Capítulo 3
La diosa detrás de la mujer
—Soy Athena, diosa de la sabiduría y su señora.
Sus vibrantes y profundos ojos grises miraban fijamente a los trece santos que aún no alcanzaban a salir de su asombro. La mujer que estaba frente a ellos era muy distinta a la Athena que conocían.A su lado, Saori era apenas una niña que poco podía compararse con la regia diosa que les sonreía cálidamente mientras en silencio examinaba cada detalle de ellos. Su simple presencia exudaba poder y respeto, pero a la vez, su aura tranquila traía una sensación de paz a sus espíritus atribulados.
Era una mujer alta y hermosa, de cuerpo atlético, pero a la vez femenino. Vestía un peplo blanco, ceñido a su cintura, que resaltaba las formas generosas de su cuerpo. Sus cabellos oscuros caían sobre sus hombros, enmarcando con un bello contraste a la blanca tez de su rostro, mientras sus ojos grises y labios rosas, complementaban la inigualable belleza de la diosa. Pero más allá de sus rasgos atractivos, su porte elegante y altivo la identificaba. Sostenía en su mano derecha el báculo de Niké y, a la izquierda, descansando sobre el costado de su trono, se encontraba el legendario escudo.
La mujer caminó lenta y ceremoniosamente hacia ellos. Se detuvo solo a unos pocos pasos, y una sutil sonrisa se dibujó en sus labios.
—Bienvenidos—les dijo—. Zeus me ha informado de su visita y de las misiones que les han sido encargadas por designio de Hera. Pueden contar con que haré todo dentro de mis posibilidades para sacarles victoriosos de este reto.
—Agradecemos sus palabras, señora. —Shaka fue el primero en hincar la rodilla, gesto que fue imitado de inmediato por el resto.
—De pie. —Los invitó a levantarse con una seña. —Las reverencias no son necesarias.
Mientras ellos se levantaban, la diosa no dudó en observarlos con atención. Detenidamente, siguió cada uno de sus movimientos, como si intentara encontrar algo especial en ellos, algo que ellos mismos desconocían.
La minuciosa inspección por parte de la pelinegra no les pasó desapercibida y, aunque visiblemente incómodos, ninguno de los trece se atrevió a pronunciar objeción alguna. Pero los ojos grises de la diosa no eran unos que les miraran con morbo o lascivamente, sino que aquella peculiar mirada solo delataba su curiosidad. Jamás en su vida había visto hombres vestidos de una forma tan graciosa, no en la Era del Milo. Su vestuario, consistente en ropas de entrenamiento, no era comparable con las túnicas, los faldellines y la indumentaria del día al día de los griegos. Observarlos estaba resultando todo un espectáculo. Así, continuó su inspección, hasta que una sonrisa le iluminó los labios.
—Son demasiado llamativos para esta época. —Por fin, les dijo. —Tendremos que conseguirles atuendos más… apropiados para este tiempo. No quisiera que se metieran en problemas por esa forma de vestir.
Una sola idea cruzó por la cabeza de Máscara de Muerte.
"Faldellines no, por favor."
Pero la diosa pasó por alto los rostros sorprendidos de sus santos ante la mención de las ropas griegas. Simplemente giró la vista hacia la derecha, buscando entre las sombras por alguien en especial.
—¡Herse!—llamó.
Transcurrieron un par de segundos antes de que la aludida se mostrara. Su frágil figura, enmarcada por un finísimo velo que le cubría los largos cabellos rubios, capturó la atención de los santos. La joven caminó hasta su diosa, a quien le regaló una reverencia.
—Mi señora—respondió, fijando sus ojos verdes cual esmeraldas en la deidad.
—Llegaron, Herse. Por fin, están aquí: mis santos—indicó—. Zeus ha hablado con la verdad al decir que vendrían a seguir los pasos de Heracles.
—Sean bienvenidos. Nos honra su presencia. —Herse se volteó. Esta vez, la reverencia fue para los jóvenes guerreros.
Levantó la mirada para centrarla en ellos. Había escuchado demasiado sobre aquellos hombres; de cómo algún día sacrificarían sus vidas por aras del mundo y retarían a los dioses para salvaguardar a la humanidad. Sin duda era un honor estar ante su presencia. Todos ellos eran jóvenes, hermosos y de porte elegante y orgulloso, pero ninguna de estas características opacaba la verdadera belleza que se escondía dentro de sus corazones.
