Capítulo 22

Advertencia

La diosa de la sabiduría apretó los puños mientras la tensión del momento se reflejaba en su bello rostro. Delante de ella, la pareja permanecía estática. Afrodita la observaba con un dejo de burla en sus ojos esmeraldas dispuesta a sacar de aquella situación al menos un disgusto para la morena, mientras que para Saga todo era bastante distinto. Una cosa era ser sorprendido por un compañero y otra muy diferente el que la misma diosa a la que servía le hubiera pillado en conductas que podrían ser consideradas "poco apropiadas".

- ¡Qué modales los tuyos! -reclamó con una cínica sonrisa la castaña rompiendo momentáneamente el silencio que reinaba en la habitación- Al menos deberías avisar antes de entrar a una habitación ajena de esa forma.

Tenía que admitir que pocas personas podían provocarla de la manera en que Afrodita lo hacía, sin embargo también era perfectamente consciente que el objetivo de su hermana no era otro más que hacerla enfadar. No supo de donde sacó fuerzas ni paciencia, pero Athena recobró la compostura más rápido de lo que ella misma hubiera imaginado y, estoicamente, cerró la puerta detrás de ella para apoyarse en la rústica madera cruzando los brazos. Sus ojos grises penetraron en Saga ignorando por completo a la otra deidad.

El geminiano le sostuvo la mirada por unos cuantos segundos más no tardó en darse cuenta que tenía perdida la batalla contra su diosa así que, tras esperar que Afrodita se quitara de sobre él, consiguió sentarse en espera de lo que fuera que Athena haría.

- Si tienes algo que decir, mi querida Athena, dilo de una vez. -se mofó la deidad griega del amor- Es comprensible que estés enfada dada tu… repulsión por los actos carnales.

Athena suspiró y volteó hacia ella.

- Escúchame bien… -le dijo centrando sus ojos grises en la castaña- Es la primera y última vez que te atreves a profanar mi templo de esta forma. Te lo he dicho antes y no voy a repetirlo, yo no soy alguien con quienes puedes jugar, Afrodita.

- Pues hasta ahora ha sido divertido jugar contigo. -sonrió satíricamente la otra diosa- Pero dime, ¿qué piensas hacer para detenerme?

- Lo que sea necesario. -la diosa de la sabiduría respondió con amenazadora seguridad mientras la atravesaba con la mirada.

La sonrisa de la castaña se esfumó dejando en su lugar nada más que seriedad en aquel hermoso rostro de porcelana. Había algo en los ojos grises de Athena, algo escondido en el tono de su voz, que le hizo sentir temor. Quizás era ese toque de determinación o, probablemente, la aplastante certeza que se leía en la severidad de su mirada. Afrodita no lo sabía, lo único que conocía con cierta certeza era que, sin darse cuenta, retenía la respiración. Cuando la diosa morena le dio la espalda para alejarse de ella, Afrodita soltó un suspiro. Mantuvo la vista fija en su igual, observando detenidamente cada uno de sus movimientos.

- Lárgate. -la escuchó decirle sin molestarse en mirarla.

Ignorando por completo a la diosa del amor, Athena caminó en dirección a la cama. Se agachó para recoger la camisa de Saga que había resbalado desde el lecho hasta el piso y, acercándose al geminiano, se la entregó.

- Cúbrete y búscame después. Necesito hablar contigo. -le dijo mirándole por el rabillo del ojo.

Athena atravesó la habitación. Con el porte propio de una deidad de su nivel, la joven recorrió los pocos pasos que la separaban de la salida. Sus ojos se posaron sobre la puerta de madera y no se despegaron un solo segundo de ella, ignorando de esta forma a una inquieta Afrodita quien la observaba a través de las mechas de cabello castaño que cubrían su rostro. La diosa castaña estuvo a punto de abrir la boca para pronunciar una inexistente frase que le otorgara la última palabra pero su mente fue incapaz de generar alguna idea que la pusiera en ventaja.

- Una cosa más… -Athena se detuvo bajo el marco de la puerta y giró levemente el rostro para observar a su hermana.- Si yo fuera tú, comenzaría a preocuparme, nunca se sabe lo que puede suceder. -sonrió como quien se sabe ganador de una batalla.

- Soy una diosa, nada puede dañarme. -se apresuró a responder más por temor que por arrogancia.

- Te equivocas. Tal vez no puedes morir, pero existen varias formas en las que tu alma puede ser atormentada por la eternidad.

Una sonrisa maquiavélica se dibujo en el rostro de la pelinegra al descubrir la perturbación de Afrodita. Estaba dispuesta a demostrarle, a como diera lugar, porqué se erguía como patrona de la guerra justa; le probaría a cualquier precio que no había forma de vencer en sus terrenos. Si Afrodita quería una guerra, la tendría; pero la victoria sería única y exclusivamente de ella.


Saga entró a la habitación con recelo. Por la enorme ventana se filtraban los últimos rayos de luz del día inundando la habitación con una gama de colores rojos y amarillos que, a pesar de la frialdad que el gemelo sentía en su espíritu, le brindaban cierta aura de calidez. Dejando atrás el bonito espectáculo de Apolo, el de Géminis recorrió el lugar hasta que su mirada encontró a su señora.

Estaba sentada en un mullido sillón contemplando al sol mientras se ocultaba en el horizonte. Parecía una divina estatua de mármol, completamente inmóvil y con un semblante repleto de paz. Cualquiera hubiera pensado que nada atribulaba el corazón de la diosa de la sapiencia, sin embargo nada más alejado de la realidad, puesto que bajo aquella tranquila coraza las preocupaciones le agobiaban. Como si despertara de su letargo, centró su vista en el santo por un breve instante. En ella ya no se leía la severidad ni la desilusión de unos momentos antes, sino que la tristeza parecía empañarla. Athena suspiró y, apartando sus ojos de Saga, agachó el rostro.

