LO IMPENSABLE I


Residencia de Ricardo Vallejo. 2 de Agosto de 2009.

Alfie Cattermole cerró con cuidado la puerta de su habitación y lanzó un hechizo para asegurarse de que nadie podría abrir desde fuera. A Darío le extrañó un poco que tomara tantas precauciones, pero se abstuvo de hacer comentario alguno. Sabía que su primo se traía algo entre manos y que ese algo era genial porque no había dejado de dar la tabarra desde que abandonaran los campamentos de verano en Picos de Europa.

— ¿Me vas a decir ya qué pasa?

— Tranqui, colega. Ya verás.

Alfie fue hasta su armario y sacó la mochila que había utilizado durante las clases mágicas de verano. Sin decir una palabra más, rebuscó algo en su interior y, al alzar la mano, sonrió con orgullo.

— Mira, tronco.

Darío entornó los ojos y vio una bolsita repleta de hierba. Al principio no supo qué era, pero entonces una bombillita se encendió en su cabeza y su rostro expresó una gran sorpresa.

— ¿Es maría?

— Me la ha pasado un amigo de mi hermana. Me ha puesto mala cara y me ha pedido que no le diga a Maisie nada. Ni que fuera a ser tan estúpido. Pero aquí está.

Darío dudó. Alfie llevaba algún tiempo insistiendo con el tema. Decía que no pasaba nada por fumarse un porro de vez en cuando y que tenía muchas ganas de probarlo y que nadie se volvía un drogata por eso, pero Darío no estaba seguro de que tuviera razón. Su padre era bastante permisivo para algunas cosas, pero cuando se trataba de drogas era tajante: ni probarlas. La parte más sensata le dijo que lo mejor era seguir las instrucciones paternas, pero el Darío adolescente quería revelarse de alguna forma y probar nuevas experiencias.

— Tendremos que liar la hierba nosotros. Venga, ayúdame.

Alfie se acercó al escritorio y comenzó a trajinar. Darío se había quedado muy quieto, pensando en las consecuencias que aquello podría acarrearles.

— Alf, tío, no me parece que sea buena idea.

— ¡Venga, hombre! No seas tonto. Sólo es un porro. Tómatelo como una recompensa por sacar tan buenas notas.

— Si nos pillan…

— Para eso he bloqueado la puerta, para que no nos pillen —Alfie le sonrió y encendió y apagó varias veces un mechero—. A ver si López va a tener razón y resulta que eres un pijo mimado.

Aquello era un golpe bajo en toda regla. Darío sabía que su primo sólo le estaba provocando para compartir aquella experiencia con él y también sabía que lo mejor que podía hacer era no picarse y largarse de allí antes de que la situación se le fuera de las manos, pero la verdad era que estaba harto de que la gente como López le llamara pijo mimado. Él no era ni lo uno ni lo otro y descubrió que Alfie le estaba mirando con cierta cautela, como si se arrepintiera de haber dicho eso.

— Eres idiota.

— Ya, lo que tú digas. ¿Quieres?

Darío se lo pensó una última vez. Por dentro quería decir que no, pero su cuerpo debía pensar otra cosa porque asintió secamente. Alfie sonrió, satisfecho con el éxito cosechado, e intentó liar un porro en condiciones. Fue un desastre, pero un buen rato después ya le habían dado una calada cada uno.

Darío ni siquiera tenía mucha experiencia con el tabaco, aunque por fortuna sólo tosió un poco. Empezó a sentirse un poco mareado y le entraron muchas ganas de reír cuando vio a Alfie poniéndose más rojo que un tomate. Era como estar flotando en una nube, relajado y sin ganas de hacer absolutamente nada. Su primo se reía de cuando en cuando y daba dos caladas por cada una de Darío.

Cuando llamaron a la puerta, los dos dieron un brinco. Era Mary Cattermole.

— Alfie. ¿Qué estáis haciendo?

— Mierda —Masculló entre dientes el aludido—. ¡Nada, mamá!

— Abre ahora mismo. Ya sabes que no me gusta que cierres la puerta por dentro.

