Capítulo 44
—Majestad, ¿busco al médico?
Elsa le dio una negativa a Frida, sabiendo que el doctor no le podría ayudar, como no había hecho todo ese tiempo que llevaba en cama. El alcance de los conocimientos de la época era insuficiente para tratarla; y, además, creía que la pesadez y sofoco de ese momento era por el cambio de estación de la siguiente semana. El calor la tenía muy abochornada y quería bañarse en agua fría para reducir su alta temperatura.
Se pasó un pañuelo por el rostro para eliminar las gotas de sudor, abanicándose a continuación.
La tela se resbaló de su mano cuando la puerta se abrió repentinamente y presentó a una persona bajo el umbral.
Al mismo segundo su corazón enloqueció.
Sus labios se movieron pronunciando el nombre de él, sin emitir sonido. Tenía que ser un sueño. Era junio y su marido debía estar en América.
—Tú no eres real —susurró conforme el Hans de fantasía eliminaba la distancia entre los dos a una velocidad de rayo, después de haber estado inerte en la entrada, contemplándola.
—Déjanos a solas.
Aun oyendo la voz de él, Elsa pensó que sin duda estaba en una de sus múltiples siestas, donde tendía a ser el protagonista de sus sueños más vivaces.
—Elsa —dijo él sentándose junto a ella en el colchón, cogiendo su mano congelada en el aire.
Un estremecimiento la recorrió desde las puntas de sus dedos y pestañeó, sintiendo la acuosidad acumulándose en sus ojos.
A través de sus lágrimas, observó las varoniles facciones de él y los orbes esmeralda que transmitían muchos sentimientos. Conmocionada, alzó su mano libre y temblorosamente la colocó contra su mejilla de tono dorado, que con su textura y temperatura le confirmó lo que necesitaba. Su sangre se alborotó en todos los rincones de su ser.
—Estás aquí —murmuró antes de sollozar y acercarlo a ella para que le dejara abrazarlo.
Hans le rodeó con sus brazos y se sintió viva al cobijarse en su incomparable esencia. El pedazo de su corazón que le faltaba había vuelto a casa.
—Sí, regresé a donde pertenezco —expresó él en el hueco de su cuello, presionando un beso suave en su piel.
Elsa asintió apretando sus manos para dar realce a su acuerdo, no pensando en reprenderse por su recibimiento.
¡Lo había extrañado tanto!
—Estoy contenta.
—Y yo.
Hans inspiró con un mínimo alivio por ser bienvenido en su prematuro arribo, tomando en cuenta su despedida. Asimismo, sentía solo cierta paz por tenerla de nuevo en sus brazos, entera, pero había visto signos de cansancio al estudiarla con detenimiento. Ni siquiera verla hermosa había podido opacar esa realidad, posible alarma de su embarazo.
Inesperadamente, Elsa se alejó de su hombro y pegó sus bocas, asombrándolo en ese ánimo a besarse. Sin cuestionarla, el pelirrojo cerró los ojos, ladeó su cabeza y entreabrió sus labios para continuar con la intención de ella, atrapando sus rebordes en el ósculo esperado por su amada.
Fue un toque que le hizo temblar el alma, diferente, y a la vez no, de las anteriores ocasiones en que se habían besado; había una entrega y fervor que se manifestaban ahora que sabía que la amaba. Era enardecido en su sentir y pausado en su movimiento, como cada roce pequeño que se daban sus labios, reconectando tras meses alejados.
Le hacía creer que su amor era correspondido.
La dicha le hizo perder su consciencia de su alrededor y concentrarse en la maravillosa mujer entre sus brazos, saboreando, recordando, hasta que mucho tiempo más tarde sus labios se detuvieron sin dejar a los del otro.
Él abrió sus ojos primero y se separó unos centímetros mientras la miraba. Sus labios estaban rojos como sus pómulos y se veía una expresión de alegría en su acalorada faz.
Su vista descendió hasta posarse en la guarida de su bebé y algo en su interior sufrió un terremoto de emociones. Su hijo estaba ahí dentro; él era el responsable de que ella estuviese redonda.
Y sería perfecto si no oliera a problemas.
Tragando, posicionó la palma de su mano derecha en el abultamiento de su zona media. La acarició emocionado.
—La partera y el doctor no cuentan, así que eres el segundo que lo siente. —Él sonrió con las palabras de Elsa y buscó los fulgores cerúleos de su rostro.
—Es bueno que seas reservada.
Él detuvo su caricia y Elsa posó su mano sobre la suya.
—Sé que pasa algo. Embarqué en cuanto lo presentí.
