LO IMPENSABE V


Huelva. Octubre de 2001.

Necesitaba urgentemente un chute. Había intentando contenerse, de verdad que sí, pero se sentía fatal y sabía que lo único que podía calmarle era un poco de coca. Llevaba dos días encerrado en ese sitio de mierda, se aburría como una ostra y odiaba sentirse constantemente vigilado. Ese maldito cura le había dicho que podría marcharse cuando quisiera, que el centro de desintoxicación no era una cárcel y él estaba allí de forma voluntaria, pero Cristóbal no podía irse. Le prometió a Esther que lo intentaría, por los niños y por su maltrecho matrimonio, pero se sentía superado por las circunstancias.

Afiebrado y temblando, el brujo abandonó su habitación cuando era media noche. Era vagamente consciente de que alguien pasaría a echarle un vistazo en algún momento de la madrugada, pero no le importaba que se encontraran su cama vacía. Lo único que quería era sentirse mejor y que la magia dejara de pulsar en su interior como si pretendiera escapársele por cada poro de la piel.

A pesar de creerse fuerte y sano, tuvo que caminar varios metros apoyado en la pared. Era culpa de esos putos médicos. No tenían ni idea de lo que le pasaba. Insistían en que era un adicto, pero Cristóbal no era nada de eso. No señor. Era un hombre con la cabeza sobre los hombros y un brujo poderoso. Un tipo importante. Había cometido un par de errores a lo largo de su vida. ¿Y qué? Y a veces necesitaba distraerse y olvidarse de todas las cosas que hubiera querido hacer pero no hizo. Estaba en su derecho. Había sacrificado mucho por su familia, desde muy joven. La droga era una escapatoria, lo único que le hacía sentirse él mismo.

Recordó que para llegar a la enfermería tenía que alcanzar el final de ese pasillo, girar a la izquierda y recorrer otro corredor larguísimo. El camino se le antojaba eterno, pero iba a alcanzar su objetivo. Cristóbal Hurtado siempre hacía lo que le venía en gana. Siempre. Procurando normalizar su respiración y limpiándose el sudor de la cara de cuando en cuando, logró avanzar lenta pero inexorablemente. En la enfermería tenía que haber algo que le sirviera de ayuda. Calmantes, metadona. Lo que fuese. Sonrió porque ya estaba muy cerca. Unos pasos más y sólo tendría que girar el pomo de la puerta y servirse a gusto.

— ¿Qué está haciendo aquí, señor Hurtado? Debería estar en su habitación.

Julio Cabrera. ¿Acaso le había estado vigilando? Cristóbal estaba dispuesto a quitárselo de en medio de un puñetazo, pero ese ridículo hombrecillo no venía solo. Los celadores que le acompañaban no eran tipos demasiado grandes físicamente hablando, pero traían consigo las varitas y él estaba desarmado. ¡Joder! ¿Por qué nada podía salirle bien? Podría haberse buscado una excusa, pero las palabras se escaparon de su boca.

— ¡Vete a la mierda!

— Por supuesto —Julio se cruzó de brazos y los celadores se adelantaron para sujetar a Cristóbal—. Sé perfectamente lo que le pasa. Vamos a llevarle de regreso a su habitación y el sanador le proporcionará una poción que le ayudará a descansar esta noche.

— ¡No necesito sus putas pociones! —Cristóbal se revolvió con violencia, perdida ya toda capacidad de raciocinio—. ¡Soltadme! ¡Quiero irme de aquí! ¡Soltadme, hijos de puta!

Aunque estaba en inferioridad de condiciones, se las apañó para soltarle un puñetazo a uno de los celadores, que gruñó y se esforzó aún más por agarrarle. No se dio cuenta de que don Julio fruncía el ceño y sólo se estuvo quieto cuando el hechizo de petrificación impactó contra su cuerpo. Si no cayó de bruces contra el sueño fue porque los matones de ese cabrón impidieron la caída.

— Lamento haber tenido que recurrir a la magia, señor Hurtado, pero no nos ha dejado más remedio. Sé que el síndrome de abstinencia es terrible y que está sufriendo mucho, pero conseguir más drogas no es la solución. Lo único que tiene que hacer es dejarse ayudar.

Cristóbal le miró con todo el odio que fue capaz de sentir. Quiso decirle muchas cosas, como que nada de eso era asunto suyo y que sus consejos no le importaban una mierda, pero también había sido enmudecido. Era intolerable. En cuanto se marchara de ese puñetero infierno, se encargaría de cerrarles el chiringuito a esa panda de animales sin entrañas.

