LO IMPENSABLE III


Puerto Mágico de Bilbao. 3 de Septiembre de 2001.

Julia García dejó la última carpeta sobre el escritorio y echó un vistazo a su inseparable cuadernillo de tapas rojas. Repasó mentalmente todo lo que necesitaba para poner al día a su jefe y sonrió con satisfacción. Le encantaba esa sensación placentera que se le quedaba en el cuerpo tras cumplir con su trabajo.

Ricardo Vallejo regresaba a su puesto al frente de la empresa después de tres años en prisión y un mes de vacaciones en compañía de su hijo. Cuando habló con él la noche anterior, estaba entusiasmado y ansioso por retomar sus labores y Julia deseaba facilitarle las cosas. Consideraba que había sido condenado de forma totalmente injusta y se había esforzado por mantener sus negocios a flote durante todo ese tiempo. Quería que el señor Vallejo supiera que podía contar con su apoyo, que estaba dispuesta a ayudarle cuanto fuera necesario.

Julia recordó el día que vio a su jefe por primera vez. Fue en el año noventa y seis. Por aquel entonces, estaba trabajando en Pociones Moltó y, aunque se sentía a gusto en la empresa, sabía que allí nunca podría hacer realidad sus ambiciones laborales. Los Moltó eran una gran familia de magos talentosos y, aunque se esforzara muchísimo en su búsqueda de un ascenso, siempre habría algún Moltó que lo haría igual o mejor que ella. Por eso entregó su currículo en el puerto de Bilbao y por eso acudió a su entrevista con Ricardo Vallejo consumida por los nervios.

Pasaron quince días hasta que la llamaron. Julia ya había perdido toda esperanza de conseguir el empleo, pero el mismísimo señor Vallejo se puso en contacto con ella para comunicarle que el puesto era suyo. Julia se había esforzado a tope para ganarse su confianza y muy pronto se había convertido en la mano derecha de su jefe. Tanto fue así, que siempre la dejaba encargada de sus asuntos cuando se ausentaba.

Durante los tres años transcurridos desde su ingreso en Atalanta, la fábrica había aumentado su volumen de negocio y proporcionaba unos ingresos bastante considerables. Julia se sentía muy orgullosa de sí misma y estaba deseosa por ver la cara que pondría el señor Vallejo cuando comprendiera el alcance del éxito empresarial.

Dio un respingo cuando la puerta del despacho se abrió. Ricardo Vallejo seguía siendo tan puntual como siempre y presentaba un aspecto distinguido. Continuaba vistiendo sus trajes hechos a medida, su corbata lucía un nudo perfecto y su pelo estaba pulcramente peinado.

— Buenos días, señora García —El hombre la saludó con absoluta cordialidad—. Veo que aún mantiene su costumbre de llegar al trabajo antes que nadie.

— Buenos días, señor Vallejo —Ella le correspondió con una sonrisa amable—. Quería que todo estuviera en orden para su regreso.

— Muchas gracias. Como siempre, ha realizado una labor muy meticulosa.

— Cuando quiera, puedo explicarle como ha progresado la fábrica en los últimos meses. He preparado toda la documentación para que pueda ver el balance económico de los últimos años. También he actualizado la lista con el personal después de que algunos de los obreros británicos decidieran volver a su país tras la guerra. Hemos tenido que contratar a bastantes trabajadores nuevos.

— Estoy ansioso por ponerme manos a la obra, pero he decidido tomarme este primer día con calma. Ya sabe lo que cuesta volver a la rutina después de unas largas vacaciones.

— Por supuesto —Julia sonrió—. Si necesita cualquier cosa, estaré en mi oficina.

— Muchas gracias por ocuparse de todo durante mi ausencia, señora García. No sé qué hubiera sido de la fábrica sin usted.

