Capítulo 27
En pie de guerra
- Espero no haberles hecho esperar de más. -las dos deidades sonrieron a sabiendas de que aquella disculpas era únicamente una formalidad y nada significaba para ninguno de ellos.
- Siempre es un placer pasar algo de tiempo en tus dominios, Hipólita. -su padre le dijo.- Tus guerreras son todas dignas de la atención que reciben.
La diosa reina, Hera, giró los ojos con fastidio al reparar en el verdadero sentido que Ares daba a ese comentario. En parte, no le sorprendía porque conocía bien a su hijo. El castaño era un dios que podía hacerse de la mujer que desease y, plenamente consciente de ello, no dejaba la oportunidad de relacionarse con diosa, mortal o criatura que se cruzase en su camino. El líbido en su mirada cada vez que una amazona se mostraba frente al dios de la guerra no había pasado desapercibido para la soberana.
El sonido metálico de la espada desenvainándose atrajo la atención de ambos, en especial cuando el filo del frío metal rozó con peligrosa cercanía la garganta del dios.
- Hemos asesinado hombres por menos de eso. Con sus vidas han pagado la ligereza de sus lenguas y la perversión de sus mentes. -amenazó a su señor y padre.
- Ese encanto especial lo poseía también tu madre. -respondió si sobresaltos.- Un comentario desafortunado de mi parte y una reacción aventurada de la tuya.
En un pestañeó, el señor de la violencia consiguió cambiar lugares con la reina amazona. Con extraordinaria habilidad le arrebató el arma y, tomándola por el brazo, la obligó a quedar de espaldas a él. Esta vez fue ella quien probó en su piel aperlada la dureza del metal plateado. Decenas de espadas se desenfundaron. Eran las guerreras respondiendo a la agresión de la que era víctima su reina.
- Creo que las he sobreestimado. -sus ojos marrones recorrieron a cada una de las mujeres que le rodearon.- Si supieran lo que mejor les conviene, bajarían esas espadas y me rogarían con el más absoluto de los respetos que preserve la vida de Hipólita. -disfrutó al verlas tensarse.
- ¡Suficiente Ares! -el rigor en la mirada azul de Hera le hizo fruncir el ceño.- No vine hasta aquí a ser testigo de la excelente relación que tú y tu hija mantienen. Suéltala que tenemos asuntos más importantes que tratar.
De mala gana, el castaño la dejo ir.
- La próxima vez, Hipólita, no voy a permitirte este tipo de ofensas, ¿entiendes? Yo te hice y yo te destruiré si es necesario. Recuerdalo siempre. -le murmuró para después clavar violentamente la espada en la mesa.
Con un gesto de cabeza y haciendo su mejor esfuerzo por conservar las apariencias, la joven ordenó a sus vasallas que bajaran las armas. Pocos eran los que poseían la fuerza y habilidad para manejarla como Ares acababa de hacerlo, por lo que aquella situación resultaba inusual para ella. Sentía el calor corriendo por sus venas, pero ignoraba si lo que le movía era el miedo o era simple rabia de sentirse vulnerable; cualquiera de las dos opciones le resultaba ajena.
- ¿Necesitas unos minutos para tranquilizarte, linda? -la sonrisa que Hipólita vio en las labios de la pelirroja solo consiguió irritarla aún más.
- Estoy bien.
- Perfecto. Entonces podemos hablar…
- Vinieron por ellos. -interrumpió la reina.- Pero están perdiendo su tiempo. Desafortunadamente, los Santos de Athena son mis prisioneros y, por lo tanto, seré yo quien decida su destino. No ustedes.
- No sabes de que estás hablando. -el siseó en el tono de voz de Ares era perturbador, sin embargo Hipólita no permitiría que la atemorizara de nuevo.
- Sé perfectamente de lo que hablo. Su interés en mi y mi pueblo es conmovedor... -habló con sarcamo.- …más nada de esto es asunto suyo.
- Fui yo quien te informó de esos hombres, pequeña insolente. -la manos del dios golpearon la madera de la mesa con fuerza.
- Tal vez, pero a estas alturas, yo sé más de ellos de lo que sabías cuando te presentaste en Temiscira para advertirme al respecto. Conozco sus intenciones y también las consecuencias de ellas. No hay nada que ustedes puedan decirme que yo no sepa.
Madre e hijo callaron. Sin embargo, sus ojos decían todo lo que sus bocas guardaban. Hipólita estaba jugando con fuego y lo sabía perfectamente.
- Estás firmando tu condena, amazona. -le amenazó la esposa de Zeuz. La castaña no retrocedió.- Más te valiera pedir nuestros favores que enfrentar esta guerra sola.
- Es absurdo pedir a los dioses lo que cada uno es capaz de procurarse a sí mismo. -les respondió.
- Si ésta es tu decisión, los dioses no van a apiadarse de ti. -la ira era palpable en la voz de Hera.
- Entonces, que así sea.
El santo de Géminis abrió los ojos. Pestañeó un par de veces permitiendo a su vista acostumbrarse a la luz de la mañana que se filtraba por las ventanas de su habitación. En medio del profundo silencio que le rodeaba, escuchó la respiración de su acompañante, pacífica y relajada, y supo que ella todavía dormía. Bajó la mirada y sintió sus sentidos impregnándose de la dulce esencia de flores de la mujer que dormía plácidamente acurrucada contra su pecho. Su larga melena castaña caía descuidadamente sobre su rostro de porcelana invitando al peliazul a enredar sus dedos en las finas hebras de cabello. Y así lo hizo. Con el delicado toque de su mano, ella despertó.
Se estiró perezosamente, frotando su todavía desnudo cuerpo contra el de su amante. Emitió un par de gemidos que a Saga se le antojaron deliciosamente excitantes y, bajo su encanto, la asió por la cintura para subirla sobre sí. La diosa se dejó llevar. Sin tapujos, se montó encima de él. Deslizó sus manos sobre su torso, descendiendo lentamente su cuerpo hasta quedar tendida sobre el santo. Le besó la barbilla. Un solo beso.
- Te ves mucho mejor. - le dijo apartando los mechones de cabello azul que cubrían el rostro del geminiano.
- Supongo que lo estoy.
No había sonrisas en la boca del gemelo pero, al menos, la turbia mirada de los días anteriores parecía desvanecerse poco a poco. Y sin esa oscuridad alrededor, sus orbes verdes brillaban con más hermosura que nunca.
- Me alegra haber ayudado.
