Capítulo 26

Nos volvemos a ver

El corazón le dio un brinco al escuchar su nombre en la voz de su hermano. Por un momento cuestionó su propia cordura mientras que, de manera inevitable, su mirada se centraba en el cuerpo de Kanon que descansaba sobre la cama. Cuando divisó un movimiento apenas perceptible, las piernas le temblaron. ¿De donde sacó fuerzas para correr hasta el costado del lecho? Nunca lo supo. Solo sabía, y le interesaba, confirmar con sus propios ojos que su gemelo despertaba del profundo sueño en que el poder de Ares le había sumido.

- ¿Kanon? -preguntó estirando su mano en busca de la de su hermano.

Percibió un ligero temblor cuando tuvo su mano entre las suyas. Pudo apreciar como el menor se esforzaba por abrir sus ojos. Sus párpados se apretaban el uno contra el otro al mismo tiempo que una mueca en su rostro ponía en evidencia los esfuerzos del antiguo marina en su lucha por recobrar la consciencia.

Saga sintió la impotencia apoderándose de él. Ojalá hubiese algo que pudiera hacer, algo más que solo sujetar su mano con frenética desesperación; sin embargo, eso era todo lo tenía para ofrecer. Cada suspiro, cada quejido, cada ademán o movimiento de Kanon, lo sentía como propio. La batalla de su gemelo era también suya pero, a diferencia de todas las peleas que alguna vez libró, en esta era simplemente un espectador más. Y lo odiaba. Odiaba el sentimiento de impotencia y la incapacidad para tomar el destino en sus manos, porque sabía que cada vez que las cosas escapaban de su control, el final no era alentador.

- Despierta, Kanon. Despierta…

Una ligera sonrisa apareció en sus labios y culpó a la desesperación por ella. Simplemente no había podido evitar sonreír ante la idea de lo que sucedía. Él, Saga, pidiendo a Kanon que hiciera algo cuando, desde que tenía memoria, su gemelo había hecho todo lo humanamente posible por desafiarle. Sin embargo, por enésima ocasión, volvía a depositar su fe en él, rezando porque esta ocasión fuera diferente.

De pronto, un golpe de realidad robó esa esperanzadora calma que sentía en su interior. Le soltó y retrocedió horrorizado. En su mente, las imágenes de su hermano siendo atravesado por la lanza se repetían una y otra vez mientras que, el ardor de ese último toque, volvía a quemarle las mejillas. Se sintió perdido.

Justo entonces, cuando la consternación se encontraba en su punto más alto, una mirada idéntica a la suya se fijó en él. Aquellos ojos, aún adormilados y visiblemente agotados, se centraron en él mientras que una grácil curva en los labios de Kanon se dibujó dando paso a una sonrisa.

Y no pudo soportarlo más. El remordimiento hizo presa de él, guiando sus pies hacia la salida. Abrió la puerta torpemente y la aventó detrás de sí.

El aire del pasillo le resultó refrescante en comparación con la densidad del ambiente adentro de la habitación. El suave albor de las antorchas y la calidez de aquel fuego amigo, parecía abrazarle con reconfortante comprensión. Boqueó por oxígeno porque sentía que se ahogaba. Calmarse, ya no era una opción para él.

El golpe del portón de madera despertó en medio de un sobresalto a Aioros. Su primer instinto fue salir detrás de quien adivinaba tenía que ser Saga, pero algo más, dentro de la habitación, capturó su atención. Los movimientos en la cama de Kanon le pusieron en alerta. Despacio, con prudencia, se acercó al borde del lecho y, para su sorpresa, se encontró con la verde mirada del menor de gemelos perdida en la puerta de salida.

- Estás despierto. -festejó con una sonrisa.

- Se marchó. -la voz ronca y dura, pero cargada de decepción de Kanon se escuchó tras un largo silencio.

Trató de incorporarse, pero la debilidad y atrofia de sus músculos a causa del largo letargo al que había sido sometidos se lo impidió.

- Todavía estás débil. -le ayudó el arquero a sentarse.

- Quiero hablar con él.

- Kanon, compréndele. Se ha pasado días completos, hundido en la más profunda de las depresiones, sin importar lo que nadie le diga, Saga se ha culpado de todo lo que te ha sucedido.

- Yo no le culpo. -el marina frunció el ceño.

- Tú no, pero la culpa de tu hermano es propia. Enfrentarte no es fácil para él, porque sabe que te ha fallado.

El peliazul balbuceó una maldición y, con la rabia sellada en el semblante, reclamó al arquero.

- ¿Sabe que me ha fallado? ¿De qué demonios estás hablando? Nada de lo que sucedió fue culpa suya.

- Llevo mucho tratando de que entienda eso y hasta ahora he conseguido nada. -el santo de Sagitario bajó la mirada.- Quizás, ahora que estás de regreso, podrías ayudarlo a comprender.

Kanon sopló los flequillos que cubrían sus ojos al observar el compungido semblante de Aioros.

