Capítulo 15
Luto
Las palabras de Thera retumbaron en los oídos de Aioros. De pronto el mundo colapsó a su alrededor, sus sentidos se adormecieron y sintió que, por más que se esforzara, le era imposible respirar. Cuando sus piernas comenzaron a temblarle, apoyó una de sus manos sobre el lomo de Quirón en un intento desesperado de mantener el equilibrio, si no lo hacía terminaría derrumbándose por completo. Sus dedos entumecidos no ayudaban a mantenerlo de pie, pero en el instante en que comenzaba a resbalar, fue sujetado con firmeza por el antiguo maestro de los cinco picos.
La mirada de Dohko era completamente diferente a la suya; mientras la de Aioros se encontraba completamente perdida, la del santo de Libra estaba nublada por la tristeza. Habían tardado demasiado en encontrarles y sus compañeros terminaron pagando el precio de su tardanza.
-¿Estás segura, Thera?-preguntó Dohko sin quitar su mirada de Aioros al mismo tiempo que le auxiliaba para que se sentara en el suelo.
La centáuride asintió con la cabeza y dejó escapar un sollozo que dejó helados a los santos de la Athena. Tembloroso, Milo desmontó para avanzar unos cuantos metros hacia el bosque, dándoles la espalda a sus compañeros y al resto del grupo. Sentía que en cualquier momento devolvería el estómago. Un nudo en su garganta hizo acto de presencia obligándole a casi colgarse de un árbol para esconder la cabeza detrás de él. De pronto sintió una mano sobre hombro.
-Es nuestra culpa-murmuró el escorpión con sentido sufrimiento.
-No, no lo es-respondió Camus manteniendo la compostura, cosa que en esa noche le estaba resultando particularmente difícil-Hicimos lo correcto.
-¡¿Cómo puedes decir eso?!-en una fracción de segundo Milo se volteó y tomó a Camus del cuello de la camisa recriminándole su actitud-¡Si hubiésemos escuchado a Afrodita entonces Aioria y Máscara estarían vivos! ¡Es NUESTRA culpa que estén muertos!
Los gritos del santo de Escorpión hicieron que los centauros y uno que otro santo volteara para ver como Milo sacudía inmisericorde a Camus. La última vez que se habían tratado de esa manera fue después de la muerte de Athena durante la batalla de Hades; sin embargo, nadie intervino en la discusión de los dos santos, en realidad si alguien podía lidiar con un enfurecido Milo, ese era el santo de Acuario.
-¿Ya te desahogaste?-preguntó el francés con una calma increíble-Milo, nosotros hicimos lo que teníamos que hacer, lo que sucedió no fue tu culpa, ni tampoco fue mía.
El de la octava casa dejó ir a su amigo, sin embargo cerró el puño para golpear con fuerza el árbol que hasta unos minutos antes le servía de sostén. Una cuantas gotas de sangre aparecieron en sus nudillos debido a la fuerza del impacto. Estaba a punto de volver a asestarle otro golpe cuando la mano de Camus le detuvo tomándolo de la muñeca. Giró el rostro para encontrarse con los ojos azules de su amigo.
-Basta Milo-le dijo en un susurro con la autoridad que solo él tenía sobre el santo de Escorpión-Tienes que ser fuerte, si tú te sientes así, ¿cómo crees que se sentirá Aioros?
-Aioros…-los ojos de Milo se abrieron al darse cuenta que ni siquiera se le había ocurrido pensar en el arquero.
Tragó saliva y lentamente llevó su mirada hacia el santo de Sagitario. Permanecía sentado en el piso, con sus cabellos castaños cubriéndole los ojos pero sin ocultar las lágrimas que corrían sin cesar por sus mejillas. Su postura indicaba nada más que derrota; la espada encorvada, la cabeza agachada…en tantas formas se veía exactamente igual al pequeño Aioria cuando perdió a su hermano mayor. La única diferencia era que el león había vivido su dolor completamente solo, nunca tuvo un hombro en quien llorar; Aioros en cambio estaba rodeado de sus compañeros de Orden, sus amigos.
Milo dejó de apretar el puño, desistiendo de su intento de tumbar el árbol a golpes. Tras ser liberado del agarre de Camus, el escorpión dorado observó en silencio las heridas sangrantes de su mano, perdiéndose momentáneamente en el rojo escarlata del vital líquido que corría por su cuerpo. Haciendo su mejor esfuerzo por ocultar la fragilidad de su estado, caminó en dirección al arquero dorado mientras secaba toscamente sus propias lágrimas.
-Deja de llorar, Aioros-ordenó desencadenando que una mirada de odio por parte del castaño le atravesara.
El de Escorpión nunca había visto el azul de los ojos de Aioros brillar con tanto rencor como en aquel breve instante en que levantó el rostro para verle de frente. Sin responderle, el castaño volvió a agachar la cabeza.
-¡Te dije que dejaras de llorar!-insistió Milo-¡Levántate, tenemos muchas cosas que hacer!
De nuevo no hubo respuesta, al menos no por parte de Aioros. Kanon, Camus, Dohko y Mu observaban asustados la conducta tan impropia del santo de escorpión, sorprendiéndose de la enorme paciencia que demostraba Aioros aún en un momento tan doloroso para él. Era tanta la preocupación con respecto al arranque de locura del escorpión dorado que Kanon y Camus inclusive estaban considerando la opción de lanzarse sobre Milo para hacerlo callar de una buena vez antes de que Aioros le cerrara la boca a golpes; y aún si así lo hiciera, Milo se lo tenía bien merecido.
-Milo, ¿estás loco? Ya es suficiente…-le dijo casi susurrando Kanon.
-¡No! ¡No es suficiente!-después de gritarle a Kanon, el escorpión se agachó para que su rostro quedara al nivel del de Aioros-¡No puedes seguir llorando! ¡¿Me entiendes?!-exclamó al mismo tiempo que le tomaba de los hombros y sacudía a un sorprendido arquero-¡Lo último que ese terco hermano tuyo querría es que te derrumbaras de esta manera! ¡Así que deja de hacerlo! ¡Déjate de llantos!
Las lágrimas que habían dejado de correr por las mejillas de Aioros inundaron las de Milo. Con cada sacudida que le daba al castaño, con cada grito lleno de desesperación, con cada una de las palabras que retumbaban en sus propios oídos Milo sentía que poco a poco perdía el control sobre sí mismo. Máscara era su compañero y Aioria era su amigo, no tan cercano como Camus pero a fin de cuentas era su amigo; ellos no tenían porque haber muerto. Ninguno de ellos tenía porque arriesgar su vida por las estúpidas ideas de unos egoístas dioses que, ante el vacío de sus eternas vidas, se dedicaban a causar daño y dolor a los humanos. No era justo. Simplemente no estaba bien.