Con todo, uno de ellos atrapó su atención. Aquel de cabellos castaños oscuros y ojos turquesas era diferente a los demás. Las diferencias eran evidentes.
Herse lo sabía por la profundidad de su mirada, por ese aire antiguo y sabio que se dejaba ver a través de las ventanas del espíritu. No era como el resto y eso bastó para que la doncella encontrara algo terriblemente atractivo en él. Más aún, la forma en que él correspondió a su curiosidad con una sonrisa, consiguió sacarla de balance; acelerando los latidos de su corazón y desencadenando que sus mejillas se tiñeran de rojo. Nunca un hombre había tenido ese efecto en ella.
—Ella es Herse, princesa de Atenas y mi sacerdotisa. —La voz de Athena la sacó de sus divagaciones, haciéndola respingarse. Se repuso rápidamente, curvando sus labios en una sonrisa. —Siéntanse en libertad de solicitarle todo que lo que les sea necesario. Ella se encargará de conseguirlo por ustedes. —Tras una breve pausa, la diosa continuó. —Herse, por favor, trae las ropas que tenemos preparadas para ellos.
La doncella asintió, perdiéndose de inmediato en los intricados pasillos del templo. La tranquilidad de su rostro contrastaba con la de los santos quienes, a causa de la insistencia con el asunto de las ropas, no pudieron guardarse su ansiedad. Intercambiaron miradas, a sabiendas de cuales eran los pensamientos del otro. Al final, sabían que tendrían que hablar.
—Athena. —Saga arrugó el entrecejo y torció ligeramente la boca. Se hubiera soplado los flequillos, pero no quería parecer grosero con la deidad. —Perdona mi atrevimiento, pero creo que hablo por todos cuando digo que preferiríamos conservar nuestras ropas. No estamos acostumbrados a los atuendos de esta época.
La diosa soltó una risita mal disimulada. Que esa petición viniera de unos hombres con antecedentes impresionantes como aquellos, le resultó divertido.
—Tranquilos. Si bien nunca habíamos tenido la oportunidad de ver ropas como las suyas, hemos hecho nuestro trabajo. No les obligaremos a usar atuendos tradicionales, pero sí algo menos… llamativos.
—Menos mal. —Saga suspiró.
La diosa sonrió al verlos relajarse. La bienvenida esta siendo tan interesante como la había imaginado.
—Bien, habiendo superado el asunto de la ropa, supongo que tendrán hambre—dijo—. Síganme. Hemos preparado viandas para ustedes.
Y ninguno refutó.
Caminaron por los pasillos del templo, liderados por su diosa. La verdad era que, tras olvidarse de la tensión y los nervios del primer encuentro, el lugar parecía menos oscuro y amenazante. Poco a poco fueron dejando atrás los corredores repletos de altas columnas y de habitaciones semidesiertas, hasta llegar frente a una gran puerta de madera, pretenciosamente adornada con imágenes de olivos decoradas con oro. Al abrirla, se reveló una habitación que competía en belleza con la elaborada puerta, digna del templo de una diosa. En el centro, una mesa repleta con todo tipo de platillos esperaba por ellos.
—No sabíamos exactamente que servirles, así que hay variedad. Siéntanse libres de comer y beber cuanto deseen. —Athena les dijo.
Pacientemente, la diosa esperó a que sus santos tomaran asiento alrededor de la mesa y, al final, ocupó el lugar vacío que había quedado en la cabecera. Se mantuvo en silencio y expectante mientras ellos compartían. Lentamente, el ambiente se relajó. Pronto, los guerreros se encontraron departiendo y conversado animadamente, sin reparar siquiera en que los ojos Athena iban de uno a otro, analizándoles.
Apenas notaron cuando Herse se asomó a la puerta, sólo para ser llamada por la deidad regente, quien la invitó a sentarse a su lado. Ahí, ambas observaron un poco más.
—Increíble, ¿no te parece? —Athena fue la primera en hablar. Herse la miró, sin saber de que hablaba. — Después de todo lo que alguien como ellos ha vivido, que puedan conservar ese nivel de normalidad es de admirarse. —La joven, entonces, asintió. —Eso es lo admirable de ustedes, los mortales, Herse: esa voluntad que los hace levantarse una y otra vez, siempre empujando hacia adelante, ese afán de aferrarse a la vida y buscar lo mejor en ella. Todo eso es algo que nosotros los dioses nunca entenderemos. No mientras seamos inmortales—calló—. ¿Trajiste lo que te pedí? —preguntó, unos segundos después.