Alfie daba vueltas alrededor de la habitación como un pollo sin cabeza. No sabía qué hacer con el porro. Si su madre lo descubría fumando esa porquería, seguramente le lanzaría algún maleficio de lo más desagradable. Darío tampoco parecía tener una idea clara respecto a cómo proceder a continuación, así que el chico fue hasta la ventana y tiró el canuto sin pensárselo dos veces.

— ¡Alfred!

— Que ya abro, mamá —Y en ese momento retiraba los hechizos y, efectivamente, abría.

— ¿Qué estabais haciendo?

— Nada.

Pero la mentira no se sostendría durante mucho tiempo porque las expresiones de los dos chicos no eran normales y por la peste que salía del dormitorio. ¿Por qué no se les había ocurrido lanzar un hechizo fragante?

— Huele fatal. ¿Habéis estado fu…?

Mary se interrumpió a mitad de la frase. Acababa de identificar ese olor y sintió cómo la furia la embargaba. ¿Cómo podían hacer eso, en su propia casa?

— Alfred. Dime ahora mismo qué estabais haciendo.

— ¡Nada!

— Estabais fumando —Los dos jóvenes empalidecieron—. Drogas.

— ¡Qué va, mamá! Era… Un piti. Sólo eso.

— ¿Tú te crees que soy tonta, eh? Soy perfectamente capaz de diferenciar el olor de un porro y el olor de un cigarro, así que no me vengas con esas.

— Pero mamá…

— ¡Nada de peros! Voy a hablar ahora mismo con tu padre. Y con el tuyo.

Darío se estremeció. Nunca había visto a la tía Mary tan enfadada, pero sabía que aquello no era nada comparado con la furia que embargaría a su padre cuando supiera todo aquello. Quería pedirle que no dijera nada, prometerle que no volvería a hacerlo, pero comprendió que era tarde cuando vio al tío Reg caminando hacia ellos. Y con su progenitor.

— Mary. Ricardo dice que ha pillado a los chicos en un lío.

— No. Yo he pillado a los chicos en un lío —La mujer puso los brazos en jarra y señaló a los chavales acusadoramente—. ¿Sabes que han estado haciendo estos dos?

Ricardo miró a su hijo. Tenía los dientes apretados y algo horrible brillaba en sus ojos grises. Lo sabía todo y Darío no tenía escapatoria, estaba seguro. Nunca había estado tan enfadado con él. Y decepcionado. Eso incluso era peor porque, mientras alzaba una mano y mostraba el canuto a medias de fumar, había mucho dolor y desilusión en su mirada.

— Han estado fumando marihuana.

Todos se quedaron callados. Ricardo no le quitaba ojo de encima a Darío y lo agarró de un brazo.

— Luego hablaré con vosotros, Reg. Ahora tengo que aclarar un par de cosas con mi hijo.

Lo arrastró por la casa de los Cattermole y mientras cruzaban el jardín para llegar a la sala de estar de su propia vivienda. Durante todo el trayecto, Darío intentaba aclarar sus ideas. Sabía que estaba a punto de ser abroncado como nunca lo había sido antes, pero los efectos de las drogas aún persistían y sentía una mezcla extraña entre nerviosismo, calma y confusión. Cuando su padre le soltó, prácticamente empujándole, poco a poco fue volviendo a la realidad.

Creyó que se pondría a gritarle en ese mismo instante, pero lo que su padre hizo fue mirarle fijamente. Puso los brazos en jarra y suspiró. Su voz fue suave cuando formuló la pregunta.

— ¿Cuánto tiempo llevas tomando drogas?

— ¿Qué?

— No me hagas repetírtelo más veces, Darío. ¿Cuánto tiempo llevas tomando drogas?

— Yo… —Darío comprendió que debía responder sin mostrarse dubitativo. Apretó los ojos con fuerza y tragó saliva porque la garganta se le había quedado seca—. Era la primera vez, papá.

— ¿Quieres engañarme? Porque es lo único que faltaba.

— No te engaño. Ha sido la primera vez.

Ricardo lo miró fijamente. El chico tuvo la sensación de que le estaba leyendo la mente y retrocedió un paso, aturdido y sabedor de que nunca sería capaz de mentirle a ese hombre.

