Capítulo 12

Noches de agonía

Marin de Águila se desplazaba ágilmente sobre las piedras derruidas que marcaban los límites del Santuario de Athena. Brincaba de roca en roca manteniéndose alerta a cualquier movimiento sospechoso que pudiera presentársele; esa noche le tocaba guardia.

Había sido un largo día para la amazona de Águila. Desde el regreso de Athena al Santuario, Saori Kido le puso al mando de los entrenamientos de las jóvenes aprendizas que llegaban al recinto con la esperanza de obtener una armadura y unirse a las huestes de la diosa de la sabiduría. Lidiar con Shaina y su duro régimen para con las chicas se convertía en el dolor de cabeza diario, no pasaba día sin que discutieran acerca de los detalles sombríos de la amazona de Ophiuchus y sus exigencias exorbitantes para con sus pupilas. No conforme son sus obligaciones matutinas, Marin se había unido al grupo de santos y amazonas que debían montar vigilancia dentro de los dominios de la diosa pelilila después de la partida de los santos dorados. Cierto, era agotador; sin embargo mantenerse ocupada le servía para sacarse de la mente los cientos de ideas con respecto al paradero de los santos dorados y los peligros que enfrentaban en el cumplimiento de las doce tareas.

Sin quererlo su vista se dirigió a Meridia donde las luces de Leo y Cáncer brillaban en todo su esplendor, más ninguna otra llama se había prendido en los últimos días.

-Demonios, ¿Por qué no se han prendido otras flamas?-se preguntó a sí misma con una voz casi imperceptible y consumida por la angustia.

La ansiedad la comía por dentro. Habían pasado varios días desde la última vez que tuvieron noticias de los santos de oro, pero a raíz del incidente entre Athena y Zeus en el templo principal parecía que toda comunicación con la edad del mito se extinguió por completo. No podía negar que toda esa situación comenzaba a afectarle; primero fue el insomnio, después vino la irritabilidad y al final solamente le quedaba la impotencia.

Resultaba frustrante el tener las manos atadas, permanecer como un simple espectador no fue nunca su estilo, y ciertamente no estaba acostumbrada a vivir en la ignorancia. Tenía que hacer algo. Necesitaba encontrar la forma de obtener información a como diera lugar, pero la única persona que podía ayudarla era Athena, así que tendría que hablar con ella.

Justo cuando iniciaba el largo camino hasta el templo de Athena atravesando las doce casas del zodiaco un resplandor dorado cruzó el cielo desde la casa de Aries estrellándose en la de Acuario y destrozando el techo de la undécima casa. El estruendo ocasionado por aquel rayo de luz al golpear el templo de Camus hizo estremecer el Santuario, el sonido de la roca derruida se expandió con el eco de la tranquila noche que vivía el recinto de la diosa de la sabiduría. Fuese lo que fuese, Marin tenía que averiguar lo que sucedió dentro de la casa del carnero, su responsabilidad ante la ausencia de los trece dorados era resguardar a Athena de todo peligro y así lo haría.

Comenzó la carrera a través de las escaleras que la guiaban al primer templo, sin embargo la presencia de varios cosmos dentro de la casa del carnero la hizo detenerse en seco sin que pudiera evitar sorprenderse.

"Esos cosmos" pensaba mientras abría los ojos con incredulidad "Seiya… Hyoga… Shiryu… Shun… Kiki…¿Ikki? ¿Qué hacen esos seis metidos en la casa de Mu?"

Corrió lo más rápido que pudo las escalinatas que le faltaban para llegar a Aries entrando de improvisto y sin hacer notar su presencia hasta localizar a cuatro de los chicos reunidos en la sala de batallas. No sabía exactamente que tanto sucedía pero de lo que sí estaba segura era que Ikki estaba dispuesto a matar a Seiya por alguna razón mientras Shiryu y Shun intentaban detenerlo.

-¡Tenías que ser tú!-gritaba un exasperado Ikki observando un enorme hueco en el techo de Aries-¡Sólo a ti se te podía ocurrir que podías practicar tu puntería usando el arco de Sagitario!

-Ikki…yo…pues…-un aterrorizado santo de Pegaso hacia hasta lo posible por excusarse ante el fénix.

-Hermano, por favor, tranquilízate-a pesar de lucir asustado Shun mediaba entre el peliazul y el castaño.

-¡¿Cómo quieres que me tranquilice Shun?! ¡¿Tienes idea de lo que Shion nos hará cuando descubra que hay un agujero en el templo de Mu?!

-No quiero preocuparles más pero…-intervino Hyoga que llegaba desde la salida del primer templo con la cara pálida-Creo que Aries no es el único templo con un agujero en el techo.

Los otros cuatro chicos le voltearon a ver con curiosidad.

-¿De qué hablas Hyoga?-preguntó intrigado Shiryu temiendo la respuesta del rubio.

-A-acuario-balbuceó.

-¡Cierto!-intervino Kiki que venía de la misma dirección que el cisne-Acuario tampoco tiene tejado ahora.

