Capítulo 53

Hans cabalgó por los caminos polvorientos como un hombre poseído por el demonio, enfrentando la lluvia que caía en él igual que un llanto lento y lastimero.

Nada lo detendría hasta alcanzar el lugar donde su alma podía calmarse o continuar en pena por largo tiempo, sin más que una criatura en sus brazos.

¿Y si la mujer que buscaba ver era su esposa?

Una punzada de dolor lastimó su pecho y apretó las riendas de su montura, temiendo el cruel desenlace de lo mejor de su vida.

Azuzó al caballo negándose a sacar conclusiones que podían arruinarle su mente. Tenía que llegar a su destino y corroborar con sus propios ojos lo que alguien le había dicho esa mañana, o se pondría como un loco solo por las creaciones de su cabeza, agotada de noches sin descanso.

Desde que peleara con Elsa, hacía más de dos semanas, no había dormido bien, sobre todo en los últimos cinco días, atormentado con imágenes terribles de la suerte de su familia, quizá similar a la de aquellos viajeros que perdieran su barco y a una de sus ocupantes.

Nunca en su vida había sentido tanto alivio como al comprobar que el bebé sobreviviente no era el suyo y que la mujer que desafortunadamente perdiera la vida no era su esposa, sino la niñera del chiquillo de un año.

Por primera ocasión en su adultez había agradecido a una deidad suprema… Lo sentía por la fenecida, pero no había cambiado el resultado; Elsa y sus hijos no debían estar en el lugar de aquellas personas.

Tenían que estar vivos.

La propiedad DunBroch apareció en su campo de visión, alzándose en la colina con una torre destruida y desgastada por el paso de los siglos y una casa señorial moderna donde antaño debiera haber un imponente castillo y muros de piedra.

Fue imposible no ilusionarse con que Elsa y compañía estuviesen ocupando la posesión de su cuñada, resguardándose en la espera de la fecha idónea para partir. ¿Si se asomaba por el acantilado vería el barco de Hildbrand?

Lo invadía la misma emoción que sintiera al oír que Cameron hablaba de datos que alcanzaran sus oídos; en Dunbroch había nuevos inquilinos que contrataran a un familiar de sus trabajadores, el cual describiera a ocupantes que cumplían con las características de la gente que buscaba (y, le ilusionaba, estos investigaran quién poseía telégrafos internacionales).

Se había olvidado de las tierras de Anna en Escocia, regalo de bodas de Elsa, pero al escuchar el nombre y sus actuales habitantes, lo había recordado y se había puesto en pie como una bala, encargando una montura y pidiendo que le dieran alimento a Skygge si se retrasaba.

Había sido frustrante tener que pararse a pedir indicaciones, mas ya estaba cerca.

Repentinamente tuvo la sensación que caía del equino y que su corazón explotaba estridente.

…una figura conocida acababa de salir de la residencia.

—¡Elsa! —gritó a pesar de la distancia, viéndola correr en su dirección. —¡Elsa!

Incitó al caballo a ir más rápido, rogándole que lo acercara pronto a su amada; tenía la voz ronca de los sentimientos tejiéndose en su cuerpo.

—¡Hans! —Escuchar su llamado fue un momento incomparable que lo impulsó a jalar las riendas y saltar del animal sin haberlo detenido del todo, para terminar de romper la distancia entre Elsa y él con sus propios pies.

Corrió y como ella se abalanzó a sus brazos abiertos, pegándose tanto era posible, murmurando su nombre sin cesar. Elsa sollozaba el suyo apretando igual de fuerte, fundiéndolos como una sola persona.

Se separó, la miró un segundo y volvió a abrazarla, sintiendo un ánimo tan enorme y difícil de explicar.

Estaba viva, estaba bien.

La apartó cogiendo su rostro con sus manos.

—Kaysa, Hamish.

—Los niños están adentro —pronunció ella al mismo tiempo.

Asintió y la recuperó en su pecho otra vez, necesitado de su ser por un tiempo más. Felizmente ella sentía lo mismo y continuó en esa posición sin importarle la lluvia sobre sus cabezas o cualquier testigo a su alrededor.

Cada latido de ella era una confirmación de su vitalidad y la providencia sonriéndole, poco merecedor que fuese de ello.

—Iba a… regresar… en tres días —expresó ella a su oído, trémula.

—Lo sé, yo también. —Le acarició la piel con los labios. —Perdóname por mis acciones.

Ella perdió su mano en su cabello.

—Perdóname tú a mí.

—Lo haré. Pero estoy enojado, expusiste a los tres…

—Tú también lo hiciste… lloraron toda esa noche… temí que enfermaran… —Él cerró los ojos, insultándose a sí mismo. —Me rompía el alma… y tú no estabas. Mis manos, no eran suficientes, para los dos.

Ella rompió su unión y se cubrió la cara, encogida.

—Qué estúpida… quieres el divo…

—¡No! —exclamó sujetando sus muñecas, dejándole la vista libre. —Fue una idiotez… estaba asustado y… y… me cegué… el miedo.

A ella le tembló el labio. Sus ojos azules abnegados en lágrimas lo contemplaron comprensiva unos segundos.

—El miedo puede ser el peor enemigo… —Él dio un asentimiento.

—Hans… hicimos tonterías inmaduras. Seguimos cometiendo los mismos errores… o semejantes. Yo, especialmente. No quería ponerme en esta posición de nuevo.

—No seas tan dura contigo misma.

Elsa suspiró y él aflojó su agarre cuando ella hizo amago de tocarle la mejilla.

