Capítulo 46

Elsa miró ceñuda a su marido, esperando que se rindiera en su negativa absurda. Le parecía tonto y decepcionante que quisiera desligarse de eso si pretendía involucrarse al completo con sus hijos, como no habían hecho los Reyes de las Islas del Sur.

Arrugó la boca, ladeó el rostro, se cruzó de brazos y contempló a uno de los patitos del jardín. Demostraba así su disgusto a Hans, un cambio a su alegría de media hora antes, cuando habían llegado al terreno trasero del castillo después de un temeroso viaje desde el ala de sus aposentos. Se había apoyado en su pecho en todo el camino, con el brazo de él prácticamente sosteniendo su peso, y Hans cargándola en algunos tramos, y había sido feliz al ver que esa tarea cansada y peligrosa había terminado, como al sentir la fresca brisa del exterior, tan distinta a la de su balcón.

—Elsa…

Bajó la mirada hacia la manta blanca en el pasto.

—Di que sí.

Hans soltó un resoplido.

—No, absolutamente no —aseguró él con firmeza.

Lo encaró indignada, con las manos en sus caderas.

—Aseguraste que te encargarías de nuestros hijos.

Él tuvo la decencia de lucir apenado.

—Cambiar pañales es muy diferente, no tengo que hacerlo si puedo evitarlo —arguyó serio, siempre a la lucha por ganar—. Tú tampoco. Hay muchas doncellas para encargarse de eso y nadie espera que tú te encargues de cambiarle pañales a tus hijos. ¡Eres la reina!

—¿Por qué le huyes? Levantaste heces de caballos que no eran tuyos —recordó malhumorada.

—Gracias por recordármelo —masculló él.

Ella no se inmutó.

—Puedes con unos pañales sucios de bebés, tus bebés.

—No, esa vez era un castigo, ideado por ti, que no podía eludir. —Ella sonrió orgullosa de su ingenio. —No te vanaglories, fue asqueroso, y una vez, en verano, fui golpeado por una gran bola de nieve hacia el excremento, tardé tres días en quitarme el olor. —Abrió la boca asombrada de lo que había hecho en medio de su resfriado de hacía años.

Rió entre dientes, sin ser muy amable con él, pero perdiendo su enfado.

—Oh, lo siento, debes agradecer que no aparecieron snowgies a tu alrededor. —Palmó su rodilla. —Pobrecito, te juro que no era mi intención.

—Bueno, ya no importa. —Volvió a sonreír; el Hans de antes no habría sido tan indulgente por esa horrible ofensa. —Como decía, estaba castigado y debía hacerlo; en cambio, sí puedo evitar los pañales, tengo, tenemos, los medios para no hacer cosas desagradables como ésa. ¿Para qué soy rico? Alimentarles, bañarles y vestirles, hasta desvelarse, no hay problema, pero pañales no. De verdad. No pasará nada si alguien más lo hace y yo superviso de lejos.

—Eres todo un capitalista —sentenció impertérrita.

—Cuando te toque el primer pañal te convencerás de mi punto de vista, máxime porque son dos.

Viró los ojos.

—No olvido cuántos son, me lo recuerdan a cada minuto, pero no hiciste caso a mis palabras. —Le picó con el dedo a la altura de su corazón. —No voy a hacerlo todo el tiempo, probablemente me lleve todo el día entre alimentar a dos bebés y asearlos, alternaré de uno a otro mientras esté despierta. Es que quiero que sepamos hacerlo por emergencias y poder pasar un tiempo a solas los cuatro. —Frunció el ceño. —Me ignoraste mientras hablaba.

Él se sonrojó y se inclinó para posar una mano en su mejilla.

—Discúlpame, no te escuché todo, estaba concentrado en lo bien que te hace estar rodeada de la naturaleza.

Un aleteó la inundó.

—En la medida de lo posible, saldremos —sugirió él acariciando su pómulo con suavidad.

Como cerró los ojos, no supo que se acercaba a su rostro hasta que sintió su hálito de fuego cerca de su nariz.

—Eres buena negociadora, porque cederé a tu petición bajo esas premisas. —Elsa alzó su cabeza para, a ciegas, encontrar su boca. —Me encanta y enciende que no te amedrantes a mí —confesó él sobre sus labios, estremeciéndola al hacerle sentir su lengua con la pronunciación exagerada de algunas letras.

Atrapó las rebanadas de fruta almibarada que eran los labios de él, saboreando esa boca que amaba. Una a una, las mordisqueó degustando de ese pequeño placer que incrementaba y exponía el vínculo entre los dos.

Gimió en medio del beso, entregándose contenta a él.

Se acercó y extendió sus brazos hacia su figura varonil y gruñó irritada sin separar sus labios de él. Cada vez es más difícil besarse, porque su mitad abultada se entrometía.

