LO IMPENSABLE IV
Por Cris Snape
Barrio Mágico de Madrid. Octubre de 2001.
El hijo menor del matrimonio Hurtado se tapó los oídos. Tenía cinco años recién cumplidos, se llamaba Cristóbal y lo que más odiaba del mundo era que sus papás se peleasen. Últimamente lo hacían muy a menudo, pero lo de ese día era peor porque estaban gritándose por su culpa.
Los sábados por la mañana siempre eran muy aburridos. Todo el mundo estaba muy ocupado todo el rato y Cristóbal echaba de menos poder jugar con alguien. Pensando que en el despacho de papá podría encontrar algo interesante, el pequeñajo había registrado todos sus cajones y se había hecho con esa bolsita repleta de polvo blanco. Emocionado, había creído que se trataba de polvos pica y pica y ya se disponía a probarlos cuando mamá lo pilló con las manos en la masa.
A Cristóbal le había asustado un poco que se pusiera a gritar de esa forma y le sorprendió mucho que no le regañara a él, sino a papá. No entendía qué estaba pasando y, procurando que nadie se diera cuenta, corrió hasta su habitación y se metió debajo de la cama. Aquel era el mejor sitio para esconderse cuando sus papás se ponían en ese plan.
— ¿Me vas a decir que no es nada, Cristóbal? ¡El niño ha encontrado esta basura! ¡Estaba a punto de…!
Esther se llevó las manos a la garganta, angustiada por lo que había estado a punto de ocurrir. No era tonta y no estaba ciega. Cuando conoció a Cristóbal, ya sabía que consumía drogas de vez en cuando, pero no pensó que la situación pudiera llegar a ser tan grave. Su marido había perdido el control mucho tiempo atrás y su hijo había estado a punto de pagar las consecuencias.
— Se me olvidó sellar el cajón con un hechizo. Lo siento.
— ¿Qué lo sientes? ¿Qué hubiera pasado si el niño la hubiera probado? ¡Oh, Dios mío! No quiero ni pensarlo.
— No volverá a ocurrir, pero deja de gritarme.
— ¿Qué deje de gritarte? ¿Es que no entiendes nada?
— Ya he tenido suficiente. No soporto cuando te pones histérica.
Sin añadir nada más, Cristóbal agarró la bolsita que su hijo había rescatado del cajón de su escritorio y se fue dando un sonoro portazo. Esther se quedó quieta un instante, pensando en que se pondría a hiperventilar de un momento a otro. Hasta ese día, había sido capaz de convivir con el problema de Cristóbal porque nunca le había afectado de forma directa. Le gustaba estar casada con él por todo lo que significaba ser la esposa de un miembro tan importante de la sociedad mágica, pero le gustaba aún más que sus hijos estuvieran siempre a salvo. Eva y Cristóbal eran lo más importante para ella y no pensaba permitir que el estúpido de su marido los pusiera en peligro.
Por suerte, su hija había empezado a asistir ese mismo año a la escuela de magia y no había presenciado la discusión, pero Cristóbal había tenido que escuchar toda la disputa. Preocupada por él, fue hasta su dormitorio y se arrodilló en el suelo, consciente de que lo encontraría debajo de la cama.
— Hola, cariño —Le dijo con voz suave y la sonrisa presente en su rostro. El pequeño se quitó las manos de las orejas y agachó la mirada.
— Hola.
— ¿No vas a salir de ahí? —Cristóbal negó con la cabeza—. ¿Por qué no?
— No me gustan los gritos.
— Pues ya no tienes que preocuparte por eso. Papá se ha ido y nadie va a seguir gritando.
El niño se lo pensó un instante y finalmente optó por abandonar su escondrijo. Mamá se sentó en la cama y no tardó nada en acomodarlo sobre sus rodillas.
— Sabes que ha estado mal meterte en el despacho de papá sin permiso. ¿Verdad?
— ¿Me vas a castigar?
— No. Vamos a hacer otra cosa. En cuanto Eva termine sus clases, iremos a recogerla y nos marcharemos a Burgos a ver a los abuelos. ¿Qué te parece?
— ¿Crees que el abuelo me dejará jugar con su pipa?
