Capítulo 6
Venganza y justicia
—¡¿Dices que Hades es nuestro enemigo?!—exclamó con preocupación Kanon.
—Así es. No sé como sucedió, aunque sospecho que Hera está involucrada. Ha envenenado su mente contra ustedes, debido a los enfrentamientos que han surgido en su época, contra su reencarnación.
—No comprendo. Simplemente no entiendo como los dioses pueden ser tan infantiles y tan ridículos—comentó Milo, con desgano.
Los otros doce Santos miraron expectantes, en espera del momento en que reacciona ante el comentario que acaba de hacer frente a su diosa. Los ojos centrados en él hicieron que cayera en cuenta de su resbalón.
—¡Ay! ¡Quise decir que algunos dioses! No todos son infantiles. Otros como tú, princesa, son diferentes—intentó excusarse.
La diosa no pudo evitar reír al ver la reacción de su Santo Dorado. No entendía como podían ser tan letales, si al mismo tiempo eran tan divertidos y a veces, distraídos. Estaba segura de que el día que se marcharan de regreso a su Era iba a extrañarles.
—Cómo les decía—continuó con su explicación, intentando no reírse más—, con Hades levantándose en nuestra contra, las cosas se complican. Zeus se encuentra negociando con él en este momento. Pero, hasta que haya llegado a un acuerdo con su hermano, les suplico que se mantengan alejados de sus dominios. Tengan en cuenta que en esta segunda misión prácticamente pelearán en los límites de mi territorio y del de Hades. Lerna es la entrada al inframundo.
Ninguno de ellos había considerado esa última observación. Era sabido por todos que la Hidra del lago Lerna era la feroz vigilante de la puerta de ingreso al Mundo de los Muertos. Por lo que, el menor inconveniente, podía arrojarles al reino del Hades o bien, podrían enfrentarse a los vasallos del dios que fueran a su encuentro.
—Por favor, no te preocupes por nosotros. Estaremos bien—habló Shaka—. Con tu ayuda hemos salido una vez del Infierno. Estoy seguro que podremos librarnos nuevamente de él.
Athena se limitó a sonreír, sin poder ocultar la preocupación que sentía. Conocía bien lo peligroso y traicionero que podía ser Hades. Mandarlos así, a pelear con el peligro acechando en cada rincón, le sonaba como un plan descabellado.
Pero también reconocía que no había nada que pudiera hacer para evitar que comenzaran la segunda de las tareas.
—Lo juro. No entiendo como la joven Athena de su tiempo puede tener cualquier control sobre ustedes—les dijo juguetonamente—. Tengo que darle crédito a la niña.
Apenados por el comentario de su señora, los Santos rieron también. Era muy cierto que tendían a ser testarudos y que, eventualmente, acaban saliéndose con la suya. Pero no era algo que sucediera todos los días.
—No me queda más que desearles un buen viaje y suplicarles que sean cuidadosos—les dijo Athena antes de retirarse—. Que Niké les corone.
Los Santos le obsequiaron una reverencia como despedida y, después de unos cuantos minutos, se dirigieron hacia la salida del Templo.
Afuera el Sol brillaba intensamente, y no se veía una sola nube en cielo. Les esperaba un hermoso día.
Empezaron el largo recorrido hasta la región del golfo de la Argólica. Esperaban alcanzar su destino en un par de días. A pesar de que la advertencia de Athena permanecía fresca en sus mentes, no era un asunto que les causara ansiedad o algún tipo de temor. Poco a poco se habían hecho a la idea de que siempre habría un dios causándoles problemas. Hades no iba a ser ni el primero, ni tampoco el último.
—Oye, Dohko—dijo Milo, cruzando su brazo por encima del santo de Libra—. ¿Sabes que casi no sabemos nada de ti? Cuéntanos algo interesante.
—¿Qué te gustaría saber?—le preguntó amistosamente.
—Pues ya sabes: lo normal. ¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu comida predilecta? ¿Qué color te gusta más? ¿Tienes novia?
Aquella última pregunta tomó por sorpresa al joven Maestro. Si no recordaba mal, era la primera vez que alguno de los chicos le cuestionaba algo semejante. Por lo general la plática giraba en torno a antiguas enseñanzas o algún consejo. Nunca acerca de relaciones personales.
—No seas irrespetuoso con el Maestro—le reprendió Camus mientras jalaba de la melena al escorpión, para separarlo de Dohko. Poco le importaron sus gritos.
Lo que nadie sabía era que el Santo de Acuario había adivinado la intención de su compañero. Milo obviamente buscaba la manera de sacarle información con respecto a su relación con la sacerdotisa de Athena. Sin embargo, el escorpión dorado estaba buscando en el lugar equivocado, puesto que Dohko sabía tanto como ellos de ese asunto.
—¡Véanlo!—acusó Milo cuando logró zafarse de él—. ¡Solo me maltrata!
Las risas de los Santos no se hicieron esperar. El escorpión siempre conseguía alegrarles el día con sus ocurrencias, sus aventuras y sus desavenencias.
—No seas exagerado, Milo. Además, te lo ganaste por insolente—respondió Camus, con su acostumbrada seriedad.
—Vale, vale. No se peleen, par de enamorados—bromeó Shura. Pasó los brazos por encima de los hombros de ambos, mientras ambos chicos tratan de alejarse lo más que podían.
—¡Qué asco, Shura!—exclamó el peliazul, zafándose de él—¡Camus y yo solo somos amigos!
El acuariano de limitó a congelar con la mirada a su vecino de la casa anterior.
—No hay necesidad de fingir. Todos sabemos de las aventurillas entre los dos. Así que esa fachada de amigos no funciona con nosotros—continuó entre carcajadas, como una obvia alusión al incidente de la noche anterior.
