Capítulo 20

Sueños y realidades

-No tengo un nombre, pero puedes llamarme Máscara de Muerte-bufó el santo de cabellos azules echando el cuerpo para atrás con la intención de crear espacio entre él y la encimosa mujer que tenía en frente.

-¿Máscara de Muerte?-Artemisa alzó una ceja-Que sobrenombre tan poco propio para un santo de Athena-las seductoras facciones de la diosa de la luna quedaron en el olvido dando lugar de nueva cuenta al angelical rostro que había mostrado cuando se conocieron.

Caminó hasta la ventana de la habitación y permaneció de pie observando atentamente el manto de flores que cubrían el jardín de afuera. La fresca brisa mecía sus cabellos dorados a la vez que hacía revolotear sus largas vestiduras alrededor de ella creando una candorosa aura que envolvía la delicada figura de la gemela de Apolo; sin embargo para el santo de Cáncer aquella inocente fachada solamente ocultaba las oscuras intenciones que muy seguramente guardaba la diosa cazadora. Y nadie podía culparlo. Hasta ese día, y con la única excepción de Athena, Máscara de Muerte nunca se había encontrado cara a cara con un dios por el cual valiera la pena entregar su vida.

Fijando su mirada en ella, el santo la recorrió buscando descifrar el lenguaje corporal de la deidad deseado encontrar alguna señal, algo que pudiera indicarle cuales eran los motivos de la presencia de la joven ahí. En más de una ocasión estuvo tentado a preguntarle, a encararla con la finalidad de descubrir la verdad que sentía le era negada. No podía sacarse de la cabeza que las imágenes de su última batalla con el jabalí de Erimanto no eran un sueño o una ilusión causada por la deidad presente; estaba más que seguro de haber muerto en algún punto de esa pelea, pero el hecho de estar de pie y sin ningún rasguño en su cuerpo parecía contradecir sus propios recuerdos. Fastidiado de buscarle sentido a sus ideas, el guerrero torció la boca para luego soplarse los flequillos mientras caminaba hacia la puerta de la habitación dispuesto a no quedarse encerrado un solo minuto más. ¿A dónde iría? Poco le importaba, aún si tuviera que pasarse el día entero dando vueltas en los jardines de los Elíseos prefería eso a estar esperando a que la diosa se dignara a contarle todo.

-¿A dónde crees que vas?-escuchó la suave voz de la rubia cuando su mano tocó la manija de la puerta.

-Eso no te importa-le respondió con su característica insolencia-Si estoy muerto se supone que soy libre de los malditos designios de ustedes los dioses, así que poco puedes hacer para detenerme.

Grande fue la sorpresa del cangrejo dorado cuando descubrió que no podía abrir la puerta. Por más que se esforzó en girar la perilla todo lo que intentaba era inútil. Estaba encerrado. Maldijo por lo bajo sin dejar de pelear contra la puerta, no estaba dispuesto a darse por vencido. Forcejeó contra la puerta sin descanso hasta que una carcajada de Artemisa le puso en alerta y le obligó a observarla por el rabillo del ojo.

-Debo reconocer que eres un hombre perseverante, terco, pero perseverante-le dijo la diosa con marcada ironía en su tono al mismo tiempo que se volteaba para darle la cara al joven-¿Acaso no entiendes que jamás podrás abrir esa puerta? No hay forma de que puedas salir de este lugar si yo no lo deseo.

-Maldita mujer-se quejó entre dientes el santo.

-Además… ¿Qué te hace pensar que estás muerto? -los ojos de Máscara se abrieron sin que pudiera ocultar la sorpresa que la declaración de la deidad de la caza le producía-¿Por qué no observas a tu alrededor? Me parece que alguien que ha estado antes en el Infierno sería capaz de reconocerlo, ¿cierto? ¿Qué creías? No me digas que en realidad pensaste que estabas en los Campos Elíseos-la diosa sonrió con cinismo al ver al italiano frunciendo el ceño-¡Vaya que me sorprendes! ¿En serio piensas que un miserable bastardo como tú alguna vez conocerá el Paraíso?

El rostro del peliazul se tensó. Apretó la mandíbula para tragarse las maldiciones que desfilaron por su cabeza al sentirse burlado por la diosa de la luna. De alguna forma tenía mantener el autocontrol, sobre todo porque si Artemisa hablaba con la verdad, entonces no tenía la menor idea de donde estaba o de lo que sucedía con él; lo único que sabía era que de alguna forma su destino dependía de ella. Se mantuvo callado simplemente observando a la rubia quien también le miraba.

-¿Dónde estoy?-le cuestionó con severidad dispuesto a no aceptar más que la verdad por respuesta. El juego de la diosa le estaba cansando.

Artemisa avanzó un par de pasos hacia él. Se mordió el labio con coquetería para luego dibujar una sonrisa algo maliciosa en sus labios.

-Estás más allá de los Elíseos, en el lugar consagrado a los dioses, un lugar que los mortales solamente se atreven a soñar, y sin embargo tú, Máscara de Muerte, tendrás el placer de conocer.

La diosa volvió a darle la espalda dirigiéndose a la enorme ventana. Con fuerza abrió de par en par las cortinas dejando que el intenso brillo del sol de la mañana iluminara por completo el lugar haciendo que los ojos azules del santo de Cáncer se entrecerraran momentáneamente. De nuevo posó sus pupilas en él al mismo tiempo que le sonreía con triunfo.

-¡Bienvenido al Olimpo!-declaró Artemisa como quien festeja una gran hazaña.

No fue necesario que el cangrejo dorado dijera algo, su rostro habló por él descubriendo sin el más mínimo reparo lo mucho que aquella noticia le impactó. Tenía que ser una mentira. Resultaba imposible creer que se encontraba de pie en algún lugar del Monte Olimpo y más aún ¡estaba vivo! Como fuera su realidad se había tornado en un mundo surreal que amenazaba con destrozar su cordura.

Recobrando la compostura tras la breve demostración de emociones, Máscara se detuvo a examinarla con atención. La veía disfrutar desvergonzadamente de las reacciones que él emitía y, de alguna forma, estaba seguro que las sorpresas todavía no terminaban. Lo leía en sus ojos ámbar, en esa cínica sonrisa que se había posesionado del rostro de porcelana de Artemisa; tenía que estar preparado para lo que fuera que seguía.

-No pareces muy feliz de saber que estás vivo, ¿qué sucede?, ¿piensas que estoy mintiendo?

El santo gruñó por toda respuesta. No estaba seguro de querer esa segunda oportunidad, mucho menos a sabiendas de que muy posiblemente el precio a pagar por permanecer entre los vivos fuera más elevado de lo que podía o deseaba pagar.

-Que ingrato has resultado. Otros en tu lugar estarían más que agradecidos de recibir este regalo que hoy te ofrezco, sin embargo no veo más que desconfianza y rencor en esa fría mirada tuya-le reclamó la diosa tomando ofensa en la actitud del santo de las máscaras.

-No soy ingenuo, sé que este "regalo" viene con condiciones, por lo tanto no tengo que agradecerte que me arrebataras mi libertad-respondió con desprecio Máscara de Muerte.

Artemisa sonrió complacida. Le gustaba la forma de pensar de ese sujeto, no podía ocultar que le agradaba la idea de tenerlo a su disposición.

-¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me salvaste?-preguntó el santo arrastrando cada palabra.

-Necesito tu ayuda-la diosa le respondió sin titubear.

