Capítulo 23
La cierva de Cerinia
La densa manta de nieve que cubría el suelo de los bosques imposibilitaba caminar con libertad. Cada paso era una aventura, un juego al azar en el que la más mínima equivocación podía dejarles enterrados con la nieve hasta el cuello, sin embargo, para los santos de Athena no había vuelta atrás. Increíblemente, la temperatura no era congruente con el gélido panorama que les rodeaba. Si bien aquel clima distaba mucho del sofocante calor griego tampoco podía decirse que se congelarían en aquella tundra semidesértica en la cual no había señal alguna de vida.
Los troncos de los arboles, viejos y secos, se alzaban por todo el lugar dificultando la visión para los guerreros de la diosa de la sapiencia. En medio de aquel ensordecedor silencio se escuchaba con claridad el crujido de las ramas que cedían ante el peso de la nieve que no dejaba de caer sobre ellos pero, de forma incomprensible, un aura de tranquilidad invadía la tensa atmósfera.
- ¿Cómo rayos puede esconderse ese maldito animal en este lugar? -bufó el escorpión mientras paseaba la mirada por el infinito blanco que cubría la tierra.
El gesto que se dibujó en la cara de Camus puso en duda la observación de Milo. Si bien aquel lugar estaba perfectamente cubierto de blanco y cualquier cosa o criatura que fuera de un color diferente sobresaldría, ninguno de ellos estaba completamente seguro del aspecto que tendría la cierva de Cerinia o de las verdaderas habilidades que el animal tenía.
- Dilo, Camus. -reprochó el peliazul entrecerrando los ojos al descubrir el fastidio en la cara de su amigo.
El acuariano le ignoró. Milo tenía la rara habilidad de ser realmente exasperante cuando lo deseaba y justo en ese momento, estaba dispuesto a agujerear hasta a su misma sombra sin ningún tipo de compasión. Tras la breve demostración de humor que había demostrado con anterioridad, todo rastro de diversión había vuelto a desaparecer del escorpión.
- Esto no tiene nada que ver con el puente, ¿cierto? -susurró Afrodita a Mu quien caminaba a su lado y para el cual, el cambio de humor de Milo no pasaba inadvertido.
- No. -fue todo lo que recibió como respuesta.
Y así era. Toda la frustración, esa rabia que de alguna forma aun se mantenía ardiendo en el corazón del escorpión dorado, tenía raíces mucho más profundas que las de la travesía a través del puente de entrada. En el fondo, todos lo sabían, y tenían certeza de ello ya que sus sentimientos no eran muy diferentes; quizás sus actos y reacciones distaban de las del peliazul, pero al final las emociones que les motivaban eran las mismas.
Siguieron avanzando sin que nadie pronunciara una sola palabra más. Se movían con sigilo a través de las sombras del bosque tratando, a como diera lugar, de no producir demasiado ruido.
Aún si lo hubiera deseado, nada podría haberles salido mejor.
Apenas habían caminado unos cuantos minutos cuando, en medio de la resplandeciente blancura del bosque, distinguieron la oscura sombra de un animal moviéndose entre los árboles secos. Obedeciendo la señal de Dohko, y con los instintos asesinos propios de los guerreros de su rango, el grupo de jóvenes se dividió en parejas para rodear con extremo sigilo al animal. En dúos, los santos se desplazaron en diferentes direcciones de manera que la cierva quedara en medio de ellos.
"¿Pueden verla?", preguntó el santo de Libra ayudándose de su cosmos.
Su respuesta tardó unos cuantos segundos en llegar. Conforme cada par de guerreros caminaba para tomar su posición en aquel complicado juego de ajedrez, la visión que tenían sobre la cierva se despejaba más y más. Pronto, el misterio que rodeaba la apariencia de la mítica criatura dedicada a Artemisa se develó.
Ahí, delante de sus ojos, la cierva de Cerinia tallaba su dorada cornamenta contra la dura corteza de un árbol muerto. El color bronce de sus cascos apenas y se distinguía debido a la nieve que rodeaba sus pezuñas y que se difuminaba con el blanco pelaje del animal. La cierva estaba tranquila, parecía no haber notado que la comitiva de santos estaba al acecho y que vigilaban con calculada precisión cada movimiento que hacía.
De acuerdo con el mito, la velocidad de la criatura era de temer; el mismo Heracles había tardado más de un año con conseguir capturarla, así que los augurios para ellos no eran precisamente buenos. No podían herirla, ni causarle ningún tipo de daño, así que tendrían que ingeniárselas para atraparla usando solamente la velocidad de la luz, la cual, por sí misma representaba un arma de doble filo. Un mal golpe o un movimiento brusco sumado a la inercia que sus cuerpos producían al trasladarse podrían resultar fatales para la cierva.
"La veo", confirmó Camus toda vez que tenía libre la visibilidad.
"Nosotros también", se apresuraron a informar Mu y Shaka.
"Afirmativo, tigre viejo. La cabra quisquillosa y el toro gigantesco estamos en posición", la última confirmación de Aldebarán no tardó en llegar y con ella las sonrisas cómplices de los santos ante la contestación.
"Perfecto", les respondió Dohko mientras luchaba por tragarse la risa, "A mi señal, la emboscaremos, ¿comprendido?... ¡Ahora!"
Ocho estelas de luz dorada iluminaron con su resplandor el bosque provocando un ataque de pánico en el mítico animal. Sobrecogida por el repentino ataque, la cierva se paró sobre sus patas traseras mientras su berrido cimbró en el eco del bosque dormido. Tan pronto sus pezuñas delanteras golpearon el piso, una ráfaga de viento, frío e hiriente, obligó a los santos a detener su plan para observar maravillados como el panorama que les rodeaba mutaba a una velocidad impresionante.
Alrededor del animal, el blanco de la nieve desapareció dándo lugar a una alfombra de césped. Los troncos marchitos y viejos de los árboles parecieron tomar vida, al mismo tiempo que sus ramas reverdecían y se llenaban de color gracias a las flores y frutos que les adornaban. El fresco sonido del agua se dejó escuchar cuando un riachuelo que permanecía escondido bajo la gruesa capa de nieve vio por vez primera la luz del Sol que ahora engalanaba un cielo azul y despejado. Digna de un sueño, la Luna también permanecía inmutable a un lado del astro rey. Inmensa y derrochando una paz abrumadora, la reina de la noche recordaba con sus inusual presencia que aquel lugar había sido bendito y siempre privilegiado por la señora Artemisa.
Los sentidos de los jóvenes santos se inundaron con el dulce aroma de la naturaleza que despertaba del letargo bajo el cual la diosa de la Luna le había puesto para proteger a su animal favorito. Arbusto, flores, maleza…todo tipo de vegetación brotó de la tierra para convertir el que solía ser un desierto paraje en un espesa jungla en la cual, con la legendaria velocidad que le caracterizaba, la cierva de Cerinia se perdió.
- ¡Se escapa! -el grito de Milo asustó a una enorme parvada de pájaros multicolores que alzó el vuelo escandalosamente.
