Capítulo 24
No estamos solos
Decir que aquella fue una larga noche resultaba poco en comparación a lo que había sentido Aioros. No pudo pegar los ojos ni un solo instante. En su rostro se hacían visibles las señales del agotamiento y de las radicales emociones que había experimentado con anterioridad. Los párpados le pesaban y la cabeza le dolía. Sin embargo, y a pesar de todo, le había sido imposible alejarse de Saga.
Se había pasado la noche entera pensando, planeando la estrategia a seguir de aquel punto en adelante con respecto al mayor de lo gemelos. Resultaba una mentira decir que, a esas alturas, Aioros comprendía del todo lo que estaba sucediendo porque, en realidad, tenía más dudas que respuestas acerca de los eventos de la noche anterior.
Habiendo medido sus prioridades, el arquero dorado y sus decenas de pergaminos se habían mudado de la habitación de Athena a la de Saga para velar el descanso del caballero del tercer templo. De manera sorprendente, el sueño de Saga había sido más tranquilo de lo que pudiera pensarse. Aún si se le observaba con atención, sería difícil identificar algún rastro de estrés en el semblante imperturbable del peliazul. Más allá de las marcas oscuras alrededor de sus ojos y sus labios, pálidos y resecos, sus perturbaciones serían pasadas por alto.
Por breves instantes, el mismo Sagitario parecía dudar de la veracidad de todo lo que habían vivido, sin embargo las vendas ensangrentadas que protegían las heridas de su mano eran un doloroso recordatorio de la cruda realidad.
Buscando mantenerse ocupado, Aioros leyó y leyó por largas horas los viejos rollos de papel que ahora le servían de compañeros. No sintió las horas pasar, y fue hasta que los primeros rayos de luz aparecieron en el horizonte que cayó en cuenta que la mañana había llegado. A pesar de ello, no se levantó de su vigilia. Comió un ligero desayuno que gentilmente una de las doncellas del templo le había llevado y continuó retraído en su estudio.
Parecía completamente inmerso en su lectura, sin embargo sus sentidos se mantenía en alerta; tan alertas que el ligero cambio en la respiración de Saga le puso bajo aviso de una posible eventualidad.
- ¿Saga? -le llamó por su nombre.
No hubo respuesta por algunos segundos.
El santo de Géminis estaba despierto. Su mirada esmeralda se mantenía clavada en el techo de la habitación, cómo si de esa forma pudiera hacer desaparecer todo a su alrededor. Despertar le hacía recordar, y recordar era volver a vivir el infierno en que su vida se había convertido.
- ¿Saga? -Aioros insistió.
El castaño se puso de pie para acercarse a su amigo. Cuidando cada detalle y atento a cualquier señal, Aioros invadió el campo visual del peliazul. Se concentró por un instante en el rostro de su amigo. Indagó en el vacío de sus ojos verdes, sondeó la dureza de aquel semblante cargado de dolor y terminó deduciendo que quien descansaba en la cama era en realidad el Saga al que conocía.
Totalmente incómodo por la proximidad de su compañero y por la minuciosidad con la que le inspeccionaba, Saga alzó la ceja, soltó algo parecido a un gruñido y de inmediato le rehuyó la mirada al arquero. Giró la cabeza perdiéndose en la vista que le ofrecía el inmenso ventanal situado al lado de la cama. Se dio cuenta que los rayos de la luz del día se filtraban tímidamente a través de las hermosas cortinas que danzaban al ritmo de la suave brisa que refrescaba el cálido ambiente de la ciudad. Su esperanza descansaba en que el arquero dorado comprendiera la indirecta y desapareciera de la habitación…nada más alejado de la realidad.
Aioros le conocía bien, o al menos eso creía. Cierto, catorce años de sus vidas se habían perdido. Catorce años en los cuales el mayor de los gemelos había sufrido todo tipo de cambios que le arrastraron a convertirse en un extraño antes los ojos del Sagitario, sin embargo, éste último siempre había creído que tras aquella dura y cortante apariencia, aún se escondía el amigo de la infancia al que tanto apreciaba y con el cual compartía muchas cosas. Quizás ese era el momento de descubrir si sus suposiciones eran ciertas.
Armándose de paciencia, dio un par de pasos hasta encontrarse frente a frente con Saga. La respuesta fue exactamente la misma. El gemelo torció la boca, bufó y, de nueva cuenta, giró la cabeza hacia la dirección contraria al santo de la novena casa. Obligado por la situación, Aioros sonrió. Sí, ahí estaba, el mismo Saga. Orgulloso, terco e, inclusive, infantil.
- Sabes que no vas a poder esquivarme para siempre, ¿cierto? -el santo de Sagitario tomó asiento al borde de la cama.
Escuchó con claridad un pesado suspiro del geminiano y supo que no tenía porque insistir más.
- No deberías estar aquí. -se oyó la voz de Saga, ronca como la de aquel que reprime un sollozo.
"Clásico de Saga…" pensó Aioros "Siempre alejando a las personas."
- Me temo que esa no es una opción. -le respondió con seguridad y asegurándose de no sonar demasiado agresivo.
- No necesito una niñera, arquero.
Aioros volvió a sonreír y suspiró sopesando su respuesta.
- En primer lugar, sí la necesitas. Tal vez yo no sea la mitad de atractivo que las doncellas que solían vigilarnos cuando éramos pequeños y con las que, aunque lo niegues, coqueteabas a pesar de tener nueve años, pero, para tu mala suerte, soy la única niñera disponible en este templo… -el castaño sonrió con picardía al ver a Saga girar los ojos al escucharle hablar.- En segundo lugar, alguien me pidió que te cuidara y resulta que esa persona es una chica muy linda. Ya sabes como soy con las chicas lindas, simplemente no puedo negarles nada, así que tendrás que soportarme aquí, pegado a ti. Y, en tercer lugar, no tengo nada mejor que hacer que sentarme a vigilarte, así que…
Por primera vez Saga mantuvo contacto visual con el arquero y lo hizo con la única intención de asesinarle con la mirada. No hizo nada más que taladrarlo con la fiereza de sus ojos verdes. Con esa simple y sencilla acción decía más que mil palabras.
