Capítulo 52

Después de abandonar el castillo, Hans tenía muchas emociones encima y nada de juicio, lo que le hizo empujar a su caballo al límite, moviéndose por la distracción que generaban sus sentidos vibrantes. Estaba sintiendo demasiado, como si el cúmulo de cosas de los últimos meses estuvieran sacando los restos aún contenidos en su ser.

Sentir era horrible.

Y aun así lo hizo por horas.

Hans solo paró al notar el sudor de su caballo bajo sus palmas, descubriéndose más allá de los terrenos del hospital de Elsa, pasada la frontera del reino. A su alrededor únicamente había vegetación, ni un camino o civilización a la vista.

Estando a tantas millas y con el fresco de la madrugada, tal vez recuperó lucidez y se dio cuenta de lo estúpido que se había portado. Como el año de la coronación de ella, su corazón le había cegado de manera negativa, empujándolo a comportarse de forma vil.

Saltó de su caballo despeinándose los cabellos. Ahora estaba impedido de volver por el cansancio de su montura, la oscuridad y la desorientación, con el remordimiento de su conducta hacia Elsa.

Se sentó debajo de un árbol, estremeciéndose al empezar a sentir el contraste de su calor corporal con la temperatura nocturna. Sus ropas húmedas hacían un trabajo estupendo para empeorar el efecto del ambiente gélido de la noche.

Invitó a Tapp a echarse a descansar y se pegó a él lo más que pudo, combatiendo el frío.

Era un imbécil.

Si moría de una pulmonía, cumpliendo la indeseada sugerencia de sus comentarios, se lo tendría merecido. No obstante, su familia pagaría el precio.

Recordó el rostro de Elsa que había ignorado, dándose de golpes contra las sienes, usando el desprecio para no dormirse y reprenderse. ¿Por qué había actuado así con ella? ¿Es que sus antiguas creencias de que herías a los que amabas eran ciertas?

El amor le había dado el poder de dañarla, como a ella el de alterarle con ese anuncio —el hecho que constataba la imposición de su voluntad sobre la de ella.

Rió incisivamente.

Le había soltado que se divorciaran y se había ido. Sin abrigo, dinero, armas o planes.

Temblando, se pasó el tiempo intentando reflexionar adecuadamente la situación, toda vez que se reclamaba y juraba sobrevivir.

En años venideros se diría que fue su voluntad y el deseo del diablo de verle pasarla mal, los que le ayudaron a poder llegar a la mañana. En su opinión, morir congelado habría sido épico, máxime al no ser obra de su esposa, pero logró vencer a la noche fría de octubre y tener fuerzas suficientes con las que buscar alimento para Tapp y hacerlos volver.

Por su parte, el destino le tenía preparada otra cosa, pues en el castillo le recibió una sorpresa.

{…}

Un silbido hizo brincar a Elsa, interrumpiendo momentáneamente la canción suave que entonaba para terminar de adormecer a sus hijos, quienes descansaban en relativa paz. Aparentemente habían heredado la habilidad marítima de su progenitor, porque al embarcarse a aguas abiertas, ellos no habían tenido dificultades para adaptarse al mecer del navío, ni a los ruidos de este, viviendo sus días y noches con calma, tan diferente a lo que ella estaba experimentando en el barco.

Muy probable era que el estado de su mente causara su disturbio. Ya no estaba enfadada con Hans como dos noches atrás, cuando él abandonara el castillo perturbado por la idea errónea de haber disuelto la monarquía por su causa, pero estaba intranquila sobre lo correcto de haberse alejado de su alcance para que pudiera pensar y, en cierto modo, probar que ella no se sentía tan unida a Arendelle como él creía.

No debió aprovechar el barco listo para zarpar a Países Bajos, sino aguardar al regreso de Hans —si lo hacía—. Irse así era tan precipitado como la actitud de él al huir, incluso si ella solo pretendía alejarse del alcance visual del reino unos días y regresar para conversar civilizadamente, creyendo que si estaba cerca él no se templaría de forma debida.

Y, admitía con vergüenza, su actuar tenía un pequeño cariz vengativo a la decisión unilateral de su esposo de divorciarse, proceder tan distinto al de él, ya que la monarquía era su línea y en su sangre estaba el derecho a terminarla.

Besó las frentes de sus bebés y también concluyó que el descanso de ellos era para recuperarse de sus llantos en la noche de la partida de Hans, cuando habían padecido por horas como si sintieran la tensión dejada por la discusión entre sus padres, causa de sollozos contenidos de ella.

(Irónico que, con esos desvelos, ella no pudiera dormir.)