— ¿Quién ha conseguido la droga? —Preguntó de nuevo, sin hacer comentario alguno sobre la anterior respuesta de su hijo. Darío no quería chivarse, pero Ricardo insistió—. ¿Has sido tú?

— Papá…

— Si has sido tú, quiero que me digas a quién se la has comprado.

— Yo no…

— Si ha sido Alfie, también quiero saberlo.

Darío guardó silencio. No era un chivato. Nunca había delatado a nadie y nunca lo haría. La cuestión era que aquel asunto no era una travesura de niños. Era un asunto muy serio y Ricardo Vallejo no iba a dejar el agua correr. Estaba al límite de su paciencia.

— ¿No te das cuenta de lo grave que es esto, Darío? La única forma de empeorarlo es que, o bien me engañes, o bien te quedes callado como un idiota. Dime ahora mismo de dónde habéis sacado la marihuana o lo averiguaré por mí mismo.

Era capaz de hacer eso y mucho más. Los efectos de la droga cada vez era menores y su sonrojo iba en aumento con cada segundo que pasaba. Darío sabía que era inútil resistirse, así que carraspeó y habló en un susurro.

— Se la han dado a Alfie. Supongo que la habrá comprado. Dijo que podríamos celebrar el fin del curso.

— No quiero escuchar las razones que has tenido para drogarte. ¿Quién se la dio a Alfie?

— No sé cómo se llama. Es un amigo de Maisie.

— ¿Maisie también consume?

— No lo sé, pero creo que no. Su amigo le dijo a Alfie que ella no debía enterarse.

Ricardo dio unas cuantas vueltas por la estancia. Darío, que permanecía bastante cabizbajo, se atrevió a mirarlo fijamente. Parecía un minotauro salvaje. Prácticamente echaba humo por la nariz.

— ¿Qué es lo que he hecho mal, Darío? —Inquirió al cabo de unos segundos, sorprendiendo enormemente a su hijo. Por algún motivo, el chico se sintió fatal. Avergonzado y triste.

— ¿Qué…? Yo…

— He debido equivocarme mucho contigo, porque desde que eras pequeño me he asegurado de que conocieras los peligros de consumir drogas y está visto que he fracasado. ¿Cuál ha sido mi error?

Darío volvió a agachar la cabeza y se le hizo un nudo en la garganta. Hubiera preferido los gritos. Y con mucha diferencia. Odiaba ver a su padre en ese estado, como si realmente se considerara responsable de sus acciones.

— Yo, papá… Lo siento.

— ¿Lo sientes? Anda, vete a tu cuarto y duérmete. Voy a llamar a tu madre para explicarle lo que ha ocurrido. Y te quiero despierto muy temprano. Vamos a hacer un viajecito.

Darío no protestó. Le horrorizaba que su madre también fuera a enterarse de lo que había hecho, pero era inevitable. Estuvo a punto de darse media vuelta para preguntarle a su progenitor cuál sería su castigo. Desapareció en un parpadeo y Ricardo se quedó muy quieto, con los brazos caídos y la incredulidad presente en rostro.

Había visto como Alfie tiraba el canuto por la ventana. Al principio había pensado que no era más que un cigarro y que se había librado de él para que Mary no lo pillara. Incluso se había reído un poco, pero cuando se acercó y comprobó que se trataba de un porro, la ira le subió desde las puntas de los pies hasta la cabeza. Estaba dispuesto a abroncar al chaval, pero al descubrir que Darío estaba con él apenas fue capaz de creérselo.

Él mejor que nadie sabía la clase de mierda que eras las drogas. Incluso las más inofensivas en apariencia podían ser como una maldición letal. Y si no que se lo preguntaran a Doc, que de vez en cuando aún sufría la tentación de dejarse llevar por el alcohol. Nunca había deseado que su hijo cayera en aquella trampa mortal y lo había educado para que comprendiera sus peligros. Pensó que lo había conseguido, que la adolescencia tranquila de Darío era una señal de que lo había hecho bien, pero se le acababan de romper todos los esquemas.