Ella debió haber adivinado que él no sería poco atento a las circunstancias.
—¿No es muy pronto para estar aquí? —inquirió ella en lo que sopesaba cómo responder.
—Creo que he establecido un récord. —Contuvo una sonrisa a su tono de presunción.
—¿Y tus negocios? No debes haber tenido oportunidad de dejarlo en orden para los próximos meses.
Él se encogió de hombros. —Sí, bueno, no del todo; veré si pueden responder en un momento de crisis, ya que me fui antes de lo planeado, sin notificar.
Le tocó una fibra de su ser que se preocupara por ella a tal extremo.
No…
—Sé que te interesa nuestro hijo. —Expresó para no borrarse las ilusiones alimentadas por los últimos minutos.
—No sé si me hace un mal padre, pero en lo único que pude pensar fue en ti.
Su alma reaccionó de la misma manera que con su beso afectuoso; le ilusionaba que pudiera significar tanto para él, que su amor fuese mutuo.
Respiró hondo calmando esa desbordante esperanza.
Acarició la mano de su esposo.
—El embarazo roba mucho de mí —confesó, creando una nube gris en los ojos de él. —Llevo semanas confinada a la cama. Iba a enviarte un telegrama, pero me fatigo muy rápido y no quería que nadie me transportara a tu oficina estando despierta. —Hizo una mueca. —No sabía qué escribir en una carta y luego el tiempo no iba a alcanzar. Discúlpame por mantenerte en la oscuridad.
—Lo comprendo.
Empezó a sentir que la somnolencia corría por sus miembros y luchó contra el cansancio para seguir hablando con él. Acababa de llegar y quería disfrutarlo. También tenía infinidad de cosas por contarle, que no sabía ni por dónde comenzar.
O sí.
—Hans, perdón por rechazarte hace unos meses. —Apretó los ojos brevemente para que no le pesaran demasiado. —He querido pedirte perdón, por mucho tiempo. —Sus párpados se bajaron varias veces, sin haber funcionado su intento anterior. —Me cegué tanto… con no dejarte ver que me enamoré de ti… por protegerme, que fui desconsiderada con tus sentimientos. Yo confío en ti, es en mí en quien no… confío.
—No te preocupes ya…
Él se vio borroso, pero Elsa escuchó su jadeo. —Sí, quisiera corregirme y… decirte que no sé cómo apoyarme en otros… porque he tenido que ser la fuerte, pero quiero intentarlo… y dejar que tú, también, te apoyes en mí. —Cabeceó. —Aunque pueda hacerlo mal, mientras aprendo, sé que tú… eres el único, en quien puedo apoyarme… dime, si hago una cosa… como entonces. Estúpida. Descon-siderada. Inten-ta-ré, de… no…
Perdió la fuerza para abrir la boca.
—Espera, estoy tratando de asimilar que hace unos instantes dijiste…
Liberó un sonido con su garganta.
—También estoy enamorado de ti, Elsa.
Odió que el sueño estuviera venciendo y sonriera débilmente. La amaba.
¿También? ¿Por qué decía eso?
Lo sintió cambiarse de sitio y hacerla recostarse en su pecho, frotando deliciosamente su brazo.
—Duerme, estaré contigo.
Elsa cayó en los brazos de Morfeo oyendo esa frase.
Entretanto, un impresionado Hans se mantenía dándole caricias casi inconscientemente, sin poder creer la confesión que ella acababa de hacerle. Él estaba preparado para un rechazo y para pedir una oportunidad, no para obtener el amor de ella de manera tan fácil. Era lo primero en su vida que alcanzaba sin esfuerzo, porque no le parecía que había puesto tal en su matrimonio, y era una sensación única.
Elsa estaba enamorada de él.
Saberse amado era tan extraño y nuevo, máxime de parte de ella, cuyos sentimientos eran grandes, puros y genuinos; nadie antes había albergado algo de esa clase por él.
Finalmente había encontrado a alguien…
Tragó de la emoción y posó su vista en su amada, contento de tener el corazón de esa bella mujer, que también era dueña del suyo. Si nunca se había creído merecedor del amor, o que un ser humano llegaría a quererle, ella había llegado para cambiar su mundo y opiniones. Era un regalo ser amado por una persona como Elsa, que la primera persona en amarle fuese ella.
Y ese momento sería perfecto si no se empañara por la preocupación.
{…}
Hans batió sus pestañas notando que se había dormido mientras sostenía a Elsa contra su cuerpo. Por la luminosidad, todavía era temprano.