Se apartó de la cuna (preparada para ellos en la embarcación de Hildbrand), caminando hacia el portillo del camarote. Apartó la cortina roja y miró hacia el interminable mar, que se unía con el cielo nocturno sin luna a la vista; habían llegado lo suficientemente lejos para que no les percibieran en Arendelle.

Descartaba la posibilidad que estar navegando le mantuviera en alerta, porque, si bien no superaba su desconfianza al mar, al convertirse en madre otros miedos tenían precedente a ese. Le inquietaba que pudiera ocurrir algo a ella y a sus hijos estando allí, pero le atemorizaba más esas historias de bebés que se habían dormido para nunca despertar, o las numerosas muertes de infantes por enfermedades.

Suspiró apartándose de terribles acontecimientos y trató de pensar en cosas de mejor tono, como las numerosas posibilidades que se le presentaban sin ser más la reina.

No obstante, lo único que pudo hacer fue preguntarse por Hans.

¿Habría vuelto a casa y visto su nota? ¿O no tenía planes de regresar en el corto plazo? ¿Continuaría resuelto en el divorcio?

¿Su relación se abocaría a los términos de su acuerdo inicial?

{…}

El trueno a la distancia aceleró el corazón de Elsa. Alzó la cabeza tratando de ubicar su dirección, mas aun haciéndolo, con las vueltas que había dado el barco su orientación con los puntos cardinales era mala.

Rogó porque el turbulento clima estuviese lejos; si los cubría, sería el escenario de sus pesadillas de juventud tras el fallecimiento de sus padres. Se había imaginado una tempestad arrasando con la nave de su reino; un rayo cayendo en un mástil, prendiéndole fuego, y las olas haciendo pedazos la madera hasta tragarse a los tripulantes en un bocado minúsculo para ese azul elemento natural.

Intentó animarse con la certeza que el barco de Hildbrand estaba hecho de acero… aunque no fue suficiente para su pesimista forma de ser, pues el metal podía convertirse en papel por el deseo del mar.

Fue a sus hijos, los cuales dormían con envidiosa quietud, como si no les importara el temporal respirando sobre sus nucas. Tenían una pasividad que en la vida podría beneficiarlos.

Escuchó unos llamados veloces a la puerta. No se separó de sus bebés y dio la indicación a que abrieran.

Era Daphne. Su rostro tenía algunas huellas de preocupación.

—¿Es muy grave? —preguntó ella ganándole la palabra.

—Me temo que los planes tendrán que cambiar; hay una tormenta detrás de nosotros, en el camino de vuelta a Arendelle. Fallamos en un día. Probablemente no podremos cumplir el objetivo. Tenemos que avanzar y tocar tierra, es lo más seguro.

—¿Y a dónde? —cuestionó con un pálpito agudo en la garganta.

—Islandia.

Frunció el ceño.

—Pero es un lugar casi inhabitado y tiene mucha actividad volcánica.

—Lo sé… Podríamos no encontrar auxilio en la costa a la que atraquemos y quedarnos sin provisiones. O… Es arriesgado… no estamos lejos y hay más población; empero, las corrientes podrían alcanzarnos.

—¿A qué sitio?

Daphne inspiró.

—Podemos intentar desviarnos a Escocia.

—Sí, Hans tiene un hotel en Inverness y mi hermana una propiedad en las Tierras Altas…

Dejó de respirar.

Sus padres se dirigían a Dunbroch cuando murieron.

Se llevó una mano a la garganta, convenciéndose que el comportamiento de su amiga auguraba un desarrollo espantoso. Daphne no sabía con exactitud que sus padres habían perecido en esa zona, solo las circunstancias.

—¿Elsa? —Unas manos se posaron sobre sus hombros.

—Lo siento por ponerles…

—No digas eso, no es nuestra primera vez, hemos sido impulsivos antes. ¿Por qué crees que unos miembros de la tripulación desistieron? Ya nos conocen y a todos siempre se les da la oportunidad de no unírsenos. No es que pensáramos que podía ser peligroso este viaje, nos íbamos a alejar unos kilómetros de Arendelle y ya, hemos tenido peores ideas, ¿recuerdas mi viaje por el Pacífico? —Daphne suspiró. —Bueno, no es el momento, ¿qué piensas?

—Tendrá que ser Escocia —murmuró rodeándose con sus brazos.

—No quiero dejarte, pero debo apurarme a comunicar arriba.

—Gracias por tenerme en cuenta, aunque no lo merezca.

Su amiga la abrazó rápidamente.

—Yo insistí, el capitán quiere ahorcarme, déjame la culpa a mí.

Negó y Daphne corrió a la salida.

