Capítulo 31

Era difícil para Hans definir lo que estaba sintiendo en ese momento.

La presentación del hospital Elsa al Parlamento había sido soberbia y lo había mantenido atrapado hasta el final, sin intervenir cuando los miembros habían tratado de refutar inútilmente, enfrentados a los audaces argumentos de la reina, magnífica para defender su postura. Hasta hacía unos pocos minutos había sido un espectador romano, siguiendo una batalla donde una sola persona había tenido la fuerza con la que vencer a numerosos adversarios y poseer la resistencia para mantenerse de pie al terminar.

(La defensa del edificio de estilo clásico, en honor al padre de la medicina, no tenía igual.)

El proyecto prácticamente estaba aprobado, aunque sería oficial hasta la sesión de febrero, cuando discutirían el asunto de nuevo de forma breve en una audiencia abierta al público. Si se negaba a dar su voto positivo, el Parlamento demostraría que estaban tan centrados en sí mismos que varios podían ser destituidos, de acuerdo con las detalladas leyes del reino.

Ahora bien, no solo había permanecido en silencio en ese espectáculo por el gran desempeño de Elsa, sino por el nombre que tendría el hospital, del santo al que él respondía. Había estado casi atónito al oírlo; sabía que no era por él, pues ella no haría caso a su insinuación y en otros países había hospitales en honor al mismo, pero no dejaba de causarle una extraña emoción que el de Arendelle se llamara así.

Su cuerpo hormigueaba y la sensación se concentraba en su barriga, desestabilizándolo. Aguardaba la salida de todos para estirarse y sentirse más él.

(Era diferente y parecido a las veces anteriores que la había tenido, últimamente con mayor notoriedad.)

Hans no debió esperar mucho. Los dos ancianos que restaban abandonaron el lugar y él pudo alargar sus brazos sobre su cabeza, sintiendo que sus miembros se desperezaban y revivían gratamente, dispersando el hormigueo. De reojo, captó la sonrisa pilla de Kai antes de cerrar la puerta y dejarlo a solas con su esposa.

El destino lo salvara de alcanzar esa edad y tener una vida tan aburrida que se entretuviese centrándose en emparejar a otros.

—Felicidades —expresó hacia Elsa.

Ella apartó la vista de su cuaderno. Lo miró con expresión satisfecha y le otorgó un asentimiento corto.

—Te agradezco por la ayuda que me brindaste.

Decidió ignorar el tema de su nombre.

—Solo contribuí para que mostraras de lo que eres capaz.

Elsa cogió su cuaderno, lo abrazó y caminó hacia la puerta, pero Hans alcanzó a ver arreboles en sus mejillas. Sonrió y rápido borró el gesto para no ser atrapado si ella volteaba; se sentiría mortificada o enfadada si se daba cuenta que él había visto la reacción halagada que no había podido contener.

Fue detrás de Elsa y se adelantó a abrir, accidentalmente frotando sus cuerpos al pasar junto a ella. Sin el sonido de voces en el exterior, se habría ocupado en el modo que reaccionaron sus órganos al contacto.

En el pasillo, introdujo sus manos en las bolsas de su abrigo para contrarrestar el cambio de temperatura.

—Voy al taller de Andersen y a comprar dulces y libros al pueblo, ¿quieres venir? —comentó con la vista al frente.

—No, iré a la montaña.

Juntó las cejas.

—Solo tú puedes aventurarte a la cima cuando la temperatura está bajando demasiado.

Al menos eso garantizaba que la nieve estuviese firme.

Ella tosió como si contuviera una risa.

—Pensé que querrías saludar a Marshmallow.

Bufó.

—Procura usar un caballo.

—Lo haré, de lo contrario llegará la noche conmigo arriba.

—Deja que los lobos encuentren otra comida.

Elsa resopló.

Al final del corredor partieron caminos. Sin inconvenientes acudió al pueblo a hacer sus transacciones, tras lo que regresó al castillo para ocuparse de sus deberes puertas adentro. A consecuencia del ascenso de ella, en el resto de la mañana y primeras horas de la tarde su esposa no se apareció en su oficina, como solía hacer diariamente, y Hans se percató que el tiempo avanzaba un poco lento.