— Si le das un beso y un abrazo, seguro que sí.
— Pues entonces sí quiero que vayamos.
Esther besó la frente del niño y apretó los dientes. Había llegado la hora de actuar. Cristóbal iba a superar su adicción sí o sí.
Burgos. Por la tarde.
Julia había escuchado el relato de Esther con la boca abierta. No podía creerse que su primo fuera tan inconsciente como para esconder esa clase de sustancias en su propia casa y de buen grado hubiera ido a darle un par de tortas. Estaba convencida de que Cristóbal había perdido el norte y tenía la sensación de que no tardaría en ocurrir una tragedia.
— Tenemos que hacer algo —Dijo Esther tras concluir el relato, mirando directamente a su suegro—. No voy a consentir que lo que ha pasado hoy vuelva a repetirse.
Ernesto Hurtado no había abierto la boca en ningún momento. Desde que su padre muriera cuando era un veinteañero, había actuado como patriarca familiar y le gustaba sentirse partícipe de las decisiones que tomaban el resto de miembros del clan. Julia había dejado de escuchar sus diatribas mucho tiempo atrás, después de su primer divorcio, pero para sus primos y su propia madre, lo que ese hombre decía iba a misa.
— ¿Qué sugieres que hagamos, Esther?
— Creo que usted debería hablar con él. A mí no me escucha.
— Eso se debe únicamente a que no te haces oír. Nunca lo has hecho.
Julia pensó que la mujer contestaría, pero Esther se puso roja hasta las orejas y su determinación anterior pareció desinflarse. Buscó con la mirada a Berna, su suegra, pero ésta tenía los ojos fijos en el suelo y parecía ajena a todo lo que la rodeaba. Julia no recordaba que su tía hubiera alzado la voz ni una sola vez en toda su vida y siempre le daba la razón a su marido.
— No culpe a Esther de las acciones de su hijo, tío —Espetó Julia, incapaz de morderse la lengua. La primera vez que se enfrentó a él le resultó un poco difícil, pero con los años había cogido práctica, harta de los aires de grandeza de aquel imbécil—. El que metió la droga en casa fue Cristóbal, no ella.
Ernesto se puso en pie y la encaró. Julia alzó la barbilla, poco dispuesta a dejarse intimidar por un hombre que llevaba demasiados años haciendo lo que le daba la gana.
— Tú no te metas, niña. No sabes de qué va la cosa.
— Soy la única que tiene más claro que el agua lo que está pasando. Su hijo es un drogadicto y uno de sus nietos ha estado a punto de envenenarse con esa mierda. En mi opinión, el asunto es bastante grave y hay que actuar cuanto antes —Julia miró directamente a Esther—. Si yo estuviera en tu lugar, cogería a mis hijos y me largaría de esa casa para siempre.
Esther abrió mucho los ojos. Doña Elvira, que se había puesto en pie porque temía que Julia dijera precisamente lo que había dicho, se llevó una mano al pecho y dio gracias porque su pobre Damián no hubiera podido ir a esa reunión familiar. Con lo mal que estaba de salud últimamente, no podría sobrellevar tanta tensión.
— Porque tú sabes muy bien lo que es romper matrimonios. ¿Verdad?
Julia apretó los puños y alzó aún más la barbilla.
— Yo nunca pondría en peligro el bienestar de mis hijos. Cristóbal ha perdido el norte. ¿Por qué no quiere darse cuenta?
— No voy a consentir que una mocosa venga a mi casa a decirme lo que tengo que hacer. Además. ¿Qué sabes tú de tener hijos? No pudiste darle uno a ninguno de tus maridos.
Julia se sintió herida en el alma. El asunto de los niños siempre dolería y realmente no le extrañaba que su tío lo hubiera utilizado para hacerle daño. Cuando se trataba de salirse con la suya, don Ernesto era implacable.
— ¿Hemos venido aquí a hablar sobre los divorcios de Julia o sobre la adicción de Cristóbal?
A la bruja le sorprendió muchísimo que su hermano saliera en su defensa. Por lo general, Eduardo era un hombre silencioso y poco dado a entrar en conflicto. Acostumbraba a hacer lo que le venía en gana, aunque le gustaba que el tío Ernesto pensara que acataba sus órdenes.
