Capítulo 2

Preludio al destino

—¿Han escuchado hablar de Heracles y sus doce tareas?—preguntó la diosa.

Hera observaba atentamente los rostros de los santos buscando en ellos algún gesto que pudiera delatar ansiedad o temor, más ninguno de ellos se inmutó. Si el miedo o la desesperación enturbiaban sus espíritus no habría manera de que ella ni nadie lo notaran. Permanecieron callados delante de los dioses con los ojos fijos en la pelirroja. No movieron un solo músculo, ni un simple pestañeo.

A causa del silencio, Hera tomó de nuevo la palabra.

—Bien, para ustedes los mortales la ignorancia es solamente un pecado más. Entonces, permitirán que sea yo quien resuelva sus dudas. —Volvió a hablar la pelirroja.

—Heracles fue hijo de Zeus y Alcmena, esposa del rey Anfitrión de Tebas y nieta de Perseo—dijo Kanon, interrumpiendo a la diosa para luego continuar—. Cuando era apenas un bebé usted, señora Hera, envió dos grandes serpientes para matarlo, pero el joven Heracles las hizo pedazos con sus propias manos, demostrando por primera vez la fuerza extraordinaria que poseía y que algún día lo llevaría a equiparse con ustedes, los dioses del Olimpo.

—Zeus, satisfecho ante tal acto, le otorgó al niño el don de la vida eterna, para que luego Athena lo devolviera a su madre Alcmena convertido ya en inmortal. Cuando fue joven Harpálico le enseñó lucha y el pugilato; Eurito, a usar el arco y disparar flechas; Cástor le enseñó a pelear en campo abierto; Comolco vigilaba su aprendizaje de la lira; y Apolo le instruyó en la lectura y escritura—comentó Milo mientras una socarrona sonrisa iluminaba su rostro.

—Tras matar en un ataque de ira a su anciano maestro Lino, Heracles fue desterrado al monte Citerón donde se volvió más duro y feroz. Al morir su abuelo Anfitrión, Heracles regresó a Tebas donde contrajo matrimonio con Megara, con la cual tuvo tres hijos pero nuevamente, señora, usted intervino llenando de odio y furia el corazón de Heracles ocasionando que un ataque de ira diera muerte a sus propios hijos, crimen por el cual fue expulsado de Tebas—agregó el león dorado.

—Después de consultar con el oráculo de Delfos Heracles se pudo a las órdenes de Euristeo, monarca de Micenas y fiel sirviente suyo—continuó Camus de Acuario—. Éste lo llevó a realizar doce pruebas instigadas por el odio de usted conocidas en la mitología griega como los "doce trabajos de Heracles".

—Eso doce trabajos incluyen al león de Nemea, la hidra de Lerna, el jabalí de Erimanto, la limpieza de los establos del rey Augias, los pájaros de Ares, el toro de Creta, las yeguas de Diomedes, el célebre ceñidor de la reina de las Amazonas, los bueyes de Gerión, las manzanas de oro del jardín de las Hespérides y el perro Cancerbero—explicó el santo de Capricornio.

—¿Desea que ahondemos en cada uno de los doce trabajos? Porque estoy seguro que mis compañeros podrían darle detalles más específicos de cada uno de ellos—preguntó, con una sonrisa irónica, Saga de Géminis.

Los santos sonrieron a reparar por la rabia que emanaba de los ojos azules de Hera.

—Solo quisiera agregar algo. —La burla implícita en el tono de Máscara atrajo la atención de los presentes. —Ahora mismo, Heracles mora en los cielos con ustedes, puesto que ganó la divinidad que merecía tras superar cada obstáculo que se cruzase en su camino. Quizás quiera saludarlo de nuestra parte.

Con cada palabra que salió de sus bocas, la blanca tez de la diosa fue tiñéndose lentamente de rojo ante la rabia que sentía al saberse humillada y burlada por aquellos insolentes mortales. Sabía que se reían de ella, que le estaban demostrando con hechos que no eran los ignorantes que pensó que serían; que además de guerreros fueron educados para ser santos de Athena, la diosa de la sabiduría, para lo cual hacían honor a su título.

Cerca de ella, y sin que le pasaran inadvertidas, las sonrisas cómplices de Athena y Zeus sólo consiguieron que su ira aumentara. Zeus pensaba para sí que aquellos jóvenes humanos habían conseguido lo que ningún dios en el Olimpo había logrado jamás: dejar sin palabras a Hera. Si de méritos se trataba, entonces ¡vaya que eran merecedores de una segunda oportunidad!

Haciendo uso de toda la paciencia que poseía, Hera hizo un esfuerzo titánico por no estallar delante de los presentes. Respiró profundo, permitiendo que su mente tomara un descanso y, después, a pesar del ardor que sus propias uñas infligieron en sus manos, la diosa reina recuperó la compostura.

—Jóvenes santos—Zeus rompió el silencio que había caído sobre el grupo—, sin duda el conocer la historia de mi hijo será de gran utilidad para ustedes cuando el momento de enfrentar cada una de las pruebas llegue. —Disimuladamente miró hacia su cónyuge. A pesar de todos sus desplantes y malos modos, Hera una diosa y, como tal, merecía el respeto que se le había negado. —Efectivamente, esa será la gran tarea encomendada por los dioses: la réplica de los doce trabajos legendario de Heracles.

Pocas veces algo sorprendía a guerreros como ellos y, en muchas menos ocasiones, aquella sorpresa se transformaba en duda.

Doce trabajos diseñados para poner a prueba las habilidades de un semidios, a un hijo de Zeus, ni más ni menos. Doce trabajos que habían consumido años de la vida de una leyenda y que habían cimentado las bases para que las voces contaran sus hazañas más allá de la muerte. ¿Acaso los dioses habían perdido la razón? ¿Era tal su deseo de verlos perderse en el oscuro mundo de la muerte?

