Dedicado a la Dama de las Estrellas
Por tantísimos motivos
¡Un besote Rebe!
Capítulo 19
Tentación
Perséfone se liberó del abrazo de su esposo llevando sus ojos rosas hacia el rostro del Rey del Inframundo. El angelical semblante de la diosa se turbó momentáneamente mientras que con la mirada reprochaba la burla por parte de su esposo; sin importar cuanto tiempo conviviera con él, Perséfone nunca se acostumbraría al maldito sarcasmo de Hades. El dios solo le sonrió con ironía al ver sus gestos de disgusto.
-No estoy de humor para tus bromas, Hades-le dijo la peliverde volviendo a concentrar su atención en el libro que aún sostenía celosamente en sus manos.
La sonrisa de Hades se ensanchó ante el comentario de su mujer. Se acercó a ella y, desde detrás de ella, pasó sus brazos para obligarla a cerrar el libro. El golpe del pesado manuscrito que se cerraba resonó en la vacía habitación sobresaltando ligeramente a la joven diosa quien miró por el rabillo del ojo al Emperador del Mundo de los Muertos. Al tenerla aprisionada entre la mesa y su cuerpo, Hades la tomó del mentón para obligarla a alzar la vista buscando que sus miradas se encontraran. Al perderse en aquellos ojos tan oscuros, Perséfone no pudo evitar sentir algo de temor. Con el tiempo había aprendido a amar a su esposo, pero eso no le impedía darse cuenta de la verdadera personalidad del dios de los muertos y, a sabiendas de ello, era consciente que con él no se jugaba.
-Mi querida Perséfone-la suave voz de Hades pareció hipnotizarla-Yo nunca bromearía con esos asuntos.
La besó en los labios con ternura para luego dirigirse hacia la puerta del cuarto. Perséfone permaneció de pie observando como la elegante figura de Hades desaparecía entre las sombras de la habitación dejándola sola y confundida. Miró el antiguo texto con desconfianza. No sabía que pensar. Llena de dudas volvió a abrir lentamente el libro de la vida repasando una y otra vez la infinita lista de nombres que contenía.
"Imposible" pensó abriendo los ojos incredulidad. Bruscamente cerró el libro para luego retroceder asustada. Instintivamente llevó su mirada a la puerta donde unos minutos antes se había perdido su esposo. Algo no estaba bien y solo una persona sabía tanto como el mismo Hades al respecto, aquel que por órdenes de Zeus se había convertido en su sombra. Había llegado el momento de prestarle una visita al dios de los mares.
Un suspiró escapo del cuerpo del dios de la Guerra cuando su espíritu regresó a él. Perezosamente abrió sus ojos chocolate al mismo tiempo que se movía con cuidado comprobando que todo se encontraba en orden. Con una mueca de fastidio se llevó la mano al hombro. Si bien su cuerpo físico permanecía intacto, la sensación que le ocasionaron los múltiples ataques de los santos de Athena no se borraba del todo de su mente y todavía podía sentir el ardor de su carne abierta. Se dejó caer reposando su espalda en el respaldo del trono exquisitamente decorado. Su mirada se perdió en la bóveda del enorme salón que le servía de refugio. Adornado con hermosos vitrales, el techo de cristal resplandecía con el brillo de la luna y el mar de estrellas; las épicas batallas narradas en el fino cristal parecían cobrar vida relatando las cruentas hazañas del dios de la guerra. Sin embargo, para Ares ninguna de ellas le había satisfecho tanto como su breve encuentro con Athena esa misma noche.
Sonrió con malicia recordando el bellísimo rostro de Athena bañado por las lágrimas, ese angelical semblante lleno de angustia y dolor jamás había sido más excitante para él y, a pesar de ello, nunca antes había sentido tantos deseos de destruir a la diosa de la sapiencia. Gruñó divertido al pensar que tuvo la victoria tan cerca y que de no haber sido por esa repentina demostración de coraje por parte de Saga el mundo ya no sería el mismo.
-La próxima vez será…-dijo al aire a tiempo que se ponía de pie. Estaba cansado así que necesitaba unas pocas horas de sueño para recuperarse.
-¿Te divertiste, cariño?-la femenina voz que le llamó captó de inmediato su atención obligándole a detenerse para mirar de reojo.
A un costado del trono, apoyando un brazo en el respaldo, Hera fijaba sus hermosos ojos azules en él. Los labios de la reina se curvaron con ironía al contemplar la sorpresa oculta en la mirada de su hijo favorito, la misma sonrisa burlesca que Ares mantenía en su boca la mayoría del tiempo.
-Madre-le saludó el castaño regalándole una leve reverencia con la cabeza-¿Qué te trae a mi templo?
-No podía dejar pasar la oportunidad de felicitarte por el extraordinario espectáculo que has ofrecido esta noche-la diosa soltó una carcajada que retumbó en la habitación.
Ares torció la boca inclinando ligeramente a la cabeza hacia un lado. Odiaba por sobre todas las cosas esos hábitos escandalosos de su madre, si por él fuera le arrancaría la lengua con tal de hacerla callarde una vez por todas.
-¿Tienes que ser tan molestamente escandalosa?-preguntó con fastidio-Además, tu opinión sobre mis actos poco me importa, así que con tu permiso me retiro. Tengo mejores cosas que hacer que escucharte. Conoces la salida ¿cierto?
La blanca capa del dios de la guerra flotó en el aire cuando él se dio la vuelta para continuar el camino hasta sus aposentos. Ante semejante insulto, el níveo rostro de la esposa de Zeus se tornó rojo de rabia; tal vez era su hijo pero a nadie le permitía tratarla de esa forma. Furiosa, Hera alzó la mano apuntando a su vástago que caminaba sin inmutarse. Un fino rayo de luz rojiza se proyectó desde la punta de su dedo índice alcanzando a rozar el rostro de Ares y abriendo una leve herida en la mejilla del dios. Él se detuvo en seco. Permaneció completamente quieto mientras un delgado hilo de sangre recorría su rostro. Cuando por fin volteó, sus ojos chocolate se centraron en la pelirroja que sonreía satisfecha de tener su atención. Cualquiera hubiese temido aquel par de pupilas que centellaban con ira, sin embargo Hera no parecía inmutarse por el odio contenido en ese par de ojos que la miraban fijamente.
-Vamos Ares, no seas infantil…es solo un pequeño rasguño-Hera se acercó a él para usar su cosmos en la curación de la herida de su hijo. El dios la tomó de la muñeca apretándola con fuerza para evitar que le tocara, pero la reina del Olimpo no retrocedió. Se sostuvieron las miradas unos segundos en medio del más tenso de los silencios.
-¿Qué demonios quieres?-escupió las palabras Ares a sabiendas de que su madre no se marcharía sin antes decir lo que tenía que decir.
-¿Querer? Realmente nada, cariño. Solo venía a darte algunas sugerencias, ya sabes, un par de consejos maternales-el dios la miró con desconfianza más no la interrumpió-He estado observándote con detenimiento y me he dado cuenta de lo cerca que estuviste de terminar con Athena. Fue realmente admirable sin embargo, matar a la niña consentida de Zeus quizás no sea la mejor de las estrategias.
-Si has venido a pedirme que le perdone la vida para evitarte pleitos con mi padre, entonces estás perdiendo tu tiempo y el mío.
