Capítulo 43

Las palabras del doctor Asbjörn no habían sido reconfortantes para Elsa, que aun con una semana en cama se sentía drenada de energías. El día que ella se desmayara, el galeno le había expresado que no tenía problemas de pulmones o corazón, solo algunos síntomas de fatiga, los cuales se irían si reposaba adecuadamente y se tomaba tranquilas las siguientes semanas de su embarazo.

Había seguido sus indicaciones y la suposición del doctor no se cumplía. Pese a haberse abstenido por completo de todo lo que tenía que ver con el reino, limitándose a lo sencillo y básico —comer, aliviarse, descansar, asearse, dibujar, leer, acariciar a su gato, tejer y dormir—, su cuerpo se sentía agotado, como si se hubiera pasado saltando.

Temía que una situación grave estuviese ocurriendo con ella y su embarazo, aunque no había tenido sangrado y notaba movimientos de su bebé, signos de alarma según el médico. Estaba invadida por un presentimiento y por no dañarse más trataba de relajarse en demasía.

Su máximo interés era la criatura en su vientre, no quería que nada le pasara a su pequeño pedazo de cielo, el destino no podía ser tan cruel. Dichosamente cuando se había desmayado no había caído sobre su parte frontal, sino se había deslizado contra la pared, en la que quedara recargada en la inconciencia; quienes la encontraran se lo habían jurado en nombre de sus padres. Aseguraban que, a causa de los prontos llamados de su gato, no debía haber estado en esa posición el tiempo suficiente para que su peso se impulsara hacia enfrente y aplastara su estómago.

Estaba muy agradecida con Skygge; sus sonoros maullidos preocupados habían atraído la atención de un par de doncellas y, al acercarse a averiguar, rápido habían acudido a auxiliarla y buscar a guardias para que la trasladara de lugar y dieran con el doctor.

Suspiró.

—¿Su Majestad tiene una petición? —La voz de Inga la obligó a girar su cabeza a la silla junto al fuego. Por sensatez suya y órdenes de una vehemente y asustada Anna, a toda hora tenía la compañía de las doncellas más fuertes de todas, para asistirla en lo que necesitara y en cualquier movimiento fuera de la cama.

Decidió aprovechar que le hablaba, sin recordarle que cuando quisiera algo se lo haría saber.

—Ve a la cocina por bocadillos, ahora no tengo preferencia de qué clase.

Inga se puso en pie e hizo una venia.

A solas, Elsa se cubrió el rostro unos segundos y miró el papel en donde pensaba qué escribir a Hans sin ser demasiado concisa en que quería que volviera; la brevedad le causaría sospechas y no quería fingir bienestar con un mensaje largo. Debido a ello lo mejor era enviarle un telegrama diciendo que "regresara", pero no quería que ningún hombre la cargara consciente, sería muy incómodo, inclusive si se trataba de Kristoff.

Asimismo, tenía recelo en caso de que importunara a Hans, quien había planeado estar de vuelta en mediados de julio, un poco menos de tres meses de la fecha actual. Su carta le llegaría en junio, como muy tarde, y solo estaría adelantando su viaje una semana o dos. Con la distancia, no cambiaba mucho si le avisaba en papel. Y cabía la posibilidad de que se sintiera mejor en el transcurso de mayo.

Se acarició su ya prominente vientre, para ser de alrededor de cinco meses.

—¿Qué hago? —murmuró dándose una palmadita para ver si el piecito de su bebé acudía.

Su interior se movió poco, lo que anunció una noche agitada, porque se movía más si era tranquilo en las horas de sol.

Inga apareció de nuevo y Elsa se concentró en el alimento, que debió compartir a su gato acostado en la cama con ella.

Él era su mayor vigilante.

O protector.

(Si el mal era real.)

{…}

Cuidando que la rubia doncella no le viera, Elsa se rascó delicadamente los senos, cuya picazón y pesadez aumentaban con el paso de los días, mientras lo hacía su tamaño también. Se preparaban para nutrir a su bebé, cosa que ella haría, oponiéndose a dejar que una ama de cría le tuviera en sus brazos y se encargara de fortalecerle, no importaba lo que todos opinaran al respecto —de lo inapropiado que era esa tarea en una reina.

Si se le iba la leche, optaría por esa opción, pero no de otra manera.

Llamaron a la puerta antes de que fuese abierta. Elsa se asombró al ver que era Anna. ¡Había tocado!

—Busca más agua para mí, Inga —instruyó a la aludida, indirectamente ordenando que las dejara a solas el tiempo que la princesa estuviese ahí.

—Otras veces has estado dormida, me alegra verte despierta. ¿Cómo estás? ¿Puedo sentarme en la cama?

