Capítulo 8
Esperanza
Sentada en las escalinatas de su templo, la diosa Athena pensaba en cuan lentamente transcurría el tiempo deseando desesperadamente ver a sus trece santos atravesar la entrada sanos y salvos, pero estaba consciente que sus deseos distaban mucho de la realidad ya que ellos aún se encontraban lejos de la ciudad.
-No cree usted que es poco digno de una diosa sentarse en las escaleras de la entrada a su templo a esta hora de la noche.
Volteó a ver para encontrarse con el sereno rostro de su sacerdotisa que le sonreía tratando de tranquilizarla. Conociendo como lo hacía a su señora, Herse podía sentir los sentimientos de impotencia de la diosa de la sabiduría más aún, sabía que la diosa de cabellos negros estaba terriblemente preocupada por sus santos, ella se sentía de la misma manera.
-Me aburre la soledad de la sala del trono-contestó Athena.
-Me parece que más que la soledad, lo que a usted le preocupa son los santos dorados-habló Herse mientras tomaba asiento al lado de la diosa-Tenga fe mi señora, las cosas se solucionarán para bien.
Athena la miró de reojo y torció la boca con un aire de picardía.
-Se supone que yo debería estarte apoyando a ti, no al revés-murmuró soplándose los flequillos que caían sobre su rostro-Pero ¿qué sabe una diosa del sufrimiento y la esperanza? Muy poco de acuerdo a como me siento ahora.
-Athena, usted representa nuestra esperanza y nuestra fe. Si usted no se da por vencida entonces nosotros tampoco nos rendiremos, estoy segura que Shura y los demás santos lucharán por sus vidas hasta el final, y con su ayuda lograran superar los obstáculos que se les pongan en el camino.
-¿Sabes Herse? Los humanos son más fuertes para estas cosas que nosotros los dioses, tenemos mucho que aprender de ustedes.
-Así es, los humanos tenemos la voluntad de hacer grandes cosas-comentó la joven elevando la vista al cielo para observar las estrellas-Pero por lo visto no somos capaces de disuadir a nuestros dioses de usar su trono en vez del piso para sentarse.
Ante el astuto comentario la diosa soltó una carcajada, momentos como ese le recordaban la razón de su permanencia en la tierra. Después de todo valía la pena velar por bienestar de los mortales.
En los profundos bosques que rodeaban el valle de Lerna, Kal esperaba pacientemente que los santos de Athena se alejaran para poder cumplir con cierto pendiente. Cuando los sintió lo suficientemente lejos la joven, conocida como Egles en el mundo de las hespérides, bajó hasta las orillas del lago y permaneció de pie junto a las cabezas arrancadas a la Hidra. Caminó unos minutos observando atentamente el desolado panorama que tenía frente a ella y toda vez que se hubo asegurado de estar completamente sola rebuscó en un arbusto hasta encontrar lo que necesitaba.
En una caja de madera encontró varias flechas las cuales tomó en sus manos y bañó con la venenosa sangre que salía de las cabezas tiradas en el suelo. Con cuidado depositó las flechas de regreso en la caja envolviéndola en una tela blanca.
-Espero que las flechas sean para matar a esos hombres-le dijo Hera que se aproximaba a ella por la espalda.
Asustada, la hespéride se volvió hacia la reina del Olimpo para presentarle sus respetos con una reverencia y sin atreverse a mirarla de frente permaneció arrodillada ante la esposa de Zeus.
-Señora Hera, los santos dorados han culminado el segundo trabajo que les ha encomendado. Hasta donde sé uno de ellos está gravemente herido.
-Todo eso que me dices ya lo sé-respondió despectivamente la pelirroja-También me han informado que tú les has ayudado a conseguir su objetivo.
Ante tal acusación el corazón de la joven comenzó a palpitar con mayor fuerza ¿quién podría haberle informado a Hera de sus acciones para con los santos de oro?
-Solamente intento ganarme su confianza, le aseguró que tengo todo planeado y que los santos no vivirán para completar las doce tareas. Por favor, confié en mí.
-De acuerdo, pero recuerda que te estaré vigilando. Creo que no tengo que recordarte lo que puede pasar si me llego a enterar que fallaste ¿no?
Agachando aún más la cabeza, Egles le hizo saber a la diosa que sabía perfectamente de lo que estaba hablando y no estaba dispuesta a correr ese riesgo. Viendo la actitud de su sierva Hera sonrió complacida para luego desaparecer en aire tal y como siempre solía hacerlo, ya era hora de regresar al Olimpo antes de que sus salidas comenzaran a levantar sospechas.
Poniéndose de pie Egles recogió sus pertenencias y abandonó el lugar sin darse cuenta que desde los adentros del lago dos pares de ojos negros como la noche habían presenciado el encuentro con Hera.
Firme a su promesa, Aldebarán había corrido toda la noche sin detenerse con un moribundo Shura bajo su cuidado. Los primeros rayos del sol comenzaban a verse en el horizonte, lo cual preocupaba un poco al santo de Tauro puesto que si exponía mucho tiempo a Shura al astro rey en ese estado, el de Capricornio podría ser víctima de insolación o deshidratación. Pensando en eso recordó que no le había dado de beber a su compañero y que probablemente sería buena idea mantenerlo bien hidratado.
Unos minutos después divisó un pequeño estanque de aguas cristalinas a la orilla del camino rodeado de árboles de altas copas. Salió del camino y se dirigió al estanque. Con cuidado recostó a Shura bajo las hojas de los árboles y procedió a buscar algo para darle un poco de agua a su amigo, rebuscó en los alrededores del estanque, buscó por frutos en los árboles y al fin encontró unas hojas verdes los suficientemente grandes y gruesas para ser usadas como unos improvisados vasos.
Tomó una de las hojas y la enrolló para darle forma de cono, se acercó al estanque para conseguir un poco de agua y llevársela a Shura. Con ayuda del cono fue dándole el vital líquido a su compañero, primero por gotas y luego por diminutos tragos asegurándose que la tomara.
-¿Qué le pasó a tu amigo?
El toro dorado pegó un brincó gigantesco al ser sorprendido por una tierna voz a sus espaldas, estaba tan concentrado en Shura que no se percató que una niña estaba detrás de él observando cada uno de sus movimientos.
-Cielos niña, me asustaste-respondió aún algo alterado mientras se llevaba una mano al pecho tratando de tranquilizarse.
