ACCIDENTALMENTE
Este capítulo especial es un regalo de cumpleaños para Sorg-esp. ¡Felicidades! Y que cumplas muchos más.
Madrid. 10 de febrero de 2018
— Un regalo de San Valentín. ¿Verdad? Seguro que a tu novia le encanta este perfume.
Darío compuso una sonrisa de circunstancias y no le aclaró a la dependienta que, en realidad, se trataba de un regalo de cumpleaños. Personalmente, nunca le había gustado esa milonga de San Valentín. Consideraba que no era más que un sacacuartos que se inventaron los centros comerciales muchos años atrás y, por suerte para él, Isabel compartía su opinión. Esperaba, eso sí, que la mujer tuviera razón y a Isabel le gustara el aroma de aquel perfume. Se las había visto y deseado para encontrar algo adecuado que regalar y temía no estar siendo demasiado original.
Tras pedirle a la dependienta que le envolviera la cajita para regalo, abandonó el edificio y buscó su moto en el aparcamiento. Había aprovechado que hacía buen día para darse un paseo y salir de compras. En ese momento le apetecía muchísimo irse a San Mateo para ver qué tal le iban las cosas a Isabel, pero prefirió no molestarla. Iría a casa de su padre y esperaría allí a que la chica terminara su turno en el hospital.
Después de revisar disimuladamente los hechizos de protección de la moto, Darío arrancó el motor y tuvo un breve pensamiento para su madre, que no se cansaba de repetirle que aquel cacharro le parecía un arma mortal y de recomendarle que tuviera muchísimo cuidado. El joven brujo tenía muy en cuenta todos esos consejos y sabía que una moto no era ningún juguete. En caso de accidente, era el piloto el que llevaba todas las de perder y él se sentía lo suficientemente feliz con su vida como para no desear perder nada. Una vez más, fue prudente a la hora de incorporarse al tráfico matutino y respetó absolutamente todas las señales de tráfico.
Para su desgracia, el conductor de aquel enorme todoterreno plateado prestaba más atención a su teléfono móvil que a la conducción de su vehículo. No se dio cuenta de que el semáforo estaba en rojo y sólo freno después de sentir el brutal impacto de un cuerpo chocando contra el morro del coche.
Todo se había vuelto negro de repente. Darío apenas tuvo tiempo de pensar en lo que estaba pasando cuando salió volando por los aires debido al impacto. Sólo dolió un instante, lo suficiente como para que su corazón se detuviera y todo el aire se le escapara de los pulmones.
Cuando abrió los ojos, la oscuridad se transformó en luz resplandeciente. Darío descubrió que estaba tumbado en el suelo y que el dolor había desaparecido por completo. Confuso, giró la cabeza a ambos lados para descubrir que todo era blanco. No había nada más, sólo esa luz brillante y tranquilizadora. Intentó levantarse, vagamente consciente de que no podía quedarse allí todo el día y ansioso por saber dónde se encontraba.
— Hola, Darío.
La voz sonó dentro de su cabeza. No provenía de ningún sitio y el joven giró sobre sí mismo en busca de alguien. No tardó nada en ver a esa mujer de pelo castaño y mirada cálida. Sabía que se había encontrado con ella alguna vez y la conocía perfectamente gracias a todo lo que Isabel le había contado alguna vez, pero no era posible que Sara Amatriaín estuviera ahí. A no ser que…
— ¿Estoy muerto?—Preguntó, angustiado a más no poder y terriblemente asustado. No quería estar muerto. Tenía muchas cosas por vivir. Y no podía dejarlos a ellos. Sus padres, su hermana, sus amigos. Isabel.
— No sabría qué decirte —Sara le sonrió, transmitiéndole muchísima calma. Se acercó a él con decisión y se agarró a su brazo.
— ¿Qué me ha pasado?
— ¿No lo recuerdas?
