Capítulo 16
El sabor de la venganza
Debidamente escoltados por un nutrido grupo de centauros, los siete santos que áun permanecían en la misión se vieron en la necesidad de regresar al lugar donde todo había ocurrido. Esta vez el objetivo era conseguir pistas para determinar el paradero de la criatura que asesinó a sus compañeros la noche anterior. Antes de dejar la aldea, Thera les había confirmado que, de acuerdo a las estrellas, el último enemigo de Máscara y Aioria fue el jabalí de Erimanto; así que sin perder más tiempo los guerreros de la diosa de la sabiduría se habían embarcado en la búsqueda del animal para vengar la muerte de sus amigos y también dar fin a la tarea que les llevó a ese lugar.
-Tenemos dos rastros de sangre-comentó Quirón cruzándose de brazos-Uno de ellos es apenas perceptible mientras que el segundo en mucho más notorio. Si me preguntan, yo diría que para encontrar al jabalí debemos seguir este último.
Aioros avanzó un par de pasos para agacharse junto al inicio de un camino de sangre que se perdían en las profundidas del bosque. Torció la boca levemente mientras analizaba la situación, intentado hacerse una imagen propia de lo que había sucedió ahí.
-Estoy de acuerdo-afirmó poniéndose nuevamente de pie-A juzgar por las ramas rotas y las condiciones del terreno yo diría que el animal fue herido y escapó en esa dirección después de…-Aioros no pudo terminar la frase sin que un nudo se le hiciera en la garganta. Por más fuerte que estuviera aparentando ser, sus sentimientos podían más que él.
-En tal caso, no esperemos más. Mientras más tiempo pase sus heridas irán cicatrizando y el rastro de sangre desaparecerá-intervino Dohko dándole un poco de tiempo a Aioros de recuperarse al mismo tiempo que comenzaba la marcha para encontrar al animal.
Liderados por Aioros y Quirón, la cuadrilla se internó en el bosque siguiendo el sendero dibujado por la sangre. A pesar de que el sol ya brillaba en el cielo con todo su esplendor aquel mágico bosque parecía no perder el aire siniestro que ellos apreciaron desde su llegada. El completo silencio que les envolvía resultaba enloquecedor. No se escuchaba más que sus pasos y sus propias respiraciones; era como si ninguna especie de ser vivo viviera en sus alrededores, no se escuchaba el canto de las aves ni el zumbar de los insectos, todo parecía muerto. Sin embargo, nada de esto tenía interés para los guerreros dorados, una sola idea giraba en sus mentes: venganza.
Habían caminado unos veinte minutos cuando un bufido de Kanon rompió aquella tormentosa calma.
-Esa cosa debe estar muerta o agonizante-escupió el gemelo sin pensarlo mucho. Las miradas de sus compañeros de orden le forzaron a desarrollar más su comentario para responderles sus dudas-Solo observen la cantidad de sangre que ha perdido. Esa bestia se está desangrando lentamente, parece que el gato y el cangrejo casi terminaron el trabajo sin nuestra ayuda.
-Como sea, tenemos que asegurarnos que esté muerto-el santo de Sagitario apretó los puños con fiereza. No iba a dejar pasar la oportunidad de tomar venganza con sus propias manos.
La respiración de la criatura se dejó oír tras unos minutos más de camino. Se escuchaba dolorosamente pesada, al grado que ocasionalmente podían oírse unos leves quejidos por parte del jabalí. Extremando precauciones los santos y centuaros se acercaron al lugar de donde provenían los sonidos, tenían que ser cuidadosos si no deseaban ser descubiertos. Sus pasos, su aroma e inclusive sus propias respiraciones conspiraban contra ellos, un movimiento en falso y pasarían a ser las presas.
Por fin le distinguieron escondido entre los espesos arbustos del bosque. Estaba recostado mientras lamía insistentemente una herida de considerable tamaño en su pierna. Rastros de sangre en su pelaje le delataban como el verdugo de Cáncer y Leo. Cada una de esas manchas disparaba un raudal de emociones en Aioros; sintió su sangre hervirle en las venas, los rasgos de su rostro se tensaron y un instinto asesino que no sabía que existían en él, despertó.
Sin previo aviso y con una seguridad abrumadora sacó una flecha del carcaj. La preparó, tensó el arco y apuntó hacia el animal. Unas milésimas de segundo después la saeta salió disparada para clavarse en el costado del jabalí de Erimanto dejando a todos los presentes boquiabiertos; ninguno solo de ellos veía venir tal reacción por parte del arquero dorado.
El animal se puso de pie al mismo tiempo que emitía un chillido que helaba la sangre. Pareció dudar un momento antes de localizar al grupo que aún permanecía a una distancia razonable de él, pero de inmediato arremetió contra ellos sin quitar de sus ojos aquella mirada penetrante y que brillaba amenazadoramente. Si la herida que tenía le limitaba de alguna forma, no había manera que los santos lo supieran puesto que no demostraba ningún tipo de debilidad en su colérico ataque.