—Supongo que todavía nos queda mucho por aprender y recorrer. —Se estremeció con su caricia tierna.

—Creo que la amenaza a nuestras vidas y nuestros hijos nos ha dado la lección más grande y no haremos algo tan estúpido en el futuro —repuso haciéndole bajar las manos. —Tengo la certeza que mejoraremos a partir de ahora. Somos buenos aprendices.

Una sonrisa nació en la faz de ella.

Sin anunciarlo, él asaltó sus labios. La besó como si la vida se le fuera en ello, sellando un pacto silencioso que se esforzarían en rendir frutos; se amaban y no eran seres humanos perfectos, el progreso se obtendría a base del compromiso que los dos eran capaces de impregnar.

Elsa disfrutó de su beso, sabor a pureza y entrega sin limitaciones, combinado al alivio de que ese acto tenso hubiera concluido con todos a salvo.

Estaba muy agradecida porque el destino le deparara un buen arreglo y no una tragedia de penosas dimensiones.

—Siento haberte herido al irme y llevarme a nuestros hijos, aun si lo hice por alimentarlos —dijo ella entre roces, reiterando su arrepentimiento por su participación en esa obra. Reconocía su error, independientemente de —en su momento— sentirse excusada al optar por el mal camino.

—Yo también me fui, te he manipulado algunas veces y te pedí el divorcio, no pensé en la noche de nuestros hijos, eso nos pone en tablas —replicó él juntando sus frentes húmedas.

—Si enlistamos nuestros fallos ganaré.

—Ah, no, soy competitivo y te enterarás de más cosas que he hecho y me darán el triunfo —argumentó él con arrogancia, peinando con sorna sus cabellos húmedos.

Rió; esa era una parte de su relación que no cambiaría nunca.

—Todavía tenemos que conversar con calma, por ahora, Hamish y Kaysa…

—Sí. Los veré… después regresaré a mi hotel por mis cosas o tu gato acabará con un mobiliario que yo pago.

Sonrió.

—¿Trajiste a Skygge? —soltó entusiasta. —No iba a ser lo mismo sin él. ¡Y es nuestro!

Hans exhibió una carcajada infantil y le dio la mano para caminar al caballo castaño a unos pasos de ellos. No lo montaron y se apresuraron a correr a la casa de Anna, empeorando aún más los estados de sus ropas mojadas y enlodadas.

La ama de llaves emitió reprimendas por su exposición a enfermedades y los obligó a cambiarse, inmutable a las posiciones de poder que ostentaban. Ambos tardaron un tiempo similar e ingresaron a la estancia donde Daphne y Hildbrand se encontraban con los gemelos, y en la que les dejaron solos tras unos breves saludos.

—De acuerdo, nuestro —declaró Hans interrumpiéndose de los besos que daba a los activos bebés en su regazo.

Ella pestañeó hasta hallarle sentido a su frase. Pletórica, envolvió a tres de sus amores en sus brazos.

{…}

En vista de que Hamish, Kaysa y Skygge dormían plácidamente, Elsa le indicó a Hans que abandonaran el dormitorio para platicar en la salita adjunta. Antes de la cena no habían podido tener la conversación seria que les hacía falta, tocante al disentimiento que orillara su ubicación actual.

Los arreglos de vivienda temporal ya habían sido hechos, pero quedaba pendiente aquel importante tema.

En la pequeña habitación auxiliar había dos sillones tapizados de diseño floral naranja, a los cuales se dirigieron calmadamente, con el ruido de la chimenea y las olas del acantilado acompañándolos. Ella se sentó primero y puso sus manos sobre su regazo; él tardó unos segundos más, suspirando al hacerlo.

—Por lo que entendí, esa noche te di la impresión que el término de la monarquía era enteramente por estar contigo —comenzó ella mirándolo a los ojos.

Él tragó saliva, afirmando lacónico. Aun con la reflexión, ella no alcanzaba a comprender por qué le alteraba tanto lo que había hecho, se negaba a creer que le importara el no haberle cuestionado antes de hacerlo, pues desde un principio le había aclarado sus intenciones de no ser rey. Solo si él se lo decía, entendería.

Ella también asintió.

—No es así, esa decisión es la consecuencia de años sin poder escoger lo que quiero para mi vida y el deseo de darle lo mejor a nuestra familia… a la relación que tenemos y el futuro de Hamish y Kaysa. —Le cogió la mano, esperando que ellas revelaran más que su rostro serio. —Sabes lo que me ha tocado vivir y lo que ha sucedido contigo, conoces tan bien como yo las exigencias y cadenas que conlleva la realeza… y no quiero eso para ellos. Con el nacimiento de nuestros hijos lo único que demandaban era el anuncio del primogénito, al que exigirían más cuidados y enseñanzas rígidas tan pronto comenzara a andar… y yo solo quiero que sean bebés y niños libres, queridos y felices hasta que alcancen la edad para enfrentarse a lo que aspiren en el mundo… a perseguir un sueño como no se me permitió a mí… y a casarse si lo desean, con la persona que quieran. —Él se tensó momentáneamente.

—¿Y si alguno tuviera cualidades de soberano?

—Deberán ganárselo —replicó con bastante convicción. —Tal vez no como reyes, sino como líderes. Del mismo modo que tú obtuviste el respeto en el ámbito de negocios.

Un movimiento fugaz de su boca lo traicionó, pagado de sí mismo por el halago.