Comprobó que su esposa seguía descansando y cuidadosamente se acomodó para desperezarse un poco. Al hacerlo, devolvió sus manos al brazo y estómago de Elsa, esta vez moviendo sus dedos sobre la casa temporal de su retoño, el cual estaría con ellos en menos de tres meses.
Su bebé.
Aunque le había confesado a ella que había sido su prioridad al volver, quería a su hijo. Y era increíble; creía que aprendería a amarle apropiadamente después de conocerle, ayudado por el ejemplo de ella y la sensación de tenerlo, pero lo amaba en demasía sin haberlo visto o tocado.
Cuando naciera sería desbordado por sus sentimientos. Estaba agradecido de tener tiempo para hacerse a la idea y acostumbrarse más al amor.
Una mano pálida cubrió la suya y él trasladó su mirada hacia el rostro de su esposa. Ella abría sus ojos en el mismo momento.
Su boca rosada se curvó en las comisuras.
—Sigues aquí —susurró con tono alegre.
Él le devolvió la sonrisa, mas su atención se dirigió al vientre de ella al sentir un golpe en su palma. ¿Era lo que creía?, pensó conmocionado.
—¿Se ha…?
—Sí.
Con la mirada vidriosa, Hans rió encantado por aquello. Así distraído, tardó en notar que Elsa levantaba su fino vestido de seda, muy similar a una prenda interior —debía acalorarla el ambiente para usar uno de ese tipo.
—¿Qué haces? —preguntó quitando su mano.
Elsa soltó una risita, dejando la falda doblada hasta la línea de sus agrandados senos, permitiendo que su redondez se mostrara en todo su esplendor. No sabía cuánto debía medir su barriga, pero Hans determinó en su mente que era grande. Había ocasionado cicatrices en los costados del cuerpo de ella al estirar la piel.
—Podrás verlo mejor.
Elsa se incorporó con dificultad y le instó a moverse para mirar de frente. Lo hizo, curioso de observar lo que hiciera el bebé. Ella cogió su mano derecha y la ubicó en la zona inferior izquierda de su protuberancia.
No tardó en percibir un golpe, pero por estar mirando todo el vientre, alcanzó a distinguir dos salientes en el extremo derecho, uno sospechosamente parecido a un pie.
Lanzó una exclamación.
—¡Va a ser alto!
Él debió sentir la cabeza.
Elsa se rió fuerte.
—No, son dos.
—¿Qué!
—Esta panza es enorme. Además, patean y se mueven muy seguido, les he llevado el rastro y el médico pudo oír sus corazones. Un par.
Abrió la boca del asombro.
—Son dos, como querías.
…para acabar rápido con su acuerdo y cesar sus relaciones. Entonces ya no podría tocarla ni intimar.
Se inquietó hasta recordar que ella correspondía sus sentimientos (todavía no se convencía que hubiese sido tan fácil tener su amor).
Concibieron a dos individuos con la sangre y rasgos de ambos. Recibirían…
—Dos —pronunció tontamente, empezando a asustarse.
Había leído que eran más graves esos embarazos. Tal vez su cansancio, el "roba todo de mí", se debía a que cargaba dos criaturas dentro.
Sintió que la sangre se le iba de la cabeza. Si la gestación y el parto eran complicados con un solo bebé, debía ser sumamente difícil lidiar con dos. Tanto como las consecuencias; de hecho, a su propia madre, después de los gemelos, le habían recomendado no embarazarse más, y allí llegó él, tras el que su debilidad derivó a su fallecimiento algunos años más tarde.
¿Y si la perdía, igual que en sus pesadillas, provocadas por los libros de medicina?
¿Y si ese era el presentimiento de Daphne?
No podría vivir sin ella.
—¡Hans! —saltó al escuchar el grito de Elsa y rápido la sujetó de los hombros.
—¿Qué pasa? —preguntó alerta, analizándola de pies a cabeza.
Ella gimió y él aflojó su agarre.
—¿Qué ocurre contigo? Te he llamado varias veces. —Los ojos de ella se cristalizaron—. Me estabas asustando, has demudado… ¿te disgusta mi anuncio?
Agitó la cabeza.
—No, no, no. —Acunó su rostro con ternura. —Estoy extasiado porque tendremos dos bebés, es solo… —Aclaró su garganta, atorándose con sus sentimientos.
—Tienes miedo —murmuró ella posando su mano en una de sus mejillas. —Yo también.
En sus orbes brillantes encontró el temor que a él le carcomía las entrañas; pese a este, en su gesto y ojos también, había encanto y esperanza por su progenie.
Hans se inclinó, cerrando los ojos, y aprisionó sus labios en un contacto pequeño.
(Después de meses lejos, no podía dejar de sentirla.)