Darío fumaba droga. Sabía que le decía la verdad al afirmar que era la primera vez, pero pensaba atajar aquello antes de que fuera un problema de difícil solución. El viaje que pensaba hacer era del todo improvisado y Ricardo estaba seguro de que resultaría de lo más efectivo. Cuando Darío viera lo que iba a ver, se le quitarían las ganas de hacer el idiota para siempre.

Una vez sus nervios se templaron un poco, llamó a Clara. Ni por un instante se le había pasado por la cabeza la posibilidad de no decirle nada. Desde que Darío era un bebé, habían compartido cada una de sus experiencias vitales y esperaban poder seguir así durante mucho tiempo. Lo único que lamentó fue disgustarla de aquella manera. Le costó un poco dar crédito a sus palabras y después se ofreció a viajar de inmediato hasta Madrid, pero Ricardo logró tranquilizarla.

— Déjalo en mis manos. Cuando vuelva a casa, podrás regañarle todo lo que quieras, pero deja que intente arreglar esto a mi manera. Confía en mí, Clara. Sé lo que tengo que hacer.

Ella discutió un poco, pero terminó cediendo. A Ricardo le costó bastante conciliar el sueño, pero cada segundo que pasaba estaba más convencido de lo correcto de sus acciones.


Huelva. Al día siguiente.

Don Julio Cabrera siempre se levantaba a las seis de la mañana. Fuera invierno o verano, hiciera frío y calor, nunca perdía su costumbre de madrugar. Le gustaba hacerlo. Desde que ingresara en el seminario siendo un chaval, se había ido acostumbrando a la rutina, aunque necesitaba tomarse un buen café para ganar fuerzas y empezar el día con energía.

Aquella noche había sido bastante calurosa y no había dormido demasiado bien. Pese a ello, realizó sus actividades diarias con total normalidad. Estuvo inmerso en labores administrativas hasta las ocho de la mañana. Las enfermeras que se quedaban de guardia por la noche pasaron por su despacho para despedirse y don Julio se reunió con el sanador Gregorio Paz cuando eran casi y media. Uno de los pacientes terminales había empeorado considerablemente en los últimos días y era necesario vigilarlo constantemente.

Don Julio miró al enfermo con pena. Era un chaval que ni siquiera tenía treinta años. Había empezado con las drogas muggles a los trece años y con las pociones a los diecisiete. En algún momento se había contagiado de SIDA, seguramente al compartir jeringuilla con algún portador, y había sido imposible hacer nada por él. A principios de verano había pillado un resfriado que se había convertido en neumonía porque andaba muy bajo de defensas.

— Creo que lo mejor será sedarle —Dijo el sanador después de someterle a unos cuantos hechizos—. Está sufriendo mucho y no deben quedarle más de un par de días.

— ¿No podemos esperar un poco más? Aún estoy intentando localizar a sus padres para que vengan a verle.

— Entiendo lo que quieres hacer, pero no creo que sea conveniente esperar. Está muy mal y la situación es irreversible. Lo único que se puede hacer por él es aliviarle el dolor.

— Confiaba en que pudieran reconciliarse.

— Lo sé. Admiro tus buenas intenciones, Julio, pero no siempre podemos conseguir lo que queremos.

Don Julio asintió y miró con lástima al paciente. Tomó una decisión, dura pero necesaria.

— Dame un par de horas. Si no consigo hacer que sus padres vengan, podrás sedarle.

— De acuerdo. Mientras tanto, iré a visitar al señor Hurtado.

— No pronuncies su nombre muy alto —Bromeó el sacerdote—. Ya sabes lo que podría pasarnos si alguien se entera de que está aquí.

— Como si su adicción no fuera un secreto a voces dentro del mundo mágico —El sanador apretó el brazo de don Julio—. Nos vemos más tarde. Que tengas un buen día.

— Igualmente, Grego.

El sanador Paz era un hombre alto y delgado que daba largas zancadas al caminar. Don Julio, en cambio, era bajito y achaparrado y daba pasitos cortos pero veloces. Tenía ochenta años recién cumplidos, el pelo de un tono gris oscuro y los ojos marrones. Usaba gafas desde siempre y aún conservaba el teléfono móvil que se había comprado a principios de los años noventa.