— Cristóbal está perfectamente.
— No, no lo está. Negar la realidad no le hace ningún bien.
— Sois un par de insolentes. Elvira, deberías atar más en corto a tus hijos. Menudo par de sinvergüenzas estáis hechos. Una con dos divorcios y el otro…
— Ernesto —La voz de su tía Berna fue apenas un susurro—. Tienen razón. Cristóbal tiene un problema y debemos ayudarle.
El hombre miró a su esposa, absolutamente perplejo. Se quedó muy quieto unos instantes, hasta que echó mano de su varita y se puso en pie.
— Haced lo que queráis, pero no me vengáis con lloriqueos cuando todo esto os estalle en la cara.
Ernesto Hurtado se fue. El ambiente se relajó bastante en cuanto desapareció y Julia tomó la palabra una vez más.
— Conozco un sitio en el que podrán ayudarle. Si me dais un par de días, os confirmaré si lo admiten allí o no.
La Floriana, barrio mágico de Madrid. Al día siguiente.
Julia observó a los niños mientras salían al exterior. Habían prometido quedarse jugando frente a las grandes cristaleras de la chocolatería para que Ricardo Vallejo pudiera tenerlos bien vigilados. Después de la reunión familiar del día anterior, la bruja se había puesto en contacto con él para solicitar una reunión informal. Al hombre le sorprendió mucho su llamada, pero aceptó encantado merendar con ella al día siguiente. Julia no esperaba encontrarse nuevamente con Darío y su amiguito e hizo un comentario un tanto inoportuno al respecto.
— Pasa todos los fines de semana conmigo. Así lo acordé con su madre cuando nació. Nunca hemos estado casados, pero siempre hemos creído que lo primordial es el bienestar de Darío.
El señor Vallejo ofreció la información con naturalidad, como si estuviera más que acostumbrado a hablar sobre ello, y observó al niño con curiosidad. Se veía que era feliz y que le encantaba estar con su padre. Julia nunca había pensado demasiado en cómo sería la vida personal de su jefe y durante años había dado por hecho que estaba divorciado de la madre del pequeño.
— Indudablemente, el pacto que alcanzaron beneficia a su hijo. No todas las parejas rotas afrontan una situación así de la misma forma que ustedes.
— Clara y yo no nos entendimos como pareja, pero creo que hacemos un buen equipo como padres. Al menos es lo que intentamos.
— Darío es un buen niño.
— Me halaga que piense así sobre mi hijo, pero me temo que no hemos venido hasta aquí para hablar sobre él o sobre su madre —Ricardo Vallejo se apartó un poco para que uno de los yernos de la Floriana colocara un vaso de chocolate frente a él—. ¿Ha ocurrido algo grave? Ya le he dicho que debería tomarse un respiro laboral durante los fines de semana. Aprecio su dedicación, pero todo el mundo necesita descansar.
— En realidad se trata de un tema personal —Julia carraspeó, repentinamente nerviosa—. Usted comentó hace no mucho que el Grupo Vallejo posee una clínica de desintoxicación en Huelva. Pues bien, creo que podría necesitar de sus servicios.
— Debo suponer que conoce a alguien con problemas de adicción.
Julia se lo pensó sólo durante un instante. Cuando Cristóbal fuera a Huelva, ya no habría marcha atrás. La prensa podría enterarse y el prestigio de los Hurtado se vería seriamente dañado, pero estaba decidida a hacer lo correcto. No por su primo, si no por sus hijos. Ellos eran absolutamente inocentes.
— Se trata de un familiar. Un primo. Lleva mucho tiempo consumiendo y cada vez va a peor. No puede seguir así y necesita alejarse de las drogas. Tiene dos niños pequeños y temo que puedan salir perjudicados.
— La clínica está abierta para todo el mundo, señora García. Le daré el número de teléfono de don Julio Cabrera. Puede ponerse en contacto con él cuando lo desee. Hará cuanto esté en sus manos por ayudar a su primo.
