Capítulo 48

—Ya es hora.

Elsa, tendida en los brazos de Hans, elevó su cabeza llevando a cabo asentimientos débiles. Él tragó saliva con miedo, frotándole su hombro para darle fuerza de la única forma en que era capaz.

No sabía lo que podía pasar. Había sido al menos un día de trabajo de parto en el que el agotamiento de ella había ido en cumbre —incluso con las horas que tomara siestas—, mermando todas sus energías, y ni siquiera había dado a luz a alguno de los bebés.

—Majestad, puede salir ahora —agregó la señora Hall con tono de apuro. Le había dicho horas atrás que aceptaría su presencia hasta que llegara el momento clave del nacimiento.

Su corazón galopó en su pecho, con una tirantez enorme por cada minuto que la posibilidad de perder a su esposa en el parto parecía más certera. No quería irse para regresar con la noticia de que ella había fallecido, quería estar a su lado si lo peor pasaba, sin importar las costumbres del alumbramiento.

Los ojos acuosos de Elsa lo miraron con súplica durante unos angustiantes segundos, cuando una contracción la hizo oprimir sus párpados y apretar la mano que le sujetaba —con una presión ridícula para el dolor que debía sentir.

—Limítese a hacer su trabajo —ordenó a la matrona sin dedicarle toda su atención.

La pelinegra jadeó contrariada. Su asistente también.

—¡Majestad!

—No voy a repetirme —siseó pasando un trapo por la frente húmeda de su mujer, en cuya mirada halló alivio y agradecimiento. Una noche ella le había confesado que no confiaba el trato de sus bebés a ninguno, solo a él. Era una locura que él comprendía y compartía.

Por otra parte, si a Elsa le pasaba algo, quería asegurarse que las personas ahí presentes harían lo imposible por salvarla, junto con el doctor que esperaba afuera por cualquier percance (aceptando la decisión de su reina de tener a una partera dentro).

Una contracción más cruzó por Elsa.

—De acuerdo…

A continuación, la mujer se concentró en su esposa para asistir el nacimiento de sus bebés, mientras él se esforzaba en ser útil y no flaquear por el temor que le exprimía su interior.

Los tres seres más importantes de su vida pasaban por una de las grandes pruebas en su existencia.

O vivían, o morían.

Partir o quedarse.

Abandonarle o acompañarle.

Elsa tronó una exclamación.

—Me… duele —sollozó hacia él. Abundantes lágrimas bañaban sus mejillas sonrojadas.

—No volverás a pasar por esto. Lo prometo —susurró en tanto la señora Hall la animaba a seguir, porque la cabeza estaba saliendo.

Un gemido agudo de su esposa torturó el corazón de Hans.

…y a los pocos segundos sintió una sacudida de su mundo.

Eso que escuchaba… aquel sonido…

Era padre.

—Así, llora bien, pequeñín —oyó en medio del llanto de su hijo.

Tenía un hijo.

—Es un varón.

Elsa rió y lloró, y él seguía atónito por el impactante sonido de su primer retoño, que acababa de hacer su entrada oficial a su vida cambiando todas sus prioridades.

Su hijo le había convertido en un padre.

Salió de su estupor y besó la sien de su emocionada esposa antes de ser atraído por la doncella que traía consigo a su bebé, una criatura diminuta que se movía sin tener en cuenta los rastros de fluidos blancuzcos, amarillentos y rojizos en su piel nívea, o la manta gris que lo cubría. Se enfocaba en ese nuevo extraño y diferente al calor de su madre.

Él berreó hasta que fue depositado en el pecho de su esposa. Hans también se descubrió sin respiración, admirando al pedazo de sí mismo que había ansiado conocer.

—Vida mía —pronunció Elsa con adoración y cansancio, acariciando suavemente el rostro enrojecido de su hijo, como si guardara cada rasgo de su cara. —Eres tan hermoso… y tan chiquito. Te amo, corazón.

A él le tembló la mano al acercarla a la cabecita de su hijo.

—Hans, nuestro niño.

Asintió distraídamente y experimentó una sensación inigualable al tocar la húmeda piel de algodón de su bebé. Parpadeó al verlo nubloso y colocó su palma contra los pelos rubicundos de su hijo; su mano era colosal a su lado.

Los ojos le ardieron, invadido de un sentimiento poderoso. Ya amaba a su pequeño, con una facilidad que opacaba sus pasados temores de cómo hacerlo.

—Quiero besarlo, no puedo —expresó en susurros Elsa.

Él la miró de reojo y puso su brazo debajo de los de ella para sostenerla en la tarea.

Ver la tierna imagen de ella besando a su hijo era una de las más bellas memorias que nunca olvidaría. Apenas se apartó ella, él se inclinó y posó sus labios en su minúscula frente, oliendo un aroma indescriptible.

Su hijo. Nunca se cansaría de esa frase y ese hecho que no cambiaría nunca.

Elsa se estremeció y jadeó con dolor. Su hijo arrugó su naricita mientras él se erguía.

—Parece que el segundo bebé no tardará mucho —dijo la partera.

—Tranquilo, tu acompañante está por venir —musitó él hacia su bebé sin dejar de pasar su mano por la espalda de Elsa.

—Cógelo, no quiero dejarlo caer —pidió su esposa débilmente.

Hans inspiró.

—Sí.

Se apartó un poco de ella y fue delicado en el valioso momento de tomar a su hijo por primera vez. No quería hacerle daño, temblaba de pensar en ser brusco y tomarlo de manera indebida; se cortaría el brazo si este le hería.