Sintió que su alrededor se movía distinto y tembló por dentro al espiar por el agujero redondo en la pared, visualizando un oleaje fatídico.

Cogió las manos minúsculas de sus hijos diciéndose que era una idiota. Ella misma se había metido en aquel terror y tal vez no habría salida de este.

Cerró los ojos tragándose las lágrimas. Le daría a Hans un dolor similar al de ella cuando murieron sus padres, pero peor. Se suponía que eran tres días sin meterse en problemas, solo requerían pensar por separado.

—Perdónenme, mis amores —susurró inclinándose a besas los angelicales rostros de sus hijos. —Hans, Skygge. Perdón —murmuró a la nada.

Escuchó un estruendo que le heló la piel.

{…}

Un escalofrío recorrió a Hans; sin embargo, no se apartó de la ventana para avivar el fuego de la chimenea, prefiriendo enfocarse en la tormenta desarrollándose afuera del castillo. El vendaval creaba remolinos mezclados con la lluvia y los truenos, elaborando historias angustiosas en su mente, donde su familia era la protagonista.

Si en tierra estaban teniendo ese arranque de la madre naturaleza, fuera de sus fronteras debía haber una escena que peligraba la cordura.

Esperaba que su esposa y compañía estuviesen lejos del agua, o que ese clima se limitara a Arendelle.

Podía pasarles algo si no era así, le decía su instinto de Almirante.

Arrugó la nota en su mano, en la que Elsa le explicaba su proceder —a consecuencia del suyo—. Se había ido dos días atrás, luego de una pelea comenzada por él, tan estúpida como su arrebato de escapar y dar un ultimátum del que se arrepentía.

Se merecía un escarmiento por lo que había hecho, pero deseaba que la rara impulsividad de Elsa no se hubiera asomado en esa ocasión. Por supuesto, al igual que al congelar Arendelle, su alteración emocional podría haberla orillado a precipitarse.

Sintió un peso en las piernas y vio a Skygge acomodándose en su regazo, ajeno a sus tribulaciones.

Un relámpago iluminó el cielo, el cual en otro lugar habría dejado ver la caricia que dio al felino, cumpliendo con la petición de Elsa de encargarse de su bienestar.

Sonrió mordaz. En su nota, ella le había dedicado más líneas al gato, que a él.

¿Y quién había de procurar por él (Hans)? Ninguno de sus dos amigos se había quedado en el castillo y se sentía abandonado de conversadores que le sirvieran para distraerle.

Entendía que el rubio se hubiese ido, porque no iba a dejar a Daphne sola y era su barco. En cambio, Joseph… le había dejado pasmado su prioridad a Elsa hasta recordar que pudo haberla visto alterada y creerla necesitada de ayuda.

—No, Hans, volverá.

Estaba en la nota. Si estaba de vuelta antes que ella, le anunciaba que había zarpado en el barco de Hildbrand, con sus hijos, a los que se había llevado por necesidad de nutrirlos. El papel no avisaba su destino y le daba tres días para aclararse —ella había usado palabras amables, carentes de sarcasmo, pero eso entendía él—, pidiendo que cuidara al gato en su ausencia.

Era una señal de que regresaría.

…mas el navío no apareció al terminarse el plazo.

{…}

Tiritando de frío por la humedad en su ropa, Hans se apresuró al interior para darse una ducha caliente y desaparecer el rastro de su ejercicio de frustración. Si bien había sido infructuoso para destensar sus músculos y liberar su mente, todavía le había hecho sudar y no quería enfermarse en miras del arribo de su familia.

Era el cuarto día desde su partida y debían aparecer en el mar pronto. No sabía qué haría si no era así; con once horas más del tiempo prometido, estaba comenzando a preocuparse de verdad, mil veces su sentir durante el periodo determinado por su esposa.

Su preocupación superaba al enojo naciente porque ella que pusiera en peligro la vida de los tres, aun haciéndolo en un barco de como el de Hildbrand; era arriesgado irse a aguas abiertas en noviembre, aunque todavía estaban a principios del mes.

Cuando iba en el vestíbulo principal escuchó un maullido sonoro.

—¡Deja de seguirme! —protestó indignado con el animal, deteniéndose para mirarlo ceñudo. Masculló para sí al verlo mirarle atento. —Búscate una gata o ve a atrapar ratones, Skygge.

El felino continuó observándolo y caminó hasta sentarse sobre su pie, acariciando su pierna con su cola.

—No puede ser —farfulló inclinándose para quitárselo de encima.

—¡Gatito! —La exclamación infantil fue seguida por pisadas rápidas.

