Capítulo 45

El verano había hecho acto de presencia, creando una tortura para Elsa, aunque le aseguraran que la temperatura no era más alta que otras veces.

Envidiaba a esas personas; ella sentía como si vapor caliente recorriera sus venas, en lugar de su sangre, manteniéndola en un estado de ebullición que solo se calmaba sumergiéndose en agua hasta que sus extremidades se ponían suaves y arrugadas como pasas. Añoraba encerrarse en su castillo en la montaña, abrazada por los esponjosos y fríos snowgies, cargada a todas partes por su helado Marshmallow.

Era tortuoso saber que todavía comenzaba la estación y le quedaba tiempo para dar a luz.

Al menos Hans estaba siendo de ayuda, refrescándola con paños de agua tibia mientras soportaba el enfurruñamiento de ella; había estado quejándose tan continuamente que el par de días que él llevaba ahí habían hablado poco.

Era milagroso que pudieran conversar de sus sentimientos en su arribo. Claro está, sus constantes siestas —aumentadas por el calor y no muy efectivas por el mismo— también contribuían a ello.

—La bañera está lista.

—Gracias, Frida —le dijo a la doncella tranquilamente. Se movió lo más rápido que le permitía su vientre para ir al borde del colchón.

La figura de Hans apareció a su lado ofreciéndole su mano. La soltó tan pronto estuvo en el suelo y él avanzó a su izquierda en su camino al baño; ella ignoró las líneas de consternación en su cara al checar cada paso.

Debía creer que la gravedad la ganaría, rezongó para sí.

—Con ellas sí eres amable todo el tiempo —manifestó Hans divertido tras el cierre de la puerta principal.

Exhaló frustrada, porque no había escapado su atención.

—O te sientes cómoda conmigo o inconscientemente me reclamas porque es por mí que estás así —continuó él asistiéndola en desvestirse, algo muy complicado para Elsa ahora que no alcanzaba a ver sus pies erguida.

—Acabas de sonar presuntuoso —comentó ceñuda, buscando su rostro a fin de corroborar sus palabras.

Él rió socarrón y subiendo su vestido por su cabeza le impidió verle.

Lo primero que atrajo su mirada al quedarse desnuda fue la imagen en el espejo, donde se veía el contraste en el gallardo cuerpo vestido de él y ella desnuda con una gran panza y llena de caminos quebradizos en varios sitios.

Sus ojos se humedecieron sin poder controlarse. No era muy vanidosa como él y esa visión le parecía chocante. Tener a dos bebés dentro deformaba mucho.

Aspiró con fuerza por su nariz y Hans, que doblaba su prenda, se giró veloz.

—Lo siento, fui insensible contigo —se disculpó él acercándose a ella. —No me burlo de lo que te pasa ni me siento orgulloso que estés padeciendo por mi culpa.

Negó.

—Es que… estoy enorme, desaliñada y poco atractiva.

Él abrió y cerró la boca.

—No mientas diciendo que me veo bien —protestó cruzándose de brazos y desviando el rostro.

Varias lágrimas cayeron por sus mejillas. Se enojó porque un motivo tan tonto le hiciera llorar.

Y por pagarla con él.

Y el calor.

Y su incompetencia.

Y…

Sollozó rebasada por sus sentimientos, gimiendo al mirarse otra vez en el espejo, pidiéndole disculpas a sus hijos por quejarse de su complexión actual.

Hans colocó su mano en el lateral de su cabeza y le acarició con su pulgar sin hacerla enfocarlo.

—Te ves mía.

¿Por qué, si le decía que era un objeto pertenencia, eso había hecho saltar su corazón?

—Y de los bebés. Te ves nuestra.

Hipó.

—No dudes, en cambio, que para mí luces con palabras favorables de halago a tu atractivo, pero no quieres oírlas porque no me creerás. —Sintió su respiración cerca de su oído y tuvo un cosquilleo. —Me encantas en todas tus formas. Mía.

Su corazón volvió a estremecerse, barriendo con la inseguridad y angustia calmadamente.

—Eres… un listo adulador —susurró girándose hacia él. Hubo más calor en ella, esta ocasión por el matiz posesivo y afectuoso en las facciones de su marido.

