LO IMPENSABLE VII


Residencia de Ricardo Vallejo. 10 de Agosto de 2009

Como era de esperar, su padre no se había conformado con llevarlo a Huelva y le había castigado cancelando el viaje a Sudamérica que tenían planeado para ese mes. Darío pasaba los días en la casa de Madrid, aburrido como una ostra y sin poder pasar el rato con Alfie, quien estaba en Inglaterra, visitando a sus familiares como ya venía siendo habitual. Su padre le había sugerido que aprovechara su tiempo en algo productivo, pero el chico se negaba a estudiar. Agosto era un mes para descansar, así que le había dado por hacer ejercicio. Por las tardes solía ir al barrio mágico para estar un rato con su hermana y, aunque había intentando quedar con sus amigos, su padre no se lo permitía. Estar castigado significaba estar castigado y Darío, que realmente no estaba acostumbrado a esas cosas, pensaba que su progenitor exageraba muchísimo.

Ni que tuviera ganas de volver a probar las drogas. Se arrepentía bastante de haberse dejado provocar por su primo. No era de los que cedían fácilmente ante la presión del grupo, pero ese día se le cruzó un cable y aceptó. En cierta forma, la sensación que le inundó no fue del todo desagradable, pero después de ver el centro de desintoxicación sabía que nunca más volvería a caer en la trampa. Las drogas eran una auténtica mierda y, a falta de otra cosa que hacer, dedicó bastante tiempo a pensar en el asunto. Admiraba lo que don Julio Cabrera y Gregorio Paz estaban haciendo en el centro y sentía que no podía quedarse de brazos cruzados. Por ese motivo encaró a su padre esa mañana, durante el desayuno en el jardín.

— Papá, he estado pensando mucho sobre lo que pasó el otro día con Alfie.

— Bien. Espero que comprendas que fuisteis un par de imbéciles —Espetó con dureza pese a que el chico había sonado bastante manso. En los últimos días estaba dando lo mejor de sí para congraciarse con él. Y mejor no pensar en lo cabreadísima que estaba su madre.

— Hicimos mal, pero no volverá a pasar. Te lo juro.

Ricardo alzó la cabeza para mirarle y suspiró. Realmente quería estar enfadado con él, pero cada vez le costaba más esfuerzo. Darío era un buen chaval que había cometido un error. Había sido debidamente castigado y se le notaba arrepentido. Punto.

— ¿En qué has pensado exactamente?

— Puesto que no tengo gran cosa que hacer durante el verano, quisiera hablar con el señor Cabrera para saber si necesita ayuda en el centro de desintoxicación.

Ricardo se quedó pasmado. Cuando llevó al chico a ese sitio, ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de que pudiera reaccionar así.

— ¿Cómo dices?

— No tengo ni la menor idea de cómo funcionan las cosas por allí, pero estoy seguro de que podré echarles una mano. No sé, a lo mejor puedo limpiar los pasillos o arreglar los jardines. Hasta podría jugar con los pacientes al ajedrez o al parchís.

— Espera, Darío. ¿Tienes idea de lo que estás diciendo?

— Claro. He visto lo mal que lo pasan los pacientes de la clínica y quiero ayudar.

Ricardo no necesitó pensárselo demasiado. Admiraba la determinación de su vástago, pero no lo quería metido en un sitio así. Darío no tenía por qué observar de cerca esa clase de miserias. Era demasiado joven.

— Eso no será posible, hijo.

— ¿Por qué no? Quiero hacerlo.

— Eres menor de edad.

— ¿Y? Don Julio es amigo tuyo. Si hablas con él, seguro que me admite. Y no tendría que pasarme allí todo el día. Podría ir un rato por las mañanas y ya está.

— Lo siento, pero no. Ya tendrás tiempo para verte inmerso en esa clase de asuntos. Si te aburres, puedes dedicarte a otras cosas.

— Pero es que no quiero ir allí porque me aburra. Quiero colaborar y hacer algo útil.

Ricardo apretó los dientes y miró fijamente al chaval. Le daban igual los argumentos que utilizara para intentar convencerle. Tenía muy claro que no lo quería allí y no iba a consentir que fuera.

— Me parece que tienes muy buenas intenciones, pero moverte en ese ambiente no te hará ningún bien. Si realmente quieres echar un cable, hay otros sitios en los que podrías ser muy útil.