Ahora sí estaban en problemas. No solamente Shion los castigaría de por vida, sino que también tendrían que enfrentarse a Camus con esa personalidad pasivo-agresiva del francés. Seguramente encerraría a Hyoga de nuevo en el ataúd de hielo mientras que a los demás los obligaría a reconstruir por completo el undécimo templo ¡ah! Y sería mejor que suplicaran a los dioses que los finos vinos del galo hubieran salido intactos del accidente, de lo contrario su sueldo de santos de los próximos veinte años se les iría en pagarle a Camus su invaluable colección.

-¡Estás muerto Pegaso!-amenazó por última vez Ikki que se preparaba para abalanzarse sobre Seiya.

-¡¿Me quieren explicar que significa todo esto?!-la amazona de Águila apareció justo a tiempo para salvarle el pellejo a su pupilo.

-Pregúntale a este cabeza hueca-bufó Ikki apuntando a Seiya que se escondía detrás de Shun.

-¿Seiya?-la voz de Marin se tornó severa al mismo tiempo que se cruzaba de brazos.

-Fue un accidente Marin-se excusó el aludido-Yo solo quería mejorar mis habilidades en caso de que fuera necesario que usara la armadura de Sagitario, así que tomé prestado el arco y la flecha para practicar un poco.

-Querrás decir te robaste el arco y la flecha-metió su cuchara el santo de cisne que miraba a Seiya de manera asesina.

-¿Y qué más?-Ahora Marin ponía sus manos sobre sus caderas. Esa era una muy mala noticia para el de Pegaso, puesto que la amazona solo tomaba esa pose cuando realmente estaba molesta.

-Después vine aquí porque es el templo más lejano al de Athena. Kiki, Shiryu y Shun se ofrecieron a ayudarme en caso de que algo malo sucediera…

"Obviamente no hicieron un buen trabajo" pensó Marin viendo de reojo el agujero sobre su cabeza.

-…Ikki nos siguió para vigilar a Shun y Hyoga vino a burlarse de mí-continuó Seiya mirando por el rabillo del ojo a los dos santos-Todo comenzó a salir mal cuando por accidente solté la flecha y pues el resto creo que ya lo viste.

La pelirroja desaprobó con la cabeza. No podía creer lo que escuchaba, sin importar cuantas batallas hubiera librado ni cuantos enemigos había vencido, Seiya siempre sería…Seiya. Aquel chico distraído, inocente y, hasta cierto punto, ingenuo, siempre sería su pupilo; y así lo recordaría ella por el resto de sus días. Marin se pasó la mano por los cabellos para quitar los mechones que le cubrían la frente, su mente parecía funcionar a toda velocidad tratando de pensar en la mejor manera de explicarle la situación tanto a Athena como a Shion. Ciertamente ninguno de los dos estaría complacido del resultado de la sesión de prácticas nocturnas del caballero de Pegaso.

De la nada un escalofrío recorrió la espalda de la amazona erizándole la piel. Algo no estaba bien. Perdió la mirada en el suelo mientras su boca parecía incapaz de moverse para contestarle al que fuese su aprendiz. Tenía que ser él, algo le había sucedido a Aioria.

-¿Marin?-el santo de Pegaso preguntó al notar la súbita ausencia de su maestra.

Ella no dijo más. Se abrió paso entre los jóvenes que la miraban extrañados y corrió en dirección al templo de su diosa dejando atrás el desastre de la casa de Aries, ni siquiera notó la presencia de Shion al salir de la primera casa. Lo único que le interesaba en ese momento era saber del león, necesitaba escuchar que estaba bien y solo Athena podía solucionar esa duda.

-¡¿Pero qué…?!-voltearon a ver de donde provenía la voz que les hablaba con una mezcla de coraje y duda.

No era otro más que Shion. El antiguo santo de Aries mantenía los ojos fijos es el boquete sobre su cabeza pensando en las miles de razones por las que sería incorrecto asesinar a los ahora santos divinos y al apendix de Mu.

"Shion, ¿qué sucedió? ¿están todos bien?" la voz de Athena se hizo presente a pesar de que el cuerpo físico de la diosa permanecía en el templo principal. Más de un santo bajó la cabeza imaginando los gritos que pegaría la pelilila cuando se enterara que habría que reconstruir de nuevo el templo del carnero y el de Acuario.

"Sí, señora. Estamos bien, usted no se preocupe…Yo me encargaré de todo" las penetrantes pupilas rosas del lemuriano recorrieron a los seis involucrados. De esa no se iban a salvar.


-¡Maldición! ¡Los perdimos!-exclamó furioso el santo de Sagitario rompiendo la tranquilidad del bosque.

Quirón simplemente permaneció en silencio viendo de reojo las expresiones llenas de frustración de Aioros quien de un brincó se bajó del lomo del centauro para avanzar unos cuantos pasos tratando de calmarse. Odiaba sentirse así, nada más fastidioso para él que no saber que hacer y mucho menos en una situación en la cual la vida de su hermano se encontraba en peligro. No había pasado mucho cuando ambos fueron alcanzados por Mu, Shaka y los centauros que acompañaban a cada uno de ellos, no fue necesaria más que la mirada que les dio Quirón para que supiesen del estado en que se encontraba su compañero de la novena casa.