No se dio cuenta en que momento cerró los ojos; los apretaba con tanta fuerza, cómo si al hacerlo pudiera eliminar el mundo que le rodeaba y terminar con esa pesadilla en la que se habían metido. Quería despertar, necesitaba verse de vuelta en la realidad que Athena les había ofrecido al traerlos de la muerte. Ya se había cansado.
Repentinamente sintió la calidez de un par de manos que se posaban sobre sus antebrazos. Titubeó un momento antes de abrir los ojos para encontrarse con la enrojecida mirada de Aioros. La mano izquierda del santo de Sagitario soltó momentáneamente el brazo de Milo y se estiró hasta alcanzar su cabeza. Revolvió los mechones de cabellos azules del escorpión dorado al mismo tiempo que una media sonrisa llena de dolor se dibujaba en sus labios.
-Deja de llorar…-le dijo el arquero con la voz ahogada en llanto-…lo último que el terco de mi hermano querría es que te derrumbaras de esta manera.
Entonces ya no resistió más. Se abalanzó sobre Aioros abrazándolo con fuerza y dejando fluir libremente cada una de las lágrimas que con tanto trabajo había intentado reprimir con anterioridad. Se sentía molesto, frustrado, miserable…culpable. Si, porque sin importar cuantas veces Camus le repitiera que ninguno de ellos fue el causante de la tragedia, en su corazón Milo siempre sentiría que él tuvo la oportunidad de hacer algo al respecto pero decidió no hacerlo.
-Perdóname, Aioros-suplicó Milo en medio de lágrimas-Es nuestra culpa…ella…Afrodita intentó decirnos…
El santo de Sagitario le separó de él tomándole de los hombros. Fijó sus ojos en Milo por unos breves segundos que para el escorpión resultaron eternos debido a la incertidumbre acerca de cuál sería la reacción del castaño.
-No podemos confiar en ella. Ustedes hicieron lo que debían así que no son culpables de esto; nadie aquí se tiene la culpa. Además, ni siquiera sabemos si esto es verdad, ya se han equivocado antes con respecto a nosotros. Tenemos que ir a buscarles para estar seguros- Aioros se forzó para conseguir una sonrisa que ni él mismo se creía, ocasionando que sus compañeros intercambiaran miradas de desconfianza y, hasta cierto punto, de pena por el optimismo que intentaba mostrar el de la novena casa. No querían verle salir lastimado al albergar falsas esperanzas.
Carentes de ánimo y aún conmovidos por la tragedia, los santos fueron aproximándose lentamente hacia los respectivos centauros encargados de ellos. Tristemente, parte de lo que decía el arquero era cierto, tenían que encontrarles, ¿en que estado les encontrarían? Eso era otra cosa que preferían no pensar por el momento.
Estaban alistándose cuando algo cruzó por la mente del carnero dorado. Se detuvo y volteó a sus espaldas buscándole con la vista; y ahí lo vio. Con la espalda apoyada en un árbol, el santo de Piscis se había mantenido alejado de toda la escena, meditando acerca de los sucesos que vivían. El sufrimiento en su semblante era visible, la aprensión se leía en su mirada perdida y sus gestos gritaban que necesitaba ayuda. Sin importar cuantas veces se repitiera a sí mismo lo que había sucedido, parecía que su cerebro se negaba a procesar semejante información; no era algo que quisiera creer, ciertamente tampoco algo que quisiera estar viviendo.
Ante sus ojos se plantaron un par de pies que le indicaban que alguien estaba junto a él. Con recelo levantó la vista temiendo la reacción de quien fuera que estaba ahí frente a él, ni siquiera estaba seguro de lo qué el debía hacer. Sus ojos celestes se encontraron con los turquesa de Mu. La mano del carnero dorado se extendió ofreciendole ayuda para ponerse pie al mismo tiempo que una serena sonrisa apareció en sus labios.
-No tienes porque sufrir solo, para eso estamos nosotros-la calidez en la voz de Mu trajo un reconfortante alivio al alma de Afrodita, quien asintiendo con la cabeza aceptó la mano amiga que le ofrecían. Agradecía a Athena que no tenía que lidiar con su soledad en un momento tan difícil, porque ahora tenía amigos en quienes apoyarse.
La pelilila se llevó las manos a sus sienes para masajearlas un poco. Entre el susto que le pegaron los santos de bronce y la insistencia de la amazona de Águila para que hablara con Zeus le estaban ocasionado una migraña. Iba de un extremo a otro de su habitación buscando la mejor manera de decirle a Marin que hablar con su padre no era una opción. Estaba demasiado molesta con él como para ir a pedirle un favor, así que simplemente no lo haría, se limitaría a esperar que sus santos terminaran la siguiente misión y entonces el mismo dios de trueno tendría que darles el informe correspondiente.
Frente a ella, Marin de Águila permanecía de pie observando a su diosa ir y venir pero sin pronunciar palabra. El viento que entraba por la ventana hacía volar el blanco camisón de dormir de Saori haciéndola ver como un ser espectral merodeando en medio de la oscuridad de la habitación; la palidez de su rostro resaltaba las marcas negras alrededor de sus ojos grises que evidenciaban la falta de sueño y que le hacían ver todavía más impresionante.
-Athena…-Marin habló con algo de temor de escuchar la negativa por parte de la reencarnación de la diosa de la sabiduría.
La diosa soltó un suspiró y miró de reojo a la amazona-No lo sé, Marin. Durante la última discusión con mi padre dejé muy claro que no quería verlo de nuevo y realmente no quiero hacerlo.
-Señora, entiendo como se siente, pero tengo el presentimiento de que algo malo le ha sucedido a los santos dorados y el señor Zeus es el único que puede decirnos que es lo que está pasando en la Edad del Mito.
-¿Con los santos dorados? ¿eh?-la mirada de Athena se tornó pícara al observar por el rabillo del ojo a su amazona de plata-¿No será que te preocupa cierto santo en especial? ¿Uno que vive en el quinto templo y que es hermano de Aioros? ¿eh?
De no ser por la máscara que cubría su rostro, Saori hubiera podido ver como las mejillas de Marin se tornaban rojas a causa de la vergüenza. Aquella pregunta indiscreta no era exactamente algo para lo que estaba preparada la de Águila, menos viniendo de su diosa.
-¿Cómo dice?... No…no, señora…digo, tal vez sí, pero…
La diosa sonrió con travesura. Esa era una faceta que rara vez dejaba al descubierto la amazona de Águila, verla nerviosa le parecía tan…romántico. Ojalá ella también pudiera enamorarse y vivir el amor en carne propia. Dejó escapar un suspiro de nostalgia. "No es el momento de pensar en esas cosas", se reprendió Saori unos segundos después por su conducta tan infantil; lo que debería ocuparla era ese presentimiento de Marin. Avanzó hacia la ventana y llevó la vista al cielo, en su mente meditaba hasta que punto debía preocuparse por esas corazonadas de la amazona…quizá sería bueno hacer algo, pero ¿llamar a Zeus? Definitivamente necesitaba trabajar muy duro con ese orgullo que tanto le molestaba.
