Capítulo 30

Jugando con fuego

-1-

Las espadas chocaron desatando un chirrido que enchinó las pieles de ambos combatientes. Camus apenas había tenido tiempo para reaccionar e interponer su propia arma entre la de su rival y su cuerpo. Insistente, Heleia no se alejó y continuó ejerciendo presión contra el santo de Acuario. Pero los planes del galo eran diferentes. Dohko había sido claro al decir que, mientras más larga fuera la pelea, las posibilidades de éxito eran menores, así que Camus apresuraría el desenlace.

A sabiendas de que la amazona pecaba de impertinente al querer competir en fuerza física con él, el santo no dejaría pasar la oportunidad de tomarla desprevenida. Sujetó con fuerzas su espada, equilibró su cuerpo y, entonces, lanzó una patada al vientre de la rubia. La fuerza del golpe la obligó a retroceder. Torpemente, dio un par de pasos hacia atrás para luego caer de espaldas al piso. Su escudo rodó lejos de ella. Así, aprovechando la confusión que había generado su ataque, Camus adoptó una postura ofensiva. Se abalanzó sobre la mujer, con el filo de la espada por delante. Asestó un golpe pero, a último momento, la amazona consiguió girar aunque sin librarse por completo del embate. El filo le alcanzó haciendo que la piel de su hombro izquierdo se abriera y que una mancha de sangre se expandiera rápidamente por su brazo.

La espada de Camus quedó atorada en el granito de la arena, dándole tiempo a Heleia de recuperar la postura de batalla y planear un contraataque. El filo de la daga se impactó contra el escudo del francés. Justo entonces, la espada de Camus se liberó y, con un rápido movimiento, la batió en el aire tratando de alcanzarla. Y lo hizo. Los aros de metal que formaban el peto de la armadura amazónica se abrieron por un costado. A través de ellos, sangre carmesí manó. Desafortunadamente, el ataque también le forzó a bajar su defensa. Para mantener su cuerpo en balance, el santo tuvo que girar el escudo más de lo que debía; sin embargo las consecuencias no se dejaron esperar.

La hoja enemiga desgarró las tiras de cuero que mantenían la greba derecha en su lugar y una delgada herida se abrió en su pantorrilla. El ardor fue momentáneo y pasó rápidamente, pero aquella había sido una clara advertencia de que tenía que terminar el combate pronto.

Alzó la mirada hacia la guerrera. La vio sujetarse el costado mientras un rictus de dolor se apoderaba de su rostro, deformándolo. Fue entonces cuando el santo supo que su último ataque había sido más profundo de lo que pensó al principio. Tomando ventaja de la situación, volvió a atacar. Para su sorpresa, y a pesar del dolor de las heridas que sufrían en el hombro y torso, la mujer consiguió frenar sus embates. Un ir y venir de golpes comenzó entre ambos. El tintineo de las espadas encontrándose una y otra vez se escuchaba con perfecta claridad en medio del silencio que había caído sobre la audiencia. Ocasionalmente, cuando alguno de los dos lograba asestar un golpe que superaba a su rival, las voces de asombro se dejaban oír en el público pero, en su mayoría, no existía más sonido que el de la batalla.

Heleia sentía que el aire le faltaba. Había sido aceptada en la milicia amazónica unos cuatro años atrás. Desde su iniciación, había librado un par de guerras para su señora, pero nada realmente demandante. Rutinaria; así se definía su vida en el ejército. Cuando resultó elegida entre sus hermanas para ser el contrincante de uno de Los Ocho la noticia le pilló por sorpresa. Era buena en lo que hacía, sí, pero nunca excelente. Y ahora sabía que ser buena no era suficiente.

El escozor de las heridas le molestaba y el poder de decisión residía en las manos del galo. Había perdido su escudo, así que estaba forzada a tener mucho más cuidado con los movimientos del otro. Al menos le había causado daño en una pierna y esperaba que eso fuera suficiente para robarle un poco de velocidad.

Por un par de segundos, el combate se había detenido y, desde donde estaban, cada uno de los guerreros medía meticulosamente el siguiente paso a dar. Podía sentir la poderosa mirada de Camus sobre ella, pero trató de no dejarse impresionar. Entonces, sin más preámbulos, la batalla se reinició.

Con la misma rapidez con que ella había dado el primer golpe, el francés atacó. Por enésima vez, el filo de sus espadas se encontró, sin embargo la desventaja era para la rubia. La fuerza de Camus le caía encima, por lo que se vio obligada a agarrar la espada con ambas manos. Apretó los dientes al sentir las quejas de su hombro herido que gritaba por descanso. Pero no había nada que pudiera hacer. Sus dedos fueron perdiendo sensibilidad conforme la justa continuaba. El sudor hacía que su agarre se debilitara. Hasta que lo inminente sucedió.