—Todo esta ahí, señora. —La rubia apuntó hacia la puerta, donde unas cuantas mujeres más esperaban, resguardando un cofre.
—Perfecto. Ordena que lleven las cosas a la habitación de al lado. Cuando terminemos aquí, los mandaré para ahí.
La sacerdotisa hizo como se le solicitó y después regresó a acompañar a su diosa. Athena se había servido una copa de vino, de la cual bebió pequeños sorbos, sin despegar los ojos de sus guerreros. Tras varios minutos, un súbito silencio cayó, mientras eran ellos los que la miraban sin saber que esperar. Ella, entonces, apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos de sus manos y apoyó la cabeza sobre ellos. Sus labios se curvaron en una sonrisa y supo que era momento de compartir sus pensamientos.
—Intento saber quienes son—confesó, con la sonrisa en la boca—. Veamos si he acertado. Primero, ustedes dos son… Saga y Kanon de Géminis. Esa fue la parte fácil—dijo, mirando a los gemelos.
Los dos peliazules asintieron. La diosa había estado atenta a sus conversaciones y observando características de su personalidad que le permitieran reconocer la identidad de cada uno.
—Tengo dos. Me faltan once—continuó—. El otro par de hermanos. El de cabellos más oscuros es… Aioros de Sagitario, y tú, eres Aioria de Leo. Reconozco un león cuando lo veo. —Le guiñó el ojo con complicidad. La reacción incómoda del santo de Leo les robó una risa a todos. —Bueno, ahora que hemos abochornado al león, podemos seguir. El siguiente eres tú. —Señaló al santo de las rosas. —Eres Afrodita de Piscis y, tu amigo de cabellos azules más cortos, Máscara de Muerte de Cáncer. ¡Que nombres los de ambos! —Rió.
—En realidad tengo un nombre. —Máscara de Muerte habló, acaparando la atención por unos segundos. —Pero no pienso decir cual es. —Su respuesta robó una carcajada a la diosa.
Le agradaba en esos hombres. Mucho.
—¿Vas a dejarnos con la duda? —El italiano sonrió. —Vale, vale. Seguiré entonces. Ustedes tres, fueron los primeros a los que identifiqué: Mu de Aries, Aldebarán de Tauro y Shaka de Virgo—celebró al dejarlos boquiabiertos—. Los siguientes son Escorpio y Acuario; eso son los dos peliazules. Tú eres Shura. —Apuntó hacia el cabrito dorado. —Y… ¡Dohko! —Terminó, orgullosa.
"Dohko."
El corazón de Herse dio un vuelvo. Ese era su nombre: Dohko.
—Impresionante—Aioros musitó, sin salir de su asombro—. Identificarnos a todos por nombre y constelación con solo vernos. Dudo que nosotros mismos nos conozcamos así de bien.
—No fue tan fácil. Siendo honesta, Dohko sí que me dio trabajo. Dime, ¿Por qué el mote de antiguo maestro?
—Es una larga historia, señora—respondió.
Athena alzó una ceja. Lo miró y después hizo lo mismo con Herse. Al final, se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de su asiento.
—Herse yo tenemos suficiente tiempo y estamos ansiosas por saber. ¿Por qué no nos cuentas la versión corta?
Dohko suspiró. Contó su larga y turbulenta historia de la manera más resumida que pudo. Aún así, la diosa no perdió detalle de cada palabra del santo de Libra y, de vez en vez, abría los ojos cuando algo conseguía impresionarla. Cuando el castaño hubo terminado, Athena calló por un par de segundos.
—¡Que historia!—habló—. Doscientos años más que estos… chiquillos. No me sorprende tanto respeto hacia ti. No debe ser fácil convivir con tantas generaciones separándoles.
—No lo es, Athena—musitó.
Los Trece agacharon la mirada. Saori Kido era apenas una niña, comparada con la mujer que tenían enfrente. Eventualmente, el tiempo la haría crecer, madurar, pero mientras tanto las diferencias entre ambas eran grandes.
—¿Qué sucede? ¿Por qué me miran de esa forma?—preguntó, notando el gesto reflexivo en el semblante de los jóvenes.