-¿Y bien?-preguntó un perturbado santo de Sagitario-¿Encontraron algo?

-Lo siento Aioros-respondió Mu agachando la cabeza-Es como si el bosque se los hubiese tragado, la poca visibilidad que tenemos desde aquí abajo no ayuda y tampoco sabemos si ellos siguen en el aire o ya han descendido a tierra firme.

El de Sagitario bufó con fastidio al escuchar al santo de Aries, estaba en lo cierto. Poseído por su mala fortuna el castaño lanzó un puñetazo hacia un árbol cercano a él haciéndolo caer no sin causarse a sí mismo una herida en los dedos.

-Aioros, tranquilízate-intervino Shaka al ver las caras de sorpresa de sus compañeros centauros-busquemos a los demás para saber si alguno de ellos logró encontrar algo.

-¡¿Cómo me tranquilizo si esos monstruos tiene a mi hermano?! ¡Dime Shaka! ¡¿Cómo?!-reclamó un Aioros al borde de las lágrimas.

-¡Basta Aioros!-una fulminante mirada por parte del castaño se dirigió a Saga que recién llegaba acompañado de su gemelo y de Afrodita-No sacas nada si pierdes los cabales, ahora hay que pensar con la cabeza fría. Quirón, ¿podemos pedirle un favor más?-se dirigió al centauro.

-Por supuesto, lo que sea para ayudarles.

-Usted dijo que nuestro presente está escrito en las estrellas, entonces quizá ellas nos digan el lugar donde se encuentran Máscara de Muerte y Aioria así como su estado actual, ¿es esto posible?-el rostro del gemelo permanecía inmutable a pesar de la tensión del momento.

El centauro lo pensó un breve segundo al mismo tiempo que intercambiaba miradas con sus demás compañeros para posteriormente responder-Tal vez sea posible, no podría asegurártelo pero podemos intentarlo. El único problema es que tendremos que volver a la aldea, solamente desde ahí podemos leer correctamente el firmamento.

-Entonces hagámoslo-concluyó el geminiano a tiempo que iniciaba el camino de regreso.

-Ustedes vayan-interrumpió Aioros-Yo continuaré buscando, sería demasiada pérdida de tiempo que todos regresemos.

Saga estaba a punto de iniciar una discusión para convencer al santo de Sagitario de que les acompañase cuando Kanon se metió en la conversación.

-Saga, ustedes pueden regresar. Yo me quedaré aquí con Aioros para ayudarle, con un poco de suerte encontraremos algo que nos guíe a Aioria y Máscara.

-Yo también me quedo, después de todo no seremos necesarios en la aldea-Afrodita se sumaba al equipo de rescate que permanecería en el bosque.

Quirón suspiró con resignación, esos chicos no se rendirían hasta encontrar a sus amigos, aún si eso pudiera poner en riesgo sus vidas. Sin embargo todos ellos estaban en lo cierto, con Thera en la villa era más que suficiente para leer las estrellas, la centáuride era muy buena en ello y tenía toda la confianza del centauro mayor.

-Tienen razón. Saga irás a la villa escoltado por uno de nosotros y le pedirás a Thera que verifique si las respuestas que buscamos están en el cielo, mientras tanto el resto de nosotros continuaremos la búsqueda-sentenció Quirón.

Bajo las órdenes del gran centauro el grupo volvió a dividirse con la esperanza de hallar a los dos santos desaparecidos.


Desde el cielo, el enorme bosque que servía de hogar a los centauros parecía aún más impresionante. Las frondosas copas de los arboles cubrían el terreno casi en su totalidad dejando al descubierto algunas pequeñas secciones que bien podrían ser utilizadas como observatorios para leer las estrellas, sin embargo la maravillosa vista era lo que menos les preocupaba a Máscara de Muerte y a Aioria. Estar suspendidos varios metros en el aire, con la vida dependiendo de la voluntad de un ser tan asqueroso como una arpía, definitivamente no era la definición de paseo para ninguno de los dos santos. No sabían cuanto tiempo llevaban en posesión de las arpías pero les parecía una eternidad y el sentimiento de impotencia no se iría hasta que pisaran tierra firme, sanos y salvos.

-¡Quítame tus asquerosas garras de encima!-gritaba un encolerizado león dorado mientras peleaba desesperadamente por liberarse.

Por más que había intentado librarse de las apretantes garras de las arpías, sus esfuerzos fueron en vano. No importaba si pataleaba o se contorsionaba las criaturas simplemente no se inmutaban, esta vez el plan era separarlos para poderles vencer. Poco a poco los santos irían cayendo. El cangrejo también buscaba la manera de soltarse aunque con más calma que el santo de la quinta casa, parecía que más que preocuparse por ser liberado rebuscaba en su mente una forma de matar a las criaturas que les tenían prisioneros.

-Ya es hora, Ocípete-habló la arpía de cabellos negros a su compañera. Ambas intercambiaron unas maquiavélicas sonrisas antes de abrir sus garras para dejar caer a los dos santos.