Elsa asintió calma, porque su relación había mejorado. Skygge espió con un ojo desde su lugar junto a su muslo, donde entre ratos veía curioso los bailes de su estómago.

—Sigo cansada.

Anna suspiró.

—Lamento oírlo. Pero tengo una buena noticia —hizo un gesto de victoria—, ya no tendrás que preocuparte por el reino, Kai estará de regreso en unas horas, vieron el barco.

Se descubrió egoísta. No le había dedicado muchos pensamientos a Arendelle.

—Sin duda él podrá aconsejarte, manejó adecuadamente los asuntos del reino cuando nuestros padres murieron.

—Así es. —Anna se llenó la boca de aire. —Elsa, si te parece bien, creo que es tiempo de una conversación necesaria.

—¿Te aprovechas que no puedo moverme? —inquirió enarcando una ceja.

Anna agitó sus manos.

—No, no, no, es que el fin de tu embarazo se acerca y estarás más ocupada, y estás menos renuente a hablar conmigo, igual que yo, bueno, contigo, obviamente no conmigo.

—Está bien. Dame el privilegio de comenzar, aunque tengas un discurso preparado.

Ante el asentimiento de Anna, Elsa ordenó rápidamente sus ideas, puesto que su falta de fuerza era física y no mental.

—Leí una publicación tuya en la que decías, "eres especial, tú mereces ser notada". ¿La dirigiste a mí?

Anna formó un círculo con sus labios, sorprendida.

—Sí —afirmó lacónica.

Tal como esperaba. Saberlo no le afectó tanto como en su momento.

Desvió el rostro, decidiendo cuál de sus dos cuestiones emitir. Su motivo de escribirlo o no decírselo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó observándola de reojo.

Su hermana jugó con el doblez de su falda y luego la encaró.

—Tengo una copia que guardé para ti, el texto original, con tu nombre. Bueno, hacerlo, decírtelo cuando lo escribí, te habría aislado más; hasta recientemente, conmigo tenías una manera de retraerte cuando yo tocaba un tema de tu sentir. —Anna se encogió de hombros. —Tal vez lo hacías sin darte cuenta porque te acostumbraste a ocultarme tu secreto, tal vez sentías un temor parecido al de entonces, tal vez no estabas preparada, tal vez eres más lista para saber cuándo es prudente tener una conversación…

Era vergonzoso que Anna se tomara mucho tiempo en analizar su forma de ser mientras ella en el fondo le recriminaba sin comprensión. Pero el abierto corazón de su hermana no se enfadaba de que desconsiderara sus sentimientos.

Ahora bien, a Elsa le dejaba boquiabierta que se acercara bastante al motivo.

—¿Por qué comenzaste a escribir ese tipo de textos? —interrumpió suavemente para que Anna no siguiera enlistando posibilidades.

Ella se rascó la cabeza.

—Inicié por los motivos equivocados, solo quería desahogarme porque no me hacían caso como yo quería; tú no me escuchabas y sentía que Kristoff no me decía lo que quería oír, así que escribí y quise que alguien lo leyera, se lo envié a una persona desconocida para mí. —Elsa abrió y cerró la boca para no cortar con la reprimenda que se merecía la menor.

Anna rió como adivinando sus intenciones.

—No era gente que yo hubiera visto. Nuestra prima Rapunzel me comentó durante mi boda que en "El Patito Modosito" se sintió escuchada, que ahí había personas que le prestaron atención y la comprendieron, por lo que habría entendimiento en aquel lugar. Me dijo que podría escribir lo que yo quisiera y ella se lo entregaría a sus amigos diciéndoles que era de una amiga. Uno de ellos me respondió y empezamos a intercambiar correspondencia; llegó un momento en que me aseguró que existía mucha gente que también quisiera ser oída y se identificara conmigo, que una vez había leído en un periódico algo así… me propuso América. Hice caso y "El Patito Modosito" fue intermediario. Llegó a una mujer, la esposa de un editor de periódico, que lo leyó y me propuso publicarlo como una sección de sus páginas, con un nombre diferente y explorando todos los temas que quisiera. Es una suerte que me leyera todos los libros de la biblioteca.

Cuadró los hombros.

—Anna, creo recordar que Rapunzel mencionó ese sitio como un lugar al que asistían criminales. Si tus escritos son semejantes al par que leí, esos son pensamientos y acciones que apoyaría alguien a quien no le importe la ley y las consecuencias, que no tenga nada que perder. Algunos temas no deben ser discutidos en público porque puede volverse en tu contra.

—Todo está bien cuidado.