—La Athena de nuestra época es muy diferente a ti, princesa—confesó el Escorpio.
—¡Milo! —La reprensión de Shaka no se hizo esperar. Aunque, tanto la diosa como la sacerdotisa, se encontraban bastante asombradas por la afirmación del santo peliazul.
—Milo no está mintiendo. —El león salió a defender a su amigo. —Y no es que sea algo malo, señora. Sino que nuestra diosa es bastante joven e inexperta. Ella fue criada fuera del Santuario, sin enterarse de su origen divino.
—Aioria, es suficiente.
—Espera, Shaka. —Athena le pidió. —Quiero saber más. Por favor, continúen. Me gustaría conocer mejor a mi reencarnación.
Entonces, se hizo el silencio entre los santos. Las miradas afiladas no tardaron en aparecer en dirección de los santos de la quinta y octava casa, quienes parecían haber abierto la caja de Pandora. Sin embargo, dadas las circunstancias, lo más probable era que tuvieran que hablar. Athena no les dejaría irse sin explicaciones.
—De acuerdo, si nadie quiere hablar, lo haré yo. —Milo retomó la palabra. Se cruzó de brazos y frunció el ceño. —Como dijo Aioria, esta reencarnación tuya, Athena, tuvo que ser sacada del Santuario cuando apenas era un bebé. Por ello, nunca supo de su origen ni de su destino, hasta que el momento definitorio llegó.
—¿Cuántos años tiene?
—Catorce, señora—respondió Aioria—. Pero a su corta edad ha enfrentado muchos retos, de los cuales ha salido victoriosa. Ha luchado contra Ares, Poseidón y Hades, todo en un corto período de tiempo. Aunque las evidencias de su falta de madurez y experiencia han sobresalido en algunas ocasiones. —El león suspiró. Después, midió cuidadosamente sus palabras. —Nuestra preocupación radica en el hecho de que pasa mucho tiempo alejada del Santuario, acompañada de sus santos más cercanos. Ellos, al igual que ella, desconocen muchos aspectos de nuestro mundo, lo cual retrasa su aprendizaje.
—Comprendo. —La morena tomó una actitud reflexiva. —¿Ustedes no son los más cercanos a ella?
—No, pero sus razones son poderosas y completamente comprensibles. —Shura cerró los ojos y bajó el rostro. Aquella era una verdad de la que no le gustaba hablar. —Muchos de nosotros, en el pasado, nos hemos atrevido a levantar nuestra mano en su contra, ignorando su verdadera identidad. Era lógico que ella encontrara apoyo en otros santos, de menor rango, pero igual o más fieles que nosotros.
El semblante alicaído de los guerreros tornó el ambiente en uno muy sombrío. El arrepentimiento y dolor que se dibujaron en sus rostros era indiscutible. Esas eran las verdades que hacían daño en sus corazones y les envenenaban el alma. Posiblemente el tiempo había curado las heridas abiertas, pero las cicatrices eran unas que nunca se borrarían; y el distanciamiento con la joven diosa no ayudaba en lo más mínimos.
Lo que Athena entendía con claridad, eran las razones por las cuales su reencarnación insistía en mantenerse atada al mundo de los mortales. La soledad de un dios, muchas veces, resultaba desgarradora e infranqueable. Ella lo sabía por experiencia propia.
—Hace unos momentos, mientras les observábamos, Herse y yo conversábamos acerca de ustedes—dijo, tras un largo y doloroso silencio—. Admirábamos el hecho de que, a pesar de todas las pruebas difíciles que podían haber tenido, mantenían aún esa aura de normalidad y de compañerismo entre ustedes. Creo que, después de esta plática, mi admiración por ustedes solamente ha crecido, mis santos. Sin duda la vida les ha puesto pruebas complicadas y duras.
La respuesta de su diosa los dejó sorprendidos. Esa no era la clase de reacción que esperaban después de una confesión como la que acaban de hacer. Esperaban muchas cosas, menos admiración.
—Pero, Athena… —Mu la miró, sin creerse lo que sucedía. Y no era el único.