— Llevadle a su habitación —Pidió el sacerdote tras liberar un largo suspiro—. Voy a buscar al sanador de guardia.

Mientras se alejaba del trío de brujos, don Julio Cabrera se dijo que aquella iba a ser una noche muy larga.


— Así que nuestro amigo, el señor Hurtado, ya ha empezado a dar problemas.

Ricardo había aparecido junto a él, justo cuando se encargaba de vigilar al par de pacientes que trabajaban en el huerto. Julio le miró de reojo y no hizo amago de sonreír. Había dormido muy poco y no estaba de humor para tonterías.

— Si has venido para regodearte, me veo en la obligación de recordarte que alegrarse del mal ajeno no es correcto.

— No he venido a regodearme, Julio.

— Pues es lo que parece. Casi nunca te pasas por el centro y ahora muestras interés por la evolución de tu supuesto enemigo.

— Difícilmente podría catalogar a ese hombre de enemigo. Ya sabes que los he tenido mucho peores que él.

Don Julio bufó. Se recordó que, pese a su aparente cinismo, el pasado le causaba un gran dolor a ese hombre.

— La paciencia es una gran virtud, Ricardo, pero tú estás empezando a acabar con la mía.

— Te aseguro que no es mi intención.

— ¿Cuál es tu intención, entonces?

— Me gustaría ayudar con la rehabilitación de Cristóbal Hurtado.

— ¿Qué? —Julio dio un saltito de sorpresa—. ¿Por qué?

— Ya sabes que es familia de una de mis empleadas más valiosas. Siento cierto grado de afecto hacia Julia y le estoy muy agradecido porque ha sabido cuidar de mis negocios durante mi estancia en prisión. Estoy en deuda con ella y con su familia.

Don Julio conocía muy bien a ese hombre y sabía que estaba siendo totalmente honesto. Aún así, no le parecía una buena cosa que Ricardo anduviera metiendo las narices en temas tan delicados.

— No es buena idea. El estado físico y mental del señor Hurtado es muy delicado y tu presencia podría ocasionarle cierto trastorno.

— ¿Podría estar peor de lo que ya está? Si yo fuera a visitarle, ¿su estado podría degenerar más?

El sacerdote recordó todo lo ocurrido durante la noche anterior y se vio en la obligación de negar con la cabeza. Cristóbal Hurtado había tocado fondo y ahora sólo cabía esperar una mejoría.

— En ese caso, déjame hablar con él. Te prometo que no haré nada que pueda hacerle daño. No es esa mi intención.

— ¡Qué testarudo eres, Ricardo!

El brujo se rió y supo que había ganado aquella pequeña batalla. Realmente deseaba poder ayudar a Julia.


Ricardo recordaba que había odiado muchísimo a Hurtado después de que se viera obligado a huir de los campamentos de verano. Le había gustado mucho estar allí y empezar a sentirse un brujo de pleno derecho, pero ese cretino lo echó todo a perder de forma arbitraria e injusta. Ricardo sabía que, de haberse quedado en Picos de Europa aquel verano, jamás habría llegado a conocer al Inquisidor ni a los demás. Vivir entre ellos había sido un infierno, aunque el brujo también era consciente de que, de no haber sido por todas aquellas experiencias, posiblemente su vida nunca se hubiera cruzado con la de Clara. Se sentía extraño pensando en lo que podría haber sido de él si hubiera tomado otras decisiones, si la vida no le hubiera puesto en una encrucijada en el momento más delicado, pero sentía que su sufrimiento había merecido la pena y ya no podía odiar a Cristóbal. Eso sí, se sentía reivindicado al comprender que el niño mimado había terminado muy mal y el chico barriobajero muy bien. Era irónico y a él siempre le habían gustado las ironías.

No fue a la habitación de Cristóbal con ánimo de revancha. Golpeó la puerta con suavidad y entró sin esperar respuesta. El hombre estaba hecho un ovillo sobre la cama, sudando muchísimo y temblando ligeramente. Ricardo se dijo que lo conveniente sería sentir compasión por él, pero fue incapaz de hacerlo. No le deseaba ningún mal a ese hombre, pero tampoco lamentaba lo que le pasaba. Estaba recogiendo lo que había sembrado.

Cerró con cuidado y se aproximó unos pasos a la cama, mirando de reojo la espartana decoración de la habitación. Julio le había dicho que seguramente tendrían que trasladarlo a la enfermería hasta que su estado de salud mejorara un poco. Había pasado muy mala noche y la necesidad de tomar drogas sería cada vez mayor. Ricardo suspiró y decidió que había llegado el momento de hacerse notar.