Un último empuje del santo de Acuario hizo que la espada se saliera de sus brazos y cayera a unos metros. La amazona tenía la batalla perdida.

El filo de la espada de Camus se posó amenazadoramente sobre el cuello de Heleia. A pesar de que su vida pendía de un hilo, la mirada arrogante de la mujer no decayó ante la fuerza de los ojos del santo de Acuario que la observaban con un aire aún más orgulloso que el de ella. Pero, para sorpresa de la guerrera y de la gente que presenciaba el combate desde los graderíos, el galo retrocedió sin despegarle la vista de encima. Caminó con precaución hasta donde se encontraba tirada el arma que alguna vez fuese de ella y la recogió.

- No voy a matarte. -habló mientras guardaba la daga en el cinturón del faldellín.- Tú solo eres un peón en la guerra sin cuartel que ha iniciado el egoísmo de la reina a la que sirves. Levántate y vete.

El eco llevó sus palabras hasta el rincón más lejano del Coliseo. Frente a él, los aguerridos ojos de la mujer mutaron en dos gemas repletas de sorpresa e, increíblemente, de pánico.

- ¡No! ¡No puedes hacer esto! -gritó con la voz rota de desesperación. Tambaleante, se puso de pie y avanzó hacia el joven.- ¡Mátame! ¡Esas son las reglas!

- No voy a matarte. -respondió el santo en un murmullo y perplejo ante el arranque de Heleia.

- ¡Esto es una cuestión de honor!

- No existe el honor en una muerte como esta. Te lo repito: no ensuciaré mis manos con tu sangre. -insistió.

No pronunció una palabra más y le dio la espalda. Con paso firme, avanzó hasta la reja desde donde sus compañeros observaban dejando atrás las imploraciones de su contrincante. De pronto, se detuvo en seco al ver, por el rabillo del ojo, que Nicia brincaba la baranda del palco real y se dirigía hacia la combatiente caída. Detrás de ella, un par de las guerreras le siguieron.

- Llévensela. -ordenó la de mayor rango. De inmediato, ambas mujeres la sujetaron de los brazos para arrastrarla hacia afuera de la arena.

- ¿Qué se hará con ella?

- No es más una de nosotros. Su vida es una vergüenza para nuestra noble raza; terminen con su existencia.

- Su muerte no es necesaria. -intervino el acuariano.- No satisface a ninguno de nuestros motivos.

- Reserva tus ideas para ti mismo. Las reglas en este lugar no pasan por ti, santo. -la mirada de Nicia se dirigió hacia el lugar desde donde Hipólita observaba la escena.- En Temiscira, nacimos y morimos bajo las normas del Imperio Amazónico; y para ella, el final de su vida como una de nosotras ha llegado. No pertenece más a nuestro mundo.

- Y, aún así, hablamos de una muerte innecesaria.

- No es una decisión tuya. -Nicia se giró, ignorándole. Así, se dirigió a sus guerreras.- Flagélenla. Arranquen de su piel a la amazona que alguna vez fue.

De pie, sin hacer un solo movimiento, Camus se sintió sobrecogido por la dureza de las palabras que abandonaban la boca de la mujer. Lo que era más, la ciega voluntad con que las otras dos arrastraron inmisericordes a su antigua compañera, le heló la sangre en las venas. Una cosa era segura ahora: en la tierra de las amazonas, la lealtad y la compasión no existían.

A pesar de su asombro, el francés no movió un solo músculo de su cuerpo cuando vio a Nicia caminando hacia él. La morena se situó justo al frente de él. El silencio cayó entre ellos por un breve momento. Después, la guerrera se acercó aún más, para susurrar en su oído.

- ¿Sabes que le espera? -siseó con la voz tan delgada que a Camus se le complicó escucharla por completo.- Será azotada hasta que la piel de su espalda y brazos sea reducida a jirones. Cuando ya no pueda más y esté a punto de desfallecer, los golpes cesarán. Pasará el resto de sus días en los malditos subterráneos que has tenido el gusto de conocer. Su vida pasará entre el tormento diario del látigo y escozor de las heridas que se reabrirán con desmesurada saña. Así será hasta que el hambre la mate. -se guardó una sonrisa maquiavélica.

Entonces, Nicia se separó de él y regresó sobre sus pasos hacia el palco real. De pronto, se detuvo. Desenvainó la espada y la apuntó en dirección al santo de Acuario. La voz femenina, pero poderosa, resonó en el Coliseo.

- La próxima vez que quieras demostrar compasión, hazlo con el filo de tu espada. Mejor morir de un tajo en la garganta que en la podredumbre de la deshonra. -sentenció.

-2-

Desde el amplio corredor, escondidos detrás de una ancha columna, tres cabezas se asomaron para sondear el terreno. Nix, Altair y Corban fijaron sus miradas en la puerta que se encontraba a pocos metros de ellos. Absolutamente nada se movía en el pasillo y el sonido de sus respiraciones era lo único que podía escucharse en el silencio sepulcral.

- ¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar? -preguntó el más pequeño de los tres mientras un bostezo involuntario delataba su aburrimiento.

- El tiempo que sea necesario. Ahora deja de quejarte y guarda silencio. -respondió la niña al mismo tiempo que golpeaba suavemente la cabeza de su inquieto compañero.- La señora Artemisa no debe tardar en salir. Tan pronto lo haga, podemos acercarnos a la habitación.

- Estás loca. -suspiró el tercero.- En palabras del maestro: Si nos descubren, somos mocosos muertos.

- Buena suerte que no lo harán. -sonrió Nix con confianza.

No había transcurrido mucho cuando, tal y como lo había predicho la chiquilla, la puerta se abrió y la diosa de la Luna, envuelta en un impecable peplo de tela teñida de azul, abandonó los aposentos de Orión. Por reflejo el trío de aprendices se ocultó de su vista en espera de que se alejase y ellos tuvieran libertad de actuar. Para su fortuna, no hubo contratiempo y, pronto, la rubia se perdió de vista.

- Es hora. Adelante. -ordenó la pequeña lideresa.

De inmediato, los tres se pusieron en marcha. Con sigilo, avanzaron hasta la puerta y se detuvieron frente a ella. Mientras los dos chicos oteaban los alrededores para evitar sorpresas indeseables, Nix pegó el oído a la madera para intentar escuchar algo.

- ¿Y bien? -preguntó impaciente el niño de ojos dorados.

- No puedo oír nada. -exhaló desilusionada. Los niños la imitaron, pero la emoción en sus suspiro no era más que alivio de salir de ahí antes de lo previsto.- ¡Tendremos que entrar!

- ¡No! De ninguna manera. -reclamó Altair sin que el gesto de terror de su hermano menor le pasara desapercibido.- Nos vamos. Ahora.

- Debemos averiguar lo que sucede. No te estás acobardando, ¿verdad? -la niña le miró de soslayo.

- No se trata de eso.

- Entonces, ¿de qué? Sólo veremos que pasa dentro. Si alguien nos atrapa, diremos que buscábamos a nuestra señora. ¿Qué dices?

- Digo que estás loca. Esto es ir demasiado lejos. -el moreno meneó la cabeza en negativa.

- Lo hacemos por el maestro.

- ¿Para qué? ¿Para demostrarle que no somos tan inútiles como cree? -la enfrentó ante la mirada de Corban que iba de uno a otro.

- No. No es por eso. -apartó la mirada.- Me simpatiza.

- Él no es Urian, Nix. -admitió el niño con pesar reflejado en su tono.

- ¡Calla! ¡No se trata de eso! -la sola mención de aquel nombre, la hizo perder el control por una fracción de segundo. Apretó con frustración los puños mientras se esforzaba por esconder las lágrimas que inundaban sus ojos rosas.

- Lo siento. -masculló Altair.

- Solo cierra la boca. -susurró sin siquiera mirarle.- Voy a entrar. Lo que quieran hacer es problema suyo.

Los hermanos se miraron compartiendo las interrogantes que cruzaban por su cabeza. Después, llevaron con presteza sus ojos hacia su amiga quien, en un santiamén, abrió la puerta de la habitación permitiendo que, a través de una rendija, pudieran ver más allá. Nix volteó hacia los chiquillos para indicarles que guardaran silencio. Así, sin más preámbulos se adentró en los aposentos del cazador.

Entró sin hacer ruido, cuidando que sus pasos no la delataran. Detrás de ella, el par de hermanos la imitaba con la misma discreción. Tardaron unos momentos en adaptarse a la oscuridad que reinaba dentro de la habitación pero cuando lo hicieron pudieron constatar que no había nadie. El hecho de que tener libre el camino les relajó por un momento, sin embargo el breve descanso estaba a punto de concluir.

De un golpe, la puerta se cerró detrás de ellos al mismo tiempo que Corban soltaba un grito de espanto que les hizo brincar del susto. Los dos mayores giraron sus rostros solo para observar como el pequeño moreno era levantado por el cinto de la túnica por un joven de cabellos castaños y ojos felinos que centellaban en la oscuridad. Leer su enigmática mirada les resultó imposible.

- ¿Podrían explicarme el motivo de su presencia? -cuestionó el joven en tono despreocupado.

- Pensamos que la señora Artemisa estaba aquí. Pasa mucho tiempo en este lugar. -respondió Nix luchando por ocultar el temblor en su voz.

- ¿Y para eso era necesario husmear? Deberían haber golpeado a la puerta. -Aioria bajó al pequeño y frunció el semblante al observar a los otros dos.- ¿Son los aprendices de Máscara de Muerte?

- Sí, señor. -habló Altair.