Aún atrapados en su propio asombro y sin terminar de entender el milagro que sus ojos acababan de presenciar, el grupo de santos inició la persecución. No podían negar la exasperante habilidad con la que la cierva sorteaba los obstáculos que el bosque le ponía en el camino y que, sin lugar a dudas, le otorgaba a la protegida de Artemisa una ventaja sobre ellos. Sin embargo, se esforzaban. Eludían troncos y ramas, riachuelos y animales que tenían la mala fortuna de cruzarse en el camino del grupo de guerreros; cualquiera que fuese el estorbo, encontrarían la manera de dejarlo atrás.
- Si no hacemos algo pronto, vamos a perderla. -se quejó para sí mismo Shaka.
La pregunta era: ¿qué?
Teniendo como restricción no derramar una sola gota de la sangre del animal y tampoco causarle ningún tipo de daño, las opciones que pudieran haber tenido se reducían bastante.
Incontables horas transcurrieron en las que la desesperante persecución parecía convertirse en infinita. El tiempo pasaba inmisericorde, sin embargo la luz del día parecía no agotarse, no así las fuerzas de los santos. Podían ser guerreros de élite, entrenados para sobrevivir los más oscuros escenarios, pero aún eran humanos y los vaivenes emocionales y físicos de los últimos días empezaban a hacer estragos en ellos.
En la cabeza de Camus las dudas comenzaba a despertarse. Con anticipación, y temiendo exactamente esa huída por parte del blanco animal, los santos habían preparado una serie de trampas destinadas a capturarla con el menor daño posible, pero tras el cambio radical del ambiente todos sus preparativos muy probablemente habían sido nada más que tiempo perdido. Ahora se enfrentaban a la situación que tanto habían temido: una cierva de Cerinia en franca huída y sin intenciones de detenerse.
No solía ser su estilo, pero el galo maldijo por lo bajo. Quizás Milo le había contagiado el malhumor, quizás su nivel de manejo de la frustración no era el que solía tener; pero en realidad se estaba hartando de esa situación. Suspiró con fastidio y tomó una decisión. Una luminosa esfera de energía cerúlea se formó en la mano del santo de Acuario al mismo tiempo que un aura gélida le envolvió. Sus ojos azules centellaron y su mirada se tornó seria y decidida. Segundos después, el golpe de cosmos surcó los aires con dirección a la cierva.
Tomó tan solo una diminuta fracción de segundo antes de que alcanzara su objetivo, sin embargo para unos atónitos santos se sintió como toda una eternidad.
Por fin, la esfera golpeó la tierra frente a la criatura haciendo salir de ella formaciones de hielo tan duras como el ataúd de cristal que le obligaron a cambiar de dirección. Aunque nunca lo admitiría, Camus respiró con tranquilidad al ver que todo había salido conforme a lo planeado. Y no es que el de Acuario dudara de sus propias habilidades, sino que estaba perfectamente consciente de que un error de milímetros podría terminar metiéndoles en un enorme lío con la diosa de la Luna.
- Dime que estabas completamente seguro de que no ibas a golpearla. -Dohko le dijo con una aire de complicidad en sus ojos turquesas pero sin poder negar cierta preocupación en tono ronco de su voz.
- ¿Completamente? No. -Camus sonrió ligeramente.- …Simplemente esperaba que así fuera. -agregó en un susurro.
El antiguo maestro sonrió ante la observación de Camus. Como fuera, tenía que admitir que el chico tenía agallas.
Perdida en su frenética carrera, la cierva esquivó con destreza las formaciones de cristalino hielo delante de ella e, instintivamente, corrió hacia el lado opuesto buscando una nueva ruta de escape. A pesar de contar con una extraordinaria velocidad, escapar volvió a resultarle imposible cuando una serie de rosas rojas volaron para clavarse en frente a ella frustrando de nueva cuenta su huída.
- Lo siento, hoy no vas a escaparte de nosotros. -se dejó oír la voz del santo de Piscis.
Pero el animal no se rendiría con facilidad. Intentó zafarse de los santos una y otra vez, más el resultado nunca cambio. Fueran rosas, hielo o simples golpes de energía, pronto la cierva vio reducido el espacio en donde se movía a una pequeña área en la que correteaba sin ningún resultado. Era cuestión de tiempo antes de que los santos consiguieran finalizar la cuarta de sus misiones, sorprendentemente, sin bajas que lamentar.
- ¡Jah! ¡Te tenemos! -exclamó victorioso Milo al ver a su presa a completa merced de ellos.
Atrapada en una jaula de hielo, cortesía del santo del ánfora, la cierva berreaba con fuerza al mismo tiempo que lanzaba patadas en todas direcciones para evitar cualquier acercamiento innecesario por parte de los intrusos quienes, hasta ese momento, no tenían la menor intención de aproximarse. Se limitaron a observarla desde afuera, presenciando a través del cristalino hielo la rabia del animal enjaulado luchando por su libertad.
- ¿Qué haremos con ella? -preguntó Shaka acercándose al cristal sin poder quitarle los ojos de encima a la criatura.- Técnicamente, nuestra misión fue atraparla, eso hemos hecho, ¿ahora qué?
- Ni idea. -Shura se apoyó sobre el tronco de un árbol cercano para luego dejarse caer sobre el verde césped en busca de un poco de descanso.- Hagan lo que deseen, yo quiero regresar a Atenas tan prontos sea posible.
Dohko se cruzó de brazos mientras pensaba en alguna solución para aquel dilema. Realmente no había ninguna especificación al respecto de esa tarea más que el hecho de que su deber era capturar a la cierva. Nunca se habló de trasladarla o de llevarla a alguna posición en especial, simplemente tenían que atraparla… y ahí estaba.
La cierva de Cerinia definitivamente era un espectáculo digno de ser observado. Más allá de los dolores de cabeza que les había ocasionado y de la furia con la que se aventaba contra las paredes de cristal que la rodeaba, ese magnífico animal era una verdadera obra de arte creada por los dioses. El contraste del brillante dorado de sus astas con el sobrio bronce de sus pezuñas y el blanco y abundante pelaje blanco que le cubría era fantástico. Sus ojos, tan grises que parecía ciega, centellaban con fiereza repasando incansablemente los rostros de sus captores.
- Si la dejamos aquí y se muere habremos fracasado. -dijo el escorpión dorado tratando de analizar la situación.
- Pero, ¿cómo la trasladamos? -replicó casi de inmediato Mu para luego soltar un suspiro de confusión.
Volvieron a sumirse en el silencio mientras pensaban en una solución a su dilema; cualquiera que fuera su decisión, resultaría en un problema, de eso estaban seguros.
- Quizás si… -Dohko no tuvo tiempo de terminar la frase.
Un diminuto dardo se clavó en su cuello.