Delineó con su índice la boca de Saga. Apetecibles. Eso eran los labios del hombre que tenía debajo. Una tentación contra la que no podía luchar, una a la que tampoco pondría resistencia. Por fin, dispuesta a no esperar más, le besó. La intensidad con que él le devolvió la caricia, le arrancó un ahogado suspiro. Sintió el tibio toque de las manos masculinas escabulléndose bajo las sábanas recorriéndole el cuerpo y posándose posesivamente sobre sus caderas. Complaciente, se movió al ritmo que él le pidió.
El vaivén de sus caderas reavivó la incandescente pasión que durante la noche anterior los había arrastrado hasta esa cama para consumar una relación que ninguno de los dos podía definir completamente. Con cada movimiento, con cada jadeo que escapaba de sus gargantas, sus cuerpos se reclamaban mutuamente, necesitando desahogar la tensión que enardecía sus sentidos y que prometía llevarles nuevamente a los límites del éxtasis.
El juego de caricias y besos subía lentamente de intensidad en la medida que la razón se alejaba dejando nada más que la lujuria en ellos. Pero, sin que ninguno de los dos lo esperara, un golpeteo en la puerta les interrumpio, obligándolos a separarse momentáneamente.
- ¿Saga? -escuchó la voz del arquero dorado.- ¿Estás ahí? ¿Por qué cerraste la puerta con seguro?
- Maldición. -musitó desde adentro.
- ¿Es tu amigo? -le preguntó la diosa mientras una sonrisa traviesa iluminó su rostro. Saga asintió con fastidio.
- ¿Saga? ¿Estás bien?
- Deberías contestarle, parece preocupado. -Afrodita cesó sus juegos y soltó una risita apenas perceptible pero que capturaba con fidelidad lo divertida que la situación le parecía.
Saga se aclaró la garganta.
- Estoy bien. -gritó.- Dame un par de minutos.
- Un par de minutos no bastarán para todo lo que quiero hacerte, Saga. -le susurró al oído mientras su mano descendía más allá de su cintura.
- Esto no es divertido. -susurró jadeando. Trató de detener sus caricias pero, esta vez, ella se posicionó de su boca, robándole el aliento.
El hábil trabajo de las delicadas manos de la deidad sobre su cuerpo en combinación con la dulzura de sus labios le estaba robando la razón y,ese, no era precisamente el mejor momento para ceder ante sus instintos.
- Eso fue… ¿un gemido? -Aioros alzó las cejas y pegó la oreja a la puerta de madera en un intento de escuchar.- ¿Qué estás haciendo?
- Nada, nada. -contestó el otro luchando contra la pícara lengua de la castaña.- Joder, deja, va a darse cuenta. -se dirigió a ella.
- ¿Y qué si lo hace? -respondió liberando los labios del santo pero iniciando el largo descenso hacia su sexo.
- No, no. -trató de detenerla.- Si haces eso, no habrá forma de que nos detengamos y Aioros va a terminar derribando esa puerta.
- Que lo haga. No sería el primero y estamos acostumbrados a las interrupciones.
El calor de la boca de Afrodita rodeando su virilidad lo enloqueció. Justo en ese momento supo que no había marcha atrás. Ella lo había comenzado y, aunque no sabía cómo, la obligaría a terminarlo.
- ¡Saga! ¡Abre la puerta! -los golpes sobre la madera volvieron a resonar en medio de sus gemidos.
- ¡Largo, Aioros! ¡Estoy ocupado! -se atrevió a contestarle. Lo único que deseaba era seguir con lo suyo.
- ¿Ocupado?
- ¡Largo!
El Sagitario retrocedió. Todo aquello resultaba altamente sospechoso, por lo que se tomó un tiempo para pensar al respecto. Movido por la curiosidad, volvió a acercarse a la puerta. Escuchó con atención.
- Eso es un gemido. ¡Saga de Géminis! ¡¿Qué estás haciendo ahí adentro?!
- ¡Te dije que te fueras!
- Eres el colmo. -refunfuñó y giró sobre sus talones para alejarse de ahí.- Más te vale que nadie se entere de esto.
- Como digas. Ahora, ¡vete!
- Pero…
- ¡Adiós Aioros!
¿Tenía caso seguir insistiendo? Probablemente no. Concentrándose, sondeó en busca de algún cosmos indeseable, sin embargo no encontró nada peligroso. El hecho de haber percibido el leve cosmos de Afrodita ahí adentro dejaba todo en un terreno má seguro. Sonrió con complicidad y caminó por los pasillos con destino a su propia habitación.
- Al menos no tendré quejas durante el resto del día. -susurró para sí mismo.
Era casi media mañana. Los rayos del Sol se escabullían por las inmensas columnas que sostenían en pie la stoa, convirtiendo el largo corredor en una pintoresca escena de luces y sombras. A un costado, los jardines del templo de Athena contrastaban por sus vibrantes colores con el espectáculo de blanco y negro que ofrecía la clásica edificación griega. Mas allá, cerca de la mitad del corredor, tres figuras se perdían entre el juego de colores.
- ¿Podrían dejar de hacer eso? -Kanon volteó rabioso hacia el par de santos que seguían meticulosamente cada uno de sus movimientos.
- ¿Dejar qué? -el arquero dorado alzó una ceja.
- Dejen de cuidarme como si fuera una muñeca de porcelana que va a romperse en cualquier momento. -espetó.
Sagitario y Géminis intercambiaron miradas. La misma mueca en sus cómplices rostros.
- Nadie te está tratando de esa manera. -se defendió Aioros.
- Si acaso, estamos preocupados por tu insistencia en salir a caminar a pesar de que apenas ayer te veías extenuado. -complementó el gemelo mayor.- Me parece una verdadera imprudencia de tu parte.
- ¿Es un pecado querer respirar un poco de aire fresco? Además, no soy el único al que le falta un poco de sol. -sus ojos verdes se posaron con insistencia sobre la pálida piel de su hermano.- Te ves horrible. -musitó.
Sin que pudiera evitarlo, una carcajada abandonó la garganta del santo del arco.
- No veo la gracia, arquero. -le recriminó el mayor.
- Lo sé. Nada tiene gracia para ti últimamente. -giró lo ojos con fastidio y luego, embozando una sonrisa prosiguió.- La vida no te trata tan mal últimamente. Deberías considerar la posibilidad de traer de regreso a tu sentido del humor.
- ¿Existe tal cosa? -Kanon intervino con una expresión socarrona en sus labios.
- Existe, tengo prueba de ello. -Aioros le devolvió la risa.- Por algún tiempo, el sentido del humor de Saga estuvo agonizante, pero con un poco de suerte conseguimos salvar su existencia.
- Eso tuvo que ser difícil. Tengo que comenzar a respetarte por ello.
- Gracias, Kanon. Gracias. -ofreció una leve reverencia para después estallar en risas acompañado del otro.
