VARITAS

He aquí otro pequeño obsequio para Sorg. No esperes encontrarte un capítulo tan largo como el anterior. Son más bien dos momentos perdidos en el tiempo.


Prisión mágica Atalanta, en algún lugar del océano Atlántico. Abril de 1999.

La directora de Atalanta se llamaba Matilde Roldán. Era una mujer mayor, de pelo blanco y espíritu luchador que había perdido una pierna durante una de sus misiones como auror. En el Ministerio le habían ofrecido la posibilidad de retirarse y una paga compensatoria por los servicios prestados durante tantos años, pero ella se sentía incapaz de pasar el resto de su vida sin hacer nada. Llevaba luchando contra los criminales desde que era una jovencita y no pensaba apartarse de la vida activa así como así. Después de mucho insistir, se las había apañado para que la pusieran al frente de la prisión mágica y allí seguía diez años después, dirigiéndolo todo con mano de hierro.

A pesar de que su sentido de la justicia seguía tan firme como siempre, en la última década había aprendido a ver a los delincuentes con otros ojos. Sabía que algunos de ellos eran crueles por naturaleza y que no merecían ningún tipo de consideración. No se arrepentían de sus crímenes y nunca lo harían. A esos los tenía bien vigilados y procuraba que no adquieran demasiado poder dentro de la cárcel y sembraran el caos. Otros, eran personas más o menos normales que habían hecho cosas no del todo buenas. Unos, por imbéciles y otros porque optaron por seguir el camino equivocado.

Matilde no sabía que pensar de Ricardo Vallejo. Había oído historias bastante truculentas relacionadas con él, prácticamente todas de boca del jefe de aurores. En su experiencia, el señor Vallejo no era más que un evasor de impuestos muy educado e inteligente, un hombre que había terminado allí por querer ayudar a los parias de la sociedad británica. Sin embargo, cuando le miraba a los ojos veía cierta oscuridad en ellos.

Vallejo no había ocasionado ni un solo problema desde que ingresara en prisión varios meses atrás. De hecho, se las estaba arreglando para mantener el equilibrio entre dos bandas carcelarias rivales. Aquellos dos grupos, enemigos encarnizados en el mercado de las sustancias ilegales, habían estado a punto de organizar un motín un par de años antes y Vallejo, quién sabía por qué motivos, se las había arreglado para que firmaran una tregua de pilares tambaleantes. Matilde tenía la sensación de que Ricardo se movía por intereses personales y que no deseaba verse envuelto en ninguna pelea estúpida, pero en cualquier caso le agradecía la ayuda prestada.

La única queja que tenía respecto a él era que en los últimos tiempos no había dejado de presentar solicitudes para abandonar la prisión durante unas horas. Su hijo acababa de cumplir siete años y era el momento de comprar su primera varita, y Vallejo deseaba estar con él. Matilde podía entenderlo y casi sentía cierta ternura hacia el hombre, pero el jefe de aurores se mantenía impasible. Afirmaba que se había pasado demasiado tiempo intentando echarle el guante como para dejarlo escapar por una tontería.

Matilde iba a anunciarle la noticia esa misma mañana. Los guardias trajeron al reo poco después de la hora del desayuno, ataviado con su uniforme carcelario y pulcramente peinado. Había solicitado un empleo en la pequeña biblioteca de Atalanta y allí pasaba sus días, organizando libros y ayudando a los prisioneros que se preparaban para sacarse los estudios básicos mágicos. Matilde recibió al prisionero con cordialidad y le invitó a tomar asiento mientras los guardias permanecían en pie, custodiando al brujo tal y como estipulaba el reglamento.

— He pedido que le traigan hasta aquí para comunicarle que hemos recibido la respuesta oficial del ministerio a su petición —Matilde le entregó el sobre. No había necesitado leer la carta para conocer su contenido. Ricardo puso cara de disgusto y arrugó la hoja con furia—. Debo suponer que se la han denegado.

— Consideran que hay riesgo de fuga.