Al cogerlo se sintió como el Atlas sosteniendo el mundo, pero protector por ese pequeño. No pesaba nada y era una de las cargas más voluminosas que había tenido.

Con inseguridad y un instinto de guardián, se acomodó al bebé en su brazo derecho, sonriendo al verlo a gusto. Luego asió la mano de Elsa que se aferraba a su pantalón.

—Nos falta un bebé, preciosa.

Y se moría por conocerle.

Nada de importancia tenía si era otro hombre o una mujer, estaba pletórico con su hijo y le contentaría ver al otro fruto de su amada y él. Eran combinaciones de los dos para amar, independientemente de sus sexos.

No mucho después, Elsa lanzó un grito que le instó a mover su brazo, pero el quejido de su hijo se calmó con el lloriqueo de la otra criatura, el cual le animó a levantar sus párpados simulando sorpresa.

Rió conmovido por los ojos grisáceos que apenas contemplaba y el sonoro chillido de su otro bebé, con más pulmones que su hermano mayor.

Se extasió con ese gran anuncio de su familia completándose.

Respiraba, vivía.

—Ya está, mi amor —pronunció contra el oído de su mujer, aguardando el momento de que le presentaran a su otro hijo.

Sus dos bebés habían llegado al mundo respirando. Tenía más de lo que habría podido desear. El nacimiento de su otro bebé lo convertía en padre de gemelos.

—Una niña, Majestades.

Abrió los ojos sorprendido. Una hija. Acababa de recibir a la niña que esperaba y un grandioso niño que lo acompañaría en la tarea de cuidar a las dos mujeres más preciadas de su vida.

Tenía gemelos dispares, perfectos para sus padres anhelantes.

—Sí, sí, son dos bebés saludables.

Elsa lloró recargando su cabeza a su hombro.

—Su hija es más grande que su hijo, pero ambos se ven perfectos. El doctor los examinará dentro de poco y creo que lo corroborará.

Contento besó la coronilla de su esposa, porque era una noticia invaluable, con Elsa despierta. Al despegar sus labios de ella, inmediatamente los posó en su niño, murmurando en su mente que lo amaba.

Su hija fue llevada a los brazos de su madre y él terminó de experimentar un terremoto en su alma, repleta de amor y sentimiento de protección por aquellos bebés.

Era padre de esos gemelos. Dos criaturas con un vínculo de hermanos especial, nada como lo que Elsa o él habían vivido.

Ella tenía la piel colorada y blanca, repleta de secreciones como su hermano, pero era hermosa como su hijo. Era cierto, se veía más fuerte que su otro bebé, aunque era la pequeñita de los cuatro.

Y era pelona.

—Vida mía, ya te tengo. Mamá te ama, corazón mío —murmuró Elsa con afecto, calmando el disgusto de la bebé. —Hermosa y diminuta. Nuestra niña.

A diferencia de su hermano, su hija tenía sus ojos abiertos, enfocados en la mujer que acababa de traerla al mundo. Ya preveía quién sería la más curiosa de los dos, aun si había permitido que su hermano se adelantara a lo desconocido.

—Los dos están aquí. Hans, quiero besarla también.

—Tú tenlo a él y te ayudaré.

Hans le dio una señal a Frida para que sostuviera a su hijo, y se hizo con su hija en brazos, permitiendo que la criatura rubia volviera a su madre. Experimentó de nuevo esa sensación que con su primer hijo y la guardó con vehemencia. Prontamente, no sin antes presionar sus labios en su frente, él acercó a su niña a la cara de Elsa, quien la besó y aspiró hondo.

Él fue cautivado de nuevo por ese tipo de imagen, disfrutando del poder que tenía su retoño menor en sus brazos. Una segunda fémina preciosa.

Miró a los tres, recorrido de calor abrasador que lo hacía ponerse el sombrero de capitán y cuidar su barco con todo lo que tenía, hasta la muerte. Era un hombre diferente al de una hora atrás, con nuevas metas y capacidades para garantizar el bienestar de su familia.

—Lo hiciste —le dijo él a Elsa al oído. —Mamá.

Ella ladeó su rostro y le dio un beso en la mandíbula. Luego él entendió su "Te amo" mudo en su piel.

—¡Oh! —soltó Elsa y él tomó distancia.

Asombrado observó cómo su hijo se movía hacia el seno de su madre, descubierto porque el calor se había hecho insoportable a Elsa, aun de madrugada.

—Quiere alimentarse —comentó la señora Hall, que acariciaba el vientre de Elsa. —Si no quiere a la nodriza, déjelo. También puede beber ella al mismo tiempo, cuando se haya acostumbrado; el gran número de almohadas servirá.

—Es más chico y debe crecer para cuidar a su hermana —acotó él apreciando la manera en que Ingríðr, una doncella que ya había sido madre, auxiliaba a su esposa para que el proceso fuese más fácil.

Maravillado, vio que el recién nacido comenzaba a succionar ávido.

Elsa hizo una mueca discreta, recargándose mejor en sus almohadas.

—¿Estás bien? —cuestionó preocupado, habiendo dejado en segundo plano sus inquietudes, siendo que ella parecía compuesta.

—Estoy… cansada, pero también quiero tenerla a ella. —Elsa abrió su brazo izquierdo, que había dejado libre.

Le dio un asentimiento y se levantó; inmediatamente Ingríðr tomó su puesto para seguridad del bebé. Rodeó la cama impidiéndose mirar a la intimidad de su esposa, concentrándose en su hija, a la que besó repetidas veces, calladamente expresándole que la amaba tanto como a su hermano.