En ese transcurso, Elsa no se apartó de su mente, sobre todo con la cercanía del ocaso —que sucedía alrededor de las cuatro— sin escuchar de su vuelta a casa. Sabía de las habilidades de ella, pero no podía apartarse la idea de esas feroces criaturas peludas atacándola por la espalda o a algún flanco mientras estaba distraída con lo que viniera por enfrente.

Con la caída del sol, devolviendo a Tapp a los establos después de ejercitarse con él, Hans pensaba en organizar un equipo de rescate si el equino de ella no estaba en su puesto. Se había ido a mediodía y sabía muy bien que cabalgando el viaje era corto.

Empezaba a inquietarle que ella mostrara conductas desatinadas, como la de leer en lo alto de una escalera o visitar el pico de una montaña en noviembre. ¿Con qué calma podría viajar unos meses al otro lado del océano cuando estuviese embarazada?

¿O apenas reparaba en ese comportamiento y había más cosas que no sabía?

Seguro la respuesta era negativa; ella era prudente, ahora solo estaba dejando sus pensamientos vagar por su largo paseo. Elsa era confiable.

No obstante, ¿le habría ocurrido algo? ¿Un inconveniente en su travesía?

Las posibilidades fatídicas se esfumaron al llegar a las caballerizas y verla detener a Tar, su montura completamente negra.

Se aproximó haciendo una señal al mozo para no colocarle un banquillo, ganándose un resoplido de Elsa, seguido de uno del animal que montaba. Era un macho no demasiado brioso y fiel a su ama; le recordaba a la gran criatura del castillo de hielo, enorme e inofensiva hasta que involucraba a su creadora.

Le indicó a Tapp que se detuviera y él siguió a pie hasta su esposa, imponente en el alto caballo gracias a la postura que obligaba la silla. Estaba a horcajadas y no del modo incómodo en que acostumbraron a montar a las damas.

Él la asió de la cintura y ella se sujetó de sus hombros para poder apearse con más facilidad. Al tocarla sobre su traje azul le transmitió frialdad.

Una imagen sugerente pasó por su cabeza.

—Estás helada —sentenció depositándola en el suelo.

—Tú en condiciones innombrables —replicó ella denotando propiedad.

—Es un poco de sudor —expuso con gracia.

Ella arrugó su nariz.

—¿Qué piensas de una ducha caliente? —Elsa abrió la boca. —…En mi baño —completó en un susurro privado, delineando la curva de su cintura con su índice.

Los ojos de ella adquirieron una expresión picaresca y obtuvo su aquiescencia con un diminuto asentimiento. El pecho le celebró de triunfo.

Elsa se apartó, acarició a su caballo, e indicó al mozo que cogiera las riendas. Luego lo ignoró a él por completo al dirigirse hacia el castillo, buena para pretender que no tenían el mismo destino.

Hans fue a Tapp y le murmuró que otro día le cepillaría más para compensarle el abandono temprano, explicándole quietamente el por qué le serviría su alimento y le dejaría por su cuenta. Comprendiendo su ánimo excitado, su chico respondió manso a su partida.

Hecho esto, Hans se contuvo lo suficiente para no ir muy apresurado a sus aposentos, donde los hombros descubiertos de ella le dieron la bienvenida. La rubia se había quitado la chaqueta del traje y debajo quedaba la delgada camisola de tirantes que trataba de hacer ligero el conjunto.

Sonrió y fue a encender las lámparas de la habitación adyacente.

—Pensé que te desvestirías en tu dormitorio o en el cuarto de baño —manifestó saliendo de este.

—El vapor dañará la tela —contestó Elsa sin voltearse, inclinándose para quitarse la larga falda.

Él se apoyó en la puerta, disfrutando de la vista. Que se desnudara era sumamente placentero y el picor en su entrepierna la prueba de cuánto.

Elsa permaneció con su camisola y cada doblez que dio a las otras prendas para acomodarlas hizo crecer la tensión en Hans; esta aumentó por la caída del recogido en su cabeza.

Adolorido, él se despojó de su ropa en tanto ella deshacía de su larga trenza sobre su pecho.

Ya desnudo, Hans colocó sus cosas en una silla y por el espejo en la esquina vio caminar a Elsa hacia el baño, cruzando una mirada sibilina a través del reflejo.