—Comprendo la preocupación que sienten por su diosa, pero también les pido que sean pacientes con ella. Traten de comprenderla. Si ella es mi esencia, entonces entiendo perfectamente su enamoramiento con los mortales y el mundo en el que viven. Esos sentimientos que les rodean y que les hacen seres fascinantes ante los ojos de los dioses, son algo que ella no quiere perder. Si la quieren de regreso en el Santuario, necesitarán de mucho apoyo y de tiempo. Háganse amigos de sus amigos. Eso será muy importante para ella. —Al escucharla, Camus sonrió. Entendía la lógica de la diosa y la apoyaba. Si bien su relación con los santos de bronce no era mala, tampoco eran precisamente cercanos. —Por último, lo más importante es el perdón. Tienen que perdonarse a ustedes mismos, olvidarse del pasado. Si ella les ha perdonado, ¿por qué ustedes no pueden hacer lo mismo? Sólo cuando hayan apaciguado sus almas podrán ser libres y derribar esos muros que les separan de ella. Si están vivos es porque ella les ama, y la mejor manera de corresponder a ese amor es siendo felices.
En silencio, cada uno de los presentes se repetía, una y otra vez, las palabras de su diosa. Aquella simple, pero poderosa verdad que hasta ese momento se negaban, tenía mucho más sentido de lo que parecía. Probablemente Athena estaba en lo cierto. Quizás era momento de dejar el pasado atrás. Aunque la idea de felicidad, para ellos, se sentía más y más lejana con el paso del tiempo.
Pero la pelinegra no les daría mucho más tiempo para pensar. Sin decir más, se puso de pie. Caminó hacia la puerta y, antes de abandonar la habitación, se detuvo para mirar hacia ellos.
—Las ropas de las que hablamos antes están en la habitación de al lado. Cuando hayan terminado de vestirse, búsquenme. Estaré en el megarón. Ahí, les daré las últimas instrucciones. —Les sonrió. —Herse, ven conmigo.
La doncella cerró la puerta detrás de sí, dejándolos solos. La súbita falta de opiniones se sintió aún más punzante después del breve intercambio de palabras. Ninguno se atrevió siquiera a moverse.
—Bien. —Aioros exhaló, mientras se ponía de pie. —No la hagamos esperar.
Uno a uno, fueron levantándose, hasta que la mesa quedó prácticamente vacía. Solamente Saga y Kanon permanecieron.
Atrapados en sus pensamientos, no se atrevieron a moverse;muchos menos a mirarse. Simplemente callaron, dejando que ese silencio fuera el que se expresara por ellos. Habían muchas cosas que nunca se habían dicho y que, probablemente, jamás dirían.
Al fin, Saga se levantó de su asiento, encaminándose hacia la otra habitación, donde el resto de ellos se encontraba. Al pasar por detrás de la silla que ocupaba su gemelo, sintió la necesidad de detenerse y así lo hizo. Posó sus manos sobre los hombros de Kanon, con suavidad. Sin que el antiguo general marino se lo esperara, los labios de su hermano depositaron un beso sobre su cabello.
—Nunca te lo dije antes, pero necesito de tu perdón—le susurró.
Kanon se quedó impávido. No alcanzaba a creer lo que escuchaba. Esa era la primera ocasión en que Saga se abría de esa manera con él. No supo que responder. Su mente no encontró las palabras adecuadas para responderle, pero con lo que había escuchado era suficiente. Atinó a posar su mano sobre la de Saga, en un silente gesto que delataba su respuesta. No era necesario decir nada más.
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La joven jugueteó nerviosamente con el mechón de largos cabellos lilas que tenía en sus manos. Llevaba varios minutos ahí, sentada, sin hacer nada más que observar detenidamente las cajas de Pandora con los símbolos de las doce constelaciones doradas en ellas. Las miraba sin descanso, pensando en sus dueños. Hubiese querido recordar más detalles acerca de los jóvenes pero la triste verdad era que no los conocía lo suficiente como para hacerlo.
Después de la guerra santa contra Hades, los había traído de regreso. Sin embargo, en el fondo de su corazón se debatía acerca de cuales eran las razones que la llevaron a tomar semejante determinación. Los quería. Mucho. Pero no podía descartar que hubiera cierta ambición personal en ella. Los Doce y Shion eran importantes para el Santuario, el eje sobre el cual giraba ese mundo desconocido para ella, así que si regresaban, serían una valiosa ayuda para mantener las cosas en orden. De esa forma, su presencia sería menos necesaria y los viajes a Oriente no tendrían que ser tan esporádicos.