Darío hizo el esfuerzo. La moto, el coche que surgió de la nada y se lo llevó por delante. Y el golpe más brutal que había recibido en su vida. No era posible que hubiera sobrevivido a eso. Y realmente no quería quedar como una nenaza ante aquella mujer, pero el sollozo le subió por la garganta y se lamentó como un niño pequeño.
— No puedo estar muerto.
— Lo siento, hijo. A veces, las cosas son como son y no podemos hacer nada para cambiarlas.
— Pero… Isabel… Yo… tengo un regalo para ella. Es su cumpleaños. Y mis padres… No puedo… A mi madre no le gusta que suba en moto. Y mi padre…
— Pobre Ricardo.
— ¡Joder!
Sara se soltó de él repentinamente y puso los brazos en jarra antes de regañarle.
— ¡Esa boca, jovencito!
— Pero es que es una mierda.
— Nada de peros, Darío. Este no es sitio para ser tan malhablado.
El joven brujo echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que la luz blanca empezaba a cobrar forma. Había algo familiar en las figuras que atinaba a vislumbrar. Fue consciente, no supo cómo, de que todos ellos eran sus seres queridos y que se encargarían de cuidar de él. Durante un segundo, quiso correr junto a ellos, aceptar la promesa de paz eterna que le ofrecían, pero sus pies estaban clavados en el suelo y su determinación en un sitio muy distinto.
— Debe haber algo que pueda hacer.
— Todas las almas pueden elegir regresar al otro lado.
— Pero yo no quiero ser un fantasma.
Sara le sonrió nuevamente y no comentó nada respecto a eso. Miró a su alrededor, consciente de que Darío estaba empezando a verlo todo, y se cruzó de brazos.
— ¿Sabes que ya has estado aquí antes? Cuando eras muy pequeñito, apenas un recién nacido.
— ¿Qué?
— Seguramente no lo recuerdes. No eras más que un bebé. Quizá fuera tu destino quedarte aquí entonces, pero mi hija Amaia y yo utilizamos el oro alquímico para curarte. Tu recuperación fue algo más que un milagro. Sobreviviste entonces porque tenías mucho por hacer. Influiste decisivamente en las vidas de muchas personas y las alianzas… —Sara se detuvo y agitó la cabeza—. No termina de encajar del todo. ¿Sabes, Darío?
— ¿Qué es lo que no encaja?
— Que tengas que quedarte aquí. Isabel y tú sois los portadores de las alianzas, los herederos de la poderosa magia que palpita en su interior. La magia del amor.
Darío se quedó inmóvil y sin saber qué decir. Entonces, sucedió algo que le pilló desprevenido y le hizo caer al suelo de rodillas. Era como si estuvieran intentando arrancarle el corazón con las manos y le faltó el aire.
— Sara… —Musitó, buscando desesperadamente su ayuda. Ella asintió y nuevamente le dedicó una de sus sonrisas tranquilizadoras.
— Déjate llevar, Darío. Todo irá bien.
— Hay pulso. Nos lo llevamos al hospital cagando leches.
Darío había escuchado perfectamente la voz de un hombre, esa vez en sus oídos. El dolor regresó con más intensidad que antes y luchó desesperadamente por abrir los ojos. La luz se hizo presente de nuevo, pero en esa ocasión le resultó molesta. Además, no podía mover el cuello y tenía un tubo horrible metido por la garganta. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, alzó un brazo para deshacerse de semejante tortura. Grave error. El dolor fue insufrible.
— No te muevas, chico —La misma voz de antes. Darío acertó a ver el rostro de un hombre mayor, barbudo y canoso, que le colocó una mano en el pecho—. Te vas a poner bien.
Quiso preguntar qué había pasado. Lo último que recordaba era que había comprado un regalo para Isabel y luego una luz blanca y nada más. Se estaba poniendo muy nervioso y se removió pese a que el hombre le había dicho que no lo hiciera. Le pareció que le instaban a calmarse, pero no podía hacerlo. Necesitaba saber. No podía estarse quieto. No podía.
— Es posible que haya lesión medular. Tenemos que operarlo ahora mismo. ¿Le habéis identificado ya?
