Jorge intentó pensar en otra cosa de forma inmediata, pero fue inevitable acordarse de los besos, las caricias y todo lo demás. Había resultado una experiencia interesante y placentera y, por primera vez en mucho tiempo, se despertó acompañado. El pelo de Marga había sido un desastre a una hora tan temprana y al hombre le había gustado verla al natural y en todo su esplendor. Y lo mejor de todo era que no se había sentido incómodo en absoluto.
— ¡Armero! ¡Ya estás aquí! —Domínguez acababa de acercarse a su mesa. Había algo sospechoso en su comportamiento. Nunca había tratado a Jorge con tanta cordialidad—. ¿Cómo estás?
— Bien. ¿Pasa algo?
— Sí, bueno —Domínguez miró por encima de su hombro y carraspeó—. El jefe nos pidió el viernes que, en cuanto llegaras, te comentásemos que MiniLópez sigue a tu cargo.
— ¡Joder! ¿Es que no voy a tener ni cinco minutos de respiro?
— Así son las cosas. El jefe dice que eres el único capaz de meter en vereda al chaval.
— Pues para mí que el jefe me la tiene jurada y me está cargado un muerto que nadie más quiere. ¿Me equivoco?
Domínguez se encogió de hombros, como excusándose, y se acercó un poco más antes de bajar el tono.
— Ese chaval es un imbécil. Nos ha vuelto locos a todos. Y no veas la que ha armado en tu ausencia.
— No sé por qué no me extraña saber que se ha metido en problemas —Jorge se dejó caer en su butacón—. ¿Me vas a contar el chisme o te vas a quedar ahí mucho tiempo?
— Ha estado metiendo mano en el expediente de Ricardo Vallejo. Ya sabes, el archienemigo del jefe.
— Sé quién es Vallejo. Fui uno de los que le arrestó allá por el noventa y ocho.
— Pues MiniLópez ha estado metiendo el moco donde no debía y Vallejo se ha cabreado y…
— Hola.
Hablando del rey de Roma, Juanjo acababa de llegar. Tenía una cara de sueño tremenda y traía entre manos un café. En cuanto vio a Jorge, se espabiló de inmediato.
— ¡Hombre, López! Mira quién ha vuelto —Señaló a Armero con un gesto—. Ahora estás a su cargo. Yo me voy, que tengo cosas que hacer.
Domínguez desapareció en un instante. MiniLópez no le quitaba ojo de encima a Jorge. La última vez que vio al chico, fue durante el funeral de su abuela, pero entonces no le había prestado atención. Agradeció, eso sí, que su jefe y unos cuantos de sus compañeros fueran a darle el pésame. Podían existir diferencias entre ellos, pero debía mantenerse unidos porque era la única forma de sobrevivir en aquel trabajo.
— Así que ya has vuelto, Armero —Dijo el chaval. Podría haber causado problemas en las últimas semanas, pero seguía con el tonito arrogante de siempre.
— Es evidente.
— Mi tío dice que sigues siendo mi supervisor, pero quiero que sepas que no me hace ninguna gracia. Espero que a partir de ahora me trates con respeto y no me insultes.
Jorge apretó los dientes. Realmente no quería enfadarse. En el último mes no había tenido necesidad alguna de mosquearse, exceptuando tal vez durante los encuentros con su madre. No le apetecía perder el buen humor porque estar contento y tranquilo era agradable.
— Siéntate, López. Antes de nada, necesito ponerme al día. ¿Has colaborado en algún caso durante mi ausencia?
— Acompañé a la preñada a una casa que había sido asaltada.
— ¿La preñada?
— Ya sabes, la Callejón.
Jorge suspiró. Juanjo no le estaba facilitando nada las cosas. No se podía ser más imbécil.
— Hace un minuto me has exigido respeto y me has pedido que no te insulte. Pues bien, deberías aplicarte el cuento —Pese a que la severidad estaba presente en su tono de voz, estaba logrando mantenerse calmado—. Si quieres el respeto de los demás, debes ganártelo.
— ¿Se supone que eso es una lección o algo?
Jorge pensó en Marga y en Iván. Ese mismo día iba a llevárselo a casa y le había invitado a merendar con el pequeñajo. No era un mal plan.
— ¿Callejón ha resuelto el caso?
— ¡Qué va! No creo que en su estado sea capaz de resolver nada.
— Vale —Armero se mordió la lengua—. ¿Tienes por ahí el expediente? Me gustaría echarle un vistazo.
Juanjo agitó la varita e hizo aparecer una carpetilla sobre la mesa. Puto presumido.
— Aquí entre nosotros —MiniLópez se puso a hablar mientras Jorge intentaba leer el informe—. No creo que la Callejón sepa lo que se trae entre manos. Seguramente que las hormonas han mermado su capacidad para razonar.
Ya había tenido suficiente. Jorge apretó los dientes y frunció el ceño. Lo había intentando, de verdad que sí, pero no podía soportar a ese gilipollas arrogante y descerebrado.
— Es evidente que no vas a aprender nada, chaval. Me importa una mierda lo que pienses sobre Callejón, aunque te pido que no la critiques delante de mí. Hasta que no se te meta en esa cabezota que los aurores somos una piña y nos necesitamos los unos a los otros, no dejarás de ser más que un capullo inútil. Ahora, cierra la puta boca y déjame leer en paz.
MiniLópez boqueó, claramente indignado, pero no dijo nada. Jorge agradeció enormemente el silencio y, durante toda la mañana, intentó poner sus cosas en orden. Juanjo había estado a disposición de varios aurores durante el último mes y tenía todos los expedientes de todos los casos en los que participó. Tan solo uno de ellos se había cerrado satisfactoriamente, así que Jorge confiaba en poder ocuparse de alguno de los demás. Deseaba volver a la acción. Lo necesitaba.