—Mira, Shura, el que tú y el arquero aquí presente sean amigos de ese tipo no quiere decir que todos los amigos seamos así ¿entendido?—contestó con frialdad Camus, para luego sonreír divertido al reparar en la cara de susto de su compañero.
—¡Eh! ¡No me metan en sus líos!—preguntó un sorprendido Aioros, al ver su nombre inmiscuido en semejante conversación.
—¿Qué pasó, cabra? ¿Te comió la lengua el ratón? Mejor dicho, te la congeló el hielito. —Rió alegremente Milo al conseguir callarlo. —¡Admítelo, no puedes con mi amigo!
—¿Ya lo perdonaste, bicho? Entonces ya pueden volver a su luna de miel—respondió el español con ironía.
—¿Celoso?—contraatacó.
—¡Basta!—interrumpió Kanon—. No queremos saber más de sus asuntos personales, ni de sus celos absurdos.
—Comparto la opinión de Kanon—le apoyó Shaka.
—¡Bah! No arruinen la diversión—contestó entre carcajadas Máscara. Pero rápidamente, Aldebarán se encargó de terminar la conversación.
—Eh, ¿muchachos?…
El grupo se detuvo para ver que acongojaba al Santo de Tauro. Para su sorpresa, Aldebarán observaba atentamente algo que sucedía a la derecha del camino. Al voltear vieron que una enorme columna de humo negro se alzaba por encima de los árboles.
—Pero, ¿qué…—musitó Mu, al ver la magnitud de aquella nube oscura que se unía a las nubes del cielo.
—¡Vamos! ¡Averigüemos que es lo que sucede!—les dijo Aioros empezando la carrera hacia el lugar donde tenía su origen el humo.
—¡Oye! ¡Espéranos!—le gritó Saga mientras intentaba darle alcance, seguido del resto del grupo.
Los trece Santos se adentraron en el bosque y corrieron a toda velocidad, esquivando ágilmente las ramas y piedras que se cruzaban en sus caminos. Conforme se iban acercando a la fuente de la humarada el olor a azufre se intensificaba y la visibilidad disminuía. Para evitar perderse entre la neblina oscura que les rodeaba los Santos bajaron la velocidad y esperaron a estar todos juntos para caminar lentamente hacia lo que parecía un claro en medio del bosque.
Lo que vieron al salir del bosque les heló la sangre.
Enorme llamaradas de fuego salían de los restos de lo que alguna vez fue una pequeña aldea. Las chozas habían sido arrasadas por el fuego, mientras que algunos de los sobrevivientes intentaban huir como podían de aquel infierno. Las pocas personas que aún permanecían vivas mostraban heridas graves en sus cuerpos; desde quemaduras hasta cortaduras profundas de la cuales la sangre brotaba abundantemente.
Aquella escena no era causa un accidente. Esa gente había sido atacada por algún ser de fuerza superior quien, sin piedad alguna, había terminado con la vida de decenas de personas… sin considerar a niños y mujeres.
Saliendo de su asombro, Camus usó su cosmos para crear una pequeña esfera de energía azul en sus manos la cual lanzó hacia el cielo. Una suave roció, frío como la nieve, cayó por encima de la aldea, logrando aplacar a las ardientes llamas. Sin titubear, los Santos se aproximaron a ayudar a los habitantes de la villa. Sin embargo, la situación estaba fuera de su control.
Como pudieron se las arreglaron para encontrar a los sobrevivientes entre los escombros de la aldea. El escenario era poco alentador al encontrar a más de cuarenta personas, todas heridas de gravedad. Lo peor llegó cuando Aldebarán encontró a un pequeño niño, no mayor de cinco años con quemaduras graves en todo su cuerpo. La rabia e impotencia se apoderaron de los guerreros de Athena. Algo dentro de sus pechos se rompió.
—¡Maldición!—exclamó un furioso Milo al observar al niño que luchaba por respirar en los brazos del Toro Dorado—. ¿Quién se atrevería a hacer algo tan monstruoso como esto?
—Fueron ellas…—dijo entre murmullos una débil voz.
Mirando hacia su lado, encontraron a una mujer que yacía con varias heridas abiertas en el abdomen y las piernas. Su cabello castaño con algunas hebras blancas mostraba los primeros signos de la vejez, aún más evidentes en sus ojos cansados.
—¿Quiénes son ellas?—le preguntó Aioria mientras luchaba por frenar la hemorragia que asesinaba lentamente a la mujer.
—Ellas…l as Keres—alcanzó a decir antes de perder el conocimiento.
—¿Keres?—repitió Kanon mirando a sus compañeros con preocupación—. Eso significa que el culpable de esta masacre no es nadie más que Hades.
El silencio se apoderó de los Santos. Por unos segundos, lo único que se escuchó fue el lamento y llanto de las personas que luchaban por su vidas.
—Ha muerto—afirmó Aioria, al mismo tiempo que se ponía de pie para alejarse de la mujer a la que hasta hace unos minutos ayudaba.
—El niño tampoco tardará mucho en morir—Mu confirmó el peor de los diagnósticos.
El santo de Tauro bajó la cabeza lleno de tristeza y se sentó a observar la fragilidad de la vida del pequeño. Solo le quedaba esperar.
Aioros se acercó a él y poniendo la mano sobre su hombro compartió su dolor. La desesperación que sentían al saberse inútiles para ayudar a todo esa gente incrementaba su pesar.
—No hay nada que podamos hacer aquí—comentó Saga, con fingidad frialdad—. Será mejor que continuemos nuestro camino.
—¡¿Qué dices?! ¡¿Acaso has perdido la razón?!—le confrontó Aioria.