—Yo estuve protegiéndote —siguió como si no hubiese sido irrumpida—, y tú te expusiste a algo que pudiera…

—Es perfectamente seguro, te lo prometo. —Anna bufó. —Me esforcé al comprender el alcance de lo que había hecho. En un principio ni siquiera era en torno a lo que hoy publico. Solo era… la atención. —El rostro de Anna se iluminó. —La sensación de que repararan en mí me ayudaba. Nunca había podido hablar con tantas personas, es lo que deseé mientras crecía y con lo que hago lo descubrí, lo conseguí. ¿No sentiste lo mismo al crear el invierno? Fue maravilloso. La sensación de compartir lo que pensaba y sentía. Y luego empezaron a convencerme sus ideas. Hay cosas en las que no creo, pero empecé a analizar mucho, nuestras vidas, el sacrificio de pertenecer a la realeza y el tener que cumplir lo estipulado por la ley, lo que somos en el mundo y la injusticia con nosotras las mujeres, cuestionamientos de Kristoff de nuestros privilegios reales, los horrores de trabajos peligrosos… y simpaticé con partes de las causas. Sé lo que se siente ser ignorada y muchas de mis lectoras, y hasta lectores, lo expresan constantemente.

Parpadeó asimilando todo; como al crear un compromiso fugaz con un príncipe que en realidad no conocía, Anna había buscado una manera para ser recibida al tocar una puerta cerrada. Y aunque fuera precipitado, lo había adaptado más adelante, mostrando la madurez de la que no le había creído capaz, porque tendía a centrarse en lo malo de su comportamiento.

—Ten cuidado. —Anna era una adulta, mas era inevitable ser protectora con ella y visualizar un problema por su ímpetu.

—Sí.

Su hermana inspiró y sonrió afligida.

—¿Sabes, Elsa? Te quiero pedir perdón. Perdóname. Comprendí lo que sufriste esos años encerrada, y padeciendo porque una parte de ti era tu enemiga. Sacrificaste tu libertad por todos, y cuando podías empezar a pensar en ti misma, volviste a hacerlo para que yo fuera feliz… para que todos estuviesen a salvo. Al ver que no podía tener hijos como deseaba, me negaba a adoptar porque no quería hacerlo mientras tú no mejoraras tu situación. No podría tener esa felicidad si tu vida era contraria a la mía. Iba a ser demasiado cruel contigo, y aun así me sentía mal por negármelo, demostrando mi egoísmo, pues tú no estabas contenta y debías complacer a todos y no te quejabas. Te escondías de nuevo con la excusa que te daban tus poderes y tu posición… soportando que no tuvieras los beneficios que yo. —Anna la miró con un brillo especial. —Te admiro. Perdóname por haberte puesto en esa posición.

Lágrimas brotaron de los ojos de Elsa, conmovida de sobremanera por esas palabras que ansiaba oír, el reconocimiento de sus renuncias para darle felicidad. Su hermana sí pensaba en ella y sinceramente lamentaba su papel.

Por su parte, lamentaba haber causado aspiraciones altas a Anna y no haberle otorgado una oportunidad para demostrar de qué estaba hecha.

Si no se hubiera casado y abierto a un mundo nuevo, se habría perdido para siempre, envuelta en el resentimiento.

Las dos se habían equivocado, pero no era tarde para reconocerlo.

—Ven. —Le abrió los brazos porque con su panza le costaría moverse. —Perdóname por rechazarte e inconscientemente echarte en cara mi inconformidad.

El abrazo colmó de vida su alma, siguiendo la sanación de una zona árida por años, que debía llegar a la paz con una de las personas que más amaba en el mundo. Era su hermana menor, a quien adoraba sin importar que sus lugares fueran separados.

—No te preocupes, Elsa. Solo tú podías aguantar así, nadie tiene esa paciencia. Estabas en tu derecho y era natural.

Anna se apartó sorbiendo por la nariz; Elsa no se había percatado que había llorado. El verla, junto a su susceptibilidad por el embarazo, le causaron mucha emoción.

Se miraron a los ojos.

—Como yo, ¿has aceptado que nuestro sitio no es estar juntas?

Asintió presionando las manos de Anna.

—Mamá siempre me decía, Elsa te necesita. Eso me hizo insistirte continuamente, hoy sé que presionándote. Mamá era un poco contradictoria en ese tema, porque trataba de hacer que me alejara contándome muchas historias y ocupándome, y después decía que me necesitabas. Elsa me necesita, pensaba yo como una canción. Sin embargo, tú nunca me demostraste claramente que yo te hacía falta. Y cuando supe por qué, en un momento efímero me mostraste que me necesitabas y después ya no. Pensé que lo hacías, que me necesitabas, pero también estabas tan acostumbrada a no hacerlo, que me apartaste. Y no te culpo, he tenido tiempo de reflexionar. Pero mientras no me daba cuenta, te resentí por hacerme a un lado a pesar de todo el esfuerzo que yo había hecho por estar contigo.

