Capítulo 50

—¿Qué cosa? —preguntó Anna rompiendo la tensión formada en el valle tras las palabras de Gran Pabbie.

Elsa lo agradeció, porque no sabía qué decir a lo que acababa de escuchar. ¿Cuál era ese temor del líder de los trolls?

Tragó saliva.

—¿Qué temías que pasara? —inquirió e instintivamente dio un paso hacia su marido, quien le dio la mano.

Tal como siempre, el longevo troll desvió su mirada hacia el cielo, donde creó una representación de vapor luminoso. Le tembló el corazón al observar una imitación suya desvaneciéndose mientras sus manos brillaban.

Estaba condenada si seguía usando su magia…

—La fuerza de tus poderes disminuyó por sus manifestaciones y para transmitirlos a una próxima generación —explicó Gran Pabbie.

Una serie de personas con humo de diferentes colores se formó en procesión; cada una de ellas soltó un haz de luz que pasó a la siguiente, continuamente, algunas resplandeciendo más, hasta llegar a la que lucía como ella y saltar a dos formas infantiles.

—Mis hijos no…

—En tu familia, muchos de los hijos de padres con poderes no manifestaban una prueba física, pero tenían energía mágica. Tus familiares de generaciones recientes la tenían y se acumuló contigo. Fue incluso superior a tu tátara, tátara, tátara abuela…

La que había sido buena con plantas y flores.

—Estás débil, no solo por la cantidad de seres mágicos que creaste, vivos, que te roban energía, sino por lo que consume tu castillo para mantenerse en pie. Y seguirá así, porque ya no tienes la capacidad de siempre… eventualmente, tu cuerpo no resistirá.

Si fue Anna o ella el gemido femenino que escuchó, no lo supo. Los brazos de Hans la rodearon mientras sentía que se ahogaba del dolor en su pecho.

Moriría.

A menos que…

Gimió apretando el brazo de Hans al punto de no sentir sus dedos.

Olaf, Marshmallow, los snowgies… tendrían que desaparecer.

El corazón le sangró por ellos, sus preciados amigos salidos de su alma. Tenía que ser mentira.

—No… no…

—Si ella no los desaparece —oyó a Kristoff—, ¿lo harán todos junto a…?

Elsa.

—¿Por qué no lo dijiste? No es la primera reina con descendencia —interpeló Hans con vehemencia. —Pudiste advertirle.

Ella cerró los ojos, pensando en el pasado.

—Ninguna ha tenido su alcance.

—Lo supiste siempre, Gran Pabbie —acusó su hermana con notable coraje.

Se apartó de su esposo dolida.

—Así como sabías que mis poderes no provenían de un hechizo y fingiste con mis padres y conmigo —atajó furiosa—. Cuando tenía ocho años. A pesar de la información que tenía mi familia de ustedes. Y… nos mostraste una predicción sobre el miedo sin haberme tocado. No tenía sentido para mí al recordarlo.

Y había desconfiado también de ellos.

El anciano troll suspiró.

—Sé muchas cosas, Elsa, pero para proteger el destino no puedo decirlas todas. Los humanos no están preparados.

—Mierda de excusa —farfulló Hans, comprobando de dónde venían algunas leyendas sobre no confiar en ellos.

—Y si ella ni nosotros nos dábamos cuenta de lo que ocurría, ¿ibas a dejarla morir? —tronó Anna, adelantándose a lo que él iba a decir.

—No, pero habría peores consecuencias.

—¿Si nos vamos, Elsa vivirá? —intervino el muñeco apartándose de los brazos de su cuñada, con valentía inocente.

Elsa, Anna y Kristoff sollozaron. Incluso él sintió pena por la criatura.

—Sí, y mantendrá un nivel controlado de magia.

Su esposa se arrodilló cuando Olaf caminó en su dirección, sonriendo cálidamente.

—Elsa, a las personas que se amas se llevan aquí —Olaf señaló el sitio donde estaba el corazón de su creadora. —Y yo creo que he existido por mucho más tiempo del que me correspondía, yo solo iba a ayudarlas a encontrarse durante el invierno y a dar muchos abrazos. Estoy listo para partir.

—Olaf… —musitó su esposa negando.

—Lo que hicieron con Sven, ¿por qué con Olaf y los demás no pueden? —sostuvo Kristoff abrazado de su lacrimosa mujer.

—Él ya era un ente vivo de forma natural, recuerda que lo protegimos, iba a morir si recibía una herida fatal. Nosotros no alimentamos su existencia como Elsa lo hace con sus creaciones.

Ante eso, la aludida apretó a Olaf contra su cuerpo, llorando. Hans lamentó que estuviera sufriendo de esa manera, mas en la parte egoísta de su ser estuvo aliviado de que hubiera una solución.

—Somos hielo y nieve, Elsa —manifestó Olaf con suavidad—, no somos eternos y nos has dado una vida más allá de los inviernos. Todos te amamos y seremos felices si nos vamos para que tú puedas serlo; hemos vivido años tristes sintiendo tu pena silenciosa, podemos irnos ahora que tienes una familia que te hace sentir contenta.