- ¿Se están divirtiendo? -preguntó Saga.
Asintieron.
- Me alegro, par de idiotas. -bufó.
- No te pongas así. -el brazo del castaño se cruzó por encima del cuello de su amigo, quien trató de liberarse lo más rápido que le fue posible.- Yo sé que en el fondo también quieres reírte.
- ¿En serio? ¿Y desde cuando sabes leer la mente de las personas?
- No sé leer la mente de las personas… -le miró de reojo.- Solo la tuya.
- ¡Vamos! ¡Cualquiera puede hacer eso! -se quejó el peliazul menor.
- ¡Mentira! Es más complicado de lo que crees.
- Sí, sí. -tomó burla en la respuesta del santo del centauro. -Como digas, arquero.
- Si no eres capaz de creerme, dime, ¿quién, además de nosotros dos, puede comprender su intricada mente?
Un inesperado silencio cayó sobre el trío mientras el menor de los gemelos intentaba, sin éxito, encontrar algún nombre que satisficiera la pregunta del de la novena casa.
- Shion. -por fin contestó en un murmullo que develaba las dudas sobre su contestación.
- ¿Shion?
- Sí. -insistió, esta vez con mayor seguridad.
El mismo Saga arqueó una ceja a causa de la afirmación de su hermano.
- Admítelo, no tienes nada con que contradecirme. -habló Aioros.
- ¿Alguien te ha dicho lo insoportable que te has vuelto? -le miró Kanon con indiferencia.
- No, no hay mucha gente con quien hablar en este lugar.
- Eso es porque siempre fuiste antisocial.
- Y he ahí, otra mentira. -miró de reojo al gemelo.- Y mejor no hablamos de antisociales, porque tú no eras precisamente la persona más amigable del Santuario.
- La gente me temía. -Kanon se irguió ligeramente.
- ¿Y eso es bueno?
- Para mí, lo es. -sonrió descaradamente.
Mientras aquel par parloteaba sin intención alguna de detenerse, la mirada de Saga iba y venía del uno al otro. Algo en el mundo no estaba bien esa mañana porque, aún si eran capaces de soportarse, Aoiros y Kanon siempre habían tenido roces y diferencias que no les hacían las personas más compatibles del mundo. En parte, le agradaba. Al menos ahora que estaban de lo más entretenidos reprochándose cosas y acusándose mutuamente, ninguno de los dos prestaba atención a él.
Fuera de las palabrerías de sus acompañantes, todo estaba tranquilo esa mañana. Inclusive para él y su atormentada alma, parecía que ese día sería bueno.
- ¿Eso fue una sonrisa?
"Genial" pensó al sentirse atrapado por Aioros.
- Estás quedando loco, arquero. -interrumpió Kanon.- No hay forma de que eso sea una sonrisa. Si acaso, eso es una de las raras muecas que mi hermano utiliza para todo y que no significan nada.
- ¿Tú crees? Mira que se le ve de lo más feliz. -Saga se respingó ante ese comentario. Si al arquero se le iba la lengua, juraba por su vida que lo asesinaría.
Las miradas sobre él eran agobiantes y terriblemente fastidiosas, en especial viniendo de ese par. Intentó ignorarles pero pronto desistió.
- ¿Serían tan amables de dejarme en paz? Y si pudieran alejarse de mi, sería mucho mejor. -les miró de reojo y se adelantó a ellos.
- ¡Oye! No puedes irte y dejarnos. -el castaño apresuró el paso para darle alcance.
- Solo obsérvame y me dirás si no puedo.
- Espérenme. Contrario a lo genial que puedo verme, todavía no estoy completamente bien. -el menor de los hermanos trató de seguirles el paso.
- Esta vez lo diré yo: Déjenme en paz. Ambos.
- ¡Espera! -le gritaron al unísono.
Entre risas, palabrerías y discusiones, la inercia de sus pasos los guió hasta la salida del templo de la diosa. Afuera, la ciudad cobraba vida. Las bulliciosas calles de Atenas desbordaban gente en todos los rincones. Pequeños grupos de hombres se reunían en algunas esquinas a escuchar los largos discursos de filósofos, cuestionando, en algunas ocasiones, los puntos ofrecidos por los maestros. Ajenos a las enseñanzas públicas, los atenienses proseguían con el ajetreo diario de sus vidas. Campesinos y doncellas desfilaban llevando consigo toda clase de víveres para vender o comprar, según fuera el caso.
Mezclándose con la multitud, los tres santos se perdieron rápidamente en el ir y venir de la ciudad griega. Sabían que no pasaban desapercibidos, que sus rostros eran reconocidos por los habitantes y que muchos de los sucesos en el templo habían sido filtrados al pueblo. Sin embargo, y para sorpresa de los jóvenes, la gente parecía haber tomado todo con naturalidad; probablemente vivir en una época donde la mitología era una realidad les hacía pensar diferente.
- Ese hombre no tiene ni la menor idea de lo que esta hablando. -susurró el menor de los gemelos a su hermano mientras los tres observaban, desde una distancia prudente, la clase impartida por un viejo filósofo.- Me recuerda mucho a Shion cuando le daba por hablotear de metafísica.
Uno de los discípulos del hombre volteó sobre su hombro clavando su indignada mirada en los peliazules. Kanon alzó los hombros y giró con fastidio los ojos.
- Tenías que hablar, ¿cierto? -reclamó Saga.
- La gente no sabe tomar críticas en este lugar. -masculló.
- A nadie se le da bien ser tachado de ignorante. -Aioros replicó alejándose del lugar y de algunos rostros iracundos que les seguían con la mirada.
- Eso no quiere decir que no lo sean. Además todo esto es una enorme pérdida de tiempo. Ustedes y yo sabemos para que lo que sirve la filosofía… ¡para nada!
- A Shion le encantaría saber que desperdició años de su vida intentando enseñarte algo medianamente decente acerca de nuestros antepasados y sus obras filosóficas.
- Todos esos montones de libros y pensamientos sin sentido no son algo de que sentirse orgulloso, Aioros.
- La humanidad no piensa lo mismo. -se quejó.
-Olvídalo. -interrumpió Saga.- No hay forma humanamente posible en que consigas hacer entrar en razón a Kanon. Estás malgastando tu tiempo y saliva.
- Perdónenme, oh, señores santos dorados, si mi interés por este tipo de temas no es comparable con el suyo. Seguramente mi mente mortal no es rival para su inteligencia superior y, por ello, es incapaz de encontrar un uso apropiado para la cantidad de conocimientos aportados por el arte de filosofar. -se burló.
- idiota.
-Imbécil.