-Ok, ok, veré que puedo hacer al respecto-admitió cruzando el dormitorio con destino a la puerta.
Giró la manija para abrir la puerta y lo que encontró del otro lado la tomó por sorpresa. Ahí estaba el Patriarca Shion alistándose para tocar a la puerta y, a juzgar por su rostro, no estaba nada contento.
-¿Shion? ¿Qué pasó?-la diosa preguntó intrigada.
-Ha ocurrido un pequeño accidente en los templos de Aries y Acuario-comenzó su explicación el Santo Padre tratando de tranquilizarse-Los santos divinos y Kiki han causado cierto daño estructural al techo de ambas casas, pero usted descuide princesa, ya he tomado cartas en el asunto y le aseguro que los seis tendrán el castigo correspondiente.
-Si, gracias Shion-respondió Saori sin entender de todo lo que decía Shion, su mente estaba más ocupada en resolver lo que le diría a Zeus cuando le viera.
-¿Marin? ¿Qué haces aquí?-Shion fijó su vista en la pelirroja que se encontraba a espaldas de la diosa de la sabiduría.
-Hablando de eso-se metió la de cabellos lilas-Marin tiene un mal presentimiento acerca de los santos de oro y hemos considerado hablar con Zeus para preguntarle al respecto. ¿Tú que opinas, Shion?
La mirada de Shion se llenó de desconcierto. Las veía a ambas con ese semblante tan propio del mayor de los ochenta y ocho santos; esos ojos que reflejaban un alma antigua y sabia encerrada en el cuerpo de un inmaduro joven.
-Me parece, Athena, que han tomado la decisión correcta. Sean ciertos o no los presentimientos de Marin, creo que preguntarle al señor Zeus es mucho mejor que vivir con la duda hasta que tengamos mayores noticias de ellos-respondió con seriedad.
-Bien, está decidido. Llamaré a mi padre, después de todo ya era hora que me…
El ruido de pasos en el corredor capturó la atención de los tres. No era común escuchar tanto bullicio a esas horas de la noche, además de que la frecuencia del golpeteo de los zapatos sobre el piso de roca indicaba que quienes fueran llevaban prisa. Shion fue el primero en abandonar la habitación de la diosa seguido de cerca por Marin y, al final, por la mismísima Athena.
Prestando un poco de atención pudieron observar como dos sombras recorrían el largo corredor que llevaba a las habitaciones de la deidad regente. Las voces masculinas se fundían en el eco del semioscuro pasadizo, el tono agitado y ansioso delataba los sentimientos de sus dueños. No tuvieron que esperar mucho para ver a los dos guardias encargados de la custodia de las armaduras doradas aproximarse a ellos.
-¡Señor Shion!-gritó uno de ellos para atraer la atención del santo padre, a pesar de que dicho objetivo ya había sido conseguido.
-Gran Maestro, Señora Athena-los dos guardias se hincaron en presencia del antiguo carnero y la diosa.
-¿Por qué tanto escándalo a estas horas de la madrugada?-Shion preguntó, aunque en realidad creía saber cual era el problema que aquejaba a ambos soldados. Con seguridad acababan de darse cuenta del "extravío" de la flecha de Sagitario.
-Gran Maestro, las armaduras de Leo y Cáncer…-el primer guardia calló por unos segundos, no estaba muy seguro de cómo tomarían ambas autoridades lo que iba a decir a continuación.
-Están llorando, señor-terminó la oración el segundo al ver dudar a su compañero al mismo tiempo que agachaba la cabeza ante lo incoherente que sonaba su afirmación.
El corazón de Marin dio un brinco dentro de su pecho. Sin pensarlo más emprendió la carrera hacia el salón principal donde habían quedado resguardadas las doce armaduras de oro en espera de sus dueños. No le importó arrollar a los guardias en su camino, tampoco escuchó las voces de Shion y Saori llamándole; su única meta era llegar lo más pronto posible a la sala del trono.
Divisó por fin la enorme puerta de madera frente a ella y aceleró la marcha. Sentía que aquel recorrido de quizá unos pocos segundos había durado una eternidad, cómo si de pronto todo se desarrollara en cámara lenta. Sin frenar, posó cada una de sus manos sobre ambos lados de la puerta y las empujó con fuerza para abrirse paso al interior de la enorme habitación. Se detuvo. Justo frente a sus ojos estaba el hermoso trono de la diosa de la sapiencia y, detrás de él, las doce armaduras doradas. Retrocedió un paso sin saber que debería de hacer. Quería comprobar por sí misma si lo que los soldados decían era verdad, pero su cuerpo se negaba a avanzar más. Apretando los puños, se forzó a seguir adelante; cada paso que daba requería de un esfuerzo sobrehumano.
Un par de lágrimas corrieron sin control sobre sus mejillas. Ahí, delante de ella, las dos armaduras doradas del cuarto y quinto signo lloraban sin césar. Era por demás una escena impresionante. Marin jamás había visto semejante conducta humana en ninguna armadura, aunque había escuchado de la boca de Seiya que los rostros del casco de Géminis lloraron de tristeza a causa de la traición de Saga.
-Marin…-la tibia mano de Saori se posó sobre su hombro, pero por más que lo intentó la amazona fue incapaz de articular palabra.
El mismo Shion no sabía que decir, simplemente miraba las armaduras con una mezcla de incredulidad, rabia y miedo. Más de doscientos años de experiencia le decía que el llanto en las armaduras doradas significaba tragedia; sin importar que tan lejos estuvieran, él sabía que los ropajes de oro podían sentir el cosmos de sus dueños y conocían perfectamente sus respectivos destinos.
Athena se adelantó para tomar entre sus manos el báculo de Niké que yacía al lado del trono. Un brillo intermitente rodeó el sagrado bastón en respuesta al agitado cosmos de su dueña, obligándo a la joven Athena a luchar para calmar su espíritu. La chica Kido cerró los ojos al mismo tiempo que elevaba su cosmos buscando convocar al rey del Olimpo a su presencia.
Nada sucedió.
La deidad abrió los ojos asustada al no recibir respuesta. "¿Acaso él ha decidido ignorarme?" se preguntó molesta ante la posibilidad de que el dios del rayo hubiera tomado la misma actitud que ella, después de todo ambos tenían un carácter similar. Torció la boca con disgusto y volvió a intentarlo. "No me importa cuanto te molestes en ignorarme. Si en necesario quemaré hasta lo último de mi cosmos con tal de que aparezcas y me informes lo que está sucediendo."