La boca se le secó e inspiró profundo sintiendo que su respiración era anómala. Toda su sangre era como mantequilla en lumbre y la que hervía se concentraba en una especial zona de su organismo, impúdicamente copiada por el cristal del espejo mientras sus pasos sosegados lo acercaban a la fuente de deseo.

Había sugerido su baño porque era más grande, pero al entrar y verla desnudándose el cobrizo supo que tardaría en borrar la visita de ella a sus lares.

Su virilidad tiró de él porque notó que ella no había llevado sus artículos de limpieza y, por consiguiente, tendría su aroma después de lavarse.

Aspirando con agitación, Hans se pegó a la espalda de su esposa cuando tuvo la camisola en su mano. Ella soltó un jadeo y frotó su trasero contra él en movimientos pausados, estimulando más su pene y poniendo sus bolsas vecinas cual metal duro y ardiente.

Cubrió la mano de ella con la suya. Le hizo abrir el puño suavemente hasta que soltó la ropa temblorosa. Inmediatamente sedujo su dorso detallando su piel de seda y entrelazó sus dedos; en esa unión, guió sus manos hacia el seno izquierdo de ella, usando sus pulgares para juguetear con la perla sonrosada conforme caminaban en sintonía al cuadro de la regadera. Su otra mano estaba prendida del brazo de ella que cubría su vientre.

Bajo el lugar indicado de la regadera posó sus labios en el oído de ella.

—Sabía, Nievecilla, que te gustaría el calor.

La piel de Elsa se erizó.

Sintió resbalar una gota de sudor por su sien, descendiendo con el ritmo frenético de sus latidos.

Lamió el lóbulo de la oreja de ella espiando las manijas para comenzar el proceso de la regadera. Esa vez no puso mucha atención al mecanismo que tomaba unos momentos en presentar el agua tibia, así como no notó la subida de temperatura que lo acompañaba. Sus sentidos estaban en su propia diosa Freyja, a la que dio la vuelta y atrapó en un beso devorador. El olfato, la visión, el gusto, el oído y el tacto preferían y estaban más agudizados a la mujer que abrazaba como un adicto.

El agua cayó sobre los dos y Elsa cerró los ojos elevando la cabeza. Su cuello de alabastro quedó expuesto y él se encorvó para disfrutar de él con su boca, besando y mordiendo en una pelea con las manos de ella en su cabello, moviéndolo sin mucha voluntad a sus senos.

Quería gruñir y reír por esa contienda tonta e incitadora.

Elsa lo terminó alejando y se asomó para coger la pastilla de jabón de avena y cítricos, sin perder su corrección e ingenuidad ante el obvio interés de ese intercambio. Ni siquiera el propósito era que se ayudaran a lavarse mutuamente; ella era generosa y pensaba que sí.

A continuación, ella les orilló a que la mitad de su cuerpo permaneciera debajo del chorro de agua.

Se arrepintió de su percepción al tenerla acariciando su pecho con el suave guijarro y su delicada mano. Era una de las experiencias más sublimes de su vida, tan rica como sus dedos peinando las hebras en su cabeza. Había cuidado y esmero en sus acciones, motivos de embeleso para su receptor.

(Él nunca se había bañado con una mujer y comprendió que no lo habría hecho con cualquiera.)

Haciendo una interrupción a sus atenciones, Elsa tomó uno de los frascos de vidrio con la esencia de bergamota y lo dejó caer en sus manos; no necesitó preguntarle, como si supiera exactamente lo que él hacía al lavarse.

De repente tuvo la impresión que el agua estaba muy caliente.

Ella se puso en puntillas y cubrió su cabello con sus manos. Hans aprovechó para robarle el jabón y frotarlo con la piel de su pecho y espalda, usando las gotas que caían para aumentar la espuma en su lienzo virgen, ondulante por su toque. Llegó hasta sus globos traseros y los amasó arrancándole sonidos parecidos a los ronroneos.

Mordió su hombro sin brusquedad. Ella lanzó un gemido sonoro celestial y él soltó la pastilla lejos de ellos, sin preocupación alguna por su sitio de aterrizaje.

—Nos enjabonaremos más tarde —articuló en su piel antes de cogerla en brazos.

