Capítulo 11
Aquellos que leen las estrellas
-¡Cambio de planes!-anunció Athena entrando al comedor donde se encontraban reunidos los santos dorados-La siguiente misión será el jabalí de Erimanto.
-Señora, ¿y qué sucede con el ciervo de Cerinia?-preguntó intrigado Mu-Se supone esa sería nuestra siguiente misión.
Athena se sentó en la mesa, apoyó los codos sobre la misma y entrelazó sus dedos. Permaneció callada por algunos segundos, en su mente sopesaba los pros y contras de informarles a sus guerreros acerca de la reunión con los dioses, aunque muy seguramente ellos ya sabían de la situación debido a su capacidad para leer cosmos.
-Les contaré la versión corta de la historia…-comenzó-Como deben de saber anoche hubo un enfrentamiento de dioses en este lugar, al grado de que mi padre, Zeus, tuvo que intervenir. Tras reunirnos en consejo, el rey del Olimpo ha sacado las manos del asunto para dedicarse única y exclusivamente a cabildear las doce tareas que les han sido asignadas.
-Eso quiere decir que…-Shaka fijó sus pupilas turquesas en su diosa.
-Les dio libertad a los demás dioses para hacer como les parezca-terminó la frase Saga sin inmutarse.
Los santos miraron incrédulos a Athena. Si aún bajo la protección de Zeus sus vidas habían estado en peligro, ¿qué sería de ellos ahora que los dioses tenían completa autonomía para actuar como deseasen? La diosa asintió con pesar.
-Me temo que así es-la diosa no pudo evitar bajar la mirada. Resultaba frustrante no poder hacer cambiar de opinión al dios del trueno, pero era aún mayor la vergüenza de que las grandes deidades del Olimpo se comportaran ruinmente con esos hombres que nada habían hecho en su contra.
-Señora…-la diosa alzó los ojos para encontrarse con la tranquila sonrisa del santo de Piscis, y él no era el único que le sonreía-Princesa, creo Shaka ya se lo dijo antes, pero me voy a permitir repetírselo. Mientras usted permanezca con nosotros, nada ni nadie va a detenernos, eso téngalo por seguro; en usted descansa nuestra fe y nuestra fuerza.
Athena sintió un nudo en la garganta, ciertamente aquellos hombres eran especiales. Sin importar cuantos obstáculos la vida les pusiera por delante, de alguna forma, encontraban como seguir con la cabeza en alto; y, sin importar el precio haría todo lo que estuviera en sus manos para sacarlos vivos de esa travesía, no iba a fallarles.
-Como les decía antes será mejor enfocarnos por el momento en el jabalí de Erimanto, deben de saber el ciervo de Cerinia está consagrado a mi hermana Artemisa y hasta el momento no he tenido la oportunidad de hablar con ella para aclarar su posición en cuanto a nosotros-explicó Athena reponiéndose del momento.
-Me parece prudente-confirmó Dohko apoyando la decisión de la diosa de la sabiduría.
-Una cosa más mis santos, Afrodita…-una pausa de la diosa marcaba la pauta, quizá esa diosa coqueta era su mayor dolor de cabeza-Les suplico que la ignoren, estoy segura que ella no se cederá en su plan de seguirles por lo que estén atentos y manténgase unidos para evitar caer en sus trampas de seducción.
Los santos asintieron. El momento de iniciar una nueva aventura había llegado.
El dios de la guerra se dejó caer en el trono. El enorme salón se encontraba completamente vacío, solamente los rayos del sol que se filtraban a través de los hermosos vitrales del techo le hacían compañía. Perdió la mirada en la elaborada puerta frente a él, era cuestión de tiempo antes de que ella notara su presencia y acudiera a su encuentro, nada más tenía que esperar. Un bostezo de aburrimiento se le escapó mientras esperaba, eso de la paciencia nunca se le había dado y aquella mañana no era la excepción.
Con la bendición de Zeus de hacer lo que les diera la gana, había pasado un buen tiempo planeando sus acciones al respecto. Molestar a esos hombres sería un doble gusto; por un lado podía fastidiar bastante a Afrodita y por el otro, mortificar a Athena con la vida de sus guerreros sonaba con uno de esos placeres que solo se presentan una vez cada mil años. Sonrió con malicia, definitivamente era un situación ganar-ganar para él.
Al fin la puerta se abrió dando paso a la silueta de una mujer. Vestía una túnica blanca ceñida a sus caderas con un ornamentado cinturón repleto de piedras preciosas y sobre su frente una tiara de oro con una esmeralda que dejaba entre ver que no era una mujer común y corriente.
-El que un hombre se siente en el trono del reino de las amazonas constituye una gravísima ofensa para nosotros-le dijo ella caminando hacia Ares con los brazos cruzados.
-Hipólita… ¿Así saludas a tu padre?-el dios sonrió con ironía al reproche de la mujer.
Los ojos aguamarina de la joven miraron con picardía al dios mientras que con su mano retiró los flequillos de cabello color chocolate que le cubrían el rostro. Hipólita, reina de las amazonas e hija de Ares, era una de las mujeres más poderosas y temidas de la Edad del Mito; a pesar de su corta edad había comandado a sus guerreras en batallas épicas saliendo vencedora y expandiendo su fama más allá de las fronteras de su propio imperio.