Darío se despertó de nuevo. El hombre de la barba ya no estaba y la intensidad de la luz era aún más fuerte que antes. Seguía sin poder moverse, pero distinguió varias siluetas dando vueltas a su alrededor. Quiso hablar, pero no pudo.
— Llevaba la documentación y el teléfono móvil encima. Se llama Darío Vallejo. Están intentando localizar a sus familiares.
— No podemos esperar. Vamos a quirófano.
El tubo seguía allí cuando abrió los ojos otra vez. Gracias a Dios, la luz no molestaba. Darío prestó atención para escuchar voces, pero sólo pudo oír unos cuantos pitidos. No supo qué eran y buscó con la mirada algo que le diera una pista. No obtuvo demasiado éxito porque seguía sin poder moverse. Y entonces, cuando los nervios amenazaban con sacudirle entero de nuevo, un rostro familiar apareció en su campo visual y Darío supo que todo iba a estar bien. Pese a que su padre tenía los ojos enrojecidos como si hubiera estado llorando, no le iba a pasar nada.
— Tranquilo, Darío. Ya ha pasado todo.
Quiso decirle muchas cosas, pero ese estúpido tubo le impedía hablar. Su padre se inclinó para besarle la frente y siguió hablándole. A media voz y con infinito cariño, haciéndole sentir que volvía a ser un niño pequeño.
— Te vas a poner bien. Mamá está ahí fuera, con Isabel. Vamos a llevarte a San Mateo.
Darío le miró a los ojos. Estaba confuso y multitud de imágenes rondaban su mente. Todoterrenos, luces brillantes y sonrisas cálidas. Alianzas y magia. Amor.
— Nos has dado un buen susto, hijo. Ese cabrón se va a enterar…
Darío no tenía ni idea de a qué cabrón se refería, pero no le importó porque volvió a quedarse dormido.
— Ya está todo arreglado —Aseguró Isabel en cuanto Ricardo puso un pie fuera de la UCI. A pesar de su evidente nerviosismo, el brujo debía reconocerle que estaba llevando todo el asunto del accidente de Darío con más entereza que él—. En un rato vendrán a revisarle un par de sanadores y, si no supone ningún riesgo para su salud, lo trasladaremos a San Mateo de inmediato. Allí podremos curarle mejor las fracturas. Se pondrá bien enseguida.
A Ricardo le pareció que estaba intentando convencerse a sí misma, pero dio sus palabras por buenas. El accidente de Darío no había sido moco de pavo. Se había roto una pierna, los brazos y varias costillas. Y, lo peor de todo, una de las vértebras había resultado dañada. Los médicos muggles le operaron de urgencia, ignorantes de su condición mágica y, aunque aseguraban que no existía lesión medular, Ricardo no estaría del todo tranquilo hasta que los sanadores no le echaran un vistazo. No quería que su hijo se quedara postrado en una silla de ruedas o, peor aún, en una cama. No se lo merecía.
— ¿Cómo está el otro? —Inquirió con los dientes apretados. Esperaba que estuviera muerto porque, de otra forma, tendría que tomar cartas en el asunto. Isabel le miró con cautela, descubriendo algo en los ojos de su suegro que no había visto antes.
— No ha sufrido heridas de consideración. La policía le estaba interrogando.
— Ya. Maldito hijo de puta.
— Ricardo —Clara, que hasta ese momento había permanecido silenciosa y observando a Darío dormir a través de un cristal, intervino en la conversación—. No sigas por ahí.
— Ese cabrón ha…
— Sé lo que ha hecho, pero me da igual lo que le pase. Sólo quiero que Darío se ponga bien y necesito que estés conmigo –Miró fijamente al hombre y extendió una mano para apretarle el brazo—. Es nuestro hijo.
Ricardo apretó los dientes y se vio obligado a asentir. Clara tenía razón. Debían concentrarse en el bienestar de Darío. Ya habría tiempo para venganzas personales, cuando todo se enfriara y el dolor fuera menos intenso. Además, algo le decía que, cuando eso ocurriera, no tendría demasiadas ganas de cargar contra nadie.
