LO IMPENSABLE VIII


Huelva. Octubre de 2011.

Don Julio apoyó la cabeza en el respaldo del butacón de su despacho y cerró los ojos con fuerza.

— Cien. Noventa y nueve. Noventa y ocho. Noventa y siete.

Se detuvo en el sesenta y uno, justo cuando el dolor abdominal se apaciguó un poco. Llevaba bastante tiempo sufriendo aquella enfermedad, pero no se lo había dicho a nadie. No quería pasar sus últimos días lamentándose y recibiendo la compasión de los demás. Tenía mucho trabajo por hacer, aunque esos dolores cada vez se prolongaban más y más. Suspiró profundamente, contento porque su más que posible sucesor llegaría ese mismo día.

Había conocido a Íñigo Aguirre cuando era un joven seminarista. En principio, había dudado que el chaval realmente tuviera vocación, pero en cuanto tuvo ocasión de conversar con él con más detenimiento descubrió que muy pocos muchachos anhelaban tanto como él dedicar su vida a Dios. Don Julio lo recordaba inteligente, de carácter abierto y muy voluntarioso. Había pasado unos cuantos años trabajando en México y había regresado a España a finales del año anterior, dispuesto a iniciar una nueva etapa en su vida.

A pesar de sus buenas cualidades, don Julio tenía un motivo más para ponerse en contacto con él. Uno muy poderoso y que les unía de forma especial. Porque Íñigo Aguirre, además de sacerdote modélico, era un brujo. Procedía de una gran familia de magos y no se le ocurría un mejor candidato para ocupar su lugar al frente del centro de desintoxicación. Íñigo siempre había querido ayudar a los más necesitados y bien sabía Julio que allí se reunían un buen número de almas casi destruidas.

Cuando llamaron a la puerta, intentó recomponer el gesto. Imaginaba que debía estar bastante pálido. Últimamente, su rostro había adquirido cierto tono amarillento, delator del mal que le devoraba desde dentro, pero cada vez que le sobrevenían aquellos espantosos dolores, la palidez lo inundaba todo. Se bebió medio vaso de agua y dio permiso para que entraran. Un celador asomó la cabeza y habló con suave firmeza.

— Don Julio, el señor Hurtado ya ha llegado. Está instalándose en su cuarto.

— Gracias, Jose. Ahora mismo voy a hablar con él.

El hombre asintió y se fue cerrando nuevamente tras de sí. Julio se aferró a los reposabrazos del butacón y tomó aire antes de ponerse en pie. Por suerte, no hubo dolor. Se tomó aún un par de minutos de tiempo antes de abandonar la estancia, dedicándolos a pensar en Cristóbal Hurtado. Desde que dos años antes sufriera una sobredosis que estuvo a punto de costarle la vida, no había vuelto a probar las drogas. Se había separado de su mujer, había dejado su empleo en el Ministerio de Magia y había luchado para recuperarse de todas las secuelas físicas que ese incidente le ocasionó. Aún tenía cierta dificultad para hablar y necesitaba de un bastón para caminar, pero al sacerdote le constaba que estaba limpio. Tratando de encontrar su camino, pero con todas sus esperanzas puestas en el futuro.

Acudía a la clínica para pasar allí unas semanas internado. No era la primera vez que lo hacía. Cada vez que se sentía tentado a volver a las andadas, solicitaba el ingreso voluntario. Don Julio encontraba muy loable su lucha y siempre le recibía con los brazos abiertos, consciente de lo difícil que le estaba resultando atravesar todo aquel proceso. Había pasado demasiados años prisionero de las drogas, había cometido muchos errores y hecho demasiadas locuras y no tenía muy claro quién era en ese momento. Cristóbal Hurtado podía estar limpio, pero no estaba curado. Y don Julio Cabrera no pensaba dejarlo ir hasta no estar plenamente convencido de que estaba a salvo de sí mismo.

Cuando finalmente fue capaz de abandonar el despacho, se sentía más repuesto. Los sanadores le habían dicho que la enfermedad avanzaba muy deprisa y que su vida tenía fecha de caducidad. Podría haberse tratado para alargar el proceso unos meses más, pero no quiso hacerlo. Esperaba poder dejarlo todo arreglado para cuando le llegara la hora, pero no tenía miedo. Iba a reunirse con sus seres queridos, finalmente podría estar junto a su Dios. No había nada por lo que temer.