Grego y Julio empezaron a trabajar juntos en el centro de desintoxicación hacía ya diez años. El sacerdote fue uno de los fundadores del mismo, allá por el año noventa y cuatro, y conocía perfectamente al dueño de todo aquello. De hecho, su primer encontronazo con Ricardo Vallejo fue a principios de los ochenta, cuando don Julio era el párroco de la pequeña iglesia de un barrio marginal de Madrid. Vallejo no era un católico practicante, de hecho, el cura no pensaba que fuera siquiera un creyente, pero acudió a su iglesia en busca de un poco de consuelo y encontró mucho más. A un brujo sacerdote, para empezar. Un guía, un amigo y un socio para ir un poco más allá.

Aunque el centro perteneciera al Grupo Vallejo, Ricardo se pasaba por allí muy de vez en cuando. Confiaba ciegamente en la gestión de don Julio y no le gustaba demasiado ver a los pacientes debido a ciertas cosas que había hecho en el pasado. Ricardo quería ayudar a los toxicómanos y, aunque una buena parte de los enfermos costeaban su ingreso allí, nunca faltaba un lugar para los más pobres y miserables. En esa situación se encontraba aquel joven desahuciado y media docena de enfermos crónicos que, en lugar de esperar la muerte en la calle, lo hacían trabajando en los huertos que rodeaban la edificación.

Don Julio se disponía a supervisar las labores de ese grupito de internos cuando vio a Ricardo en mitad de un pasillo. Tenía el ceño fruncido y cara de malas pulgas y lo acompañaban dos chavales muy jovencitos que tenían cara de absoluto desconcierto. ¿Acaso le traía un par de enfermos? ¿Se trataría de un tema más personal? Sin saber muy bien a qué atenerse, se acercó a ellos y saludó a Vallejo con cordialidad.

— Ricardo, no te esperábamos. ¿Avisaste de que ibas a venir?

— Es más bien una visita sorpresa —Ricardo se mordió el interior del carrillo y echó un vistazo a su alrededor—. ¿Cómo va todo?

— Más o menos como siempre. Hace tres días ingresamos a una paciente muggle. Un primo de su madre es brujo y le recomendó el centro. Es una chica muy jovencita y está embarazada.

— ¿Ya la ha visto el sanador Paz?

— Dice que es posible que el bebé nazca con el síndrome de abstinencia. La chica está de siete meses.

Ricardo suspiró. Casi nunca se interesaba por los casos que atendían en el centro. Intentó no pensar en ese pobre bebé que nacería en unas pocas semanas y se centró en el motivo que lo había llevado hasta allí. Sin más preámbulos, estiró un brazo para que sus acompañantes se acercaran.

— Julio, quiero presentarte a mi hijo.

— Así que este es Darío. Encantado de conocerte, joven. Tu padre me ha hablado mucho de ti.

El chico le estrechó la mano con aire dubitativo. Seguía sin tener idea de qué iba todo eso, aunque empezaba a imaginarse qué clase de sitio era ese lugar.

— Éste es Alfred. Es un buen amigo de Darío.

Don Julio también saludó al otro chaval, mientras hablaba con cierto reproche.

— Debiste presentarnos antes. Tantos años escuchándote hablar sobre el chico. ¡Mira qué grande está ya!

— Sabes que hay cosas que prefiero no mezclar.

— Sí. Y mucho me temo que estoy en el lado oscuro de tu vida.

— ¿El lado oscuro? —A pesar de que la vergüenza aún le duraba y de no desear contrariar a su padre ni un poco, Darío no pudo contenerse.

— Todos tenemos un lado oscuro, pero no soy quién para hablarte de eso —Don Julio sonrió—. ¿Pasa algo, Ricardo? No me negarás que no es muy normal que vengas acompañado de tu hijo y su amigo.