-No te confundas, Ares. Nadie sería más feliz que yo si la malcriada desapareciera, pero ¿por qué terminar rápidamente con su vida cuando su agonía puede ser larga y en extremo dolorosa?-soltó la pregunta Hera. Ares alzó una ceja interesando en las palabras de su madre por primera vez en toda la plática-¿Acaso no has notado lo mucho que sufre por sus santos? ¿No te divierte esa expresión de ansiedad que se dibuja en su rostro cuando alguien les lastima? Piénsalo bien, será mucho más entretenido verla retorcerse de dolor mientras sus santos caen uno a uno, y si la mano asesina es uno de ellos mismos…no tengo palabras para describir cuan fascinante sería. ¿No lo crees así, mi niño?
Ares agachó la cabeza. Su cuerpo sufrió pequeños espasmos hasta que no pudo evitarlo más y se soltó a reír. Le encantaba. Ciertamente la maldad la había heredado del lado de su madre, puesto que nadie más que ella podía maquinar tan viles estrategias…y nadie como él para ejecutarlas.
Afuera de los aposentos de los hermanos de Géminis, los santos esperaban ansiosos que Athena saliera para informarles del estado de salud de Kanon; algunos de pie, otros sentados, pero todos y cada uno de ellos permanecían con el alma en un hilo debido a la incertidumbre que rodeaba a la vida de su compañero. La oscuridad del pasillo apenas iluminado por las antorchas situadas a los costados hacía aún más fúnebre la dantesca escena en la que solamente se dejaban escuchar las pesadas respiraciones de los santos dorados, ninguno de los cuales se atrevía a pronunciar palabra alguna.
Sentado con la espalda recostada sobre la pared, Saga de Géminis se mantenía alejado del grupo. Su mirada perdida dejaba al descubierto que su mente estaba en aquel detrás de la puerta, en Kanon, reviviendo una y otra vez la última caricia que le infundió fuerzas para liberarse del yugo de Ares, esa caricia que a su hermano casi le había costado la vida. Las heridas de su cuerpo todavía sangraban, sin embargo poco importaba el dolor físico cuando dentro de su alma todo se encontraba completamente destruido. Sabía que todos tenían la esperanzas puestas en la diosa de la sabiduría pero, de alguna forma Saga sentía que las cosas no resultarían como esperaban. Kanon estaba mal y él lo sabía por que una parte de sí mismo se perdía lentamente en la oscuridad.
El leve golpeteo de los pasos de Herse que se acercaba por el pasillo capturó la atención de Dohko. La vio cruzar el pasillo hasta a acercarse a él. Sus labios se curvaron para regalarle una sonrisa llena de tristeza que él correspondió a pesar de que no sentía deseos de reír, estaba agotado de fingir una fuerza que poco a poco había perdido debido a los últimos acontecimientos. La joven se limitó a mirarle con preocupación. Escudriñó detenidamente los ojos turquesas del santo buscando entender en lo que pasaba por su mente y lo encontró. Encontró dolor y amargura mezclados con rabia e impotencia, era como si los años hubieran nublado esas hermosas pupilas en tan solo unos días. Entonces deseó poder abrazarlo, confortarlo en ese inmenso sufrimiento que él creía que vivía en soledad cuando en realidad ella estaba ahí para apoyarlo; pero no podía. Sus caminos eran diferentes y la única razón por la que se habían conocido era porque el destino decidió caprichosamente que ambos coincidieran en ese instante, sin embargo, así como les había reunido así les separaría.
Tras dudarlo por unos segundos, la sacerdotisa posó su mano con suavidad sobre el brazo del santo de Libra para transmitirle su apoyo. Él correspondió llevando su mano libre hacia la de Herse. Su piel era una delicia al tacto, suave y delicada, pero más haya de eso era la calidez que le infundía ese gesto a su perturbada alma. Intercambiaron miradas y pensamientos en el más absoluto de los silencios, un toque que decía más de lo que mil palabras podrían expresar.
-Tengo que curar a Saga-Herse fue la primera en hablar y en romper el contacto visual agachando la cabeza con las mejillas sonrojadas.
Dohko despertó con la afirmación de la rubia llevando su mirada a la solitaria figura que apenas se distinguía en la oscuridad del corredor. Le dolía verle así. Aquel joven de ojos enigmáticos y tristes solamente conocía el dolor y la soledad que había experimentado desde el inicio de su existencia; no tenía nada a que aferrarse. Apenas comenzaba a reconstruir la relación con la única familia que poseía y, en un abrir y cerrar de ojos, un dios caprichoso y cruel había roto el lazo de amor que aún existían en los gemelos, ese lazo que había sobrevivido a los obstáculos que conspiraron desde el primer día de sus vidas para separarles.
Acompañando a Herse, el santo de Libra libró los pocos metros que le separaba del guardián del tercer templo. Ambos se detuvieron cuando estuvieron junto a él, más Saga no se inmutó; no levantó la mirada, no habló, no se movió. El antiguo maestro sabía que no sería fácil acercarse a él, no con todos esos sentimientos creando una muralla invisible a su alrededor. Se agachó para que su rostro quedara casi a la altura del de Géminis y fijó sus ojos turquesas en el chico frente a él.
-Saga…-le dijo con el volumen de voz más bajo que pudo usar-Tenemos que atender esas heridas.
El peliazul no respondió. Escondidos entre los mechones de cabellos azul, su mirada permanecía fija en el suelo de mármol mientras su mente se encontraba ausente de su cuerpo.
-¿Saga?-insistió el castaño.
Como respuesta Saga sacudió la cabeza casi de manera imperceptible. No quería ser curado. Quería seguir sintiendo el ardor de las heridas en su cuerpo pensando que quizás eso era mejor que el terrible tormento al que su alma era sometida en esos instantes. Quería experimentar en carne propia lo que Kanon sintió cuando la lanza atravesó su cuerpo y, si aquello era algo parecido a lo que él sentía, entonces con gusto lo soportaría; pagaría de esa manera el sufrimiento que le causó a su hermano.
Dohko imitó la conducta de Saga para indicarle a Herse que no tenía caso que siguiera insistiendo, meneó la cabeza para pedirle a la sacerdotisa que le diera un poco más de tiempo al santo de Géminis. Ella entendió y, dándose la vuelta, dejó a los dos guerreros solos. El de Libra posó su mano sobre los revueltos cabellos azules de Saga y los acarició con el cariño de un padre que le ofrece consuelo a su hijo caído en desgracia. Se sentó a su lado a esperar. Quería estar seguro que el más joven sabía que no estaba solo…que nunca lo estaría.
Del lado opuesto del corredor Shura también se encerraba en sus propios pensamientos. La falta del sentido de la vista solamente contribuía a hundirlo más y más en el enorme vacío que se había creado en su interior. Una y otra vez se culpaba del desenlace de los acontecimientos; no podía evitarlo, era imposible sacarse esa sensación de impotencia que llenaba su corazón de rabia. Sin darse cuenta apretó los puños con frustración. Estaba furioso. Sí, estaba furioso consigo mismo.
Sintió el calor de alguien tomando asiento junto a él al mismo tiempo que una mano se apoyaba sobre su hombro. No necesitaba ver para saber quien era el dueño de la fortaleza que le infundía aquel gesto.