Tenían que preocuparse. Los obstáculos que se levantaban en su contra, esta vez se veían más altos de los que generalmente enfrentaban.

—Debo hacer una advertencia a ambas partes—continuó el padre de los dioses mirando a su esposa e hija—. Yo seré el juez de dicho reto y, por lo tanto, la mía será la última palabra en la resolución de controversias. Las reglas que a mi criterio deban establecerse serán las que regirán esta travesía para los santos. Ninguna otra.

Sus palabras disgustaron a Hera, quien no dudó en hacer claro su desacuerdo. Sin embargo, incluso ella, como reina del Olimpo, comprendía sus limitaciones cuando se trataba de Zeus. Lo último que deseaba era conocer la ira de su señor, por lo que prefirió callar.

—La primera regla será que los trabajos deberán ser realizados bajo las mismas condiciones en que Heracles los llevó a cabo. Es decir, yo me encargaré de llevarles a la Edad del Mito para el inicio del reto. Les aviso que conservarán sus habilidades y cosmos pero no podrán llevar consigo sus armaduras doradas, sino que tendrán que vestir de acuerdo al mundo en el que se desenvolverán; nada más. Por su propio bien, espero que sean buenos usando la espada, el arco y la fecha, puesto que esas serán las únicas armas con las que contarán.

Gracias a los dioses por la presencia de los santos de Libra, Sagitario y Capricornio, puesto que sería su ayuda con la única que contarían. El resto de ellos, a su pesar y de acuerdo con las reglas establecidas por la propia Athena, carecían de todo entrenamiento con armas.

—Podrán recibir apoyo por parte de Athena, pero dicha ayuda será bajo mi supervisión y con previa autorización. Ella no podrá, de ninguna manera, intervenir directamente en el cumplimiento de las tareas, pero podrá hacerles llegar información que considere relevante para la consecución de su misión. Esta es la segunda regla.

—Padre, si ellos regresarán a la Edad del Mito ¿cómo podré estar presente ahí para ellos?—preguntó la joven reencarnación, ganándose un risa burlona por parte de la pelirroja.

Hera giró los ojos ante lo que consideró una estúpida pregunta por parte de la diosa de la sabiduría. La inexperiencia de la chica era evidente, sobre todo en cuestión de las capacidades de los dioses y el funcionamiento de su mundo. Esa niña tonta necesitaba un par de lecciones acerca de su propia divinidad. Por el contrario, Zeus se mostró más comprensivo. Sabía que aquella reencarnación de Athena había crecido fuera de su Santuario y que la educación que recibió no fue la de una diosa, sino la de un mortal. Por lo tanto, era entendible que Saori tuviera dudas al respecto de su divinidad y de las habilidades que ella misma poseía.

—Joven Athena, tus santos dorados tendrán el privilegio de conocerte en tu verdadera forma. Ellos te verán en tu esencia de diosa de la sabiduría. No tendrán frente a ellos a Saori Kido, quien es tu forma humana, sino a tu verdadero rostro: la Athena del Mito. —Confundida, la pelilila trató de entender aquellas palabras de su padre, aunque su principal preocupación era la seguridad de sus caballeros y el éxito de la misión encomendada. —Por último—continuó el dios—, queda prohibido para ambos lados el uso de artimañas para desacreditar o dificultar las acciones del otro, ¿entendido, Hera?—recalcó Zeus. La diosa asintió con la cabeza de mala gana. —Bien, ¿alguna duda? —preguntó Zeus a los presentes.

—Por supuesto, cariño—respondió—. Olvidas la mejor parte del trato. ¿Cuáles serán los premios para el equipo vencedor?

Quince pares de ojos se fijaron en el dios del trueno, esperando por la respuesta a aquella importante cuestión.

—¿Qué es lo que desean? —El dios preguntó una vez más, después de un breve silencio. Hera no dejaría pasar la oportunidad de hacer sus propias peticiones.

—Si pierden, quiero sus cabezas.

Semejante petición en los labios de la reina del Olimpo hubiera sembrado el pánico en cualquiera, pero no en los santos dorados. Ellos, como guerreros de Athena, sabían que su destino era morir. La muerte no era algo a lo que le temieran. Al final de cuentas, solo era el final del largo camino al que llamaba vida.

—A cambio queremos paz—respondió, sin rastros de duda la deidad de la sabiduría—. Si Niké nos corona, como seguramente lo hará, los dioses dejarán de jugar con el destino y permitirán que los tiempos de paz arropen a este mundo en el que vivimos. No más guerras, no más lágrimas, no más sufrimiento. Eso es lo que queremos. —La aprobación de los trece no se hizo esperar.

—Que así sea—Zeus sentenció con su voz profunda—. Los arreglos estarán listos para mañana, jóvenes guerreros. Yo mismo seré su guía al mundo que les espera. Que su diosa les proteja y la victoria quiera coronarles.

El señor de los dioses desapareció en medio de un ensordecer estruendo, siendo imitado poco después por su esposa.

En la habitación no quedó nada más que un largo e incómodo silencio que delataba los pensamientos ausentes de todos los que ahí se encontraban. Había mucho en que pensar, todavía más cosas que hacer, pero el tiempo era caprichoso y se esfumaba con rapidez delante de ellos.

—Pueden retirarse. Descansen, que les esperan día largos—anunció Saori. Con una reverencia ellos se despidieron, pero antes de que pudieran abrir la puerta del megarón, escucharon una vez más la delicada voz de su señora. —No hay nada que temer. Confío en que sus esfuerzos les guiarán a la victoria y que haré todo lo que pueda por ayudarles—susurró.

—Gracias—le respondió el santo de Aries. Y hablaba por todos.

Saori los vio salir, hundida en el silencio. Se dejó caer sobre su trono y perdió la mirada en la enorme puerta que se cerró lentamente detrás de sus santos. Se sentía devastada. Sus esfuerzos para mantenerlos a salvo habían sido en vano.