Si en algún punto los dos jóvenes tenían que mostrar sus habilidades físicas como santos de Athena, ese era el momento. En plena caída libre y con nada debajo de ellos más que bosque, los caballeros de Leo y Cáncer tendrían que pesar rápido en alguna manera de amortizar el terrible golpe que se llevarían. Sin su cosmos para protegerse dependían únicamente de la fortaleza de sus cuerpos.

-¡Aioria! ¡Los árboles!-le gritó Máscara al santo de Leo quien lo miró sin saber exactamente qué hacer. Hacía años que el peliazul no veía los ojos verdes de Aioria tan llenos de dudas como en aquel momento, lejos habían quedado la arrogancia y seguridad del león-¡Intenta sujetarte de los árboles para frenar un poco la caída!

-¿Qué?-pareció murmurar el de la quinta casa, o al menos fue lo que Máscara alcanzó a leer de sus labios.

-¡Demonios Aioria! ¡Sujétate de los árboles!-insistió el de Cáncer mirando hacia abajo para calcular cuánto faltaba antes de que se estrellaran con el bosque-¡Confía en mí!

Aioria volteó a verlo sin disimular la sorpresa en su mirada. "Confía en mí". Nunca antes oyó esas palabras en la boca del de la cuarta casa, jamás se imaginó que alguna vez recibiría apoyo por parte de su vecino; pero ahora era su compañero, uno de los doce que se unieron en el Muro de los Lamentos, y alguien en quien sabía que podía confiar. Sus ojos recuperaron la seguridad y asintió con la cabeza para demostrarle a Máscara que haría su mejor esfuerzo por obedecerle.

En pocos segundos sus cuerpos se adentraron en las frondosas copas de los árboles. Sus manos buscaban con desesperación aferrarse a alguna rama sin embargo la inercia y la gravedad hacían su parte ocasionando que la madera se quebrara por la velocidad a la que caían. Sentían su piel rasgarse a causa de las ramas finas mientras que las más gruesas les golpeaban inmisericordes, pero no dejaban de luchar, por más que sus manos se desgarraran al intentar sostenerse de la porosa madera ellos no se darían por vencidos. No les darían el gusto a las arpías de verles morir de esa manera.

Pesadamente cayeron al piso en medio de un quejido de dolor. Tendidos sobre la tierra húmeda ninguno de los dos movía un solo músculo, entre los arañazos y el golpe tenía el cuerpo totalmente entumecido. Con dificultad Máscara de Muerte abrió uno de sus ojos sin poder evitar que su cuerpo se estremeciera a causa de las heridas, se sentía confundido, ¿continuaba vivo? ¿Estaba de vuelta en el Infierno purgando por sus pecados? No. No podía estar muerto. Le había pedido a Aioria que confiará en él, así que no pensaba convertirse en cadáver sin primero ayudar al león a salir del lío en que se habían metido, haría hasta lo imposible por no defraudar la confianza de su compañero de Orden. Se las debía después de todo lo que le hizo pasar después de la muerte de Aioros, ese era el momento de demostrarle su arrepentimiento y compensarle todo el sufrimiento de tantos años.

Una repentina punzada de dolor le hizo retorcerse. Siempre tuvo su cosmos para sanar sus heridas y mitigar el dolor, pero ahora sentía en carne viva el sufrimiento que tantas veces les causó a otras personas. Cuan miserable fue en el pasado, yendo por la vida con la mentalidad de destruir a cuanto ser vivo se le cruzara en el camino, pero las cosas cambiarían. Eso se lo había prometido.

Tenía la visión nublada por lo que no alcanzaba a ver más allá de un metro de donde estaba, sin embargo alcanzó a distinguir un bulto no muy lejos de él al que de inmediato reconoció como Aioria. Mientras reunía fuerzas para ponerse de pie escuchó un aleteo descendiendo sobre ambos, no había duda que las arpías regresaban a asegurarse de haber terminado la primera parte de su trabajo.

"Maldición" pensó apretando los dientes con frustración "¿Acaso no vamos salir de esta?"

Divisó los pies de las violentas criaturas posándose en el piso frente a él. Cada una de ellas tomó un camino diferente; mientras Ocípete caminaba hasta donde estaba el santo de Leo, Celeno se disponía a hacerse cargo del de Cáncer. La pelinegra le tomó del cuello alzándolo por del suelo lo suficiente para que sus pies flotaran en el aire, se veían tan frágiles pero resultaban ser lo suficientemente fuertes como para sostener a un hombre de su tamaño sin demasiado esfuerzo.

-¿Y bien? ¿Esta vez si suplicarás por tu vida?-sarcásticamente Celeno confrontó a Máscara sin ocultar una sonrisa de victoria. Se relamió los labios saboreando de antemano la vida que le arrancaría el guerrero, esta vez nada ni nadie los interrumpiría.

El cangrejo dorado le devolvió la sonrisa irónica. Solo Athena sabe de donde sacó fuerzas Máscara de Muerte para asestarle una potente patada a Celeno obligándola a soltarlo y retroceder por el impacto.

-Cuando van entender…-habló entre dientes el santo de cabellos azules al mismo tiempo que arrancaba un trozo de madera que se había clavado en su bíceps durante la caída-…que seres tan miserables como ustedes ¡no pueden derrotar a guerreros de élite como nosotros!