— Muchas gracias por tu ayuda, Isabel. Voy a tomar el aire.
El brujo se fue dando grandes zancadas. Julia y Caradoc estaban en la cafetería del hospital, obligando a Amelia a tomarse algo para aplacar los nervios, pero Ricardo no pensaba ir junto a ellos. Realmente necesitaba estar solo y poner en orden sus pensamientos. Isabel le miró mientras se marchaba y se acercó a Clara.
— ¿Está bien?
Clara suspiró y se encogió de hombros.
— Eso espero.
Por el bien de todos, más le valdría a ese hombre no hacer ninguna tontería.
Andoni Aguirre realizó un nuevo examen una vez el paciente estuvo instalado en San Mateo. Habían tenido que realizar bastante papeleo para poder llevarse al chico al hospital mágico y, al igual que sus familiares, el sanador estaba seguro de que allí estaría mejor atendido. Darío Vallejo era un brujo, después de todo. Sus fracturas no tardarían en curarse y podrían tratar con magia la lesión de la vértebra. Era delicada pero, tal y como señalaron los médico muggles, no había afectado a la médula espinal. Podría decirse que el joven había tenido suerte. Su condición mágica le había salvado la vida.
Darío llevaba el casco puesto cuando tuvo lugar el accidente, pero el golpe le habría matado de no ser por la multitud de hechizos de seguridad que llevaba la moto. Había sido cosa de magia, sin duda. Andoni comprobó que las constantes vitales seguían estables e intercambió una mirada con Isabel Fernández de Lama. Gracias a sus esfuerzos, el traslado a San Mateo se había hecho de forma rápida y efectiva. Y no era para menos, puesto que tenía intereses muy personales en que el paciente se pusiera bien.
— Está estable. Deberíamos empezar a administrarle las pociones regenerativas en un par de horas —Andoni hizo una pausa y se pensó bien lo que iba a decir bien—. Espero que no me lo tomes a mal, pero creo que deberías distanciarte profesionalmente de este paciente.
Isabel se mordió el labio inferior y acarició el rostro de su novio. La cara era la parte que había salido mejor parada, pero de todas formas tenía un feo moratón debajo del pómulo izquierdo.
— ¿Te importa si le pido a mi tía que te eche una mano?
Andoni asintió. En realidad no le suponía ningún sacrificio trabajar codo con codo con Amaia Vilamaior. Era la mejor en su campo y siempre se aprendían cosas nuevas cuando se estaba junto a ella.
— ¿Puede quedarse la madre de Darío con él? Sé que no es lo habitual, pero quisiera hacer una excepción.
— De acuerdo. Pero que no se entere nadie.
Isabel sonrió y salió en busca de Clara. Desde que Ricardo la llamó para decirle que Darío había sufrido un accidente, se sentía al borde del colapso. Estaba intentando hacer todo lo posible para mantener la calma, pero no podía dejar de pensar en lo enfermo que había estado Darío nada más nacer, en lo peligrosas que eran las motos y en lo fuerte que había sido el impacto contra el coche, según afirmaban los testigos. Además, tenía la sensación de que Ricardo estaba a punto de perder el control y le asustaba el brillo que se había hecho presente en su mirada después de saber que el accidente había sido por culpa del conductor del todoterreno.
— Puedes pasar, Clara.
— Muchas gracias por todo, Isabel.
La mujer le dio un breve abrazo y se precipitó en el interior de la habitación. Todo lo que estaba pasando era horrible, pero en cuanto vio a Darío se dijo que tenía mucho mejor aspecto. Se sentó a su lado y le cogió una mano con cuidado para no hacerle daño. Agradecía enormemente todo lo que Isabel estaba haciendo por ellos. Ya sabía de antes que era una buena chica, pero después de aquello no le cabía la menor duda de que la quería junto a Darío. Hacían una pareja preciosa.
