Capitulo 13
Juegos perversos
Envuelta por la lluvia de pétalos rojos, la delicada figura de la diosa de la belleza comenzó a tomar forma delante de los ojos de los santos y los centauros. Los cuatro estaban conscientes de que nada podían hacer para evitar el inminente encuentro con Afrodita; cuando la diosa se proponía algo no se detenía hasta lograrlo y no había razón para dudar que lo mismo sucedería en esa ocasión.
Los verdes ojos de la deidad brillaron en las penumbras del bosque casi al mismo tiempo que una cínica sonrisa se dibujó en sus labios. Recorrió con la vista a los santos y luego se enfocó en los centauros que permanecían alertas ante cualquier movimiento sospechoso de la castaña; ciertamente ella no esperaba encontrar a los santos custodiados. Torció la boca y su mirada se tornó despectiva para con las criaturas mitológicas. Su disgusto era evidente.
-Veo que se las han arreglado para conseguir aliados, y yo que venía a ayudarles-les dijo desplegando sus habilidades de coquetería y flirteo.
Zephyr y Adelphos se miraron de reojo pero sin atreverse a contestar a la diosa, quizá lo más prudente era mantenerse callados.
-Así es señora Afrodita. Agradecemos sus intenciones, pero no necesitamos de usted para cuidarnos-le contestó Camus con indiferencia para luego ordenar con una seña a sus compañeros que era hora de continuar su camino.
El hermoso rostro de la diosa se deformó momentáneamente por la ira. Nadie, absolutamente nadie, la trataba de esa manera, ni siquiera un protegido de Athena y eso se los demostraría. Respiró profundamente en un intento de recobrar la compostura, después de todo, su aparición ante ellos no fue nada más un impulso. Por su parte, tras darle la espalda a la castaña, Milo y Adelphos no pudieron evitar sonreírse al darse de cuenta de lo mucho que las palabras del santo de Acuario habían alterado a la diosa; si algo sabía hacer bien el de penúltima casa era callar a demás.
-Entiendo…-Afrodita enrollaba unos de los mechones de su cabellos en sus dedos-…supongo que no me necesitan de mí para encontrar a sus compañeros heridos. Solo espero que lleguen antes de que sus heridas los maten.
Habiendo terminado de hablar se dio la vuelta para caminar lentamente en sentido contrario a los santos con la intención de perderse en el follaje aunque siempre observando de reojo como reaccionarían los guerreros.
Milo bajó la cabeza y apretó los puños. Estaba dudando. Sabía perfectamente bien que esa diosa no era de confiar y que haría todo lo que estuviese en sus manos para engañarles, pero tampoco podía quedarse cruzado de manos. Si lo que decía era cierto, entonces Máscara y Aioria estaban vivos pero ignoraban por cuanto tiempo más sobrevivirían. Tenía que hacer algo, pero ¿qué?
-Espera-habló con voz ronca y sin darle la cara a Afrodita. Los ojos de Camus y ambos centauros se centraron en él con algo de incertidumbre acerca de lo que el escorpión haría. La diosa sonrió triunfante.
-¿Sí? ¿Decías algo?-respondió al llamado de peliazul con fingido interés.
-Si sabes donde están ¡Dímelo!-exigió con determinación.
-Suficiente, Milo. Vámonos-el santo de Acuario y Zephyr se interpusieron entre el escorpión y su compañero para evitar que se aproximaran más a Afrodita.
-¡¿Y si lo que dice es cierto?!-reclamó Milo volviendo la vista sobre su amigo-¡¿No piensas hacer nada, Camus?!
-Pienso ir en busca de ellos-contestó sin alterarse-Y cada segundo que pasas aquí parado exigiendo respuestas es un valioso segundo que perdemos.
-En realidad, creo que es preferible que me escuchen y pierdan uno o dos minutos, a que vaguen por la oscuridad del bosque por horas sin poder encontrarles-Afrodita se llevó las manos a la cintura sin borrar la sonrisa de sus labios-¿No crees, Milo?
Los ojos de Camus fueron de Milo a Afrodita y luego regresaron para fijarse en su amigo. Lo conocía demasiado bien como para ignorar que el santo de la octava casa comenzaba a dudar. Podía leer la indecisión en su mirada. Apretaba los dientes y las manos delatando su ansiedad. Sin embargo, Camus también estaba consciente de que nada podía hacer por su amigo; ya había dicho todo lo que tenía que decir, el resto ya era decisión propia del escorpión. Y es que no tenía caso discutir con Milo cuando una idea se le metía en la cabeza; sin importar cuanto se esforzase, si el peliazul deseaba aceptar la ayuda de Afrodita, así lo haría y él no podría hacer absolutamente nada para detenerlo.