De inmediato lo arrancó e, incrédulo, lo sostuvo en sus manos…era demasiado tarde. Sus párpados se volvían pesados, su vista se nublaba y los músculos de su cuerpo se entumecían. Apenas alcanzó a mirar a sus jóvenes compañeros para verles caer inconscientes al piso, después se hundió en la oscuridad del sueño y no supo más.
Aioros se frotó las sienes en visible señal de cansancio y tiró la cabeza hacia atrás buscando liberar un poco la tensión de los músculos de su cuello. Frente a él, postrada en una ostentosa cama, descansaba su diosa, aún víctima del extremo agotamiento al que se había sometido durante el ritual de los cofres. Una enorme pila de pergaminos se alzaba en una mesa cercana al santo de Sagitario. Había pasado días estudiando cuanto escrito encontraba relacionado con el poder y energía de los dioses en busca de una solución que pudiera sacar a Kanon del profundo sueño al que Ares le había condenado, sin embargo, el delicado estado en que se encontraba Athena parecía disminuir drásticamente cualquier posibilidad de intentar algo, al menos en el corto plazo.
Exhausto, el castaño dejó a un lado el antiguo rollo de papel que hasta unos momentos antes acaparaba su atención y fijó su mirada en la joven mujer que dormía a unos pocos centímetros de él. Tenía que admitir que era muy bella, quizás más de lo que se había imaginado antes de conocerla. Sus facciones eran finas, su tez inmaculada y sus cabellos brillantes, una combinación perfecta que enmarcaba la serenidad y nobleza del hermoso rostro de la señora de la sapiencia. De alguna forma encontró comprensible que Shura se enamorara de ella, ciertamente no le podía culpar de eso al observar la soberbia imagen de la deidad que resultaría tentadora hasta para el más firme de los hombres.
- ¿Qué demonios…? -de inmediato se reprendió a sí mismo.
¿Qué hacía pensando en ese tipo de cosas? ¡Estaba mal! Por más amigo que fuera del Capricornio y a pesar de que, desde antes del inicio de esa aventura, el mismo Sagitario había sembrado ideas poco apropiadas en la mente del español, eso no debía impedirle ver que los sentimientos de Shura no eran correctos. No estaba mal amar a alguien, él lo sabía, pero el único tipo de amor que podían profesar hacia Athena era el de santos, el de guerreros dedicados a ella en cuerpo y alma, nada más que eso. Ni la apariencia de Athena ni cualquier tipo de confusión era justificable… ¿o sí? Sin quererlo llevó su vista de regreso a la diosa perdiéndose un segundo en sus pensamientos, más pronto la razón pareció despertar para dejar atrás su divagar. Sacudió la cabeza y se puso de pie.
Vagó por la habitación sin saber que hacer, lo único que tenía muy claro era que necesitaba sacarse de la cabeza todas y cada una de las ideas que había tenido antes; no quería volver a encontrarse juzgando el nivel de belleza de su diosa y mucho menos justificando las emociones que ella había hecho surgir en el santo de la décima casa. Con sorpresa descubrió que era tanta la atención dedicada a los manuscritos que, a pesar de llevar varias horas ahí velando el sueño de su diosa, ni siquiera se había fijado en la exquisita decoración del lugar. Escudriñando, encontró un par de objetos con los que se entretuvo.
Cuidadosamente sostuvo entre sus manos las réplicas en miniatura del báculo de Niké y el legendario escudo de Athena. Era admirable la fidelidad con que las pequeñas piezas copiaban hasta el más mínimo detalle de los objetos originales, unas verdaderas obras de arte talladas en la áspera superficie de roca. Con la curiosidad de un niño, analizó las figuras sin descanso sonriendo al caer en cuenta que su memoria era lo suficientemente buena como para recordar los pormenores de las armas consentidas de su diosa. Sin que se lo propusiera, sonrió al acordarse de los pequeños juguetes de madera que Aioria solía tener cuando era un niño, pero casi de inmediato la nostalgia y el dolor golpearon su corazón inundando sus ojos azules de lágrimas.
- No vayas por ahí, Aioros… -se reprochó a sí mismo mientras enjugaba toscamente sus lágrimas con el reverso de su mano.
De repente, un gemido se dejó escuchar en el inquietante silencio de la habitación. Había sonado más como un leve suspiro por la debilidad con que la queja se dejó oír, sin embargo fue más que suficiente para el arquero dorado supiera de donde provenía. Con presteza se aproximó hasta el borde de la cama para sujetar delicadamente la mano de su diosa entre la suyas teniendo el cuidado de no rozar sus heridas para evitarle dolor. Observó como los ojos de la deidad luchaban por abrirse mientras sus labios se movían tratando de pronunciar alguna indescifrable palabra.
- ¿Athena? -pronunció el divino nombre son suavidad.- Athena, ¿se encuentra usted bien?
Aioros extendió la mano para retirar un par de mechones de cabello oscuro que caían rebeldes sobre el rostro de la joven y amenazaban con ser especialmente molestos para ella cuando despertara.
- Shura… -el nombre del santo escapó como un suspiro de la boca de la diosa.
Aquel nombre que había escuchado en cientos de ocasiones heló por completo la sangre del guardián de la novena casa. Podían existir infinidad de explicaciones para que su señora pronunciara el nombre de su amigo, pero su instinto le gritaba a Aioros que la respuesta que buscaba era la que no deseaba conocer.
- Athena, ¿cómo se siente? -insistió obviando el anterior llamado de la diosa.
Ella no respondió. Sus ojos aún permanecían cerrados y, aunque se encontraba inquieta, la calma regresaba lentamente a su semblante. El santo de Sagitario suspiró resignado al verla hundirse de nuevo en un profundo sueño. Acarició los cabellos de ébano para apartarlos de la frente de su diosa y después volvió a tomar asiento con la intención de continuar su lectura de los pergaminos.
El estudio volvió a retraerlo. Leer griego antiguo era una de esas múltiples habilidades que si no se practicaban solían desvanecerse con el paso del tiempo, y el arquero dorado lo estaba comprobando en esos momentos. Cuando regresara a la edad moderna, se aseguraría de agradecerle a Shion que le obligara a pasar horas encerrado en la biblioteca entre el polvo de los antiquísimos libros que se despedazan víctimas del tiempo. También se acordaría de reclamarles a Kanon y Saga por convencerle de escaparse de esas obligaciones por lo que ahora pagaba las consecuencias de no haber perfeccionado su griego antiguo.
"Va a matarlo"
Los viejos rollos de papel escaparon de sus manos y cayeron al piso. Aioros abrió los ojos impávido mientras una horrible sensación de ansiedad recorría su cuerpo desatando escalofríos y erizándole la piel.
"¿A quién? ¿Quién morirá?" preguntó el arquero usando su cosmos.
No recibió respuesta. Aquella voz aún retumbaba claramente en su cabeza y las palabras se repetían una y otro vez mientras trataba de encontrarle algún sentido. De pronto, lo entendió. Se puso de pie y corrió hacia la puerta abriéndola con desesperación.