—Quiero una vida diferente a la mía para nuestros hijos, Hans. —Le apretó la mano. —No podré evitar que sufran algún malestar durante sus vidas, Dios sabe que me encantaría, pero quiero que sean suyas, y no tengan que resignarse por leyes arcaicas y una tradición de deber y honor que se perdió cuando mi padre nos encerró… el pueblo sobrevivió sin nuestra figura social, la política puede cumplirla con personas "comunes".

Ella inspiró, preparándose para una confesión.

—Aunque resultó maravilloso para nosotros, y te amo, lo cierto es que la mañana después de nuestra noche de bodas yo casi me derrumbé… —Los dedos de él la asieron con fuerza. —Yo… anhelaba sentirme querida el día que me casara, haber escogido al hombre que se convertiría en mi esposo y experimentar un cortejo. Tampoco deseaba sentirme obligada a embarazarme a contratiempo. Y me aterra imaginarme a Kaysa así… o a Hamish obligándose a contraer nupcias con una mujer que le sea indiferente y a la que obliguen a estar a su lado, dándole un terrible ejemplo a nuestros nietos. Las probabilidades de encontrar el amor en un matrimonio de conveniencia no son tan altas… en eso he tenido suerte.

Hans llevó sus manos a sus labios.

—Te entiendo, preciosa. No me hiere tu franqueza, me aflige saber lo que sufriste, yo era tu única opción, y para mí tú eras la mejor de todas.

Sus ojos se humedecieron por sus palabras. Juntó aire para no llorar, ya había sido mucho de lágrimas.

—Si te hubiera conocido, te habría escogido, cariño. —Sonrió con el brillo de sus ojos verdes.

Carraspeó sonrojada.

—Recuperando el tema. Si bien todo eso me motivó a acabar con la monarquía, también me ilusiona lo que puedo hacer afuera de Arendelle… quiero explorar, aprender y gozar del exterior… quiero dibujar y dedicarme al arte, rodearme de amigos y no de aliados, perderme en una multitud, construir mi propia casa, no dirigir un reino sintiéndome insegura de mis pasos, decidir qué quiero que aprendan mis hijos, viajar contigo… quisiera la libertad que tú encontraste en América.

Por eso le había impactado la sentencia de él.

—Quiero crear, dibujar, hacer real mis trazos, ver todo el proceso y dar felicidad a quien se destine —resumió entusiasta.

Hans parpadeó.

—De verdad te hace feliz.

Afirmó con la cabeza.

—Y tú, Hans, tienes algo maravilloso al otro lado del océano. Te vi con tus amigos y he escuchado esa pasión con la que hablas de tus proyectos. Es mucho más de lo que yo alguna vez podría tener como reina. Me frustra y me contiene. Nosotros iremos donde has encontrado algo que te llena y que también pueda darnos la oportunidad de encontrarlo.

—No me importa si disuelves la monarquía o no, ni que no me lo consultaras, yo también pensé sorprenderte con mi decisión de quedarme en Arendelle. Es solo que pensé en que nos haría mal, pero luces… dichosa. Y ser reina nunca te había dado esa luz. Sin embargo, Elsa… ¿estás segura de querer ir tan lejos de tu hogar de nacimiento? ¿y si te arrepientes y me resientes por dejar Arendelle?

Abrió los ojos, comprendiendo su reticencia.

—Estoy absolutamente segura. Me gustaría este comienzo para nuestra familia. No te voy a resentir por irme de Arendelle, porque no me lo has pedido, yo lo decidí. Tú no te habrías atrevido a mencionármelo, pero sé que te importa tu negocio y que tienes a tus amigos y vida en Nueva York. También quiero encontrar lo que tú hallaste en América y estar contigo. Tú has hecho mucho por mí y me parece correcto irnos.

—No llevo la cuenta de las cosas que hago por ti.

Rió en voz baja.

—Eso es bueno, porque eres muy generoso conmigo. Para no saber del amor, eres mejor que yo en darme atenciones.

—Tu gesto es mucho más grande. Trabajaste… pusiste demasiado empeño en el hospital.

Encogió los hombros.

—Yo senté bases y seguiré apoyando, pero es tiempo que Arendelle crezca per se como se merece. Y… creo que me gustó más la parte creativa que cualquier cosa… podría aspirar a la Arquitectura.

Hans tuvo la certeza que sería exitosa en esa área. Sin embargo, seguía teniendo dudas de su traslado a Nueva York; entendía su razonamiento de acabar con la Familia Real (él igual quería lo mejor para sus hijos), no así ir precisamente a donde radicaban sus oficinas.

Escucharla de su conformidad constante le empujaba a ser necio con la cuestión.

—Podemos comenzar en otra parte. Por ejemplo, en Brasil comienza a ser importante la exportación de carnes con ese asunto de la preservación en frío en los barcos.

Ella frunció el ceño.

—No puedo permitirlo, es innecesario.

—Me gustan los retos. —Suspiró. —O podría dedicarme a unas pequeñas tierras, como un hombre humilde. Elsa, ni siquiera necesito trabajar en tres vidas, con privilegios en todas. Y tú también tienes tus bienes personales. El poder ya lo he probado y sé cómo obtenerlo de nuevo. Pero ahora hay cosas que me producen mayor sensación de poder y de interés. Tú, nuestros hijos. Podemos vivir en un sitio tranquilo, desde donde pueda dirigir mis negocios, y mantenernos al margen de lo demás. Lo he hecho y podría seguir así. Si algo he aprendido estos meses, es que me importa pasar mi vida con ustedes… Contigo, el resto de ella. Nuestros hijos harán sus vidas y tú serás mi constante. Mi Norte. —Al que su brújula siempre señalaba. —Arendelle, Nueva York, el lugar que sea… a tu lado.