Él se apartó riendo bajo. Abrió los ojos justo para verlo gatear sobre la manta y sentarse a su derecha, acomodando una de sus piernas debajo de las suyas y la otra detrás de su espalda, tanto como permitía el árbol donde ella se había estado apoyando momentos antes.

Elsa soltó una carcajada ladeando el rostro y enroscando sus brazos en su cuello.

—¿Quién diría que pondría al rey de rodillas? —bromeó perdiendo sus dedos en sus hebras rojizas.

Skaði, por tu flor lo he estado muchas veces —repuso él atrevido y socarrón antes de capturar sus labios en otro beso.

Invadida por la lengua voraz, ni se quejó de su sutil ordinariez. En su lugar, pasó mucho tiempo disfrutando de esos inocentes intercambios amorosos, olvidándose de la propiedad que debía mantener en público — porque los empleados pasearían por ahí en cualquier momento.

Amaba besarlo y la sensación que dejaban sus manos recorriéndola. Todo en ella se prendía de felicidad y amor; el mundo se volvía una burbuja de los dos, donde las cosas eran bellas. No sabía si un beso siempre era tan maravilloso, ni quería comparar con otra persona.

Al dejar de besarse, ella cogió la cantimplora con agua, acalorada de su toque. Él le acarició el vientre mientras ella bebía, siguiendo los movimientos constantes de sus bebés.

—Hans. —Elsa lo miró a los ojos y él pausó su entretenida tarea.

Por la seriedad en su esposa, el cobrizo imaginó que quería hablar de un tema grave, que posiblemente no le gustaría, como el destino que les aguardaba con su preocupante embarazo.

Ese era el momento en que le diría que si ellos peligraban y había que sacrificarla a ella para que nacieran con bien, les escogiera.

Le invadió el mismo terror de una de sus pesadillas de los últimos días, donde había pasado precisamente eso, y Elsa le recriminaba por ponerla en primer lugar, atacándolo con la furia de su magia y la decepción en sus helados ojos azules, como la malvada protagonista de un cuento popular de su región.

Ella frunció el ceño.

—Cielo, ¿qué ocurre?

Se insultó mentalmente. No había sido muy bueno en disimular su aprensión.

Agitó su cabeza.

—Parece delicado lo que dirás.

Elsa suspiró.

—Es… Tal vez no estés listo, aunque no sea hoy, me gustaría saber más de tu juventud, más cosas de ti.

Un gran alivio lo recorrió por dentro, pese a la petición.

—Quiero saber todo sobre ti. —Brotes de rosa cubrieron los pómulos de ella. —Sé que no será fácil hablar de tu etapa temprana, pero eres mi persona importante y me gustaría escucharte…

Sobrepasado por la fuerza del amor de ella, la cual lo calentó más que una gran hoguera, Hans la rodeó ocultando su cara pletórica. Había tenido una infancia horrorosa porque sería recompensando con el cariño de un alma pura como la de su reina.

De haber sabido lo que obtendría al ser secuestrado por Anna y Kristoff, se habría entregado voluntariamente. No como creía, el amor era una maravilla cuando aparecía en tu existencia y él había huido a burdas imitaciones que no le hacían justicia a esa emoción que te ayudaba a crecer y a alcanzar un espacio astral donde todo cobraba un significado distinto.

—También háblame de ti —murmuró suavemente, deslizando su mano en su cabeza.

—Sí.

Elsa se las arregló para besar su cuello y a él se le cerró la garganta.

—Hans… tomaré una siesta.

Apretó los labios.

—Me apoyaré en el árbol para que te recuestes contra mí —indicó antes de apartarse con cuidado.

Le dio calma el ver sus ojos somnolientos por encima de unas mejillas con un poco más de color que las últimas fechas.

Llevó a cabo sus palabras, abriendo de nuevo las piernas para hacerle espacio a ella. Cabeceando, su mujer se acomodó en su pecho, reclinada, la que parecía ser la única manera en que podía dormir ahora.

Hans le observó atentamente, siguiendo su respiración hasta que se volvió acompasada.

Al saberla dormida, él puso una mano en la redonda protuberancia que albergaba a sus hijos.

—Deseo que igual ustedes puedan llegar a amarme, como lo hizo su madre —susurró emocionado.

En el tiempo que ella se dedicó a descansar, él veló su sueño y el ánimo de sus hijos, sin aburrirse por lo que en otro momento le habría parecido soporífero y fastidioso.

{…}

Dejando a Elsa dormir en la cama, Hans cogió el cuaderno que él le había regalado y fue a sentarse en una de las sillas cerca de la ventana. Allí lo abrió para admirar otra vez los dibujos y apuntes de ella, ya con detenimiento, pues con la emoción de su esposa al hablar y cambiar de páginas, había preferido no interrumpirla para contemplar bien las imágenes.