- Como siempre… -musitó mirándole de reojo.- Tú y Saga en problemas, y Kanon al rescate.

- ¿Disculpa?

- Lo que oíste, arquero. -fingió indignación.- Ese hermano mío y tú, juntos, no saben hacer nada más que ser miserables.

- Tú tampoco eres el epítome de la alegría. -el castaño torció la boca.

- Soy mucho más alegre que los dos. Sinceramente, no sé como hubiesen podido sobrevivir sin mí. -apartó las sábanas de sus piernas y bajó los pies al suelo.- Ahora, haz algo bueno, y ayúdame a ponerme de pie. Tengo que ir a buscar a mi hermano antes de que termine haciendo alguna tontería.

Pero, si sentarse le fue complicado, ponerse de pie parecía una heroica misión. Fue así como el geminiano cayó en cuenta de que todavía no estaba listo para regresar a la normalidad.

- Tranquilízate, Kanon. Estás tomando las cosas a lo ligero. Llevas días tendido en esa cama, sin mover un músculo y, ahora, de repente, ¿quieres correr un maratón? Lo único que conseguirás será estrellar la nariz contra el piso.

- No me trates como si fuera un crio inútil. -vociferó.

- Es increíble lo mucho que parecen. -le dijo Aioros al recordar las mismas palabras en la boca de Saga unas horas atrás.

- Cállate y ve por el necio de mi hermano, ¿quieres? -el de Géminis apartó sus ojos del arquero y los fijó en la ventana.

- No me mandes.

- Ve.

El santo del centauro suspiró con resignación. Probablemente algún día, con un poco de suerte, conseguiría comprender la intrincada mente de un geminiano.

- Voy. -aceptó.- Pero que quede claro que solamente lo hago por tu hermano. Y más vale que hagas algo bien y consigas sacarlo de ese letargo suyo.

- Sí, sí. Lo que quieras. Ahora, anda.

Cuando cerró la puerta tras de sí, Aioros agradeció por no haber perdido la paciencia contra el peliazul. Eran amigos, o al menos él así lo creía, pero un Kanon dispuesto a sacar de quicio hasta al más estoico, era un Kanon peligroso.

Sacudió la cabeza y volvió a lo suyo. Sondeó con la vista los alrededores en busca de la conocida figura de Saga. No le encontró.

Dispuesto a no darse por vencido, empezó la caminata por los pasillos. El sonido de sus pasos se dejaba oír con pasmosa claridad entre la calma. No tuvo que avanzar demasiado para hallarle. A unos metros de él, doblando la esquina de los sinuosos corredores, le vio. Su espalda recostada en la pared, la cabeza gacha, los puños cerrados y el dolor impregnado en su rostro.

- Saga… -su voz sonó como un murmullo.- Kanon desea verte.

Al no recibir respuesta, se dejó caer a su lado y, por un instante, compartieron el silencio. Nada que decir, nada que reprochar. Solo acompañarse. Aioros tiró la cabeza para atrás mientras su mirada se perdió en las flamas que les iluminaban. El fuego se reflejó en sus pupilas.

- Sentarte aquí no cambiará nada. -le dijo.- Solo te arrebatará una nueva oportunidad de enmendar los problemas con Kanon.

- ¿Enmendar? -sonrió con tristeza.- ¿Cómo mirarle a los ojos para pedirle perdón cuando sé que, de una forma u otra, volveré a herirle?

Aioros bufó.

- Él sabe que nada de lo que sucedío estaba dentro de tu control. -dijo.

- Eso no me exime de culpas y tampoco significa que no sucederá otra vez.

- Deja de hacerlo… -sintió la mirada de Saga sobre él.- No puedes pasarte la vida castigándote. Deja atrás los arrepentimientos del pasado y olvida el miedo al futuro.

- Hablas como si fuera algo fácil de hacer. No lo es.

- Un paso a la vez, Saga. Un paso a la vez. -Y dispuesto a no continuar con esa conversación, el arquero dorado se puso de pie y tendió la mano a su compañero invitándole a levantarse.- Kanon te espera. -le sonrió.

Por un breve momento, dudó que el geminiano aceptara su apoyo, sin embargo, en un gesto que le pareció sorprendente, Saga lo hizo. Sujetó con fuerza la mano del castaño e, impulsándose, se paró. No estaba del todo convencido, Aioros podía leerlo en sus ojos, pero agradecía que hiciera el esfuerzo. Antes de que comenzaran el camino de regreso hacia los aposentos de Kanon, el santo de la segunda casa dejó muy en claro sus pensamientos al arquero. "Más vale que esto funcione." Se leía en sus verdes iris y, en silencio, Aioros rogaba porque así fuera.

- Buena suerte. -le palmeó en el hombro cuando los dos estuvieron frente a la puerta.

Deseoso de terminar lo más rápido posible con ello, Saga empujó el portón de madera. Entró muy despacio, sintiendo una ansiedad como nunca había sentido.