Elsa lloró diciendo cosas ininteligibles para Hans y el muñeco de nieve acarició la cabeza de su creadora pacientemente, demostrando otra cualidad heredada de la reina del hielo, que era preocuparse por otros sin importar su propio sentir.

—Hay cosas que valen la pena —aseguró Olaf cuando el llanto de su esposa aminoró. —Le hablarás a Kaysa y Hamish de nosotros y ellos sabrán que fuimos especiales. Y Anna y Kristoff le platicarán a sus hijos que les hice compañía en la espera de ellos.

Olaf se separó de Elsa, sonrió y corrió a los brazos de Anna, que lo envolvió como Kristoff a los dos. Sin duda, ahí tenía a su familia principal.

—Lo siento, Elsa —murmuró Gran Pabbie con pesadumbre.

Hans se aproximó a su esposa y se acuclilló a su lado; la consoló en un abrazo deseando que no tuviera que ocurrir ese tremendo dolor. Sabía lo importantes que eran sus criaturas mágicas, aunque no mantuviera a alguna de ellas cerca.

—Vamos… a casa —dijo Elsa invitándolo a pararse, ignorando las palabras de Gran Pabbie.

Las compungidas expresiones de los trolls les despidieron del "Valle de la Roca Viviente".

{…}

Días después de la visita a los trolls, Elsa únicamente sabía del tiempo gracias a las rutinas de sus bebés y las noches sollozando en el pecho de Hans, cuando el silencio le hacía desahogarse de los pensamientos tristes de toda la jornada. Desprenderse de sus queridos seres mágicos la afligía demasiado, porque la despedida y la realidad de sus existencias marchitaban una flor en su interior.

Había ido al castillo varias horas de esos cuatro días, dándoles últimos momentos para decirse adiós; había visto sus fragilidades actuales y analizado varias cosas, sobrellevando el dolor de a poco.

No quería, pero tenía que acabar con eso. Esa mañana había sentido mucha dificultad para sostener a Kaysa, y entre más postergara lo inevitable, menos sería eficiente con sus pequeños necesitados de su madre.

De la frustración, en ese momento Elsa rayó el dibujo sin terminar de su cuaderno. Como una danza rápida, múltiples espirales cubrieron la hoja, llenando el papel claro de negro hasta que la punta de su lápiz se acabó.

Al terminar, lo contempló ecuánime, viendo un reflejo del monstruo que una vez se creyó y que ahora estaba fuera de ella.

En lugar de recriminarse el acto, descubrió que se sentía mejor por haberlo hecho y procedió a cambiar la hoja, donde hizo un fallido intento de poesía.

Escuchó un llanto al tiempo que la puerta del baño se abría y un recién duchado Hans salía con apuro.

—Quédate donde estás.

Él fue a la cuna y sacó a Hamish para llevarlo a ella, que ya tenía listo su pecho —sorpresivamente, seguía teniendo leche—. Su llanto por primera ocasión había precedido al de Kaysa, quien comenzó entonces y fue buscada por su padre.

Sonriendo, Elsa acomodó las almohadas para poder alimentarlos a la par. Hamish hizo un ruido de protesta al ser apartado momentáneamente de su fuente de alimento y se calmó al volver a tener de dónde mamar.

Les supervisó comer en tanto Hans se peinaba junto a la cama.

—Abrígate ya, te dará un resfriado —censuró al verlo quedarse quieto, observándoles. Estaban por entrar a octubre y un baño nocturno fácilmente podía terminar en una enfermedad de los pulmones.

Hans puso los ojos en blanco y se sentó a los pies de ella, estirándose para alcanzar los calcetines y la bata acolchada en la cama.

Tranquilo, él se quitó la toalla en su cuello, con la que secó entre los dedos de sus pies, posteriormente cubiertos con los calcetines grises. A continuación, se puso la bata y colocó la toalla sobre su hombro.

—¿Listo, comelón? —preguntó él cogiendo a Hamish. Este soltó gorgojitos y agitó sus pies al ser puesto en el pecho de su padre para recibir palmadas en su espalda. Hans le dio una mirada subrepticia a ella, peculiar.

Sorprendida, Elsa se percató de su incomodidad. Lo meditó unos minutos y sospechó que él creía que no iba a desaparecer a sus criaturas, aferrándose a una alternativa inexistente.

Pese a su juramento de sobrevivir, parecía seguro de que ella se oponía y se contenía de quejarse para lidiar con eso.

O quizá lo malinterpretaba.

Kaysa acabó su toma y se la puso en su hombro sin dejar de contemplar a los dos hombres más importantes de su vida. Hamish estaba despierto y observaba a su padre sonreírle, adorablemente regresándole sus sonrisas en la batalla con su sueño.

—Contenta no acaba de describir lo que siento porque seas su padre. Antes de saber que estaba embarazada, quería que lo fueras, sabía que serías muy bueno.

Ojiabierto, Hans se giró a ella.

—Elsa…

—Ven aquí —le indicó ella, extendiendo su mano para que se acercara.

Él se levantó y con cuidado ella se acomodó para dejar caer sus piernas al costado del colchón. Lo recibió en esa unión de cuatro, apoyándose en su brazo.

