Capítulo 23

Los elegidos

Escondido a orillas del Mar Negro, cruzando las fronteras del Estado Griego y confinado a un olvidado rincón del mundo conocido, el reino de las amazonas florecía con todo su esplendor. Bajo el poder de su joven soberana Hipólita, la ciudadela y sus habitantes disfrutaban de un periodo de prosperidad como nunca antes se había visto en su historia. Los fértiles campos se levantaban majestuosos en los alrededores de los muros impenetrables que cobijaban a la villa, inundando con sus colores y aromas las estrechas calles de piedra siempre repletas de mujeres involucradas en todo tipo de actividades agrícolas o de batalla. En el corazón de la ciudad, el suntuoso hogar de la reina se levantaba como eterno vigilante de los dominios de uno de los pueblos más poderosos y temidos de su época.

Los vastos jardines que rodeaban el edificio de estilo griego resultaban un deleite a la vista. El exquisito verde de su vegetación contrastaba magistralmente con los vivaces tonos multicolores de las flores y frutos que brotaban en abundancia en clara demostración de las múltiples bendiciones que los dioses derramaban sobre las hijas de Ares. Se vivían tiempos de magnificencia para las amazonas pero las gracias divinas, como todas las cosas en este mundo, llegarían algún día a su final y, para muchos, el fatídico día estaba cada vez más cerca.

Una falsa normalidad se sentía en el ambiente tenso de la ciudad y es que, en los confines de la residencia real, encerrados en una lóbrega y húmeda prisión, descansaban ocho jóvenes guerreros al servicio de la diosa griega de la sapiencia; y, si la profecía era cierta, en las manos de uno de ellos yacía el destino de la realeza amazónica.

La pesadez en el aire era evidente en las recónditas mazmorras que servían de prisión para los santos de Athena. Una serie de sinuosos y oscuros pasadizos guiaba hasta las profundidades del palacio en donde aquellos condenados a muerte pasaban los últimos días de su miserable existencia. El sonido de las gotas de agua filtrándose por las mohosas paredes de piedra de las decenas de túneles subterráneos resonaba en medio del ensordecedor silencio que envolvía los calabozos. En medio de la perturbadora calma, el repicar de las sandalias de aquellas guerreras encargadas de la vigilancia de los prisioneros se dejaba oír con todas sus fuerzas, recordando a los condenados, que la vida existía aún en esos tenebrosos rincones.

- ¿Dónde estoy? - el susurro de Mu resonó con toda su fuerza llevado por el solitario eco del lugar.

Nadie respondió a su pregunta.

Ayudada por las penumbras, su vista cansada no conseguía enfocarse del todo mientras que su mente, aún víctima de los venenos usados para dormirle, era lenta para procesar la poca información que obtenía de sus adormilados sentidos. Como pudo se sentó apoyándose en las paredes de la pequeña celda en la que se encontraba. Por instinto sus manos viajaron automáticamente hasta su cabeza para sujetarla con fuerza deseando que, de esa forma, el punzante dolor desapareciera. Cerró los ojos en busca de un poco de concentración pero la sorpresiva sensación del agua fría estrellándose contra su rostro le obligó a levantar la mirada para encontrarse con dos de sus captoras.

- Despierta, santo de Athena. No dejes que una simple migraña te detenga, todavía hay cosas peores por venir. -le dijo una de las mujeres.

El ariano les miró sin estar muy seguro acerca de que si aquella era su realidad o simplemente una nueva etapa del misterioso sueño que le aquejaba desde días atrás. Haciendo acopio de toda su fuerza, y apoyándose en su orgullo, el santo se levantó para enfrentar a las amazonas.

- ¿Quiénes son y qué desean de nosotros? -preguntó sin titubeo alguno.

- No estás en posición de hacer preguntas. Somos nosotras las que tenemos el control, así que calla ahora o te haremos callar por la fuerza. -replicó casi de inmediato la otra chica.

Fue entonces cuando Mu cayó en cuenta de sus alrededores. Sutilmente recorrió con sus ojos turquesas la prisión que le guardaba para descubrir que estaba solo.

- Si buscas a tus compañeros, ellos no se encuentran aquí. -una tercera voz femenina se dejó escuchar.- Se encuentran lo suficientemente lejos los unos de los otros como para representar una amenaza para mí o mi reino.

El ostentoso ceñidor que adornaba la cintura de esa bella pero atemorizante criatura reveló a Mu la identidad de su captora.

- Vaya cinismo el tuyo, lo único que tus insolentes ojos ven es mi cinturón. -reclamó al notar la insistente mirada del santo de Aries sobre el regalo de su padre.- Si tanto lo deseas, tú y tus compañeros deberán pasar por encima de mi cadáver, lo cual es prácticamente imposible mientras se encuentren dentro de mis terrenos.

Mu frunció el ceño con disgusto ante la soberbia desmedida de la mujer que ahora reconocía como Hipólita.

- Ignoro lo que está pensando, pero le aseguro que no es nuestra intención asesinarla a usted o causar bajas en su pueblo por ese ceñidor. -le confesó manteniendo la calma.

La reina torció la boca con incredulidad.

- ¿Vas a decirme que no quieres mi cinturón? -respondió burlonamente.- Sé quienes son ustedes y sé que necesitan obtenerlo si desean derrotar a Hera en ese duelo de deidades que ha iniciado con su diosa. No intentes engañarme, santo de Athena, o pagarás el precio por tu osadía.