"Un paso a la vez." Repetía una y otra vez para sí mismo. "Un paso a la vez." Pero no era suficiente.

Al fin, divisó la figura de su hermano escondido entre las sombras que se habían apoderado del cuarto. Estaba sentado en la cama, con la vista fija en él y un particular mohín en la boca. La falta de ira en la mirada de Kanon trajo un poco de alivio para sus nervios, más no consiguió calmarle del todo.

- No vas a salir huyendo otra vez, ¿verdad? -alzó una ceja. Como respuesta obtuvo un gesto de claro fastidio por parte de su hermano.- Estoy bromeando, Saga. Sonreír un poco no va a matarte.

- No veo razón alguna para sonreír.

- Si así lo quieres, podemos sentarnos a llorar los dos. ¿Te parece bien?

- Quizás es mejor que me marche. -le miró con dolor y giró sobre sus talones hacia la puerta.

- Espera… -Kanon masajeó sus sienes. Lo estaba haciendo todo mal.- Estoy despierto y estoy bien, pero tú no lo estás. En el pasado todo fue diferente; hubo rencores, odio y venganza en mi corazón para ti, pero no hoy. No hoy.

Saga le miró de soslayo mientras un nudo se formaba en su garganta.

- Por favor, no te culpes por lo que sucedió. -le pidió.

- Pero así fue. Yo permití que Ares te hiriera. -Saga no pudo sostenerla la mirada, porque si lo hacía, terminaría ahogado en un mar de lágrimas que no podría contener por mucho más tiempo.

- ¡Calla! -gritó Kanon.- ¡Sabes que eso es mentira!

- ¡¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo es?! He intentado matarte antes.

- Sí, y también sé que jamás volverías a intentarlo. -siseó entre dientes rabioso ante la necedad de su gemelo.

- Eso no puedes saberlo.

- Basta… -exigió con tono ronco.- Hablarnos, soportarnos, perdonar nuestros errores, preocuparnos por el otro; nada ha sido fácil. No voy a permitirte destruirlo, no voy a dejarte hacerlo.

- ¿Crees que quiero que eso pase? ¿Eh? ¿Eso es lo que crees?

- Pues es lo único que estás consiguiendo.

Con la dura realidad de las palabras del gemelo menor, las acusaciones y los argumentos cesaron. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra más.

- No quiero que despiertes un día y descubras que dejaste escapar tu vida a causa de arrepentimientos y culpas que no te pertenecen. -murmulló el marina.- Ya ha sido suficiente. Si todos han podido perdonarte, ¿por qué no puedes hacerlo tú mismo?

No supo que responder a esa pregunta. Siempre rodeado de gente, nunca experimento la soledad desde el día que regresaron a la vida; pero nadie tenía la menor idea de cuanto se culpaba a si mismo. Día tras día, noche tras noche, se había esforzado por sobrevivir en el asfixiante vacío que se le envolvía.

- Prometiste que lo intentarías. -continuó después de un silencio prolongado.

¿Qué debía hacer? Esa era la pregunta que Saga se hacía a sí mismo. Sin embargo la respuesta también residía en él.

Con un pesado suspiro, se acercó a la cama de Kanon para tomar asiento en el borde. Primero, hizo todo lo posible por evitar establecer contacto visual pero, un breve instante de claridad, le obligó a comprender que, por más difícil que fuera, tarde o temprano tendría que mirarle. Cuando por fin se atrevió a hacerlo, su espíritu encontró un poco de alivio al no distinguir ninguna emoción negativa en los ojos de su gemelo.

- Es solo que no puedo evitar pensar en lo que hubiese sucedido si… -la voz le tembló.

- Entonces, no lo pienses. -replicó casi sin pensar el antiguo marina.

Saga sacudió la cabeza al meditar acerca de los hechos. Quizás no iba a poder mantener su palabra, pero Athena sabía que haría hasta lo imposible por hacerlo…

- Trataré. -susurró.

La satisfacción invadió el corazón de Kanon y se reflejó en su rostro mediante una gran sonrisa.

- Me basta con ello. -le dijo. Y, al verle abrir la boca para hablar, adivinando sus pensamientos, se adelantó.- Y no te atrevas a volver a pedirme perdón, ¿comprendido? -Saga le miró sorprendido.- No tengo nada que perdonarte.

Saga torció la boca y, jugando son sus dedos, fijó en ellos su vista. El calor de los brazos de su gemelo cerrándose alrededor suyo, le obligó a retener la respiración mientras la tibia caricia de una lágrima acarició su mejilla.

- Olvídalo. Solo olvídalo.


Cuando la puerta se abrió delante de ellos, a Máscara de Muerte le resultó imposible distinguir nada de lo que había dentro de la oscura habitación. Sus pupilas tardaron un par de segundos en acostumbrarse pero, por fin, alcanzó a ver la silueta de quien se ocultaba en las penumbras. Sentado sobre la cama, estaba Aioria. Su postura, encorvada y decaída, capturó de inmediato la atención del santo de Cáncer quien, a manera de saludo, soltó un bufido apenas perceptible. Su compañero ni siquiera se molestó en voltear a verlo. Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra. Nada. Aquella falta de interés consiguió despertar una leve irritación en el peliazul al sentirse ignorado por el felino de oro. Sin embargo, trató de mantener la compostura. Había trabajado demasiado para obtener ese reencuentro con Aioria como para desperdiciar la oportunidad a causa del supuesto mal humor que se había apoderado del de Leo.