—¡No podemos irnos y dejarlos aquí a que mueran!—exclamó Milo.
—¿Y qué piensan hacer? ¿Cómo piensan salvarlos?—les respondió sin perder el temple. Admiraba sus buenas intenciones, pero no por eso dejaría de lado la realidad.
Ninguno de los chicos respondió. En realidad Saga tenía razón. Sería imposible llevar a toda esa gente hasta un refugio seguro, y si permanecían ahí, ciertamente morirían. Todo era cuestión de tiempo.
—Tiene que haber algo que podamos hacer.
—Admítanlo, Dohko. Saga está en lo cierto—dijo Máscara Mortal.
—¡No!—se impuso Aioros—. Nuestro deber es permanecer aquí con ellos, ¿Quién somos nosotros para decidir su destino?
—Sé razonable, arquero. Lo único que nos queda es acompañarlos en su muerte—insistió Afrodita.
—Entonces, que así sea—sentenció Aldebarán poniéndose de pie con el cadáver del niño en sus brazos.
Ante tan lamentable escena ninguno pronunció palabra. Alguna vez tomaron la decisión de entregar sus propias vidas para salvar a la humanidad, pero esta era, por mucho, la decisión más difícil que afrontaban en mucho tiempo.
—¡Por un demonio!—siseó Shura, apretando los dientes—. Si seguimos perdiendo el tiempo en discusiones será lo mismo que haberlos abandonado.
Hasta entonces, Shaka había permanecido al margen. Su atención pertenecía a aquellas víctimas que sufrían en silencio su pena. Con melancolía, tomó en sus manos la medalla con su signo que Shion les había entregado antes de dejar la Era Moderna.
—Athena…—pensó en voz alta, atrayendo la mirada de sus compañeros—. Quizá si logramos comunicarnos con ella, podría enviarnos apoyo.
—Podemos intentarlo—respondió Dohko a la propuesta—. Aunque no sabremos cuanto tiempo tardarán en llegar los refuerzos.
—Hagámoslo de una vez, para seguir con nuestra misión lo más rápido posible—se apresuró a decir Saga, volviéndose y alejándose de sus compañeros.
Todos los demás solamente observaron la reacción del peliazul. El único que se atrevió a seguirle fue su gemelo. Kanon necesitaba una explicación a la conducta de Saga.
—Vaya. Parece que el viejo vicio de abandonar a la gente en situaciones de vida o muerte no ha desaparecido—comentó con sarcasmo.
Saga solamente sonrió con un dejo de tristeza en los ojos que Kanon no supo comprender.
—No entiendo, Saga. ¿Por qué esa urgencia tuya por salir de este lugar?
—¿Acaso ninguno de ustedes es capaz de darse cuenta?—le contestó el mayor sin siquiera mirarle a la cara.
—¿Darnos cuenta de qué?—le confrontó Kanon poniéndose frente a él.
—¿Quieres saberlo? Bien, te lo diré. Toda esta tragedia es culpa nuestra.
La frialdad de las palabras de Saga resonaron en los oídos de su hermano. ¿Cómo habían causado ellos tan terrible desgracia? ¿Por qué Saga pensaba de esa manera?
—Todos lo saben, pero ninguno se atreve a admitirlo—continuó Saga—. Esta es obra de Hades. Él está buscando una confrontación directa con Athena para conseguir una oportunidad de vengarse. Lo mejor para esta gente es que nosotros nos marchemos lo más pronto posible. A nuestro alrededor no hay más que llanto y muerte.
Kanon no tuvo respuesta ante la afirmación de su hermano. La cruda verdad había regresado para traerlo de vuelta a la realidad que vivía.
Por su parte, los otros Santos atendían a los aldeanos del mejor modo posible, con la excepción de Mu y Shaka, quienes intentaban comunicarse con su diosa. Desafortunadamente, sus llamados no tuvieron respuesta.
—No entiendo. Deberíamos ser capaces de comunicarnos con Athena. Ya hemos usado nuestros cosmos para hablar entre nosotros. Debería funcionar igual con la princesa—lamentó Mu.
—Algo debe estar interfiriendo.
—¿Qué pasa? Si queremos salvar a alguien tenemos que darnos prisa—les gritó Aioria quien junto con Aldebarán intentaba limpiar la herida de un aldeano.
—Athena no responde—le dijo Mu.
—¡Demonios!—se quejó el león dorado—. ¿Dónde estás, Athena?—preguntó para sí mismo.
—Palas no se encuentra en el mundo mortal—le contestó una voz conocida.
—¿Aretha?—Aioria volteó al reconocer la voz. —¿Hace cuanto que estás aquí?
—No mucho. Creí escuchar sus voces, así que decidí acercarme a verificar si estaban bien—respondió.
—Eso no importa ahora—interrumpió Aldebarán—. Necesitamos contactar a Athena. ¿Tú sabes dónde está?
—Sí. Está en el Olimpo. Se dice que Hades y Zeus se encuentran reunidos ahí.
—Necesitamos hablar con ella. —Mu se unió a la conversación—¿Podrías decirle lo que sucedió aquí?
—Puedo intentarlo—les dijo la ninfa mientras desaparecía en el viento.
De la nada, una fuerte ráfaga de aire hizo que Aretha volviera a tomar su forma física y saliera disparada contra el piso. La ninfa cayó al piso inconsciente, ante la mirada desconcertada de Afrodita que estaba cerca del lugar donde había caído.
—¡Aretha!—gritó el león. Pero no tenía modo de ayudarla.
—Tonta ninfa…—dijo una voz femenina y maquiavélica.
—… Queriendo ayudar a los guerreros de Athena—complementó otra voz, llena de ironía.