- No ha sido, ni es mi intención engañarla. Está en lo cierto al decir que necesitamos el cinturón que usted ostenta, pero de ninguna manera es nuestro deseo derramar sangre en vano. Por favor, comprenda y no ocasione una guerra innecesaria para su gente.

Hipólita le miró con rabia al sentir ofensa en las palabras del santo de Aries. No permitía a nadie contradecirla, mucho menos si ese alguien era considerado su enemigo.

- Deberías aprender a callar. -recriminó al pelilila para después girar sobre sus talones con el fin de abandonar los pasadizos.- Nada tienes que hacer en contra de mi poder y el de mis huestes.

Dispuesto a no dejarla ir sin más información, Mu tomó entre sus manos las gruesas varillas de metal que le mantenían prisionero.

- ¡Espere! Este malentendido le traerá problemas, usted no es la única que tiene poder. -la tenue aura dorada de su cosmos envolvió lentamente al lemuriano.

- Te lo dije antes y te lo repito… -del ceñidor de la reina de las amazonas una nebulosa oscura comenzó a ser emitida.- Mientras estés en mis territorios no hay forma de que tú, ni que nadie consiga derrotarme. Aquí soy invencible.

Con recelo, el santo de la primera cada observó con la densa nube negra que rodeaba a la soberana se expandía consumiendo a su paso los rastros de energía color oro que irradiaban de él. Pronto, no quedó señal alguna de la cosmo energía del santo sino únicamente la devastadora oscuridad de aquel mágico objeto ceñido a la cintura de la mujer.

- Pero… ¿cómo? -preguntó atónito.

- ¿Sorprendido? -Hipólita se carcajeó con malicia.- El regalo de mi padre no es vanidad, sino que constituye mi principal arma y la seguridad de que, mientras permanezca conmigo, mi reinado será indestructible. Todo lo que sucede dentro de los límites de mi tierra está bajo mi control, no lo olvides.

Mu perdió su mirada en el cortejo real que se perdía entre las tinieblas de los oscuros túneles conforme se alejaban dejándole complemente solo. Justo cuando pensaba que nada le sorprendería, la Edad del Mito y sus leyendas se encargaba de contraatacar.


El Sol de la mañana bañaba con su calor los antiguos edificios de piedra que constituían el Santuario de Athena, diosa de la sabiduría y de la guerra justa. Desde el balcón del templo principal, la joven deidad contemplaba sus dominios prestando especial atención a un pequeño detalle: Meridia.

- La llama de Escorpio esta ardiendo. -dijo Saori completamente hipnotizada por la flama danzante.

- Sí, así amaneció esta mañana. -el santo de Pegaso, quien le servía de compañía, se cruzó de brazos y torció ligeramente la boca guardándose para sí sus pensamientos.

Una súbita sensación de pesar se apodero de ambos. Quizás, en otro momento, esa hubiera sido un instante de gozo y regocijo, algo digno de celebrarse, sin embargo, dados los eventos más recientes, la melancolía y la tristeza se imponían sobre cualquier otro sentimiento. Permanecieron hundidos en un silencio que gritaba con desesperación las emociones que embargaban al par de jóvenes mientras sus miradas se perdían en el horizonte.

- ¿Cómo está Marin? -preguntó tímidamente la chica Kido.

- Mentiría si te dijera que conozco la respuesta a esa pregunta. -el santo de Pegaso respondió.- Se niega a hablar de ello, pero no puede estar nada bien. La posibilidad de no tener a tu lado a la persona que amas es aterradora. -él la miró con melancolía.

Saori le rehuyó la mirada a sabiendas del significado oculto detrás de las palabras del castaño. Volvieron a callar.

- Debería poder hacer algo más por ellos. -susurró la diosa pelilila cambiando el tema de conversación hacia terrenos más seguros y menos incómodos para ambos.

- Oye… -Seiya se acercó para tomarla del mentón obligándola a verle a los ojos.- No había nada que pudieras hacer para convencerlos de no aceptar semejante reto. El orgullo viene con la armadura, y tú lo sabes, ¿cierto?

Sin saber que más hacer o decir, la joven se refugió en los brazos de Pegaso. Encontraba sumamente reconfortante el tibio toque de ese abrazo que se cerraba alrededor de ella con celosa protección. Nunca sería suyo y ella nunca sería de él, pero cada día agradecía por la bendición de tenerle a su lado incondicionalmente. Haberle conocido había sido la bendición más grande de su divina existencia.

- ¿Señora? -la voz de Shion tomó por sorpresa a los jóvenes haciendo que, casi de inmediato, crearan distancia entre ellos.- Veo que ya ha descubierto que la luz de Escorpio se ha encendido. -continuó guardándose una sonrisa al ver la reacción del par de adolescentes.

- Sí, Seiya y yo comentábamos algo al respecto. -las mejillas pálidas de Saori se tiñeron de rojo mientras que sus ojos grises volaban de regreso al reloj de fuego.

- Parece ser que han conseguido atrapar a la cierva de Cerinia. -respondió el Patriarca sin quitarle la vista de encima a las cuatro luces que ardían con fuerza en Meridia.

- Ya llevan algo de tiempo ahí y apenas han conseguido terminar la tercera parte de las misiones que les fueron asignadas además, hasta ahora, dos de ellos han caído. Aioria y Máscara están muertos. Si continúan así, solamente la mitad de ellos regresará con vida a nuestra época. -el castaño se detuvo al medir el impacto de sus propias palabras.

Ni la deidad ni su sacerdote fueron capaces de encontrar su voz ante el comentario del santo divino.