La mirada de Milo, que hasta hacía unos minutos se veía perdida, se enfocó. Su semblante dejó atrás la incertidumbre, adquiriendo aquel rostro de decisión muy propio de él. Frunció el ceño y fijó sus ojos en los verdes iris de Afrodita.
-Lo siento mucho, pero tengo que pasar de tu oferta-le dijo con una torcida sonrisa-Tú no eres mi diosa. No te debo respeto y, por lo tanto, tampoco debo esperar nada de ti. Ya te debemos un favor y no quiero seguir aumentando la cuenta, después de todo, mis acciones repercuten también en mis compañeros. Vámonos-volteó hacia Camus-tenemos que encontrar al cangrejo y al gato sarnoso, Marin va a matarme si regreso a la edad moderna sin Aioria.
Adelphos dio la vuelta obedeciendo al santo con la intención se seguir su camino, dejando detrás a una diosa de la belleza en cuyo rostro se leí la rabia que le carcomía el alma. Camus respiró aliviado al escuchar la contestación de Milo. No esperaba menos de él, pero tenía que admitir que por un breve instante llegó a tener sus dudas; a veces la nobleza de Milo podía llevarlo a tomar las decisiones incorrectas. Afortunadamente no fue así en esa ocasión.
Mientras los santos se alejaban, la diosa les observaba sin inmutarse. Tan pronto sus figuras se perdieron entre las sombras de los árboles, una cortina de pétalos carmesís la envolvió.
-¿Crees que los entretuvimos el tiempo suficiente?-una voz delgada preguntó a la diosa.
-Eso, espero, de lo contrario la señora Afrodita no estará nada contenta-la manta carmesí que protegía el cuerpo de la deidad griega comenzó a disiparse lentamente, dejando al descubierto los larguísimo cabellos de Aglaya. La Gracia sonrió sarcásticamente, el resto estaba en manos de la propia diosa.
Ser el dios de la guerra en tiempos de paz podía ser bastante aburrido, salvo que se estuviera pensando en la forma de destruir a los guerreros de cierta fastidiosa diosa de la sabiduría. Claro que en esa noche en especial, Ares se la pasaba imaginando la reacción que tendría Hipólita respecto a su breve conversación con respecto a los santos de Athena, él ya había sembrado ahora solo tenía que esperar para cosechar. Conocía la perfección los malos modos de esa testaruda hija suya y también estaba más que consciente de la dependencia hacia ese oráculo que había desarrollado en los últimos días.
Sentado cómodamente en su trono el dios observaba cuidadosamente la punta de su lanza representativa, le emocionaba pensar en todos los enemigos que habían sucumbido con ayuda de su instrumento de guerra favorito. Pasó el dedo por el filo del arma. Vibró de solo pensar en la sensación que tenía cada vez que aquel filoso metal cortaba la carne de quienes se oponían a él y a sus metas.
-¿Pensando en alguien en especial?-comentó con burla una voz que provenía de su derecha.
-¿Quién será el desgraciado que sentirá en carne propia el dolor de ser atravesado por la lanza?-otra voz hizo su aparición desde la izquierda.
Ares sonrió maliciosamente mientras cerraba los ojos-Creo que ustedes de saber bien quienes son los elegidos-respondió con la voz ronca de quien no ha pronunciado palabra en mucho tiempo.
-Traemos algo que puede interesarte…-la voz de la derecha hizo eco en el salón.
-Información tan valiosa para ti como para nuestro señor-complementó la de la izquierda.
-Y yo que creí que el único dios mensajero era Hermes-se burló el dios de la guerra de sus interlocutores.
-Creo que el señor la guerra no está interesado en lo que tenemos que decirle-de en medio de las sombras que rodeaban el trono surgió la figura de un hombre alto en cuya frente brillaba una estrella.
-En tal caso deberíamos irnos, ¿no lo consideras así, Thanatos?-un hombre idéntico apareció del lado opuesto.
-Que bajo han caído…Thanatos…Hypnos. Los poderosos dioses gemelos convertidos en simples mensajeros de mi tío, ¿qué acaso Hades no tiene otro sirviente que pueda hacer tal tarea?
-No hemos sido enviados por el señor Hades-los ojos de Ares se abrieron para observar de reojo a Thanatos quien hablaba desde su derecha-Estamos aquí por iniciativa propia.
-Así que por fin se han rebelado a la voluntad de mi estimadísimo tío-una carcajada escapó de la garganta del castaño.
-No, todo lo contrario-ahora era Hypnos quien tomaba la palabra-Nuestra misión es velar por el emperador de Inframundo, y para poder cumplir con dicho objetivo hemos obtenido información que te involucra a ti, Ares.
Las pupilas de Ares miraron al frente. Su rostro no delataba ninguna emoción; la risa y burla de antes habían desaparecido.