-Disculpa, no fue mi intención-le dijo la niña de lo más natural-¿Están bien los dos? Tu amigo no despierta y tiene sangre encima mientras que tú te ves agotado.
-Yo estoy bien, pero mi compañero, Shura, creo que fue envenenado por el aliento de la Hidra del Lerna—habló Aldebarán volviéndose a enfocar en el de Capricornio.
La niña abrió sus enormes ojos marrones ante la explicación del santo de Tauro.
-¿Ustedes pelearon con la Hidra de Lerna? ¿Acaso son los protegidos de la señora Athena? ¿Aquellos que mataron al León de Nemea?-preguntó asombrada.
Por respuesta Aldebarán solo asintió con la cabeza.
-Ven conmigo-le pidió la chiquita tomándolo del brazo y jalándolo-Mi aldea no esta muy lejos y estoy segura que mi hermana y mi abuelo podrán ayudar a tu amigo.
Un rayo de esperanza iluminó el corazón del santo de la segunda casa, pero la claridad del momento fue ennegrecida por la duda. ¿Y si los aldeanos no podían ayudarle? ¿Qué tal si solo Athena podía salvarlo? ¿Estaría dispuesto a perder valiosísimo tiempo? Miraba a Shura y veía a la pequeña, tenía que tomar una decisión pronto.
-Guíanos Athena-rezó entre murmullos.
Una lechuza se posó en uno de los árboles cercanos a donde estaban, no era habitual observar a una de estas aves volar en las mañana. Siendo la lechuza el animal representativo de la diosa de la sabiduría, Aldebarán pensó que seguramente era una señal de Athena que le decía que ella estaría con ellos.
La "respuesta" de su diosa despejó cualquier duda que el santo de Tauro pudiera tener. Con mayor tranquilidad levantó a Shura y se dispuso a seguir a la pequeña hasta el poblado donde vivía.
-Por cierto, mi nombre es Minta-dijo ella mientras le señalaba el camino al santo.
-Yo soy Aldebarán-respondió con una gran sonrisa el gigante.
Caminaron unos minutos entre el espeso follaje hasta que llegaron a una aldea escondida en las profundidades de los bosques.
-Aquí es donde vivo-dijo la niña caminando hacia las chozas que conformaban el pueblo.
Aldebarán la siguió. A su paso la gente le miraba con una mezcla de asombro y miedo, no era muy común ver hombres tan altos en aquel lugar, y que decir del hombre ensangrentado e inconsciente que llevaba a sus espaldas. El santo de Tauro no prestaba atención a los rostros de las personas, ya se había acostumbrado a que la gente lo mirara con extrañeza debido a su tamaño.
Siguiendo las calles empedradas atravesaron el pueblo en busca del hogar de Minta, por fin se detuvieron ante una casa blanca. No era una casa muy grande, más bien era pequeña pero acogedora, a la entrada se podían distinguir varias hortalizas y un pequeño jardín decorado por hermosas flores de diversos colores.
-Esta es mi casa-explicó Minta aproximándose a la puerta.
De pronto la puerta se abrió y una joven de cabellos oscuros apareció. Al parecer estaba molesta, miraba con severidad a la niña y se cruzó de brazos mientras golpeaba el piso con uno de sus pies como si estuviera esperando una respuesta.
-Minta, ¿quieres decirme donde has estado? El abuelo estaba muy preocupado por ti, ya te he dicho miles de veces que no abandones la casa sin avisar donde vas a estar.
-Perdóname Zeva. Pero me encontré con uno de los protegidos de Athena y lo traje porque su amigo necesita ayuda-contestó la chiquita apuntándole a Aldebarán.
La joven, que hasta ese momento no había notado la presencia de Aldebarán y Shura, se quedó petrificada al ver a los dos santos parados en su puerta.
-Hola-alcanzó a decir Aldebarán con una mueca parecida a una sonrisa ante la reacción de Zeva.
-Zeva, muévete-le dijo la niña empujando a sus hermana hacia dentro de la casa-¿No ves que los santos de Athena necesitan nuestra ayuda?
-¿Qué?-respondió confundida la griega-Ah,sí, sí. Por favor pase usted señor-agregó mientras cedía el paso al santo de Tauro.
-Gracias, y no me digas señor, llámame Aldebarán.
Una vez adentro, la joven y la niña llevaron a Aldebarán hasta una de las habitaciones para que pudiera acostar a Shura en una cama. Zeva le examinó por unos minutos tocando con su mano la frente del santo herido para descubrir que tenía fiebre.
-Ahora regreso, voy por agua fresca para bajarle la temperatura. Acompáñame Minta.
Salió apresuradamente de la habitación dejando adentro al toro dorado. Aldebarán, visiblemente consternado, se paró frente a la ventana tratando de despejar sus pensamientos. La fiebre era reciente, por lo que podía deducir que la condición de su amigo de la décima casa comenzaba a decaer, no era médico pero sabía bien que la fiebre no era una buena señal. Unos minutos después Zeva y Minta reaparecieron con dos vasijas de agua y varios paños limpios.
-Minta me contó lo que le sucedió-habló la mayor mientras mojaba uno de los paños y lo colocaba sobre la frente de Shura-Mi abuelo es el curandero del pueblo, estoy seguro que hará su mejor esfuerzo para salvar la vida de su amigo.
-Shura-replicó Aldebarán.
-¿Perdón?-preguntó ella intrigada.
-Shura, su nombre es Shura-repitió Aldebarán sin moverse de la ventana.
Con cuidado lo joven fue limpiando la cara sucia del de Capricornio, viéndole con compasión. Poco a poco fue quitando los restos de sangre de su cara y de su cuerpo, pensando en como alguien podía estar al borde de a muerte a tan corta edad, por lo que veía él era apenas unos años mayor que ella.
-¡Zeva! ¡Ya regresé!-escucharon decir a una voz.
-¡Es el abuelo!-gritó más animada Minta mientras salía corriendo de la habitación a encontrarse con el hombre.
Zeva y Aldebarán fijaron la mirada en la puerta, esperando la entrada del hombre con ansiedad. Los pasos afuera delataban la presencia del anciano acercándose a la habitación, por fin entró con ellos. Era un hombre mayor de barba blanca y con pocos cabellos, caminaba apoyado en un bastón y vestía una túnica decorada con resaltes rojos.
-Bienvenido santo de Athena-saludó a Aldebarán-Mi nombre es Soterios ¿en qué puede este anciano serte de ayuda?