Inteligentemente cada uno de los centauros tomó una dirección diferente con la intención de confundirlo para luego aprovechar algún despiste por parte de la enorme criatura, sin embargo Aioros tenía otros planes. Beneficiándose de que Quirón se encontraba ocupado en "coordinar" los movimientos de sus centauros, el santo de Sagitario se bajó de su lomo y emprendió la carrera para encontrarse frente a frente con el jabalí. Poseído por la ira desenfundó su espada y preparó el golpe que venía. Era una colisión inevitable: de una lado el de Sagitario y del otro estaba el legendario jabalí de Erimanto; ambos separados por escasos metros y corriendo en direcciones contrarias.
El joven castaño esperó a estar a solo un par de metros del jabalí para saltar por encima de su lomo clavandole la espada en su espalda y cayendó detrás de él embozando una cínica sonrisa en sus labios. Cualquiera que viese en ese instante a Aioros sería incapaz de reconocerle; el chico dulce y de mirada noble se había esfumado para dar lugar a un ser lleno de rencor, odio y crueldad. Presuntuosamente se dio la vuelta lentamente para disfrutar de su obra, deseaba con todo su corazón verlo sufrir, experimentar el mismo dolor que su hermano había vivido los últimos instantes de su vida, más lo que encontró era algo que no se esperaba.
Con una habilidad impresionante para su tamaño el jabalí había conseguido girar ciento ochenta grados y volvía a abalanzarse sobre el arquero. La sonrisa se borró del rostro de Aioros al mismo tiempo que sus ojos cerúleos se abrían incrédulos de lo que venía hacía él. Se congeló, su mente no le respondía y ciertamente su cuerpo tampoco. Ese día no era él mismo, de otro modo jamás hubiese reaccionado de semejante manera.
-¡Aioros!-el grito tardío de Quirón fue lo único que se escuchó en la inmensidad del bosque atrayendo las miradas de todos los santos dorados hacia su compañero de la novena casa.
Lo siguiente que sintió fue un empujón que le obligó a quitarse de la línea de ataque del jabalí apenas y alcanzando a distinguir los cabellos celestes de Afrodita que ahora estaba junto a él. Aioros cayó al suelo pero sin poder quitar la mirada de su compañero de Piscis que esperaba con la espada desenfundada al animal. La determinación que se leía en el rostro del santo de la última casa sorprendió al de Sagitario, a pesar de lo mucho que sufría había conseguido conservar la cordura y la cabeza fría en combate. Su posición, sus gestos, la calma que inspiraba recordaban a las antiguas estatuas de márbol que adornaban el templo de la diosa de la sabiduría y que observaban siempre imperturbables la historia transcurriendo frente a ellas.
Con la vista fija en la criatura mitológica Afrodita esperaba pacientemente el momento adecuado para atacar. Un solo golpe, eso era todo lo que necesitaba. Máscara y Aioria había comenzado el trabajo, Aioros había hecho una parte de él y ahora era su turno de terminarlo…y así lo haría. Nunca le gustó ensuciarse las manos, esa era la razón por la que siempre usó sus hermosas rosas como armas asesinas. Para Afrodita las flores inyectaban un aire de belleza y gracia a algo tan trágico y oscuro como lo era la muerte; sin embargo esta vez sus rosas no estaban ahí para ayudarle ni para endulzar la amargura de lo que seguía.
Toda su vida había sido entrenado para ser un asesino, matar era la mejor de sus habilidades, así que sabía perfectamente lo que tenía que hacer. La anatomía humana podía no ser igual a la del animal, más no eran completamente diferentes; los puntos letales debían ser los mismos en los seres vivos.
Con determinación apretó la empuñadura entre sus manos sin quitarle la vista de encima al jabalí. Le vio bajar la cabeza con la intención de embestirlo usando sus poderosos colmillos. A pesar de la gravedad de su pierna y las heridad que Aioros le había causado, el animal legendario no disminuía su velocidad; el santo de Piscis sabía que si fallaba entonces muy probablemente se reuniría con su amigo de Cáncer en el más allá.
Sacando ventaja de la posición del jabalí logró hacerle un corte apenas arriba de los ojos de manera que la bestia terminara cegada por su propia sangre y le permitiera moverse lo suficientemente rápido como para escapar de su ataque y posicionarse a su lado derecho. Una vez que estuvo ahí en cuestiones de microsegundos decidió el lugar donde tenía que atacarle, si lograba perforarle el hígado habría ganado la batalla. Con fuerza sujetó firmemente la espada clavándola en el costado derecho del animal.
Con un desgarrador aullido la muerte se anunció.
Aún titubeante Aioros se acercó a la criatura que yacía agonizante en el suelo. Una fría mirada llena de desprecio y odio apareció en los ojos azules del santo de Sagitario, le era imposible recordar la última vez que sintió tanto desdén por alguien o algo. Al final el jabalí de Erimato cerró los ojos para siempre dando por terminada la tercera, y quizás la más dolorosa, de sus tareas.
El santo de Sagitario se dejó caer de rodillas junto al cadáver del animal. Habían conseguido su venganza, el jabalí de Erimanto estaba muerto, entonces, ¿por qué se sentía tan miserable? Las lágrimas escaparon de sus ojos sin que pudiera contenerlas. ¿Ese era el sabor de la venganza? Porque de ser así entonces sus intentos no sirvieron para nada. No hubo satisfacción ni recompensa, solo pesar. La triste realidad le abofeteó sin piedad recordándole que la muerte de la criatura no traería de vuelta a su hermano y a su compañero. Nada resarciría el daño ni borraría su dolor.