-¿Qué es lo que saben?-el dios frunció el ceño con disgusto. Siendo él una deidad superior, se sentía utilizado por esos dos y odiaba esa sensación.
Thanatos e Hypnos cruzaron miradas complacidos. Tenían la completa atención del belicoso dios.
-Al parecer uno de los trece elegidos de Athena tiene un pasado oscuro…uno que te involucra a ti-Thanatos se detuvo observando cautelosamente la reacción del señor de la guerra. Al sentirse seguro continuó-Según se no ha dicho, ese hombre fue elegido para ser tu reencarnación de su época. De acuerdo con nuestra fuente, inclusive estuvo a punto de terminar con la vida carnal de la joven reencarnación de tu hermana, Athena.
Ares agachó la cabeza. Sus flequillos color chocolate cubrieron sus ojos dándole un aspecto aún más terrorífico a la cara inexpresiva de la deidad mayor. Cada una de las palabras provenientes de los dioses gemelos retumbaba en sus oídos. Su mente trabajaba a toda velocidad procesando el tremendo valor de la información que sus tímpanos captaban. Todo aquello resultaba interesante. Demasiado interesante…
-¿Cómo se enteraron?-preguntó Ares sin levantar la vista.
-Esa información nos la reservamos, ya sabes, por cuestiones de seguridad-Hypnos miró a su gemelo con complicidad.
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro semi oculto del dios de la guerra.
-Ahora entiendo porque siempre han sido deidades de segunda-habló con burla-¿Sinceramente creen que Athena desconoce esa faceta de su santo? Par de idiotas…subestimando a mi hermana solamente buscaran sus propias muertes.
Los dioses gemelos apretaron los dientes. Sentían la sangre hirviendo dentro de ellos, y con cada palabra que salía de la boca del hijo de Zeus aquel iracundo calor solamente aumentaba más y más. De no haber sido el mismísimo dios de la guerra, seguramente ya le hubieran asesinado pero, desafortunadamente para ellos, su mal carácter solo se comparaba con su fuerza.
-¿Qué pasó? ¿Eso era todo lo que venían a decirme? ¿Les comió la lengua el ratón?-Ares miró primero a Thanatos y luego a Hypnos. Disfrutaba de gran manera ver el contrariado rostro de los sirvientes de su tío-Bueno, si no tienen más que decirme… ¡¿qué demonios esperan para largarse?!
El grito de Ares retumbó en el vacío de la habitación. Le gustaba…no, les fascinaba sentir el terror en sus iguales, aquella embriagadora sensación de poder se convertía en una droga para él. Los dioses gemelos retrocedieron tratando en vano de disimular su enojo y temor hacia el dios castaño. Ya entendían la razón por la que se había ganado tanta mala fama entre las deidades griegas, ciertamente era de temer.
De la misma manera en que habían aparecido, el dios de la muerte y el dios del sueño se perdieron entre las sombras con la intención de regresar de nuevo al Inframundo y dejando en completa soledad a Ares. El dios tomó una postura más relajada en su trono y, apretando entre sus manos la lanza legendaria, la hizo brillar con su cosmos. Un aura de color rojizo resplandeció en el salón.
-De verdad que son un par de idiotas…no solo subestimaron a Athena, también me subestimaron a mí. Quizá es hora de recordarle a mi estimada hermana la magnitud de mi fuerza.
Por las lúgubres sendas escondidas del bosque, Saga de Géminis y Juliun, el centauro encargado de cuidarle, avanzaban en dirección a la aldea de los centauros para encontrarse con Thera. Iban en silencio, sin estar muy seguros de que decirse el uno al otro; las mentes de ambos permanecían con sus compañeros que aún buscaban ansiosamente al cangrejo y al león. Llevaban varios minutos caminando y ya se había alejado bastante del resto del grupo, sin embargo todavía les faltaba mucho para llegar a la pequeña villa; podría decirse que estaban medio de la nada.
Iban tan atrapados en sus pensamientos que pasaron por alto el sonido de cascos acercándose a ellos. Quizá por descuido, quizá por confianza, pero no reaccionaron ante la proximidad del jinete que venía a su encuentro, después de todo el golpeteo de los cascos, cuando se esta rodeado de centauros solamente significaba aliados aproximándose. El blanco pelaje de Damen contrastaba con la oscuridad de la noche, convirtiéndole en una presencia espectral delante de los ojos del santo y su acompañante.
-Joven Damen-saludó cortésmente el centauro que servía de guardaespaldas del gemelo.
-Juliun, ¿qué hacen en esta parte del bosque?-preguntó el castaño ignorando por completo la presencia del de Géminis.