- Athena, quisiera hablarle de algo al respecto. -la mirada rosácea de Shion se llenó de determinación.

La diosa y el de Pegaso cruzaron miradas ante el tono, ronco y profundo, que la voz del lemuriano tomó al hablar. Algo grande se avecinaba.

- ¿Qué estás pensando, Shion? -la chica Kido le observó con preocupación.

- Mi señora, quisiera pedirle su autorización y ayuda para unirme a los santos de oro en la Edad del Mito. -soltó sin ningún miramiento.

- ¡¿Qué?! -el castaño no ocultó la sorpresa que la repentina petición le ocasionaba.- Con todo respeto, Maestro, lo que dice es una locura.

- No lo es, Seiya. Estoy seguro que si alguien es capaz de comprenderme eres tú. -replicó sin inmutarse para después llevar la vista hacia la diosa.- ¿Cuál es su respuesta, mi señora?

La joven Athena se apoyó en el pretil del balcón dándole la espalda a su Patriarca. De alguna forma, intuía cual sería el final de esa plática.

- ¿Cuál es la razón de tan apresurada petición? -le preguntó sin atreverse a verle a la cara.

- Seiya lo ha dicho ya, Athena. Están cayendo. Uno a uno mis jóvenes discípulos está cayendo y yo, como su líder, no puedo permanecer aquí por más tiempo mientras ellos ponen sus vidas en riesgo día tras día. -Shion bajó la vista.- No puedo seguir sentado viendo a mis muchachos caer sin la oportunidad de ayudarles.

- Comparto tu desesperación… -Saori le miró de soslayo.- …pero no puedo ayudarte.

- Señora, si tan solo…

- Esas misiones son única y exclusivamente para aquellos que visten un ropaje dorado. -el tono y la mirada de la joven deidad se tornaron severos.- No puedes participar en ellas, Shion. Me rehúso a poner en riesgo tu vida también y no tengo intención alguna de negociar las reglas de este juego sin sentido.

- No hay nada que negociar, Athena. -odiaba hacerlo pero, si era necesario, Shion no dudaría en contradecir a su diosa por el bien de sus jóvenes santos.- Yo también soy un santo dorado y, por lo tanto, mi deber es estar presente en dichas asignaciones.

- No eres más un caballero de oro puesto que careces de armadura. El ropaje de Aries ha elegido a Mu como su portador dejando en tus manos la responsabilidad de erguirte como Sumo Pontífice de mi Orden.

- Entonces, mi señora, Kanon no debería estar involucrado. Él tampoco posee una armadura protectora.

- El caso de Kanon es diferente. Tú has vivido y sobrevivido a una Guerra Santa. Tú valía ha sido probada y no hay nada que necesite ser dicho a tu favor, Shion.

- De acuerdo con sus palabras, debo recordarle que Dohko también estuvo presente en esa guerra y, junto conmigo, sobrevivió. Aún así, su existencia fue puesta en tela de juicio por lo que ahora arriesga su vida para probarse merecedor de las gracias divinas.

- ¡Es diferente, Shion! Deberías comprenderlo. -reclamó exasperada y conteniendo las lagrimas que amenazaban con salirse de sus ojos.

- ¿Qué es lo que debo comprender? ¿Qué lo único que vamos a hacer es sentarnos a esperar a que vivan o mueran? -alzó la voz sin darse cuenta del tono que había tomado esa discusión.

Inmerso en el duelo de palabras, los ojos chocolate de Seiya iban y venían de Saori a Shion mientras cada cual trataba de hacer valer su razonamiento por encima del otro y, a juzgar por el silencio que tomó posesión de la diosa, el lemuriano llevaba la ventaja.

- ¿A dónde pretendes llegar con todo esto? -Saori le miró con una mezcla de tristeza y decepción.

- Mi único objetivo es contar con su bendición, Athena. -el peliverde agachó la cabeza en señal de respeto.

- Te he dicho que no la tienes. -dolida, la diosa se dispuso a abandonar el lugar para dirigirse a sus aposentos privados.

El antiguo carnero dorado suspiró con pesadumbre mientras la veía alejarse.

- Usted dijo que desearía poder hacer más por ellos… -habló obligando a Athena a detenerse ante sus palabras.- Esta es su oportunidad, mi joven princesa. No la deje pasar.

En su pecho, Saori sintió su corazón retorcerse. Había tantas cosas que tenía que considerar, sin embargo no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada.


La pesada puerta que resguardaba el acceso al salón de Athena se cerró detrás del par de santos. Saga prácticamente había arrastrado al arquero dorado hasta afuera de la habitación después de escuchar aquellas desquiciantes palabras.

"Sé como despertar a Kanon."

Aún las oía repicando en su cabeza una y otra vez, incesantemente, y siempre trayendo consigo una sobrecogedora ansiedad que le destrozaba los nervios. No estaba para juegos, eso era seguro. Sin embargo, también sabía que no había forma de que Aioros jugara con un tema tan delicado como la sobrevivencia de su gemelo.

- ¿De qué demonios estás hablando, Aioros? -le preguntó incapaz de ocultar un leve temblor en su voz.

- Estoy hablando de que ya he encontrado aquello que nos faltaba. Por fin comprendí porque todos nuestros intentos y los de Athena eran en vano, no es que estuviéramos equivocados sino que el proceso no se terminaba.

- Explícate.

- Kanon, al igual que tú, depende de dos dioses. El poder de Poseidón es la pieza faltante en este rompecabezas. -dijo visiblemente emocionado el santo de Sagitario.