— Hola, Hurtado.

Cristóbal se sobresaltó y abrió los ojos. No dio muestras de reconocerle y a Ricardo no le extrañó nada. Aunque en alguna ocasión lo había visto paseando por el barrio mágico, llevaban años sin verse las caras frente a frente. Muchos años.

— ¡Vete! ¡Déjame!

A pesar de que la orden pretendía sonar enérgica, la voz trémula del brujo no invitaba a obedecer. Ricardo se quedó callado un instante, escogiendo las palabras que le permitieran iniciar una conversación civilizada. Al final, optó por algo que le mantendría en un terreno seguro y totalmente impersonal.

— ¿Te encuentras mejor?

— ¿Y a ti qué coño te importa? ¡Largo!

— Conozco a tu prima Julia. Me pidió ayuda para internarte en el centro.

— ¿Julia? —Hurtado se incorporó un poco, interesado en sus palabras—. Esa puñetera zorra. ¿Tú qué pintas en la historia? ¿Por qué te pidió nada?

— El centro de desintoxicación es mío. Julia trabaja para mí y hace poco estuvimos hablando sobre la clínica. Cuando surgieron vuestros problemas familiares, vino a hablar conmigo.

— Será hija de puta. Todo esto es por su culpa.

— Creo que es por tu culpa, más bien.

— ¿Alguien ha pedido tu opinión, gilipollas?

Ricardo resopló de la risa. A esas alturas de la conversación, Hurtado se había incorporado por completo y, aunque temblaba y aún sudaba muchísimo, se estaba poniendo de muy mal humor.

— Veo que tu vocabulario ha ido empeorando con el paso de los años. ¿O es algo que sólo te pasa cuando necesitas drogarte?

Cristóbal se dispuso a asegurar que él no tenía absolutamente ningún problema con las drogas, ni siquiera en momentos como aquel, pero en su mente calaron más las otras palabras de ese hombre. No estaba seguro de haberlo visto antes, pero le resultaba vagamente familiar.

— ¿Nos conocemos?

— Así que no te acuerdas de mí —Ricardo sonrió y, confiado y más relajado de la cuenta, tomó asiento a su lado—. Apuesto a que Julia te ha hablado más de una vez de su jefe. Si te esfuerzas un poco, seguro que atarás cabos enseguida.

Cristóbal frunció el ceño. Para atar cabos estaba él. Le costaba un montón pensar con claridad. Tenía la molesta sensación de que su cerebro trabajaba mucho más despacio de lo normal y, en cualquier caso, nunca prestaba demasiada atención a lo que esa zorra decía durante las reuniones familiares. De hecho, últimamente no prestaba demasiada atención a nada que no fuera su gusto por esas sustancias que le ayudaban a evadirse de la realidad. Lo único que sabía de Julia, aparte de que se había divorciado dos veces y de que era una respondona arrogante, era que trabajaba en el puerto mágico de Bilbao a las órdenes de un tipo que había pasado una temporadita en prisión y que se llamaba algo parecido a Valverde.

— Lo que haga o deje de hacer esa puta no me interesa.

— No deberías hablar de ella en esos términos, Hurtado. Julia es una mujer de gran valía y está muy preocupada por ti. Sólo quiere ayudarte.

— Siempre se mete donde no la llamaban. Hija de…

— Hurtado —El tono de Ricardo sonó inflexible—. Entiendo que no sientas gran simpatía con ella, pero un hombre nunca habla así de una dama.

De haber tenido fuerzas, Cristóbal se hubiera echado a reír. Así que a ese cretino le molestaba que dijera la verdad sobre Julia. Bien, le seguiría el juego. Además, estaba muy interesado en saber quién era.

— ¿Me vas a decir quién eres o te vas a quedar ahí todo el día, diciendo gilipolleces?

— Soy Vallejo.

Ahora sí. Hurtado se puso en pie de un salto y se quedó medio encorvado justo al otro lado de la cama. Ricardo se levantó de la silla, consciente de que el ambiente se había enrarecido en cuestión de segundos. Ya no podría estar relajado en presencia de ese tipo, sospecha que se vio confirmada cuando le señaló con el dedo acusadoramente.

— ¡Todo es por tu culpa! ¡Has hecho que me encierren aquí!

— Estás aquí voluntariamente, Hurtado. Como te ha dicho don Julio, puedes irte cuando quieras. Y no es mi culpa que seas un adicto, si no tuya. Tú tomaste las decisiones equivocadas hace mucho tiempo.