-El señor Quirón nos ha enviado de regreso a la aldea, él y nuestros protegidos piensan que quizá Thera pueda localizar a los dos santos desaparecidos ayudándose de las estrellas.
-Ya veo-el joven centauro bajó la cabeza y clavó sus ojos ámbar en el piso. Parecía meditar algo-Juliun, yo me haré cargo del santo de Athena a partir de ahora-habló dirigiendo su mirada hacia Saga que le observaban con ciertas reservas-Puedes regresar con Quirón y el resto del equipo de búsqueda, serás de mayor utilidad ahí.
Saga dio un respingo. No le gustaba para nada quedarse a solas con el único centauro al que le molestaba la presencia de los guerreros de la diosa de la sabiduría entre su pueblo. Tal vez era paranoia, pero resultaba sospechoso tanto interés en ellos así de pronto, sin embargo, con el fin de ahorrarles disgustos y molestias a los demás, Saga decidió guardarse para sí mismo sus sospechas.
-Pero…joven Damen, esas no fueron las instrucciones del señor Quirón-protestó Juliun ganándose con ello una mirada de reproche por parte del menor.
-¿Estás desconfiando de mí?-le cuestionó.
-Jamás haría tal cosa-Juliun bajó la vista avergonzado por la confrontación de su compañero.
-Está bien, Juliun, yo puedo irme con Damen a la aldea. Regresa a ayudar a Aioros y los demás a encontrar a nuestros amigos-intervino Saga bajándose del lomo del que hasta entonces había sido su compañero.
Juliun asintió con la cabeza y tras intercambiar miradas con el geminiano dio media vuelta y regresó sobre sus pasos para reencontrarse con el resto del grupo. Sin estar muy convencido de lo que hacía, Saga se montó sobre su nuevo escolta y juntos reanudaron la marcha.
Pasaron varios minutos y de la aldea no había ni rastro. No había manera de que pudiera asegurarlo, pero su intuición le gritaba a Saga que algo estaba mal; y esa voz interna nunca le había dejado mal con anterioridad.
La velocidad con la que corría el centauro comenzó a disminuir lentamente hasta que se detuvo. No había nada alrededor de ellos, solamente bosque. Saga bufó fastidiado mientras paseaba sus ojos azules por el panorama que le rodeaba esperando por una explicación de parte de Damen; explicación que nunca llegó.
-¿Qué esperamos?-preguntó.
-La pregunta debería ser ¿a quién esperamos?-el centauro respondió con algo de ironía-Al parecer no solo mi pueblo se encuentra fascinado con ustedes, sino que también algunas deidades están dispuestas a hacer todo con tal de poder acercárseles, santo de Athena.
-Explícate-ordenó, sin perder el temple, el santo de la tercera casa.
El centauro giró de golpe la cabeza hacia su derecha como quien reconoce algo que ha llamado su atención.
-No serán necesarias más explicaciones de mi parte, parece ser que la persona a quien esperamos ya está aquí-sonrió con malicia.
Y así era. Si Saga hubiese podido usar su cosmos de inmediato hubiese reconocido la poderosa presencia que se acercaba a ellos envuelta en las sombras de la noche. La graciosa silueta parecía flotar en el aire, puesto que era imposible escuchar el crujir de las hojas con cada paso que daba.
-Excelente trabajo, Damen-Saga afiló la mirada al reconocer de inmediato esa voz-Has traído justamente al que quería, por un momento llegué a preocuparme que lo confundieras con su hermano gemelo.
-He cumplido mi parte del trato. Ahora le toca a usted cumplir su promesa, señora Afrodita-Damien confrontó a la diosa del amor la cual correspondió a la afrenta mirándole con disgusto.
-Todo a su tiempo…-contestó aproximándose más al centauro-Primero, entrégamelo.
-Así que resultaste ser un maldito traidor-Saga cerró los ojos y se bajó del lomo de Damien.
-Llámalo como quieras, mi único pecado es atreverme a pensar por mí mismo. A diferencia de los demás centauros, yo no sigo órdenes ciegamente. Mis intereses van primero y, en este caso, la oferta de la señora Afrodita era mucho más generosa que la de Athena.
-Como quieras-Saga le habló con indiferencia-El honor no tiene precio, aunque por lo visto el tuyo sí.
Enojado por la respuesta del santo, Damien brincó parándose en sus patas traseras a tiempo que desenfundaba su espada para atacar al peliazul.
-Atrévete a tocarle un cabello y te las verás conmigo-la voz fría y tranquila de la diosa del amor detuvo en seco al centauro.
Un iracundo Damen bufó ante la interrupción de la diosa. Dio la media vuelta y comenzó a la alejarse no sin antes enviarle una feroz mirada al santo de Géminis-Me retiro, sin embargo estaré al pendiente de que cumpla su parte, señora Afrodita.