El castaño chasqueó la lengua.
- No tienes sentido del humor. -le reclamó mientras ponía un graciosa cara de falsa seriedad.
Por un breve instante el gemelo se mantuvo callado, sin embargo su respuesta no tardaría en llegar.
- En primer lugar yo no coqueteaba con ninguna de las doncellas, no tengo la menor idea de donde, Kanon y tú, sacaron esa estúpida idea. En segundo lugar, admítelo, eres pésimo lidiando con las "chicas lindas". Y en tercer lugar, esa enorme montaña de pergaminos me dice que tienes cosas más interesantes que estar aquí cuidándome.
Aioros soltó una carcajada.
- ¿Qué te parece? Me retracto, aún tienes sentido del humor, muy retorcido, pero todavía esta ahí. -le dijo con una sonrisa al geminiano.
- No te confundas. No es sentido del humor, es fastidio y, ¿sabes quién es el causante? Tú, así que lárgate antes de que la paciencia se me agote.
- No, no me voy a ir. -el santo de Sagitario se dejó caer en la cama al lado de Saga y cruzó las manos detrás de la nuca para perder la vista en el tejado.
De un brinco, el peliazul se sentó. No podía creerlo. El idiota de Aioros se había instalado en SU habitación sin SU autorización, y no solo eso, sino que amenazaba con quedarse ahí a pesar de que le había ordenado que se marchara. No, no, no. Eso no iba a permitirlo.
Saga se puso de pie lo más rápido que pudo. Cada músculo de su cuerpo le dolía y la cabeza todavía le daba vueltas, pero eso no le importaba; quería al sagitario fuera de ahí y lo haría a cualquier precio. Así que, tambaleante y agotado como estaba, caminó hasta la puerta para abrirla violentamente.
- ¡Largo! -le ordenó.
El de la novena casa ni siquiera se movió.
- Dije: ¡largo! ¡¿Acaso no entiendes?! ¡¿Te has vuelto sordo o sencillamente eres idiota?!
Poco le importó que todo aquel que se encontrara en los corredores aledaños a su habitación escuchara sus gritos. Simplemente gritó. Gritó como un desquiciado. Gritó porque estaba furioso. Gritó porque sentía que no podía hacer nada más que eso.
- No voy a irme. -le respondió inmutable el arquero dorado.- Hace casi quince años cometí la estupidez de creerte cuando me dijiste que estabas bien y me fui. Esta vez no será así, Saga. Ya te lo dije...no voy a dejarte solo otra vez.
De repente, Saga no supo que contestar. Pestañeó perplejo para, casi de inmediato, recobrar la postura, fingiendo completo desinterés en las intenciones de Aioros. Hubiese querido objetar algo, quizás quejarse de ese repentino interés, pero, por más que tratara de disimularlo, las palabras del santo de la sagita traían consigo una súbita calma para el geminiano.
Negó con la cabeza, pretendiendo sentirse contrariado, incluso abrió la boca para soltar un par de palabras que nunca llegaron, después de todo, necesitaba demostrar algún tipo de resistencia.
- Ni lo intentes, Saga… -volvió a interrumpirle el castaño adivinando la actuación que montaba el peliazul.- No hay fuerza humana o divina que consiga sacarme de esta habitación, ¿entendido?
El santo de Géminis azotó la puerta al cerrarla.
- Bien. -Saga reclamó con inexistente enfado.- Haz como te plazca. Si quieres quedarte, hazlo, pero quítate de MI cama. Es mía, ¿entendido? Tú puedes quedarte en…en… -el gemelo sondeó la habitación con la mirada buscando a donde mandaría al arquero.- En ese sillón y más te vale mantener la boca cerrada porque no quiero seguir escuchándote hablar todo el tiempo.
Tiró de la manta que cubría la cama forzando al arquero a ponerse de pie. Tan pronto hubo conseguido sacarle, Saga volvió a tirarse sobre el lecho. Se acomodó dándole la espalda a Aioros. Si bien no despreciaba del todo su presencia ahí, ello no quería decir que tuviera deseos de mirarle todo el tiempo.
En realidad era más una cuestión de necesidad, o al menos eso se repetía el gemelo una y otra tratando de convencerse a sí mismo. Sí, de necesidad. Necesitaba tener a Aioros cerca en caso de alguna contingencia. No quería volver a verse en la penosa necesidad de pedir ayuda, simplemente no podría pasar por ello de nuevo, aunque no se arrepentía; de alguna forma, estaba casi convencido de que volvería a hacerlo si fuera necesario. Ahí estaba de nuevo la palabra: "necesidad". Alrededor de ella giraba todo y eso era todo lo que era: pura necesidad.
Hubiera querido seguir perdido en sus divagaciones y pensamientos, sin embargo algo inesperado lo interrumpió…un tarareo.
No quiso voltear. No quería saber al respecto. El idiota de Aioros estaba tarareando y él no quería saber nada de ello. Se mantuvo callado tratando de concentrarse en su miseria, pero, para su sorpresa, pronto se encontró cantando en su mente aquella contagiosa melodía…
"Νάνι, νάνι, καλό μου μωράκι…Νάνι, νάνι, κοιμήσου γλυκά"
Maldición. No podía creerlo. Todavía recordaba a la perfección aquella dulce tonada, la misma que escuchaba antes de dormir cuando apenas era un niño pequeño. En sus memorias, oía la cansada voz de Shion cantándoselas una y otro vez hasta que se rendían ante Morfeo y comenzaban el largo viaje por el mundo de los sueños. Casi podía ver al pequeño Kanon sonriendo con satisfacción mientras se acurrucaba entre las sábanas de la cama que ambos compartían durante su temprana infancia y sentía la ternura con la que el viejo Santo Padre les arropaba. Recordar aquella sonrisa cándida, dulce y sobrecogedora que les regalaba antes de dormir hizo que los ojos se le humedecieran. Tuvo que suspirar cuando sintió que un nudo se le formaba en la garganta. Esa ya no era su vida y no quería aferrarse a un pasado inexistente.
