Capítulo 5

De regreso a Atenas

—Nos debes una explicación, Kal. Estamos esperando—insistió el santo de Escorpio.

—No sé de que me hablas. —La pelipúrpura se liberó del agarre de Milo con un manotazo. Intentó escapar, pero los demás le impidieron el paso.

La tensión se dejó sentir por unos pocos, pero eternos segundos, hasta que los jóvenes se movieron, dejándole el paso libre a la chica. De inmediato, ella se alejó sin mirar atrás. Lucía ofendida y harta; incluso desconcertada por el súbito cambio de actitud de los santos. Aunque Escorpio y Cáncer intentaron seguirla, rápidamente fueron detenidos por Shaka, quien les tomó del brazo con firmeza.

—Déjenla ir. No tiene caso seguirla.

Kal no desperdició la oportunidad. Sin mirar atrás apresuró el paso hasta perderse en los sinuosos caminos que descendían hacia el pueblo. En realidad se sentía furiosa… se sentía frustrada. Tocó con suavidad la marca rojiza que el agarre de Milo había dejado en su brazo y no pudo evitar que una lágrima se le escapase.

Cuando se hubo alejado, miró hacia atrás con disimulo. Los santos se encontraban fuera del alcance de su vista. Entonces, dejó que una nube de humo blanco la envolviera mientras su verdadera identidad quedaba lentamente al descubierto. El olor de la sabana de Nemea desapareció, cediendo su lugar al dulce aroma de las flores del Olimpo. El mundo a su alrededor cambió, haciéndole saber que volvía a casa. A su vez, sus cabellos cortos crecieron, hasta alcanzar casi sus rodillas. Sus ojos azules se tornaron violetas y sus ropajes de campesina mutaron en una hermosa túnica, digna de un princesa.

Encontró su reflejo sobre las aguas de un tranquilo manantial. A su alrededor, los árboles y arbustos se engalanaban con los colores de sus frutas y sus flores. Todo el lugar olía a vida… a paz. Sin lugar a dudas, estaba en el Olimpo.

—¿Cuál es tu excusa? —Antes de que pudiera reaccionar, Kal volteó hacia sus espaldas, en busca de quien le llamaba. No muy lejos de ella distinguió los brillantes ojos de su señora.

—Señora Hera. —Le obsequió una reverencia. —Yo…

—Creí haber sido lo suficientemente clara al pedirte que solo observaras. —No la dejó continuar.

—Mi intención solo era ayudarle…

—¿Ayudarme? —terció la reina, matizando cada palabra con marcada ironía—. Insignificante y tonta hespéride. ¿Qué te hace pensar que necesito de ti? ¡Soy la reina de todos los dioses!—rugió.

La tomó del rostro para que viera la furia en sus ojos azules. Sin embargo, Kalonice rápidamente esquivó su mirada. Se sentía aterrada, impotente y humillada. Mordió sus labios para evitar que las palabras equivocadas escaparan de su garganta. Cualquier insignificancia podía costarle demasiado cara.

—Tienes suerte, pequeño insecto. —La voz de la reina madre, se había suavizado… pero el tono todavía era capaz de erizar la piel de la joven pelipúrpura. —Agradece mi misericordia, porque seguirás con vida a pesar de tu incompetencia. Pero, ¿quieres acabarlos, Egle?—pronunció su verdadero nombre—. Entonces, hazlo. Los quiero muertos, o será tu vida la que arrebate. No falles, porque no volverás a tener compasión de mi parte. —Tan pronto la liberó, Egle cayó de rodillas ante ella.

— Gracias, señora—musitó, a pesar de que todo lo que sentía era rabia y miedo.

Hera sonrió a sabiendas de que tenía lo quería. Sabía que la hespéride estaba aterrada y era consciente de que no había nada que no hiciera para tener sus favores de nuevo. Sin pronunciar otra palabra, se alejó, dejándola sola. A la distancia la oyó suspirar, solo para sentirse satisfecha.

Eagle la miró desaparecer en completo silencio. Cerró ligeramente los ojos y permitió que la nube de humo que la llevase hasta el Olimpo, la regresase al mundo de los mortales. No estaba dispuesta a perder demasiado tiempo y tampoco a permanecer por mucho en los dominios de Hera. La diosa reina había sido sincera: no tendría otra oportunidad.

Su cuerpo volvió a mutar lentamente, devolviéndole la apariencia de Kalonice. Ahora, tenía que ir detrás de los elegidos de Athena para recuperar su confianza. Tenerlos de enemigos era un lujo que no podía permitirse.

Al llegar Nemea, descubrió que el Sol comenzaba a desaparecer por el horizonte para dar paso a la primera noche de tranquilidad que la pequeña aldea experimentaría en años. Los protegidos de Palas tampoco estaban ahí, se había marchado. A lo lejos, Kalonice distinguió las chozas que conformaban el poblado. Con toda seguridad, los santos pasaría la noche ahí.

Decidió no importunarles más por ese día, pero tarde o temprano, sus caminos volvería a encontrarse.

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Ciertamente no esperaban que los aldeanos tomaran las calles de Nemea para celebrar su victoria. Sin embargo, eso era precisamente lo que había encontrando tan pronto alcanzaron las callejuelas del pueblo.