Dos mujeres de rostros pálidos y larguísimos cabellos negros estaban de pie sobre una cabaña semidestruida. Sus ojos eran negros y vacíos, como la profundidad de los océanos; y sus vestidos blancos estaban manchados con sangre. Imponentes y altivas, retaron con la mirada a los jóvenes santos.
—¿Quiénes son ellas?—preguntó Aioros.
—¿Quiénes somos? —Una de las mujeres se bajó de la choza y caminó en dirección al arquero. —Somos las hijas de la noche. Hermanas de la muerte y la venganza…
—¿Acaso no reconoces a las Keres cuando las tienes frente a ti, Santo de Athena? —Le sorprendió la otra mujer, quien ya se encontraba a espaldas de él, sin que éste lo notara.
Intempestivamente, la mujer atacó al castaño por la espalda, quien de milagro alcanzó a evadir las filosas garras de la sirviente de Hades. Aunque desafortunadamente, no alcanzó a librar a un moribundo aldeano de las manos de la Kere. Tomándolo del cuello le alzó del piso y comenzó a la lamer la sangre que corría por la cara del hombre.
—¡Suéltalo!—gritó Shura. Lanzó un golpe de energía hacía la Keres alcanzando a golpearla pero no consiguiendo causarle daño.
Al sentirse interrumpida, se volteó hacia el Santo de Capricornio y, cerrando mas el puño, se escuchó el crujir del cuello del hombre que le servía de alimento.
Lo había matado. Se deshizo del cuerpo cual si fuera basura, y alzó el vuelo hacia el cielo seguida de su hermana.
—Si tanto te preocupa…—comenzó a hablar la primera de ellas.
—Nos aseguraremos que puedas velar por él en el Tártaro—terminó la otra.
Un aura negra rodeó a las Keres, impregnando el cielo de un matiz oscuro. Débiles relámpagos de energía púrpura revoloteaban a su alrededor. El ataque era inminente. Se situaron una al lado de la otra, extendiendo sus manos hacia su compañera y creando entre sus brazos una remolina de rayos rojos como la sangre.
—¡Lágrimas de Sangre!
Cientos de luces cayeron sobre los Santos como una lluvia de sangre, perforando todo lo que tocaban. Aquel había sido el ataque que utilizasen anteriormente, para abrir las heridas en los cuerpos de las personas de la aldea.
—¡Kahn! —Retumbó la voz de Shaka.
Si el rubio no hubiera invocado a tiempo el campo de energía que protegió a todos, las Keres hubieran terminado con la vida de los aldeanos, incapaces de defenderse. Ante la reacción del santo de la Virgen, las mujeres sonrieron maliciosamente: la pelea se ponía interesante.
—Parece que después de todo, esto será divertido, ¿no te parece, hermana?
—¡Reúnan a los heridos en solo lugar!—ordenó Dohko a sus compañeros de Orden.
Como pudieron, los Santos intentaron seguir las instrucciones del Viejo Maestro. Pero en las alturas, la Keres nuevamente tomaban posición de batalla dispuestas a lanzar por segunda vez el sangriento ataque. Pasando desapercibidos para las confiadas servidoras de Hades, Aretha comenzaba a recobrar la conciencia bajó la protección de Afrodita. Lentamente sus ojos comenzaron a abrirse y su cuerpo recupéro movilidad.
—¿Qué sucedió?—preguntó algo confundida.
—Fuiste atacada al intentar ayudarnos.
—¡Keres!—exclamó con espanto—. Tengo que localizar a Athena—intentó ponerse de pie a duras penas.
—Oye, tranquila. Aún estás muy débil—dijo el santo de Piscis—. No te preocupes, ¿de acuerdo? Nosotros podemos derrotarlas.
—¡No! ¡No podrán!—respondió, visiblemente alterada—. Ellas se alimentan de la muerte y el miedo. Este lugar está lleno de ellos. Así que su poder solamente se incrementará.
Sin darle tiempo al Santo para reaccionar, la ninfa desapareció. Afrodita miró el panorama que le rodeaba. Todo era desolador. Si lo que Aretha decía resultaba cierto, entonces estaban en problemas… y grandes. Pero, justo entonces, las voces de las Keres atrajeron su atención.
Las Hijas de la Noche lanzaron por segunda vez su maléfico ataque sobre los Santos y los aldeanos. Sus gritos resonaron en el espacio.
—¡Lágrimas de Sangre!
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Abriendo de golpe la pesada puerta del megaron en el templo principal del Olimpo, la diosa de la sabiduría realizó su entrada. En su interior, Zeus se encontraba reunido con Hades y Hera, discutiendo la reciente intromisión del Emperador de las Tinieblas en aquella aventura. Sin embargo, al divisar a Athena, los tres dioses guardaron silencio.
—Padre—saludó la diosa. Obsequió una leve reverencia a Zeus y se esforzó por a los otros dos.
—Tus modales no han cambiado, Athena—reclamó Hades.
El Dios de los Muertos era imponente a la vista. Era tan alto como el mismísimo Zeus, pero un poco menos corpulento. Usaba una larga túnica de color púrpura y llevaba la legendaria espada ceñida a su cintura. Sus cabellos y barba negros resaltaban el profundo azul de sus ojos. Aunque su rostro reflejaba de paz y tranquilidad, en el fondo se ocultaba un carácter volátil y vengativo como ninguno.
Pero a Athena no la intimidaba. No se inmutó en lo más mínimo ante el reproche del dios y continuó su conversación con el Rey del Olimpo.
—Exijo una explicación—dijo con firmeza—. Hades no estaba incluido como parte de las reglas del reto. Creí que los involucrados teníamos palabra.
—Yo no lo invité a participar, si eso es a lo que te refieres—contestó la aludida, con una mueca de burla en los labios.
