LO IMPENSABLE VI


Madrid. Octubre de 2001.

John siempre era extraordinariamente puntual. Clara estaba retocándose una vez más el maquillaje cuando escuchó el timbre de la puerta. Al ver la sonrisa bobalicona que apareció en su rostro, se sintió como una quinceañera. Hacía mucho tiempo que no estaba tan ilusionada y enamorada. Cuando conoció a John, ni se le pasó por la cabeza que pudiera gustarle alguien como él. Era amigo de Ricardo y los amigos de Ricardo, por lo general, no le caían nada bien. No obstante, John Doe no tenía nada que ver con ellos. Era un hombre educado, inteligente y muy sensato. A veces, Clara veía algo en sus ojos que le hacía recordar los meses junto al padre de su hijo, pero desaparecía rápidamente y sólo quedaba la mirada verdosa de ese caballero de modales exquisitos y acento británico.

Cuando Clara le abrió, lo encontró más atractivo que nunca. El traje gris oscuro le quedaba como un guante y se acababa de cortar el pelo. Esa noche irían al teatro y a cenar algo por ahí. John, que hasta ese momento había tenido la mano oculta tras la espalda, le hizo entrega de una bonita rosa blanca que Clara aceptó encantada. El hombre tenía muchos detalles de ese tipo y, aunque la bruja ya estaba acostumbrada, seguía disfrutándolos igual.

— Buenas noches, Clara. Estás muy guapa esta noche.

Se debatió entre ruborizarse un poco o darle un beso de bienvenida, optando por lo segundo porque le pareció mucho más agradable. John era un hombre muy galante, no le cabía la menor duda. A veces, Clara no podía evitar comparar su relación con la que ya mantuviera con Ricardo. Habían sido muy diferentes, estaba claro. Con Vallejo, todo fue más apasionado y los acontecimientos se sucedieron a velocidad de vértigo. Con John, en cambio, se estaba tomando su tiempo. Pasaban largas horas charlando y conociéndose y aún no habían llegado a acostarse. Clara sabía que algún día pasaría, pero no pensaba demasiado en ello. Disfrutaba mucho de ese ritmo pausado y esperaba que esa relación fuera creciendo poco a poco, con unas raíces fuertes basadas en el amor y la confianza mutuos.

— Tú tampoco estás tan mal —Bromeó, guiñándole un ojo y haciéndose a un lado para dejarle entrar—. Voy a por un abrigo. No tardo nada.

Clara no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a buen paso hasta el dormitorio, rebuscó la prenda adecuada en el armario y volvió a mirarse en el espejo. Todo estaba perfectamente, así que puso la varita a buen recaudo y metió un paquete de pañuelos de papel en el bolso antes de reunirse con John.

— Podemos irnos cuando quieras.

John asintió y le ofreció un brazo que Clara no dudó en agarrar. Las primeras veces había sido un poco raro, pero a esas alturas de la historia ya estaba acostumbrada.


Ricardo aprovechaba que Darío pasaba los sábados por la mañana en la escuela de magia para pasarse por la oficina, pero en cuanto llegaba la tarde, los asuntos laborales quedaban en un segundo plano hasta el lunes. Ese día, había llevado a su hijo al Parque del Retiro y le había dejado campar a sus anchas. Darío se había inflado a correr de un lado para otro y llegó a casa bastante cansado. Aún así, después de cenar y ponerse el pijama se resistió a abandonarse a los brazos de Morfeo y se acomodó con él en el sofá para ver la televisión. A Ricardo le hubiera gustado ver aquella película repleta de violencia que ya tuvo el placer de disfrutar en el cine, pero eligió un canal con una programación más adecuada para un niño de nueve años.

Darío dio buena cuenta de un cuenco de palomitas prácticamente sin la ayuda de nadie. Justo cuando la película que estaban viendo se acabó, llegando así el momento de irse a la cama, el niño se puso de rodillas en el sofá y le miró muy serio, como si estuviera a punto de tratar un asunto muy importancia.

— Papá. ¿Sabes que Doc va a llevar a mamá al teatro?