El viejo Lander sin duda que se las había arreglado para hacer público todo lo respectivo a su identidad, su misión y su éxito. Así que se hallaban rodeados de una pequeña multitud de gente que compartía con ellos entre felicitaciones y bendiciones por el bien hecho a la ciudad. Si algo, Nemea estaba repleta de gente agradecida.

—¡Bienvenidos, bienvenidos! —Lander se abrió paso entre la multitud para llegar hasta ellos. Estrechó a algunos en un abrazo lleno de sinceridad y agradecimiento. —Es una gran alegría verles a salvo, mis amigos. ¡Y han concluido su misión! Nuestras bella diosa estará complacida. Enhorabuena. —Sonrió.

—Gracias. —Mu devolvió la sonrisa. —La victoria es únicamente en nombre de ella.

—En efecto. Pero adelante, vayamos y celebremos. Son bienvenidos de pasar la noche entre nosotros de nueva cuenta. —Adelantándose a su petición, el anciano les ofreció hospedaje de nueva cuenta. —Nuestro pueblo les debe tanto. ¡La cena nos espera!—agregó mientras retomaba la marcha con los jóvenes guerreros a su lado.

Los chicos solamente atinaron a sonreír conforme le seguían. De pronto, y a pesar de todas sus vicisitudes, se sentían especialmente optimistas.

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Los cabellos rojos de la amazona brillaron aún con más fuerza bajo los tonos naranjas del atardecer. Apolo conducía su carruaje hacia el horizonte, despidiéndose de la humanidad hasta el día siguiente. Artemisa en cambio, tomaba posesión de los terrenos que su gemelo abandonase, mientras la fresca brisa de la noche daba un descanso a los habitantes del Santuario.

Pero Marin no se inmutaba. Sentada en las escalinatas del Templo Papal, observaba las doce casas a sus pies, encontrándolas terriblemente tristes y, sobre todo, vacías.

—Deja de pensarlo. Estará bien. —Águila volteó en busca de la otra amazona que le hablaba. Shaina no tardó en sentarse a su lado y, de la misma manera, sembró su mirada en las doce templos zodiacales.

—Son casi tres días sin saber nada de ellos—murmuró.

—Las malas noticias viajan más rápido que las buenas. Con seguridad se encuentran a salvo. —La peliverde enfatizó sus palabras con un sutil asentir. Palmeó el hombro de su compañera a manera de apoyo y guardó silencio, dejando que su presencia dijera todo lo que ella quería que Marin supiera. Sabía que era difícil y la apoyaba en ellos. Después de todo… eran Los Doce. ¿Qué más podía pasar?

Varios minutos escaparon con rapidez , mientras ellas seguían hundidas en un cómodo silencio. El Sol, a lo lejos, casi se había desvanecido y el olor del salitre llegaba a sus sentidos gracias a la brisa del Mediterráneo.

De pronto, sin que ninguna de las dos lo viera venir, en Meridia, la llama de Leo se encendió. El fuego que representaba al quinto signo zodiacal ardió con fuerza en el antiguo reloj.

—¿Qué…? —Ambas amazonas se pusieron de pie sin separar sus ojos de Meridia.

—¡Shaina! ¡Marin! —Los gritos de Kiki resonaron segundos después. Sus pequeñas manos se mecían en el aire en busca de la atención de sus hermanas de Orden, hasta conseguirla.

—Kiki. ¿Tú sabes que significa esto? —Shaina preguntó. Sus ojos viajaron rápidamente hacia Marin, quien contemplaba el espectáculo sin atreverse a pronunciar palabra alguna.

—¡Lo hicieron! ¡Superaron la primera prueba!—festejó el chiquillo—. ¡La princesa me lo ha dicho! ¡Shion también! —Se apresuró a explicar antes de que las preguntas de las jóvenes llegaran. —Cada vez que consigan alguna de sus tareas, el fuego del signo relacionado se encenderá en Meridia. Así todos podremos saber como van en sus tareas, y que tan pronto será su regreso. ¡La luz de Leo prendió! Eso significa que el león de Nemea ha caído, ¿no es así, Marin?

Aunque la pregunta del aprendiz le tomó por sorpresa, la amazona de Águila respondió con un movimiento de cabeza afirmativo.

Vio a Kiki soltar una carcajada cargada de alegría y, detrás de su máscara, se atrevió a compartir aquella sonrisa. En el fondo de su corazón se sintió agradecida. Los chicos estaban bien… Aioria estaba bien. No tenía nada más que pedir por ese día.

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La luz del Sol despuntó por encima de las montañas y poco a poco fue iluminando los tejados de las casas de adobe del pueblo. A pesar de lo joven que era el día, en la casa de Lander la mañana había sido especialmente agitada.

Desde temprano, los santos se había despertado, listo para iniciar el viaje de regreso a la ciudad de su diosa. Sabían que Athena esperaba por ellos y, aunque ninguno de ellos los dijese en voz alta, también sentían cierto orgullo por habar concluido la primera de sus misiones.

Un escueto desayuno y suficientes provisiones para el camino fueron lo último que recibieron del viejo alcalde. Unos pocos minutos después, llegó el momento de decir adiós.