Una tela azul apareció en su línea de visión; sin remedio, arruinó el trabajo de él al intentar limpiar sus lágrimas, pues lloró más. Era el pañuelo que le había dado por su cumpleaños, lo tenía guardado, y le tocaba el alma.

—El embarazo, me pone muy… sentimental. Guarda eso, entraré al agua —se quejó como si tuviera una rabieta infantil.

Él fue lo bastante prudente para no responder y solo ofrecerle su mano en el alcance de su objetivo.

Respiró aliviada apenas introdujo un pie en el agua; aquella frescura era estar en el Paraíso. Si hubiese un modo de mantenerse ahí hasta parir, gustosa lo haría.

Hans se sentó junto a la bañera cuando ella estuvo adentro; su camisa estaba arremangada y apoyaba un codo sobre el borde de la tina. Su mano libre le tendió el recipiente de cerámica para mojarse el cabello. Lo hizo y se recostó contenta.

Él carraspeó un poco más tarde y Elsa abrió los ojos en su dirección, sentándose recta.

—A veces te vi necesitada de calor, acercándote a la chimenea.

Con su aseveración, fue evidente que tratar de ocultarse desde un comienzo había sido una hazaña abocada al fracaso y que debió confiar en su instinto diciéndole que él no era ciego. Su capacidad de observación era admirable; únicamente fallaba en sus conclusiones si no había manera de obtener los datos necesarios.

Le dio un voto de confianza que se había ganado y decidió sincerarse.

Tocó la superficie del agua con su índice, tratando de no perturbar demasiado la pasividad del líquido incoloro.

—Una razón es mi sangrado. En temporada de frío, tengo calambres que solo disminuyen cerca del fuego.

Él asintió.

—Y… la otra… —Golpeó el agua con su dedo, salpicando. —Es… Después de años sola, me acostumbré a esa clase de calidez.

Sin explicar a detalle, él podía entenderla. En lo profundo de su ser quería compañía, asociado a la sensación que dejaba el fuego, el verano y la playa; era de lo que se había privado mucho tiempo y buscaba lo más similar que calmara sus deseos.

—¿Te gustan los abrazos?

Se sonrojó y tiró más agua encima de su cabeza. Tenía un presentimiento de a dónde se dirigía.

—Solían hacerlo. Hoy día sé que hay más que eso… —Para ser acompañado.

—Más de una vez creí que Olaf y tú eran semejantes. Es… la gente de verdad se deja engañar muy fácil, han juzgado mucho de ti con años conociéndoles.

—Se está más cómodo con lo que conviene.

Él la sorprendió riendo entre dientes.

—Te involucras si te beneficia —acotó él sarcásticamente.

Enarcó una ceja.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nunca pensé decir esto, pero Anna tenía razón. Ella me advirtió que me interesaría en tu vida e insinuó que algo bueno saldría de eso.

Suspiró.

—Hizo lo mismo conmigo.

Ambos soltaron una carcajada, que con escasa insinuación se terminó en un par de besos arrebatadores.

{…}

En el corto tiempo que tenía de nuevo en Arendelle, Hans ya había comprobado todas las circunstancias mencionadas en los reportes de las personas con algún acercamiento a Elsa en los últimos meses.

Todas parecían empeorar desde su retorno. Veía que las energías de Elsa mermaban poco a poco, de una manera que hasta él definía como anormal. Alguna cosa ocurría dentro de ella que iba disminuyendo una luz de vida de su esposa y le provocaba un terrible desasosiego que disimulaba en la presencia de ella, lo cual era prácticamente siempre, aunque gran parte de las horas tuviera los ojos cerrados.

¿Por qué tenía que ser así? Ella había sufrido mucho en su vida para que un estado que anhelara la estuviese consumiendo. Con esas fuerzas su corazón no resistiría al parto y él la per…

La voz de Elsa irrumpió sus consternados pensamientos y él abrió la puerta del dormitorio sin detenerse a disfrutar de su manifestación musical. Se había despertado de la siesta que él había aprovechado para hablar con el doctor Asbjörn.