Kanon soltó una carcajada. Para él era demasiado fácil sacarlos de quicio. Jugar con ese par era algo que siempre, desde que tenía memoria, se le había dado bien; sin mencionar que resultaba en extremo divertido. Se permitió disfrutar de sus rostros ofendidos dejando que el silencio hablara por él y que la sonrisa de satisfacción en sus labios les informará lo mucho que estaba gozando el momento. De pronto, el quejido de su estómago le recordó que no había desayunado.
- ¿Alguno de ustedes tiene una moneda que me preste? -les ofreció una sonrisa angelical que ninguno de los dos compró.
- Pregúntale a Aioros. Él es el encargado de hacerla de nuestra niñera.
Aioros sonrió ante la expresión de Saga cargada con un ligero toque de amargura.
- Exacto. -respondió.- Y como la niñera que soy, debo preguntarte, Kanon, ¿para qué quieres la moneda?
- No pienso darte explicaciones. -reclamó ofendido.
- Entonces no hay moneda. -le respondió con una sonrisa.
- Eres un maldito dictador, arquero. -frunció el ceño y giró hacia una mujer que estaba la frente de un puesto.- ¿Puedes ver a esa mujer de ahí? Pues aunque tenga la cara, no vende drogas ni ningún tipo de sustancias adictivas. Lo único que intento es comprarme algo para desayunar. ¿Ves? Comida, nada más. Un par de panes de cebada no matarán a nadie.
- Vale. -desató una bolsilla de tela que colgaba de su cinturón para sacar un par de monedas.- Supongo que un par de dracmas serán suficientes.
- Avaro. -recalcó.- Contigo como Patriarca, la mitad de la población del Santuario moriría de hambre.
- ¿Desde cuando eres así de dramático? -Aioros le miró por el rabillo del ojo mientras volvía a atar la bolsa de monedas.
- Desde que muero de hambre por no haber comido nada en varios días.
- ¿Les importaría bajar el volumen? La gente comienza a mirarnos. -Saga había intentado mantenerse al margen, pero cuando más de una persona alzóla ceja al presenciar la discusión de su amigo y su hermano, supo que tenía que callarlos.
Intercambiaron miradas, retándose él uno al otro, para después ignorarse volteando en direcciones contrarias. Cada cual tomó un camino diferente, pero se mantuvieron lo suficientemente cerca como para no perderse de vista. Después de todo, cada uno de ellos tenía diferentes intereses, por lo que no era de extrañarse que centraran su atención en diversas cosas y situaciones.
Kanon se paseó por los alrededores buscando algo interesante en que gastar el dracma que había ahorrado después de decidir comer solo lo necesario para engañar a su estómago hasta que regresaran al templo. Por su parte, Saga se vió atraído por las obras que un par de maestros alfareros exhibían para su venta. Un tanto más alejado de los gemelos, pero manteniéndose al pendiente de ellos, el arquero dorado curioseaba las múltiples actividades llevadas a cabo por los habitantes de la ciudad.
- ¡Aioros!
Ni siquiera tuvo tiempo de voltear antes de sentir un par de brazos enredándose a su alrededor. Segundos después, sintió un beso depositándose en su mejilla.
- ¿Aretha? -se sonrojó ante la cercanía del rostro de la ninfa con el suyo.
- ¡Te extrañaba! ¡Me alegro que estés bien! -ella se apretó contra él, a lo que el santo respondió acariciando los cabellos rojos.
- Sí, sí. Estoy bien. -tartamudeó sintiéndose repentinamente incómodo por las miradas que se centraron en ellos.- Me he sentido mucho mejor.
- Vaya, no pierdes el tiempo, Aioros. -la voz de Kanon le hizo respingarse.
Lo último que esperaba y, sinceramente, que necesitaba, era tener al ex marina, justo ahí, observando y esbozando aquella sonrisa cínica que tanto le caracterizaba. Contrario al arquero, la pelirroja correspondió el sarcasmo de Kanon con una sonrisa traviesa.
- ¡Tú también estás aquí! -el comentario de la chica hizo que alzara una ceja.- ¿Alguien más?
- Solo mi hermano. -sin terminar de comprender, el gemelo apuntó hacia Saga quien parecía no darse cuenta de nada.
- ¡Saga! -gritó Aretha ondeando su brazo en el aire para que el peliazul pudiera verla.
El santo de Géminis no respondió a la ninfa, pero se alejó de todo lo que hacía y comenzó a caminar hacia el grupo.
- ¿Qué haces aquí? -le pregunto Aioros.
- Tengo noticias. -replicó bajando ligeramente la vista.
- Supongo que nada bueno. -Kanon se cruzó de brazos.
- No, me temo que no. -suspiró.- Soy una ninfa, y tengo la libertad de moverme por muchos territorios con facilidad. No conozco fronteras ni límites. Eso me permite enterarme de todo tipo de eventos.
- ¿Qué esta sucediendo? -se unió Saga a la conversación.
- La cierva de Cerinia fue capturada pero no hay señal alguna de quienes lo hicieron.
El silencio se apoderó del grupo.
- ¿Qué estás diciendo? -el tono del Sagitario era apenas un murmullo perdido en el escándalo del ágora.
- No están por ningún lado.
Los gemelos se miraron el uno al otro. Por primera vez desde la noche anterior, sus semblantes estaban oscuramente serios.
- No pudieron desaparecer de la faz de la Tierra. Tiene que existir alguna explicación. -comentó el mayor.
- Hasta ahora no hemos podido averiguar nada.
- ¿Hemos?
- Sí. Mis hermanas están en busca de su ubicación, Kanon.
Sin aviso, Aioros giró y comenzó a andar. De pronto, su cuerpo y sus expresiones se habían vuelto tensos. Y no era difícil para el resto adivinar lo que atravesaba por la mente del arquero dorado… la historia se repetía, y la última vez, el final había todo menos alentador.
- ¿A dónde vas? -preguntó Saga.
- De regreso al templo.
- Athena aún no está disponible. -el gemelo le dio alcance y le detuvo, tomándole del brazo.
- ¿Y qué con eso? Si ella no está, habrá que tomar acciones de inmediato.
- ¿Cómo que? ¿Ir a buscarlos? -Kanon se acercó.- Ni siquiera sabemos donde están o qué ha sucedido con ellos.
- Las personas no desaparecen nada más por que si. Algo tuvo que sucederles, algo malo. -de repente, sus cerúleos ojos se habían entristecido.
Dada la situación y, con medio Olimpo en su contra, las palabras del castaño sonaban irrebatibles. Era demasiado repentino, sin embargo todo parecía indicar que tendrían que abandonar el cobijo de la ciudad antes de lo previsto o de lo que hubiesen querido.
