Capítulo 47
Hans cerró el libro con suavidad antes de colocarlo en la mesilla lateral de la cama. Elsa hizo un sonido de protesta y él se volvió curioso, confiando en que no fuese una situación grave.
—Tu alemán mejora cada vez que leemos esos poemas, y el mío no. —La nariz de Elsa se arrugó graciosamente. Otro en su posición le habría tocado la punta con ternura.
—¿Qué puedo decir? Soy estupendo aprendiz, fui dotado con una mente privilegiada —se jactó cruzando los brazos detrás de su cabeza, demostrando mucha indolencia.
Contuvo una risa al escuchar el bufido maleducado de ella.
—Practicas en secreto.
Negó divertido.
—Es injusto.
Le guiñó un ojo.
—Bueno, fue mi inteligencia la que te conquistó.
Elsa sonrió y después exhaló.
—¿Puedes darme agua? Tengo mucha sed. —Él asintió y se inclinó hacia la mesa para sujetar la jarra.
Sirvió el líquido en el vaso y se lo entregó, teniendo que mantener su mano en el borde inferior para que no lo tirara. Al terminar de beber ella, él tomó un sorbo restante y regresó el vaso a la mesita.
—Hans…
—¿Sí? —replicó intrigado por el tono inseguro de ella.
—Todos estos meses… si tú no has yacido con una mujer, ¿estás bien? ¿No quieres que yo…? ¿No me desearías, verdad?
Suspiró. En diferentes estilos, el asunto había sido tocado una que otra vez. —Estas son las clases de preguntas que parecen con trampa. Por supuesto que te desearía, te deseo solo a ti.
—Mi cuerpo… —Puso un dedo sobre sus labios, evitándole continuar esa falta a sí misma.
—Es hermoso y me encanta saber que fui yo quien te puso así. Soy tan viril que coloqué dos bebés en ti. —Elsa rió en voz baja, exaltándose cuando la mano libre de él vagó hasta su muslo. Ella retuvo el aire unos instantes, supervisando sus acciones con su mirada. —Y estoy bien, no perfectamente, lo admito, pero los hombres no requerimos sexo todo el tiempo, yo en particular no lo tengo entre mis prioridades si no es contigo; lo pensamos y nos tienta, pero nuestros cuerpos ni siquiera pueden soportarlo tan seguido. —Su mano ascendió hacia el nudo de su ropa interior. —Hay algunos que sí se pasan su vida obsesionados con tenerlo, solo son imbéciles sin cerebro y ocupación de provecho en su vida.
—¿Qué estás haciendo? —musitó ella con lentitud, desviando sus irises cerúleos a sus labios. Él se mantuvo firme en no besarla aún, pese a sentirse tentado a aceptar esa muda invitación.
—¿Cuál era tu otra pregunta? —preguntó sin contestar, desanudando el listón oculto bajo el vestido. —Ah, sí, sí, ¿no quiero que tú…? ¿Estar contigo? Tienes unos siete u ocho meses, tal vez sea malo o adelante tu parto. Y, aunque es una de mis prioridades juntos, no es necesario ahora… —Inspiró por la frase melosa que iba a decir. —Te siento sin estar dentro de ti.
Ella jadeó. Rápidamente esbozó una sonrisa meliflua.
—También me basta con tu cercanía.
¿Alguna vez se cansaría de que lo amara?
—Sin embargo, intuyo que no era yo tu única inquietud —afirmó al deslizar su dedo en el paisaje perdido en su entrepierna, inflamado y húmedo en sus rincones.
—No. Mi cuerpo, solo, responde —murmuró ella apretando los ojos—. Con mis molestias… ni pienso en…
Eso imaginaba.
—¿Me detengo?
—Ni se… te ocurra.
Escupió una carcajada.
—Perfecto. —Continuó con su pequeña atención usando exquisitamente sus dedos.
Elsa gimió cuando interrumpió su labor para quitarle su vestido.
—Seré delicado con tus senos.
Sus manos se dividieron en las dos zonas placenteras de su mujer, procurando un cuidado y disfrute con ambas. Su carnosidad inferior seguía igual, en tanto los montículos superiores habían aumentado notablemente, lo que en condiciones distintas lo habría convertido en algo similar a un infante succionador.
En determinado momento se inclinó hacia su vientre, dándole un ligero beso mientras silencioso pedía que la dejaran saborear ese instante sin causarle problemas.
—Te amo. —Al oírla, él se acomodó para buscar su cara y poder rozar sus labios, ya permitiéndose ese manjar.
—Yo a ti.
Se sentó de nuevo y se concentró en la caricia de su entrepierna. Pronto ella alcanzó su cumbre, mojando sus dedos.
Su respuesta fue tan excitante que su erección presionó la tela de su ropa. Nada de restricción, muy natural; en unas cuantas caricias la había dejado roja como una fresa, con su pequeña boca abierta en éxtasis, los ojos vidriosos, su respiración agitada, sus pechos saltando… y presumiendo su vientre.