Su esposa parpadeó con lágrimas en la mirada.

—Y yo. El sitio puede ser cualquiera, mi amor, mientras permanezcamos juntos.

Ella le acarició el costado de su cabeza, sobre su oreja.

—Escogí Nueva York porque es tu hogar y puede ser el nuestro. Están tus amigos y la mía. Está lo que te ha ayudado a convertirte en un hombre increíble.

Luchó con un sorprendente sonrojo. Nadie más tenía alabanzas como la de ella, llenas de sinceridad y maravilla, capaces de aplastar su arrogancia.

—Podemos discutirlo más adelante, pero tendrás que conseguir buenos argumentos.

Sonaba tan confiada e ilusionada que se convenció. Y, notó, era una elección que ella podía tomar, teniendo alternativas. Él había tenido la oportunidad de escoger lo que quería; era turno de ella.

—Compraré un terreno para que hagas la casa de tus sueños —contestó con beneplácito.

Los orbes cerúleos centellearon como brillantes. La idea la ponía más feliz que los chocolates que le obsequiara en el pasado.

—Que tenga espacio para un apartamento de huéspedes… esta será la última vez que nos pondremos kilómetros de distancia en una desavenencia.

—Me parece justo.

—Y siempre tendremos que hablar.

—Sí, no todo el tiempo nos sentiremos listos, mas no nos arruinemos con cosas que pueden arreglarse.

—Así es, no seremos niños inmaduros y perdamos esto.

Él la atrajo hacia su pecho y descansó su mentón en su coronilla.

—No quiero el divorcio… voy a amarte hasta que muera. Estaba afectado pensando que te sacrificabas por mí y que a la larga nos alejara. Solo si algún día lo quieres…

Sin mirarla, fue un poco más sencillo compartir su fragilidad.

Por mucho tiempo él no había dejado acercarse a las personas porque sabía lo que era sentirse abandonado, y ser íntimo con alguien era darle la oportunidad de dejarle solo; así que se había mantenido por su cuenta, alzándose a sí mismo para combatir la "autonomía forzada". Mas había ido creciendo, ya que había permitido que ella y sus amigos se hicieran un espacio en sus prioridades, entregándoles la oportunidad de hacerlo a un lado… como pareció ser al irse ella de Arendelle.

Quizá nunca lo superaría del todo, pero no respondería como el día de su anuncio de disolución.

—Mi mayor temor es el abandono… lo sentí en toda mi infancia y no quise dejar que nadie entrara. Aunque yo hice lo mismo y te alejé con mi ultimátum, me dolió… que partieras después de nuestra pelea. Enfrento ese miedo día con día, porque puedes dejarme, pero aceptaré si en un futuro quieres terminar nuestro matrimonio.

Elsa lo abrazó y se incorporó.

—Te necesito tanto como tú a mí. Recuérdalo. No volverás, volveremos, a estar solos.

Abrió la boca. Un bostezo le arrebató la respuesta.

Ella se cubrió la suya inmediatamente.

—Disculpa —dijeron en unísono.

—¿Tú también has dormido poco? —preguntó ella deslizando su pulgar debajo de su ojo izquierdo.

—Ni en calabozo tuve las peores noches de mi vida.

Elsa puso una cara triste.

—Todo mejorará a partir de hoy. Tenemos un gran futuro ante nosotros.

Él sonrió y se puso en pie. Le dio una mano para ayudarla a pararse; después ella se colocó bajo su brazo y caminaron de vuelta al dormitorio.

—Haremos tu lista de planes y más. Vi la cuna con tu diseño, nos la llevaremos. Y… ¿Qué piensas de cambiarnos el apellido? Podríamos ser unos simples señores Smith.

La risa de ella le acarició el pecho.

—Nunca serás simple, Hans.

—Ni tú, preciosa. —Se acercaron a la cuna para comprobar a sus hijos y luego fueron a la ancha cama de dosel y sábanas color vino tinto.

Él se metió detrás de ella y la abrazó de la cintura, pegando su espalda a su pecho sin darle oportunidad de volverse. Con su mano, le acarició el vientre, cerrando los ojos con la satisfacción de sentirla de nuevo antes de dormir.

—Snow sería un buen apellido —sugirió Elsa somnolienta, metiendo sus dedos entre los suyos.

—Me gusta, pero no sé si suene bien con mi nombre. —Su estado adormecido se cortó al reírse con un pensamiento repentino. —Joseph se enamoró de la madre de Eir. ¿Por qué no pudo ser Helga Sinason? Nos quedaremos sin postres.

—¡Oh!

—Intentemos convencerla de abrir un negocio en el extranjero.

El sonido de su risa fue el arrullo perfecto para perder la consciencia.

{…}

Hans siguió tocando la repetitiva música de cuadrilla en el piano, desviando la mirada para espiar las reacciones de sus gemelos en el suelo. Hamish estaba sonriente, regando la baba de su boca con la mano que parecía mover al ritmo de la música; Kaysa se había dado la vuelta e intentaba sostenerse con sus antebrazos, que podía imitar a un baile si fuese más grande. Skygge los contemplaba curioso.

Sonrió volviéndose a las teclas.

—Cuento los días para tener a un bebé mío. —Escuchó de Hildbrand.

De reojo le vio cargar a Kaysa y hacer cosquillas a Hamish. Pausó su interpretación y se giró hacia el rubio.

—¿Ya lo estiman?

Hildbrand negó.