A pesar de que todo su cuerpo estaba lleno de sangre y lodo sus ojos brillaron con la emoción de la inminente batalla que se aproximaba, la adrenalina circulaba por su sistema mitigando el ardor de las heridas e inyectándole fuerza. Celeno retrocedió un par de pasos sin quitarle la vista al hombre que tenía enfrente. Se aseguró de expandir sus alas para lucir más amenazadora al mismo tiempo que intentó observar lo que fuese que estuviera haciendo Ocípete a sus espaldas. No tardó en averiguarlo cuando sintió a su compañera estrellarse contra ella.

Volteó para encontrarse con Aioria poniéndose de pie con dificultad mientras se agarraba las costillas, sin duda estaba igual de malherido que el de Cáncer pero tenía exactamente la misma mirada que el otro; reto, orgullo, arrogancia y seguridad, todo se transmitía a través de esos ojos.

-¿Escuchaste?…-murmuró el león tragándose el dolor de las costillas rotas-¡Este maldito bosque será su tumba!

Las arpías se miraron de reojo antes de echarse una carcajada.

-¿Cómo piensan detenernos en tan patético estado? Apenas y pueden mantenerse de pie pero insisten en que pueden matarnos. Creo que las cosas se pondrán interesantes ¿no te parece, Ocípete?-respondió al reto Celeno en clara actitud de superioridad para con los jóvenes.

-Estúpidos, un solo chillido y pueden despedirse de este mundo-río burlonamente Ocípete.

Ninguno de los santos demostró algún tipo de emoción ante el comentario de la criatura alada, todo permanecía inmutable, sin ruidos sin movimientos más que los del aire atravesando las ramas de los árboles.

"Carajos, ese monstruo tiene razón" pensaba Aioria disimulando su preocupación.

"Hay que silenciarlas, a cualquier precio" la maquiavélica mente del cangrejo repasaba una y otra vez las diferentes maneras de llevar a cabo su misión.

De pronto pensó en algo. ¿Por qué era siempre Ocípete la encargada de esos chillidos tan espantosos? No recordaba a ver visto a ninguna de las otras dos tomando semejante función en sus encuentros anteriores, tal vez…

-Eso es-susurró para sí mismo.

Sondeó el terreno buscando cómo llegar a la arpía que se encontraba exactamente frente al león. Tendría que medir con cuidado sus acciones, si fallaba se los llevaría el trasto a ambos, y sin poder comunicarse vía cosmos se les arruinaba por completo el factor sorpresa para con sus enemigos. Rápido, tenía que ser rápido para actuar y pensar, un solo golpe, solo eso necesitaba…aunque algo de habilidad con la espada también ayudaría.

Aioria tampoco estaba nada tranquilo. Debajo del frío exterior que se esforzaba por proyectar, el león dorado sabía que no tenían las cosas fáciles. Su única opción era luchar, eso no lo dudaba, pero ¿Cuánto tiempo serían capaces de soportar Máscara y él solos? Por lo que veía el santo de Cáncer estaba magullado por los golpes, sin mencionar el agujero en su brazo del cual no dejaba de brotar sangre. Estaba consciente de sus propias habilidades para el combate físico, sin embargo con varias costillas rotas comenzaba a desconfiar de su fortaleza. Por una fracción de segundo separó sus ojos de la arpía para encontrarse con los de Máscara de Muerte. Conocía esa mirada, el peliazul tenía un plan, o al menos, estaba pensando en algo; la pregunta era: ¿qué haría? No lo conocía lo suficiente como para leer sus pensamientos pero estaba seguro que el cangrejo pondría manos a la obra en breve.

Espalda con espalda las arpías permanecían quietas esperando el momento indicado para atacar, no podían evitar pensar que la victoria les pertenecía: esa misma noche caerían los dos primeros santos de Athena. Atento a los movimientos de sus contrincantes, Máscara de Muere pudo ver cómo Ocípete respiraba profundamente para llenar sus pulmones de aire con miras a iniciar aquel chillido horrible que tantos problemas les había causado en el pasado.

"¡Ahora!" con velocidad inhumana corrió hasta quedar cara a cara con la arpía de cabellos castaños. Sin pensarlo más, desenfundó la espada que todavía llevaba colgando de su cintura y la clavó en el cuello de la criatura. Todo sucedió tan rápido que Celeno apenas y tuvo tiempo de darle un golpe intentando alejarlo de su compañera mientras Aioria observaba sorprendido la velocidad del ataque del cangrejo dorado, raras veces tenía la oportunidad de ver los ataques físicos de su vecino.

Recostado sobre el suelo apoyándose en sus brazos debido al golpe de la segunda arpía una risa sardónica escapó de Máscara de Muerte. Se limpió con brusquedad una hilera de sangre que salía de su boca; dentro de sus venas el vital líquido ardía, toda la emoción contenida en esa fracción de segundo le levantaba el ánimo a niveles insospechados. Disfrutó el instante en el que Celeno vio de reojo como su compañera caía de rodillas y de manera involuntaria retrocedió ante semejante escena, quizá no tenía sus cosmos pero aún así era capaz de infundir miedo en sus adversarios y eso le gustaba. Poco le duró el gusto al de Cáncer antes que una punzada de dolor en su brazo le devolviera a su realidad.