Sintió la presencia de alguien cerca de él por lo que alzó la mirada para encontrarse con el sereno rostro de Afrodita. Sí, los rastros del dolor aún eran evidentes, sin embargo emitía una extraña paz que resultaba difícil de entender considerando las circunstancias. Ambos se sostuvieron la mirada en completo silencio antes de que el peliazul le extendiera la mano para ayudarlea ponerse de pie.
-Todo terminó-le dijo con una mezcla de alivio y resignación mientras sus compañeros les rodeaban con preocupación.
Shaka dirigió disimuladamente sus ojos turquesas hacia el hombre que caminaba a su lado. Tenía que admitir que resultaba intimidante a la vista. Aquel elegante porte, su imperturbable rostro, el semblante sereno y la mirada ausente; todas esas características juntas hacían de Saga un hombre impresionante. Sin embargo el santo de Virgo le conocía lo suficiente como imaginarse los pensamientos que cruzaban por la mente del geminiano, no se necesitaba ser un genio para saber con cierto grado de certeza lo que preocupaba al peliazul.
Desde que abandonaron a sus compañeros con el objetivo de regresar a la ciudad de Atenas, Saga y Shaka habían cruzado el bosque escoltados por dos centauros. Toda vez que se encontraron fuera de la barrera protectora que sellaba sus cosmos ambos decidieron seguir solos, con sus poderes de regreso ya podían prescindir de la ayuda de las criaturas mitológicas. Sin reparar en nada más que el largo camino que les esperaba comenzaron la travesía deteniéndose en contadas ocasiones con la intención de llegar a la brevedad posible a la presencia de Athena, de esta forma habían caminado por horas pero sin intercambiar más que un par de palabras. La escasa conversación entre ambos solía centrarse en temas comunes y de ninguna relevancia, el tema de Ares parecía haberse convertido en tabú.
Shaka observaba atentamente cada uno de los movimientos del santo de Géminis buscando alguna señal que delatara su verdadero estado, más no pudo encontrar nada. Ni siquiera sabía porque había intentado semejante cosa; si algo sabía hacer Saga era disimular sus sentimientos, y quien mejor que el propio Shaka para atestiguar semejante habilidad. Él se había tragado a la perfección el cuento de que Saga, Camus y Shura se internaron en el Santuario durante la guerra contra Hades con la intención de asesinar Athena; al principio lo dudó, más terminó cayendo en el juego del de Géminis. Sin duda esa ocasión no sería la excepción.
-¿Tan malo es?-se atrevió a hablar el santo de la Virgen ganándose con ello una interrogante mirada por parte de su igual.
-¿De qué hablas?-preguntó sin quitarle los ojos de encima al rubio.
-De Ares. ¿Tan malo es como para que terminaras huyendo a Atenas?
-No estoy huyendo-el agrio tono en la voz de Saga delató la incomodidad causada por el cuestionamiento de Shaka más el rubio no se inmutó.
-Sí, sí lo estás. No huyes de Ares, sino de tus propios compañeros-Shaka apartó la vista de él y fijó la mirada en el camino que tenía enfrente.
-No sé de que hablas-bufó severamente contrariado el santo de los gemelos, aquella era una conversación que no deseaba tener con Shaka ni con nadie.
-¿Vas a negarme que el terror en la mirada de Aioros no te perturbó? ¿O la desesperación en los ojos de Kanon? ¿Me vas a decir que no pensaste en la reacción de Aioria y Shura cuando se enteren de que Ares está de regreso?-ni una sola emoción se dibujó en el rostro de Saga, sin embargo no pudo evitar apretar el puño con frustración-Sé que estás huyendo de todo eso, pero también sé que lo haces para evitarles a todos un sufrimiento innecesario. Crees que ellos te temen y te odian, que aborrecen por sobre todas las cosas la presencia de Ares dentro de tu cuerpo; y debo decirte que en parte tienes razón. Más no te equivoques, Saga, su rencor es contra Ares, no contra ti…
El santo de Géminis agachó la cabeza permitiendo que los flequillos de cabello azul que caían sobre su rostro ocultaran momentáneamente sus ojos. Sí, tal vez Shaka tenía razón, el odio de sus compañeron no era contra él; sin embargo era él quien recibía esas miradas llenas de resentimiento; era él quien tenía que vivir con las manos sucias por la sangre derramada a causa del dios de la guerra, era él quien terminaba lastimándoles. Era él y nadie más.
"¿Cómo puede alguien que siempre ha permanecido en la luz entender a quien solo conoce las tinieblas?" se dijo Saga guardándose para sí mismo tal pregunta. No quería caer en polémica con Virgo y mucho menos quería parecer un mártir ante su compañero; ese no era su estilo, él sufría sus pesares en soledad.
El silencio regresó a ellos terminando con cualquier posibilidad de continuar esa conversación y permitiendo un momentáneo alivio a Saga al sentirse librado de los cuestionamientos de Shaka. Recordaba perfectamente el camino que recorrían, solo unos días atrás había caminado por esos mismos senderos aunque las condiciones eran muy aquel entonces no existía el miedo ni la frustración, la incertidumbre estaba presente pero no era algo que les preocupase demasiado tomando en cuenta que sin importar cuan fuerte fuera el famoso jabalí de Erimanto, en el fondo, todos confiaban con que si lograban permanecer juntos conseguirían salir victoriosos de su misión. Cuanto cambiaron las cosas en solo unas cuantas horas, y lo peor era que ni Géminis ni Virgo estaban al tanto de toda la situación.