Lo que le dolía de toda la situación, era que ella y la Élite Dorada no eran lo cercanas que les gustaría.
—Princesa, ¿estás bien? —La voz de Shion la hizo brincar, tomándola desprevenida.
—Pensaba en ellos—confesó. Respiró profundamente, tratando de olvidarse del susto anterior. —¿Crees que estén bien?
El lemuriano sonrió. Se sentó en los escalones cercanos al trono, pensó por un momento y, después, ofreció una respuesta.
—Lo estarán. Encontrarán la manera de salir de esto…siempre lo hacen. Estarán aquí mucho antes de lo que nos imaginemos, Athena. Ten fe y paciencia.
—Sé que volverán. —La joven diosa se mordió el labio. —Es sólo que no puedo dejar de pensar que, si algo les sucede, será mi culpa. No me lo perdonaría. Nunca debía permitir que este juego de Hera llegara tan lejos. Debí imponerme como la diosa que soy y no lo hice. ¡No es justo! —Exclamó, furiosa consigo misma.
El Patriarca se puso de pie para acercase a ella y consolarla. Con cuidado, acarició sus largos cabellos.
—Si conozco a esos chicos la mitad de bien de lo que creo hacerlo, no había absolutamente nada que pudieras hacer para disuadirlos de ir. Como santos dorados que son, su orgullo jamás permitiría que alguien cuestione sus méritos.
—Aún así. No quiero perderlos, Shion. Ni siquiera los conozco, ¿cómo podría perderlos así?
—No lo pienses, princesa. No vas a perderlos. —La interrumpió el peliverde. —Volverán y, entonces, tendrás toda una vida para conocerles.
—¿Puedo pedirte algo? —Le miró, apenada. El Santo Padre asintió. —¿Podrías hablarme de ellos?
Shionle sonrió. Retomó su lugar en las escaleras, al lado del trono de su diosa. Ahí, comenzó a narrar las historias de la niñez y juventud que recordaba con perfección sobre sus jóvenes discípulos.
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Después de todo, la elección de ropas por parte de Athena no había sido un completo desastre como habían pensando. Aunque Mu no había conseguido guardarse la risa cuando Milo comentó que todos terminaron siendo una mala imitación de Kiki, puesto que la indumentaria resultaba peligrosamente parecida a la del aprendiz de Aries.
Así, con sus nuevos atuendos, los santos salieron en busca de su diosa. Tal como les dijera, la encontraron en el megarón, sentada en su trono y en compañía de su sacerdotisa. Al notar la presencia de los santos, la conversación que sostenían perdió todo tipo de interés, para que ambas se centraran solamente en los jóvenes.
—Han quedado bien. —La diosa rió. —Creo que es momento de comenzar su travesía.
Tras una señal de la deidad, un par de hombre apareció, arrastrando consigo un viejo baúl de madera, que fue depositado frente a los santos, a los pies de la diosa. Cuando se retiraron, la morena descendió y abrió el pesado cofre. De adentro, sacó trece juegos de espadas, arcos y carcaj repletos de flechas; uno para cada guerrero.
—Tomen uno. —Se los entregó. Mientras ellos se acomodaban las armas, ella permaneció a un lado, observando. —¿Algo más que necesiten?
—Hay algo…
—Anda, Mu. Dime.
—Un mapa. La región, si bien no nos es completamente desconocida, tampoco es exactamente igual a la que estamos acostumbrados.
—Una buena elección. —Athena sonrió. En su sonrisa había cierto aire de altivez. —Lo tengo listo. Una sabia decisión.
—Una sabia diosa la que sabe que será de utilidad—respondió el carnero, con cierta complicidad implícita.
—Dáselos, Herse.
La rubia se acercó y entregó al santo lo que se le solicitaba. Cuando lo abrió, Mu descubrió que el camino hacia Nemea estaba marcado. Viajarían al suroeste.
—El mapa indica el camino hacia la primera misión. Después de cada tarea, regresen a Atenas. Es importante—explicó la diosa—. El mapa que tienen se irá ajustando hacia la tarea en turno. ¿Entendido? —Los vio asentir y supo que la hora había llegado.
—Estamos listos—dijo el arquero dorado.
—En tal caso, mis santos, que Niké les corone.
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—¡Un momento! ¡Por favor, esperen!