Sintió un tirón en el costado de su rostro al analizar a Sir Jorgenbjorgen, cuya capa era formada por guantes azules, de los que ella le había platicado, constantes en su niñez. Era un muñeco adorable, como los snowgies de Elsa, y demostraban el temprano talento de su esposa, quien había creado a su compañero de encierro ella misma. Sus actividades manuales, había expresado (no por primera ocasión), le distraían de sus poderes.

Lastimosamente, el pequeño Sir también reflejaba la soledad juvenil de Elsa.

Exhaló y siguió mirando los otros dibujos. Al concluir, ella seguía con los ojos cerrados y él se quedó mirándola.

Sus pensamientos danzaron por muchos temas hasta aterrizar en la geografía de su unión.

Independientemente del estado de sus afectos, Elsa y él habían decidido llegar a un buen acuerdo para cuando tuvieran hijos, a fin de perjudicarles lo menos posible, pero con todo, aún no lo habían analizado con el debido tiempo. Habían llegado a hablar del futuro, mas no acorde a las vidas separadas.

¿Qué haría él todos los días en Arendelle? Se fastidiaría y lo pagaría con los demás. Elsa no podía irse de allí, aunque muchas veces la posición fuese un incordio para ella.

Y las ocasiones en que lo había pensado por encima, nada le parecía adecuado.

América y Europa. Nueva York y Arendelle.

No. El territorio al otro lado del océano no estaba muy a discusión en lo concerniente a su familia, sino su ubicación actual, su continente de nacimiento y el de su esposa e hijos.

Miró a su alrededor, un lugar acondicionado por él para sentirse cómodo y casa de su familia.

Pensó en su vida neoyorkina, su residencia, sus amigos y su oficina, la última, un espacio que había sido el centro de su poder por ocho años, la culminación de su esfuerzo y el deseo de finalmente destacar.

Era obvio lo que debía hacerse.

Tendría que abandonarlos.

No dolía como pensar en estar apartado de los seres que estaban en esa misma habitación; se había ido tantas veces de su oficina central por negocios, que darle la espalda por su corazón no era tan difícil.

Con sus amigos podría mantener el contacto e invitarles o visitarles.

Y con lo otro…

En realidad, ¿por qué seguía y seguía con sus negocios? ¿Por qué no paraba?

Se quitó un sudor de su frente, surgido de las conclusiones a esas preguntas, aunque no tan doloroso de saber gracias a la contribución de Elsa en su mundo.

Su negocio era una respuesta a su infancia, en la cual no se había sentido querido y merecedor de atención; con su poder demostraba su valía, y solo al obtenerlo había visto que le miraban, incluso si sabía que el interés de muchos era falso. Asimismo, con lo que había alcanzado había podido eliminar esa sensación de que no merecía nada, por cómo había sido en el pasado y por la errónea creencia de que nunca obtendría algo bueno.

Ya eso no era necesario; sin embargo, se conocía y sabía que no podría solo dedicarse al reino.

—Comenzar de nuevo —musitó.

Lo haría. Era bueno en eso. Y tendría su recompensa. Su esposa e hijos estaban unidos a Arendelle, él era quien podía moverse y lo haría; podía vender varios negocios y establecerse en ese territorio, que con el hospital de Elsa adquiriría importancia. Podría adelantarse al auge en la zona y demostrar de lo que estaba hecho, pasando mucho de su tiempo en ese reino.

Y si no era tan grande, tampoco supondría una tempestad. Ya no exigía a un segundo hijo que fuese su heredero, ni tampoco el primero. No importaba si no tenían más hijos o si los dos que venían no heredaban algo suyo, él ya había alcanzado su objetivo de triunfar y perpetuar una imposición de destino, como el bebé que sería gobernante en el futuro, era bastante.

Hans había trazado su propio camino y él lo sabía, igual que aquellos que debían conocerlo; no tenía por qué preocuparse por la impresión que hubiese después de su muerte. En su vida había visto de lo que era capaz y había obtenido lo que tanto quería en su infancia podrida.

Comenzaría de nuevo, a un ritmo que congeniara con la etapa que se aproximaba.

De ese modo podría convivir con su familia. Sonaba estúpido y sentimental para un hombre de su clase, pero, como otras cosas, él no quería la costumbre noble; para él, ser ignorado por sus padres y hermanos había sido terrible y no deseaba dar a entender a sus hijos que no le importaban.

Estaba decidido.

Él también podía hacer sacrificios.

{…}

Hans era conocido por su sutileza, pero si Anna, Olaf y Kristoff no cambiaban sus lastimeras expresiones, él les lanzaría la comida a los tres y les correría del comedor.

Sabía que era milagrosa la presencia de Elsa en esa estancia, tras semanas sin cenar allí, mas estaba colmando su paciencia que se comportaran de ese modo, incomodando a su esposa.

Ante una mirada penosa de Kristoff, Hans chirrió sus dientes y vio con agrado el tenedor puntiagudo en su mano. Casi al segundo, una piel tibia se colocó sobre su dorso, cogiéndolo de sorpresa.

No tenía una temperatura baja.

