Capítulo 49
—No me explico cómo, no perdió mucha sangre. Incluso puedo asegurar que fue un parto perfecto, para ser de gemelos.
—Y su corazón y pulmones se escuchan normales. Sus fluidos residuales del parto no presentan anomalías.
Hans le dio la espalda a la partera y al médico con los dientes apretados, molesto de que sus palabras no ofrecieran ninguna solución al estado de su esposa, quien a un mes de dar a luz, dos semanas de su primer desmayo, mostraba una palidez y debilidad alarmantes, similares a los días que precedieran a su alumbramiento.
El miedo comenzaba a comerlo vivo; cuando creía haber superado esos preocupantes días del embarazo, se había presentado ese padecimiento sin explicación, abriendo la posibilidad de…
Con una mano se cubrió su boca temblorosa y se obligó a inspirar hondo, negado a rendirse a la desesperación mientras era necesario guardar la calma.
—Doctor, ¿recuerda el nombre de algún colega con buenos conocimientos en la materia? Puedo contactar a las Oficinas de Asuntos Exteriores en otros países por medio de un cable —dijo girándose hacia el galeno. Este se rascó su barba salpicada de líneas grises y Hans trató de no demandarle prontitud.
—Revisaré artículos y cartas, Majestad.
—Hágalo.
—Yo iré con las parteras de las tribus del norte para investigar si son de ayuda —ofreció la señora Hall.
—Instruiré que un transporte del castillo le lleve —replicó Hans, esperando que un medio más rápido estuviera a su favor. Sin dilatarse, fue a la puerta del despacho y dio la orden al guardia apostado en el pasillo.
Al volver la vista a ellos, los dos visitantes se pusieron en pie. Con una venia a él y a la mujer silenciosa en la esquina de la habitación, ambos partieron a sus propósitos.
Escuchó un sollozo quedo.
—Cállate, Anna.
—¿Crees que puedo! —Su cuñada se paró con ojos llameantes. —Elsa asegura, que está bien, pero…
—Cierra la boca si no vas a decir lo obvio. No estoy ciego. ¿O por qué piensas que ellos estaban aquí? —repuso colérico.
—No actúes como si fueras el único que la ama.
Él no le había dicho que lo hacía, ni creía que su mujer lo hubiese hecho, pero suponía que las acciones hablaban más que las palabras. No respondió del tema, entrecerrando los ojos al recordar un comentario de Olaf.
—¿Qué hicieron con el reno?
Anna se cruzó de brazos.
—¿Por qué metes a Sven en esto? Y llámalo por su nombre que merece respeto… —Ella abrió los ojos antes de que él pudiera responder. —No, es imposible.
—¿Por qué? —exigió dando un manotazo en el aire. —Esos trolls alargaron la vida del reno.
—A él le hicieron un hechizo de protección para accidentes, enfermedades y el paso del tiempo, como si fuese de suerte, y era un animal, no tenía una mente, corazón y poderes como los de Elsa, para proteger. Los humanos somos distintos. Cuando yo era niña, fue un riesgo alterar mis recuerdos, ni tocaron mi corazón, la fuente de mi vida.
Elsa ya le había compartido ese momento, de modo que entendía de lo que estaba hablando.
Hans asintió y se encaminó a la salida.
—Encárgate tú lo que resta del día. —De la semana o el mes, le daba igual; Arendelle no era de su interés ahora.
Toda su atención estaba puesta en la ocupante del dormitorio al que acudió a continuación, cuya bienvenida a él fue un suave canto a los dos bebés recostados en su pecho, los cuales la miraban con adoración.
Ignorando la partida de la doncella, fue hacia la cama enamorado de esa escena tan encantadora y se recostó junto a su familia. Elsa lo miró cariñosa sin interrumpir su canción de sueños felices.
Él acarició las pequeñas espaldas de sus hijos, besando la sien de su esposa.
Al margen de las dificultades, en ese tiempo no habían faltado momentos únicos y preciosos con los seres que más quería en toda la Creación. El cansancio y las inquietudes, como las alegrías, los acercaban.
En ocasiones él sentía que era un extra a los tres que se necesitaban mutuamente, pero siempre había una forma en que se compensara su espacio prescindible en el vínculo de sus hijos con su fuente de mayor satisfacción.
Los bebés se quedaron dormidos y él los cogió uno a uno para colocarlos boca arriba entre los dos. Ya eran más grandes y Hamish tenía un tamaño de menos contraste con el de su hermana, además sus caras se habían puesto regordetas como los bebés que había visto alguna vez; aquel cambio agradaba a Elsa, pero hacían notorio cuan complicado le era sostenerlos de pie.
—¿De qué color crees que sea el cabello de Kaysa? —preguntó Elsa en un murmullo, dejando que su dedo fuese sujetado por la mencionada. —A Hamish se le cayó un poco. Ingríðr dijo que le pasó a la suya.
Observó la cabeza de su hijo sin descubrir un cambio en la zona visible. Kaysa gorjeó, sacándole una sonrisa.
—Espero que rubia. Él tiene un pelo parecido al de tu padre y su homónimo, así que faltará tu tono, y lucirá como tú.
—¿De qué color lo tenían tus padres? No recuerdo sus retratos, mas sí a muchos pelirrojos en ellos.
—Cobrizos, ambos. —Rió entre dientes.