Los gritos de Herse les hicieron detenerse, justo a mitad de la stoa. Esperaron a que ella les diera alcance y a que recuperara la respiración tras la carrera. El Sol brillaba en su cenit, por esa razón tendrían que apurarse para aprovechar las pocas horas de luz que les quedaban.
—¿Qué sucede? —Dohko le preguntó.
—Athena me ha pedido que les acompañe hasta la salida de la ciudad. De ahí en adelante, continuarán solos.
Dohko le sonrió y la invitó a seguirlos, con un movimiento de cabeza.
Afuera de los largos corredores techados que limitaban el templo de la diosa, la ciudad cobraba vida. Las calles rebozaban de gente involucrada en todo tipo de actividades. Desde los mercados que se situaban el ágora, hasta los pequeños grupos de filósofos que vagaban por la ciudad, perdidos en su propio mundo de conocimientos; todo era tan diferente a lo que tenían en Rodorio.
Herse también resultó ser una sorpresa. Detrás de la jovencita tímida que apenas pronunciaba más de un par de palabras seguidas, se escondía una persona muy popular entre los habitantes de Atenas. Un sinnúmero de personas se acercaban a ella. Fuera para saludarla, pedirle sus bendiciones o hacerle obsequios, la doncella nunca les negaba una sonrisa repleta de gentileza y empatía.
—Vaya que te aprecian. —El santo de Libra le comentó.
—Y me siento honrada por su cariño. —La chica le tendió una manzana, regalo que le hiciese una anciana un poco antes. —Como sacerdotisa de Athena, mi deber es velar por el pueblo. Con mis votos, la ciudad pasó a ser mi prioridad. Además, existen tantas formas para hacer sentir bien a alguien, que no es algo que me pese. Algo tan sencillo como una plegaria puede hacer mucho bien a un alma atormentada.
—¿Qué te parece? Eres todo lo que imaginaba y más. —Las palabras del chino la hicieron sonrojase.
—Gracias—susurró.
Unos pasos detrás del par, el resto de los santos iban perdidos en el ir y venir de la ciudad. Pocas veces tenían la oportunidad de abandonar el Santuario y bajar hasta el pueblo; y aún cuando lo hacían, la gente solía comportarse diferente en su presencia. En cambio, ahí, a pesar de que su presencia era notoria, nadie parecía dispuesto a pasar demasiado tiempo dilucidando sus identidades. Oportunidades como esa, eran algo que no estaban dispuestos a dejar escapar.
Había que admitir que la visión de la sacerdotisa de Athena, rodeada de hombres fuertemente armados, no era habitual. Pero dada la reputación de la diosa como ferviente apoyo de toda clase de héroes, se esperaba que aquellos estuvieran destinados para un plan mucho mayor del que cualquier mortal podría aspirar. Sus apariencias, en la mayoría, no eran las de griegos, pero su conocimiento del lenguaje era impecable; así que, por lo demás, encajaban bien en esa sociedad antigua.
—¡Oye, Aioria! —Milo, quien junto con Camus se habían rezagado, alzó la mano para atraer la atención del felino dorado. —Ven y mira esto—apuntó hacia un puesto ambulante que vendía toda clase de joyas y curiosos adornos—. ¿No te gusta? —Le preguntó.
En sus manos, el peliazul sostenía un hermoso colgante dorado, con un águila tallada en el metal. Cuando el santo de Leo se aproximó lo suficientemente cerca como para ver con detenimiento la pieza, Milo comenzó a balancearla, de una lado a otro, como si quisiera hipnotizarlo.
—Deja, bicho. —De una manotazo, Aioria le arrebató el dije.
—No me preguntes, pero creo que a cierta pelirroja, amiga tuya, le encantaría tener uno así, ¿no crees? —La sonrisa burlona de Milo se ensanchó.
—¿Qué demonios haces pensando en Marin?
La mirada rabiosa y recelosa del león, le sacó una sonrisa a Camus; el plan de Milo estaba funcionando.
—Pienso en tus intereses, amigo. ¿Por qué no se lo compras?—escupió el de Escorpio.
—¿Con qué dinero? —Aioria bufó, soplando los rizos castaños que caían sobre su frente. —No creo que sea una buena idea pedir dinero a Athena para comprar un regalo para mi novia—continuó, con ironía.
A diferencia de la suya, la cara de Milo se iluminó con esa afirmación.