Máscara no pudo evitar reírse con sarcasmo al mismo tiempo que sacudía ligeramente la cabeza negando. El mundo se estaba volviendo loco. ¿Desde cuando una diosa que se jactaba de ser superior a las infelices mortales solicitaba la ayuda de un ser imperfecto y tan bajo como lo era el hombre para las deidades? No, no, no. Aquello era una mala broma. Una pesadilla. Sí, eso era. Con seguridad se encontraba en el Infierno y ahí le atormentaban con visiones que tendrían finales aterradores y apropiados para castigar a un tipo con él. Bueno…si ese era su destino, entonces lo enfrentaría como el santo que era. Pagaría todos los crímenes que cometió en su vida y lo haría porque en verdad creía merecerlo. Suspiró tragándose la risa y observó a Artemisa con algo de incredulidad.

-¿Necesitas mi ayuda? ¿La ayuda de un miserable bastardo como yo?-preguntó dispuesto a seguirle el juego a su sueño.

Ella asintió.

-¿Para que me necesitas?-volvió a cuestionarla con mayor seriedad y preparándose para lo peor.

-Tu reputación te precede, Máscara de Muerte. Guerrero fuerte e indomable, poseedor de un espíritu oscuro e inmisericorde, mensajero de dolor y ferviente defensor de la ley del más fuerte. El que trae la muerte grabada en el alma-con cada frase de la deidad, Máscara de Muerte sentía su piel erizarse ante la cruel pero acertada definición del hombre que solía ser.

-¿Cuál es el punto?-interrumpió el santo buscando callar a Artemisa.

-Quiero que me ayudes en la creación de un grupo de guerreros que peleen única y exclusivamente bajo mis órdenes, combatientes consagrados a mí y dispuestos a todo por su diosa-le dijo sin más preámbulos la rubia.

Máscara de Muerte frunció el ceño al darse cuenta de que sus suposiciones no resultaron ser falsas. No podía esperarse menos de los megalómanos dioses, para ellos no existía nada más que el beneficio propio y ninguno de sus dones era gratuito.

-¿Y si me niego a ayudarte con la creación de este "ejército de estrellitas"?-el rostro de Máscara de Muerte retomó la rigidez esperando que la respuesta de la diosa no fuera lo que estaba esperando.

-Dejemos algo en claro, santo de Athena-Artemisa sonrió con desvergüenza a sabiendas de que ella también podía jugar con el cangrejo dorado-La parte en la que "necesito tu ayuda" era solamente una formalidad. Te guste o no vas a ayudarme, no hay otra opción para ti.

-¿En serio? ¿Cómo piensas obligarme?

Los delgados labios de la diosa de la luna dibujaron una torcida sonrisa que, aunque Máscara nunca lo admitiría, consiguió preocuparle. Un punzante dolor capturó la atención del santo de la cuarta casa haciéndole prestar atención a su brazo. Pudo observar como el agujero que tenía en el bíceps antes de morir volvía a abrirse lentamente antes sus ojos. La sangre comenzó a correr libremente por su brazo cayendo al piso y mancillando el blanco puro de la fina alfombra bajo sus pies. El dolor aumentaba cada vez y, su brazo ya no era el único punto de sufrimiento. Cientos de heridas se abrían por todo su cuerpo, las mismas que tenía hasta el último momento que perdió la consciencia frente al jabalí de Erimanto. Cayó al piso de rodillas sosteniendo una impresionante cortadura en su abdomen. No podía respirar. No podía siquiera gritar de dolor. El sufrimiento le estaba robando la cordura. Sus ojos se nublaron y todo a su alrededor se volvió borroso, sin embargo consiguió distinguir frente a él la figura de la joven deidad que se agachaba y, tomándole del mentón, le obligaba a levantar el rostro.

-El dolor te sienta bien.-le dijo en un murmullo.

-Maldita-masculló Máscara de Muerte mientras la frustración de no poder hacer nada le despedazaba los nervios. Ella pareció no inmutarse ante el insulto y continuó observándole con fascinación.

-¿Estás dispuesto a ayudarme ahora? Una sola palabra puede salvar tu vida ¿eres tan orgulloso como para no pronunciarla? ¿O quizás el dolor impide que tu lengua funcione?

El peliazul afiló la mirada negándose a caer en el chantaje de Artemisa. No lo haría de nuevo. No podía traicionar una vez más a su señora. Era un santo de Athena, dedicado en cuerpo y alma a la señora de la sapiencia; aquella tan misericordiosa como para acordarse de salvar el alma de un maldito traidor como él. No la decepcionaría de nuevo. Apretó los ojos al sentir cerca el final. ¿Cuántas veces más tendría que experimentar la muerte hasta encontrar el descanso definitivo? ¿Sería lo suficientemente fuerte para enfrentarse de nuevo a la incertidumbre de morir? Pronto lo sabría. "Athena", a ella voló su último pensamiento. A su señora, a su diosa.

-¡Que delicados son los mortales!-Artemisa volvió a ponerse de pie atestiguando el sufrimiento del santo dorado que estaba a sus pies- Me pregunto si observar la muerte de tu compañero será tan interesante como verte a ti justo ahora.

Las palabras golpearon sin piedad a Máscara de Muerte. Aioria. Se había olvidado por completo de él. Por un breve instante el dolor físico pasó a segundo plano cediendo su lugar a una mezcla de curiosidad y remordimiento. ¿Acaso el león era también prisionero de la diosa cazadora? ¿A qué se refería esa mujer cuando hablaba de observar su muerte? ¿Pensaba matarlo solo porque él se resistía a apoyarla en sus locos planes de tener guerreros a su disposición? Necesitaba saber más. Pero… ¿era prudente saber más? ¿Podría tomar la decisión más sensata si tenía que elegir entre su compañero y su diosa? ¡Maldición! El antiguo Máscara nunca habría pensado en eso, sin embargo ahora no podía evitarlo. Reunió todas las fuerzas que quedaban en su agotado cuerpo llevando al límite su resistencia.

-A-aioria-balbuceó.

Artemisa se respingó ocultando una sonrisa de triunfo al adivinar que había tocado un nervio en el santo.

-¿Aioria? ¿Ese es su nombre?-preguntó con fingido interés-Poco importa ahora que morirá. Si te encuentras con él en el Infierno, quizás quieras mencionarle que fue debido a tu terquedad que ambos estén en el mundo de los muertos.

Máscara de Muerte apretó los dientes con rabia. Era muy diferente disponer de su propia vida que sentir sobre sus hombros la responsabilidad de la existencia de alguien, mucho más si esa persona resultaba ser uno de sus compañeros. Aún así titubeó. Sentía su alma quemarse por la dudas, forzado a decidir entre el honor y la amistad; sin más remedio que sacrificar la misión de su existencia o a uno de sus recién hallados amigos. Cerró los ojos al tomar su decisión, no había marcha atrás.

-S-si-obligó a su lengua a pronunciar torpemente esa palabra pequeña pero tan poderosa como ninguna otra.

Una carcajada escandalosa retumbó en el vacío de la habitación. No era otra más que la diosa de la luna que festejaba con desbordante alegría su victoria sobre la voluntad del santo que yacía a sus pies hincado en un charco de sangre carmesí. Una resplandeciente energía color plata envolvió cálidamente al santo de Cáncer quien sentía como lentamente la vida parecía regresar a él. Sus convalecientes pulmones no se daban abasto, su cuerpo entero exigía oxígeno conforme sus órganos volvían a la normalidad después de haberse enfrentado cara a cara con la muerte. Sus manos le sirvieron de apoyo para mantenerse hincado. Sus ojos presenciaron con inigualable sorpresa como el cruente panorama frente a ellos desaparecía como si se tratara solamente de un terrible pesadilla. Sus heridas sanaron, la sangre derramada desapareció, pronto no quedo rastro de lo que había sucedido en ese lugar.

-Es un trato, Máscara de Muerte.