—Aquí es donde nuestros caminos se separan, mis jóvenes amigos. El pueblo de Nemea jamás olvidará lo que han hecho por nosotros y, desde ahora les digo, nuestras plegarias estarán con ustedes a cada paso del camino. Que Athena les bendiga.

—No hay nada que agradecernos… sino lo contrario. —En un gesto que tomó desprevenido al viejo, Dohko estrechó efusivamente su mano. —Gracias por todo.

El resto de los guerreros se despidió con una sonrisa y un breve reverencia. No había más que decir ni hacer. El sendero de la vida los llevaba de regreso a Atenas, donde habrían de compartir las buena nuevas con la deidad regente. A diferencia del primer viaje, con mucha menos presión sobre los hombros, el regreso se tornó mucho más ameno y ciertamente menos callado. Había aires de esperanza rodeándoles y aquello era innegable.

—Veamos… —Milo giró los ojos y adoptó una expresión reflexiva. —La primera tarea nos ha tomado tres días. Así que, si continuamos a este paso, con un poco de suerte, tardaríamos poco más de un mes en finalizar con esto para regresar a casa.

—Me parece que pecas de optimista. —Shaka le respondió.

—Tal vez, tú eres el pesimista, Buda. —El aludido refutó, acompañando sus palabras con una muy madura sacada de lengua.

—Realismo no es lo mismo que pesimismo.

—Bah… no pienso discutir esto contigo. —El escorpión dorado se cruzó de brazos. —Eres el tipo más terco y obstinado del mundo.

—Eso, también es una mentira. —Shaka, ofendido, giró la cabeza. —Soy una persona transigente y lo suficientemente madura como para escuchar opiniones ajenas y respetarlas. Lo que sucede, y que tu confundes con terquedad, es que usualmente tengo la razón.

Varias miradas de soslayo se centraron en el rubio. Milo siempre hablaba de más, sin medir la magnitud de sus palabras, pero en aquella ocasión más de uno se sentía completamente identificado con él. Pero para el santo de Virgo, todas esas miradas inquisidoras no pasaron desapercibidas. En respuesta, alzó una ceja y devolvió las miradas con el mismo mohín repleto de reproche.

—Piensan lo mismo que Milo. —Y esa no era una pregunta. —Todos piensan lo mismo. —Sus ojos turquesas se centraron en un santo en particular, quien solamente atinó a carraspear y rehuir de su mirada. —Aioria, ¿tienes algo que decir?

— ¿Yo? —El castaño sacudió la cabeza. —No, no. No tengo nada que agregar.

—Anda, gato. Díselo de una vez. —Milo se entrometió. —Dile lo molesto que es cuando se cree superior a nosotros.

—Sí, o cuando tiene opiniones sobre todo. —Camus le miró de reojo y, de manera casi imperceptible, una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios. Iba a divertirse un rato a las costillas de Leo. —Como aquella vez… en que te aplicó todo un discurso correctivo por atreverte a llevar a Águila a tu templo a media noche.

— ¡¿Qué?! ¡Aioria! —El grito de su hermano sorprendió a Aioria todavía más que las palabras de Camus. —¡Yo no sabía eso!

El león dorado se sopló los flecos para después acomodarlos de un manotazo. Esa sería la última vez que hablaría con sus compañeros sobre aquella peculiar relación que se había construido entre Marin, Shaka y él; donde, con toda sinceridad, casi podía asegurar que él era el objeto de discordia entre los otros dos.

—"Maldito refrigerador con piernas." —Pensó. De inmediato se aclaró la garganta y, esbozando la mejor cara de inocencia que tenía, se volvió hacia su hermano. —No es lo que crees, Aioros. Negó con suavidad.

—Que mentira más grande, gato. —Antes de que pudiera continuar, Kanon se unió a la emboscada. —Todos sabemos lo que sucede con la pelirroja… y no es nada inocente. —Apenas el gemelo había terminado de hablar, una mano se estampó contra su nuca. —¡Au!

—Tan sutil como siempre—masculló su gemelo.

—Haz caso a Saga y mantente fuera de esto.. —Dohko miró a Kanon y, un segundo más tarde, volvió a mirar a Aioria. Su cosmos se sentía agitado mientras su rostro no se molestaba más en ocultar su molestia. —O, corres el riesgo de morir fulminado por un rayo.

—¡Y pensar que hace tan poquito eras solo un niño! —Aioria se golpeó la frente al escuchar de nuevo la voz de su hermano, quejándose. —Y ahora… ¡escondiéndote con una amazona!

—¡Aioros! ¡Ya! ¡Basta! ¡Deja esto por la paz!—gritó, cansado, ocasionando que las risas de sus compañero estallaran.

—Tranquilo, Aioros. El pequeño Aioria ya es un hombrecito. —Shura ahogó una risa.

—Ya pero… —El arquero dejó caer la cabeza.

—Te comprendemos, arquero. —Máscara de Muerte palmeó su hombro. —El mocosito ha crecido demasiado rápido y ahora se enreda con mujeres. —Las miradas de los dos castaños se centraron en él.