- Busca a Herse y dile que no se separe un segundo de Athena. -ordenó el castaño a uno de los soldados que reguardaba la puerta del dormitorio de la diosa.- También levanta la alerta, quiero a todos los guardias en posiciones y bajo ninguna circunstancia permitan el acceso de alguien que no sea Herse a las habitación de nuestra señora, ¿entendido?
- Sí, señor. -contestó un dubitativo soldado antes de correr a cumplir las órdenes que le fueron dadas.
- Y tú, pase lo que pase no te alejes de aquí. -dijo el de la sagita al otro guardia.
Aioros recorrió los pasillos con la angustia tatuada en el alma. Deseaba con todas sus fuerzas estar equivocado pero de nuevo su intuición le dictaba que estaba en lo cierto. Había escuchado con perfecta claridad la voz de Saga avisándole que la desgracia se levantaría en medio de ellos si no hacía algo pronto, sabía que el mayor de los gemelos estaba en agonía y aún así había encontrado la forma de avisarle y por lo tanto él, como su amigo que era, no le fallaría.
Por fin, distinguió la puerta que buscaba.
- ¡No te atrevas a tocarlo! -gritó entrando a la habitación.
Se encontró con una escena que le hubiera regalado infinita alegría cualquier otro día pero, para su mala fortuna, el retorcido destino que caía sobre ellos se había encargado de convertirla en una pesadilla. Alcanzó a divisar la gallarda figura de Saga a unos cuantos metros de él. Se encontraba parado dándole la espalda a la puerta y, frente a él, Kanon permanecía postrado en la cama. En las manos de santo de Géminis, centelló el filo de la daga que sostenía. No podía confirmarlo, pero sabía que los ojos del mayor se encontraban fijos sobre los de su gemelo contemplando el sufrimiento y vulnerabilidad del que fuera marina de Poseidón. Cuanto hubiese querido que Saga visitara a Kanon y que fuera capaz de observarlo y velar sus sueños sin culpas ni temores…sin embargo aquella no era la situación en la que los hermanos debían reunirse.
El rostro de santo de Géminis se giró levemente para mirar al recién llegado y fue entonces cuando Aioros se halló cara a cara con su enemigo. El par de ojos inyectados en sangre y sedientos de dolor se fijaron penetrantemente en él para luego volver a centrarse en Kanon.
- Aléjate de Kanon. -repitió el santo con tono ronco y una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
- No es mi deseo matarte hoy, Sagitario. -le respondió Ares con indiferencia.- Aprovecha el regalo que te ofrezco, regresa sobre tus pasos y disfruta el poco tiempo de vida que te queda.
- Ingenuo de tu parte pensar que alguno de nosotros sería capaz de cerrar los ojos a la maldad que representas solo por la oportunidad de alargar nuestras vidas unos cuantos días, mucho menos cuando dos de nuestros compañeros se encuentran bajo amenaza.
- Y aún más ingenuo de tu parte pensar que puedes detenerme. -la tétrica mirada de Saga atravesó a Aioros.
El castaño sonrió con un cinismo que incluso él desconocía dentro de sí. Cuantas cosas hubiera querido decirle a Ares en ese momento, pero sabía a la perfección que con el dios de la guerra frente a él, la prudencia era una virtud imprescindible.
- Deja a Kanon. -repitió el sagitario sin titubear.
- Y, ¿por qué debería hacerlo? Saga ha tomado algo que es mío, yo tomaré algo que es suyo…a eso se la llama justicia, santo de Athena, ¿acaso tú no peleas por eso?
- No veo justicia en la muerte de un inocente y, siendo sincero, tampoco puedo entender como Saga pudo arrebatarte algo que te pertenece. Hasta donde comprendo tú eres quien le está arrancando la vida a mi amigo lentamente.
- Así que no entiendes, Sagitario… -una sonrisa se dibujó en el rostro del santo peliazul.- No hay mucho que explicar, solo que tu "amigo" se ha atrevido a tocar con sus sucias y miserables manos el cuerpo de una diosa; una diosa que por cierto es mía. Pero tú no sabías eso, ¿verdad? Para ser tan buenos amigos, estas bastante mal informado de lo que ocurre con Saga.
Aioros hizo su mejor esfuerzo por no dejar entrever lo perturbado que se sintió en ese momento. ¿Una diosa que era suya? Tenía que ser ella...Afrodita. Era casi seguro que se tratase de ella, sin embargo no podía comprender como Saga, el Saga que él conocía, había caído en las manos de la divinidad griega del amor.
- ¿Qué pasa? ¿No tienes nada que decir al respecto? -cuestionó el dios de la guerra con cinismo.
- No es deber mío juzgar a nadie.
- Y sin embargo, me juzgas a mí.
- No lo hago, tus mismos actos te miden.
- Cierto, y habiendo declarado que soy un dios… ¡tengo derecho a tomar las vidas que me plazcan! -exclamó Ares alzando la daga y precipitándola sobre Kanon dispuesto a cegar su vida de una vez por todas.
Un par de gotas carmesí se precipitaron sobre las sábanas que cubrían el cuerpo dormido de Kanon. Junto a él, Saga se mantenía de pie sosteniendo en el aire una daga que amenazaba con hundirse fatalmente en el pecho de su gemelo, pero, a su lado, Aioros apretaba con toda su fuerza el filo del arma intentando detener su avance. Su sangre corría por el metal en cantidades mayores conforme la presión que ejercía sobre el arma aumentaba.
En la mente de Aioros, la escena de aquella fatídica noche en la que la desgracia tocó sus vidas se repetía una y otra vez. Escuchaba los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. Sentía el filo de la daga cortando su carne, pero el dolor parecía hacerse esfumado. Había tantas cosas que el arquero dorado dejó atrás al volver a la vida, pero los recuerdos de esa noche no formaban parte de su pasado. Aunque le doliese admitirlo, las pesadillas todavía le perseguían. En su memoria perduraba el violento rostro de Saga y los ojos inyectados en sangre que ahora volvían a mirarle con desgarradora furia; sin embargo, y de forma incomprensible para muchos, Aioros no le odiaba. Al final de cuentas, el santo de Géminis fue tan solo una víctima más, y quizás el único que podía comprender lo que significaba perderse la mitad de una vida.
De repente, una punzada de dolor le regresó a la realidad, un presente en el que la vida de Kanon descansaba en la fuerza de sus brazos y en la voluntad de Saga de recobrar el control de su propio cuerpo. No iba a abandonar la lucha. No podía hacerlo porque no iba a defraudar a Saga, porque no podría vivir con el remordimiento… porque no dejaría que volviera a convertirse en el asesino de su hermano.
Así, ambos santos se mantuvieron un par de segundos en un constante forcejeo que amenazaba con terminar en desgracia si alguna de las partes bajaba la defensa por un instante.
- Maldición, Saga… ¡ayúdame! -gritó Aioros apretando los dientes con frustración y esperando que sus palabras despertaran el alma dormida de su compañero de Orden.