-Yo…siento mucho lo de Aioria-alcanzó a decir Shura en un susurro.
Le oyó suspirar profundamente y supo que estaba llorando en silencio. Sabía que todavía le dolía demasiado y, a pesar de eso, dejaba a un lado su propia miseria para proporcionarle el apoyo que tanta falta le hacía esa noche. En su corazón le agradeció infinitamente a Aioros aquel gesto de amistad, porque eso eran, amigos; amigos que permanecerían juntos en las buenas y en las malas.
El silencio volvió a apoderarse de ellos hasta que la puerta de la habitación donde descansaba Kanon se abrió lentamente dando paso a la figura de la diosa de la sapiencia. No fue necesario que dijera una sola palabra, sus ojos grises revelaron quizás más de lo que debían. Dohko se levantó de junto a Saga abriéndose paso entre sus compañeros que comenzaban a rodear a Athena. Volteó para observar de reojo como el de Géminis se mantenía estático, sin siquiera hacer el intento de buscar más información respecto a su gemelo. Muchos pensamientos pasaron por la mente del santo de Libra al atestiguar la derrota pintada en el rostro de Saga, pero en ninguno de ellos se atrevió a juzgarlo; nadie podía hacerlo puesto que pocos conocían el verdadero sufrimiento al que había sido expuesto a través de su corta vida.
-¿Señora?-preguntó solemnemente a la deidad.
Athena recorrió los cansados rostros de sus santos con la mirada. Desvió la vista ligeramente para encontrarse con el cuerpo de Saga a un lado del pasillo y con el de Shura al otro extremo. Ninguno se movía ni expresaba emoción alguna.
-La situación de Kanon es complicada-dijo regresando su atención a aquellos frente a ella-Físicamente, su cuerpo ha respondido bien a las propiedades curativas de mi cosmos, de hecho sus heridas están casi curadas por completo…-Athena se detuvo buscando la forma adecuada de explicar lo que seguía-Sin embargo Kanon no ha reaccionado lo cual me preocupa de gran manera ya que Ares posee la rara habilidad de descontrolar la cosmo energía de sus rivales, es decir, aquel que se enfrente a él y recibe su máximo ataque puede perder la capacidad de manejar su propia energía vital.
-Eso quiere decir que Kanon puede o no despertar, ¿cierto?-preguntó dubitativo Shaka.
-Así es. En estos momentos Kanon se encuentra atrapado dentro de un cuerpo físico al que no puede controlar-explicó Athena bajando momentáneamente la mirada.
-¿Hay algo que podamos hacer?-replicó Milo interrumpiendo a la diosa.
Ella suspiró.
-Puedo ayudarle poco a poco a estabilizar su agitado cosmos, sin embargo debido a la gravedad de su situación no será algo fácil y tampoco estoy completamente segura de que funcionará.
El rostro de Milo se tensó al escuchar la última parte. Desvió la mirada sin atreverse a decir nada pero su interior ardía con rabia y desesperación. De no haber sido porque su diosa se encontraba presente probablemente la pared de piedra hubiera pagado la ira que en ese momento se había apoderado del escorpión dorado. Su respiración se volvió pesada debido a los esfuerzos por mantener la cordura en tan delicada situación sin embargo no podía hacer nada más.
-¿Cuánto tiempo?-preguntó forzándose a decir cada palabra con la mayor claridad posible y por evitar que la voz se le quebrara.
Todas las miradas se fijaron en él.
-¿Cuánto tiempo qué?-le devolvió la pregunta la diosa sin entender a que se refería.
-¿Cuánto tiempo tardará Kanon en despertar?-Milo se secó bruscamente una lágrima de cólera.
-No lo sé, ni siquiera sé si lo hará-respondió ella con sinceridad.
Nadie se atrevió a seguir adelante con el interrogatorio ni tampoco a decir nada más. Los jóvenes permanecieron callados y completamente absortos en sus propios pensamientos.
-Maldición…¿cuánto más?-bufó entre dientes el santo de Sagitario observando de reojo a Shura que no se movía del lugar donde estaba sentado. Se mordió el labio para contener el llanto sin conseguirlo. Dándose la vuelta se separó del grupo buscando un poco de privacidad.
Athena se armó de valor para no echarse a llorar junto con su santo mientras lo miraba alejarse. Sabía que el dolor que sentía era enorme, pero también reconocía que de poco servían las palabras en momentos como ese. Solo el tiempo, con su inmensa sabiduría, podría sanar las heridas del alma del de la sagita. Haciendo un esfuerzo sobre humano, la diosa de la sabiduría se abrió paso entre los jóvenes para dirigirse hacia otra de sus principales preocupaciones: Saga.
De pie frente al santo de Géminis la morena le observaba con detenimiento y compasión. Detrás de aquella abundante cabellera que ocultaba su triste semblante ella sabía que el dolor consumía lentamente a su guerrero. Prestó atención y le vio temblar ligeramente. Se conmovió en sobremanera. Su sufrimiento era también el de ella y el de sus compañeros, pero Saga se encerraba en su soledad sin darse la oportunidad de desahogar esa angustia que le desgarraba por dentro.
-Acompáñame Saga-le dijo extendiendo su mano hacia él-Hay que detener ya la hemorragia de tus heridas.
El santo respondió dirigiendo su mirada hacia un lado sin confrontar directamente a los ojos grises que le veían fijamente. No era nada personal contra Athena, era algo contra sí mismo. En su mente se libraba una batalla para entender en lo que se había convertido y el resultado le asqueaba. Débil, cobarde, patético, miserable…tanto adjetivos que nunca nadie se habría atrevido a mencionar junto a su nombre, pero que ahora encajaban perfectamente en su persona.
Athena no insistió más. Sin importar todo lo que dijera o hiciera, no había forma de convencer a Saga de nada. Solo podía esperar, y así lo hizo. Retiró su mano para luego alejarse de él, no sin antes voltear a verlo por una última vez.
-Si necesitas hablar sabes donde encontrarme-habló Athena. No quería dejarle solo pero no tenía más opción.
Cruzó el corredor bajo las miradas expectantes del resto de sus santos dorados que la seguían con la vista. El rostro de su señora era un espectáculo de fascinante tristeza. Sus ojos eran incapaces de ocultar el desconsuelo de la diosa, sin embargo aún brillaban con esa fuerza divina que les infundía coraje para seguir adelante. Divina y mortal a la vez. Con el alma de una diosa y el corazón de una mujer.
-Vayan a reposar, mis santos. Por ahora no podemos hacer nada más y ustedes necesitan algo de descanso después de estos días tan difíciles, así que por favor retírense a sus habitaciones-les ordenó ella-Dohko, ¿podrías esperarme unos minutos? Quiero hablar contigo pero todavía tengo un asunto pendiente.
El santo de Libra asintió adivinando las intenciones de su señora. Era inevitable tener una larga conversación con Athena en la que tendría que revelarle hasta el último de los secretos de la Orden Dorada, y ese momento había llegado. No le molestaba esperar a pesar de la hora de la noche, de cualquier manera le sería imposible conciliar el sueño.
-Vamos Shura, quiero estabilizar tu cosmos a la brevedad posible-la diosa se dirigió al santo de Capricornio.