- ¿Podrías dejar de hacer eso? -le pidió bruscamente al arquero sin dignarse a mirarle.
Luchó porque la voz no se le ahogara en un sollozo. No quería dejar que Aioros viera el impacto que las notas de música tenían en él.
El castaño calló por un breve momento.
- ¿Hacer qué? -preguntó dejando por un momento su lectura.
- Eso, tararear. Me estás poniendo nervioso. -mintió para esconder la nostalgia que le embargaba.
- Disculpa, no fue mi intención, es solo que… -la mirada del arquero dorado se tiñó de melancolía mientras meditaba el porque de la repentina aparición de aquella antigua canción de cuna en su cabeza.- … ¿no los extrañas? -preguntó haciendo a un lado el pergamino que sostenía.
- ¿Extrañar? ¿A quiénes? -el geminiano le devolvió la pregunta.
- No a quienes, me refiero a los viejos tiempos; cuando todo era más sencillo, cuando nuestra única preocupación era escaparnos de la clase de griego antiguo, cuando nuestras vidas eran eso…vidas.
Esta vez fue Saga quien calló.
- Todos los días, Aioros, todos los días. -le respondió con la voz quebrada.
- Conmigo no tienes que fingir… -el santo de Sagitario se detuvo para ordenar sus pensamientos. Reanudó a sabiendas de que las probabilidades de que a sus palabras se las llevara el viento eran altas.- Yo puedo verte a ti, a Saga, al ser humano que se esconde detrás de esa fachada de héroe que el mundo ha puesto sobre tus hombros.
Para cuando Aioros terminó de hablar, el gemelo cayó en cuenta de que estaba reteniendo la respiración. Su cuerpo se había tensado y unas irresistibles ganar de llorar se apoderaron de él. Hizo su mejor esfuerzo por mantener la cabeza fría pero la súbita pesadez en su respiración le dejaba en evidencia.
El arquero permaneció estático. Estaba atento al lenguaje corporal de su amigo, por lo que no le fue difícil identificar la innegable tensión que emanaba el gemelo mayor. Sin embargo, deseoso de no ser inoportuno ni insistente, Aioros pasó por alto la incomodidad del peliazul. No era su intención presionarlo, sabía que esa no era la forma adecuada de acercarse a Saga. Por el momento, solo deseaba hacerle saber que, aún si lo dudase, él comprendía.
Viendo que el santo de Géminis no iba a responderle, el de Sagitario lo dejó pasar. Prefirió callar y volver a refugiarse en su lectura, lo importante era que Saga le había escuchado, porque lo había hecho, de ello no tenía duda.
Guardaron silencio por varios minutos, uno perdido en sus textos y el otro en sus pensamientos, pero sin poder sacarse la breve conversación de sus mentes.
- ¿Por qué haces esto? -la grave voz de Saga se dejó escuchar en el silencio sepulcral que invadía la habitación.
El santo del arco y flecha exhaló con fuerza.
- Porque somos amigos.
Hubiera querido dar una respuesta más elaborada, quizás explicar con mayores argumentos sus acciones, sin embargo siempre había preferido la simpleza y, esa ocasión, no era la excepción; además, tenía que admitirlo, mientras más argumentara, mayores probabilidades habían de que Saga encontrara algo que objetar.
- ¿Amigos? ¿Cómo puedes ser mi amigo después de que…?
- Simplemente lo soy. -Aioros interrumpió para no dejarle terminar de hablar.- Independientemente de lo que haya sucedido, todo está en el pasado, déjalo ahí. Para mí sigues siendo puramente Saga y espero que tú me sigas viendo solo como Aioros.
Saga se lo pensó por un momento. Siendo sincero, lo que le pedía el arquero dorado era complicado. Resultaba dificultoso pensar en Aioros sin que las palabras "héroe" y "leyenda" no acudieran a la mente y, en su caso muy particular, las palabras "vergüenza" y "arrepentimiento" eran inevitables cuando se trataba de recordar al santo de Sagitario.
- No sé si pueda hacer eso…verte solamente como Aioros. -contestó con honestidad.
- Siempre puedes tratar.
- Han pasado demasiadas cosas, cosas que, aún si me esforzara por olvidarlas, no podría. -confesó.
- No es necesario que me lo digas, eso lo sé.
- No. No lo sabes de la forma en que yo lo sé o en la forma en que lo saben el resto de nuestros compañeros. -viendo a donde les llevaba esa plática, el gemelo se sentó en la cama y miró al arquero.- No es mi intención ser cruel, pero tu estabas muerto. Tú no viviste el infierno que nosotros vivimos…un infierno que yo mismo propicié.
- Saga…
- Calla, Aioros. Nada de lo que digas cambiará el hecho de que les fallé, dejé que todo sucediera. -interrumpió el santo de Géminis.
- Nosotros también te fallamos. -los ojos de Saga se posaron en el arquero.- Yo te fallé. Shion te falló. Kanon te falló. Si hay culpa en todo lo que sucedió, entonces lo justo sería que los tres la compartamos. Tú fuiste una víctima, Saga. Una víctima a la que no pudimos rescatar.
- Te engañas. Yo no fui ninguna víctima. Sabía lo que estaba pasando y no hice nada para evitarlo. -apretó entre sus dedos las sábanas de la cama.
- No seas tan duro contigo, solamente tenías catorce años.
- Sí, y me tomó otros catorce encontrar la fuerza para oponerme a Ares y hacer algo para terminar con su reinado de terror. -dijo de manera casi imperceptible el gemelo.