— Ayer pillé a estos dos imbéciles fumándose un porro —Explicó con sequedad. Darío se puso rojo hasta las orejas. Alfie hundió la cabeza entre los hombros y se abrazó a sí mismo—. He pensado en darles una vueltecita por el centro para que vean lo que podría llegar a pasarles si siguieran por ese camino.

Don Julio pensó que, tal vez, el hombre estaba siendo un poco drástico, pero asintió de todos modos y le dio el visto bueno al tour turístico. Sin duda, esos dos chavalines terminarían muy impresionados.

— Este sitio es tuyo, Ricardo. Puedes venir cuándo quieras y pasearte por dónde te apetezca. Eso sí, sería conveniente que no pasaras a esa habitación. Tenemos a un enfermo en fase terminal y debemos respetar su intimidad.

— Seré prudente y respetuoso, Julio. No te preocupes.

—De acuerdo. Si me disculpáis tengo que hacer unas cuantas llamadas telefónicas.

El sacerdote se alejó rumbo a su despacho. Ricardo se asomó por una de las ventanas que daban a la parte delantera y comprobó que hacía un día muy bonito. Caluroso pero bonito.

— ¿Qué es este sitio, papá? —Preguntó Darío con suavidad. Desde que se había levantado, el chico anduvo con pies de plomo. Sin duda, deseaba reconciliarse con su progenitor lo antes posible.

— Es una clínica de desintoxicación para magos y muggles toxicómanos.

Darío parpadeó y Alfie soltó un silbidito.

— ¿De verdad es tuyo?

— Sólo soy el socio capitalista. Don Julio es el que verdaderamente sabe cómo dirigir el cotarro. El centro es más suyo que mío.

Y, sin poder evitarlo, los recuerdos de Ricardo viajaron a un día muy lejano del año noventa y cuatro.


Huelva. 6 de abril de 1994.

Los pintores acababan de terminar con el último pasillo. Aún quedaban bastantes cosas por hacer, pero don Julio Cabrera estaba convencido de que el centro podría abrir sus puertas para el verano. Todavía tenían que contratar a una buena parte del personal sanitario, pero el sacerdote ya le había echado el ojo a un par de buenos profesionales. Aunque Ricardo Vallejo estaba costeando todo el proyecto, no se mojaba demasiado con el tema de la organización y don Julio creía entender por qué. Sin duda, ese hombre había cometido muchos pecados en su vida, pero por fortuna para él estaba arrepentido y deseaba redimirse.

— Buenos días, Julio —Y pensando en el rey de Roma, acababa de aparecerse ante sus ojos como por arte de magia. Y estaba de muy buen humor—. ¡Vaya! Esto tiene muy buena pinta.

— Hasta ahora todos los artistillas están terminando el trabajo en las fechas previstas. Todo va sobre ruedas.

— Ya lo veo, ya. Hasta me sabe un poco mal decirte lo que tengo que decirte. Sé que supondrá mucho trabajo extra, pero creo que merecerá la pena.

— Mientras no pretendas que añadamos una nueva planta al edificio.

— Bueno —Ricardo esbozó una de sus sonrisas repletas de picardía—. Por ahí van los tiros.

— ¡Venga, hombre! No me fastidies ahora.

— Nada más lejos de mi intención. Lo que pasa es que he estado pensando en que no tiene sentido que admitamos únicamente a pacientes mágicos. Hay muchos brujos que tienen familiares muggles y me parece que lo más lógico es que también los aceptemos a ellos.

— Eso podría ser un embrollo, Ricardo. Ya nos está resultando un poco difícil mantener en secreto nuestras actividades como para aceptar muggles.

— Estadísticamente hablando, hay más muggles drogadictos que brujos.

— Hay centros especiales para…

— Hubo un tiempo en el que no me tembló el pulso a la hora de venderles a ellos también —Ricardo interrumpió lo que tenía toda la pinta de convertirse en un discurso—. Se lo debo.

Bajo esa fachada de hombre cínico y despreocupado, se ocultaba un ser atormentado por las culpas del pasado. Don Julio lo sabía mejor que nadie y por eso suspiró de aquella manera. Y aceptó la proposición. Después de todo, él era un individuo piadoso y, aunque fuera complicado de llevar a cabo, lo que Ricardo proponía no era imposible.