Al otro lado, utilizó más almohadas para que Elsa pudiera abrazar a su hija.

—Gracias.

Su esposa se aclaró la garganta.

—Ella nació primero —aseveró en tono alto.

Todas las mujeres en la habitación, como él, se quedaron mirando a Elsa anonadados. Entonces Hans recordó lo que le había dicho, que si pudiera le daría la corona al menor.

—Para ella sería más sencillo ser la reina —manifestó solo para ellos, en el idioma diplomático, el francés. —Sin embargo, una hija de los dos podrá ser tan arrogante, inteligente y orgullosa para convertirse en heredera de un imperio.

—¿Qué tratas de decir?

—¿Por qué no guardamos el secreto un tiempo y decidimos más adelante?

Elsa esbozó una sonrisa blanda.

Él encaró a las mujeres.

—En nombre de la Corona, ninguna de ustedes revelará el orden en que han nacido. Hacerlo les hará acreedoras a un castigo.

Una a una, ellas se inclinaron en acuerdo.

Regresando sus ojos a Elsa, notó que su cabeza había caído inerte, en un ángulo alarmante.

La llamó.

Su silencio lo puso raudo y la sujetó tanteando su cuello, sin hallar más latidos que los suyos.

—Elsa —repitió intranquilo. —Respóndeme. Elsa, preciosa, háblame. No me asustes.

Sus manos trémulas se detuvieron al tocar sus hombros, porque sus vástagos se perturbarían si la agitaba.

—Elsa, abre los ojos. ¡Maldición!

—Rey Hans.

Su hijo tosió y un rastro de sustancia amarilla salió de su boca, pero continuó su actividad sin parecer alterado.

La impotencia arrasó con él y se supo incapaz de salvarla con todos los medios a su alcance, como cuando ella había sufrido un aborto.

—Elsa, tú eres más fuerte que esto. Elsa…

Oyó la puerta y vio que el doctor Asbjörn se posicionaba al otro costado de Elsa, inclinándose para tomarle el pulso y auscultar su pecho. Hans paró de pronunciar el nombre de su esposa y esperó con el cuerpo rígido.

El médico suspiró sin alguna clase de sentimiento que le diera pistas.

Hans se cubrió la boca con sus manos, buscando respiración de ella, sin ser capaz de verla. Su mente estaba desequilibrada y nada era sensato, solo podía pensar en que la perdía.

Elsa se iba. Estaba muriendo.

—No encuentro de qué preocuparse.

—¿Cómo? —emitió confundido.

El médico habló de cosas que no entraron a su mente.

—Debe estar agotada —intervino la comadrona—. Tengo las placentas completas y no sangra más de lo normal. Fue un parto muy bueno, rey Hans.

Pestañeó.

—¿Y por qué parece desfallecida? —cuestionó con un nudo en la garganta.

—Acaba de dar a luz a un par de bebés, luego de casi un día. Está agotada y debe descansar. Si no se despierta en dos horas, cada par de horas, podrían utilizar a la nodriza para que las criaturas se alimenten.

Su hijo soltó un ruido e Ingríðr se apresuró a cogerlo para ponérselo al hombro. Hans se dividió entre vigilarlos, escuchar al médico y a la matrona, y contemplar a su esposa e hija, tratando de mantenerse cuerdo después de un frenético momento de pavor.

La pequeña comenzó a llorar y la señora Hall se interrumpió para ubicarla en el seno inutilizado, que sirvió para alimentarla de su madre dormida.

—Para ser verdad, doctor, me gustaría que todos los partos fueran como el de la reina, hasta para dar a luz es diferente al resto. No tengo nada más asombroso que un sencillo parto de gemelos.

Hans respiró aliviado, peinando el flequillo sudoroso de su esposa, agradecido de que soportara. Era poderosa y única.

—Cuando mi hija termine de alimentarse, la reina y los bebés serán llevados a la otra habitación —indicó acariciando la cabeza lisa de su chiquilla.

El día todavía empezaba, pero ellos descansarían en privado el tiempo que pudieran.

{…}

Hans quiso celebrar cuando los párpados de su hija intensificaron su movimiento y las perlas grises desaparecieron poco a poco. Ella era una bebé muy activa y obstinada que, sin importar su estado de recién nacida, prefería estar despierta y solo dormirse si la cargaba.

Sospechaba que tendría energía como la de su cuñada, con la diferencia que esta sí la soportaría.

—Vamos, pequeña, haz como tu hermano y descansa —murmuró tiernamente, caminando a lo largo del dormitorio, meciéndola. —Más tarde seguiré contándote cosas.

Sonrió al verla bostezar, peleando porque sus ojitos se mantuvieran en él. Podía jurar que trataba de convencerlo para alargar sus soliloquios de los últimos días, aprovechándose de que ya lo tenía bien agarrado a su puño; se habían acompañado mucho gracias a los dormilones hermano y madre.

—Si eres buena, te platicaré más de mamá, es magnífica.

Su hija no volvió a pestañear y él aguardó antes de besar su frente —cuidando la barba que todavía no se había quitado— y recostarla en la cuna junto a su otro hijo, al que le dio una caricia en la cabeza.

Inspiró y se giró hacia la cama, alzando las cejas al notar que Elsa le contemplaba sonriente.

Yendo a ella, sintió una llamarada de alegría.

—¿Cuánto llevas despierta? —preguntó en voz baja, sentándose en el colchón.

—Lo suficiente —contestó ella ronca.