La delgada voz de Artemisa le devolvió a la realidad. Alzó la mirada hacia ella, forzando a que sus ojos se encontraran con los de color ámbar de la diosa. Todavía sentía sus músculos entumidos y un extremo cansancio se había apoderado repentinamente de él, sin embargo aún no estaba listo para descansar. Tenía una duda más.

-Aioria. ¿Dónde está Aioria?

-Tu compañero se encuentro bajo mi resguardo y ahí permanecerá como garantía de que cumplirás tu palabra. No debes preocuparte más por él. Enfócate única y exclusivamente en la que, a partir de ahora, es tu misión.

Sin una sola palabra más, Artemisa abandonó los aposentos. Empujado por su propio orgullo Máscara de Muerte consiguió ponerse de pie con muchos esfuerzos y, tambaleante, caminó hasta dejarse caer sobre la mullida cama dispuesta para él. Estaba agotado. Pronto su cuerpo y mente sucumbieron ante el cansancio hundiéndolo en un profundo sueño del que Máscara no deseaba despertar.


Saga había pasado aquella eterna noche sentado en las escalinatas de entrada al templo de la diosa de la sapiencia. No podía hacer más. El frío que se había apoderado de su alma le impedía dormir, le trastornaba la razón y alienaba cuanto sentimiento intentara apoderarse de él. En cierta forma lo prefería. Prefería ser incapaz de sentir que experimentar el dolor de los últimos días quemándole por dentro. En el horizonte presenció la magistral entrada del dios del Sol tomando el lugar que unos segundos ocupaba Artemisa. La frescura del aire de la noche lentamente fue desapareciendo conforme el astro rey calentaba con su luz dorada todo aquello que sus rayos tocaban. La mañana había llegado.

Sus ojos verdes, cansados y adormilados, recorrieron impávidos los verdes jardines que enmarcaban con deliciosa belleza el recinto de la señora Athena. La falsa calma que rodeaba el lugar ocultaba perfectamente la tragedia que se vivía detrás de los altos y fuertes muros de la residencia terrenal de la diosa, sin embargo las cicatrices de dicho dolor permanecían en el santo como vívida prueba de que la noche anterior no había sido una pesadilla. Aún más dolorosas que las laceraciones físicas, las heridas en su corazón seguían frescas y continuaban agrandándose con cada segundo que transcurría.

Cansado de atormentarse con sus propios pensamientos y, a sabiendas que pronto sus compañeros irían en su búsqueda, el santo de Géminis se levantó con rumbo a la nueva habitación que le había sido asignada durante el tiempo que Kanon estuviera dormido. Y es que no deseaba verlo. Sabía que no resistiría ver a su hermano atrapado en un sueño del que probablemente no despertaría y mucho menos cuando el causante de la desgracia de Kanon no era otro más que él mismo.

Con presteza avanzó por los vacíos corredores del edificio agradeciendo tener libre el camino hasta las habitaciones, lo que menos deseaba en esos momentos era encontrarse con alguien. Sin embargo, la efímera paz que experimentaba conforme se acerca a su destino sin encuentros fortuitos con sus compañeros fue esfumándose al divisar en su recorrido la puerta tras la cual descansaba el cuerpo de su gemelo. Algo le obligó a detenerse frente a la entrada. Ignoraba por completo qué era aquello que detuvo su andar y por qué se espíritu repentinamente anheló librar los pocos pasos que le separaban de los aposentos de Kanon; más sin que pudiera evitarlo, se encontró sosteniendo la cerradura de la habitación. Silenciosamente abrió la puerta, solo lo suficiente como para distinguir sobre la cama el cuerpo inerte del que fuera dragón marino. Un escalofrío recorrió su espalda cuando los recuerdos de las últimas palabras de Kanon regresaron a su mente. "Abre los ojos." Apretó los ojos al sentirse vulnerable de nuevo. El poco valor que había reunido para acercarse a su hermano se esfumó con rapidez dejando solamente vacilación y desesperanza en el corazón de Géminis. Sus manos temblorosas y frías buscaron con desesperación volver a cerrar aquella pequeña rendija por la que había visto a Kanon descansando en el amplio lecho preparado para él, sin embargo el repentino sonido de un suspiro en el interior de la habitación infundió en él un deseo insostenible de abrir por completo la puerta suplicando en silencio porque esa fuera la prueba de que su gemelo recuperaba lentamente la consciencia.

Con cada paso que le acercaba al borde de la cama sentía que sus rodillas le fallaban. Todo a su alrededor parecía desdibujarse quedando intacta para sus ojos solamente la imagen de la cama en la que yacía Kanon. Contuvo la respiración al tener justo frente a él su hermano. Sus ojos se fijaron en los de él hombre con un rostro idéntico al suyo, atento al más leve de los movimientos que pudieran infundirle fuerzas para seguir creyendo; más no encontró nada.

-¿Saga?

Al escuchar su nombre, Saga se dio cuenta que no estaba solo. Había sido tanta su ansiedad por ver despertar a Kanon, que la presencia de una tercera persona en la habitación con ambos pasó desapercibida para él. Sentado en un sillón, con las piernas flexionadas contra su pecho, el santo de Escorpión observaba con la mirada cansada la escena entre los gemelos de la tercera casa. Saga no se atrevió a mirarle de frente sino que bajó la cabeza permitiendo que sus flequillo cubrieran parcialmente sus ojos impidiéndole a su acompañante leer en ellos algo que pudiera incomodarle.

-Aún no despierta…-habló despacio el escorpión, cómo si tratara de no importunar el sueño de su amigo.

-¿Qué haces aquí Milo?-le cuestionó con cierta frialdad y severidad el de Géminis.

-Anoche, mientras intentaba dormir, recordé que Athena dijo que Kanon esta atrapado dentro de su propio cuerpo. Eso quiere decir que puede escuchar, puede sentir, se da cuenta de lo que sucede a su alrededor ¿no es así, Saga?-Milo miró a Saga como quien espera ansioso la respuesta de alguien a quien le debe admiración y respeto y en cuya palabra confiaría ciegamente.

-Supongo-con sequedad respondió el de Géminis. Milo asintió.

Los ojos del santo de Escorpio dejaron a Saga para posarse compasivos sobre el gemelo menor. Sonrió con tristeza mientras una solitaria lágrima resbaló por su mejilla sin que hiciera nada por impedirlo.

-Eso pensé, y entonces me di cuenta de algo: No quería que Kanon estuviera solo. Ha pasado demasiado tiempo hundido en la soledad que ahora que ha conseguido derrotarla no voy a permitir que vuelva a caer en ella.

La reflexión del escorpión dorado sacudió los sentimientos de Saga. Se sintió abofeteado por cada una de las palabras que surgieron de la boca de Milo, sin embargo se rehusó a externar el mar de emociones que afloraron dentro de él. Permaneció inalterable frente al cuerpo de su hermano contemplando su sueño.

-¿Saga?-volvió a dejarse oír el escorpio-Sabes bien que no me atrevería a juzgarte, pero…¿por qué lo haces? ¿Por qué nos rechazas una y otra vez? Insistes en mantener lejos de nosotros, prefieres sufrir completamente solo que atreverte a compartir tus penas con los que te consideramos nuestro amigo.

Un par de mechones azules cubrieron los verdes ojos del santo de Géminis buscando resguardarse de la insistente mirada de Milo. Saga se atrevió a mirar de reojo a su compañero sorprendiéndose al encontrar la usualmente jovial mirada del escorpión hundida en la más profunda de las tristezas y suplicando por una respuesta de su parte. Géminis no pudo evitarlo. Las memorias de la pelea en Virgo regresaron de inmediato a su mente. La feroz mirada de reproche por parte de Milo, el dolor reflejado en ese par de pupilas ahogadas en las lágrimas, la rabia nacida de la impotencia; todo volvió a ser tan vívido como en ese momento.