- Su maestro se enfadará si se entera de esta infortunada visita.

- En eso tiene usted razón. -susurró el niño. El león dorado sonrió.

- Mal carácter, ¿eh? -vio a los niños asentir y, sin quererlo, ensanchó la sonrisa.- Artemisa hace las cosas difíciles para él. Según me ha dicho, es un hombre explosivo. Les recomiendo que tengan cuidado de él y sus arranques de ira.

- ¡No es necesario! -terció intempestivamente la chiquilla. De inmediato, al notar su error, agachó la mirada y adoptó una posición más sumisa con el joven.- El maestro nunca nos haría daño… Es una buena persona.

- Trató de asfixiarte y me puso el pie en el cuello. -espetó Corban haciendo que el semblante del cazador se desencajara momentáneamente.- ¿Por qué lo defiendes tanto?

- Por la misma razón que sigues respetándolo, idiota. Sabes tan bien como yo que es un buen tipo. Un poco estricto, pero no es malo.

- No es tan malo. -admitió.

- Sólo es un poco gruñón.

- ¿Un poco? -la expresión incrédula del más pequeño robó una risa a los otros dos.

- Bueno o malo, sin duda es interesante. -alzó una ceja el santo, atónito por la conducta de los niños.- Pero la cuestión es que no deben estar aquí. Márchense antes de que alguien les descubra.

- Tiene razón de nuevo. -dijo el mayor de los niños.

- Sólo quiero preguntarle algo. ¿Usted es amigo suyo?

- Lo soy.

- Le extraña y está preocupado por usted.

- ¿Tú crees?

- ¡Claro que lo creo! Por eso vinimos. -agregó.- Queríamos saber que había sucedido con usted.

- Entonces, hazme un favor. -el joven se hincó para mirarla directamente a los ojos.- Cuando veas a tu maestro dile que todo esta bien.

- Lo haré.

Mucho más despreocupada, Nix le regaló una sonrisa a la vez que seguía a sus dos compañeros quienes, ni tardos ni perezosos, se encontraban vigilando que nadie les viera huir del lugar. Rápidamente, los niños se escurrieron fuera de la habitación. La pequeña estaba a punto de hacer lo mismo cuando, de improviso, se detuvo y miró atrás, hacia el santo. Él la miró, expectante.

- Somos un poco torpes, pero creo que no preguntamos por su nombre. -le dijo.

- ¿Mi nombre? -Nix asintió.- Orión.

- ¿Orión?

- Pero tú puedes llamarme Aioria.

La chiquilla sonrió y, tras despedirse ondeando la mano, desapareció por la puerta por donde había entrado.

-3-

Un borbotón de sangre manó de la profunda herida conforme la hoja de la espada desgarraba la piel a su paso. El sonido gutural que emitió la desdicha criatura, por desgarrador que fuese, no consiguió conmover del todo a su asesino. Pronto, asfixiada por su propia sangre, el cuerpo inerte de la amazona golpeó el piso en medio del silencio incrédulo de todo el estadio. Sólo entonces, cuando se supo ganador indiscutible, Dohko se permitió respirar con tranquilidad.

Irremediablemente, sus ojos turquesas se concentraron en el grotesco resultado del espectáculo que acaba de montar. A sus pies, yacía el cadáver de una joven no mayor a sus propios compañeros cuya garganta había sido cercenada con tanta fuerza que era un milagro que la cabeza no se hubiese separado del cuerpo. Un ataque bestial de proporciones desgarradoras; un ataque que había sido suyo. Esta vez, el santo de Libra no pudo ocultar el remordimiento al que sus propias acciones lo habían arrastrado.

- Supongo que te regocija su muerte en batalla. -habló sin voltear. No era necesario girar la cabeza para saber que Nicia se encontraba detrás de ella.

- Te equivocas. -respondió hincándose frente al cadáver.- La desdicha de su derrota no trae regocijo para nosotras. En lo que respecta a nuestro pueblo, el fracaso no es una opción.

- ¿Y qué piensas hacer? Tus castigos físicos no pueden hacerle más daño del que mi espada ha hecho.

- Siempre hay maneras de ir más allá de la muerte. Pero un meteco como tú no podría saber al respecto. -sonrió, despectiva.- Llévensela.

Mientras el cuerpo era arrastrado hacia las afueras de la arena, un par de guerreras se dedicaron a revolver la tierra bañada en sangre para evitar accidentes o resbalones durante el siguiente combate. Dohko y Nicia partieron en direcciones opuestas; el primero hacia sus compañeros, la segunda hacia su reina.

- Dos muertes, Nicia, y Apolo ni siquiera ha llegado a su cenit. Esto tiene que detenerse. -dijo Hipólita antes de dar un sorbo a la copa de vino que sostenía en sus manos.