—Voy a hacerlo. Mañana subiré. —Hans le besó la sien. —Solo ellos… Olaf… trataré de ser fuerte porque él es…

—Me gustaría saber de otra solución, pero no la he hallado, ni porque ha leído secciones ocultas de su biblioteca o le di vueltas a tu problema. Y si los trolls lo dicen…

—No significa que sea cierto… me cuestioné si sus palabras del miedo precipitaron a mi padre a tomar una decisión errónea… pero eso ya no importa. Los vi… Marshamallow y los snowgies… ¿Qué clase de vida les he dado si están encerrados? Todos conocieron la libertad y mantenerlos en una jaula, aunque sea de oro, no es digno. Olaf disfruta de más que ellos. Sé cómo es estar cautiva y no les he dado lo que se merecen. No merecen que los creara y solo los guardara, dándoles migajas de mi tiempo, y mantenerlos como una obligación porque ya los hice. Tal vez… sin tener que deshacerlos, llevarlo a cabo sería lo correcto… debo liberarles. Y, sobre todo, permanecer con mi familia.

A veces lo más difícil era lo mejor para todos.

{…}

Hans había dicho que descendería la montaña y le daría tiempo a Elsa de despedirse finalmente de sus creaciones; sin embargo, fue incapaz de hacerlo y permaneció a metros de ella, decidiendo estar ahí en caso de que resultase necesario. Era una prueba que no necesitaba llevar sola si no quería, porque de algún modo todas ellas habían sido sus primeros bebés, y desprenderse era como arrancarle un miembro.

En una de sus confidencias Elsa se había lamentado no tener verdaderas opciones ni elecciones —como parte de la Realeza rara ocasión las tenían, pero él y Anna habían gozado de privilegios que ella no—, y ese momento era una oportunidad más para hacerlo evidente.

Su elucubración se cortó al verla salir cabizbaja del castillo, seguida de las decenas de snowgies y la enorme escultura de hielo andante; los primeros mostraban sus caras alegres y el segundo parecía triste, comprendiendo a la perfección lo que iba a suceder.

Los snowgies empezaron a jugar en la nieve, rodeando a Marshmallow como si se tratara de una aventura más, para callar cuando los hombros de Elsa se agitaron y ella alzó las manos en el aire.

De repente, el enorme y deslumbrante castillo de hielo empezó a disolverse, bañado de una fulgente aura azul que danzó lentamente hacia el cielo, formando una lluvia invertida con remolinos de todas direcciones. Era hermoso y mágico, con un sentimiento de tragedia pululando en su esplendor. Era una lástima que algo tan bello tuviera que irse.

Los pequeños muñecos de nieve soltaron exclamaciones de asombro al instante en que el barandal, lo último en desaparecer, se concentró en lo alto, donde una estrella con rombos luminosos explotó.

Elsa se giró.

—Siento no ser tan resistente —pronunció con voz rota.

Llorando, ella los miró y extendió sus manos temblorosas.

—Los quiero.

Marshmallow se despidió con su gran garra y Elsa asintió apretando los labios.

Miles de copos de nieve se elevaron en el aire, brotando de las criaturas como dientes de león soplados en el viento. Poco a poco, todos y cada uno de los muñecos se convirtieron en partículas minúsculas que se unieron en la misma figura de estrella que se perdió en las nubes.

Serían aire, nieve o lluvia donde quisieran.

Caminó hacia Elsa, arrodillada cerca del precipicio. Se hincó detrás de ella y la rodeó con sus brazos.

—Perdóname por criticarte mantenerlos y decir que no te servían, fue insensible de mi parte.

Ella negó.

—Hace mucho de eso.

Su menudo cuerpo se recargó en él mientras miraba al cielo.

—El castillo era mi libertad y mi perfecto mundo en el que solo yo podía vivir sin perturbación —emitió ella calmadamente—. Marshmallow… la representación de mi rencor, mi miedo, mi resistencia al mundo, mi cansancio, mis barreras y mi poder contenidos. Era grandioso, la yo que no peleaba lo veía valiente y fuerte. Nunca repliqué, peleé o me defendí… él sí.

Eran las manifestaciones de lo que ella no decía en palabras. Como Olaf.

—Los snowgies… fueron la muestra que alguien débil podía crear cosas hermosas y disfrutar de su alrededor con inocencia, eran el resto de mí que resultaba de cuando di mi máximo; aún enferma, los hice, y transmitieron diversión y alegría. Al llegar aquí… eran… —Ella sollozó. —Eran la prueba que cuando salía de mi castillo de hielo y calmaba al monstruo en mi interior, hay esperanza y felicidad. Del invierno nace la primavera.

De regreso en el castillo, ella se pasó el resto del día cargando a sus dos hijos simultáneamente.

{…}

A Elsa se la hacía difícil permanecer triste por la partida de sus amigos mágicos, pues amamantando a sus bebés, estos daban la impresión de sentir sus emociones y no quería perturbarlos en su festín. Asimismo, con sus caritas sonrientes era imposible no llenarse de un amor que paliaba el duelo en su corazón; no había medicina más efectiva que la inocencia en los dos rostros de su mundo entero, nada lo igualaba.