— ¡Uhm! —Clara no le había comentado nada porque realmente no tenía que hacerlo, pero de todas formas no le sorprendió demasiado enterarse de la notica—. No tenía ni idea.

— ¿Y sabes que mamá y Doc salen muchas veces?

— ¿En serio?

— Todos los fines de semana, cuando me vengo contigo.

— Ya —Ricardo tuvo la sensación de que estaba a punto de pisar terreno farragoso y decidió andar con pies de plomo—. ¿Te parece mal?

— No lo sé —Dijo el chiquillo tras pensárselo unos segundos. A continuación, se mordió el labio—. Como mamá y Doc salen tanto, ¿significa que son novios?

Ricardo no deseaba meter la pata en un momento tan delicado como aquel. A pesar de que Darío estaba más que acostumbrado a que sus padres estuvieran separados, nunca antes había tenido ocasión de verlos en compañía de otras parejas sentimentales y eso podría confundirle bastante. Era tan pequeño todavía.

— No sé si son novios, pero sí sé que mamá y Doc se gustan mucho.

— Pero. ¿Y tú?

— Yo —Darío asintió y le miró ansioso por encontrar explicación a todo aquel lío. Ricardo suspiró—. Yo quiero a mucho a mamá, Darío. Por eso te tuvimos a ti, pero eso no significa que me guste como novia. Y yo creo que tampoco le gusto a ella como novio.

— ¿Por qué?

— Porque a veces los mayores somos un poco complicados. Si mamá y yo estuviésemos juntos todo el rato, nos pasaríamos la vida discutiendo y eso no estaría bien. ¿No te parece? —Darío se encogió de hombros y asintió—. Creo que a mamá le gusta Doc porque hay muchas cosas que pueden hacer juntos. A lo mejor deciden hacerse novios y hasta es posible que se casen y todo, pero tienes que saber que si eso pasara, todo seguiría igual para ti. Mamá y yo seguiríamos estando a tu lado, sólo que Doc se incorporaría a la familia. Sería como tener dos padres.

Darío entornó los ojos y se cruzó de brazos.

— Dos padres. ¡Qué rollo! Con lo mandón que es Doc.

— Sí, apuesto a que sí —Ricardo le revolvió el pelo, recibiendo un bufido molesto a cambio—. Lo importante es que mamá esté contenta.

— Yo creo que lo está.

— Entonces no tienes que preocuparte por nada —Ricardo se puso en pie—. Venga, hijo, es hora de irse a la cama.

— No tengo sueño.

— Yo creo que sí. No te hagas el remolón.

Darío obedeció a regañadientes, pero no tardó ni cinco minutos en quedarse dormido una vez se hubo metido en la cama. Ricardo dejó la puerta del dormitorio entornada y fue hasta el suyo propio, pensando en Clara y en Doc. Durante un segundo, había sentido el arañazo de los celos escociéndole en el pecho, pero siempre había sido perfectamente capaz de controlarlos. Realmente había llegado a querer muchísimo a esa mujer. Sabía que había sido un cabrón con ella y en algunos momentos se arrepentía de haberla alejado de su lado, hasta que recordaba sus motivaciones y se daba cuenta de que había hecho lo correcto. Clara tenía todo el derecho a buscar el amor en otra persona y, al menos, había encontrado a un tipo decente. Ricardo pensaba vigilarlos de todas formas, pero sabía que Caradoc Dearborn era de total confianza.


La obra de teatro había estado muy bien. Resultó ser una hilarante comedia en la que dos ancianos enamorados intentaban ocultar su aventura a sus hijos, fracasando con todas las de la ley y dando lugar a un montón de situaciones absurdas. Clara se había reído muchísimo y John estuvo mirándola de reojo casi todo el rato. Era una mujer maravillosa y la quería cada día más. Por había decidido que había llegado el momento de hablarle de su pasado. Si quería tener una relación seria con ella, y realmente deseaba hacerlo, no podía engañarla ni un día más. Clara merecía saber quién era Caradoc Dearborn y lo que había hecho y pensaba sincerarse esa misma noche.