- No sabía que te gustara tanto la oscuridad. -le dijo.

Una vez más sus palabras fueron en vano. Estaba siendo vilmente ignorado por el león y eso le resultaba especialmente indignante. No le molestaba recibir nada más que indiferencia de Aioria, sino que era la compañía de Artemisa la que le crispaba los nervios. Sentía la sonrisa burlona de la diosa de la Luna cada vez que su amigo se negaba a responderle. Sabía que ella disfrutaba del patético espectáculo del cual él era protagonista. Porque era así como se sentía: patético. Patético por "suplicar" una palabra de un amigo que probablemente nunca le dio su amistad. Patético por sacrificarse en aras de una incipiente amistad a la que ni siquiera estaba seguro de poder llamar así. Se había vuelto patético, de eso no tenía duda alguna.

Estuvo tentando a girar sobre sus talones para regresar por donde había llegado pero, justo en ese momento, vio a Aioria girar levemente la cabeza hacia él. Los felinos ojos verdes del santo de Leo parecieron refulgir en medio del denso negro, sin embargo, algo había en ese par de esmeraldas que puso a Máscara de Muerte en alerta.

- Por favor, discúlpame. -escuchó la voz de Aioria.- No fue mi intención ignorarte.

El italiano frunció el ceño.

- ¿Estás bien? -le preguntó.

- Sí. Es solo que el encierro comienza a nublarme la razón.

- No pasa nada. Verás que, tarde o temprano, tú y yo saldremos de aquí. -los ojos azules de Máscara miraron con rencor a Artemisa quien observaba la escena con completa indiferencia.- Solo asegúrate de mantenerte vivo.

El castaño volvió a agachar la cabeza antes las palabras del otro. De esa forma, volvió a tomar una posición de completa rendición.

- ¿Podrías darnos unos minutos? -el santo de Cáncer miró a la diosa de la Luna.

- De ninguna manera. -respondió la rubia.

- Necesito hablar con él… a solas.

- Ese no es problema mío. -Artemisa caminó los pocos pasos que la separaban de los santos.- Si tienes algo que decir, hazlo delante de mí. No estoy dispuesta a permitirles guardar ningún secreto.

La cazadora evitó en todo momento establecer contacto visual con los tristes y atormentados ojos de Orión. Algo en esa mirada le daba escalofríos. Era como presenciar el ocaso del que alguna vez fuera un poderoso fuego. Lentamente, esas esmeraldas perdían su fulgor al mismo tiempo que el amor de su vida se apaga como una vela dejada al viento.

- Dijiste que me dejarías hablar con él. -reclamó el cangrejo dorado sacándola de sus divagaciones.

- Y estoy cumpliendo mi palabra. ¿Acaso no estás hablando con Aioria? -espetó la otra sin demora.

- No tengo la menor intención de hablar nada mientras estés presente. Estoy harto de tu paranoia y de tus malditos deseos de controlar todo aquí.

- Te lo he dicho antes: No eres un invitado. Deberías haberte acostumbrado a que en mi templo la única palabra que vale es la mía.

La tensión era evidente entre deidad y guerrero. Quedaba de más decir que la situación entre ambos parecía llegar poco a poco al límite en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder ante la voluntad del otro.

- Si no quieres hablar con Aioria bajo mis términos, entonces todos estamos perdiendo el tiempo. -continuó Artemisa.- O esta conversación se realiza delante de mí o nos retiramos. Es tú decisión, Máscara de Muerte.

Con impotencia y frustración, el puño del santo se cerró. Nadie, ni siquiera Saga durante sus años de Patriarca en el Santuario, le había humillado de semejante manera. Jamás se había rendido a las exigencias o deseos de alguien más, y esa vez no sería la excepción. No lo haría. No sin pelea. Y si Artemisa quería guerra, entonces eso le daría.

Estaba a punto de reanudar la discusión entre ambos cuando, para su sorpresa, la voz del santo de Leo hizo acto de presencia.

- Basta. Ambos. -habló con una parsimonia que le erizó la piel a su compañero de Orden.- Artemisa, señora, le suplico que nos deje un par de minutos a solas. Tiene mi palabra que nada será planeado en su contra.

Un expectante silencio se ciñó sobre el trío. Mientras los ojos de Máscara de Muerte iban y venían del león a la diosa cazadora, miles de pensamientos se entretejían en su cabeza. Algo no estaba bien. Pero, ¿qué era?

- Cinco minutos. Ni uno más. -concedió Artemisa tras unos instantes de meditación.