Mientras recorría aquellos pasillos, no pudo evitar preguntar si alguna de esas veces podría ser la última. Saludó al sanador Paz, que parecía inmerso en asuntos de vital importancia, y llegó a la habitación del señor Hurtado. Siempre solicitaba quedarse en ese cuarto, cuya ventana daba al huerto. Decía que le tranquilizaba estar allí. Don Julio lo encontró deshaciendo la maleta y guardando en el armario su escaso vestuario. Había envejecido bastante en los dos últimos años por causa de la dura rehabilitación que había tenido que afrontar, pero sus ojos estaban más serenos y vivos que nunca.

— Buenos días, Cristóbal. Has llegado pronto.

— Don Julio —El recién llegado le sonrió y fue junto a él para estrecharle la mano—. ¿Cómo está?

— Muy ocupado, como siempre. ¿Qué tal el verano? ¿Finalmente pudiste pasarlo con tus hijos?

— Eva sólo estuvo una semana con nosotros, pero Cristóbal y yo hemos estado en la playa todo el mes de agosto.

— Me alegra que finalmente Esther haya entrado en razón.

— Le ha costado un poco fiarse de mí, sí —Cristóbal se rió como si no le diera importancia a ese hecho—. Reconozco que desde que mi hijo se fue, he estado un poco deprimido. Por eso les llamé.

— Hiciste muy bien —Julio le palmeó la espalda—. Termina de instalarte y ve a las cocinas para hablar con Trini. Seguramente puedas echarle una mano durante el tiempo que estés con nosotros.

— Bien. Ayudar con las comidas es mejor que limpiar retretes.

— Apuesto a que sí. Me temo que tengo bastantes asuntos que atender, pero pasaré esta noche a saludarte. Hasta luego, Cristóbal.

El hombre le despidió y Julio le dejó a solas. Apenas había dado unos pasos cuando la chica encargada de la recepción llegó trotando hasta él. Era bastante nueva y tenía un carácter muy nervioso. Don Julio estaba convencido de que no aguantaría demasiado tiempo trabajando allí; era muy impresionable.

— ¡Don Julio! El señor Aljibe acaba de llegar.

— ¿El señor Aljibe?

— Sí. Íñigo Aljibe.

El sacerdote se mordió los carrillos para no echarse a reír. La pobre chica era nerviosa, impresionable y debía estar un poco sorda. No era la primera vez que cometía un error similar. Y algo le decía que no sería la última.

— Querrás decir que el señor Aguirre ya está aquí.

— ¡Eso es! ¡Aguirre!

— ¿Le has llevado a mi despacho?

— Le he dado un café y le he pedido que esperara allí, sí.

— Bien. Muchas gracias, Maite. Voy a verle enseguida. Y tú vuelve a tu puesto, anda.

La chica asintió y salió corriendo. Don Julio sonrió. Desde que empezara su andadura al cargo de la clínica, había visto a muchos jóvenes destruidos en cuerpo y alma. Unos pocos se habían salvado, pero la mayoría no lograron superar sus gravísimos problemas. Le gustaba ver a muchachos sanos y voluntariosos como Maite.

Apretó el paso para reunirse con Aguirre. Y sintió cierto nerviosismo también. Si finalmente rechazaba su proposición, tendría que acelerar el proceso para encontrar a un sustituto. Estaba convencido de que Íñigo era el mejor, tal vez el único capaz de afrontar el reto que estaba a punto de plantearle. Si finalmente tenía éxito, tendría que hablar con Ricardo, presentarles y lograr que hicieran buenas migas. Su viejo amigo no tenía ni idea de lo que estaba pasándole y, aunque por momentos lamentaba no haberle dicho nada, en el fondo creía que era mejor así. Ricardo tenía demasiadas cosas en la cabeza y no necesitaba preocuparse por él.

Íñigo Aguirre estaba en pie frente a su escritorio, ataviado con un pantalón negro, una camisa gris con las mangas cortas y un alzacuello. A don Julio le pareció que era muy joven y que, al tiempo, poseía una gran madurez espiritual. Le sonrió y se acercó a él para saludarle con cordialidad. La última vez que se vieron fue a principios de verano, cuando le habló de la clínica y le insinuó lo que deseaba pedirle. Esa reunión sería la definitiva y, en cuanto le miró a los ojos, don Julio supo que le saldría bien.