—¿Cómo te sientes? —Alargó su mano para servir un vaso de agua, del que ella bebió ansiosa.

—Adolorida, pero no tengo sueño. —Su esposa cogió su mano. —¿Y tú?

Típico de ella interesarse en otros durante su peor condición.

—Feliz ahora que has abierto los ojos. Han pasado cinco días. —Sus hijos casi perdían sus cordones y se acostumbraban a la nodriza.

—Ya lo había hecho, no te lo hice saber… es que no me sentía cómoda —replicó Elsa con quietud, haciéndolo fruncir el ceño.

Esta era la tercera vez que ella recordaba despertarse. Dos habían sido en la noche para aliviarse y estaba muy adormecida. En la última, menos difusa, además de lidiar con el dolor de la entrepierna y espasmos en su abdomen, se había sentido triste y decepcionada por creerse inútil y despreciar su estado adolorido y feo cuerpo; sus hijos dormían sin necesitarla y se pegaban mucho a Hans, por lo que había preferido dormirse sin revelar su conciencia.

Ahora llevaba unos minutos despierta y lentamente se habituaba a estarlo. El cuerpo lo sentía menos pesado y molesto, sus principales quejas físicas eran el mareo por la falta de alimento, la hinchazón en su busto y la humedad en su intimidad. No obstante, tenía un torbellino de emociones y sentimientos complicado de experimentar. Lo más destacado era ese deseo que tuviera al contemplar a Hans con su bebé… había querido extender sus brazos para arroparla, y una parte de ella se había detenido, temiendo hacerlo mal con su inexperiencia. Había sido la mayor inseguridad de su vida y se había paralizado.

Transcurridos unos instantes había recordado su olor y la confianza que ambos habían tenido al estar contra su piel, por lo que el desasosiego se había templado, dejando como único anhelo el de las dos minúsculas criaturas sostenidas por un breve lapso, mismo que bastara para enamorarse de ambas.

El amor era todo lo maravilloso en el mundo; un arcoíris, un copo de nieve, un amanecer, una aurora polar, el canto de un ave, la sonrisa de un infante, las nubes blancas en el cielo, el abrazo de un ser querido, todas con el peligro acechando, incrementando su actitud protectora. El amor por un hijo era hermoso, enorme con una pizca de temor por su bienestar, que a la vez hacía más grande sus emociones de aprecio. ¿Había palabras que lo describiera? No, era suficiente sentirlo. Algunas cosas no necesitaban definición.

Estaba más allá de sí con haberles traído al mundo a salvo, recibidos por un padre que los quería igual que ella, como había podido apreciar en tres ocasiones.

—¿Notaste que Inga y yo te atendíamos?

Negó.

—¿Te crees con fuerza para caminar? La señora Hall recomendó que lo hicieras tan pronto como pudieras. El doctor y ella demandaron imperante que te diera masajes en las piernas y te sentara entre ratos para hacer que tu sangre circulara. Aproveché a hacerlo al regresar a esta habitación, la cama es más cómoda.

Se formó un nudo en su garganta. Todas las veces que dijera amarla palidecían con esas palabras; sus hijos ya no estaban en su interior y la ama de leche la relevaba en la prioridad para ellos, pero él seguía atento a lo que ocurriera con ella. Otro no lo habría hecho.

Abrió los brazos.

—Ven.

Hans no tardó en rodear su cuerpo, ocultando su rostro en su cuello, picándole con su barba sin afeitar.

—Gracias —murmuró estrechándolo fuertemente. —Te amo.

Él le besó el hombro.

—Temí por ti —declaró él de forma pausada. Ella lagrimeó y recorrió la espalda de su marido para reconfortarlo. Sabía que le había hecho pasar días difíciles y cuan impotente debía haberse sentido, teniendo que aceptar la colaboración de otros y siendo un hombre acostumbrado a tomar la iniciativa sin depender de alguien más.

Asimismo, era consciente de que para él no era fácil admitir sus más profundos sentimientos, como le pasaba a ella.

Pero con él era peor, porque nadie había hecho el intento de consolarlo. Desconocía el poder de sanación que tenía una persona amada.

(Ella podía haberse aislado, mas tenía nociones de la magia del cariño de otros.)

—Sigo aquí, cielo.

Hans se apartó de ella y la miró con amor.

—Me has dado unos hijos increíbles. —Bajó sus párpados al recibir un ligero beso.

Después fue turno de entristecerse.

—Me he perdido su primera semana.

—Lo sé. —Hans suspiró sobre su boca y ella abrió los ojos. —Aunque solo duermen, comen y se ensucian. Ella descansa menos, pero sé que te aflige. —Una sonrisa ladina cruzó la cara de él. —No he tenido que cambiar ningún pañal. Ingríðr lo hace muy bien, es rápida.

Rió.

—Creo que sus hijos tienen un año de diferencia.

—Eso lo explica. En fin, no puedo seguir llamándoles hijo e hija, he pensado en nombres, pero no sé si te gusten.

—Definitivamente deben ser nombrados. Dime tus sugerencias mientras estamos con ellos.

Él asintió y abandonó la cama; a Elsa le costó pararse al principio, tenía las piernas levemente acalambradas y no había comido, mas lo consiguió y soltó la mano de él para sostenerse por su cuenta después de meses.

Reprimió una carcajada.

—Ya veo mis pies —festejó con la vista humedecida, sin ponerse calzado interior para contemplar sus extremidades inferiores.

Hans tosió desviando la mirada.