—Entonces ya sé lo que me espera. Mucho temperamento; tú, Anna, mi padre…
Contuvo una carcajada.
—Supongo que sí. En mis parientes lo hay. Kaysa ya lo tiene y su cabeza es calva.
Elsa suspiró exageradamente.
—Bendito Dios… y tendrá compañero de travesuras.
Le guiñó un ojo.
—Te hace desear que se queden así para siempre.
—Su progreso es tan veloz… siento que cuando menos me dé cuenta ya no serán mis bebés y será más complicado protegerlos.
Él tragó saliva y buscó sus ojos.
—Nos tendrán toda su vida —pidió en su juramento, sin hacer desapercibida la batalla que enfrentaban.
Elsa se incorporó apoyándose en su brazo, soltándose de Kaysa.
—Haremos lo que sea para estarlo —prometió posando una mano en su mejilla.
Le besó la palma.
—El joven príncipe que zarpó a Arendelle se imaginaba un futuro contigo, pero nada era como esto.
—Todo lo que creíamos es diferente. —Elsa sonrió. —Mejor. Y vale la pena luchar por que así continúe.
{…}
Arrullando a Hamish, Elsa trató de no tensarse al ver el ceño fruncido de Hans, que sosteniendo a Kaysa en sus brazos se volvía de la puerta y la cerraba.
—¿Qué es tan urgente para buscarte en medio de la noche? —cuestionó sin denotar un tono grave que alterara a los bebés adormeciéndose tras la toma de leche.
—Avistaron un barco desconocido a lo lejos, de arribo a mañana, no, hoy, antes del mediodía. —El bostezó. —Disculpa. La oscuridad no les permite ver una bandera y es de metal. No hay nada programado para esta semana, no pueden ser emisarios.
—¿Temen un ataque? —No se acercarían tanto si fuese el caso, aunque una armadura de hierro era más resistente. —Ningún problema se ha suscitado para provocar esa alarma.
Y si lo era, se trataba del peor momento, porque ella no podía defender al reino con su magia. Ni siquiera podía crear un minúsculo juguete con sus poderes, caviló entregándole a su hijo a su esposo.
—Runo no puede ser tan estúpido —musitó Hans sentándose en la cama después de devolver a los bebés a la cuna.
—¿Eh?
Con brevedad él le narró un incidente ocurrido en Nueva York y una caricatura que habían hecho de eso, publicada en las Islas del Sur, en la que su cuñado había quedado como una gallina envidiosa, sin nido, queriendo los huevos de oro de otra.
Tuvo que guardarse sus risas; su sentido del humor se hacía presente pese a la desconcertante situación.
—Cielo, no necesito un héroe; sin embargo, gracias por defenderme —manifestó entrelazando sus dedos en su cabellera de fuego, conmovida por el fervor de él.
Con un marido que la amaba y las bellas criaturas que tenía, la opinión externa tenía menos valor que nunca. Eran celos hacia ella no comprendidos antes.
Suspiró.
—De cualquier modo, tampoco estoy segura que Runo lo haga, pero en el caso hipotético que sí, debe pensar que aun no he dado a luz o estaré pronta a hacerlo. Quienquiera que sea puede suponer lo mismo, y se llevará una sorpresa si me ve en el muelle.
—¿Qué? No, los guardias estarán listos a un ataque. A la luz del alba comprobarán si hay band… —Hans se dio un golpecito en la frente—. Tengo una idea…
Aun sin entender, Elsa siguió con su sugerencia, que alejaría el daño de sus seres queridos.
—Solo con verme un enemigo tendrá la idea que estoy lista para pelear. Desconocen que tuve dos bebés, de parto más temprano. No se atreven a atacar de frente si creen que puedo responder. Muchos me tienen miedo.
Por el rostro de él, supo que Hans comprendió que iba a imponerse como la reina que era.
—Esperemos no llegar a ese extremo, preciosa. Tal vez no lo haremos. Máxime porque conozco a un hombre de negocios con una notable embarcación de metal.
Abrió los ojos, concluyendo que era uno de los amigos de Hans.
—¿Le invitaste?
—Habría sido Joseph, no Hildbrand. Este último es quien tiene un barco de grandes proporciones.
—Pensé que era el señor Ross. Entonces… debe ser Daphne, yo le escribí que podía venir cuando quisiera. —Sonrió. —Si son ellos, ¿Daphne puede creer que todavía daré a luz?
Hans se encogió de hombros.
—Acuéstate y descansa, lo necesitas. Yo bajaré…
—Quédate, si es de temer, vendrán a buscarnos.
Él negó.
—Tengo que asegurarme que no es alguien que ponga en riesgo a mi familia. —Sus ojos resplandecieron en ardor combativo. —Si lo es, deberán pasar sobre mi cadáver para tocarlos, e, inclusive sin fuerza física, tú tienes la magia…
—No es así —objetó asiéndose de la manga de su bata. Respiró forzadamente, con un nudo en la garganta. —Mis poderes… no puedo… desde abril… solo la nube… Estaríamos indefensos.
Bajó la cabeza con los ojos apretados, finalmente admitiendo lo mal que estaba si su don de nacimiento se había ido.
Él la rodeó con sus brazos trémulos y escuchó el beso en su coronilla.