Era un consuelo ya poder sostenerlos bien al mismo tiempo, abrazándolos a cualquier hora y posición. Cierto era que debía descansar al hacerlo de pie, dado que mantener vivo a Olaf le quitaba fuerza, mas notaba la diferencia.

—He descubierto quién pateaba más —aseveró al sentir el movimiento enérgico de las piernas de Kaysa, muy alegre mientras le aliviaba el estómago. —Mi vida, vas a ser una ágil bailarina —observó divertida.

Su bebé rió como si le gustara y soltó un eructo.

Elsa sonrió poniéndosela de frente para llenarla de besos.

—Papá dijo que compró una caja de música. ¡Música! Vas a ser muy feliz, feliz.

La colocó sobre la cama junto a su hermano y se puso arriba de ambos.

—Vamos a bailar —expresó haciendo cosquillas en sus pancitas, volviéndola pletórica al oír sus risitas. —¿Sí quieres, Hamish? —preguntó al recibir unas pataditas en su clavícula.

—Una pareja para cada uno, entonces.

Saltó al oír la voz de Hans, que entusiasmó a sus bebés.

—Me asustaste, ¿cuánto tiempo tienes aquí? Esas puertas… —Lo miró de soslayo.

Él sonrió de lado y se recostó al lado de Hamish, poniéndole a ella una mano en la cadera.

—No lo sabrás.

Su hijo mantuvo sus ojos fijos en él, extendiendo una comisura de su boca.

—No, no, Hans, quita esa cara, no puede aprender a sonreír arrogante tan pequeño.

Una animosa carcajada lo abandonó y Elsa se contagió.

—¿Quién quiere parecerse a papá? —inquirió él. —Hamish. —Le masajeó el estómago al pronunciar su nombre y su pequeño agitó sus miembros, entusiasta.

Kaysa, muy atenta a lo que ocurría, lanzó una exclamación repitiendo los movimientos de su gemelo. Elsa bailó su nariz sobre la suya.

—¿Te cuento un secreto, mi amor? —Encontró la mirada de Hans por el rabillo de su ojo. —Esa sonrisa de papá lo hace más guapo.

Él sonrió.

—Y lo es mucho más cuando te carga a ti y a tu hermano.

Victoriosa, alcanzó a distinguir un ligero bochorno en el padre de sus hijos. Ocultó su sonrisa besando la mejilla de Hamish.

Un bostezo de su niña le avisó que la hora del juego había acabado.

—Tiempo de mamá y papá. —Hans le regaló un guiñó coqueto.

Ambos tomaron al bebé de su respectivo sexo y les mecieron con la canción de cuna de ella. Tardaron poco en dormirse y resguardarse en sus cunas.

Hans apagó las lámparas y se metió en la cama. Ella, sentada, se masajeaba sus hombros, aquejados por la continua tarea de nutrir a sus hijos.

Unas manos externas frotando le sacaron un suspiro e invitaron a poner las suyas en su regazo.

—La nodriza podría ayudarte en algunas tomas —sugirió su marido amablemente.

Negó.

—Podría, pero no me apetece. Me gusta verles y me siento más cerca al contemplarlos comer. Y… tengo que aprovechar que no se me ha ido la leche con la preocupación y mi debilidad.

—Quizás estarás más fuerte cuando acabes de dar pecho.

—Es muy raro en ti ser positivo. Tú y yo sabemos que no será así. —Suspiró. —¿Qué tal si hablamos del bautizo?

—Claro. ¿Has pensado en los padrinos?

—No quiero que sean del Parlamento, como se ha hecho costumbre.

—Gustoso de complacerte. Y cualquiera lo habría usado de pretexto para saber el orden de nacimiento.

Ellos estaban siendo muy insistentes al respecto, generándoles dolores de cabeza. Querían hacer oficial el puesto de heredero, no tan discretos en disimular que Hamish podía ser el siguiente rey y debían mostrarlo al pueblo.

—Sí, ninguno me da confianza.

—¿Crees que el obispo acepte un bautizado presbiteriano como padrino?

Ella frunció el ceño y se volvió.

—¿Joseph y Daphne?

Hans rió entre dientes.

—Yo me refería solo a él.

—No… —Peinó el cabello de Hans. —Si pasara algo, siendo hermanos podrían garantizar que Hamish y Kaysa permanecieran cerca. Anna y Kristoff pueden ser sus tutores legales, luego vendrían ellos.

—Esperamos no llegar a eso.

—Solo hagamos un plan por si ocurre.

—Bueno, tenemos en qué pensar.

{…}

La habilidad del piano de Daphne no equiparaba la de Hans; ahora bien, era bastante notable y presumía los beneficios de la práctica de quien tenía toques musicales. Era coordinada y resultaba agradable de oír para cualquiera sin oído versado en el arte.

Para Kaysa y Hamish, dormidos en una manta colocada en la alfombra, amenizaba bien sus dulces sueños. Lo obra era una composición llena de algarabía, creada por la instructora de su amiga.

Además, para Elsa servía de distracción a la tristeza por sus creaciones perdidas en el viento.

Elsa aplaudió al comprobar que terminaba, disimulando que había estado melancólica, si bien su amiga era muy buena en adivinar el ánimo de los demás.