Y así la diosa lo intentó una, y otra, y otra vez. Se disponía a tratar de nuevo cuando el vibrante sonido de un rayo cimbró el templo de Athena y un potente resplandor dorado invadió el salón cegando a todos los que ahí se encontraban. La luz se disipó lentamente revelando al dios supremo. Les observaba con esos penetrantes ojos azules que no revelaban ningún sentimiento pero que tampoco infundían miedo o temor.
-Padre-la diosa de la sapiencia agachó la cabeza en reverencia al gran Zeus.
-Disculpa la tardanza, joven Athena. Creo saber la razón de tu insistencia y, precisamente por ello, necesitaba confirmar mi respuesta, lo último que quisiera es darte información errónea-el dios caminó hasta donde se encontraban las armaduras y centró la vista en las de Cáncer y Leo-Que maravillosos ropajes has creado, pequeña. Son capaces de sentir como los humanos, haciéndose uno con sus dueños y formando una alianza inquebrantable con ellos. En verdad las armaduras de Athena son obras de arte dignas de la diosa a la que representan.
Un leve rubor apareció en el rostro de Saori. El que Zeus hablara de esa manera de ella resultaba un verdadero halago, un halago que Saori sentía que no le correspondía. No podía estar segura, pero lo más probable es que ella aún distara mucho de lo que en realidad debería ser.
-Padre…-suspiró la diosa sin levantar la vista del piso.
-Athena, sé que puedes leer a la perfección el comportamiento de las armaduras, ¿por qué me has llamado si ya sabes lo que sucedió?- la pelilila se quedó fría.
Él estaba en lo correcto. La última vez ella había sido capaz de entender lo que el ropaje de Capricornio le intentaba decir con respecto a Shura, esa había sido la razón principal por la que había armado tanto escándalo; porque sabía que Zeus le ocultó información. Lo mismo sucedió cuando entró al salón del trono unos minutos antes, ella sabía lo que había sucedido con Máscara de Muerte y Aioria, sin embargo se negaba a creerlo. Prefería mil veces estar equivocada a enfrentarse a su peor temor.
Saori Kido alzó la vista hacia las armaduras. No podía estar sucediendo, seguramente era un error. Llevó sus ojos a Zeus, interrogándole con la mirada, suplicando porque la sacara de su error.
-Dime que no es cierto-le dijo apretando los dientes.
-Lo siento mucho, Athena-el dios agachó la mirada mientras la diosa de la sapiencia le daba la espalda.
La máscara de plata de Marin iba de un dios a otro confundida. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero el semblante de Athena no le gustaba en lo más mínimo; algo muy malo había sucedido para que la diosa se viera tan abatida y frustrada. ¿Por qué nadie decía nada? Quería saber…¡No! Necesitaba saber.
-Athena, por favor, dígame que está pasando-rogó con la voz entre cortada la amazona.
Saori permaneció de espaldas un momento más. Se clavó las uñas en las palmas de la manos tratando de tragarse el mar de emociones que amenazaba con desbordarse en su interior, respiró profundamente y enfrentó a la pelirroja. Se aproximó a ella y tomó su mano entre las suyas.
-Marin, tienes que ser fuerte…-alcanzó a decirle antes que la voz se le quebrara. Aquellas palabras golpearon a la amazona dejándola sin aire. No era necesario que la diosa dijera más, ella sabía lo seguía-…Ellos han muerto-terminó la diosa entre sollozos.
El mundo se detuvo. Los colores alrededor de ella desaparecieron, los sonidos se volvieron mudos, todo perdió sentido; solamente podía escuchar los propios latidos de su corazón retumbando con fuerza en sus oídos. Bendito orgullo que la mantuvo de pie, porque de otra manera se hubiera desmoronado ahí mismo sin importarle que su diosa y el rey del Olimpo la observaban. Con delicadeza soltó sus manos de las de Athena, y tras ofrecerle una torpe reverencia, abandonó el salón del trono.
La joven diosa intentó seguirle, sin embargo fue detenida por Shion. El antiguo carnero se interpuso en su camino y meneó la cabeza para indicarle que no había nada que pudiera hacer por la amazona en ese momento.
-Dele tiempo, mi señora. Ella vendrá a usted cuando se sienta lista para hablar de lo sucedido, por ahora solo podemos esperar-le dijo Shion tratando de contener su propio dolor. Él también había perdido mucho esa noche.
Por inercia Marin comenzó el descenso de las doce casas. Con la mente en blanco atravesó uno a uno los templos del zodiaco hasta llegar al de Leo. Permaneció estática en la entrada del templo titubeando antes de decidir adentrarse en los privados del quinto templo, esa sería la primera que estaría sola en las habitaciones personales. Tan pronto hubo cerrado la puerta apoyó su espalda sobre ella para después quitarse la máscara plateada. Pasó los ojos por todo el lugar encontrándolo tan oscuro, triste, vacío y falto de vida; no recordaba haberlo visto así nunca antes. Suspiró antes de incorporarse para continuar avanzando. Con sus dedos recorrió cuanto mueble encontró en su camino; cada uno de ellos le traía recuerdos de las muchas alegrías que había vivido en el poco tiempo que había pasado junto al guardián de la casa del león, recuerdos que a su vez la llevaban a un mundo de sueños que jamás se cumplirían.
Recorrió los oscuros pasillos del templo hasta encontrar la puerta que había estado buscando. Giró la manija lentamente permitiéndose entrar a los aposentos del santo de Leo. Por un breve instante no supo que hacer, sin embargo al final se decidió y se sentó en la cama a observar fijamente la máscara que aún llevaba en sus manos. La única persona que alguna vez le había visto sin ella era él, pero ahora el león dorado ya no estaba y, de nueva cuenta, se encontraba sola en la frialdad del Santuario. Un par de transparentes gotas cayeron sobre la máscara resbalando por las frías mejillas de aquel rostro de metal; no tenía fuerzas para seguir fingiendo y ahí, en la soledad de la habitación del que fuera el amor de su vida se permitió llorar con libertad.
El sonido del metal resonó en aquel silencio sepulcral cuando la máscara resbaló de sus manos y cayó al suelo. La amazona se había acurrucado en la cama y apretaba con fuerza la almohada contra sí, ahogando en ella sus sollozos y secando sus lágrimas. Aún sentía su esencia en el suave cojín, aquel masculino aroma que le había seducido noche tras noches desde el regreso de los catorce, ese mismo olor con el que se había quedado dormida en los brazos de hombre al que amaba. Nunca más experimentaría el calor de su cuerpo arropándola, tampoco volvería el sentir la tibieza de sus labios recorriéndole el cuerpo, no volvería a escuchar su voz llamando en su nombre. No más conversaciones a mitad de la noche, no más besos, no más abrazos, no más caricias…todo se había ido. Lejos quedaron los sueños de una vida juntos; Aioria había muerto y con él se esfumaron sus ilusiones.