— Estás intentando cambiar de tema, papá. Quiero ir a Huelva.

— Estoy intentando hacerte ver que no es necesario meterte de cabeza en ese sitio para ayudar a la gente. Conozco un lugar en el que apreciarían mucho tu ayuda, especialmente si tenemos en cuenta la buena mano que tienes para los niños.

Aunque el chaval no se veía muy conforme, a Ricardo le alegró captar su atención con esa última frase. Darío entornó los ojos y se cruzó de brazos, comprendiendo que no iba a convencer al brujo para que le permitiera colaborar con la gente de la clínica de desintoxicación. Por fortuna, tenía otra salida que no sonaba del todo mal.

— ¿Qué sitio es ese?

— En la sierra de Madrid hay una casa de acogida para niños en situación de desamparo. Depende del Ministerio de Magia, pero me gusta colaborar económicamente y, de cuando en cuando, visito a los chiquillos. Estoy seguro de que les alegrará mucho ver caras nuevas, sobre todo a los más pequeños.

Sonaba bien. Al contrario que a muchos chicos de su edad, a Darío nunca le había importado ocuparse de los niños. Se divertía jugando con ellos y en más de una ocasión se había quedado al cargo de Amelia y sus ruidosas amiguitas. Estaba convencido de que podría hacer un buen trabajo con esos niños huérfanos y no pudo evitar sentirse ligeramente conmovido. Su padre había perdido a su familia de pequeño y se había visto obligado a crecer sin nadie que velara realmente por sus intereses. A Darío no le extrañaba nada que cuidara de otras personas que estaban pasando por todo lo que él tuvo que afrontar.

— Creo que no estará mal conocerlos. Mejor eso que quedarme aquí todo el santo día, aburrido como una ostra.

— Si no te dedicaras a hacer gilipolleces, estaríamos en mitad del Amazonas.

— Sigo pensando que eres un exagerado, papá.

— Ya. Lo que tú digas. La cuestión es que no creo que se te olvide lo que pasa cuando metes la pata deliberadamente —Ricardo, que se sentía más tranquilo después de que Darío renunciara a sus planes, le palmeó la espalda—. Además, tienes que creerme. Esto me duele más a mí que a ti.

— ¡Venga ya!

— ¿Te crees que no me apetecía irme de vacaciones? Quedarse en casa en el mes de agosto no es un planazo. Yo también me aburro.

— Pues levántame el castigo.

— Ni lo sueñes.

Darío bufó y decidió que lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias era ponerse a desayunar. Al menos tendría algo que hacer durante el resto del verano, pero aún tenía aquella idea dándole vueltas por la cabeza.

— Papá, sé por qué no quieres que vaya a Huelva y lo entiendo, pero quiero que tú entiendas que cuando sea un poco más mayor voy a implicarme con el centro. Ahora que sé que lo tienes, no me quedaré de brazos cruzados.

— ¡Por los calzones de Bargota, Darío! Eres un adolescente. ¿Por qué no puedes pensar como un chico de tu edad e ignorar cosas como esa? —Exclamó el pobre Vallejo, totalmente frustrado porque era obvio que había fracasado.

— Es culpa tuya, por llevarme allí.

— Vale. Ya veremos qué pasa en el futuro. Por lo pronto, terminemos con esto y vayamos a la casa de acogida. Ya verás cómo te diviertes con los críos.

Darío tuvo la sensación de que su padre era plenamente consciente de que ver a los huerfanitos no iba a ser un camino de rosas, pero cualquier cosa era mejor que quedarse en casa sin hacer nada. ¡Malditos castigos!


Barrio Mágico de Madrid. Ese mismo día.

A la mierda con todo. Cristóbal estaba hasta los cojones de todo el mundo. Odiaba que sus familiares se creyeran con derecho a decirle lo que tenía que hacer, odiaba a Cabrera y a Paz por encerrarlo en ese sitio y odiaba no poder hacer lo que realmente le apetecía. Llevaba toda su puñetera vida haciendo lo que otros le decían que hiciera y lo único que necesitaba para sentirse mejor era esnifar un poco de coca de vez en cuando. ¿Por qué cojones no podían dejarlo en paz? ¿Por qué todos tenían que presionarlo? ¿Es que no se daban cuenta de que ya no podía más?