Ella siguió cantando y acariciando su vientre con sus dedos mientras levantaba la mirada momentáneamente.

Él le sonrió, caminó hacia la cama y se recostó en el poste, pretendiendo que apreciaba su interpretación y no la escudriñaba reflexionando su reciente conversación.

El galeno había dicho que ella ganaba buenas medidas y que debería tener un embarazo regular; sin embargo, en la realidad no daba esa impresión y sus conocimientos en Medicina no alcanzaban a explicárselo. La mantenía revisada y continuamente se realizaban sus recomendaciones, sin éxito. El extremo agotamiento se rebasaba diariamente.

Siendo una persona que se esperanzara con facilidad, podría considerar su canto un símbolo positivo, pero era consciente que le costaba coger aire y que no tenía problemas en su habla y boca más que cuando ganaba la somnolencia, tendiendo a balbucear o dejar sus frases a medias.

La falta de fuerzas se presentaba especialmente en su rostro y sus brazos. Sus mejillas estaban más pálidas que su color habitual y notaba el esfuerzo que le suponían cosas tan sencillas como llevar una cuchara a su boca o mover sus manos en su protuberancia, prefiriendo muchas veces solo tocarse con sus dedos.

Por otro lado, Hans sufría como nunca con los desvanecimientos en sus brazos, uno de los cuales le había hecho pensar que había dejado de respirar.

No estaba bien.

—Es extraño oírte cantar. —Se calló que meses atrás la había escuchado a escondidas.

—Olaf platicó con muchas mujeres del pueblo. Me contó que los bebés se emocionan o tranquilizan al oír la voz de su madre.

Se subió a la cama. Apartó su trenza de su hombro con delicadeza; su cabello lucía exquisito, brillante como un marfil, y de no ser por su falta de vigor, daría la apariencia de una diosa maternal.

—¿Funciona? —preguntó colocando su mano sobre su abultamiento.

—Tal vez. No me parece que se hayan quejado de mi voz. Les gusta, creo.

Le sonrió de reojo.

—A mí también.

La mano de ella se posó en su mandíbula.

—Entonces también cantaré para ti. —La terneza en ella hacía magia en él, principalmente en su angustia.

—Me haces un honor, pero no me contentes a mí, sino a ellos.

Elsa se recostó contra su pecho. Debía tener poco calor para tolerar el contacto físico.

—Por ahora, démosle una voz distinta. —Hans cerró los ojos, inquieto, presintiendo que estaba cansada. —Me gusta tu voz y no la han escuchado. Yo la echo de menos, me acostumbré en tu oficina.

Sonrió recordando esos tiempos que parecían muy remotos.

—¿Qué canto? —cuestionó tras pasar saliva, conteniendo las ganas de apretarla a él y no dejarla ir.

—Una canción feliz.

Frunció el ceño e hizo una mueca con la boca. Realmente no acudía a su memoria una de ese tipo, excepto…

Empezó a entonar una animada letra de sus travesías, que cualquier viajero sureño conocería, sobre todo aquellos que pasaban meses encerrados en un barco. Hablaba de hombres añorando tierra firme y aguardando atrancar para colmar sus placeres hasta el amanecer.

—¡Hans, eso no! —le cortó de repente Elsa, alejándose de su cuerpo. Le satisfizo atisbar unos arreboles que colorearon ligeramente su rostro. —No les vas a enseñar de…

—¿Puertos? —inquirió inocentemente.

Ella refunfuñó su nombre por lo bajo, amenazante.

—¿O son las pollas? —prosiguió guiñándole un ojo. Era música de tripulantes de navíos deseosos de sexo tras su sequía; hablaban de metérselas a las mujeres que hallaran en los muelles a su paso, sin haberse aseado antes. Insalubre, pero era costumbre de esos bárbaros.

Elsa torció su boca a la derecha.

—Lo siento, milady, las únicas canciones felices que conozco son de marineros. Y esa porquería que canté con tu hermana.

Ella cambió su expresión indignada a una curiosa.

—¿Cómo era la letra?

Soltó una risa burlona.

—No la recuerdo, ¿habíamos encontrado el amor?