— ¡No soy un adicto!

— ¡Mírate, hombre! Estás con el mono. ¿Y todavía dices que no eres un adicto?

A Ricardo le pilló desprevenido que Hurtado soltara aquel gruñido. Con un salto digno del mejor gimnasta, sobrevoló la cama y se le aferró al cuello, estampándolo contra la pared y arreándole un poderoso puñetazo en la mandíbula. Para cuando Vallejo pudo reaccionar, ya tenía el labio partido y dos manos apretándole con saña el cuello. Por fortuna, Hurtado no estaba bien, ni física ni anímicamente, y pudo desasirse de su agarre sin tener que pedir ayuda o hacer uso de la varita. Le golpeó con fuerza en el costado y su agresor gimió lastimeramente y se hizo un ovillo en el suelo.

— ¡Joder, Hurtado! —Exclamó mientras se palpaba la herida del labio—. ¡Qué zurdazo tienes!

— Maldito gilipollas —Pasado el ataque de rabia, el brujo resultaba patético ahí tirado y lloriqueando como un niño—. Es tu culpa. Tú me vendías todo lo que te pedía.

— De eso hace mucho tiempo —Ricardo se apiadó de él y le ayudó a levantarse—. Venga, túmbate. Eso es.

— Eres un camello de mierda.

— Era un camello. Y te aseguro que no me siento orgulloso de eso. Pero no estás siendo justo, Cristóbal. Hace muchísimos años que dejé de vender y tú has seguido enganchado. Reconozco mi parte de culpa, pero tú eres el último responsable de tus actos.

— Hijo de puta. Te voy a denunciar.

— No creo que lo hagas —Ricardo volvió a sonreír mientras le colocaba bien la almohada—. ¿Te imaginas el escándalo si todo el mundo se entera de que eres un yonki? Tu padre se cabrearía un montón.

— Vete a la mierda. Déjame.

Ricardo no dijo nada más. Se daba perfecta cuenta de que lo mejor que podía hacer era irse. Hurtado había tenido demasiadas emociones y no le faltarían oportunidades para hablar con él en el futuro próximo. Aquel iba a ser un mes interesante y en algún momento le recordaría lo que había ocurrido en los campamentos mágicos. Tenían un pasado en común. Un pasado que a Ricardo Vallejo le gustaría poder borrar.


Madrid. Junio de 1978.

El Inquisidor le había ordenado que se diera una vuelta por esa discoteca porque al proveedor habitual le había echado un ojo la policía y era preferible no correr riesgos. Ricardo normalmente se movía por los bajos fondos, así que aquel barrio de pijos era una auténtica novedad. Se sentía un poco fuera de lugar porque su ropa de baratillo le hacía destacar, y no de forma positiva precisamente. El Inquisidor, que se llamaba Tomás Torquemada y nunca se andaba con chiquitas, le había dicho que si hacía un buen trabajo podría llevarse una propina extra y comprarse unos pantalones en condiciones. Ricardo odiaba que hablara con tanto desprecio sobre sus escasos recursos económicos, pero debía reconocer que estaba siendo un espléndido profesor de magia. Sabía truquillos que no se enseñaban en las escuelas y Ricardo estaba aprendiendo muchísimo a su lado. A cambio, sólo tenía que hacer de camello de jueves a domingo.

El Inquisidor le había dicho que entrara al local, se pidiera una copa y se quedara rondando cerca de los baños. Ricardo estaba un poco nervioso porque era su primera vez allí y temía que algún policía de paisano pudiera pillarlo, pero en cuanto el primero chico se acercó a él y le hizo un pedido, se sintió más relajado. Estar allí era como estar en los parques de los barrios marginales. No había ninguna diferencia.

Dos horas después, se había bebido tres coca-colas y tenía casi toda la mercancía vendida. La verdad era que estaba deseando irse a casa. Ya había recibido suficientes miradas desdeñosas por una noche, gracias. Se preguntó si al Inquisidor le molestaría que le devolviera aquellos restos de coca y, justo en ese momento, alguien le dio una fuerte palmada en la espalda.

— ¡Eh, chaval! ¿Qué se te ha perdido aquí?

Ricardo se quedó muy quieto cuando descubrió que conocía al tipo que acababa de hablarle. Apenas podía creerse que Cristóbal Hurtado estuviera allí, con su asquerosa ropa de marca y su pelo a la moda, acompañado de un grupo de tipos con tanta pinta de cretinos como él. Cada día que pasaba se repetía que su vida estaba bastante bien, que estaba aprendiendo a hacer algo que le ayudaría a seguir adelante, pero aún odiaba a ese mamón por haberle culpado de un delito que no cometió.