- ¿Así funciona? -el peliazul chasqueó la lengua y una burlona sonrisa se dibujó en sus labios.- ¿Un par de reverencias y palabras cargadas de servilismo, y estás dispuesta a ceder? Ahora comprendo tantas cosas. -terminó en un susurro.

Dispuesta a no involucrarse en un alterado de palabras con aquel hombre que le resultaba especialmente desagradable, la joven diosa se retiró, no sin antes dirigir una última palabra llena de preocupación al castaño. No tenía la menor idea de lo que estaba planeando pero, al menos por ahora, lo único que podía hacer era confiar en él.

Apenas la puerta se hubo cerrado, Máscara de Muerte clavó su recelosa mirada en el joven que permanecía sentado en el borde de la cama. Ahora que estaban solos, no tenía nada de que preocuparse.

- ¿Quién eres y que hiciste con Aioria? -cuestionó sin más rodeos.

- No te comprendo. Yo soy Aioria. -respondió Orión sin titubeos.

- A mí no me engañas. -el santo de cabellos azules se situó justo frente al otro y, cruzando los brazos, se dedicó a examinar al león.

- Haz perdido la razón. ¿Quién más puedo ser sino Aioria?

El más joven se puso de pie, nervioso ante la insistente mirada de Máscara. Recorrió el camino hasta el ventanal para después, con un suave movimiento, abrir una pequeña rendija en las cortinas por la cual se coló un delgado rayo de luz. Pero para su mala fortuna, el santo de Cáncer no estaba dispuesto a darle descanso; no hasta que consiguiera las respuestas que necesitaba.

- Voy a repetirte la pregunta una vez más: ¿Quién eres y qué hiciste con Aioria? –aunque resultara imposible, su mirada se endureció todavía más.

- Yo soy Aioria. -insistió a pesar de todo.

- No trates de hacerme un idiota. -sonrió con una mezcla de sarcasmo y disgusto.- No hay forma de que tu seas Aioria. Podré no conocerle del todo e ignoraré muchas de las cosas que debería sobre él, pero no me vengas a decir que tú eres el gato.

- ¿Cómo puedes estar seguro de que lo que dices es verdad?

- Aioria puede ser muchas, pero no es un cobarde. Tus gestos, tu mirada, incluso tu voz y tu sumisión ante esa diosa caprichosa no son propias de alguien como mi compañero. Él no era un derrotista y mucho menos un vil sirviente de otro dios que no sea Athena, así que deja de mentir y confiesa.

Orión guardó silencio. Durante un breve lapso, su mudez y quietud le hicieron lucir como una bella estatua de mármol, esculpida por las manos de hombres y carente del don de vida obsequiado por los dioses. Se preguntaba cuanto tiempo más podría continuar adelante con esa farsa. Porque, sin importar cuanto se esforzara por ignorar la escuálida voz de Aioria que sonaba en si cabeza, él mismo reconocía que el engaño no tardaría en salir a la superficie. Ahora, tendría que decidir, ¿qué era lo que debía hacer?

- A veces, la desesperación te arrastra hacia a cambios inesperados. -respondió al saberse incapaz de dejar en evidencia a Artemisa.- Deberías comprenderlo, Máscara de Muerte.

- Estoy de acuerdo en ello. -contraatacó.- Excepto que, he visto a Aioria atravesar situaciones mucho más oscuras, desgarradoras y desesperantes que éstas; y, para mi sorpresa y la tuya, nunca le vi inmutarse. Jamás, ni siquiera en el más terrible de sus momentos, Aioria dio un paso atrás. Y estaba solo. No quisiera imaginar de lo que ese gato terco es capaz ahora que está rodeado de gente a la que quiere y que le quieren con la misma intensidad. -el peliazul calló un segundo y, acercándose peligrosamente al joven cazador, le atravesó con la más sombría de sus miradas mientras una perturbadora sonrisa se dibujó en su rostro.- Es tu decisión…¿me dirás o debo confrontar directamente a la diosa a la que tanto veneras?

Los ojos de ambos se cruzaron enfrascándose en un duelo de miradas. La tensión se disparó y únicamente se vio interrumpida cuando el santo de Cáncer dejó escapar una carcajada estruendosa.

- ¿Quién demonios eres y porque te importa tanto una diosa tan vil como Artemisa? -volvió a cuestionar buscando una confrontación.

- Deberías cuidar tus palabras porque en las manos de esa vil deidad reside tu destino y el mío.

Lo imperturbable de la voz de Orión enojó todavía más al peliazul. ¿Cuánto más tendría que continuar con esa discusión? Estaba perdiendo el tiempo que no tenía y toda la situación comenzaba a sacarle de sus casillas. Pero era demasiado pronto para darse por vencido. No, no. No iba a retirarse con más preguntas que respuestas.