- Lo hará, mi señora. Persis será la siguiente y, te aseguro que…

- No conocía esa ingenuidad tuya. -interrumpió.- Persis es una cría. ¿Cuánto tiempo lleva en el ejército?

- Dos años, pero en ese tiempo ella…

- Ella nunca ha mostrado señales de convertirse en una amazona de Élite; no posee esa estirpe. Está claro que no conseguirá derrotar a su siguiente contrincante, sin importar cual de los Ocho sea.

- ¿Qué propones, Hipólita?

- Quiero a Circe.

- ¿Circe? -preguntó incrédula.

- Sí. Hazla venir.

- Pero… Hipólita, ¿sabes que estás pidiendo?

- Y, ¿tú sabes con quien estás hablando? -la miró de soslayo con sus fieros ojos marrones.- Circe es una de mis mejores.

- Sí, y por eso no es propio usarla tan pronto.

- Según tú, querida Nicia, ¿cuántas más deben morir para convocar a mis mejores guerreras?

- No es lo que crees. -la morena bajó la cabeza.

- Sé muy bien lo que sucede. Escúchame… -la tomó del mentón con fuerza.- Sé lo importante que Circe es para ti, sin embargo confió que saldrá avante de este reto.

- Lo hará. Es la mejor guerrera que he conocido. -admitió aceptando que no tendría más remedio que convocarla.

- Entonces, ve por ella.

Sabiendo que su derecho de réplica se había extinto, Nicia acató las órdenes reales y fue en busca de Circe. No tuvo que caminar mucho para encontrarla, rápidamente la ubicó junto con el resto de la Hermandad de la Lanza. Aquel era el grupo Élite de Hipólita. Guerreras entrenadas para luchar y sobrevivir en las condiciones más extremas; hábiles con todo tipo de armas y carentes de cualquier sentimiento que se interpusiera entre ellas y su principal motivación: la muerte.

Recargada sobre la baranda, la amazona de cabellos cobrizos soltó un bostezo de cansancio. A decir verdad, las dos peleas que había presenciado le habían parecido, no solo carentes de emoción, sino también una vergonzosa demostración de la diferencia de poder entre los rangos del ejército amazónico. Circe no era presuntuosa y su arrogancia tampoco era desmedida; no así el resto de su hermandad. Tras las derrotas, la Hermandad se había apresurado a llenarse la boca de arrogantes juicios y críticas excesivas hacia el resto de sus hermanas. Cada pequeño detalle, por insignificante que fuese, era exaltado como el más grave de los pecados que pudiesen ser cometidos. Esa repetitiva plática terminó hartando a la joven pelirroja.

Sin que lo esperase, la mano de Nicia se posó sobre su hombro sorprendiéndola en el intento. Llevó su mirada ambarina hacia ella y le obsequió una sonrisa.

- ¿Hipólita te ha dado permiso para observar conmigo las batallas? ¿Acaso teme que mueras de aburrimiento ahí arriba? -le dijo con travesura. Por única respuesta, obtuvo una sonrisa a medias.- ¿Qué sucede?

- Su Alteza quiere verte.

- ¿Y eso te tiene así? -apartó la mirada y la llevó hasta el campo de batalla donde los últimos arreglos aún se llevaban a cabo.

- Ha decidido que tú seas la siguiente guerrera.

- Ah. -por un instante, entre ambas no hubo más que silencio. Se conocían lo suficientemente bien, así que las palabras salían sobrando.- Tú crees que moriré.

- ¡Yo no creo tal cosa! -exclamó ofuscada.

- Bien, porque no tienes razones para pensarlo. Soy tan fuerte como tú, Nicia. A diferencia de las otras, yo no soy una niña inexperta con la que puedan jugar.

- Eso no evita que me preocupe. -agregó.- No bajes la guardia.

- Nunca. -se despidió depositando un fugaz beso en sus labios.

Incapaz de verla marcharse sin tener más de ella, Nicia la sujetó del brazo y la atrajo contra si. Sus labios poseyeron los suyos mientras el beso crecía en pasión. Al fin, tras separarse, Circe acarició la mejilla de su amante sin saber si esa sería la última vez que lo haría o si tendría más oportunidades. Después, se dirigió hacia donde estaba la reina amazona. Una armadura esperaba por ella.

Desde el otro lado del campo de batalla, Milo pestañeó un par de veces y alzó las cejas al verlas. Miró hacia sus compañeros para ver si alguien más había notado lo mismo que él, pero al parecer ninguno vio nada. Un tanto frustrado, bufó.

- ¿Qué pasa contigo? -Camus le miró por el rabillo del ojo.

- ¡Te lo perdiste! -exclamó exagerando sus gesticulaciones.

- ¿Qué me perdí? -la expresión del galo se mantuvo inmutable a pesar de la divertida conducta del escorpión dorado.