-Por favor, señor ayude a mi amigo-casi suplicó el toro ayudando al anciano a acercarse a la cama donde yacía Shura-Fue envenenado por la Hidra.
Los diminutos ojos del anciano se abrieron ante semejante afirmación.
-Tu amigo debe ser un hombre muy fuerte para haber sobrevivido tanto tiempo. Déjenme unos minutos a solas con él, quiero examinarlo para saber si podemos hacer algo para salvarle.
Obedeciendo al anciano todos abandonaron la habitación. Aldebarán se sentó en una silla cerca de la puerta esperando el diagnóstico de Soterios, de vez en cuando se levantaba, daba un par pasos, acechaba por la ventana, suspiraba y volvía a su asiento cerca de la puerta. Desde la cocineta Zeva miraba al joven de Tauro mientras preparaba el desayuno, no conocía a ninguno de los dos sin embargo habían ganado su confianza y hasta se sentía mal por ellos.
-¿Por qué se tardan tanto?-se preguntó así mismo Aldebarán.
-Tranquilízate, si el abuelo esta tomándose tanto tiempo con él es una buena noticia. Eso quiere decir que el mal que aqueja a tu amigo es curable, de lo contrario el abuelo ya nos hubiese informado-le contestó Zeva.
La joven sirvió una ración de comida caliente y la llevó hasta la mesa.
-Aldebarán usted está agotado, coma algo o si no va a convertirse en el siguiente paciente-le dijo con sonrisa.
Aldebarán observó el plato humeante de comida, ciertamente olía bien y él no había comido nada en todo el día. Con los nervios y el estrés se la había espantado el hambre, sin embargo todavía no tenía mucho apetito, lo único que quería era saber que pasaría con Shura. Estaba a punto de agradecer el gesto a la muchacha cuando sintió que ella lo miraba insistentemente desde la mesa.
-Disculpe, pero no le estaba preguntando si quería comer, le estoy diciendo que coma el platillo que he preparado para usted-dijo ella sin levantarse de la mesa.
Sin más remedio, el toro dorado abandonó su solitaria silla y se dirigió a la mesa a comer. Zeva y Minta le observaban mientras él comía ocasionando que el santo se sintiera algo incómodo ante los dos pares se ojos centrados en él.
-Oye Aldebarán, cuéntanos algo de ustedes. Me dijiste que se llamaban santos de Athena ¿no?-rompió el silencio Minta.
-¡Minta! Deja comer tranquilamente a Aldebarán y no seas grosera trátalo de usted, no lo tutees-le reprendió su hermana.
La pequeña torció la boca ante el regaño de la mayor haciendo que Aldebarán soltara una carcajada al ver el rostro de la niña.
-No te preocupes Zeva, esta bien que me tutee, de hecho me gustaría que tú también lo hicieras, aún soy muy joven para que traten como a un señor-comentó ya más relajado el de la segunda casa.
-Disculpe…¡perdón! Quise decir discúlpame-comentó la chica apenada.
-No tengo nada que disculparte, al contrario, de no ser por ustedes Shura y yo aún vagaríamos por el camino a Atenas.
-Bueno ¿me vas a contar sobre ustedes o no?-intervino Minta en la conversación.
-Esta bien, esta bien…mmm….veamos ¿qué quieres saber?
-Quiero saber quienes son los santos de Athena-dijo emocionada la niña.
-Los santos de Athena somos un grupo de guerreros que tenemos el honor de luchar por nuestra diosa buscando el bien del mundo y de la humanidad. En total somos 88 santos protegidos por el mismo número de constelaciones, portadores cada uno de nosotros de una armadura relacionada con la constelación que nos eligió.
-¡Ooh! ¿Y tú y Shura de que constelación son?-preguntó intrigada la niña
-Shura y yo pertenecemos a la orden de santos dorados, la más importante entre todas. Yo soy santo de Tauro y Shura es el de Capricornio. En total existen doce santos dorados, en realidad somos trece porque Géminis tiene dos guardianes ya que…
La explicación de Aldebarán se vio interrumpida cuando la puerta de la habitación donde estaba Shura se abrió lentamente y el viejo Soterios salió de ella. De un brinco el santo de Tauro se levantó de la mesa y corrió hacia donde estaba el anciano curandero.
-¿Cómo esta?-preguntó mientras se preparaba para la peor de las respuestas.
-Le he dado unas pociones de hierbas que deben frenar el envenenamiento, si hubieran tardado unas cuantas horas más, antes de la puesta del sol estarías enterrando a tu amigo-dijo el anciano caminando para tomar asiento en la mesa-Te advierto que tardará unos días en recuperarse, pero deberá quedar bien.
Sin poder contener una lágrima de emoción el toro dorado respiró tranquilo por primera vez en más de doce horas, todo iba a estar bien, ahora solo tenía que tener un poco de paciencia.
"Gracias Athena" pensó Aldebarán mientras entraba a la habitación de su amigo que aún continuaba dormido.
El camino de regreso a Atenas se les hacía eterno. Con tantas ideas rondando en sus cabezas, los santos caminaban silenciosos por el sendero empedrado que les llevaría a la ciudad de la diosa virgen. El día anterior habían peleado y derrotado a la Hidra de Lerna por lo que su aspecto físico dejaba mucho que desear: cubiertos de lodo y sangre, con los cabellos relamidos por la intensa lluvia que les cayó encima y con la ropa desgarrada a causa de los golpes y las caídas. Dedicaron su vida entera a las peleas y estaban acostumbrados a ensuciarse las manos cuando era necesario, pero nunca habían terminado en el lamentable estado de aquel día.
-Creo que por más que me bañe nunca voy a conseguir quitarme por completo el lodo del cabello-se quejó Afrodita tomando entre sus dedos uno de los mechones que le caía en la cara.
-Bah, no seas dramático Afro. Andar sucios es de hombres-contestó Máscara de Muerte sacando el pecho muy orgulloso de su masculinidad.
Los otros santos miraban asqueados al santo de Cáncer. Ninguno disfrutaba del barro pegado a su piel o del olor a sangre descompuesta sobre ellos, y no por eso se consideraban menos hombres que su compañero de la cuarta casa.
-Pues yo soy un macho muy macho y aun así extraño el jabón-habló Milo con desenfado-Aunque la verdad es que también extraño mi templo, mis camisas limpias, mi tina con burbujas, mi cama calientita…-continuó mientras se apoyaba en el hombro de Camus quien caminaba junto a él para sollozar su pérdida.