—Gracias, siempre llevo las copias de estas partituras y espero hacerle el honor a la señorita Jane. Ahora escucha esto, he estado practicando para encontrar el nombre.

Una tonada rápida reverberó en los oídos de Elsa.

—Liszt. Passions de la Symphonie Fantastique. —La había escuchado de Hans.

Daphne se interrumpió y se puso a reír locamente, golpeando su estómago y lagrimeando.

—¿Qué es tan gracioso? —Elsa no pudo contener su curiosidad. Ladeó la cabeza esperando una aclaración.

—¿Adivina de quién la escuché? Estaba en mi habitación durante una reunión de los chicos.

—¿Hans? —dijo tentativamente, sonriendo por el tipo de sentimientos inspirados por la música.

—¡Sí! —Daphne aplaudió. —El verano del año pasado. Jo y Hild sospechaban que ocurría algo muy especial al escucharlo, tú le provocabas exaltación. ¿Y cuáles fueron sus palabras exactas? Me puse a escuchar a escondidas porque había bajado para pedir el nombre de la obra. ¡Ah, sí! Deja la felicidad de mi mujer en mis manos.

Elsa tosió para aliviar el sonrojo embriagado de él. Su corazón estaba gozoso de saber que le importaba mucho desde entonces, sin hallarse enamorado de ella.

—No parecía un hombre en un matrimonio arreglado. Que, por cierto, ¿por qué tú no tenías un prometido al nacer? ¿O es una costumbre inventada, ya que Kaysa y Hamish no tienen?

—Es o era tradición, mis padres lo estuvieron cuando ella tenía ocho años. Mis poderes evitaron que Anna y yo los tuviéramos, como que ambos se enamoraran del otro.

—¿Ustedes lo harán? A tus padres y a ti les funcionó. —El tono de Daphne era tenso.

Elsa también sintió tensión.

Los vio abrir los ojos y cogió a Sir Jorgenbjorgen para hacerlo bailar en medio de los dos. Sus hijos rieron golpeando al pingüino.

¿Les concertaría matrimonios?

—No.

De hecho, ahora que era madre, quería cosas diferentes para sus hijos, en más de un asunto.

La monarquía… a ella siempre la había guiado el deber y su costumbre de poner a otros primero, pero ya no podía hacerlo. Y si iba a situar a alguien frente a sí misma, sería a sus hijos. Su bienestar ponía mucho en perspectiva.

Amaba mucho Arendelle, mas nunca había libre siendo gobernante. ¿Qué vida tendrían si no era la reina?

Escuchó un chillido y sintió un temblor en su mano que interrumpió sus cavilaciones. Atónita, dejó caer el juguete.

—¿Lo viste? —Con su pregunta, Daphne le confirmó que no se había imaginado eso. —¡El pingüino estaba vivo! ¡Tu magia!

Agitó la cabeza.

—Yo no hago eso —sentenció pestañeando. —Fue… fue alguno de los dos.

Uno de sus bebés había… Los miró incrédula.

—¡Puede ayudarte con Olaf!

Dio gracias a estar sentada en la manta o no habría podido sostenerse. Uno tenía magia, probablemente Hamish al ser el mayor, y si era capaz de dar vida a un objeto inerte, Olaf tenía una oportunidad.

La esperanza nació en ella.

—Sí.

Con eficiencia y rapidez depositó a sus bebés en las canastas. Sin haber terminado, Daphne ya estaba ahí para auxiliarla en levantar una. Le entregó a Kaysa y ella cargó a Hamish, con quien estaba Sir Jorgenbjorgen, supervisado para ver una repetición del acto reciente.

De camino a la oficina de Hans abrió la puerta de su despacho.

Kristoff y Anna gimieron al separarse. En otro momento, Elsa se habría molestado por aprovecharse de su propiedad y abochornado por encontrarlos otra vez besándose.

—Tenemos que consultar a Gran Pabbie; busquen a Olaf y abríguense.

—¿Qué!

Sin responder, continuó su camino e irrumpió a los tres hombres jugando cartas en su refugio.

Hans se levantó presuroso.

—¿Qué ocurre? —preguntó rodeando el escritorio.

—Debemos ir a la montaña.

—¿Por qué?

—Gran Pabbie. Alguno revivió al muñeco. —Hans jadeó. Ella giró la cabeza hacia los americanos. —¿Saben usar pistolas y escopetas?

Daphne se aclaró la garganta.

—Mi puntería con la pistola es mejor que la de ambos.

—Disculpa, no creí que tú…

—Descuida.

—Manejo bien el arco en movimiento —contestó Hildbrand.

—Yo puedo utilizar pistolas y escopetas —reveló Joseph. —Aunque… ¿nos ofrecemos a…?

Hans arrugó las cejas.

—En la montaña hay lobos, más confiados por el descenso de temperaturas, y llevaremos a nuestros hijos.

Él la entendía a la perfección.

—Iré a organizar nuestra partida. —Se fue sin pedirle explicaciones, confiando en ella; Joseph y Hildbrand le seguían.

—Vamos por la ropa.

Su amiga asintió y ambas se dirigieron a la escalera principal; Daphne fue a acompañarla hasta sus aposentos y la dejó para proveerse de prendas abrigadoras.