—Debería ponerme celosa —replicó ella antes de sonreír de lado.

Agitó la cabeza con pena.

—Yo debería estar ofendido con que no repararas en mí más que al presentarme como tu futuro cuñado.

Elsa ocultó su boca debajo de su mano.

—Tú estabas equivocado al querer mi bendición. Yo estaba bien al oponerme.

—Qué presumida su Majestad. —Valiente y abnegada, porque con ese matrimonio de su hermana se habrían resuelto muchos de sus problemas. —Me alegro que fueses sensata.

—Y yo, aunque al principio fue incómodo pensar que estaba con el hombre que se comprometió con mi hermana.

—Bueno, ni siquiera la besé.

En tanto Hans decidía si sincerarse sobre su involucramiento con su actual amiga, ella volvió a esconder su boca, lo que se acompañó con un sonido de bostezo.

Ante otra aparición de somnolencia, Elsa quiso gruñir en exasperación, porque sus horas consciente eran escasas, haciendo que su convivencia con su esposo disminuyera. Le frustraba, quería aprovechar lo máximo el tenerle cerca… disfrutar lo que podía ser su última oportunidad de estar juntos y —mínimamente— felices.

Presionó sus dientes por el enfado; estaban tan bien ahora que los dos se amaban y se presentaba otra prueba.

Suspiró calmándose. Agradeció que Hans la rodeara con los brazos para que durmiera a gusto.

Le encantaba estar así, recibiendo su cariño, sabiendo que era querida por la compañía y las muestras de afecto que él le obsequiaba. Era lo dicho por Anna, que podían tener algo maravilloso, y lamentablemente no sabía si tenían futuro para seguir viviéndolo. Perdía muchas fuerzas al correr de los días, algunos más y otros menos, haciendo cuestionable su paso por el parto.

Ya no quería sentirse débil físicamente, ni luchar con el temor que hasta él trataba de camuflar. Añoraba la plenitud de su vida con su pequeña familia, era tiempo que la Providencia se lo diera, y de que ella peleara sin conformarse.

Entrelazó los dedos de ambos sobre su vientre.

—No te miré en mi coronación porque ese no era nuestro destino —dijo suavemente. —Ambos teníamos que madurar.

Cerró los ojos, con su pulgar dibujando líneas en la piel de su esposo.

—Estoy orgullosa del hombre en que te convertiste… de haberme casado con él.

{…}

La mirada de Hans hizo temblar la mano de Elsa en medio de su intento de introducir el hilo blanco en el ojo de su aguja. Su escrutinio la ponía nerviosa y una cosa tan sencilla como esa se le estaba complicando más de lo normal.

…O lo que había sido habitual desde que se viera obligada a bajar el ritmo de sus actividades. En ocasiones sus manos parecían gelatina y roca, temblorosas y débiles, pero pesadas, impidiendo muchos movimientos.

Hans se había dado cuenta y ahora estaba atento por si ocurría. No obstante, esa mañana ella se sentía bien y la inquietaba con la intensidad de su mirada, atrasando la labor pequeña que quería hacer ese día favorable.

Ansiaba aprovechar para realizar algo, porque ya no se ponía a muchos de sus entretenimientos para no gastar energía… y tiempo de convivir con él (en su mayor parte).

Finalmente consiguió su hazaña y bajó hilo y aguja suspirando.

—Cielo. —El término de afecto que empleaba ocasionalmente debió alertarlo de su próxima sugerencia, porque lo escuchó resoplar. —¿Puedes escoger un libro en la biblioteca? Quizás uno en alemán.

De reojo lo vio concluir su olvidada e inacabada partida de solitario, con un gesto de diversión y resignación en el rostro.

—¿Añadirás detalles innecesarios a mi pañuelo y no quieres que lo vea? —cuestionó él alzando una ceja. —¿O dejarás de pretender que lo haces como cualquier persona y utilizarás tu magia cuando no esté viendo?

Regresando su vista al hilo para no delatarse, Elsa fingió reír. Le había ocultado la afectación a sus poderes, tema que se había ahorrado porque la nube de Olaf seguía presente. Él estaría más consternado de lo que ya estaba y pretendía ocultar; frente al otro, enmascararse no funcionaba todo el tiempo, aun más si se veían a los ojos.