Puerto Mágico de Bilbao.

Después de despedir al señor Ferré, Ricardo dejó a su hijo en el despacho y fue hasta el almacén en el que había tenido lugar el accidente que había destrozado el cuarenta por ciento de la mercancía procedente de Pociones Moltó. El señor Ferré se había mostrado de lo más exigente, pero no le había pillado por sorpresa. Julia ya se lo había advertido. Trabajó en Moltó durante un tiempo y sabía perfectamente de qué pie cojeaban sus antiguos jefes.

La encontró dando órdenes y moviéndose frenética de un lado para otro. Si en el pasado albergó alguna clase de duda sobre la conveniencia de contratarla o no, ahora estaba seguro de que no se había equivocado. Ricardo podía presumir de tener en plantilla a un buen montón de buenos profesionales, pero Julia siempre había sido la más eficiente de todos. La mejor. Miró de reojo a los empleados mientras terminaban de limpiar aquel desaguisado y se acercó a ella.

— ¿Han llegado noticias del señor Adams?

Jack Adams vino con el resto de refugiados británicos, casi quince años atrás. Era un hombre robusto e incansable que había llegado a convertirse en jefe de almacén. Había resultado herido durante el accidente anterior y Ricardo temía por su salud. Sabía que tenía tres hijos pequeños y una mujer española y muggle del todo.

— Acabo de hablar con él. Tiene quemaduras en las manos y en la cara, pero no son de gravedad. En un par de días estará restablecido por completo.

— Me alegro. Que se tome todo el tiempo que necesite. Después de lo que ha pasado, se merece un descanso —Ricardo hizo una breve pausa y se cruzó de brazos—. ¡Qué desastre! ¿Sabes ya qué ha ocurrido?

— Por lo visto, uno de los novatos no tomó las medidas de seguridad pertinentes al utilizar los hechizos levitadores y golpeó el flete de Moltó con una esas cajas —Julia alzó la mano y señaló algún punto a su espalda—. Contienen las piezas de recambio que necesitamos para la fábrica y pesan una tonelada. Se produjo una pequeña explosión, pero Adams logró contenerla, resultando herido en el proceso. Si no hubiera sido por su pericia, todo habría sido mucho peor.

— Más motivo aún para que se lo tome con calma. Me pondré en contacto con él personalmente para darle las gracias y le ofreceré una semana de vacaciones extra.

— No creo que acepte, Ricardo —Julia parecía divertida, pero no sorprendida. Ya estaba acostumbrada a que su jefe tuviera detalles de esa clase con los trabajadores.

— Y yo creo que no le quedará más remedio —El brujo volvió a mirar a su alrededor—. ¿Dónde está el responsable del accidente?

— Se lo han llevado a San Mateo también. Estaba muy nervioso e iban a administrarle unos calmantes.

— No podemos consentir que vuelva a repetirse lo que ha pasado —Ricardo se puso muy serio—. Entiendo que los accidentes pueden ocurrir en cualquier momento, pero los empleados deben comprender que no insistimos tanto en que se sigan al pie de la letra las medidas de seguridad por capricho. Adams, como jefe de almacén, debe decidir qué hacer con el responsable, pero yo sugeriría que se le abra expediente y se le obligue a tomar algún curso sobre seguridad laboral. Le servirá de advertencia y esperemos que no vuelva a ocurrir nada parecido.

— Me parece justo. En cuanto Jack regrese, hablaré con él.

Ricardo fue a decir algo, pero su expresión cambió súbitamente. En los últimos tiempos, su relación con Julia se había estrechado lo suficiente como para considerar que eran amigos. Por ese motivo, la mujer no tardó en reconocer la malicia en los ojos del brujo.

— ¿Jack?

— No sé por qué me miras así. Llevamos muchos años trabajando codo con codo, lo normal es que nos llamemos por nuestro nombre de pila.

— Yo también llevo mucho tiempo trabajando con él y no me tomo tantas confianzas.

— Pues a mí me llamas Julia.