» Finalmente me pregunté. ¿Y si yo no quiero que me necesites? ¿Y si tú no me necesitas como aseguraba nuestra madre? ¿Y si ninguna de las dos se necesita? ¿Y si necesitábamos cosas y personas diferentes? Con esas preguntas abrí los ojos.

Anna le apretó las manos.

—Me aferré a las palabras de mamá y no acepté hasta hace poco que tú y yo somos tan distintas y vivimos tan separadas por años, que tratar de encajar en la vida de la otra nos hacía daño, por forzarnos a hacerle un lugar a la otra donde no se sentiría cómoda. No nos necesitamos del modo salvador en que mamá insistía y que sirvió para detener el invierno que creaste, la única vez que funcionó. Nos necesitamos como hermanas que se quieren y alegran del camino que tome la otra, aun si ese no nos incluye en cada paso de ese camino. Y tenemos más que necesitarnos, somos más que eso, somos hermanas que comprenden que cada una tiene necesidades distintas y que no es la otra quien deba satisfacerlas, porque todo el tiempo que tú y yo tratamos de cumplirlas y centrarnos en ella, heríamos a la otra. Yo quería tu compañía e insistía por ella, afligiéndote; tú querías controlar tus poderes y mantenerme lejos me lastimaba; yo quería amor y te condené a callar tus deseos para dármelo; tú querías libertad y obtenerla significaba arrebatarme las esperanzas que tenía; yo quería que me escucharan y tú que ya no aumentara la carga sobre ti con mis quejas.

—Lo sé —pronunció acongojada y aliviada de que coincidieran ese tema importante y doloroso. —Lo sé.

—También yo quisiera haber podido tener un bebé dentro de mí. Estoy feliz de que te conviertas en madre y ya quiero a mi sobrino o sobrina, pero no puedo negar que tengo tristeza porque mis planes no fueran como los creí. Así que… Ya acepté que nuestros sitios no son juntas. Kristoff y yo nos mudaremos cuando tú des a luz; adoptaremos como lo hicieron con él, podremos convertirnos en padres y seremos una mejor familia para ti de la que somos ahora.

La garganta le ardió en llamas.

—No sé… —Cerró los ojos con un nudo en el pecho. —Anna… me siento extraña y débil, creo que el parto… Si algo me ocurre… quédate aquí. Cuida a mi bebé como su tía, háblale de lo que sabes de mí… Hans quizá no pueda llevárselo siempre a América, ve tú por él si eso pasa. Sé su tía, y no te lo pido… porque quiera quitarte una oportunidad de ser madre, sino porque Hans será un gran padre… y si… yo no estoy, quiero que tenga presente mi sitio.

El sollozo de su hermana martilló en su corazón como mil agujas.

La miró suplicante.

—Quiero que apoyes a Hans. Sé que él hará lo mejor para nuestro bebé… si no estoy.

—Elsa, no seas trágica… estarás bien… ¿me oyes! —Su hermana agitó su cabeza, haciendo brincar las lágrimas de su rostro. —¿Me oyes! Quítate esa absurda idea de la mente. Cuando Hans venga, haré que te convenza que irá bien. Que te manipule como solo él puede.

Rió llorando.

—No todos los embarazos terminan en muerte, leí todo lo que pudo llegar a mis manos, y pregunté a todas las parteras de aquí, buscando una solución a mi problema. —Anna le tomó de los hombros. —Disfrutarás de tu hijo o hija y conocerás a los míos. Repítelo todos los días como tu "no sientas".

Se borró unas lágrimas de su cara y se abrazó de nuevo a su hermana, esperando contagiarse de sus ánimos favorables.

Permaneció así hasta que reparó en el comentario de Anna, queriendo aclarar un punto importante que quedaba pendiente.

Se apartó.

—Discúlpame, Anna. Sé que sufriste mucho por no poder quedar encinta y no fui muy comprensiva contigo… sobre todo porque siento que es mi culpa, al congelarte…

—¡Calla! —gritó Anna aturdiéndola. —Oh, Elsa, tú no tienes la culpa… no pensé que tú… lo siento. Yo… Tengo algo que decirte…

La revelación que vino después fue impresionante… Ya entendía por qué Kristoff y ella habían dejado de hablarse.

{…}

—Un poco de leche estará bien para las galletas.

Inga asintió y ella y Elisabeth se retiraron de la habitación, no sin que antes la niña se despidiera con una sonrisa.

Fuera de la vista de su acompañante, Elsa abrazó la bolsa de papel afligida, derramando un par de lágrimas por su esposo. Le extrañaba y aquel gesto de él incrementaba el sentimiento, razón de haber pedido la leche, dado que tendría un tiempo de privacidad mientras no tenía alguna urgencia (ordeñarían a una vaca, hervirían el líquido y lo dejarían enfriar).