El mayor de los gemelos bajó el rostro adentrándose en una profunda reflexión de lo que su compañero le decía. Sonaba como una idea disparatada, tan fuera de lugar como utópica… pero, irónicamente, irradiaba un delicado rayo de luz en la oscuridad en la que había vivido tanto tiempo. Alzó la mirada, interrogando con sus esmeraldas a Aioros, exigiendo sin necesidad de palabras una explicación que llenara sus expectativas.

- Tenemos que conseguir la ayuda de Poseidón a como dé lugar. Aunque… -el castaño se pensó lo que tenía que decir.- …quizás deberías dejármelo a mí. Me da la impresión que el señor de los mares y tú no son exactamente compatibles.

- Perdóname por no ser tan popular como tú. -masculló entre dientes Saga.

- No es popularidad, se trata de ser amable.

- ¿Amable? -el peliazul giró los ojos.

- Sí, amable. -Aioros sonrió.- Un poco menos de parquedad no va a matarte, ¿sabes? Incluso sería una buena idea, recuerda que aún tenemos que convencer a Poseidón de ayudarnos.

- Eso no se llama amabilidad, se llama servilismo. -sentenció al mismo tiempo que le daba la espalda al otro.- Las cosas serían mucho más sencillas si pudiéramos obligarlo de algún modo. -miró a Aioros por el rabillo del ojo.

- Anda, genio, te reto a que pienses en algo. Lo único que conseguirás con tan finos modales sería echarnos encima a un dios que no se tentará el corazón para ahogar a Grecia entera con nosotros incluidos.

Saga suspiró pesadamente.

- Tenemos que pedirle su ayuda. -dijo en medio de un murmullo.

- Exacto. -el arquero se detuvo a observar el súbito pesimismo que se apoderó del geminiano.- ¿Tienes que ser tan dramático? Sabes que yo lo haré, yo le haré la petición. No te preocupes por nada, sólo te pido que te mantengas en calma.

La mirada verde de Saga volvió a teñirse de reproche.

- No soy un crío, Aioros.

- A veces tengo dudas de ello. -le respondió con una traviesa sonrisa atravesando sus labios.- Pero, ¿qué se le va a hacer?

- Si intentas hacerte al gracioso, estás fallando miserablemente, arquero. -Saga se giró para empujar la puerta que les llevaría de regreso con el par de dioses.

Con perfecta indiferencia, el santo de Géminis se adentró en la habitación sin demostrar uno solo de los pensamientos y sentimientos que le atormentaba en tan delicada situación. La maestría en el arte del engaño era parte de lo que él era. Siempre, desde que recordaba, su habilidad para ocultarse a sí mismo era algo que le había distinguido por encima del resto de sus compañeros.

Avanzó con firmeza, guardándose para sí sus tribulaciones. Nadie más que él tendría acceso a lo que consideraba su debilidad.

Unos pasos detrás, Aioros caminaba con la misma entereza que su amigo de la tercera casa. De inmediato sus ojos azules se centraron en los del dios de los océanos. Intuía que, de la misma manera en que ellos se encontraban recelosos del par de deidades, los dioses tampoco se sentían totalmente cómodos con su presencia ahí; por ello, la petición de salvar a Kanon podría complicarse de más.

- Hay algo que quisiera mostrarle. -el castaño se dirigió a Poseidón quien le miró con cuestionamientos.- Uno de los nuestros, Kanon, hermano gemelo de Saga, ha caído a causa del poder de Ares. Ni siquiera Athena ha podido ayudarle a recuperar control de sus cosmos y de su cuerpo, si embargo, creo que usted podría hacer algo por él.

- ¿Cómo podría…

- Solo véalo, por favor. Estoy seguro que mi señora le agradecería infinitamente si se tomara la molestia de intentar ayudarle. -el de la sagita le negó al dios la oportunidad de negarse.

El rey de los mares reflexionó al respecto por un par de segundos.

- Lo haré, pero mis acciones no tienen nada que ver con los agradecimientos o favores de tu señora, tenlo en cuenta.

- En tal caso, que también quede claro…que no recibirás un solo favor, ni de parte de Athena ni de ninguno de nosotros. -el duelo de miradas entre dios y santo de Géminis se reanimó.

Aioros suspiró con resignación. Por más que lo intentara, aún si tuviese una vida entera dedicada a ello, jamás conseguiría descifrar la complicada mente de un geminiano; Saga estaba muy por encima de él y de su simpleza a la hora de actuar y hablar. Por un momento estuvo tentado a disculparse en nombre de su compañero, pero la falta de ofensa por parte de la deidad le hizo pensar que en que, quizás, lo mejor era dejar pasar el asunto. Una cosa era segura: a juzgar por la tensión entre ambos, no existía manera de que ese par consiguiera llegar a confiar el uno en el otro.

- Sígame, le llevaré a donde se encuentra nuestro compañero. –dijo Aioros tratando con ello de suavizar la tirantez del momento.

Sin pronunciar palabra alguna, el dios le siguió.

Caminaron por los pasillos en el más penoso de los silencios, atrayendo para sí las miradas de cuanta persona se encontraban. Cuando llegaron a la entrada de la habitación de Kanon, el dispar grupo se detuvo en seco y, más de uno soltó un suspiro lleno de encontrados sentimientos. Aioros empujo la puerta que rechinó dando paso a santos y dioses.

- ¿Este es el hombre del que me han hablado? -la voz serena del emperador de los mares se escuchó.

- Sí. -respondió Aioros a un lado de Poseidón.- Éste es Kanon de Géminis, antes conocido como Kanon de Dragón Marino, uno de sus generales marinos.