Ella terminó abrazada a su cuello, pegando sus frentes.
—Lamento haberte alejado y que no pudieras pasar los meses anteriores aquí. Tus palabras fueron tan bonitas… y valiosas.
Sabía que no estaría tranquila sencillamente; era una de sus cualidades que muchos habían aprovechado. Por otra parte, ella había dicho que su rechazo había sido por no confiar en sí misma, no en él.
—No te disculpes más. Ya no te preocupes, de cualquier manera, habría tenido que regresar para arreglar asuntos antes de que dieras a luz, y de sus primeros meses de vida. Era necesario que me fuera.
Por más de un motivo.
—Supongo que sí.
Él bajó una mano para prodigar su afecto a aquel tesoro oculto.
—En cierto modo, me alegra que tengamos dos bebés ahora, estuve leyendo mucho y no me gustaría que te embarazaras otra vez. Es peligroso, pueden pasar tantas cosas —manifestó irguiéndose.
Elevó los párpados y vio el ceño fruncido de ella, que lo miraba dubitativa.
—A menos que tú quieras embarazarte de nuevo…
Ella desvió los ojos un instante, cruzando los brazos sobre su estómago.
—¿Puede evitarse? —Sonrió, porque era una confirmación que volverían a tener sexo.
Asintió.
—¿Y tu negocio? —Él arrugó las cejas. —Hans, ¿qué pasa si son mujeres? Arendelle puede aceptar una heredera…
Se encogió de hombros sintiéndose arrogante.
—Ningún hijo o hija mía será mirado como menos. Si es una hija, la educaría para que fuera mi sucesora. Para los más conservadores, ella podría usar intermediarios. No obstante, pienso que el siglo vigésimo le dará oportunidad de abrirse gran paso en el terreno de negocios, al menos el americano. Y con tu inteligencia y la mía, tanto ella, como una hermana, serían maravillas en el mundo. —Hablar de esa posibilidad le provocó un revuelo agradable por dentro.
—Esta ocasión no me importa tu falta de humildad —sentenció ella con diversión.
Él borró unas gotitas de sudor de su rostro.
—Tú también eres soberbia, querida. —Rió entre dientes. —¿Sabes? Me es indiferente su sexo, con tal de que nazcan sanos, no me pondré como bárbaro a creer que podrá ser mejor por nacer hombre, ¿has visto a los imbéciles de mis hermanos?
Elsa negó apretando los labios.
Asió el final de la trenza de Elsa y recordó unas palabras de Hilbdrand.
—En realidad, creo que preferiría dos niñas idénticas a su madre. Bellas, listas y encantadoras.
Una manzana roja competiría con el rostro de su esposa por el título de más colorido.
—¿Por qué dices una cosa como ésa?
Entrecerró los ojos, acometido por una duda.
—¿Qué es lo último que recuerdas antes de caer dormida?
—Te estaba pidiendo perdón por rechazarte y… lo demás es confuso.
Ella le había revelado sus sentimientos de forma inconsciente. No pudo evitar sonreír; significaba que había hablado desde el fondo de su corazón.
—Preciosa —él se sintió asombrado de usar la palabra fuera del contexto sexual, que salió natural de sus labios y le gustó expresarla; Elsa pareció sorprendida también—, te has olvidado de lo más importante.
La joven se preocupó de haberse perdido una información vital por culpa de la somnolencia. Trataba de hacer memoria, mas tenía mucha dificultad para entender los pedazos de imágenes y palabras que cruzaban su mente.
Sabía que guardaría relación con ese deseo de él de tener a dos niñas iguales a ella y la fluida y cálida manera de interactuar en ese momento.
Él puso una fingida expresión dolida.
—Es un poco ofensivo. Has dicho que estás enamorada de mí y lo borras de tu memoria.
Sus brazos deshicieron su postura y cayeron a los lados de su vientre ancho. ¿Le había declarado sin más su amor? Ni siquiera había estado en su presencia una hora y había dejado salir sus sentimientos por él. ¿Y qué idiota era para no rec…?
Súbitamente le invadieron trozos de esa declaración, parecida más a un sueño. Él había dicho que…
Se cubrió la boca con una mano, llenándose de fuegos artificiales dentro de sí. Hans le correspondía y no estaba sola en esa emoción tan fuerte y hermosa que era amar; no debía resignarse a quedar sin algo que quería, porque él le había entregado su corazón, como ella ansiaba.
De su boca brotó un sollozo pletórico y observó la sonrisa más honesta posible en la cara de su marido, con una inocencia, anhelo y paz que no le conocía —y sospechaba nadie más.