Milo esperó pacientemente por una respuesta que nunca llegó. Un suspiro fue todo lo que recibió por parte de Saga. Dispuesto a no tener que enfrentar al santo de la octava casa, el de géminis abandonó la habitación dejándole completamente sorprendido; en el fondo prefería que fuera así. Prefería desilusionar a Milo que lastimarlo. En el estado en que se encontraba, el santo de los gemelos sabía que no sería capaz de controlar su lengua y que era cuestión de tiempo antes que las palabras hirientes escaparan de sus labios.

En completo silencio Milo vio la gallarda figura desaparecer por el marco de la puerta. Suspiró cuando se perdió de vista. Lo apreciaba como si se tratara de su hermano mayor y por eso le dolían verle así, pero también había aprendido a comprender la complicada mente de Saga y sabía que poco podía hacer para detener su desenfrenada caída. Se restregó los ojos cansados y dirigió su mirada hacia la ventana observando como el sol se había posesionado del cielo. El momento de reunirse con Athena había llegado.

Se puso de pie estirándose con pereza. Caminó hasta la puerta deteniéndose antes de salir para ver por última vez a Kanon.

-Tienes que despertar, Saga te necesita más que nunca…todos te necesitamos-le dijo en un murmullo antes de dejar en soledad la habitación.


Los rayos de sol atravesando el techo formado por las olas del océano se convertían en un arcoíris que iluminaba de mil colores el sagrado recinto de Poseidón. Perséfone aspiró llenando sus sentidos del fresco aroma de los mares mientras sus ojos recorrían maravillados los dominios de su tío. Había llegado hasta el fondo marino con la incertidumbre inundando su corazón y si se atrevía a llegar hasta ahí era únicamente porque en realidad tenía aprecio por su hermana Athena. Se aventuró sin ningún tipo de temor en el enorme y lujoso templo que se alzaba en medio de la ciudad hundida en las profundidades hasta llegar a la sala principal que albergaba la presencia del dios de los mares.

Expandió levemente su cosmoenergía para anunciar su llegada permitiéndose entrar al gran salón sin ningún tipo de invitación del dios regente quien solamente atinó a fijar sus penetrantes ojos azules en la joven emperatriz del Infierno. Perséfone se detuvo a los pies del trono del rey de los mares y con una leve reverencia ofreció sus respetos al hombre sentado frente a ella.

-Que gran sorpresa verte en mis dominios, querida Perséfone-le saludó Poseidón haciendo gala de la elegante y masculina voz que recordaba el relajante sonido del océano.

-Me temo que mi visita no es una de cortesía-habló la diosa.

-Nunca esperé que lo fuera-sonrió el señor de los mares al mismo tiempo que se ponía de pie avanzando hacia su sobrina-Es poco usual encontrarte separada de tu madre o tu esposo, por ello intuyo que las razones que te han traído hasta aquí son realmente poderosas.

Perséfone asintió sin quitarle los ojos de encima al dios del tridente. Con una señal, Poseidón le indicó que le siguiera guiándola a través de una serie de espaciosos e iluminados pasillos hasta que ambos se encontraron en una terraza bañada por una tenue luz cerúlea. Un bellísimo jardín repleto de flores y plantas acuáticas de todo tipo les dio la bienvenida invitándoles a sentarse en una de las mesas para continuar su conversación en la más completa privacidad rodeados de un espectáculo de la naturaleza. Ambos dioses tomaron asiento el uno frente al otro.

-Aquí nadie nos interrumpirá, ¿qué es lo que sucede Perséfone?

-Son Athena y sus santos-comenzó su explicación la diosa de cabellos verdes-Dos de ellos murieron hace unos días mientras enfrentaban al jabalí de Erimanto, sin embargo ninguno de sus nombres aparece en el libro de la muerte. Es como si simplemente hubieran desaparecido de la faz de la tierra.

El rostro de Poseidón permaneció inmutable al escuchar la breve historia contada por la hija de Deméter. Si alguna idea cruzaba por su cabeza, a la joven deidad le sería imposible deducirla por los gestos de aquel rostro imperturbable.

-Sigo sin entender la razón por la que estás aquí. Si esos hombres no se encuentran en el libro de Hades es obvio que aún están vivos, tal vez simplemente no se han tomado la molestia de buscarlos correctamente.

-Poseidón, los cuerpos de esos hombres ardieron en la hoguera. Estaban muertos. Las estrellas lloraron su muerte y el mismísimo Zeus la corroboró, ¿cómo es posible que haya habido un error de semejante magnitud?-el tono sereno de la diosa se desvanecía conforme las palabras surgían de su boca revelando ante el señor de los océanos su desesperación por encontrarle sentido a la poca información que había conseguido reunir.

-Si tienes tantas dudas al respecto tal vez deberías acudir a Zeus en persona-le dijo Poseidón sin perder el temple.

-Esa no es una opción. En primer lugar porque sabes bien que mi padre se ha deslindado de todo lo relacionado con las tareas de los santos de Athena. En segundo porque de recurrir a él sería inevitable que Hera se enterara.-Poseidón frunció el ceño otorgándole la razón a Perséfone-Le prometí a mi hermana que haría todo lo que esté en mi poder para encontrarles y eso es justamente lo que estoy haciendo, pero ahora necesito tu ayuda. ¿Cómo es posible que esté sucediendo esto?

Buscando concentración, el rey de los mares se puso de pie para caminar unos cuantos pasos por el jardín de su palacio. Atenta a cualquier movimiento, Perséfone permaneció en su silla siguiendo con sus ojos rosas la figura del que fuera su tío. Trataba de encontrar algún signo, alguna señal en los movimientos corporales de Poseidón; se sentía insegura de haber conseguido convencerle para desenmascarar el misterio que se levantaba alrededor de los santos de Cáncer y Leo. Por fin una respuesta. Observó como el dios suspiró profundamente, incluso podría decirse que con resignación, para luego regresar al asiento que le pertenecía frente a ella.

-No voy a mentirte, desconozco por completo lo que está sucediendo entre los dioses, ignoro las verdaderas intenciones detrás de las falsas máscaras que utilizan en su búsqueda de poder; sin embargo solamente existe uno de nosotros que es capaz de llevar a cabo semejante truco con tan grandioso resultado…

La expresión de Perséfone se tornó en una de completo asombro. Poco a poco las palabras de Poseidón comenzaban a crear una idea definida del causante de todo el enredo.

-Perséfone, piénsalo bien-siguió hablando el del tridente-Uno solo de nosotros, además de Hades y de ti, posee la habilidad de entrar y salir del Inframundo a voluntad, ese mismo que se ha jactado de hacer de guía de los muertos. Si me preguntas yo te diría que el dios que mueve los hilos detrás de este espectáculo no es otro más que…

-Hermes…-susurró su nombre la diosa de los muertos.


-Buenos días, ¿cómo dormiste?

El repentino saludo del santo de la virgen sacó a Mu de sus propios pensamientos. Estaba lo suficientemente distraído como para pasar por alto la presencia de su compañero que recién ingresaba a un semi vacío comedor para tomar el desayuno. Antes de la llegada del rubio, las únicas personas presentes en el lugar eran los santos de Aries y de Tauro, sin embargo apenas habían cruzado palabra permaneciendo cada cual encerrados en las ideas que cruzaban sus mentes.

-Dormir no define exactamente lo que hice anoche. Yo le llamaría "dar vueltas en la cama con los ojos cerrados"-respondió un agobiado carnero dorado.