— Ya, ya. —Afrodita le siguió el juego. —En realidad, creo que el susto del arquero es porque Aioria es apenas un niñato para andar metido en esos asuntos. Aunque si supieras lo que ha vivido Milo pues…

Aioros se detuvo en seco, con una mirada recriminatoria para ambos. Cáncer y Piscis sonrieron, pero cuando la mirada del castaño se afiló más, retrocedieron para esconderse detrás de Aldebarán.

—Y todavía así, se los festejan. Eran unos niños y ya estaban metidos en… esos asuntos—refutó el arquero.

—¿Niños? Créeme que Milo no tenía nada de eso.

—En realidad era un niño precoz—terció el aludido mientras esbozaba la sonrisa más grande y cínica de todas.

—Y lo presumes. —Camus rezongó.

El santo de Acuario no fue el único en desaprobar. Los rostros de sus demás compañeros expresaron exactamente el mismo sentimiento. Después de todo, Milo era precedido por su reputación. El Santuario entero conocía sus andanzas.

—Estoy seguro que fuiste el mal ejemplo que siguió Aioria. —Kanon le miró y desaprobó con la cabeza al hablar.

—¡Oye! ¡Eso es mentira!—reclamó el escorpión—. El gato hizo lo que hizo porque le vino en gana. Yo no le obligué, ni le dí ideas. ¡Ya lo tenía bien pensando! —Al escuchar a su amigo, el santo de Leo se llevó las manos al rostro, mientras buscaba con desesperación la forma de adelantarse al grupo a sabiendas de lo que venía.

—¡Aioria! —Ahí estaba: el grito de Aioros. Entonces, ¿es verdad?

—¡Por los dioses, Aioros! ¡Déjame en paz!

—¡No vas a escaparte! ¡Quiero explicaciones!

Cual chiquillos, el mayor fue detrás de su hermano en busca de respuesta que definitivamente no encontraría.

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El día transcurrió rápidamente para los jóvenes. Antes de lo que pensaron, la noche cayó sobre ellos, obligándoles a pasar la noche en el bosque, una vez más.

Con el regreso de la luz del día, volvieron a emprender el camino hacia la ciudad de Atenas, a donde llegaron justo cuando el Sol se ponía en el horizonte. Atravesaron la entrada de la ciudad y se dirigieron de inmediato hacia el templo de su diosa. Ella les esperaba ahí, ansiosa.

Al igual que en la primera ocasión, para cuando llegaron, todo se encontraba en penumbras, salvo que la oscuridad eran mucho más densa que la vez anterior. No perdieron el rumbo entre los intricados pasillos que llevaban al corazón del templo, donde encontraron a su diosa en el megaron. No estaba sola, puesto que Zeus y Hera la acompañaban, flanqueándola. Se acercaron al trono, recelosos por la presencia de los otros dioses, e hincaron rodilla a los pies de su señora.

—Bienvenidos de nuevo—habló Athena.

—Trajimos algo para ti. —Máscara de Muerte dejó caer las pieles del león a los pies de su diosa. Su mirada se trasladó hacia el par de dioses, como una clara afrenta y en señal de que, en contra de los pronósticos, la primera misión había terminado.

La morena tomó con cuidado el regalo de sus santos. Al igual que hiciese el santo de Cáncer, se aseguró de que Hera distinguiese aquel brillo de victoria en sus ojos grises. La rabia en la mirada de la reina no le pasó desapercibida. Y era que los jóvenes estaban ahí, frente a ella, con rasguños y heridas, pero vivos.

—Enhorabuena. ¿Qué tal les ha parecido la primera de sus misiones? ¿Algún problema extraordinario? —Hera se sobresaltó momentáneamente. Más valía que Eagle no saliera mencionada en ninguna parte de esa conversación, porque Zeus no dudaría un segundo en atribuirle tal problema.

—Todo en orden. Creo que nada fuera de lo inusual—respondió Mu. Solo entonces, la pelirroja se permitió respirar en paz. De cualquier manera, debía ser más cuidadosa.

—Veremos que tan lejos pueden llegar. —La reina soltó una risa irónica. —Hasta ahora ha habido suerte, pero creo que las cosas se pondrán más y más interesantes. —Aunque sus comentarios fueron ignorados por los santos, el dios supremo no estaba dispuesto a soportar por mucho tiempo más las ideas de su mujer… y Athena tampoco.

— ¿Terminaste?—le preguntó.

Hera alzó una ceja, sabiéndose interrumpida. Mientras tanto, la deidad de la sapiencia sonrió con cinismo, orgullosa de que una sola pregunta consiguiera callarla.

—Informaré a la joven Athena de sus hazañas—terció el señor del trueno. Por más divertido que resultase presenciar la cara impávida de su mujer, ciertas apariencias deberían ser guardadas delante de los mortales. —Estoy seguro que agradecerá las buenas nuevas, pues espera ansiosa por su regreso.

—Agradecemos su interés—dijo Dohko.

—Pues bien, no hay nada más que decir, ni que hacer en este sitio. La segunda misión deberá comenzar pronto. Descansen, que se lo han ganado.

El resplandor de un rayo les cegó, a la vez que su rugido retumbó en sus oídos. Así, en un pestañeo, el dios y su esposa habían desaparecido.