Por eso se había largado del centro de desintoxicación. Le daba absolutamente lo mismo lo que dijeran el sanador Paz y don Julio. Estaba harto de escuchar siempre los mismos discursos. No quería la ayuda de nadie. Necesitaba un tiempo a solas, para relajarse como era debido y recargar las pilas antes de volver al trabajo en el mes de septiembre. Después de todo, tenía un cargo muy importante en el Ministerio de Magia.

— ¡Cristóbal! ¿Qué estás haciendo aquí?

El brujo maldijo entre dientes y tiró de la maleta hacia arriba para colocarla sobre la cama. No se molestó en mirar a Esther. Esa estúpida no se cansaba de amenazarle con la separación, pero nunca se atrevería a dar el paso. Le gustaba demasiado su vida acomodada y perfecta, acudir a los actos sociales y presumir de ropa carísima y joyas ostentosas. En más de una ocasión, a Cristóbal le hubiera encantado mandarla directa a la mierda, pero le convenía mantener las apariencias de cara al público. Eso era lo que siempre decía su padre. No importaba si era desgraciado o feliz. Lo importante era que la gente pensara que todo iba bien. Y Cristóbal Hurtado podía ser muchas cosas, pero era un experto en disimular.

— Tendrías que estar en Huelva. ¿Por qué has vuelto a casa? ¿Es que no vas a contestarme?

— He pedido el alta voluntaria. ¿Es que no lo ves?

— Pero no estás recuperado del todo.

— ¿Y tú qué sabrás, Esther? No tienes ni puta idea de nada —Esa vez sí, el brujo miró a su esposa. Allí estaba ella, tan perfecta como siempre, elegantemente preparada para cualquier eventualidad que pudiera surgir—. ¿Por qué no vas a retocarte el maquillaje y me dejas tranquilo?

— No me hables así.

— ¿Cómo quieres que te hable, mujer? Tienes menos cerebro que un mosquito.

— Cristóbal —Vio como Esther se mordía el labio y retrocedía un paso—. Voy a llamar a la clínica. Les pediré que vengan a buscarte.

— No vas a llamar a ningún sitio.

— No estás bien.

— Como descuelgues el teléfono, te juro por Dios que te corto las manos con un encantamiento seccionador.

Esther se quedó paralizada. Conocía perfectamente a su marido y sabía que hablaba en serio. Era más que evidente que en ese momento no se encontraba del todo en sus cabales y lo mejor que podía hacer era mantenerse alejada de él. Sólo esperaba que sus hijos no volvieran a casa. Eva ya había intentando enfrentar a su padre antes y no salió muy bien parada.

— Cristóbal, por favor, necesitas ayuda.

— Lo que necesito que es que cierres la puta boca y te quites de la puerta.

— ¿Por qué? ¿Adónde vas?

— ¿Tengo que decírtelo? —Cristóbal se acercó lentamente a ella y, sin quitarle los ojos de encima, le habló muy cerca del oído—. Me voy a pillar un chute y después me buscaré una puta para echarle un polvo. ¿Es eso lo que querías saber? ¿Estás contenta?

Esther se vio obligada a retroceder, asqueada y con las lágrimas ardiéndole en la garganta.

— No estás en tus cabales, Cristóbal.

— ¡Claro que sí! Lo que pasa es que estoy hasta los cojones de todos vosotros. No quiero que volváis a decirme que soy un yonqui porque no tenéis ni puta idea de cómo son las cosas. Y tú eres la peor, dándotelas de gran señora cuando no sirves ni para follar.

Cristóbal no lo vio venir. Tenía la sensación de estar llegando demasiado lejos porque, si bien era cierto que su relación con Esther nunca fue para tirar cohetes, jamás le había hablado en esos términos. Vio a su mujer alzar la mano y el bofetón le dolió más en su orgullo que en la piel. Por ese motivo, y sin pensárselo dos veces, le devolvió el golpe.

Vio como Esther se tambaleaba hasta apoyarse en el marco de la puerta. Cristóbal estaba en pie frente a ella, con los dientes apretados y dispuesto a repetir esa acción porque, joder, se había sentido tremendamente liberado. Su mujer tenía sangre en el labio y respiraba agitadamente, incapaz de creerse lo que acababa de pasar. Cristóbal quiso decirle que la mataría si volvía a ponerle una mano encima, pero tenía muchísimas ganas de escapar de allí. Si lo pensaba fríamente, se daba cuenta de que todo se le había ido de las manos. Así pues, agarró su cartera y la varita y abandonó la residencia familiar sin mirar atrás. Necesitaba colocarse. Y cuanto antes, mejor.