Marin no supo cuanto tiempo lloró antes de caer vencida por el cansancio permitiendo que sus ojos se cerraran para dar lugar al sueño que le apartaría momentáneamente de su dolor.
La comitiva de santos y centauros avanzaba por las estrechas veredas que los árboles del bosque dejaban. Delante de ellos Thera les guiaba hacia el último lugar en donde las estrellas le indicaron que se encontraban los santos desaparecidos. Un sepulcral silencio reinaba entre el grupo dejando cómo único testigo de su presencia el sonido de las hojas secas al ser pisadas y uno que otro suspiro que ocasionalmente escapaba de alguno de los jóvenes. En el fondo de sus corazones aún existía la esperanza de que todo fuera un trágico error, uno de esos malos ratos de los cuales podrían reírse juntos después; sin embargo el sombrío panorama no ayudaba mucho a mantener los ánimos arriba.
La centáuride se detuvo repentinamente. Bajó la vista para ver juntos a sus cascos una mancha considerable de sangre que comenzaba a oxidarse a causa del tiempo. Quirón, quien iba detrás de ella, se paró a su lado perdiendo la mirada en la misma mancha que había capturado la atención de Thera, un escalofrío recorrió la columna del centauro mayor al pensar que con cada paso que daban se acercaban más y más al lugar de la desgracia. No quería ni imaginar cual sería la reacción del santo de Sagitario; era tal su preocupación, que si alguien le hubiese preguntado a él, con seguridad hubiera negado el acceso de Aioros al lugar donde sucedió todo.
-Estamos cerca-confirmó la centáuride levantando la cabeza y viendo hacia el frente.
-Aioros, ¿estás seguro que quieres continuar? No tienes que hacer esto-preguntó Quirón al arquero dorado que iba sobre su lomo.
-Adelante-fue la respuesta del castaño. Quirón sacudió levemente la cabeza desaprobando la decisión del santo de Sagitario, era muy diferente ver morir a un compañero que hacer lo mismo con un hermano.
-Aioros…-quiso intervenir Dohko a sabiendas de cómo iba a terminar todo eso.
-No, maestro. Necesito verle con mis propios ojos, sino…-el cuerpo completo de Aioros temblaba sin control, inclusive la quijada le titiritaba complicándole el habla.
-Ustedes no entienden…-Kanon intervino al darse cuenta que más de uno de los santos estaba a punto de discutirle su decisión-Ninguno de ustedes sabe lo que es perder a un hermano. Nadie de ustedes conoce la necesidad que se apodera de uno cuando su hermano se encuentra en peligro; esa necesidad que te obliga a buscarle, que te impulsa a protegerlo aún a costa de tu propia vida, que te hace permanecer a su lado aún cuando está equivocado, que te exige estar con él aunque sea por última vez, que te pide estar a su lado hasta el final…¡Ninguno de ustedes entiende ese sentimiento!-terminó con frustración.
-Estás equivocado Kanon-la templanza en la voz de Mu sorprendió al geminiano-Es cierto, ninguno de nosotros conoce los lazos de sangre que unen a los hermanos, más eso no significa que no podamos sentir todas las emociones que has descrito. Cada uno de los que estamos aquí nos preocupamos por Máscara, por Aioria, por Aioros, por Saga e, inclusive por ti. Todos ustedes son nuestra familia y por ustedes estaríamos dispuestos a regresar al mismo Infierno con tal de no verles sufrir. Nos duele lo de Aioria y Máscara, sin embargo no queremos que Aioros salga más herido de lo que está, por eso nuestra insistencia. Aunque si al final él ha decidido seguir adelante, entonces permaneceremos a su lado para sostenerle cuando sus piernas flaqueen y para ofrecer consuelo en sus momentos más oscuros. Lo mismo sucede contigo y Saga, deben saber que cuando nos necesiten ahí estaremos…tendrán que aprender a confiar en nosotros.
Los ojos verdes de Kanon se abrieron conmovidos antes el breve pero poderoso discurso del carnero dorado. La sonrisa sincera de Mu reforzaba todo lo que había dicho, haciendo que de alguna manera Kanon pudiera leer en aquel par de profundos ojos que no le mentía, que todos esos sentimientos eran una realidad. Y no era solo Mu, sus demás compañeros estaban de acuerdo con el santo de la primera casa, cada uno de ellos sentía de la misma forma. Le gustara o no esa era su familia, la familia que siempre anheló tener.
Bajó la cabeza para ocultar la mirada entre en los flequillos de su cabeza. No quería que le vieran llorar, ya habían tenido suficientes lágrimas por una noche como para que él aumentara la cuenta.
-Mu…-le llamó con un susurro-….gracias.
Al grupo continuó el camino hasta que por fin, Thera apuntó hacia un claro en medio del bosque. Los centauros se aproximaron con recelo. Lentamente avanzaron hasta lo que parecía una zona de guerra distribuyéndose en varias direcciones para buscar pistas de lo que sucedió en ese lugar. El rojo de la sangre contrastaba con el amarillento color de las hojas que cubrían el piso dibujando un siniestro mural que retrataba los últimos instantes de vida de los santos de Cáncer y Leo, el exceso del color escarlata asesinaba lentamente el poco optimismo que habitaba en los jóvenes guerreros de Athena. Troncos, arbustos, rocas, nada se salvaba de ese tinte de color carmín, el triste matiz de la muerte. Las ramas rotas permitían recrear una parte de la batalla que se libró ahí, los árboles caídos delimitaban la ruta que el jabalí había seguido, pero no había rastro de los santos ni del animal.
Un joven centauro de cabellos grises rebuscaba insistentemente en los alrededores siguiendo las órdenes de su líder, la misión era encontrar a Máscara de Muerte y a Aioria, y así lo harían. Con cuidado apartó un par de troncos caídos que impedían el paso más allá de ellos y fue entonces cuando le divisó. Atrapado bajo una enorme rama vio el cuerpo ensangrentado de un joven de cabellos azules. Rápidamente se acercó al cuerpo y buscó la yugular para medirle el pulso. Inconscientemente retuvo la respiración mientras intentaba localizar alguna señal de vida por parte del santo de Cáncer, nerviosamente movía sus dedos para buscar un latido del corazón al mismo tiempo que fijaba la vista en el cuerpo para ver si respiraba. Cerró los ojos y suspiró.
-Encontré a uno de ellos-dijo sin gritar pero con la suficiente fuerza como para ser escuchado por el resto de la cuadrilla.