—De acuerdo. No tardaré.

La rubia sonrió pícara hacia él.

—Hazlo lo suficiente para que pueda tener tu nombre bordado.

Hans asintió. Poniéndose de pie comprobó que todavía había agua en la jarra de la mesa; había movido el mueble a la ventana junto con las sillas, a modo de recibir el viento de cerca, contribuyendo positivamente a resolver su problema con el calor.

Dejó la puerta abierta para que el gato hiciera ruido si Elsa se desmayaba, como le habían informado sucediera semanas atrás, en el último desvanecimiento de ella en la planta inferior.

En el nivel principal del castillo, cerca de la biblioteca, sintiéndose solo y lejano, dejó escapar el profundo suspiro que comprimía su pecho.

Pero su momento de paz fue interrumpido cuando sus vellos se erizaron con un presentimiento.

Se volvió y encontró a su cuñada a unos pasos de él. Debido a una sombra en su rostro, supo que no era casualidad su presencia.

—¿Tienes algún problema en el que Kai no pueda guiarte? —Enterarse que se había responsabilizado del reino había sido una sorpresa, mas agradecía que le hubiera quitado toda carga a su hermana.

—¿Cuándo tuvo el aborto? —emitió Anna con tono cauteloso.

Todo se le detuvo por un segundo.

Enarcó una ceja.

—¿De qué…?

Anna le apuntó con su índice, cambiando su actitud pasiva.

—No voy a dejarme engañar por ti. ¿Cuándo?

—Tu imaginación mejora con el tiempo —repuso sarcástico. Elsa prefería que el asunto se mantuviera en privado, no por evitarle una herida a su hermana, sino porque era una intimidad no apta para cualquiera; no quería la pérdida sucia con el fisgoneo de otros.

La ojiverde se aproximó a él ceñuda.

—Te vi con el doctor y pensé en entrar, pero me quedé escuchando por si no hablaban algo "sensible" para mí, y no me equivoqué. Te mencionó su aborto del año pasado. ¿Cuándo?

Estúpida entrometida e imbécil médico con una de sus suposiciones, esta iba en torno a que la debilidad de Elsa era una consecuencia de lo improbable y arriesgado que podía ser un embarazo en alguien de su calibre.

—¿Necesitas saber? Elsa no quiere que lo hagas. —En caso contrario él le habría increpado, señalando su responsabilidad en las desgracias de su esposa. —Y yo no voy a satisfacer tus deseos de meterte donde no te llaman.

De los ojos de Anna cayeron gruesas lágrimas y vio en su semblante que intuía la fecha exacta.

Renovó su camino a la biblioteca.

—¿Aconteció después de mi accidente, verdad? —insistió su cuñada, ahora con pena.

Se encogió de hombros, como si la situación de la pérdida le fuera indiferente.

—Hans… —Le llamó ella varios metros adelante.

Rodó los ojos sin detenerse.

—Escúchame, el día que dejemos de vivir juntas —él paró, interesado de esa afirmación—; ese día te la confiaré por completo. No me importa tu negocio en América, quédate con ella. Te ama y no merece otros sufrimientos. Saldrá de esta, y si yo me apartaré para que no padezca más daño, no se lo harás.

Al espiar sobre su hombro, Anna ya le daba la espalda.

La contempló sorprendido de que no hubiese hecho un gran revuelo por la información obtenida. La Anna que conocía se habría ido corriendo con su hermana, llorando y buscando que tranquilizara su conciencia al rogar su perdón, alterando los nervios de Elsa.

¿Y qué era eso de apartarse? Vaya novedad; solo con Elsa estaba delicada se le ocurría hacer lo que debía desde hacía mucho, porque no era productiva en el castillo.

Surgida la cuestión de Anna, como no era un tema relevante entre su mujer y él, Hans se preguntó la manera en que habría descubierto del embarazo de Elsa, y su reacción. Pudo haber sido buena, o ese anuncio de alejarse era su respuesta.