- Es que… ellas… -Milo apretó los ojos y se mordió el labio. Por fin, exhaló.- Olvídalo. No sería igual si te dijera. -suspiró al mismo tiempo que negaba con un gesto de la cabeza.

El santo de Acuario subió los hombros y devolvió su atención hacia el antiguo maestro. El chino se encontraba de pie en medio de ellos. Una delgada capa de sudor bañaba su cuerpo y se mezclaban con pequeñas gotas de sangre en sus brazos.

- ¿Está bien, maestro? -preguntó tímidamente Mu.

- Sí. Esta sangre no es mía. -acotó quitándose la pechera. Cuando se hubo liberado de ella, observó el raspón en bronce causado por la amazona.

- Esa estuvo cerca. -intervino el toro dorado.

- No tanto como ella hubiese querido. -bromeó Afrodita.

Dohko correspondió las palabras con una mueca que pretendía pasar por una sonrisa. Si bien se trataba de su supervivencia, no podía sacarse de la cabeza el hecho de que acababa de asesinar a sangre fría a alguien que, como él, no tenía razones para luchar esa guerra sin sentido. Sin embargo, no le quedaba nada más que resignarse; y así lo haría.

Una pequeña nube de polvo se levantó en el momento que el pesado peto cayó al piso mientras el santo de Libra suspiraba con una mezcla de alivio y expectación. Para su mala suerte, el breve descanso no duró demasiado.

En medio de la arena, tal como había sucedido previo a los otros combates, Hipólita esperaba de pie junto a la siguiente guerrera. Otra mujer caminó en dirección a ellos. Se detuvo y miró a uno de ellos en particular. Era el siguiente.

- Sígueme. -dijo con sequedad.

El elegido asintió. Después de intercambiar miradas y gestos de buena voluntad con sus compañeros, Afrodita hizo como se le ordenó.

- Que Niké sea contigo. -escuchó a Dohko decirle y, así, no miró a atrás.

Por fuera era imposible adivinar el nerviosismo que se había apoderado del guerrero de las rosas. Usualmente un tipo seguro, el santo de Piscis tenía sus dudas acerca del resultado de esa odisea. Las espadas no eran su elemento y jamás destacó en el combate cuerpo a cuerpo, por lo que su confianza estaba ligeramente abatida. Con todo, no se inmutó ni permitió que sus nervios le traicionaran. Cuando estuvo frente a la soberana y a su contrincante, les sostuvo la mirada con orgullo.

El ungimiento de los combatientes se llevó a cabo una vez más aunque el nauseabundo olor de la sangre que había comenzado a oxidarse a causa del tiempo y el calor, no pasó desapercibido para Afrodita. El ritual terminó con rapidez y, pronto, los dos combatientes se encontraron solo en la amplitud de la arena. La espada de Circe se extendió ante él invitándole a golpear las hojas de metal a modo de saludo.

Con el tintineo de las dagas, se inició el combate.

Por unos minutos se rondaron el uno al otro como si de dos fieras salvajes se tratase. Midieron cuidadosamente cada movimiento de su oponente mientras entretejían en sus mentes la estrategia que podría conducirles a la victoria. Cansada de esperar, Circe batió su espada en el aire un par de veces y después se abalanzó contra el santo de Piscis. Afrodita plegó el cuerpo hacia un lado librándose del golpe directo al mismo tiempo que se ponía en posición de ataque pero, para sorpresa suya, con un rápido movimiento, la amazona cambió de mano su arma deteniendo el contraataque.

Le costó reacomodar el equilibrio, sin embargo lo consiguió a tiempo. Sus pies pisaron con firmeza la tierra batida cuando recibió con plenitud el golpe del peliazul. Las espadas chocaron con fuerza y rechinaron al resbalar una sobre la otra conforme los guerreros ejercían presiones encontradas. Aprovechando que el peso del santo la superaba, Circe se libró del encuentro y giró hacia un costado situándose sus espaldas. Lanzó un golpe que, gracias a un movimiento de última hora, solo abrió una herida en el tríceps de él. El escozor de la carne abierta no tardó en sentirse, sin embargo, el de Piscis consiguió escabullirse y tomar una posición mas segura un par de metros más allá de ella.

- Has tenido suerte. -escuchó a la mujer hablándole.- Si hubieses tardado un poco más en moverte, tu espalda estaría hecha un desastre en este momento.

- Entonces, mala suerte la tuya.

Sin perder un solo minuto más, volvió al ataque. Esta vez, Afrodita tomó la ventaja. Los golpes de su espada iban y venían. Circe, por su parte intentaba mantenerse intacta. Como podía, frenaba embate tras embate; algunos con su espada, otros mediante su habilidad. Lo que a simple vista parecía una estrategia defensiva, para la guerrera de élite era algo más. Su mirada afilada analizaba cada acción de su contraparte. El más mínimo detalle no escapaba de su vista entrenada. De pronto, encontró algo en que enfocarse.

