Capítulo 18

El poder de un dios

Los opacos ojos de Shura permanecían fijos en el cuerpo de su compañero frente de él. No podían verle y sin embargo, al santo de Capricornio no se le complicaba distinguir al impostor que usaba a Saga para llevar a cabo sus maquiavélicas acciones. Sentía el poderoso cosmos de Ares envolviendo a Saga, aprisionándolo dentro de su propio cuerpo, esclavizando la ya de por sí atormentada alma del que fuese santo de Géminis, de la misma manera en que lo hizo durante trece largos años de sufrimiento y miseria para la Orden de Athena. Una a una las memorias regresaban a la mente de Shura avivando su deseo de venganza al recordarle cada gota de sangre que fue derramada sin más motivo que el placer del dios de la guerra.

Estaba dispuesto a pelear. Lo había hecho antes por un dios que no merecía los sacrificios hechos en su nombre, aquel que le había arrebatado su honor en el pasado y que ahora se erguía como el enemigo que amenazaba la recién hallada paz de su mundo; no le permitiría burlarse de ellos, no otra vez. Esta vez Ares pagaría por sus crímenes.

La más profunda oscuridad llenaba la mente del santo de Capricornio. Las luces que dibujaban las figuras de cuanta persona o cosa le rodeaba brillaban alertagadas brindándo una leve aura de luz a aquel pozo sin fondo. Una blanca esencia identificaba a la diosa de la sabiduría mientras que la energía carmesí cual sangre fresca le señalaba la presencia del Ares. Resultaba irónico observar el cosmos de Athena severamente agitado contrastante con la terrorífica tranquilidad del aura del dios de la guerra que poco a poco iba aumentando hasta constituirse en una enorme muralla frente a Shura. Sintió como la calma llegaba a su fin dando inicio a una tormenta de la que no sabría si saldría con vida o no, pero no retrocedería. Jamás daría marcha atrás.

El aura carmesí se tornó en un cometa que se dirigía a toda velocidad hasta él dejando un siniestro rastro a su paso. Ares daba inicio a su ataque. Embistió a Shura usando la velocidad que le permitía el cuerpo humano que utilizaba, la lanza buscaba con ansiedad rasgar la carne del contrario para alimentarse de la sangre que sería derramada, más el santo logró evadir el golpe con extrema facilidad. El polvo se levantó bajo los pies de Saga que se deslizaron sobre la tierra suelta del campo de entrenamiento al mismo tiempo que sus ojos seguían la ruta de escape del señor de Capricornio. Con evidente sorpresa descubrió que Shura se había situado ya detrás de él preparando el inminente ataque.

¡JUMPING STONE!

Ares cerró los ojos al darse cuenta que volaba sin control por los aires para luego sentir su espalda impactando contra una serie de árboles rompiéndoles a su paso. Shura aterrizó con una sonrisa en sus labios. El primer golpe fue suyo.

El oscuro agujero hecho por camino de troncos rotos por los cuales había pasado el cuerpo de Saga no daba señales de movimiento, más el santo de Capricornio sabía que un simple ataque no detendría al que fuese santo de Géminis y, por lo tanto, mucho menos a Ares. Esperó pacientemente en busca de una respuesta. En sus oídos escuchaba los latidos desbocados de su propio corazón que vibraba por la incertidumbre de un contragolpe que ocurriría en cualquier momento, estaba seguro que Ares les observaba desde la oscuridad como un león que acecha a su próxima víctima. Nada en el lugar parecía tener movimiento, ni siquiera la silueta de la diosa de la sabiduría sufría algún cambio. Todo parecía constante.

-¡Señora Athena!-los gritos de los guardias que comenzaban a aglomerarse debido al escándalo ocasionado sacaron de concentración a Shura y a la misma diosa.

Por inercia llevaron sus miradas hacia los hombres que contemplaban estupefactos la escena frente a ellos. Ares no dejaría pasar esa oportunidad. Una lluvia de energía en forma de dagas voló desde los adentros del bosque iluminando con una potente luz purpúrea el lugar completo. Auxiliado por su velocidad y sus instintos Shura alcanzó a esquivar el cortante filo de la bélica energía mientras que Athena logró detenerlos con un rápido movimiento de Niké consiguiendo ambos salir ilesos del traicionero ataque. Más fue entonces cuando ambos parecieron reaccionar. Voltearon para ver como la marea de cuchillas avanzaba sin piedad hacia el grupo de soldados situados a la entrada del templo. Era demasiado tarde, de ninguna manera conseguirían llegar a tiempo para salvarles.

¡KAHN!

Un poderoso escudo dorado se dibujó alrededor de los guardias quienes, por instinto cerraron los ojos al ver las dagas de Ares chocar contra el campo de energía que les protegía desapareciendo con el impacto. De la boca de Athena escapó un suspiro de alivio al distinguir detrás de sus tropas las majestuosas siluetas de Shaka y Aldebarán irguiéndose orgullosos como los guerreros del rango que eran.