— Entiendo, pero hay algo más —Julia se mordió el labio inferior—. Tanto mi tío como mi primo son personas influyentes dentro de la sociedad mágica y les preocupa que todo esto pueda hacerse público. ¿Me garantiza confidencialidad absoluta?
— A usted y a todos nuestros pacientes.
— En tal caso, me gustaría hablar con el señor Cabrera.
Ricardo Vallejo sonrió y le dio el número de teléfono.
— Quizá no quiera responderme, pero siento curiosidad por saber quién es su primo.
— Cristóbal Hurtado —Dijo sin pensárselo dos veces, consiguiendo que el señor Vallejo se quedara muy serio.
— Ya veo. No sé por qué me sorprende.
— ¿Acaso conoce usted a mi primo?
— Digamos que hemos tenido algunos encuentros a lo largo de nuestras vidas.
— Espero que no hayan sido demasiado desagradables.
El señor Vallejo no añadió nada más, pero tampoco fue necesario. Julia conocía a Cristóbal y no le resultó nada difícil suponer que no era precisamente amigo de su jefe.
Huelva. Días después.
Cristóbal sólo había aceptado ingresar en la clínica de desintoxicación porque Esther había insistido día y noche, preocupada por la salud de los niños. El brujo reconocía que había cometido una gran torpeza llevándose la cocaína a casa, pero se había jurado que nunca ocurriría nada parecido. A él también le aterraba pensar en lo que podría haberle ocurrido a su hijo y, aunque no consideraba que tuviera un problema real con las drogas, se había dejado llevar para lograr que su mujer se calmara un poco.
Observó la que sería su habitación durante el próximo mes. Era una estancia no muy grande, de paredes blancas y mobiliario de madera en color nogal, compuesto por una cama estrecha, un armario y un escritorio. Don Julio Cabrera, el encargado del centro, le había dicho que podría leer todos los libros que quisiera durante su encierro, pero los ordenadores y los teléfonos móviles estaban rotundamente prohibidos. Ciertamente se sentía como en una cárcel, pero tenía fuerzas suficientes para hacer aquel sacrificio.
Fue precisamente don Julio Cabrera el encargado de recibirle. Le había dado algún tiempo para organizar sus cosas y prometido que se reuniría con él en breve para explicarle las normas del centro. Cristóbal ya empezaba a pensar que se había olvidado de él cuando el hombre, achaparrado y de aspecto vulgar, llamó a la puerta.
— ¿Ya se ha instalado, señor Hurtado? —Sonrió al comprobar que así era—. Bien. Espero que la habitación sea de su agrado.
— No es precisamente una suite de lujo, pero tendré que conformarme —Espetó de mala manera.
— Imagino que está acostumbrado a hospedarse en otra clase de lugares, pero estoy convencido de que pronto se encontrará muy cómodo viviendo entre nosotros.
— Permítame que lo dude mucho.
Don Julio le dedicó una mirada un tanto condescendiente y Cristóbal sintió como si le estuviera tomando por tonto. Podría haberle hecho algún reproche, pero el sacerdote siguió hablando.
— Si me acompaña, los sanadores del centro le someterán a un reconocimiento médico.
— ¿Cómo dice?
— Es un procedimiento rutinario. Debemos hacerle unos análisis de sangre y comprobar cuál es su estado de salud.
— Estoy perfectamente. Y me niego a que me saquen sangre.
— Ya le he dicho que es un procedimiento rutinario.
— Y yo que no me pasa nada.
El cura ni se inmutó ante su negativa. Cristóbal no tenía forma de saber que llevaba muchos años tratando con pacientes tan ariscos como él. O incluso más.
— Le recuerdo que se encuentra ingresado en una clínica de desintoxicación. Los análisis de sangre son imprescindibles y se los realizaremos de forma periódica. Debemos asegurarnos de que no consume nada mientras esté internado.
— Por supuesto que no tomaré nada. ¿Se piensa que no soy capaz de controlarme?
— ¿Cuándo fue la última vez que se tomó la droga? —Preguntó don Julio tras unos instantes de silencio absoluto.
— No es asunto suyo.