-¿Tienes algún plan para cuando estemos en la presencia de la señora Athena?-habló Shaka observando de reojo al peliazul.
Saga bufó levemente dejando en claro que tal cosa no existía, y es que el gemelo tampoco estaba muy seguro de lo que debería hacerse al respecto. Confiaba en que su diosa tuviera una alternativa para mantener al belicoso Ares fuera de su cuerpo puesto que él ciertamente ignoraba como conseguirlo. El santo de Virgo asintió con la cabeza dando por entendido el gesto de Saga.
-Bueno, entonces, ¿has pensado en la posibilidad de que Athena no pueda hacer nada y la responsabilidad de controlar a Ares recaiga en ti? De ser así tendrás que enfrentar la situación para continuar a nuestro lado, creo que no es necesario que te diga lo mucho que significa tu presencia para el resto de nosotros, Saga. A pesar de todo lo que hemos pasado y de las tribulaciones que pudimos ocasionarnos los unos a los otros, tú te eriges como uno de los líderes de nuestra Orden, de eso no hay duda. ¿Crees poder hacerlo? ¿Serás capaz de detener a Ares con nuestra ayuda?
Una risa irónica se dibujó en los labios de Saga al escuchar las preguntas del rubio al mismo tiempo que su cuerpo parecía relajarse ligeramente liberando la tensión que reflejaba unos segundos antes.
-¿Tú piensas que él pueda hacerlo?-los ojos rojos y violentos del santo de Géminis se posaron en Shaka amenazadoramente.
La mirada del de Virgo hizo lo propio y se afiló al observar el cuerpo de su compañero que ahora contenía el alma de uno de sus peores enemigos. Midió cuidadosamente la distancia y puso su mente en alerta preparándose para un eventual ataque del dios de la guerra, si en alguien no podía confiar era exactamente en Ares.
-Vaya, utilizas su cuerpo pero aún desconoces tanto de él-sin detenerse el rubio respondió con una pasmosa calma considerando que frente a él se encontraba el dios más violento de todos-Para ser un dios, pecas de incrédulo; deberías considerar que no en vano le has elegido para ser tu reencarnación.
-Semejante insolencia debería costarte la vida, mortal. Sin embargo, no me apetece ver a Athena suicidarse a causa de tantas bajas entre sus santos, es mil veces más interesante verla caer a causa de mi poder-Ares soltó una carcajada mientras Shaka se esforzaba al máximo tratando de contenerse, aquel comentario por parte de la deidad le había enfriado la sangre y comenzaba a preocuparse por la integridad de los compañeros que habían dejado atrás-¿No me digas que la noticia no ha llegado a tus oídos? Toda Grecia sabe que dos santos de Athena fallecieron el día de ayer, es una verdadera lástima…quería ser yo quien les asesinase.
Los ojos de Shaka se abrieron con aprensión, ¿qué demonios estaba sucediendo en ausencia de ellos? ¿Acaso Ares hablaba con la verdad? Detuvo la marcha e interrogó con la mirada al dios.
-Explícate-demandó sin titubear.
-Así que no tenías conocimiento-Ares sonrió sardónicamente-Leo y Cáncer tuvieron unos "problemillas" con el jabalí de Erimanto, los pobres no salieron bien librados del asunto-terminó con ironía.
Shaka sintió como si alguien le sacara el aire de un golpe. Inconscientemente agachó el rostro y fijó la vista en el suelo tratando se asimilar la noticia que daba Ares. La idea de regresar a averiguar lo que sucedía cruzó por su mente, pero el tener frente a frente al dios de la guerra le daba una perspectiva del porque Saga se esforzaba por mantenerse alejado de los demás santos. Volvió sus ojos hacia Ares, aquellos que unos minutos atrás expresaban paz ahora brillaban un toque de odio.
No estaba seguro si lo que sentía era ira o tristeza, tampoco sabía lo que debía de decir o hacer; lo único que tenía claro es que las muertes de sus amigos había cimbrado los cimientos de su fe. Era completamente diferente a la vez que él tuvo que sacrificarse para bajar al Infierno, en aquella ocasión nadie más que él mismo había decidido su muerte, estaba convencido que tenía que hacerlo y lo hizo para salvar la causa de Athena y a este mundo. Su muerte había sido una muerte necesaria. Con Aioria y Máscara las cosas eran diferentes. No había un por qué válido para el fin de sus vidas, ni siquiera una explicación que le diera sentido a que ellos abandonaran este mundo; se sintió de nueva cuenta como aquel pequeño que se sentaba a llorar frente a Buda por horas buscándole sentido al sufrimiento y a la muerte.
"La muerte no es el fin de todo, es solo una transformación."
No recordaba cuantas veces había repetido esa frase una y otra vez para sí mismo y para los demás, sin embargo es aquel preciso momento no existía forma en que el santo de Virgo pudiera argumentar a favor de ella. En esa ocasión eran solo palabras huecas. Por un breve instante había dejado de ser el hombre más cercano a dios, para convertirse en simplemente Shaka; y como ser humano que era se permitió llorar su pérdida.