—Lo imaginaba, o te habrías opuesto a que tuvieran un picnic al aire libre en pleno noviembre. Elsa lo soportará. Daphne tendrá su merecido si recibe un resfrío, insistió sin tomar en cuenta el entorno.

—Ella confiaba en que es un buen día. ¿Has visto que es la primera vez sin lluvia desde que llegaste? Quiere cumplir su sueño en un lago de las Tierras Bajas… y les prometió que hoy en la noche cuidaríamos a los bebés. Deberías agradecerlo, no desearle mal.

Soltó una carcajada vigorosa, reconociendo lo que insinuaba. Había sido tentado con una velada de seducción, placer de carne tras nueve meses sin yacer en condiciones con su querida esposa.

La puerta se abrió y la actual dueña de sus pensamientos atravesó el umbral con su amiga. Le gustó ver su sonrisa y la soltura con la que se dirigía, expresión de la ausencia de los invisibles grilletes que tenía con Arendelle.

Bajó la vista y se deleitó con su figura resaltada por el pantalón prestado por Daphne, sin duda una de las ideas de la americana que no volvería a cuestionar. No obstante, Elsa podía vestir un costal de patatas y se vería espléndida.

La pelinegra corrió a arrodillarse junto a Hildbrand y a lo lejos Elsa le obsequió a él un saludo con los ojos, en su opinión más íntimo que la manifestación sonora de la otra pareja. En silencio, veía su amor y la promesa de atenciones privadas que creaban esa deliciosa tensión imborrable entre los dos.

Antes de acomodarse en la alfombra para coger a sus hijos, ella le rozó suavemente el cabello, a lo que él le puso su mano en su espalda baja.

—¿Cómo les fue? —preguntó Hildbrand, entregándole a Kaysa a su madre, para disfrute de las dos.

Elsa dio un par de besos a sus hijos mientras Daphne relataba su divertimento matutino y el retraso en su regreso por una procesión de borregos perezosos, así como un pastor distraído al mirar a la fantasmagórica belleza platinada que se asomara en la puerta del carruaje.

—Y no vio nuestras ropas, ¡nos habría querido exorcizar!

Los cuatro adultos rieron, invitando a las risitas encantadoras de sus bebés, entretenidos con las luces azules que revoloteaban como mariposas, obra de su madre.

Con los mismos buenos ánimos continuaron su tarde, hasta que llegó la hora de la cena y Hans indicó a su esposa que lo harían en privado y debían despedirse de sus hijos, descansando por ser recientemente alimentados.

(Skygge seguiría en su contenta caza de ratones.)

Ligeramente ruborizada, la rubia dio sus excusas para dormir y entregó a sus preciosos pequeños a sus amigos, quienes se mantuvieron serenos a la nada discreta acción de Hans.

—Eso fue bochornoso —lo reprendió ella en el pasillo.

—Lo siento, pero ellos son peores, no temas —contestó él, empujándola a dar un paso atrás al detenerse y avanzar hacia ella.

En un segundo la tuvo acorralada a la pared.

—Ya iban a cuidar a nuestros hijos, sabían para qué queríamos nuestra privacidad —susurró él reduciendo más la distancia.

Presionó su ingle en el vértice bajo de ella, haciéndole sentir el comienzo de su excitación. Los ojos cerúleos relampaguearon y su pecaminosa lengua escapó un instante de su madriguera.

Ella sonrió y paseó su dedo por el músculo de su brazo derecho.

—¿Ah, sí? ¿Para qué queríamos la privacidad?

Hans le dio una sonrisa maliciosa y lentamente deslizó la punta de su dedo por su brazo, recorriendo los parajes de su piel enrizada, desde el dulce pliegue de su meñique, hasta la curva tensa de su codo. Con cada centímetro, su corazón daba un latido seco, incrementando la sensación inigualable que Elsa le proporcionaba.

—Vamos a cenar —respondió bajando la cabeza.

—Y no podemos dejar que nadie nos vea.

—Por supuesto. —Él se precipitó sobre su cadera. —Hoy no tengo ganas de ser educado, mis manos pueden vagar debajo de la mesa, aventurarse a un botón, dos, o tres. —Burló la línea del pantalón. —O puedo perder el hambre de lo que haya en el plato y querer otra cosa.

Ella se lamió los labios.

—¿El menú de esta noche es malo? —inquirió escabulléndose a las escaleras.

Riendo, la siguió y casi le pisó los talones en su camino al dormitorio de los dos, donde la dejó adelantarse a la salita para buscar algo en su baúl.

—¿Hans?

—Ya voy. —Dejó los papeles en el colchón y fue a su encuentro.

La mesa tenía dos candeleros, la botella de vino oscuro, sus copas y los platos con faisán listos para su consumo. Era ligero y suficiente para esa noche.

—¿Hubo algún problema? —preguntó ella, parada junto a la mesa.

—No —se acercó—, lo sabrás al terminar la cena. —Puso una mano en sus labios. —Solo un poco y satisfarás tu curiosidad, Skaði.

La oyó reír entre dientes mientras se aproximaba a la silla.

—Su lugar, milady.

Ella tomó asiento y extendió su mano para mover su plato.

—Come a mi lado.

Asintió. Trasladó la silla y se dispuso a servir sus copas.

—No hay postre —advirtió ella recorriendo la salita con la mirada.

—Claro que sí —indicó con fingida inocencia.

Los ojos de ella bailaron de deseo.

—Cuánta seguridad.