- Lo intentaste.
- ¡No! ¡Nunca lo intenté! -gritó furioso a un sorprendido arquero.- Por años dejé que tomara el control. Estaba demasiado asustado como para oponerme y todos ustedes pagaron el precio de mi miedo.
Aioros guardó silencio. La confesión le había pillado desprevenido y, lo peor, es que era pésimo para ocultarlo.
- Quizás…quizás no podías hacer nada. -espetó tratando de controlar el temblor de su voz.
- Créeme, tuve más de oportunidad para acabar con el maldito de Ares y nunca tuve el jodido coraje para hacerlo. -Saga tiró la cabeza para atrás y fijó sus ojos en un algún punto indefinido de la pared frente a él.
- Tal vez no era el momento de que Ares fuera detenido, el destino aún no llegaba.
- ¿Tú? ¿Hablando del destino? ¿Qué pasó con aquello de cada quien puede cambiar sus estrellas?
- A veces es bueno culpar al destino. -Aioros subió los hombros y le sonrió con un dejo de tristeza.
- ¿De que sirve eso?
- Sirve para encontrar el perdón que tanto necesitas. -dijo Aioros. Sintió la mirada de Saga sobre él, sin embargo no volteó.
- No necesito el perdón de nadie, arquero. -mintió descaradamente.
- Cierto…necesitas tu propio perdón. -sentenció el Sagitario.- Si el resto de nosotros hemos dejado todo atrás y nos hemos perdonado, ¿por qué tu no puedes hacerlo? ¿Por qué insistes en aferrarte a la soledad?
Algo parecido a una leve risa se dejó escuchar.
- Todos estamos solos, Aioros. Cada cual a su modo, pero todos vivimos en la soledad…ese es nuestro destino. -siseó el geminiano con cinismo.
- Pensé que no creías en el destino.
- Nunca dije eso, la vida me ha enseñado que existe el destino. El nuestro era morir y lo hicimos, sin embargo, en su terquedad, Athena consiguió traernos de regreso al mundo de los vivos; y el destino tiene que llevarnos de retorno a la muerte. Por eso estamos aquí.
Ambos santos se sostuvieron la mirada. Los que alguna vez habían sido tan cercanos y parecidos, ahora se constituían como lados opuestos de una moneda y los dos los sabían. El uno convertido en la némesis del otro. La tensión entre ellos era evidente. Ninguno cedería puesto que sus motivaciones, a pesar de ser diametralmente opuestas, eran igual de fuertes.
- Si lo que dices es verdad, ¿por qué no dejaste que Ares asesinara a Kanon? Morir era su destino, ¿cierto?
Saga enmudeció mientras sus ojos se abrían incrédulos ante la forma en que Aioros acababa de callarlo. Privado de cualquier respuesta lógica, el santo de Géminis agachó la cabeza para permanecer pensativo. Aioros respetó su silencio. Sabía que lo había conseguido, había golpeado los cimientos de los muros de negatividad que Saga había levantado a su alrededor.
- Bien… -comenzó a hablar tras unos minutos de sofocante afonía.- Ya que estamos de acuerdo en que Kanon todavía no debe morir, haz algo para ayudarme, ¿qué tal está tu griego antiguo?
El de la tercera casa, alzó el rostro para encontrarse con un sonriente Aioros que esperaba por una respuesta mientras le ofrecía un par de viejos pergaminos. Dudó por un par de segundos. Aceptar aquellos rollos de papel carcomidos por el tiempo tenía una implicación mucho más profunda que la de solamente ayudar al arquero; significaban un compromiso, la promesa de dejar su lado oscuro atrás y afrontar la vida con la cara en alto. Confundido, apretó los puños y suspiró profundamente.
- Pésimo… -le contestó en un murmullo al mismo tiempo que tomaba en sus manos los antiguos textos.
Aioros soltó una carcajada.
- ¿Y así fuiste Patriarca por catorce años? Me avergüenzas, Saga, me avergüenzas.
Los labios de Saga se curvaron para dibujar una tenue sonrisa. Para él, fue como sí, repentinamente, un poco de paz hubiera tocado su alma. Obviamente nunca lo diría en voz alta, hacerlo sería demasiado para él, pero se conformaba con sentirse mejor. Buscando esquivar el tema, abrió con cuidado el pergamino haciendo que una pequeña nube de polvo se levantara. Observó las letras. Sí, era griego antiguo.
- ¿Qué se supone que estamos buscando? -preguntó sin quitarle la vista de encima al viejo texto.
- Algo, cualquier cosa que pueda ayudarnos a despertar a Kanon. -le respondió.
- Ni siquiera sabemos que es lo que le sucede. ¿Cómo encontramos la cura de una enfermedad desconocida?
- Su cosmos esta bloqueado. Se supone que la sangre de Athena podría erradicar la presencia de la energía nefasta de Ares, pero…algo no termina de encajar.
- No tiene sentido. Si la sangre de Athena no pudo hacer nada entonces es difícil que algo más pueda hacerlo. -Saga pasó la mirada escaneando rápidamente el texto.
- Estamos pasando algo por alto. La pregunta es, ¿qué? -Aioros se sopló los flequillos con fastidio.
- ¿Cuánto tiempo llevas en esto, Aioros? -Saga le vio fijamente.
- Bastante. -respondió con sequedad.
Saga enrolló el pergamino rápidamente y obligó a Aioros a bajar el manuscrito que le tenía su completa atención. Desconcertado por el gesto del gemelo peliazul, el santo de Sagitario permaneció estático mientras su mirada interrogante se centró en él.
- ¿Por qué estás haciendo esto? -le cuestionó firmemente Saga. Por primera vez en lo que llevaban de plática, el castaño le rehuyó la mirada.- Aioros, respóndeme.