Su mujer en gran esplendor.
—Ha sido rápido —pronunció pegando sus labios a su boca.
Elsa asintió recomponiéndose y lo besó castamente. Él descendió por su mandíbula, ocasionando un temblor con el roce continuo de su nariz en su cuello de aroma a rosas.
—¿Estás seguro que no quieres entrar?
Se alejó para negar.
—Por si es la última vez… —Él atrapó sus labios con tosquedad, incapaz de contener su enojo por su insinuación.
—Te tendré cuando estés recuperada del embarazo —dijo firme, apartando su mano de su femineidad.
—De acuerdo. Entonces, relájate como yo —repuso ella traviesa, palpando su pantalón.
Inspiró y sonrió contagiado de sus ánimos, apartando una posible discusión.
Abrieron los botones juntos y se bajó parte de sus calzones para liberar su longitud erguida. Elsa cogió su mano y puso sus dedos humedecidos en su hombría, brindándole su ambrosía lentamente, con lo que ambos la consintieron y le dieron su placer. La mayor fuerza era la suya, pero el toque de los dedos de ella le estimulaba.
Se besaron entrecortadamente sin dejar de estimular su pene, que quedó pegado al muslo de ella al moverse para tener un mejor ángulo.
—Te amo —intercaló ella en sus besos.
Volvió a repartir atenciones a su capullo oculto, como a su bello cuerpo; su miembro se prendía más con la visión de ella.
—Mi preciosa Skaði.
La mano libre de su esposa acunó su rostro con amor. Él cerró los ojos, relajando el ritmo en que masturbaba a su falo. Inmerso en ese compás tierno, levantó los párpados y se concentró en los ojos de Elsa, quien le dedicó una mirada tan hermosa e imposible de describir. Era intensa en sus sentimientos por él.
Bombeó calmo hasta verterse en la pierna nívea de ella, marcándola con su fluido entre roncos gemidos. Elsa tocó alto de nuevo al instante, jadeando como música.
Tras ese gozo se recuperaron juntos, mirándose con sonrisas contentas y amorosas, nada como cualquier otro momento. Sin importar lo breve, sus caricias habían servido para aumentar su intimidad y relajarles luego de pésimas semanas de consternación.
Tuvo la impresión que se habían unido con más profundidad y sinceridad que las múltiples veces que estuvieran juntos. Habían hecho el amor sin necesidad de un contacto de sus sexos, demostrando que su vínculo era especial y podía ser perfecto con solo los dos como protagonistas.
Una vez que se limpiaron, se sentaron con los brazos de él rodeándola.
—No podríamos habernos enamorado del otro hace años, somos personas diferentes —expresó ella acurrucándose a su pecho y entrelazando sus manos—. Por eso es que a veces existen las segundas oportunidades.
—Sí, la necesitábamos.
Él esperaba que no fuese la última.
{…}
Mientras Hans iba al dormitorio del rey, Elsa se observó curiosa su protuberancia, ensimismada con ese sutil cambio de forma de ese día. Ya no era tan redonda, sino que daba la impresión de un tamaño menor cerca de su esternón, con una bola dura a la altura de su pelvis. Además, los movimientos de los bebés eran menores y solo un costado de su panza se agitaba.
De acuerdo con unas palabras de la señora Hall de esa semana, una forma similar sería una buena noticia, porque sus hijos estarían acercándose a su nacimiento, preparando su salida de ese espacio tan limitado para dos personitas.
¿El parto ocurriría pronto, o por el tamaño de sus bebés estos habían encontrado un acomodo que les satisficiera dentro? Debió haber comido más antes de su embarazo, para crecer y ser más grande de cuerpo, ofreciendo un sitio adecuado al desarrollo de una criatura.
La posibilidad de dar a luz pronto supuso diversas emociones en su interior, alegres y tristes. Dejar ir a sus pequeños de su seno sería terrorífico y pletórico, y su propia supervivencia también le rasguñaba el corazón. Cada vez se sentía más débil, como si algo succionarían todas sus fuerzas continuamente, quitándole le posibilidad de hacer cosas que su embarazo no tenía por qué impedir.
De seguir así, no podría resistir la llegada de sus bebés al mundo.
Le recorrió una punzada y sus ojos se llenaron de lágrimas. Temía morir y no disfrutar de su familia; de abandonar a su esposo e hijos, privándoles de un amor que los tres se merecían. También le aterraba que su estado afectara a sus bebés, dificultando su alumbramiento y sus vidas.
El miedo estaba avanzando como la escarcha de hielo que ella formaba, cubriéndola poco a poco, amenazando con dominar su razón y su capacidad para pelear.
Y no quería perecer en el parto. Quería luchar, con eso no quería conformarse; ansiaba la felicidad con su esposo e hijos, se la merecía. El destino no podía ser tan injusto con ella. Le rogaba a Dios por hacer de eso algo diferente, como no había hecho antes.
¿Pagaba su resentimiento e indiferencia?