Mucho más relajada, y alejada de las formalidad, Athena descendió los escalones de su trono para acercarse a sus guerreros. Las heridas de la primera misión no le pasaron desapercibidas

—¿Están bien?—preguntó.

—Rasguños solamente, princesa. Nada que lamentar—respondió el santo de la Virgen.

—Serán rasguños, pero no podemos permitirnos ningún descuido. Herse les ayudará a limpiarlas para prevenir alguna infección.

—No es necesario. —Aioros se apresuró a decir.

— De ninguna manera. La siguiente misión, la Hidra de Lerna, hace que cualquier herida, por minúscula que sea, represente un peligro significativo. Su sangre es sumamente venenosa, una gota mezclada con la suya, y estarán muertos.

—Athena habla con la verdad—Aldebarán intervino—. Además, será solamente una revisión rápida. En nada podrán ayudarnos si algo les sucede.

—De acuerdo.

Tal como Athena lo había dicho, Herse no tardó en aparecer. En sus manos llevaba una caja con todo lo que necesita para las curaciones de los chicos. Saludó a su diosa con una reverencia mientras sus ojos, de manera instintiva, buscaban por Dohko.

Llevaba días pensando en él, rogando a los dioses porque le mantuvieran a salvo. Cuando por fin le encontró, agradeció que sus ruegos fueran escuchados. Estaba ahí, sano y salvo, haciendo que su corazón se acelerara y las manos le temblaran. El hecho de que el santo de Libra no requiriese de sus servicios le generó emociones contradictorias. Hubiese querido estar cerca y tocarle, pero a la vez, estaba feliz de que ningún mal le hubiera hecho víctima.

Pero a pesar de lo que sintiera, el tema era difícil. Ella era una sacerdotisa al servicio de Athena y él, un santo. Sus vidas no daban espacio a nada más que la devoción que sentían por su diosa, y el tiempo en que habían nacido terminaba por hacer que la distancia entre ambos fuera definitva.

Resignación, eso era todo lo que tenía.

—Los que no necesiten curaciones, pueden retirarse. Aprovechen la noche de descanso. —Athena dijo mientras desaparecía en la oscuridad de su gran salón.

—Supongo que eso significa que nos veremos después.

Los demás asintieron al escuchar a Aioros y, unos pocos segundos después, se encaminaron con las damas de compañía de Athena hacia los privados del templo, dispuesto a descansar al menos por esa noche.

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—Esta habitación es para Kanon y Saga—anunció la doncella que les acompañaba. Sonrió ligeramente al verlos sorprendidos y continuó—. Tendrán que compartir habitaciones. Tenerles a todos juntos en una misma recámara no solamente resulta imposible, sino también incómodo para ustedes.

Así pues, los santos fueron acomodados por parejas en distintas habitaciones del recinto de la diosa. Aioros y Aioria en una, Milo y Camus, Aldebarán y Mu, Shaka y Shura, Afrodita y Máscara de Muerte, y Dohko en un última habitación para su completa disposición.

Las camas en el interior de cada habitación era enormes, con colchones rellenos de suaves plumas de ganso y decoradas con los lienzos más finos. Las ventanas se encontraban cubiertas por velos de exquisita delicadeza, que flotaban pomposamente con cada caricia de Eolo. Su diosa no había escatimado en detalles, ni en regalos. Los había proveído de ropas elaboradas con telas traídas de oriente y se había encargado que no faltaran aperitivos deliciosos para cuando ellos estuvieran ahí. Además, las doncellas habían llenado las enormes bañeras de oro y mármol con agua tibia. Había perfumado el agua con esencias de lavanda y vainilla y les habían dejado suficientes provisiones de aceites aromáticos para relajarse después de un merecido descanso.

Esa noche, probablemente no había hombres más agradecidos que ellos en toda Atenas. Después de varios días de caminata intensa, cada mimo proporcionado por Athena era un pequeño tesoro a sus ojos.

Aioria, a pesar de todo, no podía quejarse. El baño le había sentado de maravilla y la túnica de lana que le había preparado era una delicia al contacto con la piel. Se había envuelto en ella para después tenderse sobre la cama, en espera de que su hermano terminara con sus curaciones y regresara a la habitación.

Su mundo había cambiado radicalmente desde el regreso a la vida de Aioros. Seguía siendo el hermano que el león recordaba, pero había detalles que le hacían pensar que muchos de los papeles se habían invertido. Por ejemplo, ahora era él quien se sentía responsable del arquero. Era él quien se preocupaba por cada momento que su hermano se había perdido y que, en ocasiones, le hacían actuar como un adolescente confundido a los ojos de sus hermanos de Orden. Pero aún así, era su hermano mayor y siempre lo sería, sin importar cuantos años pudieran pasar.

El solo recuerdo de Aioros sermoneándole por su relación con Marin le arrancó una sonrisa nostálgica. Con todos los años y todos los cambios físicos de los que podía presumir, Aioros siempre terminaba olvidando que él ya no era el pequeño león bajo sus tutela. Ahora era un hombre joven, con experiencias y viviendas que superaban por mucho a las de su mayor.