-Disculpe usted la tardanza, señora-habló con desenfado el santo de Tauro situando sus ojos en la distante figura de Saga que se mostraba desde los límites del bosque.

-De aquí en adelante nos haremos cargo junto con Shura-se dejó oír la calmada voz de Virgo.

El retumbar de una burlesca carcajada interrumpió a los santos. Ares reía sin control aparente tomando de nueva cuenta el perverso aire maníaco que por muchos fue el rostro de Saga. Ni Shaka ni Aldebarán pudieron ocultar el ligero temor que les invadió al recordar aquel trastornado gesto que reaparecía trayendo de vuelta la pesadilla hasta hacía poco habían vivido. Saga cubrió su rostro con una de sus manos sin dejar de reír.

-Más insectos que aplastar-dijo con una tétrica voz mientras que el rojo de uno de sus ojos escapaba a través de sus dedos.

El resplandor casi blanquecido que se aproximaba a él a una velocidad impresionante borró la sonrisa de sus labios haciendole moverse con rapidez para evitar el contacto. De reojo alcanzó a distinguir como los árboles y la tierra a sus espaldas se partían en dos con increíble precisión; inclusive en su brazo derecho sintió el ardor de una herida abriéndose. Unas cuantas fibras de cabellos azules volaron por los aires cayendo sobre las gotas de sangre que emanaban de su brazo lastimado. Ese ataque ya lo había visto antes. Sus rabiosos ojos se dirigieron al dueño de la espada más filosa de todas: Excalibur.

-Estás peleando conmigo…no lo olvides-el tono ronco de Shura le provocó nauseas. Un estúpido mortal casi le había tomado por sorpresa obligándole a esquivar el golpe. Él, el poderoso dios de la guerra, no huía del enemigo y tampoco evitaba ataques. Él era capaz de detenerlos o absorber la potencia de aquellos golpes que en nada podían compararse con los suyos.

Aldebarán y Shaka avanzaron un par de pasos para involucrarse en la pelea que se libraba sin embargo una voz dentro de ellos les obligó a detenerse. "Les suplico que permenezcan al lado de los soldados, velen por la seguridad de todos y cada uno de ellos. La traición de Ares no tiene fin y estoy segura que en cualquier descuido no dudará de terminar con sus vidas." Al ver a su diosa notaron la preocupación que despedían los ojos grises de la joven, y es que no podía evitarlo. Conocía los modos de Ares lo suficiente como para asegurar que no dudarían en atacar a la ciudad entera de ser necesario. Ambos santos intercambiaron miradas y, a pesar de no estar convencidos de la decisión que estaban tomando, obedecieron. Se plantaron al frente del grupo de hombres manteniéndose alertas al desarrollo de la batalla.

Los pies de Saga se afirmaron en el piso mientras sus manos apretaban con rabia la lanza que sostenían mientras la roja sangre corría por su brazo hasta resbalar por la poderosa arma. Se había cansado de jugar, así que ahora pelearía en serio.

-¿Sabes por qué soy temido por ejércitos enteros y aún por los mismo dioses?-preguntó con presunción al santo de Capricornio-Porque tengo el poder de ganar guerras por mí mismo, mi poder radica en la destrucción de mi enemigo desde adentro.

Shura frunció el ceño sin comprender del todo el sentido de las palabras del dios de cabellos chocolate. Bah…realmente no le importaba mucho, se había dado cuenta que tenía el suficiente poder como para pelear de tú a tú con un dios afianzando su confianza en que tendría alguna oportunidad de derrotarlo.

¡EXCALIBUR!

Decenas de afilados rayos de luz salieron de todas direcciones con la intención de atrapar en alguno de ellos al dios de la guerra. En el mapa dentro de su cabeza, Shura apreciaba perfectamente los movimientos tanto de su espada como de Saga evitando el filo de ella, tenía que admitir que Ares se movía a una velocidad realmente impresionante. De repente desapareció. Frente a él no divisaba más que la energía de Excalibur danzando en el aire más ya no había rastro de su enemigo.

-¡Shura!-el grito de la diosa le puso en alerta, aunque era demasiado tarde.

-Te tengo-escuchó la voz de Saga murmurando a sus espaldas antes de sentir el punzante dolor que golpeó su espalda haciendole perder el control sobre sí mismo.

Shura cayó al suelo pesadamente. Apretó los puños mientras intentaba ponerse pie; la rabia y la frustración de saberse vulnerable ante la fuerza de Ares le nublaba la razón. Todo ese tiempo el dios de la guerra se había burlado de él haciéndole pensar por un momento que sus poderes eran equiparables cuando en realidad no había comparación entre ellos. El último golpe de energía no solamente había dañado su cuerpo, sino que de algún modo parecía desestabilizar sus cosmos, ¿era ese el poder del dios de la guerra? ¿A eso se refería cuando dijo que su poder residía en el atacar desde adentro? Atacaba el físico pero también destruía el interior de sus enemigos.