- Las vacaciones se terminaron. -el marina suspiró con pesadez.
Y juntos, emprendieron el regreso hacia la residencia de la diosa de las justicia.
- Maestro, ¿en qué piensa?
Los ojos rosas de la pequeña niña permanecían sobre él con inquietante curiosidad. Un apenas perceptible mohín iluminaba aquel rostro infantil cubierto de una extraña mezcla de polvo y sudor. Máscara de Muerte frunció el ceño y la miró con desdén.
- Pequeña entrometida. -bufó abandonando la sombra del árbol bajo la cual se había cobijado.
- ¿Sigue enfadado por la discusión que tuvo con la señora Artemisa? -haciendo caso omiso del mal humor del mayor, la chiquilla continuó insistiendo mientras le seguía cada paso.
- No, no lo estoy.
- Pues así lo parece.
De golpe, el italiano se detuvo y volteó hacia Nix con el semblante entre sorprendido y disgustado. No entendía de donde esa niña sacaba las agallas para hablarle así; a él, a Máscara de Muerte de Cáncer, nadie, nunca le hablaba de esa forma.
- He dicho que no estoy enfadado, ¿acaso eres sorda?
- No, pero…
- ¡Silencio!
El grito del cangrejo dorado la obligó a retroceder mientras, de manera prudente, la pequeña abandonaba todo intento de continuar la conversación. Las miradas de los otros dos niños se centraron en ellos. Por un breve lapso de tiempo, no se escuchó nada más que los sonidos propios de la vegetación que les rodeaba.
- Así está mucho mejor. -continuó al descubrir el efecto que causaba en los críos.
- Disculpe. -habló con la voz en un hilo.
- Estoy cansado de las disculpas, así que ahórratelas. Cierra la boca y entrena. Eso es todo lo que necesito. -alzó la vista y observó a sus otros dos aprendices.- Y ustedes, par de zánganos, preocúpense de sus asuntos.
Los vio dar un respingo y sonrió para sus adentros. Aún tenía el toque.
- Ya veo que compartes tus encantadoras gracias con todos. Y yo que pensaba que era personal. –Máscara de Muerte se sopló los flequillos al escuchar la voz de Artemisa.
- ¡Señora Artemisa! -los chiquillos corrieron para saludar y ella, en completo contraste con su comportamiento anterior, correspondió las muestras de cariño.
- ¿Te importa? -el santo giró los ojos.- Estamos en medio de un entrenamiento y estás interrumpiendo.
La rubia le sostuvo la mirada. Sabía que ambos tenían una conversación pendiente acerca de los hechos de la noche anterior, por lo que no estaba dispuesta a retroceder. Tenía dudas y preguntas que Orión había fallado en responder, así que no dejaría pasar la oportunidad de sacarle la verdad a su nueva adquisición.
- Me estoy cansando de este juego tuyo. -habló.- Creí que anoche habías comprendido que, en este lugar, se hace únicamente lo que a mi me place. Mi voluntad y mis deseos son incuestionables, por lo que, si me apetece asomarme por aquí e interrumpir lo que sea que estés haciendo, simplemente lo haré.
El disgusto que se reflejó en el semblante del cangrejo dorado la llevó a atribuirse la victoria. Nada más lejano a la realidad. Lentamente, el ceño fruncido del peliazul fue relajándose, permitiendo a su rostro adoptar una expresión más relajada que, a su vez, se convirtió en una satírica mueca. Por fin, una carcajada estalló en el silencio.
- Eres tan patética. -soltó entre risas.- Vienes delante de mí, a presentarte como la gran señora de este templo cuando yo mismo he sido testigo de tu falta absoluta de voluntad y de poder. Ni siquiera tuviste la fuerza para negarle a tu amiguito, quien quiera que sea, la oportunidad de hablar conmigo a solas. Lo peor es que sabías que ese imbécil fallaría miserablemente en engañarme, y aún así le permitiste arruinar tu plan.
Para cuando terminó de hablar estaba tan cerca que la obligó a retroceder discretamente.
- ¿Qué sucede, linda? -el sarcasmo de su sonrisa era escabroso.- ¿No vas a darme un sermón de lo equivocado que estoy? ¿Hoy no hay demostración de tus enormes poderes de diosa? -la deidad no respondió.- Mucho mejor.
Se sintió furiosa. La sangre le hirvió en las venas al sentirse víctima de las burlas de ese hombre. No iba a dejarlo pasar así.
Posó su mano sobre el pecho del santo enviando un poderoso latido que amenazó con detener su corazón. La misma presión que el italiano había experimentado durante la primera de su discusiones les ahogó nuevamente. Era como sí, con un solo toque, la joven pudiera detener todas las funciones vitales de su cuerpo.
Su instinto de supervivencia le gritó que la alejara. Empujándola, con un manotazo, la forzó a apartarse a causa del impacto. Boqueó por oxígeno al sentir que sus pulmones regresaban lentamente a la normalidad.
- Perra. -musitó.
Si aquel era un duelo de egos, Máscara de Muerte simplemente no podía quedarse atrás. Esta vez, llegarían hasta las últimas consecuencias y no le importaba si la desventaja era para él. La punta de su dedo índice se iluminó cuando un diminuto punto de energía se formó.
- ¡Déjela! -vio a Corban arremetiendo contra él en un desesperado intento de proteger a la diosa cazadora.
Ciertamente no esperaba tal reacción por parte de ninguno de sus pequeños aprendices. Sorprendido, alzó una ceja y realizó un simple movimiento con el que esquivó el ataque por parte del chiquillo pelinegro. Al no tener nada en que asestar el golpe, Corban perdió el balance por un fracción de segundo. Trastabilló. Con una sonrisa burlona, el italiano terminó la labor de la gravedad ya que, metiendo el pie, consiguió derribar al niño sin mayor esfuerzo. Toda vez que lo tuvo tendido boca abajo contra el piso, se aseguró de que no moviera un solo músculo posando el pie en su nuca.
- Eso ha sido muy estúpido, enano. -se cruzó de brazos, negó con la cabeza y ejerció más fuerza sobre él.- Escoge mejor tus batallas o hazte lo suficientemente fuerte como para matarme. Mientras tanto, tu imprudencia disfrazada de falsa valentía terminará costándote la vida.
- ¡Hermano! - de reojo, el santo alcanzó a ver a Altaír corriendo en la dirección en la que estaban. Bufó con fastidio.
- ¡No me están escuchando! -habló con voz fuerte mientras golpeaba el estómago del chico con la potencia necesaria como para dejarlo fuera de acción.- No vence, quien es valiente, si peca por imprudente. -miró con dureza a los hermanos.- A veces, me pregunto si algún día conseguirán aprender algo.
