LO IMPENSABLE I


Madrid, 23 de febrero de 2013

Ricardo consultó la hora y comprobó que, si no se daban prisa, llegarían tarde a Bera. Había reservado mesa en uno de sus restaurantes favoritos y deseaba ser puntual. Con decisión, caminó hasta la habitación de su hijo y golpeó la puerta con los nudillos.

— Darío. ¿Quieres hacer el favor de darte prisa?

— Ya voy.

Pero Darío no salió de su guarida. Ricardo, que no acostumbraba a invadir su privacidad, se planteó la posibilidad de irrumpir en el dormitorio para adecentarlo él mismo. La verdad era que esa noche estaba bastante nervioso y tenía ganas de enfrentarse a lo que estaba por llegar. Debía comunicarle a Darío algo de vital importancia y se veía capaz de subirse por las paredes. Por suerte, el chico finalmente se reunió con él. Y no presentaba el aspecto que Ricardo hubiera deseado.

— ¿Dónde está tu traje?

— ¿Mi traje?

— Te dije que cenaríamos fuera.

— No me dijiste que tenía que ponerme tan elegante como tú.

Ricardo observó su ropa, sobria y distinguida. El traje, gris oscuro, le sentaba como un guante. La camisa, de un tono azul muy claro, estaba perfectamente planchada. La corbata, de rayas a juego con el conjunto, tenía el nudo perfectamente hecho. Y los zapatos relucían de limpios. Darío, en cambio, se había puesto un polo rojo, unos pantalones vaqueros que, al menos, eran de su talla, y unos zapatos que no eran precisamente nuevos. Su atuendo estaba bien para ir a un sitio normal, pero no para Bera. No en esa ocasión.

— ¿Quieres que me cambie?

— Déjalo, anda. Seguro que tienes los pantalones arrugados y algún botón de la chaqueta desprendido. Además, tardarías una eternidad.

— No exageres, papá.

— Me quitaré la corbata y ya está.

Ricardo procedió a deshacer el nudo de la citada prenda y, una vez liberado de ella, presentaba un aspecto ligeramente más informal. Darío lo miraba con una media sonrisa y parecía estar divirtiéndose. Al menos se había cortado el pelo recientemente y se había afeitado la barba, así que tenía una pinta bastante pulcra.

— De todas formas, no sé a qué viene tanta rimbombancia. ¿Celebramos algo especial?

— No hace falta celebrar nada para vestirse adecuadamente.

— Voy bien vestido. Y ya sabes que no me gusta mucho ir de corbata.

— Pues más tarde o más temprano tendrás que acostumbrarte —Ricardo suspiró y decidió poner punto y final a aquella breve charla sobre ropas masculinas—. Abrígate bien. En Bera debe hacer un frío que pela.

Darío se limitó a asentir y no tardó nada en reunirse con su padre en el recibidor de la casa. Aunque había aprendido a aparecerse hacía bastantes años, en esa ocasión tuvo que aferrarse al brazo de Ricardo porque nunca había estado en el lugar al que se dirigían. Su progenitor le había hablado del famoso restaurante de Fernando Larumbe un par de veces, pero Darío aún no había tenido ocasión de visitarlo.

Ricardo miró al chico antes de la desaparición. Por su cabeza, pasó la imagen fugaz de un niño pequeño que siempre saltaba de emoción ante la perspectiva de practicar la aparición conjunta. Hacía mucho de aquello y Darío ya era todo un hombre, pero esa noche pareció tan expectante y ansioso como antaño.

— ¿Preparado?

Darío asintió y, segundos después, ya no estaba en su casa de Madrid. Se encontraban en mitad de un grupito de árboles, protegidos de ojos indiscretos por la oscuridad de la noche cerrada. El joven distinguió las luces del restaurante a unos cien metros de distancia y caminó junto a su padre a través de un sendero de tierra. Durante todo el día lo había estado notando un poco extraño y la sensación se acentuaba a cada paso que daban.

— ¿Pasa algo, papá?

— No. ¿Qué va a pasar?

— Pareces nervioso. ¿Algo va mal?

— No te preocupes, Darío. Está todo bien, aunque quiero hablar contigo.

— ¿Sobre qué? ¿Es por los negocios? Porque si hay problemas puedo echarte una mano y…

— No son negocios —Ricardo se detuvo y le miró a los ojos—. De todas formas, si lo fueran, tú te quedarías justamente dónde estás. Antes de hacer nada, tendrás que terminar los estudios. Es lo más importante.

— Entonces. ¿De qué quieres hablarme?

Ricardo se lo pensó un instante. El asunto que se traía entre manos era grave, pero no quería que Darío se preocupara más de la cuenta, así que le dio un pequeño adelanto.