Burgos. Un poco más tarde.

Julia se aseguró de que lo tenía todo preparado. Al día siguiente cogería un avión rumbo a Nueva Zelanda. El año anterior había decidido no irse de vacaciones y se había pasado los últimos meses ahorrando a tope para permitirse ese homenaje. Después de ver ciertas películas rodadas en las antípodas, se moría de ganas por conocer el lugar. Tenía la sensación de que iba a ser agotador, pero estaba convencidísima de que merecería la pena.

Revisó por enésima vez su pasaporte y el equipaje. Estaba bastante segura de que lo tenía todo preparado, así que sólo le restaba meterse pronto en la cama para descansar durante unas horas antes de embarcarse en aquella aventura. Viajaría sola y, aunque estaba convencida de que a muchos les disgustaría irse tan lejos sin la compañía de nadie, ella había aprendido que casi siempre era mejor disfrutar de esa soledad antes que estar junto a indeseables.

Después de darse un baño y ponerse el pijama, se dirigió directa a su habitación. Aún no había anochecido del todo, pero estaba segura que no tendría problemas para dormir. Era de sueño fácil y profundo y sólo necesitaría bajar las persianas del dormitorio para caer rendida en los brazos de Morfeo. Sin embargo, apenas había apoyado la cabeza en la almohada cuando el teléfono empezó a sonar. Se planteó la posibilidad de ignorarlo porque, total, tampoco iba a hundirse el mundo si no respondía a una simple llamada telefónica, pero finalmente se hizo con el auricular. Sabía que si no lo hacía terminaría preocupándose sin remedio y no necesitaba tener la cabeza en otras cosas antes de sus merecidos días de asueto absoluto.

— ¿Dígame?

Julia. ¿Qué tal?

Por un instante temió que fuera su madre para darle la lata, así que se alegró mucho de escuchar la voz de su hermano.

— ¡Hola, Edu! Estoy perfectamente. Ya lo tengo todo preparado para el viaje.

Ya veo. Siento chafarte el plan, pero te tengo malas noticias.

— ¿Qué? No les habrá pasado nada a mamá o a papá.

Ellos están bien. Es Cristóbal.

Su primo, cómo no. Quizá debería haberle sorprendido la noticia, pero a decir verdad no le pillaba de susto. Cristóbal y las malas noticias solían estar íntimamente ligados.

Esta mañana se ha ido de la clínica de Huelva y después ha discutido con Esther. Por lo visto, llegaron a las manos.

— ¡Qué me estás contando!

Esther dice que se puso muy desagradable con ella y que le dio un bofetón. Cristóbal se lo devolvió.

— ¡Madre mía! —Julia se llevó la mano al pecho, preguntándose hasta qué extremos podría llegar su primo.

Después de la discusión, Cristóbal se fue. Adivina dónde.

— A buscar drogas, supongo —No le cabía en la cabeza otra posibilidad.

Esther estaba muy preocupada y se puso en contacto con el tío Ernesto. Y ya sabes cómo es. Se cabreó un montón y dijo que se encargaría del asunto. No tengo ni idea de lo que hizo, pero la cuestión es que encontró a Cristóbal. Está bastante jodido.

— ¿Qué le ha pasado?

Ha tenido una sobredosis. Lo han llevado a San Mateo y los sanadores dicen que su estado es muy crítico. Su sistema neurológico está muy dañado y no saben si podrá sobrevivir a esta noche.

— ¡Joder! —Pese a todo, Julia se sintió inmensamente preocupada al escuchar aquello. No le sorprendía, cierto, pero la entristecía igual.

En caso de que logre salir de ésta, le quedarán secuelas muy graves. Tiene todo el lado derecho completamente paralizado y su hígado está muy dañado. Necesitará un milagro y mucha rehabilitación.

— ¡Madre mía, Edu! ¿Cómo ha podido llegar a esta situación?

Han sido muchos años de adicción. Lo raro es que no haya pasado antes.

— Tal vez tendríamos que haber insistido más.