Sollozó en silencio, esperando no atraer la atención de Hans, en el otro dormitorio. Se cubrió la boca con sus manos, apenas pudiendo alzarlas a su rostro.
¿Por qué estaba tan debilitada? ¿Era una señal de que no viviría más allá del nacimiento de sus bebés? ¿Ocurría lentamente para que tuviera oportunidad de despedirse?
Con un gran dolor en el alma, Elsa sorbió con la nariz pensando que Hans regresaría en cualquier momento. Sabía de su preocupación, gracias a su dificultad para dormir, y no quería aumentarla.
Parpadeando cogió el cuaderno a su lado, que recargó en su estómago, precisamente en la aparición de su marido en la puerta que comunicaba las habitaciones.
—Tenía esta crema en mi ropero, se cayó al sacar mi ropa. ¿Recuerdas el accidente en la fábrica y el remedio que usé? No estoy seguro si funcione con las estrías de tu abdomen, pero dijiste que te perturbaban un poco —explicó él mirando el frasco de vidrio que cargaba en su mano. —Aunque a mí no me importan.
Elsa soltó una pequeña risa. Parte de su acto de mostrar una buena imagen frente a los demás, y su crianza como príncipe, habían hecho mella en él, puesto que se comportaba caballerosamente con ella sin darse cuenta. Esos tratos amables la habían hecho amarlo.
—Yo no quiero demasiadas, es diferente tener a dos bebés en mi interior, mi piel se estira más.
Hans se subió a la cama y se arrastró hasta ella. Durante unos segundos sus ojos permanecieron en los suyos.
Debían estar enrojecidos.
Alzó su mano y le acarició la mejilla.
—Gracias —le dijo suavemente, esperando darle la impresión que su gesto la había conmovido. Por fortuna, ninguno presionaba al otro conscientes de sus personalidades. —Puedo comenzar a usarlo desde ahora.
Él asintió y ella asió el borde de su amplio vestido de seda para subirlo hacia su busto. Entretanto, Hans abrió el frasco, impregnando su nariz con un olor desconocido y agradable, diferente a muchos asquerosos remedios para afecciones. Era principalmente afrutado.
—Permíteme —manifestó él picaresco, vertiendo una cantidad pequeña de la crema anaranjada en sus manos, las cuales frotó entre sí antes de posarlas delicadamente sobre su vientre.
—Oh, se siente fresco —expresó sorprendida. Había pensado que estaría caliente por no estar en un piso bajo y el contacto con la piel de él.
Hans trabajó con destreza en su redondez, riendo abiertamente cuando unas caricias coincidieron con múltiples patadas de un bebé, haciéndoles creer que sabían que manipulaban el exterior de su casa temporal.
Ella eventualmente cerró los ojos y disfrutó de ese agasajo, gimiendo con placer al sentirlo en sus pies rellenitos. Sus manos siempre eran gloriosas al darle masajes, acertando en los sitios que presionaba y en el método de hacer fluir su sangre en sus extremidades.
Estaba adormitada en el cielo cuando él se apartó y ella oyó el sonido del agua en el baño, bajándola a la tierra.
Lo miró en su vuelta junto a ella.
—¿Quieres ir al jardín?
Negó.
—Te enseñaré algo aquí.
A continuación abrió el cuaderno a la mitad, justo donde comenzaba la serie de bocetos hechos de él, uno fechado a principios del año.
Se lo mostró sin comentarios.
—No me cansaré de decir que eres una gran artista —admiró él cogiendo el cuaderno. —Es muy halagadora la manera en que me ves, Elsa.
Apreció que no mencionara el significado detrás de su acto. Otra vez se abría a una parte de ella que mantenía reservada.
—Empecé a dibujarte inconscientemente… así como me enamoré de ti.
Se observaron de reojo y ella delineó el rostro de él en la hoja, manchándose el dedo con el trazo del lápiz.
Hans quedó atrapado en la acción de su esposa, todavía estupefacto de aquel idéntico retrato de él, hecho con tanto cuidado que podía percibir sus sentimientos detrás.
Y su expresión capturaba las de él, porque había reflejado la manera en que la veía.
—¿Sabes? —Apartó la mirada de la imagen para dedicársela a ella. —No quería que me quitaras la independencia que sentía conmigo misma, en mis pensamientos, ni que con tu presencia me arrebataras lo cómoda que me sentía estando en privado, donde no podían cuestionarme ni tenía que cuidarme tanto de mostrarme. Tú ves más allá. En algún momento lo olvidé y te dejé entrar… y no fue como temía… yo mejoré. —Ella suspiró. —No tenía opciones ni decisiones verdaderas. Estaba acostumbrada a conformarme, con mis poderes, mi trono, mi lugar en la vida de mis padres y de mi hermana, mi matrimonio arreglado, mi futuro y mi infelicidad, que al enamorarme de ti creí que no me amarías como anhelaba y debía aceptar no ser correspondida… pero no sucedió y soy muy afortunada de tenerte. Aunque no me siento a la altura de tu cariño.