— No lo era mientras estuvo fuera del centro, pero ahora sí lo es. Lo más probable es que no tarde demasiado en aparecer el síndrome de abstinencia. Ya se ha enfrentado a él en más ocasiones. ¿Me equivoco? —Cristóbal no respondió y el sacerdote sonrió y le dio una palmadita en el hombro—. Vamos a que le vean los sanadores. Ellos determinarán el tratamiento adecuado que debe seguir. Sé que en principio sólo va a pasar un mes ingresado, pero yo le recomendaría ampliar su estancia. Un mes no bastará para que se recupere.
— Mire, señor Cabrera. Parece usted convencido de que soy un drogadicto, pero yo controlo lo que consumo. Sólo estoy aquí para que mi mujer me deje tranquilo.
Don Julio no respondió. Mientras caminaban por los asépticos pasillos del sanatorio, le explicó que durante su estancia allí debería seguir una rutina estricta y muy poco atractiva. Tendría que acudir a terapia, hacer algo de ejercicio físico y levantarse temprano y acostarse pronto. Sabía que no podía negarse a cumplir con las normas básicas, pero se negó a trabajar.
— Pagaré mi estancia aquí. No soy ningún yonki de mierda.
Una vez más, don Julio no espetó nada, pero le miró con pena. Y a Cristóbal Hurtado no le gustó.
Don Julio estaba cansado. Había pasado una buena parte de la mañana en compañía del nuevo paciente y había llegado a la conclusión de que era un imbécil. No había dejado de presumir de dinero, negar sus problemas y exigir confidencialidad absoluta. No parecía escuchar a su interlocutor cuando éste intentaba explicarle que no tenía nada por lo que temer y don Julio había estado a punto de perder la paciencia.
Cuando entró en su despacho, tenía en mente la idea de hacerse un buen café y sentarse junto a la ventana para relajarse, pero no tardó en descubrir que tenía una visita. Se llevó un buen susto porque no se esperaba que Ricardo Vallejo estuviera allí, pero recuperó la compostura enseguida.
— Aprecio sinceramente que vengas a verme de vez en cuando, pero no me gusta esa manía que tienes de meterte en mi despacho sin permiso.
— Siempre dices que el centro es mío y que puedo ir donde me dé la gana.
— Sí, pero también me gusta tener un poco de intimidad.
— ¡Venga, Julio! ¿Qué podría encontrarme aquí? No creo que tengas grandes secretos ocultos en los cajones. ¿O acaso te has vuelto un pecador?
El sacerdote frunció el ceño, pero un instante después esbozó una sonrisa y apretó con cariño el hombro de su acompañante.
— ¿Cómo estás, Ricardo?
— Bien, adaptándome a la vida fuera de prisión.
Aunque Ricardo les había prohibido a todos sus conocidos que fueran a verle a Atalanta, don Julio no le había hecho ningún caso y no había pasado ni un solo domingo sin acudir a visitarle. Al principio, Ricardo le había recibido con cierta hostilidad. Durante los últimos meses, le había expresado con angustia lo mucho que temía salir de allí y descubrir que su mundo se había derrumbado otra vez. Le aterrorizaba especialmente que Darío hubiera dejado de quererle.
— Tienes buen aspecto. Yo diría que has engordado un par de kilitos.
— Darío y yo nos hemos pasado todo el mes de agosto en la playa, comiendo porquerías y haciendo el vago.
— Darío —Don Julio sonrió—. Doy por hecho que todos tus temores fueron infundados.
— Sí. Reconozco que tal vez exageraba un poquito al pensar que se había olvidado de mí.
— En ocasiones, tiendes a dramatizar.
— Ha sido un mes maravilloso, Julio. Sólo ahora soy consciente de lo muchísimo que he echado en falta a Darío durante los últimos tres años. No creo que ahora mismo pudiera enfrentarme a una situación parecida. Debo estar volviéndome un blandengue.
— El amor que sientes por tu hijo no es una debilidad en absoluto, Ricardo. Es tu mayor fortaleza.