—No pasa nada. El embarazo ha sido demandante. —Hans y su habilidad de sonar natural, aunque mintiera. —Estaré aquí y al amanecer saldré a averiguar. Tenemos el ala más alejada, tendremos oportunidad de actuar si me equivoco en mi asunción.
—Y hay pasadizos para escapar. Los conozco bien. —Le daría tiempo de huir en tanto ella distraía a los enemigos con su mera aparición.
—Descubrí varios.
Rió parpadeando; se imaginaba que lo había hecho para entretenerse.
—Preciosa, estás loca si crees que te usaría como cebo ahora que me has dicho esto. Primero te pongo un grillete enlazado a mí.
—¿Qué clase de reyes somos que no pensamos en el pueblo? —Últimamente no lo hacía y se sintió un poco culpable.
—No hablemos de eso.
Hans le hizo un sonido para que guardara silencio y la invitó a acomodarse para tener unas horas de descanso hasta contar con noticias. Si no tuviera el presentimiento de que era una visita amistosa, se habría ido; en cambio, se quedó en el dormitorio pensando en la revelación de Elsa.
Ella se durmió y él permaneció en un estado ausente, cerrando los ojos para despejar el cansancio, no permitiendo que Morfeo lo arropara.
…tampoco dejando que la desesperación arrasara con él, después de semejante confidencia de ella.
Estaba enfadado porque le ocultara esa información, al mismo tiempo que frustrado con su intento de fingir que las cosas no estaban tan graves. A veces las discreciones habituales de ambos eran demasiado inconvenientes.
Por otra parte, entendía su renuencia a decirle, porque transmitiría un peligro real, y ella quería protegerlo lo más que pudiera, impedida de ver que al evitarle el daño, más lo hacía. Y ella había estado afrontando la pena en silencio, razón suficiente de no reclamarle.
No obstante, lo arreglarían, teniendo la promesa de ella de no rendirse.
—Hans —suspiró ella.
—¿Sí? —preguntó abriendo un ojo.
Sonrió al comprender que estaba soñando con él y volvió a su estado semialerta.
La noche fue pacífica, ni sus hijos lloraron pidiendo alimento, y a la llegada del crepúsculo matinal se deslizó fuera de las sábanas. Sin demora besó a su esposa, se asomó a la cuna y se puso ropa apropiada para ir a la torre de vigía.
En lo alto, comprobó con alivio que conocía la embarcación dirigiéndose al reino e invitó a los guardias a relajar sus defensas. Una vez hecho esto, sabiendo que no tendría días calmos con su esposa, él regresó al dormitorio para acostarse a su lado un par de horas.
No le molestaba del todo el arribo de su amiga, porque a ella le agradaría tener la compañía de la americana.
Elsa gruñó cuando se metió a la cama con ella y pegó su pecho a su espalda, de la misma forma que habían estado las pasadas semanas.
—¿Asumo que estabas en lo correcto? —expresó con tono somnoliento.
—Sí.
—Duerme, por favor.
Solo por tenerla en brazos, viva, pudo conseguirlo.
{…}
Ante el sonido estridente del navío, Hans y Elsa miraron inmediatamente las canastas de mimbre de sus hijos, quienes arrugaron sus rostros en inconformidad.
Kaysa levantó sus pequeños párpados y Elsa se inclinó en su asiento para tomarla en brazos, recostando su oído contra su corazón, como habían aprendido que se dormía pronto. Hamish, por su lado, emitió un ruido y siguió sumido en su sueño, haciendo reír a Hans en voz baja.
—Iré al puerto.
—Otro día saldré más allá de las puertas del castillo —comentó Elsa asintiendo.
Él agitó la cabeza de arriba abajo y caminó a la entrada del salón con el piano, donde se habían trasladado para que Elsa recibiera a su amiga. Generalmente en el día se encontraban en los aposentos de ella, en el jardín o en su oficina, pero él iba a ocupar la última con el rubio.
Nadie lo interrumpió en su trayecto al muelle, en el cual se colocaba la pasarela para descender del barco, maniobras observadas por algunos curiosos. La eslora de la Ninfa del laurel —nombre del buque en honor al personaje de la mitología griega Dafne— era menor al suyo, pero seguía siendo una embarcación imponente.
Miró hacia arriba y un rayo de sol destelló en sus ojos, impidiéndole distinguir a las personas asomándose en la amura, por la borda.
—¡Johans Henrik!
Pestañeó incrédulo al oír ese conocido llamado y negó al cubrirse con su mano, mirando a Joseph saludándolo.
No iba a perder la oportunidad de disfrutar más de Arendelle.
Aun con esa idea, le sentó bien la aparición de ese tonto. Tener a un adulto cercano a él, además de Elsa, le hacía falta. Con Hildbrand no podía hablar igual —de hecho, planeaba presentárselo al montañés para no verse obligado a entretenerlo por horas, pues intuía que se llevarían bien.
Joseph fue el primero en apear y lo saludó con un abrazo fraternal.
—¿Qué protocolo debería seguir con su Majestad en presencia de sus súbditos? La última vez eran aristócratas.
Bufó y Joseph sonrió de lado.
—Arreglamos para no ser necesitados en casa durante un tiempo, perdón por no seguir dando revisiones periódicas a tu negocio.
—No importa. —El dinero no le servía en sus actuales circunstancias.