—Silencio, los despertarás —reprendió ceñuda, comprendiendo que disimulaba su diversión.

Se irritó de sobremanera y él levantó sus manos con las palmas hacia ella, pidiendo perdón.

Talló su rostro al darse cuenta que se había enojado sin proponérselo ante una cosa insignificante. Esa vorágine estaba fastidiándola.

Lo sintió acariciándole el cabello y se estremeció con el aire caliente en su oreja que le siguió.

—Disculpa, preciosa —le pidió él al oído. Negó, tragándose lo que pasaba en realidad.

Le besó la mandíbula rasposa y se dio la vuelta.

Fueron hacia la enorme cuna con dosel en la esquina más cercana a la chimenea, hecha de tal tamaño para que su ocupante pudiera usarla hasta los tres años, o para los gemelos en su linaje. Era de roble con runas de protección talladas, más trabajada que su diseño entregado al ebanista.

Espió al interior y sintió que el aire le faltaba. Allí estaban sus dos bebés, angelicales, sobre la manta que ella había conseguido tejer, envueltos en dos cobijas turquesas.

Sus nudillos rozaron delicadamente sus cabecitas; procuraba no perturbar sus dulces sueños. Llorando, guardó sus caritas en su mente y buscó algún rastro de los dos, pero no estuvo segura de otra cosa que la nariz aristocrática de su esposo, y que ellos eran distintos en sus barbillas y forma de rostro.

—Son tan hermosos —murmuró.

—Sí, lo son —respondió él en el mismo tono de voz.

—¿Qué nombres pensaste? Yo hice una larga lista.

—Kaysa y Hamish. —Se congeló al oír la primera opción, comprendiendo céleremente el motivo detrás.

La oficina de él, donde se unieron de verdad, había pertenecido a la reina llamada así.

—¿Por qué Hamish?

—Su aportación a tu familia contribuyó a que estemos aquí.

Era cierto. Sus dos antepasados habían influido en su historia de amor.

Tragó saliva.

—¿Alguno de los dos tiene magia? —Sus padres le habían dicho que a los pocos días había congelado una manta.

—Hasta ahora no.

Suspiró. Era una buena noticia; prefería que pudieran tener una vida sin los inconvenientes que acarreaban los poderes. Ella no odiaba los suyos, mas sabía que determinaron muchas cosas en su crecimiento y madurez.

—Me gustan los nombres. —Pensó en su lista. —¿Qué opinas? Hamish Frederick Elisja y Kaysa Margaretha Henriette Håkonson-Westergård. —Aludirían a sus dos padres.

Él asintió.

—Firmarás el anuncio y les darás su tratamiento al revelar sus existencias al pueblo.

—¿No se ha informado?

Hans se sonrojó, sorprendiéndola.

—No oficialmente, he estado en los aposentos estos cinco días y los únicos que han entrado son el doctor, la partera y las doncellas. Sé que corren los rumores y el Parlamento insiste en conocerlos, pero me he negado.

Enarcó una ceja.

—¿Anna, Kristoff u Olaf no les han visto?

—Creí que tú querrías presentárselos.

Quiso reír al constatar que él era más posesivo que ella. No le habría molestado que su hermana, cuñado y amigo les vieran, hasta Gerda y Kai, lo más parecido a abuelos que tendrían sus hijos.

Aun así, le encantó que solo los estrictamente necesarios tuviesen un mayor contacto con sus hijos que ella.

—Cuando despierten y los alimente, bueno, comamos, y si tengo leche, invitaremos a mi familia y haremos las citas pertinentes con los demás. No quiero que nos molesten utilizando las leyes. Le pediré a Anna que redacte el documento para mí.

Era lo que correspondía como reina, pese a sus deseos de no exponerlos al mundo. Desde su nacimiento eran más que sus hijos.

(Todo en su ser se rebeló, pero se calló.)

—De acuerdo, Majestad.

Hasta ese momento, disfrutarían de su paz familiar.

Se recostó contra su esposo y él puso una mano en su hombro, posición en la que hicieron una actividad que progenitores como ellos comprenderían, contemplar a sus bebés.

{…}

En vista de que Kaysa había abandonado a Morfeo primero, ella ya había sido alimentada y estaba recostada en la cama entre sus dos padres, pegada al muslo de Elsa, que daba pecho a Hamish.

La reina sonrió deslizando su índice en uno de las manitos de su hija, quien se prendió a él como lo hacía el hijo que apretaba con furia su pezón, sujeto al dedo de su otra mano.

—Tengo que aprender lo que dijo la señora Hall, para tenerlos a los dos en una sola vez.

—Estoy seguro que lo conseguirás con maestría, eres muy buena en lo que te propones —halagó Hans tocando la nariz de Hamish, con su voz haciendo que los dos bebés movieran sus cabezas a él.

Si bien dolida por privarse los primeros días de sus bebés, Elsa notó que no todo era malo, puesto que había provocado que se acercaran a su padre, sin un lazo precedente como cargar meses con las dos criaturas.

Hamish terminó de mamar y ella se lo acomodó para hacerlo eructar, con más facilidad que con Kaysa; él era unos cinco centímetros más chico que su hermana menor.

Se preguntó cuánto duraría la fragilidad de sus brazos.

Escuchó el gruñido de su hijo y siguió dándole de comer hasta que un hilo de leche escurrió por su mejilla. Volvió a colocarlo en su hombro para darle golpecitos.

Aliviado el estómago de Hamish, Hans lo cogió y puso a la par de su hermana, a un costado de él.

—Hay algo de lo que debo hablarte.