Elsa dejó a los bebés el tiempo suficiente para hurgar en el armario de su esposo, donde la prenda mágica permanecía intacta, a costa de las protestas de Hans.

Estaba frenética, lo sabía, pero era imperante resolver ese enigma y ese problema con el troll, pese a que tenía sus reservas con él. Según sus palabras, solo podía hablar cuando tenían información previa y no adelantar hechos.

Un día más, un día menos, no haría la diferencia, estaba segura, pero necesitaba poder hacer algo por Olaf.

Se detuvo frente a sus hijos, de nuevo dormidos, y les vistió después de un cambio a los pañales. Dubitativa, tardó un poco en decidirse si se arriesgaba a crearles mantas mágicas.

Logró hacerlo, siendo su primer intento de emplear sus poderes en meses; reconoció el esfuerzo en su interior, aunque no cayó desmayada como antes.

Daphne apareció en la puerta y respiró aliviada de no tener que exigirse un peligro al trasladar a los dos bebés. Su amiga iba en pantalones, que parecían cómodos y eficaces para su viaje.

En la planta baja se cruzaron con Olaf, Anna y Kristoff.

—¿Los llevarás? —cuestionó su hermana ojiabierta. —¿Están bien?

—Vamos a las caballerizas.

La facilidad para hablar de Daphne le sirvió en informarlos de camino a la parte trasera del castillo, donde una carreta chica estaba lista con dos caballos, así como cuatro purasangres ensillados.

—Kristoff, tú diriges. Daphne, Hildbrand aseguró que preferirías montar.

La voz de Hans acudió a ellos desde atrás. Al detenerse a su altura, él le tendió dos pistolas a su amiga; ella las puso en sus bolsillos y aceptó unas balas.

Notó que él llevaba una espada y una pistola en la cintura. Podía ser excesivo y prefería que se mantuvieran sin uso; no obstante, de ninguna manera pondría en peligro innecesario a sus bebés, y él tendría los mismos pensamientos.

En la carreta junto con Anna, Olaf y sus hijos, observó que Joseph tenía una escopeta y Hildbrand arco y carcaj, y se sintió bien la certeza de haber encontrado personas que se preocuparan genuinamente por ella y los suyos. Tras los rechazos por años, de gente cegada con su naturaleza, las cosas habían cambiado.

…su matrimonio con Hans lo había hecho posible.

Cerró sus ojos húmedos mientras abandonaban la seguridad del castillo, guardándose lo conmovida que se sentía por esa muestra de valía para otros. Al abrirlos, fue testigo del interés que su grupo suscitó en la gente del pueblo, la cual estaba fuera por la hora de actividad del día.

Hubo exclamaciones de sorpresa cuando alguien advirtió a los bebés, mas no hubo suficiente tiempo de espiarlos, porque ya iban de ascenso a la montaña.

Los cascos de los caballos resonaban en sus oídos hasta que unos gruñidos se mezclaron en el sonido. Asomándose entre los árboles, vio ojos amarillos y dientes puntiagudos rodeados por grises pelos prístinos.

Su esposo blandió su espada amenazante y Kristoff apuró a los equinos, momentáneamente intranquilos por las criaturas carnívoras en el bosque.

—¡Váyanse! ¡Váyanse! —vociferó su hermana lanzándoles una de las rocas calentadoras de la carreta.

El proyectil golpeó en un tronco caído e hizo un ruido crujiente que asustó a un lobo, porque gimió y los demás dieron un paso atrás. Empero, los animales salvajes les persiguieron, manteniéndose alertas en su retaguardia, como se dio cuenta unos metros adelante al mirar sobre su hombro.

—¡Continúan ahí! —les indicó a los otros, cerrando su mano para contener las ganas de congelar el pasto.

Los cuatro montados a caballo espiaron y Hans maldijo en voz alta.

—¡Ya estamos llegando! ¡No se acercarán al valle! —afirmó Kristoff, señalando el humo y colores de la residencia de su familia.

Realmente ocurrió como señalara su cuñado. Los lobos gruñeron y se dieron la vuelta al llegar al dominio de los trolls.

Allí, Hans no había parado a Tapp y ya estaba en tierra, acercándose a la carreta. La ayudó a apear y ambos recibieron a los bebés de Anna, que Kristoff cargó para bajarla, con Olaf en brazos.

La tierra tembló con el rodar de los trolls.

—¡Ah, mierda! —clamó Joseph con la aparición de las criaturas, una de las cuales había colisionado en sus piernas.

—Disculpa, eres muy guapo. Quisiera…

—¡Yrsa! —reprendió Kristoff interponiéndose y poniendo una mano sobre los ojos del pelinegro.

Elsa dejó de verlos y se concentró en Gran Pabbie avanzando en el camino creado por los trolls.

—Han venido con el príncipe y la princesa.

Asintió.

—¿Cuál de los dos tiene poderes?

—¿Qué ocurrió?

—Mi muñeco, uno lo tocó y mostró vida. Se movió, chilló.

Gran Pabbie sonrió.

—Son ambos, juntos.

¿Kaysa era la primera segunda hija con magia en mucho tiempo? Hasta lo que sabía, perduraba en los primogénitos.