En cuestión de segundos se vio rodeado por los sietes santos y un nutrido grupos de centauros, entre ellos el mismo Quirón. De inmediato los ojos de todos los santos reconocieron el cuerpo su colega de Cáncer recostado boca abajo entre los árboles caídos .El de cabellos grises les observó compungido sacudiendo un poco la cabeza y agachando la mirada.
-Yo…lo siento mucho-habló casi en un murmullo.
-No, no, no. ¿Estás seguro que le revisaste bien?-Afrodita suplicó en negación total mientras un leve temblor en su voz delataba su nerviosismo-Por favor, Quirón revíselo usted. A lo mejor pasaron algo por alto, que tal si su pulso aún es débil…
A pesar de que confiaba en su joven subordinado, el líder de los centauros volvió a inspeccionar a Máscara delante de ellos, no se atrevía a negarse a los ruegos de uno de ellos; estaba seguro que si hubiese sido alguno de sus propios amigos él se hubiese entercado de la misma forma en que lo hacía Afrodita. Con sentido dolor confirmó el peor de los diagnósticos.
-Ya no vive-respondió para luego ayudar a levantar los troncos con el fin liberar el cadáver.
La tez nívea de Afrodita palideció aún más. Ahora no podía escapar de esa realidad, ya no podría refugiarse en la opción de desconocer el paradero de su amigo; porque ahí lo tenía, frente a sus ojos, la prueba irrevocable de que el cangrejo dorado ya no estaba en el mundo de los vivos. Su respiración se volvió pesada y no se sentía capaz de reaccionar a lo que estaba sucediendo, era como si alguien le hubiese arrebatado la capacidad de moverse.
-Afro…-la mano de Kanon se posó en su hombro para infundirle fuerzas-Sé que era tu mejor amigo…de verdad, que a todos los duele lo que sucedió con Máscara.
Otra mano se asentó sobre su otro hombro-Estamos juntos en esto…-escuchó decir a Camus. El de la última casa asintió con suma tristeza ante la imposibilidad de articular palabra. Agradecía infinitamente el gesto de sus compañeros, sin embargo nada haría desaparecer el pesar que se había apoderado de él.
Le dolía que sus compañeros jamás conocerían al Máscara que él conoció. Nunca sabrían lo mucho que el santo maquiavélico y fastidioso que conocieron había crecido mucho en los últimos días, no podrían atestiguar con sus propios ojos el cambio que se había dado en el corazón de Máscara de Muerte, simple y sencillamente ellos no tendrían la oportunidad de conocer esa faceta del santo de Cáncer. Cuando una tibia lagrima rodó por su mejilla, Afrodita no pudo evitar sonreír con amargura al enjuagársela, seguramente que Máscara de Muerte le hubiese dado dos patadas en el momento en que le viera llorando por él, aunque eso no le molestaría en lo más mínimo si eso significara que su amigo permaneciera con vida.
El arquero dorado se acercó a Afrodita y le abrazó-Lo siento mucho, Afro-le dijo al oído. El gesto fue correspondido por el santo de Piscis, después de todo si alguien sentía el mismo dolor que él ese era sin duda Aioros. Tras separarse de Sagitario, Afrodita se aproximó al cuerpo para agacharse a su lado y se agachó para permanecer unos minutos más a su lado; no podía dejarlo solo.
-Nos veremos en la otra vida, amigo mío-le dijo antes de que los centauros comenzaran a prepararle para llevarlo de regreso a la aldea. Aquella era la despedida para ambos.
-Señor, encontramos al otro-murmuró un centauro al oído de Quirón para evitar que los demás santos le escucharan. Los ojos de Quirón preguntaron sin palabras a su compañero acerca del estado del santo de Leo, la respuesta fue definitiva: el centauro negó con la cabeza.
El centauro mayor se llevó las manos a su cabeza enredando los dedos en sus largos cabellos. No tenía idea de cómo le iba a confirmar a Aioros la muerte de su hermano, porque era más que obvio que el arquero se negaba a creer que Aioria ya no estaba en este mundo. Disimuladamente se alejó de los santos para constatar en persona lo que decía el soldado aprovechando que los jóvenes de Athena se encontraban todavía bastante consternados por la aparición del cuerpo de Cáncer.
Cerró los ojos al ver el cadáver del santo de Leo, estaba aún en peor estado que el de Máscara de Muerte. Ignoraba lo que les había sucedido a los santos, pero casi podía asegurar que su muerte no fue a manos de las arpías. Ambos cuerpos estaban demasiado golpeados y las heridas que mostraban en diferentes partes eran demasiados profundas como para ser causadas por las garras de las criaturas voladoras, con seguridad el asesino había sido otro; por esa misma razón tendría que preguntarle a Thera que sabía al respecto.
La presencia de alguien a sus espaldas le hizo respingarse ante la posibilidad de que se tratara del santo de Sagitario, sin embargo rápidamente se tranquilizó al ver los ojos violetas de Thera observándole con atención.
-¿Cómo llegamos a esto, Quirón?-preguntó con tristeza.
-No tengo la menor idea, solo sé que hemos fallado en nuestra misión de proteger a los santos de la señora Athena.
Con resignación, el centauro se dio la vuelta para ir en busca de Aiorios, cómo dice el dicho, "al mal paso darle prisa" y eso sería justamente lo que haría. Cual no sería su sorpresa al encontrarse justo detrás de él al arquero dorado. Sin que fuera su intención, la mirada del centauro le rehuyó a Aoiros despertando sospechas en el santo.
-¿Qué sucede, Quirón?-preguntó sin quitarle la vista de encima.
Cientos de ideas acudieron a la mente del centauro pero ninguna de ellas parecía ser la apropiada para confesarle al de Sagitario el último de los hallazgos. En realidad, no existían palabras adecuadas para decir lo que tenía que decir.
-¡Lo encontraron!-los ojos azules de Aioros se abrieron con incredulidad al mismo tiempo que el volumen de su voz aumentaba-¡¿Encontraron a mi hermano?! ¡Contéstame Quirón!
El mítico centauro se apartó levemente para dejarle la vista libre al santo del arco, sin embargo permaneció observando con tristeza el cambio en los gestos de Aioros. Le vio ir de la sorpresa a la desolación pasando por todo tipo de sentimientos, más no podía hacer nada por él; solo le quedaba observar. Y eso hizo. Vio cómo el joven corrió trastabillando hacía donde se encontraba su hermano, se hinco juntó a él y con ternura removió los mechones de cabello que cubrían sus ojos de la misma forma en que solía hacerlo cuando era apenas un niño. Lloró en silencio su pérdida ante la mirada y palabras de apoyo de sus compañeros que comenzaron a rodearlo. Era el final de una noche que nunca olvidarían.