Julia fue a conseguirle un bocadillo y una botellita de agua y Ricardo se había quedado momentáneamente solo. Ya era de noche y Caradoc y Amelia, que se habían pasado todo el día en el hospital, se marcharon a casa a descansar un rato. Ricardo le había dicho a su mujer que hiciera lo propio, que no le importaba quedarse solo, pero no hubo manera de convencerla. Lamentaba no poder estar en la habitación con Clara, pero Isabel no había conseguido que les permitieran quedarse a los dos. La chica se había portado muy bien y debía andar con sus compañeros sanadores, asegurándose de que todo marchaba según lo previsto.
Ricardo no se movió cuando un hombre enorme se sentó a su lado. La verdad era que llevaba todo el día esperando la visita de Loren y le demostró una vez más que tenía el don de la oportunidad.
— ¿Cómo está?
— Destrozado pero bien. Ya le han dado la Poción Crecehuesos y en un par de días todas las fracturas estarán curadas.
— Me alegro. Ha sido un buen susto.
— Sí.
— Y es una suerte que seamos brujos. Un muggle se pasaría un montón de meses en el hospital para recuperarse del todo.
— Un muggle se hubiera muerto.
Salcedo asintió y apretó los dientes. Su voz apenas fue un susurro cuando habló.
— ¿Quieres que me encargue del otro?
El labio inferior de Ricardo Vallejo tembló mientras la ira invadía su cuerpo. Odiaba a ese hombre con toda su alma. Lo odiaba incluso más de lo que había odiado a los asesinos de su madre, más que al maldito señor Kwon, pero no podía dejarse llevar por ese odio. Era un hombre nuevo, llevaba muchos años luchando para serlo.
— No, Loren.
— ¿Vas a hacerlo tú mismo? —Inquirió el otro con cierta sorpresa.
— No voy a hacer nada. Ha sido un accidente. Resolveremos el asunto de forma legal.
Salcedo pareció sorprendido, pero finalmente asintió. Ricardo Vallejo había dejado el pasado atrás y, aunque no terminaba de entender su actitud, le alegraba que no volviera a las andadas. Sabía mejor que nadie que su amigo no había sido feliz con aquel estilo de vida brutal y se merecía que las cosas le fueran bien porque había peleado muchísimo para ganárselas.
— ¿Necesitas algo?
— Julia se está encargando de todo, no te preocupes.
— ¡Oh, Julia! —Salcedo puso los ojos en blanco. Nunca se había llevado demasiado bien con esa mujer y no terminaba de entender como Ricardo había terminado casado con ella. Era mandona, arisca y tan estirada que daba miedo—. ¿De verdad que puede encargarse? La hacía metida en la oficina, ya sabes.
— No estoy de humor para tus gilipolleces, Salcedo. Déjala en paz.
El hombre se rió y palmeó la espalda de su amigo. Con el paso de los años, se habían distanciado un poco, aunque aún seguían viéndose de vez en cuando. Había temas sobre los que ya no trataban, relacionados con el trabajo y con la vida que dejó atrás Ricardo.
— Será mejor que me largue antes de que venga. Avísame cuando el chico se despierte. Ya sabes dónde estoy si surge cualquier cosa. O si cambias de opinión.
— No voy a cambiar de opinión.
— Ya lo sé, Ricardo. Suerte.
Vallejo se quedó muy quieto cuando Loren se esfumó en la nada. Era bueno saber que aún podía contar con él para cualquier cosa, pero se sintió bien al ser consciente de que no necesitaba que le siguiera haciendo el trabajo sucio porque ya no había ningún trabajo sucio que hacer. Las venganzas personales se habían quedado atrás, aunque estaba decidido a hacer de la vida de aquel cabrón un infierno. De forma legal, pero un infierno después de todo. Iba a mover cielo y tierra para asegurarse de que no quedara impune. Faltaría más.
Cuando despertó nuevamente, seguía doliendo, pero se sentía muchísimo mejor. El tubo de la garganta había desaparecido y pudo girar la cabeza libremente. Quiso sonreír cuando vio a su novia junto a él, pero no tenía fuerzas.