De soslayo, vio a Skygge brincar a la cama para observarla.

—Quiero un abrazo, y cariño, y tú no vas a dármelo —se quejó entre gemidos.

Como toda respuesta, su gato maulló con la cabeza ladeada, pareciendo intrigado por su conducta.

—Ah, las galletas —sentenció enfurruñada cuando notó que olisqueaba. —No te importo porque no soy Hans.

Una oreja de Skygge se agitó con el nombre.

…de la misma manera que estaba su corazón en ese instante.

Si Hans lo supiera… Elsa soltó una risa y empezó a tranquilizarse.

Depositó la bolsa de las galletas en su cama, tapándola con una almohada para que Skygge no la destrozara. Él soltó un siseo queriendo mover el obstáculo, mas ella colocó su mano sobre la superficie mullida para impedir que se saliera con la suya.

—Son de avena, te daré una cuando yo coma —advirtió divertida. Él no le hizo caso y siguió en lo suyo, tornando su batalla en un juego.

Suspiró y decidió que le daría una distracción diferente. Le crearía un juguetito con su magia; como estaba en cama, largo tiempo descansando, tenía energía para una cosa pequeña. Así pues, se concentró y con su mano pretendió elaborar un ratoncito mágico.

La recorrió un escalofrío por dentro e inmediatamente perdió gran parte del aire de su pecho, ganándose también un maullido de Skygge.

—¿Qué? —murmuró respirando con dificultad, mirándose la mano que no había podido mostrar ni un atisbo de magia. Por primera vez en toda su vida, había sido incapaz de manifestar sus poderes, controlados o no.

Trató de nuevo, sin éxito.

El cuerpo comenzó a pesarle como si hubiera andado varias leguas y pensó que entonces que el hielo suponía un gran esfuerzo físico. Tendría que abstenerse en lo que quedaba de su embarazo.

(Por fortuna ya había creado la nube de Olaf.)

Sería extraño; aunque fuera en lo mínimo, nunca dejaba de lado sus poderes por más de un mes, y en este caso serían alrededor de cuatro… si no estaba cerca de dar a luz, de acuerdo con las hipótesis de la partera y el médico, quienes por el crecimiento de su vientre afirmaban que podía ser eso o que definitivamente tuviera dos bebés en su interior.

—¡Oh! —Se olvidó del asunto y de sus galletas al sentir una patada en su costado.

Rió.

—Mira, Skygge —dijo esperando que se repitiera para que él fuese testigo.

El felino, que ya había movido la almohada, dirigió su hocico hacia ella. La rubia no se colocó su mano sobre su barriga para no taparle la visión.

De repente tres golpeteos y una presión en algún órgano la hicieron jadear.

—¡Skygge, son dos! —exclamó asombrada, encontrando esa única explicación para las ubicaciones de las patadas; dos habían sido a su izquierda, en puntos cercanos, y la otra, junto al aplastamiento de su centro, había sido en un lugar que solo una persona de circo conseguiría. Así mismo, coincidía con lo que los expertos habían estado mencionando.

La emoción vibró en su cuerpo y en menos de un segundo se puso a llorar, sintiendo muchos sentimientos por aquella posibilidad más real.

Sollozando pletórica, rió cuando Skygge se puso a olisquear su redondez, curioso de lo que había visto a través de su ropa.

—¡Dos! —celebró acariciándose con amor, recibiendo una pelea de su gato, inconforme de no obtener respuestas y el estorbo de sus manos.

Uno de sus bebés llevó a cabo un movimiento brusco y ella esbozó una mueca porque le había resultado doloroso.

También recordó que en ese momento no podría comunicarle a Hans de ese hecho y volvió a entristecerse.

Evidentemente, no todo era encantador.

{…}

Intranquilo, Hans soltó la pluma y se frotó el rostro con ambas manos, esperando deshacerse de la desazón que lo consumía lentamente.

Quería salir de ahí; trasladarse a muchas millas de distancia. Y no solo porque extrañaba a aquella magnífica rubia que calentaba su corazón… sino porque tenía un mal presentimiento.

Hacía semanas que no recibía ningún contacto de Elsa y esa mañana, mientras se vestía, le había parecido que titilaba el retrato de Sitron. Y debía ir muy mal si ella no se molestaba en pensar que callarse podría preocuparlo más.

—¡Maldita lejanía! —bramó golpeando su escritorio con un puño. Era un incordio que se hallaran en dos puntos del globo y que la comunicación fuese tan lenta.

Se encontraba harto de estar en Nueva York, ajeno a muchas cosas que podían ocurrir mientras lo más importante para él estaba en otro continente.