Por un instante se preguntó si había malinterpretado el guiño discreto de ella en esa mañana. Sabía lo susceptible que había estado con el sexo tras dar a luz y no quería presionarla.

Le cogió un mechón suelto.

—¿Tal vez tú…?

Ella agitó su cabeza.

—Estoy bien.

Sonrió.

—Hablando de postres. ¿Estaría bien llevarnos a Helga Sinason a América?

Ella rió.

—¿Me preguntas si algo está bien?

Él liberó una carcajada.

—Tengo ganas de probar el merengue de limón desde mi postre favorito.

Esa ocasión ella no se coloreó por la insinuación.

—Todavía debo volver a Arendelle… Y tendré que regresar para el hospital de vez en cuando.

Comenzaron a degustar el ave aromatizada, conversando la salida desde la perspectiva de ella, que dejó en evidencia lo bien que se había pasado con unas horas entre amigas, sin bebés.

El alimento se acabó y siguieron en su plática mucho más tiempo, hasta que ella la interrumpió refiriéndose a lo que conocería al terminar de cenar.

Entre risas, se levantó.

—Sacaré la bandeja y tú ve al dormitorio, está en la cama.

Con el entusiasmo de un misterio por resolver, Elsa dejó la mesa y él recogió los artículos para dejarlos afuera de la puerta y tirar el cordón anunciando a la servidumbre. Regresó al dormitorio y la vio saliendo del cuarto de baño, por lo que se dirigió a él para hacer lo suyo.

Una vez acabó, volvió con ella. La encontró mirando los papeles en sus manos, contemplativa.

—El escondite de tu escritorio no era el mejor lugar para guardar tu copia.

Ella abandonó la cama.

—¿Por qué trajiste nuestros acuerdos matrimoniales?

—Mi intuición; buscando alguna pista de tu paradero encontré el tuyo y saqué el mío de mi oficina a minutos de tomar el barco.

—¿Podemos quemarlos?

—Tenía esa idea.

La boca de ella se amplió con alegría.

Él quería hacerlo porque aquellos papeles no simbolizaban el matrimonio blanco que esperaban tener —no tan literal en la no consumación, pero era el término más cercano a su vínculo—; acuerdos convenientes para las dos partes, sin sustancia y solo pretensión. Y ellos no necesitaban esos escritos inservibles.

Además, el blanco era la ausencia de color, la existencia de nada, y ellos habían encontrado todo en su matrimonio.

Ella le entregó sus papeles; frente a la chimenea, cada uno soltó las hojas al fuego, que tronaron en las flamas y se consumieron en humo negro.

—Me dije que no cometería más tonterías, porque me quejaba de Anna y mis impulsos equiparaban a los suyos en gravedad… pero…

Al ver que no hablaba, decidió manifestar su propio pensamiento impulsivo para que se sintiera confiada del suyo.

—Casémonos de nuevo.

—¿Qué? ¿Cómo sabes…?

Rió al descubrir que era eso lo que había callado. No sabía si eran los documentos quemados, mas él había reflexionado esa mañana a partir de su confesión.

La encaró.

—Podríamos divorciarnos y volver a contraer nupcias. La primera vez no hubo propuesta, no estuvo bien para ti. No querías. Esta vez puedes tener una ceremonia como habrías deseado, y casarte con un hombre que te ama. Ahora eres Elsa, una dama con la capacidad de decidir su propio destino. Esta vez no te obliga el reino y tienes elección. O… podemos aprovechar esta tierra donde cualquier herrero puede casarnos y comencemos de nuevo… Lo importante es… ¿quieres ser mi esposa?

Ella sonrió con amplitud, convirtiéndose en una novia ilusionada y la esporádica joven romántica que era en el fondo, manifiesta en sus poemas y novelas góticas.

—Sí… yo iba a proponerte que fuéramos mañana con un herrero. Me gustaría casarnos sin todo el revuelo de nuestra primera boda. Solo nosotros, nuestros hijos y los dos testigos; en privado decir nuestros votos de fidelidad y amor. Quiero que tengamos un enlace que signifique emoción y no deber, y después recorramos el país en luna de miel.

—En lo profundo de ti, tú también suspiras por un romance.

Elsa se sonrojó.

—Tú también.

—No, mi inspiración es hacerte feliz.

Se le escapó el aire cuando ella brincó a su cuello, colgándose con entusiasmo. El pantalón le ayudó a acomodarle las piernas alrededor suyo y alzarla en un abrazo de camino a la cama, sin apartar sus ojos de su bello rostro.

Ella se arrodilló en el colchón todavía abrazándolo del cuello.

—¿Recuerdas el día que el obispo habló con nosotros? —le cuestionó ella suave. —En el barco me di cuenta que no llegamos a terminar el brindis… en honor a que el casamiento nos diese lo que queríamos.

Asintió, recordándolo vagamente.

—Creo que nuestro matrimonio me dio lo que necesitaba, pero ahora me dará lo que quiero. Nuestro matrimonio me ha dado la independencia para ser yo misma y ser una con otro.

Hans se dio cuenta de la profundidad de las sugerencias de Anna y la realidad. No necesitaban salvarse mutuamente, solo brindar el espacio para crecer, con la fuerza de espíritu que les daba la comprensión del otro.

—Y a mí.

Se mojó los labios, con su corazón nervioso.

—Tú me diste una familia, Elsa. Por ti di mi primer paso a cambiar la visión de cosas que tenía y daba por sentadas… Te dije que algún día te revelaría cómo resolví mi hastío. Necesitaba formar esta relación entre nosotros que me da mucho más que todos mis negocios nuevos y exitosos. Necesitaba pertenecer. Te pertenezco, Elsa. Les pertenezco.