—Elsa, no… —Ella lo cortó con un beso a la comisura de su boca.
Fue su turno de suspirar.
En el silencio, Hans pensó que ella también debió conformarse con él, porque amar a su marido no suponía problemas, si bien pudo elegir entre ceder o no a sus sentimientos.
—Sin competencias. Solo ámame y yo te amaré —murmuró Elsa.
—Lo haré incluso si no lo pides.
{…}
La mandíbula forzada de Elsa gritó el gran trabajo que le costaba terminar el resto del camino. Debido a ello, Hans hizo una pausa, otorgándole un respiro; aunque él sostenía su peso, ella necesitaba descansar del recorrido a pie que habían realizado desde la escalera principal. Tenía que molestarle la hinchazón de sus extremidades.
—Voy a oponerme, si pretendes tomarme en brazos —gruñó ella pausadamente, reuniendo aire para poder hablar.
Hans rezongó ceñudo. Era terca, no aceptaba que podía trasladarla sin dificultad, aun con su explicación de haber transportado artículos pesados en su trabajo y haber sido obligado a cargar potros enormes en las Islas del Sur, mucho más voluminosos que el cuerpo de ella, quien solo había crecido en su mitad (y aumentado tamaño en sus manos y pies).
—Vamos, no nos retrasemos —le pidió ella dando unos golpecitos de dedos en su hombro.
La forma de alentarlo se ganó una sonrisa de él. Le gustaba mandar, el tono imperante salía a relucir comúnmente, y era a la única que él podría obedecer, midiendo su propia costumbre de comandar a otros.
La sujetó bien de la cadera para sostenerla con su costado hasta llegar al salón.
—Me sentaré contigo en el banquillo.
—Bien.
Se dirigieron frente al piano y la ayudó a acomodarse antes de coger un libro de partituras al azar, como habían acordado en el dormitorio.
Torció el gesto.
—Autores franceses y revolución.
—Gusto de mi padre.
—Podría ser más difícil. —Extrajo una partitura y la estudió por unos minutos dejando que ella presionara las teclas centrales del piano.
—Será la última vez —habló su esposa luego de un rato, siguiendo con la tonada sencilla de las notas.
—¿De qué? —cuestionó balanceando sus dedos en el aire, practicando.
—Venir a esta planta… Para evitar un accidente de cualquier clase. No necesito bajar, no me perturba estar en mi habitación.
—Está bien —contestó serio.
—Además, los bebés ya están preparándose para nacer, recuerda que la matrona dijo que la masa dura debía ser la cabeza de nuestro primer hijo, listo para el canal de salida.
Se llenó de emoción. Pronto les conocerían de verdad; ansiaba que se trataran de dos niñas iguales a su madre, pero claro que estaría satisfecho solo con que los tres estuvieran en perfectas condiciones al término del parto.
Podría convertirse en un devoto si le rezaba a Dios y él cumplía.
Ambos se sonrieron, compartiendo la felicidad por su progenie. No había modo perfecto de explicar su amor por dos criaturas que no conocían —en el sentido más estricto de la palabra—, pero era inmensa la emoción que les ocasionaba su existencia y el momento de verles por primera vez.
Rozó brevemente el estómago de ella y renovó su estudio de las partituras.
Después de un periodo corto, sintiéndose listo, Hans colocó las hojas en el atril y Elsa lo tomó como una señal para detener sus dedos.
El principio era lento e inseguro, como el camino de los combatientes al adentrarse a zona enemiga.
—Les gusta, se mueven entusiastas —anunció su esposa riendo, señalando la danza en su vientre. Él observaba de reojo sin dejar de tocar; el movimiento era inferior a semanas atrás, mas notorio a comparación de los últimos días.
—Tendrán el mismo aprecio por la música y el baile como su madre —aseveró entretenido.
—¿Cómo?
Él se hizo el ignorante y Elsa rió negando con la cabeza.
Fue tiempo de cambiar el ritmo. La alegoría a la marcha de batalla reverberó en la estancia y su corazón se aceleró por el ritmo rápido de la obra, cual participante de una contienda en el campo, envolviéndose en el espíritu de triunfo que inundaba a los hombres peleando por librarse de la opresión de una monarquía ya inservible. Era una melodía de esperanza que finalizaba en el poder de la victoria, a ilusos que no sabían los costes de una batalla entre sus compatriotas, destrozando lazos, historias y territorios por el egoísmo de unos privilegiados por las circunstancias.
En un mundo perfecto, existiría el ganar por ganar, sin la lamentación y el dolor de por medio.
Y el temor… agregó cuando Elsa se apoyó en su hombro, bajando los párpados como un chiquillo agotado hasta que sus ojos no se abrieron más, reemplazando su expresión con un suspiro inaudible en la música del salón.
Apretó sus dientes, continuando la interpretación para no gritar.