Dejó de acariciar a sus hijos con la mirada.

—¿Sí?

Un suspiro de él adelantó que no estaba muy satisfecho con el tema, pero no lo comentó.

—Radicaré aquí en Arendelle —abrió la boca estupefacta—, me iré el próximo año para cerrar mi oficina central y vender negocios.

Hamish emitió un berrido como si sintiera la tensión de su padre. Ella le puso una mano en su torso, arrullándolo.

—¿No íbamos a conversar la solución? —inquirió con un deje de enfado.

—¿Ves otra? Lo decidí hace tiempo, es lo más adecuado en nuestras circunstancias. Estableceré una oficina y aprovecharé que el hospital pondrá el ojo en esta región.

Arrugó la nariz. No lo veía muy alegre y eso le robaba satisfacción por las implicaciones de su elección, la cual sí era la más posible de poner en marcha.

—¿Estás seguro?

—Desde hace un tiempo había desarrollado un hartazgo en Nueva York que no se iba, disminuía aquí hasta que supe por qué me sentí así. Me molestaban las actividades del trabajo, no me interesaba como antes.

Y, como ella, se había mantenido callado.

—¿Por qué pasó?

No podía asumir con el modo veloz en que trabajaba la mente de él.

Hans sonrió.

—Te diré algún día.

Resopló sonriendo.

—Por eso es mejor quedarme, y prefiero estar con ustedes.

No le fue desapercibido que su respuesta rehuyera la afirmación o negación de su seguridad, dejándole inquieta. Siempre que hablaba de su gran imperio escuchaba el orgullo en su voz y debía ser duro soltarlo. Le habían otorgado el poder deseado por años.

—A nosotros nos hace feliz tenerte —respondió sin comprometerse a respaldar su decisión.

—Es lo que necesito. Bueno, basta de ello, tu hermana debe estar por aparecer.

—¿De verdad?

—Olvidé decírtelo. No llama para no hacer ruido, pero insiste en poder verlos. —Hans puso una expresión malévola y ella le dio una palmada en el brazo.

—Ya comprendo. Imagino que viene alrededor de la misma hora, diario.

Algunas costumbres no se perdían.

Como si presintiera que era tema de conversación, escuchó un siseo al otro lado de la puerta.

—Abre, tendrás que aprender a ser más paciente con ella para que Hamish y Kaysa te imiten.

Él exhaló.

—Ser un ejemplo es…

—Lo sé, cariño —afirmó ante la falta de palabras de él. —Tuve práctica siendo hermana mayor.

Hans abandonó la cama y se dirigió a la puerta, donde se asomó dejándola entornada.

—Trae al montañés y al muñeco.

Elsa puso los ojos en blanco.

—Se llaman Kristoff y Olaf —le dijo ella a sus hijos. Kaysa realizó un puchero con su boquita, como si soplara; Hamish dio una patada.

Anna debió cumplir presurosa, porque los tres visitantes no tardaron en atravesar el marco de su puerta.

Su hermana se cubrió la boca y corrió a la cama con Olaf.

—Qué preciosos —manifestó intercambiando sus ojos en los dos bebés. —Felicidades a los dos. Elsa, ¿cómo te encuentras? ¿Puedo cargarles? ¿Qué son? No quisieron adelantarnos nada.

Olaf parpadeó impresionado y desconcertado, luego sonrió. Por su nube, se limitó a tener distancia.

—Felicidades por los bebés. Son chiquititos.

—Felicidades, Elsa, Hans —añadió Kristoff.

Elsa le dedicó una sonrisa a los tres.

—Gracias. Estoy recuperándome. Ella es Kaysa y él es Hamish.

Hans compartió sus nombres completos.

—Elisja como Elisa, Elsa, y Henriette de Henrik, ¿cierto? —ponderó su hermana.

Su esposo y ella asintieron.

—Son fantásticos.

—¿A cuál quieres cargar primero?

Anna agitó la cabeza.

—El que quieran, hace un tiempo que no cojo uno, pero pueden confiar en mí.

Hans se aclaró la garganta y le dieron espacio para alzar a Hamish y colocarlo en brazos de Anna, quien mostró facilidad al tenerlo, como si fuera una pluma —en perspectiva de Elsa, la pelirroja siempre había tenido resistencia física superior.

La vio hincarse para que Olaf pudiera rozar con sus dedos la coronilla del bebé; su hijo estaba muy atento a la cara de su hermana.

—¿Quieres? —preguntó Elsa a Kristoff, teniendo compasión de la mirada conmovida de su cuñado al observar a su esposa con un recién nacido. Sabía que adoptarían y estaban contentos, pero probablemente no sería a una criatura tan chica, así que debía provocarle sentimientos la visión.

Kristoff asintió y Hans le dio a Kaysa. Ella se agitó unos segundos, girando la cabeza hacia Anna y el extraño que la cargaba. Supuso que se familiarizaba con dos caras nuevas.

—Vamos a cambiar —rogó Anna tras un rato meciendo a su sobrino.

—Dámelo —instruyó Hans buscando a su hijo.

—Yo la cogeré de Kristoff.

Tanto Elsa como Hans prestaron mucha atención en el intercambio; ella respiró de alivio al ver que lo hacía correctamente. Era obvio que tenía historia en el asunto.

Hamish probó los brazos de Kristoff y Anna le enseñó a Olaf a la niña.

—Oh, qué tierna —sentenció su hermana irguiéndose. —Está haciendo un pucher… —Elsa vio un gesto de concentración. —Ay, tiene buen organismo. Mi brazo lo sabe… al menos no huele.