- Cuando Dohko me contó todo por lo que habían pasado en su corta vida, mucho de lo que veo y siento en ustedes tomó sentido frente a mi… -habló sin levantar la cara.- Entendí el porque albergan tanto dolor en sus corazones, comprendí el aura de desconfianza y temor que les rodea en ocasiones, pero por sobre todo, su historia resalta la nobleza que existe en ustedes…

Mientras la deidad hablaba, a Saga se le había hecho imposible apartar sus ojos de ella. Cada palabra que pronunciaba retumbaba en él como una bofetada ante su grosera y egoísta conducta, pero la terquedad era aún más fuerte que el santo y, bajo su mala influencia, Saga se negaba a admitir sus errores. Se apresuró a voltear el rostro cuando Athena llevó sus ojos a él puesto que, a pesar de lo que se dijera a sí mismo, no se sentía lo suficientemente fuerte como para enfrentarla.

- Por eso no acabo de entender, ¿por qué haces esto, Saga? Eres más fuerte de lo que estás demostrando, has vivido situaciones impensables para la mayoría de nosotros y siempre has mantenido la cabeza en alto, ¿por qué desfallecer ahora?

Entonces, por vez primera, el santo de Géminis la enfrentó. Ambos se observaron en silencio, ella en espera de una respuesta y él perdido en los cuestionamientos.

- Quizás la fuerza y la esperanza me han abandonado, Athena. -respondió con dureza.- Lo que ninguno de ustedes ve es que estoy cansado de sufrir, de luchar y de ver como todo desaparece a mi alrededor; sin importar cuanto me esfuerce por conservarlo todo lo que quiero, a quienes aprecio, todo me es arrebatado. ¿Qué caso tiene pelear por cambiar un destino que ya ha sido escrito por los dioses? -sus ojos se clavaron expectantes en su diosa.

- Lo dice un hombre que se ha levantado de la tumba en dos ocasiones. Estas vivo, he ahí la prueba que necesitas.

- ¿Y llama a esto vida? Véanos, estamos atrapados a siglos de nuestro tiempo, inmersos en un juego de poder sin ninguna finalidad más que nuestra propia muerte y a merced de los dioses caprichosos quienes, creyéndose superiores, piensan que pueden hacer lo que gusten con nosotros. Incluso usted misma, siendo una de ellos es incapaz de cambiar nuestra suerte, ¿cómo espera que nosotros podamos hacer algo?

Las dudas de Saga la dejaron muda. Bien podría haberle dado una lección de esperanza y confianza, pero se temía que a esas alturas las palabras habían perdido significado para alguien tan severamente lastimado como su santo de Géminis. Al final, Saga no había mentido: la fe se había esfumado de él.

- Me estoy esforzando, Saga. -admitió sin sentirse satisfecha por su respuesta.- Sin embargo no puedo sola, necesito su apoyo para sacarles adelante y, la relación que existe entre Afrodita y tú, no facilita las cosas…

- No hace daño a nadie, solo me compete a mí. -se apresuró a aclarar el santo.

- Me duele tu egoísmo. Te guste o no, lo que te sucede nos compete a mí, a tu hermano, a tus compañeros y a todas aquellas personas que te esperan de regreso con bien.

- Por supuesto. -la voz y el rostro del geminiano se cargaron de ironía.- Todos se preocupan por mí. Usted, la diosa a la que intenté asesinar. Mi hermano, al que dejé tendido en una cama. Mis compañeros, a los que les destrocé la vida con mi debilidad. Y las personas que me esperan… ¡un momento! ¿Cuáles?

- Tu necedad es abrumadora más tu idiotez simplemente la supera. -reclamó la diosa reprochándole con la mirada y dándole la espalda para ponerse de pie junto a la ventana.- Supongo que debo tomar tus respuestas como una clara negativa a mantenerte alejado de los problemas, pero te advierto, Saga, mi paciencia tiene un límite y tú no quieres conocerlo.

Volteó a tiempo para encontrarse con el indiferente semblante del gemelo encontrándolo sumamente irritante. Tal parecía que aquel hombre no poseía ningún tipo de temor dentro de él a pesar de ser consciente de la divinidad que ella representaba, sin embargo, al mismo tiempo, una inquietante curiosidad surgía al verlo permanecer completamente ajeno a todo. Se cruzó de brazos en espera de una eventual réplica del joven la cual nunca llegó.

- ¿Qué tienes que objetar? -soltó en medio de un suspiro.

- Nada.

- Prudencia…vaya, parece que las virtudes que brillaban por su ausencia regresan a ti poco a poco.

- Pero… -comenzó a hablar Saga para ser interrumpido casi de inmediato por la señora de Atenas.

- No, Saga, nada de peros. Voy a ser clara esta vez y, al igual que a Afrodita, no voy a repetírtelo: Te quiero lejos de ella.

- ¿Y si me niego?

La respuesta de Géminis no le sorprendía en lo más mínimo, después de todo oponerse a ella era lo único que Saga había estado haciendo en sus últimos encuentros, la única diferencia era que en esa ocasión ella tenía una respuesta perfecta.

Athena sonrió con un toque de misteriosa picardía. Cuando se giró para apartar su mirada de él, el peliazul distinguió un toque de luz dorado emanando de los ojos de la deidad griega haciéndolos brillar por un breve instante cual si fuera una ilusión. Le restó importancia al asumir que probablemente aquel era el reflejo de la luz del ocaso en las pupilas de su princesa, más la verdad no tardó en serle revelada. Una súbita debilidad en su cuerpo lo hizo ponerse en alerta mientras que sintió el piso moverse debajo de sus pies. Era tal la fuerza que oprimía su pecho, que la idea de que todo se tratara de una alucinación pasó al olvido rápidamente. Inquieto, decidió tomar una posición más agresiva y, por instinto, recurrió a su cosmos por ayuda. Nada sucedió.