Por un momento se sintió mal por el santo de Sagitario. Deseó poder revertir el tiempo, para darse la oportunidad de compartir una vida con él. Pero no podía.

La vida y Athena les había regalado una segunda oportunidad, y bajo esa premisa, Aioria no quería perder más el tiempo. Ahora lo tenía a su lado, ahí justo donde lo necesitaba. Y había descubierto que todo el cariño y la admiración que sentían el uno por el otro también había permanecido. En ese sentido, nada había cambiado; y Aioria estaba dispuesto a disfrutarlo.

En ese momento, la puerta se abrió casi con timidez. La cabeza de Aioros se asomó poco después a través de ella. Aioria miró con curiosidad tanta cautela por parte del arquero.

—Creí que estabas dormido—acotó mientras entraba—. No quería despertarte.

—No, no. ¿Pensabas que iba a poder dormir sin saber que pasó con tus curaciones? —El león se incorporó y aplacó sus cabellos revueltos y rebeldes. —Estaba esperando el momento en que te echaras a llorar y Herse me llamara para sujetarte. —Tan pronto había terminado de hablar, Aioros dejó escapar una gran carcajada.

—¡Jah! ¿Crees que soy como tú? Mira que recuerdo cada drama que hiciste mientras me tocaba curarte las heridas cuando eras pequeño. —Ensanchó su sonrisa. —¡Hermano! ¡Hermano! —continuó, imitando la voz infantil de Aioria—. ¡Duele! ¡Déjame ya! —En esa ocasión, Aioria fue quien estalló en risas.

—No has olvidado ninguno de mis truculentos momento de infancia, ¿eh?

—Ninguno.

Y Aioria pudo jurar que, por un segundo, la tristeza se apoderó de la mirada celeste de su hermano. Lo vio caminar hacia el kliné donde descansaban las ropas limpias con el pretexto de prepararse para el baño, pero en realidad, el santo de Leo sabía que Aioros escondía sus lágrimas.

—¿Qué me quedaría sin todos esos recuerdos?—dijo, al fin.

Aioria se quedó mudo. Nunca se había dado de aquel detalle, pero las palabras de su hermano de pronto le habían caído como balde de agua fría. Agachó la cabeza sin notarlo, víctima de sus propias lágrimas. Sentía una mezcla de rabia, odio y dolor; esos mismo sentimientos que pensaba, había dejado atrás. Pero es que les habían quitado tantas cosas, que a veces el sentimiento le superaba.

Sin que lo notara, las manos de Aioros se posaron sobre su cabeza y revolvieron su cabello, de la misma forma en que solía hacérselo cuando era un niño. Alzó la mirada, solo para encontrarse con la de su hermano. El arquero lo miró como siempre lo hacía: con ternura y cariño, con esos ojos llenos de paz.

Como si de un niño pillado por sorpresa se tratase, el león se limpió las lágrimas con torpeza. Pero un arrebato, se puso de pie y abrazó a su hermano con todas sus fuerzas.

—Si pudiera…

—El pasado es el pasado. No puedes cambiarlo, por mucho que quieras. —Le interrumpió el mayor.

Le revolvió los rizos una vez más y se alejó hacia el baño, dispuesto a no hacer esperar más al baño de agua caliente que esperaba por él.

Aioria se quedó solo, pensando en miles de cosas. Pero apenas se había tendido de nuevo en su cama cuando el sonido de voces en el pasillo lo hizo ponerse en alerta. Guardó silencio por un segundo, mientras intentaba encontrar sentido y dueño a las voces. Tras un rato en ascuas, decidió no esperar más y, con un brinco, se puso de pie para ir a averiguar.

Encontró a Milo y a Camus forcejeando a las puertas de su habitación, con el acuariano desesperado en evitar que el escorpión se escabullera fuera. El francés lo jalaba de un brazo para adentro, mientras Milo pataleaba su camino hacia fuera. Estaban tan concentrados a lo suyo que ni siquiera notaron al león que les observaba.

—¡Camus! ¡Suéltame! ¡Te lo advierto! —Se quejó el escorpión.

—Ni lo pienses. Si te suelto, armarás un escándalo en el templo y nos dejarás en verguenza a todos.

—No habrá ningún escándalo. ¡Es más! Ni siquiera haré ruido. —Esbozó su mejor cara de inocencia.

— ¡No me refiero a eso! Sé muy bien que irás a meterte con las doncellas. ¡Por los dioses, Milo! Son doncellas consagradas a Athena.

—¡Oh! ¡Esas son palabras mayores, Camus!—intervino Aioria, no sin un dejo de burla—. ¿Cómo es eso, bicho? ¿Acaso no puedes vivir más de dos semanas sin mujeres?

—¿Y a ti qué te importa, gato?—refutó el aludido, sin librarse de Camus.

— Oye, no es mi culpa que hayan armado un griterío en el pasillo. Me dio curiosidad.

—¿No sabes que la curiosidad mató al gato? —Milo respondió haciendo alarde toda su ironía, pero Aioria no se quedó atrás y le devolvió al sonrisa retorcida.

—Camus, ¿necesitas ayuda para poner al animalejo a raya? —cuestionó retando al santo de Escorpio con la mirada mientras se tronaba los dedos.