-¿A qué debo tu visita, padre?-la chica recalcó en especial la última palabra, si bien era su hija la relación jamás fue lo que se esperaba de dicha relación.
-De tal palo tal astilla-Ares se puso de pie para cederle el trono a Hipólita-Debí imaginarme que siendo un engendro mío heredarías el mal carácter que tanto escándalo ha causado en el Olimpo.
-Repito, ¿a qué has venido?-la amazona tomó asiento, a pesar de ser un dios no tenía una gota de miedo hacia la violenta deidad de la guerra.
-¿Acaso no puedo visitar a mi hija favorita?
-No-contestó a secas-En toda mi vida solo recuerdo haberte visto en dos ocasiones. Una de ellas fue la muerte de mi madre y la otra durante mi coronación cuando me regalaste el cinturón que visto desde entonces; en ambas ocasiones tu única intención era asegurarte de que mi pueblo se mantuviera fiel a ti.
La sonrisa en los labios del dios se esfumó. Hipólita hablaba con la verdad, jamás había sido de su interés lo que sucediera con su hija, solamente le preocupaba el servicio del pueblo de las amazonas.
-Deberías agradecer que no tengo el hábito de matar a mis hijos, de lo contrario tu boca ya te hubiera llevado a la tumba-replicó el dios disgustado-No desperdiciaré más mi tiempo contigo, he venido a avisarte que la desgracia se aproxima a ti, Hipólita. Trece hombres de Athena han sido enviados por Hera a obtener el cinturón que tan presuntuosamente vistes cada día, y he escuchado que lo obtendrán a cualquier precio.
-¿Trece hombres dices?-como digna hija de Ares, la amazona sonrió maquiavélicamente pasando uno de sus dedos por el borde de su preciada posesión-¿Qué pueden hacer trece hombres contra cientos de amazonas?
-No son hombres comunes, esos son los guerreros más fuertes de las huestes de Athena, se dice que inclusive han asesinado dioses.
-Y, ¿cuál es tu interés en ellos?-preguntó la amazona fingiendo hacer de menos la declaración del dios.
-Eso, mi querida hija, no es tu asunto. Habiéndote advertido al respecto me despido, ojalá pueda volverte a ver…con vida-al darle la espalda a la reina Ares sonrió victorioso, esperaba que con esa frese hubiera sembrado la semilla de la duda en ella.
La joven permaneció estoica mientras el dios desaparecía, sin embargo el anuncio de Ares le había sacudido de gran manera. Una parte de ella temía las consecuencias de un poder semejante al de los dioses, pero algo en toda la situación le incitaba a conocer a esos hombres que parecían merecedores de la atención prestada por su padre. Pensó un momento sus opciones. Quizá podría llegar a un arreglo con la diosa de la sabiduría, un pequeño favor de su parte para evitar el derramamiento innecesario de sangre; después de todo ¿Cuántas veces tendría la oportunidad de encontrar hombres que valieran la pena?
Afortunadamente para los santos dorados la madre naturaleza había sido benévola con ellos durante su estancia en la Edad del Mito. Esa mañana el sol brillaba hermoso sobre el cielo griego, sin que una sola nube apareciera en el manto azul sobre sus cabezas. Iniciar el largo viaje hasta las fronteras de Grecia resultaba especialmente cansado gracias a la intervención de las arpías durante la noche anterior, eso sin mencionar que sabían que les esperaban varias noches durmiendo al aire libre y sin nada decente que comer. En los dioses ni querían pensar, por el momento las principales amenazas eran Afrodita y Ares, puesto que Hera estaba bajo la vigilancia del rey del Olimpo así que al menos ella no podría hacer gran cosa contra ellos.
Habiendo terminado dos misiones estaban más que conscientes que el camino hacia los escenarios de batalla era todo un reto. Por esa razón esta vez llevaban consigo algunas provisiones para el camino, así como unas cuantas monedas de oro para solventar algún gasto que pudiera surgir durante su travesía. Cada uno de ellos llevaba cruzado sobre el pecho una especie de morral de tela con alimentos, agua y dinero; suficiente para permitirles sobrevivir sin problemas por un tiempo o hasta que encontraran alguna aldea aliada.
-Se puede saber que llevas en esa bolsita-preguntó un intrigado Kanon a su gemelo que cargaba un pequeño saquito extra con desconocido contenido.
-Ah...nada-Saga trato de esconder el saquillo a como diera lugar, era obvio que no quería mostrar lo que fuera que cargara dentro de la bolsa.
-¿Saga?-insistió el ex marina viendo por el rabillo del ojo a su hermano.
-¿Kanon?-indiferente respondió el de Géminis imitando a su igual.
-¡Déjame ver que hay adentro!-gritó Kanon antes de abalanzarse sobre Saga en un intento de quitarle la bolsa celosamente guardada.
Saga apenas tuvo tiempo para esquivar a Kanon aprovechando al máximo sus instintos y haciendo caer al piso al gemelo menor.
-¡Tramposo!-reprochó molesto Saga.
-¡Egoísta!-se defendió el otro hermano poniéndose de pie y apuntándolo con el dedo índice-¡No quieres compartir conmigo lo que llevas ahí!