Shura se puso de pie perezosamente sin saber que haría al conseguirlo. Si había llegado al corredor era porque sus compañeros le auxiliaron puesto que le era imposible hacerlo por sí mismo. Por un instante se sintió inseguro y temeroso, pero al sentir la calidez de la mano de su diosa tomando la suya, toda la zozobra quedó atrás. Poco a poco se perdieron de vista en la penumbra del pasillo dejando atrás a los demás santos.
-Ella le pedirá que usted le explique la verdad detrás de nosotros-habló Aioros viendo fijamente al santo de Libra.
-Lo sé-respondió Dohko buscando restarle atención al asunto.
-¿Piensa contarle todo?-la pregunta por parte de Shaka sorprendió al antiguo maestro quien esperaba semejante pregunta de cualquiera de ellos menos del santo de la virgen.
-¿Tengo otra opción, Shaka?
El rubio no contestó. Dohko tenía razón y eso era innegable. Era hora de que los secretos terminaran para que la diosa encontrara una forma de ayudarles, si es que aquello era posible.
-Será mejor que sigan las indicaciones de Athena y se retiren a sus habitaciones, mañana será un largo día y estoy seguro que a todos les haría bien dormir un rato-ordenó Dohko mientras iba en busca de su señora acompañado de Herse.
-¿Dormir? Cómo si eso fuera posible-gruñó Milo por lo bajo.
Sin embargo el escorpión tampoco estaba de humor para soportar las caras de sus amigos, así que con las mismas se dio la vuelta para encaminarse a su habitación buscando un poco de paz después de días tan emocionales, pero algo le detuvo. Saga ya no estaba sentado en el corredor. En un descuido de ellos, el santo de Géminis había desaparecido y ahora su paradero era desconocido. Suspiró resignado observando de reojo como sus compañeros parecían adoptar la misma postura que él al respecto.
-Nos vemos mañana-ondeó la mano en el aire para despedirse.
Poco a poco los santos fueron retirándose hasta que solamente se distinguían las siluetas de Mu y Shaka en el vacío pasillo. Los rostros de ambos delataban el cansancio que les aquejaba más, sin importar que tan mermadas estuvieran sus fuerzas, no les era fácil deshacerse de la angustia que generaba la situación que vivían.
-¿No te vas a tu habitación?-cuestionó Mu.
-No tiene caso, no podría dormir así que supongo que poco importa donde me encuentre.
Shaka se pasó la mano por la frente para luego enredar sus dedos en su cabello rubio. Ese gesto sumamente simple sorprendió de gran manera a Mu. Jamás antes había visto a su compañero de Virgo expresando su frustración como lo hacía en ese momento. Se veía tan vulnerable peroa la vez tan humano. De pronto el imperturbable Shaka, aquel hombre que se jactaba de ser el más cercano a dios, lucía como un ser humano más; uno que sufría y compartía el sentimiento de pérdida de sus hermanos.
-Sentir no es un pecado, Shaka.
Los ojos turquesas del santo de Virgo viajaron hasta encontrarse con del carnero dorado quien le sonrió con empatía. Esta perfectamente consciente de lo que significaba para Shaka descubrir ese lado que pocas veces tenía la oportunidad de explorar, y más aún los eventos que le habían llevado a encontrarse con su naturaleza mortal.
-Supongo que no lo es, pero es más duro que mantenerte encerrado en tu propia realidad-la boca de Virgo se torció con melancolía.
Mu cruzó junto a él dándole unas palmadas en el hombro con empatía.
-¿Te vas?-le interrogó Shaka.
-Sí, estoy realmente agotado. Tengo varias noches sin dormir bien, así que creo que realmente necesito al menos unos minutos de sueño.
-Créeme que con solo ver la reacción de Aioros hoy me doy una idea de todo lo que han pasado ustedes que estuvieron con él al enterarse de…-Shaka calló.
-No ha sido fácil para Aioros, de hecho te digo que lo que viste hace unos momentos es lo más tranquilo que ha estado en días, sin embargo no es solo eso lo que me impide conciliar el sueño…-ante la confesión de Mu, Shaka alzó una ceja preguntándole con los ojos al respecto. El carnero continuó-No te preocupes demasiado, es solo una pesadilla.
-¿Una pesadilla? ¿Quieres hablar de ello?
-Si no te importa, en lo que menos quiero pensar ahora es en eso. Prometo contarte en la mañana.
Shaka asintió.
-Tienes razón, descansa.
Completamente solo en el corredor Shaka apoyó la espalda en la fría pared de piedra resbalando hasta sentarse en el suelo. Aún los dioses tenían derecho de llorar, entonces ¿por qué él no podía?
La señora de la sapiencia le guió a través de los corredores hasta que se encontraron frente a una puerta que se abrió para darles paso al interior de un espacioso salón. Athena cerró la puerta de la habitación detrás de ambos. Permaneció de pie con los ojos fijos en la puerta de madera mientras, a sus espaldas, Shura caminaba titubeante buscando algún lugar donde sentarse. Por fin consiguió llegar a un mullido sillón en donde se sentó.
-Nunca más te atrevas a desobedecerme-le dijo ella en un susurro que se perdió en el eco de la habitación.
El reproche sorprendió momentánemente al santo de Capricornio, pero no tardó mucho en encontrar palabras para responder.
-¿Qué se supone que debía hacer? Permanecer ahí mientras Ares la mataba-guiándose por el sonido de la voz de la diosa, Shura se las había arreglado para fijar sus opacos ojos en Athena quien hizo lo mismo con el cabrito dorado.
-Él nunca hubiera podido derrotarme.
-¿Y usted iba a poder hacerlo? ¿Sería capaz de matar a Saga? Porque hasta donde sé, fue Kanon quien terminó despertándole.
Un incómodo silencio se apoderó de la habitación. Athena agachó la cabeza severamente avergonzada y adolorida de las palabras del santo de Capricornio. Les había fallado. Sus intentos de salvar a uno casi le costaron la vida a Kanon y había dejado a Shura más dañado de lo que esperaba; no podía continuar negándose a sí misma que había sido débil y ahora sus santos pagaban las consecuencias. Contuvo un sollozo buscando en su interior las fuerzas para hacerle frente a Shura.
-Deberías cuidar más tus palabras Shura, estás hablando con tu diosa-le respondió sin perder el temple. No le permitiría ganar esa discusión, no dejaría que el santo de Capricornio pensara que tenía la razón; hacerlo solo deterioraría más la poca confianza que él tenía en ella.
-Mi diosa…solo eso y nada más-Shura le dijo en un murmullo.
-¿Qué más podría ser?-Athena agachó la cabeza sin saber por qué lo hacía.
-Desafortunadamente nada más…-los ojos de Athena se abrieron ante la afirmación del cabrito dorado.
No supo que responder. Simplemente se había quedado sin palabras. Su corazón brincó dentro de su pecho mientras inconscientemente retenía la respiración. Tuvo la intención de preguntar a que se refería, sin embargo el temor a una respuesta que no estaba lista para escuchar la detuvo. Las cosas ya estaban demasiado complicadas como para que ella las empeorara, por ello decidió callar.
-Tengo que volver a estabilizar tu cosmos para que puedas utilizarlo de nuevo-continuó después de unos minutos cambiando la conversación-¿Dónde te golpeó Ares exactamente?