Julia aceptó el cumplido con una leve inclinación de cabeza y se marchó cerrando la puerta tras de sí. El día no podría haber empezado mejor. Ricardo Vallejo apreciaba sinceramente el esfuerzo de los demás y acostumbraba a recompensarlo con bastante generosidad. Ella ya no podía aspirar a nada más en el ámbito laboral puesto que sólo el señor Vallejo estaba por encima de ella en el organigrama de la empresa, pero le alegraba haber sido capaz de mostrarle su lealtad. Para el hombre, la lealtad era algo muy importante. Y para Julia también.

Sus tacones resonaron por los pasillos hasta que llegó a su propio despacho, ubicado también en la planta superior de la fábrica. Desde su ventana circular tenía una asombrosa vista del océano. La oficina era acogedora, cómoda y práctica, y Julia se sentía como un pez dentro del agua moviéndose entre armarios archivadores y carpetas de cartón. Se sentó frente a su amplio escritorio de madera oscura y encendió el ordenador. Tenía que preparar un pedido de material industrial mágico para una naviera canadiense y los informes no podían esperar ni cinco minutos más. Pasó una buena parte de la mañana totalmente enfrascada en el trabajo, hasta que a mediodía alguien llamó suavemente a la puerta. Julia se puso en pie cuando vio al señor Vallejo frente a ella.

— ¿Interrumpo? Si está muy ocupada, puedo volver más tarde.

— No importa, puede pasar.

El hombre asintió y cerró la puerta tras de sí. Echó un vistazo a su alrededor, observando con gesto impasible el organizado desorden que constantemente rodeaba a Julia, y tomó asiento frente a ella.

— He estado echando un vistazo a toda la documentación que ha preparado para mí y me he dado cuenta de que en los últimos años la fábrica ha obtenido grandes beneficios.

— Así es. Al principio nos costó un poco de esfuerzo abrir mercado, sobre todo teniendo en cuenta que existían unas cuantas empresas bien posicionadas en otros países del mundo mágico, pero hubo dos operaciones que salieron especialmente bien y nos permitieron ampliar nuestra cartera de clientes. Vamos progresando día a día.

— También he observado que en un par de ocasiones han surgido problemas con el dueño del puerto mágico.

— Nos ha puesto peros con algunos de los fletes, pero finalmente resolvimos satisfactoriamente el conflicto.

Ricardo Vallejo guardó silencio un instante y se cruzó de brazos.

— ¿Es usted consciente de que el director del puerto no siente una gran simpatía hacia mí?

— La relación personal que exista entre ustedes no debería suponer ningún problema a la hora de hacer negocios.

— Pero los supone. Y no se crea que me pilla por sorpresa, señora García. He tenido que vérmelas con bastantes huesos duros de roer y estoy acostumbrado a que no todo el mundo se fíe de mi persona.

Julia había oído rumores que relacionaban al señor Vallejo con el mundo del crimen, pero no les daba mucho crédito. Durante todo el tiempo que llevaba trabajando para él, se había mostrado como un hombre respetuoso con la ley. Si se obviaba el asunto de los inmigrantes británicos, por supuesto.

— Si cree que lidiar con ese hombre le supone algún problema, yo puedo encargarme perfectamente de tratar con él.

— Le agradezco el ofrecimiento, pero tengo otra cosa en mente —Vallejo hizo una pausa un tanto melodramática y sonrió—. Vamos a comprar el puerto.

— ¿Disculpe?

— Como ya sabe, los negocios del Grupo Vallejo van mucho más allá de esta fábrica. Usted ha hecho un espléndido trabajo manteniéndose al frente y estoy convencido de haber dejado a gente de confianza y muy bien capacitada encargada de los otros negocios. Desde que entré en prisión, no he invertido el dinero de los beneficios y ya va siendo hora de hacerlo. ¿Qué mejor que comprar un puerto mágico?