— Vamos a tener que buscar un ingeniero mágico si realmente quieres ampliar el edificio.

— En realidad había pensado en construir otro un poco más allá. Tenemos terreno de sobra y podríamos separar los pacientes muggles de los mágicos sin más complicaciones.

— Pero eso sería como empezar de nuevo.

— Más o menos —Ricardo parecía estar disculpándose por esa idea de última hora.

— La apertura se retrasará.

— No hará falta. Podemos empezar a tratar a pacientes magos mientras se construye el otro pabellón.

— Eres un liante, Ricardo.

— Y tengo grandes ideas. No me digas que no.

Don Julio suspiró. Aquello no hacía más que complicar las cosas, pero le gustaba el nuevo proyecto. Siempre se había preocupado de brujos y muggles por igual y no pensaba cambiar ahora. Quería ayudar al mayor número de personas que fuera posible y no le quedó más remedio que asentir y dar el visto bueno.

— Tengo que buscar personal sanitario, pero en cuanto solucione eso hablaré con el ingeniero que se encargó de la primera parte del proyecto. Eso sí, te agradecería que te encargaras de solucionar todo el papeleo ministerial. Estoy a tope de trabajo y, aunque te pienses lo contrario, también soy humano.

— Veré qué puedo hacer para ayudarte. Muchas gracias, Julio.

El sacerdote asintió y decidió hacer referencia al estado de ánimo de su interlocutor.

— Te veo muy contento hoy. ¿Ha pasado algo?

— Ayer fue el cumpleaños de Darío. Dimos una pequeña fiesta y se lo pasó de miedo.

— Ya tiene dos años. ¿No es cierto?

— Parece mentira lo rápido que pasa el tiempo.

— Sí —Y, hablando sobre ello, don Julio consultó la hora en su reloj—. No quiero parecer brusco, pero si no tienes nada más que decirme, tendría que volver al trabajo.

— Claro, perdona por la interrupción. Creo que yo iré al ministerio esta misma mañana. Odio la burocracia, pero es algo necesario si quieres ser un tipo honrado.

— ¿Y tú quieres serlo, Ricardo?

— Eso creo.

Don Julio asintió y se quedó con ganas de añadir algo más cuando Ricardo Vallejo se desapareció. Sí, realmente estaba intentando cambiar y, por el momento, no lo hacía nada mal.


De regreso a 2009.

— Quiero que me dé el alta hoy mismo.

— No puedo hacer eso, señor Hurtado. Su familia desea mantenerle internado hasta que se reponga por completo.

— Me da igual lo que quieran ese atajo de desagradecidos. Quiero el alta y punto.

Gregorio Paz frunció el ceño. Cristóbal Hurtado había pasado por el centro de rehabilitación en varias ocasiones y siempre era el mismo cuento. Su familia ignoraba con más o menos acierto su problema hasta que el hombre organizaba algún desastre y decidían tomar cartas en el asunto. Después, se pasaba un par de meses internado, reclamaba el alta, soltaba unas cuantas amenazas y se iba, con o sin el consentimiento de sus familiares.

— No está ni mucho menos restablecido de su adicción. Si tuviera un poco más de paciencia, podría recuperarse por completo antes de volver a su vida normal.

— No soy un adicto. Sé controlar lo que consumo. Y quiero irme de una vez.

El sanador asintió, cansado de discutir con ese cabezota insufrible. Era imposible ayudar a un toxicómano que se negaba a reconocer que tenía un problema, así que hizo un par de anotaciones en su informe y se dispuso a seguir con su ronda.

— Hablaré con don Julio y ya veremos qué podemos hacer por usted.

— No me ha entendido bien, matasanos. Le he dicho que me voy a ir de aquí hoy mismo.

Gregorio no respondió. Se dio media vuelta y abandonó la habitación. Nada más salir al pasillo, se encontró con Ricardo Vallejo. Los dos chavales que le acompañaban estaban extraordinariamente serios, incluso un poco pálidos.

— Buenos días, Grego. ¿Qué tal la mañana?