"La herida es peor de lo que esperaba" se dijo llevándose la mano a la sangrante herida. Quizá era la pérdida de sangre, tal vez el dolor, pero lo único que sabía es que su brazo comenzaba a entumirse.

Acostumbrada al olor a muerte, Celeno esta consciente que si quería eliminar a los dos santos no tenía tiempo que perder. Escuchó como el cuerpo inerte de Ocípete caía al piso, estaba muerta y ahora, ella estaba sola.

-Maldito-murmuró entre dientes sin quitarle los ojos de encima-¡Aquí mueres!

Se lanzó a toda velocidad contra Máscara de Muerte llevando su garra adelante dispuesta a atravesar el ya de por sí dañado cuerpo del santo. Rápidamente Aioria se puso frente a su compañero para tomarla del brazo, giró para tomar impulso y terminó lanzándola sobre unos arboles cercanos cuyos troncos se quebraron ante el impacto del cuerpo de la arpía. Esta vez era el de Cáncer el que miraba sorprendido al león.

-¿Qué demonios, gato?-alcanzó a preguntar.

-Yo también sé algo de batalla cuerpo a cuerpo-respondió con una sonrisa irónica sin darle la cara a su compañero y observando atentamente a la arpía que parecía inconsciente.

El peliazul bufó con una sonrisita mientras se ponía de pie, ciertamente su compañero de Leo no tenía nada que envidiarle en cuestión de técnica de combate, aunque algo podía aprender el león acerca de pelear con sangre fría. Caminó pausadamente hasta el cuerpo de Ocípete para quitar la espada que aún atravesaba su garganta.

-Es hora de darle el golpe final-dijo tomando el arma con su brazo bueno.

Bajo la atenta mirada de Aioria se aproximó a Celeno y hundió de un solo golpe el filo de la espada en el corazón de la criatura alada. Ambos santos intercambiaron miradas, la batalla por fin había terminado. Los dos cayeron sentados sobre la tierra, estaban demasiado agotados como para continuar fingiendo que se sentían bien, además por fin tenían la oportunidad de respirar en paz después de lo que les pareció una eternidad.

-¿Estás bien?-el santo de Cáncer cuestionó a su vecino no muy seguro de cómo tomaría éste su pregunta.

-No, creo que mis costillas están hechas pedazos, de ahora en adelante apreciaré más a mi armadura-rió con broma Aioria que se encontraba tendido en el piso-Aunque debo admitir que me veo mejor que tú, ¿cómo está tu brazo, cangrejo?

-No deja de sangrar-respondió a secas.

El santo de la quinta casa se puso de pie lo más rápido que sus costillas rotas le permitieron. Caminó hasta donde su compañero se encontraba sentado y le dio la mano para ayudarlo a ponerse de pie.

-Vámonos, tenemos que buscar a los centauros para que te atiendan esa herida.

El de Cáncer aceptó la ayuda y, poniéndose de pie, emprendió el camino de regreso a la aldea de los centauros perdiéndose en la oscuridad del bosque.


En la semi oscuridad de aquel enorme comedor iluminado por unas cuantas velas, Hipólita se encontraba sentada en la cabecera de una larga mesa cuyos asientos estaban vacios a excepción de una persona. Tenía los codos apoyados sobre la mesa sosteniendo en ambos manos una hermosa copa de oro que aún contenía un poco de vino.

-¿En qué piensas Hipólita?-preguntó una joven de vibrantes ojos turquesa y cortos cabellos oscuros con reflejos azules.

La reina de las amazonas permaneció completamente quieta, limitándose a observar fijamente la bebida que sostenía en sus manos; su mirada perdida le delataba, algo la tenía preocupada. Alzó la vista para ver a la mujer sentada a su derecha. Un brillo amenazante resplandeció en sus ojos; cualquier otro hubiese retrocedido, pero no la joven de cabellos oscuros, al contrario, sonrió ante la reacción de su señora.

-En Athena-respondió secamente la castaña.

-¿Estás preocupada por su respuesta? Por favor Hipólita, la tenemos en nuestras manos, si de verdad aprecia a esos hombres hará todo lo posible por evitarles problemas con nosotras-la mujer contestó con arrogancia y completamente segura de sus palabras.

-No la subestimes Nicia-la voz ronca y severa de Hipólita la hizo respingarse-Hablas de la diosa de la sabiduría, dudo mucho que acepte nuestra oferta…

-¡¿Qué dices?!-interrumpió Nicia poniéndose de pie bruscamente.

-Me sorprendes, ¿acaso no entendiste el verdadero motivo de mi solicitud?-la reina sonrió con ironía-Y te jactas de ser mi mano derecha, tal vez deberías reconsiderar ese título de "genio" que te has auto impuesto.

Los ojos de Nicia se llenaron de rencor al escuchar las palabras burlescas de Hipólita, solamente porque era su reina le soportaba semejantes insultos, sin embargo tenía que admitir que ignoraba la naturaleza de los planes de la amazona mayor. Apretó los puños e hizo todo lo posible por mantener su lengua quieta, si bien no dudaba de sus capacidades como guerrera, también estaba consciente del poder de la mujer que sería su contrincante.