Ricardo asintió imperceptiblemente, pero no dijo nada. Don Julio tomó asiento y le observó detenidamente. Había conocido a ese hombre en sus peores momentos, cuando su alma estaba ennegrecida y se enfrentaba a un camino de no retorno, pero siempre había existido una lucecita en su interior a la que se aferró para seguir adelante. Darío era su soporte vital, pero incluso antes de su llegada Ricardo ya había peleado con uñas y dientes para convertirse en un hombre mejor. Lo había demostrado de una forma extraña y retorcida, pero don Julio siempre había tenido fe en él y consideraba que ya iba siendo hora de que se perdonara a sí mismo.
— Siempre tendré una espinita clavada —Ricardo habló en un susurro, casi con timidez. Era algo que acostumbraba a hacer cada vez que confesaba algo especialmente doloroso—. Lamento muchísimo no haber podido acompañarle a comprar su primera varita. Es un momento muy especial para un niño brujo y le fallé.
— Por supuesto que no le fallaste. Hiciste todo lo humanamente posible para estar a su lado, pero no se te permitió abandonar Atalanta. Fue algo totalmente ajeno a tu voluntad y estoy convencido de que Darío nunca te lo reprochará. Por lo que sé de él, es un niño muy listo y sabrá darse cuenta de las cosas.
— Espero que tenga razón —Ricardo suspiró profundamente y pareció luchar consigo mismo para sobreponerse a todas las emociones que le embargaban en ese momento—. He venido para saber qué tal le ha ido con el nuevo paciente.
— No estoy seguro de que deba darte esa información. El señor Hurtado ha sido muy claro con el tema de la confidencialidad. Está dispuesto a demandarnos si se hace público su ingreso aquí.
— ¡Vaya! —Ricardo esbozó una sonrisa maliciosa—. ¿Sabes que me han entrado unas ganas repentinas de llamar a la prensa?
— ¿Sabes que lo que menos necesitamos es tener una nube de periodistas rondando a nuestro alrededor? No ya por el señor Hurtado, si no por el resto de pacientes.
— De acuerdo. Dominaré mis impulsos, aunque sólo sea por los otros enfermos. En serio. ¿Cómo lo ves?
— No demasiado bien. Se niega a aceptar que tiene un problema y no creo que vayamos a conseguir que mejore —Don Julio se quitó las gafas y las dejó sobre el escritorio. A continuación, se frotó enérgicamente los ojos con las palmas de las manos—. ¿A qué viene tanto interés?
Ricardo podría haberle dicho que lo hacía porque Julia García se lo había pedido y estimaba muchísimo el trabajo que realizaba al frente de la fábrica, pero optó por decir la verdad.
— Conozco a Cristóbal Hurtado. Me jodió la vida.
Don Julio le miró con seriedad, poco impresionado por su revelación.
— No considero que ese comentario sea justo. Tú mismo te las arreglaste bastante bien destruyéndote.
— Si no hubiera hecho lo que me hizo, todo hubiera sido diferente.
— ¿Qué te hizo?
Ricardo se quedó callado y dejó que los recuerdos de su adolescencia invadieran su mente.
Campamentos Mágicos, Picos de Europa. Julio de 1975.
Ricardo no quería estar allí, pero aquel maldito brujo le había pillado merodeando por la calle y le había obligado a acudir a los campamentos de verano para niños mágicos. En opinión de Ricardo, ese sitio era para críos y no le gustaba ni un pelo. El brujo, que trabajaba para el Ministerio de Magia y había asegurado estar muy preocupado por su evidente falta de conocimientos mágicos, no tenía ni idea de lo mucho que se estaba esforzando Ricardo. Ciertamente no acudía a ninguna schola de magia y no tenía intención alguna de hacerlo, pero estaba aprendiendo un montón de magia por su cuenta. Se había comprado un montón de libros y se pasaba horas y horas practicando en el viejo almacén abandonado de su barrio.
Debía reconocer, no obstante, que había cosas buenas. Las clases eran muy interesantes y le gusta observar a brujos más experimentados que él haciendo magia. Por lo demás, todo era un asco. Sus compañeros se la tenían jurada y se metían continuamente con él. Ricardo, que no sentía ninguna simpatía por ninguno de ellos, no tenía ninguna problema a la hora de defenderse con uñas y dientes y, en menos de quince días, ya se había vuelto una asiduo al despacho del director. No era como si los castigos le importaran mucho porque se los saltaba todo el rato, pero odiaba que le culparan a él de cosas de las que no era responsable. Ya era bastante capaz de organizar el caos a su alrededor como para que otros vinieran a provocarlo.