— Más o menos —El sanador estrechó la mano del que era algo así como su jefe—. ¿Cómo estás? ¿Qué te trae por aquí?

Ricardo aprovechó para presentar a Darío y a Alfie y comentó algo sobre mostrar la realidad a los adolescentes descerebrados. Gregorio tuvo que sonreír porque, a juzgar por las expresiones de los chavales, estaban aprendiendo una valiosa lección.

— Si seguís por este pasillo, justo hasta el final, podréis salir a los huertos. Seguro que os gustan.

Gregorio se había tomado aquella libertad porque no consideró oportuno hablar sobre Cristóbal Hurtado con ellos delante. Darío y Alfie se fueron a buen paso, tal vez ansiosos por escapar del ambiente un tanto opresivo de aquel lugar.

— ¿Sabías que Hurtado vuelve a estar ingresado? —Dijo una vez los chicos estuvieron lo suficientemente lejos. Ricardo apenas frunció el ceño, sin dejar entrever que tenía una historia bastante complicada con el enfermo—. Su madre lo trajo a principios del verano, después de que llegara colocado a casa y le pegara un par de bofetones a su hija.

— No me sorprende nada que haya llegado a esos extremos. Aunque espero que la mujer se haya atrevido a denunciar de una vez.

— Me temo que la mujer sigue deseando mantener las apariencias. Por eso no se cansa de decir que su marido anda de misión diplomática por no sé qué país de África.

— Si quiere comportarse como una idiota es su problema —Ricardo se cruzó de brazos—. ¿Cómo está progresando esta vez?

— Igual que siempre. Dice que controla, que no es adicto y no tiene ningún problema y que quiere irse a su casa hoy mismo —Grego sonrió—. A lo mejor, si entras ahí y le sueltas cuatro frescas, consigues que se le caiga la cara de vergüenza y decide quedarse, aunque sólo sea por orgullo.

— O a lo mejor intenta pegarme. No me gustaría tener que usar la violencia estando mi hijo tan cerca.

— Ya veo. Entonces tendré que hablar con don Julio. No nos queda más remedio que dejar que se vaya.

— Esto no es una cárcel. Si sigue empeñado en no ver la realidad, no se puede hacer nada. Dejad que se largue, a ver si revienta de una vez.

— Mira que puedes llegar a ser bruto.

Ricardo se encogió de hombros. La verdad era que Cristóbal Hurtado le caía fatal. Se habían conocido en los campamentos de verano durante el único año que tuvo ocasión de ir allí y ese mamón gilipollas le había hecho una jugarreta que aún tenía bien guardada en su cabeza. Con el tiempo, coincidieron más veces porque Hurtado era un gran aficionado a las drogas y Ricardo estaba más que dispuesto a proporcionárselas. A pesar de no sentir gran simpatía por él, quería que se recuperara igual que quería que se recuperaran los demás, pero no iba a llorar por ese idiota porque hacía mucho tiempo que su pasado quedó atrás y Hurtado no había dejado de consumir, sino que se había buscado otro camello.

— Voy a ver qué hacen los chicos.

— Nos vemos, Ricardo.

Gregorio retomó su camino y Vallejo no tardó en reunirse con su hijo y Alfie. Los chicos observaban con cierto interés como media docena de hombres y mujeres flaquísimos y paliduchos regaban la tierra.

— Están terminales —Dijo sin más miramientos, aunque procurando que los pacientes no le escucharan—. Seguramente ninguno de ellos llegue vivo a fin de año.

Darío y Alfie le miraron con tristeza y consternación. No hizo falta que dijeran nada para que Ricardo se diera cuenta de que su plan había salido bien. Y se alegraba por ello.


Y hasta aquí voy a contar por hoy. Sí, vale, Julia no ha aparecido, pero antes de que veamos cómo es su relación con Ricardo, he querido meterme de lleno en el centro de desintoxicación. Si adivináis de quién es familia la mujer, os regalo un capi especial con lo queráis leer. Como pista, os digo que aparece en este capítulo. ¡Venga, apostad, apostad! Ya cierro el pico. ¿Tenéis algo que decir?