— Hola, Darío.
Por suerte, ella no tardó en percatarse de que estaba consciente y se acercó a él para darle un beso en la frente y hablarle suavemente, claramente aliviada. El chico no sabía muy bien dónde estaba. Odiaba sentirse tan confuso porque tenía la sensación de que llevaba en ese estado bastante tiempo.
— Isabel —Musitó con voz ronca. La garganta le escocía un montón—. ¿Qué pasa?
— Todo está bien. Tienes que estar tranquilo. Has tenido un accidente y te has roto algunos huesos, pero ya estás bien. Te estás recuperando.
Darío intentó recordar y, nuevamente, su mente se llenó de imágenes esclarecedoras.
— Me duele todo.
— Es normal. Estás en San Mateo. Te hemos dado la Poción Crecehuesos y las fracturas se están curando.
— La garganta me arde.
— Te voy a dar un poco de agua —Isabel agarró una botellita cercana y le ayudó a beber—. Te molesta porque los muggles fueron los primeros en atenderte y tuvieron que entubarte. Te operaron de urgencia.
— ¿Los muggles? —La chica asintió—. ¿De verdad estoy bien?
— Hicieron un buen trabajo, no te preocupes. Te trajimos a San Mateo en cuanto fue posible.
Darío asintió al tiempo que cobraba conciencia de todo lo que le había pasado. Apenas recordaba cosas del momento del accidente, pero todo lo demás podía evocarlo con claridad. Los médicos muggles, las frases preocupantes, el rostro lloroso de su padre. Y Sara en mitad de una luz blanca.
— Isabel —Musitó, sin saber si era adecuado hablar sobre eso o no—. He visto a tu bisabuela.
Ella se dispuso a responder que seguramente había tenido alucinaciones, pero guardó silencio porque era consciente de que en el mundo mágico a veces ocurrían cosas que no eran fáciles de explicar. Se inclinó sobre él y le besó en los labios.
— Tengo que ir a buscar al sanador Aguirre para que te eche un vistazo. Vuelvo enseguida.
No quería quedarse solo, pero asintió y cerró los ojos un instante. Empezaba a estar muy cansado.
— Tu madre se fue hace cinco minutos a tomarse un café, así que va a venir de un momento a otro. Que no te extrañe si te echa la bronca.
— Ya —Darío soltó una risita y se arrepintió en el acto. Le dolían muchísimo las costillas—. Odia las motos.
— Se ha llevado un buen susto.
— No querrá que vuelva a subirme en una.
— Seguramente.
— ¿Qué dices tú?
— Tengo la sensación de que vas a volver a la carga en cuanto estés recuperado —La expresión culpable de Darío no dejó lugar a dudas. Isabel suspiró profundamente y se encogió de hombros—. ¿Servirá para algo si te pido que no vuelvas a hacerlo?
— No lo sé. Puede.
— Eres un caso perdido —Isabel le besó de nuevo—. Voy a por a Aguirre. Procura no moverte demasiado.
— No podría ni aunque quisiera.
Isabel no quería separarse de su lado, pero tenía que cumplir con su obligación. Darío se sintió terriblemente solo en cuanto desapareció. Habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo y esa idea se le pasó por la mente casi sin querer. Sí, estaba convencido de que era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias.
— Deja que te ayude con la chaqueta, anda.
Darío se dejó hacer. Se las había visto y deseado para ponerse la ropa interior, pero su madre no parecía dispuesta a permitir que siguiera rechazando su ayuda. Metió con cuidado el brazo por la manga y contuvo un siseo de dolor. Los huesos se habían curado bien, pero los tendones estaban un poco dañados aún y moverse suponía un pequeño tormento. Además, las costillas aún le estaban dando la tabarra. Todavía tenía el cuerpo lleno de moratones y aún le quedaba una semana de reposo por delante. Por suerte, podría pasarla en casa porque ya estaba harto del hospital.