Necesitaba a Saga de regreso porque detener al dios de la guerra no era suficiente. Estaba seguro de que incluso si consiguiera alejar a Ares de Kanon, sería solo por poco tiempo. El dios de la guerra no se detendría hasta ver saciada su sed de venganza y, para mala fortuna tanto de Kanon como de él, cualquier rastro de la conciencia de Saga parecía haberse extinguido.
- Deja de luchar, Sagitario. Sabes que has perdido. -habló el peliazul con una perversa sonrisa en los labios.
El castaño frunció el ceño ante la provocación. No iba a permitirle expresarse de esa forma, no iba a dejar que le intimidara. Le había enfrentado una vez y no temía volver a hacerlo, aún si ello le costara la vida. Dispuesto a no rendirse decidió atacar. En la palma de su mano libre, una esfera de energía dorada se formó como preparación para el contraataque; no quería hacerlo pero no veía otra alternativa. Estaba listo para asestar el primer golpe cuando un inesperado suceso le hizo detenerse.
Una mano femenina se posó con delicadeza sobre la de Saga. Ahí, a espaldas del santo de Géminis, se encontraba la diosa del amor.
- No lo hagas, Saga. -le dijo casi en un murmullo.
El cuerpo del santo de Géminis se petrificó. Su mirada, aún enmarcada en rojo, se perdió y su expresión se suavizó, sin embargo la presión que ejercía sobre la daga no disminuía. En sus adentros se desataba una batalla por el control de la situación y de su persona.
La piel sonrosada de la mano de Afrodita contrastaba con el pálido tono de la del gemelo y con la tez bronceada del mismo Sagitario. Con un temblor casi imperceptible, ella rodeó la mano del geminiano con la suya, sujetándola firmemente deseando convertirse en el apoyo que Saga necesitaba con tanta desesperación. No intentó disuadirlo de disminuir la fuerza, tampoco trató de arrebatarle la daga; solamente quería hacerle sentir que ella estaba a su lado.
Sus ojos verdes se empañaron con un dejo que tristeza que desnudaba los sentimientos que guardaba celosamente en su pecho, sentimientos que ella misma desconocía que existían. Sabía lo mucho que estaba sufriendo. Compartía ese dolor sin comprender porque lo hacía. Él estaba luchando, ella también podía sentirlo, sin embargo el enemigo no era fácil de vencer y Afrodita lo entendía. Hubiese querido poder hacer más por él, pero aquella era una batalla que Saga tendría que librar solo.
Se acurrucó contra la espalda del santo, temerosa de dejarle. Ni siquiera se atrevió a soltarle la mano porque en el fondo sentía que al hacerlo le estaría abandonado y aquello era lo último que deseaba. Deslizó su otra mano por el brazo de Saga, acariciándole. Suplicaba porque aquel simple toque reconfortara momentáneamente el corazón herido del peliazul y le ayudara a encontrar la fortaleza que tanto necesitaba. Cuando sus manos se encontraron, la diosa entrelazó tiernamente sus dedos con los de él.
Sintió frías las manos de Saga. Percibía el insistente temblor que recorría el cuerpo del joven. Sentía la piel erizándose al mismo tiempo que la respiración del santo se agitaba con cada instante que transcurría. Sin dudarlo, le apretó la mano en un intento de calmarlo. Grande fue su sorpresa, cuando el gesto fue correspondido: Saga se aferraba a su mano con consternación.
- Regresa, Saga. -le susurró al oído.- No permitas que él te dominé, no le dejes vencerte de nuevo. Recuerda quien eres…tienes que creer, cree en ti.
El santo de Géminis agachó la cabeza permitiendo que su mirada se escondiera detrás de los flequillos de cabello azul. Sus labios resecos se abrieron y de su boca escapó una palabra que Afrodita recordaba perfectamente bien.
- Perdóname… -susurró mientras una lágrima resbalaba sobre su mejilla.
Y entonces todo regresó a la memoria de la diosa del amor. Aquella noche, en el bosque, cuando le vio por primera vez, lo mismo había sucedido. Perdido en el mundo de los sueños, Saga había pronunciado esa palabra, había suplicado por el perdón de alguien y ahora ella comprendía quien era ese alguien.
Incrédula, llevó su mirada esmeralda hasta la cama donde descansaba Kanon. No comprendía nada. ¿Qué había sucedido entre ellos? ¿Por qué Saga vivía rogando por el perdón de su hermano? ¿Qué oscuro pasado se encerraba en el corazón de los gemelos? Afrodita salió de sus pensamientos cuando sintió desfallecer la mano de Saga que sostenía el arma que de inmediato le fue arrebatada por el santo de Sagitario.
Aioros observaba la escena sin dar crédito a lo que veía. Esa diosa se las había arreglado para despertar la conciencia de Saga y más aún, le había dado la confianza para conseguir expulsar la maldad de Ares de él, algo que ni siquiera la misma Athena había sido capaz de conseguir. Pero, más allá de la curiosidad que le asaltaba, en aquel preciso momento, la prioridad del de la sagita era su amigo: Saga.
Le vio desfallecer en los brazos de Afrodita quien, con mucho esfuerzo, trató de sostenerlo para evitar la caída. Cuidadosamente fueron descendiendo hasta que el santo quedó recostado en el piso, con la cabeza apoyada en el regazo de la diosa griega. Ella pasó sus manos por los cabellos rebeldes. Le acarició la mejilla sin saber realmente lo que se suponía que debía hacer o decir; lo único de lo que estaba segura era que aquel hombre que parecía dormir tranquilamente, era un hombre castigado por la vida.
Cómo si hubiese sido hipnotizada, la deidad sentía que no podía quitarle los ojos de encima a Saga. Permaneció hundida en las miles de preguntas que surcaban su cabeza hasta que sintió una insistente mirada sobre ella. Alzó la vista para encontrarse con los ojos azules de Aioros que la veían y leyó en esa triste mirada tantas interrogantes como las que ella tenía.
No era bienvenida en ese lugar, eso lo sabía a la perfección e incluso lo comprendía. Athena y ella siempre habían sido lados opuestos de una moneda, completamente diferentes y totalmente incompatibles. Esa era la realidad y nunca cambiaría. Decir que se odiaban no era exagerar, pero en aquel instante, Afrodita aborrecía a la diosa de la sabiduría. La culpaba del descalabro de Saga, le reprochaba desde el fondo de su corazón no estar ahí para auxiliarlo y catalogaba como incompetente cualquier acción que Athena hubiese tomado para tratar de salvar al geminiano de las garras de Ares.
Estuvo a punto de echarle en cara todas y cada una de sus frustraciones a Aioros. Deseó poder gritarle por el daño que le estaban ocasionando a Saga, pero se contuvo. Se contuvo porque al confrontar con la mirada al arquero no encontró nada más que preocupación en sus ojos. No vio odios ni rencores. No encontró reproches y tampoco juicios. Solo dolor, el mismo dolor que ella había sentido unos minutos antes.