Había sido suficiente por ese día. El poco humor que tenía para seguir adelante con esa farsa que Artemisa había montado se esfumaba con una rapidez impresionante. Al mismo tiempo, la paciencia que desaparecía dejaba unas enormes ganas de romperte el cuello alguien; y, por alguna razón, no tenía deseos de que los muertos terminaran siendo alguno de esos niños. Así que era el momento justo para retirarse dando por terminados los entrenamientos del día.
- ¿Las clases han terminado? -escuchó a Artemisa y el estómago se le descompuso.
- Si no deseas que alguno de tus muñequitos termine muerto, aléjate de los reproches. -siseó.
- Tenemos un trato Máscara de Muerte. Tú les enseñas y Aioria vive.
- Aioria, o su cuerpo, te interesa demasiado como para deshacerte de él. No me preocupa más. -ignoró sus palabras y continuó su camino hacia el templo.
- ¡Regresa aquí! Aún es temprano para dedicarse a la vagancia.
- Te he dicho que no me apetece matar mocosos y si me quedo, eso es justamente lo que haré.
- ¡No me importa lo que hagas! ¡Es una orden! -exclamó.
La diosa cazadora sonrió al verlo detenerse en seco. Siguió con la vista cada una de las acciones del santo de cabellos azules que se dirigía hacia ella con una determinación que a cualquier otro le hubiese resultado escalofriante.
- Esos niños son demasiado para ti. Con todo lo inútiles y débiles que son, tienen el coraje de poner sus vidas en juego por una maldita diosa que no conoce más que su propio egoísmo. -Artemisa tuvo que esforzarse para no bajar la mirada al sentirse golpeada por la dureza de las palabras del de Cáncer.- De una cosa estoy seguro: se merecen algo mejor que tú.
De pronto, esa presión, esa rabia, que Máscara de Muerte sentía en su pecho, dejó de oprimirle. Habiendo dicho todo lo que necesitaba decir, no existía otra razón para quedarse ahí.
- De pie, los dos. -ordenó a sus pupilos que aún seguían en el piso. Les dio tiempo de hacerlo.- Andando, de regreso al templo. Por hoy se terminó.
Fue una fracción de segundo lo que les tomó a los niños decidirse. Con una última mirada, se despidieron de su diosa para después seguir a su maestro. Atrás, aún sacudida por lo ocurrido, la señora de luna les miró alejarse.
Había recibido el mensaje. Claro y fuerte, sabía lo que eso significaba.
- Athena -en la oscuridad de su sueño, la diosa escuchó la reconfortante voz pronunciando su nombre.- Athena, despierta. -insistió.
Su propia respiración se agitó ante la impotencia de no poder abrir sus ojos para admirar su rostro una vez más.
- Despierta.
La piel se le enchinó al sentirlo más cerca. Pudo apreciar la tibia caricia de su aliento cayendo sobre su oído mientras él sujetaba su mano con delicadeza. Anheló poder devolver la ternura de ese gesto, pero moverse a voluntad le resultaba imposible.
"Shura"
Se oyó a sí misma llamándo su nombre y deseó que él también pudiera hacerlo. Necesitaba que el santo de Capricornio supiera de su propia voz lo mucho que significaba para ella, quería que comprendiera lo indispensable que su presencia se había vuelto en medio de su inmensa soledad.
De repente, la sensación de sus dedos deslizándose por la piel de sus mejillas la hizo estremecerse.
- Abre tus ojos. -Y, cómo si se tratara de un hechizo, las fuerzas regresaron y con ellas, el control sobre su cuerpo. Poco a poco, sus ojos grises vieron la luz de nuevo.
Shura de Capricornio estaba ahí, frente a ella. El mismo Shura del que se había prendado. Sus cabellos verdes y rebeldes, su semblante afable y las bellas esmeraldas que llevaba por ojos. Pero, algo era diferente.
Se petrificó al observarle con mayor cuidado puesto que sus ojos, alguna vez muertos y abatidos, brillaban con nueva vida resaltando con su beldad la sonrisa que adornaba su rostro.
- ¿Cómo…? -el santo posó su dedo sobre su boca, haciendola callar.
- Olvídalo. Ahora solo importas tú…nosotros.
Entonces, Shura la miró con esos ojos que penetraban hasta su alma y que removían el mar de sentimientos dormidos en su interior. De inmediato, lo supo. Supo que era él al que amaba. Hipnotizada por la belleza de su mirada, dejó las dudas atrás y reclamó lo que sabía que era suyo. Sus labios se unieron en un beso suave y tierno. El calor de su boca apretada contra la suya, el dulce sabor de sus labios y la deliciosa emoción de saberlo suyo aunque fuera por un instánte hicieron que su corazón latiera desbocado. Nunca supo en que momento sus sentimientos hacia Shura habían cambiado hasta el punto de desearlo con locura, sin embargo ya no era importante.
Maldijo el momento en que la respiración les obligó a separse. Ojalá el tiempo pudiese detener su marcha para así, preservarse siempre juntos disfrutando de un amor incipiente pero profundamente arraigado en sus corazones.
Las mejillas de la pelinegra se sonrojaron cuando el cabrito de oro volvió a posar en ella su mirada. A pesar de que no podían apartar sus ojos el uno del otro, las palabras resultaban terriblemente difíciles de pronunciar.
- Athena… -Shura fue el primero en dejar atrás la timidez.- Mi diosa y mucho más que eso…
- Y tú, mi santo y también mi…
El filo de una espada atravesando el pecho del joven arrebató las palabras de su boca. Sus ojos se abrieron, incrédulos y aterrorizados, mientras la sangre del español caía en borbotones sobre el delgado hilo de sangre fluyó por la boca de su santo, anunciando que el final estaba cerca.
Con un grito de terror, la diosa de la sapiencia abandonó el mundo de los sueños y regresó a la realidad. Diminutas gotas de sudor frío bañaban su cuerpo. Sus pulmones exigían aire al mismo tiempo que los latidos de su corazón resonaban con tanta fuerza que retumbaban en sus oídos. Estaba temblando.
- Señora. -en medio de su desesperación, ni siquiera había notado la presencia, ahí a su lado, de Herse.
- ¿Fue un sueño? -preguntó en completa confusión.
- Así es. Pero está de regreso y eso, es lo mejor que pudo suceder.