Se detuvo un momento y se forzó a sí mismo a pensar con la cabeza fría. Masculló una maldición cuando miles de posibilidades se abrieron al cuestionarse acerca de lo que podría estar sucediendo con el santo de Leo. Una ilusión, un sueño, una posesión…tantas opciones entre las cuales tenía que elegir y decidir la solución a partir de ella. Usando la lógica fue reduciendo la lista, sin embargo, aún no era suficiente.

Pero el tiempo no se detenía y Máscara lo sabía. Los pocos y valiosos minutos de los que disponía se escapaban sin que pudiera evitarlo. Tenía que tomar una decisión rápida y así lo hizo.

Intempestivamente, y tomando desprevenido a Orión, se acercó lo suficiente como para tomarle de los hombros. Posó su mirada cerúlea en los ojos verdes y resplandecientes del griego, e hizo arder su cosmos en un intento desesperado de conectarlo con la energía residual de Aioria.

- Aioria, si estás ahí, escúchame… -comenzó a hablar mientras Orión sentía como la cálida energía del santo del cangrejo entumecía lentamente sus sentidos e incrementaba la fuerza de la presencia del león dorado que permanecía dormido dentro de él.- No puedes darte por vencido, gato, ¿entendiste? No sé como, ni tampoco cuando, pero tú y yo vamos a salir de ésta. Haré todo lo que esté en mi poder para liberarnos, pero tienes que prometerme que vas a resistir. Promételo.

A pesar de la mirada ausente y la respiración entrecortada, cuando Máscara de Muerte observó un ligero asentir por parte de su compañero, supo que lo había logrado. Quizás no había tenido oportunidad de decir todo lo que tenía que decir, ni de maquilar algún plan para salir de ahí, sin embargo al menos tenía confirmación de que Aioria todavía estaba ahí. No de la forma en que hubiese querido, pero ahí estaba.

Nada más tenía que decirse, así que, dejando ir a un confundido Orión que recobraba posesión del cuerpo del de Leo, Máscara de Muerte abandonó la habitación para encontrarse afuera con Artemisa.

- Terminé. -le dijo con una burlesca sonrisa.- Tal vez deberías ver si tu amiguito ahí adentro se siente bien. No se veía nada contento después de la breve conversación entre Aioria y yo.

Sabiendo el impacto de sus palabas en la diosa, el cangrejo dorado retomó el camino a su habitación. Detrás de él Artemisa se debatía entre seguirle o asegurarse de la integridad de Orión. Cualquiera que fuese la decisión que tomara, no sería nada agradable.


- ¡Hola! -el grito de Milo retumbó en medio del silencio sepulcral mientras el eco expandía su voz hasta el último rincón de la húmeda y oscura prisión.- ¡Alguien! ¡¿Me escuchan?!

Lo había intentado todo, desde destruir las duras paredes de piedra hasta contactar con ayuda de sus cosmos a sus compañeros. Nada había funcionado.

Desconocía cuando tiempo había transcurrido desde la emboscada en el bosque de la Cierva de Cerinia. Ni siquiera entendía a la perfección lo que había sucedido en aquel entonces. La única seguridad que tenía era la de haber despertado en medio del negro más absoluto, completamente solo y privado de la habilidad de recurrir a su cosmoenergía. Poco comprendía del porque su cosmos desaparecía con mayor rapidez que con la que hacía acto de presencia, sin embargo nada ganaba con meditar al respecto.

- ¡¿Hay alguien?! -insistió.

Solamente recibió respuesta de su propia voz que rebotó en las paredes. Fastidiado, se sentó y apoyó la espalda en la fría roca de los muros de su celda. A última fechas, su paciencia había sido escasa, por no decir, inexistente; y, con el giro que los acontecimientos tenían, todo apuntaba para empeorar. Unas diminutas gotas de sangre salieron de su puño cuando, en un arranque de frustración, lo estrelló contra las duras paredes de roca. Escupió un agrio improperio, no a causa del dolor, sino de la rabia, para después hundirse en el silencio.

No tardó nada en levantarse y arremeter con todas sus fuerzas contra la reja de metal. Pateó, empujó, jaló, golpeó...lo intentó todo hasta que, jadeante y exhausto, abandonó la lucha. Ya volvería a intentarlo más tarde, después de todo, no tenía nada más que hacer.

- ¿Cuándo vas a rendirte?

Trató de disimular, pero no pudo evitar brincar ligeramente cuando esa voz desconocida le tomó por sorpresa. Maldijo la falta que le hacía su cosmos para ubicar personas puesto que, encerrado en la jaula y perdido en la densa negrura, su visión poco le servía.

- ¿Quién eres? -preguntó.

- Mi nombre no importa. -le respondió la voz apagada.

- Si voy a compartir esta asquerosa prisión contigo, al menos ten la delicadez de decirme tu nombre.

- Talos.

- Soy Milo. -contestó.- ¿Hace cuanto que estás aquí?

- Lo suficiente.

- Entonces, debo suponer que sabes donde estamos y porqué estamos aquí. -habló el escorpión dorado acercándose a los barrotes de su jaula en busca de la persona con la que hablaba.

- Estás en Temiscira, en poder de las andróctonas.- le respondió.