Shura se sopló los flequillos mientras señalaba como podía un punto en su espalda justo debajo del omóplato izquierdo.
-Tendrás que quitarte la camisa-dijo la diosa dándole algo de espacio.
Él obedeció sin titubeos despojándose de la prenda, mientras más rápido pudiera salir de ahí e ir su habitación, mejor para él. Athena se acercó a él para analizar la lesión que había dejado Ares. El golpe podía verse con claridad. Un círculo rojizo sobre la espalda del santo indicaba el lugar donde había recibido el impacto del dios de la guerra. La deidad de la sabiduría deslizó sus dedos cuidadosamente sobre el golpe haciendo respingar a Shura cuando sus pieles entraron en contacto.
-Disculpa, ¿te lastimé?-preguntó Athena alejando las manos de él temerosa de haberle causado daño.
Shura sacudió la cabeza para negar. No era dolor. Era una sensación completamente diferente…y eso le asustaba.
La joven continuó examinándole. Chasqueó la lengua mientras posaba la palma de sus manos justo sobre el círculo rojo y frunció el ceño en señal de concentración. Shura sintió de inmediato el cosmos de su señora sincronizándose con el suyo al mismo tiempo que recorría toda la zona afectada por Ares. Abrió los ojos y contuvo la respiración durante todo el tiempo que ella mantuvo fluyendo su energía hacia él.
-Listo-exclamó la pelinegra al mismo tiempo que se plantaba frente a él-El poder de Ares se ha neutralizado, ya no podrá interferir más en ti.
-Pero aún no puedo usar mi cosmos-bufó con fastidio Shura después de intentar utilizar su energía para identificar el lugar donde estaban.
-Tranquilo, he terminado la primera parte pero todavía falta regresarte la habilidad para controlar tu cosmo energía.
Por el sonido de su voz Shura supo que ella estaba delante de él. Alzó el rostro como si tratase de buscarle a pesar de que a su alrededor solo había oscuridad.
-Necesito que te sientes derecho-ella le tomó de los hombros y le empujó para que se irguiera en su asiento-Escúchame, quizás sientas una leve sensación de molestia, pero créeme que tan pronto se desvanezca podrás tener completa facultad sobre tu cosmos otra vez ¿entendido?
Shura asintió sin saber exactamente que esperar, sin embargo confiaba en ella.
Los ojos grises de la deidad se fijaron los de Shura. Se perdió un momento inspeccionado cada una de sus facciones, memorizando aquel rostro que había visto tantas veces pero que nunca pudo apreciar con detenimiento. Su único arrepentimiento era no haber tenido la oportunidad de observarlo de esa forma cuando los ojos verdes del Capricornio aún brillaban con a pesar de la mirada nublada era hipnotizante, verlo en plenitud sería fascinante. Le vio fruncir el ceño al sentir su mirada sobre él y su tibia respiración tan cerca de la suya.
-¿Athena?-la voz de Shura la sacó del trance haciéndola retroceder ruborizada. ¿En qué momento se había acercado tanto a él que ni siquiera lo había notado?-Athena, ¿está usted bien?
La joven asintió por instinto para luego caer en cuenta de que el santo no podía verla. Sacudió la cabeza buscando sacarse los últimos minutos de la mente y tratando de recuperar la calma.
-Sí, estoy bien-contestó a pesar de que mentía.
El santo de Capricornio alzó una ceja sin estar muy seguro de que lo que estaba sucediendo, más sin embargo no se atrevió a preguntar más.
Con la cabeza más fría, Athena cerró los ojos asumiendo nuevamente una postura de concentración total. Su cuerpo fue rodeado por una leva aura de color dorado mientras que la punta de los dedos índice y medio de su mano derecha se iluminó con una esfera de energía del mismo color. Golpeó con sus dedos el centro del pecho de Shura haciéndole soltar un quejido de dolor.
-¡Maldición!-se quejó entre dientes el Capricornio llevándose la mano al pecho. El golpe no había sido tan fuerte, pero la sensación de quemazón que le produjo resultó ser más molesta de lo que Athena le había advertido.
Athena trató de guardarse la sonrisa que le producía el verlo quejarse. Claro, el chico era capaz de soportar estoicamente los embates del dios más violento de todos, pero se quejaba de un leve ardor que le ayudaría a recuperarse.
-No fue para tanto-le dijo ella acercándole la camisa para se la pusiera de nuevo.
Shura se frotó el pecho mientras llevaba sus ojos hacia donde se encontraba la diosa y torcía la boca.
-Cuando el dolor cese tendrás tu cosmos de regreso-continuó Athena-Ahora me retiro, a Dohko y a mí nos espera una larga noche.
El cabrito dorado escuchó los pasos de la joven dirigirse hasta la donde se encontraba la salida. Dudó un momento antes de atreverse a detenerla.
-Athena-le habló-Lo que usted esta a punto de escuchar de la boca del antiguo maestro probablemente será peor de lo que espera.
Ella regresó sobre sus pasos. Agachándose frente al santo le acarició cariñosamente el rostro con la mano. Shura se tensó al sentir la suave mano de la diosa recorriendo su mejilla.
-Trato de entender…debo comprender que hemos hecho los dioses con ustedes´-le susurró Athena para luego alejarse de él.
El peliverde escuchó la puerta cerrarse indicándole que la joven se había ido. Llevó la mano de regreso a su pecho dándose cuenta que el dolor había desaparecido sin que lo notase. Poco a poco todo a su alrededor volvía a dibujarse permitiéndole ubicarse de nuevo. Su cosmos había regresado.
El campo de batalla cruelmente exponía los vestigios del último enfrentamiento entre los santos de la diosa de la sabiduría y el dios de la guerra violenta. La solitaria figura del santo de Géminis era iluminada por la débil luz nocturna mientras observaba inmutable el escenario de la cruenta pelea. Avanzó un par de pasos sobre el polvoroso suelo hasta llegar a una roja mancha que indicaba el lugar donde Kanon había caído. Sus ojos verdes se clavaron en la sangre carmesí que se secaba sobre la superficie al mismo tiempo que sus puños se cerraban con frustración al no poder hacer nada más por su hermano. Una gota del mismo rojo resbaló por su brazo y cayó sobre la tierra perdiéndose en el pequeño charco a sus pies. Eran idénticas. Su sangre y la Kanon eran idénticas como lo eran ellos. Uno era parte del otro. Sin embargo las similitudes terminaban ahí. Eran dos seres iguales pero a la vez diametralmente diferentes.
Al estar de pie en aquel lugar, las imágenes de su confrontación con Kanon se reproducían una y otra vez en su cabeza sin que pudiera hacer algo para detenerlas. Apretó los ojos buscando liberarse de los recuerdos pero solamente consiguió avivarlos más y más. Incapaz de soportarlo se alejó del lugar con destino a los bosques que rodeaban el campo de entrenamientos del templo de Athena. Usó los caminos que se habían abierto en los espesos bosques durante la batalla para perderse entre los árboles con la intención de permanecer alejado de todo y todos, no quería a nadie cerca de él.