-No te mataré de inmediato, creo que será divertido observar lo que puedes hacer sin ayuda de tu cosmos-probablemente era debido al miedo que sentía pero la voz de Saga parecía venir de todas direcciones.

El problema de no poder controlar al cien por ciento su cosmos no radicaba en la fuerza de sus ataques, sino que le arrebataba la oportunidad "ver" a pesar de su ceguera. Fue como si de pronto las siluetas que era capaz de percibir se convirtieran en sombras que pasaban desapercibidas en la oscuridad; de repente se encontró en el vacío de las tinieblas. Jamás lo admitiría, pero estaba aterrorizado. De por sí ya estaba en desventaja y ahora su situación se agudizaba. Tenía que encontrar una solución…y tenía que hacerlo rápido.

Algo dentro de él brincó obligándole a moverse del lugar donde se encontraba, una fracción de segundo después escuchó un golpe seco. No podía ver pero adivinó que Ares había golpeado el punto exacto donde estaba, sin embargo la pregunta surgió en su mente ¿Cómo había conseguido adivinar las intenciones del dios? En su mente se rebobinaron los recuerdos para que los analizara. Lo tuvo.

Tal vez carecía del sentido de la vista, más su oído se había afinado de forma impresionante. Las memorias de todas las ocasiones en las que su sentido del oído le había ayudado desfilaron en su cabeza, y si alguna vez necesitó de su capacidad de poder escuchar ese era el momento. Un crujido en el suelo le puso en alerta, alguien se aproximaba a él y a juzgar por la presión de la pisada era un hombre. Tenía que ser Ares.

Esperó hasta el último momento antes de evadir por segunda vez el impacto. Había solucionado la cuestión primordial, sin embargo sabía que no podía pasarse la noche completa huyendo de Ares; eventualmente tendría que atacar si quería derrotarlo y salir vivo.

-Así que haz encontrado la manera de compensar tu ojos-escuchó la burlona voz de Saga-Pero no pienses que eso será suficiente para vencerme, solamente conseguiste alargar el juego un poco más.

Athena observaba con el alma en un hilo. Se había mantenido al margen para no representar un estorbo para Shura, pero los últimos movimientos del santo de Capricornio no pasaron desapercibidos para ella. Sabía que algo malo estaba pasando. Era como si el peliverde se hubiera perdido, cómo si todo su plan de pelea estuviera estropeado; y ya entendía por qué. En ese momento Shura esta realmente ciego.

Ares observaba a la distancia al cabrito dorado de la misma forma en que el cazador disfruta tener atrapada a su presa. Medía cuidadosamente las posibilidades de ataque y las reacciones del Capricornio, se había propuesto no fallar nuevamente. Cinco diminutas esferas de energía roja aparecieron sobre cada uno de los dedos de su mano derecha, a pesar de su tamaño brillaban con fuerza. Extendió los dedos ligeramente haciendo que las bolas de energía salieran disparadas en diferentes direcciones, sin importar para donde se moviera Shura al menos una de ellas le atraparía.

-¡Shura!-el grito de Athena resonó en el silencio de la noche seguido de la explosión de la energía que golpeó al santo.

Un resplandor tan fuerte como la luz del día iluminó la oscuridad de la noche por un breve instante. Cuando la luz se difuminó lo único que alcanzaba a distinguirse era una enorme nube de polvo que se levantaba en el punto de impacto, era tan densa que resultaba imposible distinguir más allá de ella. El viento comenzó a llevarse el humo limpiando lentamente la neblina ante la atenta mirada de Ares. No iba a negarlo, había sido divertido. Avanzó un par de pasos para acercarse a contemplar su obra, pero de pronto se detuvo en seco.

A través de la cortina de polvo unos finos rayos dorados se filtraban. Al principio eran casi imperceptibles, sin embargo conforme se disipaba eran más y más visibles; y no era solo luz, un poderoso cosmos era el causante de aquel resplendor color oro. Los ojos verdes de Saga se fijaron en el lugar esperando ansiosos poder presenciar la realidad escondida detrás de la nube, algo le decía a Ares que la batalla no había terminado aún.

Poco a poco vio surgir la cabeza de Niké de entre la niebla de polvo; ahí, frente a él, la diosa de la guerra justa se encontraba de pie protegiendo a su guerrero. El aura dorado de Athena les envolvía a ambos creando un invisible escudo que les había protegido del terrible impacto del golpe de Ares. De un pequeño corte en el brazo derecho de la deidad escapaba una hilera de sangre divina que corría por el antebrazo hasta caer en la tierra del campo de batalla, no había salido ilesa, pero consiguió salvar la vida de su santo. Ares sonrió con malicia, después de todo no era algo común derramar la sangre preciosa de Athena.

-Shura…-habló la diosa de cabellos negros sin quitarle la vista de encima a Ares-¿Cómo detuvieron a Ares en su época?

El santo de Capricornio palideció levemente al escuchar la pregunta. Dudó si debía o no responder puesto que, a pesar de no haber estado presente, sabía a la perfección el resultado de la dura y cruenta batalla en las doce casas.