- ¿Qué? ¿Sorprendido? -Athena se dejó caer de nuevo en el sillón.- Me imagino que prescindir de tu cosmoenergía no debe ser nada divertido.

El pánico hizo presa de Saga. No importaba cuanto intentara mantener la cordura, entre el miedo y la rabia de sentirse privado de su poder, su rostro dejaba en evidencia sus pensamientos. Apretó los puños y se mordió la lengua para no expresar la cólera que sentía por dentro. Y no era solo la sensación de perder la fuerza por la que enfrentó infinidad de penurias, sino era la fúnebre sensación de quedar completamente vulnerable ante sus enemigos, en especial con Ares al acecho. Temeroso de perder el control sobre sí mismo, tomó la decisión de largarse de ahí, de refugiarse en su soledad. Dentro de su cabeza todo daba vueltas, se sentía sobrecogido por lo que le sucedía y, al mismo tiempo, la impotencia de saberse incapaz de ir contra el poder de Athena minaba todo pensamiento positivo que permanecía en él. Su orgullo era lo único que le mantenía en pie pero también era lo que le empujaba a abandonar a la brevedad posible la habitación y fue así como, con una última mirada, agria y colmada de reprobación, Saga se despidió de su diosa.

- Espera… -Athena le sorprendió al detenerlo.- Privarte de tu cosmos es exactamente lo que debería hacer contigo, sin embargo por esta ocasión no lo haré. Estas pasando por una etapa en extremo complicada, eso lo sé a la perfección… -continuó poniéndose de pie para pararse de nuevo frente a la ventana sin ver al santo.- …y aunque lo dudes, soy capaz de comprenderte. Lo único que pido a cambio es que pienses muy bien lo que estás haciendo, porque no habrá una segunda advertencia, ¿entendido?

Por toda respuesta recibió unos segundos de desesperante silencio que, sin ningún problema, ella entendió como un "sí". No pasó demasiado antes que el guerrero sintiera las fuerzas retornando a su cuerpo y desapareciendo con su presencia la ansiedad que le azotó con anterioridad. Una centella de energía se formó en su mano izquierda mientras comprobaba que sus habilidades están de regreso en su totalidad para que, después de un bufido y un par de palabras que apenas se alcanzaron a entender, el peliazul continuara su camino hacia la salida.

- Y Saga… -la voz de la deidad volvió a detenerle haciéndole llevar la mirada a ella.- No me hagas arrepentirme de mi decisión.

Sus miradas se encontraron por última vez y, la determinación que emanaban de las pupilas divinas, desató un escalofrío que recorrió la columna del gemelo. Ella no estaba mintiendo, no habría una próxima vez.


Máscara de Muerte sentía asfixiante la habitación que le servía de prisión hasta nuevas órdenes de la diosa de la Luna. De repente, toda la belleza que le había fascinado cuando recién abrió sus ojos la primera vez quedó en el olvido y su mente se ocupaba solo de pensar en el destino que le deparaba en ese lugar al que había aprendido a odiar rápidamente. La larga espera le asesinaba lenta y silenciosamente, sin embargo estaba fuera de su poder hacer algo para remediar su situación. Fastidiado, se dejó caer sobre la cama y cruzó los brazos detrás de la nuca. Mil cosas corrieron por su cabeza en el breve instante que se perdió en sus pensamientos, más ninguna de ellas era lo suficientemente importante como para prestarle demasiada atención.

- Buenas días, mi señor. -una mujer permanecía de pie bajo el marco de la puerta y, aunque odiara reconocerlo, le había tomado por sorpresa.

Reprimió un par de maldiciones que estuvieron a punto de escapar de sus labios al haber sido asustado por aquella misteriosa figura. Centró en ella sus ojos azules examinándola con cuidado. En realidad no había mucho que ver. Un larguísimo manto cubría su cuerpo casi en su totalidad y una capucha protegía su rostro dejando únicamente visibles un par de delgados labios de color coral. El santo se sopló los flequillos descubriendo con fastidio que su vida a partir de ese momento sería un sinfín de misterios imposibles de resolver.

- ¿Qué quieres? -le respondió de malhumor volviéndose a tirar sobre la cama buscando ignorarla.

- La princesa Artemisa me ha mandado a decirle que sus aprendices están listos para comenzar con su entrenamiento. Por favor, cámbiese la ropa. Le estaré esperando afuera para llevarle con ellos. -sin decir más la mujer dejó los ropajes de Máscara sobre una pequeña mesa y desapareció con el mismo sigilo con que se había mostrado.

Cáncer observó de reojo la ropa que descansaba sobre el mueble de madera. Torció la boca, se impulsó y de un brinco se puso de pie para cambiarse. Se mudó de ropa con calma, su lado infantil le hacía sentir que, tardando más de lo necesario enviaría una clara señal de rebeldía hacia las imposiciones que recaían sobre él. Antes de abrir la puerta se detuvo para respirar profundamente, no le gustaba en lo más mínimo lo que estaba a punto de hacer y sin embargo, no tenía otra opción. Giró la manija y, por vez primera, pudo abrir la puerta de sus aposentos. Tal como le había dicho, la joven le esperaba a la salida. Nada en ella se movía y fácilmente hubiese sido confundida con una estatua de esas que abundaban en la edad del Mito.

- Sígame, por favor. -habló con una voz tan inexpresiva que la sangre se le enfrío en las venas al peliazul. Odiaba la indiferencia. Le gustaba infundir algún tipo de sentimiento en los demás; miedo, repulsión, odio, lo que fuera era mejor que la actitud de esa mujer.