Julia se quedó boquiabierta. Sabía que Ricardo Vallejo era muy rico y muy ambicioso, pero aquella revelación le había pillado absolutamente por sorpresa. Supuso que él esperaba que le orientara de alguna manera, así que puso sus pensamientos en orden y habló.

— No estoy segura de que sea una buena idea. Necesitará disponer de una gran cantidad de dinero, mucho más de lo que piensa.

— Hagamos una cosa —El señor Vallejo sonrió y se puso en pie—. En los próximos días le haré llegar los balances de mis otras empresas. Le daré algún tiempo para que les eche un vistazo y, entonces, me dirá su opinión respecto a la compra de la fábrica. Hasta entonces, dejo que siga con su trabajo.

El hombre abandonó el despacho sin añadir nada más. Julia se quedó muy quieta un instante, preguntándose hasta qué punto era rico su jefe.


Burgos. Mucho más tarde.

El barrio mágico de la ciudad castellana era uno de los más pequeños de la península. Apenas contaba con dos calles entrecruzadas en las que se ubicaban unas cuantas tiendas y algunas viviendas. Había conocido su esplendor durante los años en que fue capital del reino de Castilla, pero con el paso de los siglos sus gentes se fueron trasladando a lugares más prósperos y quedó en el abandono hasta que, a mediados del siglo pasado, un buen puñado de antiguas familias oriundas de la zona decidieron darle un poco de lustre y devolverla a la vida.

La familia materna de Julia fue una de las impulsoras del proyecto. Poco a poco iban llegando magos y brujas procedentes de lugares cercanos y doña Elvira, la madre de Julia, no se cansaba de organizar saraos y reuniones que, aunque a ella le parecían un tanto rancios, resultaban bastante efectivos.

Julia se había criado en la ciudad, pero en cuanto cumplió los dieciocho años se fue de casa. Primero a estudiar a Madrid y, más tarde, a trabajar a Valencia. En la capital del Turia vivió los años de su primer matrimonio, pero tras el divorcio regresó a Madrid. Y tras una nueva decepción amorosa, sintió la necesidad de volver a Burgos. Su madre había insistido en que se instalara en su casa, pero Julia optó por alquilar un piso en uno de los edificios de nueva construcción del barrio mágico.

Tan solo llevaba dos meses viviendo allí. Le parecía mentira que hubiera pasado tan poco tiempo desde Álvaro la dejara para irse con esa mujer. Ni siquiera habían tenido tiempo de arreglar todo el papeleo, pero Julia estaba deseando librarse de ese cerdo. Se sentía especialmente dolida porque él le había jurado que siempre se quedaría a su lado y le había fallado en el peor momento posible

Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos. Había sido un día muy duro y estaba absolutamente agotada. Lo único que le apetecía era darse un baño con sales aromáticas, comerse algo que tuviera mucha grasa y sentarse a leer un libro hasta caerse de sueño. Por eso, gruñó cuando las protecciones de la casa temblaron y alguien se materializó en mitad de su sala de estar.

— ¡Mamá! —Protestó enérgicamente al reconocer a esa mujer morena y flaca—. Te he dicho mil veces que llames a la puerta, como todo el mundo.

— ¡Ay, Juli! No me vengas con ésas precisamente ahora. Ha pasado algo horrible.

Julia se puso en pie y la miró con preocupación. Por un momento temió que le hubiera ocurrido algo a su padre. Últimamente don Damián no andaba muy bien del corazón. Sus temores se disiparon en cuanto su madre siguió hablando.

— Ha sido Cristóbal otra vez. Su mujer lo ha encontrado tirado en el suelo del cuarto de baño. Tenía una brecha horrible en la frente y había sangre por todas partes.

— Y supongo que estaba drogado hasta las cejas.

Hubo un tiempo en el que Elvira negó la realidad, pero por suerte había aprendido a aceptarla. El que seguía en sus trece de que a Cristobalito no le pasaba nada era el tío Ernesto, que se empeñaba en defender la perfección de su familia. Para él, Julia era una ovejita negra que había dejado dos corazones rotos en el camino.