— ¿Tienes los viales con las pociones?
— Sí, mamá. Isabel me los ha traído esta mañana y lo ha dejado todo perfectamente organizado.
— Bien. Esa chica sabe lo que se hace. No como otros.
— Mamá.
— Es que no sé cómo puedes decir que seguirás subiendo en moto después del trompazo que te has dado. ¡Por la escoba de Juan Bargota, Darío! Te has vuelto loco. El golpe te ha afectado la sesera.
— Fue un accidente, mamá. Podría haberme pasado en un coche, con una escoba o andando por la calle.
— Pero te pasó con la moto. Ya sabía yo que algo así pasaría tarde o temprano.
— Clara, mujer —Intervino Ricardo, que hasta ese momento había contemplado la escena con aire divertido—. Deja al chico respirar.
— Eso, tú ponte de su parte.
— No me pongo de parte de nadie. Lo que pasa es que Darío es mayor de edad y va a hacer lo que le venga en gana, te pongas como te pongas.
Clara fulminó al hombre con la mirada y Darío se rió. Craso error. Su madre tironeó con más fuerza de la debida de la chaqueta y la risita se transformó en lamento.
— ¡Mamá!
— No seas quejica. Si vas a hacer lo que quieras, asume las consecuencias.
Enfadada, la bruja se alejó de su hijo y comenzó a meter cosas en una maleta. Darío intercambió una significativa mirada con su padre y decidió que le daría un descanso. Había comenzado a mejorar dos días antes y desde entonces habían discutido varias veces por el asunto de la moto y no tenía ganas de seguir haciéndolo. Quería volver a casa, tumbarse en su cama y descansar. Durante su estancia en San Mateo había recibido muchas visitas y estaba agotado. Además, era el cumpleaños de Isabel y tenía algo muy importante que hacer. Lástima que todavía estuviera medio lisiado.
— Mamá —Dijo cuando estaban a punto de marcharse, con un tono de voz parecido al que usaba cuando era un niño y quería camelarse a su progenitora—. ¿Podemos invitar a Isabel a cenar?
— Pues claro. Puede venir a casa cuando quiera.
Darío asintió. Esperaba que los sanadores no la entretuvieran demasiado ese día en el hospital porque sus planes no podían salir mal.
— ¡Hola, Babe! —Amelia recibió a su cuñada con un entusiasta abrazo y tiró de ella para hacerla entrar en su casa toledana—. ¡Has llegado prontísimo!
— He podido escaparme de San Mateo antes de tiempo —Isabel se quedó muy seria, observando a la chica—. ¿Qué le ha pasado a tu pelo?
La melena de la chica estaba hecha un desastre, con mechones de pelo de varios colores y de largos diferentes. Amelia disfrutaba mucho experimentando con su cabellera y no siempre obtenía buenos resultados.
— Encontré por ahí un libro sobre hechizos aplicados a la peluquería y probé con uno, pero no me ha salido bien. Creo que en un par de días volverá a la normalidad.
— Si quieres puedo echarte un cable.
— No hace falta. Tampoco está tan mal. Además, no debí ponerme a experimentar después de los días que hemos pasado. ¡He estado tan nerviosa!
— Seguro que puedes revertir los hechizos sin más problemas, aunque yo me pensaría dos veces eso de hacer pruebas con mi propio pelo. ¿Por qué no te haces con unas cuantas pelucas?
— No es lo mismo.
— ¿Por qué?
— No lo entenderías, Babe.
Isabel se rió ante la condescendencia de la chica. Acababan de llegar a la sala de estar y Darío estaba allí, cómodamente sentado en un sillón y charlando con su padre, con Julia y con John. La familia de su novio era muy peculiar, bastante distinta a la suya, pero a Isabel le gustaba la dinámica que existía entre ellos. Era evidente que se apreciaban con sinceridad y, aunque Darío no había crecido conviviendo con sus dos progenitores, nunca le había faltado nada. Clara y Ricardo se habían volcado en él desde el día de su nacimiento y aún seguían haciéndolo. Hasta el final.