-¡Y a ti que te importa lo que tengo aquí!-Saga alzó el saquito sacudiéndolo para que lo viera Kanon.
-¡Entonces admites que llevas algo ahí dentro!-exclamó exasperado el menor.
Saga se golpeó la frente con la mano-Por supuesto que tengo algo aquí adentro ¿qué caso tendría cargar una bolsa vacía?-sentenció fastidiado.
-¿Y no vas a mostrarme qué es?-preguntó Kanon avergonzado ante su estúpida observación al mismo tiempo que se cruzaba de brazos.
-No.
-Pero Saga…
-Es una sorpresa y ya déjate de preguntas o nunca te mostraré su contenido-terminó la discusión Saga.
Sintiéndose observados voltearon para darse cuenta que todos sus demás compañeros parecían divertidos por el pleito entre hermanos, sin importar cuantas veces vieran el mismo espectáculo ver discutir a esos dos siempre resultaba de lo más entretenido. Sin embargo dos de los jóvenes parecían más que interesados en averiguar el secreto de la bolsita de Saga; Milo y Aioria veían intrigados las manos del geminiano, cosa que no pasó desapercibida para el que fuese Patriarca del Santuario.
-¡Mira lo que has hecho Kanon! Ahora por tu culpa Milo y Aioria no me dejarán en paz con tal de averiguar lo que a ustedes no les interesa-se quejó Saga adivinando las nada inocentes intenciones de sus compañeros de Escorpión y Leo.
-Saga, nos ofendes-Milo parecía indignado por el comentario del de la segunda casa.
-Cierto, Saga, esas acusaciones están totalmente fuera de lugar-el león dorado tampoco podía desperdiciar la oportunidad de hacerse al ofendido aunque en realidad daría lo que fuera por clavar sus garras en la misteriosa bolsa.
-Sí como no, ¿con quién creen que están hablando? No en vano les conozco desde que eran pequeños, por eso sé que la curiosidad les come por dentro pero no les dejaré ver lo que guardo aquí; y si se atreven a intentar algo les mando a otra dimensión-les sentenció.
Los dos más jóvenes lo miraron con los ojos entrecerrados, sabían que no tenían más remedio que aguantarse porque eso de conocer otra dimensión no sonaba en lo más mínimo atractivo. Dándose la media vuelta se alejaron no sin antes echarle una última mirada de reproche a su mayor.
-¡Vámonos gato!-llamó Milo al rubio mientras se alejaba.
-Total, ni queríamos saber lo que tienes ahí adentro-refutó cual chiquito el santo de Leo para luego seguirle los pasos al escorpión.
Saga los vio alejarse sin poder evitar que una sonrisa se le escapara, los años habían pasado pero esos dos siempre serían los mismos niños traviesos que alguna vez ayudó a cuidar en su adolescencia y por los cuales había sufrido tanto durante la posesión de Ares. Una palmadita en la espalda lo hizo voltear para encontrarse con los cómplices ojos azules de Aioros, en el fondo ambos compartían el mismo sentimientos hacia esos dos y también por sus otros compañeros.
-¿A mí tampoco me vas a decir?-preguntó juguetón el de Sagitario.
-A ti menos que a nadie-fue la respuesta del de Géminis seguida de una sonora carcajada por parte de ambos.
Continuaron su camino apresurando el paso, el viaje recién empezaba y de nueva cuenta no tenían la menor idea de lo que el destino deparaba para ellos. Entre risas y conversaciones se les fue la mañana, el aire caliente de la tarde comenzaba a soplar mientras ellos avanzaban sin detenerse, aunque el hambre hacía acto de presencia en algunos de ellos.
-Mi estómago exige comida-se quejó el león agarrándose el abdomen.
-En serio Aioria, entre tú y Aldebarán bien podrían disputarse el título del santo dorado más tragón-le reprochó Milo.
-Cállate Milo, ¿crees que no vi que te comiste tus manzanas desde hace rato?-se defendió el rubio.
-Pues si tú no te comiste las tuyas fue porque no quisiste, gato tonto.
-¿A quién le dices gato tonto, insecto descerebrado?
-¡¿Insecto descerebrado?! ¡Soy un escorpión! Ignorante.
-Aquí vamos de nuevo-musitó Camus desaprobando con la cabeza al ver a los dos santos enfrascarse en una discusión muy al estilo Saga y Kanon.
-¡Ignorante tu abuela!
-¡No te metas con mi abuela! ¡Te lo advierto o…!
-¡¿O qué?!
-¡O su espíritu se te aparecerá todas las noches para asustarte!
-Ja, ja, ja-rió con sarcasmo Aioria-Me gustaría verlo.
-¡Ya verás gato! ¡Acuérdate de mis palabras!
Aioria respondió sacándole la lengua a Milo.
-¿Acaso no les da vergüenza pelear de esa manera? ¡Ya están grandecitos para eso!-se metió Kanon en donde no lo llamaban.
-¡No!-le gritaron Aioria y Milo al santo de Géminis.
-El burro hablando de orejas-comentó como al aire Afrodita aunque con toda la intención de que el gemelo le escuchara.