El dios de cabellos chocolate torció la boca con satisfacción disfrutando el momento, se tomó su tiempo para imaginarse una reacción semejante en Athena y entonces una idea vino a su mente. Observó de reojo a Shaka y se dio la vuelta para darle la espalda.
-Por mucho que me encante saborear este momento ha llegado la hora de que me retire-burlonamente se dirigió Ares al santo de Virgo-Por cierto…buena suerte explicándole a Saga acerca de la muerte de sus amigos.
Lo siguiente que el rubio vio después de ese comentario fue al peliazul cayendo al piso de rodillas con la respiración agitada. Sus ojos verdes se veían perdidos y su ceño se endureció al darse cuenta que nuevamente había caído bajo la influencia de Ares; justo cuando él y Shaka estaban hablando acerca de poner resistencia, el dios acababa de demostrarle que le era imposible oponerse a su poder divino. Con impotencia golpeó el suelo con el puño cerrado, estaba furioso consigo mismo y su maldita debilidad.
Cerró los ojos deseando no tener que volver a abrirlos nunca más, rogando desde sus adentros que todo fuera un mal sueño que estaba por terminar; nada más equivocado de la realidad. El tibio toque de Shaka en su hombro le obligó a volver a abrir los ojos e instintivamente su mirada se dirigió a su compañero de Virgo. Su corazón comenzó a latir rápidamente cuando se dio cuenta del cambio en el semblande del santo de la sexta casa, ¿qué había sucedido mientras Ares estaba en posesión de su cuerpo? ¿Por qué Shaka lucía ausente y adolorido? Se puso de pie aceptando el apoyo de Virgo, quería preguntar pero al mismo tiempo le asustaba la respuesta que obtendría. Todo ese tiempo Shaka había evitado mirarle directamente a los ojos, sin embargo en el momento en que sus miradas se encontraron el de Virgo supo que no tenía más opción que decirle lo poco que sabía.
-Hay algo que debes saber-comenzó-Es acerca de Máscara y Aioria…
La luna iluminaba el templo de piedra de la señora de la sabiduría dándole un elegante matiz de plata a la edificación de piedra gris. En las escalinatas de la entrada, las figuras de dos jóvenes santos se detuvieron para respirar con tranquilidad tras su regreso a la ciudad de Atenas después de un agitado día de camino. Aldebarán de Tauro alzó la cabeza para admirar la enorme belleza del hogar de su diosa, extrañamente se sentía bien estar de regreso.
Sin pensarlo más se adentraron en el templo con la esperanza de encontrarse con Athena, sería bueno que ella pudiera informarles acerca de sus compañeros de Orden, puesto que desde el inicio de su estancia en la casa de Soterios no habían recibido noticias de ellos. Como de costumbre el lugar se encontraba a media luz siendo el brillo de las antorchas el único resplandor dentro del templo. Avanzaron hasta llegar al salón del trono que, para sorpresa de ambos, se encontraba vacío. Probablemente Athena estaba fuera de la ciudad, asi que sin más remedio continuaron la marcha con rumbo a sus habitaciones esperando poder verla la siguiente mañana.
-¡Aldebarán! ¡Shura!-la delicada voz de la sacerdotisa les detuvo a mitad del pasillo mientras esperaban que ella les diera alcance. Herse corrió hacia ellos y les ofreció una leve reverencia-¡Qué alegría que estén de vuelta!
El timbre de su voz era diferente y la profunda calma que solían infundir sus palabras había desaparecido, situación que no pasó desapercibida para el desarrollado sentido del oído del santo de Capricornio.
-¿Qué está sucediendo, Herse?-preguntó con desconfianza y un toque de severidad.
Aldebarán volteó a verle con la cabeza llena de interrogantes. La forma en la que Shura había preguntado a la sacerdotisa no le daba muy buena espina. Llevó después la mirada hacia la rubia quien agachó la cabeza dejando en claro que no sabía si debía o no contestarle al español, más al sentir la insistencia en los ojos del de Tauro decidió que tenía que darles una explicación.
-Algo terrible sucedió…-dijo para después cerrar los ojos y sacudir la cabeza negándose aún a creer lo que su diosa le confesó aquella mañana-…Aioria y Máscara de Muerte, ellos han muerto.
-¡¿Qué dices?!-el toro dorado era incapaz de disimular su sorpresa y exaltación ante lo que escuchaban sus oídos. No sabía que pensar ni que decir, por ello es que preguntaba tratando de ganar tiempo para digerir semejante noticia.
Shura no pudo evitar que sus ojos se entrecerraran unos cuantos milímetros ante lo inesperado de la situación, resultaba difícil de creer que Máscara y Aioria estuvieran muertos. Durante el camino de regreso a la ciudad, él se había planteado cientos de escenarios de cómo estarían los demás santos dorados pero en ninguno de ellos contempló la posibilidad de encontrarse con dos decesos. "Aioros", la imagen del arquero acudió de impreviso a su mente; le atormentó el dolor que seguramente estaba atravesando su amigo y el hecho de que él no estaba ahí para apoyarle. Pronto el sufrimiento se tornó en culpa. Había perdido demasiado tiempo compadeciéndose de sí mismo y por ello no pudo ayudarles…poco sabía que sus presencias no hubieran hecho ninguna diferencia en el resultado final.