— ¿Qué se te ha perdido a ti? —Dijo entre dientes, rehuyendo con brusquedad de su contacto.

— Estás en el sitio de un buen colega mío —Hurtado, que parecía estar bastante borracho, se rió de una broma que sólo sus patéticos acompañantes entendieron—. No creo que le guste mucho verte ahí.

— A lo mejor tu colega no ha podido venir y yo le estoy sustituyendo.

— ¡No jodas! —Exclamó Cristóbal tras unos instantes de silencio—. Pues a ver qué tienes.

Puesto que era evidente que no le había reconocido, Ricardo optó por hacerse el tonto y le mostró la mercancía. Hurtado y sus colegas se quedaron con todo lo que le quedaba y se alegró de poder marcharse al fin. Buscaría al Inquisidor esa misma noche y luego se olvidaría del curro por completo.

— Oye, tronco, yo te conozco —Hurtado le había pasado un brazo por los hombros. ¿Qué se creía?— ¡Ya sé! Eres ese ladronzuelo que llevaron a Picos de Europa. Ya veo que has terminado como todos esperaban que terminaras.

A Ricardo le hubiera gustado contestar de alguna forma, pero esas palabras le habían dejado paralizado. Sintió que algo amargo le subía por la garganta y se largó a toda prisa. Lo que Hurtado había dicho no tendría que afectarle tanto, pero no podía evitar que le doliera. Porque sí, había terminado así y no estaba seguro de que le gustara demasiado.


De vuelta 2001

Como todos los viernes por la tarde, Ricardo fue a recoger a Darío a casa de Clara. La mujer aún no había cerrado la calderería y, aunque estaba atendiendo a una señora de edad respetable, frunció el ceño en cuanto le vio la cara. Los sanadores de la clínica le habían curado el labio, pero aún tenía un pequeño moratón que tardaría un par de días en desaparecer.

— ¿Para cuándo tendrás el pedido, niña? —Vociferó la señora. Ricardo sabía que se trataba de doña Pilar, una bruja anciana que estaba más sorda que una tapia y que nunca se separaba de su decimonónica trompetilla.

— ¡El martes que viene! —Gritó Clara.

— Muy bien, muchas gracias. ¿Y dices que Darío no está?

— ¡Está arriba, terminando los deberes!

— ¡Oh! —Doña Pilar se dispuso a decir algo, pero entonces se percató de la presencia de Ricardo y le señaló con un dedo mientras se preparaba para salir—. Ya te has vuelto a pelear, rufián.

Ricardo se quedó boquiabierto y no pudo responder nada porque la mujer ya se había ido. Lo siguiente que escuchó fue la carcajada de Clara.

— Pues sí que te ha calado, sí. Aunque me pregunto qué sabe de tus peleas antiguas.

— Me da a mí que esa señora sabe más de la cuenta. Y no me he peleado.

— No me digas que te has dado con una puerta.

— He tenido un encontronazo con alguien, pero no ha sido una pelea.

— ¿No?

Clara le miraba con expresión divertida. Estaba mucho más contenta que de costumbre y Ricardo supuso que se debía a esa relación que había iniciado con Doc. Eran tal para cual, no le cabía duda.

— ¿Y Darío? ¿De verdad está haciendo los deberes o se ha escondido para que no le pellizquen las mejillas?

— Está terminando la tarea de mates, pero seguro que no tarda en bajar. Le dije que llegarías a las ocho en punto.

Como si hubiera sido mágicamente convocado, Darío apareció en la tienda en ese mismo momento. Traía consigo su mochila y estaba preparado para irse de fin de semana. En cuanto vio a su padre, la sonrisita satisfecha se transformó en un gesto sorprendido.

— ¡Hala! —Exclamó, señalándole como ya hizo doña Pilar—. ¡Te has pegado con alguien!

— No, Darío. No me he pegado con nadie. Ya sabes que pelearse está mal.

— ¡Pero tienes un moratón enorme!

— No es para tanto.

— Si no te has peleado. ¿Qué te ha pasado?

Ricardo miró a Clara. Ella se encogió de hombros y se rió por lo bajini. El brujo suspiró y agarró la mano de su hijo.

— Me he dado con la puerta. Y, ahora, prepárate. Nos vamos a desaparecer.


Sé que he tardado un poco en actualizar, pero he estado liada con otras cosas y no he podido hasta ahora. Espero que el capi os haya gustado. Besetes.