—Te dije hace meses que me importabas y nos separamos en extraños términos, pero he reflexionado y sé lo que en realidad significas para mí.
Elsa tomó la mano de él en su trenza. Con lentitud, sin apartar la mirada de su amado, le besó la palma, depositando en ella la llave al centro de su ser. Confiando una parte de ella que había mantenido enjaulada.
—Te amo, Hans.
Con la misma mano, él cogió la suya y repitió su gesto, besando la cara interna de sus dedos con ternura y devoción. Después, sin apuro, acercó su rostro hasta su boca, regalándole una mirada que la llevó al cielo.
—Y yo a ti —expresó sobre sus labios.
Se besaron repetidamente sin profundizar, porque las sonrisas y sonrojos de ambos no les permitían más que esos vagos roces.
Al parar, se quedaron mirando con timidez.
Se acomodó un mechón invisible detrás de su oreja.
—No lo esperaba. Se suponía que nuestro matrimonio era…
Él asintió, con su dedo trazando círculos en su cuello.
—Será como ambos nos sintamos cómodos. Si hago una cosa estúpida, dímelo. Yo tampoco soy una experta en el amor.
Hans soltó una risotada de pura felicidad.
—No terminó siendo una desgracia.
Ella sonrió, comprendiendo a lo que se refería.
—Creo que no.
Él besó sus nudillos.
—Creo que no.
{…}
El calor, la sed, la acidez, el dolor de espalda y las presiones de órganos despertaron a Elsa en medio de la noche, y malhumorada deseó poder crear una nevisca sobre su cabeza para ayudarle mínimamente en sus malestares.
En condiciones como esa deseaba dar a luz pronto.
Suspirando, se arrastró por el colchón para alcanzar el agua en la mesita junto a la cama, segura que en una hora o dos la despertaría para ir a aliviarse, para lo que tendría que despertar a Hans, quien solícito había relevado a Inga y a Frida. Él lo seguiría haciendo a toda hora, con la excepción de los chequeos que haría a los asuntos del reino, comprobando el trabajo de Anna y Kai, hasta entonces desligados de ella.
Acabado su vaso, Elsa volvió a su sitio. Permaneció sentada e hizo un sonido de protesta porque su calor actual no le permitiera usarlo de apoyo como esa misma tarde, en la que había descansado perfectamente. En intervalos se sentía mareada de fuego interno y así era ahora, cuando quería sentirlo.
—Al menos está de regreso.
Desvió la mirada a los pies de él y resopló viendo que Skygge dormía sobre ellos, aprovechando que Hans estaba teniendo un sueño profundo y que ella le indicara a este que no podía correrlo —pues se había adueñado de su cama en su ausencia.
Más que eso, su gato estaba dichoso de tener a su hombre favorito de vuelta; cuando Olaf lo había ido a encerrar a sus aposentos como todas las noches, había saltado de sus brazos y corrido a ronronear a sus pies, sin mostrar el desprecio del año pasado. Y estaba mucho más feliz porque Hans le había permitido hacerlo en los minutos que ellos conversaban sobre el minino.
Repentinamente Skygge brincó maullando y Elsa escuchó un gemido de su esposo, así que giró la cabeza para averiguar qué ocurría.
Él se agitó pronunciando cosas ininteligibles.
Una pesadilla.
Se aproximó a él, aliviada de que no tuviera un cuchillo debajo de la almohada. Perdió su mano en sus cabellos, buscando tranquilizarlo. Como no lo lograba, comenzó a tararear una canción de cuna que Olaf le había estado enseñando de sus aprendizajes con las madres del pueblo.
Hans tardó unos momentos en relajarse y ella continuó cantando. Al cabo de un rato, él despertó, obligándola a detenerse.
Él se frotó los ojos con fuerza.
—Creo que tuve un mal sueño. —Él gruñó. —Te desperté, con lo que te costó dormir.
—No fuiste tú, fueron los bebés.
—¿Lo hacen seguido, cierto?
—Sí, no pasa nada. ¿Tú estás bien?
Él suspiró.
—Hace un año y medio no habría tenido un sueño pesado, y estos días ni siquiera he dormido a profundidad, no sé por qué hoy sí.
—¿Quieres hablar de lo que soñaste? —preguntó peinando sus hebras hacia atrás.
—Ya no lo recuerdo.
Si mentía o no, decidió respetarlo y no insistir. En la tarde se habían asegurado que no presionarían al otro, como hasta la fecha; dejarían que sus corazones hablaran a su ritmo. Tampoco les parecía tener mucha efusividad en público; ser como Anna y Kristoff, o Daphne y Hildbrand, no iba con ellos.