-Nadie pidió tu opinión, niño bonito-ahora era Kanon quien respondía a las palabras del de Piscis.
-¿Qué quieres que te diga? Hablas con la verdad-alcanzó a responder Afro con una sonrisa, sabía que le había callado la boca al geminiano.
-¡Argh! ¡No me refería a eso! ¡Ya estás igual que este par de mensos!-reclamó apuntando al león y al escorpión.
-¡Oye!-los aludidos, que seguían peleando por su lado, se fijaron en el gemelo.
-¡¿Con quienes crees que estás hablando?!-le encaró un disgustado Milo.
-Pues con el gato tonto y el bicho descerebrado-y vaya que la ironía de Kanon era de las mejores.
-¿Recuerdas la aguja escarlata?-le amenazó entre dientes Milo a tiempo que le mostraba la uña-Pues si quieres te presento también a Antares.
-Hazte un lado bicho-Aioria empujó al escorpión para quedar frente a frente con Kanon-De este metiche me encargo yo.
-¡Suficiente!-se metió Máscara de Muerte a dividir a los santos que estaban a punto de liarse a golpes-¡Déjense de tonterías!
Dohko, Mu, Shaka, Aioros y Saga parecían impresionados de la intervención del santo de Cáncer, ¿desde cuándo el santo de Cáncer le deba por ser el mediador en discusiones? Por lo general tomaba partido para agrandar el pleito pero, ¿intermediario? Jamás. Los santos pleitistas quedaron mudos de ver a Máscara metido entre ellos intentando calmar los ánimos, definitivamente algo no estaba nada bien en la cabeza del cangrejo dorado o, estaba planeado algo. Como fuera, ambas opciones eran para preocuparse.
-Mascarita, ¿te sientes bien?-preguntó irónico Kanon tocándole la frente al de la tercera casa como para medirle la fiebre.
-Seguro que en lugar de agua trajo vino y ya lo bebió todo-susurró "discretamente" Milo a sus los demás santos que a pesar de hacer su mejor esfuerzo no pudieron ocultar las sonrisitas traicioneras que les ocasionó el comentario del escorpión.
-Idiotas-les dijo Máscara mirándoles de reojo a tiempo que se alejaba del grupo.
La conducta del santo de Cáncer les sorprendía aún más al verlo alejarse tan indignado; porqué ese era el sentimiento de Máscara de Muerte, no era fastidio ni ira, era indignación. Mu iba a encaminarse detrás de él para hablar, pero Afrodita lo detuvo del brazo para negar con la cabeza.
-Permíteme-le dijo el peliazul al lemuriano antes de ir en busca del guardián de la cuarta casa.
Caminó hasta quedar hombro a hombro con Máscara de Muerte, permaneció a su lado sin decir nada con la esperanza que su amigo fuera el primero en dar el primer paso. Sin embargo sus ilusiones pronto se esfumaron gracias al silencio del cangrejo que le ignoraba como diera lugar. Suspiró resignado, como siempre sería él quien tomaría la iniciativa.
-¿Qué fue eso?-dijo Afrodita refiriéndose a la escena anterior con los santos.
Máscara de Muerte no reaccionó, siguió caminando con la vista fija en el frente.
-Si no quieres hablar, olvídalo. Eso me pasa por preocuparme, la próxima vez simplemente dejaré que hagas tu berrinche-el santo de las rosas disminuyó el ritmo de sus pasos con el fin de dejar al cangrejo solo adelante del grupo.
-¡Es el colmo!-vociferó Máscara sorprendiendo a Afrodita-¡¿Acaso no puedo hacer algo bueno sin que piensen que estoy enfermo o borracho?!
-¿Eso fue todo?-le preguntó el de Piscis con una sonrisa-Piénsalo Máscara, ¿Te sorprende que tu comportamiento les preocupe?, ¿cuándo hemos hecho algo bueno por ellos?
Máscara lo miró de reojo haciendo una mueca en los labios-Morimos con ellos en el Muro de los Lamentos ¿no es suficiente?
-Si no me equivoco ese acto no fue por ellos, lo hicimos por Athena.
El cambio en el rostro del cangrejo dorado fue evidente, se quedó pensativo. En su cabeza la daba vueltas a sus recuerdos buscando alguna acción realizada en bien de sus otros compañeros, pero le fue imposible encontrar alguna.
-¿Y bien? ¿Te acordaste de algo?-le confrontó Afrodita.
El santo de Cáncer bajó apenado la cabeza, su amigo del último templo estaba en lo cierto. ¿Cómo podía esperar que confiaran en él si nunca les dio razones para hacerlo?
-Escúchame amigo-Afrodita pasó el brazo sobre los hombros del cangrejo quien le dirigió una mirada de extrañeza-Dales tiempo, ya han hecho bastante al aceptarnos en su mundo; no puedes obligarlos a vernos de manera diferente solo porque nos hemos comportado bien unos meses.
Vaya que Afrodita tenía razón, se necesitaría de tiempo para que aceptaran por completo el cambio de actitud del cangrejo. Máscara se sopló el flequillo, practicaría el arte de la paciencia.
-Por cierto-terminó el pez dorado-Veo que empiezas a madurar. Felicidades, Máscara; ya era hora.