—¡Olaf, no corras en las escaleras! —reclamó el montañés casi a la par de nuevos pasos.

La risa del antiguo muñeco de nieve no se hizo esperar.

—¡Tú también corriste, papi!

—Porque podías caer y quería salvarte.

El pelirrojo se irguió mirando a Kristoff, el cual tenía cara de alivio mientras abrazaba al pequeño que sostenía. Era perfectamente entendible; el día que sus hijos anduviesen en dos pies, Hans estaría pensando en accidentes como ése, y sin que Elsa hubiese caído de las escaleras.

—Es que el gatito se escapa.

Kristoff suspiró.

—Eso no es excusa, Olaf. —El aludido hizo un puchero y asintió, pero a los pocos segundos se olvidó del tema y alargó sus bracitos pidiendo por el objeto de discusión.

Hans se acercó sin prestarle demasiado caso al gato que lamía su mano como si quisiera limpiarle la suciedad.

Olaf arrugó su nariz de una forma característica de Elsa. Aun con el paso de las semanas, Hans seguía sorprendido del parecido, preguntándose si Hamish o Kaysa lo tendrían en el futuro, o su sangre se mantendría dominando como hasta ahora.

Quizá por la similitud a su esposa o por ser un niño, Hans le sonrió amistoso a Olaf, como desde el primer día con esa forma. En el lado oscuro de su mente se lamentó que ya no fuese la criatura dependiente de Elsa, dado que así tendría pistas de su bienestar.

—Hueles feo —terminó por decir el niño, haciéndole soltar una carcajada con la indignación de Kristoff.

—Eso no es amable, discúlpate.

—Pero mami y tú dicen que no debo mentir ni ocultar cosas —arguyó Olaf con el ceño fruncido.

Hans volvió a reír.

—Así es, pero lo que has dicho pudo herir los sentimientos de Hans. —Kristoff le advirtió con la mirada que no afirmara lo contrario. —Y ponerlo triste.

—Está riendo. —El grandulón pronunció el nombre del niño. —Oh, está bien. Perdón, tío Hans, no quiero que estés triste porque hueles feo.

Contuvo una carcajada, percatándose que la inocencia del menor había servido más que la actividad física.

—Estás perdonado, pero de cualquier modo voy a bañarme, ¿escuché que querías jugar con Skygge? ¿Lo harás mientras no estoy?

Olaf asintió vehemente abriendo sus brazos.

—Pórtate bien —le ordenó al minino antes de tenderlo al excitado chiquillo. Skygge se acomodó tranquilo.

—¡Gracias! Papi, quiero bajar.

Kristoff lo depositó en el suelo y Olaf se alejó al escalón, donde sentó al gato y se puso a acariciarlo.

—¿Anna y tú saben la ubicación de mi esposa?

—No, solo nos informó que se alejaba unos días. Anna confía en ella y no exigió más.

Vaya milagro inoportuno.

—Elsa verdaderamente tuvo efecto en ti —resopló al oír al cuñado de la mencionada. —Es un buen cambio al principio y ya no tengo que preocuparme.

Puso los ojos en blanco.

—¿Todavía pretendías quitármela? Creo recordar que querías hacerte con otra prometida mía.

Kristoff soltó una carcajada.

—¿Cómo no lo noté? Ya eras posesivo de ella entonces.

…y los hombres tendían a serlo con quien le importaba.

—Lo que tú digas —replicó dirigiéndose a la escalera.

Al entrar a su dormitorio sonrió irónico. Realmente Elsa lo había afectado.

Y él a ella, porque no habría hecho la huida de antaño si le fuese indiferente.

{…}

Hans ignoró las miradas de lástima al salir de la torre de vigía sin el acontecimiento que esperaba.

Era el quinto día.

Ya no podía creer lo mejor, definitivamente el viaje había salido mal.

Negó, porque en ese caso estarían muer… No. Ella lo había dejado, entregándole al gato como consuelo. Elsa le había mentido con su nota, usándolo como excusa para que no la siguiera; estaba viva en alguna parte, libre, empleando la ayuda de Joseph y Daphne para alejarse del idiota que pidió su separación para otorgarle libertad.

Gruñó. Estaba muy equivocada si pensaba que se iba a quedar tranquilo, removería cada roca del mundo hasta dar con su paradero y le reclamaría por escoger el peor momento para obedecer su palabra. ¿Acaso le conocía tan poco y había aceptado su comando sin percatarse que él estaba fuera de sí mismo en esa discusión?

¿Es que era mentira que lo amaba y se había aprovechado de su ultimátum para deshacerse de él?