Frente a ellos, cual si estuviera dormido, Kanon yacía completamente inmóvil en su cama. Atrás del dios y del santo de Sagitario, Saga observaba recargado en el marco de la puerta atento a las reacciones que dicho encuentro causaba en Poseidón. No lo diría, pero pocas veces se había sentido tan nervioso como en ese momento. Estaba receloso y no podía evitarlo. A últimas fechas, confiar en cualquier clase de ser divino se le complicaba más y más, y cuando se trataba de un dios que con anterioridad había demostrado antagonismo para con ellos, como lo era Poseidón, la desconfianza era mucho mayor.

- ¿Y dices que puedo ayudarlo? -el dios llevó su vista hacia el castaño.

- Eso creo. Si el cosmos de Athena por si mismo no ha terminado de liberar a Kanon es porque, muy probablemente, él no depende solamente de ella, sino también de usted.

Poseidón guardo silencio.

- ¿Cómo podría depender de mí, si ya ha jurado lealtad a otra deidad? -preguntó con estremecedora parsimonia.

Saga se tensó al oír la pregunta.

- Porque, aunque él no lo desee, siempre será un elegido suyo. -respondió inalterable el arquero dorado.

- No comprendo porque habría de elegir a un hombre cuyo destino está en manos de Athena, ciertamente fue un error semejante elección.

- Lo estás subestimando. -por primera vez, Saga pronunció palabra.- Tal vez en este momento no parezca más que un ser humano, débil y vulnerable, pero hay más de él que no conoces.

- Ilústrame. -el del tridente le miró expectante.

- Este hombre, mi hermano… -el mayor de los gemelos se aproximó a la cama hasta quedar a un lado de ella y, con cuidado, pasó su mano sobre los cabellos azules de Kanon.- …fue capaz de engañar a un dios.

- ¿A un dios? -Poseidón frunció el ceño.

- A ti. -los ojos del santo y la deidad de los mares se encontraron para que ambos se sostuvieran la mirada por enésima ocasión.

Un aire de tensión se apoderó del ambiente hasta que, tras varios segundos de espera, los labios del señor de los océanos se curvaron para dar paso a una ligera sonrisa.

- Ya veo. Déjenme unos minutos a solas con este chico. -solicitó.

- No. -la tajante respuesta del santo de Géminis no se dejó esperar.- Lo que sea que vayas a hacer, tendrás que hacerlo delante de mí.

Aioros se mordió ligeramente los labios para no sonreír. Poco a poco, aunque se entercase en negarlo, el gemelo cada vez se parecía más al antiguo él; y eso le alegraba de gran manera.

- Disculpe, por favor, la impulsividad de mi amigo. -Aioros le sonrió a Saga quien le correspondió con una recriminatoria mirada.- Creo que usted sabe que no hemos tenido la mejor de las experiencias en cuanto a dioses se refiere. Si no es mucha molestia, nos gustaría quedarnos a observar.

"¿Nos gustaría quedarnos a observar?" la voz de Saga sonó en la cabeza de Aioros, "¿No podías ser mas… condescendiente?" se quejó el peliazul con marcada ironía.

El santo de Sagitario le miró de reojo pero, antes de que pudiera decir algo más, el geminiano volvió a hablar.

- No, no nos gustaría quedarnos. VAMOS a quedarnos a observar.

"Amabilidad, ¿recuerdas? Hablamos de ella ¿Qué tal si tratas un poco mejor al tipo que probablemente salve a tu hermano?" el castaño alzó una ceja.

"Servilismo, ¿no recuerdas? También hablamos de ello ¿Qué tal si dejas de actuar como la mascota de Poseidón?" contraatacó de inmediato el gemelo.

"Estoy tratando de usar la política y tú no estás ayudando."

"Creí que no sabías nada de eso."

"Pues aparentemente sé más que tú." sentenció Aioros.

- Deberían dejar de discutir usando su cosmo energía…es de mal gusto cuando hay otras personas presentes en la habitación, mucho más si se trata de dioses. -sorpresivamente el dios intervino dejando sin palabras a los dos jóvenes.

El dios volvió a centrar su profunda mirada azul en el joven santo que dormía.

- ¿Qué harás? -la mano de la reina del Inframundo se posó sobre el hombro de Poseidón al ver que su rostro no remarcaba ningún sentimiento.

El mayor de los gemelos centró su atención en su hermano tratando de ocultar la ansiedad que le ocasionaba el mutismo del señor de los mares. Por un momento, que se sintió como una eternidad, el par de santos contuvo la respiración en espera de la decisión que el señor de los mares tomaría.

- Veré que puedo hacer, pero no estoy dispuesto a soportar la vigilancia de nadie. -sus ojos atravesaron a Saga con evidente disgusto.

- Pues nosotros no vamos a movernos ni un milim…

-Nos vamos. -antes de que hubiese reaccionado, Aioros sujetaba el brazo de Saga para sacarle de la habitación.

- ¿Qué demonios crees que estás haciendo, arquero? -le reprochó.

- ¿En serio vas a hacer esto? ¿Vas a arriesgar nuestra única oportunidad de regresar a Kanon solo por tu orgullo? -el castaño le susurró.- Piénsalo, Saga.

Sabiendo que nada le quedaba por objetar, el peliazul se liberó del agarre de Aioros y, tras observarle amenazadoramente por una fracción de segundo, avanzó hacia la puerta de salida.