{…}
La carta de Adam informándole que su caja musical estaba lista sirvió para agriar más los ánimos de Hans, que se sentó en la otomana de su oficina con el rostro entre sus manos. Estaba triste y desesperado por su mujer, escuchando las palabras de la matrona y el médico sobre las probabilidades de que sus fuerzas no fuesen suficientes para que su corazón y su cuerpo soportaran traer dos pequeños al mundo.
Si lo conseguía, no sería la misma mujer sana de siempre, y el frío extremo de su región la haría proclive a padecimientos que podían llevarla a la muerte por simples descuidos.
Él solo rogaba porque siguiera respirando y pudiera ver sus preciosos ojos durante décadas. Su tiempo juntos era muy corto en comparación al que podrían pasar lejos; tenía que envejecer a su lado y que ambos vieran sus hijos crecer para hacer sus propias vidas.
Irguiéndose, se hizo con un soplo de aire y cogió uno de los nuevos libros de Medicina que su secretario había comprado por él. Podían servirle más que lo contenido en la biblioteca del castillo, en la que maldecía al incendio que pudiera haberle arrebatado alguna cosa de provecho.
Estaba por empezar su lectura cuando una sombra negra surgió en la periferia de su visión, moviéndose desde la ventana.
—Tú —articuló desganado hacia el gato, el cual había huido del dormitorio al mismo tiempo que él lo abandonaba.
Skygge maulló y brincó a la otomana, a su izquierda. Hans le dedicó una mirada, advirtiéndole no dañar el libro en el que había aterrizado.
El felino prefirió frotarse contra su brazo, creando un sonido calmante como el de una marea tranquila. Era un ronroneo amigable para su perturbado día, y muy bondadoso considerando la manera en que respondía a su presencia.
Se le cerró la garganta, abrumado de nuevo por el asunto del amor de su vida.
—Skygge, no quiero… perderla —confesó tembloroso, atemorizado de un desenlace trágico como ese.
Una buena parte de él moriría si ella se iba.
De forma borrosa atrapó el movimiento del gato. Este se trasladó a su pierna y se presionó a su pecho, como si se tratara de un abrazo. Esa conducta cariñosa debía haberla aprendido de Elsa y Olaf.
Tonto animal insistente, pensó cerrando los ojos y elevando su mano para colocarla en su pequeña cabeza, ganándose un ronroneo de regocijo.
—Esto no… cambia nada —farfulló con la voz cortada, sin creerlo él mismo.
Conforme acariciaba a Skygge, sintió que sus hombros perdían tensión y obtenía un poco de paz.
{…}
Una exclamación grave de Elsa ocasionó que Hans soltara la prenda de vestir y pusiera sus manos en los antebrazos de ella.
—¿Qué pasa?
Ella se rozó el abdomen bajo con una mueca.
—Un calambre.
Escuchó los latidos de su corazón en sus oídos, como un sonoro tambor.
—¿Ya es…?
Elsa se encogió, frotándose la parte frontal de su estómago.
—La señora Hall me advirtió que podría sentir dolores falsos; si se vuelven constantes y me molestan en la espalda, tengo que llamarla.
A pesar de que se creía preparado para la llegada del parto y su capacidad para responder en momentos críticos, la inseguridad echó raíces en él.
—Leí de eso, ahora no lo recuerdo —frase óptima con la que declarar su desequilibrio de mente. Inspiró hondo—. ¿Qué quieres hacer?
—Tomaré mi baño. Aun si fuese la hora, sé que el parto podrá tardar. Prefiero estar limpia mientras puedo.
Asintió, pateando el vestido de Elsa a un lado y procediendo a ayudarla a entrar a la tina.
Se desnudó y la acompañó en la amplia bañera, esperando para tomar la pastilla de jabón. Estaba a gusto con ella en su pecho y aguardaría en caso de que fuese a dar a luz; quitarle la espuma sería trabajoso.
—Oh.
—¿Elsa?
—No, no es eso. Acaba de salir un líquido de mi busto, amarillento. No luce como leche.
Ella alzó su mano, con gotas en su palma. Él se inclinó y espió sus senos, en los cuales había brillo de esa sustancia grasienta.
—Aunque no he visto la leche materna —musitó Elsa con curiosidad, acercándose a oler esa secreción en su mano. —No siento aroma.
Podía ser una advertencia de su alumbramiento.
—¿Tienes el jabón?
Hans alargó su brazo para cogerlo y se lo entregó. La contempló limpiándose las aureolas con sumo cuidado; con el transcurso del embarazo, ella había manifestado mucha sensibilidad en sus ahora grandes senos.
—Son tan impresionantes los cambios efectuados en un cuerpo para dar vida a otro ser —reflexionó ella en voz alta.
Él bajó la cabeza a su cuello y asintió.
—La naturaleza es muy sabia. —Ella puso sus manos en su tripa y él colocó las suyas encima.
Cerró los ojos unos segundos y ella aprovechó para dar un beso en su párpado.
—Ojiverde.
—¿Eh? —Frunció el ceño mirándola.
Ella pegó su mejilla a su sien.