-Así lo haré-la diosa la sonrió despreocupada.
Tan pronto le perdieron de vista Saga observó atentó a la deidad que tenía frente a él. Ella le sostuvo la mirada, disfrutando del escrutinio del santo hacia ella, ser el centro de atención era siempre un deleite para Afrodita.
-¿Me vas a decir?-Saga cuestionó la castaña viéndole a los ojos.
-¿Qué deseas saber?
-¿Cuál fue el precio de su honor?
-¡Oh! ¿Eso?-la diosa respondió con coquetería acercándose al santo tanto que la nariz de ella rozó la barbilla del de Géminis-Inmortalidad. De hecho, si tú deseas, puedo ofrecerte lo mismo a ti. Puedo regalarte vida eterna…si te quedas a mi lado.
-¿Qué te hace pensar que yo quiero tal cosa?-Saga le dijo casi como un murmullo.
-Todos los hombres quieren vivir eternamente, ¿qué te hace diferente a ellos?
-Yo no le temo a la muerte-le respondió con severidad-Ya he muerto dos veces y estoy listo para hacerlo una tercera cuando sea necesario.
-Mentiras. No hay nada de agradable en la muerte-Afrodita pegó su cuerpo al de Saga.
-¿Cómo puedes saberlo si tú eres inmortal?-él se alejó del alcance de la ojiverde y le dio la espalda-Además nadie dijo que la muerte fuera algo agradable. Efectivamente, no lo es.
-Entonces, ¿qué es? ¿por qué no quieres evitar la muerte?-con una mezcla de curiosidad y fastidio la diosa del amor exigió una respuesta por parte del de la segunda casa.
-¿Por qué? En realidad no lo sé, pero un buen amigo mío dice que la muerte nos permite apreciar las maravillas de la vida. Eso, ustedes los dioses, nunca podrán sentirlo.
Afrodita bajó la cabeza reflexionando cada una de las palabras del santo. Tenía que admitir que ese hombre estaba en lo cierto, ella nunca se había puesto a pensar en las muchas cosas buenas que experimentó en su eterna existencia, ese tipo de cosas nunca le llamaron la atención, ni le eran de cuidado.
Saga suspiró profundamente. Estaba punto de preguntarle a la diosa acerca de las intenciones que tenía al encontrarse con él cuando la ansiedad se apoderó de él. Esa sensación. Aquel sentimiento de miedo e impotencia, ese débil matiz de odio que se apoderaba de él, el vacío que sellaba su alma…era algo que nunca olvidaría y que ahora estaba sucediendo de nuevo.
La pregunta era: ¿por qué? Se suponía que la maldad había sido expulsada de su cuerpo por los cosmos de los santos de bronce y su alma fue purificada por el la misericordia infinita de su diosa cuando le perdonó sus ofensas. Si tal era el caso, entonces ¿Por qué sentía que se perdía en la maldad de nuevo? ¿Cómo era posible?
Bajó la cabeza al mismo tiempo que cerraba los ojos en busca de concentración. Para no caer en la desesperanza tenía que hacer uso de toda la fuerza mental que le quedaba. La vez anterior había sucumbido ante el enorme poder de la maldad, quizá esta vez podría hacer algo.
- Me imagino que querrás saber el motivo por el que le pedí a Damen que te trajera a mí-Afrodita le dijo desde detrás de él.
El santo no respondió, sin que ella lo supiera él estaba librando su batalla personal contra un dios. Y el dios tenía todas las de ganar.
-¿Me estás escuchando?-insistió la castaña al no recibir respuesta. Con su mano tocó el hombro del santo con el fin de que se voltease a ella para poder tenerle de frente.
Y así lo hizo. Repentinamente se dio la vuelta y sus manos tomaron firmemente los brazos de la deidad griega. La blanca piel de Afrodita se tornó roja debido al agarre de esos poderosos dedos que le sujetaban con fuerza. Saga la jaló hacia él. Ella apenas y tuvo tiempo de meter las manos para evitar que su rostro golpeara contra el pecho del santo de Géminis aunque a pesar de sus esfuerzos, sus cuerpo estaban lo suficientemente cerca como para que la misma diosa del amor se pusiera nerviosa. Y es que ese hombre que la sujetaba no era el mismo con el que había estado hablando unos segundos antes. Su mirada era distinta. Su sonrisa había cambiado. Inclusive su aura era diferente.