—Tienes una línea gruesa al borde de tu cabellera.
—Fue en Hela —siempre le daba escalofríos que su navío se llamara como la diosa del inframundo—, tuve un accidente menor en una tormenta.
Arrugó la nariz con el corazón agitado.
—Me alegra que estés bien.
—Te lo prometí. —Se conmovió y mordió su labio inferior.
—Me habría gustado saberlo. ¿Es por eso que Daphne te vio extraño? —inquirió quietamente.
Él chistó contra su amiga.
—Dije en mi carta que lo explicaría aquí. No quería preocuparte y… lo que ella observó fue cuando averiguaba qué sentía por ti.
—Oh.
Detuvo su mano en su cabello unos segundos.
—Yo lo sabía desde antes de confirmar mi embarazo, mas no lo aceptaba, por eso tuve una actitud arisca esa última semana de tu estancia.
—La necesitaba para percatarme de cosas.
Hans estiró su mano derecha y acarició su vientre, un cariño que había necesitado a lo largo de esos meses. Al ver cómo crecía su estómago, su añoranza de que la tocara también lo hacía y finalmente estaba a su lado.
Sus bebés estaban descansando y sus movimientos eran menos que otras veces, pero la intención de transmitirles su amor era lo que contaba.
—¿Hans? —Llamó transcurrido un tiempo.
Él le respondió con un sonido somnoliento. Aspiró con pena porque estaba peleando con el sueño y tendría que interrumpirle.
—Debo acudir al aseo.
Hans se sentó veloz con los ojos cerrados, como si no hubiese estado por dormir. Ella contuvo la risa o no habría aguantado hasta el inodoro.
{…}
Elsa tenía los ojos cerrados y se apoyaba contra el cabezal cuando Hans volvió de su habitación, donde había ido a buscar algo de su equipaje, olvidado el día anterior.
Procuró no hacer ruido, pero ella alzó los párpados y ladeó su rostro en su dirección, sonriendo aun si lucía cansada.
Él intentó no alertarla de su preocupación, que seguía ahí aun cuando podía ser una simple consecuencia de cargar con dos bebés. De acuerdo con lo observado por Inga —su máxima cuidadora hasta su llegada—, Elsa se quedaba dormida en cualquier momento o de la nada se veía desvaída y proclive a un desmayo, así que Hans temía que su interior no estuviese soportando, al grado de dejarla sin fuerza alguna en el parto.
Estaba satisfecho de haber tomado la decisión de acudir a Arendelle antes. Sopesaba instruir a Adam sobre buscar a un médico al día con sus conocimientos en obstetricia y enviarlo al reino. No quería pensar en que no resistiría al parto. Aunque tal vez Elsa se sentiría incómoda con un doctor que no conociera; quizá le gustaría mas una mujer, en Nueva York había un Hospital de Medicina fundado por una doctora y podría haber alguna especialista en ese campo del embarazo.
Se detuvo junto a la cama enseñando el artículo en su mano.
Los ojos de ella se iluminaron, causando el conocido efecto espumoso en persona.
—Traje un obsequio por tu cumpleaños —dijo quitándose los zapatos de interior, dispuesto a acomodarse con ella en el colchón. Se escuchó el ronroneo de celebración de Skygge y puso los ojos en blanco, porque pretendía subirse en sus pies.
—Recibí los pasadores. —Ella apuntó encima de su oreja derecha, en su liso cabello portaba los pequeños adornos de brillantes.
—No confiaba que tus chocolates arribaran con bien. Son baratijas para compensarlo.
Ella enarcó una ceja.
—¿Disculpa?
Rió entregándole la caja de chocolates.
—¿Te molesta recibir bagatelas? —repuso burlón.
—¡Son de joyería! —exclamó ella poniendo un sano tono rosado a su tez.
—Qué exigente son las mujeres —reclamó cruzando los brazos detrás de su nuca, también recargándose en el cabezal de la cama.
Elsa soltó un resoplido.
—Mezquino sureño —farfulló abriendo la caja de chocolates. —Me lo advirtieron, en el norte generosos y en el sur prudentes con sus gastos.
Controló una carcajada mirando los pómulos inflados de ella, como él, pugnando por reírse.
Un gemido la abandonó al comer uno de los cubitos marrones.
—El médico me ha recomendado medir mi ingesta de dulces, por lo que deberás cancelar el pedido de la panadería de esta quincena. —Hans frunció el ceño y se debatió entre pedirle la caja de vuelta o no; había leído un poco del tema. —Eso me recuerda, gracias de nuevo por los postres.