Les había fallado.

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Shion había dado infinidad de vueltas por el pasillo en espera de noticias. Hacía muchos años que no experimentaba una impaciencia como la de aquel día, pero es que el mal presentimiento que albergaba en su corazón, amenazaba con quemarle el pecho. No había sido convocado y eso, lo único que conseguía era enervarle más los nervios. Necesitaba saber que sucedía… y pronto.

Justo cuando creía que no soportaría más, la puerta se abrió y, uno a uno, los trece fueron abandonando la sala de diosa. Sus ojos rosas brillaron con desesperación ante los semblantes alicaídos y desconcertados de sus jóvenes pupilos. Shion no atinó a decir nada, sino que solo pudo avanzar hacia ellos con pasos agigantados.

—Y, ¿qué ha sucedido?—preguntó, visiblemente preocupado.

—Larga historia, Shion—respondió Dohko, sobándose las sienes. Tenía un dolor de cabeza de lo más molesto. —Acompáñanos a Sagitario y en el camino te explicaré.

—¿A mi templo? —Aioros giró, sorprendido.

—Si no importa. —Le sonrió. —Esta es una misión más, una en la están en juego nuestras vidas. Si queremos sobrevivir necesitamos un plan y, en la medida de lo posible, anticiparnos a lo que sea que nos espera ahí—respondió el santo de Libra con abrumadora seguridad.

Ninguno de los santos objetó: el Maestro de los Cinco Picos tenía razón. Así que se encaminaron hacia Sagitario.

Encabezando el grupo iban Camus, Milo y Aioria. El primero, siempre callado y distante, escuchaba con particular atención la conversación entre el escorpión y el león. Aunque se negase a admitirlo, había algo en las conversaciones de ese par que terminaba por entretenerlo.

—Ahora sí que nos metimos en gran lío. —Soltó el de Escorpio, mientras cruzaba sus brazos en la nuca. —A ver cómo nos las arreglamos para salir de todo esto.

—Y pensar que cuando éramos pequeño queríamos ser como Heracles, ¿recuerdas, bicho? ¡Vaya ironías de la vida! —Bufó el león con un dejo de nostalgia implícita en su voz. —Lo peor de todo es que nos van a mandar por quien sabe cuánto tiempo a quien sabe donde. —Se quejó para luego soplarse los flequillos con evidente fastidio.

—¡Ya que ya tenía planes para el fin de semana! —Se lamentó el otro.

—Es increíble que puedas pensar en eso justo ahora. —Camus meneó la cabeza en clara desaprobación.

Unos pasos detrás, Aldebarán, Shaka y Mu caminaban en un silencio que les era cómodo. Cada cual estaba en lo suyo, aunque era el santo de la Virgen quien se sentía más atormentado por las declaraciones de Zeus.

"¿Será difícil usar las armas?" se preguntó. "Jamás lo he intentado antes, así que no tendría forma de saberlo. En el Muro de los Lamentos no funcionaron, ¿por qué habrían de hacerlo en la Edad del Mito?"

—¿Mu? —Por fin, se atrevió a preguntar. —¿Qué opinas de las espadas y los arcos?

—No sabría decirte. —Lo miró de reojo. —No es como que los haya utilizado demasiado.

—Comprendo. ¿Qué opinas, Aldebarán?

—Opino lo mismo—sentenció. Aunque después, con evidente e inusual entusiasmo, agregó. —No debemos preocuparnos. Un par de lección de Aioros y Shura y estaremos listo para la Edad del Mito, ¿verdad, muchachos? —Volteó hacia los aludidos, quienes solamente le sonrieron. —¿Ven?

Completamente ajenos a las palabras y risas de su compañero de Tauro, Aioros y Shura iban conversando animadamente antes de la interrupción.

—¿Cómo crees que sea? —El arquero dorado le preguntó a su amigo.

—No tengo la menor idea. —El aludido le miró con cierta indiferencia, aunque la realidad era que se sentía intrigado por la conducta de Aioros. —Tampoco me interesa demasiado—añadió.

—¿De verdad? ¿No tienes curiosidad?

—No veo razón para tenerla. Al fin de cuentas, será Athena. La misma Athena, ¿no?

—Sí, pero… ¡no puede ser idéntica a Saori! Seguramente es un poco mayor, quizás, incluso más linda. La leyenda dice que competía con Afrodita y Hera en belleza, ¿recuerdas?

—Esta conversación esta dejando de gustarme, Aioros. —Lo miró, y en sus ojos verdes había un dejo de espanto. —¡Estás hablando de Athena! ¡Nuestra diosa!

—¿Y eso qué?

—¡No debes verla como mujer! —Shura se cruzó de brazos.

—Tú nunca has pensando que es bonita. —Ante el pícaro comentario de Aioros, Shura se sonrojó.

—¡¿De qué demonios hablas?! Apenas es una niña. No podría verla así, jamás.

—Pero si fuera mayor…

Aioros no pudo terminar de hablar. Un golpe en la nuca por parte del Capricornio le recordó que sus pensamientos estaban completamente fuera de lugar. Fue justo en ese instante, cuando la interrupción de Aldebarán surgió y lo único que ambos supieron hacer fue obsequiarle una sonrisa.

En un humor completamente opuesto al de Shura y Aioros, Máscara de Muerte caminaba unos pocos metros detrás; furioso. Estaba indignado ante el comportamiento de Hera. Detestaba que la gente les subestimara, que los miraran como inferiores y que pusieran en duda su orgullo como guerreros de Élite. De haber sido su decisión, el bellísimo rostro de Hera se hubiese unido a la enorme colección de máscaras de su templo. Desafortunadamente, le era imposible hacer tal cosa sin desatar una guerra que no tendría límites.