— Lo lamento, señor Vallejo.

Ricardo asintió. Se sentía herido y no podía dejar de pensar en la cara que pondría Darío cuando descubriera que tendría que pasar por ese momento tan especial sin la presencia de su progenitor. ¿Cómo podía creer López que utilizaría a su hijo para huir? Sólo tendría que estar allí tres años. ¡Por Merlín! Ni siquiera merecía la pena intentarlo porque esos tres años se pasarían en un suspiro.

— Gracias por su ayuda, señora Roldán. Lamento haberla molestado con mi insistencia.

Matilde aceptó su agradecimiento y ordenó a los guardias que lo llevaran de vuelta a su puesto de trabajo. Lamentaba que las cosas no le hubieran salido del todo bien a ese hombre, pero la ley era la ley.


Cuando le dijeron que tenía una visita, Ricardo pensó que seguramente Julio había vuelto a Atalanta para sermonearle otra vez. Estaba harto de decirle que no quería que se pasara por allí, pero no era el sacerdote el hombre que le esperaba en la sala acondicionada para los encuentros entre reos y familiares. Se trataba de Doc, que estaba sentado en una silla con la espalda recta y los brazos cruzados. Ricardo apretó los dientes y se dejó caer frente a él, demostrándole que estaba muy enfadado.

— ¿Qué haces aquí, Doc? No sé en qué puto idioma hay que hablaros para que entendáis.

Caradoc Dearborn entornó los ojos y finalmente sonrió, extendiendo una mano que el otro brujo se vio obligado a estrechar.

— Te preguntaría cómo estás, pero tienes buen aspecto y un humor de perros.

— No me toques los huevos, colega. Te dije que no quería visitas.

— He considerado que era imprescindible venir a verte, quisieras o no quisieras —Ricardo suponía por qué estaba allí y se quedó callado. Caradoc buscó algo en el bolsillo interior de su chaqueta y le entregó una carta—. Es de Darío. Dentro hay una fotografía. Se la tomamos nada más salir de Sileno Silvano.

Ricardo sintió que el estómago se le revolvía y, aunque hubiera preferido afrontar aquello en soledad, sabía que Doc no se iba a ir hasta no terminar con sus asuntos pendientes. Suspirando, abrió el sobre y solamente sacó la fotografía. La carta pensaba dejarla para luego, cuando estuviera solo y nadie pudiera ver lo mucho que extrañaba a su hijo. Y a pesar de que estaba intentando controlarse, se sintió débil cuando vio la imagen de un niño enfurruñado que sostenía una varita con la mano derecha.

— Es de madera de olivo y contiene nervio de dragón. Supuestamente, es buena para duelos.

— Ya —Ricardo tragó saliva—. No parece muy contento.

— Se disgustó bastante cuando le dijimos que no podrías venir, pero en cuanto tuvo ocasión de probar la varita, el malestar se le pasó.

Ricardo miró a Doc. Estaba enfadado con él porque había pasado junto a su hijo un momento que no le correspondía, pero al mismo tiempo le estaba inmensamente agradecido. Sólo el bueno de Doc podía cuidar de Darío como él se merecía. Sólo él podía ayudar a Clara a convertirlo en un buen chaval. Así pues, se tragó la inquina y el dolor y habló con absoluta sinceridad.

— Gracias por estar a su lado.

Caradoc asintió y no intercambiaron más palabras. No eran necesarias.


Barrio mágico de Sevilla. En el futuro.

Le daba igual lo que opinara el resto del mundo, Mónica era la niña más guapa que había conocido en su vida. Tenía el pelo castaño claro tirando a rubio y los mismos ojos grises que el abuelo Ricardo. Aunque sólo tenía siete años, era la más alta de su clase y tenía el mismo tipo que su madre tuvo a su edad. En ese momento tiraba de la mano de su abuelo con decisión, impaciente por llegar a la tienda de Sileno Silvano cuanto antes. Pero Ricardo Vallejo no tenía prisa. Quería disfrutar de ese momento poco a poco, como no había podido disfrutarlo cuando Darío era un niño.

