Capítulo 17
Heridas abiertas
La llama de Libra llevaba varias horas encendida en el reloj de fuego del Santuario. La noche había caído sobre los terrenos del sagrado recinto por lo que las estrellas tintineaban en el cielo haciendo que la luna luciera aún más esplendorosa en el manto oscuro del cielo que la envolvía. Marin nunca lo había notado antes, pero desde la ventana de la habitación del guardián de Leo la vista de Meridia era realmente hermosa. Con los brazos apoyados en el marco del ventana, la amazona perdía la mirada en el viejo e imponente reloj que resplandecía con las primeras tres flamas que danzaban al ritmo de la brisa nocturna.
Sabía que tarde o temprano tendría que abandonar el refugio temporal que le ofrecían los privados de Leo, seguramente Athena y Shion estaban enterados de su escondide y por esa misma razón había logrado tantas horas de soledad; sin embargo tenía que enfrentar al mundo. A esas horas de la noche muy probablemente la noticia ya era del conocimiento de todos los habitantes del Santuario, así que tendría que lidiar con las rostros de lastima y las miradas furtivas de cuanta persona se le atrevesara en el camino, y eso era precisamente lo que quería evitar. Odiaba que la gente fuera condescendiente con ella.
Suspiró haciéndose a la idea para luego caminar hasta la pequeña mesa al lado de la cama. Titubeante extendió su mano con la intención de tomar la máscara plateada que yacía sobre el rústico mueble de madera, no pudo evitar notar el ligero temblor de sus dedos mientras se aproximaban al rostro metálico. Cuando tuvo la máscara entre sus manos fue incapaz de quitar la mirada de su propio reflejo sobre el metal, no encontró nada más que tristeza en sus ojos marrones. Estaba punto de cubrir su rostro cuando algo dentro de ella la detuvo.
Lentamente volvió a pararse frente a la ventana y buscó en el cielo la constelación de Leo. Radiantes y orgullosas las estrellas brillaban como cada noche; impertubables, apacibles y misteriosas, nada en ellas había cambiado. Alrededor de Marin solo existía el silencio, aquella cruel y lastimera afonía que le impedía esconderse de sus sentimientos. Sus labios se abrieron un poco como si intentara hablar, pero de inmediato volvieron a cerrarse. Quería hablar, deseaba decirle tantas cosas, sin embargo se sentía tan estúpida fingiendo que no estaba sola y que desde donde Aioria estuviera podría escuchar sus palabras, ¿desde cuando era tan tonta? No le quedaba más que un legado de memorias en las que recordaba su sonrisa, sentía sus abrazos e inclusive oía su voz pronunciando su nombre.
-Estoy perdida-habló en un susurro mientras las lágrimas que se desbordaban de su ojos cerrados corrían por sus mejillas -¿Qué se supone que debo hacer ahora que no estás aquí? Esto no tenía porque suceder, no así, no ahora, no sin que tuvieramos tiempo para despedirnos.
La voz se le ahogó en la garganta por lo que tuvo que detenerse. Apretó con fuerza la máscara entre sus manos y se forzó a colocarla sobre su rostro; con ello sellaba todos sus sentimientos, dejaba a un lado a Marin y volvía a convertirse en la amazona de Águila. Atravesó el templo en completo silencio mientras observaba por última vez cada uno de los detalles del lugar, así caminó hasta situarse a la salida que llevaba a la casa de Cáncer.
-Esta no es la despedida-dijo alzando la vista hacia el templo de Leo-Tú y yo nos volveremos a ver, en un lugar diferente, en un mundo que no nos impida estar juntos, donde no hay sufrimiento y solo exista nuestro amor. Solo espera por mí, tal vez tarde unos cuantos años más en llegar, pero algún día nos reuniremos, y cuando ese día llegue entonces, nada ni nadie podrá separanos nunca más…
Unas cuantas horas depués de terminar con la tercera misión, el grupo de santos había abandonado la aldea de los centauros para iniciar el camino de regreso a la ciudad de la diosa de la guerra justa. Sin escuchar las peticiones de los seres mitolólogicos los jóvenes guerreros se embarcaron en la travesía a sabiendas de que era necesario sacar al arquero dorado del lugar que tanto daño le estaba haciendo, fue así como se encontraron por fin libres del campo que sellaba sus cosmos y sus poderes.
Sentado frente a una fogata en medio del bosque Aioros observaba atentamente cada una de las llamas que brincaban ferozmente de la madera quemada. Tenía las rodillas plegadas contra su pecho y sus brazos las rodeaban como si intentara erradicar el frío que sentía en su interior. Se había repetido mil veces que tenía que seguir adelante para salir vivo de las doce tareas, pero ya nada le importaba; si sobrevivía le daba igual, si moría también. Algo en su cerebro pareció reaccionar ante tal pensamiento. Mentalmente se reprendió pensando que era el mayor bastardo del mundo, en lugar de disfrutar la vida que tanto había anhelado ahora se lamentaba esperando la muerte. Él, que tenía la bendición de estar vivo, maldecía su propia existencia cuando seguramente su hermano mataría por tener una segunda oportunidad como la que él tuvo.
Unos cuantos metros detrás de Aioros, el resto de sus compañeros lo mantenía vigilado de cerca. Habiendo presenciado la delicada condición mental del arquero resultaba prioritario no quitarle los ojos de encima para evitar alguna desgracia que luego tuvieran que lamentar. Por una parte comprendían lo que estaba pasando el santo de Sagitario, sin embargo también estaban conscientes de que la forma en que afrontaba la tragedia no era exactamente lo que esperaban de él.
-¿Qué vamos a hacer con él?-se preguntó en voz alta Milo con impotencia. El escorpión era probablemente de los más desconcertados por la conducta del de Sagitario. Desde que era un pequeño solía admirar ciegamente al arquero dorado viéndole como uno de sus ejemplos a seguir y, a pesar de haber renegado y sufrido la llamada traición de Aioros, cuando la verdad fue revelada toda la ilusión que solía rodearlo regresó con la misma fuerza que tenía en su infancia.
-Lo único que podemos hacer es darle un poco de espacio pero haciéndole sabes que aquí estaremos cuando quiera hablar. Si alguna vez Aioros nos ha necesitado este es el momento, así que hay que ser fuertes, ¿entendido Milo?-la voz de Camus sonaba mientras sus palabras llenas de comprensión traían alivio al escorpión dorado. Era como si el hecho de que Camus dijera las cosas las hiciera un poco más reales, el francés poseía la cualidad de infundirle seguridad cuando le hacía falta; por algo era su mejor amigo.