—¿Listo para ser padre? —Su amigo rió. —Vaya, todavía me asombra. El más renuente a casarse y tener hijos cruzó la línea primero.
—En realidad… —Joseph lo vio a la cara con los ojos en rendijas y tomó seriedad.
—Demonios, Daph estaba en lo cierto. Creyó que necesitaban amigos.
Una avalancha invisible cubrió a Hans. Desvió su mirada al agua.
—Ya dio a luz —dijo en poca voz.
Suspiró y miró a su amigo de nuevo, decidiendo sincerarse.
—No ha estado bien… no sé si mejorará.
Joseph abrió la boca.
—Hans, lo lamento.
Se sorprendió al escuchar a la hermana de su interlocutor; no se había percatado de su descenso. Giró su cabeza y la vio con Hildbrand.
—¿Has…?
—No he soñado al respecto, desde hace meses tengo un presentimiento en torno a ella, nada más. —Ella esbozó una sonrisa entusiasta. —Pero no se ha cumplido mi sueño de verla con pantalones, estaba sana en él.
Eso le daba tiempo, si no era una simple ilusión de la pelinegra. Sabía que las tenía, era humana.
—Haz como el cuento y quema todos los pantalones que puedan servirle a ella, que los hombres usen tartán. Les daré los colores de mi familia—acotó Joseph.
Hans no comprendió cómo pudo reírse con un comentario tan malo, tocante al asunto, mas lo hizo. Joseph era muy bueno para animarlo.
—Sí, ya todos conocen el frío, ¿no? —señaló Hildbrand afable.
—Jo, amor, quiero saber qué tuvo Elsa. ¿O escuché mal? La soñé con una pelirroja y a ti con un pelirrojo. ¿Quién es el mayor?
—Véanlo ustedes mismos.
Daphne gimió sonoramente y Hildbrand la abrazó de los hombros consolándola.
Hans se dio la vuelta, deteniéndose en seco porque casi pisaba al gato.
—¡Este es Skygge! —clamó Daphne.
De reojo, la observó arrodillarse para atraer al felino, que no fue arisco con ella y se dejó acariciar.
—¿Me recuerdas? Te puse un lindo listón blanco y lo destruiste por completo porque eres muy listo. —Hans rodó los ojos. —Sí, huelo a tu madre, está arriba, pero no es buen momento para que se vean, ella te parecerá deliciosa ahora y debemos evitarlo.
Los dos varones recién llegados disminuyeron su altura para mirar al gato.
—Cómo has crecido, bolita negra —canturreó Hildbrand.
—Te ves excelente, tu ama debe cuidarte bien, y no tu amo —aseveró Joseph tentando al minino a acercarse, sacando su pañuelo del bolsillo.
Fue asombroso que el animal fuese amistoso con ellos y se dejara cargar por el pelinegro tras unas caricias.
—No seas envidioso, Johans. Nos recuerda de sus primeras semanas, yo lo tuve conmigo hasta estacionarme en Suecia y enviarlo como regalo.
Lo intuía.
Encogió los hombros.
—Vamos.
Daphne y Hildbrand fueron detrás de él y Joseph lanzando comentarios de admiración por lo que veían, cual competición por quién hablaba más. No sabía cómo se soportaban mutuamente, o si eran tan raros que les excitaba escuchar la locuacidad del otro.
Afortunadamente los dos callaron al entrar al salón. Daphne jadeó melosa y corrió hacia Elsa, arrastrando a Hildbrand.
—¿Trabajas bien, eh, Johans? —murmuró Joseph con mofa.
Intentó no inflarse demasiado para no llamar la atención y compartir el comentario.
Separándose del abrazo con Elsa, Daphne presentó a Hildbrand y su mujer nombró a sus hijos con una expresión orgullosa. Ellos no se despertaron y solo se mostraron adorables con sus pequeñas e idénticas ropas violetas confeccionadas especialmente para ambos.
—Tienen unos bebés preciosos —alabó la pelinegra sentándose en el sofá vacío.
—Parecidos a su madre —opinó el hermano de esta inclinando la cabeza hacia su esposa. —Majestad, dichosos los ojos que la ven.
Ella dibujó una sonrisa curvada en su rostro.
—Puede llamarme Elsa, señor Ross. Es amigo de mi esposo, y mi gato, parece.
—Entonces sería un honor que me digas Joseph, querida Elsa.
Hans le dio una palmada en el hombro.
—No te excedas.
Hildbrand tosió y las dos damas soltaron risitas comedidas. Joseph rió entre dientes, yendo a sentarse junto a la otra pareja.
—¿Cómo estuvo su viaje? —preguntó Elsa cuando Hans se ubicó a su lado. —He pedido té y piscolabis, ya que no queda mucho para la hora de comida.
Los americanos sonrieron por la habitual costumbre europea de dar aperitivos finos.
—No tenías que tomarte la molestia, pero gracias, Elsa —contestó Daphne. —Y disculpa por aparecer sin avisar, yo, un poco mi hermano, soy la responsable de esta decisión intempestiva. —Elsa negó. —A pesar de la descortesía de mis actos, hemos tenido un excelente viaje.
—Sin tropiezos en el camarote —añadió Joseph diabólicamente, fingiéndose entretenido con el felino.
A Hans no le fue desapercibido que trataba de mantener su humor en buen tono. De soslayo, Elsa le dirigió una mirada comprensiva.