-Shura, responde ahora. No tenemos mucho tiempo-ordenó la joven.

-Saga…Saga tomó su propia vida para detenerle-contestó en medio de un susurro apretando el puño con frustración.

Como si el filo de una espada desgarrara su pecho, la señora de la sapiencia sintió su corazón oprimirse dentro de ella. Involuntarias lágrimas llenaron sus ojos nublándo parcialmente su visión pero haciendo hervir su sangre con ira. Aquello era demasiado. Esa noche se habían revelado varios de los secretos más trágicos en su Orden de Élite, ¿Cuántos más le faltaban por descubrir?

-¿Por qué?-balbuceó con voz temblorosa sin poder contener el llanto-¡¿Quién se ha ensañado tanto con ustedes?!-gritó con profunda pena.

Clavó el báculo de Niké en la tierra bajo sus pies desatando una ola de ondas doradas circulares que se expandía desde el punto de origen hasta todos los rincones del campo. Con cada onda que pasaba debajo de Saga una descarga eléctrica atacaba al geminiano poseído por Ares inmovilizándole. Sabía que le hería, sabía cuanto dolor estaba experimentando Saga en ese momento, pero ya no tenía opción; sin importar cuando había intentado no hacerle daño, había llegado a un punto donde alguien más saldría herido si ella no hacía nada.

La lanza de Ares cayó el piso ante la incapacidad del dios de mantenerla en su poder a causa de la energía que le tenía preso. Athena soltó el báculo sagrado que se mantenía erguido sobre el terreno y creando un par de esferas de energía en sus manos avanzó lentamente hasta situarse justo frente al cuerpo de su santo de cabellos azules.

-¡Señora Athena!-la joven volteó para encontrarse con Shaka y Aldebarán que observaban desde la salida del templo indecisos entre seguir órdenes o intervenir a favor de la diosa.

-Manténganse fuera de esto-les dijo para después situar sus manos sobre las sienes de Saga.

Una potente luz rodeo el cuerpo del santo que se retorció ligeramente por el toque de la energía purificadora de la señora de la guerra justa. Cayó al piso apoyado sobre sus rodillas y manos que mostraban quemaduras a causa de la corriente eléctrica utilizada por Athena con anterioridad. La regente de Atenas se hincó a su lado.

-Puedo ayudarte a expulsarlo de tu cuerpo temporalmente, pero solamente tú puedes mantenerlo fuera de ti, Saga. Tu voluntad es lo único que puede mantener a Ares lejos de ti y tus compañeros-dijo murmurándole al joven peliazul mientras acariciaba sus cabellos con ternura.

Saga respiraba agitado y su cuerpo sufría pequeños espasmos debidos a la posesión y en parte al terrible sentimiento de impotencia que le embargaba. No estaba asustado, estaba aterrorizado. En esta ocasión era diferente, ahora recordaba perfectamente cada una de las acciones que Ares cuando dominaba su cuerpo. Era un espectador más, uno que era manejado cual títere por el dios de la guerra. Su mente se encontraba despierta, sin embargo su cuerpo no le respondía.

Saga alzó una de sus manos para sostener el brazo de su señora. Con la cara aún agachada, la diosa no pudo percibir la sonrisa malévola que curvó los labios del joven nuevamente. Con una mano apretó la muñeca de Athena y con un rápido movimiento tomó con la otra la lanza que se encontraba a poco centímetros de ella. La diosa no salía de su sorpresa, habría jurado que consiguió detener a Ares. La jaló con tanta fuerza que no le fue difícil tenderla sobre la tierra mientras que alzaba la lanza para hundirla en el pecho de Athena.

Un punzante dolor en su hombro derecho detuvo a Ares seguido de otra punción en el bíceps del mismo lado. Llevó sus ojos hacia esas zonas para ver con asombro un par de flechas clavadas en su cuerpo de cuyas heridas brotaban roja sangre. Alzó la vista para distinguir detrás de Shura los cabellos castaños de Aioros que eran mecidos por el viento al mismo tiempo que los ojos azules del arquero atravesaban a Saga con mayor fiereza que las flechas que habían cortado su carne unos segundos antes. El santo de Sagitario tenía ya preparada una tercera flecha en el arco listo para dispararla en el momento en que fuera necesario mientras que su alrededor los otros seis santos se encontraban en alerta máxima.

-Ustedes…-se dirigió Kanon a los demás santos que esperaban detrás de él-No se metan en esto, Aioros y yo nos haremos cargo.

Kanon y Aioros intercambiaron miradas y, cómo si supieran lo que pasaba por la mente del otro, pusieron en acción su plan. El segundo gemelo corrío hacía donde se encontraban los dos dioses para alejar a Athena el lugar, todo bajo el resguardo del arquero dorado. Si Ares era un maestro con la lanza, Aioros era un genio con el arco. En cuestión de instantes, dos flechas más se clavaron en el hombro y bíceps izquierdos de Saga y un par más en una de sus piernas. A pesar del ardor que le causaban las heridas, Ares disfrutaba el momento. Había conseguido enfrentar a los guerreros de Athena llevándolos al extremo de herir a uno de sus compañeros con el fin de salvaguardar la seguridad de la que fuera su princesa, sin duda jugar con los sentimientos de esos mortales era de lo más entretenido que había hecho en los últimos días y bien valía la pena el dolor inflingido.