En realidad, pensándolo con detenimiento, las dos se llevaban mejor que meses atrás, conviviendo unos minutos en el día. ¿Cómo habrían conseguido esa paz?

Se planteó demasiados escenarios en su estancia en la biblioteca, después de encontrar un libro, haciendo el tiempo que Elsa le había pedido. No era un asunto de gran importancia, pero satisfaría a su esposa manteniéndose alejado, y si se ponía a leer perdería la noción de las horas.

Estimado un lapso considerable, Hans hizo su camino de vuelta y fue recibido con una sonrisa de Elsa, quien le invitó a acercarse para ver el resultado de su trabajo.

Dejó el libro y el diccionario en la mesa, se sentó y cogió su pañuelo con cuidado. Extendió la tela y sonrió al mirar el prolijo bordado de su nombre en la esquina inferior derecha.

Rió entre dientes observando el final del "Hans".

—Has hecho un copo de nieve en la extensión de la ese —dijo divertido.

Los ojos de Elsa brillaron entusiastas.

—No pude resistirme. ¡Ouch! —La mano de ella voló a su estómago expandido.

—¿Qué pasa?

—Ouch —repitió ella, arrugando la nariz. —Espero que no me fracturen las costillas.

Hans se arrodilló junto a ella, colocando su mano izquierda sobre el vientre y la otra en el brazo de Elsa.

—Niñas, sean buenas con su madre —pidió con la voz más suave que pudo entonar, no tan difícil al imaginarse a sus bebés.

—¿Niñas? —inquirió Elsa con tono tierno y escéptico. —¿Ya has decidido que serán mujeres?

—Sí —contestó arrogante, sonriendo con el movimiento en su palma.

Ella negó.

—Por su fuerza, creo que son varones. ¡Eh! Cuidado con sugerir una apuesta.

Gruñó con desánimo, había adivinado sus intenciones.

—Bueno —volvió a acariciar el vientre—, niños, sean considerados con su madre, tenemos que cuidarla. —Guió sus ojos hacia Elsa. —¿Ni siquiera una pequeña?

Elsa soltó una risita, dándole una negativa.

—Ni teniendo las mismas probabilidades de ganar, te ganaría.

(No le dijo que había obtenido la victoria más grande, su amor.)

{…}

Hans admitió que había sido estúpido al creer que el doctor Tryggvason, más joven que el médico real, aportaría una información relevante al caso de Elsa. Llevaba mucho tiempo perdido oyendo lo mismo que el Asbjörn le dijera.

Y peor.

—A lo dicho, si me permite añadir, tal vez la constitución de la reina no está hecha para soportar…

Se envaró.

—Atrévete a terminar esa frase y será lo último que hagas con tu carrera —interrumpió mordaz.

El castaño tragó saliva, pálido.

—No estoy insinuando nada desagradable respecto a la reina; sin embargo, con la imposibilidad de su Alteza de concebir, su hermana mayor también puede…

Pegó su palma en su escritorio, sin ganas de ser sutil en su enfado. El médico se aflojó la corbata.

—¿El problema tiene que ser de ellas, cierto? No eres muy diferente del médico de su Majestad. —Se puso en pie. —Ya conoces el camino a la salida. Y haz lo que quieras por mi falta de formalidad, agradece que podrás seguir trabajando en Arendelle a pesar de tu falta de buen juicio.

El doctor temblaba al levantarse e ir hacia la puerta.

—Veremos si cualificas para el hospital y no te vales de ser hijo de médico —agregó Hans malicioso antes de que pasara bajo el dintel, desquitándose del tiempo perdido.

Se tardó menos de un minuto en salir también y aun así no había señal del castaño en el pasillo que recorrió hacia la escalera principal, que no subió hasta estar seguro que el sujeto había abandonado los terrenos del castillo.

Elsa despertaba de su siesta cuando él ingresó a sus aposentos.

—¿Te convenció la visita del doctor Tryggvason? —Ella se incorporó y palmeó el espacio a su derecha.

Se sentó.

—Ya sé por qué no quisiste oírlo.