Milo se sopló los flequillos reprendiéndose a sí mismo por no haberlo sabido antes. Visto de esa forma, era más que lógico lo que estaba sucediendo.

- Amazonas. -habló en un murmullo.

- Es igual. Al final todo se reduce a que son asesinas de hombres y, tú y yo, tendremos el mismo destino. -Milo escuchó el eco sordo de los pasos de Talos mientras caminaba en la diminuta celda que cada uno tenía asignada. -Ahora, no me preguntes porque estás aquí. Conozco mis pecados, pero no los tuyos, Milo.

- Mi único crimen es ser quien soy y, es precisamente por ello que, a diferencia tuya, yo no pienso morir aquí. No a manos de ellas.

Lo escuchó reírse discretamente, sin embargo, pudo distinguir con facilidad la burla que encerraba aquella risa. Si hubiese estado libre, probablemente le callaría la boca de un golpe, más esa opción estaba fuera de lugar por el momento.

- ¿Sabes quién soy? -preguntó adoptando en su tono el mismo sarcasmo que escuchó en la voz de su acompañante.

- No, pero dudo mucho que seas un rey, príncipe o héroe. Si fueras alguna de esas cosas, las andróctonas no te tendrían aquí.

Milo se carcajeó son cinismo.

- Soy algo mejor que eso… -dibujó una amplia sonrisa en sus labios a pesar que el otro no podía verla.

- No veo como puedas serlo.

- Ya verás, no sé cuanto tiempo lleves aquí, pero te garantizo que, si has estado fuera en al menos un par de semanas, habrás escuchado hablar de mi y de mis compañeros.

- Déjate de juegos y dime, ¿quién demonios eres? -sintió la rabia en la voz de Talos.

- Soy un Santo de Athena. -respondió con arrogancia.

- ¿Un santo? ¿Te refieres a que eres uno de los hombres que Athena trajo a morir a estos tiempos?

- Sigue hablándome de esa forma y juro que, cuando consiga salir, no volveré por ti.

- ¿Y cómo piensas salir de aquí?

- Aún no lo sé con claridad. -respondió honestamente.- Talos, tú las conoces mejor que yo, así que quiero que me cuentes todo lo que puedas acerca de ellas. Trato de no obviar ningún detalle.

- Estás loco. ¿Por qué habría de ayudarte?

En ocasiones como esa, Milo se preguntaba hasta que grado podía llegar la estupidez de ciertas personas. Le había repetido en infinidad de veces sus razones y, sin embargo, aquel hombre necio seguía sin entender nada,

- Vas a ayudarme porque sin mí, jamás abandonarás esta asquerosa prisión. -siseó con fastidio.

- Estás loco… -le repitió.

- ¿Quieres hacer el favor de cerrar esa estúpida boca tuya? Te dije que saldremos de aquí y así será, pero si no cooperas entonces no voy a mover un solo dedo para salvar tu miserable existencia. Sé que son amazonas. Sé que son peligrosas. Pero no es suficiente, necesito más información.

El imperceptible sonido de la respiración del prisionero se hizo más evidente hasta que, con un suspiro, el escorpión dorado supo que había ganado.

- El mayor peligro que enfrentarás está ceñido a la cintura de Hipólita, la reina.

- Su cinturón. El cinto que Ares le obsequió. -susurró.

- No es solo un adorno, sino todo lo contrario. Ese ceñidor es el arma más poderosa que tiene, la razón por la que es completamente intocable. Nada sucede en Temiscira sin que ella lo desee. Todo está dentro de su poder. Solo necesita desearlo y le es concedido. -después hizo una pausa que se sintió eterna.- Es esta tierra, esa mujer es un dios.

Para sus adentros, el peliazul sonrió con ironía.

Dioses. Siempre ellos y sus grandes egos. Su infinita sed de poder y la falta de respecto hacia las frágiles vidas humanas. En incontable ocasiones había alzado su mano contra aquellos eternos y descorazonados seres y, todo parecía indicar, que volvería a hacerlo.

- Al menos ella no es inmoral. -sentenció con amargura.

- Es lo más cercano entre los humanos a ello. No deberías ser tan prepotente.

- Si, si. Perdona que no comparta tu admiración hacia los dioses; hace mucho que les perdí el respeto. Ahora dime, Talos, ¿existe forma alguna de enfrentar el poder de ese cinturón?

- Solo una…

Instintivamente, el corazón de Milo comenzó a latir con más fuerza.

- Quitárselo.


Resultaba sorprendente la velocidad con la que Kanon había vuelto a quedarse dormido. Mientras escuchaba el sonido del aire de la madrugada colándose por las ventanas, Saga no podía dejar de pensar en como, a pesar de llevar días en el más absoluto de los reposos, el semblante de su hermano era uno de agotamiento extremo.

Su conversación había sido breve. Muchas cosas habían quedado sin decir, algunas por falta de deseos y otras tendrían que ser discutidas después; quizás era mejor así. Tendrían otra oportunidad, muchas más.