—Sabía que tú no los pedirías. —Resolvió quitarle unos pocos y no ahuyentar su felicidad. —¿Puedo? —preguntó extendiendo la mano para coger uno de los chocolates.
Elsa formó un diminuto puchero que eliminó rápidamente, fallando en que él no lo alcanzara a ver. Era muy celosa de sus chocolates.
—Bueno. —Celebró que compartiera con él.
No era amante de ese dulce; sin embargo, permaneció inmutable al probar unos cuantos.
Pasado un tiempo, Hans la contemplaba curioso; quedaba un solo chocolate entre sus dedos y su esposa lo observaba atentamente.
—Es regalo suficiente que estés aquí —musitó ella en voz muy baja.
Sintió su cuerpo relajarse y llenarse de calidez. Era tan magnífico que ella le amara y no sabía cómo había vivido hasta entonces sin eso.
Le gustaría ser más espontáneo en su afectuosidad, tener más experiencia en las emociones y sentimientos, para poder responder como se debía, y estaba agradecido que ella fuese comprensiva y tampoco demasiado sensible para poder aceptar su conducta a su cariño. En definitiva, era su pareja ideal, lo suyo no habría sido una mujer demandante como Anna.
Trabajaría en ello, esperaba que el tiempo fuera de ayuda para reaccionar de modo más adecuado. Había tenido la convicción de enamorarla si ella lo permitía, pero poner en marcha un propósito, en el plano emocional, era una tarea titánica.
—Oh, oh. —Ella puso su mano libre en su vientre. —El chocolate debió gustarles, están muy excitados.
Se inclinó para palpar su panza, pero ella negó.
—Recuéstate unos momentos en mis piernas para que estés más cerca; eh, no tanto porque mis pies se hinchan.
La invitación lo cogió de sorpresa y tardó unos segundos en llevarla a cabo, acomodándose con un sentimiento de extrañeza en su interior. La posición tenía un esplendor intimidante en su desacostumbrada alma al afecto y calor humano, que era inseguro para él prestarse a tal situación.
Elsa tenía la ventaja de haber conocido el abrigo de su familia de niña, y muestras, comedidas, al crecer, por tanto no era ajena y le salía con más naturalidad, sin ver el impacto que tenía aquello para él, quien nunca había tenido una oportunidad como aquella.
Todo toque siempre venía aparejado de motivación carnal.
Dobló las piernas para estar más cómodo y descendió con cuidado para no caer con brusquedad en ella. Suspiró involuntariamente al tener la cabeza en el regazo de su esposa, próxima a su notorio vientre.
Su mirada se cruzó con la suavizada de ella; era un estado vulnerable y debía notarlo, si bien le respetaba. ¿Cómo no adorarla por eso?
Sonrió al sentir un temblor en su sien y cerró los ojos para concentrarse en aquel espléndido instante con su familia.
Apenas se abstrajo de las imágenes visuales, una nueva sensación se unió a la de sus bebés, y fue la caricia de Elsa en sus cabellos, ese mimo que le gustaba en demasía, descubierto en una circunstancia nada inocente como el gesto.
Ahora sí era completamente casto, igual que la noche anterior.
Disfrutando, Hans pensó que en ese mimo estaba la tierna y procurada Elsa que ella contenía. Cuán afortunado era que le diera oportunidad de conocer a la persona bajo su coraza.
Y ser amado por ella, incluso con sus múltiples defectos.
NA: ¡Viva el Helsa!
El año varía, pero encontré que, antes del 80, en NY ya había un hospital dedicado a la enseñanza y ejercicio de mujeres médicas. Como busqué en ventana protegida y se cerró, perdí mis links ja,ja.
Por lo que leí, es más probable que en un embarazo múltiple haya diabetes gestacional, pero como tal no vi mucha información al respecto sobre lo que creían antes del siglo XX, más que el nombre de este padecimiento, que va hasta hace dos milenios (casi a la par que la diabetes mellitus en general O.O).
Con diabetes es que vamos a terminar por este capítulo. Fue uno de los que me costó ultimar, porque me tentaba poner alguna dificultad extra que aplazara la confesión, pero terminó ganando la sensación agridulce de haberse confesado, con el mal de Elsa amenazando su felicidad je,je.
Si Hans y Elsa supieran hasta dónde llega el amor del otro por ellos, pero solo saben lo que muestran sus acciones y la confesión que se queda corta a sus sentimientos. Bueno, eso tendrá que esperar.
¿Me metí mucho en la fórmula Disney de que Elsa ya es toda amorosa? Pues sí, pero al menos la aclimaté año y medio de matrimonio, le dejé meses sin tanta restricción emocional, semanas aceptando su amor por él, y un embarazo que terminó de soltarla, además de que, como dice Hans, ella ya tenía experiencia por su familia.