Para los demás santos la contestación les permitió presenciar algo que no se veía todos los días. Raras veces se tenía la oportunidad de conocer el lado humano del acuariano. Lejos quedaba el tono pretencioso y el aire de inaccesiblidad que en ocasiones reflejaba Camus para dar lugar al hermano sensato y protector al que solamente Milo conocía perfectamente.
-El enfriador portátil tiene razón, demosle tiempo-Kanon se dejó caer en una de las mantas que les servirían para pasar la noche al mismo tiempo que cruzaba sus brazos detrás de la nuca. Respiró profundamente pasando por alto la mirada asesina que Camus le dirigió por el comentario, de algún modo ya esperaba esa reacción.
No podía negar que estaba preocupado por Saga. En el fondo sentía que cometió un error al dejarlo ir nada más así; se suponía que, como hermanos que eran, la responsabilidad de velar por su bienestar recaía en él. Sin embargo, también estaba consciente que con lo cabeza dura que era el de Géminis nunca pediría ayuda, sino que preferiría ahogarse en sus propios problemas antes de aceptar el apoyo de cualquiera de ellos.
Una repentina tensión entre el resto de sus compañeros le hizo sentarse para dirigir sus ojos hacia el arquero por instinto. El castaño se había puesto de pie y ahora caminaba en la dirección donde se encontraban ellos. Cruzó entre ellos rodeado del incómodo silencio y las miradas escondidas de los santos que desconocían cual sería la conducta correcta que demostrarían frente a Aioros, lo cual terminó incrementando la pesadez del ambiente. Le vieron tirarse sobres los improvisados lechos recostándose de espaldas a todos. Nadie dijo nada, simplemente callaron.
Pasaron unos breves segundos en los que no se escuchó ni usa respiración más Aioros sentía seis pares de ojos fijos sobre él.
-Les agradecería si dejaran de tratarme como si fuera un miserable idiota que no puede cuidarse por sí mismo-habló el del arco con marcada amargura y sin molestarse en voltear hacia sus compañeros.
La frialdad del comentario arrancó cualquier posibilidad de contestación por parte de los santos, o al menos de la mayoría de ellos…
-Si quieres que no te tratemos como a un idiota deberías dejar de comportarte como tal-retumbó la ronca voz de Kanon en el silencio.
Los segundos de silencio después de la respuesta del geminiano se sintieron como una eternidad. Esa embarazosa situación era como estar en el limbo, sin certeza y con demasiadas dudas de los que les deparaba el destino, sin embargo la reacción de Aioros no se hizo esperar. Como un espectro entre las sombras se sentó al mismo tiempo que dirigía sus penetrantes ojos azules que atravesaron a Kanon como cuchillas. El gemelo correspondió la mirada con la misma intensidad que el Sagitario sin intimidarse.
-Vuelve a llamarme idiota una vez más y te juro que te arrepentirás-amenazó Aioros con tanta rabia en la voz que sería imposible reconocerle.
-¿Qué piensas hacer, idiota?-Kanon puso especial enfásis en el insulto acompañando su ponzoñosa pregunta con una sonrisa de lo más sarcástica-No creas que puedes vencerme porque el tipo que está frente a mis ojos no es más que el patético fantasma del que solía ser un gran hombre, y de ninguna manera perderé contra alguien como tú.
-Basta Kanon-ordenó Dohko plantándose frente al peliazul en un intento de evitar que se pusiera de pie.
-Eres una vergüenza para la Orden Dorada…-continuó el gemelo haciendo caso omiso de Dohko. A base de empujones logró pararse y se aproximó retador al arquero-…¿Cómo te atreves a llamarte a ti mismo santo cuando te derrumbas ante el primero golpe?...-Aioros imitó la conducta del santo de Géminis y , parándose, centró sus ojos en los de Kanon bajo las miradas recelosas de los demás jóvenes-…En algún lugar del Infierno el alma de tu hermano se está retorciendo por causa tuya, porque Aioria jamás pensó que su "maravilloso" hermano mayor sería un miserable perdedor que es incapaz de afrontar los pruebas de la vida o ¿será que el león era igual que tú, un vil fracasado?. Porque eso es lo que eres un vil fracasad…
Kanon no pudo terminar la frase. Solo sintió el puño el Aioros impactando su rostro seguida de un irritante ardor que recorría su mejilla izquierda al mismo tiempo que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. Escupió una pequeña cantidad del rojo líquido y rió maliciosamente al notar las lágrimas en los ojos del arquero.
-No te atrevas a mencionar el nombre de mi hermano con tu sucia boca-la voz de Aioros se quebró-Puedes decir de mí lo que dé la maldita gana pero nunca, jamás, intentes hablar de esa forma de Aioria, porque entonces te mataré con mis propias manos.
El castaño se abrió paso entre sus compañeros que aún les observaban sin terminar de entender lo que estaba pasando. Atónitos siguieron con la mirada al santo de novena casa mientras se perdía en las sombras de la noche. De repente se detuvo para ver por el rabillo del ojo a Kanon.
-Solo para que te quede claro, ni mi hermano ni yo somos nada de lo que has dicho; y yo personalmente haré que te tragues tus palabras-sin decir más desapareció entre el follaje del bosque.
Dohko fue el primero en asesinar con la mirada a Kanon, aunque no fue el único, Milo estuvo a punto de lanzarse sobre él para terminar lo que Aioros había empezado, iba a botarle los dientes a base de golpes.
-¡¿Qué carajos te sucede?! ¿¡Estás loco?!-ladró furioso el escorpión dorado. Afortunadamente para el gemelo, Camus logró interponerse a tiempo evitando una potencial pelea de mil días.
Logró restringir los movimientos de Milo jalándolo hasta alejarlo lo suficiente de la escena, no sin antes fulminar con una inusual mirada al ex marina. Afrodita hizo lo mismo y reprochó con los ojos la conducta de Kanon, no podía evitar sentir que si él fuera Aioros lo habría asesinado sin ningún tipo de consideración por todo lo que había dicho. Dohko y Mu intercambiaron miradas, el primero parecía solicitar paciencia por parte del segundo, no estaba seguro pero sentía que una poderosa razón obligó a Kanon a llegar a esos extremos.