—Ten cuidado, Joseph, a Skygge le gusta rasguñar y defender a su persona favorita —aseguró la reina con practicada inocencia.
—¿No crees que eso lo aprendió de Johans? ¿Cómo ser un gato agradable cuando le conviene? —cuestionó agudo su amigo, haciendo que Elsa parpadeara asombrada y luego sonriera.
—No lo había pensado así.
Hans resopló. Lo igualaban a Skygge.
Descubrió que Hildbrand y Daphne intercambiaban miradas conocedoras. Podía imaginar el rumbo de sus pensamientos; que él había caído a los encantos de Elsa y por eso era dócil.
—Ahora bien, me complace escuchar que tuvieron un buen viaje, aunque no sé por experiencia propia cómo es cruzar el Atlántico.
—Tiene sus limitantes…
—…pero la compañía lo compensa —completó Hildbrand a Daphne, dedicándole a su amada una sonrisa cariñosa.
De verdad Hans nunca quería ser comparado con esos melosos, prefería ser como el gato. Se compadeció de Joseph por la travesía.
—Sí. Orleans, Winter y yo formamos un trío de aventura fantástico. El perro mañoso, la gata vengativa y el mono olvidado.
Con ese comentario le fue imposible a Hans no soltarse a carcajadas, despertando a ambos bebés.
Elsa se apuró a coger a Kaysa, más cerca de ella. Hasta que lo hizo, Hans sostuvo a su hijo.
—Lucían como dos muñecos —dijo Daphne. —¿Viste lo que provocaste, Jo? No seas melodramático. Te encantan los animales y eras el primero en retirarte con ellos. —Ella exhaló. —Aprovechando el tema, ¿cómo se ha tomado Skygge la llegada de nuevos habitantes a su hogar?
Elsa, meciendo a su hija, rió en voz baja.
—Bastante bien, entretenido hasta que se aburre de la falta de movimientos de los bebés.
Skygge escogió esa apertura para escapar de Joseph y subirse al mueble que ocupaban Elsa y él para investigar.
Ronroneó a un sonido de Kaysa.
—Qué adorable. ¿Crees que cuando me desprenda de los restos del mar pueda cargarlos? Nunca he cogido a un bebé tan pequeño, pero puedo aprender cómo. Hild es quien ha sido niñero, en su juventud supervisó a los hijos de sus familiares. Y eran muchos, uno pensaría que querían repoblar América con descendientes alemanes.
—Sí, ¡oh!, perdona mis modales, no les ofrecí que se refrescaran antes en sus dormitorios, los prepararon temprano. Estaba distraída con los bebés… deben querer asearse tras el viaje que han hecho.
Los tres negaron.
—No, no, Elsa, está bien, el barco de Hild es muy cómodo y procuramos descansar y adecentarnos en él. También podemos pernoctar en el pueblo, lo último que queremos es imponernos a ustedes cuando tienen suficiente.
La rubia frunció el ceño.
—¿Acaso…? —Hans asintió y ella tragó saliva. Daphne acertaba con sus presentimientos. —Empero, insisto, tenemos muchas habitaciones disponibles y nos gustará su compañía en el castillo.
El servicio interrumpió en aquel momento y al tomar el té los cinco procuraron de hacer un rato agradable, si bien la inquietud asomaba sus garras filosas debajo de la alfombra.
{…}
Con una mano imperceptible ahogándola, Elsa contempló a su hermana y a su amiga cargando a sus bebés contra sus pechos, mientras sus respectivas parejas sujetaban los canastos con homogéneas sonrisas a las que poseían las mujeres.
Los cuatro estaban de acuerdo con acorralarla en el plan sucio de aquella noche.
Daphne la estaba traicionando al ponerse de lado de Anna, sin siquiera ser íntimas. En la quincena que los americanos tenían ahí, Kristoff y Hildbrand habían formado un buen dúo (al punto de superar sus diferencias lingüísticas y se estaban enseñando sus idiomas), en tanto ellas solo eran amigables con la otra, así que no había manera de que urdieran ese arrinconamiento vil.
—Joseph ya le dio la buena nueva a Hans y él les deseó las buenas noches —informó Anna contenta.
Hasta su esposo y su mejor amigo habían confabulado.
Se arrepentía de haberle abierto las puertas a esos estadounidenses, eran pérfidos.
—Les buscaremos si los bebés se despiertan en la noche, mas tú dijiste que ya no lo hacen —continuó Daphne. Elsa se reprendió por abrir la boca ingenuamente. —Aprovechen a disfrutar de su aniversario ustedes dos; no han tenido momento a solas hoy. Estaremos en la otra ala y los cuidaremos bien.
Daphne acompañó su afirmación con una caricia a la cabeza de Kaysa, la cual sonrió con placidez.
Elsa aspiró una gran bocanada de aire.
—No estoy contenta —juró acercándose a dar un último beso a sus hijos, un enésimo más desde que le comunicaran esa dirección de la noche.
Se impregnó de sus ricos olores y dio un paso atrás.
—Descansen. —Hildbrand le guiñó un ojo divertido. Parecía saber que el doctor había dicho que ya estaba recuperada de la expulsión de fluidos.
Era imposible, porque solo ella y el médico tenían ese conocimiento.