—¿Pueden usarla con Olaf?

El jefe troll exhaló.

—Tienen un poder limitado, al que yo ayudaré a utilizar. Aun así, no sería suficiente.

No sabía si podía confiar del todo en buenas intenciones del troll.

—¿Y con la energía de Elsa y Anna? —terció Hans. —¿Pueden combinar la magia de los cuatro?

Elsa pensó que su esposo había ganado en su batalla de intelectos. Tenía que admitir que poseía la capacidad de ser más listo, en pocos segundos había llegado a una conclusión que a ella le habría tomado más.

O, desdijo en su mente orgullosa, él era más racional en aquel momento.

—¿Es posible? —interpuso Anna, arrodillándose a la altura de la mítica roca. —¿Podemos fortalecer a Olaf? ¿Que sobreviva solo?

—Tienen que considerar las consecuencias —fue la contestación de Gran Pabbie. —Al hacerlo independiente, los bebés y tú se quedarán sin rastros de magia. Elsa conservará la misma cantidad que denotaban sus antepasados y si ella no tiene más hijos, las habilidades mágicas de su familia se extinguirán. Y… los bebés escogerán la manera de dar vida propia a Olaf, siendo tan chicos, sin control, es imposible saber cómo resultará, aún con mi ayuda.

—¿Ellos se sentirán como yo, débiles?

—No, serán incapaces de notarlo.

Gran Pabbie se puso a meditar unos instantes, en los que Elsa solo oyó la traducción de Hans a los americanos.

—Anna y tus hijos, su magia consiste en transmitir energía a los otros, o dar un impulso de vida. Como mencioné hace unos momentos, yo intervendría para que la entreguen por completo al destinatario. Con excepción de Olaf, que roba más parte de tu magia, cada una de tus creaciones tuvo cerca a tu hermana para volverse reales. Tú, en cambio, inconscientemente te forzaste para imitar los poderes de ellos, y lo conseguiste porque no habías dado a luz a tus hijos, quienes estaban destinados a hacerlo. Al ir "abandonando" tu cuerpo conforme se gestaban, y al traerlos al mundo, tú perdiste esa habilidad y demandó más de tu magia, solo dispuesta para ser tuya.

La cabeza le dio vueltas con la información. Se percató también que él hablaba de más sobre lo que sabía y podría haber manipulado su magia, cosa que no había hecho, probando sus buenas intenciones.

—¿Mis demás seres podrían haber…? —musitó acongojada, atrapándose en un punto importante. Ya entendía por qué los humanos no podían saber todo, era muy confuso.

—Me temo que no. Era mucha energía, todos esos snowgies…

—¿No le hará daño a ninguno? —preguntó inquieta.

—¿Elsa podrá aguantarlo? —inquirió Anna con preocupación.

—Solucionará sus problemas.

—Entonces son tú y Hans quienes deben decidir. Yo haré cualquier cosa, pero son sus hijos.

Y Elsa quería hacer algo por Olaf.

Sin embargo, ¿qué de sus hijos?


NA: ¡50 capítulos!

Ha sido un largo camino para esto y solo para que me tiren tomates con los eventos de este capítulo.

Pues sí, la explicación fue puesta muchas veces en sus mensajes, pero no podía afirmarles o negarles para que tuvieran esa curiosidad hasta el momento de la verdad. Lo que me jugué fue algo importante de Frozen 1 (y quizá el dos, ya que estamos), con los trolls, cuya presencia en un punto es misteriosa (en otra medio patética, la verdad); esto es un argumento que quiero tocar en otro fic, pero bueno, ¿qué es? Viendo detenidamente el momento inicial de la película 1, sin tomar en cuenta el libro, cuando van con los trolls, Gran Pabbie pregunta si los poderes de Elsa son de nacimiento o de un hechizo, a lo que responden lo primero y buscan que ayude a Anna, para después mostrar esa "premonición" sin explorar la mente o corazón de nuestra querida Elsie. Bien podría haber visto algo al tocar a Anna, pero el troll da mucho por sentado cuando no está familiarizado con la princesa mayor. Entonces cómo va a saber que con el amor lo controla, o que el miedo le hará arruinarlo, ¿quién le dice que el miedo sería contraproducente si podría usarlo como ayuda cuando tuviera temor? He aquí (y en el futuro) un motivo para aprovechar el tema que Gran Pabbie sabe mucho más de lo que dice.

Razón suficiente para que Elsa no confíe tanto en ellos, ya que pudo haber otro camino con lo que dijo a sus padres.

Así mismo, eso me guió para que su explicación de los poderes de los bebés fuera confusa y algo entendible. No quise que hablara por completo en acertijo porque no es la ocasión.