-¿Era realmente necesario?-Dohko respiró profundamente tratando de localizar la poca paciencia que quedaba en él. Ahora entendía porque Shion siempre andaba alterado todo el tiempo, lidiar con esos chicos era más trabajo del que siempre pensó.
Kanon sonrió triunfante a la vez que, con el reverso de su mano, se limpiaba un delgado hilo de sangre que salía de su boca y resbalaba por su mandíbula.
-¿No lo escucharon?-respondió dándoles la espalda-El chico acaba de asegurarme que me demostrará que no es un perdedor. Acaba de prometer que seguirá viviendo por él…por su hermano.
Aioros todavía sentía la sangre caliente fluyendo por su cuerpo. Estaba más que furioso. Deseaba gritar su odio, desquitar sus frustraciones, despertar del maldito letargo en el que estaba hundido. Sin rumbo fijo vagó por la oscuridad del bosque buscando calmar su alma, pero el silencio y la soledad solo ayudaban a que perdiera más y más la cordura. Dándo vueltas en su mente recordó que no muy lejos de donde habían acampado vio un lago de aguas cristalinas que por alguna desconocida razón capturó su atención desde el momento en que notó su presencia. Decidió que iría ahí.
Cuando hubo llegado se sentó en la orilla a observar las pequeñas ondas que el viento formaba en la superficie. Veía los círculos que se dibujaban sobre el agua que poco a poco iban creciendo, extendiéndose, hasta desvanecerse como si nunca hubieran existido. Agachó la cabeza y cerró los ojos con fuerza sientiendo que algo en su pecho se desgarraba, cómo si de pronto alguien intentara arrancarle el corazón. Le dolía. Le dolía demasiado.
Dio un ligero brinco cuando le abrazaron por detrás. Descubrió un par de brazos que se cruzaban sobre su pecho, aferrándose a él. Era un abrazo tierno pero firme. Sintió como alguien recostaba la cabeza sobre su hombro y volteó para distinguir los rojos cabellos que se mezclaban con los suyos de color castaño.
-Lo siento mucho-le dijo en un tono apenas perceptible la ninfa.
-Aretha…gracias-el arquero no pudo decir más.
Cuando sus lágrimas brotaron fue como si de pronto la presión en su pecho se liberara trayendo consigo una sensación de alivio que le reconfortó momentáneamente. Con una de sus manos tomó las de Aretha mientras que con la otra acarició con ternura los suaves cabellos de la joven.
Su lastimado corazón comenzaba a sanar.
Dos figuras cubiertas por unas largas capas de perdían entre las sombras de los árboles del Olimpo. A pesar de que el sol brillaba intensamente sobre el cielo del paraíso griego, las enormes copas de los árboles ofrecían un refugio para aquellos que buscaban mitigar el calor que irradiaba el astro rey.
-¿Sabes que puedo meterme en graves problemas si mi madre o mi esposo se enteran que estoy ayudándote?-comentó una delicada y, hasta cierto punto, infantil voz femenina. La capucha que escondía su rostro apenas dejaba ver los labios escarlatas de la joven que resaltaban en la blancura de su piel perfecta.
-Lo sé, y por eso te agradezco todavía más que estés haciéndome este enorme favor. Si no estuviera desesperada no te pediría esto, pero siendo honesta ya no sé a quien más acudir por ayuda.
-¿Por qué haces todo esto? ¿Acaso esos mortales son tan importantes como para pongas en peligro tu propia existencia para mantenerlos a salvo?-volvió a preguntar la chica desconocida.
La segunda persona se descubrió la cabeza dejando libres sus cabellos oscuros y revelándose como la diosa de la sabiduría. Athena recorrió con sus ojos los alrededores para cerciorarse que nadie las vigilara o escuchara, tenía que ser sumamente cuidadosa si quería conseguir su objetivo.
-Ellos son lo más preciado que tengo-respondió con seguridad y sin titubear-Considerando todo lo que han hecho por mí y por la humanidad a la que tanto amo, lo mínimo que puedo hacer por ellos es protegerlos esta vez.
Los labios rojos de la joven desconocida se curvaron en una honesta sonrisa, bastaba con escuchar el tono en la voz de Athena y ver en sus ojos lo mucho que significaban los trece hombres del futuro para saber que eran merecedores de ser salvados.
-Bien. ¿Qué quieres que haga ?
-Cómo has de saber dos de mis santos murieron hace poco, por eso necesito encontrar sus almas y sacarlas del Inframundo-dijo sin más rodeos.
Un incómodo silencio se hizo presente entre las dos mujeres. La señora de la sapiencia inspeccionaba cuidadosamente la reacción de su interlocutora intentando adelantarse a cualquier objeción que pudiera tener al respecto. La chica se mordió uno de sus labios mediando su respuesta ante semejante solicitud hasta que por fin asintió.
-Veré que puedo hacer, solo ten en cuenta que mi presencia en el Inframundo resultará sospechosa a estas alturas, asi que no te hagas muchas esperanzas, ¿entendido?
-Gracias, mil gracias-le dijo Athena abrazándola con sentida gratitud.
-Si quieres agradecerme entonces cuídate. Hera no dejará pasar la oportunidad de fastidiarte a ti y a tus santos si se entera de lo que estás planeando, y Hades montará en ira cuando sepa que estás metiendo en sus terrenos.
-Ese maldito infeliz-bufó Athena por lo bajo más al darse cuenta de sus palabras se respingo y fijó los ojos en la chica frente a ella-Discúlpame, no fui mi intención insultarlo delante de ti, es que, pues, ya sabes como es la relación entre nosotros dos.
-No tienes que disculparte-la joven le sonrió con complicidad-A veces me averguenza que ese "maldito infeliz" sea mi esposo.
Ambas compartieron una discreta risa.
-Tengo que irme, todavía tengo unos pendientes más que debo terminar antes de regresar a Atenas-explicó la diosa de cabellos oscuros-No tengo forma de agradecerte lo mucho que estás haciendo por mí, Perséfone. Ten mucho cuidado por favor, me sería imposible perdonarme si algo malo te sucediera por mi culpa.
-Descuida, lo tendré-respondió laemperatriz del mundo de los muertos. Con un abrazo las dos deidades se despidieron tomando caminos separados, cada una de ellas enfocadas en las metas que se habían trazado.