Y no le mentía. La paz no había llegado a él a pesar de encontrarse en los terrenos de la diosa de la sapiencia, y ese recurrente sueño volvió a hacer acto de presencia como cada noche desde la muerte del cangrejo y del león. No era una pesadilla en sí, pero el contenido de esa visión le perturbaba de sobremanera, al grado que había comenzado a evitar caer dormido con tal no revivir los momentos que sus sueños traían de regreso.

Shaka frunció el ceño. Se sentó juntó a él sirviéndose una ligera merienda como desayuno pero sin hablar una palabra al respecto. Nunca había sido una persona curiosa, sin embargo la intriga que le causaba ese sueño que dejaba sin dormir a su compañero de Aries comenzaba a ser cada vez más grande. Tampoco quería insistir demasiado sobre el tema, si Mu decidía contarle algo sería por iniciativa propio, por nada más. Ambos pasaron un par de minutos en silencio limitándose a observar y, ocasionalmente, probar alguno de los platillos frente a ellos a pesar de que ninguno tenía hambre.

-No sabes como te envidio por haberte marchado antes de que todo sucediera-susurró el lemuriano con la tristeza dibujada en sus ojos-Tú no les viste, no presenciaste sus cuerpos lacerados e inertes tendidos sobre la tierra en medio del bosque, no tienes idea de lo que hubiese dado por no estar ahí. A lo mejor piensas que es estúpido pensar así después de todo lo que hemos vivido, pero la gran diferencia es que en aquel entonces no teníamos esperanza de un destino diferente a la muerte. Después Athena nos regaló una nueva oportunidad de vivir y disfrutar la felicidad que nunca pensamos conocer y de pronto, para Máscara y para Aioria todo terminó. Sus muertes no tienen sentido alguno ni razón de ser, sin embargo ellos no volverán, se han ido para siempre esta vez.

Un nudo se formó en la garganta del santo de Virgo. Siempre tenía palabras adecuadas para cada situación, más no en esa ocasión. Fue como si su lengua se paralizara y su mente empezara a reproducir imágenes que nunca vio pero que por alguna razón podía imaginar. Sacudió ligeramente la cabeza deseando finalizar de una vez por todas con las escenas que invadían su cabeza.

-En verdad lo siento, Mu-se atrevió a responder agachando la cabeza.

-Lo sé-Mu sonrió con resignación-Solo quisiera poder tener un poco de paz, darle un descanso a mi mente, necesito unas horas de sueño.

El rubio torció levemente la boca.

-Esa pesadilla, ¿qué es lo que vez en ella?-por fin preguntó tras sopesar cuidadosamente sus palabras.

-Veo nuevamente el bosque de los centauros. Camino entre las hojas secas escuchándolas crujir bajo mis pies, paso a paso me acerco a la escena donde los encontramos y puedo sentirlo. Sé que están ahí, sé perfectamente que los veré ahí tendidos en el suelo y, a pesar de que no quiero, terminó acercándome a ese horrible lugar.

Mu hizo una breve pausa. Cerró los ojos apretándolos con fuerza, reviviendo aquel sueño perturbador. El mismo Shaka estuvo a punto de solicitarle que se detuviera si esos recuerdos le hacían daño, sin embargo antes de que pudiera pronunciar palabra el carnero de oro retomó su historia.

-Entonces los distingo. Puedo ver el cabello azul de Máscara de Muerte sobresaliendo en el rojo dela sangre que enmarca la escena así que me aproximó a él con recelo. Pero algo sucede. Cuando alguien voltea el cuerpo y su rostro se encuentra con el mío me doy cuenta que no es él. El cadáver que sostienen los centauros no es Máscara, sino solamente una burda imitación de su rostro.

-¿Qué dices?-El comentario del santo de Aries hizo respingarse a Shaka.

Entendía que aquel era solo un sueño pero sin que pudiera explicarlo una sensación de incertidumbre invadió su espíritu. Se sintió estúpido por atreverse a pensar al menos por un instante que la pesadilla de Mu pudiera ser un mensaje de esperanza para ellos, sin embargo toda expectativa desapareció rápidamente.

-Verlo así me trae un vago recuerdo de aquella ocasión en la que me encontré con Saga, Camus y Shura a las afueras del templo de Aries durante la batalla con Hades. Esa noche pude ver sus espíritus, pude ver como sus almas lloraban lágrimas de sangre y en este sueño es igual, solo que el alma suplicante no es la Máscara de Muerte.

-¿Y qué más sucede?-insistió Shaka tras callar unos segundos pensando en el último comentario de Mi

-Nada más, siempre es ahí donde despierto. Me parece que ver a Máscara en ese estado es más que suficiente para robarme el sueño.

Ambos permanecieron en silencio inseguros de que decirse el uno al otro, pero completamente conscientes de que el otro tenía los mismos pensamientos y dudas al respecto. Resultaba imposible no pensar en ello. ¿Aquello era solo un sueño? ¿Era algo más? Ninguno se atrevía a plantear las preguntas en voz alta. Tenían que ser cuidadosos con lo que decían o hacían, ya una vez la esperanza de encontrarles vivos les fue arrancada sin compasión, ¿podrían lidiar con ello de nuevo?

-Mu…-los ojos turquesas de Shaka observaron con recelo al pelila-Quizás deberías…

La puerta del comedor se abrió de improviso dejando entrar la erguida figura de Dohko seguido muy de cerca por un indiferente santo de Acuario que poco parecía impresionarse ante el hecho de que el anciano maestro podía resolver todas sus dudas respecto a lo que Athena sabía en esos momentos sobre ellos. A pesar de su fingida apatía, Camus recorrió el lugar buscando con la mirada el rostro de cierto santo al que pensaba mantener bien vigilado a raíz de las acciones de la noche anterior. No le encontró.

-Buenos días-saludó Dohko atravesando el comedor hasta llegar a las fuentes de comida.

Los ojos de todos los presentes le siguieron con insistencia más el castaño pareció no inmutarse ante ello. Con calma se sirvió para luego dirigirse hacia el asiento al lado de Aldebarán a quien le sonrió ligeramente cuando sus miradas coincidieron.

-Shaka, ¿dónde está Shura?-preguntó el chino sorprendiendo al rubio.

-Esta esperando por Aioros, seguramente ya están en camino-respondió.

Apenas había terminado de hablar cuando la puerta volvió a abrirse. El santo de Sagitario alzó las cejas al sentir sobre él y Shura los ojos de todos los presentes en el comedor. Se sopló el flequillo al darse cuenta que el maestro se encontraba ahí.

-Creo que nos estaban esperando-le murmuró al de Capricornio que iba a su lado.

Shura torció la boca sin el más mínimo reparo. En verdad que no tenía humor para enfrentarse esa mañana a lo que fuera que Athena tuviese planeado después de que el misterio alrededor de ellos fuera develado; desafortunadamente para él, no tenía otra alternativa y prefería primero una pequeña advertencia por parte de Dohko antes de enfrentarse a la diosa. Se disponía a buscar un lugar cuando alguien que pasaba junto a él le brindó un pequeño empujón buscando hacerse de espacio para entrar también al comedor.

-Más cuidado que estoy ciego-reclamó ante el ligero golpe más por fastidio que por haber sido incomodado por el recién llegado.

El ambiente se tensó tan pronto el escorpión dorado se detuvo en seco. Permaneció quieto durante una fracción de segundo que se sintió eterna para todos los presentes, pero al final volteó un poco la cabeza observando por el rabillo del ojo a su compañero de la décima casa. Un brillo apenas perceptible de travesura se manifestó en las pupilas de Milo al mismo tiempo que sus labios se curvaron en una casi invisible sonrisa.

-La última vez que te vi ciego eras mucho menos quejica y bastante más temible…-habló con cierta ironía juguetona-si no me crees pregúntale al templo de Shaka.