—Tuve un sueño con un niño de ojos verdes. Jugaba al escondite y me miraba pidiéndome silencio.
Sonrió.
—Espero que sí tengan tus ojos, son de un color hermoso que te hace pensar en la naturaleza y la vida. Los míos son de hielo.
—O cielo. Yo sigo esperando dos pequeñas Elsas.
—Te volverás loco cuando tengan la edad de debutar.
Se tensó. Sabía cómo eran y podían ser los hombres, él mismo había sido cruel con su ingenua cuñada, cuya edad de entonces era la más habitual de salir a sociedad.
—No te adelantes tanto —Elsa rió socarrona—, les enseñarás cómo defenderse. Mi padre no lo creyó conveniente conmigo porque tengo mis poderes, pero tú comprobaste la buena técnica que mostró a Anna.
Bufó.
—Hay pistolas del tamaño perfecto para caber en el retículo… y dagas para los bolsillos de las faldas.
—¡Hans! Eso es…
—¿Qué? Nunca sabes qué será necesario —se justificó inocente. —Incluso tus pasadores tienen puntas afiladas en caso de que uses guantes.
—Es increíble que fallaras hace diez años…
—Es la prueba de que no lo planeé desde un principio y que no estaba usando toda mi razón.
—Parece que sí.
Ella apoyó su cabeza en su hombro, suspirando.
—¿El calambre volvió?
—No, se calmó con el agua.
Experimentó una pequeña oleada de alivio. Sin embargo, se le ocurrió que, si los bebés nacían en esa segunda quincena de julio, Elsa tendría más energía.
Y llegó a la conclusión que ella no lo perdonaría nunca si debía escoger entre los dos o su esposa, porque era más egoísta al querer salvarla primero.
Mas nunca esperaba estar en esa posición.
{…}
Tuvo que pasar más de un mes de la entrada del verano para que el rey consorte de Arendelle sintiera el cambio de estación. Oponiéndose a los calores de su rubia embarazada, el ambiente había tenido una temperatura baja y agradable hasta esa fecha, permitiendo que en sus ejercicios no sudara tan copiosamente como ahora.
No obstante, Hans sabía que su condición acalorada también respondía a la vehemencia con que golpeaba su saco. Expulsaba así la furia contenida de esos días.
Le resultaba irónico que el año anterior se burlara de Kristoff por tal comportamiento. Era un remedio muy efectivo para manejar las presiones actuales, ocultando a los demás que estaba alterado y había razones para disminuir mucho los ánimos del castillo.
No podía hacerlo; sería imperdonable que Anna o Gerda entraran llorosas a los aposentos de su esposa, menos contenidas que las doncellas. Arruinarían el humor de Elsa, bastante emocional con el embarazo.
Dio un golpe más y se encorvó para aspirar bocanadas de combustible vital, llenando sus pulmones sofocados. No bastó y muy drenado debió sentarse en el pasto, descubriendo así que Olaf se aproximaba a donde estaba. Era extraño, puesto que el muñeco tendía a pasar su tiempo en la montaña, con Kristoff; quizá, sin importar la nube, necesitaba del escenario frío.
Lo miró tambalearse y caer de espaldas. Asombrado, Hans se puso en pie con presteza y corrió a su auxilio, luchando contra la alarma de lo que podría suceder con Elsa; se pondría colérica si sabía que había sido indiferente a su creación en su momento de necesidad, todavía más si era por ella.
—Olaf.
El muñeco lo espió sin moverse, luciendo igual que siempre.
—Te esconderé las manos si estás ensayando para una obra —bramó despeinándose sus cabellos.
La expresión del ser mágico se ensombreció unos instantes y Hans sintió un vacío en el estómago.
—Sí estoy…
—No mientas —ordenó arrodillándose en el pasto.
—¿Por qué pasa esto? Sven morirá pronto… ha vivido tantos años… los trolls ya no pueden ayudarle más.
—El reno no me interesa.
Olaf se sentó con lentitud y en su mirada encontró una emoción que le dio un estremecimiento.
—Estoy débil —murmuró el muñeco afligido—; me he quedado callado porque no quiero preocupar a nadie. Tú me acabas de descubrir. Creí que la nieve de la montaña serviría, pero ya no lo hace.
Hans cayó sobre sus talones.
—Elsa… —soltó desolado.
—Mi nube, a veces quiere desaparecer —reveló Olaf con un gimoteo.
—¿Crees que ella… puede…? —Las palabras no le salieron y se abrazó con un escalofrío.
—No lo sé. Pero si yo tengo que desaparecer para que ella esté bien, lo haré.
—Olaf…
Ambos levantaron la mirada para encontrarse a Anna a un metro de ellos, inconscientes de su llegada.
Su cuñada rompió en llanto y se lanzó al muñeco de nieve para abrazarlo, repitiendo una y otra vez el nombre de él y de su hermana, suplicando que resistieran.