El ex marina tomó del brazo a la diosa ayudándole a ponerse de pie para llevarla a una distancia prudente del bélico Ares, sin embargo apenas habían avanzado un par de pasos cuando un golpe de energía les hizo tropezar. Detrás de ellos Ares había arrancado las flechas del cuerpo de Saga y, a pesar de la debilidad que comenzaba a hacer mella en él, se las ingenió para lanzar un ataque a Athena y Kanon que, aunque no alcanzó a golpearles directamente, si les hizo trastabillar.

Su instinto como santo de Athena llevó a Kanon a proteger ala diosa cubriendola con su propio cuerpo, sin importar lo que le sucediera la prioridad era mantener a la diosa sana y salva. Alzó la vista para ver a Aioros a unos cuantos pasos de donde ellos estaban, no podía afirmarlo con seguridad pero juraría que vió dudas en los ojos cerúleos del arquero; bien podría disparar una flecha y terminar de una vez por todas no solo con la pelea sino también con la vida de Saga, más Kanon sabía que Aioros no podría. No era capaz de arrebatarle a su hermano de la misma forma en que Saga le había arrebatado de Aioria.

Cuando una de las flechas del santo de Sagitario pasó extremadamente cerca de ambos, Kanon supo que Ares estaba ya a espaldas de él. Volteó para encontrarse con un rostro idéntico al suyo, unos ojos tan verdes como los propios pero que brillaban con un odio que nunca había visto en ellos. Un desfile de imágenes atrevesó su mente, desde los dulces recuerdos de su infancia hasta las amargas vivencias que sellaron su destino unos años atrás, y en ninguna de ellas recordó haber leído la maldad en los ojos de su gemelo.

-Vaya, los gemelos de Gémenis se reencuentran-Ares sonrió sardónicamente inspeccionando cada uno de los gestos de Kanon-¿Estás feliz de ver a tu hermano así?

-Maldito-escupió entre dientes el ex marina apretando con furia sus puños.

-¿Maldito dices? ¿Qué te parece? Después de todo tus palabras se han cumplido-Kanon se puso de pie para ver cara a cara al enemigo que habitaba dentro del cuerpo de su hermano-¿No recuerdas? Permíteme refrescar tu memoria. Cabo Sunión, unos quince años antes de tu época. Tus palabras exactas fueron: "Si tú me llamas maligno, tú también eres maldito porque somos de la misma familia."

Kanon se congeló. Recordaba perfectamente el momento al que el dios se refería, aún sentía el olor del salitre en su nariz y reconocía aquella mirada que recién había visto en Saga. Era la misma. Esos ojos inyectados en maldad, esa mueca de odio que reflejaban sus labios, ese cosmos infernal que terminó con la vida de su hermano. Fue el día en que Saga le encerró en la prisión de Cabo Sunión, justo después de negarse a usar su poder para terminar con la vida de Athena y conquistar al mundo; ese día Kanon había maldecido a su hermano con esas mismas palabras…

"Si tú me llamas maligno, tú también eres maldito porque somos de la misma familia"

Una y otra vez la frase resonó en su cabeza. Las palabras prohibidas que despertaron el alma del dios de la guerra que dormía dentro de Saga. El inicio de una tortura interminable para el santo de Géminis.

-Veo que te has acordado-le interrumpió Ares con burla-¿Sabes algo? Quizá resulte curioso, pero Saga no ha olvidado ni un solo segundo de lo que sucedió en Cabo Sunión. No pasa un solo día que no maldiga tu existencia y esa enorme bocaza tuya, basta con ver tu rostro para recordarse a sí mismo la basura que es y para darse cuenta que no hay nada que pueda hacer contra mí. Sí, tú me invocaste. Gracias a ti Saga no es más que un simple contenedor para mi alma. Debería agradecerte, porque además de Saga, tú eres el mejor aliado que tengo dentro de las filas de Athena.

Cada palabra ardía como si fuera una quemadura dentro del alma de Kanon. Le dolía insospechablemente saberse el culpable de la miseria de su hermano, pero era el rencor de Saga lo que le mataba en vida. No esperaba que olvidara, porque ni siquiera el mismo podría dejar ir algo de semejante magnitud; sin embargo llegó a pensar, ingenuamente, que Saga al menos le había perdonado, que ya no le odiaba y que estaba dispuesto a darle una segunda oportunidad. Sus ojos se humedecieron con las lágrimas que no tardarían mucho en correr por sus mejillas, apretó los dientes con rabia para exteriorizar de alguna forma sus sentimientos, sacudió la cabeza tratando de sacarse las declaraciones del dios de sus oídos. Poco le importó lo que sus compañeros pensaban en aquel instante. Si le odiaban estaba bien, si le compadecían también; eso era lo de menos. Tampoco le interesaba el dolor que se hacía palpable en el semblante de Athena, el que ella sufriera no le devolvería a Saga.