- Si te atreves a engañarnos y a hacer daño a mi hermano, voy a asegurarme que tu alma inmortal viva en eterno sufrimiento, ¿entendido? -se dirigió al dios.

- Aunque tus amenazas no tienen ningún tipo de efecto en mí, no es mi deseo causar problemas. Estate seguro de que haré lo que considere pertinente y nada más.

Lo último que deseaba era dejar a Kanon a completa disposición de dios en el que poco confiaba y con el cual su relación era más que tirante, sin embargo, tenía las manos atadas y si deseaba tenerle de regreso tendría que aprender a confiar, sin importar que tan difícil le resultara. Con ello en mente, le dirigió una fugaz mirada a su gemelo y abandonó el lugar seguido por su amigo.

Tan pronto ambos se encontraron en la soledad del pasillo, sus refulgentes ojos verdes observaron con toda su fiereza a santo de Sagitario. En el fondo, muy a pesar de lo se dijera a sí mismo, Saga sabía que el castaño había tenido toda la razón al sacarla de esa habitación, probablemente algún día le estaría agradecido, pero en esos momentos no podía evitar sentirse como un animal rabioso buscando a quien atacar.

- Espero que estés contento. -habló agriamente. Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar sentado en el piso.

- No entiendo porque te pones así. Sabes que lo que estoy haciendo lo hago por el bien de Kanon y el tuyo propio, pero tal parece que sabotearte es lo que mejor haces. Shion tenía mucha razón al decir que eres un cabeza-dura.

- ¿Alguien te ha dicho que eres insufrible? Uno de estos días me cansaré y te dejaré sin sentido del habla.

- Avísame. No dudes que será un placer usarte de diana ese día, mi estimado. -Aioros se sentó frente a él y desvió la mirada de su amigo.

Permanecieron en silencio un instante que resultó en extremo largo para ambos. Todavía tenían muchas cosas que decirse y, si así lo hubiesen deseado, continuar la discusión hubiera sido de lo más sencillo; más los pensamientos de ambos continuaban atrapados dentro de la habitación donde se encontraba Kanon.

Mientras tanto, tanto Poseidón como Perséfone habían permanecido junto al antiguo general marino en busca de alguna solución la contrariedad que tenían enfrente. El dios del tridente estaba completamente absorto en la frágil figura humana que dormía en el lecho frente a él. Analizaba y procesaba cuanta información le era posible, siempre atento a cualquier detalle que pudiera marcar una diferencia en la delicada misión que recién le había sido encomendada.

Sin atreverse a interrumpirle, la emperatriz del Inframundo contemplaba la escena perdida en la curiosidad. Vio al dios acercarse a Kanon y retirar las mantas que cubrían su pecho dejando a descubierto la grotesca cicatriz en el torso desnudo del santo. El tono pálido de la piel indicaba lo reciente de aquella herida mientras que un ligero enrojecimiento delineaba los límites de la cicatriz.

En algún punto, cuando Poseidón le dio la espalda por completo, la peliverde se sintió todavía más intrigada por las acciones de la deidad olímpica y su sorpresa fue aún mayor cuando los dedos índice y medio del señor del mar se clavaron en la cicatriz de Kanon volviendo a abrir la herida. Un aura azulácea envolvió tanto al dios como su antiguo guerrero.

- ¡¿Qué haces?! -alcanzó a murmurar en medio de su asombró.

Poseidón no le respondió. Casi de inmediato, retiró sus dedos de la herida sangrante y, posando su otra mano sobre ella, procedió a aplicar su cosmos para sellarla de nuevo.

- Deberías saberlo, Perséfone. -miró de reojo a la joven.- No existe nada más fuerte que la sangre de un dios. Sin importar el daño o el poder que estés enfrentando, la sangre divina va más allá de los límites.

Mientras hablaba, Poseidón limpió la sangre del santo de sus dedos dejando al descubierto una cortadura en la yema de ellos de la cual emanaba un delgado rastro del vital líquido.

- Mezclaste tu sangre con la suya…

- Un antiguo remedio. -confesó con una casi imperceptible sonrisa.- Hazme un favor y llámales.

Cuando la diosa abrió la puerta para permitirles el acceso a Saga y a Aioros, los ojos del primero volaron a la tela ensangrentada a los pies de Poseidón disparando miles de alertas en su cabeza, ninguna de las cuales alcanzó a expresar.

- Hemos cumplido con lo que teníamos que hacer. No olviden entregar a Athena nuestro mensaje. Es imperativo que hablemos con ella a la brevedad posible. -les dijo preparándose para desaparecer.

- ¡Un momento! -Aioros reaccionó.- ¿Qué sucedió con Kanon?

- El final de su camino aún se encuentra lejos. Deberá despertar en un par de horas, no hay de que preocuparse. -terminó.

Robándoles el tiempo de decir o hacer algo, la pareja divina desapareció místicamente dejándoles en soledad.

Confundido y tembloroso, Saga se las arregló para caminar hasta la cama de Kanon. Su corazón latía desbocado dentro de su pecho. Las rodillas le temblaban. La cabeza se le nublaba. Por fin, después de tantos dolores, de tantas lágrimas y de un sufrimiento que, en algún momento, se sintió infinito, un rayo de esperanza brillaba en medio de la oscuridad.

Tomó entre las suyas la mano de su hermano. Estaba tibia en comparación con las suyas que, además, temblaban sin que pudiera controlarlas. Se sentía tan vulnerable, perdido en sus emociones y cegado por la fuerza del cariño que profesaba a su gemelo y que siempre había dado por sentado. Fuera de incomodarse, se sintió satisfecho, bendecido y vivo. De nuevo estaba completo. Con Kanon, la otra mitad de su vida regresaba y con ella, sus deseos de seguir.