—¿Pretendes que crea ?
—Me consterna que tomes mi palabra, Athena—contraatacó Hera para después soltar una carcajada estruendosa.
—¡Suficiente!—rugió Zeus—. No quiero escuchar una palabra más de ninguna. Athena, yo personalmente me estoy haciendo cargo de la situación. No intervengas.
—¡¿Cómo me pides eso?!—levantó la voz, sintiendo su sangre hervir—. ¡Estamos hablando de mis Santos, padre! Esto es una vil trampa que ella planeó desde el principio. Toda vez que consiguió traerles hasta aquí, se aseguró de involucrar Hades en las misiones.
Hades sonrió con malicia ante el comentario de la joven Palas. Verla al borde de la desesperación era delicioso. Su frustración alimentaba a sus deseos de molestarla.
—Creo que deberías investigar primero antes de acusar—intervino con una pasmosa tranquilidad—. Yo no estoy solicitando ser incluido en cualquiera que sea el lío que Hera y tú han armado…
—¿Qué dices? —Athena estaba confundida y su rabia comenzaba a traicionarla.
—Yo solamente quiero venganza, y voy a tomarla de mi propia mano. No pienso inmiscuirme en ridículas competencias y, por lo tanto, no tengo la menor intención de seguir las estúpidas reglas de su jueguito—sentenció.
La morena permaneció inmóvil ante la aseveración de Hades. De ser cierto no habría manera de controlar las acciones del dios. Sin Zeus, ella no podría contener su poder.
—¿Qué les parece? La niña se quedó muda. —Rió Hera.
—Guarda silencio, mujer—ordenó Zeus—. Athena, haz el favor de retirarte. Yo solucionaré esto. Te lo he dicho ya.
—No hay nada que solucionar, hermano. Si estoy aquí es para informarte de mi decisión y, habiendo cumplido mi objetivo, me retiro. —Y, sin una palabra más, una bruma oscura envolvió al dios, hasta hacerlo desaparecer.
—¡Padre!—terció una desesperada Athena.
—Por esto te pedí que te mantuvieras al margen. Ahora no hay nada más que hacer, sino advertirle a tus Santos que…
Pero no tuvo tiempo de terminar. La puerta se abrió nuevamente para dar entrada a Aretha. La ninfa, herida y tambaleante, había conseguido encontrar a la diosa ateniense.
—¡Señora!—exclamó, hincándose torpemente en el piso.
—¿Quién crees que eres para entrar aquí se esa manera? —Hera se puso en pie y golpeó la mesa con las manos.
—Calla, Hera. ¿Qué sucede? —Se dirigió a la ninfa, después.
—Tus Santos están en peligro, señora. Las Keres les atacan.
—No puede ser—murmuró la morena. Sabía que Hades la había atraído hasta ahí y después había aprovechado su ausencia para atacar. —Vámonos—dijo a la ninfa.
Dirigió una última mirada rabiosa a su padre y a su consorte. Se sentía traicionada y no podía ocultar su frustración. La noticia de que sus guerreros estaban en peligro solamente había empeorado las cosas.
No tenía tiempo que perder.
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La mortal lluvia comenzó a caer nuevamente sobre los Santos. El escudo invisible de Shaka comenzaba a flaquear. Eventualmente, algunas gotas de esa lluvia conseguían atravesarlo. Si caía, mucha gente además de ellos terminaría siendo afectada.
—¡Muro de Cristal! —El santo de Aries invocó a su máxima técnica defensiva.
Momentáneamente, su problemas se solucionaron. Sin embargo, las Keres aún continuaban ilesas y con ánimos de terminar con ellos.
—¡Ya es suficiente! ¡Ya me cansé de no hacer nada!—gritó Shura, con toda la rabia que tenía dentro—. ¡Excalib…!
—¡Alto! ¡Detente!—suplicó Aioros, deteniendo su brazo—. Esta gente está demasiado malherida. El más mínimo golpe de alguno de nuestros ataque podría matarles.
—¡Si no hacemos nada, de todas maneras morirán y nosotros pereceremos con ellos!—insistió el de Capricornio.
—¡Estoy de acuerdo con Shura!—terció Aioria.
—¡Hay que hacer algo… y pronto!—exclamó Mu—. ¡El Muro de Cristal no aguantará mucho!
—Entonces, ¿qué esperamos? —Máscara Mortal estaba emocionado. La adrenalina corría con locura por su cuerpo. —Baja el Muro para que podamos atacar, Mu.
—¿Listos?—preguntó Kanon. Una presuntuosa sonrisa se había dibujado en sus labios.
—Están locos—susurró Aioros.
—Sí, quizá tengas razón, mi estimado arquero. Pero eso de sentarnos a esperar la muerte no es nuestro estilo—agregó Milo—. ¿cierto, Camus?
—Estoy de acuerdo—sonrió.
—Bajaré la Muro por unos segundos, lo suficiente para que puedan lanzar sus ataques. Los demás nos preocuparemos de cuidar a toda esta gente—dijo Mu—. Háganlo lo más rápido posible. No soportaremos por mucho tiempo esta lluvia infernal.
—¡Sí!—corearon.
Saga observaba atentamente la situación. Medía con cuidado cada riesgo y cada apuesta. ¿Serían capaces de terminar con las Keres, antes de que ellas terminaran con ellos? Pasara lo que pasara, todo terminaría justo en aquel instante. Si lograban vencerlas podrían continuar su camino. Si ellas esquivaban el poder destructivos de sus cosmos, entonces los heridos perderían la vida y ya no habría nada que los detuviera en ese lugar. El geminiano sabía que ellos podrían escapar sin problemas.
—¡Excalibur!