Sin poder evitarlo, el de la cuarta casa no evitar reír ligeramente del comentario. Sí, estaba empezando a crecer.
Dos días de camino hacían evidente el cambio del tiempo, conforme avanzaban hacia el norte la temperatura del ambiente comenzaba a descender lentamente. El cielo perdía su color azul adquiriendo un matiz grisáceo propio de un clima más frío que el que, por lo general, predominaba en Grecia; los árboles también cambiaban, sus hojas verdes parecían palidecer alcanzando un triste color amarillento como el de la naturaleza seca de otoño. Los santos caminaban por un sendero rodeado de altos árboles y espesa maleza que impedía ver más allá, aunque era bastante evidente que el camino se hacía cada vez más angosto. La llegada de la noche les sorprendió atrapados en el oscuro bosque; en ese cielo negro no había luna, por lo que las tinieblas se apoderaron del entorno obligándolos a reducir la velocidad, así como extremar precauciones para evitar inconvenientes en aquel desconocido lugar.
-Manténgase cerca-ordenó Dohko al grupo.
Caminar en esas condiciones elevaba considerablemente la ansiedad de los jóvenes guerreros, en semejante ambiente eran presas fáciles de algún poderoso enemigo. El silencio casi absoluto permitía escuchar con claridad la respiración de cada uno de ellos y, ocasionalmente, el crujido de alguna hoja o rama que pisaban en su avanzar. Era como si el bosque completo estuviera dormido, como si ningún ser con vida habitara en el lúgubre lugar, tanta tranquilidad erizaba la piel de hasta el más valiente.
-¿No creen que es mejor detenernos?-la voz de Máscara de Muerte retumbó en el silencio.
-No lo sé-respondió en un murmullo Shaka-Tanta paz no puede ser normal en un lugar como este.
De repente, Aioros tomó del brazo a su hermano y a Camus que caminaban junto a él obligándolos a detenerse, detrás de ellos el grupo también se detuvo.
Ni uno de ellos se movió, más el ruido de pisadas a sus espaldas se escuchó claramente, alguien los estaba siguiendo, y a juzgar por el golpeteo en el piso había más de una persona hostigándoles. La tensión en sus cuerpos aumentaba al punto que retuvieron la respiración para oír con mayor claridad los movimientos de su perseguidor. ¡Oh, sorpresa! Estaban rodeados.
"¡Diablos!" pensó apretando los dientes Dohko mientras intentaba distinguir a sus enemigos en plena oscuridad. Sus ojos turquesa iban de un lado a otro esforzándose por ver la más mínima señal de sus oponentes, pero le resultaba imposible.
-¿Qué significa todo esto? ¿Alguien puede sentir algo?-preguntó con cierta desesperación el santo de Virgo, a pesar de estar acostumbrado a no depender de sus ojos, en esa ocasión ni siquiera su cosmos podía sentir la presencia de alguien, más su sentido de oído le decía lo contrario.
-No, ni siquiera puedo usar mi cosmos-la respuesta de Saga disparó la angustia dentro de ellos. De hecho ninguno de los jóvenes era capaz de hacer arder sus cosmos, algo bloqueaba su energía; en otras palabras, estaban indefensos.
-¡Identifíquense extranjeros!-una voz masculina se dejo oír al mismo tiempo que un brillo de plata resplandeció levemente en la dirección de la voz.
-Somos los santos de Athena, guerreros protegidos por la señora de la sapiencia-respondió con solemnidad Mu sin perder el temple de su voz e intentando localizar a quien les hablaba.
-Ningún guerrero es bienvenido en nuestras tierras, aún si fuere hijo de la diosa Athena-el desconocido contestó con desdén a los santos-Regresen sobre sus pasos o prepárense a afrontar la muerte.
-Lo sentimos, pero no podemos aceptar ninguna de las opciones, necesitamos pasar por este bosque y así lo haremos-habló con severidad Aioros, no iban a dar un paso atrás.
El sonido de decenas de espadas desenvainándose puso en alerta a los santos, sin pensarlo tomaron posiciones de batalla. Fuesen quienes fuesen, estaban hablando en serio y no dudarían en atacarles; tendrían que pelear.
-¡Damen, detente ahora!-una segunda voz entró en escena. El tono era profundo pero más apacible y tranquilo que el de la primera, sin embargo resultaba imposible adivinar la dirección de donde provenía, parecía venir de todos lados.
Durante unos segundos no se escuchó nada, solo el ruido del aire escabulléndose entre los árboles, parecía que todos se habían desvanecido. Que confuso resultaba todo para los jóvenes, ¿qué estaría pasando?, ¿estaban a salvo?, ¿Acaso su enemigo se preparaba a atacar? En respuesta una leve flama resplandeció en la oscuridad. La luz se aproximaba a ellos permitiéndoles distinguir el rostro y torso del hombre que sostenía la antorcha que daba vida a la llama. Por inercia los santos prepararon su defensa, ignoraban las intenciones del individuo que venía a su encuentro.
-Disculpen la rudeza de Damen, santos de Athena-les dijo con un gentil gesto de cabeza.