Giró la cabeza hacia Elsa, quien le sonrió cálidamente, sin preocuparse por los testigos, y luego intercambió sus orbes cerúleos entre los otros ocupantes a la mesa.

—Deténganse.

Ninguno de los tres necesitó aclaración. Olaf empezó a jugar con los copos de nieve de su nube, y los adultos se enfocaron en sus alimentos.

Entretanto, Hans trataba de manejar su inquietud por que el frío habitual de ella se hubiese esfumado. ¿Tendría fiebre? ¿Estaría añadiendo esa condición a sus problemas? ¿O sería ajeno a estos?

En su estado no sería bueno que enfermara.

La mano de Elsa regresó a la suya, sacándolo de sus cavilaciones. Inexpresiva, ella le señaló el cuchillo y su filete entero.

Guardándose la tensión en su interior, Hans asintió cogiendo su plato para cortar la carne, sabiendo que a ella le pesaban los brazos y estaba conteniendo su orgullo y temor al pedirle aquel auxilio.

Por supuesto, ese episodio lo perseguía más tarde, cuando veía a Elsa dormir rendida, como había caído media hora atrás, todavía sin el ocaso —en julio alrededor de las diez.

Quería desahogar su frustración por aquellas circunstancias injustas que sucedían con ella. Estaba harto de no poder hacer nada y verla sufrir día a día, consciente de que ya eran demasiados años de su mala suerte. ¿Qué no había un momento en paz para Elsa?

Calculando que quedaba tiempo para que ella necesitara ocupar el baño, Hans decidió abandonar el dormitorio y soltar su furia en un sitio donde no la perturbara.

Iba a correr unas vueltas al patio, pero cambió de opinión y se dirigió al salón principal, que le quedó de camino, para coger un vaso de cualquier clase de alcohol.

Cual fuera su asombro al encontrarse ahí a Kristoff, obviamente con la misma idea que él. El blondo había asaltado el pequeño mueble con bebidas y estaba disfrutando de una de ellas sentado en uno de los sillones violetas.

Kristoff alzó su copa balón en saludo; el brillo del sol por la ventana iluminó en tono dorado lo que parecía brandy.

—¿Quieres?

El montañés no debía haber bebido mucho aún, puesto que no sonaba borracho; o su tamaño le permitían no embriagarse rápido.

Hans se encogió de hombros y buscó un vaso, dándole la espalda al otro.

—Anna me confesó…

Se supo equivocado de su impresión, ya que sobrio Kristoff no habría iniciado una plática, menos de ese tipo.

Permaneció quieto, sin servirse, porque no tenía ánimos de una conversación en torno a su cuñada.

Kristoff rió.

—Anna me confesó que pensó en serme infiel durante tu boda. —Hans parpadeó atónito. —Con tu amigo yanqui, ese pelinegro, que le ofreció ayuda.

¿Joseph había creído que su cuñada estaba en peligro con su esposo?

Había sido ciego, ni por un segundo imaginaba que sucedieran eventos similares a los que había enfrentado Daphne.

Por otra parte, ¿qué llevaría a Anna a querer engañarlo?

Una posibilidad llegó a su mente.

—Le tentó saber si podría tener un hijo —añadió Kristoff, como si adivinara lo que pensaba. —Me lo reveló porque se dio cuenta que le faltaba cambiar para considerarse una persona digna.

Sus emociones turbulentas incrementaron. Elsa había hecho de todo para resolver los problemas de Anna, y ella solo le había pagado haciéndose ciega a la realidad y optando por métodos egoístas. Su esposa estaba en peligro porque había accedido a darle a su hermana el marido que quería y había pensado en su responsabilidad con el reino, mientras que Anna solo se había tenido en cuenta a sí misma, incluso considerando engañar a su amado esposo para embarazarse.

Le pareció que esa había sido la razón para que se pelearan el año anterior.

—Me lo dijo al día siguiente de tu boda, no habían pasado ni veinticuatro horas. ¿Puedes creerlo? Ella es increíble.

¿Cómo? El amor de ese hombre era más idiota que el suyo y el de Hildbrand juntos.

Se dio la vuelta y caminó hacia Kristoff.

—Tienes una esposa egoísta. Y para que lo sepas, Joseph no lo habría hecho, él creyó que le maltratabas y le daba una solución.

El rubio se enderezó.

—¡Yo nunca…! —exclamó indignado. —Bah, eso no importa. Yo fui más egoísta que ella, por orgulloso no le revelé hasta el octubre pasado que es mi culpa que no podamos tener hijos. —Hans abrió la boca y Kristoff abandonó el vaso en la mesa para frotarse el rostro. —Tuve paperas. En Suecia vi a un doctor y él sugirió que por eso no podría embarazar a mi esposa.

Hans hizo una mueca, era vergonzoso para un hombre admitir algo que afectaba "su hombría". Se preguntó si por tal hecho Kristoff había apoyado a Anna en el secuestro, porque había visto que no encajaba con su correcto comportamiento habitual.