-Alejate de mi, bicho-contestó Camus zafándose de su amigo-Apestas a quemado.
-Al menos no huelo a Hidra podrida-se defendió el escorpión acelerando el paso para darle alcance a Mu, Aioros y Aioria que caminaban al frente del grupo.
El santo de Aries iba observando detenidamente el mapa que Athena les había entregado, ninguno de los hermanos sabían exactamente que buscaba tan deseosamente el de cabellos lilas, más ninguno de ellos se atrevía a preguntar tampoco.
-¡Oye Mu!-esa era la inconfundible voz de Milo rompiendo el silencio entre ellos-¿Sabes donde podemos encontrar un estanque para tomar un baño?
-Milo ¿Cómo puedes estar pensando en tomar un baño en estos momentos?-le respondió Aioria fastidiado de la conducta de santo de la octava casa-La vida de Shura está en peligro y tu solo piensa en bañarte ¡increíble!
-No te moleste gato-intentó suavizar el asunto Milo-Yo también estoy preocupado por el cabrito pero no podemos hacer más por él. Además todavía nos falta al menos un día más caminando ¿te imaginas el "agradable" olor que vamos a tener cuando lleguemos con Athena?
Los tres santos se mostraron bastante preocupados al imaginarse el escenario planteado por Milo, después de todo quizá asearse un poco no sería tan mala idea.
-Será mejor que busques algo en el mapa, Mu-dijo Aioros tratando de evitarse la vergüenza frente a la diosa.
-Lo siento-habló Mu enrollando el mapa-No creo que este mapa venga con los ríos y arroyos señalados en él.
Milo suspiró compungido ante la noticia, pero su inquieta mente no permaneció mucho tiempo lamentándose la falta de agua limpia. Se detuvo un momento y localizando un piedra cercana al camino se subió para exponer públicamente su plan.
-Ejem…-comenzó su discurso aclarando su garganta-Mis estimados compañeros de la Orden de los Santos Dorados de Athena, con el fin de evitar un desagradable encuentro con nuestra señora de la sabiduría les convocó a que juntos busquemos una fuente de agua limpia para asearnos un poco y deshacernos de este olor a pescado muerto…-para su sorpresa nadie le estaba prestando atención.
Como si no le escucharan sus compañeros continuaron caminando tranquilamente haciendo caso omiso del speech del escorpión dorado. La actitud enojó a Milo quien, bajándose de la roca, corrió a darles alcance dispuesto a hacerse escuchar. Corrió hasta alcanzar de nuevo a los punteros del grupo y parándose enfrente les impidió el paso.
-¡¿No me escucharon?!-gritó alterado.
Sin quererlo les robó una sonrisa a sus compañeros, ver al escorpión en ese estado y haciendo tontería y media por llamar la atención era divertido.
-Claro que te escuchamos, pero parados viéndote no encontraremos agua ¿cierto?-respondió Kanon pasando al lado de Milo seguido por los otros.
-¡Ajá! Entones busquemos agua limpia-exclamó Milo continuando alegremente su camino.
-Milo, ¿de verdad no te preocupa lo que le pase a Shura?-preguntó el león dorado viendo la alegría del de la octava casa.
-Claro que me importa pero ¿qué es lo peor que le puede pasar? ¿Morirse?
-¡Milo!-le gritó consternado Aioria.
-Solo estaba bromeando, perdóname-su rostro tomó una actitud más seria-Shura no va a morir, él nunca nos abandonaría en una situación tan peligrosa, sabe que lo queremos y lo necesitamos. Si algo tiene la cabra es una voluntad de oro, ya verás como va a salir vivo de este susto.
-Milo…-susurró el león al sentir la confianza de su amigo.
-Además-continuó ya más risueño el peliazul-Si se muere iremos al mismísimo Infierno a patearle el trasero por abandonarnos.
Aioria sonrió ante ese último comentario del escorpión, desearía ser tan optimista como él, pero habiendo visto a Shura caer de manera tan dramática en verdad estaba preocupado por el de la décima casa.
-Aioria ¿puedo hablar contigo?-le preguntó Aioros acercándose a él.
-Por supuesto ¿qué te sucede?
-Lo que sucedió con Saga…
-No me interesa hablar de eso-bufó Aioria volteando la cara para evitar la mirada de su hermano.
-Pero a mi sí-le respondió con tono duro el mayor agarrándolo del brazo.
-Déjame Aioros, ya te dije que no quiero hablar de eso.
-Bien, entonces yo hablaré y tu escucharás-contestó con una sonrisa de triunfo el santo de Sagitario mientras que Aioria alzaba la cabeza en señal de fastidio-Creo que estas siendo muy duro al juzgar a Saga, sabes que él solamente intentaba hacer bien las cosas pero su forma de expresarse es…pues…es algo…especial.
El de Leo miró de reojo a su hermano.
-Supongo que quieres que me disculpe por lo que le dije-murmuró de mala gana el león.
-No, solo quería hablar de eso. Creo que ya estás bastante grandecito para tomar tus propias decisiones y para saber que es lo correcto-explicó en un claro chantaje el santo de Sagitario.
-Odio que uses la psicología inversa conmigo-terminó Aioria mientras renegaba con la cabeza y buscaba a Saga con la mirada.
Como un niño regañado el santo de Leo caminó hasta donde estaba Saga que sostenía un debate con Dohko acerca de los mitos y realidades de la Grecia Antigua y la forma en que era percibida en la Era Moderna.
-Saga necesito hablar contigo-dijo secamente el de Leo.
Dohko arqueó las cejas ante la solicitud de Aioria y dándole unas palmaditas en la espalda a Saga se alejó del grupo para reunirse con Mu y Shaka que caminaban detrás de ellos.
-¿Qué pasa Aioria?
El león agachó la cabeza, respiró profundamente y se dispuso a ofrecerle una disculpa al santo de Géminis.
- Queriadecirtequesientomucholoquetedijecuandopeleamosconlahidranoeramiintenciondecir esascosasestabamuymolestoesperoquepuedasperdonarmeyprometonovolverahacerlo.
Habló tan rápido que el pobre Saga no entendió nada de nada. Frunció el seño y pestañeó un par de veces intentando darle sentido a algunas de las pocas palabras que alcanzó a escuchar y por fin preguntó…
-¿Qué? Te juro que no entendí nada de lo que dijiste.