—Maldita diosa. ¿Quién demonios se cree para insultarnos de esa manera? ¡Perra!—ladró.

—Linda forma de referirse a una diosa. —Afrodita sonrió.

—¿Te importa? Ella nos ofendió primero.

—¿Ahora vas a decirme que tú y yo tenemos derecho a no ser tratados de esa forma? ¿En serio crees que, de todos, nosotros somos los más apropiados para quejarnos porque alguien puso en duda nuestros méritos para ser revividos? ¡Por favor, Máscara!

Los ojos de Cáncer centellaron con rabia. Su compañero estaba en lo cierto, pero eso no borraba el hecho de que se sintiera ofendido ante semejante atrevimiento. Podría aceptar reclamos de cualquiera, menos de un dios ajeno a su señora.

—Y tú estás muy arrepentido—contraatacó, irónico.

—Tan arrepentido como tú, sólo que a mi no me importa decirlo en voz alta. Y no intentes replicarme. —Se apresuró a continuar antes de ser interrumpido por el peliazul. —Si no estuvieras arrepentido, jamás habrías ayudado en el Muro de los Lamentos y Athena nunca habría tomado la decisión de dejarte vivir otra vez.

Sin encontrar forma alguna de desechar las palabras de Afrodita, Máscara de Muerte bufó. Prefirió callar y acelerar el paso. Mientras más pronto llegaran a Sagitario, más rápido podría librarse de todo ese asunto.

—¿Qué le sucede? —La pregunta de Kanon hizo sonreír a Afrodita.

—Tiene problemas para expresar sus emociones—respondió, asegurándose de que el volumen de su voz alcanzara los oídos del santo de Cáncer que caminaba más adelante.

—¡No tengo problemas, estúpido pez!—gritó desde más allá. Su reacción robó una carcajada tanto a Afrodita como a Kanon.

—Alguien necesita su siesta de la tarde—añadió el gemelo.

Pero Máscara de Muerte solo soltó un par de palabras soeces y caminó lo más rápido que sus piernas le permitieron.

—Máscara siempre será… Máscara—musitó el de Piscis, y después de esa afirmación no hubo nada más que un largo silencio entre él y Kanon—. ¿Qué opinas de todo esto, Kanon? ¿Tenemos oportunidad de sobrevivir a este juego? —Por fin, le preguntó.

—La única persona que ha intentado esto salió viva, así que el registro histórico está de nuestra parte. —Sonrió. Hizo un pausa en la que semblante se tornó grave. —Creo que, si hemos logrado salir del Infierno, entonces también podremos salir de este problema. Pero tenemos que mantenernos juntos. De otra forma, será imposible.

— Opino lo mismo. —Piscis asintió. Sólo esperaba que todos tuvieran la voluntad para conseguir tal cosa.

Por último, al final del grupo, Dohko y Saga se encargaban de poner a Shion al tanto de todo lo sucedido en el megarón. El rostro del lemuriano no ocultaba la sorpresa que semejante historia le causaba. Sin duda era la explicación que menos esperaba.

—Interesante… —susurró.

—¿Interesante? ¿Eso es todo lo que dirás? —Los ojos turquesas de Dohko se abrieron con incredulidad. —Los dioses nos mandan a hacer los doce trabajos de Heracles y, ¿lo único que se te ocurre decir es interesante?

—No sé que más puedo decirte, Dohko. No me imagino siquiera las cosas que verán y vivirán cuando hayan llegado a la Edad del Mito.

—Entonces, Shion, ¿tampoco sabes lo que nos espera ahí? —Aunque su pregunta sonaba ingenua, Saga sintió la necesidad de preguntar.

—¡Hijo! ¿Cómo podría? Solamente tengo doscientos cincuenta años. No es como que haya vivido en los tiempos mitológicos. —Shion le miró, a lo que el santo de Géminis solo respondió con una sonrisa a medias.

—Esperaba que como Patriarca supieras algo.

—Tú también fuiste Patriarca y no creo que sepas. ¿Me equivoco? —El peliverde sonrió con travesura.

—¡Ah! Pero es que tú sabes más que yo. —Las mejillas de Saga se tiñeron de rosa y su mirada se alejó del Santo Padre. —Además, yo solo fui un impostar bastante mal informado.

Las palabras de Géminis terminaron por sacarle una escandalosa carcajada a Dohko. Esa conversación entre dos Patriarcas resultaba demasiado para él, en especial por la oportunidad de presenciar gesto que eran poco usuales en ambos santos.

—¿Estás divertido, Dohko?

—Totalmente. Deberían tener estás pláticas más seguidas, señores Patriarcas.

—Debería agradecer que usted no es ninguno de los once idiotas que caminan delante de nosotros, Maestro. —Saga lo miró con los ojos entrecerrados y un mohín de indignación en el rostro. —De otra forma, su viaje a la Otra Dimensión estaría más cerca de lo que se imagina.

Con todo, el santo de Libra no se inmutó a las palabras del más joven.

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Durante todo el trayecto a Sagitario la conversación nunca terminó para los catorce; fueran quejas, dramas, risas, comentario o berrinches, siempre hubo algo que decir. A excepción de Máscara de Muerte, quien se esforzaba por llegar en un santiamén al noveno templo, el resto caminaba con cierta calma. De hecho, el santo de Cáncer fue el primero en alcanzar su destino. Después de arrollar a Shaka y hacer rodar unos cuantos escalones abajo a Milo, Máscara de Muerte llegó a Sagitario en donde esperó por el resto con impaciencia. Al fin, tras unos pocos minutos, los primeros comenzaron a arribar.

—¡¿Por qué tardaron tanto?!

—¡Estúpido cangrejo! ¡Si no me hubieras hecho caer por las escaleras, a lo mejor conseguía llegar antes! ¡¿Acaso quieres matarme antes que los dioses lo hagan?! —espetó Milo en medio de gritos.