Ricardo se quedó callado un instante y después se echó a reír. Le tocó el turno a Julia de cruzarse de brazos, fingiendo quizá un poco de molestia.

— Vale, me has pillado.

— Además, sí que le llamas Jack. ¿Te crees que no me he dado cuenta?

El brujo trataba a todo el mundo con mucha cordialidad. Era un hombre exigente y le gustaba el trabajo bien hecho. Normalmente no aceptaba excusas y, de la misma forma que premiaba el esfuerzo de los empleados, no le temblaba el pulso a la hora de deshacerse de aquellos que no cumplían con su deber. Solía tomarse la molestia de formar exhaustivamente a los novatos, pero no quería a los vagos o a los que trataban de pasarse de listos.

— Eres una mujer muy observadora. Resulta complicado ocultarte las cosas.

— De todas formas. ¿Te importa que le llame Jack? —Inquirió y, en esa ocasión, fueron sus ojos los que brillaron de forma especial.

— ¿A mí? ¿Por qué iba a importarme? Eres su superior. Es bueno para la empresa que os llevéis bien entre vosotros. Me consta que sabéis coordinaros perfectamente. Sólo hay que ver cómo habéis manejado este asunto.

— En realidad, he sido yo la que ha hecho la mayor parte del trabajo. Por desgracia, Jack no podía hacer gran cosa, salvo informarme del incidente.

— Y lo has hecho realmente bien. Por eso, te invito a cenar.

— ¿Qué?

— Te invitaría a comer, pero me temo que tenemos muchos asuntos que atender antes de solucionar todos los problemas relacionados con la explosión. Esta noche te llevaré a un buen restaurante para premiar tu buen hacer.

— No tienes por qué hacerlo. Sólo he cumplido con mi obligación.

— Venga, Julia, no me vuelvas a decir que no.

La mujer frunció los labios. No era la primera vez que Ricardo Vallejo pretendía convidarla a un restaurante. Siempre encontraba excusas para negarse, pensando que una salida informal no le haría ningún bien a su relación. Había quedado algunas veces con él fuera del trabajo, pero siempre había tenido asuntos importantes que tratar con él. Eso era diferente. Y lo peor de todo era no saber cuáles eran las intenciones del hombre. Tanta insistencia la tenía un poco mosqueada y no quería que ocurriera nada de lo que pudieran arrepentirse después. Le gustaba su trabajo y se llevaba estupendamente con el brujo. No podía arriesgar todo eso por una tontería.

— No estoy segura de que sea una buena idea —Dijo, procurando sonar despreocupada. Había decidido que lo mejor era sincerarse—. Si fuera una cena de trabajo, tal vez, pero no debemos atravesar ciertos límites, Ricardo.

— Entiendo. En ese caso, te prometo que no dejaré de hablar sobre finanzas y proyectos de compraventa.

— Estoy hablando en serio.

— Yo también —Ricardo sonrió y a Julia le pareció que había algo de truhán en él—. No crees que haya que mezclar placer y trabajo, pero te puedo prometer que esta noche no te divertirás en absoluto.

Julia tuvo que soltar una risita. Tendría que haberse mantenido firme, pero no pudo resistirse a la expresión del brujo. No le cabía duda de que el señor Vallejo podía ser encantador cuando se lo proponía. Por suerte, no era encantador con ella demasiado a menudo.

— Está bien. Acepto si prometes que será una cena del todo formal.

— Prometido. Si quieres, estoy dispuesto a tratarte de usted nuevamente.

— No será necesario, pero agradezco el ofrecimiento.

— En ese caso. ¿Te parece bien si nos vemos en Madrid a las nueve? Frente a Abadía 51.

— De acuerdo.

— Hasta esta noche, Julia.

— Adiós.

Ricardo se dio media vuelta y se alejó a buen paso. La mujer le observó detenidamente hasta que desapareció de su vista. Tenía la sensación de estar metiendo la pata, pero no se arrepentía en absoluto.


Ricardo colgó el auricular del teléfono y se quedó pensativo un instante, hasta que Darío le interrumpió. Había insistido en quedarse en la fábrica por si hacía falta ayuda, pero lo único que había hecho era revisar las cuentas de la empresa y darse un par de vueltas por el recinto, saludando a viejos conocidos. Incluso charló un rato con el guardia de seguridad que solía amenazarlo con hechizarle las orejas si correteaba por allí.