Durante el ataque, el santo descuidaba su defensa. Una brecha lo suficiente grande para alguien con un buen manejo de la espada se abría ante sus ojos. Sin duda, no podía desperdiciar esa oportunidad. Esperó con paciencia el momento de contraatacar. Por fin, cuando vio abierta la posibilidad de hacerlo, no dudó y lanzó la estocada.

Gotas de sangre resbalaron por el filo de la hoja y cayeron al suelo de arena tiñéndola de un tono más oscuro. La mano de Afrodita sujetaba con todas sus fuerzas la espada que apuntaba directamente a su pecho. A último momento sus reflejos habían conseguido salvarle la vida, aunque el daño a su mano izquierda era considerable. Al saberse aventajada, Circe incrementó la presión ensanchando la herida del santo y robándole un quejido de dolor.

- Eres un tonto… -siseó.- Estás destrozándote la mano que necesitarás para sostener tu espada.

- De cualquier manera no podría sujetarla si estoy muerto. -rió.

El desconcierto de aquel gesto pilló por sorpresa a la amazona. La expresión en su semblante la dejó en evidencia delante del santo de Piscis quien, sin dejar pasar la oportunidad, la atacó. Con la mano ensangrentada firmemente sujeta al arma enemiga, pateó la rodilla de la guerrera. La fuerza del golpe, así como la dirección del mismo, hicieron que la articulación se doblara de manera poco natural al mismo tiempo que el seco sonido del hueso quebrándose erizó la piel de más de una persona.

Con un grito de dolor, Circe colapsó. Intentó incorporarse, sin embargo la rodilla rota se lo impidió. Enojada, sabiendo que el final estaba cerca, se mordió los labios con tanta rabia que sangraron. Su mirada, altiva y cargada de rencor, se dirigió al santo. La respiración de la amazona se había vuelto pesada mientras el dolor robaba poco a poco su cordura.

Afrodita se acercó a ella lentamente. Su mirada celeste estaba empañada de una emoción que Circe fue incapaz de reconocer pero que le supo tan amarga como la derrota que estaba enfrentando. Entonces, cayó en cuenta de que no era nada más que compasión, y ello la asqueó. En sus adentros, suplicó porque su muerte fuera rápida. No quería sufrir el mismo destino que Heleia, aunque sabía que todo honor había desaparecido para ella. Siempre había vivido rodeada de gloria pero, irónicamente, moriría hundida en la deshonra. Suspiró al observar como la mano derecha del santo apretaba con fuerza la empuñadura de la espada preparando la estocada final. El brazo de Afrodita tomó impulso y, con un golpe limpio, se hundió en el pecho de la amazona. El dolor fue breve. Pronto, la muerte la envolvió en su manto de oscuridad.

Un denso silencio se apropió de la audiencia. Una de sus heroínas había caído.

Presenciando la escena junto con su reina, un nudo se formó en el estómago de Nicia mientras unas náuseas inusuales se apoderaron de ella. No pudo gritar, ni hablar; solo observó con terror el triste final de la que fuese su amante. A su lado, Hipólita sujetó su mano entre las suyas en un gesto de apoyo. Ciertamente aquel no era el resultado que esperaba y lamentaba su decisión de haber enviado a Circe como primera combatiente de la Hermandad.

Tragarse el llanto fue todo un reto para la orgullosa amazona de cabellos oscuros. Sentía que, al pronunciar palabra alguna, la voz se le rompería y las lágrimas correrían irremediablemente por sus mejillas. A pesar de ello, se armó de valor. Con brusquedad arrebató su mano a Hipólita y se dispuso a ir en busca del cuerpo de Circe. Antes de hacerlo, sus ojos se encontraron con los de la castaña. Un centello de odio brilló en ellos.

- Esta muerte pesará sobre tu cabeza, Hipólita. -espetó.

Y sin darle derecho de réplica, brincó el borde del balcón para dirigirse hacia donde yacía Circe. Corrió hacia ella y no se detuvo hasta estrecharla en sus brazos. Suavemente, recorrió el largo cabello con su mano perdiendo los dedos entre las delgadas hebras cobrizas. Hubiese querido llorar, maldecir a gritos el infortunio de ese día, pero lo único que la sostenía era un orgullo que poco valía para ella en esos momentos. Entonces, dirigió su rabia al causante de su dolor.

Afrodita ya había abandonado el lugar de la batalla. Por alguna razón, no se sentía capaz de soportar ese tipo de escenas. Intentó mover los dedos de la mano herida, sin embargo el punzante dolor le impidió hacer mucho. En parte se sentía aliviado por haber salido vivo, pero el mal estado en que su mano se encontraba era doloroso recordatorio de que la próxima vez tendría más problemas de los que desearía. De pronto, el grito de advertencia de sus compañeros le puso sobre alerta.