—Menos mal que solo te has golpeado la cabeza. Nada que no estuviera estropeado salió dañado en el accidente. —La voz ronca e indiferente de Camus causó estragos en la seriedad de Aiora y Máscara de Muerte.

Los dos santos estallaron en risas mientras veía al de Acuario palmear el hombro de su amigo, buscando calmarle un poco; lo cual no consiguió.

—¿También tú, Camus? Los usaré de alfileteros a los dos—sentenció un ofendido escorpión—. ¡Y, gato, cuídate que tú serás el siguiente!

—Nadie será el alfiletero de nadie. Al menos no hasta que regresemos sanos y salvos al Santuario después de esta misión. Después podrás hacer lo que quieras, Milo. ¿De acuerdo? —Mu los interrumpió. —Y tú, Máscara, deberías fijarte. Shaka ha rebotado con la espalda de Aldebarán, de otra forma, hubiera seguido rodando por las escaleras hasta Aries.

La espontaneidad de las palabras de Mu, sumadas a la imagen mental del santo de Virgo siendo víctima de la situación terminó por romper con la atmosfera de tensión que reinaba entre ellos desde que abandonaron el Templo Patriarcal, incluso de los santos que recién llegaban. El único que no se inmutó ante ello fue el propio Shaka quien se limitó a mirar uno a uno los sonrientes rostros de sus compañeros de Orden.

—No me defiendas más, Mu—habló con seriedad, haciendo que los colores se le subieran al rostro del ariano.

—Lo lamento. No era mi intención.

—¿Sucede algo? —Todos giraron hacia Shion, quien parecía no entender nada.

—Es que… —Aioria no pudo contener la risa. —Máscara… y Shaka… Mu. —Todavía sin la menor idea de lo que sucedía, Shion suspiró.

—Usted disculpe, Maestro. —Shaka abrió un ojo que miró con inquisición al santo de Leo, deteniendo sus risas. —Aparentemente, un accidente posiblemente fatal ha desencadenado la risa de mis compañeros hacia mi persona. —La explicación solo terminó empeorándolo todo.

—Es bueno saber que conservan el buen humor a pesar de la peligrosa misión que enfrentan. —Casi con la misma rapidez con que las palabras de Shaka les había hecho reír, las de Shion les borraron todo rastro de alegría.

—Lo has arruinado. —Dohko se aclaró la garganta.

—Cómo sea, ahora que estamos más… tranquilos, quiero hacerles saber que estoy al tanto de la situación y que, dentro de todo lo posible, haré lo que pueda para serles de ayuda. Mi corazón y plegarias estarán con ustedes, al igual que las de Athena.

El humor, que hasta unos momentos antes era jocoso y desenfadado, se tornó turbio. Los rostros pensativos decían todo lo que sus labios no se atrevían a pronunciar. Esta vez, estarían solos.

—Sé que estarán bien. Sin embargo, por ahora, mi mayor preocupación consiste en el uso de armas. Tendrán sus cosmos, sí, pero temo que las circunstancias les obliguen a hacer uso de algo que desconocen. Quisiera que tuvieran más tiempo para prepararse, más el tiempo apremia. Así que mi único consejo es que se abstengan de usarlas el mayor tiempo que puedan.

—Maestro, ¿qué pasará con el Santuario? Creo que hablo por todos al expresar mi preocupación por dejarles. —Shion miró directo a los ojos de Mu.

—Pierdan cuidado. Los santos divinos y yo estaremos en constante guardia de todo lo que suceda aquí. No permitan que esta situación les aflija y concéntrense solamente en regresar a casa, sanos. Los necesitamos vivos—aseveró. Buscó en los rostros de los más jóvenes por alguna reacción, pero la mayoría de ellos ni siquiera se inmutó. —Hay algo que quisiera entregarles—dijo, tras un instante de silencio—. Iré al templo de Athena por ello y regresaré. Por favor, esperen por mí.

Y, así como había dicho, el lemuriano abandonó Sagitario con destino al templo de la diosa.

—¿Qué ha ido a buscar?—preguntó un curioso Aldebarán.

—Lo ignoro. —Dohko miró por última vez a la figura de su amigo desaparecer por las escaleras y después giró hacia el resto de sus compañeros. —Aprovechemos el tiempo para hablar algunas cuestiones que me inquietan. —Su semblante se volvió serio. —Hasta donde tengo conocimiento, esta es la primera vez que los todos los santos dorados han sido designados a realizar una misión de este tipo y, en nuestro tiempo, es la primera vez que tendremos que trabajar juntos… como un equipo. —Ninguno respondió. —Si queremos salir victoriosos de esta prueba, tendremos mantenernos juntos. Trabajar como uno solo.

Dohko se esforzó por ser contundente. Sabía que lo que pedía de sus hermanos de Orden era complicado, más no imposible. Su relación había mejorado considerablemente desde el regreso, pero seguía siendo una relativamente distante. Quizás, de todo lo que podría pasar, el principal reto era la convivencia entre ellos.

—Sobre el uso de armas—Saga tomó la palabra—, estoy de acuerdo con Shion. Evitémoslas. Si algo surge, dejaremos todo en sus manos. —Volteó hacia Shura, Dohko y Aioros, quienes asintieron.

—Tengo una duda.

—¿Qué pasa, Milo?

—Los mitos son muy claros respecto a la forma en que Heracles resolvió cada una de las doce tareas. ¿Usaremos las mismas técnicas?

—Dudo que sea factible. —Aioros se encogió de hombros. —Si es factible, quizás podamos basarnos en las leyendas, pero creo que con nuestras habilidades tendremos que ingeniárnoslas para hacer todo a nuestro modo.

—De acuerdo con eso. —Aioria asintió.

—Una cosa más: la geografía. —Camus habló. —Espero que las lecciones sobre el territorio griego estén frescas en nuestras mentes.