Delante de ellos, el rostro de un hombre de ojos verdes y cabellos negros que descansaban sobre sus hombros les sonreía con sinceridad. Superaba por mucho la altura de Aldebarán, sus brazos y pechos desnudos dejaban apreciar la fuerza de sus músculos, cruzado sobre sus torso mostraba la correa de piel que sostenía un carcaj colgado en su espalda; aunque lo más impresionante de él eran sus extremidades de caballo. Era un centauro.
-Saludos, señor-alcanzó a decir Dohko sin salir de su asombro.
-U-un centauro-comentó con un susurró Máscara de Muerte, a pesar de haber visto cosas increíbles en la Edad del Mito, todavía les causaba extrañeza encontrarse con esos mágicos seres.
El centauro sonrió al ver los rostros de los santos, y es que el de Cáncer no era el único, Aioros parecía especialmente impresionado de la maravillosa criatura frente a él.
-Agradezco sus saludos caballeros, mi nombre es Quirón. Las estrellas me han informado de su presencia, lamento no haber podido evitarles tan terrible bienvenida. Mi pueblo es especialmente receloso de su territorio, sin embargo les aseguró que sus intenciones son buenas.
De entre las profundidades del bosque varias flamas fueron prendiéndose revelando la presencia de más de una decena de centauros y centáurides. Siendo una raza de guerreros, todos ellos estaban armados con espadas y flechas, listos para cualquier batalla que se les presentara; el pelaje de sus lomos brillaba reluciente bajo la débil luz de las entorchas, una impresionante visión para cualquier ser humano.
-¿Quién de ustedes es Aioros de Sagitario?-interrumpió Quirón a los santos que observaban maravillados a los centauros.
-Yo, señor-respondió con rapidez el aludido ofreciendo un saludo al centauro.
-Un placer conocerle en persona, Aioros, las mismas estrellas hablan de vuestras hazañas de lealtad y valentía-Quirón estaba realmente emocionado de conocer al santo de Sagitario. Tras saludarle se viró hacia los demás centauros para hablarles a ellos-A partir de ahora este hombre es mi protegido; él y sus acompañantes están bajo mi cuidado.
La afirmación de Quirón tomó desprevenidos a los jóvenes que no esperaban semejante apoyo del mayor de los centauros. El centauro de lomo café ciertamente era muy respetado en su sociedad, puesto que las espadas desaparecieron de vista anunciando que los demás aceptaban sin problemas la orden, más la mirada de uno en particular se turbó al escuchar las palabras de Quirón. Damen, un joven centauro de cabellos castaños y lomo blanco, endureció el rostro; sus ojos amarillos se clavaron en el arquero de una forma que haría retroceder a quien fuera, en especial por el siniestro aspecto que le daba la cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo.
Sin dudarlo dio la vuelta para internarse en el bosque abandonando al grupo, como si adivinara que el siguiente paso sería llevar a los santos a la aldea que habían creado escondida entre los frondosos árboles.
-Usted ha sido elegido por la constelación del Centauro, y por lo tanto es nuestro invitado de honor, mi señor-se dirigió Quirón al santo de la novena casa-Por favor, permítannos proveerles de refugio por esta noche.
Los santos intercambiaron miradas para afirmar con la cabeza-Agradecemos su invitación, Quirón-agregó el arquero antes de iniciar el camino hacia la aldea.
La imponente figura de Quirón les abría el paso en lo tupido de las ramas, ayudándoles a caminar sin rasguños innecesarios. Caminaron por el bosque unos cuantos minutos hasta que por fin llegaron a un sección en la que había menos árboles, más las copas protegían lo suficiente a enorme grupo de centauros reunidos bajo ellos. Se podían ver varias cabañas, aparentemente utilizadas para protegerse de las inclemencias del tiempo, en su interior algunos pequeños centauros descansaban vigilados por sus madres, mientras que otros adultos rondaban celosamente por el lugar fungiendo como guardias.
-Quirón, señor, ¿sabrá usted la razón por la cual nos es imposible hacer uso de nuestros poderes?-cuestionó Mu al centauro que fungía de guía.
-Este bosque, nuestro hogar, ha sido blindado para que los seres humanos solo puedan hacer uso de la fuerza física que posee, ninguna clase de magia o energía puede ser utilizada en nuestros dominios.
-¿Los seres humanos? ¿Eso significa que solo los seres humanos están limitados?-reflexivo, Shaka asimilaba la información provista por Quirón.
-Así es. Tal limitación es exclusiva para los humanos, por ello ustedes se encuentran bajo nuestro resguardo.
-Ya veo…-Shaka caminaba pensativo con la cabeza agachada.
-Siendo ese el caso, les agradecemos aún más su protección-aclaró el santo de Sagitario con una gran sonrisa. El centauro le sonrió en respuesta.
Quirón guió a los santos a través de la villa, despertando curiosidad entre aquellos que no habían estado presentes durante la declaración del centauro. Pero los centauros no eran los únicos sorprendidos, los mismos santos veían toda la escena tan surreal; ni en sus más locos sueños se hubiesen visto a sí mismos caminando pie a pie con las magníficas criaturas.
Cuando hubieron llegado a la puerta de una cabaña en particular, Quirón se detuvo. Pasaron unos segundo antes de que una centáuride de lomo y cabellos negros apareciera en el marco de la puerta. Era realmente hermosa, su blanca piel contrastaba con lo negro de sus cabellos y pelaje, sus ojos violetas brillaban llenos de vida y les sonreía cálidamente.