Kristoff era bueno en mantener secretos, y disimular que sabía cosas. ¿Qué más habría, aparte de lo que tuviera en la montaña?

Sin embargo, algo más importante cruzó por su mente. Una declaración de Elsa acerca de Anna.

—Se enfadó tanto conmigo. Ahora aclaramos todo y nuestra relación es la que debía ser, la situación de Elsa nos enfrentó a lo importante; por ello antes no pudimos dar el paso para adoptar… —Kristoff negó, bajando los brazos a sus piernas.

Hans empuñó sus manos. De haberlo aclarado con Anna al saberlo, y no más de un año después, las inquietudes de Elsa habrían disminuido.

(Se opuso a la objeción de que la reserva de su esposa era otro obstáculo.)

—No creas que por eso bebo ahora. Es por Sven… Morirá pronto. Y por Elsa. La quiero como a una hermana, y también veo lo que hace con Anna, perderla… Todo sería perfecto si Elsa estuviera a salvo y quienes queremos no murieran…

Hans sintió tentación de coger la botella y beber también, pero prefirió seguir lúcido.

No hizo caso a un monólogo del montañés sobre su reno longevo, sino hasta que tocó a Elsa.

—Es que yo… no sabía que ella pensaba que era su culpa, que al congelar a Anna causó algún problema; de haberlo sabido…

El puñetazo interrumpió a Kristoff, y Hans se sintió bien de habérselo dado. No arreglaba el sufrimiento de Elsa, pero se lo merecía; Anna le daba igual, lo hacía por su mujer.

Solo no le molió a golpes porque entendía lo mal que debía ser su incapacidad para embarazar a su esposa, y no quería causar más preocupaciones a Elsa en ese delicado momento, añadió abriendo y cerrando sus puños.

Kristoff se tocó la mejilla izquierda.

—Gracias… Lo necesitaba, Anna se negó a dármelo. Fui un cobarde egoísta, tampoco le dije la verdad cuando tuvo el accidente y me habló de los hijos que no podía concebir.

—Están hechos el uno para el otro —espetó volviéndose para salir de ahí.

{…}

Hans adelantó a su peón negro.

—Ayer supe algo de Kristoff. Es él quien no puede tener hijos… que congelaras a Anna no le afectó.

Aguardó la reacción de Elsa a esa información.

—Oh, no hemos alcanzado esa parte.

Comprendió rápido. Poco a poco habían comenzado a hablar de sus infancias, sus vidas al crecer y experiencias en general, así que ella en algún momento de esos meses separados había escuchado al respecto.

—Y Anna no es un tema relevante entre los dos —completó él.

Ella bufó.

—A veces olvido que puedes ser cruel con otros.

Frunció el ceño.

—Tengo que corregir eso, no soy un blando.

Elsa sonrió de lado.

—Bueno —dijo condescendiente, como restándole importancia a su comentario—, como te diste cuenta, ella y yo tenemos una mejor relación, por lo que me habló de esa situación con él. —Ella realizó su jugada. —Creo que les sirvió para enderezar su matrimonio después de años batallando con el asunto de los hijos. Buscarán un sitio para vivir y adoptarán.

La rubia lo compartió con fe, si bien no tenía la seguridad de estar presente para hacer necesario ese camino.

—Vaya, era cierto. Anna lo mencionó… —Elsa se preguntó de dónde había nacido la conversación.

Él se aclaró la garganta.

—De hecho, lo hizo hace unas semanas, porque descubrió del aborto.

Su corazón se sacudió un segundo.

Tarde o temprano podía ocurrir, sentenció luego.

—Me conformo con que no lo trajera a colación conmigo y quedara satisfecha con saberlo. —Acarició la pieza que acababa de comerse. —No dejaré que apague la emoción de mis bebés, hace tiempo concluí que no permitiría que aquella criatura dominara al que llegara a tener. Acepté que no pudo nacer.

Hans sonrió comprensivo, asintiendo.

—Entonces, ¿cómo te has enterado del tema? —prosiguió ella viéndolo mover uno de sus caballos, continuando con su plática para restarle tensión a la competitividad de ambos.

—Kristoff estaba bebiendo.

—¿Qué?

—Habló más de lo acostumbrado y confesó que Anna había pensado en ser infiel con Joseph.

—Él le ofreció su ayuda. —Acarició su mentón, analizando el asunto y el tablero. —Anna me dijo que casi le pidió un beso, se imaginó haciéndolo y no le gustó ver a otra persona que no fuese su marido. Si lo hubiera hecho, el señor Ross lo habría aceptado gustoso, ¿no? Le agradan casadas.

Él suspiró.

—Es más que eso. Busca dar una mano a las mujeres golpeadas por sus maridos… porque Daphne sufrió así en su matrimonio.