Era una escena que alteraba su corazón por las implicaciones a la vida de su esposa, solo que no pretendía ser partícipe de ella, manteniendo el ápice de cordura que le quedaba, no cediendo a la idea de que Elsa no estaría mucho tiempo a su lado.
Martillazos lo vapulearon al ponerse en pie y alejarse de esos dos, mientras su alma temía por el futuro. Ya había arreglado el tema de la distancia, ¿por qué se ponía otro obstáculo en su camino? ¿Era su castigo verdadero por sus pecados?
Sus acciones habían sido una porquería y el pago había sido poco, pero era injusto que ella tuviera que sufrir para darle su merecido.
Elsa no podía fallecer.
¿Y si lo hacía?
El lado negativo ganó y otro escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Era muy doloroso pensarlo e imaginarlo, pero su vida se quedaría inerte, el único motivo de abrir los ojos serían sus hijos, y lloraría eternamente la partida de su complemento, la compañera de su solitario existir.
Se dio cuenta que había estado corriendo hacia sus aposentos y había alcanzado su destino muy pronto. Entró y sigiloso caminó a su dormida esposa, arrodillándose junto a la cama con su mano derecha entre las suyas.
La besó conteniendo la acuosidad en sus ojos.
—Tienes que vivir —susurró. —Me asentaré aquí y seremos felices —juró cerrando los ojos.
No le había dicho de su decisión quedarse en Arendelle, ni había comenzado los preparativos, porque se habían centrado en conocer más de sus vidas y disfrutar del presente.
Y ahora sabía también que lo había hecho porque, en su fuero interno, una locura se planeaba. Si algo le pasaba a Elsa en el parto, cometería una ofensa más execrable contra la corona que en el pasado.
Se llevaría a sus hijos de ahí… y a ella. No podría permanecer en un sitio en el cual la había tenido y perdido, donde ella se había sentido castigada y había sido impedida de hacer muchas cosas. Se iría a un lugar remoto, en el que enterraría a su esposa cerca de él y se escondería con sus hijos para sobrellevar la ausencia de la mujer que amaba, asegurando a los seres que los unirían por siempre.
En la desesperación sus peores demonios salían a la superficie, mostrando la faceta horrorosa que había tratado de dejar atrás, y centrando todo a sus deseos sin reglas o inteligencia.
Por eso no quería amar… perder a su ser querido sería un martirio… Lo guiarían sus emociones y la oscuridad.
Empero, su corazón se aferró a ella y lo volvería hacer una y otra vez si regresaban al principio.
Había carecido hasta encontrarla y no quería ese insípido mundo de nuevo.
{…}
Elsa se movió para que otro de los calambres en su vientre disminuyera, como había aprendido a hacer para solucionarlo. No era una tarea fácil, porque definitivamente su peso era inmanejable para ella; la carga era demasiada y lidiar con esta suponía más problemas que mejoras.
Lo peor de todo era no soportar ninguna postura. Parada o sentada, daba igual, ambas le molestaban; si dormía —recostada— era por el cansancio y al despertar cada rincón de su cuerpo gritaba en una protesta que no compartía.
Aquello le irritaba, junto con el calor y su emotividad creciente. El amor era la exclusiva razón de aguantarlo, porque de otro modo ya habría explotado.
Un gruñido brotó de sus labios. Hans, que abandonaba el baño, la llamó.
—¿Por qué la noche no puede ser más fría?
Él suspiró.
—¿Te he despertado?
Agitó la cabeza mientras él volvía al baño. A su regreso traía una toalla húmeda en sus manos, la cual colocó en su cuello.
—¿Te gustaría dormir con Olaf?
—¡No! Te quiero a ti aquí, no vas a librarte de mí porque estoy enfadada. —Se cruzó de brazos.
Un silencio siguió a sus palabras.
—¿Por qué te quedas callado?
—No consiento, argüir es caldear los ánimos. —Él cogió aire. —Busco tu bienestar. —Su mano acarició su rostro. —Siempre querré estar contigo, preciosa.
Hipó conmovida.
—Y yo.
Dios tenía que permitírselo.
Sus labios se unieron brevemente.
—¿Cómo llegamos a esto? Se suponía que nuestro matrimonio era casi blanco —comentó besando la mano de él.
—Tú lo convertiste en más que eso desde el momento en que usaste un vestido diferente para nuestra boda. Ese espectacular color azul que me cautivó.
Rió.
—Sabía que te había gustado. Tu entusiasmo al besarme me lo afirmó.
Hans se puso a reír entre dientes.
—Tú participaste encantada.
—No, me manejaste. Y te dejé… sobrepasada por algo entre los dos… eso debió darme una gran pista de lo que ocurriría.
Los ojos de su marido brillaron, contrastando la noche. —Ahora estamos aquí…
—Esperando el nacimiento de nuestros hijos y… y…
Él se acostó a su lado y la acercó a su cuerpo, abrazándola con su rostro oculto en su cuello. Elsa sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas; con una acción él expresaba su pavor, toda vez que le transmitía que la quería y que no iba a dejarla partir. Detrás de ella, su cuerpo varonil sufría temblores y sus brazos se mantenían como hierro a su alrededor, no dando cabida a la separación.