Se había propuesto ser fuerte para ayudar a Saga salir del vacío en que se estaba hundiendo, así que ceder antes sus emociones no era un lujo que Aioros podía darse. Con eso en mente, suspiró para recobrar el aliento y viendo a los ojos a Saga se preparó para responderle.
- Lo hago porque, para que tú regreses, Kanon también tiene que hacerlo.
Saga negó con la cabeza.
- Eres un pésimo mentiroso.- le reprochó girando la cabeza para no verle.
- No estoy mintiendo.- refutó Aioros.
- Lo estás o, al menos, no estás diciendo toda la verdad.
- ¿Qué podría estarte ocultando?
- No lo sé…déjame pensar…a lo mejor no me quieres decir que haces esto porque ves en mi hermano al tuyo. Salvando a Kanon intentas compensar el que no hayas podido hacer nada por Aioria.
Instintivamente, Aioros retuvo la respiración. La idea que Saga proponía le había pasado por la cabeza con anterioridad, sin embargo se había esforzado por negarse a admitir que esa era una poderosa razón para ayudar a Kanon.
- Eso no tiene nada que ver. -le respondió entre dientes.
- Tiene todo que ver y lo sabes. Escucha, siento mucho lo de Aioria, pero regresar a Kanon no lo va a revivir.
- ¡Lo sé! -exclamó el arquero.- Es solo que…no quiero que sufras como yo estoy sufriendo. -agregó en un susurro.
Los usualmente inexpresivos ojos de Saga parecieron llenarse de sentimientos. Bajó a cabeza por una fracción de segundo pero, casi de inmediato, volvió a levantarla depositando su vista en el santo de Sagitario.
- Yo…lo siento. No fue mi intención decir lo que dije. -Saga se detuvo.- No puedo imaginarme lo que estás sufriendo…espera, sí puedo hacerlo, claro que en mi caso, yo intenté asesinar a mi hermano, pero no estamos hablando de eso. -balbuceó sin saber como expresarse.- El caso es que, en verdad lamento mucho lo que le sucedió a Aioria y admiro tu entereza…
- Saga… -al castaño se le quebró la voz.
- Yo…te lo agradezco…te agradezco lo que estás haciendo por Kanon. -confesó con gran esfuerzo.
- No te preocupes. -dijo Aioros para luego aclararse un poco la garganta. Sentía que ahogar el llanto no le dejaba hablar-Sé que, si estuvieras en mi lugar harías lo mismo.
"No lo hice" pensó Saga con sentida tristeza, "Cuando Aioria más necesitaba de alguien, simplemente le di la espalda."
- Sé lo que estas pensando. -la voz de Aioros le sacó de sus pensamientos.- Olvídalo, Saga. Por lo que más quieras, deja el pasado en el pasado.
El gemelo intentó sonreírle. Sus esfuerzos fueron en vano. En sus labios solamente apareció una mueca que mucho distaba de ser una sonrisa, sin embargo, aquel gesto carente de gracia, resultaba más que suficiente para el Sagitario.
Los minutos volaron mientras la habitación permanecía en silencio. Solamente se escuchaba el crujir del papel, viejo y seco, del que estaban hechos los diversos materiales de estudio que Aioros había recolectado. Los dos santos dorados permanecían absortos en sus respectivos textos, más aquello no impedía que de vez en cuando, el de la novena casa se asegurara que todo estaba en orden con su amigo. Lo había visto abrir levemente los labios en un par de ocasiones, cómo si intentara decir algo, sin embargo al final Saga no se atrevía. Tras una serie de intentos fallidos, el gemelo encontró el valor de pronunciar palabra.
- Aioros… -Saga titubeó pensando el efecto de lo que iba a decir.- …acerca de Afrodita…
- Ni lo menciones, nadie tiene que saber nada de Dita. -le respondió sin levantar la vista del escrito que leía.
- ¿Dita? -Saga le miró con confusión.
- Sí, Dita. Es confuso llamarla Afrodita, sobre todo cuando tenemos un compañero con el mismo nombre. Me gusta más así, ¿a ti no?
El gemelo curvó la ceja.
- Como digas, Aioros. -dijo al mismo tiempo que le miraba de reojo.- Y pues…gracias.
- No hay problema. Ella me simpatiza. -el castaño se llevó la mano a la barbilla y asumió una posición reflexiva.- Lo he estado meditando y creo que podemos ver en Dita a una aliada, una muy valiosa dadas las circunstancias. Claro que tendrás que tener un poco de prudencia, no tengo que recordarte que la relación con la señora Athena es bastante…delicada.
Saga torció la boca. ¿Qué si lo sabía? Por supuesto que sí. Él había quedado atrapado en medio de esas dos y no era para nada agradable. Lo que más le preocupaba era que él había contribuido a empeorar los problemas entre ambas a tal grado que las amenazas de la diosa de la sapiencia pesaban sobre su cabeza y le traían gran consternación. Athena no había mentido al decir que con ella no se jugaba.
- Por cierto, ¿dónde esta Athena? -cuestionó el peliazul.
- Está indispuesta. -fue todo lo que Aioros dijo.
- ¿Indispuesta? ¿Indispuesta como en que tiene una gripe? ¿Se rompió una pierna? ¿Algún otro dios intentó matarla? -reclamó una respuesta el cínico geminiano.
- ¡Ah! El retorcido sentido del humor ataca de nuevo… -el castaño se rió.
- Aioros, ¿no vas a decirme más?
- Discúlpame pero no puedo hacerlo. -dijo con seriedad.- Aparentemente cuando Ares toma posesión de tu cuerpo se hace de todas tus memorias, por lo que, en este momento, saber sobre Athena representa un riesgo para ella. No puedo arriesgarla de esa forma, por favor, perdóname. -el arquero terminó bajando levemente el rostro.
- Estás en lo cierto, así que no debes preocuparte. Entiendo.
El arquero dorado asintió agradeciendo la comprensión de su amigo.
- Y Saga…
- ¿Sí?
- A los dioses no les da gripe. -terminó riendo con travesura.