La sostuvo contra la pared lateral del cuadro y ella rodeó su cintura con sus piernas; así, solo una parte de la regadera caía sobre ellos, tentándoles con la cantidad suficiente de agua.

Una infinidad de aguijonazos indoloros se asentaron en su estómago al observar su cara.

—¿Seguro? —contestó ella entrelazando sus manos en su cuello y trazando con sus uñas formas indefinidas.

Él rió y contempló su rostro humedecido, brillante y sensual con labios carnosos, ojos oscurecidos y cabellos adheridos a sus costados. Tan bella y sugestiva que le robaba las palabras del raciocinio.

Mudo buscó su centro, el cual estaba tan mojado como cada rincón de su cuerpo. Sin dejar de mirarla, se alineó a su entrada con el miembro pronto a explotar.

Volvió a besarla y embistió.

Ella se estremeció en la cúspide con esa estocada, vaciando su éxtasis en un gemido compartido al suyo.

Se apresó en sus temblores disfrutando de la compresión que dotaba a su ser. Así esperó unos momentos y, rugiendo por dentro, continuó esa danza maravillosa que tenía la humanidad.

Tiempo después, superado el pico de sus placeres, se limpiaron de nuevo casi lánguidos.

{…}

El fuego encendido en la oficina de Hans no bastaba para mejorar la temperatura de la alfombra; esta se sentía muy gélida para Elsa en esos días delicados del mes. Desde noviembre hasta marzo, el frío no le hacía bien cuando sangraba, provocando calambres e incomodidad que no estaban presentes en tiempos cálidos, aun con la clase de poderes que tenía.

Por lo menos no en la actualidad. Debido al encierro y el congelamiento que creaba en ocasiones, Elsa había descubierto el efecto de la frialdad en sus visitas mensuales. Sufría espasmos dolorosos en el vientre cuando estaba expuesta a aire helado y relajación si se exponía a mantos tibios o el calor de una chimenea.

Darse cuenta de ello le había hecho odiar más no tener control sobre su magia; afortunadamente lo había conseguido y ahora solo debía lidiar con unos cuantos meses de ambiente frío, ayudada por sus prendas mágicas.

Sin embargo, tras sus veintiuna primaveras nunca se había sentado en el piso durante su sangrado y en ese instante comprobaba que era una pésima idea. Corrientes de aire del suelo y la pared se colaban por los lugares de su cuerpo no cubiertos con la ropa, enviando señales hasta la inflamación bajo su estómago, que temblaba en respuesta.

Podría cubrirse de más, pero no quería advertir a otros de esa circunstancia con la temperatura. Una simple mirada se sentiría como una violación a su intimidad.

Rendida, Elsa se puso en pie y fue hacia una de las sillas accesorias al escritorio, más cercanas a la chimenea, la cual empezó a dibujar para disimular su cambio de sitio.

El bermejo siguió esos movimientos de soslayo, con la palidez de su mujer recordándole a un evento similar en el dormitorio de ella, en el que estaba parada junto a la chimenea, y un comentario de Olaf sobre el calor.

Sabía que algo se le escapaba, pero no el qué.

La dejó ser y únicamente se levantó a agregar otro leño a las llamas, no tan indispensable para él.

{…}

La patita de Skygge rozó el dorso de Elsa al ver interrumpido el mimo en su cabeza, por lo que ella respondió a la demanda. Volvió a darle las tiernas caricias, ganándose ronroneos que la hicieron sonreír por dentro.

Era igual todas las veces que se recostaba en su regazo.

Con su mano libre cambió la página de su novela gótica, la causante de que dejara de consentir a su gato. Se había enfrascado para saber más de la narración de la joven austríaca y el desenlace de la desconocida que habían aceptado en su hogar.

Ávida leyó lo que restaba y al término se preguntó si los acontecimientos eran de verdad irreales. Ella tenía magia, ¿por qué no habrían de existir los vampiros?

¿Estarían ocultos en el mundo, protegiendo su existencia, como lo había estado su familia por generaciones?

Sudó frío al imaginarse a un bello humano acompañado de un felino negro para robarle su sangre.

Parpadeó al bajar la mirada hacia Skygge. Ella misma podría ser catalogada como esos malditos entes sobrenaturales de los que hablaba el libro.