Llamaron a la puerta y frunció el ceño, irguiéndose, cuando se abrió sin su respuesta.

—¿De verdad tú no tienes una intuición como tu hermana? —preguntó al recién llegado, quien tendía a aparecer en medio de sus inquietudes.

Joseph se encogió de hombros.

—Me complace que cuentes conmigo. ¿Qué ocurre?

Exhaló.

—¿Esta vez no hay escapada romántica en París? —cuestionó su amigo tras un largo silencio.

Hans apretó los dientes.

—Solo nos reunimos porque es indispensable un heredero.

Joseph rió socarrón negando con la cabeza.

—Dejando a un lado que es deber de la realeza. ¿Quieres tener hijos en tus actuales circunstancias? O, como buen aristócrata de sangre real, ¿pretendes que los empleados tengan mejor relación con tus vástagos?

Justo el tema para el que no se sentía totalmente preparado, sus ubicaciones.

Resopló sin revelar su problema.

—Dirás, criarlos siguiendo el ejemplo de mis padres. No a tus dos preguntas. Aun así, lo estoy haciendo…

El pelinegro se quedó boquiabierto.

—¿Tienes un bebé? —Negó. —¿La reina…? —Joseph formó una media luna sobre su estómago. —Bah. Me parece una tontería que sea maleducado decir la palabra en público. ¿Tu esposa está encinta?

Hans asintió.

Joseph soltó un grito y aplaudió.

—¡Hombre, felicidades! ¡Cuánto me alegro por ustedes!

—Gra…

—¿Y qué demonios haces aquí si tu esposa está embarazada? ¿O reuniéndote con Claire Tyler, aunque no follaran? —El americano puso las palmas sobre el escritorio—. ¿Enamorado de tu…! Maldición… no es de tu esposa. Ay, mierda, Johans, eres un estúpido.

Si su intención era que riera, lo logró.

—Nunca se me olvida que tú y Daphne son hermanos. Cierra la boca y usa tu cabeza.

—Sigue tu consejo, idiota. No pienses con las bolas. ¿Claire?

Se tensó. Ya se sentía bastante imbécil recordando esa visita de semanas atrás, incluso si le había ayudado a abrir los ojos.

—Ella fue un error irrepetible, y me siento a gusto de haber terminado cualquier arreglo entre los dos, se abre fácilmente contigo.

—Con Daph, en realidad —corrigió Joseph. —¿Y por qué no estás en Arendelle?

—Es imposible estar fuera dos años. Partiré para su nacimiento.

—Espléndido. Ummm… ya que eres más reservado, puedo decirle a… ya Daph debe haberlo soñado. Y, por consiguiente, Hild. Ambos estarán callándolo. —Joseph se cruzó de brazos. —¿Cómo soy el último que me entero?

—Te propondré como padrino para compensarlo.

Disfrutó dejar atónito al agudo americano, cuyos brazos cayeron a sus piernas. Era una idea repentina, pero apenas la pronunció la sentía correcta; su amigo había cuidado de él y era muy atento con los chicos del refugio, así que sería una buena figura para su bebé.

Joseph se aclaró la garganta después de un rato.

—Eh, gracias. Me siento honrado. Eh, soy presbiteriano y ustedes luteranos, ¿eso importa?

—¿Tú crees que a mí me interesa la religión y que soy un fiel devoto?

Su amigo rió.

—Bueno, a mí me prohibieron asistir si seguía con esos centros de perdición. Bola de hipócritas, de mi diezmo por generosidad no se quejarían. —Hans sonrió irónico. —En fin, eso no aclara del todo tu recibimiento. O… es porque… ¿quieres estar allá?

Miró brevemente al telegrama.

—Creo que algo sucede, pero no hay forma de estar seguro.

Joseph puso rostro serio.

—Johans, escucha a tu corazón. Haz lo que él te diga.

{…}

A pesar de haber utilizado el inodoro para aliviarse, Elsa siguió teniendo acidez y amargura en la boca y el camino de su pecho hacia el estómago, generándole mal humor. Las cosas que comiera no le resultaban apetecibles y tenía que alimentarse para que las criaturas en su útero siguieran creciendo.

El amor de madre era asombroso; al margen de las molestias, ella seguía adorando a sus bebés cada día más, aguantando la importante lista de padecimientos que tenía. Estaba segura que, pasara lo que pasara, eran muestra de que ellos recibían lo que necesitaban para salir al mundo.

Gimió con una patada a la altura de su ombligo redondeado y fue a tocarlo conforme caminaba hacia la puerta del baño. Su otra mano estaba en su espalda baja, que sentía adolorida.