— Se me había olvidado lo aburrido que es trabajar con el chico del archivo —Comentó Juanjo a media mañana. Se había pasado un buen rato refunfuñando y Jorge le dirigió una mirada heladora.
— Pues lárgate por ahí y distráete, anda. A ver si vuelves con más ganas de trabajar y menos de lloriquear.
Juanjo plantó las palmas de las manos en la mesa, se puso en pie y se fue andando como si estuviera terriblemente ofendido. Jorge empezó a contar hasta cien para relajarse de nuevo, pero apenas había llegado al ocho cuando alguien se apareció ante sus ojos. Alguien poseedor de una gran mata de pelo negro y un cuerpecito muy menudo.
— ¡Hola! —El niño saludó agitando la mano izquierda. En la derecha, portaba una varita de un llamativo tono azul eléctrico.
— ¡Iván! ¿Qué haces aquí?
— Me voy a mi casa nueva. Con Marga.
El pequeñajo sonrió ampliamente y Jorge alzó la vista para encontrarse con una Margarita Vázquez igualmente sonriente.
— He ido a por él hace un rato, pero como teníamos que pasarnos por el Ministerio antes de ir a casa, decidimos hacerte una visita.
— ¡Mira! —Iván no dejó que los adultos siguieran intercambiado palabras y plantó su cachivache azul frente a los ojos de Jorge—. Tengo una varita, como tú. Ahora puedo atapar a los malos.
— ¿En serio? —Jorge se cruzó de brazos—. Veamos qué sabes hacer, señor brujillo.
Iván puso cara de absoluta concentración, agitó su varita de juguete y se rió con entusiasmo cuando comenzó a expulsar un montón de chispas multicolor.
— ¡Vaya! Seguro que con eso puedes coger por lo menos a un hombre del saco.
— ¿Qué es eso?
— Apuesto a que Margarita te lo sabe explicar muy bien. Pregúntaselo a ella.
Iván se giró hacia su madre adoptiva y abrió la boca, pero Marga no le dio tiempo a formular la pregunta. Estaba mirando a Jorge.
— Vas a venir esta tarde. ¿Verdad?
— Claro.
— A Iván le hará mucha ilusión que estés con nosotros —Marga miró al niño con afecto—. Nos vemos luego.
— Adiós, Marga. Hasta pronto, súper brujo.
Iván agitó una mano y se fue en compañía de su madre. Jorge sintió una extraña desazón al verlos marcharse y se preguntó qué sería.
Marga cubrió al niño con las mantas y le besó la frente. Apenas eran las nueve y media, pero había sido un día repleto de emociones e Iván estaba agotado. La bruja perfectamente podría haberse metido con él en la cama y si no lo hizo fue porque tenía un invitado esperándola en la salita de estar.
Jorge observaba con curiosidad las fotos familiares. La merienda se había alargado bastante y el auror se había quedado a cenar.
— No exagerabas cuando decías que tenías una familia enorme. Y todos muggles.
— Mis padres y mis hermanos se llevaron un buen susto cuando supieron que soy bruja. Y yo también, la verdad. Por suerte, todo volvió a la normalidad enseguida. Aún hay cosas que no terminan de entender, pero progresan día a día.
— Ya. Supongo que debió ser muy raro. Mi abuela también era hija de muggles, pero yo me crié en un ambiente plenamente mágico. De niño, apenas pisaba el mundo muggle —Jorge calló un instante y finalmente decidió contarle a Marga lo que llevaba unos días rondando por su cabeza—. Quiero comprar la casa de mi abuela. Estoy seguro de que mis tías no me pondrán pegas. Se lo propondré dentro de nada.
— ¿Vas a mudarte?
— No por el momento, pero uno no sabe lo que le puede deparar el futuro. Lo que pasa es que estoy muy ligado a esa casa y no me gustaría perderla.
— Siempre he sabido que, bajo esa fachada de tipo duro, eres todo un sentimental —Marga se sentó y, después de echarle un vistazo, Jorge hizo lo propio. Junto a ella.
— Yo no diría tanto.
— Claro que no —Marga no dudó a la hora de darle un beso—. Yo también pensé en venirme a vivir al barrio mágico, pero creo que de momento Iván está mejor aquí. Tendrá que adaptarse a una nueva vida y entre muggles no se sentirá tan raro.
— No creo que ese niño se sienta raro, la verdad.
— Hay muchas cosas que aún no es capaz de entender. Se piensa que sus padres van a volver de un momento a otro y tardará mucho en darse cuenta de que eso no pasará. En algún momento comprendera que lo abandonaron y me da miedo lo que eso pueda significar para él.
Jorge guardó silencio. Le devolvió el beso y suspiró antes de hablar.
— Lo superará porque te tiene a ti. Y lo sé porque yo tuve a mi abuela —Un nuevo suspiro—. Es una larga historia, pero podría resumirse en que mi madre también me abandonó cuando era pequeño.
Era la primera vez que se sinceraba respecto a su pasado. Marga le miró fijamente, esperando a que él añadiera algo más, pero el pobre Jorge ya había tenido suficiente. Apretó los dientes y la besó otra vez.
— No quieres hablar de ello. ¿Cierto?
— Poco a poco, Margarita.
Y ella lo entendió perfectamente. No era fácil para un hombre como Jorge vivir lo que estaba viviendo y Marga sólo podía hacer una cosa: permanecer a su lado y no presionarle.
— Sí, poco a poco.
FIN DEL MINIFIC
Y hasta aquí la historia de Jorge y Marga. Por supuesto que aún quedan cosas por resolver pero, como dice Armero, será poco a poco. Besetes y hasta el próximo capítulo.