Las ataduras en sus muñecas le entumecían las manos y rasgaban su piel con la dureza de las cuerdas, pero para Dohko aquel detalle pasaba desapercibido. Al igual que el resto de sus jóvenes compañeros, había pasado varios días en el más oscuros de los encierros en las profundidades de la prisión amazónica. Esa era la primera vez en mucho tiempo que veía el Sol y, habiendose acostumbrado a las penumbras, los ojos le dolían al recibir el reflejo de la luz dorada del día. Guiado torpemente por un par de jovencitas que difícilmente alcanzarían los veinte años, el santo de Libra recorrió una interminable red de pasadizos y corredores que le llevaron hasta el mismo corazón de ese palacio: el salón de trono.
No le resultó exagerando encontrarse con un par de decenas de guerreras enfundadas en sus trajes de pelea esperando por él. Expectante, sintió las miradas de todas ellas clavándose en él con desconfianza y recelo. Decidió no prestarles atención, después de todo, al menos ya sabía en donde estaba.
Trató de fijarse en el mayor número de detalles que le fuera posible. Cualquier cosa, por diminuta que fuese, podría representar una ventaja más adelante. De primordial importancia era identificar a la verdadera causante de semejante lío y sabía como hacerlo. Necesitaba encontrar a aquella con un ceñidor lo suficientemente regio como para ser considerada Hipólita, la reina de las amazonas. No encontró semejante objeto en ninguna de las mujeres presentes.
Pronto, la puerta por la que había entrado volvió a abrirse para dar paso a una joven de cabellos oscuros y agresiva mirada turquesa. El resto del escuadrón mostró sus respetos y retomaron las posiciones de vigilancia que les habían sido asignadas.
- Un movimiento en falso y todo acaba aquí, santo de Athena. -le advirtió la mujer.
- No intentaré nada. -trató de relajar su cuerpo para evitar malentendidos.- Veo que han tomado todas las precauciones debidas. No esperaba menos de Hipólita. -sonrió.
- Guarda tus adulaciones, santo. La reina no se encuentra entre nosotros.
- Lo sé.
Nicia torció la boca formando una retorcida sonrisa que Dohko correspondió con entereza y orgullo. Por unos pocos segundos, nada se escuchó en el vacío de sala.
- Resultaste más callado que el resto de tus compañeros.
El antiguo maestro giró el rostro en busca de la persona que se dirigía a él. Entrando a la habitación, la reina Hipólita caminó con seguridad y altanería por la alfombra que terminaba a los pies de la majestuosa silla que le servía de trono. Lo primero que el santo vio, fue la magnífica prenda que la castaña llevaba atada a la cintura. No hacía falta explicaciones para saber que ese era el famoso ceñidor del que los mitos hablaban.
- Me agrada tu silencio. -continuó cuando se hubo sentado.- Es bueno encontrar un poco de prudencia entre ustedes.
- Mis compañeros, ¿están bien?
- Hasta ahora, sí. Tienen suerte de que me resulte terriblemente inquietante ese interés de los dioses hacia ustedes. ¿Cuál es la historia detrás de ello?
- No sabría decirle exactamente, pero quizás les motive saber que no solo los dioses son capaces de vencer a la muerte. -respondió.
- Entonces, ¿ustedes han conquistado a la muerte?
- Hemos ido al cocitos y regresado. No por nuestra propia fuerza, sino por el favor de algunos dioses que consideran que así lo hemos merecido. Nada más.
- Estás siendo modesto, santo. Es una cualidad rara en los hombres. -la soberana rió sin poder evitar un toque de cinismo. Dohko calló.- Es un halago de mi parte. Tómalo como tal.
- No se ha sentido de esa manera.
- Mi error. -volvió a sonreír.
- Pero no me ha traído aquí para halagos, ¿cierto?
- Efectivamente. No voy a explayarme, así que iré directo al punto. Tengo especial interés en uno de ustedes, desafortunadamente aún no decido en cual. -se puso de pie y caminó hacia él apartándo a sus súbditas.- Y para decidir, tendrán que luchar. Uno a uno contra mis mejores guerreras.
Dohko endureció su semblante.
- No somos sus juguetes. -dijo entre dientes.
- Tú eres su líder, ¿cierto? Dejaré la decisión en tus manos. ¿Prefieres eso? O, ¿debo decretar su muerte inmediata? -ante el silencio del chino, continuó.- Lo que pensaba.
Alzó la mano y giró la muñeca indicándoles que le sacaran de su presencia. A partir de ahí, su vida volvía a recaer en ellos y en la fuerza que fueran capaces de demostrar.
Una todavía convaleciente diosa les recibió. Sus indomables ojos grises se posaron sobre las tres nobles figuras de sus santos, recorriendo con meticuloso cuidado cada uno de sus rasgos y explorando en sus miradas hasta el último rincón de sus espíritus. Prestó especial atención al tercero de ellos. Ahí, a la derecha de su gemelo, Saga le sostuvo la mirada sin temor alguno. Dispuesta a no hacer un nuevo escándalo de la desafiante actitud de su santo, pasó por alto el incidente para centrarse en el verdadero problema.
- ¿Qué tan seguros estamos de esto? -les preguntó.
- Aretha nos confirmó hace un par de horas el paradero de nuestros compañeros. -habló el santo de Sagitario.
La diosa suspiró. Caminó hacia el ventanal. Lo hizo despacio y con cuidado. Su cuerpo aún estaba agotado por los esfuerzos de los últimos días, pero a pesar de ello, conservaba su andar elegante y orgulloso.
- Temiscira. -murmuró.- Es un territorio peligroso para cualquier hombre.
Ella no lo vio, pero una tenue sonrisa apareció en los labios de Kanon. De alguna forma, le emocionaba la idea de tener algo de acción después de tanto tiempo dormido.
- Parecer ser que la agenda de las misiones va a sufrir cambios. -dijo.- Las amazonas nos invitan cordialmente a que vayamos por ese ceñidor.
- Estás tomando las cosas a la ligera, Kanon. -la pelinegra volteó y, apoyando la espalda en la baranda de la ventana, le miró.- Hipólita ha mandado con anterioridad a sus mensajeras a Atenas… -los tres no dudaron en mostrar la sorpresa que traían consigo las palabras de su diosa.- Ella sabe de ustedes y de la amenaza que representan para su reino. Por ello, mandó un mensaje con la esperanza de pudiéramos llegar a un acuerdo.
- ¿Qué clase de acuerdo? -preguntó Sagitario.
- Uno que rechacé de inmediato. -la graciosa expresión en el rostro de su señora les resultó extraña.
- ¿Qué pedían?
Ante la pregunta del menor de los geminianos, la diosa volvió a girarse para darles la espalda una vez más.
- ¿Era algo malo? -la insistencia de Aioros le hizo sonreír. Si tan solo supieran…
- ¿No va a decirnos? -ahí estaba, Kanon una vez más.