Athena se encaminó hacia los templos divinos del Olimpo, uno de ellos en especial era el siguiente destino de la diosa. Aún estaba dolida por lo sucedido en los últimos días, sin embargo la breve conversación con Shura de la noche anterior parecía haber despertado algo en ella; las palabras del Capricornio habían dado vueltas sin cesar en su cabeza y ahora estaba dispuesta a demostrarle al Olimpo entero porque ella era la diosa de la guerra justa y la estrategia. Por esa razón se habia levantado con el alba para poner en marcha su plan arreglando unos cuantos asuntos en el hogar de los dioses, con lo engreídos que eran seguramente ni notarían su presencia en tierra santa.
Lo primero era encontrar a Aioria y a Máscara donde fuera que estuvieran. El pensar que sus almas estaban condenadas al tormento eterno por causa del vengativo de Hades la enfermaba, no permitiría que sus santos pagaran por pecados que no cometieron. Estaba perfectamente consciente de que ayudarlos era en contra de las normas establecidas por Zeus, pero poco le importaba. "Al demonio con las reglas", pensó. Ella había sido la única estúpida que las siguió desde el principio y esa ingenuidad le costó la vida de dos de sus guerreros, no iba a cometer el mismo error dos veces.
Tras unos minutos de caminata distinguió a lo lejos el templo del dios al que le prestaría una visita de negocios. Entró al templo con algo de recelo permitiéndose husmear en busca de su dueño, más lo único con lo que se encontró fue con herramientas de herrería y pedazos de metal regados por todo el lugar. Fue librando cada uno de los obstáculos en su camino para adentrarse en los terrenos del dios griego de la metalurgia, con cada paso que daba podía escuchar con mayor claridad los golpes del metal y sentía el calor despedido por los hornos que usaba Hefestos en su oficio. Al final de un largo corredor vio una puerta semiabierta de la cual salía un resplandor naranja y que también parecía el origen de los martillazos que escuchó anterioridad. Cuando hubo llegado empujó la puerta de madera para encontrarse con el dios al que había estado buscando.
-Hesfestos-saludó con formalidad capturando la atención del dios herrero.
-¿Qué te trae por estos lugares, Athena? ¿Problemas con Niké o con el escudo?-preguntó Hefestos dejando a un lado lo que hacía para aproximarse a la deidad de la sabiduría.
El dios de cabellos tan rojos como el fuego y ojos tan oscuros la profundidad de los mares caminó lentamente hasta Athena. Su cojera siempre le hizo víctima de las burlas y vejaciones por parte de sus iguales, que le veían como una versión defectuosa de todo lo que debía representar una deidad griega sin embargo, de una forma u otra, todos dependían de las maravillosas habilidades de Hefestos.
-No, no es Niké ni el escudo-contestó Athena-Necesito que fabriques algo para mí.
-¿Y qué es lo que la diosa de la sabiduría desea esta vez?
-Esto…
La joven liberó un par de rollos de papel que traía sujetos a su cintura y los desplegó sobre una de las mesas del taller de Hefestos. El herrero divino examinó meticulosamente el contenido de los pergaminos emitiendo ocasionalmente algún sonido que dejaba evidencia de que su mente trabajaba en lo que solicitaba la diosa de la guerra.
-No hay problema. Me tomará un par de días terminar los cofres que deseas-Hefestos volvió a enrollar el papel guardándolo para poder usarlo después durante la elaboración del pedido de Athena-¿Puedo preguntar para que deseas esas cajas?
-Solo si prometes guardar el secreto-le dijo la pelinegra.
-Prometido.
-¿Recuerdas cuando utilizaste aquella red para atrapar a Afrodita y Ares en pleno acto cuando te estaban engañando? Pues yo también pienso encerrar dioses aunque de una manera más sutil que la tuya-respondió.
-Así que piensas mantenerlos cautivos en cofres…debo reconocer que es una idea ingeniosa.
-Sí, solo será por el tiempo que mis santos permanezcan en la Edad del Mito, después los liberaré.
Hefestos soltó una carcajada y después sacudió levemente la cabeza ante el plan de la diosa de la sapiencie. Ver a los orgullosos dioses atrapados en urnas resultaría de lo más divertido. Probablemente su obligación era advertirles pero ellos se merecían la suerte que les esperaba, en especial Afrodita y Ares.
-Como te dije, lo tendré listo en un par de días-tomó de nuevo sus instrumentos y reinició lo que estaba haciendo antes de la llegada de la diosa.
-En tal caso nos veremos pronto-con esas palabras la diosa desapareció por la puerta. Iba de regreso a casa.
Siendo él y Aldebarán los únicos santos en el templo de Athena, Shura comenzaba a aburrirse de no hacer nada. Se paseaba ansioso por todo el lugar en busca de algo en que ocupar su tiempo pero nada parecía lo suficientemente interesante como para capturar su atención; deseó ser como el santo de Tauro que parecía conformarse con algo tan simple como pasar tiempo conversando con Herse recordándo anécdotas de sus compañeros, en especial de aquellos que habían pasado a mejor vida. Ojalá él pudiera expresar sus sentimientos como lo hacía el toro dorado, sin embargo no le resultaba tan sencillo demostrar su dolor frente a otros. Lo de la noche anterior con Athena fue una excepción. Curiosamente la joven diosa le infundía una confianza que solo experimentaba con Aioros, sentía que a su lado podía ser él mismo, sin tener que preocuparse por los demás y sus comentarios.
Así fue que descubrió por qué estaba tan inquieto: la diosa había estado desaparecida toda la mañana. Según le informó Herse durante el desayuno, la señora de la sapiencia salió a resolver unos asuntos que tenía pendientes y no volvería hasta ya entrada la tarde…bueno, ya era de tarde, ¿en dónde estaba Athena? Sacudió la cabeza para sacarse tan estúpida pregunta de su mente ¿Desde cuando era tan posesivo con su diosa? Después de todo ella no tenía porque darle explicaciones de lo que hacía o no hacía, al contrario, se supone que ellos deberían ser quienes se sometieran a la voluntad de Athena; por eso mismo dejaría de pensar de forma tan egoísta.