Ambos callaron mientras sus miradas se fijaban en Saga. Compartieron un silencio cómplice enfocándose en el oscuro incidente que acababan de vivir.
- Necesitará descansar. -por fin habló Afrodita volviendo a perder su mirada en el santo de Géminis.
- Yo me encargaré de ello. -le respondió Aioros mientras le ayudaba a mover a Saga.
Se pasó el brazo del peliazul sobre el hombro para poder trasladarlo hasta un sillón cercano en donde le dejaron. Ninguno dijo nada más. No era necesario que lo hicieran, porque en el fondo se comprendían sin palabras.
Sabiendo que le dejaba seguro, Afrodita decidió marcharse para evitarles más problemas de los que ya tenían; Athena no tomaría a bien su presencia en ese lugar, de ello no había duda. Como despedida, apartó el flequillo que caía sobre los ojos de Saga y, movida por un impulso, le besó la frente.
- Cuídalo, ¿quieres? -se dirigió a Aioros.
- Lo haré.
La diosa asintió y se dispuso a retirarse, sin embargo algo la detuvo. Caminó hasta la cama de Kanon deteniéndose a un lado para contemplarlo. Con timidez le tocó ligeramente la mano con la punta de los dedos. "Tienes que despertar", pensó dirigiéndose al menor de los gemelos, "Saga te extraña, él…él te necesita".
Le dirigió una última mirada a Saga y con gracioso gesto de cabeza se despidió del arquero para luego desvanecerse con el aire.
- Al fin te dejas ver. -la impresionante voz de Poseidón rugió en el eco de la habitación semivacía.
A unos cuantos metros de él, el dios mensajero se dio la vuelta para poder enfrentar cara a cara al señor de los mares. Imperturbable y con el cinismo característico de él, saludó a su tío. No le sorprendía en lo más mínimo haber sido encontrado, de hecho, esperaba que aquello sucediera tarde o temprano; ya había tenido suficiente suerte escondiéndose por un par de días.
- Mis más sinceras disculpas, Poseidón. -habló con parsimonia.- He estado algo ocupado en estos días pero ya que estás aquí quizás podamos terminar esa charla que dejamos pendiente.
- Debo admitir que me sorprendes, pensé que esa era un conversación que no querías tener, al menos no con nosotros. -intervino Perséfone entrando a la habitación.
-No estás del todo equivocada. Contigo no quiero tener ninguna conversación, pero en vista que no vas a separarte de Poseidón creo que no tengo mucha alternativa.
- Así es. -ella sonrió con descaro.
Hermes le correspondió con la misma desvergüenza.
- Lo he pensado mejor y no voy a hablar frente a ella. -el de cabellos turquesas apuntó a la esposa de Hades demandando a Poseidón sacarla de ahí.
- Ella no va a ningún lado y solo nos estás haciendo perder el tiempo, ¿dónde están los santos de Athena? -le cuestionó el del tridente.
- Lo ignoro. -contestó con una sonrisa burlona el de cabellos turquesas.- Mi parte del trato solo incluía armar el escenario en el que esos hombres morían; lo que pasara después de eso no era asunto mío y sigue sin serlo.
- ¿Quién te ordenó llevar a cabo todo esta farsa? -reclamó Perséfone sintiendo que la paciencia se le agotaba.
Hermes se carcajeó cínicamente.
- Nadie, cariño. A mí NADIE me ordena nada. -su rostro se endureció.- Alguien me propuso esta idea y yo acepté gustoso.
- ¿Por qué harías tal cosa? -la mirada rosa de la reina del Inframundo se afiló esperando cualquier clase de respuesta por parte de su igual.
- Digamos que tenía ciertos asuntos pendientes con la "señora de la sabiduría"…
- ¿Asuntos pendientes? No me digas que armaste todo este lío por esa chica… -la peliverde sonrió con una mezcla de incredulidad y burla.- La sacerdotisa… ¿Herse? ¿Ese era su nombre?
- Sí, ese es su nombre. -el rostro del mensajero divino tomó un semblante serio y, hasta cierto punto, agrío, que resultaba poco usual en alguien como él.
Un breve instante de tenso silencio se dejo sentir entre las tres deidades. Por más conmovedora, o estúpida, como pensó más de uno de los ahí presentes, que fuera la excusa otorgada por Hermes, la prioridad era encontrar a los jóvenes guerreros.
- ¿Quién es tu cómplice? -volvió a intervenir el hermano de Zeus.
- Eso no voy a decírtelo. -se negó Hermes volviendo a refugiarse en su exasperante cinismo.- Soy un dios de palabra. Prometí nunca delatarle y así lo haré.
- Todos sabemos que eso es mentira. Tu palabra no vale nada. -reclamó furiosa Perséfone.
Hermes la miró rabioso, incrédulo de que esa fuera la diosa de la que alguna vez estuvo enamorado.
- Hasta aquí llegó mi cooperación. -escupió iracundo. - Si quieren encontrar a quien planeó todo esto, no cuenten con mi ayuda, a partir de aquí están solos. Buena suerte con ello, porque la Señorita Perfección tiene a más de la mitad del Olimpo en su contra; sus enemigos duplican a sus aliados y esperan con ansias cualquier tropiezo de esa arrogante.
Perséfone y Poseidón intercambiaron miradas mientras observaban al dios de las sandalias aladas alejarse de ellos. Ninguno pronunció palabra hasta verlo desaparecer y ambos quedaron solos.
- ¿Crees que deberíamos seguirlo? -preguntó la peliverde observando de reojo las reacciones del rey de los océanos.
- No tiene caso. No nos dirá nada más. -le contestó.
Se dio la vuelta haciendo volar las blancas telas de la túnica que le cubría. En su frío semblante no se leía ninguna emoción, pero la diosa del Inframundo podía deducir que ese hombre se encontraba pensando en la siguiente alternativa a seguir.
Instintivamente, Perséfone le siguió hasta la salida.
- ¿A dónde vamos?
- A Atenas…llegó la hora de hablar con Athena.
Los tres aprendices de Máscara de Muerte se encontraban sentados e la mesa degustando la primera comida del día antes de comenzar un largo día de entrenamientos. De pie, con los brazos apoyados en el respaldo de una silla, el maestro mantenía la mirada fija en ellos pero sus pensamientos estaban en otros asuntos.
Su humor estaba bastante oscuro ese día, la razón: Artemisa. Llevaba días sin saber absolutamente nada de la diosa cazadora y aquella situación estaba acabando con sus nervios. Tenía un par de cosas que decirle sin embargo, si ella no buscaba algún acercamiento las posibilidades del cangrejo dorado de enfrentarla eran nulas. Maldijo por lo bajo al sentirse atrapado y a completa disposición de esa deidad que además le resultaba particularmente desesperante.
- ¿Se encuentra bien? -volteó para ver a Nix escondiéndose detrás de su plato después de soltar la pregunta.