Su corazón se afligió por su amiga, de quien había adivinado algo así en la carta aclaratoria de sus palabras, misma que le había respondido negando tal cosa en nombre del bebé en su vientre.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Entonces eso sí pasó. Daphne quiso saber si tú me lastimabas, por lo que entendí entre líneas, le había… —Su voz tembló. —Me enoja y entristece que ella… ¿lo supiste cuando estuvieron juntos?

A Hans le bailó la mano por el tablero, empujando varias piezas al suelo. Ella contuvo su risa, sin molestarse porque arruinara su partida.

—Yo quería dejar atrás ese dato. Daphne es tan imprudente.

—¡Eh! No me restes inteligencia, saqué conclusiones de tus palabras y las de ella.

—Perdón, tienes razón. Ella no te habría herido intencionalmente.

Cogió un chocolate para endulzarse, puesto que tampoco era muy sencillo hablar sobre su marido y otra mujer, inclusive si era algo viejo.

—Para responderte, su espalda está marcada, debió desgarrarse toda la piel.

Se le subió la bilis y aspiró con fuerza para no vomitar del impacto, el coraje y la tristeza.

Su pobre amiga. ¿Cómo podía haber hombres tan ruines para hacer eso a sus esposas? ¿Qué ganaban llevando a cabo actos tan… tan…? Ni había una sola palabra digna para describirlos.

Agradecía tener un marido que, imperfecto, no era tan deplorable como ese pedazo de basura que se había casado con Daphne. Le contentaba que estuviera a metros bajo el suelo.

Hans se puso en pie, moviéndose por su dormitorio como si estuviese encerrado. La distrajo de su furia por el hombre muerto.

—Considero que no hay mejor momento como ahora, y prométeme que no te pondrás de parto.

Elsa entrecerró los ojos.

—Me asustas.

Él se arrepintió de seguir ese estúpido impulso de liberarse de su carga… o realmente el de prevenir que Daphne abriera la boca de nuevo y sacara a la luz a Claire Tyler.

Se detuvo frente a ella y se arrodilló. La solución era expresarlo de la forma que más le favoreciera, sin apartarse de la verdad.

—Aunque no cumplí mi cometido, esta primavera, en Nueva York, me cité con una de mis anteriores conocidas para comprobar que no te deseaba solo a ti y podía acostarme con alguien más. —Elsa jadeó. —Desde que le envié la nota me sentí enfermo y apenas crucé la puerta regresé a ella. Terminé de aceptar que no quería a otra mujer que no fueras tú y así logré comprender que estaba enamorado de ti.

Ella permaneció silenciosa. Él, como nunca en su vida, se encontró tan nervioso por su reacción que sintió una gota de sudor correr por su cuello.

No cabía duda que esa mujer había llegado a transformarle.

—Lo siento. No quiero que esto pese entre ambos.

Al escuchar su tono arrepentido y temeroso, Elsa rompió a llorar, culpando a su estado emocional por su embarazo y esa abrumadora confesión.

¿Desde cuándo Hans era así?

Él soltó una imprecación y se puso en pie para abrazarla con fuerza, sin saber que ella no sollozaba en el aspecto negativo. Le creía, él se arriesgaba a perderla si no guardaba el secreto. Le aliviaba que sus preocupaciones de meses atrás se hubieran aclarado, incluso si habían tenido un nuevo comienzo con sus respectivas declaraciones de sus sentimientos.

Giró la cabeza y lo asió de su camisa, atrayéndolo a su boca para besarlo con fruición. Él tardó unos segundos en responder, mas al hacerlo se entregó con el mismo ardor que ella, observándola dubitativo cuando le faltó el aire.

—Me hace feliz que seas franco conmigo —declaró tras regular su respiración—, no me enfadaré contigo por eso. —Hans abrió la boca sorprendido. —Entiendo que no la tocaste. —Él agitó la cabeza enérgicamente y ella rió socarrona. —Bueno, y tengo que permanecer calma por estos pequeños. —Se palmeó su redondez. —Además… tengo un poco de experiencia en apagar mis celos porque Daphne y tú… No me pidas que lo explique porque solo su señor Hoffmann lo entenderá.

Hans besó su frente con suavidad.

—Tú y Hildbrand son personas admirables. Yo no soy tan bondadoso para tranquilizarme fácilmente, a Joseph le gustaste y tardé en dejar de sentir celos de él, sobre todo por recordar que tú lo consideraste para ser padre de tus hijos.

Ella se sintió abochornada de ese estúpido momento.

—Me habría mortificado tener que hacerlo —admitió acomodándole los cabellos a él. —Y no sabía que le gustaba.

—Solo a un ciego no lo haría.

El calor en su rostro se incrementó.

—Como sea, ya no es un problema que le gustes.

Le presionó un dedo en el pecho.

—Volviendo al otro tema… no pienses que no es molesto imaginarte con otra, solo impido que me domine. No quiero que busques una reacción mía comportándote muy galante con cualquier mujer.