Caminó unos cuantos pasos y volvió a caer en cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba yendo al salón del trono para ver si Athena había regresado. Se pasó la mano sobre el rostro con frustración, ¿acaso se estaba volviendo loco? ¿o paranoico? Ni siquiera vigilaba de esa forma los movimientos de Saori Kido y eso que ella era un inexperta adolescente que solía meterse en toda clase de líos, entonces ¿por qué tanto interés en cuidar a una mujer tan poderosa que era capaz de asesinarlo inclusive a él? Subió los hombros al no encontrar una respuesta a tantas preguntas. Mejor lo dejaría por la paz, posiblemente era algún efecto secundario de su ceguera o quizás los golpes comenzaban a afectarle el cerebro.
Justo cuando se disponía a regresar a su habitación a seguir perdiendo el tiempo percibió un par de cosmos familiares entrando a los terrenos del templo. Sondeó los alrededores en busca de la presencia de su demás compañeros, pero al no encontrar a nadie más presintió que algo no estaba bien.
A pesar de que apresuró el paso Aldebarán y la sacerdotisa llegaron primero al encuentro de Saga y Shaka. Receloso se mantuvo a una distancia prudente de ambos compañeros que eran bienvenidos efusivamente por el santo de la segunda casa, mientras esperaba para saludarles utilizó sus recién afilados sentidos para identificar el estado de ánimo de Géminis y Virgo. El peliazul apenas y cruzó un par de palabras con Aldebarán pero fueron más que suficientes para que Shura notara que Saga no estaba bien y que su malestar nada tenía que ver con las muertes de Leo y Cáncer. Después centró sus esfuerzos en Shaka descubriendo con sorpresa que Buda estaba más golpeado de lo previsto. Torció la boca recordando que Aioria era probablemente uno de los más cercanos al santo de la sexta casa, si bien sus personalidades eran completamente diferentes ese contraste le sentaba de maravilla a su amistad. En cierta forma el dolor que leía en la voz de Shaka le recordó a él mismo después del asesinato de Aioros, claro que Virgo no había matado a su mejor amigo y él sí.
Suspiró antes de acercárse a ellos más permaneció en silencio hasta que le vieran. Cruzó los brazos deseando poder volverse invisible para no tener que enfrentarlo y así ahorrarles otro dolor de cabeza más cuando notaran que estaba ciego. ¿Acaso su única misión en la vida era sufrir? Porque si así fuera él no estaba dispuesto a ayudar a los dioses lastimándo más a sus compañeros.
-Shura-la voz de Shaka le sacó de sus meditaciones. No tenía más remedio que afrontar lo que se venía.
-Shaka-contestó con propiedad.
Los ojos del de Virgo se entrecerraron levamente con sospecha. Prestó atención a su compañero de Capricornio para luego llevar sus ojos turquesas hacia Aldebarán y Herse al darse cuenta del mal que aquejaba a Shura.
-Maldición-susurró Shaka pasandose la mano por el rostro-¿Por qué nadie nos dijo?
Saga se concentró en averiguar lo que le sucedía al rubio. Torció la boca mientras escaneaba a Shura fijándose en sus ojos muertos y, a pesar de intentar disimular sus sentimientos, le resultó imposible no bajar la cabeza con derrota.
-Estás ciego-dijo con aquella voz inquebrantable que era propia de él. Un vacío dentro de su estómago se formó al pronunciar la afirmación. Era demasiado. Aioria, Máscara, y ahora Shura. Alguien en el Olimpo se iba a pagar por haberles hecho daño a todos ellos, eso se lo había propuesto Saga.
-No es tan malo, supongo que el usar el cosmos ayuda-le restó importancia el español, pero la verdad era que ni él mismo se creía sus palabras-¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Dónde están los demás?-les cuestionó cambiando la conversación.
-Supongo que ya han escuchado las terribles noticias…-Shaka agachó la mirada.
-¿Dónde está Athena?-interrumpió Saga paseando la vista por todo el lugar a la vez que sondeaba el templo buscando la energía de la diosa.
-No está aquí, salió temprano y todavía no regresa-contestó rápidamente la sacerdotisa al notando la ansiedad del gemelo.
-Cuando regresé avísame-gruñó contrariado encaminándose hacia su habitación-Necesito hablar con ella lo más pronto posible.
La mano de Shura le tomó del brazo cuando pasó a su lado. La tensión entre ambos era palpable. El de Capricornio exigiendo una respuesta y el de Géminis esquivando la situación, todo se complicaba hasta que Saga se liberó del agarre de Shura.
-No es necesario que yo esté presente mientras Shaka les pone al tanto, así que, si me disculpas, iré a descansar a mi habitación.
No muy convencido Shura le dejó marcharse sin hacer más cuestionamientos, pero por otro lado el santo de Virgo tenía muchas cosas que explicar. Apenas vio que Saga había desaparecido, Shaka suspiró con resignación.
-Discúlpenlo, está atravesando un momento difícil-comenzó.
-Si es por lo de Aioria y Máscara a todos nos duele pero nadie actúa como él-se quejó Shura.
-No, no es solo eso. La razón por la que hemos regresado antes a Atenas es porque Ares ha poseído el cuerpo de Saga nuevamente.
Shaka pudo distinguir con claridad como los colores desaparecían del rostro del de Capricornio quien abría sus ojos a más no poder. La reacción de Aldebarán tampoco fue muy diferente.
-¿Cómo dices?-preguntó incrédula Herse.
-Ustedes no sabían Herse, pero Saga fue el contenedor de Ares en nuestra época- el santo de Virgo explicó a la joven-Las consecuencias de dicha posesión fueron devastadoras para la Orden de Athena y aún hoy en día los recuerdos de ese tiempo oscuro no desaparecen del todo. Como fuera, Ares se ha enterado de la predisposición de Saga a aceptar su espíritu así que ha hecho uso de él en un par de ocasiones, afortunadamente no habido nada que lamentar.
-Es cuestión de tiempo antes que lo haya. Nada bueno puede esperarse del binomio Saga/Ares-escupió con rabia Shura.
-Shura, no debes hablar así-le reprendió Aldebarán al notar el desdén en las palabras del Capricornio.
-¿Por qué no? No estoy mintiendo.
-Eso es lo que menos importa. Lo importante es que Saga vea a Athena para que ella le ayude a expulsar la maldad de su cuerpo-intervino Virgo para calmar la polémica.