Los cuatro se dieron la vuelta y Elsa los vio partir con el corazón agitado. Era la primera vez que se separaba de ellos y le dolía en el alma.
¿Se fijarían en su modo de dormir? ¿Despertarían para comprobar que siguieran respirando? ¿Los escucharían si lloraban en el transcurso de la noche? ¿Anna recordaría cómo cambiar el pañal? ¿A los bebés les faltaría su gemelo? ¿Y si…?
Una mano en su cintura le provocó un salto y detuvo su futura persecución al cuarteto que se había ido.
—Los asesinaría a todos si algo les pasara —prometió su marido a su oído, estremeciéndola.
La insinuación de daño no fue tan mal recibida.
—Tú te pusiste de su parte —reclamó alejándose para encararlo con las manos en sus caderas.
—El año pasado nos dio lo mismo nuestro aniversario de bodas, pero este es una buena excusa para tenerte exclusivamente para mí —arguyó él pasando sus brazos en los huecos dejados por los de ella.
Hans pegó sus cuerpos con su mirada hechizante clavada en ella.
Su interior burbujeó y claudicó al asunto de la separación.
—El doctor insinuó que ya podemos… pero no me siento lista. —Se acurrucó en su pecho.
Él le besó la sien.
—No lo estoy pidiendo, solo te quiero a ti.
De la mano, ingresaron a su habitación. En la mesa frente a la chimenea notó una bandeja con una rebanada de pastel de chocolate y dos vasos de leche.
—Joseph volvió del pueblo con un producto de los Sinason. Ya es la tercera ocasión en esta semana.
—¿Se robará a Helga a América ahora que tú vivirás aquí? —sugirió jalándolo hacia la mesa.
—También comienzo a creerlo —farfulló Hans. Ella salivó al detenerse y percibir el olor delicioso del pedazo de postre.
Jadeó al sentir que Hans la impulsaba hacia atrás. Aterrizó en el regazo de él, ya sentado.
Rió sujetando el plato.
—Qué silla tan cómoda.
Se acomodó en su inusual asiento y colocó el plato en su muslo. Cortó un trozo de pastel y le llevó a la boca de él, que masticó mientras ella procuraba por sí misma.
Dejó escapar un sonido de placer; había sido mucho tiempo sin saborear un poco de chocolate. Hans besó su hombro cariñoso, dejándole disfrutar ese primer bocado antes de abrir su boca para pedir más. Consintió, jugando un poco con él al apartarle el tenedor un par de veces.
—Esto no será bueno para mi peso —advirtió ella bromista cuando habían concluido la rebanada.
—¿Qué dices? Si estás exquisitamente deleitable —Hans le acarició el costado. —Toda tu grasa se fue en el parto y estas semanas.
Así era; con un poco más de mes y medio de dar a luz, sentía que su cuerpo estaba regresando al de antes, con la excepción de una barriguita y unas cuantas marcas restantes en el estómago, de las que la crema de Hans había hecho maravillas.
Tampoco le importaba tanto, si había tenido dos preciosos tesoros y tenía la huella de donde habían estado enterrados. Asimismo, estaba conforme con eso y no las fluctuantes emociones de los primeros días.
Le picó el vientre.
—Tú ya no haces tanto ejercicio —dijo con una sonrisa provocativa.
—Cargo a dos bebés continuamente —presumió Hans mordisqueando y lamiendo su cuello. —Se compensa, ¿verdad?
Acarició su hombro, jubilosa por dentro con esas sensaciones.
—Claro que sí —afirmó buscando sus labios.
El beso que intercambiaron gritó amor y delicadeza, y no necesitó otra cosa.
Suspiró en medio de su boca, encantada de que supiera a chocolate. Sus dos sabores preferidos combinados eran lo mejor que podía probar.
Él atrapó su labio inferior, inspirándole un gemido contento en su garganta, y el ritmo aumentó placenteramente. Aguijonazos dulces hicieron un camino que se concentraba hasta su estómago y pulsaba en su pecho como un tambor.
—Dos años —musitó ella con tono asombrado al hacer una pausa.
Hans sintió sus pómulos calientes de sonreír.
Era poco habitual engrandecer el día de una boda anualmente, como los cumpleaños, lo común era hacer notorios los veinticinco y cincuenta aniversarios, pero ahí estaban, alegres por ese acontecimiento.
La diferencia estribaba en que se querían, sobre todo porque el año anterior habían estado separados ese día de septiembre y no le habían puesto tanto interés.
—El tiempo ha volado —reflexionó abrazándola cuando ella se recostó contra su pecho, mirando a las llamas de la chimenea.
—Lo sé. Gracias por estar conmigo.
No obstante, la incertidumbre de su salud pendía como el hilo de la cuchilla de una guillotina, amenazando con caer pronto en sus cuellos. Eso formaba una cadena que retenía su felicidad.
La besó en la coronilla apretando su abrazo.
Al cabo de unos minutos se fijó que ella tenía expresión lívida al mirar el fuego.
—¿Qué ocurre?
Ella negó.
—Es un tema poco agradable.
—No importa, si quieres decirlo. —El respetar sus reticencias era parte de sus decisiones, debido a que ninguno de los dos era naturalmente generoso con su privacidad.
Ella giró el rostro y vio sus ojos húmedos.