- Idiota. -bufó el otro santo con una sonrisa en la cara.
Sin mucho más que decirse, los dos prosiguieron con lo suyo hasta que un par de golpes en la puerta les interrumpió.
- ¿Señor Aioros? -preguntó un guardia mientras acechaba tímidamente dentro de la habitación.
- ¿Qué sucede, Kozma? -el santo de oro bajó el pergamino que leía para prestar su completa atención a lo que el joven soldado iba a decirle.
El peliazul observó la escena atentamente. Ni siquiera sabía porque se sorprendía puesto que, lo que acaba de presenciar, era algo que su compañero de Sagitario solía hacer con bastante frecuencia. Aioros siempre fue de ese tipo de personas que se tomaban el trabajo de aprenderse los nombres de todos. No era inusual que tratara de esa forma a todo el mundo, era algo nato del arquero, quizás por ella era tan apreciado en el Santuario. Tal parecía que nada había cambiado en él.
- Señor, han venido visitas para la señora Athena. -respondió el guardia.
- ¿Visitas? No sabía que esperáramos a nadie. ¿De quién se trata? -Aioros tomó una actitud pensativa tratando de recordar si había pasado algún detalle por alto.
- El señor Poseidón y la señora Perséfone. -confesó el joven soldado.
Los dos santos, Géminis y Sagitario, intercambiaron miradas de preocupación. Tener en el templo al mismísimo dios de los mares y a la emperatriz de los Infiernos no sonaba como nada bueno y, ciertamente, era algo que ninguno de los dos esperaba.
- ¿Estás seguro? -intervino por primera vez el gemelo.
- S-si, señor. -titubeó el joven al presenciar el rigor en la verde mirada de Saga.
Aioros batalló para tragarse una risa al ver la impresión que causaba el santo de Géminis en aquel joven soldado. En definitiva, Saga no había perdido aquel imponente porte que podía hacer retroceder aún al más valiente.
- ¿Dónde se encuentran? -le preguntó el castaño.
- Esperan por la señora Athena en el salón del trono.
- Perfecto. No les digan nada, nosotros iremos a recibirles en unos minutos. -ordenó Aioros.
El joven asintió y, tras respingarse al observar por última vez el serio semblante de Saga, se retiró dejando a los dos santos en soledad. Aioros miró con complicidad a al gemelo y rió para sí mismo.
- Lo impresionaste. -le dijo Aioros con una risa cómplice.
- Es un cobarde…le atemorizó solo verme. No debería ser parte de un ejército como el nuestro.
- Aún es joven. -el arquero se mostró comprensivo.
- Los espartanos prácticamente son niños cuando empiezan sus labores militares y nosotros éramos aún más jóvenes cuando las responsabilidades de santos dorados nos fueron entregadas. -el gemelo le miró con seriedad.
- Mal ejemplo, aquello no salió muy bien.
- ¿No tienes un par de dioses esperándote? ¿Qué haces todavía aquí? -se quejó un irónico Saga intentando cambiar la conversación.
- No, mi estimado amigo. TENEMOS un par de dioses esperándonos, así que ponte la túnica. Vienes conmigo. -le ordenó el arquero lanzándole la blanca vestidura al gemelo.
- ¿Qué? -Saga preguntó completamente confundido e indignado.
- No pienso dejarte solo aquí.
- Pues yo no pienso ir.
- No te estoy preguntado.
La sorpresa invadió a Saga y no era solo a causa de las palabras del arquero, sino que no podía creer lo que estaba haciendo. Se había encontrado a sí mismo, poniéndose las ropas que el santo de Sagitario acababa de entregarle. ¿Desde cuando el arquero daba las órdenes? Y peor aún… ¡¿desde cuando las obedecía?! Tenía que estar muy mal. Sí, seguramente era por eso, porque de otra forma nunca hubiera acatado el mandato sin antes ofrecer un poco de pelea. Tanto drama y tanta lágrima le estaban convirtiendo en un blando, ahora lo había dejado al descubierto y no le había gustado en lo más mínimo.
Aioros tuvo que morderse el labio para evitar sonreía al observar la infantil confusión en el rostro de su amigo, y no era para menos. Él mismo esperaba un poco más de resistencia ante la "orden" que recién le había dado, sin embargo para su sorpresa, Saga se estaba tomando las cosas mejor de lo esperado. Desafortunadamente, su optimismo no tardó mucho en esfumarse.
- ¿Sabes algo? -el geminiano se quedó quieto y pensativo al hablar.- No tengo porque ir contigo. Olvídalo. Me quedo aquí.
Tan pronto terminó de hablar, el gemelo se dejó caer sobre la cama ignorando por completo al arquero. Asumió una posición relajada: sus brazos cruzados detrás de la cabeza y sus ojos cerrados para no tener que mirar al castaño. Sentía la insistente mirada del santo del arco sobre él por lo que esperaba que éste contraatacara en cualquier momento.
Aioros se cruzó de brazos y golpeteó el piso en varias ocasiones con su pie. Con un Saga indispuesto a ceder, el Sagitario sacudió ligeramente la cabeza en negación. Caminó unos cuantos pasos de un lado al otro y, al final, jaló de la manta del geminiano para hacerlo levantarse.
- ¡Deja! -gritó exasperado.- ¡Ya te dije que no quiero ir! ¡No quiero saber nada de dioses olímpicos! -Saga se puso de pie.
- Perséfone no es Olímpica y deja de actuar como un crío. Siempre es bueno tener a alguien que sabe lidiar con ellos.
- ¿Y qué te hace pensar que yo sé como hacer tal cosa? ¿Athena? ¿Ares? ¿"Dita"? Las cosas no van bien con ninguno de ellos.
- ¡Jah! Permíteme dudar eso. -replicó entre risas el de la sagita.- Pero se supone que fuiste Patriarca, debes saber algo de cómo tratar a dioses, ¿no?