Caminaron por el templo con rumbo desconocido para Máscara de Muerte. Él iba detrás intentado encontrar en ella algún rastro de humanidad pero al no encontrar nada decidió que eran mucho más interesantes las hermosas obras que adornaban los largos pasillos del templo de la Luna. Llegaron hasta un área relativamente escondida al final de la cual encontraron una pequeña puerta que les sirvió como conexión al mundo exterior.

- Genial, tenemos que usar la puerta de servicio. -bufó el santo sintiéndose estúpido.

Sin embargo para sus adentros, Máscara sonrió. El hecho de que tuvieran que abandonar el templo por "la puerta de atrás" le demostraba que Artemisa los tenía ahí no solo a escondidas de Athena, sino también del resto del Olimpo y Máscara sabía de un dios que no estaría nada contento de saber que la señorita cazadora guardaba hombres en su templo. Continuaron su camino a través de un maravilloso jardín cubierto de flores protegidas por la sombra de los frondosos árboles cuyo delicioso color verde parecía irreal. Escupiendo maldiciones en su lengua madre, el italiano se preocupaba por esquivar cuanta rama se le cruzara en el camino mientras de reojo veía como su guía ni siquiera se inmutaba ante la posibilidad de que su larga túnica pudiera atorarse en la maleza, sino que continuaba avanzando a paso constante. De improviso se detuvo casi provocando que el cangrejo dorado tuviera que recurrir a sus reflejos de santo para evitar atropellarla en el proceso.

- ¡¿Estas loca?! ¡¿Por qué te detienes así de repente en medio de la nada?!

- Aquí esperaremos por la doncella que traerá consigo a sus aprendices. -contestó con pasmosa calma la mujer.

El peliazul pasó la vista por los alrededores. Se encontraban en medio de un claro protegido celosamente por la espesa vegetación de los enormes jardines de la residencia de la diosa de la Luna. Podía escuchar el sonido de agua corriendo pero no había ninguna fuente del vital líquido al alcance de sus ojos, decidió que más tarde averiguaría donde podría saciar su sed o la de sus aprendices. Volteó hacia su acompañante y le encontró de nuevo completamente estática, así que tras hacer una mueca de disgusto tomó asiento en una gran piedra a unos pasos de ella. Ambos permanecieron en silencio, aunque en la mente de Máscara de Muerte las preguntas de lo que haría con los hombres puestos bajo sus enseñanzas se incrementaban con cada segundo que transcurría.

No pasó mucho antes de que el finísimo oído del santo captara el sonido de pisadas acercándose a donde estaba. Uno, dos, tres…eran cuatro las personas que iban a su encuentro. De entre los árboles asomó la erguida figura de una dama idéntica a la que le servía de compañía; el mismo porte, la misma túnica protegiéndole el rostro y esos labios indiferentes que no expresaban una sola emoción. Detrás de ella, tres siluetas hicieron acto de presencia. Los recién llegados fijaron su mirada en el italiano quien alzó una ceja en completa confusión.

Sin salir de su asombro buscó de inmediato a las dos mujeres. Las damas habían iniciado ya el regreso hacia el templo de Artemisa pero aún estaban dentro del campo visual del guerrero de Cáncer. Ni tardo ni perezoso corrió hacia ellas para impedirles que continuaran avanzando.

- ¡Ustedes! ¡Alto! -les ordenó plantándose frente a ellas al mismo tiempo que extendía los brazos para taparles el camino.- ¡¿Qué clase de broma es esta?! ¡¿Qué se supone que voy a hacer con ellos?! -el dedo índice del cangrejo dorado apuntó hacia el trío de aprendices que observaban algo incrédulos la escena.

- Ellos son los aprendices que la princesa Artemisa ha dispuesto para convertirse en sus guerreros. -una de las damas contestó sin la más mínima emoción en el rostro o la voz a pesar de las alteradas quejas del joven.

- ¡No! ¡No! Esto es un error, yo vine a entrenar guerreros, no…niños. -alcanzó a decir en tono casi imperceptible.

Dos niños y una niña no mayores de ocho años abrían los ojos a más no poder ante la conducta de aquel que les había sido informado sería su tutor. Máscara centró su atención es los pequeños con visible preocupación. Jamás había tratado con niños si no era para matarlos, y en esa ocasión no solo tendría que soportarlos sino también enseñarles y velar por ellos. Los miró con detenimiento. En esos ojos no existía una gota de temor, sino que era un océano de dudas el que se reflejaba en las seis infantiles pupilas.

Resignado ante algo que no tenía solución, relajó su cuerpo y permitió que las mujeres continuaran su camino quedando a solas con sus pupilos. Torció la boca y su mirada azul se tornó severa nuevamente. Con paso lento, caminó hasta detenerse frente a ellos. Los vio tensarse ante la escrupulosa mirada que les dirigió, sin embargo ninguno de los niños retrocedió un solo centímetro, todo lo contrario, alzaron el rostro para depositar su completa atención en el hombre que a partir de ese momento sería su mentor.

- Nombres. -ordenó cruzando los brazos.

- Nyx. - de inmediato respondió la chica apartando los cabellos púrpura que caían descuidadamente sobre sus ojos rosas.

- Altaír y él es mi hermano menor, Corban. -se presentó el más grande de los niños, un chico de cabellos negros tan oscuros como el cielo nocturno y ojos brillantes como la plata.

- De ahora en adelante, Corban hablará por sí mismo ¿entendido? -Máscara de Muerte miró de reojo a un tímido pequeño de cabellos oscuros y ojos de color oro. El infante asintió sin pronunciar palabra.