-¡Argh!-se quejó contrariado Aioria-Dije que lo siento mucho, lamento haberte gritado y más lamento haberte dicho que no me preocupaba por ti. Estaba muy frustrado por el accidente de Shura y ya sabes como soy, primero golpeo y luego pregunto. Por favor perdóname.
Saga sonrió ante la disculpa de Aioria, sabía bien que no hay cosa más difícil para un Leo que admitir que esta equivocado y ni que decir de pedir disculpas, apreciaba el esfuerzo del hermano de Aioros.
-No te preocupes Aioria, agradezco tu disculpa-comentó un poco más serio el geminiano-Aunque en gran parte es mi culpa por no darme a entender correctamente, tendré que conseguir ayuda en materia de comunicación-rió más relajado Saga contagiando su risa a Aioria.
-Créeme que juntándote con Dohko no vas a mejorar tus habilidades ¿eh? El hombre pasó 200 años viendo una cascada, así que a menos que hubiese descubierto como conversar con el agua, ¿Cuántas más palabras crees que haya pronunciado?-contestó con sarcasmo el león.
-¡Ya te escuché Aioria!-le gritó Dohko desde atrás.
-¡Increíble que el ruido de Rozan no lo haya dejado sordo!-se alejó rezongando el santo de la quinta casa ante la divertida mirada de Saga.
Mu y Shaka rieron discretamente de la escena que acaban de presenciar.
-Creo que es la primera vez que permanecemos tanto tiempo juntos sin que alguno intente matar a otro-comentó Mu con optimismo.
-Para serte honesto, mis expectativas de este viaje era muy diferentes a lo que hoy puedo ver-respondió Shaka-Creí que la convivencia iba a ser más difícil para algunos, pero creo que los muchachos han tomado muy bien estas situaciones y se han comportado a la altura.
Mu sonrió con aire de tristeza y melancolía en los ojos.
-Shaka, ¿Qué opinas de lo que le sucedió a Shura?-se atrevió a preguntar tras unos segundos de silencio.
-Es triste pero la muerte es necesaria. Debido a que morimos podemos apreciar las maravillas que la vida nos ofrece, disfrutamos de cada segundo que nos regala día a día. Pero la vida no termina con la muerte Mu. No será este cuerpo, tal vez no en esta ápoca y quizá no con los recuerdos que hoy poseemos, pero nuestra alma permanecerá dormida hasta que su tiempo de regresar a este mundo haya llegado, al igual que sucede con las flores en invierno. Así que no nos despedimos de Shura, solo nos separamos momentáneamente de él.
Mu se limitó a escuchar y razonar cada una de las palabras del hombre más cercano a dios, absorbiendo cuanta sabiduría encerraban aquellas frases tan simples pero a la vez tan complejas de entender para la mente humana.
-Eso dice Buda pero ¿qué opina Shaka, el hombre, de la situación de Shura?-volvió a preguntar el carnero dorado.
-No puedo evitar preocuparme por él-habló con seriedad el de Virgo-Shura es mi compañero, juntos hemos vivido tantas cosas que me asusta el pensar que este sea el final del camino que ambos compartimos.
-¿Y por qué no decirlo así desde le principio? No es pecado admitir que también eres hombre.
-Lo sé, pero creo que instintivamente me refugio en mis creencias para no tener que lidiar con la desesperación y la impotencia que me embargan.
-En tal caso debes recurrir a tus amigos. Para eso estamos todos aquí, para apoyarnos los unos a los otros, no eres el único que se siente de esa manera, créeme.
-Más fácil decirlo que hacerlo Mu. Sabes bien que siempre me ha costado trabajo integrarme al grupo, mucho menos para hablar de sentimientos y asuntos personales.
-Aún así, aquí estaremos cuando nos necesites. Creo que hablo por todos cuanto te digo que puedes conversar con nosotros de cualquier tema que te preocupe o de cualquier cosa que desees.
-Gracias Mu, de verdad agradezco tu apoyo.
-No tienes nada que agradecer, recuerda que como santos dorados somos casi hermanos.
-Me niego a aceptar que soy pariente de Máscara-respondió el de Virgo con una risa traviesa.
-Él debe ser adoptado-comentó Mu compartiendo la broma con su amigo.
-¡Achu!-estornudó Máscara que no se encontraba muy lejos de Mu y Shaka.
-¿Y a ti que te pasa?-preguntó Afrodita.
-Creo que me resfrié con tanta lluvia-habló el de Cáncer frotándose rústicamente la nariz con el brazo.
Así los santos continuaron su camino con destino a Atenas. Casi a media mañana los santos escucharon el canto de un ave nada común para esas horas del día: un búho. De la misma manera en que se había comunicado con Aldebarán, ahora la diosa de la sabiduría se comunicaba con sus demás santos.
El búho se detuvo en un árbol cercano y desde ahí observaba con sus penetrantes ojos a los jóvenes guerreros, solamente movía de vez en cuando el cuello de un lado para el otro.
"Mis queridos santos" se oyó la dulce voz de Athena en medio del bosque "Con gran alegría les anuncio que Shura, el santo dorado de Capricornio, está siendo atendido en una aldea aliada y todo parece indicar que se recuperará"
Varios suspiros se escucharon claramente. Era un verdadero alivio saber que su compañero de la décima casa se encontraba mejor y que muy probablemente se recuperaría de sus lesiones.
"La recuperación será tardada pero no duden que su amigo pondrá todo su empeño en reunirse con ustedes a la brevedad posible, mientras tanto cuídense y espero con ansias verles de regreso"
Después de aquel breve mensaje, el búho alzó de nueva cuenta el vuelo perdiéndose en los espesos follajes del bosque de Grecia.
Los santos se miraron los unos a los otros todavía algo incrédulos ante semejante noticia. Tras unos momentos de silencios que expresaban más que mil palabras y miradas cómplices las reacciones se hacían presente entre los caballeros.
-¡Va a estar bien!-exclamó con alegría Aioros abrazando a su hermano efusivamente.
La buena nueva había iluminado un día que hasta ese momento era bastante pesado y no daba señales de mejorar. Con la confianza de que el santo de Capricornio se recuperaría continuaron avanzando por el camino que les guiaba de regreso a su diosa.
Mucho más tranquila tras enterarse de la condición estable de su santo de Capricornio, Athena se dedicaba a las actividades diarias que le correspondían como regente de la ciudad griega en la que descansaba su templo. Ese día en particular se encontraba supervisando los entrenamientos de sus tropas, a pesar de que las tareas que realizaban los santos dorados no tenían porque interferir con su ciudad o con sus seguidores, el ataque de Hades a la pequeña villa había dejado un claro precedente de que no debía bajar la guardia. Los dioses podían ser traicioneros.