Herse, nerviosa, se mordió el labio. No recordaba una situación parecida con anterioridad, pero sus estudios y conocimientos de la vida de las deidades griegas sembraban ciertas dudas en que aquello fuera posible. Aún así la joven no habló, prefirió callar otorgándole a Athena la última palabra.
Todos guardaron silencio. Un silencio que decía más de lo que las palabras podrían expresar. Al fin, Shura se dio la vuelta par regresar a su habitación, gruñó al pensar que tal vez lo mejor hubiera sido no haber salido nunca de la recámara. Detrás de él, Aldebarán suspiró con pesar, justo cuando comenzaba a pensar que el cabrito dorado levantaba cabeza, la realidad regresaba más cruel que nunca.
-No te sientas mal-Shaka le dijo al ver la tristeza en su mirada-Tienes que entender que no es fácil ser él en estos momentos. De hecho, no creo que sea fácil ser cualquiera de nosotros; se aproximan tiempos difíciles que pondrán a prueba el lazo que no une.
-Lo sé, sin embargo me es imposible permanecer alejado solo observando. No puedo dejar de pensar en lo muchachos que siguen en el campo de batalla, en las almas de aquellos que se han ido, en la inmensa soledad que rodea a Shura y, ahora, en el miedo que siente Saga.
Shaka se respingó ante la verdad encerrada en las palabras del toro.
-¿Tú también lo notaste?-su voz se agravó.
-No hace falta ser el hombre más cercano a dios para adivinar los pensamientos de Saga-sonrió con melancolía Aldebarán-¿Qué tan bien le ha ido asimilando las muertes de Máscara y Aioria?
-Honestamente no lo sé. Ese rostro duro e imperturbable no sufrió un solo cambio cuando le di la noticia, esa maldita manía suya de tragarse sus emociones.
La presencia de un poderoso cosmos en el salón principal interrumpió la conversación de los santos dorados. Athena había regresado al templo.
-¿Algún voluntario para informarle a Athena acerca de Saga?-preguntó afligido Aldebarán viendo a Shaka de reojo. Éste último negó con la cabeza, tarde o temprano la diosa tendría que saberlo todo.
Nada había cambiado dentro de la habitación de los gemelos y, sin, embargo, Saga la sentía especialmente vacía, como si de pronto fuera más grande y nada en ella la llenara lo suficiente. Físicamente el viaje le tenía agotado. Los músculos de las piernas le dolían, aunque esa molesta sensación no se comparaba en lo más mínimo con el punzante dolor que tenía en el pecho. Su afligida alma no soportaría más si las malas noticias continuaban cayendo del cielo a montones. Le da rabia ser solo una carga más para sus compañeros en momentos de semejante necesidad; de alguna forma intuía que Aioros no sería capaz de mantenerse entero con tanto dolor y arrastraría a los demás con él. Sin afán de hacerle de menos, el arquero no estaba listo para lidiar con el dolor de la manera en que el resto de ellos lo hacía, había muerto demasiado joven así que lo que le sobraba de fuerza le faltaba de experiencia.
El rechinar de la puerta al abrirse le obligó a sentarse por instinto preparándose para enfrentar a quien fuera que estuviera del otro lado, más al encontrarse con un par ojos grises observándolo expectantes sintió que alguien quitaba un enorme peso de sus hombros. Athena entró a la habitación con el semblante menos esperado por Saga. Podía leer en sus pupilas apagadas lo mucho que la diosa sufría pero también encontraba en ellas una fuerza que le infundía esperanza; aún quedaban rastros rojos apenas perceptibles alrededor de ese par de ojos que inspiraban paz y regalaban amor y comprensión. Ella se sentó en la cama al lado de la suya quedando justo en frente del santo de Géminis y se limitó a observarle.
-Ya me han contado-habló mientras tomaba la fría mano de Saga entre las suya. Aquel tibio contacto llegó hasta el corazón del santo llevando alivio a su alma atormentada.
-Nunca pensé que tuviera el poder de regresar a mi cuerpo-el sonido de su voz se esparció con el eco de la vacía habitación.
-Yo no sabía, de lo contrario no te habría arriesgado a algo así, aunque la ignorancia no excusa mi descuido-ella sujetó con un poco más de fuerza sus manos al sentir un leve temblor en las del geminiano.
Saga sintió como una cálida energía fluía por su cuerpo que se envolvía en el aura dorada que despedía la diosa de la sabiduría. Jamás en toda su vida había experimentado algo de esa magnitud. Era como si cada una de las células de su cuerpo fuera inundada por el cosmos de su señora, sentía como el poder de Athena corría por todo él, esa sensación mucho mas intensa de la que usaran para purificar su cuerpo durante la guerra de las doce casas. Pasaron unos minutos hasta la luz dorada que les envolvía empezó a decrecer hasta que por fin desapareció. Por la mirada que ella le dirigió Saga pudo adelantarse a lo que seguía.
-Algo no esta bien ¿verdad?-le preguntó antes de que ella dijera algo.
-Es muy extraño. No hay nada dentro de ti que indique la presencia de Ares, es como si él simplemente se a pareciera y desapareciera sin dejar rastro-la diosa adoptó una postura reflexiva-El problema no es tu cuerpo, es tu espíritu. Solo tú puedes detenerle. Tu espíritu tiene que ser más fuerte que el de él…Saga, nadie más que tú puede derrotarlo.
Los ojos verdes de Saga se abrieron. Su mente no daba cabida a lo que sus oídos escuchaban…
"Nadie más que tú puede derrotarlo"
El enorme campo de entrenamiento habilitado en la parte posterior del templo de Athena estaba completamente vacío a esas horas de la noche, con excepción de la diosa de la sabiduría ninguna otra persona se divisaba en el lugar. El reflejo de la luz aperlaba su blanca piel mientras el viento mecía juguetonamente su larga cabellera oscura, su vestido danzaba en el aire mientras ella mantenía la mirada perdida en el cielo oscuro bañado de estrellas de plata.
Habían sido un par de días extremadamente difíciles para ella, sin embargo la resignación comenzaba a llegar poco a poco a su perturbada alma. Era complicado lidiar con el dolor estando rodeada de personas que necesitaban de su entereza en aquel momento, por ello había tomado la decisión de dejar atrás sus penas y afrontar la situación como nadie más que ella podía hacerlo. Tenía que ser fuerte por sus santos, por su pueblo y aún por ella misma. Respiró profundamente saboreando el fresco olor del aire mezclado con el de las hojas de los árboles que rodeaban la explanada. Se concentró en escuchar el viento y los sonidos a su alrededor buscando en ellos un poco de paz que le ayudara a relajarse. Abrió los brazos y cerró los ojos alzando la cara hacia las estrellas dejándose llevar por la sensación de libertad que le ofrecía esa maravillosa noche.