Caminó hasta encontrarse con un viejo tronco caído en donde se sentó. Una súbita sensación de ardor se apoderó de su pierna cuando se flexionó y la herida que recién comenzaba a cicatrizar volvió a abrirse. Instintivamente cubrió con la palma de su mano el centro de la hemorragia observando como el rojo líquido se colaba por sus dedos mientras su ropa volvía a teñirse de color carmesí.
-Athena ha sido desconsiderada al no curar tus heridas-escuchó a una voz femenina hablándole.
Ocultando su sorpresa Saga observó de reojo a la diosa del amor que se materializaba a su lado. La recorrió con la mirada hasta encontrarse con aquel par de hipnotizantes ojos verdes que a su vez le veían fijamente. Ella se puso de pie para arrodillarse frente al santo de Géminis haciéndole apartar las manos lentamente de la herida. Afrodita llevaba consigo una pequeña canasta de mimbre que contenía varios objetos con los cuales realizaría los curetajes que necesitaba el gemelo. El peliazul intentó protestar cuando ella posó sus manos sobre su pierna para examinar la gravedad de las heridas, sin embargo Afrodita respondió posando su dedo índice sobre la boca del santo para silenciarlo.
-Déjame ayudarte, quiero librarte del dolor-le susurró sin apartar sus ojos verdes de los de él.
Saga no pudo responder, solo atinó a observarla mientras ella limpiaba con suma delicadeza la piel rasgada y aplicaba las lociones herbales que facilitarían el proceso de sanación. La diosa se mantenía absorta en su trabajo sin prestar mucha atención a su alrededor pero el guardián del tercer templo no podía quitar la mirada de ella. Más rápido de lo que Saga hubiera esperado, o deseado, Afrodita finalizó de vendar las lesiones de ambas piernas para luego volver a sentarse a su lado. Él giró ligeramente el torso para quedar frente a la deidad quien le sonrió con una mezcla de picardía y sensualidad al mismo tiempo que humedecía sus labios color coral.
-¿Puedo?-preguntó Afrodita tomando los extremos de la camisa de Saga buscando liberarlo de la prenda.
Perdido en el par de ojos esmeralda, Saga no puso resistencia. Cuando la camisa ya no fue un obstáculo entre los dos, Afrodita le contempló con una sonrisa en su boca. Conteniendo los deseos de abalanzarse sobre él, ella se esforzó por fingir indiferencia para enfocarse nuevamente en sus labores de curación. Sin decir palabra, aseó y protegió las laceraciones en el cuerpo del santo bajo la penetrante mirada de él, ocultando sus ojos en los mechones de cabello café que caían sobre su rostro. Tan pronto hubo terminado, volvió a guardar sus instrumentos dentro de la canasta con la intención de alejarse de él, pero las manos de Saga posándose sus hombros le impidieron ponerse de pie.
-¿Por qué haces esto?-la cuestionó con voz ronca el santo de Géminis.
La diosa del amor no respondió. Sus ojos verdes parecieron brillar cuando se encontraron con los de Saga, sin embargo al santo le resultó imposible leer algo en aquella mirada. Con un impulsivo movimiento Afrodita consiguió soltarse del agarre del gemelo y rápidamente se puso de pie para crear una distancia entre él y ella dándole la espalda. Se cruzó de brazos fingiendo cierta indignación, más en realidad sonreía internamente al saber que tenía la atención de Saga; estaba segura que su rechazo solamente conseguía atraerle más y más a ella. Escuchó al peliazul aproximándose a ella y no pudo evitar sonreír triunfante. Él volvió a tomarla de los hombros para obligarla a enfrentarle.
-¿No piensas responder mi pregunta?-insistió sin gesticular en lo absoluto.
-¿Tiene caso hacerlo?-contestó Afrodita tras un breve silencio-De todas formas no me creerías.
-¿Cómo lo sabes?-el santo acarició la suave mejilla de la diosa con el reverso de sus dedos.
Delineó el rostro de Afrodita hasta llegar a su mentón obligándola a levantar la cara para poder observarla sin dificultades. Sus ojos bajaron hasta fijarse en la boca rosa de la diosa del amor quien se mordió los labios adivinando lo que seguía. La distancia entre ambos fue desapareciendo hasta que la boca masculina tomó posesión de la suya. Sus labios se apretaron ferozmente mientras sus lenguas se enfrascaban en una batalla por conquistarse la una a la otra. Los dos se perdieron en un arrebato de pasión y deseo que llegaría hasta las últimas consecuencias; no había manera de detener algo que ambos querían y necesitaban. Anhelando poder sentir el cuerpo de la diosa contra el suyo, los brazos de Saga la sostuvieron por la cintura estrujándola contra él mientras las manos de Afrodita recorrían el ancho torso del santo a placer.
Sin separar su boca de la de ella, el gemelo empujó poco a poco a Afrodita hasta tenerla acorralada contra un árbol. La diosa gimió cuando el cuerpo de Saga la hizo golpear con su espalda la superficie dura y áspera del tronco, quedando atrapada entre él y el tibio pecho del peliazul. Sus finos dedos se enredaron en la cabellera azul del santo para evitar que él rompiera el apasionado beso que comenzaba a cortarles la respiración. Deseoso de más, Saga liberó su boca descendiendo por el cuello níveo de Afrodita dejando a su paso un rastro de saliva que atestiguaba sus caricias. El dulce aroma de la diosa le embriagaba los sentidos despertando ese sentido de urgencia dentro de sí; esa urgencia de alejarse, aunque fuera por un breve instante, de sus problemas dándo rienda libre a sus necesidades carnales. Ella era la única que podía sacarlo esa noche de la dramática atmósfera que le rodeaba.
Ella le sujetó el rostro llevando su boca de regreso a la suya para luego tirar sus brazos sobre el cuello de él. El santo de Géminis la alzó aprisionándola contra el árbol mientras que una de sus manos buscaba ansiosa escabullirse entre los vestidos de la diosa para sentirla en plenitud. Respondiendo a sus caricias Afrodita enredó sus piernas alrededor de él entregándose al peliazul y dándole acceso a su cuerpo. Él no dejaría pasar la oportunidad. Acarició la tersa piel de sus muslos guiándose más allá de ellos hasta la intimidad de Afrodita. No podía más. Quería poseerla, reclamarla suya y de nadie más. Habían pasado el límite y ahora era imposible detenerse. La diosa del amor gimió descaradamente y clavó las uñas en la espalda de Saga cuando él se adentró en ella. Sonrió al saberse vencedora en aquel duelo de voluntades, al final de cuentas tenía lo que quería. Se aferraron con desesperación el uno al otro mientras sus cuerpos se movían al unísono ahogando sus jadeos y gemidos en besos embravecidos que delataban el placer de hacerse uno.
Ahí, bajo la bóveda celeste, ambos se declararon incapacez de resistirse a lo que el otro les ofrecía. Era demasiado tarde para dar marcha atrás, los dos se embarcaban en una relación que desde el principio de los tiempos había sido condenada. La divinidad y la mortalidad no fueron creadas para convivir en armonía.
-Y yo preocupándome por ti-resonó una voz conocida.
Una mirada asesina por parte de Saga se dirigió hasta el santo de Acuario que les observaba cruzando de brazos y con aquel rostro imperturbable que le caracterizaba. Sintiéndose interrumpido, el gemelo gruñó mientras maldecía por lo bajo la inoportuna presencia de Camus y las consecuencias que ello le traería. Había sido estúpido dejándose sorprender se esa manera, sin embargo tampoco podía menospreciar la habilidad de su compañero para escabullirse sin ser visto.