Darío la recibió con un beso y no tuvo problemas a la hora de unirse a la conversación. Estaban comentando diversos aspectos relacionados con el día de San Valentín. Ricardo le había regalado a Julia un viaje de fin de semana a París y Doc había optado por un bonito ramo de rosas para Clara. Isabel, que había querido comprarle a su novio un casco nuevo para la moto, finalmente no tenía ningún obsequio para él, aunque el chico no parecía en absoluto preocupado por ello.
La cena transcurrió con la misma normalidad de siempre, como si el accidente que casi le cuesta la vida a Darío no hubiera tenido lugar. Lo único extraño era ver a los dos matrimonios reunidos en una fecha que no estaba señalada en el calendario. Normalmente, esa clase de citas se daban lugar en el cumpleaños del brujo y en las navidades, así que era evidente que estaba disfrutando como nunca.
Ya era tarde cuando Darío e Isabel subieron a su habitación. Ricardo y Julia se habían ido a Madrid un rato antes y el chico le había pedido a su novia que se quedara un poco más. Isabel sabía perfectamente que su intención era pasar la noche juntos y, aunque nunca había dormido en casa de sus suegros, la bruja estaba dispuesta a acompañar a Darío el tiempo que hiciera falta. Había tenido tanto miedo a perderlo que deseaba abrazarse a él sin descanso para asegurarse de que su corazón aún latía con fuerza y vitalidad.
— Me alegra tanto estar en casa —Musitó en cuanto cerró la puerta. No era necesario porque nadie les molestaría, pero hizo uso de un hechizo para bloquearla también mágicamente—. No sabes lo harto que estaba de ese maldito hospital. Y me da igual que tú trabajes allí, sigue sin gustarme ni un pelo.
— ¿No hay nada que mejore tu opinión respecto a él? —Comentó Isabel, abrazándose juguetonamente a él.
— Admito que puedo aguantarlo si tú estás allí.
La besó. Quizá al ser la víctima no había sido tan consciente como los demás de lo cerca que estuvo de perderlo todo, pero también sentía la necesidad de estar junto a ella. El accidente le había abierto los ojos y se sentía más enamorado que nunca. Además, Sara lo había dejado muy claro. Si estaba vivo, se debía a que su destino era permanecer junto a Isabel durante mucho tiempo más.
— Te quiero —Confesó mientras se dejaba arropar por los brazos femeninos. Entre besos, fueron hasta la cama y se recostaron sobre ella—. Te quiero, Isabel.
— Yo también.
— Me alegro tanto de estar bien, de estar aquí, contigo.
Los besos se hicieron más intensos y las caricias se intensificaron, pero Darío no se sentía con fuerzas para ir más allá. Se metieron bajo las sábanas y siguieron mimándose mutuamente, hasta que el brujo tomó la decisión. Estaban allí por un motivo en concreto y no podía esperar más. Acunó el rostro de la chica con una mano y la miró fijamente a los ojos.
— Isabel, lo he estado pensando mucho. Siento que quiero estar a tu lado el resto de mi vida y no puedo esperar más. ¿Quieres que nos casemos?
Indudablemente, la había pillado desprevenida. Por un instante no supo cómo reaccionar, pero Darío no tuvo tiempo para temer un rechazo. Isabel esbozó una sonrisa luminosa y vivaz y le dio un beso repleto de entusiasmo y esperanza.
— Sí, sí. ¡Claro que quiero!
Se echaron a reír y después vinieron más besos que no se convirtieron en nada más por culpa de las malditas costillas. Quizá no hubieran intercambiado regalos de San Valentín y, además, el pobre Darío había perdido el bote de perfume en el accidente, pero aquel estaba resultando ser el mejor cumpleaños de Isabel. Ambos sabían que sus vidas estaban a punto de cambiar y se sentían más que dispuestos a aceptar el reto. Con amor todo era posible.
Y hasta aquí el regalito. Espero que te haya gustado Sorg.