Deseó poder asegurarle que no se iría, porque en el fondo lo necesitaba, una parte de ella era suya.
Se alejó de él y se incorporó, pero Hans le cogió la mano con fuerza. Ella negó y se giró, recostándose de cara a él como tenía planeado. Había sentido deseo de no darle la espalda, inclusive con el vientre en medio.
Se sujetó a la camisa de él, aferrándolo como gritaba su mente.
Hans le depositó un beso en la frente y la abrazó como fue posible. Sintió lo que tenía semanas guardando.
—Te amo. —Era la primera ocasión que él lo decía, todas las veces era ella quien las pronunciaba, pues eran palabras que ya había usado en su vida.
Él no.
Sonaba hermoso.
Pero sabía a despedida.
—Y yo te amo a ti, Hans.
…Recordaría ese momento la semana siguiente, el segundo día del mes de agosto, cuando sintió una contracción real.
NA: A Elsa se le olvidó que tenía las manos cansadas XD. Okay, momento malo para reírse.
En fin, he tenido una fea semana y parece que coincide con lo que tocaba en el capítulo, ya que. Las cosas ya se pusieron fuertes y el parto ha llegado; ¿saben? este es uno de los cliffhangers que más me ha gustado escribir, tiene ese nervio dramático que no necesita más para dejar atento.
También otra escena que ya quería compartirles era el momento con Skygge, solo así Hans cae al amor que le tiene ese gatito. En una escena futura se consolarán escuchando a Chopin (favorito de Elsa) en la caja musical. ¿Spoiler?
No tengo más que decir que nos vemos la próxima semana y que se cuiden mucho. Ah, y gracias por leerme y dejarme sus opiniones.
Besos, Karo
Yuecita: No he tenido buenos días, pero ojalá mejore. Espero que a ti te vaya mucho mejor. / Ahora bien, pues sí tengo vena perversa y te asustaré con mis planes malvados, ja,ja, me encantan los villanos, así que date a una idea de que me divierte jugar con ustedes ;P . Por otro lado, el Helsa muy presente en estos últimos capítulos, están disfrutando de los que podrían ser sus momentos finales, qué manera más helsosa de hacerlo. Ja,ja,ja, hay algo tan bonito cuando Hans usa ese nombre de Elsa, en mi mente lo pienso como Lucifer diciendo "Detective" en su forma sexy. ¡Qué rico! / Ejem, sí, ya salió el asunto de Kristoff, se merecía una patada en sus compañeritos, pero así se aceptan esos dos, total, prácticamente se echaron el ojo cuando ella estaba comprometida con otro (shh con que su asunto con Hansy no era serio), así que no hacen todo bien.
Lucia: Me da gusto leer que te esté yendo bien, esta semana no fue la mía, pero confío en que para la próxima estarán mejor las cosas. Con placer te alegro los domingos con actualizaciones, aunque esta fue algo gris, espero que el comienzo fuera suficiente alegría para combatir lo demás. Ha comenzado el verdadero problema, habrás de esperar a lo que sigue para ver que sale de esto. / Aun le queda otra cosilla para la caja de música, pero ahí ya se mencionó je,je. / Los Trolls no le sirvieron a Hans como quiso, tal vez no son los seres mágicos que Elsa necesita para hacerle el milagrito. No diré si sigue o no sufrimiento, ya después opinarán de eso. / Cuídate también, linda.
Guest1: It's great you enjoy last chapter. Yep, Hans took a good choice, but let's see if it is set in motion, you don't know what could happen :P , maybe his selfish reason to tell her of his 'almost cheating' backfires. Thanks for your review.
Guest2: Hansy es un personaje que gusta mucho, ya te lo digo yo, o no estaríamos aquí. Disney no hizo un buen trabajo en hacerme odiarlo ja,ja, me cae mejor que Anna. / Es gracioso que él esté en esa porquería del enamoramiento, ¿a todo cerdo le llega su San Martín? (bueno, puede que sea otra frase, pero esa me vino a la cabeza), se vuelve muy dulce con ella y qué dicha hacerlo recíproco; ambos tienen mucho amor por dar. / Por otra parte, sip, Kristoff merecía su puñetazo, me la tenía que cobrar porque drogó a Hans XD, y por no dejar libre a Anna para que ella cumpliera con su obligación al reino ja,ja. / Afortunadamente el espasmo no fue muy grave en ese momento, pero ya llegó la hora de que dé a luz. ¿Qué pasará? / En respuesta a tu otro comentario, ja,ja, sí, la felicidad de Elsa le ayudó de algún modo, es que estresada no ayuda a sus hormonas. / Un gusto responder siempre.
Guest3: I'm so happy of replying your reviews, I enjoy reading them and knowing your thoughts. I'm over the moon with your opinion of this fic :) , hope you like how this goes until the end.