Se llevaba especialmente mal con su compañero de cuarto. Cristóbal Hurtado era un pijo de mierda que siempre le miraba por encima del hombro y que puso las cartas sobre la mesa durante la primera noche. Ricardo había hecho el esfuerzo de ser amable con él porque compartirían habitación durante un largo mes, pero aquel gilipollas le había mirado con asco y le había dicho que no tenía ninguna necesidad de entablar relación con un delincuente juvenil. Ricardo no se cortó un pelo a la hora de mandarlo a la mierda y, desde entonces, se habían peleado bastantes veces.
A pesar de que no tenerle nada de miedo a una buena pelea, Ricardo prefería pasar el tiempo alejado de Hurtado y practicar magia. Ya que no le quedaba más remedio que estar allí, al menos aprovecharía el tiempo. Pasaba las tardes sentado junto al río, practicando hechizos. Esa tarde estaba intentando transformar una piedra en un cáliz de latón, pero no había manera. En un momento dado, comenzó a balbucir palabrotas.
— Oye —La voz había surgido como de la nada y Ricardo giró la cabeza para mirar a un niño rubio y de expresión amable. Era más pequeño que él y el joven brujo se preguntó qué querría exactamente—. Lo estás haciendo mal.
— ¿Qué?
— El encantamiento. Lo estás haciendo mal. Mueves el brazo hacia la derecha, pero tienes que hacer el giro justo al revés. Así, mira.
El niño procedió a agitar la varita al tiempo que pronunciaba el hechizo. En menos de un segundo, una piedra blanca y lisa se transformó en un cáliz muy bonito. Ricardo sintió cierta gratitud hacia el niño, pero también estaba algo humillado. Un alumno mucho menor que él era capaz de hacer cosas con las que solo podía soñar.
— Vale, veo que sabes hacer transformaciones —Su voz sonó brusca—. Pero no te he pedido ayuda, así que déjame en paz.
Jaime Vilamaior se quedó boquiabierto, pero enseguida se dio media vuelta y, sin decir nada, se alejó dando grandes zancadas. Mentalmente escupía sapos y culebras contra ese chico. Había visto que tenía problemas con ese hechizo y quiso ayudarle, aunque visto el resultado había obrado mal. Pues bien, no volvería a pasar.
Junto al lago, Ricardo vio que el niño se marchaba. Sonrió cuando, siguiendo sus consejos, logró su objetivo y transformó la maldita piedra. Satisfecho por el éxito cosechado, regresó a su habitación sintiéndose muy contento, sin saber que muy pronto todo se iría al cuerno.
En cuanto puso un pie en el interior del edificio principal, tres imbéciles le atacaron y le acusaron de robar un montón de pasta. Ricardo, que estaba acostumbrado a hacer cosas como aquella, se defendió porque era realmente inocente, pero nadie le creyó. Y cuando por la mañana el mismísimo director del centro registró sus cosas y dio con el dinero desaparecido, Ricardo supo que el culpable era Cristóbal.
Dos días antes se habían peleado. Ricardo había encontrado a ese idiota fumándose un canuto en su habitación, le había reprochado con crudeza su actitud y Cristóbal, haciendo gala de una tranquilidad pasmosa, le había dicho que si le pillaban fumando pensaba culparle a él y que todos le creerían porque no tenía ni un pelo de quinqui. Y lo había hecho. Vaya que sí.
Ricardo decidió que no asumiría las consecuencias de algo que no había hecho y, aún antes de hablar con el director y el tipo del Ministerio encargado de su tutela, robó una de las escobas del colegio y voló a toda velocidad, lejos de los campamentos y hasta llegar a Madrid.
Nunca más volvería a los campamentos mágicos. Y todo por culpa de Cristóbal Hurtado.
Al final la cosa se ha alargado más de lo que esperaba, pero me he quedado contenta con el capi. ¿Qué me decís? ¿Os ha gustado?