Su marido cogió su índice y lo llevó hacia su boca, donde besó la punta y lo burló con su lengua, calentando su piel; hasta, sin precedentes, sintió que su zona íntima se humedecía con la velocidad de un relámpago.

Gimió.

—A partir de ahora puedes estar contenta, soy solo suyo, mi Majestad.

Se inflamó de amor. Sonriendo, liberó su dedo y trazó el borde de los labios de él, sus ojos atentos a los atrapantes orbes esmeralda que la contemplaban como un niño que recibía un premio.

Desafortunadamente la recorrió un espasmo y al recargarse en su esposo vio desaparecer su alegría.

—Tomaré un descanso mientras tú acomodas el tablero… o buscas las cartas. Hace meses que no jugamos. —Calló al recordar que no podría crear sus snowgies. —No, olvídalo… —Bostezó. —Tendrás mucha ventaja.

Él la sorprendió alzándola en brazos.

—Tu espalda —protestó con cansancio. Sus párpados se cerraron repetidamente por cuenta propia.

—Eras tan delgada antes que solo debes tener el peso extra de los bebés, no es tan difícil.

Gruñó.

—Duerme, preciosa.

Él la depositó en su cómodo colchón y el mundo se pintó de negro.

{…}

A pesar de la advertencia de Anna sobre no encontrar un libro útil en el castillo, Hans siguió su ardua búsqueda de investigación en cada tomo de este, confiado en que a ella podría habérsele pasado algún detalle. Las numerosas horas de sueño de Elsa le daban tiempo suficiente para su tarea.

Y fue de aquella forma que, en un pasadizo secreto del dormitorio del rey, encontró un libro hablando de Trolls en la montaña.

Una década atrás, sin haber conocido a su esposa, lo habría catalogado como folklore, pero ahora prestó atención, cuestionándose si podría hallar a esas criaturas míticas, de opinión positiva y no como las leyendas que había escuchado.

—Hijo de puta —masculló recordando al rubio y el secreto que tuviera en la montaña. Debía ser eso.

En lugar de alegrarse por haber sido listo en descubrir el misterio de su cuñado político, se enfadó al creer que ocultaba una posible ayuda para su mujer. Si estaba en los antiguos aposentos de sus suegros, ellos debieron tener presente la existencia de los trolls y tratado de buscarlos, pues servirían para algo.

No sabía si lo habían conseguido.

Kristoff debía conocerlos… y sabría si serían de uso para Elsa.

Abandonó la habitación acalorado, cruzando los dedos para que su objetivo estuviera en su oficina del pueblo y no le obligara a buscarlo. Su urgencia (y enfado) era tanto, que lo haría traer por los guardias, sin importar el cómo.

La suerte estuvo de su parte, dado que Kristoff estaba conversando con Olaf en su oficina, y con una mirada el muñeco entendió que debía dejarlos hablar a solas.

Hans dejó caer el libro frente al rubio, en la mesa. Lo observó tomarlo y mirar el título.

—¿Los trolls podrían ayudar a Elsa?

Kristoff alzó la cabeza con el entrecejo fruncido.

—¿Qué has dicho?

—No tengo humor para un interrogatorio largo ni mentiras —tronó posando sus palmas en la mesa.

Un suspiro abandonó la boca del repartidor de hielo.

—Elsa y Anna los conocen también, sus padres les llevaron con ellos cuando Elsa tenía ocho años.

Hans se sorprendió. Ella le había comentado que el suceso que marcó su juventud se lo diría más adelante, era de los más complejos de relatar.

Por tanto, si ambas sabían su existencia y no habían pedido su magia…

—Seguramente Elsa no te dijo de mi familia, ellos me adoptaron, porque no le da mucha importancia y no es un secreto que le toque revelar.

Kristoff golpeó la mesa con un puño.

—Los trolls no solucionan asuntos de embarazos, o me habrían ayudado a mí. Ni los embarazos mágicos. ¿Crees que no pensé en ellos?

Él asintió rendido y Kristoff se quedó mirándolo con aflicción.

El esposo de Anna era ruidoso en otras situaciones, pero callado cuando se trataba de su boca, y en ese momento Hans no sabía si agradecer o aborrecer el silencio.

Así que decidió irse, maldiciendo en todo el camino de vuelta a los aposentos de su mujer.

Otra vez sin soluciones… mientras el tiempo se agotaba.


NA: Ña,ña,ña.

Lo más antiguo que encontré hablando de paperas y esterilidad es un artículo de 1967. Eso sí, la enfermedad estuvo descrita por el mismo Hipócrates (siglo V a.C.). No puedo afirmar que a finales del siglo XIX tenían hipótesis sobre relación de la esterilidad masculina con parotiditis, y hay que ser franca, en general se asumía que la imposibilidad de tener hijos recaía en la mujer, a menos que ella hubiese tenido alguno antes y el hombre hubiera tenido muchas compañeras sexuales y ninguna concibiera por él. Aparte, no toda la información de las cosas está en internet XD. Así que… me tomé la licencia de usarlo porque quería esa situación en mi historia.