La diosa de cabellos oscuros caminaba elegantemente entre sus soldados fijándose en cada uno de los detalles, desde sus posiciones de batalla, el armamento utilizado hasta la práctica de las estrategias a usar en caso de guerra. Ella misma participaba en la planeación de las tácticas en conjunto con sus generales, no en vano era la diosa de la sabiduría y de la guerra justa.
Una joven que le servía se apresuró a cruzar el campo de entrenamiento hasta llegar a donde se encontraba de pie la diosa de la sapiencia. Saludo graciosamente a Athena y a sus generales para luego apresurarse a dar a su señora la noticia que traía para ella.
-Señora, tiene usted visitas esperando su presencia en el salón principal-dijo.
Athena parecía sorprendida ante tal noticia, no esperaba a nadie. Sin más miramientos emprendió su camino hacia los interiores del templo, la curiosidad le invadía. Rápidamente cruzó los corredores hasta localizar la enorme puerta de la sala del trono, empujó con ambas manos para abrirla anunciando de esta manera su entrada.
Cuál no sería su sorpresa al ver delante de ella la cara de una de las diosas más problemáticas del Olimpo. Aquellos cabellos castaños, ese par de ojos color esmeralda, esa risa cínica, no podía ser otra más que…
-¿Afrodita?-preguntó con asombro Athena.
-Saludos Athena-respondió de lo más tranquila la diosa del amor.
-Explícame que haces aquí-exigió son dureza Athena mientras caminaba hasta su trono para tomar asiento en él.
-Vengo a hablar de negocios.
-Por supuesto, debí imaginármelo, ya que tú y yo somos tan buenas amigas-le dijo la diosa de la sabiduría desplegando todo el sarcasmo que poseía. Afrodita solamente sonrió con algo de picardía.
-Bueno, si no te interesa me voy, yo solo quería ayudar a tus santos…-comentó Afrodita caminando lentamente hacia la salida esperando que Athena le llamara al interesarse en lo que dijo.
Athena hizo caso omiso de las palabras de la diosa del amor y sin inmutarse se levantó para retirarse de vuelta al campo de entrenamiento. Ante tal reacción a Afrodita no le quedó más remedio que continuar insistiendo con respecto a su intromisión en el reto de Athena y Hera.
-Ok, ok, ya sé que no te interesa nada que venga de mi, pero estoy segura que a tus santos no les caería nada mal un poco de ayuda de mi parte. Recuerda que al igual que tú, yo también tengo seguidores.
-¿A cambio de qué?-objetó con fastidio Athena cruzándose de brazos.
-¿Acaso piensa que yo quiero algo a cambio?-comentó "ofendida" la diosa castaña.
El silencio y la mirada de Athena respondieron la pregunta de Afrodita, no había manera que la niña consentida de Zeus aceptará algún tipo de apoyo por parte de la egocéntrica diosa. Sin prestar más atención, la diosa de la guerra justa continuó su camino hacia las afueras del templo, no tenía humor para discutir con Afrodita, he hecho, ni siquiera creía en las desinteresadas propuestas de la diosa más hermosa del Olimpo.
-Quiero conocerlos personalmente-admitió por fin Afrodita.
Athena se detuvo en seco y sin voltearse para mirar a su contraparte, permaneció completamente quieta durante unos segundos.
-Ni lo sueñes, no hay manera de que te permita acercarte a ellos. Conozco bien de lo que eres capaz, y no voy a arriesgarlos a meterse en un lío por causa tuya.
-No es mi intención meterlos en problemas, solamente siento curiosidad por ver a los ojos a esos hombres que retan a los mismos dioses-contesto con seguridad Afrodita caminando hasta quedar frente a frente con la regente de Atenas.
En el fondo de su corazón Athena sabía que la diosa del amor no era de confiar. Su belleza y sexualidad habían sido la perdición de muchos hombres y de algunos dioses, quizá sus santos era diferentes a esos pobres desafortunados pero la tentación era demasiada como para exponerlos a ella. Por otro lado, conocía la tenacidad de Afrodita, cuando deseaba algo nada ni nadie la detenía hasta que lo consiguiera. Si ella se negaba sería cuestión de tiempo hasta que la diosa se las arreglara para planear un "fortuito" encuentro son los jóvenes, tal vez la mejor opción sería tener cerca y vigilada.
-Sabes bien que no puedo admitirte como parte del desafío entre Hera y yo, sin embargo tampoco puede evitar que intervengas a favor de mis santos si así lo deseas, de la misma manera en que me fue imposible impedir que Hades se interpusiera para complicar las misiones…-habló con extrema frialdad Athena observando que una leve sonrisa iluminaba el rostro de la otra diosa conforme iba soltando las palabras-…más debo advertirte, Afrodita, que no responderé de mis actos si llegas a dañarlos ¿entendiste? No habrá fuerza divina que me impida tomar venganza en caso de que algo les sucediera a mis santos por tu culpa.
Afrodita le sostuvo la mirada a la diosa de la sabiduría, la rivalidad entre ella era obvia y la tensión podía sentirse en el aire.
-¿Eso es un sí o un no?-preguntó con sarcasmo.
-Tómalo como quieras, te lo dejo a tu conciencia. Si en realidad quieres ayudarlos puedes hacerlo, si quieres conocerlos tiene mi autorización, pero recuerda que te mantendré vigilada-sentenció Athena dejando sola a Afrodita en la habitación.
Afrodita sonrió triunfante, después de todo consiguió lo que había ido a buscar.
-¡Agua! ¡Por fin!-exclamó Milo corriendo hacia un río de corrientes tranquilas y aguas cristalinas.
-Les dije que por aquí había un río, pude escuchar el sonido del correr del agua hace un rato pero ustedes se negaban a creerme-les reprochó Shaka a sus compañeros que le miraban incrédulos.
-Pues con todo respeto Buda, tienes oído de perro porque yo no escuchaba nada de nada-le respondió con broma Kanon.
Las risas de los santos ante el comentario del ex marina hicieron que algunas aves salieran volando debido al ruido. Todos, incluidos Dohko y Saga que siempre parecían permanecer al margen de los líos de sus compañeros, no pudieron contener la risa al observar la cara de un orgulloso pero indignado santo de Virgo.