- Noticia de último momento, Aioros: El Patriarca no lo sabe todo. -Saga giró el rostro, se cruzó de brazos y miró de reojo a su igual.
- Pero sabe bastante, así que vamos. -insistió el arquero.
- Tú estás al mando de todo aquí, ¿no? ¿Por qué no puedes ir solo?
- Preferiría ir contigo. Tu instinto para leer las intenciones de las personas es quizás más agudo que el mío.
- Después de esta conversación, cualquier lo diría. -dijo con sarcasmo el gemelo.
- Esto ha sido solo porque te conozco mejor que a nadie. -replicó el otro.
- Estás siendo molesto, Aioros.
- No me digas. -sonrió pícaramente.
El santo de Géminis se sentó en el borde de la cama, apoyó lo brazos en sus rodillas y centró su mirada esmeralda en el santo de Sagitario que tenía enfrente.
- No me vas a dejar en paz hasta que acceda a acompañarte, ¿cierto?
El arquero meneó la cabeza.
- Que conste que solo hago esto porque ya estoy fastidiado de ti. -Saga se puso de pie para salir de la habitación junto con Aioros en dirección al salón principal.- No recordaba que hablaras tanto, con razón la gente me decía que era retraído. No era que yo no hablara, sino que Kanon y tú lo hacían en exceso y me privaban de toda oportunidad de expresarme.
- ¡Oye! Yo era el mejor portado de los tres, así que no me culpes porque eras huraño.
- No era huraño, de hecho solía ser bastante popular entre la gente. Solían quererme.
- Sabes que aun te aprecian, ¿verdad?
- Por supuesto. Extermina a la mitad de la población del Santuario y verás lo mucho que van a quererte. -comentó con sátira el geminiano.
- El Señor Alegría contraataca. -se burló el arquero mirando por el rabillo del ojo a su compañero.
- ¿Desde cuando eres tan gracioso? -Saga hizo una mueca.
- Te sorprenderías de lo gracioso que puedo ser.
- No quiero saberlo, gracias.
- ¿Por qué no? Te divertirías conmigo.
- No me diviertes, me agobias. -terminó el gemelo la discusión justo cuando los dos se encontraron de pie frente a la enorme puerta del gran salón.
Cruzaron miradas una última vez mientras esperaban que la puerta se abriera para darles acceso al regio salón del trono de su diosa. Conforme el interior de la habitación era revelado antes sus ojos, alcanzaron a ver a la pareja divina de pie a unos cuantos metros del trono destinado a la diosa de la sabiduría.
- Señora Perséfone, señor Poseidón. -saludó Aioros mientras se aproximaban al par de deidades.
El gemelo se limitó a observarles con recelo.
- ¿Dónde esta Athena? -preguntó el dios de los océanos después de ofrecerles un ligero saludo con la cabeza.
- Me temo que la señora Athena no podrá atenderlos ahora mismo. -le respondió el arquero esperando que aquella respuesta fuera más que suficiente. No lo fue.
- ¿Por qué? -intervino la reina del Inframundo.
Aioros miró de un dios a otro.- Me temo que esa es información confidencial, señora. -dijo con firmeza.
- Pero, ¿ella se encuentra bien? -insistió la esposa de Hades.
- Lo está. -confirmó el arquero al mismo tiempo que asentía.
- Necesitamos hablar con ella y pronto. ¿Cuánto tardara en regresar? -cuestionó con su habitual parsimonia Poseidón.
- Eso no lo sé. -contestó honestamente el santo de Sagitario.
Poseidón se giró en dirección a la peliverde para susurrarle un par de cosas que ninguno de los dos santos entendió. Sin embargo, la insistencia en las miradas de las dos deidades griegas sobre ellos, dejaba en claro que el recelo era mutuo. La diosa les miró fijamente por un par de segundos antes de responder a Poseidón con la misma discreción con que él le había hablado con anterioridad.
- Creo que no confían en nosotros. -murmuro entre dientes Saga.
No hubo tiempo para que Aioros contestara porque, justo en ese momento, el dios del tridente, volvió a acercarse a ellos. Llevó sus ojos azules de uno a otro santo.
- ¿Ustedes están al frente de todo aquí? -habló impasible el dios.
- No. Solo él. -respondió Saga viendo a Aioros quien solo le devolvió la mirada.
- Bien, entonces asegúrate de decirle a Athena que necesitamos hablar con ella de algo muy importante. -Poseidón se dirigió al arquero.
- Dile que… -intentó hablar Perséfone solo para ser interrumpida por el dios de los mares.
- Sé prudente. -le calló mientras clavaba su mirada en Saga.
Como respuesta, el santo le sostuvo la vista retándolo a decir lo que estaba pensando. Intuía que el silencio del dios de tridente se debía a su presencia ahí. Poseidón sospechaba algo.
- Si tiene algo que decir, dígalo ahora. -le reclamó el gemelo.
- ¿Quién eres? -preguntó el dios.
Aioros se tensó al escuchar la pregunta del señor de los mares. Saga ni siquiera se inmutó.
- Saga de Géminis. -respondió.
- No eres simplemente "Saga de Géminis". Hay algo más en ti… -Poseidón endureció la mirada.
Saga sonrió insolentemente.
- Ares…eso es lo que hay en mí.
- Se supone que eres un santo de Athena, ¿cómo puedes servir a dos dioses? -le interrogó el dios de los océanos.
- Mi fidelidad pertenece únicamente a mi señora, pero no puedo impedir el haber sido elegido por dos deidades. Esa maldición pesa sobre mi cabeza cada día de mi vida. -dijo el gemelo con seguridad y sin titubeo alguno.
- Elegido por dos deidades… -susurró Aioros al mismo tiempo que sus ojos se abrían con una mezcla de incredulidad y emoción.- ¡Eso es!
Tres pares de miradas se centraron interrogantes sobre el arquero, quien solo atinó a mirar a su amigo.