El santo gruñó como respuesta. Giró los ojos y bufó con desgano intentando olvidarse de esas pequeñas cargas a las que llamaba aprendices. Ojalá tuviera poderes para hacerlos desaparecer, aunque si obtuviera la suficiente fuerza muy seguramente terminaría desapareciendo al Olimpo completo para así ahorrarse muchos dolores de cabeza, pero sus ideas de destrucción quedaban simplemente como eso…ideas. Dejando atrás todo pensamiento, se concentró en sus alumnos hasta que el sonido de la cerradura de la habitación capturó su atención.
La puerta se abrió revelando la espigada silueta de la diosa de la Luna acompañada de dos de sus doncellas, una a cada lado de ella. Una discreta sonrisa adornaba sus labios rosas y su imperturbable semblante ocultaba a la perfección el lado oscuro de la diosa cazadora.
- ¡Señora Artemisa! -los tres pequeños exclamaron al mismo tiempo que se ponían de pie de un brinco para prestar respeto a su deidad protectora.
- Enanos arrastrados… -comentó entre dientes y con evidente disgusto el Santo de Cáncer sin inmutarse ante la presencia de la rubia.
- Tal vez eres tú quien debería aprender de ellos y demostrar un poco más de respeto por tu diosa. -se quejó Artemisa.
- No, no, no, tú no eres mi diosa, de hecho, ni siquiera creo que puedas ser la diosa de nadie más.
- Cuida tus palabras, Máscara de Muerte. -la voz de la deidad se volvió ronca a causa de la ira que las palabras del cangrejo de oro le ocasionaban.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? -replicó el otro de inmediato.- ¿Sabes algo? No creo que seas capaz de hacerlo. Tú me necesitas de la misma forma en que yo te necesito a ti, de lo contrario te habrías desecho de mi desde el principio. Pero dime, ¿por qué precisamente yo? ¿Por qué no fue otro de mis compañeros?
- A Aioria le encantará saber que volverá al Infierno por tu estupidez. -Artemisa ignoró la pregunta.
- Aioria, Aioria, Aioria… -dijo burlonamente el de la cuarta casa.- Hablas y hablas de él, sin embargo ni siquiera me costa que esté vivo.
- Tienes mi palabra que lo está, debería bastarte con eso.
- Pues no, no es suficiente. Viniendo de una mentirosa como tú, no es suficiente.
Arrastrada por la cólera, Artemisa lanzó una bofetada al santo de Cáncer, más no consiguió golpearle puesto que los reflejos del joven fueron lo suficientemente rápidos como para detener a la diosa del brazo impidiéndole conseguir su cometido.
Sus ojos ámbar centellaron repletos de furia misma que fue correspondida con la misma intensidad por la mirada azul del santo. Intentó liberarse pero le fue imposible. El fuerte agarre de Máscara de Muerte le ardía y sin embargo no estaba dispuesta a demostrar dolor.
- Quiero verlo. -siseó el italiano sin quitarle su penetrante mirada de encima a Artemisa.
- Imposible.
- Quiero verlo -insistió incrementando la fuerza sobre el brazo de la diosa.
En contra de su voluntad, un quejido se le escapó a la diosa cazadora.
- Está bien, lo verás. -accedió pensando en que con ello sería liberada. No podía estar más equivocada.
- ¿Cuándo? - Máscara de Muerte volvió a apretarla. Ella no respondió.- Estoy hablándote, ¿cuando voy a verlo?
- Esta noche. -por fin cedió.
Complacido, pero sin demostrarlo, el cangrejo dorado la dejó ir. Sonrió para sus adentros al comprobar que detrás de aquella indestructible fachada de soberbia y falsa valentía, la diosa de la Luna era igual de vulnerable que cualquier persona que hubiera conocido.
Por su parte Artemisa estaba más que furiosa. En clara afrenta al santo, le dirigió una mirada cargada de odio al mismo tiempo que masajeaba la enrojecida piel de su brazo. En realidad no sabía a quien aborrecía más, si a ella o a Máscara de Muerte. Se sentía estúpida porque, una vez más, Apolo había tenido razón.
Siempre, desde que era una pequeña niña, su gemelo le había acusado de lo mismo: ser en exceso indulgente. Y así era. Jamás antes fue capaz de imponerse a alguien, sin importar cuanto se esforzara terminaba permitiendo que la gente le pasara encima, terminaba cediendo ante la presión y accediendo a voluntades ajenas; y esa vez no había sido la excepción.
Dispuesta a no soportar y sintiendo que no podría retener las lágrimas por mucho tiempo, decidió abandonar la habitación. Hizo su mejor esfuerzo para regalar una última y fingida sonrisa a los tres niños que miraban perplejos la discusión entre diosa y santo. Ella misma sabía que no convencía a nadie, lo percibía en sus jóvenes e incrédulas miradas, sin embargo tenía que mantener la compostura, tenía que encontrar la forma de salir airosa de la bochornosa situación y eso haría. Giró sobre sus talones para dirigirse a la salida, pero casi de inmediato sintió la fuerte mano del santo cerrándose sobre su brazo para detenerla.
- Tengo otra "petición." -le dijo con una sarcástica sonrisa. Ante el silencio de la diosa prosiguió.- Estoy cansado de todo esto de pedirte permiso y vivir encerrando en espera a que tus damas de compañía me guíen de un lado a otro cual si fuera un animal. Necesito me libertad. -escupió sin ningún tipo de vergüenza.
Artemisa rió. No había podido evitarlo. Aquella petición era tan descabellada y cínica que una carcajada se le había escapado espontáneamente.
- No. -respondió a secas.
Esta vez fue el cangrejo dorado quien soltó una carcajada.
- ¿Cómo era eso que me dijiste? La frase que usaste el primer día que nos conocimos… -comenzó a hablar mientras fingía recordar algo.- ¡Ya recuerdo!... La parte en la que "necesito mi libertad" era solamente una formalidad. Te guste o no vas a regresármela, no tienes otra opción.
- No. -le repitió la deidad.- De ninguna manera voy a permitirte andar por todos lados cual si fueras un invitado, porque no lo eres. Aquí solo eres unos de mis sirvientes.
- Dejemos algo claro: Yo no estoy aquí para servirte. Depender de ti solo ocasiona que atrase mis entrenamientos con esos mocosos y me resta autoridad.
- No me interesa. No voy a hacerlo y punto.
- ¿A qué le tienes miedo? ¿Temes que Apolo se entere que su linda hermanita, la diosa virgen, tiene como huéspedes a un par de mortales odiados por medio Olimpo? ¿A eso le huyes? -preguntó dispuesto a hacerla enfadar.
- No le debo explicaciones a nadie. No a mi hermano, no al Olimpo y ciertamente no a ti.
- Pues no lo parece. Odias la forma en que el mundo te ve, pero también temes a sus juicios.
- ¿Cómo te atreves a hablar como si me conocieras? -reclamó la rubia.
- Te conozco mejor de lo que piensas, solo hace faltar observarte para notar tus inseguridades.
Artemisa le sostuvo la mirada con reprobación y, tras mirar a los pequeños aprendices, suspiró con fastidio.