De pronto sintió un par de cálidas manos recorriendo sus brazos desnudos. La cálida humedad de la respiración de alguien golpeó su cuello mientras las manos que la tocaban delineaban delicadamente su figura hasta llegar a la altura de la cintura. Sintió dos fuertes brazos rodearle y acercarle celosamente hasta que estuvo apretada contra el cuerpo del desconocido. Un par de tibios labios rozaron la piel de la pelinegra cuando el individuo en cuestión hundió su rostro en su cuello enviando miles de impulsos a través de toda ella. Jamás nadie se había atrevido a tocarla de esa manera. Nunca antes alguien tuvo semejante osadía, sin embargo todo sucedía tan rápido que la diosa parecía no salir de su sorpresa.
-¿Te gusta?-en un susurro le preguntó aquel hombre sacándola del shock.
Por instinto Athena le empujó hacia atrás buscando liberarse del agarre de ese individuo. Se alejó unos cuantos pasos para crear distancia entre ambos y cuando se sintió lo suficientemente lejos volteó con la intención de confrontar al que había osado tocarla de esa forma. Sus ojos grises se abrieron sorprendidos por lo que veían. Ahí, frente a ella, estaba su santo de Géminis más el reflejo en sus ojos verdes no era el que Athena conocía; aquel brillo lleno de maldad le recordaba la horrible mirada de Ares. Sondeó el cosmos del peliazul tratando de encontrar la esencia de Saga pero increiblemente solo distinguió el aura maligna del peor de sus rivales.
-Ares…-dijo su nombre entre dientes. Con asco la deidad se pasó la mano por el cuello tratando de quitarse la sensación que le había dejado tener tan cerca al dios de la guerra.
-Sorpresa-le dijo él con ironía y sin quitarle de encima la vista.
Entre rabia e incomodidad Athena observaba como los ojos de Saga la recorrían de pies a cabeza desnudándola con esa mirada lasciva que tanto aborrecía de Ares. Le pateaba el estómago ver el cuerpo de uno de sus santos a merced del violento dios y todavía le disgustaba más que lo utilizara para acercarse a ella con la intención de desconcertarla. Apretó los dientes con furia y se abalanzó sobre Saga tomándole del cuello de la camisa.
-Abandona su cuerpo AHORA-ordenó con autoridad.
Los labios del gemelo se curvearon dando lugar a una cínica sonrisa que poco después fue acompañada por un carcajada burlona. A pesar de que ella le sacudía con frustración, el dios no se inmutaba y le sostenía la mirada con reto. Esa sería uno noche que recordaría a lo largo de su inmortal vida, la noche en que finalmente logró llevar a la orgullosa Athena a sus límites.
-¡Quita esa jodida sonrisa de tu boca o te la arrancaré con mis propias manos!-reclamó encolerizada.
-Adelante, inténtalo-Ares respondió con una irritante tranquilidad-Después de todo este cuerpo no es mío y poco me interesa lo que le suceda.
Athena se detuvo completamente atónita. Estaba en lo cierto. Si ella se atrevía a atacarlo, el único que saldría perdiendo sería Saga, dañar el cuerpo del geminiano no era la respuesta para terminar de una vez por todas con Ares. Aprovechando que la diosa bajó la guardia por un segundo, Ares retomó su juego. Con un brazo la asió contra él mientras que con la mano libre la sujetó de la nuca para inmovilizarle la cabeza. Se relamió los labios imaginando lo que seguía.
A pesar de que ser extremadamente ágil para combatir, la diosa de la sabiduría sabía que su fuerza física no podía competir con la del hombre que la tenía a su merced. Trataba de alejarlo de ella pero le resulta imposible. De haber sido cualquier otro muy probablemente ya le hubiese asesinado de un solo golpe, sin embargo siendo ese el cuerpo de uno de sus santos tenía las manos atadas. No quería lastimarlo pero las opciones se le estaban agotando.
Por su parte Ares disfrutaba tenerla para él. Desde el principio de los tiempos la había deseado, sin embargo aquel par de ojos grises siempre le rehuían, negándose a él y permaneciendo en el virginal estado que le caracterizaba. Ella, Athena, se había convertido en su obsesión, en su reto; y estaba a dispuesto a todo por hacerla suya, por ser el primero en corromper la pureza de cuerpo y de su alma. Ares no descansaría hasta conseguir su meta, y aquel encuentro era solo el primer paso de su plan.
-Maldita engreída-el rostro de Saga se encontraba a escasos centímetros del de la diosa mientras murmuraba cada una de las palabras-Siempre creíste que eras demasiado para cualquiera, inclusive para un dios, y por ello te auto proclamaste como una diosa virgen pensando que así te mantendrías fuera del alcance de los hombres, eternamente pura y casta. Para cuando termine contigo no quedará ni rastro de esa falsa imagen de niña buena que te construiste frente a nuestro padre, porque yo voy a enseñarte las delicias de ceder ante los deseos de la carne.
Volvió a sonreír triunfante. Aproximaba sus labios a los de ella para besarla cuando un repentino dolor en su entrepierna le obligó a soltarla y caer de rodillas al piso llevando las manos a su masculinidad.
-Perra…-Ares escupió el insulto con ira. Y es que la diosa aprovechando que el otro ya festejaba su victoria había conseguido darle un rodillazo que le dolió hasta el alma, quizá no era su cuerpo pero mientras estuviera dentro de él podía sentir lo que le sucedía a su parte física.
La deidad de la sapiencia había vuelto a tomar una distancia segura de él mientras le observaba con disgusto, tal vez no podía matarlo pero sabía como defenderse sin dejar daños permanentes. Le vio ponerse de pie tambaleante. El dolor no había desaparecido del todo, pero su orgullo como dios podía más, por ello no le daría el gusto a Athena de verlo en el suelo.
-Te lo voy a repetir una vez mas-insistió ella-Abandona el cuerpo de Saga. Demuestra que eres hombre y enfréntame en igualdad de condiciones.