¡Antes muerto! ¡No la dejaría ir! ¡Era suya! ¿No le había quedado claro con su aferramiento a ella durante el tiempo que pensó perderla!

¡La ataría a él si era necesario!

¡Tampoco renunciaría a sus hijos! ¿Pensaba que podía arrebatárselos! ¡La retendría empleándolos a ellos y Elsa permanecería con él al día de su muerte!

¡No, ni la muerte los podría…!

Golpeó la pared del muro al detenerse en esa escalofriante sentencia. La muerte.

¿En qué cosas estúpidas estaba pensando para combatir la posibilidad de que perecieran en el mar? El enfado y el temor estaban jugando con su mente, trayendo a la superficie tonterías viscerales que en cordura no consideraba llevar a cabo; estaba insultándola y dudando de ella con sus pensamientos.

No se reconocía.

¿Perdería el raciocinio si su familia estaba…?

Brincó al sentir una mano en su hombro y se fijó que había apoyado la frente contra la piedra de la muralla.

—Johans, ¿qué haces?

La voz de Joseph le impulsó a girarse veloz. Su amigo, algo ojeroso, lo miraba inquieto.

—¿No te fuiste?

—¿Con Hildbrand y Daphne? No, ni siquiera me anunciaron su partida, solo la escuché; nunca creí que me dejarían en un país extranjero para tener una escapada romántica.

Lo agarró del cuello del abrigo.

—Más te vale que no estés mintiendo —siseó—. Elsa y mis hijos están con ellos.

Joseph le miró con pasmo.

—No… no lo sabía.

—Pienso lo peor, Joseph. ¿La ayudaste? Si la…

—Te lo juro, no tengo nada que ver. Por la vida de mi hermana, a quien más quiero.

Entrecerró los ojos.

—¿Y por qué te desapareciste cinco días?

El americano se sonrojó.

—Me quedé cuidando a una mujer enferma y su hija.

Enarcó una ceja de incredulidad.

—Sí, la niña, Eir, enfermó de fiebre, y después lo hizo su madre, Yulene. No quise dejarlas solas. Ella es viuda, su esposo era escocés y ella habla el idioma, nunca he estado tan agradecido de que mi abuelo me lo enseñara. Pude cuidarlas sin tener problemas de comunicación.

Sus anteriores sospechas fueron confirmadas, pero no era tiempo de centrarse en aquello.

—Disculpa. —Le soltó y se adentró a la propiedad, pretendiendo interrogar (de nuevo) a quien fuese necesario.

—Espera. ¿Qué ocurrió para que Elsa se embarcara con ellos? ¿Pelearon? Porque si es eso, Daphne se pondrá de su lado primero y es buena para escabullirse.

Se paró en seco y Joseph casi chocó con él.

—¿A dónde la llevaría?

Su amigo endureció sus ojos verdes.

—¿Le hiciste algo que no merezca perdón?

—Yo nunca le alzaré la mano a Elsa, ni la humillé —atajó con voz gruesa. —Podré tener muchos pecados, pero no la dañaría así.

—¿Qué le dijiste? Me hacen falta pistas.

Hans inspiró.

—Le pedí —expuso sardónico— el divorcio. —Joseph se quedó boquiabierto. —Y me fui; partieron en la madrugada, supuestamente tres días…

—Mierda. ¿Por qué? ¡Estás loco por ella! Un segundo. ¿Tres? El barco se fue… —Joseph se despeinó el cabello. —¿Y nadie sabe el destino?

—Kai se niega a revelarme lo que sabe. La vio enfadada y yo me porté mal. —Su gusto por el romance entre los dos había desaparecido. —¡Ni me tiene miedo!

Joseph tronó los dedos.

—Yo obtendré la información. Le expresaré mi preocupación por Daph y tendrá que soltar la lengua. Mira, vete a tu oficina y yo lo buscaré.

—No, prepararé un barco…

—Tranquilízate, tu esposa e hijos deben estar bien. Todos, lo presiento. Si escucha tus planes se negará a decirme. Tómate una copa.

Sintiéndose patético, asintió. Estaba comportándose de forma atípica y era imperante el temple para solucionar esa situación.

—Gracias.

—Te entiendo, han sido meses difíciles.

Tenía que componerse, las palabras de Joseph eran la prueba de que estaba siendo irracional y ya eran bastantes conductas de esta clase de parte de su esposa y él.

Caminó hacia su oficina, en la que se sentó con un vaso de whisky que se dedicó a contemplar dejándolo intacto. No le convenía empeorarse con el embrujo del alcohol.

En la espera, su mente caviló cosas que había interrumpido a medias los últimos días, finalmente consiguiendo dilucidar la noche de su disgusto con su mujer.