-Explícate Hipólita-exigió tratando de tragarse su exaltación.

-Como te dije, dudo que Athena acepte la propuesta pero al menos nos permitiría comprar algo de tiempo. Si la diosa sabe que estamos enteradas de los movimientos de sus santos intentará retrasar su arribo a nuestro territorio hasta cerciorarse de las postura que mantenemos para con ellos…

La pelinegra le observaba con miedo en la mirada, odiaba ver a Hipólita en ese estado como de trance. Solía ponerse demasiado violenta cuando se sentía amenazada y eso era exactamente lo que hacían la diosa de la sabiduría y sus guerreros; empezaba a compadecer a aquellos hombres que se atrevían a infundir semejante sentimiento en su reina, después de todo, por algo era hija de Ares.

-Por eso, mi estimada Nicia…-continuó Hipólita sin inmutarse-…necesito que hagas uso de toda tu "genialidad" para armar un plan de ataque que nos ponga en ventaja antes esos hombres. Quiero tomarlos por sorpresa, que no sepan lo que los golpeó.

Nicia asintió levantándose de la silla, presentó una reverencia hacia su gobernante y de inmediato abandonó el salón, había trabajo que realizar.

"Ya verás Phineas, te demostraré que tus malditas predicciones no son infalibles. No moriré, no en esta batalla" se dijo la reina antes de beber todo el contenido de su copa.

A su mente regresaban las imágenes, atormentándola como cada noche desde su encuentro con el Oráculo. Maldecía el momento en que decidió permitir que alguien más le dijera su destino, debió permanecer firme a sus creencias. El destino le pertenece solamente a quien lo construye, ni siquiera los mismos dioses deberían tener potestad sobre él, sin embargo ella había sido débil.

La misma noche que escuchó de la boca de su padre que tendrían que enfrentarse a los protegidos de la diosa de la sabiduría la reina decidió consultar a uno de los Oráculos que había capturado durante sus viajes de conquista. Aquella mujer de ojos blanquecinos y cabellos de color plata lograba hacer que la piel se le enchinara a la orgullosa amazona, detestaba su habilidad para predecir el futuro con extrema precisión. Recordó haberla visto ese noche sentaba bajo la ventana de la habitación que también le servía de prisión, con los rayos de la luna bañándola y dándole el aspecto de un ser mágico. Sus ojos transparentes perdidos y sus pálidos labios cerrados, resultaba tan poco agradable permanecer mucho tiempo junto a ella, pero para la reina el conocer su futuro se había convertido poco a poco en una obsesión.

-¿Otra vez aquí, Su Majestad?-le dijo con ese aire de superioridad y en clara burla a las afirmaciones de Hipólita de que nunca más volvería a verla.

-Cierra la boca Phineas y dime lo que quiero saber-la amazona la miraba con desagrado mientras su voz reflejaba la severidad de sus sentimientos hacia su prisionera.

La joven de cabellos de plata agachó la cabeza mientras cerraba los ojos en busca de concentración; no se movió por varios minutos, inclusive parecía que su respiración se detenía durante ese lapso de tiempo. De pronto, y como si un espasmo se apoderará de su frágil cuerpo, alzó el rostro abriendo los ojos. Hipólita se cruzó de brazos y torció la boca al reconocer las inequívocas señales de que Phineas estaba lista para comenzar sus adivinaciones.

- En aquellos en quienes descansa el futuro de este mundo reside también la existencia de la reina…-la voz suave de la mujer tomó un tono ronco y fantasmagórico al iniciar a hablar-…Espíritus destinados a nunca encontrarse colisionarán a causa de los dioses y, cuando los caminos se crucen, la caída del imperio será eminente mientras que el alma de la hija de la guerra será liberada.

Apenas hubo terminado su profecía el cuerpo de la mujer perdió su fuerza, colapsó perdiendo el sentido y dejando pasmada a la reina de las amazonas. Una temblorosa Hipólita abandonó a habitación para reunirse con su séquito que esperaban ansiosas la salida de su reina, pero el rostro de su señora no era exactamente el que pensaban. Incapaz de ocultar sus sentimientos, la castaña se abrió paso entre las amazonas que la rodeaban dirigiéndose por inercia a sus aposentos, no quería ni tenía ganas de hablar de su encuentro con el oráculo.

-Señora Hipólita-la voz de una de sus sirvientas la sacó de sus recuerdos-¿Desea más vino?

La amazona simplemente permaneció observando su copa vacía, así como sostenía esa copa entre sus manos así volvería a retomar el control de su vida.


El crujir de las hojas debajo de los cascos de los centauros se escuchaba perfectamente en el silencio sepulcral del bosque. Ocultos en las sombras de los árboles dos santos de Athena avanzaba abriéndose paso entre la tupida vegetación, ninguno de ellos estaba completamente seguro de donde estaban, sin embargo todo indicaba que los centauros que les acompañaban no tenían problema para reconocer el lugar.