— Creo que esta vez ha sido peor que las otras. Han tenido que llevarlo a San Mateo. Por lo visto, tenía la tensión altísima.

— ¡Cómo no! En una de éstas, tu sobrino se queda en el sitio.

— No digas eso, hija.

— ¿Y qué quieres que diga? Es obvio que Cristóbal perdió el control hace mucho. Si los tíos o su mujer no hacen algo para pararle, va a terminar muy mal.

— ¡Cómo si fuera fácil!

— Es fácil. Lo que les pasa es que no quieren que nadie sepa que tiene un problema. Mientras sigan escondiendo la verdad, nada mejorará.

— Pero, hija. ¿Tú sabes lo que diría la gente? Los enemigos del tío se arrojarían contra él como perros de presa y Cristóbal. ¡Ay, pobre! Seguramente perdería su empleo. Y es un buen trabajador, lo sabes tan bien como yo.

— Pues nada, mamá. Cuando el primo se pase de la raya y se muera, ya se encargará el tío Ernesto de inventarse alguna mentira para mantener limpio el nombre de la familia. Cualquier cosa es preferible a aceptar la realidad y actuar en consecuencia.

Su madre la miró fijamente, muy seria y disgustada. Si bien era cierto que era consciente de los problemas familiares, estaba de acuerdo con su hermano en que lo preferible era mantenerlo todo en secreto. Siempre le había preocupado mucho el qué dirán y eso le había costado alguna que otra discusión con Julia. No veía con buenos ojos que se hubiera separado, aunque en esa segunda ocasión parecía estar sobrellevándolo todo mucho mejor.

— Te pones insoportable cuando se trata de Cristóbal. Se nota que no te cae bien.

— No se trata de si me cae bien o mal, mamá. Tiene un problema que no se resolverá por sí solo. ¿Es que no te das cuenta de que el silencio no le hace ningún bien?

— ¡Y qué sabrás tú! —Doña Elvira chasqueó la lengua, ansiosa por terminar con esa charla—. No tienes ni idea de lo mal que lo están pasando los tíos.

— Porque ellos quieren. Sabes que Cristóbal empezó con la droga de jovencito.

— ¡Juli!

— ¿Qué pasa? ¿Tampoco puedo llamar a las cosas por su nombre?

— Mira, vamos a dejarlo —Doña Elvira agitó la cabeza, en absoluto dispuesta a seguir con la conversación—. ¿Tú estás bien? ¿Seguro que no te quieres venir a casa?

— Estoy bien, mamá. No te preocupes.

— ¿Has hablado con Álvaro?

— Mi abogado se ha puesto en contacto con el suyo para acelerar los trámites de la separación y organizar la venta de la casa de Valencia.

— Deberías dejarte de abogados y hablar cara a cara con él. A lo mejor, lo vuestro aún tiene arreglo.

Julia abrió la boca, indignada y sorprendida a partes iguales. Le había contado con pelos y señales lo que había pasado con ese hombre y su madre sugería una reconciliación.

— Álvaro me ha estado poniendo los cuernos durante dos años. Me ha dejado para irse con la otra.

— Pero sólo lo ha hecho por lo del embarazo…

— ¡Mamá! Más motivo aún para no querer saber nada de él.

— Entiendo que estés enfadada, Juli, pero pasar por otro divorcio es… —Doña Elvira se frotó los brazos como si le dieran escalofríos—. Y Álvaro es tan buen chico.

— ¿Sabes qué? Ahora soy yo la que quiere dejar de hablar.

— Sé razonable.

— ¿Te estás escuchando, mamá? Quieres que vuelva con un hombre que se ha pasado la mitad de nuestro matrimonio mintiéndome.