—¡Plasma Relámpago!
—¡Triángulo Dorado!
—¡Ondas Infernales!
—¡Aguja Escarlata!
—¡Polvo de Diamantes!
Una enorme esfera de energía dorada salió disparada hacia las Keres, arrasando en su camino con las sangrientas gotas que caían sobre ellos. Por unos segundos, una brillante luz cegó la vista de todos, inundando el cielo con tanta fuerte como el Sol.
La luz se desvaneció lentamente. Cuando el brillo hubo cesado y sus ojos recuperaron visibilidad, las Keres habían desaparecido. Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
—Han desaparecido—musitó Aldebarán. Nadie dijo una sola palabra más.
Los demás Santos solamente observaron el cielo por unos instantes, antes de volverse hacia los heridos para continuar con su ayuda. Poco sabían que aquello no había terminado.
—Así que este es el poder de los Santos de Athena—retumbó una voz en la inmensidad del cielo—. Ningún mortal posee fuerza suficiente para derrotar a las Señoras del Destino. Ahora comprendo por qué los mismos dioses les desean la muerte.
—¿Quién eres? ¡Revélate ante nosotros!—exigió Dohko.
—Demasiado atrevimiento el tuyo, al demandar tal cosa de mí—contestó la voz—. Pero habiéndose ganado mi respeto, les daré la oportunidad de conocer mi identidad. Yo soy Eaco, juez del Infierno.
—No otra vez—se quejó Kanon, fastidiado.
—No confundan nuestro tiempo con el suyo. Nosotros no actuamos movidos por la venganza o el rencor. Nosotros buscamos la justicia y ustedes, por haber retado y asesinado a los dioses, serán condenados a sufrir en el Cocitos por la eternidad.
—¿Crees que nos asustas?—musitó Máscara Mortal—. Ya hemos estado ahí y nos las arreglamos para salir. Así que ahórrate las historias de terror. Ya no somos niños.
—Han sido advertidos, Santos de Athena. No existe ser humano que pueda huir de su destino. Hoy será el día en que el destino les alcance.
Poco a poco, la figura de un hombre comenzó a tomar forma frente a sus ojos. Al principio era imposible distinguir sus facciones. Pero conforme la neblina que le rodeaba disminuía, los Santos pudieron observar con claridad a su nuevo enemigo.
Efectivamente, Eacos no era parecido en lo más mínimo al que Kanon había enfrentado durante la guerra en contra Hades. Este era un hombre mayor, con cabellos y barba grises, ojos cafés y abundantes cejas que le brindaban un aire de rigidez a su rostro. En su mano derecha sostenía un bastón que parecía no necesitar.
Lentamente, se aproximó a los sorprendidos Santos. Su rostro no delataba emoción alguna, aunque su mirada se mantenía fija en ellos. Los jóvenes permanecieron inmóviles en espera de cualquier reacción por parte del juez. Se mantuvieron atentos ante un eventual ataque. Si algo habían aprendido en el poco tiempo que llevaban ahí, era que en la Era del Mito nada era lo que parecía.
Eacos levantó su bastón del piso, como si fuera a golpearlo con la punta. Su brazo se movió con rapidez. Y, de pronto, todo se detuvo.
—Detente—ordenó una voz.
Detrás de los Santos, de pie, se encontraba la mismísima Athena, con Niké en su mano derecha. A su lado, Aretha la acompañaba.
—Palas—musitó el hombre—. No intervengas, señora. Estoy aquí simplemente para cumplir con mi deber—continuó.
—No creo que seas el adecuado para decirme que hacer—respondió con dureza la diosa—. Además, estos hombres a quienes juzgas son mis Santos. Yo respondo por ellos y no te permitiré juzgarlos.
El hombre permaneció calmado ante la presencia de la joven diosa. Sin inmutarse, la miraba fijamente, como si midiera con sumo cuidado las palabras con las que respondería.
—Señora, te suplico que entiendas que, mi posición aquí, es simplemente la de hacer justicia…
—¿Justicia? ¿Para quién? ¿Para Hades?—cuestionó Athena.
—Señora…
—Desaparece ahora, Eacos. Lo que tengas que decir, no me interesa. La justicia, en su caso, ha sido dictado por mi propio padre. ¿Acaso te crees superior al Rey del Olimpo?
Prudentemente, el juez guardó silencio. Mientras la diosa estuviera de por medio, no había nada que pudiera hacer. Lo más sensato era guardar distancia y esperar por otra oportunidad.
—Me retiro entonces, señora—dijo, bajando la cabeza a modo de reverencia.
Ella no le respondió. Le resultaba una verdadera pérdida de tiempo tener que lidiar con esas situaciones. Ahora lo importante era que los Santos terminaran a la brevedad posible con sus misiones. Eso y que terminaran ilesos.
Cuando el enviado de Hades hubo desaparecido, ella respiró aliviada. Co más tranquilidad, se fijó en la miseria que la rodeaba: en la gente herida por doquier y sus Santos todo lo posible por reconfortarles.
—¿Qué sucedió aquí?—preguntó, impresionada por la magnitud de la escena.
—Fueron atacados por las Keres, bajo las órdenes de Hades—contestó Shaka.
Athena se acercó a un hombre que yacía con en el piso, retorciéndose de dolor, y se hincó frente a él. Con cuidado, puso su mano sobre él y encendió su cosmos, cálido y reconfortante. Cual magia, las heridas del hombre comenzaron a sanar. Su dolor se alivió temporalmente.
El aldeano se sentó lentamente. Estaba maravillado del milagro que la diosa acaba de realizar en él. Torpemente, aún confundido por el desastre que atravesaba, le obsequió una sonrisa como agradecimiento.