— Es algo personal.

— ¿Personal? —Darío frunció el ceño y dio un respingo—. No será por lo de López.

— No tiene absolutamente nada que ver con ese mequetrefe —El brujo reemprendió la marcha—. Y deja de hacer preguntas. Ya te lo contaré todo durante la cena. Vamos a darnos prisa o nos quedaremos helados.

Darío quiso insistir con el tema, pero sabía que no obtendría nada en claro y siguió sus pasos hasta llegar al restaurante. El ambiente en su interior era muy cálido y Darío se sintió bienvenido de inmediato. Incluso le pareció reconocer algo de magia presente a su alrededor.

— Buenas noches, Julio—Su padre ya estaba saludando al maître—. Teníamos mesa reservada a las nueve y media.

A pesar de sus temores, llegaron solamente cinco minutos tarde. El tal Julio les atendió con suma amabilidad y pronto estuvieron acomodados en una mesa junto a la ventana.

— Es un sitio muy bonito. ¿De qué lo conoces?

— He organizado algunas reuniones de trabajo. El personal es excelente, la comida está deliciosa y, por si no lo has notado…

— Hay magia.

— Exacto —Ricardo sonrió, satisfecho porque su hijo se hubiera percatado de ese detalle—. Fernando Larumbe es muggle, pero está casado con una bruja. Amaia Vilamaior. Es la tía abuela de los niños Fernández de Lama.

— Sí —Darío se había ruborizado ligeramente. Solía pasarle cada vez que alguien mencionaba a Isabel, aunque fuera de pasada—. Ya sé quién es. Trabaja en San Mungo.

— Tengo entendido que es una de las mejores especialistas en hechizos de diagnóstico. Creo que nunca te he contado que una vez me atendió a mí.

— ¿Cuándo?

— Yo era un chaval. Me rompí varios huesos y ella me curó.

— ¿Y cómo te rompiste exactamente los huesos?

A Ricardo no le gustaba hablar de esos tiempos, pero él solito se había metido en ese berenjenal. Encogiéndose de hombros, se hizo con la carta y fingió que la leía con atención.

— Papá. ¿Qué te pasó?

Ricardo suspiró y se vio obligado a responder. A veces podía ser bastante bocazas. Y sin ayuda de nadie.

— Una pandilla de imbéciles me cogieron por banda y me dieron una paliza. Yo era un crío y no tenía opción de defenderme, así que me escapé y llegué al barrio mágico de Madrid arrastrándome por las vías del metro.

Darío parpadeó, sobrecogido por el relato. Sabía perfectamente que su padre las había pasado canutas cuando era un niño, pero no solía entrar en detalles. El joven no supo muy bien qué decirle y Ricardo, que entendía perfectamente que no era fácil para él escuchar cosas como aquella, de la misma forma que no era fácil para él contarlas, optó por cambiar de tema.

— Si quieres probar algo riquísimo, te recomiendo cualquier pescado. Es fresquísimo y las salsas que lo acompañan están todas muy buenas.

Darío hubiera querido mostrarle su apoyo de alguna forma, pero optó por seguirle el juego a su progenitor. Era lo mejor para los dos, dadas las circunstancias. Esa clase de conversaciones era conveniente mantenerlas en privado y, quizá, cuando regresaran a casa podría sacarle el tema, interesarse por la impresión que, en su momento, le causó la sanadora Vilamaior.

Después de consultar la carta, se dejó aconsejar por su padre y pidió lo mismo que él. El ambiente en el restaurante estaba muy animado y todo parecía ir sobre ruedas.

Si eso era así, se debía básicamente al buen hacer de Fernando Larumbe y sus empleados. Llevaban mucho tiempo trabajando juntos y funcionaban como una máquina bien engrasada. Todos sabían lo que debían hacer y lo hacían muy bien. El cocinero se acercó a la puerta de la cocina y le echó un vistazo al comedor. Estaba a rebosar, como todo los sábados por la noche, y había muchísimo trajín en las cocinas. A Fernando le gustaba su trabajo, especialmente cuando Amaia se dejaba caer por allí para echar una muy mágica mano.

— Acaba de llegar un cliente brujo —Comentó acercándose a su esposa. Julio ya le había comentado que, una vez más, contaban con la presencia de Ricardo Vallejo. Fernando recordó la primera vez que se había dejado caer por allí, acompañado de un par de hombres de aspecto extraño—. O, mejor dicho, dos clientes brujos.

Amaia también se acercó a curiosear. Sabía quién era Ricardo Vallejo porque, después de su primera visita, había sentido curiosidad y había averiguado algunas cosas sobre él y sus acompañantes. Y también sabía quién era su hijo Darío. El año anterior había visitado Moltó, SL. en Valencia y tenía cierta relación con los hijos de su sobrina Cecilia. Y eso por no hablar de lo que había ocurrido en el mes de diciembre con ese chico. Juanjo López.