Rodó los ojos. Era una atípica persona, ya considerada maldita por algunos congéneres. Y bajo esa lupa, tal vez las historias de los vampiros eran exageradas; sería interesante conocer alguno, si eran verdaderos. Podían ser amistosos, distintos a la opinión de creyentes religiosos.

Cerró el libro y lo depositó en la otomana. Al mismo tiempo, Hans entró a la oficina silbando.

Lo vio ubicarse flojamente en una de las sillas frente al escritorio.

(Reparó también que ya había recortado su cabello.)

—Me crucé con tu hermana y tu cuñada —dijo su marido mirando hacia ella—. Comienzo a sentir un poco de curiosidad del conflicto entre ambos. Un mes sin dirigirse la palabra en público, aunque se chocaran como lo hicieron. Él pareció que se quemaba al tocarla y no se pidieron disculpas.

Refiriendo una escena así, cualquiera tendría interés. Una guerra como esa de una pareja que se amaba era impresionante.

Le nació la intriga.

Y pena por su hermana debido a la conversación de días atrás.

—¿Ya habían peleado así?

Ella negó. Hans se rascó la barbilla y sonrió maquiavélico. Con ese gesto se iluminó su atractivo rostro.

—¿Cuándo crees que se hablarán de nuevo? Que los demás sepamos.

Pese a sospechar que planeaba algo, respondió:

—Navidad.

—San Valentín me parece más probable.

—Anna ve la Navidad como temporada de amor.

Hans viró los ojos.

—Apostemos.

—¿Qué? —inquirió seria.

—Hagamos esto, ellos tienen desde hoy hasta Navidad para hablarse con nosotros de testigos, y si lo hacen, tú ganas; si no ocurre entonces y se da en el siguiente mes, yo gano. Ambos perderemos si llega febrero. Será inválido intervenir.

—No es adecuado apostar a costa de otros —increpó.

Él sonrió como niño haciendo una travesura.

—Pero es divertido.

—Tú organizas las cosas para tu beneficio.

—Me abstendré de hacer trampa. Lo prometo por mi vida —declaró él solemne. —Por otro lado, no meternos lo hará más sorpresivo. —Ella lanzó un bufido. —Quien gane pedirá cualquier cosa que se le ocurra en el momento —agregó Hans cambiando a un tono insinuante.

…O eso juró Elsa. Él podía estar pensando en un pago del plano sexual.

—Es un juego inofensivo. ¿Participarás?

Confiando en que ganaría por la influencia de la época y el amor entre Anna y Kristoff, así como haciendo a un lado lo feo que era apostar a expensas de la vida y sentimientos de su familia, Elsa asintió.

No sabía ni qué pediría, pero le gustaría ese triunfo.

Hans celebró con una palmada.

—Reiterando, no intervendremos a nuestro favor de ninguna forma. Los dos tenemos que verlos hablarse, tú ganas si lo hacen hasta el veinticinco de diciembre.

—Día de Navidad incluido —interrumpió.

La boca de Hans se curvó.

—Muy lista.

tus ardides.

Él soltó una carcajada y el pulso de ella aceleró el ritmo.

—Bien —reconoció la admiración en sus orbes verdes—, serás victoriosa si se dirigen una sola palabra desde hoy hasta las once con cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos del veinticinco de diciembre de este año. Y yo lo seré si lo hacen desde el veintiséis hasta el veinticinco de enero del próximo año. Entretanto, no beneficiaremos nuestra apuesta ni afectaremos la del otro. Basta con una palabra, un "gracias" o "disculpa" sirven, mas los dos tendremos que estar presentes, comprobando que sea oral. Pasado el veintiséis de enero no tendremos derecho a cobrar un premio, antes de eso, lo que gane el otro es indefinido, puede ser cualquier cosa.

—De acuerdo.

Hans se levantó, caminó hacia ella y se apoyó sobre una rodilla con la mano extendida.

La estrechó sintiéndose emocionada.

—Es una dicha competir contigo, querida.

{…}

Con un vistazo a su reloj, Hans detuvo sus anotaciones y guardó los papeles para ir por su almuerzo. Su apetito era mínimo, solo que usaría el telégrafo largo rato y prefería no cortar la comunicación por comida.