- Nosotros ya le dimos nuestros nombres, ¿cuál es el suyo?-preguntó con inocencia la niña.

Él alzó la ceja ante la falta de respeto por parte de esos tres insolentes- Máscara de Muerte. -contestó dibujando una perversa sonrisa en sus labios.

- Ese no es un nombre. -rió el más pequeño de los tres.

- ¿De que te ríes, mocoso? -le miró amenazante.- ¿Quieres saber como me gané ese sobrenombre?

Los chicos permanecieron en silencio y sus frágiles cuerpos se replegaron al ver la actitud, hasta cierto punto violenta, que asumía el joven peliazul que tenían enfrente. Él caminó alrededor de ellos sin retirar sus afiladas pupilas de sus rostros analizando cada detalle de los tres críos. La maléfica sonrisa no se borró de sus labios, más su cerebro funcionaba a toda velocidad procesando todo tipo de información que podía recolectar con su vista. Fortalezas físicas, desventajas, defectos y virtudes, nada que fuera visible escapó del entrenado ojo del que fuera santo de Athena.

- Regla número uno. -rompió el silencio sonriendo en sus adentros cuando los vio dar un respingo.- A partir de ahora se hace todo lo que yo diga, sin preguntas, sin quejas, simplemente cierran el hocico y obedecen.

- ¿Qué hay de la señora Artemisa? -Nix le miró por el rabillo del ojo con evidente confusión.

Cáncer respondió inclinándose para que sus ojos azules y los rosas de la niña se encontraran directamente.

- Ya estás violando la primera regla, ¿sabes lo que sucede a los que me desobedecen? -preguntó con una sádica sonrisa que se hizo aún más grande cuando ella negó con la cabeza mientras sus ojos dejaban relucir un ligero brillo de temor. -Mueren. -Máscara de Muerte terminó con sequedad.

Un fúnebre silencio rodeó al grupo. Los hermanos observaban aterrorizados como el frágil cuerpo de Nix era levantando del piso por el santo. Los dedos de Cáncer, largos y fuertes, envolvían inmisericordes el cuello de la niña sofocándola lentamente al mismo tiempo que la arrastraba a un estado de pánico que pocas veces había experimentado.

El instinto de supervivencia la hizo llevar sus manos hasta las del italiano para luchar con desesperación por librarse de la poderosa mano que estrujaba su cuello. Arañó su brazo, pataleó buscando golpearle, se retorció con todas sus fuerzas, pero nada surgió efecto. Jadeando, abrió la boca en busca de bocanadas de aire. Las fuerzas se le agotaban y sabía que no podría mantenerse viva por mucho tiempo sin embargo, ¿qué podía hacer contra un hombre que era infinitamente más fuerte que ella?

Por fin, dejó de batallar. Apretó los ojos con rabia liberando así un par de lágrimas que resbalaron por sus mejillas pálidas. Se sentía impotente, débil y miserable; pero por sobre todo, furiosa.

- ¿No tienes nada que decir? -la chica abrió sus ojos para encontrarse con una burlona sonrisa de su maestro.

- Máteme ya. -susurró como respuesta.

Un súbito escalofrío recorrió la espalda de los otros dos infantes cuando las carcajadas del peliazul retumbaron en el lugar. El más pequeño se acercó a su hermano en busca de refugio y consuelo a sabiendas de que lo peor se acercaba. Estaban seguros que aquel hombre cruel le rompería la tráquea a Nix dejándola asfixiarse hasta la muerte sin que ellos pudieran ayudarla así que, agachando el rostro, desviaron la mirada de su compañera.

No fue sino hasta que escucharon las hojas secas crujir que sus ojos regresaron a donde se encontraban Máscara de Muerte y Nix. La vieron tendida sobre el piso, respirando agitadamente mientras que con una de sus manos se masajeaba la adolorida piel de su garganta. Mantenía la cabeza baja y las hebras púrpuras de cabello protegían su rostro de la vista de quienes le acompañaban. Torpemente, la niña logró sentarse para luego toser tratando se encontrar un poco de aire.

- Orgullosa, testaruda e insolente…- el cangrejo dorado torció la boca.- …me agradas.

- ¿Qué? -alcanzó a preguntar Nix con una voz apenas perceptible.

- Dije que me agradas. Ciertamente tienes más futuro que este par de idiotas, pero debes tener muy en claro que la próxima vez, por más que me simpatices, no dudaré en romperte el cuello si decides desobedecerme, ¿entendido?

La chica asintió sin estar muy segura de lo que sucedía. Se limitó a observar detenidamente como el hombre que estuvo a punto de asesinarla caminaba en la misma dirección por donde las damas de compañía desaparecieron con anterioridad.

- ¿Qué demonios esperan, trío de inútiles? ¿Una invitación? Andando. Hay que darles algo de comer. Están famélicos y poco me sirve si mueren de hambre en medio de los entrenamientos.

La figura de Máscara de Muerte se perdió entre el verde de la vegetación dejando a los pequeños en soledad. Dubitativos, Altaír y Corban fueron aproximándose lentamente a Nix quien aún permanecía hincada en el piso tratando de encontrarle sentido a lo que había sucedido unos minutos antes. La ayudaron a ponerse de pie para, de inmediato, seguir las huellas de su nuevo maestro. Ese hombre no era como ningún otro que habían conocido y, después de haber presenciado de lo que era capaz, dejarlo esperando sería la peor decisión que podían tomar.


Encerrada en su cámara, Athena centraba su vista en un par de cofres que descansaban sobre una mesa a unos pocos metros de ella. Los había recogido esa misma mañana del templo de Hefestos y, aunque al principio tenía perfectamente definidos a los dos dioses que serían encerrados en ellos, las dudas comenzaban a atacarla. Hubiera deseado tener aún más urnas y poseer un mayor poder para confinar los espíritus eternos de la mitad del Olimpo durante el tiempo que sus santos permanecieran en la Edad del Mito, pero las advertencias del herrero divino eran ciertas.