Solo quería una cosa en el mundo: a su hermano. Deseaba tirarse a sus pies para suplicar su perdón; necesitaba escuchar de sus labios que el pasado era solo eso…pasado. Sin embargo el hombre frente de él no era su hermano, quizás lucía y sonaba como él, pero aquel rostro deformado por la maldad no podía ser el de Saga. Estaba dispuesto a dar su vida por recobrar la de su hermano, por ver una última vez los tristes ojos esmeraldas de Saga; lo daría todo por devolverle la paz que él le había arrebatado a causa de su egoísmo y de su sed de poder.

-Basta-suplicó Athena con voz ahogada en sollozos y la mirada llena de odio al notar la desesperanza que invadía lentamente al gemelo menor-¿Por qué tienes que ser tal cruel?

-Tal vez tu santo de Géminis pueda contestar esa pregunta, ¿no lo crees así, estimado hermanito?-el sonido de esa palabra en los labios de Ares lanzó un escalofrío por el cuerpo del gemelo menor quien solamente atinó a mirarle con desprecio- "Los fuertes deben tener lo que quieren" ¿Cierto, Kanon?

Ya no pudo más. En aquel instante la diosa pudo observar como la mirada de Kanon parecía morir lentamente hasta dejar nada más que vacío en sus ojos verdes. Tomando ventaja del derrumbe emocional de Kanon, Ares atacó nuevamente. Dirigió con fuerza su lanza en dirección a la diosa de la sabiduría, la tenía justo donde quería y al final, la victoria sería suya. Las gotas de sangre comenzaron a correr rápidamente por la lanza para luego caer al piso formando pequeños charcos al mismo tiempo que el inmaculado blanco de las vestiduras de Athena se teñía con manchas de color escarlata. La señora de la sabiduría llevó sus ojos grises a la figura que estaba frente a ella.

Ahí, de pie y usando su cuerpo como escudo, Kanon se había interpuesto en el ataque permitiendo que la lanza de Ares atravesara su cuerpo en vez del de la joven pelinegra. Con una de sus manos se aferraba al arma para impedir que continuara avanzando a través de él y tocara a su señora. Ares miraba impávido. Le resultó imposible distinguir en que momento Kanon se había metido entre él y Athena, pero ahí lo tenía como prueba que el gemelo había encontrado la forma de detenerle.

Kanon alzó el rostro. Extrañamente no sentía dolor ni tampoco estaba asustado, solo quería ver una vez más la cara de su hermano. Cuando sus ojos verdes se encontraron, el ex marina no pudo evitar sonreír con tristeza, aquellos no eran más los ojos de Saga. Extendió su mano temblorosa para tocar con la punta de sus dedos la mejilla de Saga.

-Saga…abre lo ojos-murmuró exhausto.

Abandonado por las fuerzas, Kanon cerró los ojos. Un silencio sepulcral invadió el ambiente. Ninguno de los presentes daba crédito a lo que sus ojos veían, la impactante escena aún parecía falsa e irreal al punto que le impedía pensar con realidad en la magnitud de lo que presenciaban.

Poco a poco la lanza fue desvaneciendose mientras que Ares se veía obligado a retroceder un par de pasos. Antes de que el cuerpo inconsciente de Kanon golpeara el piso, la diosa de la sabiduría consiguió sostenerlo acostándolo con suavidad sobre el polvoso suelo para luego hincarse a su lado. Sin dudarlo ni un segundo comenzó de inmediato la curación de las heridas con ayuda de su cosmos, poco lo importaba tener frente a ella a Ares o lo que este estuviera haciendo, ahora su atención permanecía única y exclusivamente a Kanon.

-Por favor, Kanon…-murmuraba con desesperación sin quitarle la mirada de encima-No mueras, no te atrevas a morir aquí.

Las níveas manos de la diosa descansaban sobre el abdomen abierto del santo de Géminis cubriéndole con un aura dorada y manchándose con la sangre que emanaba de él. Cuando una transparente lágrima cayó sobre su brazo supo que estaba llorando, lloraba sin control y sin tener la facultad de detener las saladas gotas que rodaban por sus mejillas. Apenas alzó los ojos para distinguir como, frente a ellos dos, se enfilaban las regias figuras de sus santos dorados.

-Athena, usted encárguese de Kanon, por favor. Nosotros les protegeremos de Ares-no le vio con claridad, pero Athena podría jurar que vio un par de lágrimas traicioneras corriendo por la cara de Dohko, y era entendible; el santo de Libra había presenciado como sus jóvenes compañeros caían lentamente en desgracia y él solo participaba como un simple espectador.

Ella volvió a bajar la mirada hacia el cuerpo severamente herido de Kanon. Su respiración era apenas perceptible y la sangre abandonaba su cuerpo rápidamente dándole a su piel bronceada un pálido toque amarillento a causa de la hemorragia.