Al abrir, Inga se acercó a ella para auxiliarla a la cama, donde se sentó con una exhalación frustrada. Pronto tendría que permitir que las mujeres entraran y le ayudaran a levantarse del retrete, en vez de aguardar fuera, y eso le producía incomodidad; cosa tonta en su mente, pues al alumbrarse alguien más que su esposo vería partes íntimas de ella.

Se miró los pies hinchados y realizó círculos para relajar un poco la pesadez. No le apetecía dar una vuelta por el dormitorio ahora, la actividad física que hacía, limitada a ese espacio por su recelo a ser cargada por sus fornidos guardias (hasta empleando una silla). Afortunadamente ella estaba acostumbrada a quedarse en una habitación, o se volvería loca por no haber abandonado sus aposentos en largo tiempo.

El único gran inconveniente era que tenía que estar sentada para descansar y con el crecimiento de su panza comenzaba a fastidiarle estar por mucho tiempo en esa posición.

Unos toques a la puerta le hicieron apartar su atención de sus extremidades toscas.

—¿Quién es?

—¡Soy yo!

—Pasa, Anna.

Su hermana ingresó abrazando una vasija de cerámica y ovalada, casi en forma de cuenco.

—Inga, toma un descanso —instruyó Anna con una sonrisa.

La susodicha esperó una confirmación de parte de Elsa, que se la dio silenciosa.

—Traje agua con sales para tus pies, Olaf escuchó que eso ayuda.

—¿En sus repartos con Kristoff?

Anna asintió y depositó el recipiente en el suelo, a la derecha de sus pies.

—Lo confirmó por mí. A muchas madres les entusiasma que la reina vaya a tener un bebé, y fácilmente le dan consejos cuando los pide. Preguntaría yo, pero con el próximo comienzo de la construcción del hospital, y sin Kristoff, estoy ocupada en tu despacho. No me parece extraño que los primeros meses de tu reinado te pasaras ahí, es complicado tomarle costumbre para tenerlo a tiempo. —Anna rió. —Y a ti te habían preparado para ello.

Sonrió metiendo los pies en el agua, de inicio agradándole la sensación fresca. Incluso se podría quedar dormida por aquella, nada raro. Su cansancio aumentaba y en ocasiones le costaba permanecer despierta; con una cosa relajante, habría más motivo.

Anna se sentó a su costado.

—Sé que es la tercera vez que te pregunto…

—Anna —atajó.

—…pero, ¿no quieres que le informe a Hans?

Lanzó un resoplido.

—Aunque lo aceptara, es muy tarde para enviarle una carta. Él arribará a mediados de julio, estamos a principios de junio y cuando llegue tu mensaje, ya estará en el mar.

Fue seria, contradiciendo que le emocionaba lo poco que quedaba para verlo.

—Oh, bueno, eso me calla por completo. —Anna cogió aire y Elsa se preparó para que siguiera llenando el silencio. —¿Sabes? Él y tú hacen muy buena pareja, si en tu coronación los hubiera visto juntos, me habría convencido que era así, nosotros éramos mucho rojo. El día de su boda ustedes parecían el uno para el otro y esa atracción…

…era sexual, una faceta que tal vez desaparecería entre los dos por su cuerpo cambiado y por tener dos bebés al mismo tiempo, como había reflexionado tras suponer que eran gemelos. Solo haría la diferencia si eran dos niñas, puesto que él no querría tener un sucesor femenino.

Lamentaba no poder regresar a sus brazos.

Cerró los ojos, no iba a llorar de nuevo por eso, ni por extrañarlo, estando con Anna. Querría averiguar el motivo.

Para calmarse continuó escuchando a su hermana.

—Con el paso de los meses ustedes hacían fuego. Me sorprende que no quemaran las sábanas, o tú tuviste algo que ver.

Buscó no sonrojarse por el recuerdo de sus intimidades, en tanto otro asunto acudía a su cabeza.

—Anna, ¿tus relaciones conyugales con Kristoff son malas?

Si hermana se puso roja y negó.

—No, son muy buenas. Y después de que nos peleamos son mucho mejores.

—¿Por qué antes de casarte me dijiste que eran agradables?

Anna encontró mucho interés en sus pies sumergidos.

—No sabía cómo sería en tu matrimonio y no quería darte muchas esperanzas o consternarte si eran terribles. Recibo cartas de mujeres que… Bueno, aunque quise creer que contigo y Hans no serían tan malas, tampoco sabía si él reluciría su egoísmo. En fin, sí han sido… fenomenales. Él es bueno con las manos, tiene tanta resistencia y un…

—Anna Marie Sjöfn, no quiero oír más de ti y Kristoff en la cama.

—¿Cama solamente? —La pelirroja rió a carcajadas. —Me complació haberle dado un trineo grande, como…

—¡Anna! —profirió estremeciéndose.

Intentó no completar las frases de Anna en su mente.