Asustada, la diosa intentó liberarse de él, pero nada parecía resultar; había perdido el control de la situación y ahora se sentía atrapada. Fácilmente hubiera podido usar sus poderes divinos para liberarse, sin embargo, algo la detenía de hacerlo; algo que ni ella alcanzaba a entender. Era como si, de pronto, Saga se hubiera convertido en alguien que ella conocía, alguien a quien ella temía, alguien como…
-¿Qué sucede, Afrodita?-Saga había hundido su rostro en el cuello de la diosa y le hablaba con una voz ronca y llena de deseo-¿No era esto lo que querías?
La castaña sintió un escalofrío recorriendo su espalda cuando el tibio aliento del santo de la tercera casa golpeó contra su oído. Inconscientemente se mordió el labio y, dejando atrás sus temores, sonrió con descaro aceptando la proposición del peliazul. Con las manos acarició el pecho del geminiano al mismo tiempo que echaba la cabeza para atrás con la intención de facilitar el recorrido de los ansiosos labios que saboreaban cada centímetro de cuello. Un par de gemidos desvergonzados escaparon de la garganta de la diosa, nunca se hubiese imaginado que todo se daría tan fácilmente.
Llevado por el momento, él la liberó para dirigir sus manos hacia la cintura de la diosa ciñéndola contra su cuerpo, sintiendo a su paso cada una de las curvas y disfrutando de la sueva piel que tocaban sus dedos. Por fin, sus labios se encontraron desencadenando un ardiente beso que parecía no tener fin. Los brazos de Afrodita subieron lentamente hasta enredarse alrededor del cuello del santo mientras que él tomó con una de sus manos la nuca de la diosa para evitar que ella rompiera el contacto de sus bocas. El ritmo de aquel beso desenfrenado aumentaba cada vez, ninguno de los dos estaba dispuesto a separarse aún si comenzaban a quedarse sin aliento.
De pronto la boca Saga se detuvo. Sin levantar el rostro, empujó a Afrodita alejándola de él con tanta fuerza que poco faltó para que la deidad cayera al piso debido a lo repentino del empujón. Perpleja vio como el santo se llevaba ambas manos a la cabeza, como si tratara de evitar que le estallara; sus rodillas golpearon el piso seguidas de algo parecido a un quejido ahogado.
-S-saga, ¿te sientes bien?-con muchas reservas Afrodita se había acercado al santo e hincándose a su lado lo tocó en el hombro intentado localizar sus ojos para ver en ellos lo que le sucedía.
-No, no de nuevo-murmuró el de Géminis apretando los dientes con frustración y forzándose a sí mismo a mantener los ojos cerrados.
La posición de la cabeza del santo y los mechones de cabello azul que caían sobre sus ojos le impedían a la deidad leerle la mirada. Aquello se estaba convirtiendo en una montaña rusa de emociones para ambos, la misma Afrodita se sentía confundida.
-¿De qué hablas?-con cuidado apartó las manos del santo de su cabeza y las apretó entre las suyas. Le buscó la mirada insistentemente y lo que vio la sorprendió aún más.
Ya no encontró los ojos azules que conocía sino que, en su lugar, se vio reflejada en un par de negros y oscuros iris enmarcados en sangre. Tragó saliva sintiendo que su respiración se agitaba. No entendía nada.
-¡Saga!-las voces masculinas llamando al santo le hicieron voltear el rostro hacia el lugar de donde provenían.
Los verdes ojos de la diosa del amor regresaron al santo y luego voltearon en varias ocasiones hacia el bosque, esperando que las personas que buscaban al santo de Géminis aparecieran. Tenía que tomar una decisión. Si permanecía a su lado, entonces existiría la posibilidad de que pensaran que ella tenía algo que ver con el descalabro del gemelo; pero sentía que tampoco podía dejarlo en ese lugar. Las voces se acercaban cada vez más, así que hizo lo único que sintió que podía: se marchó. La diosa de la belleza desapareció en medio de una lluvia de pétalos rojos.
No pasó mucho antes que Shaka apareciera acompañado del maestro Dohko y los centauros correspondientes. De un solo brinco ambos santos desmontaron para acercarse a su compañero tan rápidamente como les fuera posible.
-Saga, muchacho, ¿Qué te sucede?-Dohko puso sus manos sobre los hombros de Saga quien permanecía hincado en el piso y aún temblaba levemente ante lo sucedido.
En realidad ni el mismo geminiano estaba muy seguro de que todo había terminado. En su agitada mente todavía dudaba de ser el mismo, esos momentos de lucidez que venían después de la posesión eran lo pero que podía sucederle. Era como despertar de una pesadilla, sin saber con exactitud si lo que se vivía era verdad o no.
-Tengo…tengo que regresar…con Athena-alcanzó a decir con la respiración entrecortada. Si había sucedido lo que él pensaba, entonces sus compañeros estaban en grave peligro. La única que podía ayudarle era la diosa de cabellos oscuros, solamente ella podía hacer algo al respecto.