— ¡No te metas! —Se quejó el bicho. Camus esbozó una sonrisa casi imperceptible.

— Apreciaría la ayuda—reconoció.

Cada uno tomó a Milo de un brazo y le levantaron para meterlo de regreso a la habitación. A pesar de toda resistencia, no hubo nada que Milo pudiera hacer en contra de la fuerza de sus compañeros. Una vez que estuvieron dentro, una nueva duda surgió en la cabeza del león dorado.

—Y, ¿ahora? ¿Cómo evitamos que huya?—preguntó. Camus torció la boca y esculcó el dormitorio en busca de respuestas. No encontró nada que pudiera ayudarle, pero una idea perversa le surcó en la mente.

—Sostenlo bien—dijo a Aioria—. Voy a congelarle las piernas.

—¡¿Qué?!—gritaron los otros dos a la vez.

—Camus, ¿no crees que es que un poquito exagerado? —El castaño sonrió torpemente y con nerviosismo. —Queremos que deje de ser un golfo, no que pierda las extremidades.

—No veo otro remedio. —El francés encogió los hombros. —Milo, trata de no moverte. No queremos que otras partes tuyas terminen congeladas también. —El terror se apoderó del rostro de Milo.

—¡No, Camus, por favor!—suplicó—. ¡Me portaré bien! ¡Lo prometo! ¡Gato, ayúdame!

—¿Estás seguro que puedes mantener la promesa de no liarte con las doncellas de este templo?

—¡Sí, Camus, sí!

—Vale. —Desistiendo de un malévolo plan y con una sonrisa secreta, el Santo de Acuario lo dejó ir. —Pero ya sabes que pasará si intentas cualquier cosa.

El escorpión suspiró con tranquilidad cuando le dejaron ir. Sin embargo, su pequeña conversación se vio interrumpida cuando unos golpes en la puerta capturaron su atención. ¿Quién demonios, además de ellos, estaba despierto a esas horas de la noche? Camus, por supuesto, tenía que averiguar de quien se trataba.

—¿Shaka? —Arrugó el ceño al descubrir al hindú, al otro lado de la puerta. —¿Qué haces aquí?

—Vine a preguntar si podrían ser tan amables de guardar un poco de silencio—respondió—. Esto es un templo consagrado a Athena, no un mercado. Sus gritos retumban en cada rincón de este lugar.

Apenado, el rostro de Camus se tornó ligeramente rojo. Él, que siempre había sido un tipo tranquilo y callado, no estaba acostumbrado a reclamos como ese. Maldito Milo y sus escándalos.

—Discúlpanos—carraspeó—. Milo estaba algo inquieto, pero ya lo haré callarse y ponerse a dormir.

—Bien. Algunos de nosotros también queremos dormir. —Camus se sopló los flequillos y se dispuso a cerrar la puerta, cuando Shaka descubrió al tercer Santo participante del escándalo. —¿Aioria? ¿Qué haces aquí?

—Yo… ya me iba también. —Sin intenciones de escuchar un discurso del Santo de Virgo, Aioria abandonó la habitación con toda la dignidad que le quedaba.

Cuando todos desaparecieron del pasillo, el templo se hundió una tranquilidad absoluta. Todos dormían… o al menos, pretendía hacerlo.

Sin embargo, de en medio de la penumbra, surgió una frágil figura. Se escabulló por los pasillos, con pasos ligeros que no delataban su presencia. Su sobra era lo único que la delataba conforme avanzaban, dejando tras de sí cada puerta, hasta encontrar un objetivo.

Herse no sabía que loco impulso había llevado hasta ahí, a la última habitación: el dormitorio de Dohko. Luchó contra si misma, debatiéndose entre golpear, o no, a la puerta. Lo más prudente era volver sobre sus pasos, según le pareció en ese momento. Pero un impulso mal sano dentro de ella la invitaba a levantar la mano y llamar a la puerta. Dudó, dudó muchísimo a pesar de todo. Al final, solo se quedó ahí, esperando como si el tiempo se hubiera detenido.

Milo y Camus, mientras tanto, haciendo uso de la ventaja que las penumbras les proveían, observaban a través de la rendija de su puerta. Vivieron con ella cada vacilación y también cada gota de nerviosismo, hasta que la doncella se retiró y el pasillo quedó vacío de nueva cuenta.

—Pobre chica—Camus susurró.

—Que viejito tan pícaro y rompecorazones. —El escorpión rió, solo para ganarse un golpe en la cabeza por parte del acuariano.

—Calla.

—¡Oye! —Pero el francés volvió a golpearlo para que bajara la voz, cosa que Milo tuvo que hacer tras un bufido. —Es que estoy sorprendido, Camus. ¿Quién iba a pensar que el viejo maestro iba a ser galán y a ligarse a una chica en nuestro primer día aquí? —Camus, en respuesta, le asesinó con la mirada.

—Ni se te ocurra decir nada de esto, ¿entendido?

—Si, si. ¿Qué clase de chismoso crees que soy?

—La peor clase: los ponzoñoso.

—Pues…—Milo se tornó pensativo. —Sí lo soy. —Ensanchó su sonrisa. —Pero también son muy romántico. ¿No se te antoja algo de pasión en esta aventura? —Subió las cejas, con un gesto de pura coquetería.