—¿Sí? Dime. —El dedo de ella suavizó su frente arrugada. Elsa aumentaba con cada día sus muestras de afecto, con la naturalidad de haber tenido un ejemplo amoroso al crecer.

(Él aprendía a aceptarlas y responderlas.)

—Debiste escuchar de su carencia y decidiste optar por un hospital. —Cambió ligeramente el tema para no repetir las tonterías de la boca del hombre.

Elsa rió entre dientes.

—Así de mala era su opinión. Me sorprende cuánto pudo concluir solo con tus palabras de mis padecimientos, sin revisarme.

Bufó.

—Yo tengo más madera de médico que ese imbécil.

—No sería imparcial si te diera la razón.

—Cuando menos alaba a mi ego —aseveró descendiendo su boca a su oído. Ella se estremeció y se alejó un poco, alzando su hombro a la altura de su oreja mientras cerraba los ojos.

—Tú solo haces un buen trabajo. —Elsa le guiñó un ojo. —Ya que papá es muy listo y habilidoso —dijo ella cambiando su atención a su vientre.

Él sonrió.

—Y por eso llevará a su mujer al jardín para que tenga un mejor día.

Elsa torció la cabeza.

—¿Eh? No pretendes cargarme. Peso mucho.

—He tenido cosas verdaderamente pesadas. Podré hacerlo.

—No, no, no, es mala idea.

Hans dejó la cama y después de ponerse los zapatos fue al lado de ella, que se cruzó de brazos.

—Vamos, sé que te mueres por otro ambiente.

—Tengo experiencia en permanecer en mi habitación. —Él se encogió de hombros. —¡Hans! Te quebrarás la espalda.

—¿Qué te parece si sostienes tu peso en mí en varios tramos, más que nada en las escaleras, y te cargo para que no te canses demasiado? —arguyó tranquilo.

—Por eso escogiste un vestido más adecuado al público, pensé que era por el médico.

En efecto, no era de esos que lucían casi transparentes.

—Soy buen estratega, preciosa.

—No puede ser mucho tiempo, constantemente tengo que aliviar mi vejiga —claudicó ella. —Y no me tendrás en brazos de forma exagerada.

Suspiró deslizando su dedo por la mandíbula de ella.

—Tanto que disfruto tenerte a mi merced, Skaði.

—No debes decir cosas como esa cuando parezco un globo y solo puedo pensar en eso.

Abrió la boca. ¿Era un pensamiento recurrente en su cabeza?

—Me tienta la idea de hacerlo con una embarazada, nunca lo he probado —replicó—. Pero con tu estado y el parto cerca, siento que podría sorprenderme.

—¿Como que un bebé se sujete de ti? —Se burló ella.

Él agitó su cabeza estremecido y Elsa comenzó a reír.

—Demonios, siento escalofríos de pensar esa barbaridad. Tendría pesadillas de pervertir a un niño.

Las risas de ella aumentaron.

—No… me hagas… reír más —pidió entrecortadamente. —Sería vergonzoso, mi vejiga, se vaciará.

Él rió un poco.

—No. ¿Debe ser como los caballos, que hay una bolsa? —preguntó misterioso.

Elsa puso los ojos en blanco.

—Sé que lo sabes, solo quieres divertirme. Leíste todos esos libros en Nueva York —señaló irónica.

Resopló con la nariz.

—Qué aguda.

La respuesta madura de ella fue sacarle la lengua. Riendo, él tendió sus dos brazos y colocó sus manos bajo sus codos para ayudarla a levantarse, cosa que ella hizo con mucha dificultad, pareciendo un potrillo con sus piernas temblorosas y abiertas, sin disimulo por la falda.

Ella gimió.

—¿Sabes qué? Primero necesito usar el retrete.

—De acuerdo.

La soltó y permaneció detrás de ella hasta que llegó al inodoro. Aguardó a que Elsa alzara su vestido y desanudara sus calzones para darle privacidad. Después de su indicación, regresó para auxiliarla en pararse y recuperar su ropa interior a la altura de sus rodillas.

Una vez listos, a pasos lentos fueron a la puerta del dormitorio, frente a la que ella se detuvo con un suspiro.