— ¿Quién era? —Preguntó el chico sin mostrarse en absoluto discreto, señalando con un gesto el teléfono.

— Don Julio. Te acuerdas de él. ¿Cierto?

— Pues claro que sí. ¿Ha pasado algo en la clínica?

— Me ha asegurado que no ocurre nada grave, pero quiere que hablemos.

— ¿Sobre qué?

— Ha mencionado que quiere presentarme a alguien, pero no sé a quién ni por qué.

— Has quedado con él mañana por la tarde. ¿No?

— Ya me has oído.

— Pues me voy contigo.

— ¿Qué dices?

— Que me voy contigo.

Ricardo sabía perfectamente lo que pretendía. Había tenido la esperanza de que se olvidara de aquel asunto, pero el tema surgió de nuevo. En esa ocasión, Darío parecía decidido a hacer lo que creyera conveniente, independientemente de lo que opinara él al respecto.

— Eso no va a poder ser. Don Julio y yo tenemos que hablar de cosas importantes y tú no puedes estar allí.

— Antes has dicho que no ocurría nada grave.

— Y ahora tampoco. He dicho que no es importante, no grave. Y quiere que conozca a alguien. No sé exactamente de qué va todo esto, pero no puedes venir.

— Vale —Darío se cruzó de brazos con obstinación—. No iré mañana, pero llamaré al señor Cabrera y le pediré una cita.

— Darío…

— Hace dos años no insistí porque era menor y tú tenías la última palabra, pero sigo queriendo ayudar.

— La clínica no es sitio para ti, hijo.

— No creo que sea sitio para nadie, pero me da igual. Seguramente no esté capacitado para hacer gran cosa, pero quiero ofrecerme voluntario para cualquier cosa que pudiera surgir.

Ricardo suspiró. No quería eso. No lo había querido la primera vez y seguía sin quererlo ahora. Pero no podía hacer nada. Darío era un chaval plácido y nunca le había ocasionado grandes problemas, pero cuando se le metía algo entre ceja y ceja, era imposible hacerle cambiar de opinión.

— Le diré a Julio que quieres verle.

— ¿Lo harás?

— ¡Pues claro que sí! ¿Es que no te fías de mí?

— No sé yo —Darío se rió y se puso en pie—. Es tardísimo. Será mejor que vuelva a casa, a ver si estudio un rato.

— ¿Tenías que estudiar y te has pasado aquí casi todo el día?

— No te escandalices así, papá. Hoy he aprendido un montón, mucho más que si me hubiera pasado las horas muertas con la cabeza enterrada entre libros.

— Lárgate, anda. Y que sepas que ese argumento no me convence.

Darío sonrió y le dio un breve abrazo. Un segundo después, ya no quedaba ni resto de él. Ricardo se acomodó en su butacón, pensando en lo satisfactorio que había resultado trabajar junto a su hijo. Y, por supuesto, en la próxima cena con Julia. Estaba seguro de que sería una velada interesante cuanto menos.


Hotel Warlock. Barrio Mágico de Madrid. Por la noche.

Por algún motivo, Julia había estado convencida de que su jefe la llevaría a algún restaurante muggle, así que le sorprendió muchísimo que la guiara hasta el hotel mágico por excelencia. Durante el trayecto a través de las calles del barrio mágico, Ricardo había comentado que le gustaba muchísimo la comida que servían allí y que acostumbraba a reservar mesa bastante a menudo. Algunas veces le acompañaba su hijo, otras algún amigo y en ocasiones iba solo. Le había preguntado si ella había tenido oportunidad de comer allí alguna vez y Julia se había hecho la tonta. A Álvaro siempre le había gustado el Warlock. Tanto que solía verse allí con su amante. No había sido nada discreto, pero a ella le había llevado mucho tiempo enterarse de su infidelidad.

El encargado del comedor los ubicó en una de las mejores mesas del restaurante. El Warlock estaba elegantemente engalanado y el ambiente era muy agradable, con una temperatura idónea, un suave olor a flores y la música de un piano inundándolo todo. Cuando Ricardo le retiró la silla para ayudarla a sentarse, no se sorprendió. El brujo era bastante caballeroso y ese detalle parecía ir en consonancia con su actitud habitual.