—Estoy segura que tú y Hans no se han quedado atrás, pero tampoco quiero saber… si tú no quieres presumir.

Elsa estalló en carcajadas, cayendo en la trampa de confirmarle su placer.

—¡Ajá!

Se sujetó el estómago entre temblores, sumamente divertida.

Después de muchos años, podía reír de verdad con su hermana. Y en esos momentos de preocupación era un bálsamo excelente, aun peleando con las ganas de ir al baño para orinar de nueva cuenta.

No serían nunca las mejores amigas que su madre quería, pero sí unas hermanas que, las veces reunidas, pudieran estar bien con la otra.

{…}

La presencia de los guardias, dándose miradas preocupadas entre ellos, fue suficiente para confirmar que la situación en el castillo no estaba bien, como Hans creía. Nunca, en sus arribos anteriores, había sido recibido en el puerto por ellos; hacerlo significaba que no podía desviarse a otros destinos y que debía adentrarse en la Residencia Real.

En vista de aquello, Hans aumentó la rapidez de su remo, con el corazón y la respiración cual viento de tormenta. Tenía que llegar a Elsa lo más pronto posible.

Los siguientes metros hasta la pasarela le parecieron interminables; apenas tocó la madera, soltó los remos y saltó a tierra firme, sin interés de encargarse del bote, o lo que pasara con él.

Su único objetivo era su esposa.

Y por ella había regresado antes de lo previsto.


NA: ¡Hansy ha vuelto!

Todo el capítulo valió la pena para eso ;P . Como esperaban, se adelantó.

Por ahí leí que desde 1820 se recomendaba hervir la leche.

Como Elsa, el tercer nombre de Anna alude a la mitología nórdica, en este caso preferí a una "diosa" del amor, que dirigía los pensamientos de la humanidad hacia ese sentimiento. Bastante relacionado a la princesa, ¿no?

Fue un capítulo con unos momentos que Elsa necesitaba. No será la uña y mugre que quiere pretender Disney y nomás no calza, pero ha llegado a algo más equilibrado con su hermana. Hablando de esta última, Anna pensando en muchas posibilidades se parece en su recurrente sobre análisis de Frozen 2, por eso lo puse, y porque en cierto modo el no explicarse el motivo de su hermana encerrada en su habitación por trece años, pudo hacerle desarrollar una costumbre de analizar escenarios y situaciones. Me parece probable y posible que actúe como la pusieron en la secuela; o sea, ahí la entiendo, si de repente tu hermana se encierra en su dormitorio y a ti te cambian a otro sin explicaciones, pues te preguntas de todo XD. (Por si tenían el pendiente, el pensar en Anna usando al Patito Modosito como intermediario dio inicio a mi otro fic en progreso, así de vieja la idea ja,ja)

Para Elsa ya son gemelos, en el próximo les diré si consiguen escuchar dos corazones.

Tendrán que esperar al próximo para la reunión Helsa :D .

Besos y abrazos, Karo


Lucia: Linda, nunca alcanzarán las palabras para decirte cuánto lo siento. Me entristece el estrago que causó en tu familia esta desgraciada pandemia; te envío desde México un abrazo enorme, que no llega ni a lo mínimo de consuelo que mereces. No sé cuáles son tus creencias, pero a través de las mías sé que tienes a dos almas cuidándote, las cuales han dejado una preciosa luz de ellos en este tierra, que eres tú. Agradezco que en estos momentos tristes mi historia haya podido llegar a tu vida, es algo en lo que puedo ayudarte y no tengas duda de que si quieres leer algo en especial, puedes comentarlo. De corazón puedes encontrar en mí una mano amiga.

Guest: ¡Qué bueno que te gustó el capítulo! Espero que siga la racha :D . El gatito brujo andaba muy pegado a Elsa, lástima que era por esa razón, pero no puedo asegurarte que Elsa esté bien, sorry. Gracias a ti por por leer y comentar.

Yuecita: ¡Hola, bella! Me encuentro muy bien, espero lo mismo de ti. No recuerdo tu nombre, así que mucho gusto si no has comentado antes. / Elsa es la reina de la dificultad, todo le pasa a ella aquí, pero le daré final a eso en algún momento. ¿Puedes creer que tardé un rato en ubicar cuál carta decías? Se me fue el avión XD, como no me acordaba de haber escrito algo con el final del reinado, olvidé a los primos ja,ja,ja. Pues qué crees, no te lo puedo negar o confirmar porque te escribo donde todos pueden leer je,je. Verás, tus preguntas sí tienen respuesta en el fic, una de ellas intuida. / Ahora que Hans regresó, ya verás cómo sale el asunto del amor. Gracias por leer y comentar, espero que este y los demás capítulos te gusten.