- Gracias… -murmuró.- Gracias por no darte por vencido, hermano.


La siniestra melodía entonada por las cuerdas de un violín retumbaba con el eco de la enorme y vacía habitación. El músico, de fantasmagórico aspecto, deslizaba hábilmente la vara por las tensas cuerdas del instrumento creando una sinfonía tan hermosa como espeluznante que era recibida con sumo agrado por su señor.

Perezosamente sentado en su trono, el dios de la guerra fingía observar detenidamente el contenido de la copa de cristal que sostenía en su mano cuando, en realidad, sus pensamientos se encontraban muy lejos de ahí. Estaba pensando. Reflexionaba con detenimiento los acontecimientos de la noche anterior y el rol que Afrodita jugaba en ellos. La había subestimado, eso era seguro, sin embargo no volvería a hacerlo; la próxima vez se cercioraría de que ni ella ni nadie interviniera en asuntos que le correspondían únicamente a él y a Saga.

De improviso, la pesada puerta del salón se abrió impulsada por una poderosa ráfaga de energía cargada de la ira de su emisor. La música cesó.

Inmutable, Ares posó sus ojos color chocolate en la regia figura que se mantenía firme ante él. Llevó la copa a sus labios ocultando la mordaz sonrisa que se dibujó en ellos y, después, bebió un sorbo de vino.

- ¿Por qué has tardado tanto? -se dirigió a su visitante.- Esperaba tenerte aquí antes.

Volvió a sonreír al ver a su contraparte apretar los puños con desmedida rabia. Con un poco de suerte su día sería mucho más entretenido que las últimas horas, todo era cuestión de que tanto estuviera dispuesta a cooperar la hermosa mujer cuyos ojos esmeraldas irradiaban un excitante odio.

- No hables como si me conocieras. -Afrodita le confrontó.

Sí. Definitivamente se venían momentos interesantes. Con una simple mirada, Ares le indicó a su violinista que se retirara; quería y necesitaba un poco de privacidad.

- Hablas con la verdad, no soy capaz de reconocerte más. ¿Qué fue de la diosa manipuladora que solías ser? Temo decirte que me has decepcionado, Afrodita.

- Tu aprobación no es algo que me interese. -el rostro de la castaña se tensó.- Comprende que no significas nada para mí.

- Y, sin embargo, aquí estás. ¿Qué es lo que alguien tan insignificante como yo puede hacer por ti? -Ares rió burlonamente.

- Exijo que te mantengas lejos de él. -respondió con un brillo amenazador en su mirada.

- Nunca has sabido negociar. Pides demasiado y no estás dispuesta a dar nada a cambio. Cuando tengas una oferta que hacerme, regresa y entonces hablaremos. -el dios de la lanza se levantó y, envolviéndose en su larga capa, se dispuso a abandonar el salón.

Ella se mantuvo quieta mientras seguía con la mirada el camino del señor de la guerra atenta a cualquier reacción brusca o violenta que eran características de su volátil carácter. Lo vio pasar muy cerca, sin dirigirle la mirada e ignorando su presencia.

- ¿Qué es lo que deseas? -Ares se detuvo ante la pregunta de la deidad del amor.

- ¿Qué estás dispuesta a ofrecer? -se aseguró de no reflejar la ansiedad que esa pregunta le provocaba.

- Tengo la impresión que no importa lo que decida ofrecerte, tú solamente aceptarás lo que desees y nada más.

Ares soltó una carcajada.

- Siempre tan divertida y acertada. -se fue acercando despacio a Afrodita.- Verás, he estado pensando…tu cambio de actitud ha sido más que evidente, pero ¿es verdad que estás dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias por ayudarle?

- Haré lo que sea necesario para liberarlo de ti. -ambos voltearon para que sus miradas se encontraran, una irradiando determinación y la otra en clara actitud de afrenta.

- ¿Lo que sea necesario? Quizás haya algo que discutir después de todo.

- Habla de una vez. -Afrodita giró la cabeza buscando resguardar su rostro de la vista de su igual.

- ¿Qué tal está tu relación con nuestra estimada Athena? -dijo Ares sin borrar su cínica sonrisa.

- Inexistente, como siempre. -por primera vez desde su llegada, la de cabellos castaños sonrió.- ¿Qué hay con ella?

- Sucede que tu repentina cercanía con uno de sus guerreros puede ser de lo más interesantes para nosotros. Con Saga de tu lado y bajo tu completo influjo podemos conseguir más de lo que he obtenido poseyendo su cuerpo.

Afrodita retrocedió un par de pasos.

- No pienso usar a Saga.

- ¡Que curioso! Te niegas a usarlo contra Athena, pero ni siquiera te preocupaste por desmentir el hecho de que ese hombre es tu muñeco en turno. -la diosa calló ante las palabras del otro.- Después de todo, aún bajo esa apariencia de falsa preocupación, sigues siendo la misma. Nada en ti ha cambiado.

- ¡Deja de hablar como si me conocieras! -le gritó al mismo tiempo que le lanzaba una bofetada.

Él detuvo su mano en el aire y acercó peligrosamente el rostro al de ella.

- No pretendo conocerte…te conozco, lo hago porque tú y yo, somos iguales. No importa cuanto te esfuerces en negarlo, los dos somos exactamente el mismo espíritu oscuro.

- Piensa lo que quieras, di lo que te plazca, pero mantennos fuera de tus planes.