—Pediremos un mapa. Yo me haré cargo de ello. —Se ofreció el carnero dorado.

—Perfecto. ¿Algo más que tengamos que dejar en claro? —No hubo más cuestionamientos por parte de nadie. —Bien, entonces esperemos por Shion y daremos esto por terminado.

El Patriarca no tardó en regresar.

En sus manos cargaba un pequeña urna dorada adornada con una elíptica, en la cual, talladas en oro, brillaban las doce constelaciones del zodiaco. En medio del círculo dibujado, resaltaba el símbolo de Niké.

—¿Qué es eso? —Le cuestionó el chino. Había alzado las cejas con una curiosidad indudable.

—Esto es el primer regalo que nuestra diosa hizo a su orden dorada. Cuenta la leyenda que, hace miles de años, cuando los dioses aún caminaban entre los mortales, Athena creó la primera Orden. Eligió a doce hombres a los cuales ungió de poder y les encomendó vigilar la tierra a la que tanto amaba. Ella, incluso, permaneció al lado de sus guerreros, hasta que el gran Zeus decidió que los hombres y las deidades debían tomar caminos diferentes. Fue en ese instante, antes de que las armaduras doradas brillaran con vida, que Athena decidió forjar estas medallas. —Shion abrió la urna y sacó, uno a uno, doce dijes de oro labrados con forma de escudos. En el frente de cada uno, el símbolo del zodiaco respectivo tintineaba con el poder de la energía de la diosa. —Cuando nuestra señora se despidió del mundo de los mortales, prometió regresar cada doscientos años, a pelear las guerras santas, hombro a hombro, con sus santos. Esto es el recordatorio de dicha promesa y el único medio que ella encontró para protegerles de las inminentes batallas que se cruzarían en su camino. Se dice también que en cada una de estas medallas, Athena vertió una lágrima y, con ella, un pedazo de su alma. Creo que sería voluntad de nuestra princesa que, ahora que serán privados de sus armaduras, llevaran consigo este regalo hecho para protegerles.

Uno a uno fue entregando dichos dijes al santo correspondiente. No le pasaron desapercibidos los gestos de asombro de sus jóvenes discípulos al recibir los hermosos objetos que Shion había traído para ellos. Sin duda aquellas joyas provenían de Athena. La ligera pero poderosa aura que emanaba de ellos así lo hacía sentir.

—Gracias, Maestro. —Shura tomó el medallón con una mezcla de emoción y sorpresa. Era un momento especial.

Shion les sonrió tratando de reconfortarlos. Les esperaban tiempos difíciles y el antiguo carnero solo se lamentaba no poder estar a su lado para ayudarles. Pero por el momento, no había más que pudiera hacer. Los observó una vez más, antes de dirigir sus pasos hacia la salida de Sagitario.

—Necesitarán descanso. Vayan ahora y nos veremos mañana.

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Esa fue la noche más larga que habían vivido en un largo tiempo. Conciliar el sueño se volvió un imposible a causa de la ansiedad que les impedía cerrar los ojos. Las incertidumbres de un mundo diferente al suyo mantenían sus sentidos en alerta del mismo modo en que ciertas dudas asolaban sus pensamientos.

Todos, de una manera u otra, se preparaban para lo inminente…

Mu se encontraba en Aries, preocupado por afinar los detalles con respecto a Kiki durante su ausencia. Dejar solo al aprendiz no era siquiera una opción para el ariano, por eso, la mudanza del chiquillo hasta el Templo Papal era lo más conveniente para todos.

En Tauro, Aldebarán revisaba insistentemente su refrigerador. Los nervios lo traicionaban. Si era posible encontrar la felicidad al fondo de su nevera, entonces el toro dorado se esforzaría por hallarla. Después de todo, no sabría en cuanto tiempo más podría volver a saborear cualquier clase de alimento como los de su época. Había muchas cosas que dejaba pendientes y esperaba regresar para terminar sus proyectos. Se esforzaría por hacerlo.

Desde su ventana, se podía ver a Géminis, hundido por completo en las tinieblas. El aura de los gemelos era casi imperceptible e inusualmente tranquila.

En la habitación de la izquierda, Kanon contemplaba el cielo. Las imágenes de su vida antes de Cabo Sunion desfilaban por su mente. Era la primera vez desde ese día que pasaba una noche en el tercer templo. Aunque se esforzaba, no podía sino preguntarse como hubiera sido su vida si nada hubiese sucedido. Se había prometido no pensar en ello, pero esa noche era imposible. Trató de enfocarse en los mejores recuerdos que tenía. Después de todo, era lo único a lo que podía aferrarse en noches tan oscuras como esa.

Del lado contrario del templo, tendido sobre la cama, con nada más que el techo para observar, Saga se dedicaba a calmar un poco su inquieta mente. Sonrió al pensar que al menos tenía la cama más grande ahora, claro que su risa se borró al pensar que quizás no volvería a usar su cama jamás. Con todo, había sido un trato justo. Tal vez, vivir con Kanon no era una idea del todo mala. Era una lástima que su estancia juntos había terminado incluso antes de comenzar.

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La medalla que tenía en las manos brillaban hermosamente bajo los rayos de la luna y, en el fondo, la energía que emanaba de ella lo hacía sentirse… vivo. Máscara de Muerte estaba sentado en las escalinatas de su templo, mirando incesantemente hacia Meridia. Nunca lo admitiría, pero la experiencia en el Muro de los Lamentos había cambiado por completo su perspectiva de la vida. Ahora se sentía parte de algo, tenía algo por que luchar, encontró un porqué vivir y no permitiría que nadie le arrebatase esa sensación de llenura de su alma ni siquiera un dios; no se daría por vencido sin pelear.