En fin, eso es una cosa. Los seres mágicos tenían que desaparecer porque me dan lástima prácticamente olvidados en la montaña, o sea, nada más los voltean a ver una vez cada cuánto e incluso en los cortos o películas son como accesorios de un minuto. Mejor que se vayan a ser libres en el viento. Y que se unan en espíritu a Elsa; ellos son manifestaciones de ella que dejó salir, pero la reina ha ido creciendo y ahora tiene a un una persona completa dentro, no una quebrada y separada, quiero pensar que es capaz de enseñar esas facetas suyas sin utilizar a su magia. Sé que no pueda ser respaldado por ti al otro lado de la pantalla, pero, aparte de otra razón que saldrá en el próximo futuro, es la metáfora mejor que encontré para avanzar y hacer notar una realidad, a veces perdemos/se van a quienes queremos y partes de nosotros mismos, y claro que duele, solo nos toca atesorar sus memorias, vivir con lo que nos dejaron y todo lo que aprendimos de ellos en el tiempo que los tuvimos.

(¿Esto significa algo para Olaf? Ya van a descubrirlo, si se sienten como para leer el próximo capítulo.)

(Y ya sé que los papás de Elsa están muertos y Anna no es tan cercana, pero las creaciones son la personalidad de Elsa y ahí está la idea. ¡La vida no es un lecho de rosas! ¡Ya! ¡Dejen de mirarme con esos ojos juzgadores! ¡Y tú tía Frozen suelta ese periódico!)

Por otra parte, ¿se imaginaban ese poder de Anna y los mellizos? De Anna, no es por ser cruel, pero nada más imagínense sus pensamientos por saber esto y ni aun así haberse podido embarazar, por eso nunca fui demasiado mala con mi hacha.

Por último, algo que Elsa no va a pensar, ni Hans, solo ustedes y yo los sabremos, es que por eso tuvo el aborto, ya que en ese embarazo iba a ceder magia a la criatura y con la nieve que sacó alterada llevó a su cuerpo a otro límite. Algún día escribiré algo de crimen y detectives para amarrar todos los cabos de una historia.

Creo que lo más positivo de este capítulo fueron los bebés y sus papás enamorados, la sugerencia de padrinos y que Elsa finalmente siente que hay personas que la apoyan aunque otras le desprecien.

Gracias por leer, aunque no continúen. ¡Cuídense!

Besos, Karo

PD: Es un buen momento para sugerir a ff que no se pueda dejar reviews XD .


Gracias por sus reviews / Thank you for your review

Yuecita: Mira tú, mi semana se fue volando, tanto que hoy tuve que corregir el fic porque el tiempo se me juntó XD. Es una pena que el capítulo no fuese tan alegre, pero Elsa sigue viva.

Lucia: Sí, es algo penoso por el Helsa que tengan difíciles momentos para disfrutar de sus bebés, pero entre todo eso sí hay bonitos instantes con ellos y los pequeños están tan habituados a sus papás como lo mostraron en este capítulo. También, como leíste, sí estabas cerca con lo de Elsa, pero no podía decirlo je,je. Y a mí igual me agradó ponerle a los amigos en las malas, ambos necesitan gente que les dé fuerza en esos momentos.

Guest1: Realmente así pasa en muchos casos y me da gusto haber hecho que las vidas de Elsa y Hans cambiaran para bien en el transcurso de su tiempo casados, más que nada un año, aunque lo sucedido en los dos lo hizo posible. Quiero pensar que se hace más creíble y es mejor la relación que formaron en ese periodo. Me pone a la mar de contenta que te gustara el capítulo anterior.

Sarah: My, both your English and Spanish seem good to me. I answer you in this language as you wrote your review using it, I hope this is ok for you. So, now I understand what you meant in your review, is a good idea, very Hans-type to have bad intentions while playing good and growing up after knowing each other, this sounds like a good premise to exploit, but not sure by myself as I still have one fic in progress and 3 planned to post, just in this fandom XD . I'd love to read it (because Elsa), so if anybody write something like it, maybe I'll do a OS. / Then, your questions, here you have your answer for one, but for Elsa's condition they have to choose one path.

Guest2: Yeah, is nice to have support of friends while dire moments. The American party was a surprise neither expected, but they now have a family with them. / Skygge stole the attention XD, those cute animals always do it when someone likes them, I know people who prefer them when visiting a house. / Grand Pabbie is never clear, sorry, but he tried hard in this one, but is still complex :S / As for the mutation, yay! Glad to be right! Here his blushing showed that XD .

Guest3: Elsa y Hans no pueden estar solo con los Kristanna de compañía (y Skygge, pero él es algo aparte), los refuerzos de América son un buen elemento para tener un poco de fuerza. Ahora bien, los rasgos de los bebés pueden quedar a su imaginación ;P , por los poderes, aquí los tienen, no algo habitual. / Los amigos siempre se molestan en juego y Joseph no se iba a quedar atrás con los dos bichitos de Hans que alcanzaron a ser bebés; por Helga, sí les diré qué onda con eso ja,ja. / Fíjate que me gustó tu hipótesis y está super padre para un OS donde Elsa se cuestione si se abstendrá de relaciones sexuales con Hansy para mantener su estatus de Quinto elemento, aunque se amen. ¿Qué piensas? / En cuanto a la razón, quizá no muy novedosa, pero en su momento me pareció adecuado para el origen de su magia :D

Guest4: MyGod, sometimes you need other people but they're just solely in your memory he,he. I won't tell you what will happen with Elsa, but you're at good at reading between lines, even if I never meant that XD . Now you know something of Elsa, you have to read if they will tried for Olaf.