- Nuestros planes, ¿recuerdas? -Ares la asió de la cintura.- Prometimos que juntos haríamos pagar a Athena su arrogancia y superioridad.

- No si ello involucra a Saga.

- Respóndeme algo… -el dedo índice de Ares delineó los labios de la deidad del amor.- ¿Por qué estas con él?

Afrodita frunció el ceño. Muchas posibles respuestas surcaron su mente, sin embargo, la gran mayoría de ellas no expresaban en plenitud sus verdaderos sentimientos. Por encima de aquella insuficiencia de palabras, sentía que no debía explicaciones a nadie, mucho menos a alguien como Ares.

- No veo porque mis acciones son de tu interés. -le respondió.

- ¿Has pensado… -los labios masculinos rozaron provocativamente los de ella.- …que solo estás con él porque Saga es lo más parecido a mi que encontrarás entre los mortales?

La diosa gimió al sentir el calor de la boca de Ares apretándose contra ella. Hubiese deseado resistir, luchar contra aquella lengua extraña que jugueteaba con la suya, pero no podía…simplemente era más fuerte que ella. Aún si tratase de evitarlo, la tentación era mayúscula y sobrepasaba por mucho a su voluntad. Fue así como cedió ante las caricias del dios correspondiendo el desenfrenado beso.

- Eres mía y siempre lo serás. -le susurró Ares entre jadeos y gemidos.

No hubo forma en que Afrodita contrarrestara esa afirmación. Era obvio. Ambos lo sabían. Sin importar cuanto se esforzaran por negarlo, en la forma más retorcida, se pertenecían el uno al otro; así era y así sería para la eternidad.


El día había sido largo y cansado.

Entre la constante vigilancia de Aioros y sus incesantes parloteos cargados de nerviosismo y de deseos de aligerarle la situación; y la fastidiosa intervención del par de dioses que, por fortuna ya se habían marchado, Saga estaba completamente exhausto. En cualquier otro momento, la situación hubiera sido mucho más llevadera, pero no ese día. Había perdido la noción del tiempo. Ignoraba cuantas horas había pasado sentado en la oscuridad de la habitación esperando por la más mínima señal de vida en su hermano, señal que nunca llegó.

Miró a su derecha para encontrarse con un santo de Sagitario profundamente dormido. Por fin el sueño había vencido al castaño, y el gemelo mayor estaba más que agradecido a Morfeo. Era de admirarse la entereza y optimismo del de la novena casa, sin embargo, con cada palabra de ánimo y con cada gesto de alegría, la desesperación de Saga se incrementaba a niveles impensable para alguien como él.

No era malagradecido. De todos los defectos que Saga de Géminis pudiera tener, la ingratitud no era uno de ellos; y por eso, apreciaba el hecho de que no estuviera viviendo esos tensos momentos es una sofocante soledad. Viendo a Aioros dormir, el peliazul no pudo sino envidiarle. Envidiaba su bravura, su disposición de seguir adelante…envidiaba su fe.

Frunció el ceño y, toscamente, frotó sus cansados ojos. Si permanecía sentado un solo minuto más iba a volverse loco, así que, soltó un bostezo para después ponerse de pie con pereza. Caminó hasta la ventana en donde su mirada se perdió en el resplandor de plata que envolvía al astro de la noche. De repente, la nostalgia le embargó inundando su mente con recuerdos que alguna vez pensó haber dejado en el pasado, pero que, esa noche, sentía que brillaban más que nunca. Sonrió a pesar de que muchos de sus recuerdas eran amargos porque a pesar del dolor que traían consigo, podía pensar en ellos como algo del pasado.

- Maldito Aioros… -bajó la cabeza y sonrió con travesura.

Sí, todo parecía indicar que el optimismo del santo de Sagitario resultaba molestamente contagioso. Sin mucho más que hacer que meditar y para su alivio, divagó en sus pensamientos. Iba y venía por su mente, por sus memorias, navegando en el sinfín de remembranzas que tanto se esforzó por olvidar.

Entonces le oyó. Su nombre susurrado en una voz perfectamente conocida, una voz que había extrañado y cuya ausencia casi le había robado la razón.

- Saga…

La voz de su hermano.

Continuará…


No tengo palabras para agradecerles su enorme paciencia para con esta autora tan inestable. A veces, aún cuando desearía poder escribir más rápido mis historias, simplemente la inspiración se me escapa y termina resultándome una dantesca tarea seguir adelante con ellas, pero créanme que todos y cada una de los comentarios y muestras de apoyo suyos me dan fuerzas para continuarlas. Esta historia es más suya que mía, puesto que sin ustedes no iría a ningún lado.

Dama de las Estrellas, angel de acuario, anonymous-anomino, RIAADVD, Liz, Chris, Minevala, -Nita-, marinlucero chiba, Cybe, IceQueen102, Kisame Hoshigaki, Sanae Koneko, Leika-kannon, lena-de-piscis, kilder, marinxaioria, Tisbe, DiCrO, Jaelinna y sol angel dpl … ¡Gracias por sus reviews!

No me queda más que agradecerles por un año más de ánimos y buenos deseos. De todo corazón espero que este año que comienza traiga bendiciones, amor, salud y éxito en todos los aspectos de sus vidas. Atrévanse a vivir, atrévanse a soñar y, por sobre todo, luchen porque eses sueños se conviertan en las más dulces realidades. ¡Besos enormes para todos!

¡FELICES FIESTAS Y UN RADIANTE Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!

Sunrise Spirit