Mientras tanto los santos escrudiñaban cada movimiento de Ares. Una vez ya había fingido abandonar a Saga, por lo que no tenían certeza que en esa ocasión fuera diferente. Pero la seguridad de Ares había desaparecido. Tembloroso, Saga retrocedió llevándose las manos a la cabeza; sentía que el mundo le daba vueltas, un nudo dentro de su garganta le impedía respirar, su cuerpo se sentía pesado y las nauseas comenzaban a afectar su estómago. Cayó de rodillas sin levantar la mirada. Su agitada respiración se escuchaba claramente en la fúnebre afonía de la noche, ni siquiera sabía si estaba vivo o estaba muriendo, lo único que pasaba por su mente eran la cruentas imágenes de Kanon siendo atravesado por la lanza de Ares y el cálido toque de sus dedos que parecía quemar sus mejillas. Soltó su cabeza para meter las manos tratando de evitar que la inercia de su cuerpo que caía le hiciera estrellar la cara contra el piso, su vista se clavó la tierra de color marrón debajo de él. Pequeñas manchas de un café mas oscuro se iban dibujando sobre la tierra debajo de él; no eran sangre…eran lágrimas. Las pruebas físicas del infinito dolor que le invadía caían ahí frente a sus ojos al mismo tiempo que un sollozo ahogado escapó de su garganta seca. Apretó los ojos con fuerza negándose a alzar la vista para llevarla hacia su hermano. No quería ver la obra de sus propias manos. No quería presenciar el fruto de su debilidad.

-Kanon…-alcanzó a decir con voz ahogada tensando la mandíbula con impotencia. Cerró los puños clavando las uñas en el áspero piso sin importarle que las puntas de sus dedos y los nudillos fueran desgarrados por los granos de tierra.

El toque cálido de una mano posándose sobre su hombro detuvo los involuntarios espasmos que recorrían su columna infundiéndole fuerza para alzar la mirada confrontando a quien tenía a su lado. Sin vencer por completo al temor fue levantado poco a poco la cabeza. Alcanzó a distinguir unos cuantos mechones de cabello castaño y unos segundos después se vio reflejado en un par de ojos turquesas que le miraban con una compasión y ternura que no había sentido en años. Dohko no pronunció una sola palabra. Acarició con cariño paternal los largos cabellos azules permitiéndole ser su apoyo, sabía que esa noche sería una de las más difíciles en la vida de Saga.


El golpeteo de los ágiles pasos al subir las escaleras que llevaban al salón del juicio era lo único que podía escucharse en medio del siniestro silencio. Perséfone se deslizaba graciosamente envuelta en una capa negra que escondía su divina figura de la vista de aquellos que podían representar una amenaza a sus planes. Tan pronto se cercioró de que la sala del juicio se encontraba completamente vacía se aproximó al antiguo libro en cuyas hojas se encontraba escrito el destino de todas las almas de los muertos. Abrió el mítico archivo sin titubear y pasó su dedo índice por los miles de nombres buscando entre ellos a los dos santos de Athena. Sus ojos iban y venían leyendo lo más rápido posible el contenido de las amarillentas hojas, por ello le resultó imposible distinguir una sombra que se acercaba a ella desde la oscuridad.

-¿Puedo ayudarla en algo, señora Perséfone?-le dijo una voz masculina con sumo respeto.

Los ojos rosas de la emperatriz del Inframundo miraron de reojo al hombre que se encontraba a su lado. Se había cuidado de no demostrar ningún tipo de exaltación a pesar de haber sido sorprendida leyendo lo que se suponía prohibido para cualquiera en el Infierno, más siendo ella la dueña y señora de ese lugar, no estaba dispuesta a demostrar arrepentimiento o temor.

-No necesito ayuda Minos, puedes retirarte-contestó sin quitar los ojos del libro.

Aquel hombre que la acompañaba no era otro más que Minos, uno de los tres jueces del Infierno. A diferencia de Eacos, Minos era mucho más joven y sus rasgos eran mucho menos severos; sus ojos negros y cabellos negros contrastaban con la blancura de su piel, pero más que darle un aspecto siniestro le brindaban un semblante de inmensa tranquilidad.

-Usted disculpará mi insistencia, señora, pero debo recordarle que el libro que usted tiene en sus manos representa uno de los mayores secretos del Inframundo y, por orden del señor Hades, se encuentra prohibido que alguien ajeno a él o yo lea su contenido-un brillo de rigidez iluminó sus ojos.

Perséfone continuó su lectura haciendo caso omiso de las palabras del juez del delicadeza pasó una de las maltrechas páginas antes de responder nuevamente a Minos.

-¿Tengo que recordarte con quien estás hablando? ¿Crees que como reina del Inframundo seré capaz de poner en peligro el poderío de mi querido esposo?-Perséfone sacó sus ojos del libro y recogiendo con sus manos un mechón de cabello verde que le estorbaba miró fijamente al hombre-¿Estás poniendo en duda mi lealtad, Minos?