Bueno, al capítulo. Para empezar, tuve que dejar una última escena para el próximo, porque me di cuenta que con la otra iban a ser 7 mil palabras y pues sería demasiado largo en comparación de todos los demás.

Ahora bien, aunque Hansy quería escaquearse de la tarea, tiene razón con los pañales, hay muchas personas a la mano para no tener que hacerlo, pero luego ni es tan asqueroso cuando son muy chiquitos. ¿A que Elsa no lo tiene bien agarrado?

Y él se decidió por Arendelle. ¿Cómo creen que se lo tomará Elsa?

También salió a la luz el motivo de la pelea Kristanna. La verdad es que está feo que Kristoff se guardara la información más de un año, sabiendo que le afectaba a Anna, pero imaginé que ella sería de la que no guardaría demasiado rencor por ello. Y eso antes de ver su relación en Frozen 2.

Ese suceso explica la plática de Hans y Anna la mañana siguiente a su noche de bodas (cap. 8) y el por qué Kristoff participó en el secuestro de Hans. Les dije que las pistas eran MUY sutiles. Hasta donde recuerdo, no hubo alguien que sugiriera la infertilidad de él como causa de su pelea.

El asunto de Sven será tocado luego. Aunque les digo que para Frozen 2 ya era bastante que siguiera vivo, según la media de vida de los renos son 15 años.

En cuanto a la "confesión sincera" de Hans. Oigan, el matrimonio y el amor lo han cambiado, pero no deja de ser un manipulador y no será la primera persona que se guarda un desliz si "en teoría" no hubo engaño. Se lo iba a callar si Daphne no lo supiera (o le saldría en confesión de años después, quién sabe). Además, en realidad Elsa no le había impedido ver a otra, por lo que tenía más excusa para omitirlo. Ya lo dijo Elsa, él es imperfecto. Por mí le habría revelado todo sin más, pero tuve que mantenerme en lo probable con su persona.

Por último, ya Hans sabe de los trolls, pero no le benefician como le gustaría. Si dicen que no insistió, está emocionalmente implicado y no piensa con demasiada claridad.

Besos, Karo


Yuecita: ¡Hola! Todo bien por aquí, espero lo mismo en tu caso. / Las cosas están agridulces, aunque Helsa empañado de preocupación es mejor que nada. ¡Qué viva el amor! No pueden disfrutar al máximo, pero se van uniendo más con el paso de los días, qué consuelo que esté de nuevo en casa. Elsa anhelaba ese embarazo y mira lo que ocurrió, pero tranquila yo no la hago sufrir demasiado ? ja,ja,ja. / Por otra parte, sí, Anna se enteró y, por primera vez, mantendrá la boca cerrada y no se meterá en asuntos ajenos. ¡Viva! / Gracias por seguir atenta a mi historia, cruzo los dedos porque siga así con mis planes malvados.

Guest1: THANK YOU SO MUCH! You're so nice, I'm happy you like this Helsa, I have my heart put on this and is excting to know you enjoy my story :3

Lucia: ¿Qué tal te va? Bien de mi lado. / Sí, fue un capítulo de amor y ternura, con un poquito de inquietud, pero se compensa con los momentos Helsa je,je. No pude pensar mucho en una canción escrita para que Hans la entonara, pero les di una idea de lo que habría alterado a Elsa, es un pillo ese hombre. Sabía que la haría reír. Y no haré sufrir bastante a Elsa ? Ja,ja, tendrán que descubrir qué le depara el destino. / La caja de música sale mencionada, si no me falla, en el próximo capítulo, y el epílogo, Adam la mencionará a Hans y saldrá algo de eso. Tendrás que aguardar para leer qué sale de ella. / Gracias por seguir aquí :)

Guest2: Sí, no puedo dejar ir el drama, lo hace tan emocionante para mí XD . Eso sí, siguen habiendo lindos momentos Helsa, ¿cómo no? Algo para calmarles y seguir remarcando la pareja protagonista de este fic. Hansy le está dando su apoyo a Elsa, y también sin ella está buscándole para mantenerla con él. / Las verdades salen a luz en algún momento y por eso Anna se enteró, le dará de qué pensar, pero lo mejor es que no incordiará a su hermana con el tema. Ya bastante lata le ha dado. / Para tu curiosidad de lectora, no pensé muy preciso en las concepciones de los bebés. Aprox. calculaba que en el que terminó en aborto eran seis semanas (más o menos), y si tengo que poner un momento, sí encaja con la noche que la consoló; en el de los gemelos, para Navidad tendría unas dos semanas de embarazo, tal vez, mi único pensamiento fue que pasó después de que Elsa rió a carcajadas en presencia de Hans, el día del ajedrez podría ser la noche XD. / Gracias por leerme, linda.