Una vez más, acompañó a la mujer a su casa, pero en lugar de dejarla en la puerta como acostumbraba a hacer, le preguntó si podía quedarse un rato con ella. Clara le miró con extrañeza, quizá sacando conclusiones equivocadas, pero asintió con una sonrisa y se hizo a un lado para permitirle el paso. El edificio en el que estaba situada la calderería era muy antiguo y la escalera siempre le había resultado un tanto claustrofóbica. Por suerte, el apartamento de Clara estaba en la primera plata. Caradoc se fijó en la puerta de madera de roble y suspiró, dándose valor. Sabía que estaba haciendo lo correcto, pero sentía cierto temor. Cabía la posibilidad de que Clara no entendiera nada y decidiera romper su relación. La pobre ya había experimentado demasiadas emociones cuando se enredó con Ricardo y Doc sabía que lo único que quería era tener una vida tranquila. Por eso le gustaba, porque aparentaba ser un hombre normal, alguien sin secretos oscuros ni enemigos mortales. Pero John Doe no era un hombre normal. John Doe ni siquiera era John Doe.

Esa noche vio la sala de estar con otros ojos. Clara cuidaba su casa con mimo y, aunque no era ni muy grande ni muy lujosa, resultaba totalmente acogedora. Se notaba que allí vivía un niño porque había fotografías enmarcadas y libros infantiles en las estanterías.

— Ponte cómodo, John —Clara ya se había quitado el abrigo y le observaba fijamente—. ¿Te apetece tomar algo?

— La verdad es que no me vendría mal un poco de agua.

Clara asintió. Sabía de sus problemas con el alcohol y se dirigió a la cocina sin hacer comentario alguno. Caradoc suspiró y se sentó en el sofá, aunque no podría decirse que estuviera demasiado cómodo. Se encontraba bastante tenso y más nervioso cada segundo que pasaba.

— La obra ha estado genial —Clara volvió y se sentó a su lado, muy cerca de él—. No me importaría verla otra vez, la verdad.

— A mí tampoco. Me lo he pasado muy bien.

Le sorprendió muchísimo que la mujer se inclinara para besarle. Perfectamente se hubiera rendido ante sus caricias y se olvidado de su objetivo principal, pero no podía hacerlo. No se sentía nada cómodo viviendo una mentira.

— Clara —Dijo, apartándola con decisión y suavidad—. Hay algo que necesito contarte.

Ella frunció el ceño y se alejó un poco de él.

— ¿Pasa algo?

— Eres una mujer muy especial para mí —Caradoc llenó los pulmones de aire y buscó la mejor forma de decir todo lo que quería—. Cada día que paso contigo, soy más consciente de lo mucho que te quiero. Me gustaría mucho pasar el resto de mi vida a tu lado, pero no puedo aspirar a nada más si no te cuento antes algo muy importante. No sería justo para ti.

Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Clara le miraba fijamente, debatiéndose entre la alegría que supuso para ella escuchar que John la quería y la preocupación por eso que quería confesarle. Recordó irremediablemente el día en que Ricardo también le contó algo de vital importancia y no pudo controlar su cuerpo mientras se ponía en pie y se cruzaba de brazos.

— Creo que no quiero escucharte.

— Clara…

— Me imagino por dónde me vas a salir, John. Sé que eres amigo de Ricardo y sé lo que Ricardo ha hecho, así que si vas a hablarme sobre él, prefiero no saber nada.

— No se trata de Ricardo, sino de mí —El brujo también se levantó—. Quiero que sepas quién es Caradoc Dearborn.


Darío y Alfie estaban jugando en el jardín, pasándose una quaffle en plan bestia y poniéndose perdidos desde la cabeza hasta los pies. Mary Cattermole había intentando poner orden, pero los niños sólo le hicieron caso durante, aproximadamente, cinco minutos. La mujer miró a Ricardo como si pretendiera que él hiciera algo, pero realmente no le importaba que los críos se divirtieran. Eran niños y lo más normal del mundo era que se ensuciaran.