Miró hacia atrás y vio a su hijo y a su nuera caminando abrazados. Cuando se presentaron en su casa y le pidieron que acompañara a Mónica a comprar su primera varita, apenas pudo dar crédito. Adoraba a su nieta y su nieta le adoraba a él, pero ese era un momento para los padres. Darío afirmó que la niña estaba más que encantada con la idea y que tanto a él como a Isabel les hacía mucha ilusión que lo hiciera. Ricardo no pudo negarse. Por supuesto que no.

¡Y pensar que se había sentido un poco desilusionado cuando se enteró que su primer nieto sería una niña! Había estado esperando con ansias la llegada de un varón, pero en cuanto vio a Mónica por primera vez, fue consciente de su estupidez. Aquel bebé pequeñito, de piel rosada y completamente pelón, se convirtió de inmediato en un ser muy especial para él, tanto como lo fue Darío en su momento. Ricardo había disfrutado como un niño viéndola crecer y, aunque adoraba a sus otros nietos, Mónica nunca dejaría de ser la primera.

Y ahora eso. Ricardo no tenía palabras para expresar lo agradecido que estaba a su hijo y a Isabel. No pudo acompañar a Darío en su momento y siempre había tenido una espinita clavada en el corazón por ese motivo, pero estaba convencido de que ese molesto dolor se apaciguaría cuando terminara el día.

— ¡Date prisa, abuelo! ¡Silvano está allí!

Ricardo sonrió y decidió ceder a los deseos de la pequeña. Apretó el paso, mirando nuevamente a los padres de la criatura, y no tardaron en llegar frente al antiquísimo establecimiento. Con un gesto caballeresco y teatral, el brujo le indicó a su nieta que empujara personalmente la puerta. Fueron recibidos por una musiquilla alegre, como de campanillas, y Mónica se quedó muy quieta, admirando la grandeza del lugar.

— Tienes que llamar al timbre para que salgan a atendernos —Indicó Ricardo con suavidad. Mónica dio un respingo y se apresuró a seguir sus instrucciones. El hacedor de varitas no tardó en hacer acto de presencia.

— Buenos días —Saludó con cordialidad. Ricardo descubrió con cierta sorpresa que Darío e Isabel se habían quedado fuera de la tienda—. ¿A quién tenemos aquí?

— Soy Mónica Vallejo —Espetó con firmeza la niña—. Ya tengo siete años y vengo a por mi primera varita.

El señor Silvano soltó una risita e intercambió una breve mirada con un más que orgulloso Ricardo.

— Pues me temo que tendré que tomarle las medidas, señorita Vallejo. ¡Manos a la obra!

Un buen rato después, abuelo y nieta abandonaban la tienda portando una bolsita publicitaria. Mónica no dejaba de parlotear sobre lo emocionante que había sido todo y, cuando convenció a su madre para que fuera a comprarle un helado como premio por haberse portado muy bien mientras el señor Silvano trabajaba, Darío aprovechó para acercarse a su padre.

— ¿Qué tal ha ido?

Ricardo sonrió y miró a Mónica con infinito cariño.

— A las mil maravillas.

No necesitó dar las gracias. Darío le pasó un brazo por los hombros y le pidió a su progenitor que le dijera de qué materiales estaba hecha la varita de su hija. Con tanta verborrea, a Mónica se le había olvidado mencionarlo.


Me he tomado la libertad de darle a Mónica, al menos, dos hermanos pequeños. Aunque vete tú a saber cómo fueron las cosas tras el nacimiento de la primogénita. Además, no hago mención a los materiales de la varita de la niña porque no sé si Sorg ha pensado algo al respecto. En cualquier caso, espero que os haya gustado. Por cierto, le debo un regalo a Fiera por haber acertado en cierta cuestión y espero poder tenerlo en breve. Besetes y hasta pronto.