— Vallejo es cliente habitual. ¿Verdad?

— Suele reunirse aquí por asuntos de negocios —Fernando probó el contenido de un enorme puchero y le dio el visto bueno—. Y más personales, por supuesto.

— ¿Personales? —Amaia no quería ser cotilla, pero su marido le había puesto la miel en los labios.

— En San Valentín vino acompañado por una mujer —Fernando sonrió y bajó el tono de voz—. Y traía un anillo para ella.

— ¡Vaya! No sabía yo que te interesabas tanto por los clientes.

— Uno no está ciego. Todos vimos el enorme pedrusco.

— Menudo atajo de marujones estáis hechos —Amaia le golpeó juguetonamente el hombro y también susurró sus siguientes palabras—. ¿Y qué dijo ella?

— Acabas de llamarme cotilla. ¿Y preguntas eso? —La mujer se encogió de hombros y le sonrió. Fernando sucumbió ante esos encantadores hoyuelos—. Pues me temo que no lo sé. Ella era mucho más discreta que el amigo Vallejo.

Amaia se rió y nuevamente miró hacia el comedor. Creía saber la respuesta a la cuestión que le había planteado a Fernando. Realmente ese restaurante era un lugar muy especial. Mágico.

Mientras la sanadora sacaba conclusiones en la cocina, Darío ya estaba saboreando una crema de champiñones que, tal y como le anunció su padre, podría resucitar a un muerto. No tenía ni idea de lo que costaba comer en un restaurante así, pero debía ser bastante caro habida cuenta de la calidad de la comida. Mientras se dejaba seducir por los sabores y la textura de esos alimentos, se le olvidó que su progenitor quería decirle algo. Estuvieron un buen rato hablando sobre sus estudios y el futuro viaje a Uppsala y sólo cuando tenían prácticamente terminado el plato de bacalao en salsa, Ricardo sacó el tema.

— Sabes que te he traído aquí por un motivo en concreto. ¿Cierto?

— Sí, claro. ¿Qué pasa?

— No hay motivos para preocuparse. En realidad es algo bueno —Darío le prestó toda su atención—. Verás, hijo. Voy a casarme.

El chico se quedó muy quieto y el tenedor tintineó al golpear el plato de loza. Ni siquiera se había planteado algo así. Su padre casándose era impensable.

— ¿Qué?

— Sé que puede resultar un poco difícil de creer, pero estoy decidido y voy a hacerlo. Quería que lo supieras.

— Pero… —Darío aún no daba crédito a lo que acababa de escuchar—. Pero si no tienes novia ni nada.

— En realidad llevo bastante tiempo saliendo con ella. Lo que pasa es que hemos sido discretos.

— ¡Joder! Y tanto.

Ricardo no estaba seguro de si la noticia le agradaba o le desagradaba. Lo que era evidente era que Darío necesitaba un tiempo para asimilar toda la información.

— ¿Quién es ella? ¿La conozco?

— Desde que eras un niño —Ricardo sonrió al recordar lo que había pasado en ese mismo restaurante el día de San Valentín—. Es Julia.

— ¿Julia? ¿Qué Julia? —El rostro confuso de Darío se llenó de comprensión antes de que su padre pudiera aclarar nada—. ¡Oh, Julia!

La misma Julia que dirigía con mano firme el puerto de Bilbao. La mandona y eficiente Julia que nunca había tenido problemas a la hora de tirarles de las orejas a Alfie y a él cuando se portaban mal y enredaban más de la cuenta. Esa Julia.

— ¿Y bien? —Ricardo consideró que ya le había dado el tiempo suficiente para hacerse a la idea. Necesitaba conocer su opinión y esperaba contar con su apoyo. Era lo único que quería—. ¿Qué me dices?

— ¿Qué?

— Pues que voy a casarme con Julia y creo que tú tienes algo que decir al respecto. ¿No crees?

— Claro, pero es que me has pillado un poco por sorpresa.

— Si estás molesto, quiero que me lo digas.

— ¡Claro que no estoy molesto! —Darío dio un respingo—. ¿Por qué iba a estarlo? Mamá se casó hace años con Doc y tú también tienes derecho a rehacer tu vida.

— Entonces no sé por qué te has quedado tan callado.

— ¿Y qué quieres? Hasta hace cinco minutos ni siquiera sabía que te estabas viendo con una mujer y me lo sueltas así, de golpe y porrazo. Estoy flipando, papá.