Comprendió que había estado asustado por las implicaciones de la disolución iniciada por Elsa, porque era un sentimiento que copiaba a lo que le provocaba su ausencia de esos días.

Ella había llevado a cabo ese curso de acción porque lo amaba, pero Hans temía que se arrepintiera en el futuro y el asunto se impusiera entre los dos, así como lo había puesto a él la noche en que discutieron. No solo era que ella renunciara a una cosa más por alguien, resignándose a hacerlo para mejorar la vida de otros, sino que la pérdida de su reino eventualmente los separara.

El pánico de perderla por voluntad de ella le había dominado.

Y había conseguido lo que quería evitar.

¿Por qué no podía ser mejor en lidiar con sus sentimientos y emociones? En lugar de oponerse pudo haberle confesado su temor a que su renuncia condenara su relación al fracaso; que la monarquía no le importaba y le asustaba que años más adelante se arrepintiera y lo culpara.

Si superaban ese tropiezo, dedicaría los próximos días de su vida a esforzarse en mejorar su carencia y no ser tan orgulloso. Elsa lo aceptaba y ya no era el hombre de un año atrás, mas sabía que le quedaba mucho por hacer. Ella le había dicho iteradamente que lo amaba y él solo una vez, e incluso cuando le había pedido que se abriera a él, lo hizo desesperado y no con una actitud comprensiva.

Se mantuvo firme en su propósito, repitiéndolo en su cabeza hasta el regreso de Joseph, escasos minutos después de una eternidad.

—Me gustaría traer buenas noticias. Kai está seguro que iban a mar abierto en dirección al Atlántico, era su plan. Saldrían de la mira de Arendelle, pasarían un tiempo en el agua y volverían.

Hans chistó.

—No se aventurarían a América. Si los atrapó un temporal, podrían ir a Islandia o Reino Unido. —El último más plausible.

—Reino Unido —murmuró Joseph y saltó. —¡Podría ser! El sueño de Daph con Elsa. Lagos, vegetación, bosque, antepasados, paz. Deben estar en Escocia. ¡Hild debió mencionar tu castillo en Inverness!

Su esposa también sabía de él, pensó con esperanza. Y si no estaban allí, prefería encontrarse cerca del continente, donde habría más opciones para hallarles.

Se puso en pie.

—Pediré un barco.

—¿Estás seguro? Es noviembre.

—No voy a poder estar en calma aguardando febrero. ¿Vienes conmigo?

Joseph permaneció unos instantes en silencio.

—Es tiempo de confiar completamente en Hildbrand, él protegerá a Daph con su vida. Además… Yulene y Eir. —Hubo incertidumbre en su tono.

Hans volvió a sentarse, haciendo una pausa de su inmediatez para pensar en su mejor amigo.

—¿Qué hay de ellas?

—Amo a Yulene Pettersen, Johans, y a su hija. Quiero tenerlas en mi vida y que formemos una familia. —Joseph sonrió como lo haría su hermana al hablar de Hildbrand.

—Felicidades.

—Ella siente lo mismo por mí y no teme ir a un país nuevo, del que no conoce el idioma… yo podría quedarme también, aunque no está conforme. Sin embargo, tenemos dudas si lo nuestro puede funcionar. Si será duradero. Yulene ya perdió a quien amaba… Y, abandonarían el mundo que conocen por mí… y yo… no podría continuar lo que hago, tendría que pensar en una estrategia para seguir ayudando a esas esposas… tal vez es tiempo de parar. No lo sé.

Lo analizó unos momentos.

—La señora Pettersen es modista, entre mujeres pueden confiarlo y, si ella las ve con menos ropa…

Los ojos de su amigo se iluminaron.

—Eres muy listo, Johans.

—No te precipites, Nueva York te es inaccesible hasta febrero.

—Eres admirable por soportar la indecisión largo tiempo.

En retrospectiva, le habría gustado que inicialmente dudara por sus sentimientos hacia ella y no a sus descendientes.

—Gracias, Johans, aprecio tu consejo. Ahora ve a lo tuyo. No puedes retrasarte demasiado. Y hay otra razón por la cual debo quedarme; yo te haré saber si están aquí, por el telégrafo.

Asintió agradecido.

—Iré a dar órdenes y nos pondremos de acuerdo cuando termine.

Salió, dispuesto a organizar una partida veloz y buscar el contrato que había comenzado ese matrimonio.

{…}

La dirección del viento era agitada y tornaba una odisea el manejo de la embarcación arendelliana de madera, odiada por Hans al ser pasada de moda y, por tanto, más insegura que su navío principal, lamentablemente atrancado en Suecia en ese momento.