Para concluir. ¡300 reviews! Mi máximo son 328, ojalá que pueda subir la cifra :), gracias por su apoyo.
Besos, Karo
Guest: ¡Hola! Me alegra que te guste esa Elsa que se enfrenta a sus sentimientos y da la cara aunque pueda salir lastimada; no siempre será así, porque los hábitos son difíciles de cambiar al 100, pero este capítulo ha sido la muestra de que puede envolverse en esos sentimientos. Hans en eso es más valiente, aunque no tenga experiencia, él cree más en apostar y ganar, y paradójicamente no tuvo que hacerlo aquí. No sé si te agrade tanto su declaración, pero traté de hacerla lo más acorde a sus personalidades y circunstancias. / En cuanto al desvanecimiento de Elsa, soy transparente y opaca, algo ocurre, que parece obvio y a la vez tiene mi estilo, no puedo añadir más. / He escrito de Hans apreciando las formas, aunque no tanto como una escena en especial, más bien pedazos entre escenas, también me gusta lo lindo y dulce de que aprecie su estado. / Gracias por este lindísimo review.
Yuecita: ¡Hola de nuevo! Espero que estés tan bien como yo. Me agrada mucho leer que te gustó la parte de la relación entre Elsa y Anna, es bueno que se reconcilien y pongan las cartas sobre la mesa, o quedaría la espinita clavada en nuestra querida protagonista. / ¿Crees que Elsa sabe qué le pasa? Eso es nuevo, ya verás si lo hace o no je,je. / Sí, son gemelos, es para que ambos tengan las manos ocupadas ja,ja. / Ojalá te gustara el regreso triunfal de Hans. Gracias a ti por haber comentado y apreciar mi fic.
Guest: ¡Felicidades por tu bebé! Es un mes y algo más grande que mi nuevo sobrino, qué bonito :3 . Espero que las dos estén bien y todo marche de maravilla. Mi hermana se la llevó como si nada, lo malo fue que le tocó pandemia. / Por otro lado, no me acordaba dónde habían caído los mellizos, qué vergüenza de mí ja,ja, pero sí, en ese caso todo bien, aquí no tanto, lamentablemente aplicaré la de embarazos diferentes para cada mujer je,je,je. Ahora bien, sí, se consideraba de mal gusto que las reinas amamantaran, o mujeres de la alta sociedad, según sé, como la finalidad de los casamientos eran los herederos, la lactancia impediría que volvieran a embarazarse pronto. También leí una vez que las nodrizas le daban lactancia a los bebés como por dos años, en los que ellas casi eran el contacto exclusivo de ellos, porque la mortalidad infantil era alta (en ocasiones no querían ni encariñarse con los pequeños, me parece recordar de una parte). De lo más cruel fue un libro de usos y costumbres de España, donde relataban que a los bebés les ponían cosas similares a fajas, desde su ombligo hasta los tobillos, para que no se movieran e imitaran más el comportamiento adulto (o algo así, se llama Bebés. Usos y costumbres sobre el nacimiento). En fin, Elsita sí no se perderá de esos momentos, que no sé cómo son, pero me imagino como tú los describes. / En cuanto a Elsa con sus estrías, quise creer que en una época donde imperaba mucho la belleza (no puedo negar que aun en la actualidad hay presión), pues podría pensarlo, pero sí será como dices de que Hansyno se fijaría, y hay una escena de eso ja,ja. / Ya acabo, o pondré muchos párrafos, gracias por tu review y espero que te siga gustando la historia.
Guest: Hi! Yeah, it'd be nice for them to have twins. Any guess of the sex? ;) . Lovely Skygge is important in this family, I enjoy writing him and I'm glad you like it, is my favorite moment ha,ha; indeed, he is taking a big role, but now he wants Hans' love (he has to pay for his absense). Also, is time to celebrate their reunion, it was a wonderful surprise for Elsa to have her love back. They're going to enjoy their time together, knowing they love each other. / Thanks for your nice review.
Lucia: Hola, nena. Gracias por escribir de nuevo con tan lindas palabras, me siento en las nubes con tu aprecio a mis historias, ojalá las disfrutes mucho. De este fic, también me gusta su dinámica, aparte de que me encanta el Helsa, la extensión de la historia ha permitido que interactúen más y lentamente se acerquen para afianzar sus sentimientos. Me encanta escribirlos en escenarios románticos. / Tú también cuídate mucho y espero que te guste el curso que sigue MQB.