No sigas por ahí, Juli.

— ¿Qué?

No te sientas culpable. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, sobre todo tú. El que tendría que haber actuado antes fue el tío Ernesto, pero dejó que pasaran los años sin mover ni un dedo.

— ¿Cómo están los tíos? —Julia sabía que su hermano tenía toda la razón, así que alejó cualquier sentimiento de culpa que pudiera empezar a notar.

A la tía han tenido que darle un calmante porque estaba medio histérica. El tío no ha abierto la boca. No tengo ni la menor idea de lo que está pensando, pero no creo que esté bien.

— ¿Mamá y papá están en San Mateo también?

Sólo mamá. A papá le he convencido para que se quede en casa. No está para esos trotes y no hay mucho que pueda hacer en el hospital.

— Vale. Será mejor que me vaya para allá.

¿Qué? Ni hablar.

— ¿Cómo que ni hablar? Tengo que estar con la familia.

¿Y qué hay de tu viaje?

— Lo cancelaré, por supuesto. Con un poco de suerte, hasta me devolverán el dinero del billete de avión y de la reserva del hotel.

No tienes que venir, Julia. Te he avisado para que sepas lo que pasa, pero tendrías que marcharte de vacaciones.

— No insistas, Edu. Sabes que no me vas a convencer —Sonrió al escuchar el bufido del brujo. Los dos eran conscientes de que Julia era una cabezota y que nunca cedía cuando se le metía algo entre ceja y ceja—. ¿Cómo están Esther y los niños?

Los críos se han quedado con los padres de Esther. Ella nos ha contado lo que pasó en casa y desde entonces no ha abierto la boca. La noto un poco rara, como si se hubiera cansado de la situación.

— No es para menos. Yo me hubiera hartado hace mucho tiempo.

Esther y tú no es que tengáis muchas cosas en común —Eduardo se rió y Julia pudo visualizarlo agitando su cabeza para apartarse el flequillo de los ojos—. De verdad que no tienes que venir.

— ¿Sigues con esas? Voy a vestirme y me apareceré en el hospital en unos minutos. Nos vemos ahora.

Terca.

— Idiota.

No se despidió. Tras pronunciar aquella palabra, colgó el auricular y se tomó un momento para asimilar la noticia. Cristóbal estaba fatal. Sin duda, aquel hecho iba a marcar un antes y un después en su ámbito familiar. El tío Ernesto no podría seguir tapándose los ojos y Cristóbal tendría que cambiar de estilo de vida. Si sobrevivía. Julia se estremeció y notó un nudo en la garganta. Su primo era un idiota, pero no quería que se muriera. En el fondo, lo echaría de menos.


Abadía 51. Barrio Mágico de Madrid. Finales de agosto.

La primera vez que Ricardo Vallejo la llamó para preguntarle por Cristóbal, Julia se llevó una tremenda sorpresa. Sabía que su primo y su jefe se habían conocido en su juventud, pero el brujo apenas hablaba sobre ello. Vallejo se había interesado por la salud de su viejo compañero en muchas ocasiones y finalmente había terminado por invitarla a Abadía 51. Julia había dudado a la hora de aceptar, pero creía que el interés del hombre era sincero y no tuvo problemas a la hora de presentarse puntual a su cita. Era por la mañana y hacía bastante calor, pero en la terraza se estaba bastante bien gracias a los hechizos térmicos.

Se saludaron con cordialidad y comenzaron a charlar en cuanto el camarero les sirvió un par de cervezas con unos pinchitos de tortilla de patata que estaban deliciosos.

— Me alegró mucho saber que el estado de su primo ha mejorado bastante.

— Gracias. Los sanadores están bastante sorprendidos porque esperaban que no lograra recuperarse, pero Cristóbal es un hombre fuerte. Lamentablemente, las secuelas siguen siendo muy graves. Necesitará un tratamiento de por vida a base de pociones para evitar que su hígado siga deteriorándose y le espera una larga rehabilitación para recuperar la movilidad en la mitad de su cuerpo.

— Debe ser una situación muy dura para todos ustedes, pero su primo también debe sentirse afortunado. Hay muchos enfermos que no tienen una segunda oportunidad.

— No estoy segura de que vaya a aprovecharla, sinceramente.

— ¿Por qué dice eso?