— Espero que la comida sea de tu agrado —Le dijo con amabilidad mientras tomaba la carta—. Si me permites el consejo, la sopa de puerros está buenísima. Y el guiso de carne de ternera con verduras también.

Julia estuvo a punto de decir que prefería una ensalada y algo de pescado, pero se contuvo porque hubiera sido de lo más descortés por su parte. Ricardo pensaba que el restaurante le era del todo desconocido y trataba de ser amable, así que asintió y aceptó su consejo. Supo que había merecido la pena cuando él sonrió y decidió pedir lo mismo. Lo que sí eligió fue el vino, tras asegurar que tenía ciertos conocimientos al respecto.

— Francamente, Julia, no pensé que fueras a aceptar —Le confesó mientras esperaban la llegada del primer plato—. Me ha costado bastante convencerte.

— Sigo sin estar segura de que sea buena idea estar aquí. No me gustaría que se ocasionaran problemas entre nosotros.

— ¿Qué problemas podrían surgir, por Bargota? Es sólo una cena.

— Nunca se sabe.

Por un momento, Julia pensó que él pudiera tomarse a mal lo que acababa de decir, habida cuenta de su insistencia acerca de lo inconveniente de esa reunión, pero lo que hizo Vallejo fue sonreír y asentir lentamente.

— Mañana pasaré buena parte de la tarde en Huelva —El súbito cambio de tema, la pilló desprevenida, pero lo agradeció—. He estado hablando con el señor Cabrera y tiene que comentarme algo relacionado con la clínica. No me ha mencionado de qué puede tratarse, pero conociéndole como le conozco, debe ser importante.

— Siempre me ha parecido que estáis muy unidos.

— Conocí a Julio en un momento un poco complicado de mi vida. Me ayudó mucho entonces y ha seguido haciéndolo a lo largo de estos años. Siento un gran aprecio por él. Podría decirse que es casi como un padre para mí.

A la mujer le sorprendió que le hiciera esa confidencia. Ricardo había pronunciado esas palabras con total tranquilidad y confianza y Julia era plenamente consciente de lo importancia de ese gesto. Su jefe era un hombre reservado. Sus amistades podían contarse con los dedos de una mano y le alegraba saberse parte de ese pequeño círculo. Después de todo, se había ganado su lugar después de muchos años de trabajo duro y lealtad inquebrantable.

— Debe ser muy buena persona para hacer lo que hace.

— Siempre ha querido ayudar a los demás. Ha tenido una vida muy azarosa. Estoy convencido de que podría escribirse un libro sobre sus vivencias en Filipinas. Pasó allí casi una década, viviendo en pequeñas aldeas carentes por completo de comodidades. Aprendió mucho durante esos años y, al regresar, se entregó a los más necesitados. Podría haber optado por una vida mucho más cómoda, pero prefirió luchar por aquellos que casi todo el mundo olvidaba. Cuando le conocí, trabajaba aquí en Madrid. Era el sacerdote de uno de los barrios marginales más pobres.

Julia parpadeó. Ricardo parecía dispuesto a hablarle sobre esa parte de su pasado que casi nadie conocía. Había escuchado rumores al respecto, pero nunca les había dado crédito. El hecho de que le estuviera hablando en esos términos la mantenía expectante y casi sin aliento. Por nada del mundo quería que el hombre se detuviera en ese momento.

— Yo estaba empezando a labrarme mi futuro. No tenía las cosas nada fáciles, pero Julio siempre supo sacar lo mejor que había en mí. Me animó a seguir mi propio camino y a cambiar las cosas que debían ser cambiadas. Si esta noche estamos aquí, cenando juntos y plan totalmente formal, es en parte gracias a él.

— Tengo la impresión de que no le resultó fácil hacerlo.

— ¡Oh, no! —Ricardo se rió, haciendo que el ambiente se volviera más distendido—. No creo que te hubiera caído demasiado bien entonces. Reconozco que era un idiota total. Julio tuvo muchísima paciencia conmigo.

— Seguro que eras un chico interesante.