—No sé qué pasa, no sé. Lo siento… Es tan injusto. Cada día me acuesto pensando… si será la última vez que abra los ojos; todas las mañanas, me pregunto si será el último día que viviré. Si dejaré de respirar. Cuando estoy por desmayarme, siento un pánico cubriéndome como una terrible helada, temiendo que sea el final. —Un sollozo la interrumpió. —Y, y, y… aunque lucho, me pregunto si no veré a nuestros hijos crecer; si llegaré a oír sus primeras palabras, si no estaré cuando den sus primeros pasos, si no sentiré un abrazo de ellos, si me iré tan pronto que no me recordarán… o moriré cuando esté tan presente en sus vidas que les arrebataré la paz si muero, y sufrirán por no encontrarme, porque me llamarán y no podré consolarlos. Sufro al pensar que tendrán un inmensurable dolor por mí… por mi partida, sin sanar nunca, pensando siempre que les abandoné y me fui muy pronto, no habiéndoles enseñado tantas cosas, y, por mi egoísmo, no preparándoles para mi ausencia.
Un ardor se acumuló en su garganta y se recargó en ella con el pecho temblando, borrándole las lágrimas que derramaba sin cesar.
El sonido de la boca de ella fue doloroso, un quejido roto y agónico que mojó sus propias mejillas.
—Y a ti, Hans, si me voy… pienso en lo que no podremos vivir, esos momentos que no compartiremos; el saber que me entregaste tu corazón y yo no supe cuidarlo, dejándote solo, privándote de todo mi amor y mi cariño, del afecto que ningún ser querido te ha dado. —Ella cogió su mano y presionó sus labios en su palma. —Robándome nuestras intimidades; besos, juegos, charlas, abrazos, caricias, seducciones, risas, discusiones, reconciliaciones, confidencias, consuelos; privándote de tu primer amor. Yéndome, sin poder aceptar que, que encuentres a alguien más y… y… tener que decírtelo… para que halles felicidad… sin mí. No creí que llegaría a amarte así.
Elsa rompió en un llanto grave y él no se sintió fuerte para mantenerse impávido y ser su consuelo, porque con cada desmayo sabía que un silencioso enemigo se la estaba arrebatando. Y ningún médico contactado les respondía para ayudarlos, algunos justificando el caso especial de su mujer, tal vez anunciando veladamente el deseo de que la reina mágica y anormal desapareciera.
(Hacerles pagar por ello era lo último en que pensaba ahora.)
Escondió la cara en su cuello.
—No me rendiré, no voy a dejarles.
Él quiso aferrarse a esa promesa.
{…}
Las voces de una discusión se colaron en la oscuridad que retenía a Elsa, y casi de inmediato descubrió una sensación cálida rodeándola.
Gimió, dándose cuenta que se había desmayado de nuevo.
Se hizo el silencio al que siguió su nombre pronunciado por la voz de su esposo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella con voz ahogada.
—Menos de una hora.
Le trajo un poco de alivio que disminuyera su inconsciencia. Levantó los párpados y se encontró con los orbes consternados de Hans, a quien acarició la mejilla indiferente a los testigos.
—Me siento bien para sentarme sola —le dijo suave, incitándole a que la liberara de su férreo agarre.
Él asintió y ella se deslizó hacia el sillón, comprobando que sus bebés en la mesa estuvieran dormidos, un milagro con el escándalo provocado por su familia y amigos.
Entrecerró los ojos al enfrentarse a las miradas preocupadas de Anna, Kristoff, Olaf, Daphne, Joseph y Hildbrand.
—¿De qué hablaban?
—Ayer soñé cosas muy enrevesadas, pero hemos concluido que la respuesta puede ser tu magia —explicó Daphne arrodillándose frente a ella.
De reojo, Hans le dio un asentimiento que confirmaba su muda pregunta de haber revelado la imposibilidad de externar sus poderes.
La mirada de Daphne le transmitió una plegaria.
—Quizá la lógica pudo haberse escapado con la preocupación, los desvelos y la falta de datos, y seis cabezas piensan mejor juntas —expuso Joseph. —Aunque no te afecta el frío.
—Debes ir a ver a Gran Pabbie —aportó Kristoff serio. —No puede alargar tu vida…
—Pero puede hacer algo —terminó Anna con ruego.
—Jo, Hild y yo cuidaremos a Hamish y Kaysa, vayan ahora.
Redujo el volumen de la pesimista negativa en su cabeza. Valía la pena intentarlo, aun si sabía que recibiría malas noticias allá arriba; no embarazada podía arriesgarse a subir la montaña.
—Alisten a los caballos y busquen los abrigos —pidió temblorosa.
—Iré por el tuyo, Hans —se comprometió Anna, abandonando el salón junto a Olaf y Kristoff.
Daphne le cogió la mano, distrayéndole del hecho insólito entre su hermana y esposo —en su malestar, trabajaban en equipo.
—Mejorarás, todavía no te has puesto esos pantalones que te harán ver preciosa.
Se mojó los labios secos moviendo la cabeza en acuerdo. Le dio su otra mano a Hans y la apretó.
Con una rapidez impresionante, estuvieron ascendiendo la montaña en tres equinos, Olaf y ella en las monturas de Anna y Hans, respectivamente. Kristoff lideraba al grupo para hacer más eficiente el camino.