Hans se ahogó con una tos.

Ella lo llamó.

—Ya aprendiste, ¿cierto?

Él gruñó asintiendo. Ella se puso en pie y Anna le entregó a su hija a Hans, que la trasladó a la mesa con lo necesario para atender a esa necesidad.

—Me limpiaré en el baño.

—¿Yo qué hago con Hamish? —Kristoff sonó con pánico.

—Sus padres están ocupados, amor, ya regreso en un segundo. ¡Guau! ¡Este baño es increíble!

—¡Oh, sí! —Escuchó a Olaf de inmediato.

Elsa rió sin dejar de fijarse en los movimientos de su marido, al que su habilidad de aprender ágilmente le había colocado en esa posición.

—He visto que es más sencillo con Kaysa, Hamish regó a la doncella en una ocasión.

—Eh, Elsa, siento que está mojado.

—Excelente, podrás mostrarme cómo hacer con Hamish —comentó ella a Hans. Su esposo bufó.

Kristoff se acercó con premura y Elsa recibió a su hijo, confirmando con lo asumido por el rubio.

—Vamos a cambiarte pronto, mi amor.

Hans estaba terminando de cubrir a Kaysa, por lo cual ella se quedó con su bebé en su pecho esperando. Acababa de darle un beso cuando sintió que sus energías se disolvían y sus piernas temblaban.

Frunció el ceño y disimuló apoyándose a la pared, procurando ser firme en su agarre de Hamish.

Ya no sería tan brusca con sus movimientos mientras se recuperaba.

{…}

Elsa colocó en la cama la canasta con su hijo e Ingríðr la imitó con la que contenía a su hija.

—Eso será todo, gracias.

La doncella hizo una venia y se retiró.

—Ya los tres tomamos un baño y estamos frescos —les dijo a los dos subiéndose a la cama. —Ahora deben dormir, sobre todo tú, Kaysa. Tienes que descansar, mi amor. Los bebitos lindos duermen.

Gateó hacia el centro del colchón, donde se sentó y con suavidad jaló ambos cestos a sus costados.

Jadeó por lo desgastante que pareció la tarea. Forzó su mandíbula y ojos, pensando en catástrofe; a dos semanas de su parto debía estar sintiéndose más viva, y en cambio tenía la impresión que su espíritu flaqueaba, en el lado más físico que mental.

En momentos la dominaba un miedo de cargar a sus bebés, sentía que iba a dejarlos caer; conforme ganaban peso, el pensamiento cobraba más importancia. Prefería estar sentada para sujetarlos y no arriesgarse a hacerles daños.

No sabía si exageraba y era normal y se cuidaba de no mostrarlo a nadie; sin embargo, también la movía no renovar la preocupación en Hans. Estaban teniendo un tiempo feliz y no quería enturbiarlo por una equivocación suya.

…tal como había sido tras dar a luz. Inga le había confesado que los llamados del rey le habían estrujado el corazón.

Solo si empeoraba le expondría su caso, probablemente estaba así por haber dado a luz a dos bebés.

Suplicó a Dios que fuera eso, ella no quería morir… como Sven.

Los ojos se le humedecieron al recordar el destino del mejor amigo de Kristoff, el cual debía ocurrir por el tiempo menor de vida que tenían los animales.

También su Skygge se iría en menos de dos décadas, recordó. Comenzó a sollozar.

La puerta se abrió precisamente entonces, atrapándola en medio de su llanto.

Hans pronunció su nombre y Skygge, que lo acompañaba, maulló. Él cerró la puerta y fue hacia ella, pero el gato se adelantó subiéndose al regazo de su ama.

—Preciosa, ¿qué ocurre?

Había estado emocional esos días, pero esa vez lucía muy afligida.

—Es por… Sven. Y Skygge. Algún día se irá. —Elsa abrazó al minino acariciándolo. —¿Por qué no pueden estar con nosotros toda nuestra vida? Sitron se te fue. Tapp lo hará.

Él espiró, no encontrando una réplica digna.

—¿Quieres ir a la lápida? Anteayer no fuiste al entierro…

—No, dejé de ser cercana a él, solo me entristecí… pobre Kristoff, Anna y Olaf. Gracias por aceptar tomar el mando para que pudieran llorar su pérdida.

Lo había hecho porque entendía lo que era perder a su compañero animal. Aunque él no se había ofrecido y estaba satisfecho con que Elsa lo hubiese dicho. Así pues, él estaba realizando las actividades de ella con Kai, quien no tenía sucesor aún y estaba sobrecargado por revisar el hospital, cuya construcción había iniciado.

Esto hacía que Elsa se mantuviera con los bebés. Su ausencia la ponía a la par con él en el tiempo que pasaba con ellos. Lo que era esperable, máxime siendo común que las madres se ocuparan de los hijos —o eso tenía entendido, en su caso su convivencia había sido con sirvientes.

Ahora bien, Hans no estaba seguro si ella decía toda la verdad; antes del fallecimiento del reno le había parecido retraída y sospechaba que ocultaba algo. Suponía que sus planes la habían cogido de sorpresa, y lidiar con la maternidad debía ser distinto con él, porque ella había pasado por ese proceso corporalmente, y además ella había dormido los primeros días y podía estar apesadumbrada por todo eso… pero conocía sus ademanes y era inevitable asumir cosas.

—Usaré el baño, quédate con ellos.