— Cristóbal lleva mucho tiempo enganchado a las drogas. Hemos intentando ayudarle para que lo dejara, pero nunca ha querido hacerlo. Tengo la impresión de que, en cuanto esté más restablecido, volverá a las andadas.

Vallejo guardó silencio y clavó sus ojos grises en el vaso de cerveza. Julia se preguntó en qué estaría pensando y vio en su rostro esa expresión que de vez en cuando hacía aparición y que hablaba de un pasado tormentoso.

— Confío en que el señor Hurtado sea sensato y cambie de actitud. Superar el síndrome de abstinencia siempre es muy duro para los adictos, pero él lo tendrá más fácil. Para cuando abandone San Mateo, su cuerpo estará libre de sustancias extrañas. Con no volver a probarlas, será más que suficiente.

— Ojalá tenga razón —Julia suspiró y sintió la imperiosa necesidad de darle un trago a su jarra de cerveza—. Lamentablemente, nada será fácil para él cuando obtenga el alta.

Vallejo sabía perfectamente a qué se refería. La prensa se había hecho eco de la noticia de su sobredosis y en las últimas semanas no se hablaba de otra cosa en el mundo mágico. Los medios más amarillistas de la prensa nacional e internacional criticaban constantemente su actitud y estaban empeñados en sacar los trapos sucios, tanto de Cristóbal como de la familia. Así pues, Julia incluso había tenido ocasión de ver su nombre en los periódicos, haciendo referencia a sus dos divorcios.

Pero eso no era lo único a lo que Cristóbal tendría que enfrentarse. El escándalo estaba siendo mayúsculo y algunos compañeros del ministerio no se cansaban de criticar su trabajo. Aseguraban que en varios años no había movido un dedo, que siempre delegaba sus tareas en los demás y que se aprovechaba de su posición para abusar de aquellos que eran más débiles que él. Y también estaba lo de Esther, que parecía envalentonada y había solicitado la separación. De momento, no había concedido ninguna entrevista, pero estaba decidida a alejarse de Cristóbal y a llevarse a sus hijos con ella. Julia podía entenderla, pero consideraba que no había escogido un buen momento para actuar.

— Más tarde o más temprano, los periodistas se aburrirán y se olvidarán de él —Vallejo le estaba sonriendo y Julia se sintió un poco más tranquila—. Siempre pasa. Un escándalo lo es hasta que ocurre algo más grave. Es sólo cuestión de tiempo.

— Estoy de acuerdo con usted y sé que la prensa buscará otra presa sobre la que arrojarse, pero no creo que Cristóbal pueda conservar su empleo con todo lo que se está diciendo. Y su mujer… —Suspiró, pensando en que tal vez no era conveniente decirle aquello a Vallejo. Era un tema más íntimo, pero de todas formas ya estaba en boca de todos—. Le ha costado mucho decidirse, pero no creo que vaya a volver con él. Bastante le ha aguantado, la pobre.

— Su primo tendrá que encarar la realidad. No será ni el primer ni el último hombre en perder un empleo o en enfrentar un divorcio. Necesitará muchísimo apoyo y fuerza de voluntad, pero en sus manos está conseguirlo.

Julia asintió. Sabía que Ricardo tenía razón, aunque dudaba que él pudiera comprender por completo la envergadura del problema. Después de todo, era un extraño y, aunque tuviera interés, cuando esa reunión terminara, volvería a su vida. Una vida en la que Cristóbal Hurtado no tenía cabida.

— Sé que aún tendrá que pasar mucho tiempo en San Mateo, pero quisiera ofrecerle nuevamente la oportunidad de llevarlo a Huelva. Confío en que después de lo ocurrido, su primo desee rehabilitarse realmente. Si es así, podrán ayudarle.

— Tendremos que esperar. Es lo único que podemos hacer.

Vallejo asintió y Julia sintió unas ganas inmensas de cambiar de tema. Como si le hubiera leído el pensamiento, su jefe sonrió ampliamente y se terminó su pinchito.

— Tengo entendido que tenía planificadas unas maravillosas vacaciones a Nueva Zelanda. Supongo que los últimos acontecimientos la han obligado a quedarse en casa.

— Supone bien. En otra ocasión será —Julia le miró un instante y se dio cuenta de algo—. ¿Usted no debería estar de ruta turística por media Sudamérica?