Por algún motivo, se mantuvo atenta a su creación en el pico de la montaña y la criatura que iba con su hermana, viendo el sufrimiento en su querido muñeco de nieve.
De un momento a otro la temperatura baja de la montaña se volvió templada y las luces en el cielo aparecieron en su periferia.
Sintiendo el corazón latiendo al galope de los caballos, ella descendió de Tapp y aguardó a que los trolls brotaran de su escondite. A su lado, Hans no cambió el gesto en la revelación de los seres ocultos entre rocas.
Gran Pabbie surgió en medio de todos y la miró fijamente.
—¿Qué sucede?
Tampoco sin detenerse a saludos, ella le detalló las dificultades que había tenido desde mediados de su embarazo y la conclusión a la que habían llegado los demás.
Luego de unos segundos callado, el jefe troll enunció unas palabras que pusieron en punta la piel de Elsa:
—Temía que esto pasara.
NA: Estos últimos capítulos terminan en cliffhangers je,je.
Hubo un salto de tiempo y lo habrá en los siguientes capítulos, pero es que hacer las escenas específicas era alargar innecesariamente, repitiendo la preocupación y comentarios de los sucesos.
Por otro lado, es increíble ya haber llegado a los dos años de matrimonio, hace tanto que lo pensé y se retrasó. Ese aniversario era el que marcaba la recta final de el fic :') . Qué tiempos aquellos sin pandemia.
¿Alguien adivinó que aparecería el apoyo moral? Lo cierto es que tenían que llegar los amigos para estar a tiempo al bautizo je,je.
Gracias por leer y comentar, aguarden hasta el próximo capítulo, donde la situación de Elsa y las consecuencias serán manifestadas.
Besos, Karo
Gracias por sus reviews / Thank you for your review
Yuecita: ¡Muchas gracias, linda! Espero que te encuentres muy bien. / Sí, lo siento, me hago a la idea que estabas muy feliz con que el parto se diera bien y yo saliera con eso, pero ya había abierto la caja de Pandora y tenía que llegar hasta el final. Ya sabrán en el próximo la verdadera realidad de Elsa y a ver cómo lo afrontan, tendré mis sombrillas por los tomates que quieran lanzarme. Hans no se dio cuenta de los poderes porque Olaf tiene su nube y porque no está tan al cien como otras veces, su razón está comprometida por sus emociones. / Me pone feliz que te haya hecho adicta a esta historia, tengo otros proyectos a futuro que ojalá puedas llegar a leer :) .
Guest1: Disfruto poniéndoles de los nervios y la única manera de hacerlo era que Elsa no estuviera perfecta después del parto. Hay que esforzarse porque los lectores ya no se sorprenden con nada ;P je,je,je. Pero todo pasa por algo. / No sé por experiencia propia lo del postparto, pero me han contado y los foros de internet terminan la tarea para poner lo que vive Elsa con eso, me alegra ver que mi escrito no se aleja mucho de la realidad. / ¿Los trolls podrán ayudarle? Ya verán.
Sarah: ¡Hola! No sé si eres nueva por aquí, pero un placer leerte. Sobre tu comentario del heredero a la corona. La idea de ellos es quien prefiere el puesto, pero no puedo adelantar más que el pasado no va a repetirse, no temas. Hansy estuvo más cerca de tu perspectiva, porque está más consciente de lo que es preferir a algún hijo. / En cuanto al otro comentario, si es que eres la misma persona, creo que también me atrae más la idea de Elsa como la bestia, pero Hans no tanto como Bella, si no la historia en un modo dark, donde él quiera convencerla de adoptar su naturaleza malvada y ser la Snow Queen, en un universo paralelo donde la gente sea mala y una bruja buena hechice a Elsa y los demás la persigan porque quiere hacer el bien (ja,ja prácticamente ya puse toda la historia). Gracias por tu review :)
Lucia: Me alegro leer que por tu parte va bien, deseo que siga así. En mi caso las cosas mejoran también. / Chale, sí me imagino que todo se veía lindo hasta el final, lástima que prefiero el drama y le quise poner emociones fuerte al final de MQB je,je. Ya no queda nada para saber qué pasa con Elsa, pues tus conjeturas son buenas, no las descartes :) , al próximo sabrás si estás cerca o lejos de adivinar. / Por otro lado, ahora que lo dices, sí, como que no me gustan muy felices XD . Cuídate también.
Guest2: ¡Ay, no! Lo último que hubiera hecho aquí en mi fic es que los niños tuvieran los nombres del Kristanna XD , el perdón no llega a tanto. Y pues sí, Hansy no iba a dejar a su esposa sola, porque él hace lo que quiere cuando quiere. / Ya saldrás de tu intriga con lo de Elsa, solo queda una semana.
Guest3: I tried really hard to kind of get in your nerves he,he. You're not easily impressed, really. Yeah, is not good news that Elsa hasn't gained her strenth back yet, but answers will come in the next chapter. / I allways love thinking of Helsa babies, they're so cute, I'd love to be a good painter to draw them. And I'm not sure if I understood the 'mutation' thing. I believe is his personality, but maybe you thought of his genetics? XD Sorry.
Guest4: Finally, those long-awaited babies are here :3 , I hope you can picture them as good as I want. / Yep, Hans in love is so nice, I always enjoy reaching that part in a story, he deserves good things, and also Elsa. They need each other.