El pelinegro calló. No estaba dispuesto a decirlo en voz alta y mucho menos a la mismísima Perséfone, pero ya de por sí resultaba sospechosa la presencia de la diosa ahí en pleno verano y más ahora que la había encontrado leyendo el libro de los muertos ni siquiera estaba seguro que Hades sabía de la presencia de la reina en sus territorios.

-Nunca fue mi intención poner en tela de juicio su nombre, mi señora-el juez le ofreció una reverencia a la deidad, cosa que ella pasó por alto para continuar su búsqueda-…Sin embargo es mi deber vigilar ese libro, si el señor Hades se entera…

-No debes preocuparte, Minos, sabes que la señora Perséfone es de mi entera confianza-la voz del dios del reino de los muertos hizo acto de presencia entre ellos.

Esta vez Perséfone no pudo evitar que el ritmo de su corazón aumentara al escuchar a su esposo entrando a la habitación pero, a pesar de que los nervios la carcomían por dentro, no interrumpió sus acciones y continuó escaneando con la vista la infinita lista de nombres que tenía en sus manos. Los pasos de Hades delataban su posición, lentamente se acercaba a la diosa aunque era de notarse la parsimonia con la que avanzaba.

-Puedes retirarte-ordenó el señor de las tinieblas a Minos acompañando sus palabras con un movimiento de su mano.

El juez no dudó ni un segundo en seguir la orden de su emperador y así como se mostró desapareció dejando en completa soledad a la pareja real. La tensión en el ambiente era palpable. Ninguno de los dos se dirigía la palabra, Hades permanecía con los ojos oscuros fijos en su mujer mientras ella no quitaba la vista del libro sin inmutarse de sus acciones.

-¿Qué es lo que buscas con tanto deseo en el libro?-preguntó él.

-Un madre desesperada me ha pedido ayuda-mintió Perséfone-Sus hijos se han perdido en el bosque y con el transcurso de los días la esperanza de encontrarlos con vida se ha ido desvaneciendo, por eso ella me ha solicitado que le diga si debe o no resignarse a su pérdida. Pensé que si los niños están muertos sus nombres estarían en el libro del juicio.

-Eres demasiado misericordiosa e inocente, mi pequeña Perséfone-Hades la abrazó por la espalda y descansó su cabeza sobre el hombro de ella-Pero deberías de abandonar tu búsqueda…

Perséfono sintió que la sangre en las venas se le helaba debido al tono burlesco de Hades. El dios de cabellos oscuros depositó un tierno beso en la mejilla de su esposa para luego llevar sus labios hasta el oído de ella.

-Esos "niños" cuyo destino escudriñas insistentemente no se encuentran en el libro-le dijo-Me temo que su "madre" está de suerte, porque ellos no han muerto…aún pertenecen al mundo de los vivos.

Continuará…


¡Zaz! Otro capítulo agridulce Pero espero les haya gustado. A quienes siguen la historia les agradezco: Kisami Hoshigaki, Chris, Sanae Koneko, Leonis, Dama de la Estrellas, ELI251, Leika-kannon, nina, Anonymous-Anonimo, sol angel dpl, Tisbe y Minelava.

Chris: ¿Qué tal Chris? El capítulo anterior fue mucho más diverso en comparación con este, sin embargo espero que te haya gustado el final de la batalla contra Ares. En el capítulo 16 tienes razón, terminó con la llegada de Artemisa, aunque no me explayé mas porque nada mas quería interrumpir el momento entre Shura y Athena y describir la posición de la diosa de la luna la respecto. También te comento que Golden Years no está terminada, de hecho me encuentro trabajando en un capítulo nuevo. ¡¡Saluditos!!

ELI251: ¡Hola Eli! Si ya Perséfone comenzó a actuar, aunque la cosas no resultaron exactamente como ella planeaba, pero al menos ya hay una pista que seguir. Lo de Shura y Athena te lo dejo en suspenso XD. ¡Saludos!

Nina: Bueno, nina ¿qué te puedo decir de Máscara y Aioria? Creo que final de este capítulo te da una idea de lo que se viene :P ¡Saludos!

Tisbe: ¡Hola amiga! ¡Ay! Pobre del Aioros, con lo mucho que sufre igual comenzaba a preocuparme que exageré su conducta sin embargo poco a poco ira hallando resignación. El cabrito y Athena, bueno, es una larga historia :P, pero de verdad que ojalá te haya gustado este capítulo nuevo. ¿Y qué te pareció el final? Muajajaja. ¡Abrazos amiga!

Minelava: ¡Hola Mine! Bienvenida al fic. Mira que este capítulo ya habla un poquito más del status del minino y el cangrejo XD. Lo que dices del estilo similar al de Sanae es un gran halago, puesto que la señorita Koneko es una de mis autoras favoritas ^^. Espero que te haya gustado este capítulo. ¡Saludos!

Me despido hasta el siguiente capítulo. Que estén todos bien y se cuidan mucho.

Sunrise Spirit