Al igual que él, el guardián de la casa de Leo tenía una razón para regresar a casa algún día. Habiendo regresado a la vida, su concepto de la muerte era uno muy distinto. Había perdido el miedo a perder aquello a lo que amaba y se había permitido soñar con un futuro que nunca imaginó que tendría. Por ello, despedirse era lo más difícil que tendría que hacer ese día y, sin ánimos de dejar pasar más tiempo había abandonado su templo para buscarla.

Marin la amazona de Águila siempre fue la dueña de su corazón. Sin embargo, nunca lo supo de sus labios antes de su muerte. Así que, cuando se levantó de entre los muertos, decidió que no esperaría ni un segundo más para confesarle cuanto la quería y lo mucho que deseaba estar a su lado. Desde entonces se volvieron inseparables, guardando las debidas distancias para no ocasionar chismes entre los habitantes del Santuario, aunque en realidad la relación era un secreto a voces. Con su vida nuevamente en peligro, Aioria no la abandonaría sin volver a decirle Te amo. No cometería el mismo error dos veces.

En cambio, opuesto al león, Shaka se encerró en su templo a pensar. Siempre había sido una persona práctica y metódica; lo primero en su vida era su diosa y por lo tanto su única prioridad. Pero después de regresar al Santuario, las dudas comenzaron a asaltar su mente. Surgieron preguntas que jamás se había planteado y cuyas respuestas desconocía. ¿Acaso existía una vida para los santos más allá de las batallas y las peleas? Si la paz había llegado a este mundo entonces ¿cuál sería su destino? "Ser felices," había dicho la diosa. Sin embargo la felicidad incluía tantas facetas que, aún la reencarnación de Buda, se confundía ante semejante concepto.

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Meditar en el Santuario era muy diferente a hacerlo frente a la cascada de Rozán, pero por el momento un viaje a China estaba fuera de los planes de Dohko. Así que, haciendo su mejor esfuerzo, se decidió a tratar de calmar su espíritu.

Sabía perfectamente que no tenía caso intentar dormir en esos momentos. Sería imposible conseguirlo, por lo que mejor trataría de descansar su alma y mente. Del resto se preocuparía después. Mañana sería otro día, se dijo el santo de Libra y se perdió en sus pensamientos.

Milo, en cambio, necesitaba ocuparse en algo más que no involucrara mantener su mente en divagaciones. Ante el insomnio y el incremento de la ansiedad, el de Escorpio se levantó de la cama y se dirigió hacia un enorme librero situado en el pasillo entre su habitación y la cocina de su templo. Ahí se podían ver libros de todo tipo, desde tratados acerca de las corrientes filosóficas del siglo XIX hasta literatura contemporánea. Husmeó un poco entre las decenas de textos frente a él hasta encontrar lo que buscaba: mitología griega. De nuevo entró a su habitación y se tiró sobre la cama. Arregló sus almohadas hasta sentirse cómodo y se dispuso a comenzar su lectura. Si iba a viajar a la Grecia antigua, sería mejor que repasase de nuevo las lecciones de su niñez. Iría preparado.

En la casa vecina, Aioros miraba su armadura, sentado en un rincón del templo de Sagitario. Desde que había regresado a la vida le gustaba verla. Adoraba ese maravilloso resplandor dorado que la envolvía, ese polvo de oro que emanaba de cada pluma que conformaba las enormes alas de la vestidura. Al verla, el arquero no podía evitar pensar en lo mucho que aquella armadura había hecho por él. Pero en esa ocasión, las cosas serían diferentes. Su armadura no estaría ahí para protegerle ni podría seguirlo como siempre lo había hecho. Esta vez todo lo tendría que hacer él, sólo. Y no es que Aioros dudara de sus habilidades, sino que extrañaba sentirla. Echaba de menos vestirla y lucirla como tantas veces en el pasado. En la Edad del Mito, sería solamente Aioros.

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La colección de espadas guardadas en aquel estante era impresionante a los ojos de cualquiera. Más aún, el dueño de aquella sorprendente colección se sentía orgulloso de la misma. De entre todas las armas, Shura eligió una catana de empuñadura negra que le habían obsequiado en uno de sus múltiples viajes fuera del Santuario. Lanzó un par de golpes al aire para luego comenzar una sesión entera de práctica. Tal vez si lograba ejercitarse un poco, el cansancio terminaría por obligarle a pegar los ojos un par de horas antes de que la mañana llegara y la travesía que les esperaba diera inicio.

En Acuario, la situación era un tanto más tranquila. Sentado en su cama, Camus se encontraba absorto en su lectura. Había leído Les Misérables más de seis veces en su vida. Sin duda ese era su libro favorito puesto que todo en él le traía memorias de su querida Francia. Cuando dejó París era apenas un niño, y no regresó sino hasta diez años después, sólo para encontrarse con que seguía amando a su tierra como si nunca se hubiera marchado. Durante todo el tiempo que había estado ausente se había aferrado a sus recuerdos como a nada en la vida. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, el tiempo se había encargado de empañar sus memorias. Así que, cuando por accidente puso sus manos en Les Misérables, no paró hasta devorarse por completo el libro, tratando de grabar cada palabra en su mente. Una semana atrás había comenzado a releerlo. Cada noche antes de dormir leía detenidamente cada página como si fuera la primera vez. Todavía le faltaban algunos capítulos para terminarlo, pero esa noche trataría de conseguirlo.

Por último, desde la parte más alta de las Doce Casas, la brisa nocturna movió suavemente los rosales de un lado a otro, mientras su dueño observaba a la distancia. ¿Qué pasaría con sus rosas durante su ausencia? Le había tomado bastante trabajo restablecer su jardín y ahora tendría que dejarlo de nuevo para marcharse por tiempo indefinido. Sonrió al pensar que su verdadero temor no eran sus rosas: Afrodita temía a pasar tiempo con los demás santos. La relación con ellos jamás fue del todo aceptable y, después de que se descubrió el engaño de él y Máscara de Muerte, no sabían cómo reaccionarían sus compañeros a semejante estafa. Y, ahora estaba forzado a verlos, tendría que enfrentar sus demonios si quería regresar con vida.