La de ojos grises calló un par de segundos.
- A uno de ustedes. Eso era lo que querían. -volteó para verlos y el desencajo en sus semblantes le pareció especialmente divertido.
- ¿Nosotros?
- Sí, ustedes. Hipólita quería a un santo para fines de procreación. -tuvo que morderse el labio para no reír. El bochorno era algo que no conocía en sus guerreros.- Supongo que comienza a preocuparle no tener una heredera para el trono y, con ustedes aquí, no podía dejar pasar la oportunidad. Debo decir que no está nada equivocada. -agregó.
Un incómodo silencio se dejó sentir en la habitación.
- ¿Qué sucede? ¿Nadie tiene nada que decir? -sonrió.
- No, no. Es solo que…¿Un niño? -Aioros suspiró.- Ninguno de nosotros esta listo para tener niños…
- Te concedo la razón en eso… -el peliazul miró a su hermano mayor de reojo en busca de alguna reacción. Ni una sola palabra de su parte.
Y le resultó sospechoso. Calló porque no era el momento de preguntas y tampoco era correcto discutir con su hermano delante de la diosa. Porque Kanon lo sabía. Sabía que, de una forma u otra, esa conversación con Saga terminarían en algo más parecido a una discusión que a una plática entre hermanos. La tirante relación que emanaba entre la diosa y su santo de Géminis era más que obvia, pero eran las razones detrás de ella lo que de verdad preocupaba al peliazul.
- Pero tenemos que ir por ellos. Ya lo dijo usted, los nuestros corren peligro. -Aioros y sus tribulaciones les sacaron de las propias.- Pienso que deberíamos ir por ellos lo antes posible.
- ¿Y meterse en la boca del lobo? -Athena se cruzó de brazos y sacudió la cabeza con negación.- No estoy de acuerdo, Aioros.
- No veo otra opción.
- Tiene que haber otra.
- Señora, si me permite. No suelo decir esto… -Kanon se entrometió entre ellos.- …pero el arquero tiene razón. -Aioros entrecerró los ojos y le miró con incredulidad.- Debemos ser nosotros los que vayamos a su encuentro. Solos. Si llevamos refuerzos y se diera la oportunidad de capturar el ceñidor, entonces estaríamos en un verdadero lío. Hera tendría todas las armas para hacer inválida la misión.
La diosa de cabellos oscuros volvió a pasar la mirada por cada uno de sus santos. Torció la boca y tomó una decisión.
- A la más mínima complicación, les quiero de regreso. -frunció el entrecejo.- No quiero mártires, ¿comprendido?
Aioros y Kanon asintieron.
- ¿Comprendido? -centró sus ojos grises en el gemelo que permanecía estático. Con un leve ladeo de su cabeza, Saga aceptó.- Bien. Ordenaré que se prepare todo para su partida. Por ahora, vayan a descansar. Es especial, tú, Kanon.
Abandonaron la habitación despidiéndose con una leve reverencia y dejando a la deidad griega en tranquila soledad. Lo que había hecho hasta entonces eran poco y, sin embargo, se sentía exhausta. Pero no había tiempo para descanso, ni mucho menos para relajarse, porque sabía que cada minuto que se perdía era precioso. Sus guerreros estaban problemas y, como diosa protectora, era responsabilidad suya que salieran ilesos.
Un nudo se formó en su garganta cuando su imagen le vino a la cabeza. Sus cabellos verdes y oscuros, sus ojos opacos y la mirada cansada. La calidez de aquella tez blanca que sus dedos recorrieron en alguna ocasión. Su voz, profunda y hermosa. Shura…
Y no pudo pronunciar su nombre porque los labios le temblaron, justo como había sucedido en su sueño. El simple hecho de pensarlo lejos de ella, vulnerable, solo y sometido a la volátil personalidad de una déspota Hipólita, la hizo retorcerse. El soñar había abierto sus ojos y tenía que reconocer que hasta entonces no lo había notado, pero le extrañaba. Le extrañaba de una forma muy diferente a la de los demás y eso era obvio.
- Señora Athena…
El chillido de la puerta al abrirse, acompañado de la presencia de su doncella, la obligó a recomponerse con rapidez. Expiró profundamente deseando que las inmensas ganas de llorar se alejaran, porque no era propio que alguien la viese en ese estado. Le esquivo la mirada a Herse y aclaró su garganta.
- ¿Si? -preguntó.
- Señora, Aioros me ha dicho que partirán hacia Temiscira. -la sacerdotisa no comentó al respecto, pero conocía a su diosa la suficiente como para adivinar que no se encontraba bien.
- Así es. Por favor, encárgate de todos los arreglos.
- Lo haré. ¿Necesita algo más?
- No. Es todo. Gracias.
Herse dejó la habitación, no sin antes mirar una vez más a la señora de la sapiencia. Su tristeza le resultó alarmante, no en sí por el sentimiento, sino porque jamás, en los años que llevaban juntas, había visto semejante pesar en sus ojos grises.
- Regresarán. Tengo fe en ello. -le dijo.
Una acongojada sonrisa adornó la boca divina. Quizás, ella también debería tener fe en ellos.
Continuará…
A estas alturas del fic, creo que estoy malconsintiendo a Saga ¬¬' (luego no digan que lo maltrato, ¿eh? xD) Más le vale a ese geminiano terco no acostumbrarse a la buena vida, porque todavía no termino con él y esa intrincada historia Ares-Dita-Saga. Pero, bueno, me encontró en un día pervertido :P y supongo que un poco de diversión no va a matarlo…espero e_e
Primero, agradecerles por los comentarios acerca del capítulo anterior. Dama de las Estrellas, Cybe, IceQueen102, RIAADVD, , Neferet Ichigo, Tisbe, Kisame Hoshigaki, angel de acuario, The Wings of the Tensai, Sanae, Jaelinna, Leika-kannon, DiCrO, Mine, Liz, Chris y Amary 22… ¡gracias a todos!
Siguiente punto… como aquí Sunny está de vaga y no quiere hacer nada, pero tiene demasiado tiempo libre, se le ha ocurrido la idea de hacer una encuesta. Hasta ahora, ¿quién es su dios favorito? ¡Vayan a mi profile y voten!
Por último…
¡Wa! ¡A 9 de los 400 reviews! O_O Simplemente me resulta increíble, pero todo es gracias a ustedes, chicos y chicas, que siempre me infunden ánimos, fuerzas y me hacen llegar maravillosas demostraciones de cariño con sus lindas palabras ^^
Un beso súper duper gigantesco para todos, porque al final de cuentas, ustedes hacen esta historia ^0^ ¡Mua!
Sunrise Spirit