Una lágrima cayó por la mejilla de ella.

—Eres muy bueno con las palabras. Todos nos pertenecemos. Somos una familia, tu familia, Hans.

A continuación, Hans hizo lo que había aplazado toda la noche.

La besó.

Sus labios pulsaron sobre los suyos, vibrando con el ímpetu de un corazón que amaba en todo su esplendor y quemando como el más ardiente de los volcanes. Era un profundo sentir que él no le decía en palabras, pero con actos Elsa comprendía a la perfección, porque era tan fuerte como lo que ella sentía al despertar y al dormir, en la felicidad y en la tristeza.

Entreabrió su boca, rastrillando con sus labios y dientes la piel carnosa de él, reafirmándose en un beso apasionado la posesión mutua de los centímetros de sus cuerpos. Succionó pidiendo más, tragándose el aire y sus sentidos, dejando huella en sus dulces trozos de voz que le exigían las mismas demandas para gritar su pertenencia. Con su lengua exploró y bailó regalando lo que recibía, demostrando en el compás perfecto la devoción idéntica de sus almas.

El tiempo no existía, ni la conciencia de su alrededor, o la inseguridad tonta de su cuerpo evolucionado a la grandiosidad de convertirse en madre, por lo que sus ropas desaparecieron sin la importancia conferida minutos antes. Eso sería en otra ocasión.

Desnudos, la cama los recibió y él se sentó con las piernas en cruz, dejando el lugar para ella en lo alto, enlazando sus tobillos detrás de la columna vertebral de él. En esa posición pudo abrazarlo mejor y sentir de lleno el motor de su cuerpo, palpitando en coordinación al de ella, igual que sus respiros y sus mentes.

Bajo su intimidad, la protuberancia masculina señalaba su caliente presencia, acomodándose en medio de sus pliegues, arrancando un gemido de la garganta de él, quien creó caminos en su espalda con sus palmas, envuelto en su abrazo.

Ella se separó levemente y le acarició el rostro cual pieza valiosa, dibujando los detalles en modo lento, adorándolos sin cesar, con la intención de guardar la sensación de plenitud que comenzaba en la punta de sus dedos y recorría cada rincón del representante corpóreo de su alma… con la ilusión de hacerle sentir a él una copia de tales sentimientos.

Su marido tomaba lentas aspiraciones, perfumando su extensión de un aroma propio que la enamoraba, volviéndolo más irresistible y natural, un hombre entregado por entero a su pasión.

Temblando de la magnitud de emociones, Elsa siguió la caricia en sus orejas, cuello, pecho y brazos, culminando en las anchas manos en su cintura, las cuales subió pausadamente por su vientre y senos, formando un incendio de locura en su piel y en el espumoso centro escondido de su femineidad.

Besó sus manos a la altura de sus labios.

—Te amo.

Los ojos de Hans suavizaron la tensión en sus esquinas. Él posó sus manos en los costados de su rostro y ella cerró los ojos al verlo acercarse, esperando la unión de sus labios.

Mas se estremeció en su interior al sentir la tierna presión en ambos párpados.

Descubrió su vista, sonriendo.

—Te amo —dijo él con cariño.

…aquel era un acto de amor y nada más.

Las manos de su esposo acudieron de nuevo a su busto. Los delineó y cuidó las puntas con las yemas de sus dedos, jalando cuerdas dentro de su organismo, todas asidas más allá de su vientre. Las caderas de ella se meneaban por sí solas y sus dedos se sujetaban de la musculatura en sus brazos. Apretaba los dientes por la precaución de él, muy tortuosa para su deseo, y la magnífica sensación que ocasionaba la fricción de sus sexos.

Lo sintió aumentar su tamaño en el inferior y se inclinó a su oído.

—Tómame.

Él se detuvo y enrolló su brazo izquierdo en su cintura. Ella deshizo su agarre de las piernas y apoyó las plantas de los pies en el colchón, ayudándolo a colocar su miembro en el lugar correcto. Descargas en el vientre, al borde del dolor, pero no como las contracciones de parto, sino apremiantes y placenteras, la invitaban a más de él.

Arqueada, lo recibió con una sensación de triunfo que cosquilleó en su torrente sanguíneo, gimiendo al notar que su latiente botón oculto golpeaba con una zona de él, estimulándose de una manera indescriptible. Sus ojos se pusieron cristalinos del deslumbre.

Tenerlo fue tan familiar y placentero, extrañaba esa mágica comunión de sus cuerpos, que nunca había fallado en su convivencia.

Hans jadeó.

—Eres única, Skaði.

Observó la mirada de éxtasis en él y se perdió en su intensidad por ella. Recuperó sus labios, abrazándolo con todo lo que tenía para no separarse nunca.

Besándose y acariciándose, se entregaron de forma tan especial que su alma se perdió en el universo compartido por él, sintiendo que el globo de felicidad los cubría con el encanto estrellado dentro de sí, dejando que todas sus emociones fluyeran con la libertad que la colmaba.

Sus corazones latían tan rápido que retumbaban en sus pechos, sincronizándose en su danza como si fueran uno solo.

Lo amaba y su acoplamiento nunca había sido tan hermoso y perfecto. Todo de ella bombeaba, saltaba, clamaba, gozaba.

Era amor.

En el apogeo no hubo escarcha, pero la magia salió de ella pronunciando su nombre, oyendo el suyo en su cántico de convulsión.

Ese era el máximo poder que valía la pena conservar.