Elsa le dio una palmada a Skygge y lo puso en la cama, haciéndolo maullar, para después besar las frentes de los bebés. Al pararse, ella unió los labios a los suyos fugazmente.

Él rió entre dientes porque de repente parecía más animada.

Un estornudo de un bebé le hizo mirarlos. Vio que Hamish requería una limpieza de nariz y cogió el pañuelo para dársela.

Acababa de hacerlo cuando escuchó un golpe seco.

Frunció el ceño y se paró presuroso.

—Elsa —soltó alarmado al hallarla en el suelo.

Sus hijos lloraron al mismo tiempo que se arrodillaba y la descubría inconsciente.


NA: Todo iba perfecto, ¿no?

Por lo que leí, en Inglaterra se necesitó por mucho tiempo que un hombre del gobierno y un sacerdote estuvieran presentes para garantizar que el bebé nacía de la reina, y supongo que es entendible, pero decidí relajar las cosas porque Arendelle es chico y el doctor, como la matrona, pueden dar fe de que había latidos en su vientre. La otra ventaja es que Elsa es de temer con sus poderes.

El francés, durante los siglos XVII al XIX, fue el idioma comúnmente usado para la ciencia, literatura y diplomacia. Creo que nunca aclaré por qué lo conocían los dos.

Leí que a partir de mediados del siglo XIX se empezó a diferenciar de gemelos y mellizos, por lo que entendí, más que nada por el ámbito medio. Antes de eso, se usaban como sinónimos para el par de bebés que nacían del parto múltiple. Preferí que usen el término gemelos, puesto que dudo que los cambios en léxico se dieran tan rápido como en nuestro tiempo globalizado. Y es en español que tenemos palabras diferentes.

Si quieren hacerse a la idea de la cuna, algo más o menos similar a lo que sale al googlear "Queen Elizabeth's craddle" (lo hice en incógnito, así que entre los resultados de ustedes debería salirle).

Ja,ja,ja, los bebés recién nacidos no ven bien, y pueden captar lo que está a unos veinte centímetros de sus rostros, sobre todo colores brillantes o que destaquen, por eso los dos chiquitos ven el cabello de Anna. Lo bonito es que si empiezan a distinguir primero blanco, negro y rojo, notarán el cabello de Elsa y Hans.

Primero que nada, ya superé mi monto de rw. ¡Qué felicidad! Les invito a festejar a mi cas... no, hay que cuidarse. Nos citamos en videollamada y ahí cada quien con sus botanas, ¿va? XD

La gran pregunta. ¿Por qué mellizos? Es una experiencia mucho más impactante que tener un par del mismo sexo y quería darle en la madre al Parlamento con tener uno de cada sin saber cuál es mayor; también, lo quiera yo o no, Hans va a tener una relación más "hombre-hombre" con Hamish, en relación a su experiencia como uno, cosa distinta a lo que pasaría con su hija, porque tampoco me olvido de la época (eso no quiere decir que no le enseñaría a hacer negocios, pero con su hijo tocaría el tema de sus penes o cosas así). Hay otra razón que podría dar spoiler y algunas que ya olvidé hoy día. Piensen que necesitaba cómo ocupar los dos nombres importantes.

En fin, ¿no son hermosos con bebés? Me encanta crear una familia Helsa :3 , bebitos en sus brazos es lo que alegra mi día. Ahí sí me dan ganas de robar el gesto de Iduna al dormir a Anna en Frozen 2. A mi sobrino le encanta que le acaricien de la frente a la nariz, hace caras tan bonitas que me inspiran a los de los mellizos.

Por otro lado, pasó lo triste con Sven, si querían la escena tendrán que buscarse otro fic, porque la historia no se enfoca en el Kristanna je,je, ni siquiera lo extrañaron en toda la historia. Pero en el futuro se mencionará de nuevo por algo.

Y el final. No me he olvidado de Elsa y su problema, no se resolvía con dar a luz, qué sencillo iba a ser. Esto amerita ciertos conocidos en el próximo capítulo, ¿ayudarán?

Besos y abrazos, Karo

PD: El spoiler del capítulo pasado era real ¿?


Yuecita: Esta semana fue mejor, gracias, cruzaré los dedos para que todo siga yendo mejor. Espero que tú te encuentres bien. / El pensamiento de Hansy fue triste, nadie quiere pensar en cómo es perder al ser amado y él sabe que su existencia perdería color sin Elsa, algo me inspiró en Severus Snape con su amor por Lily Evans (referencia a Harry Potter). / Gracias por tus palabras, ojalá disfrutaras este capítulo.

Lucia: Gracias Lucia. ¿Cómo te va? / Sí hubieron muchas emociones en estos capítulos, las cosas se pusieron fuertes, y ya me hago a la idea de la influencia de la lluvia de tu país. / Las cosas les van dos tres a la pareja, ya no falta mucho para que sepan lo que pasará je,je. / Gracias por tu lindo comentario.

Guest1: Hans es un sueño, lamentablemente solo eso, pura ficción, aunque quizá por allí escondido halla un hombre así ja,ja,ja,ja. Se nota que el Hansy está loco por ella y sus hijos, sería una lástima que se me ocurriera separarlos (¿quién dice que no lo haré? Pregunta seria). Sí hubo drama en el capítulo anterior, se compensó un poquito aquí, pero ya viste cómo terminó, al menos les dio tiempo después del parto, pero no se ha resuelto la cosa. Tendrás que esperar aún para ver si hay solución. / Gracias por el review.

Guest2: He,he, I was supposed to update around 10 o'clock. Thanks for your words, I hope you enjoyed this chapter :D