Dispuesto a dejarlos a su aire durante el tiempo que quisieran, se metió en casa y se acomodó en su sillón favorito con un libro de magia entre manos. Cuando era un chaval, no había llegado a formarse como mago, pero en su edad adulta no se cansaba de aprender. La magia deparaba sorpresas constantes y Ricardo era un hombre ávido de conocimiento. No obstante, apenas había leído un par de páginas cuando recibió una visita. Esperaba tal vez la llegada de Salcedo, que solía dejarse caer por allí de vez en cuando, pero se trataba de Doc. Y no traía muy buena cara.

— ¿Estás bien? —Le preguntó una vez se hubieron acomodado. Ricardo conjuró unos refrescos y algo para picar, pero Doc no estaba por la labor de tomar nada.

— ¿Y Darío?

— En el jardín —Doc señaló las cristaleras que daban al exterior. Desde allí, podían ver a los niños corriendo de un lado para otro.

— Bien. No me gustaría que nos escuchara, ya sabes.

— Estás muy raro, Doc. No le habrá pasado algo a Clara.

— Ella está bien, pero sí que ha ocurrido una cosa —Doc tragó saliva y se removió con nerviosismo—. Le he dicho la verdad.

— ¿Qué verdad?

— Le he hablado de Caradoc Dearborn, de su vida en Inglaterra y de por qué se vino a vivir aquí. Y también le he contado cómo nos conocimos y cómo me ayudaste a ser quién soy ahora.

— Ya veo —Ricardo se cruzó de brazos—. Supongo que no se lo tomó muy bien.

— No mucho, la verdad. Está un poco cabreada contigo.

— Supongo que eso es bueno. Mientras esté enfadada conmigo, se olvidará de ti.

— También está enfadada conmigo. Bastante, además.

Ricardo suspiró y negó con la cabeza.

— Eres un idiota. ¿Por qué has tenido que decirle nada?

— Quiero a Clara. No podía mentirle.

— No se trataba de mentirle, Doc, sino de dejar las cosas tal y como estaban. A ella le gusta John Doe y no había necesidad de complicarlo todo.

— No podía estar con ella y engañarla, Ricardo. Me ha dicho que necesita pensar y no tengo la más mínima idea de qué decisión tomará, pero no me arrepiento de haber sido sincero. Clara se lo merecía.

— Ya. ¡Hay que joderse, Doc! Ahora voy a tener que tomar cartas en el asunto.

— ¡No! No quiero que hagas nada.

— Lo que tú digas —Ricardo se puso en pie, dispuesto a ignorar a su amigo—. Cierra el pico y deja que te saque las castañas del fuego, anda.

Caradoc no había ido hasta allí para eso, sino para desahogarse, pero sabía que no había nada que pudiera hacer o decir para que Ricardo le hiciera caso. Sólo esperaba que, fuese el que fuese el plan, diera resultado.


— Darío, ve a ordenar tus cosas —Ordenó Ricardo aquella tarde. Ya había anochecido y, como cada domingo, el niño cenaría con su madre. Por lo general, el brujo se aparecía con él frente a la puerta de la tienda de calderos y se marchaba enseguida, pero sus intenciones de ese día eran bien diferentes. Clara estaba allí parada, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos.

— Pero si mamá lo hace luego, con la varita y todo.

— Venga, hombre. Mamá no puede estar detrás de ti todo el rato.

El chiquillo se enfurruñó, pero terminó por darle un beso en la mejilla antes de correr escaleras arriba. Clara se dio media vuelta como si allí no hubiera más que hablar, pero el hombre la cogió del brazo.

— Clara, sé que John te lo ha contado todo.

— Déjame, Ricardo. Ahora mismo no tengo ganas de escucharte.

— Entiendo que estés enfadada, pero no puedo irme sin que hablemos. Es por tu bien.

En cuanto escuchó esas palabras, la mujer se revolvió como un animal acorralado.

— Bastante sabes tú qué cosas son por mi bien y qué cosas no —Se había puesto muy roja y tenía los puños apretados—. ¿Por qué siempre tienes que estar metido en temas turbios?

— Lo único que hice fue ayudar a un amigo. Quizá ahora mismo no lo veas desde el mismo punto de vista que yo, pero proporcionar a John una nueva identidad fue una buena acción.