—Te amo —susurró contra su cuello, recuperándose.

—Te amo. —Fue la respuesta en hombro.

Él tuvo que retirarse de su laxa cavidad y ambos se arrastraron a las almohadas, sin apartar la atención de su compañero.

Acostados, Hans hizo a un lado su flequillo y allí presionó unos segundos sus labios, demostrándole más de su aprecio. Ella sonrió, sintiendo que los pómulos le dolían de tanta felicidad.

—Buenas noches —le deseó él.

—Duerme bien —musitó entrelazando sus piernas, acomodando su cabeza para el sueño.

Lo último que vio fueron sus amorosos ojos verdes.

Por primera vez en los más de dos años como marido y mujer, ambos durmieron abrazados, frente a frente, sin barreras en medio de los dos, físicas o mentales.

Del mismo modo en que despertaron la mañana siguiente.

Pero no sería la última.

Y no la fue.


NA: Ahora a llorar.

En el siglo XIX se dieron avances con la refrigeración y en finales tomó auge la carne de res de Brasil y Argentina (creo que son esos dos), transportada a otras partes. De eso habla Hans.

Escocia se hizo famosa por su forma especial de contraer matrimonio.

La posición en la que hacen el amor es la de loto, un poco más íntima que otras ja,ja.

Creo que el mejor modo de terminar es con el simbolismo de cómo dormían, que lo fui mencionando por partes de la historia. Así como el aprendizaje de los dos con un acuerdo bien fijo de comunicarse, que ahora sí les quedó claro para el triunfo de su relación.

Y, pues, bueno, fue final feliz, porque aquí sí hubo mucho drama y en mi plan del principio no estaba acabar mal. Quizá en otro fic sí pudiera matar a alguien al terminar, pero ya no en MQB. Que lo pensaran me dio un placer culposo je,je, pero en serio lo de Skygge y Hans era un juego, aunque sí se me pasó por la cabeza que los bebés le dieran un impulso a su mamá si le pasaba algo.

¿Cómo lidiaron con la ansiedad? Este capítulo fueron cinco segundos de preocupación y luego se alegró, es que si los capítulos anteriores los alargaba no iba a tener el mismo efecto, porque las escenas del final iban a ser reducidas. Miren nada más que en este me hice seis mil palabras.

En fin, solo queda el epílogo y a decirle adiós a esta historia.

Besos, Karo


Gracias por sus reviews / Thank you for your review

Yuecita: Ja,ja,ja, lo siento, lo de la caja de música y el gatito no era real, aunque sí van a salir en el epílogo. Es un poco malo de mi parte, pero me sienta ver que los puse de nervios un rato, ahí se regresa todo lo que he sufrido como lectora ;P , pero ahora finalmente tienen su felicidad para los cuatro. Se tardó 53 capítulos, pero ya tocaba. Espero que te gustara este último capítulo y puedas disfrutar el epílogo.

Lucia: Ahora se acabó la ansiedad, sí fue un mes agitado, pero todo terminó bien para el Helsa, ya habían sido dos años de mucho altibajo para los dos, y qué mejor que la historia culmine con su acto de amor. / Sí, se les salió lo impulsivo, pero solo alguien con muy buen manejo emocional y una crianza donde no enseñaran a retraerse, o quien sea indiferente, no habría tenido reacción alguna, cualquier habría tenido tal vez una menor o mayor a la de ellos. / Se me metió el sarcasmo con Elsa "preocupándose más" por el gato, es la impresión que se llevaría alguien dolido. / Y en efecto, qué vueltas da la vida, Hans una vez la iba a matar y ahora rogaba porque estuviera vivita y coleando. Ojalá que te gustara el capítulo y el destino de la gente.

Guest1: Pues no terminó triste; podría haber hecho un final trágico, pero esta no fue la ocasión, ni en mis malos momentos me influyo para algo así je,je (creo *toca madera*). Elsa no era la mujer, la pobrecita niñera falleció, pero así ocurre algunas veces, no tenemos la vida asegurada. / Ahora la pareja sí será feliz y solo si se enojan uno se retirará a la casa de huéspedes, al menos no les tocará dormir en el sofá (lo que hace el dinero XD). La espera fue larga pero ojalá el resultado te agradara. / Por otra parte, Olaf-Elso quedó lindo y Hansy cumple al pie de la letra lo que pide Elsa, es que el gatito quedó como lo más cercano a su familia.

Guest2: Yeah, they do know when to make a mess, they've had a life with emotional problems and that's the result, but nothing that cannot be fixed with work. You were right about the ship, you can sleep happy now they are together again he,he. Also, others need their happiness and it was good to show it, though they had to learn some things before. Hope you enjoyed this chapter.

Guest3: Sí, ccambiar el aspecto emocional es una tarea ardua que lleva tiempo, pero hay cosas que dejan más marcado y este susto sí lo hará mucho je,je,je. La caja de música saldrá, pero no en esa escena de consuelo con la que jugué con ustedes, de verdad esa no iba en serio. Al menos viste que les fue bien a los Helsa. / Por otro lado, a Olaf le va bien divirtiéndose como humano, ya podrá visitar la playa y mecerse en las olas del mar, qué lindo. Joseph también tuvo su rebanada de pastel :) . / Y llegó el domingo, espero que valiera la pena.

Guest4: Yeah, last chapter had drama with that ending, also the beggining of this one, but I hope the outcome was good :) . Now they're happy and enjoying Anna's house in Scotland XD . Hope she didn't listen of such activities ha,ha. I wish you enjoyed this chapter.