-¿Estos son los hombres que esperabas?-se dirigió a Quirón.
-Así es Thera. Santos de Athena, ella es Thera, una de las mejores guerreras de nuestra tribu y quien estará a cargo de vuestra seguridad en caso de que me encuentre ausente.
Ella les saludó con una graciosa reverencia aunque, al igual que sucedió con Quirón, de inmediato centró su atención en el santo de Sagitario.
-Es él, ¿cierto?-preguntó con emoción a su superior. El centauro asintió.
-¿Cómo has podido reconocerle? Ni yo mismo pude conseguirlo.
-Sus ojos resplandecen con la misma pasión que los tuyos, con seguridad te digo que este hombre está regido por el Centauro dorado. ¿Cuál es su nombre?
-Aioros-contestó algo apenado ante tanta atención el arquero.
-Seas bienvenido Aioros, tú y tus compañeros-la centáuride se dirigió a los otros santos que no acaban de digerir todo lo que sucedía alrededor del santo de Sagitario-Ustedes también se encuentran protegidos por las estrellas, mis señores. Las doce constelaciones han fungido de heraldos a su servicio, la voluntad de los dioses de traerles a este mundo fue escrita en el cielo.
Mientras hablaba Thera miraba insistentemente el cielo que se alcanzaba a ver entre los árboles, los ojos llenos de nostalgia y ternura delataban el enorme aprecio que esa mujer le tenía a las estrellas y sus mensajes hacia ellos. Al alzar la mirada los santos descubrieron lo diferentes que lucía el manto astral en ese momento. Lejos quedó el ambiente frío y lúgubre de unos cuantos minutos atrás, ahora las estrellas tintineaban en el mar negro en el que flotaban creando una luz similar a la de luna.
-¿Ustedes pueden leer las estrellas?-Shaka de Virgo encontraba fascinante la habilidad de los centauros, solamente el Patriarca poseía semejante habilidad en la edad moderna.
-No solo las leemos, nos regimos por el destino escrito en ellas-la pacífica voz de Quirón respondió la cuestión del rubio.
-Sin embargo ustedes poseen un don del que nosotros carecemos…-complementó con melancolía Thera-Ustedes pueden cambiar su destino, son libres de la caprichosa voluntad de los dioses.
-Ni siquiera las estrellas se atreven a predecir vuestro futuro, solamente hablan de su pasado y del presente-terminó el centauro.
Vaya que esa confesión los dejó fríos. Era la primera vez que alguien diferente a alguno de ellos mismos les decía que su destino les pertenecía; que aún si los dioses dispusieran, la última palabra era suya y de nadie más. Ser dueños de sus destinos era resultaba reconfortante en medio de la situación que estaban pasando.
Un cambio en el sonido del viento les sacó de sus pensamientos apenas y dándoles tiempo de esquivar unas pesadas ramas de árboles que caían sobre ellos. Miraron hacia arriba para encontrarse con dos figuras que aún recordaban bien.
-Arpías-susurró para sí mismo Afrodita.
Batiendo las alas en el cielo, las dos arpías que habían conseguido sobrevivir el enfrentamiento con la diosa de la belleza les miraban expectantes. Para ellas matar a los santos era su única esperanza si deseaban sobrevivir; para ellos, sobrevivir a sus horribles gritos era un imperativo. Los centauros corrían de un lado a otro preparándose para la batalla y resguardando a quienes no podían defenderse del imprevisto ataque de las arpías, pero siendo un pueblo de guerreros estuvieron listos para la batalla rápidamente.
-¡Disparen!-a la voz de Quirón decenas de flechas arrojadas por los centauros volaron en dirección a las arpías quienes hábilmente las esquivaron saliendo casi ilesas.
-¡Ustedes manténgase al margen!-chilló Ocípete a los centauros mientras volaba en picada hacia los santos. Abrió la boca para liberar aquel espantoso grito que tantos estragos causó en el anterior encuentro con los santos, y que tenía el mismo efecto esta vez a juzgar por los rostros de dolor de los centauros y los jóvenes.
En el silencio del bosque, el grito de la arpía retumbó con fuerza haciendo caer sobre sus rodillas a santos y centauros por igual. Sin dejar interrumpir el horrible aullido Ocípete tomó de los brazos a Aioria y alzó vuelo con él a pesar de la resistencia del león dorado quien se retorcía de dolor por el agudo sonido.
-Hermano…-murmulló Aioros apretando los dientes, no podía hacer nada para ayudar a su hermano, el dolor lo estaba matando.
Celeno tampoco esperó para atacar.
-¿Me recuerdas?-estaba frente a frente con Máscara retándole descaradamente.
Al igual que su hermana, Celeno sujetó a Máscara de Muerte para surcar los cielos siguiendo el camino de la primera arpía. Pronto ambos seres se habían perdido de vista y los gritos cesaron permitiendo a los jóvenes que aún permanecían con los centauros ponerse de pie. De un brinco Aioros se levantó para iniciar la persecución de las arpías que se llevaron su hermano menor, detrás de él los otros siete santos le siguieron corriendo lo más rápido que les deban sus piernas.