-Aioria y Máscara murieron peleando contra el jabalí de Erimanto-continuó la joven sin poder retener las lágrimas-No sé mucho más, la señora Athena se ha negado a hablar conmigo. Se ha encerrado toda la mañana en el salón principal con el señor Zeus y no han parado de discutir, después de ello se marchó a sus aposentos donde ha permanecido enclaustrada desde entonces. Estoy preocupada por ella, nunca la había visto así.
-No puede ser, tiene que haber un error. Aioros y los demás jamás habrían permitido que esos dos se enfrentaran solos al jabalí. Algo tuvo que haber sucedido…-hablaba Aldebarán más para sí mismo que para los presentes. Se sintió estúpido, culpó a su cerebro por no procesar semejante información con rapidez, aunque por más que buscaba razones no encontraba la manera de justificar la pérdida de sus compañeros. Sabía que al aceptar las doce tareas sus vidas correrían peligro y había experimentado la desesperación en carne propia cuando ayudó a Shura después del enfrentamiento con la Hidra de Lerna, pero esto era distinto. Esta vez se habían perdido vidas.
-Herse, ¿podrías llevarme con Athena?-la solicitud de Shura sorprendió tanto a Aldebarán como a la sacerdotisa. Sus miradas se dirigieron hacia él y, a pesar de que no podía verles, Shura sentía la incredulidad en los ojos de los dos.
-Shura, ella no ha querido hablar con nadie, ¿qué tal si…
-Va a hablar conmigo-interrumpió el español a la joven quien se respingó por la seguridad expresada en su voz.
Pidiendo consejo Herse miró a Aldebarán. Esperaba que el santo de Tauro pudiera ayudarla a convencer a Shura, pero en realidad poco interés tenía Aldebarán en detener a Shura; enterarse que sus compañeros habían muerto mientras ellos se encontraban ausentes había dejado una profunda huella en su corazón. Estaba impactado de lo mucho que cambiaron las cosas en tan solo unos pocos días.
A sabiendas de que la decisión dependía únicamente de ella, Herse suspiró resignada. En el fondo, deseba con toda su alma que Shura tuviera razón y la señora de la sapiencia le permitiera hablar con ella. Nadie mejor que Herse para saber cuan lastimada se encontraba Athena, la posibilidad de ver a sus santos caer de esa manera era algo inesperado para la regente de Atenas. Ni qué decir de la impotencia que sentía la diosa al no poder hacer nada para ayudarles; las reglas eran muy claras, ella no podía intervenir si sus santos habían sido heridos o muertos en alguna de las doce misiones asignadas por Hera.
-Está bien, Shura-cedió a la vez que asentía con la cabeza-Por favor, sígueme.
Los tres avanzaron por los pasillos del templo sin dirigirse la palabra. Cada cual iba encerrado en sus propios pensamientos sin la menor intención de compartirlos con el resto de ellos.
-Yo también quiero entrar a hablar con ella-rompió el silencio Aldebarán.
Herse le miró de reojo sin detenerse. A fin de cuentas ellos siempre buscaban la manera de salirse con la suya, así que no había nada que ella pudiera decir o hacer para que desistieran de sus intentos.
-No es buena idea, Aldebarán. Si la conozco la mitad de los creo, ella debe estar abatida a causa de las muertes de Máscara y Aioria, no pienso que esté dispuesta a verte en semejante estado.
El de Tauro alzó una ceja sin llegar a comprender del todo lo que su amigo intentaba decirle. Tenía que admitir que el mismo Capricornio se veía golpeado por la confesión de Herse y que, por más que tratara de ocultar lo mucho que le dolía la muerte de sus compañeros, su cosmos dejaba al descubierto la tristeza de su alma; más eso no excusaba que le impidiera ver a su diosa.
-No entiendo, Shura. Si lo que dices fuera cierto, ¿por qué ella aceptaría verte a ti pero no a mí?-se atrevió a preguntar algo irritado a pesar de que no tenía deseos de armar polémica.
Shura sonrió con amargura-Porque yo también soy una víctima de esta odisea nuestra-respondió con sequedad.
Herse sintió que la piel se le erizaba al escuchar la dureza de las palabras del de Capricornio. Resultaba impactante la simpleza con la que parecía pronunciar la frase, sin embargo era obvio que el cabrito dorado se encontraba inconforme con la suerte que le había tocado al grado de pensar que Athena sentía lástima por él. Aldebarán agachó la cabeza sin saber que responderle, ese tipo de situaciones en las que se quedaba sin nada que decirle a Shura se estaban haciendo más y más comunes, y eso no le agradaba.
Continuaron caminando sumidos en el mismo silencio que les envolvía al principio. La indecisión se encontraba presente en la mente de cada uno de ellos, cada cual con sus problemáticas pero sin ser capaces de saber si sus decisiones serían las correctas o no. Herse suspiró al encontrarse frente a la puerta de los aposentos de la señora de la sabiduría.