-¡Hey Camus!-le llamó Afrodita-Será mejor que vigiles al bicho, no se vaya a ahogar.
Y es que Milo ya había comenzado el ritual para tomar su baño. Como si fuera un chiquito el santo de Escorpión se tiró al piso para zafarse las botas y poder deshacerse del pantalón antes de tirarse al agua. Camus lo miró algo incrédulo, quien viera al letal santo de Escorpión no creería que fuera la misma persona.
Cuando solamente le quedaban los bóxers encima Milo se alejó un poco del río, tomó impulso y se lanzó sin más miramientos al agua.
-¡Waaa! ¡Esta muy fría!-gritó el de Escorpión saliendo del agua completamente empapado, desbordando un mar de carcajadas y burlas por parte de los demás guerreros.
-¡Nada más síganse riendo y ya verán!-les amenazó Milo mostrándoles su uña.
-No seas tan berrinchudo-le contestó Máscara de Muerte haciendo de menos el drama del de la octava casa-Además es tu culpa por ser tan impulsivo.
Los santos de Athena se aproximaron al río y más de uno metió primero la mano para sentir la temperatura del agua, después de burlarse de Milo lo último que querían era terminar igual que él. Así cada uno de ellos fue quitándose la ropa para poder tomar bañarse tranquilamente y deshacerse de la mugre que les había dejado de recuerdo la Hidra. Solamente Aioria permanecía sentado en la orilla observando a sus compañeros pero sin atreverse a despojarse de la remera y los pantalones.
-Aioria ¿no piensas entrar?-le gritó su hermano mayor desde dentro del río-El agua no está tan fría como dice Milo.
-¡El gatito le tiene miedo al agua!-se burló el santo de Cáncer.
-¡No tengo miedo al agua!-se defendió el león dorado poniéndose de pie-Lo que pasa es que…que…
-¿Qué qué?-le interrogó Kanon.
-Es que ¿qué tal si cierta personita aparece mientras estoy semidesnudo?-dijo el león con la cara completamente roja.
Si la risa es la medicina del alma entonces los santos iban a sufrir una sobredosis ese día, porque entre las locuras de Milo y la paranoia de Aioria los tenían muy divertidos. Las carcajadas solamente conseguían enrojecer más el rostro de santo de Leo que poco a poco pasaba de la vergüenza al coraje.
-¡Ya basta! ¡No se burlen que no es divertido!-les gritó-¡Ya me gustaría verlos en mi situación!
-¡Ya cállate y entra al agua!-le contestó Milo que nadaba alegremente de un extremo al otro del río-¡No pensamos llevarte todo apestoso hasta Atenas! Así que entras por tu propio pie o te salimos a buscar.
La sola idea de que sus compañeros lo desnudasen convenció al león dorado de entrar al agua. De mala gana se quitó la remera y tras deshacerse de su pantalón se metió lo más rápido que pudo al río y ahí permaneció con nada más que la cabeza fuera del agua observando hacia todos lados para asegurarse de que Aretha no apareciera de improviso para sorprenderlo.
Shaka flotaba apaciblemente disfrutando del masaje de la corriente en su espalda, cerró los ojos y meditó como hacía tiempo no había podido. El sonido del agua, el canto de los pájaros, las hojas de los árboles moviéndose, el viento soplando…los gritos de sus compañeros.
-¡Sobre él!-escuchó gritar a Milo mientras que el escorpión, Máscara y Aioria se abalanzaban sobre uno de los gemelos.
-¡¿Te rindes Kanon?! ¡¿Te rindes?!-gritaban los tres santos mientras se las arreglaban para intentar "ahogar" al santo de Géminis entre risas y jugando muy divertidos.
-¡Trío de idiotas!-exclamó el otro gemelo preocupado-¡Ese es Saga! ¡No soy yo!
Los tres santos se quedaron petrificados al escuchar la declaración de Kanon, cruzaron miradas entre ellos y observaron al gemelo que mantenían sumergido en el agua. Sabían que estaba en problemas, nadie trataba a Saga de esa manera y salía ileso de la situación. Como balas se alejaron del peliazul buscando refugio con sus compañeros, Milo detrás de Camus, Aioria de Aioros y Máscara de Afrodita, desde ahí observaban atentos la reacción del santo de Géminis.
Poco a poco Saga fue emergiendo del agua con los cabellos cubriendo su rostro apenas permitiendo que sus verdes ojos asomaran entre la maraña azul. Sus pupilas buscaban entre los santos a los causantes de aquel pequeño "incidente" pasando por las caras de sorpresa de todos los jóvenes. Algunos como Aioros, Shaka y Dohko se veían algo espantados; otros como Afrodita y Mu ostentaban unas risitas nerviosas en sus rostros; Kanon intentaba con todas sus fuerzas no reírse mientras que Camus permanecía impávido ante la situación.
-Saga, amigo, por favor recuerda que somos compañeros de Orden y que nos necesitamos los unos a los otros para salir de este lío-comentó con voz temblorosa Milo.
-El bicho tiene razón…además no querrás entristecer a Athena diciéndole que tres de sus santos consentidos murieron ¿o sí?-le apoyó Máscara de Muerte.
-Acuérdate que ya hicimos las paces-habló nervioso Aioria.
Dándose la vuelta Saga les miró de reojo y una traviesa sonrisa escapó de sus labios, esa se la pagaban de eso estaba tan seguro como de que era el santo de Géminis.
-No será aquí y no será ahora, pero cuando menos se lo esperen llegará mi venganza-comentó sonriente.
Los tres santos abrieron sus ojos lo más pudieron ante semejante amenaza. De ahora en adelante tendría que cuidarse de la revancha de Saga, la espera sería una completa agonía.
-¡No! ¡Saga por favor! ¡No no hagas vivir en ansiedad!-rogó Máscara de Muerte saliendo desde detrás de su amigo de la última casa.
-¡El cangrejo tiene razón!-vociferó Aioria.
-¿La tengo?-preguntó sorprendido el de Cáncer. Y tenía razón para estar sorprendido, aquella era una de las pocas ocasiones en las que el león y él coincidían en algo.
-¡Mándanos a otra dimensión! ¡Golpéanos! ¡Ahóganos! ¡Pero no nos atormentes a vivir en ascuas esperando el momento en que te decidas a atacarnos!-complementó el santo de Leo.
-¡Oh no! La venganza será dulce-comentó entre risas cómplices Saga.