Los huesos de sus tobillos tronaron al abandonar su silla y arrugó la nariz, tocado en su vanidad. Ese sonido le hacía pensar en su padre, a quien siempre conoció viejo; un ruido de articulaciones como ese, sin ejercicio previo y tras estar sentado, lo asociaba a la edad avanzada.

Y no podía ser, sus treintas eran la flor de su juventud como hombre, en sana condición por no ser juerguista como otros.

Sumido en sus quejidos, Hans no pudo cortarle el paso al borrón negro que se coló cuando abrió la puerta.

—Demonios —masculló.

El gato se acomodó en la otomana con una bola púrpura en el hocico y Hans suspiró encogiéndose de hombros.

—¿Han visto la lana morada de Anna! —Escuchar el grito de Olaf le sacó una risa.

—Quédate aquí. —Skygge apartó momentáneamente su mirada del artículo en cuestión y maulló.

Hans sonrió y salió de la oficina. En otro corredor, se encontró con Elsa yendo en la misma dirección que él. Contento la saludó con una inclinación de cabeza.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué has hecho?

La voz de Olaf llegó antes que su contestación.

—¿Adivina dónde está la lana?

Elsa presionó sus labios y agitó la cabeza.

—Skygge —refunfuñó con suavidad.

Él optó por no decirle que estaba en su oficina. En su lugar, le guiñó un ojo y oteó por el pasillo.

—Algunos sitios se sienten vacíos fuera de la época navideña. ¿Colocarán muérdagos? ¿O pediste que se abstuvieran este año? —añadió truhán rememorando el diciembre anterior.

El rostro de Elsa presumió impasibilidad, su única acción fue llevarse una mano al abdomen. Por la falta de indicios en la cara de ella, descartó malestar, así que su ánimo alimentó su imaginación.

La visión en su mente cosquilleó bajo su piel.

Ella redondeada por su hombría era demasiado bueno para no sonreír.

{…}

Su opinión era celosamente protegida, pero Hans estaba confiado en que los oficios religiosos eran la comedia más grande de la historia, reuniendo a toda clase de hipócritas e ilusos que se sentaban a oír el sermón de otro más. Con la excepción de los bebés e infantes —si bien no contaban porque no habían decidido acudir al templo—, los asistentes tenían muchas faltas e iban a los servicios eclesiásticos sin obrar un cambio real por aquel fervor.

Eso se había repetido por siglos, con mayor afluencia de gente en los períodos fuertes del calendario de la iglesia. Predominaban los feligreses sin disposición a mejorar con visitas para aplacar un poco sus almas, aunque también había los de apariencias y costumbres incuestionadas, ninguno merecedor del supuesto perdón que pregonaba el libro sagrado.

Como ejemplo estaban Anna y Kristoff, cuya preocupación y amor por el prójimo era a conveniencia. Después venía Elsa, que hacía justicia en su propia mano y no priorizaba a Dios sobre todas las cosas. Y seguía él, presentándose a las misas en su tiempo en Arendelle como exigía la rectitud del rey, siendo el menos indicado para ocupar un banco ante el obispo.

Rodó los ojos; en qué cosas le hacía pensar la repetida palabra de Adviento de la misa de ese día, por numerosos fieles no presentes otras veces.

Exhaló y se quitó ese tema de la cabeza, procediendo a observar los gemelos en sus muñecas como hacía cada vez que los usaba. El diseño ya estaba grabado en su memoria y aun así no se cansaba de hacerlo.

Le fascinaba el caballo de ónix oscuro en el fondo.

Elsa era muy buena.

—¿Cómo pudiste realizar estos gemelos? —le cuestionó al verla cerrar su cuaderno.

Ella dejó su puesto y se sentó al otro lado del escritorio. Le agradó esa disposición a conversar.

—Para mí es fácil de entender. Debo imaginarme lo que quiero, llamar a mis poderes en la… cantidad y calidad adecuada… y hacer que se vuelva la materia que quiero, distinta a escarcha, nieve o hielo, lo más sencillo que puedo crear. Si mi emoción es incorrecta, el resultado no me complace.

Era un concepto ajeno a su capacidad. En general captaba, pero tendría más sentido del modo empírico.

—¿Es difícil?

Ella estuvo por morderse el labio.

—No enteramente. Me es natural ya.

—¿Qué hay del tamaño? ¿Fue igual con el castillo?