—Esto me recuerda a hace diez años, pero en mi antigua habitación —musitó ella intranquila. —Temía salir a mi ceremonia de coronación y lo que sucediera por abandonar mi guarida. —Lo miró de soslayo. —Y salió mal.

Negó, tratando de ser lo más cálido posible en sus siguientes palabras:

—Esa vez estabas sola.

La expresión de ella se iluminó y como los rayos de un sol en su piel, Hans pudo sentir el amor que le dirigió con una mirada. A continuación, ella pasó su mano detrás de su espalda y se apoyó en un costado de su pecho, otorgándole el abrazo de la única manera que su vientre le permitía.

—Es cierto… lo estábamos.

Él sonrió y se ladeó para rodearla con sus brazos, teniendo un efecto inmediato en su corazón, que bombeó alegre. Besó su coronilla con los ojos cerrados…

…deseando con todas sus fuerzas no volver a esa soledad.


NA: Sí, sí, todo amor, pero ustedes quieren a los bebés.

Hoy estoy temprano y sin referencias históricas.

En este capítulo el helsa se puso muy presente; ya se aman y lo saben, se enfocan en demostrárselo en los que podrían ser sus últimos momentos. ¿No desilusiona que todavía no puedan estar completamente felices? Ja,ja,ja, me encanta hacerle a la emoción.

Hablando de eso. ¡Ya acabé el fic! Me faltará revisar y corregir los capítulos, pero MQB tiene final, con un epílogo para no dejar tan abiertas las cosas (por su atención a esta historia me animé a escribirlo. ¡Valórenme! ;P ja,ja,ja, no se crean). Esto significa que actualizaré semana a semana hasta el último, solo si me pasa algo, tendrán que rastrear a alguien para que les role el texto *toca madera*.

¡Gracias por leer! ¡Cuídense!

Besos, Karo


Yuecita: ¿Qué tal te va? Yo estoy a la mar de bien :) . Qué falta hacen los emojis, me imaginé el que tiene los corazones en los ojos, mi favorito últimamente. Me alegra que te gustaran las declaraciones, Elsa se quedó dormida y la relacioné con Frozen Fever, cuando está enferma y habla toda perdida, pero no deja de pensar en otra persona. Debí haberlo dicho en el comentario anterior para alimentar más la idea XD . / Sí, me tardé un poquito en actualizar, aparte de salir, tuve dudas con la publicación, pero me complace que disfrutaran el capítulo como estaba. / Gracias por comentar, linda.

Guest1: ¡Sí! Ya Hans se había tardado, le falta inventar el jet para volar en veinticuatro horas. Pero bueno, ya está en casa y la pasa relativamente bien con su Elsa, todo amoroso; y será mucho mejor con sus bebés. Padre enamorado a todo lo que da. / Te agradezco mucho el review.

Guest2: La actualización de noche pareció de rogar ja,ja,ja, pero aquí ando de nuevo. Me alegra que tu beba y tú esté muy bien. / Me gusta compartir información, eso compensa mi falta de dibujos, porque sé colorear pero no hacer nada más que monigotes ja,ja, aunque aquí en ff los fanarts no se pueden compartir libremente. En fin, no sabes lo sonriente que me pone que les gustaran sus declaraciones de amor, es curioso, como dices, que hayan dicho y hecho de todo en su matrimonio y el amor los ponga tímidos y tiernos, pero ya van agarrando confianza, sin perder la ternura. / Elsa y sus fuerzas quizá no te contenten, pero hay un por qué para todo (creo). / Muchas gracias por el review :)

Lucia: ¿Cómo te va, nena? Yo muy bien. / Me tiene muy feliz que te encantara el capítulo con sus pequeños detalles, el Helsa nos alimenta, ¿no? El desarrollo de ambos en más de año y medio de matrimonio han hecho posibles estos momentos lindos. / Lamentablemente para los dos, como mencionas, está el asunto de Elsa y su embarazo, está en ustedes pensar si realmente es mágico o médico, pero ya se los abordaré en unos capítulos, quizá la respuesta esté en lo que dices. / Cuídate mucho tú también, gracias por tu lindo mensaje.