Más de uno tuvo que tragarse la risa al observar el gesto de sorpresa del cabrito dorado ante semejante respuesta de Milo. El mismo Shura tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no soltar una carcajada conformándose con sacudir la cabeza desaprobando la mente rápida del escorpión. Con ayuda de su cosmos le vio sentarse a un costado de su inseparable amigo de Acuario al cual le hizo un comentario que Shura no alcanzó a escuchar. Shura decidió hacer lo propio y se encaminó en busca de un asiento vacío en la mesa que comenzaba a llenarse con la presencia de los jóvenes guerreros. Al pasar a espaldas de Milo posó su mano sobre los cabellos azules del chico revolviéndolos con cariño mientras una sincera sonrisa se dibujaba en su rostro. Algún día, cuando se diera la oportunidad, le agradecería a Milo por recordarle quien era el hombre que solía ser.

La silla en la cabecera de la mesa seguía vacía esperando por la diosa de la sabiduría que aún no llegaba al desayuno. Sabían que llegaría, que como todas las mañanas, salvo que algo muy urgente se cruzara en su camino, la señora de Atenas estaría ahí para acompañarles. Pero esa mañana las cosas eran diferentes. Se encontraban en ascuas, ignorando por completo lo que debían esperar de Athena y, a pesar de que estaban seguros de que ella era capaz de comprender su dolor y el drama de sus vidas, ninguno de ellos se sentía completamente a gusto con verla cara a cara. No les restaba más que esperar.

Otras dos sillas permanecían sin ocupante, Saga y Afrodita aún no hacía acto de aparición. El santo de Piscis no tardó en mostrarse. La desolación aún era evidente en su hermoso rostro. Dos círculos oscuros se habían dibujado alrededor de sus ojos como prueba de las pocas horas de descanso y su semblante decaído hacía lucir todavía más tristes a sus ojos celestes.

-¿Cómo sigues?-Mu le preguntó tan pronto Afrodita se sentó junto a él y Shaka.

-Nada bien-contestó con sinceridad.

Su conversación no duró mucho puesto que la una vez más el comedor daba la bienvenida a otra persona. La diosa entró al comedor sintiendo como su sola presencia incrementaba a niveles insospechados la tensión entre sus jóvenes guerreros. Recorrió los rostros de los santos para encontrar en ellos una incomodidad que en el tiempo en que había pasado juntos jamás había experimentado y sabía que la causante de ese sentimiento era ella. Los saludó con una ligera inclinación de la cabeza tomando asiento en la silla reservada para ella. Volvió a hacer un recorrido visual identificando de inmediato la ausencia de su santo de Géminis. No le extrañaba. Era de esperarse que Saga buscara la forma de saltarse el desayuno con tal de esquivar a todos los que ahí se encontraban reunidos. No le gustaba sentirlo tan lejos sobre todo porque estaba consciente de lo difícil que era ser Saga en esos momentos.

Los nueve pares de ojos centrados sobre ella hubieran intimidado a cualquiera, pero para Athena esas miradas le infundían un sentimiento muy diferente al temor, mucho más ahora que conocía los detalles de las vidas que les tocaron vivir. Fijó sus ojos grises en Dohko buscando en los de el santo algo más que lo que veía en el resto de los jóvenes.

-¿Cómo pasaron la noche?-les preguntó con una voz suave pero firme.

Nadie le respondió. Aquella inesperada respuesta de los santos no era evidencia de falta de educación, sino que no esperaban que la conversación de esa mañana girara alrededor de que tan bien podían dormir o no; las expectativas eran otras.

-Creo que a todos nos fue difícil descansar-habló atropelladamente el santo de Libra al observar la reacción de los demás guerreros.

-Pero supongo que no es eso de lo que quería hablarnos ¿cierto, señora?-Shura interrumpió apresurándose a cuestionar las intenciones de Athena.

-Efectivamente, Shura-Athena permaneció inmutable a pesar de que los cuestionamientos del Capricornio no le agradaban del todo-Pero no quiero hablar sobre ello hasta que estemos todos sentados en esta mesa.

-¿Todos? Con todo respecto, princesa, si espera por Saga estamos perdiendo nuestro tiempo. No hay forma de que él se aparezca-Milo la miró con tal seguridad que no había forma de pensar que estaba errado.

-Él vendrá-contestó ella sin dudarlo un segundo.

Todos callaron. Conocían a Saga lo suficiente como predecir con cierto grado de certeza que era casi imposible ver al gemelo presente entre ellos para compartir el desayuno o al menos para escuchar las palabras de la diosa de la sabiduría; sin embargo ninguno de ellos se atrevía a refutarle de nuevo. Algunas miradas cómplices se intercambiaron durante la espera pero ni una sola palabra abandonó sus bocas. Athena tampoco abrió la boca. Suspiró profundamente sintiendo como el tiempo pasaba y nada sucedía. Unos minutos después la puerta del comedor se abrió tímidamente mientras Herse se asomaba a la habitación, un par de pasos detrás de ella se distinguió la silueta del santo de Géminis siguiéndole hasta el interior.

Cruzó el salón sin establecer contacto visual con sus compañeros, ni siquiera se molestó en saludar a la diosa que solamente se limitó a observarlo avanzar hasta situarse en la última silla vacía. Suspiró con evidente fastidio al mismo tiempo que su penetrante mirada se posaba sobre la joven pelinegra en la cabecera de la mesa.

-Me alegra que hayas decidido acompañarnos-le dijo Athena con una sonrisa.

-Supongo que tampoco tenía otra opción-el tono ronco y duro de Saga sorprendió a la diosa quien no esperaba esa actitud del gemelo.

-No la tenías-contraatacó sin dejarse amedrentar por la conducta de Géminis consiguiendo hacerle fruncir el ceño-Bien, ahora que estamos todos presentes quiero decirles que no hay que temer. Puedo entender que sientan ansiedad respecto a lo que Dohko y yo conversamos la noche anterior, comprendo perfectamente que puedan sentirse juzgados o amenazados por lo que yo sepa de ustedes; sin embargo no hay motivo por el cuál deban sentirse mal. Mi intención nunca fue ni será condenarles por las acciones de su pasado o los eventos que se salieron de control en sus vidas. Todo lo contrario. Quiero comprenderles. Quiero ser capaz de ponerme en su lugar, de ser empática con sus sentimientos, pero por sobre todas las cosas quiero protegerles y para ello debo estar consciente de cuales son los puntos vulnerables de cada uno.

Saga sonrió con ironía. No se burlaba de las palabras de la diosa, pero habiendo experimentando en carne propia la fuerza y el poder de sus enemigos, su fe en que la diosa pudiera ayudar solo por el hecho de conocer su historia era poca. Recostó la espalda en el respaldo de la silla y cruzó los brazos sin despegar sus ojos de Athena, dejándole en claro que tampoco iba a retroceder aunque ella se mostrara severa para con él. Ella notó de inmediato el reto en los ojos verdes del gemelo.

-No voy a repetirles una historia que ya todos conocen y mucho menos pienso aleccionarles sobre lo que hicieron o no hicieron; solo voy a pedirles, a suplicarles que confíen en mí. Sé que sus vidas no han sido fáciles, créanme cuando les digo que daría lo que fuera por haberles ahorrado tanto sufrimiento, yo…

Una risita burlona la hizo detenerse sin dar credito a lo que oía.

-¿Dije algo gracioso, Saga?-cuestionó contrariada.

-No, para nada Athena. Es solo que es la primera vez que escucho a alguien decir con palabras tan elegantes que siente lástima por nosotros.

-Jamás sentiría lástima por ustedes, si acaso lo único que su historia me inspira es una gran admiración por la fortaleza que se requiere para sobreponerse a algo de la magnitud de lo que enfrentaron.