"Para sellar el alma de un dios es necesario que la sangre divina sea derramada. Sin embargo, todo poder tiene sus límites y los nuestros no son la excepción" había dicho Hefestos "Athena, debes ser prudente con el uso de tu fuerza. Este par de arcas son más que suficientes para agotarte y poner en peligro tu existencia, así que no habrá una tercera oportunidad."

Chasqueó la lengua al recordar las palabras de su igual. No era algo que ella no supiera, como diosa de la estrategia y de la guerra justa, conocer sus límites era parte de sus fortalezas, más no por ello podía olvidarse de desear algo diferente. El sonido de sus pasos cuando se acercó a las urnas se escuchaba en medio del silencio. Tomó entre sus manos el recipiente para recorrer con su mirada el exquisito trabajo que Hefestos había hecho.

- Señora Athena, todo esta listo. -la voz de su sacerdotisa la sacó de sus pensamientos.

- Perfecto. -murmuró.

Abandonó la habitación llevándose consigo ambas urnas. Las sombras de su estilizada figura se reflejaban en las paredes de piedra de los largos corredores que guiaban al salón principal del templo. Las enormes puertas de la estancia se abrieron a su paso revelando la presencia de un par de ancianos que le presentaron sus reverencias cuando ella pasó frente a ellos.

- Saben que hacer, ¿cierto? -preguntó la morena asentando los cofres en un par de pequeñas columnas.- Nadie más que yo puede tocar estas urnas, su deber es mantenerlas ocultas hasta que sean requeridas por mí.

- Sí, señora. -contestaron ambos.

Ella les miró por última vez antes de que una ráfaga de aire cortara ligeramente sus muñecas haciendo correr la sangre escarlata. Extendió los brazos de manera que la sangre cayera sobre los recipientes bañándolos y creando un aura dorada alrededor de ellos que crecía conforme una magistral energía se liberaba del cuerpo de la deidad.

Herse la observaba expectante. Veía los oscuros cabellos de Athena flotando en el aire debido a la fuerza del cosmos que liberaba, los ropajes también se movían siguiendo las fluctuaciones de la energía vital de la joven diosa y la sangre divina resbalaba por las bases de piedra para formar un pequeño charco en el piso.

Retuvo la respiración pensando lo mucho que había en juego en ese momento, pero sabía que para Athena no había marcha atrás.


El sonido de los cascos de la manada de corceles irrumpió en la tranquilidad que reinaba en los profundos bosques que rodeaban la región. Con diligencia atravesaron un pequeño arroyo levantando a su paso una ligera cortina de gotas de agua transparente que empapó las botas de los jinetes. Continuaron su camino sin inmutarse. Sin mirar atrás se abrieron paso entre las estrechas veredas que formaban los árboles del majestuoso bosque. Poco importaba si las ramas rasgaban sus pieles o intentaban detenerles sujetándose de sus ropajes, la misión era clara: capturar a la cierva de Cerinia, y hacerlo a la brevedad posible.

El camino era largo y truculento. Más allá de las dificultades que la madre naturaleza levantaba a su alrededor, la tribulación oculta en los abatidos espíritus de los jóvenes santos se erguía como el mayor de los retos que debían superar. Habían transcurrido dos días desde su partida de Atenas y ahora, más que nunca, deseaban tener noticias de quienes fueron dejados atrás.

- ¡Odio los caballos! -exclamó compungido el escorpión dorado robando con ello la atención de sus compañeros.

Y no mentía. Prefería mil veces usar sus pies para caminar miles de kilómetros que confiar su integridad física a un animal irracional. Aquella desgastada relación con cualquier tipo de equino era algo personal para Milo; tenía una cicatriz que lo probaba, una cicatriz que el tiempo nunca borraría y que le acompañaría hasta el final de su existencia.

Cómo si fuera capaz de comprender las palabras del santo, el corcel pardo relinchó mostrándose inusualmente inquieto. Zigzagueó unos cuantos metros bufando y sacudiendo la cabeza con disgusto. Milo se aferró con fuerza al asiento y sujetó con firmeza las cuerdas luchando por recobrar el control. Por fin se tranquilizó.

- Maldito cuadrúpedo -masculló obteniendo como respuesta otro sacudón por parte del animal.

El resto de los guerreros disminuyó la velocidad hasta detenerse para observar la cara de frustración del escorpión. A pesar de haber recuperado el control sobre el animal, el santo de Escorpio hacía un sobrenatural esfuerzo por no agujerearlo hasta la muerte. Soltaba maldiciones apenas entendibles y refunfuñaba una y otra vez en el momento en que su diosa les ordenó marcharse acompañados de los equinos.

- Alguien que me repita, ¿por qué tenemos que usar estas malditas bestias? -se quejó irónico.

- No es para tanto, Milo. -Dohko le miró con curiosidad.- Los caballos pueden ser de mucha ayuda para la siguiente misión y sirve que también nos brindan la oportunidad de descansar un poco las piernas.

- Sí, claro. -mascullando las palabras Milo reinició el camino a toda velocidad.

El resto del grupo permaneció atrás viéndolo alejarse. Sin comprender lo que acababa de presenciar, el antiguo maestro buscó instintivamente la mirada de Camus. Frunció el ceño preguntándole en silencio las razones detrás de la reacción tan poco propia de alguien como Milo, pero lo único que consiguió fue una clara negativa por parte del santo de Acuario quien desvió sus ojos de los del chino indicándole que no respondería sus dudas. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Acaso Camus le había rehuido?