— Ya veo —Ricardo carraspeó. Empezaba a encontrar muy divertida la cara de absoluto desconcierto de su chaval—. Así pues, no te parece mal que me case.

— Pues no —Darío se cruzó de brazos—. Pero ya te vale, papá. Podrías haberme contado lo de Julia antes.

— Ya te he dicho que queríamos ser discretos. Ninguno de los dos quería hacer lo nuestro público hasta no estar completamente seguros de que teníamos un futuro en común.

— Yo no se lo hubiera dicho a nadie —Darío parecía sentirse ligeramente herido, como si pensara que su padre no confiaba en él. Y no se trataba de eso. El problema de Ricardo iba más allá de lo que él podría comprender.

— Julia se ha divorciado dos veces. No se cansa de repetir que ya es bastante mayor para andar con tonterías y no quería contarle nada a su familia porque empiezan a creer que es un pelín irresponsable.

— Pues menos mal que no conocen a Marga.

— Sí, menos mal —Ricardo soltó un resoplido de risa antes de continuar—. En cuanto a mí, siempre he sido muy cauto a la hora de relacionarme con mujeres. No voy a mentirte. Durante estos años he tenido un par de amantes, pero nunca te he hablado de ellas porque no he ido más allá. Con Julia es diferente. Me he enamorado de ella. Y eso sólo me había pasado una vez antes. Con tu madre.

— Siempre he creído que mamá y tú no estuvisteis enamorados.

— No sé si tu madre llegó a estarlo alguna vez. Eso tendrías que preguntárselo a ella, pero estoy convencido de que nunca confió lo suficiente en mí como para enamorarse. Y no puedo culparla, la verdad. No fui honesto con ella. Ni siquiera me porté bien hasta que no supe que estaba embarazada.

— Pero si dices que la querías…

— En aquel entonces no podía permitirme enamorarme, Darío —Ricardo apretó los dientes, con la molesta sensación de que esa charla estaba llegando demasiado lejos—. Mi estilo de vida no era el adecuado y no aspiraba a tener una familia. Cuando conocí a tu madre, no quería un futuro con ella y, sin embargo, me enamoré. Por eso precisamente la alejé de mi lado.

Darío se removió en su silla. Había oído muchas veces aquella historia, pero era la primera vez que su padre se sinceraba respecto a sus verdaderos sentimientos. Se sentía extraño y un poco fuera de lugar, pero quería escuchar hasta el final. Después de todo, aquello formaba parte del pasado y nadie podría resultar herido por ello.

— Cuando me dijo que estaba embarazada, me di cuenta de que todo iba a cambiar. No podía aspirar a estar con tu madre después de lo que le hice, pero me permitió estar a tu lado. Al principio, fue un poco difícil mantenerme alejado de ella, pero el amor romántico que sentía se fue convirtiendo en cariño y respeto. Quiero a tu madre, Darío, precisamente por ser tu madre, pero hace mucho tiempo que dejé de estar enamorado. Y, ahora, tengo a Julia.

El chico se quedó muy callado. Apenas había sido consciente de cómo el camarero retiraba el plato del pescado y les traía el postre. La comida había dejado de tener importancia mucho antes.

— La quieres de verdad.

— Y ella me quiere a mí. Por eso ha aceptado casarse conmigo. Si te he traído aquí, es porque realmente espero que no tengas nada que objetar.

— ¿Qué voy a objetar? —Darío, un poco más repuesto de tantas emociones, sonrió—. Me alegro mucho por ti, papá. Enhorabuena.

— Gracias —Ricardo apretó el brazo del chaval y suspiró. Al fin podía volver a respirar con normalidad.

— ¿Para cuándo es la boda?

— Queremos hacerlo pronto. Será algo sencillo. Julia ya ha pasado por dos bodas y prefiere una ceremonia más familiar e íntima. Dice que le gustaría que sea para la primavera, pero no hemos fijado la fecha. También quiere hablar contigo. Creo que va a pedirte que seas su padrino.

— ¿Yo? ¿Por qué?

— Porque su padre ya está harto del papel y en su familia no hay demasiados voluntarios para hacerlo.

— ¿Y tendré que ponerme traje y todo?

— Túnica ceremonial, diría yo.

— Pues vaya fastidio, papá. Ya podrías haberte buscado a una muggle.

Ricardo Vallejo se echó a reír. Sí, podría haberse buscado una muggle, pero él quería a Julia. Sólo a ella.


Tal vez ésta tendría que haber sido la última escena del minific, pero he querido empezar la casa por el tejado y, en capítulos posteriores, sabremos cómo ha terminado comprometiéndose Ricardo Vallejo. Espero que el inicio os haya gustado y, ya sabéis, dejar reviews es gratis. Aunque no sé por cuánto tiempo :)