-Lárgate Camus-le advirtió con voz iracunda pero sin separarse de Afrodita.
-No-fue la cortante respuesta del santo de los hielos.
Sostuvieron miradas retándose mutuamente hasta que una risa burlona por parte de la diosa de cabellos castaños consiguió su atención.
-¿Acaso sientes envidia de lo que Saga obtuvo, Acuario?-preguntó aún jadeante.
-No veo nada de especial en lo que le ofrece a Saga-la fría contestación perturbó el rostro de la diosa-Le garantizo que existen cientos de maneras de obtener sexo sin padecer los problemas que usted representa, así que, ¿por qué habría de envidiar a Saga?
El rencor se apoderó del alma de Afrodita. No sabía si le molestaba más la forma en que era tratada por el francés o el hecho de que un hombre fuera capaz de resistirse a ella, como fuera, era algo que no dejaría pasar por alto.
-Sin importar lo que sienta por usted, es una mujer y le debo cierto respeto-continuó Acuario refiriéndose a la diosa-Saga tienes cinco minutos, te esperaré cerca del campo de batalla; y usted, señora Afrodita, le recomiendo que no intente nada o todo el templo se enterará de lo que sucedió aquí, y no creo que quiera eso por el bien de Saga.
Dirigiéndoles una última mirada de advertencia, Camus se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos hasta que se detuvo a unos cuantos pasos del campo de entrenamiento a esperar por su compañero de Géminis. Permaneció oculto entre los bosques para no ser descubierto por alguien más tratando con ello de evitar un potencial conflicto entre santos dorados; lo que menos quería era que alguno de ellos intentara asesinar al peliazul si se enteraba de la aventura de esa noche. Apoyándose en un viejo tronco esperó pacientemente hasta distinguir la figura del gemelo mayor haciendo acto de presencia entre las penumbras del bosque.
Cuando sus ojos coincidieron Saga supo por primera vez lo decepcionado que se encontraba Camus de él. Se tensó al poder reconocer tan fácilmente los sentimientos del guardián del décimo primer templo, puesto que reconocía que si le era posible leer su mente a través de sus ojos era solamente porque el galo así se lo había permitido. Pronto la decepción se borró de los ojos azules de Camus dejando nada más que severidad en esa afilada mirada.
-No estoy de humor para sermones-reclamó el peliazul antes de que Camus pudiera objetar cosa alguna.
El de Acuario le siguió con la mirada cuando pasó junto a él. Le resulta difícil creer que aquel era el mismo hombre con el que había atravesado las doce casas durante la guerra santa contra Hades. Era diferente en demasiados aspectos. La determinación había desaparecido de su mirada. Su postura, usualmente orgullosa y retadora, se esfumó para dar paso a un pose de cansancio y derrota. Aquel espíritu indomable se tornaba en el rostro del sufrimiento y nadie parecía capaz de detener su caída. El galo le sujetó del brazo para impedirle que continuara caminando y, de reojo, le miró.
-No voy a repetírtelo, Saga, así que escucha bien. Por esta ocasión dejaré pasar este incidente debido a que creo que no estás pensando con claridad, pero si vuelvo a enterarme que tú y esa mujer siguen en contacto no dudaré en hablar ¿entendido?
-No me amenazases, Camus. No sabes con quien estás hablando-ladró el geminiano soltándose bruscamente del agarre de su compañero.
El santo de Acuario no insistió en detenerle.
-Deja de ser egoísta y piensa en Kanon. ¿Piensas dejar que su sacrificio sea en vano? ¿Quieres que despierte para encontrarse con esto? ¿En qué te has convertido Saga?-le reclamó sin perder el temple.
Saga se detuvo en seco y el santo de la jarra pudo notar como apretaba los puños con rabia. Su instinto le decía que debía de prepararse para una reacción violenta por parte del de Géminis, sin embargo pocos hombres poseían la habilidad de ser tan poco predecibles como el hombre que Camus tenía enfrente. El gemelo viró levemente su rostro para observar por el rabillo del ojo al de Acuario.
-¿Crees que es fácil ser yo? No sean ingenuo Camus, sé que ustedes ven a alguien que no soy, pero soy solo un hombre que busca el sentido de su existencia entre el caos que le rodea. Tengo que encontrar esa parte buena en mi, que todos pueden ver menos yo.
Camus parpadeó incrédulo al oír la confesión de la boca de Saga. Frente a él había un hombre que había perdido su identidad.
-Tienes razón-la voz de Acuario resonó en el silencio-Te vemos como un héroe de nuestra infancia, injustamente te hemos asignado un estigma que nadie debería cargar, sin embargo nunca olvides que hasta los héroes tienen derecho a sangrar.
Una solitaria lágrima resbaló por la pálida mejilla del santo de Géminis mientras emprendía el camino de regreso al templo de Athena bajó la atenta mirada del señor de los hielos quien le siguió unos segundos después.
Viéndoles alejarse la diosa del amor permaneció oculta entre las ramas rotas y los árboles caídoz. Ignoraba el por qué pero su corazón se había retorcido al presenciar el dolor que aquejaba al santo de Géminis; ella, fría y calculadora, había sido capaz de conmoverse por el sufrimiento de hombre al que no le ataba más que el deseo. Agachó la mirada. Junto a sus pies encontró un par de mechones de cabellos azul que de inmediato reconoció como de Saga, eran los cabellos que Shura le había cortado con ayuda de Excalibur durante la batalla contra Ares. Recogió del piso algunas hebras para luego observarlas fijamente. Su mano se cerró apretándo celosamente los mechones en ella para luego llevarlos cerca de su pecho. No entendía nada. No entendía lo que sucedía con ella.
Sus párpados resultaban extremadamente pesados. Por más que intentaba abrir sus ojos, todos sus esfuerzos eran en vano; aquella sensación de pesadez no desaparecía ocasionando que fracasara una y otra vez. Irónicamente era capaz de sentir cansancio a pesar de que tenía el cuerpo entumido en su totalidad. No sentía dolor, tampoco sentía miedo, pero la extenuación se hacía presente en cada uno de sus músculos.
Sin darse por vencido continuó la lucha interna contra su propio cuerpo. Al fin consiguió que sus ojos se abrieran, sin embargo se vio en la necesidad de cerrarlos de inmediato debido a la ceguera parcial que le ocasionó ver la luz del sol brillando sobre su rostro. Inconscientemente se cubrió los ojos con el brazo para mitigar el golpe de la luz sobre sus pupilas y esperó unos segundos antes de intentarlo de nuevo.
Lentamente abrió sus ojos azules permitiéndoles adaptarse poco a poco al resplandor solar a la vez que se desvanecía la visión borrosa que le impedía distinguir en donde se encontraba. Conforme iba recuperando la claridad de su vista recorrió la enorme habitación en busca de algo o alguien que le permitiera identificar ese lugar, más no encontró nada que fuese de ayuda. Se sentó sobre la enorme cama sintiendo como el mundo le daba vueltas a causa del cambio de posición, así que cerró los ojos y enredó los dedos en sus cabellos mientras sacudía un poco la cabeza con la intención de ajustar un poco sus ideas.