— También me vi obligado a cambiar de planes —Vallejo se encogió de hombros—. Mi hijo necesitaba aprender una valiosa lección.

— Debió hacer algo terrible para quedarse sin vacaciones.

— Digamos que las medidas tomadas son más bien preventivas. Algún día me lo agradecerá.

— Apuesto a que sí.

A Julia le hubiera gustado profundizar en el tema, pero optó por ser discreta. Sabía que Darío era un buen chaval y dudaba mucho que hubiera sido capaz de hacer algo malo, pero también sabía que Ricardo era bueno tomando esa clase de decisiones y no dudó que había tomado la correcta una vez más.


Hospital Mágico de San Mateo. Unos días después.

Ricardo había dudado mucho antes de decidirse a realizar aquella visita. Lo último que quería era causarle daño a Cristóbal, pero necesitaba imperiosamente hablar con él. Sabía que no estaría en condiciones de contestarle porque apenas era capaz de hablar, pero se conformaba con que le escuchara. Espera poder meter un poco de sensatez en su cabezota porque, aunque durante años había sentido cierto desprecio por él, ahora realmente quería que se pusiera mejor. No por el propio Cristóbal, sino por Julia. Apreciaba sinceramente a la mujer y no le gustaba verla tan apagada y preocupada. Y, si era completamente sincero consigo mismo, también quería hacerlo por él, porque su conciencia a veces podía ser muy plasta.

No le costó mucho dar con su habitación. Pensaba que nadie le saldría al paso cuando se encontró con el mismísimo Ernesto Hurtado. Su aspecto era el de un hombre que no tenía ninguna clase de preocupación, pero sus ojos decían una cosa bien distinta. Ricardo nunca había tenido ocasión de hablar con él, pero le conocía porque era un personaje bastante destacado en la sociedad mágica peninsular. Se dispuso a saludarle con cordialidad, pero el hombre le interrumpió secamente.

— ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

— Soy Ricardo. Me gustaría hacerle una visita a su hijo.

— ¿Ricardo? ¿Es amigo de Cristóbal? No recuerdo que tenga ninguna amistad con ese nombre.

— No somos exactamente amigos, pero nos conocemos desde hace mucho tiempo. Desde los campamentos mágicos.

— ¿Ricardo qué más? ¿Cuál es su apellido?

Tenía la sensación de que rebelar ese detalle le iba a traer problemas y por eso se lo había callado al principio, pero no le quedaba más remedio. Suspirando disimuladamente, respondió.

— Me llamo Ricardo Vallejo, señor Hurtado.

— ¿Vallejo? —El brujo entornó los ojos—. ¡Vallejo! Eres aquel ladronzuelo.

No puedo evitar poner los ojos en blanco, molesto por el tono acusador en la voz de ese tipo. Ahora sí que podía entender a Hurtado. No había intercambiado más que unas palabras con el viejo y ya le parecía un idiota.

— Además, has estado en la cárcel. No has perdido las malas costumbres. ¿Verdad?

— No creo que sea de su incumbencia si he estado o no en prisión —Iba a añadir que debería preguntarle a Cristóbal sobre el viejo robo en los campamentos, pero se mordió la lengua. Ese desgraciado no necesitaba más problemas—. ¿Puedo verle o no?

— ¿Qué relación existe exactamente entre vosotros?

— Entre nosotros ninguna, pero conozco muy bien a tu sobrina —Puesto que el viejo idiota había empezado a tutearle sin más miramientos, signo inequívoco de que no quería mostrarle ningún respecto, Ricardo hizo lo propio. No pensaba dejarse amilanar por ese tipejo—. Pareces saber muy bien saber quién soy, pero antes se te ha olvidado señalar que Julia trabaja para mí. Es una profesional excelente y lo menos que puedo hacer es interesarme por sus problemas.

— Esa niña no tiene nada que ver con esto.

— Pues en mi opinión, es de las pocas que ha demostrado sensatez durante los últimos años.

Ernesto Hurtado pareció absolutamente indignado. Mejor. Ricardo temió que no le fuera a permitir el paso, pero se sentía mejor después del intercambio de palabras. Era indudable que ese hombre necesitaba que alguien le bajara los humos.

— Eres un metomentodo y un criminal.