— ¡Venga ya!

— Tú no conociste al hombre que huyó de Inglaterra —Ricardo hablaba en voz baja. Después de todo, estaban en plena calle y nadie tenía por qué escuchar lo que se estaban diciendo—. Estaba hundido, Clara. Se había pasado años peleando en una guerra horrible, tuvo que ver como morían sus amigos y estuvieron a punto de matarle la misma noche que decidió dejarlo todo. ¿Crees que fue fácil para él abandonar? Estaba asustado y cansado y tomó una determinación que no mejoró en nada su vida. Cuando le conocí, el alcohol no era suficiente para él. Necesitaba un cambio para seguir adelante y jamás me voy a arrepentir de haberle dado aquel empujón. John Doe es un buen hombre y lo sabes. No tenía por qué contarte nada, pero lo hizo porque te quiere y no desea engañarte. Ha corrido un riesgo tremendo y se merece una segunda oportunidad.

Clara tenía los dientes apretados y los ojos enrojecidos. John ya le había explicado todo aquello, pero sólo al escuchárselo decir a Ricardo comprendió lo difícil que había sido su vida. Dio un pasito atrás, su mal genio un poco menos malo, y observó al padre de su hijo con suspicacia.

— ¿Qué ganas tú saliendo en su defensa?

— No quiero ganar nada, aunque si te soy sincero, me gusta John para ti. Y para Darío. Sé que puede haceros muy felices a los dos y eso es importante para mí.

Clara no movió un músculo, pero Ricardo podía leer en sus ojos y supo que había logrado quebrar sus defensas. Ni siquiera se preocupó cuando ella agitó una mano y le dio un suave empujón.

— Lárgate, anda. ¿Por qué siempre tienes que complicarme la vida?

— No te estoy complicando nada, Clarita. Te estoy ayudando.

Ella le miró como si le considerara un gran idiota, pero de todas formas sonrió en cuanto se desvaneció en el aire. Aún seguía bastante mosqueada, pero Ricardo Vallejo tenía razón en una cosa: las segundas oportunidades merecían la pena.


Puerto Mágico de Bilbao. Al día siguiente.

Ricardo se había pasado media mañana con la cabeza en las nubes. No dejaba de preguntarse si Clara y John habrían arreglado finalmente sus diferencias. Esperaba que así fuera. Aunque una parte de su corazón siempre había albergado la esperanza de una posible reconciliación con la bruja, era un hombre realista y sabía que lo suyo era imposible. Tenían un pasado demasiado complicado a sus espaldas, aunque era un consuelo haber aprendido a llevarse bien por el bien de Darío. Para Ricardo, su hijo siempre había sido lo primero y, ahora que Clara parecía dispuesta a rehacer su vida sentimental, él sólo quería asegurarse de que el chico estuviera bien. Y con Caradoc Dearborn lo estaría, no le cabía la más mínima duda.

— El flete de Moltó sale dentro de una hora —La voz de Julia sonaba lejana dentro de su cabeza, pero Ricardo se forzó a prestarle atención porque sabía que lo que le estaba diciendo era muy importante—. El señor Ferré ha insistido en que la mercancía es muy delicada y espera que llegue a su destino con puntualidad. Acabo de comprobar que todo esté en orden.

— Bien. Buen trabajo.

Julia asintió y se puso en pie. Todavía tenía muchas cosas que hacer, pero notaba a su jefe un poco extraño y decidió que sería buena idea ser solícita con él.

— ¿Se encuentra bien, señor Vallejo? ¿Quiere que le traiga algo?

Él parpadeó y la miró con extrañeza, pero finalmente esbozó una sonrisa y negó con la cabeza.

— Ando un poco distraído esta mañana, lo reconozco, pero me encuentro perfectamente. No se preocupe por nada.

— En ese caso, debo proseguir con mis tareas.

Ricardo asintió en señal de que podía marcharse, pero antes de que abandonara su despacho sintió la tentación de tratar un tema un tanto incómodo. Realmente no supo por qué lo hacía, pero al ver a Julia tuvo muchísima curiosidad por saber cómo de revueltas estaban las cosas por la residencia de los señores Hurtado.