Estaba confundido. Aunque se esforzaba por encontrarle sentido a todo eso no podía hacerlo. No recordaba muy bien lo que sucedió y las pocas imágenes que le venían a la mente no coincidían con la realidad que estaba viviendo. Quizás todo era sueño o a lo mejor su memoria le jugaba una mala pasada haciéndole creer en cosas que nunca habían sucedido. Como fuera, tenía que averiguar que estaba pasando con él.
Se encontró con que la única prenda que le vestía era un pantalón de un blanco tan inmaculado como el de las finas sábanas que le cubrían. La habitación en donde descansaba era amplia y elegante; los pisos estaban cubiertos con exquisitos tapetes y las paredes adornadas con hermosas pinturas. Los enormes ventanales permitían que el sol y el aire entraran libremente a la habitación llenándola de luz y perfumándola con un embriagante aroma a flores. Afuera el color verde de los árboles enmarcaba a la perfección un enorme jardín cubierto de flores de todos los colores dibujando un paisaje tan hermoso que podía ser observado sin necesidad de levantarse de la cama. Pocas veces había visto un escenario tan sublime.
Retiró la manta y se puso de pie. Caminar le resultó extremadamente difícil al principio, parecía como si sus piernas hubieran estado inutilizadas por un largo período de tiempo, sin embargo con cada paso que daba su cuerpo recordaba los movimientos necesarios para realizar semejante acción. Se paró frente al ventanal a observar las maravillas de la naturaleza. No había forma de pensar que toda esa belleza fuera posible en la tierra, tenía que estar en otro lugar.
-Los campos Elíseos…-dijo en un susurro.
No habló más; no tenía nada más que decir y tampoco tenía nadie que le escuchase. Estaba solo. Permaneció de pie admirando el panorama e interrogándose acerca del por qué se encontraba en semejante lugar, después de todo jamás pensó que algún día llegaría a ver el Paraíso.
-Al fin despertaste, dormilón-una voz femenina a sus espaldas le hizo respingarse debido a lo inesperado de la presencia de alguien más ahí.
Rápidamente volteó el rostro para ver de reojo a una mujer parada bajo el marco de la puerta. Sus largos cabellos rubios cubrían parcialmente sus ojos de color ámbar tan enigmáticos como la sonrisa que tenía en sus labios. Su frente estaba adornada por una tiara de la cual pendía una piedra roja que indicaba la importancia del rango de esa joven. Avanzó hacia él con prudencia, cómo si temiera algún tipo de reacción de su parte.
-¿Quién eres?-preguntó él con frialdad a pesar de que la curiosidad le carcomía por dentro.
-Es de mala educación exigirle el nombre de alguien sin antes presentarse a uno mismo-ella sonrió con cierta inocencia.
La misteriosa joven se acercó hasta quedar a escasos centímetros de él. Alzó levemente el rostro para que los ojos de ambos se encontraran; tal vez había sido su idea, pero en un instante el candor que la rubia demostraba unos segundos antes desapareció para dar paso a una abrumadora sensualidad que le resultaba particularmente embarazosa.
-Mi nombre es Artemisa-por fin habló-¿Cuál es el tuyo?
-No tengo un nombre…-bufó mientras levantaba una ceja a causa de la incómoda cercanía de esa mujer-…pero puedes llamarme Máscara de Muerte.
Continuará…
Solo tengo una cosa que decir: ¡Muajajajaja! XD
No, en realidad tengo muchísimas cosas que decir empezando por agradecerles a todos y cada uno de ustedes que se han tomado la molestia de dejarme un review y de animarme a seguir adelante con este proyecto. No tienen idea de lo mucho que disfruto leyendo sus comentarios. Gracias: Dama de las Estrellas, angel de acuario, Chris, Kisame Hoshigaki Kagome-Black, tomidnight, anonymous-anonimo, ELI251, Dai_Acuario, Alfa, WindKing, Leonis-Alterf, DiCrO, Sanae Koneko, Minelava, Leika-kannon, sol angel dpl, shaoran-sagitario, Kenshin Aoyagi, SilentForce666, Tisbe, Jaelinna y RIAADVD. No tengo suficientes palabras para expresarles mis agradecimientos ^^
La idea era traer mechoncitos de cabello de Saga para todos los que quisieran pero la Dama de las Estrellas acaparó todos ¬¬ En fin, paso a los replies:
Chris: Espero que este capítulo haya respondido tus dudas sobre lo que sucedió con Kanon, o al menos una parte de ellas. En cuanto a Saga, sí, esta sufriendo, pero bien que se consuela el chico ¬¬ Espero que este final te haya resultado tan sorpresivo como el anterior XD. Muchas gracias por seguir leyendo ¡¡Abrazos!!
ELI251: ¡Hola! Pues al final Kanon no murió, pero creo que tampoco ha salido bien librado de toda la pelea con Ares. Y sí, parece que los niños están vivos. ¡Saludos!
Dai_Acuario: Mil gracias por tus palabras, me animan a seguir adelante con este fic ^^ La verdad es que últimamente he hecho sufrir de más a los goldies, sin embargo creo que muy adelante vendrán tiempo más fáciles para todos. Como ves parece que Kanon se aferra a permanecer entre los vivos mientras el cangrejo ha hecho su reaparición…ya veremos que les espera. ¿Shura? ¿Qué te digo de Shurita XD? Y Afrodita…creo que le tengo envidia T.T. Ha sido un gusto saludarte. Que estes bien y gracias por leer.
DiCrO: Espero que no te hayas desmayado de la impresión XD…pero aquí tienes de regreso a tu adorado cangrejo de oro. Han sido unos días verdaderamente intensos para los chicos y para los dioses metiches, sin embargo las cosas comenzarán a caer en su lugar. Muchos dioses, muchos santos, y tantas ideas. Gracias por tus palabras de ánimo. ¡Saluditos!
Kenshin Aoyagi: No tengo como agradecerte los halagos ^//^ Que bueno que regresaras y espero que te gustara el capítulo. ¡Cuídate! ¡Saludos!
Tisbe: Chica sabes que me encanta saber de tí, así que siempre será un gusto leerte y saludarte. En cuanto a Aioria y MM…bueno, aquí en este capítulo tienes parte de la respuesta, pero ¿Dónde está el león dorado? XD ¡Besos!
Jaelinna: ¡Wow! Gracias por tus buenos deseos y el aliento que me das =) Creo que la tardanza con este capítulo se debió más que a falta de inspiración a falta de capacidad verbal, las ideas estaban ahí desde el principio pero no buscaba la manera de plasmarlas, al final aquí tienes el resultado, espero que te guste. Prometo que aún hay mucho de Dohko y Herse, sin embargo todo será a su tiempo. Esta parejita me encanta así que no pienso dejarla ir. Bienvenida al fic y ¡ah! Dale mis saludos a tu mami ^^ ¡Que estén bien las dos! ¡Saludines!
Antes de despedirme: La autora no se hace responsable de daños psicológicos ocasionados por este fic (¿Lo lees Silent? ¬¬ Así que basta de enviarme a ver cosas feas en el Inframundo XD).
Como siempre les mando un saludo a todos y todas. ¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
Sunrise Spirit