—Cuando es más complejo y grande, tengo que concentrarme un poco más, pero conseguí una obra de tal calibre porque era hielo y… la magia ayuda.

—Creo que es un don tuyo, Elsa. Otra persona con tus poderes sería diferente, tienes un gran talento creativo que combinó a la perfección con tu magia. El castillo en la montaña roba el aliento.

En circunstancias distintas a las que había cuando puso sus ojos en él por primera vez, Hans se habría tomado su tiempo en admirar los muchos detalles que tenía.

Elsa se aclaró la garganta.

—¿Por qué me dijiste que no fuese un monstruo?

El fuego crepitó.

Hans inspiró por la nariz tan lento y profundo que debió expulsar el aire de golpe, llenados sus pulmones.

El pasado. En París había pedido perdón a su manera, sin entrar a explicaciones, y ella no había solicitado más información; eso estaba bien, no obstante, para contestar debidamente tenía que hablar de sus acciones el año de la coronación de Elsa.

Y se sentía empujado a hacerlo.

Contrario a Kristoff, podría revelar la verdad a ella, porque Elsa estaba directamente implicada y ella entendía de demonios. También era justo decírselo por su honestidad al hablarle del hombre en su calabozo.

O en realidad quería expulsarlo, aunque cosas vinculadas a la relación con sus hermanos ya no tuvieran poder en él, y ella era digna de confianza.

—No era solo hacia ti. —Suspiró. —Lo que voy a decirte es producto de una reflexión y pertenece al ayer.

Ella bajó los párpados unos segundos eternos en los que Hans retuvo su respiración.

—Sí.

Asintió.

—Cuando me percaté del estado de tu relación con Anna… vi a mis hermanos y a mí reflejados en ustedes y sentí odio. Ni yo mismo he entendido por qué, si éramos tan diferentes. A ti… de ti pensé que eras igual que mis hermanos, ignorando y maltratando a su hermana, que no había hecho nada para merecerlo, por irritante que la encontrara. Se me ocurrió que podría quitarte de en medio usando el invierno a mi favor, no sabía de lo que eras capaz, pero el momento de los secuaces de Weselton dejó en evidencia que podías herir. —Se aclaró la garganta. —Al mencionar lo del monstruo no hablaba de los demás, ellos, sino de mí. En un instante pensé en decirte que no fueses el monstruo que me imaginaba de ti, igual que mis hermanos, y luego lo expresé en plural porque el instinto me llevó a protegerme.

Sus ojos se enfocaron en el telégrafo de la esquina.

—También me lo decía a mí mismo, considerando deshacerme de ti, a como fuera, para ser el rey.

Se tomó una pausa.

—Siendo sincero, me arrepentí de mis palabras, porque me diste la impresión que eras indiferente a otros, como mis hermanos, al pedirte que acabaras el invierno. A mi parecer no mostraste verdaderas intenciones de detenerlo, sin importar lo que hiciera a todos. Aunque descubrí que sentías cierta debilidad por Anna y me guardé la información para aprovecharla después. Asimismo, me arrepentí porque, al detenerte, había perdido la oportunidad de imputarte.

» Esa frustración seguía en mí cuando Anna regresó al castillo, que aumentó al oírla. Su pueblo se congelaba y su único pensamiento era un beso de amor y salvarse a sí misma. Me sentí magnánimo al tener más interés en los habitantes, además de mi deseo de sobresalir y ganar a mis hermanos. Entonces me desesperé, enfurecí y recordé los rostros de mis parientes, mezclados con el tuyo. Lo que hice con Anna fue imaginando que tú estabas en su lugar y porque sabía que te haría daño, era una manera de desquitarme con quien no podía, usando la excusa que tu ataque me daba para librarme del castigo. Verla vencida tan fácil y patéticamente me dio la seguridad de que podría hacerlo contigo y fui a buscarte.

Cerró los ojos unos instantes.