—Hey, no me mires así. Si se me antoja algo así, no será contigo, créeme. Así que búscate otra conquista. Mi sexualidad está bien definida hacia las mujeres—respondió, antes de darse la vuelta para volver a la cama.

—¡Eh! ¡Para que lo sepas, a mi también me gustan las chicas! —Milo se quejó y Camus tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para no reírse en su cara. —¡Y, aunque me gustaran los hombres, no eres de mi tipo!

Camus lo miró con gesto de extrañeza por semejante declaración. Milo, a su vez, sintió el rostro arder. El último comentario había estado completamente fuera de lugar.

—Buenas noches, Milo—dijo, cortante. Se acostó dándole la espaldas a la cama de su compañero.

—Sí… buenas noches. —El griego hizo exactamente lo mismo.

-x-

El Sol iniciaba el ascenso por el Este de Atenas cuando los santos despertaron. Tinajas de agua tibia y humeante esperaban por ellos para el primer baño del día. Sabían que tan pronto terminaran, el desayuno estaría dispuesto en el salón de banquetes. No había nada mejor que un delicioso desayuno después de un baño relajante y una buena noche de descanso.

Se dirigieron ahí, recordando el camino que habían recorrido el día anterior. El primero en llegar fue Aldebarán, quien ni tardo ni perezoso, fue también el primero en servirse varias rebanadas de pan de avena bañadas con una triple ración de miel y mantequilla. No le pasó por alto la mirada de reproche que Shaka le mandó tan pronto entró al salón. Sin embargo, como siempre hacía cuando el santo de la Virgen se ponía pesadito, le ignoró.

—Reúno energías para el camino—contestó a esa mirada.

—El hombre solo debe comer lo necesario para vivir. —Shaka replicó.

—Pues yo necesito todo esto—contraatacó el toro dorado—, así que no empieces ahora. Si tu quieres morir de hambre, bien por ti.

—Ignóralo, Alde. Ya lo conoces. —Kanon, metiéndose en asuntos ajenos como siempre, intervino a favor del brasileño.

—¿Qué significa eso, Kanon?

—Nada, Buda. Nada.

—Alguien se levantó por el lado equivocado de la cama—Shura masculló. Sonrió atropelladamente y levantó las cejas en un gesto de pura travesura.

—Culpen a Camus y Milo por eso. —Virgo se defendió. —No me han dejado pegar los ojos en toda la noche, vociferando a saber que tantas cosas con Aioria.

—¡Buenos días!—canturreó Milo al hacer acto de aparición. De inmediato, Shaka respondió con un gruñido.

—¿Qué tienen de buenos?

—¡Ugh! Buda, que humor te mandas hoy. —Después, el santo de Escorpio buscó el apoyo de Mu. —¿Qué rayos le pasa?—susurró a su oído.

—Dice que no le dejaste dormir.

—¿Yo? —Pestañeó, confundido.

—Tú, Camus y Aioria.

—Ni siquiera hicimos tanto escándalo, ¿verdad, Camus? —Sin embargo, el francés no le respondió, sino que siguió concentrado en su desayuno.

—¡Gracias a Athena que no respondió! —Kanon exclamó, ganándose una mirada confundida por parte del acuariano. —Nadie quiere saber todas las cosas sucias que Milo y tú hicieron anoche mientras se ponían "escandalosos". —El gemelo sonrió con malicia.

El inapropiado comentario hizo que Camus se atragantara. Menos mal que Afrodita estaba cerca y, con algunas palmaditas evita que su compañero se asfixiara.

—¡Deja de decir estupideces, Kanon!

—Venga, Acuario. Todos aquí escuchamos el griterío del bicho tratando de explicarte que no eras su tipo. ¿Qué intenciones tenías con Milo?

La fachada fría y calculadora de Camus se cayó a pedacitos, mientras luchaba por no perder la compostura; las risas de sus compañeros no hacían el trabajo más fácil.

—No voy a seguir escuchando esto.

—Ahora nos saliste sensible, hielito. —Máscara Mortal no se inmutó ante las miradas asesinas del francés.

El buen rato duró un poco más, hasta que el repiqueteo de los pasos sobre el mármol anunció la llegada del último invitado a ese desayuno. Tal como pensaron, Athena entró poco después, con Herse acompañándola de cerca.

En un santiamén, los santos de pusieron en pie para darle la bienvenida. Ella les sonrió, de un modo parco si tenían que decirlo, y les invitó a sentarse de nueva cuenta. La diosa hizo lo mismo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, en la expresión grave de su rostro, los chicos supieron que no había buenas noticias para ellos.

—¿Sucede algo? —Aioros se atrevió a preguntar. Nunca le habían gustado los semblantes demasiados serios en nadie.

—Me temo que no traigo buenas noticias—dijo ella—. Un inesperado enemigo ha decidido intervenir en este reto.

—¿De quién se trata? —La pregunta de Dohko la hizo guardar silencio por unos segundos.

Miró los rostros de cada uno, y ellos correspondieron su mirada. Su voz resonó en el comedor, claro y fuerte.

—Es Hades.

-Continuará…-