Sabía que era una locura mayor a la de Elsa salir en esas condiciones, pero sería peor para él quedarse en Arendelle de brazos cruzados, contando los días a la reunión con su familia, o esperando cualquier información de esta. La ignorancia lo tendría nervioso, y por sí sola la despreciaba mucho.

Además, en esas circunstancias prefería la acción a la cautelosa planeación a la que estaba acostumbrado —sin factores seguros, sería inservible tratar de establecer caminos—. Estaba más satisfecho en el agua, por malas que fueran las condiciones del mar y por desconocidos que fuesen los marineros de esa travesía —un número indispensable de hombres, navegantes arrepentidos por no unirse días antes al grupo de viaje de su patrón.

Revisó que la vela no estuviese rasgada y con el catalejo observó a su periferia, buscando señales del barco de Hildbrand.

No había ni un signo humano en su alrededor.

Maldijo y se sostuvo ante una fuerte ola. Si conseguía llegar a Escocia y Elsa estaba ahí, la besaría y la agitaría por esa aventura.

Abraham lanzó un grito desde babor, asomado al agua.

—¡Restos de bote!

El corazón de Hans dejó de latir en un tiempo interminable. Tuvo que sujetarse al mástil porque su cuerpo se sintió débil de espanto.

Trató de convencerse que, para estar flotando por ahí, tenían que ser de ese mismo día.

Se acercó a Abraham con las piernas hormigueándole por dentro.

—¿Lo reconoces? —preguntó sin atreverse a mirar.

El neoyorkino lo observó pálido.

—Difícil de decir, seño' Henrik.

Su pecho se estrujó.

—Está bien… debemos llegar a Escocia.

Abraham asintió y Hans se giró, descubriendo varias caras atentas a los dos, todas ansiosas de confirmar o negar el destino del resto de su tripulación. Tuvo que reunir valentía para no alarmarlos y recordarles a dónde iban.

El llegar a su objetivo fue una bendición, porque la gran señora azul les dificultó en demasía y más de una ocasión temieron perecer en su manto.

En la capital escocesa, Inverness, era mediodía a su arribo y Hans no perdió el tiempo en conseguir transporte hacia su hotel, donde estaba la gente conocida y local que podía investigar con más premura que él.

Se sintió contento porque no tardara en visualizar a la tierra de numerosas ovejas que anunciaba su cercanía al castillo.

El señor Cameron lo recibió con más reverencia al reconocerle. Hans estaba por preguntarle lo que le interesaba, pero una conversación de dos viajeros lo atrajo.

Hacía unos días habían rescatado a unas personas que tuvieran un accidente en una tormenta, la cual dejara un barco destruido.

Los oídos le zumbaron y se puso en el camino de ambos.

—¿Cómo son? —preguntó sin detenerse a pensar en los modales. —¿Las personas que sobrevivieron? Ustedes dijeron que eran extranjeras.

El par le miró entre indignado y sorprendido, contemplándolo a él y al gato negro en sus brazos.

—Su Alteza —intervino Cameron, anunciando su identidad.

—Olvídense de protocolos ahora —cortó al ver que se disponían a darle una reverencia. —Necesito saber si había una mujer escandinava y dos bebés.

El pelinegro de la derecha parpadeó.

—¿Una joven rubia, señor?

—Había un bebé rubio —comentó el otro.

¿Uno?, se cuestionó sintiendo que sus fuerzas flaqueaban.

—Su Alteza…

—¿Qué pasó con ellos?

Los rostros de los caballeros se ensombrecieron y Hans se quedó sin respiración.

—Lo que supe… la dama estaba helada al arribar a tierra… ella no sobrevivió, ella estuvo… hasta el final… protegiendo al bebé.


NA: ¿No se les puso la piel chinita?

Hoy sí toca temprano, aunque creo que hará la espera más larga ¿?

Espero que este fuese el capítulo más dramático de la historia, para así conseguir la emoción hacia el final.

Sé que no aprobamos las acciones de ambos, pero ante todo son humanos con errores y así van sus personalidades, de ninguno de los dos esperen que cara a cara vociferen las cosas que sienten, sin resguardarse, por mucho que se amen, a menos que aprendieran bien lo mal que puede ser eso. Y lamentablemente puede ser muy tarde ahora, con consecuencias irreparables. De todos los adultos, Anna es la única que persistiría sin filtros y sin tomar un tiempo para resguardarse y pensar, o dar al otro la oportunidad de pensarlo, como Elsa con Hans al irse, o él al estar tan alterado que prefirió no seguir enseñando su lado más emocional.