Aún más confundido miró hacia Mu y Shaka. Su conducta fue semejante a la del santo del ánfora con la única diferencia de que ni Aries ni Virgo aparentaban tener conocimiento de la explicación que buscaba el mayor. Dohko se rezagó un segundo perdiendo la vista en sus jóvenes camaradas que se alejaban a todo galope. Quizás era la paranoia de los últimos días, quizás era solamente su instinto, pero de lo que estaba seguro era que realmente detestaba ver a uno de sus chicos comportarse de una manera muy distinta a la que solían hacerlo. Tenía miedo, miedo de volver a pasar por alto alguna señal de catástrofe y que la experiencia con Saga volviera a repetirse. Dejó escapar un suspiro y, hundiendo los talones en el costado de su corcel, emprendió el camino siguiendo al resto del grupo.

Cabalgaron por horas atravesando bosques, aldeas y praderas. Conforme se acercaban al escenario de la siguiente de sus misiones, el fuerte viento de la región hacía flotar las largas túnicas que les servían como abrigos mientras que el paisaje a su alrededor se teñía de un melancólico color gris.

Comenzaron el ascenso por un angosto sendero perdido en medio de la cordillera montañosa que celosamente resguardaba el bosque donde habitaba el hermoso animal consagrado a la diosa de la caza. Con cada paso que daban la neblina que les envolvía se hacía más y más densa hasta que, en cuestión de unos pocos minutos, era prácticamente imposible ver por donde caminaban. Fue así como la subida se hizo lenta y potencialmente peligrosa para los ochos santos, sin embargo no había marcha atrás; a como diera lugar tenían que capturar a la cierva de Cerinia y, de acuerdo con las palabras de la misma Athena, tenían que hacerlo sin derramar una sola gota de su sangre.

Por fin llegaron a una explanada en la que la visibilidad regresó casi a la perfección aunque, la atención de la comitiva de santos había sido atrapada por otro asunto.

Frente a ellos, y delimitando la planicie, se abría un enorme abismo del cual surgía una nube blanca de humo que hacía apenas visible el otro lado de la tierra. Un endeble puente de rústica y vieja madera colgaba, mecido por el viento, como la única comunicación entre ambos extremos del precipicio y, al fondo del panorama, se distinguía el blanco inmaculado de la nieve que cubrían con su blanco manto el hogar del ciervo de Cerinia.

- Hay que cruzar por ahí. -puntualizó Mu pasando su vista del mapa que sostenía en sus manos al puente que flotaba sostenido de una cuerdas corroídas por el tiempo.

Algunos de ellos bajaron de sus corceles para recorrer los alrededores con la esperanza de encontrar alguna forma de atravesar sin necesidad de dejar sus vidas a merced de la resistencia de los trozos de madera que constituían el derruido puente.

- No, no, no. De ninguna manera voy a cruzar ESE puente montado en ESTA bestia. -Milo refutó mientras desmontaba para luego acercarse receloso al límite del abismo frente a ellos.

Un par de pequeños trozos de roca se soltaron de los límites del barranco para caer perdiéndose en la densa bruma que emanaba del lugar. Con una mueca dibujada en los labios, el santo de Escorpio giró sobre sus talones y retrocedió para reunirse con el resto de sus compañeros.

- Pues no tenemos otra opción, Milo. Vamos a necesitarlos para perseguir a la cierva sin el riesgo de matarla con nuestro cosmos. -le dijo el lemuriano quien lucía poco convencido de la respuesta que ofrecía.

- El bicho tiene razón. -intervino Shura- No hay forma de que ese puente soporte nuestro peso y el de los caballos. Si lo intentamos terminaremos en el fondo del precipicio…si es que lo tiene.

Asintieron intercambiando miradas llenas de desconfianza a sabiendas de que lo único que podían hacer era rezar que el puente soportara y lograran llegar con vida al otro lado. Sin decir más, cada uno regresó a su caballo en busca de las pocas pertenencias con las que viajaban. Juntaron en silencio todo lo que les sería necesario y guiaron a los equinos hasta la sombra de unos solitarios árboles donde permanecerían atados hasta su regreso.

- Yo iré primero. -dijo Dohko cuando todos volvieron a reunirse al inicio del puente.- Esperen que llegue al otro lado para que el siguiente comience el camino.

El santo de Libra se paró al inicio del puente, suspiró y se aferró a las roídas cuerdas de los lados. Caminaba lentamente sintiendo la madera crujir bajo sus pies con cada paso que daba. La presión de los poderosos vientos que soplaban en todas direcciones mecía la frágil estructura haciéndole trastabillar en varias ocasiones o forzándolo a detenerse en espera de que el aire le diera un descanso para continuar. Al final, tras lo que le pareció una eternidad pisó tierra firme al otro extremo.

Tan pronto el antiguo maestro ondeó el brazo, el siguiente de los santos inició el cruce. Así fueron cruzando sin mayores inconvenientes. Primero Mu, después Shaka, Shura y Afrodita; uno a uno fueron librando la primera de las barreras que su tarea les ponía en el camino hasta que solamente quedaron tres guerreros por atravesar.

- ¿Qué? ¿El "señor aventura" aún no se arriesga a cruzar? -Milo sintió que quien le hablaba le golpeaba su hombro así que volteó para encontrarse con una de esas raras sonrisas de complicidad que solo él podía robarle a Camus.

- No pienses que es cobardía, Camus. -el escorpión dorado se fingió divertidamente ofendido.- Es solo que quiero verificar que todos estén del otro lado para que puedan apreciar con tranquilidad mi magnífica participación en este reto, después de todo sabes que es mi deber dejarles en ridículo. Les mostraré como un verdadero santo cruza ese puente sin tambaleos ni temblores como algunos otros que casi se echan a llorar a mitad de camino.