Completamente agotada, Athena se dejó caer en el mullido sillón cerrando los ojos en busca de un poco de descanso. Había sido un largo día para la diosa de cabellos oscuros. Su agitada mañana comenzó con una visita a sus tías Hestia y Démeter siendo el objetivo de dicho viaje el conseguir aliados que tanta falta le hacían en su lucha frente a Hera, Hades y Ares. Tras varias horas tomando té, comiendo galletas y escuchando los chismes de cuando dios se le podía ocurrir a uno, al final la misión resultó un fracaso. Primero estaba Hestia, la tía dulce y comprensiva, la que nunca se metía en problemas; y eso fue precisamente lo que hizo en esta ocasión: mantenerse alejada de conflictos. Después estaba Demeter, madre de Perséfone y suegra de Hades…Athena ni siquiera entendía como se le ocurrió preguntarle en primer lugar. La respuesta había sido tajante: No haría nada que pudiera representar una amenaza para su joven hija.
En conclusión había sido una mañana frustrante, pero nada en comparación con lo que le se venía. Al salir del templo de Demeter, la deidad de la sapiencia se encontró con el único dios al quería evitar: Zeus. Ambos intercambiaron miradas; la de ella llena de recor y reproche, la de él derrochaba una fingida indiferencia. Todo iba bien hasta que el dios de trueno cometió el grave error de dirigirle la palabra a su hija favorita ocasionando que lo que parecía un inocente saludo terminara en una acalorada discusión que solamente pudo ser detenida gracias a la intervención de las diosas mayores.
Entonces volvió a verse atrapada en una conferencia de sus tías acerca de cómo tratar al rey de Olimpo. Desde trucos para salirse con la suya hasta remedios para evitar la ira del poderoso Zeus, la plática de las dos diosas llevó unas cuantas horas más de puro parloteo.
Afortunadamente todo en Atenas se encontraba en perfecto estado a su arribo, por lo que pudo disfrutar de unos instantes de paz que fueron interrrumpidos por la llegada de las mensajeras de Hipólita. ¿Quién se creía que era esa amazona para tratar de negociar con la mismísima diosa de la sabiduría? ¿Acaso pensaba que ella le tendría tanto miedo como para ofrecerle semejante trato? No, no señor. Sus santos no eran sementales que podían alquilarse para que la reina de las legendarias guerreras pudiera tener descendencia, así que esa solicitud estaba totalmente fuera de lugar. Además, ¿cómo se le ocurría pensar que alguno de sus jóvenes guerreros iba a poder regresar a su época tan tranquilo sabiendo que dejaba un hijo o una hija atrás? Seguramente Hipólita estaba igual de loca que su demente padre.
Todavía así, después de despedir a las amazonas, Athena sabía que le quedaba un pendiente por realizar, algo a lo que no podía seguir dándole largas. De esta forma regresó al Olimpo, y ahí estaba frente a frente con la diosa con la que necesitaba hablar.
-Athena, ¿te sientes bien?-la dulce voz de Artemisa devolvió a la diosa a su realidad. Tenía que terminar su charla aún si ello significara perder la cabeza.
-Sí, discúlpame, estoy algo cansada. Solo es eso-la pelinegra tomó entre sus manos una humeante taza de té que su hermana recién le había ofrecido-Artemisa, hay algo que quiero pedirte.
Los ojos azules de la diosa de la luna miraron a su hermana con curiosidad. No era algo común que Athena pidiera favores, mucho menos a ella. No eran muy unidas, sin embargo su relación tampoco era mala. El carácter fuerte de Athena contrastaba con la calma de Artemisa pero de alguna manera se las habían arreglado para que su relación funcionara.
-¿Es algo relacionado a esos hombres de los que nos habló nuestro padre?-preguntó la rubia antes de beber un sorbo de su taza.
-Sí.
-Athena yo no quiero conflictos con Hera. Tú tienes la libertad de vivir en la Tierra y gracias a ello no estás obligada a soportarla; yo, en cambio, tengo que lidiar cada día de mi vida con ella.
-Lo sé, y no vengo a pedirte que los ayudes, solo quiero tu aprobación para permitirles ir detrás de la cierva de Cerinia-se apresuró a aclarar Athena.
-Entiendo. Su deber es capturarla ¿cierto?-Athena asintió-En tal caso no veo que haya mayor problema, nada más necesito que te asegures que no maten a mi cierva. Ese animal fue consagrado a mí por orden de Zeus, y es un regalo que aprecio mucho debido a su origen, por ello te pido que les ordenes que tengan cuidado.
Una sonrisa apareció en los labios de la diosa de la sapiencia al mismo tiempo que asentía con estusiasmo. Por fin algo le salía bien en todo el día.
-Gracias-le dijo a su hermana quien le obsequió una sincera sonrisa.
Estuvieron en silencio unos minutos disfrutando del oloroso té que Artemisa había preparado hasta que su tranquilidad fue interrumpida por unos pasos que se acercaban a ellas. Un joven alto apareció en la puerta de la habitación donde ellas dos se encontraban. Apoyando la espalda en el marco de la puerta se retiró los flequillos turquesas del rostro y procedió a cruzarse de brazos sin dejar de observarlas.
-Vaya, la princesa de la Tierra ha venido a visitarnos-habló con ironía.
-¡Hermes! No molestes a Athena-intervino Artemisa al notar el gesto de desagrado por parte de su hermana.
-Pero si no la estoy molestando, solamente estoy sorprendido de que la gran Athena en persona se encuentre entre nosotros-continuó él acercándose a las diosas-Yo pensé que estaría llorando su desgracia ante mi padre.
-¿De qué estás hablando?-la de cabellos oscuros le miró de reojo.
-¿Cómo? ¿No sabes? Y yo que creía que tú sabías todo-Hermes chasqueó la lengua expresando desilusión.
-Habla de una vez Hermes, no tengo ganas de esperarte toda la noche-bufó con fastidio Athena.
-Ok, no te molestes, hermanita-respondió con ironía-Como debes de saber, mi labor como mensajero involucra que ande por todas partes y me entere de muchas cosas, así que no pienses que pretendo involucrarme en ese estúpido juego entre Hera y tú, ¿está claro?
-Lo que hagas o no hagas me tiene sin cuidado. Por última vez te pregunto, ¿qué tienes que decirme?
-Ya va, tranquila. Verás, con profundo dolor tengo que informarte que dos de tus santos han pasado a mejor vida-soltó la noticia sin rodeos.
El sonido de la taza astillándose al golpear el suelo fue lo único que se escuchó en el silencio de la habitación. Athena llevó sus ojos grises a su temblorosa mano que había dejado caer el té al escuchar la impactante noticia. No podía creerlo, tenía que ser una mentira. Cual rayo se levantó de su asiento para plantársele a Hermes.
-¿Qué dices?-le cuestionó sin ocultar su contrariedad-¡¿De qué demonios estás hablando?!