— A lo mejor sólo quería tener un hijo. Y como tú no…

— Basta —Julia la interrumpió antes de que pudiera añadir algo más. Por lo general, su madre no solía actuar con tanta torpeza frente a ella, así que su comportamiento se debería a la consternación que le había ocasionado la actitud de Cristóbal—. No pienso volver con Álvaro. Si tanto te gusta, cásate tú con él.

— ¡Vigila esa boca, Julia!

— Si no tienes nada más que decir, estoy cansada.

Su madre había conseguido enfadarla y, aunque seguramente se arrepentiría de ser tan brusca con ella, en ese momento le apetecía quedarse sola. Descubrir las mentiras de su ex -marido aún le dolía en el alma y necesitaba respirar. Doña Elvira frunció el ceño, pero pareció comprender que se había pasado un poco y se marchó sin reprocharle su falta de hospitalidad. Una vez a solas, Julia se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. Se le había quitado el hambre.


Puerto Mágico de Bilbao. 15 de septiembre de 2001.

Julia no acostumbraba a trabajar los sábados, pero después del divorcio había empezado a acudir a Bilbao incluso por las tardes. Además, el señor Vallejo había cumplido su promesa de pasarle un montón de información relacionada con el Grupo Vallejo y se había pasado los últimos días examinándola con cuidado y atención. Los negocios de su jefe funcionaban bastante bien en conjunto y, aunque la operación resultaría un tanto arriesgada, comprar el puerto no le parecía una mala idea. Quizá le supusiera una inversión importante, pero no tardaría en dar sus frutos. Unos frutos de lo más apetitosos, estaba claro.

Julia decidió que el lunes hablaría con él. Estaba bastante segura de que el señor Vallejo no estaría por la fábrica durante ese día. Los fines de semana le tocaba cuidar de su hijo y, si existía algo más importante en su vida que los negocios, ése era Darío. Lamentando internamente que hubiera llegado momento de regresar a casa, Julia comenzó a recoger sus cosas y salió a los pasillos. Tan sólo los encargados de mantenimiento y seguridad estaban trabajando, así que le sorprendió un poco escuchar como alguien correteaba cerca de allí. Un instante después, dos niños aparecieron corriendo por el pasillo. Julia reconoció a uno de ellos de inmediato.

Llevaba bastante tiempo sin ver a Darío. Durante el tiempo que su padre estuvo en prisión, nadie le había llevado a la fábrica. Había crecido bastante, pero era inconfundible. Le acompañaba un niño de su edad, feúcho y muy flaco, y los dos parecían estar pasándoselo en grande.

— Niños —Su voz sonó severa y los pequeños, que no se habían percatado de su presencia, se pusieron firmes—. ¿Qué estáis haciendo aquí?

Intercambiaron una mirada y Darío dio un paso al frente con decisión.

— Nos ha traído mi padre. Dice que podemos ir donde queramos.

— Debo suponer que tu padre es Ricardo Vallejo —El niño sonrió y asintió con orgullo—. Entonces, la fábrica es prácticamente tuya. No puedo regañaros por andar vagando por ahí.

— No creo.

— De acuerdo entonces. ¿Y puedes decirme dónde está tu padre ahora mismo?

— En su despacho. Nos ha dicho que va a tardar un rato.

— Pues vosotros seguid explorando por ahí mientras hablo con él. ¡Oh! Y ni se os ocurra entrar en mi despacho —Señaló la puerta de su oficina con seriedad—. No me gusta que nadie toque mis cosas. Ni siquiera los dueños de la fábrica.

Darío sonrío y asintió nuevamente. Un instante después, volvía a correr como un loco acompañado por su amigo. A Julia siempre le había caído bien ese crío. Era un niño muy bien educado y bastante espabilado y, aunque desde la lejanía, lo había visto crecer. Estaba convencida de que tendría bastantes encuentros con él a partir de ahora.

Julia no tardó en llegar al despacho de su jefe. Lo encontró sentado frente al ordenador, quizá resolviendo algunos asuntos de última hora. La sorpresa fue evidente en su rostro cuando la vio allí.