—¡Ah! ¡Admites que es tu novia!—exclamó. De inmediato, se volteó hacia el de Acuario. —¡Te lo dije! Tendrás que pagarme, Camus. Quiero mi dinero tan pronto regresemos.
Camus chasqueó la lengua. Desvió su mirada hacia Aioria quien, en completa incredulidad, miraba de uno a otro santo, mientras los colores se le subían al rostro. El par de sonrisas en los labios de ambos, le incomodó todavía más.
—¿Milo?—siseó, arrastrando las palabras—. ¿Tú y el pedazo de hielo apostaron sobre Marin y yo?
—Tranquilo, gato. Verás, mi amigo aquí, no creía que hubieras sido capaz de confesarle a Águila lo que sientes por ella. Yo, por el otro lado, tenía plena confianza de que, en algún lugar, encontraste el valor para hacerlo. Claro, el buen Shaka me confirmó en varias ocasiones tus habilidades como escapista para ir a visitarla. —Cruzó el brazo sobre el cuello de un ofendido santo de Leo que se contenía a más no poder.
—Les odio… a todos. —Volvió a sisear, muy despacio. —Idiotas chismosos. Consíganse una vida.
—¡Eh! Que no tienen nada de malo lo que haces. Sería mucho más preocupante si hubieses elegido a alguien… no sé… —Milo se lo pensó. —Más masculino, como… Ikki o Jabú. —Terminó, burlándose.
El desencajo en el rostro de Leo terminó por desencadenar las carcajadas de Escorpio. No pasó demasiado para que el resto se uniera a él. El comentario había llegado hasta sus oídos. Incluso Herse, con discreción, rió ante las ocurrencias del escorpión dorado.
Pero, sin que la rubia lo notara, un par de ojos turquesas se habían posado en ella. Dohko no sabía porqué, pero había algo en esos gestos inocentes y suaves que le robaba la atención. Era hermosa, sí; más su belleza iba más allá del físico, y por ello, le resultaba innegablemente atractiva. Sin embargo, y a pesar de lo repentinos que eran esos sentimientos, el santo de Libra no podía sino plantearse la situación en un contexto en el que cualquier decisión resultaba imposible. Vivían en tiempos distintos, con siglos de por medio; y ella había hecho votos de castidad para servir a Athena. Su decisión de mantenerse inmaculada era una que el Antiguo Maestro respetaba y que no se atrevería a amenazar. Lo mejor era olvidarse de sus pensamientos y seguir adelante, enfocado únicamente en las misiones que les habían sido encargadas.
Poco después del incidente entre Milo y Aioria, el imponente arco de piedra que delimitaba la polis se alcanzó a distinguir. Al acercarse, pudieron apreciar las hojas de olivo que habían permitido a Athena regirse como señora de la ciudad, superando a Poseidón, señor de los mares. En medio, tallado en un griego perfecto, estaba el nombre de la ciudad.
Cuando cruzaran el arco, habrían abandonado Atenas y estarían en camino a la primera de sus misiones. A partir de ahí, se jugarían todo. No había margen de errores que pudieran permitirse.
—Tengan. —Herse les entregó una pequeña bolsa, repleta de monedas. —Debe bastarles para moverse con tranquilidad por nuestro país. Podrán comprar comida y conseguirse un techo donde descansar por las noches. — la chica los miró por una última vez. —Les deseo lo mejor.
—Gracias. Dile a Athena que estaremos de regreso pronto.
La sacerdotisa asintió a las palabras de Dohko. No lo dudaba. Volverían.
En silencio, los vio alejarse hasta que, de poco a poco fueron quedando lejos del alcance de su vista. Ellos no mirarían atrás y hacían bien. Nadie mejor que Herse sabía que Athena no iba a dejarlos desvalidos, que estaría ahí para ellos; siempre. Los santos saldrían victoriosos. Niké pondría una corona de olivo sobre sus cabezas. Mientras tanto, la diosa y ella esperarían con paciencia.
Un nuevo mundo se abría frente a los guerreros. El destino esperaba una vez más por ellos, y como se había vuelvo costumbre, los santos le retarían a atraparles en sus crueles garras. Esta vez, no peleaban por nadie más que por ellos mismos. Era su vida la que encontraba en juego.
—Aquí vamos—Shura susurró.
Y sus palabras fueron arrastradas por el suave viento de esa calurosa tarde en la Grecia del Mito.
-Continuará…-