Camus y Aldebarán ahogaron una risa ante la cómica reacción del peliazul quien extendió el brazo para indicarles que era el turno de ambos.

- Si tú lo dices, esperaré con ansias tu espectáculo. -el francés se preparó para caminar por el puente. -Nos vemos en el otro lado.

Milo asintió mientras le sonreía confiado. Por su parte, Aldebarán simple y sencillamente observaba la escena entre los dos grandes amigos. Sí, aún le dolían muchas de las situaciones que habían vivido en los días recientes, sin embargo una cálida sensación de tranquilidad le reconfortaba al ver que poco a poco las aguas volvían a su curso entre sus compañeros. Antes de lo que hubiera esperado, Camus terminó su travesía y el turno del toro dorado llegó.

- Será difícil superar a Camus. -soltó una estridente carcajada el gigante de la segunda casa.- Suerte Milo.

Se despidió con una palmada en la espalda del escorpión que casi le tira de cabeza contra el piso. Recuperando el equilibrio, Milo le miró con una ceja levantada y una cara especialmente graciosa que hizo reír de nuevo a Aldebarán.

Todo marchaba a la perfección hasta que un par de tablones sucumbieron ante el peso del santo de Tauro quien, a pesar del susto logró salir ileso de la situación pero le dejó a Milo un escenario mucho más complicado para el despliegue de habilidades de las que tanto presumía. El griego sacudió ligeramente la cabeza desaprobando su suerte y, soplándose los flequillos se preparó.

- Porquería Aldebarán, me las pagará si por su culpa me tropiezo. -masculló entre dientes antes de iniciar la carrera.

Atravesó con buena velocidad la primera mitad del puente intentando olvidarse de los chirridos de la madera al pararse en ella. Tampoco le prestó demasiada atención al vaivén de la estructura a causa del viento y, si alguna vez sintió temor, su rostro no le delató en absoluto puesto que la presuntuosa sonrisa que llevaba no se borró por un segundo. Conforme se acercaba a la parte destruida del puente, se concentró en no tropezar y continuar con el mismo ritmo que llevaba. No iba a permitir que un par de tablas rotas le pusieran en vergüenza, no señor, por algo era el orgulloso santo de Escorpio. Brincó justo a tiempo para esquivar la madera rota sin problemas mientras la sonrisa que llevaba en los labios se hacía más grande al saber superado el reto. Le faltaba poco para terminar cuando lo inesperado sucedió y un leve tropezón lo hizo trastabillar torpemente. La elegancia y porte soberbio del escorpión desapareció rápidamente dando lugar a una burda imagen de Milo intentando recuperar el equilibrio al mismo tiempo que sus facciones iban de la sorpresa a la vergüenza, pasando por toda clase de emociones. Una sarta de maldiciones abandonó su boca al saber arruinado su genial acto…ahora seguramente que Camus se reiría de él.

Al llegar a salvo con sus compañeros, frunció el ceño graciosamente poniendo la mejor cara de disgusto que pudo. Sus ojos azules recorrieron los rostros risueños de algunos de ellos que luchaban por no reírse de él y más lea valía no hacerlo puesto que tendrían que vérselas con la Aguja Escarlata. Hacía tiempo que no agujereaba a nadie y con gusto lo haría en ese momento.

- Debo admitir que, si bien no fue la más elegante de tus ocurrencias, definitivamente fue lo más divertido que has hecho últimamente. -comentó el santo de Acuario con una leve sonrisa en los labios.

- ¡Cállate Camus! -exclamó el peliazul.- Es culpa de Aldebarán.

- ¿Y yo que hice? -se quejó el santo en cuestión.

- ¡Tú rompiste un pedazo del puente!

- Sí, pero no te tropezaste con esos tablones.- contraatacó el toro de oro.

- ¡Pero me desconcentraron!

- Excusas baratas, Milo. -intervino Afrodita tomándoles por sorpresa.- Admítelo, eres igual de ridículo que todos nosotros. -terminó con una risa.

- ¡Ah! ¡Eso no es posible! ¡Ya verán cuando regresemos!

Una refrescante sensación de alivio invadió a Dohko al verlos discutir de esa forma. Más allá de los gritos y dramas del escorpión, el santo de Libra veía en ellos a un grupo de jóvenes que comenzaban a curarse las heridas que los eventos recientes les causaron en el alma, y eso le alegraba infinitamente. Sonrió reanimado al mismo tiempo que retomaban el camino para internarse en los blancos senderos del bosque y sus voces se perdían en el eco del lugar.

Se había alejado lo suficiente cuando, sin que pudieran verlo, dos figuras desconocidas cortaron los hilos de los que pendía el puente haciendo de esta forma imposible un eventual retorno por ese camino. Si los santos deseaban regresar, tendrían que buscar una forma diferente de hacerlo.

Continuará…


Sí, soy una ingrata escritora cuyas musas son tan bipolares como Saga y por ello tienen sus vaivenes de inspiración, pero, aquí estoy de regreso (al menos por ahora) con este capítulo. A quienes han leído y dejado reviews… lena-de-piscis, Kisame Hoshigaki, Chris, angel de acuario, sol angel dpl, Dama de las Estrellas, Leika-kannon, Silentforce666, ELI251, cyberiabronzesaint, Leonis-Alterf, Julio Meneses, DiCrO, Anonymous-anonimo, jaelinna, Minelava, The wings of the Tensai, Sanae Koneko, kilder_21, RIAADVD, Alfa, tinurieaa, Tisbe y Joel Orion… ¡gracias!

Comentarios, saludos y amenazas de muerte ya saben donde darle click :P ¡Saludos a todos y, si las musas lo permiten, espero nos leamos pronto!

Sunrise Spirit