—Al final, todo se debió a mi historia familiar y confundirte con quien no eras. No planeé de antemano, mis emociones y problemas me guiaron en la dirección incorrecta, escogiendo mal con un poco de juicio sobre las consecuencias. De hecho, mi único plan legítimo, después de declararte difícil de atrapar, fue volverme el prometido de tu hermana para acercarme a ti y que un enamoramiento tuyo hacia mí justificara la cancelación del compromiso, en tu coronación parecías inalcanzable y prolongar mi estancia contribuiría a mi objetivo inicial de casarme contigo. —Rió; el amor era la puerta abierta a la fortaleza de la reina—. En fin, acepté mi castigo y me responsabilicé de lo que hice porque en momentos fui plenamente consciente de lo que hacía, aunque mi meta me animó a dejar de lado mis actos equivocados.

—No pensé que fueras completamente malo. —Esa frase removió algo en su interior. Ella no estaba molesta, ni afligida o burlona, solo hacía empleo de esa bondad admirable que se escondía tras la coraza que la adversidad le había hecho ponerse.

Quiso ver su expresión y la buscó, sintiendo una oleada de calma en su pecho. En la mirada de Elsa halló indulgencia, un motor más para él a partir de ese día.

(Y no creía necesitarlo.)

—Ahora sé que el modo de ganarles a mis hermanos no era eliminándolos, sino siendo mejor que ellos. También, no dejando que ellos dominaran mis decisiones y acciones… mi vida.

—Si no atentan contra ella —musitó Elsa recordándole el cuchillo.

Asintió.

—Tuve un nuevo comienzo.

"Tú me lo diste", le confesó con la mirada.

En él se había prometido aprovechar la oportunidad de vivir.

…con las virtudes y defectos que no le hacían el ser humano más loable del mundo, pero sí uno decente que tenía un límite.


NA: ¡Hola!

La arquitectura del hospital de Elsa es del llamado neoclásico, el cual fue popular hasta mediados del siglo XIX, cuando entra el estilo Bellas Artes. Este consiste en toques a lo griego, retomando la cultura clásica. Aproveché la cercanía del estilo y que Hipócrates, padre de la medicina, fuese de la Antigua Grecia, para hacerlo con esa forma que me parece bonita.

El shampoo como lo conocemos hoy día es "invento" del siglo XX, antes de eso sí hubo un jabón similar con ese nombre, pero en general disolvían las pastillas de jabón en agua hirviendo, con hierbas, y así cuidaban el cabello. Y también hubo un Hans de apellido raro (Schwarzk… ¿me pagarían por la promoción?), quien creó el primer producto de belleza para cabello, un shampoo en polvo, en 1898.

La narrativa gótica digamos que fue como una precursora del género romántico, surgió en el siglo XVIII y se dedicaba a lo sobrenatural con escenas que exaltaban las pasiones y hasta el amor. Elsa lee Carmilla (1872), fue de las primeras obras de vampiros.

Para los cristianos (sean católicos, ortodoxos, luteranos, etc.), el adviento es el primer periodo del calendario litúrgico, se sitúa desde finales de noviembre hasta el día de Navidad, como un tiempo de espera, reflexión y alegría por el nacimiento de Cristo, con énfasis en el perdón y el arrepentimiento. Es de las fechas más importantes para los religiosos y eso hace que los no practicantes habituales (del año) se acerquen a las fiestas que hagan en sus templos. El motivo de señalarlo fue para ubicarles bien en tiempo, hablar de por qué Hans habría ido a la misa y, de algún modo inconsciente, invitarlo a esa confesión.

Finalizado lo anterior, a comentar un poquito del capítulo. Prolongué la actualización hasta hoy para regalarles algo por San Valentín XD. Interacción Helsa solo para alegrarles.

La explicación de Hans se remonta a los días que planeaba el fic, llevaba tiempo esperando por poner esa parte ja,ja,ja. Y muchas de las que vienen en los próximos capítulos, porque casi todo lo que dio vida a MQB fueron las escenas que acontecen después de este capítulo. Como dan a entender las palabras de Hans (lo más claras y confusas que traté de hacerlas, porque era confesión), él no queda como inocente, sabía que hacía e hizo varias cosas mal, solo se corrigió por salvarse de la muerte, que hasta mucho tiempo después supo fue por Elsa. Por eso Hansy ha sido un mejor ser humano en el fic.

Hasta traté de darle sentido a la canción con Anna, esa iba dirigida a sus aspiraciones con Elsa XD.

Y aquí concluye esta larga nota. Gracias por seguir acompañándome.

Besos, Karo