El rubio y el moreno se miraron algo incrédulos de que escuchaban.
-Saga, estamos en medio de una de las misiones. Regresaremos con Athena tan pronto terminemos-contestó el de Virgo.
-No. No puedo esperar, tengo que regresar ahora-torpemente Saga se puso de pie auxiliado por el antiguo maestro.
-Saga, Shaka tiene razón, lo mejor será…
-Ustedes no entienden-la mirada de Saga se llenó de desesperación, algo poco habitual en él-Si me quedo aquí, sus vidas corren peligro. Yo…yo no sé lo que soy capaz de hacer.
Virgo y Libra abrieron los ojos ante la afirmación del peliazul.
-¿De qué estás hablando?-el santo de la séptima casa bajó el volumen de su voz y se acercó más a Saga.
El de Géminis miró de reojo a los centauros, lo que estaba a punto de confesar no era algo que quisiera que ellos se enteraran. No necesitó decir más para que Dohko y Shaka cayeran en lo que quería su compañero de armas.
-Disculpen, ¿podrían ser tan amables de dejarnos solo unos minutos?-solicitó Shaka a los centauros.
-Tenemos instrucciones de protegerles-respondió uno de ellos.
-No se preocupen, estaremos bien. No nos moveremos de aquí y solo serán unos cuantos minutos-Dohko insistió con confianza.
-En tal caso iremos a verificar si alguien más encontró el cuerpo de Damen-los centauros se dieron cuenta que no tenía caso llevarles la contraria a los santos y se retiraron.
-¿El cuerpo de Damen?-Saga cuestionó a sus compañeros.
-Sí, lo encontramos a unos cuantos metros de aquí, esta muerto-Dohko le respondió sin dar más detalles. Lo que en realidad le interesaba al antiguo maestro era escuchar la explicación de Saga respecto a sus negativos comentarios.
-¿Muerto?-Saga murmuró-Pero…
-¿Pero?- el comportamiento del gemelo era cada vez más extraño para Shaka. Hacía mucho que no le veía tan perdido.
-No era nada-el de la tercera casa bajó la mirada.
-Saga, ¿qué está sucediendo?-lo confrontó Dohko sin más rodeos.
-Creo que Ares ha vuelto…creo que ha tomado posesión de mi cuerpo otra vez.
-¿Qué?-los ojos turquesa de Shaka se abrieron a más no poder al oír la sorpresiva declaración.
-¿Estás seguro? Se supone que Athena había purificado tu cuerpo-Dohko no daba crédito a lo que escuchaba.
-Estoy más que seguro. Conozco a la perfección esa sensación, y él ha regresado. Por eso tengo que hablar con Athena, no pienso repetir los mismo errores dos veces.
-Yo iré contigo-Shaka le miró con determinación-No puedes ir solo, necesitas alguien que te apoye si Ares decide volver a usarte.
-Gracias, Shaka-la serena voz del santo de la virgen había infundido coraje en un abatido Saga.
Dohko se sopló los flequillos. No tenía otra opción más que permitirles a esos dos ir de regreso a Atenas.
-Busquemos a los demás, todos tenemos un largo camino por delante-finalizó.
-Oye, gato, ¿te sientes bien?-en la tranquilidad del bosque la voz ronca y cansada de Máscara de Muerte sonaba aún más impresionante.
Sus ojos azules se fijaron en su compañero de Leo quien caminaba unos pasos detrás de él. Ocasionalmente el rubio tenía que detenerse a recobrar la respiración y, más de una vez, se había llevado la mano al abdomen en un intento de amortiguar el malestar que le ocasionaban las costillas rotas. Una mueca de dolor se había apoderado del rostro de Aioria mientras una delgada capa de sudor frío cubría su cuerpo. Los rastros de sangre y tierra sobre su cara y manos le hacían ver aún más demacrado, y la pesadez de su respiración dejaba al descubierto que algo no estaba del todo bien. Sin alzar la cabeza, dirigió la mirada al cangrejo dorado.
-Estoy bien…mejor que nunca-respondió con algo parecido a una sonrisa en los labios.
Máscara chasqueó la lengua-Idiota, se puede ver a leguas que apenas y soportas el dolor.
-No seas imbécil. He tenido peores lesiones y nunca me he quejado. En todo caso, tú estás peor que yo, ese brazo tuyo no deja de sangrar-Aioria se hizo valiente al erguirse para continuar caminando como si nada.
-En realidad tengo entumido el brazo y casi no siento dolor, pero tú…-el santo del cangrejo recorrió al santo de la quinta casa con la mirada.