—Será mejor que ayudemos a los demás—respondió la morena, devolviéndole el gesto.
Esta vez su cosmos ardió con más fuerza, inundando todo el lugar. Poco a poco, los heridos mejoraron. El pueblo entero estaba agradecido.
—Lamento no poder traer de vuelta a aquellos que han perdido la vida—dijo con sentido dolor—Quisiera haber llegado a tiempo para ayudarles.
—No creo que hubiera modo, princesa—intentó consolarla Aldebarán.
—Estaba en el Olimpo, con mi padre—continuó ella.
—Si tú fuiste al Olimpo, fue por nosotros, para tratar de mantenernos a salvo de Hades, ¿cierto?—dijo Milo.
—Aún así, Milo. Debí regresar antes—respondió con una sonrisa triste.
En silencio, Kanon miró en dirección hacia donde estaba su gemelo. El geminiano, aparentemente, había tenido la razón al asegurar que ellos representaban una amenaza latente para todo aquel que les rodeara. La dantesca escena se los comprobaba.
—Es mejor que continúen su camino—dijo Athena de nueva cuenta—. Ahora que estoy aquí me haré cargo de estas personas. El ejército ateniense ya viene para ayudarme.
—¿Segura que no nos necesitas aquí?—insistió Dohko.
—Segura. Además, ya se han retrasado bastante. Aprovechen las pocas horas de luz que quedan del día.
—Así lo haremos—respondió Shaka.
Ella se despidió con un sencillo gesto de cabeza y permaneció observándoles mientras se alejaban del lugar. No podía ocultar la preocupación que la invadía.
—"Cuídense" —Pensó.
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Los Santos caminaban cabizbajos. Aún tenían las imágenes de la tragedia grabadas en la mente, por lo que se les complicaba el seguir como si nada hubiera pasado. Las bromas y risas se había convertido en silencios incómodos y pesados. Iban tan encerrados en sus propios pensamientos que no notaron la presencia de alguien que les seguía muy de cerca.
—¿Estás bien? —El abrazo de Aretha sorprendió a Aioria.
—Sí—dijo el Santo de Leo, intentando reponerse del sobresalto—. Gracias a ti, todos lo estamos—respondió con una sonrisa, mientras luchaba por soltarse de ella.
—"Alguien va a meterse en problemas"—La voz de Shura sonó burlonamente en su cabeza.
—"¿Cuánto vale nuestro silencio, gato?" —preguntó Milo, tan divertido como el español.
—"Oh, te aseguro que más de lo que nos puede pagar"—terció Kanon—. "Me encantaría ver la reacción de Águila si este chisme llega a sus oídos"
La cara de Aioria lo dijo todo: esa relación con la ninfa se estaba complicando, por lo que tenía que buscar una salida decorosa que no lastimara los sentimientos de su nueva amiga. Solo de pensar en que Marín pudiera enterarse, se le enchinaba la piel. Tener de novia a una Amazona no era nada fácil.
—¿Estás bien, Aioria?—preguntó el arquero.
Una maquiavélica idea surgió en la mente del león. Aioros y él eran físicamente parecidos, sus personalidades eran similares y el arquero dorado estaba soltero. Tal vez, y solo tal vez, podría… No, mejor no. Porque, si el Santo de Sagitario se enteraba de su plan, corría el riesgo de terminar con una flecha clavada en alguna parte de su cuerpo.
—¿Aioria?—insistió Aioros.
—¿Qué?—preguntó saliendo de sus ideas—. No, no te preocupes… Solamente estaba pensado.
—¿En qué pensabas?—irrumpió la ninfa en la conversación de ambos hermanos. Aioria sonrió. Esa era su oportunidad de poner en marcha su plan.
—Recordaba las historias que Aioros solía contarme cuando era pequeño, acerca de los Santos de Athena. ¿Por qué no le cuentas algunas historias a Aretha?—dijo acercando a la ninfa al arquero.
—No creo que Aretha quiera escuchar esos cuentos infantiles…
—¡Por supuesto que quiere! ¿Verdad, Aretha? —Pero la ninfa aceptó sin dudar. Lo que fuera por agradar al león.
—Vale, vale—comenzó sin más remedio—. Verás…
Habiendo finalizado el primer paso del plan, Aioria se retiró para darles más espacio. Secretamente estaba emocionado de haber librado los embates de la ninfa… al menos en ese momento.
—"Cuando se entere de lo que estás planeand,o te va a matar" —Le advirtió Shura.
—"Bah, eso no es cierto. Mi hermano sería incapaz de hacerme daño."
—"No te confíes mucho de los hermanos. Algunos pueden hacerte cosas muy feas. Créeme"—terció Kanon, al mismo tiempo que miraba a Saga. El Santo levantó las cejas al sentirse observado.
—"Pues yo conozco a mi hermano y sé que nunca me lastimaría." —Aioria estaba confiado. Mucho. O eso creía.
—"Uno nunca sabe. Los desordenes mentales están a la orden del día y se pueden presentar sin mayor aviso."
Aioria miró de soslayo a su hermano. Aquel dato le resultaba interesante y, a la vez, preocupante. Los involucrados en la conversación no pudieron aguantar las carcajadas ante la reacción del león. Habían conseguido hacerlo dudar.
—¿Qué es tan gracioso?—preguntó Camus.
—Ver a nuestro león convertirse en gatito—respondió Milo, aún risas y ante las caras de confusión de los demás.
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A paso ligero, Eacos atravesó los infinitos corredores del palacio de Hades. Conocía la paciencia del Señor de los Muertos, pero no quería hacerlo esperar. Ya era suficiente con tener que informarle que había fracasado en su intento de devolver a los Santos al Inframundo.