Y, con lo que comentaban, Elsa debió preguntarle a Hans antes de disolver la monarquía, SOLO por el futuro de sus hijos, pero en sí es la Familia Real de ella y Elsa no lo cuestiona por abandonar sus deberes como príncipe de las Islas del Sur, y tampoco insistió en hacerlo con la decisión de él de cerrar sus negocios en América. Pero ya Hans le había dicho que no le importaba el Parlamento, ni ser rey de Arendelle ni que sus hijos heredaran algo de los dos, y Elsa sabía que a él ya le daba igual ser un príncipe de su reino vecino, así que ella lo tomó como que podía tomar ese paso y darle la sorpresa (que, en mi opinión, debió haber sido primero en privado, pero la muchacha creyó que él la apoyaría).

Eso es todo, porque comienzo a sentir que me están queriendo matar y todavía estoy escribiendo mi nota.

¿Se alistan para el final?

Besos, Karo


Gracias por sus reviews / Thank you for your review

Yuecita: Je,je, me da gusto dejarte sin palabras, quiero que el final se sienta y quede a la altura de los demás capítulos de la historia, sino ni chiste T-T . Ya es domingo de nuevo y, en lo que respecta a mí, estaré ansiosa de que pase la semana rápido para ver sus respuestas por el final... claro, si siguen aquí después de tanto drama.

Guest1: Bueno, Hansy mencionó el contrato aquí, ve tu a saber los planes que tenía con él, porque puede que cambie de idea ahora. Pues sí, solo estoy un poco de acuerdo con que Elsa debiera hablar con Hans, en lo competente a sus herederos, porque a fin de cuentas digamos que estaba renunciando a su trabajo y, sin la acuciante necesidad económica que pueden pasar familias si se pierde un ingreso, lo que conlleva a un diálogo, ella estaba en su derecho de decidir si quería continuar o no, de otro modo era como pedirle permiso al marido para dejar un puesto; relación y todo pero hay situaciones que son personales. / Y bueno, sí, Olaf terminó como un niño idéntico a Elsa, lo que mueve a Hans y definitivamente cierra un ciclo de magia. Él ahora está separado de

Lucia: ¿Y cómo te cayó este final? Les comenté que los últimos iban a ser así, para que se sienta la conclusión de este fic. / Pues fíjate que resumiste bien los motivos que podrían llevar a Elsa a tomar esa decisión; no sabía cómo resultaría casarse con Hans, pero sí tenían una historia donde él quiso matarla y a su única pariente viva, entonces es algo que rompería a muchos. Y de Hans, con lo de que deja todo por él, aquí mismo ya pone en la mesa el trasfondo de eso, y pues al final es ese temor a quedarse solo y a que quien le ama le resienta, lo que le hizo sordo a las palabras de Elsa... Me mató tu comentario del hombre huyendo, ay, me han contado que sí puede pasar ;P . / Por otro lado, Olaf ya es un mini Elso, ganándose el corazón de Hans ja,ja,ja, qué bajo llegó el hombre del principio. También le fue bien a Joseph en Arendelle, encontró el amor con una noruega.

Guest2: Ja,ja,ja, nunca he visto la versión lego completa, solo pequeños videos que me matan de risa, son muy graciosos sus momentos, reacciones que en lo original no habrían vendido como lo hicieron, pero ya sabemos cómo son las versiones de las fichitas, a Batman me lo hacen muy divertido. Pero sí, a veces cuando la gente pelea se olvida de la adoración que le tienes, ya te digo cuando me disgusto con mi mamá. A Elsa no se le ocurrió que Hansy podría reaccionar con otra cosa que alegría, no sabía hasta dónde puede viajar la mente de Hans con sus inseguridades, aunque ella misma también va hasta el espacio sideral con las suyas. El Parlamento sí que no quería eso, pero Elsa les dio donde más les dolería y demostraron su nulo interés por Arendelle, nadie va a extrañarlos. / Mini Elsito solo salió con Skygge je,je.

Guest3: I'm happy to answer you :), it's so nice to have you here reading. Yeah, Elsa almost humiliate herself while 'wooing' older men to wed her and getting negatives, aside other things she had to do for the crown. Maybe, if the doors weren't closed for years, it'd been more difficult to take that decision, but arendellians learned how to do without their King and not to get really close to her Queen, so, at the end, just the Parliament was really unhappy. As for Hans, he said so to himself alone, he just cared for how it would affect their relationship, but didn't share it like that; somehting we could understand, as we don't always speak clearly being scared or ngry he,he. / Also, Elsa really wants the best for her children and her family. / And Olaf is adorable like mini Elso :3