-¡No les permitiré llevarse a mi hermano!-gritaba desesperadamente el santo de Sagitario esforzándose en esquivar ramas y piedras del camino.
Estaba tan metido en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando Quirón le alcanzó corriendo a su lado.
-¡Aioros! ¡Sube!-le gritó el centauro tendiéndole la mano.
Volteó la vista para darse cuenta que Quirón le invitaba a subirse a su lomo, en ese momento del otro lado vio cruzar a sus demás compañeros montados en otros centauros.
-¡Aioros apresúrate!-le ordenó Saga dejándole atrás.
Sonrió tomando la mano de Quirón para treparse de un brinco en su lomo, de inmediato el centauro aumentó la velocidad pasando fácilmente a los que iban delante de ellos y situándose a la cabeza del grupo, así se internaron en el bosque rápidamente tratando de localizar en el aire a las arpías.
La puerta del gran salón de Athena se abrió lentamente para dar paso a una joven de largos cabellos negros que avanzó sin temor hasta los pies del trono de la diosa de la sabiduría. Ataviada con un corto vestido de piel con un solo tirante sobre su hombro derecho, mantenía ceñido a su cintura una cinta que dejaba ver una daga y en su espalda cargaba un carcaj con arco y flechas incluidos. Se detuvo frente a Athena e hincó la rodilla saludando a la diosa.
-Reciba usted saludos de mi pueblo y de mi señora, Hipólita, reina de las amazonas-habló con convencimiento. Athena alzó una ceja sorprendida ¿qué hacía una amazona en sus dominios?
-Tus saludos son bien recibidos, amazona. ¿A qué debo el honor de esta visita?-preguntó sin rodeos Athena.
-La señora Hipólita se ha enterado de la presencia de vuestros santos en esta época y está consciente de que ella forma parte de los doce retos asignados por la gran Hera, por ello me ha enviado a entregarle este mensaje-en eso momento la mujer extendió sus manos hacia la diosa para entregarle un pergamino.
Con algo de recelo Athena abrió el pergamino fijando sus grises ojos en él mientras leía incrédula el contenido del rollo. Al terminar de leerlo volvió a cerrarlo y lo entregó de regreso a la amazona.
-Por favor, comunícale a Hipólita que me es imposible aceptar el trato que plantea-la diosa rogaba que la decisión que estaba tomando fuera la más adecuada-Hazle saber que espero sinceramente que las cosas se solucionen para bien, y que puede contar con que haré todo lo que esté en mi poder para que así sea, sin embargo su solicitud me resulta inaceptable.
La amazona abrió los ojos sorprendida por la respuesta de Athena más ella no era nadie para cuestionar las decisiones de la diosa de la sabiduría, su papel era el de simple mensajera. Guardando las apariencias agachó la cabeza reverenciando por última vez a la deidad para posteriormente ponerse de pie y salir del templo de Atenas. En la entrada del recinto otras dos mujeres esperaban por ella mostrándose especialmente interesadas de verla salir tan pronto.
-¿Y bien?-preguntó ansiosa una de ellas.
-Se ha negado-contestó la morena montándose en un hermoso corcel blanco.
Ambas mujeres intercambiaron miradas, en sus ojos se leía una mezcla de preocupación pero al mismo tiempo de emoción.
-En tal caso…-murmuró la tercera de ellas con seriedad-… que los dioses se apiaden de ellos y de nosotras.
Continuará…
Aquí me tienen otra vez, trayendo el décimo primer capítulo de Las Doce Tareas Doradas. Afortunadamente el trabajo y las festividades me han dejado tiempo para dedicarme a escribir un poquito, y pues parece haber dado resultados. Dama de las Estrellas, Ale, Angel de Acuario, Asuka Masura, Sanae Koneko, Sol Angel y Anali Wakashimazu ¡mil gracias por sus comentarios! Espero ya les haya llegado el review reply .
Kilder, un gusto leerte de nuevo ^^. Dame un poquitín de tiempo prometo que pronto va a haber escenas de acción y por supuesto que no puedo me voy a olvidar de un enfrentamiento Athena-Ares, me emociona una escena de dios de la guerra contra diosa de la guerra jeje.
Tisbe, te prometo que no voy a dejar este fic abandonado, le tengo gran aprecio (es como mi bebé ^^) así que aunque me tarde en actualizar puedes contar con que lo haré. Cuando me decías de los infantiles dioses me acordé de un profesor que decía que uno siempre presume de lo que carece y por eso los Olímpicos se creen superiores, simplemente no los son, aunque hay que darles crédito por añadirle sabor a la era mitológica. Por cierto, la bolsita de Saga guarda un pequeño secretito que se revelará si los santitos salen vivitos de la siguiente misión. Muchas gracias por tus buenos deseos, espero que te la pases muy bien este fin de año.
Scorpius no Neko, me tomaste por sorpresa y agradezco la recomendación; estaré al pendientes. ¡Muchos saludos!
Me despido con una felicitación que leí y me encantó:
"Que nunca te falte un sueño por el que luchar, un proyecto que realizar, algo que aprender, un lugar donde ir y alguien a quien querer"
Feliz 2009
Sunrise Spirit