-¿Yo qué?-interrumpió con fastidio Aioria, a veces le resultaba chocante que todavía lo vieran como un niño, situación que se había acentuado desde el regreso a la vida de Aioros y el de ellos mismos-Ya te dije que me siento bien -el león tuvo que reprimir un quejido involuntario ocasionado por una punzada de dolor. Nunca lo admitiría, pero algo tan simple como respirar enviaba latigazos de dolor por todo su cuerpo.
-Si tú lo dices…-Máscara subió los hombros por inercia, arrepintiéndose después al sentir ardor en su brazo herido.
-Máscara…
-¿Si?
-Cállate y camina-bufó el santo de la quinta casa.
-Si, bueno, al menos aún puedo caminar sin dar lástima-Una mirada asesina por parte de Aioria se dirigió a Máscara quien no pudo evitar sonreír levemente ante la reacción del león-Si el señorito necesita un descanso, quizá podamos detenernos por un momento-añadió el de Cáncer con un poco de burla, aunque en realidad ya comenzaba a alarmarse por su compañero.
-Joder contigo, cangrejo de…-el santo de Leo no había terminar de presumir su "florido" lenguaje cuando la mano libre de Máscara de Muerte le tapó la boca.
El rostro del santo de Cáncer había tomado un aire serio y, hasta cierto punto, de preocupación. Estaba en alerta. Sus ojos iban de un lado a otro, como si intentaran encontrar algo en medio de aquella absoluta oscuridad y su respiración había disminuido para hacer el menor ruido posible. Era obvio que sabía algo, algo que el león no había percibido.
-Maldición, ¿y ahora qué?-masculló entre dientes Aioria.
-Hay "algo" allá adelante-apenas y pudo escuchar la respuesta del peliazul por lo bajo que habló.
-¿Algo?-los ojos verdes del león también comenzaron a sondear el terreno en busca de lo que tenía a Máscara tan ansioso.
Alrededor de los santos solo había oscuridad. Los gruesos troncos de los árboles apenas y dejaban espacio para que ellos pudieran caminar entre ellos, mientras que las tupidas copas se enredaban formando una densa red sobre sus cabezas. Fuera del zumbido de los bichos del bosque y el ruido de las hojas al moverse por el viento, no se podía escuchar nada más.
No esperaron mucho antes de oír como la hojarasca crujía en el piso. A juzgar por el ritmo de los crujidos, alguien o algo estaba caminando sobre ellas. Lentamente el autor de los sonidos fue aproximándose a ellos, obligándoles a esconderse detrás de los troncos de un par de arboles en espera de aquella criatura. Una especie de bufido se dejó escuchar seguido de lo que parecía un indicio de que esa cosa olfateaba algo. Un par de ojos brillaron en medio de las tinieblas…definitivamente ese ser no era humano pero, ¿qué era?
"Esa cosa está hozando, ¿será…" pensó Máscara confundido mientras acechaban por un lado del árbol que le servía de protección. Se detuvo un momento a analizar lo que sus ojos veían.
-Máscara, esa cosa es…-interrumpió sus pensamientos el santo de Leo al mismo tiempo que los ojos de ambos jóvenes se encontraron.
-El jabalí de Erimanto-dijeron a coro.
Continuará…
Bueno…¿qué puedo decir? Tarde como siempre
Esta vez tengo una buena excusa…eh…digo, explicación; y es que este capítulo lo escribí dos veces porque la primera versión no me convenció en lo absoluto así que, con el dolor de mi corazón, lo borré y volví a hacerlo.
Mis más sinceros agradecimientos a quienes leyeron y dejaron un review: sol angel dpl, Anonymous- anónimo, Orion no Saga, Dama de las Estrellas, tisbe, angel de acuario, diana, Sakurita 94, Anali Wakashimazu, Sanae Koneko, Asuka Masura, Pyro y Layla, Aoyagi Kenshin y tomidnight. A todos ustedes ¡gracias!
Tisbe: Estoy cien por ciento de acuerdo contigo, los santos de bronce no tienen remedio XD, en este capítulo ya no ahondé en el asunto porque hubiese quedado kilométrico, pero a ver si vemos más de ellos en los posteriores. Me encantó saludarte otra vez amiga ^^
Diana: ¡Hola! ¡Bienvenida a la historia! Excelente que te haya gustado la historia y el argumento, ojalá que este capítulo también haya sido de tu agrado. ¡¡Saluditos!!
Aoyagi Kenshin: ¡Hola otra vez! Creo que este capítulo no fue tan emocionante como al anterior, pero ojalá te haya gustado. Milo y Camus salieron bien librados de su encuentro con Afrodita (o con una imitación de la diosa XD) pero otros no tuvieron tanta suerte jeje. Gracias por seguir leyendo y comentado. Muchos saludos ^^
Espero que este capítulo les haya gustado y me despido hasta la próxima…
¡¡Saludos!!
Sunrise Spirit