-En serio no lo sabías-una sarcástica sonrisa iluminó el rostro del mensajero de los dioses-Si, Athena, tal y cómo lo escuchas. Dos de tus santos, Leo y Cáncer, murieron al enfrentarse al jabalí de Erimanto. Es una verdadera pena, justo cuando las cosas comenzaban a ponerse interesantes…
Hermes no pudo terminar de hablar porque una bofetada por parte de la deidad de la guerra justa resonó en su mejilla. Con rabia el peliazul volteó a ver a su igual encontrándose con los ojos inundados de lágrimas de la señora de la sabiduría. Sin decir nada más, Athena apuró el paso desapareciendo por la misma puerta en que Hermes había llegado dejandole a él y a Artemisa más que sorprendidos a causa de su conducta. Poco le importaba lo que ellos pensaran, su prioridad era llegar a Atenas cuanto antes para averiguar la veracidad del anuncio de Hermes.
Sí, definitivamente aquel era un mal día.
Los primeros rayos de luz despuntaban por encima de los árboles del bosque anunciando el fin de una larga noche. Sentado con la espalda recostada contra una roca y las piernas pegadas a su pecho, Aioros observaba fijamente le medallón de Leo que le había quitado a su hermano momentos antes de la incineración; junto a él, Afrodita de Piscis hacía exactamente lo mismo con el de Cáncer. A unos cuantos metros de ambos, las llamas de la improvisada hoguera en la que se quemaron los cuerpos de Máscara de Muerte y Aioria aún ardían con fuerza, el calor que emitían podía sentir a pesar de la distancia.
De improviso Aioros se levantó y caminó con determinación hacia sus compañeros que permanecía alrededor de la enorme fogata con la intención de darles a sus dos amigos un poco de espacio para asimilar su dolor.
-Será mejor que nos vayamos-comentó con voz ronca.
Los demás santos intercambiaron miradas mientras veían como el arquero volvía a alejarse de ellos para dirigirse al lugar donde tenían apiladas sus armas.
-Aioros...-trató de expresarse Milo solo para ser callado por la inmediata respuesta del de Sagitario.
-Encontraré al culpable de esto y le mataré con mis propias manos. Eso lo prometo-terminó apretando la medalla de Leo en su mano.
Continuará…
No sé si lo he mencionado antes pero me había propuesto no volver a escribir capítulos muy largos, más todo parece indicar que eso se quedó en buenas intenciones. Estoy consciente de esto, sin embargo creo que todas las escenas contenidas en este capítulo TENÍAN que ir aquí y no más adelante, así que eso fue lo que hice. Espero les agrade el resultado.
Este décimo quinto capítulo terminó siendo algo amargo y un tanto melodramático debido al exceso de lágrimas en los personajes pero, vamos, no podía esperarse menos de ellos. Ojalá haya podido reflejar aunque sea un poco la tormenta de emociones que vivieron, aunque eso se me hizo extremadamente complicado.
Pasando a asuntos más alegres…¡Wow! Tengo que agradecerles a todos por la aceptación que ha tenido este fic y por sus maravillosos comentarios, son simplemente geniales. Gracias por infundirme ánimos y por seguir al pendiente de las actualizaciones. Un super saludo a quienes han dejado reviews del capítulo anterior: RIAADVD, Anonymous-anonimo, Dama de las Estrellas, Kagome-Black, Kisame Hoshigaki, Orion no Saga, Ricarnaleiro, Andromeda's Nightmare, Leika-kannon, Tisbe, Chris, Andy Gaidden, Sanae Koneko, Kilder, Eowynd y Alfa.
Tisbe: ¿Cómo que si sigo cuerda? Jajaja Mujer, me sacaste la risa. Sí, ya sé que han sucedido cosas que no sucederían si estuviera en mis cabales (actualizar rápidamente, matar al leoncillo y al cangrejito, volver a actualizar rápidamente, etc…) pero creo que aún mantengo la cordura, o al menos eso espero. No me hagas dudar de mi sanidad mental XD. Recuerda: no es la vida que se empeña en hacerte sufrir, soy yo (*insertar risa malévola*), jeje, nada más bromeaba. Pasando al review, creo que este capítulo resolvió las dudas en cuanto a Cáncer y Leo más no ayudó en lo más mínimo a revelar algo respecto a Saga, Shaka, Alde y Shura; veremos más de ellos en los capítulos siguiente. Como siempre, me encantó poder saludarte. Cuídate y muchos besos.
Chris: Tengo que darte la bienvenida antes que nada ^^ Bueno, ejem, este capítulo no llegó enseguida pero al menos no tardó tanto como usualmente me sucede jeje. Muchas gracias por tus comentarios, me dan ánimos de seguir escribiendo. Sí, estoy de acuerdo, al final Máscara y Aioria pudieron hacerse amigos T.T ¡¡¡Muchos saludos!!!
Andy Gaidden: Jajaja, no, creeme que no me pareciste inquieta, sé lo que es esperar con ansias el siguiente capítulo de un fic y por eso te agradezco que me sigas echando porras para continuarlo, creo que han surtido resultado XD. Lo de Saga y Kanon es una historia de nunca acabar, digamos que al primero le cuesta expresar sus sentimientos y el segundo siempre se toma a pecho las reacciones de su hermano. Por otro lado, siento no haber salvado al gato y al cangrejo, creeme que lo intente, pero la decisión ya estaba tomada desde antes y pues es parte del argumento que vendrá. ¡¡Un gusto saludarte otra vez!! ^^
Kilder: ¡Hola de nuevo! Que bueno que los capítulos anteriores te hayan gustado. Lo de Saga creo que era cuestión de tiempo antes que Ares decidiera reclamar su cuerpo, pero aún así dependerá del geminiano el dejarse o no manipular por el dios de la guerra. Me tranquiliza lo que me has comentado del jabalí, por un momento me dio miedo el haberlo hecho demasiado simple, así que saber que te impactó me ha dado un respiro. Bueno, esta vez he trabajado realmente fuerte y aquí tienes este nuevo capítulo para no dejarles mucho tiempo con la duda de lo que pasó con Aioria y Máscara. Muchas gracias por seguir al pendiente de la historia y me da gusto saber de ti. Cuídate mucho y ¡Saluditos! ^^
Comienzo la despedida comentándoles que ahora sí, es muy probable que me tarde un poco más en actualizar puesto que estas últimas semanas de marzo y las primeras de abril están realmente complicadas en cuestiones laborales. Ténganme un poquitín de paciencia, tan pronto tenga el siguiente capítulo lo subiré.
Ya me voy antes que las notas de la autora queden más largas que el capítulo en si . Nos leemos en el siguiente capítulo.
¡Saludos!
Sunrise Spirit