Para cuando Kanon cayó víctima de los influjos del dios del sueño, Saga no pudo hacer más que velar por él y envidiar en secreto las bendiciones que Morfeo derramaba sobre su gemelo. Hacía mucho que no dormía bien y su cuerpo lo resentía. Pero, mientras más pensaba en ello, más difícil le resultaba conciliar el sueño. Como estaba cansado de intentarlo sin ningún resultado favorable, decidió dejarlo en paz.

A sabiendas de que su hermano esta mejor y que no corría peligro mientras permaneciese en los territorios de la señora de la sapiencia, el santo de Géminis se dispuso a salir un rato con el afán de despejar su mente. ¿A dónde iría? Los decidiría en el camino, después de todo, aquel era un enorme lugar en el que muchas cosas podían realizarse. Salió de la habitación tratando de hacer el menor ruido posible. Se aseguró de que nadie estuviera en los pasillos, en especial cierto arquero al cual, si bien apreciaba por sus monumentales esfuerzos de mantenerlo vivo, también deseaba evitar en esos momentos de reflexión personal. Con vía libre, se escabulló entre los sinuosos pasadizos.

Llevaba unos cuantos minutos caminando, perdido en sus propias memorias, cuando una señal con especial significado apareció ante él. Del cielo, un pétalo de rosa cayó. La dulce esencia de las rosas inundó sus sentidos mientras aquel regalo de remitente conocido descansó en la palma de su mano derecha.

- Afrodita. -pronunció su nombre en un murmullo.

Y, sin dudarlo, fue en su encuentro. Rápidamente regresó sobre sus pasos con destino a los antiguos aposentos que tenía. Tuvo el cuidado de vigilar que nadie le siguiese ni le descubriese; lo que menos necesitaba eran problemas. Entró receloso a la habitación. Su mirada, penetrante y alerta, exploró hasta el más oscuro rincón en busca de ella.

- Viniste. -le oyó hablarle.

Entre las sombras, envuelta en las finas cortinas, divisó su esbelta silueta. La diosa del amor avanzó hacia él lentamente. Cada paso marcado de sensualidad, cada mirada cargada de deseo.

- Te extrañaba. -acarició su mejilla.

Su voz sonaba segura, calmada y con ese abrumador erotismo que le caracterizaba pero, por dentro, estaba herida. No le quedaba completamente claro el porque no podía mirar a Saga directamente a los ojos sin sentir el remordimiento oprimiéndole el pecho. Nunca antes había sentido culpa ni arrepentimiento por nada, sin embargo era como si los ojos de ese hombre tuvieran la propiedad de levantar sentimientos tan extraños en ella.

- ¿Qué pasa? -preguntó al no recibir respuesta del peliazul.

- Kanon despertó.

La castaña alzó las cejas, sorprendida.

- ¿Cuándo fue eso?

- Hace unas horas. -Saga suspiró y se alejó al recordar las palabras de su gemelo respecto a ella.

- Pero, eso es bueno, ¿cierto?

- Lo es.

- Entonces, ¿por qué tanta seriedad? -sonrió con picardía.

- No lo sé. -mintió.

Por supuesto que sabía. Sabía que era relación, si podría ser llamada así, que sostenía con la deidad era por demás aborrecida por su hermano; sin embargo no podía sacársela de la cabeza.

- Déjame ayudarte con ello... -sintió las manos de Afrodita deslizándose debajo de su camisa. No pudo evitar que la piel se le erizara.- …puedo hacerte sentir mucho mejor.

Con un beso en la comisura de sus labios esfumó las vacilaciones de la mente del santo y fue así como, tomándola por los hombros, la besó deseando más de su boca. Se aferraron el uno al otro con desesperación, incapaces de separarse y a completa merced de sus emociones. Pronto, no quedó nada entre ellos más que el roce de sus pieles y una sinfonía de gemidos que se perdieron en la inmensidad de aquella quieta noche de verano griega.

Continuará…


El capítulo debió llamarse "Cómo hacer feliz a un santo de Géminis" ¬¬ … cof…cof…como que el geminiano ya puede dejar de quejarse de que nada bueno le sucede ¬¬' Espero que al menos esté un poco más feliz ahora que ya le he concedido dos deseos u_u

Les debo el lemon. Lo dejaré para otro día u_uU pero es que los lemons… en fin, se los debo.

A quienes leen y comentan: Kisame Hoshigaki, The wings of the Tensai, RIAADVD, Dama de las Estrellas, IceQueen102, Tisbe, Minelava, Leika-kannon, Cybe, Art1sta, Liz, Chris, Jaelinna, SilentForce, Kilder, Sarjana, Alfa, delvilhangel, , DiCrO y Elena. ¡Gracias!

Por única ocasión, review replies en mi profile (lo súbiré en durante la noche de hoy, lo prometo ;) ) y para los que dejaron reviews firmados, les estará llegando durante el día ^^

¡Saludos!

Sunrise Spirit