-Pensaba demostrarte de otra forma que soy hombre-le respondió con sarcasmo-Ya sabes, una más placentera.
Cada palabra que salía de la boca de Ares resonaba en los oídos de la morena haciendole hervir la sangre. La paciencia comenzaba a agotarsele y tenía miedo de que el odio que sentía por el dios de la guerra la obligara a hacer algo que no deseaba, pero si era necesario entonces…
Extendió su mano derecha haciendola brillar con un dorado resplandor del cual surgió el báculo de Niké. Si Ares quería pelea eso le daría.
-¡Bravo!-Ares se burló de ella-Te ha quedado bastante bien el truco para llamar a Niké, pero, dime Athena ¿en verdad piensas atacarme?
-Haré lo que sea necesario para detenerte-contestó con frialdad.
El dios de la guerra sopló con fastidio los flequillos de cabello azul que caían sobre su rostro-Como quieras-replicó. Imitando el gesto de la señora de la sabiduría extendió su mano en la cual apareció la lanza de guerra en medio de una rojiza luminiscencia. Ella le miró expectante.
-¿Qué? Tú no eres la única que sabe manejar el cosmos-sin más preámbulos se lanzó al ataque contra Athena.
Justo cuando ambos dioses estaba a punto de colisionar una ráfaga de aire cruzó en medio de los dos obligando a Ares a detenerse. Volteó hacia sus pies para ver como la tierra frente a ellos se partía con una asombrosa precisión. De ninguna manera aquello era obra de la naturaleza, tenía que haber sido alguien más. Escaneó el lugar con los ojos buscando al sujeto que se atrevía a meterse en el combate de los dioses de la guerra, quien fuera se las iba a pagar. Bajo los destellos de la luna las dos deidades distinguieron perfectamente la figura de un hombre semioculta en las sombras. Sus cabellos verdosos se movían al ritmo del viento mientras permanecía con los ojos cerrados pero siempre alerta a los movimientos de los griegos frente a él.
-Qué descaro de tu parte utilizar el cuerpo de un hombre consagrado a Athena para atacarla de modo tan vil-la serena voz del santo de Capricornio se dejó escuchar en el silencio de la noche-Aunque en realidad no debería sorprenderme, te he visto intentarlo antes, Ares.
-Shura, vete de aquí-ordenó Athena preocupada por la seguridad del español más el joven ignoró el comando de su diosa.
-Deberías escuchar a tu diosa, pedazo de idiota. No tienes probabilidades de sobrevivir si me enfrentas y, sinceramente no tengo ganas de ensuciarme las manos con tu asquerosa sangre-el dios habló intentando molestar al santo.
-Con todo el respeto que le debo a mi señora, en esta ocasión no puedo marcharme. Si ella no se atreve a matarte, entonces yo lo haré.
-¿Estás dispuesto a asesinar a uno de tus compañeros?-preguntó sonriendo el dios de la guerra-Estás consciente de que mi alma es inmortal, más el cuerpo de Géminis no lo es, ¿verdad?
-Si piensas que pueden chantajearme con esa excusa estás muy equivocado…-Shura avanzó paso a paso acercándose a Ares sin mostrar ningún tipo de temor-…Estás hablando con el santo que asesinó a su mejor amigo pensando que lo hacía en nombre de su diosa, así que no me asusta matar a otro de mis compañeros con tal de asegurar la integridad de mi señora Athena.
Los ojos grises de Athena se abrieron desconcertados. Sabía que sus santos tenían un pasado truculento y violento más nunca se imaginó que el asesinato entre ellos estuviera incluído en él, ¿qué demonios les había sucedido a sus guerreros? Una infinita tristeza se posesionó de su corazón al sentir la súbita desolación que se reflejaba en la voz de Shura.
-Este chico me agrada-interrumpió Ares viendo burlonamente a la diosa-Un maldito sanguinario igual que yo. Solo por eso te daré el honor de ser enviado al Infierno a manos de un dios, ¿estás listo?-preparando su ataque el dios de la guerra cayó en cuenta de algo que no había notado antes-¿No piensas abrir tus ojos para pelear conmigo? ¿Tan confiado estás que puedes derrotarme?
-Aún si mis ojos funcionaran no habría mayor diferencia-contestó con amargura el cabrito de oro-No los necesito para vencerte.
-Así que estás ciego. Te advierto que ese detalle no me interesa, de todas maneras esta noche será la última que pasarás en el mundo de los vivos-los ojos rojos de Saga centellearon con sed de sangre mientras iniciaba el ataque contra el Capricornio.
Continuará…
Rápidamente chicos y chicas…
Mis más sinceros agradecimientos por continuar leyendo y opinando. Dama de las Estrellas (mi estimadísima Rebe ^^), Kisame Hoshigaki, Chris, Leonis (Sandy XD), RIAADVD, Anonymous-anonimo, Leika-Kannon, Alfa, Tisbe, Sanae y ELI251. Besos y abrazos para todos ustedes.
Chris: ¿Ves? Esta vez no tardé mucho en actualizar, espero que el siguiente capítulo tampoco lleve demasiado tiempo. Shura, Shura, Shura…parece que el cabrito se robo la escena en el capítulo anterior jeje, pero es que hay algo ahí, ¿qué será? Esperaremos para ver. Bueno, ahora sin jabalí los santos están listos para la siguiente misión, aunque primero se detendrán un ratito en Atenas. Gracias por tus palabras de apoyo. Espero que estés bien y te mando muchos saludos.
Tisbe: ¡Hola Tis! Advertencia: No confíes demasiado en Artemisa y en ningún otro dios del Olimpo jajajaja, pero bueno, a lo mejor alguno bueno hay por ahí que se me escapa. No sé que decir de Shura, la verdad es que este capítulo y el anterior ya dan una idea de lo que sucedes, aunque ¿está sucediendo algo? Si tu dices ser morbosa, entonces yo lo soy más, jajajaja. ¡¡Besos!!
ELI251: ¡Saludos Eli! Aquí dándote la bienvenida. Siento haberte hecho sufrir con Aioria y Máscara, pero ya verás que también hay momentos divertidos en algún punto. Gracias por tus comentarios y espero te haya gustado este capitulo. ¡¡¡Saluditos!!!
Se cuidan todos y nos leemos en el siguiente capítulo.
Sunrise Spirit