Deliciosamente decorada con adornos de oro, la impresionante puerta de madera se levantaba como el último obstáculo físico entre los santos y su diosa, aunque con seguridad el mayor de sus retos sería obtener la autorización de la deidad para entrar. La sacerdotisa se mordió el labio con nerviosismo, reunió fuerzas y golpeó para anunciar su presencia.
-Señora Athena-llamó aún con dudas.
Un desesperanzador silencio se apoderó de la escena llevándoles a pensar en que muy probablemente ella se negaría a contestarles. Pasaron unos pocos segundos más antes que obtuvieran respuesta por parte de la griega.
-Creía haberte dicho que no quería ser molestada-resonó la voz de Athena desde el otro lado de la puerta.
-Señora, yo…-la rubia se disponía a insistir cuando el brazo de Shura se cruzó frente a ella indicándole que guardara silencio y le dejara hablar.
-Señora Athena, por favor discúlpe la intromisión pero me gustaría hablar con usted un momento-la serenidad del Capricornio contrastaba con todo lo que Aldebarán y Herse habían visto de él desde su llegada al templo.
Lentamente la puerta de la habitación se abrió lo suficiente como para que una persona pudiera entrar, más no para revelar la presencia de la diosa que aún permanecía adentro. Sin titubear, el peliverde avanzó hasta perderse en las sombras del interior al mismo tiempo que la puerta se cerraba a sus espaldas. La sacerdotisa y el de Tauro intercambiaron miradas para después continuar su camino hacia las habitaciones. Ellos no podían hacer más.
La oscuridad se había posesionado de los aposentos de la señora de la sapiencia. Con la excepción de un rayo de pálida luz de luna que se filtraba por la ventana no se veía ningún otro tipo de luz que iluminara el lugar. La situación tenía sin cuidado a Shura, quien no necesitaba sus ojos para moverse libremente en las deprimentes tinieblas que rodeaban a la diosa; esa era una de las raras ocasiones en las que ser ciego resultaba de ayuda al no tener que depender del sentido de la vista.
Athena permanecía detrás de él. Su mano aún apretaba con fuerza la manija de la puerta mientras que apoyaba la frente sobre la fría madera. Sus ojos grises estaban abiertos pero en realidad ella no veía nada en particular, simplemente estaba perdida en sus propios pensamientos. Shura llevó sus ojos hacía donde ella se encontraba a pesar de que era incapaz de verle. Ninguno de los dos pronunció palabra, simplemente dejaron que el silencio hablara por ellos.
-Yo…yo…-intentó hablar Athena más la impotencia de no poder decir lo que deseaba comenzó a llevarla lentamente a la ira-No pude salvarlos-terminó apretando con fuerza los ojos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas sonrojadasa causa delo mucho que se había frotado el rostro para secar la evidencia de su llanto.
-Señora, usted sabe que no podía hacer nada para ayudarles-le contestó Shura a sabiendas de que ella simplemente no se escudaría detrás de lo que él decía.
-¿Qué clase de diosa soy?-se preguntó enojada consigo misma-¡No pude salvarlos a ellos! ¡No pude ayudarte a ti! ¡No puedo conseguir aliados para ustedes! ¡¿Cómo puedo llamarme a mí misma diosa?!-reclamó alzando la voz.
-Señora Athena…
-¡No! ¡No digas nada, Shura! ¡Todo esto es mi culpa!-exclamó antes de tomar un postura de arrepentimiento total-Tenía que estar ahí, a su lado, sin embargo me marché al Olimpo para hablar con mis tías y cuando regresé ya era demasiado tarde.
-Athena usted lo ha dicho, estaba buscando dioses aliados-el santo de Capricornio se acercó a ella que aún le daba la espalda.
-¿Sabes cómo me enteré de la muerte de Aioria y Máscara de Muerte?-preguntó mirándo al guerrero por el rabillo del ojo-Hermes me lo dijo, él me lo echó en cara. Él, de todos los dioses tenía que ser él, ese maldito cínico…Shura, yo te prometo que no descansaré hasta vengar la muerte de mis santos, sin importar a quien tenga que enfrentar yo veré que el culpable de esto sea castigado, yo…
Ella se detuvo cuando sintió los brazos del santo alrededor de ella, abrazándola con fuerza y acercándola a su cuerpo posesivamente. Él reposó su cabeza sobre los oscuros cabellos de la diosa sin atreverse a soltarla; le dolía la forma en que se castigaba, odiaba esa aura de rencor que comenzaba a rodearla y que era tan poco propia de ella. Esa no era la Athena a la que él servía y, definitivamente, no era la mujer a la que había conocido.
-Por favor, detengase-le pidió como una triste súplica-Usted no es una diosa de venganza ni de odio, usted es una diosa de justicia y de esperanza. Nunca nos perdonaríamos que la pureza de su alma desapareciera por nuestra causa, creo que es lo que menos querrían Máscara y Aioria.
La apretó contra él buscando reconfortarla a lo que Athena respondió rodeándole con los brazos y ocultando su rostro en el pecho del santo permitiéndose dar rienda suelta a las lágrimas para liberar el dolor de su corazón. Shura deslizó sus manos suavemente sobre los largos cabellos oscuros y depositó tiernamente un beso sobre su cabeza dándose la oportunidad de disfrutar el dulce aroma de la joven deidad. Si por él hubiera sido, jamás la hubiese dejado ir.