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Un jarrón se rompió al estrellarse contra la pared. Hera estaba más que furiosa. Había conseguido su objetivo, pero no podía sacarse de la cabeza la forma en que esos mortales habían hecho mofa de ella. Así que, tan pronto pisó el Olimpo, a sabiendas de que Zeus no estaría cerca, decidió dar rienda suelta a toda la rabia que tenía dentro.

—Señora. —Una voz a sus espaldas la hizo detenerse. Miró por encima de su hombro hacia la puerta, donde una silueta cubierta con un largo manto negro le ofreció una reverencia. —¿Llamaste por mi?

—Sí. Tengo planes para ti. —La diosa sonrió maliciosamente.

—¿En qué puedo servirte, Hera?

—Trece hombres viajarán a nuestro tiempo dentro de poco. Quiero que les vigiles. Cada movimiento suyo debe ser de mi conocimiento.

—¿Mortales? ¿Qué han hecho esos hombres para ser de su interés, mi señora? —La mujer le cuestionó.

—No son simples mortales. Son lo más cercano a dioses entre los de su tipo y, además, están protegidos por la voluntad de Athena. No necesito explicarte cual es mi relación con ella.

—Comprendo. ¿Debo hacer algo más que vigilarlos?

—Por ahora, no. — Al escuchar a Hera, la mujer asintió. —Hay algo más. Zeus no puedo enterarse de esto. ¿Entendido?

—Será como ordenes.

Con el mismo sigilo con que había llegado, la mujer desapareció, dejando en soledad a la diosa reina de nueva cuenta.

Sin que pudiera evitarlo, una carcajada escapó de sus labios.

"Esto es un duelo de voluntades, Athena, en el que solo una de las dos prevalecerá."

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Había amanecido en el Santuario y los trece santos dorados se encontraban reunidos en la entrada del Templo Principal. Ahí, junto a ellos, se encontraba su diosa, escoltada por sus cinco santos divinos y Shion. Todos esperaban la llegada de Zeus que marcaría el comienzo del viaje por el que tanto habían esperado la noche anterior. Nadie lo diría en voz alta, pero deseaban que el momento llegara rápido. Mientras más pronto iniciara, más pronto terminaría.

Entonces, un resplandor anunció la llegada del dios supremo. El estallido de un trueno resonó en la gran explanada y la túnica de Zeus se batió con la brisa fresca de la mañana.

—¿Listos? —Les preguntó tras ofrecer sus saludos a los presentes. Ellos asintieron.

—Volveremos, Athena. —Dohko sonrió. Aunque tenue, la seguridad que su orgullo traía se reflejaba en sus facciones. —Mientras tú estés ahí para guiarnos, volveremos.

—Entonces, nos veremos de nuevo. Cuando me necesiten, ahí estaré para ustedes.

—Se los encargamos. Athena y el Santuario quedan en sus manos. —Camus miró, primero a Hyoga y luego al resto de los chicos.

—Déjalo en nuestras manos. —La sonrisa de Seiya se ensanchó y la seguridad que emanaba de ella les resultó refrescante.

—Estamos listos.

Zeus contempló sus rostros por un momento más. Después, su dedo apuntó hacia el norte. Un fino rayo de luz salió de en medio de la nada, creciendo lentamente hasta convertirse en un portal que emitía una luz tan potente que impedía mirar al otro lado.

—¡Hora de irnos! —Milo rió.

Y uno a uno, los trece fueron perdiéndose en el destello que los envolvió con su brillo desmedido. Cuando la silueta del último de ellos se hubo perdido en el portal, éste se cerró y no quedo nada más que el vacío de su ausencia bajo el cielo azul.

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Saga fue el primero en distinguir la luz del Sol a través del oscuro túnel que atravesaban. Poco a poco, la luz del portal se fue desvaneciendo, permitiendo que sus ojos recobraran la visión. Cuando por fin se vieron completamente libres de su influjo, lo que les rodeaba les tomó por sorpresa.

Un cielo tan azul como el que habían dejado atrás se veía sobre sus cabezas. Las nubes danzaban perezosamente a través del manto celeste, mientras un soplo de aire cálido las arrastraba hacia el norte. Frente a ellos, un gran edificio de formas clásicas les invitaba a continuar, a conocer ese mundo al que recién llegaban. Los jardines reverdecían en soledad. No había nadie ahí esperando por ellos.

—¿Esto es Grecia?

—No es solo Grecia, Afrodita. Ésta es la Grecia del Mito. —Le respondió Aioros.

El santo de Piscis pudo jurar que había un innegable dejo de emoción en la voz del arquero dorado. No dudaba el porqué. Esa era la tierra de sus antepasados: un mundo de leyendas y héroes, donde la fantasía superaba con creces a la realidad. Y ahí estaban, dispuestos a presenciar la historia con sus propios ojos y a tomar en sus manos el destino que esperaba por ellos. Habían llegado.

—Camina, que nos dejan. —Afrodita miró hacia su izquierda, donde la mano de Máscara de Muerte se posaba sobre su hombro.

El resto se había adelantado un par de pasos, hacia el gran templo que estaba enfrente. Adentro, encontraron nada más que las sombras de un oscuro pasillo iluminado por decenas de antorchas. Lo siguieron, a pesar de que no sabrían hacia donde les dirigía. Caminaron en silencio hasta llegar ante una enorme puerta decorada en oro y plata.

De pronto, ésta se abrió, dejándoles libre el paso.

—Bienvenidos. —Oyeron una voz retumbando como el eco. —Soy Athena, diosa de la sabiduría y su señora.

-Continuará…-