— ¡Señora García! ¿Qué hace usted en la fábrica? No me diga que ha estado trabajando.

— Tenía que atender unos asuntos de urgencia.

— Me van a salir caras sus horas extra. Debería prohibirle que venga por aquí los sábados.

— Tenga por seguro que lo hago encantada. No necesito ninguna clase de incentivo.

— Entiendo —Ricardo le señaló con cortesía un butacón de cuero—. Tome asiento, por favor.

Julia siguió sus instrucciones y se acomodó frente a él.

— Acabo de ver a Darío. ¿Sabe que anda curioseando por ahí?

— Me ha pedido permiso para enseñarle la fábrica a su amigo Alfie y no he podido negarme.

— Ha crecido muchísimo. Llevaba algún tiempo sin verle y está enorme.

— Lo sé.

Julia sintió que había dicho algo del todo inadecuado cuando los ojos del hombre se llenaron de tristeza. Cayó en la cuenta de que Ricardo Vallejo había pasado tres años sin ver a su hijo y supo de inmediato que debería haber sido muy duro para él salir de la cárcel y encontrárselo tan alto y tan mayor. Consciente de que lo mejor que podía hacer era cambiar de tema, dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. Por supuesto, estaba relacionado con el trabajo.

— He estado revisando toda la información que me pasó el otro día y creo que la compra del puerto es factible. Arriesgada, pero factible.

Ricardo la observó en silencio y después asintió. Julia se vio en la necesidad de seguir hablando.

— Un buen número de sus negocios da bastantes beneficios. Aunque hay uno que no —Julia se mordió el labio inferior—. De hecho, de un tiempo a esta parte amenaza con dar pérdidas.

— ¿De qué negocio me habla?

— Es una clínica de sanación ubicada en Huelva.

— ¡Oh! Ese negocio. No se preocupe. No me importa lo más mínimo que me cueste el dinero.

— ¿No le preocupa? ¿Por qué?

— Creo que la labor que se lleva a cabo allí es mucho más importante que las ganancias que genere.

— No tiene mucho sentido mantener un negocio que no prospera. Tal vez deberían introducirse algunos ajustes. Si pudiera conocer de primera mano cómo es la empresa, quizá pudiera darle algunos buenos consejos.

— Hablo en serio cuando le digo que no se preocupe, señora García —Ricardo Vallejo sonrió. La tristeza de antes había dejado paso a una especie de orgullo que a Julia se le antojó extraño—. Tal vez le cueste creerlo, pero hay algo de filántropo en mí.

— ¿Filántropo?

— En ocasiones, encuentro placentero ayudar a la gente. Eso es lo que hacemos en la clínica de Huelva.

— ¿Cómo lo hacen, exactamente?

— Procuramos que los pacientes dejen atrás sus adicciones y rehagan sus vidas. Es una clínica de desintoxicación.

Julia se quedó boquiabierta. Quiso decir algo, pero dos pequeños terremotos entraron en tromba en el despacho.

— ¡Papá! ¿A qué no sabes que nos ha dicho uno de los guardias de seguridad?

— No tengo ni la menor idea.

— Que si no dejábamos de correr, nos iba a hechizar las orejas, a detener y a encerrar en una mazmorra. Y se pensaba que nos lo íbamos a creer. ¡Ni que fuéramos niños!

Ricardo Vallejo se río y Julia supuso que había llegado a la misma conclusión que ella. Porque los niños no habían creído en las amenazas del otro brujo, pero bien que habían ido hasta allí para buscar la protección paterna.


Hasta aquí voy a escribir por hoy. Si mis planes salen bien, en el próximo capítulo vamos a viajar a la juventud de los señores Vallejo y Hurtado y veremos un poco más a don Julio Cabrera. Espero no tardar mucho en actualizar. Besetes y hasta el próximo.