- Olvídalo, no voy a ceder esta vez. ¿Querías ver a Aioria? Podrás hacerlo, pero no pienses ni por un segundo que te voy a seguir cumpliendo tus caprichos. Te guste o no…me perteneces. -le dijo en un murmullo.
Máscara se rió escandalosamente, aunque la rabia que le ocasionada aquella última frase hacía estragos en su interior.
- Piensa lo que quieras, tarde o temprano vas a ceder, eso no dudes. -el italiano la dejo ir para luego dirigir su vista hacia los niños.- Ustedes, ¿qué demonios están viendo? Tráguense ese desayuno que todavía tenemos mucho que hacer.
Sin nada más que decirle a la diosa cazadora, se alejó de ella para centrar su atención en los chiquitos que se apresuraban a cumplir las órdenes de su maestro.
Sabiéndose ganadora, Artemisa sonrió complacida y después desapareció por la puerta, aún tenía cosas pendientes que arreglar.
Caminó de prisa por los espaciosos corredores de su templo hacia la habitación donde se encontraba Orión. Habían pasado días desde que despertó, sin embargo, la relación entre ambos se distanciaba más y más conforme el mítico cazador recuperaba recuerdos perdidos del cuerpo que albergaba a su alma.
No había sido fácil para Orión el regreso a la vida y mucho menos cuando Aioria parecía atormentarle día y noche con sus memorias, como si le reprochara haberle arrancado la vida. Con cada día que pasaba, con cada sueño en el que se apropiaba de un pedazo de la historia del león dorado, las culpas y el remordimiento se apoderaban más de Orión.
Artemisa abrió la puerta para encontrarlo de pie frente a la ventana con la mirada perdida en el exótico e hipnotizante paisaje que se develaba ante él. Se había convertido en una costumbre hallarlo así. Siempre pensativo, siempre nostálgico. Él ni siquiera se percató de ella y, si lo hizo, eligió ignorarla. Se mantuvo inmutable, absorto en sus ideas y atento a la belleza de la naturaleza; y no fue sino hasta que la diosa se paró a su lado que volteó a verla para obsequiarle una triste sonrisa.
- ¿Cómo te sientes hoy? -cuestionó Artemisa a pesar de que sabía la respuesta.
Él volvió a sonreírle y ella supo.
Confundido. La respuesta siempre era "confundido". No había despertado una sola mañana sin sentirse de esa forma, sin embargo para la diosa de la Luna aquella era una dolorosa confusión, una confusión con sabor a rechazo. Orión no lo decía, y probablemente jamás lo haría, pero Artemisa no podía sacarse de la cabeza que él reprobaba los métodos por los cuales ella le había llevado de regreso al mundo de los vivos.
- Hay algo que tienes que saber. -volvió a romper el silencio mientras ocultaba su mirada entre los mechones rubios de su cabello.
- ¿Qué sucede? -la melancólica sonrisa de Orión le infundió una paz pasajera que rápidamente fue sustituida por la ansiedad de tener que hacerle la confesión acerca de Máscara de Muerte.
- Una persona, un amigo suyo, quiere ver a Aioria. Este hombre del que te hablo no sabe que Aioria ya no existe y por ningún motivo debe enterarse. -soltó la verdad sin atreverse a sostenerla la mirada.
- ¿Me estás pidiendo que le mienta a ese hombre? Si es su amigo como dices, se dará cuenta del engaño.
- No quiero que converses con él, además, yo me encontraré presente en todo momento. Lo único que necesito que hagas es decirle que te encuentras bien.
- ¿Qué significa todo esto, Artemisa? -Orión la tomó del mentón para obligarla a verle a la cara.- ¿Qué es toda este red de mentiras que has creado a tu alrededor? Tú no eras así, pero ahora…
- Ahora es diferente. -la cazadora interrumpió y se soltó del santo.- Si hago todo esto es por ti, por nosotros. Solo te estoy pidiendo este favor, ¿podrías hacerlo?
Orión calló unos segundos.
- Trataré. -suspiró con resignación el castaño.
- Sé que esto no es fácil para ti, tampoco lo es para mí, pero valdrá la pena cuando consigamos estar juntos.
La griega intentó acercarse pero Orión simplemente se alejó de ella dejándola perpleja.
- ¿Estás…estás enojado?
- No lo sé. No sé nada. -El joven cazador se sentó en la cama y, víctima de la desesperación, se llevó las manos a la cabeza enredando sus dedos en los risos castaños de cabello.- No sé si soy yo o es él quien está hablando. A veces dudo si el que controla este cuerpo soy yo, o si solamente soy un espectador mientras este chico, Aioria, recobra la consciencia. Por las noches no puedo dormir. Apenas cierro lo ojos y puedo verlos…a sus amigos, a su hermano, a esa tal Marin; puedo verlos y siento el dolor en sus miradas ante la desaparición de su ser querido… -las lágrimas escaparon de los ojos verdes de Aioria.- No sé si algún podremos estar juntos de nuevo. -le dijo a la diosa en medio de un sollozo.
Un nudo se formó en la garganta de Artemisa. Le aterraban de gran manera las palabras que acaba de pronunciar aquel hombre al que consideraba el amor de su vida. La simple idea de haber dado todo por él y enfrentar de nuevo la posibilidad de perderlo era algo que la perseguía en sus pesadillas. Hubiese deseado echarse a llorar, acurrucarse en los brazos del santo y dar rienda sueltas a toda esa angustia que contenía en su corazón, sin embargo, tenía que ser fuerte. Sus lágrimas no le harían ningún bien a Orión ni tampoco salvarían la delicada situación que estaba atravesando.
Respiró profundamente tratando de calmarse y se sentó en la cama al lado del cazador. Sus ojos amarillos brillaron con determinación y arrojo.
- Yo te traje de regreso desde el mundo de los muertos… -le dijo mientras tomaba su mano entre las suyas.- …Te desperté del sueño eterno en la que tu alma descansaba para que tuviéramos una oportunidad de ser felices juntos. No voy a darme por vencida. Encontraré la manera de callar esa voz en tu cabeza, no descansaré hasta devolverte la tranquilidad que necesitas y que mereces.
Le sonrió deseando infundirle esperanza y, sellando su promesa, depositó un beso sobre sus labios. Tenía que pensar en una alternativa y tenía que hacerlo pronto antes de que las cosas se salieran de control.
Continuará…
Un capítulo laaaargo que ojalá les haya gustado. Un enorme saludo y agradecimiento a quienes se han tomado el tiempo de dejar reviews: Chris, lena-de-piscis, RIAADVD, angel de acuario, Kisame Hoshigaki, Minelava, sol angel dpl, Kilder, DiCrO, Cybe, Tisbe, Dama de las Estrellas, jaelinna, Sanae Koneko, Leonis-Alterf, Alfa y Art1sta.
Muchas gracias a todos por su paciencia y seguimos leyéndonos. ¡Un beso para todos!
Sunrise Spirit