- Sé como despertar a Kanon. -le confesó.
Todo estaba hundido en una fúnebre oscuridad. El rugido del viento que soplaba con fuerza acallaba el sonido de las hojas secas que se quebraban bajo sus pies con cada paso que daba. Sentía frío. Miraba a su alrededor y solamente veía caos. Entre las sombras de los árboles mecidos por el aire, alcanzaba a distinguir las espeluznantes siluetas de un par de decenas de personas y seres mágicos que le rodeaban. Escuchaba el murmullo de sus voces magnificadas por el eco del bosque vacío, sin embargo no entendía ninguna de las palabras que decían.
Se abrió pasó entre la caótica escena, incrementando su ansiedad con cada paso. Pronto, entre los tonos grises y negros del panorama que tenía frente a sus ojos, resaltó el rojo escarlata. Enormes manchas de sangre, rastros apenas perceptibles y erráticas gotas carmesí prevalecían en la mórbida anarquía.
Continuó caminando sin saber a donde lo llevaban sus piernas. Seguía aquel fatídico rastro que amenazaba con desbordarse en una dantesca escena que no deseaba ver. La angustia comprimía su pecho. Las manos le sudaban. Las piernas le temblaban. Aún así, no se detuvo.
Fue avanzando a través de las tinieblas. Sus sentidos se inundaban con el vicioso olor de la sangre mientras que su vista se abrumaba con el vibrante rojo que señalaba el camino. Súbitamente, pudo apreciar un color más en medio de aquel sombrío panorama. El azul se dejó ver, al principio como una burda mancha sin sentido, sin embargo, mientras más se acercaba mejor apreciaba los cabellos azulados. Pronto pudo ver el color de la carne de aquel desdichado hombre que yacía en el suelo. De inmediato lo reconoció.
Quiso gritar pero no pudo. Estaba mudo. Lo único que podía hacer era observar el siniestro espectáculo.
A pocos metros, observó algo más…otro más. Sus cabellos castaños, despeinados y manchados de sangre, resaltaban en la oscuridad. Y lo supo. Era otro de los suyos. Su primer instinto fue correr hacia ellos para tratar de ayudarles, sin embargo, una voz interna le decía que no había nada que pudiera hacer.
Corrió hacia el peliazul. Estaba tan asustado que trastabillo. Para cuando llegó frente al hombre, la confusión se había apoderado de él. No sabía que hacer. Cerró los ojos tratando de calmarse. Le fue imposible. Así que, armándose de valor, se agachó y tomó por los hombros el cuerpo frío e inerte. Lo giró muy despacio esperando encontrarse aquel rostro conocido escondido en la maraña de cabellos sucios y revueltos. No pudo creer lo que veía…aquel no era Máscara de Muerte.
Atemorizado y confundido, retrocedió. Llevó su mirada hasta el otro cuerpo y, con desesperación, corrió hacia él. Esta vez fue más brusco al girarlo, puesto que la ansiedad invadía cada poro de su piel. El resultado fue el mismo. Aquel no era Aioria.
No entendía nada.
- Mu… -escuchó a alguien llamando su nombre.
Volteó en todas direcciones y no encontró a nadie. Dio un par de pasos pero no podía ver nada. Con terror, observó como todo a su alrededor desaparecía al fundirse en un profundo negro que amenazaba con robarle la cordura.
- ¿Quién eres? -al fin pudo hacer uso de su voz.
Una cegadora luz plateada resplandeció en la penumbra. Poco a poco, la delgada figura de una mujer se fue revelando frente a él. Lo hiriente de la luz le impedía apreciarla del todo, sin embargo sus largos cabellos color plata y ojos blanquecidos atraían toda la atención hacia aquel rostro de porcelana.
- Ayúdame y yo te ayudaré a ti…te diré como traerlos de regreso.
Despertó sobresaltado. Se sentía mareado. Moverse era dificultoso, así que no intentó hacer mucho. Estaba empapado de sudor y enfocar la mirada constituía un trabajo difícil. No veía nada a su alrededor, pero podía escuchar los murmullos de varias voces femeninas. Oía el golpeteo de los pasos de gente corriendo sobre alguna superficie de piedra. No pasó mucho antes que la debilidad le obligara a recostarse de nuevo.
- Están despertando… -oyó a una mujer hablando.- Avísenle a señora Hipólita y a Nicia que nuestros invitados comenzarán a recuperar la consciencia pronto.
Continuará…
¡Hola a todos! Pues, para variar un poquito he regresado relativamente rápido jeje. Como siempre, primero quiero agradecer a quienes han leído y dejado un review: IceQueen102, RIAADVD, Dama de las Estrellas, Sanae Koneko, Anonymous-Anonimo, Minelava, Jaelinna, The wings of the Tensai, Silentforce666, sol angel dpl, Tisbe, chriscintya, Chris, Kilder, Art1sta y liz…¡Miles de gracias por sus maravillosos comentarios!
Disculpen si la conversación entre Aioros y Saga les pareció excesivamente larga, pero desde hace mucho tenía deseos de poner a estos dos juntos a hablar largo y tendido, eso sin mencionar, que lidiar con el gemelo no puede ser nada fácil para el pobre arquero. Por cierto, la canción que Aioros tarareaba no es invento mío sino que es una canción de cuna griega que en verdad existe. El par de líneas se puede traducir en español como "Nani, Nani, mi bebé bueno…Nani, Nani, dulce sueño". Si quieren escuchar la canción completa (lo cual les recomiendo ampliamente porque es bastante linda ^^) accedan a: h t t p : / / w w w . y o u t u b e . c o m / w a t c h ? v = n e Y P Y A 6 2 x E I & f e a t u r e = p l a y e r _ e m b e d d e d # (no olviden quitar los espacios en blanco).
Ahora si, chicos y chicas, me despido hasta el siguiente capítulo. ¡Abrazos para todos!
Sunrise Spirit