La cara de Máscara y Aioria lo dijo todo.
-¡Bola de cobardes!-exclamó Milo decepcionado de la conducta de sus compañeros de bromas.
-Y Milo será el primero-agregó el geminiano frotándose las manos.
-¡¿Qué?!-gritó preocupado el santo de Escorpión-¡¿Pero por qué?!
-Porque estoy seguro que tú fuiste el cabecilla en todo esto.
Mientras la desesperación invadía la cara de Milo las risas y carcajadas por parte de los otros jóvenes volvían a escucharse bulliciosas.
-¡Ya dejen de reírse! ¡Y tú, buda, deberías explicarle a Saga que la venganza es mala!-gritaba Milo solo para incrementar las risas de los demás.
Después de pasar un buen rato y de deshacerse del estrés que habían reunido durante los últimos días, los santos limpiaron lo más que pudieron sus ropas, se vistieron y emprendieron otra vez la larga caminata para ver a su diosa. Con los ánimos renovados caminaban mucho más tranquilos y más ligeros hasta que la entrada de la noche oscureció el cielo permitiendo solamente los rayos plateados de la luna.
Un bostezo por parte de Kanon les recordó que estaban agotados. La noche anterior la pasaron peleando con la Hidra y caminando de regreso a Atenas, mientras que el resto de ese día solamente se detuvieron para tomar un baño.
-Será mejor que descansemos un poco-sugirió Dohko a tiempo que buscaba con la mirada algún claro donde pudieran pasar la noche.
Después de avanzar un poco más se instalaron a uno de los lados del camino. Se tiraron sobre la hierba y la mayoría de ellos se durmieron casi al instante, solo Milo permanecían bien despierto.
-Camus, ¿ya te dormiste?-preguntó entre murmullos Milo al de Acuario que ya tenía los ojos cerrados.
-No, eso intento-contestó Camus girándose para darle la espalda a Milo.
-Camus, no puedo dormir-siguió parloteando el escorpión.
-Si no te callas no podrás conciliar el sueño-respondió tajante el santo del ánfora, en realidad estaba cansado y quería dormir tranquilo.
Milo torció la boca y continuó mirando el cielo. Perdió la mirada entre las estrellas intentando repasar las clases de astronomía que Shion solía impartir cuando eran unos niños, de vez en cuando observaba disimuladamente a Saga para cerciorarse que estuviera dormido y no planeando su venganza contra ellos, sonrió de sólo pensar en la idea de que alguien tan serio y bien portado como el santo de Géminis se bajara al nivel de él y sus compañeros.
Sus párpados comenzaron a sentirse pesados y poco a poco los ojos se le cerraban, sin resistirse más decidió entregarse al sueño para dar por terminado ese largo día.
El silencio invadía el lugar, escuchándose solamente las melodías de las cigarras y los grillos del bosque. Un leve aroma a perfumes se esparció con el viento que soplaba suavemente, mientras tres blancas palomas sobrevolaban el cielo contrastándose con lo negro de la noche.
Las aves se posaron en uno de los árboles que rodeaban a los santos, y permanecieron quitas unos segundos asegurándose que los santos estuvieran profundamente dormidos. Al no haber reacción por parte de los jóvenes guerreros de la Athena, las palomas volaron hasta posarse en el piso y poco a poco fueron adquiriendo forma humana.
Tres hermosas doncellas idénticas y de larguísimos cabellos castaños flotaban sobre el aire aproximándose a unos desprevenidos santos. Sus cabezas eran adornadas por coronas de mirto y sus vestiduras griegas se movían al son del viento. Cuando estuvieron entre los caballeros dorados observaron detenidamente los rostros de cada uno de ellos, examinando cada uno de los rasgos físicos de los hombres.
Intercambiaban miradas traviesas y sonreían tímidamente cubriéndose los labios con cierta picardía. Cuando cada una de ellas hubo terminado de admirar a los jóvenes se reunieron a un costado de grupo.
-Y bien ¿Qué opinan?-preguntó una de ellas.
-Son bellos-contestó otra con una sonrisita en los labios.
-¡Talía! ¡Qué cosas dices!-río en voz baja la tercera.
-¿Qué?-refutó sorprendida-No seas hipócrita Eufrosine, crees que no vi como mirabas al chico de cabellos azules, si por ti fuera te hubieses lanzado sobre él en ese mismo momento.
-¿Y tú no hubieras hecho lo mismo con el rubio?-contraatacó Eufrosine.
-¡Basta ya!-metió orden la que se encontraba al centro-Recuerden que la señora está interesada en ellos. Me imagino que no querrán molestarla.
-Talía inició todo.
-Te dije que…
Interrumpiendo la conversación de las tres jóvenes una hilera de pétalos de rosa volaban en el aire delineando la figura de una mujer. No era otra más que Afrodita que por fin había conseguido encontrarlos.
-Ceo que han cumplido su misión, mis queridas Gracias-habló la diosa fijando en la vista en los jóvenes.
-Así es señora, aunque faltan dos santos a los cuales aún no hemos ubicado-respondió la que parecía ser la líder de las tres Gracias.
-No te preocupes Aglaya-comentó-Con estos once tengo para empezar.
Continuará…
¡Hola!
Estoy de regreso con la actualización de este fanfic, espero les haya gustado este nuevo capítulo.
Quiero agradecer a todos los que se han tomado el tiempo de dejar un review, créanme que los leo todos y saco muchas ideas de ellos. Sanae, Marinlucero, Asuka, y Kagome muchas gracias por sus comentarios y ya les he contestado de acuerdo a lo que me escribieron.
Bombon Tsukino no te preocupes por Mu y Shaka, ya tendrán sus oportunidades y aventurillas los santos mejor portados del Santuario jeje, solo ten un poco de paciencia. En cuanto a Saga…¿qué estará planeando para atormentar a Milo?
Alfa L, me alegra que te haya gustado esta historia. Intento mezclar un poco de diferentes géneros para hacer la trama más llevadera y entretenida. ¡Gracias por leerme!
Bienvenido a estos lugares Kilder_21, como habrás visto en este capítulo la relación Athena-Afrodita no va a ser la mejor de todas y menos cuando la diosa de la sabiduría se entere de los planes que tiene Afrodita para algunos de sus santos.
Sin más, me despido por el momento y nos veremos en el siguiente capítulo. Gracias por leer y por favor dejen un review.
¡Un caluroso saludo!
Sunrise Spirit