Por fin, divisó la enorme puerta que conducía al salón del trono. Dudó un poco antes de poner sus manos sobre ella para abrirla. Al fin, reuniendo valor se atrevió a presentarse. Hades se encontraba de pie, junto a su trono, dándole la espalda.
—Mi señor—saludó, hincado la rodilla en el suelo.
—Infórmame—ordenó el dios, sin molestarse en darle la cara.
—Las Keres han perecido a manos de los Santos, y Athena ha intervenido para salvarles la vida cuando me disponía a juzgarles.
—Entiendo—murmuró su contraparte—. Retírate.
El juez se sorprendió ante la reacción de su dios. Pero, sin más, ofreció una leve reverencia y abandonó la sala dejando solo a Hades. Con la mirada perdida en el horizonte, el Rey de los Muertos se mantuvo concentrado en sus propios pensamientos.
—"Solo es cuestión es tiempo." —Pensó.
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Transcurrieron un par de días desde el primer encuentro entre los Santos y las fuerzas de Hades. Y, por fin, los jóvenes habían llegado a su destino: el lago Lerna.
A primera vista era un lugar pacífico, rodeado de impresionante vegetación y escondido en un valle entre las montañas. El lago podía observarse desde las alturas. Sus cristalinas aguas reflejaban los rayos del Sol, y las pocas ondas que surcaban la superficie mostraban un sitio tranquilo.
Comenzaron el descenso desde la montaña hasta el valle, preparándose para enfrentar su siguiente misión. Conforme se acercaban al lago podían observar que en realidad las aguas eran turbias, y no transparentes como pensaron unos momentos antes. Era un lugar extraño.
—¡Auch! ¡Maldito cangrejo!—exclamó Afrodita..
—Pero si yo no hecho nada—contestó inocentemente Máscara Mortal.
—¡No tú!—explicó de mala gana—.¡Hablo de este cangrejo real que me acaba de pellizcar el pie! —Detestaba las sandalias. Mucho.
Los Santos voltearon en busca del crustáceo, solo para darse cuenta de que una enorme y nada agradable sorpresa esperaba por ellos bajo sus pies.
—¡Son miles de cangrejos!—gritó Aldebarán, observando una marea roja que parecía surgir de la nada y se aproximaba amenazadoramente a ellos.
—¡Ay!—exclamó Milo al sentir las tenazas de una de las criaturas atacándole por detrás.
Los chicos miraron a sus espaldas, solo para descubrir que estaban rodeados por los animales rojos que cada vez eran más y más.
—¡Diablos!— Se quejó Shura.
Un golpe por aquí, una patada por allá, una leve explosión de cosmos, un pequeño salto para esquivar las molestas tenazas, y los Santos se encontraban absortos en deshacerse de esos de indeseables animales. Sin embargo, las cosas no resultaron como ellos esperaban. Cada vez que lograban eliminar a un cangrejo, dos de ellos aparecían para tomar su lugar.
—¡Argh!—exclamó el toro dorado más alterado que molesto—. ¡Se acabó! ¡Gran Cuerno!
Los animales salieron disparados en todas direcciones, ante la mirada atónita de sus compañeros. Agradecían no haber sido cangrejos, porque nadie quería convertirse en blanco de un ataque así.
—¡Listo!—comentó un orgulloso Aldebarán.
Pero, apenas avanzaron un par de pasos cuando pudieron ver de nueva cuenta que los cangrejos comenzaban a aparecer por montones. Retrocedieron ante el panorama que se les venía encima.
—A la cuenta de tres, salten lo más alto que puedan—ordenó Camus.
—¿Qué estás planeando, Camus?—preguntó Aioros, intrigado.
—No hay tiempo para explicaciones. Solo hagan lo que digo—contestó—. Uno, dos… ¡tres!
Sin más preguntas lo Santos hicieron como les ordenó. Un segundo después, estaban en el aire, observando desde las alturas el mar rojo debajo de ellos.
—¡Polvo de Diamantes!
Un capa de hielo congeló a los cangrejos, impidiendo de la misma manera que continuaran reproduciéndose.
—¡Surimi congelado! —Rió Milo.
Pero, como todo lo que sube tiene que bajar, los Santos no fueron la excepción y aterrizaron sobre la pista de hielo cortesía del de Acuario. Solo que se olvidaron de considerar que estaban en una pendiente por lo que, sin poder hacer más, resbalaron montaña abajo.
Algunos, más habilidosos que otros, consiguieron mantenerse de pie durante parte del trayecto, hasta que Aldebarán barrió con ellos en su caída. Y así, fueron cayendo los Santos en montón, acercándose cada vez más a su destino. Por fin lograron frenar, justo a las orillas del lago de Lerna. Desde ahí el panorama era totalmente diferente.
Una leve bruma salía del lago, dándole a ese lugar un aspecto lúgubre. Ahora entendían por que esa era la entrada al Inframundo. Con cuidado, fueron levantándose del piso, revisando que ningún hueso se les hubiera roto en el proceso.
—¿Están todos bien?—preguntó Aioros.
—Excalibur nunca será la misma después de esto—comentó Shura mientras se ponía de pie trabajosamente.
—Qué dramático te has vuelto, cabra—contestó Kanon.
—Miren el lago, sus aguas se han tornado negras—interrumpió Afrodita. Se acercó al lado tanto como pudo, pero entonces algo sucedió.
—¡Afrodita! ¡Cuidado!—escuchó gritar a Mu.
La advertencia había llegado tarde. Sin que el guardián de Piscis lo notara, un brazo surgió del lago tomándole por el tobillo, y le arrastró lado adentro ante la mirada de los otros Santos, que le vieron desaparecer de la superficie en un segundo.
-Continuará…-