-Adelphos, ¿estás seguro que no estamos perdidos?-Milo de Escorpión cuestionó al centauro que le traía sobre el lomo al mismo tiempo que buscaba con sus ojos algo que le permitiera saber si estaba en lo cierto.

-Ya te dije que no, Milo. Deberías confiar un poco más en nosotros-le respondió el centauro con una sonrisa traviesa.

-Bueno, bueno, si tú lo dices…-contestó el santo subiendo los hombros.

-Ya te lo dijo unas diez veces contando la anterior-Camus le reprochó mirando de reojo a su amigo.

-Ni le reproches Camus, Adelphos es igualito a Milo, siempre anda haciendo preguntas de más a pesar que conoce la respuesta-rió el centauro que llevaba al santo de Acuario.

-No sé de que hablas, Zephyr-Adelphos no parecía contento con el comentario.

Los cuatros se llevaban bien a pesar de conocerse poco, de hecho la afinidad entre ellos había hecho la búsqueda más soportable de lo que pensaban. Milo y Camus no querían ni imaginarse lo que hubiese sucedido si sus compañeros de misión fueran poco agradables, ya de por sí la situación no era la mejor para relacionarse con alguien, sin embargo hasta ese momento todo iba bien.

-Oye Camus…-volvió a hablar el escorpión.

-¿Sí?

-¿Crees que el gato esté bien?-la voz de Milo delataba su preocupación.

-Ya verás que sí, Milo-Camus no podía ocultar que sentía que engañaba a su amigo con su respuesta.

El de la octava casa torció la boca no muy convencido, deseaba que fuera cierto pero no podía sacarse la espina de que seguramente estaría en problemas. Avanzaron unos pasos más sin que nadie se atreviera a hablar, de nueva cuenta el silencio tomaba posesión de la escena.

-Camus…-Milo llamó al santo de la jarra obteniendo como respuesta un bufido-… ¿Y el cangrejo?

-¿Qué hay con Máscara de Muerte?-le devolvió la pregunta mirándole.

-¿Estará bien?

-Eso espero, Milo, eso espero-resolvió el francés antes de volver a quedarse callados.

Continuaron caminando unos cuantos minutos hasta que uno de los dos centauros decidió que sería mejor regresar para reunirse con le grupo, ya se habían alejado bastante. Iniciaban el regreso cuando un pétalo roja cayó sobre el hombro de Zephyr causando sorpresa en el centauro.

-Pero, ¿qué?-preguntó intrigado tomando entre sus manos el pétalo. No pasó mucho tiempo antes que los cuatro guerreros se encontraran envueltos en una lluvia de pétalos rosas, aquel hermoso espectáculo era la firma de ella…

-Afrodita-murmuró entre dientes Adelpho.

Continuará…


Este fue el décimo segundo capítulo del fic, espero les haya gustado. Cómo siempre quiero agradecer a quienes han dedicado un poco de su tiempo a leer la historia y dejar sus comentarios. En esta ocasión mando un especial saludo a quienes me hicieron llegar sus comentarios del capítulo anterior ¡muchas gracias ^^!: Asuka Masura, La Dama de las Estrellas, Ale, Anali Wakashimazu, Pyro y Layla, RIAADVD, sol angel, angel de acuario, Leika-kannon, Alfa, Orion no Saga, Sanae Koneko, La Gran Hana, Kilder, Tisbe, xanxel y Aoyagi Kenshi.

Kilder: Gusto en saludarte otra vez. Veo con agrado que los centauros han llamado bastante la atención, creo que ya lo dicho antes pero es que estos seres mitológicos son mis favoritos y moría por incluirlos en la historia :P . De Damen solo te digo que, efectivamente, volveremos a verlo pronto, y me reservo cuales son sus planes para con los santos jeje. Las amazonas ya empezarán a mover sus fichas en todo este asunto, a ver quien puede más, si ellas o los muchachos. ¡Muchísimos saludos para ti! ^_^

Tisbe: ¡Listo! Me deshice de las arpías y sin involucrar más bajas en las filas de Athena, aunque si les quedarán algunas cicatrices a mis pobres gatito y cangrejito. Y sí, ya veremos que los santitos no están solo (ya se había pasado la mano buscándoles enemigos jeje), pronto entrarán unos cuantos aliados inesperados. ¡Besos! ^_^

Xanxel: Bienvenida a la historia ^^ . Tengo que admitir que de repente dejo medio abandonados a Mu y Shaka, pero créeme que cada uno tendrá su momento dentro del desarrollo de la historia. Muchas gracias por unirte a este fic y nos seguimos leyendo ¡Saludos! ^_^

Aoyagi Kenshin: Primero que nada tengo que darte la bienvenida a este fic, que bueno que te haya gustado. Sé que me he tardado un poquitín en actualizar pero aquí estoy, ojalá que también te guste este capítulo. Gracias por tus felicitaciones y que estés bien. ¡Saludos! ^_^

Antes de despedirme me gustaría comentarles que, debido a algunas nuevas responsabilidades que ha traído este año, las actualizaciones se distanciarán un poquito pero cuenten con que siempre regresará con un capítulo nuevo. De antemano les agradezco su compresión y paciencia.

¡Saludos!

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