— Perdone la indiscreción, señora García, pero me gustaría saber si han tenido noticias de su primo.

Él mismo estaba muy bien informado. Después de su encontronazo con Cristóbal, se había puesto en contacto con Julio y el sacerdote le había comentado que el paciente no estaba demasiado bien por culpad el síndrome de abstinencia. Hasta ahí había llegado, alegando que la intimidad del brujo era más importante que saciar su sed de cotilleos.

Julia se puso tensa y apretó la carpeta que portaba contra su pecho. Tardó un poco más de la cuenta en responder.

— Los responsables de la clínica les dijeron a mis tíos que, por el momento, es mejor que no entablen contacto directo con Cristóbal para evitar que intercedan en su recuperación. Les dijeron que todo va según lo previsto y que no hay motivos para estar preocupado.

— Me alegra oír eso. Espero que su primo se ponga bien.

— Gracias.

Era evidente que ella no tenía fe en ello, pero ninguno de los dos añadió nada más. Julia se fue cerrando la puerta con suavidad y Ricardo se recostó en su butacón, pensando en lo idiota que había sido ese hombre y en lo difícil que le iba a resultar volver a la normalidad.


Barrio Mágico de Madrid. Por la noche.

Clara sabía que era tardísimo para llamar a John, pero llevaba desde ayer dándole vueltas al asunto y no podía esperar más. En cuanto Darío se durmió, cogió su teléfono móvil y le envió un mensaje al brujo pidiéndole que fuera a su casa. Pensó que él no contestaría, pero apenas cinco minutos después, se apareció en el rellano de la escalera. En cuanto lo vio, Clara se dio cuenta de que estaba un poco pálido, signo inequívoco de que no se encontraba demasiado tranquilo. La saludó con la educación de siempre y Clara le permitió la entrada a su casa una vez más.

Si había albergado alguna duda sobre lo que estaba a punto de hacer, ésta se disipó en cuanto tuvo ocasión de observarle con más detenimiento. John andaba un poco cabizbajo y parecía tan entristecido que Clara incluso se sintió un poco culpable. Había pensado que era el hombre perfecto, pero no lo era. ¿Y qué? Todo el mundo cometía errores y John, o Caradoc Dearborn, había sufrido mucho y ya había tenido suficiente de eso.

— Siéntate, John —Él siguió sus instrucciones de inmediato. Clara se acomodó a su lado y le cogió una mano—. He estado pensando en lo que me contaste la otra noche. Ha sido una gran sorpresa para mí, pero entiendo por qué hiciste lo que hiciste y no veo motivos para que no sigamos viéndonos.

— ¿Qué? —John la miró con sorpresa. Evidentemente, había esperado correr peor suerte.

— Yo también te quiero —Clara sonrió y le acarició la mejilla—. Aunque tengo una duda. ¿Cómo se supone que debo llamarte a partir de ahora?

John se rió y besó con avidez la palma de su mano. Estaba tan contento que no podía expresarlo con palabras.

— Si te soy sincero, Doc me gusta mucho.

Clara asintió y, como ya hiciera la noche del sábado, le dio un beso en los labios. Al separarse, se miraron a los ojos y se sonrieron.

— Doc. Siempre pensé que era un apodo —Afirmó, antes de volver a la placentera parte de los besos y las caricias.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que una de las puertas de los dormitorios se abría. Darío se había despertado porque tenía sed, pero sus pies se clavaron en el suelo cuando vio a mamá y a Doc besándose. Genial. Ya era oficial. Ahora tenía dos padres. Sólo esperaba que nunca llegara el momento de tener también dos madres, porque podría ser un rollo total. Vaya que sí.


Al final me he centrado muchísimo más de lo que yo misma esperaba en la relación de Doc y Clara, aunque la verdad es que ya les iba tocando. He tardado un pelín más de la cuenta en actualizar, pero creo que el próximo capítulo no tardaré mucho en tenerlo preparado. Por lo demás, ¿tenéis algo que decirme?