-Si usted lo dice-Saga se cubrió la boca con el reverso de la mano para ocultar una sonrisa mordaz.

-Suficiente-habló Athena apretándolo los dientes con claro disgusto hacia Saga-No tienes razón alguna para comportarte de esta forma; si tienes algún problema habla ahora porque tampoco tengo la intención de soportar tus arranques. Dejemos algo muy en claro, yo no soy una niñita insegura que siente miedo ante cualquier demostración tuya de falso orgullo, ¿entendido? Yo soy Athena, diosa de la guerra y señora tuya, por lo tanto exijo respeto hacia mi persona y poco me importa quien seas, no voy a permitirte estas actitudes.

Saga no movió un solo músculo, ni siquiera pestañeó sosteniéndole la mirada a su diosa en clara afrenta. Todo en la sala se detuvo, inclusive el sonido de las respiraciones era imposible de escuchar durante los breves instantes en que el silencio se apoderó de ellos.

-Primero nos da un sermón para decirnos cuanta lástima siente por nosotros y después, sin ninguna consideración me grita delante de mis compañeros echándome en cara que por ser un ser divino usted es superior a mí…déjeme decirle que sus palabras y sus actos carecen de congruencia, señora Athena-escupió el peliazul terminándo de hablar con toda la ironía que le era posible.

-¡¿Qué demonios sucede contigo?!-la reacción del santo de Capricornio no se hizo de esperar saltándo de su asiento para ponerse de pie y golpeaba ligeramente la mesa de madera con sus manos.

-Tranquilo, Shura-intervino Dohko al ver la situación saliendose de control-Señora Athena, le ruego disculpe la grosera actitud de Saga, le aseguró que no volverá a repetirse.

-Yo no pondría mi palabra en eso-murmuró Saga lo suficientemente fuerte como dejarse escuchar-Y tú, Shura, nunca te vi defender con tal pasión a nuestra joven Athena, ¿qué te tiene tan motivado?

Poco faltó para que el santo de la décima casa se lanzara sobre el peliazul, sin embargo el fuerte agarre de Aioros quien estaba sentado junto a él logró evitar un enfrentamiento entre hermanos de Orden. El antiguo maestro tampoco perdió el tiempo. Caminó hasta Saga tomándole del brazo para pararle y acercó el rostro a su oído.

-Retírate AHORA-le susurró tratando de evitar un escándalo mayor.

Géminis estuvo a punto de hacer caso omiso de la orden del mayor de todos ellos, sin embargo por accidente su mirada se encontró con los ojos azules de Camus que le observaban con una frialdad y severidad que ocasionó que la discusión con el santo de Acuario de la noche anterior regresara a su cabeza. Una mueca de disgusto ensombreció la cara de Saga. De un jalón se liberó de Dohko dirigiéndose de inmediato ante la salida. Justo cuando estaba a punto de salir una voz le detuvo.

-Hasta nuevo aviso te queda prohibido abandonar el templo-le dijo Athena sin siquiera dirigirle la mirada-Eso incluye la siguiente misión.

-Al carajo con las tareas-replicó abandonando la sala y azotando la puerta a su salida.


La habitación se encontraba casi en penumbras. Un único rayo de débil luz conseguía escabullirse en por una pequeña rendija que se formaba justo en la unión de las cortinas que cubrían el ventanal. Cuando la puerta se abrió, un tenue resplandor proveniente del pasillo iluminó momentáneamente el lugar extinguiéndose tan pronto la puerta volvió a cerrarse. La recién llegada se sintió desfallecer en el momento es que se encontró adentro. Artemisa tenía miedo. Reunió todas las fuerzas que encontró en su interior para decirse a continuar adentrándose en la oscura habitación sintiendo como cada paso que daba parecía conducirla al final del largo camino en el que estuvo vagando durante años. Sus esfuerzos e incansable lucha la tenían ahí, y sin embargo la diosa temía que la esperanza albergada en su alma se desvaneciera cruelmente con el resultado de su elaborado plan. Se internó en la inquieta soledad de la habitación hasta encontrarse de pie frente a una enorme cama adornada con un larguísimo velo que, a pesar de ser sumamente delgado, le impedía observar a la persona que dormía plácidamente en el magnífico lecho. Completamente sacudida por sus emociones vio su mano temblar mientras se aproximaba a la delicada tela para removerla y abrirse paso hacia el secreto celosamente guardado. El terror le invadió cuando la verdad fue revelada antes sus ojos.

-No puede ser…-murmuró en completa confusión.

Estaba vacía…la cama estaba vacía.

Perdida en su dolor revolvió con evidente consternación las blancas sábanas que cubrían el lecho. Ansiosa, buscó entre ellas a la persona por quien esperó demasiado tiempo. Removía las mantas con desesperación buscando debajo de ellas, ignorando por completo que era imposible ocultar a alguien debajo de las finísimas telas. Su razón se había nublado. Su juicio había desaparecido.

Por fin cayó en cuenta de su error y se alejó consternada del mueble. Sus ojos ámbar se inundaron con pánico al sentir perdida la esperanza que la mantuvo en pie por incontables años. ¿Ese era su destino? ¿La eterna soledad? ¿Acaso había sido condenada a ser infeliz desde el principio de su existencia? De pronto todas esas dudas asaltaron su mente sin ninguna compasión. Siempre habían estado ahí, pero hasta ese día ella tenía la suficiente entereza para seguir adelante con el sueño de un mejor mañana albergando dentro de su corazón la fe de que las cosas cambiarían para ella. Ahora todo se había esfumado. Las lágrimas quemaron sus mejillas al resbalar por su rostro mientras el odio desgarraba sus adentros. En secreto les maldijo. Maldijo a aquellos que se ensañaban con ellas, a esos que la forzaban a llevar una vida que ella nunca quiso, esos que se hacían llamar dioses y que le habían convertido en uno de ellos. Malditos todos.

No transcurrieron muchos minutos antes de que el objeto de su odio fuera alguien más que los habitantes del Olimpo. Él. Ese que con sus palabras y gestos era capaz de arrancarle sonrisas, que la hacía feliz aún en los momentos más difíciles. Recordaba a la perfección el tono de su voz y el brillo en sus ojos. Aún sentía el calor de sus labios cuando por vez primera alguien se atrevió a profanar la pureza de su divinidad y atentó contra su virginal imagen pagando semejante crimen con su vida. Ese hombre. El único al que alguna vez amó. El mortal que despertó a la mujer en ella.

-Te odio-susurró entre dientes y con la voz ahogada en llanto.

-¿Quién es el causante del poderoso sentimiento que opaca la belleza de tu alma?-Una masculina voz resonó con el eco de la habitación.

En segundos las lágrimas se detuvieron. Su cuerpo se paralizó como respuesta a la asombrosa sensación que corrió en instantes por toda ella. Sus mejillas se encendieron, sus ojos se abrieron con sorpresa, sus labios temblaron con perplejidad. No podía verlo pero sabía que era él. Aquella no era más la voz que alguna vez conoció y sin embargo Artemisa sabía que era él. Titubeó antes de voltear. Su deseo de verle, de estrecharle en sus brazos, era infinitamente superior a su razón, más enfrentarle después de todo lo que sucedió le causaba pánico. Entonces tomó una determinación: No más miedo. Jamás volvería a dejar que el temor la dominara como lo había hecho hasta ese día.

Cuando sus miradas se encontraron no fueron necesarias las palabras para que cada uno supiera los más profundos pensamientos del otro. La perfecta conexión entre ambos aún se mantenía intacta. Como si despertara de un largo letargo, el fuego de la pasión se avivó de nueva cuenta en sus espíritus, y en esta ocasión no permitirían que nada ni nadie volviera a intentar sofocarlo. Era un triunfo contra el destino, un triunfo contra los dioses. El amor había trascendido más allá de la muerte reuniendo dos corazones a los que ni el tiempo fue incapaz de separar.