— Puede ser —Ricardo se cruzó de brazos—. ¿Puedo ver a Cristóbal o no? Es divertido conversar contigo, pero tengo otras cosas que hacer.

El labio inferior de Ernesto tembló. Odiaba que la gente le tuteara y odiaba que le miraran a los ojos sin mostrarse amedrentados. Y odiaba, sobre todo, que le recordaran que había estado equivocado durante mucho tiempo. De pronto, le entraron muchas ganas de tomar el aire y se marchó de allí dando grandes zancadas, sin molestar en responder la pregunta de ese tal Vallejo. Suponía que entraría en la habitación de su hijo y le daba igual. Lo único que quería era abrir los ojos y despertar de esa horrible pesadilla. Sólo eso.

Ricardo disimuló una sonrisa cuando el viejo se fue y no se lo pensó dos veces antes de traspasar la puerta que le separaba de su antiguo enemigo. La luz entraba a raudales por la ventana y olía a desinfectante. Cristóbal estaba tumbado en la cama, medio adormilado y rodeado de artefactos que funcionaban con magia. Tenía una pinta horrible y Ricardo no pudo evitar estremecerse. Eso sí, le alegró mucho contemplar esa mirada de odio absoluto que le dirigió Hurtado en cuanto le vio. Seguía habiendo un espíritu luchador ahí dentro.

— Ya lo sé, Cristóbal. Sé que no te alegras nada de verme, pero te aseguro que no quiero molestar —Ricardo se acercó un poco a él. Le estaba costando mantenerle la mirada, pero debía hacerlo. Quería mostrarle que era plenamente sincero—. Lamento muchísimo lo que te ha pasado y espero que puedas recuperarte satisfactoriamente. Debe ser terrible estar postrado en esa cama, pero eres un tipo fuerte y no dudo que te recuperarás. Tardes más o menos tiempo, no vas a quedarte ahí para siempre.

Hurtado le miró como si quisiera matarlo y tuvo que soltar una risita en la que se hizo patente cierto nerviosismo.

— Sé lo que estás pensando y te entiendo. Me odias y me consideras parte responsable de lo que te pasa —Ricardo suspiró y cerró los ojos durante un instante muy breve—. Me resulta muy duro admitirlo, pero tienes razón. Colaboré activamente para convertirte en un toxicómano y yo… Lo siento.

Hurtado parpadeó, claramente sorprendido. Y quizá un poco apaciguado.

— Sí, colega, has oído bien. Lo siento. Hay cosas de mi pasado que no puedo cambiar por más que me arrepienta. Haberte vendido esa mierda durante aquellos meses es una de ellas. Y lo siento, Cristóbal —Ricardo carraspeó. Pensó que sería más difícil decir todo aquello, pero con cada palabra pronunciada se sentía más y más cómodo—. Por eso financio el centro de Huelva. Necesito saber que estoy haciendo algo útil para ayudar a la gente que es adicta. No puedo hacer gran cosa por aquellos a los que vendí directamente, pero hay otros en su situación y no me avergüenza decir que me siento muy orgulloso y satisfecho cada vez que uno de los enfermos se recupera. Y tal vez no me creas, pero deseo que tú seas uno de ellos. Quiero que cuando salgas de aquí, vuelvas a la clínica y luches por rehabilitarte. Sé que puedes hacerlo y quiero ayudarte. Ni siquiera tendrás que verme la cara si no quieres, pero date una oportunidad.

El odio prácticamente había desaparecido. Cristóbal le miraba fijamente, físicamente incapaz de pronunciar una palabra. Ricardo se sintió muy incómodo de repente y tuvo la imperiosa necesidad de salir corriendo.

— Será mejor que me vaya. Antes he tenido un encontronazo con tu padre y lo he cabreado bastante. Prefiero estar bien lejos cuando vuelva, no vaya a ser que avise a los aurores y me lleven detenido. Creo que no le caigo muy bien —A Ricardo le pareció que el otro hombre hacía ademán de sonreír—. Mejórate, Cristóbal.

No añadió nada más. Se dio media vuelta y abandonó la habitación. Se había quitado un peso de encima y pensaba cumplir con su palabra. Iba a asegurarse personalmente de que ese cretino presumido siguiera siendo un cretino presumido.


Y hasta aquí el capítulo. Hoy no tengo mucho que decir, así que espero que os haya gustado. Besetes.