-¿Interrumpo?-escucharon una voz femenina hablándoles.
Bañada por el resplandor lunar una joven rubia hizo su aparición en la habitación de la deidad de Atenas. Sus ojos de color ambar observaban con tristeza el sufrimiento de su hermana, aquella considerada la diosa más fuerte de entre todas. Nunca se imaginó encontrarla en tan mal estado.
-Artemisa-le identificó Athena soltándose de los brazos de Shura mientras se limpiaba toscamente las lágrimas que mojaban sus mejillas-No, no interrumpes nada, es solo que…
-No tienes que darme explicaciones, hermana-interrumpió la deidad de la luna acercándose a la pelinegra y abrazándola para consolarla-Puedo imaginarme el sufrimiento que estas sintiendo.
Athena dudó en devolverle el gesto, después de todo lo único que siempre había obtenido de sus iguales era malas caras cada vez que demostraba algún tipo de aprecio hacia los mortales, sin embargo tenía que admitir que se sentía bien contar con un poco de apoyo por parte de su hermana.
Sin soltarla y totalmente consciente que no podía verle el rostro directamente, Artemisa fijó sus ojos amarillos en Shura. Le observó con atención prestando atención a todos los detalles, después regresó sus ojos hacia Athena y no pudo evitar sonreír con algo de malicia. La niña consentida de Zeus en brazos de un mortal…¿Qué pensaría el rey del Olimpo al respecto?
Continuará…
¡Ya volví! ^^
Oficialmente admito que Shaka me ha traído reverendos dolores de cabeza para ponerme en su lugar y pensar en algo que el santo de Virgo diría o haría (¿verdad Rebe? XD) El caso es que al fin terminé el capítulo. Para aquellos que esten de vacaciones, disfrútenlas y portense bien; para aquellos como yo que no tenemos días libres, pues espero que se lo pasen lo mejor posible.
Dama de las Estrellas, Andromeda's Nightmare, RIAADVD, sol angel dpl, Orion no Saga, Chris, Kagome-Black, Sane Koneko, Leika-Kannon, Anali Wakashimazu, Tisbe, Kilder, Alfa, DiCro, Leonis-Alterf, Andy Gaidden y Asuka Masura. ¡¡¡Mil Gracias!!!
Chris: Lamento haber tardado tanto, pero es que cierto santo de Virgo cuyo nombre no deseo mencionar me ha llevado una semana entera en ponerme en su lugar y pensar como él, aún así no estoy segura de haberlo conseguido con éxito XD, aunque mi inteción es mostrar un lado más humano de él. Espero qu este capítulo te haya gustado y nos leemos en la siguiente actualización. ¡Saludines!
Tisbe: ¡Amiga! ¿Qué te digo? Esta vez volví a tardarme en actualizar Espero te haya gustado el capítulo, como ves Shurita y Alde hicieron acto de presencia aunque fuera un ratito, pero ahora si puedo decir que los veremos más seguido rondando en este fic. Otra cosa, yo no diría que Artemisa no ocasionará problemas jeje, tal vez sea menos problemática que todos los demás, pero alguna travesura hará la diosa de la luna. Nos leemos en el siguiente capítulo. Cuídate y que estés bien. ¡Besos!
Kilder: Gracias por las felicitaciones, eso me motiva a seguir adelante ^^. Por favor, no te sacrifiques mucho consolando a Marin jajajaja No sabía que eras Capricornio, pero te tengo buenas noticias, ahora veremos más de Shura y no te preocupes, no creo que haya más bajas por el momento, y menos al cabrito de oro, cada día lo quiero más al chico. No fue mi intención menospreciarlo al perder la vista frente a Hidra, al contrario, quería demostrar la fortaleza de este santo ante las desaveniencias en su camino, además de que el personaje tiene futuro. Un gusto saludarte ¡Un abrazo! =)
Dicro: ¡Hola! Bienvenida al fic. No es mi estilo presentarme haciendo llorar a las personas, pero creo que en esta ocasión así se dio XD. E verdad que agradezco tus halagos, saber que esta historia les gusta y que disfrutan de ella me da ánimos para continuarla. Siento lo de Máscara de Muerte, me ha dolido tener que matarle justo cuando comenzaba a hacerse de una buena reputación, sin embargo creeme que conforme los capítulos vayan avanzado te darás cuenta del porque de la prematura desaparición del león y el cangrejo. Bueno, a partir de aquí comienzan un proceso de "reagrupación" de los santos sobrevivientes, así que las reacciones de verse otra vez juntos no se darán a esperar. Me alegra saludarte y cuídate. ¡Saluditos!
Andy: Espero que me hayas dejado aunque sea un poquitínde ese enorme tarro de helado napolitano que comentas, recuerda que yo también estoy sufriendo T.T ¡Yey! ¡Porras para mi! Jajajaj gracias por alzarme los ánimos. ¡Abrazos y besos!
Antes de despedirme quisiera comentarles que hubo un pequeño error en el capítulo anterior, quizás algunos ya lo leyeron corregido, otros no, pero aprovecho para decirles: Hermes es hijo de Zeus y Maya, no de Zeus y Hera como escribí al principio (Gracias Sanae por la observación ^^).
Ahora sí, me retiro. ¡Saludos para todos!
Sunrise Spirit