-Orión-pronunció el nombre dejando que una ráfaga de aire que entraba a la habitación lo dispersara en el vacío.

Ahí, en el cuerpo del santo de Leo, la diosa de la Luna había recuperado la esencia del hombre al que siempre amó.

Continuará…


Dedicado para todos ustedes...

Por la fortuna de tenerles como lectores

Kisame Hoshigaki, RIAADVD, cyberiabronzesaint, Dama de las Estrellas, angel de acuario, Jaelinna, tomidnight, Anonymous-anonimo, Chris, Dai_Acuario, Alfa, marinlucero, Tisbe, Minelava, sol angel dpl, ELI251, DiCrO, Leika-kannon, Silentforce666, Leonis-Alterf, Kilder, Sanae Koneko, Chriscyntia y Kenshin Aoyagi.

¡Gracias!

Jaelinna: ¿Qué te digo chica? No puedo culparte por tener algún tipo de obsesión con el lindo santo de Acuario, mira que Camus no esta nada mal XD Ejem…volviendo al review, me encanta que estés al pendiente de la historia y que la sigas de cerca, créeme que es un verdadero halago saber que este fic les roba aunque sea un poquito la atención. Bueno, bueno, lo voy a decir ahora, pero creo que ya se lo comente a Mine en algún momento, Shaka, Mu y Camus están a salvo…por ahora ¡muajaja! En cuanto a Leo, pues la petición de salvarlo llegó tarde XD, ahora mi lindo león es contenedor del alma de cierto personaje que trae a Artemisa completamente loca, pero no comamos ansias y veamos como les irá con eso. Que estes bien, niña. ¡Saluditos!

Chris: (el primer Chris, porque creo que tengo dos lectores con el mismo nick XD) Excelente que consideres que el capítulo anterior fuera sensual, esa era un poco la idea. Creo que Saga no tomará muy en cuenta tu advertencia de mantenerse alejado de cierta diosa de la belleza ¬¬, ¿qué le vamos a hacer? Los problemas siguen a ese santo. ¿Máscara en Eliseos? Pues no, muajaja, y si, Aioria andaba cerca de Máscara pero creo que no coincidirán en un buen tiempo. Y tenían razón, muchos celos ocasionados por Saga XD sin embargo no puedo culparlas, yo también estaría levemente celosa XD Muchas gracias por tus palabras de ánimo y ojalá que este capítulo también te gustara. ¡Abrazos!

Dai_Acuario: ¡Hola Dai! Efectivamente, Kanon está en una especia de coma y no sabemos cuando regresara, pero mientras tanto Saga anda bien ocupado llorando su dolor en los brazos de Afrodita ¬¬ ¿A qué Camus es lindo? Es una verdadera lindura el tipo, tengo que admitirlo. Athena y Shura, Shura y Athena, jajaja no puedo negarlo esos dos me encantan para hacerlos sufrir un ratito (O_O ¿quien dijo eso? ¬¬) cof…cof…quise decir queme encanta verlos juntos. ¡Y el cangrejito! Esta vivo sí, aunque creo que en estos momentos preferiría estar bien muerto que a las órdenes de Artemisa. Bueno, muuy tarde, pero espero que este poco más de fic te haya gustado. ¡Saluditos!

Tisbe: ¡Alo, alo Tis! Jah, que bueno que no se notara que mi querida musa Sunny esta bastante maltratada últimamente mira que la pobre anda arrastrándose casi casi pero afortunadamente sigue aún trabajando. Pasemos pues al review…Hera y Ares ¬¬ son iguales, cierto, igual de malos, odiosos, etc., etc., alguien debería ponerles en su lugar. En cuanto a Athena y Shura, ni te preocupes que en mí no existe ningún tipo de cohibición para con esos dos, que se preparen la diosa y el santo muajaja (estoy segura que si los dioses griegos existen voy a irme al Infierno por tanta herejía T.T). En fin, espero haber resulto un poquitín de tus dudas sobre el cangrejo, aunque creo que no ayudé mucho con Aioria. ¡Besos!

Minelava: ¡Chica! Discúlpame por forzarte a leer de nuevo todo el fic, juro que no fue mi intención tardar tanto con este capítulo, pero desafortunadamente así fue (lo te preocupes, estoy bien, gracias por la preocupación). Ya no te jales más los cabellos, mira que las pelucas salen caras; y tampoco te comas las uñas, puede darte apendicitis y no quiero que acabes con una cicatriz en el cuerpo por mi causa XD. Espero de todo corazón que este capítulo te haya gustado, mira que este no tiene mucho drama ni lágrimas ^^ ¡Por cierto! Coincido con Jaelinna, los nombres de postres que les has puesto a los niños de Aries, Virgo y Acuario son de lo más antojables.. ejem… quise decir lindos. ¡Muchísimos saludos para ti!

ELI251: ¡Hola otra vez Eli! ¿Qué te pareció el capítulo? Creo que se ha revelado ya parte de la verdad sobre MM y pues lo referente a Aioria me lo reservo para el siguiente capítulo. Un gusto saludarte. ¡Saludos!

DiCrO: ¡Hola! Espero que no me odies por hacer sufrir así al cangrejito dorado en este capítulo =( y también por lo que el pobre pasará en los capítulos que se vienen, en realidad tengo planes para MM, pero primero un poco de dolor no le hará daño XD Muchísimas gracias por los halagos, me encantó que te gustaran las diferentes escenas del capí anterior, creeme que ese lime me dio algo de dolores de cabeza, pero me parece que salí bien librada. Cuídate mucho y que estes bien. ¡Saluditos!

Kilder: ¡Holitas! No tienes que disculparte, al contrario yo soy la que tiene que agradecer que saques tiempo para tomarte la molestia de continuar siguiendo esta historia, siempre es un gusto saber de ti otra vez. Creo que después de tantos episodios tristes y dramáticos, este viene un poco más relajado y sin lágrimas incluídas. Para Perséfone y Hefestos aún tengo unas sorpresillas esperando, pero todo a su momento; y en cuanto a Shura y Athena, solo te digo que me gustan para hacerlos sufrir un poquito XD La idea de que Athena no enfrentara directamente a Ares era porque a pesar de ser una diosa poderosa (y a la cual admiro, debo admitir) creo que después de ser sorprendida en tantas ocasiones con todo lo que Saga ha vivido ella tuvo algunas dudas acerca de arriesgarse a lastimarlo, sin embargo llegará el momento en que la diosa de la guerra demuestre su jerarquía. Tengo que decirte que no me molesta en lo mínimo que los reviews sean largos ¡al contrario! Me encantan. Como dije antes un placer volver a leerte ¡Saluditos!

Chriscyntia: ¡Primerísimo darte la bienvenida al fic! Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer este testamento que tengo por fic y también por comentar al respecto para darme ánimos. Se te agradece (muchas gracias por los comentarios sobre el fic de Milo tambien =)). Aquí en este capí un poquito del lindo bicho, ojala te haya gustado ;) Que bueno que te guste mi representación de Ares (creeme que a mi me fascina XD ) y también Athena. ¿Asi que tienes un fic? Pues si aún lo conservas te invito a que abras una cuenta y lo publiques, siempre es agradable tener una historia que leer. Que estes bien ¡Saludos!

Kenshin Aoyagi: ¡Que tal! Pues si, ya sabes, otra vez dejando intrigas por todos lados XD Gracias por seguir leyendome con mis locuras e infinitos agradecimientos por los halagos. Un gusto saludarte ¡Saluditos!

Muchos saludos para todos y nos leemos en el siguiente capítulo.

Sunrise Spirit