— Un mal bicho más bien. Aunque, pensándolo mejor, tenía cierto éxito con las mujeres. No será verdad eso de que os gustan los tipos malos.

— A las jovencitas tal vez. Cuando maduramos, nos damos cuenta de que nos conviene más otro tipo de hombre.

— Sí. Hombres serios y responsables, con buenos trabajos y vidas estables. Como yo.

De haber tenido la boca llena, Julia hubiera escupido todo su contenido. ¿Ricardo estaba empezando a flirtear con ella? Agradeció enormemente la llegada del camarero con sus sopas de puerro y se dispuso a comer mientras procuraba no mirar demasiado a su jefe. Por suerte, él empezó a hablar sobre las excelencias de la comida y Julia volvió a relajarse. Llevaba mucho tiempo sin salir con un hombre y estaba un poco oxidada. Desde lo de Álvaro, había huido de ellos como alma que lleva el diablo.

Después de su primer divorcio, había decidido darse una nueva oportunidad. Era una mujer joven y todo lo que ocurrió fue debido a una serie de circunstancias de las que nadie era responsable. Álvaro irrumpió en su vida poco después de la separación, cuando aún estaba susceptible. Siempre había sido un hombre guapo y divertido y, aunque Julia nunca se había sentido atraída por tipos como él, cayó rendida a sus pies. Álvaro le había prometido la luna, le había asegurado que no le importaba aquello que le costó su primer matrimonio. Le hizo tocar el cielo con los dedos y, después, la traicionó.

No debería haberle sorprendido tanto, la verdad. Muchos le habían advertido que el brujo estaba hecho un auténtico crápula, que había sido un mujeriego toda su vida y que no podía esperar de él que le fuera fiel, pero Julia había estado enamorada y el corazón se le rompió cuando lo encontró de aquella manera. Separarse de nuevo fue muy duro, pero escuchar los continuos reproches de su familia lo fue aún más.

Herida y humillada, había decidido que no habría más hombres en su vida y durante un buen puñado de años lo había conseguido, pero ahora que estaba sentada frente a Ricardo Vallejo, alucinando por sus evidentes intentos de coquetear con ella, su determinación se tambaleó.

Sólo durante un instante.

Mientras daban buena cuenta de la exquisita comida, charlaron sobre diversos temas y se mantuvieron en terreno seguro, pero Ricardo volvió a la carga cuando empezaron con el helado de frambuesas que habían pedido de postre. La miró con los ojos entornados y habló con seriedad absoluta. Eso sí, tenía la mirada pícara de antes, la que delataba claramente sus intenciones.

— Quizá sea un atrevimiento por mi parte decirlo, pero me veo en la obligación de comentarte que estás muy guapa esta noche.

— ¡Ricardo! —Exclamó, escandalizada. Aquello era mucho más que un coqueteo. Justo lo que no quería.

— No me mires así. Un caballero está en la obligación de ser sincero con las damas. Y tú estás guapa.

— Creí que habíamos acordado que la cena sería del todo formal. Esa clase de cortesías están fuera de lugar.

— ¡Demonios! Eres la única mujer que conozco que se molesta por los piropos.

— ¿En serio? ¿Acaso conoces muchas mujeres? —Julia sintió una especie de arañazo en el pecho al decir esas palabras.

— He conocido a bastantes, sí, pero últimamente me he convertido en un lobo solitario. Busco algo diferente a lo que buscaba antes —Otra vez la sinceridad absoluta. Julia estuvo a punto de bajar la guardia, pero por suerte se mantuvo en su lugar—. Tengo edad suficiente como para querer un poco de estabilidad sentimental. Sólo necesito encontrar a la mujer adecuada.

— Con paciencia, todo llegará.

— Seguro que sí.

A Julia no le gustó nada esa forma de pronunciar las palabras ni su mirada depredadora, pero se hizo la tonta y cambio de tema. Al finalizar la velada, ni siquiera era capaz de decidir si se había divertido o si se había sentido demasiado incómoda como para hacerlo. Quizá necesitara de una segunda cita para juzgar mejor sus emociones.

O quizá estuviera pensando tonterías.


Hasta aquí voy a leer por hoy, que quiero actualizar. Al final faltan muchas de las cosas que quería incluir en el capi, pero en otra ocasión será. Espero que os guste :)