Guardando las apariencias, giró para encontrar el rostro empañado de dolor de Nicia. La miró con indiferencia, ocultando todas las dudas que cruzaban por su mente y deseando tener la fuerza para no pronunciar ninguna palabra que empeorara todo.

- La próxima vez que nos veamos frente a frente en esta arena, será tu vida por la suya. -Nicia dijo apuntándole con su espada.

El santo de Piscis no respondió a su reto. Cualquiera que fue su contestación no sería tomada del mejor modo por la acongojada amazona. Se detuvo a esperar que fuese ella la primera en retroceder. Lo único que pudo hacer fue mirarla en silencio mientras el dolor desencajaba más y más las facciones femeninas.

Hipólita en persona bajó en busca de su segunda. Posó delicadamente su mano sobre el hombro de la morena y susurró al oído algo que nadie escuchó. Ante aquel gesto, la tensión en el cuerpo de Nicia se liberó. Frotó sus ojos borrando con tosquedad las lágrimas y, por última vez, miró el cadáver de su amante mientras era sacado del campo de batalla.

- Disfruta lo poco que te queda de vida. Porque pronto estarás en compañía de Hades.

El soplo del viento se escuchó con abrumadora claridad en el Coliseo. Temiscira en plenitud lloraba la caída de una de sus hijas. Por respeto, Hipólita permitió que se retirasen antes de continuar con los enfrentamientos. Solo entonces, indicó que las batallas debían reiniciarse.

-4-

El carruaje de Apolo comenzaba a perderse en el horizonte cuando Ganimedes alzó la vista para fijarla en los matices naranjas que se difuminaban en el incipiente gris de la noche. La brisa nocturna se empezaba a sentir haciendo que la vela se tensara con fuerza mientras el oleaje del mar se embravecía lentamente. Pero el viejo marino no se amedrentaba ante el poderío del señor de los océanos; no cuando le conocía con tal perfección. Cómo cada noche, había llegado el momento de guarecer la nave en espera de que el Sol brillara nuevamente en el firmamento. Y así lo haría.

Su afilada mirada, cansada por el paso de los años, recorrió la decena de pequeños islotes que le rodeaba buscando entre ellos un lugar adecuado para pernoctar. Pronto, lo encontró.

- ¡Recojan la vela! ¡Giren a babor! -gritó.

Entonces, el barco se recargó a la izquierda y cambió de rumbo hacia una isla en la que se veía una entrada de agua de protegida por dos anchos brazos de tierra.

Habiendo terminado su función de resguardar la enorme vela roja, Bias se encaramó en la proa desde donde oteó el lugar en el que pasaría la noche. Sus vibrantes ojos inspeccionaron a detalle el islote en busca de algo que jamás encontró. Con decepción, frunció el ceño, resopló y se aproximó a su capitán arrastrando los pies.

- ¿Qué sucede? ¿No te gustó nuestro refugio temporal? -sonrió el viejo al notar el desencanto de su marino.

- No hay nadie ahí. -se quejó.- Ni una jodida casa.

- Mejor aún. Todo el lugar es para nosotros.

- Sí. Y comeremos caldo de pescado seco otra vez, beberemos el mismo vino con sabor a madera y no habrá putas con quienes divertirnos un rato. -torció la boca.- El Paso del Buitre está cerca, ¿por qué no esperamos llegar ahí para encallar la Kyrenia?

- Porque el Paso del Buitre se llama así por una razón.-habló sin quitar la mirada de su destino.- Sus playas están repletas de salidas rocosas tan traicioneras como peligrosas. Si la noche nos atrapa antes de llegar, corremos el riesgo de quedar atrapados entre las salientes y el mar terminará el trabajo azotándonos contra los riscos.

- Al menos habría buen sexo en la playa si saliésemos vivos. -masculló por lo bajo antes de regresar a su puesto.

Ganimedes lo miró alejarse sin poder borrar una sonrisa cómplice de sus labios. Recordaba lo que era ser un joven marino, esa ansias insaciables de romper barreras y de comerse al mundo en un par de mordiscos; los placeres simples de hombres cuya vida estaba en juego cada día. El grito del jefe de remeros le alertó que la Kyrenia estaba a punto de tocar tierra y, pronto, sintió el golpe de la arena contra el casco del navío. Cuando hubo quedado fijo en la playa, los amarres cayeron por la borda para que la tripulación descendiera.

Unos cuantos metros más allá de la Kyrenia, en un claro de playa protegido por densa vegetación, tres grandes fogatas se prendieron y los marinos se sentaron a su alrededor para protegerse del frío aire marino que soplaba desde el norte. Los cocineros se apresuraron a poner las dos grandes cacerolas sobre el fuego y el olor a pescado minó la playa. Tal y como Bias había dicho, la cena consistió, una vez más, en una taza de sopa de pescado y un trozo de pan negro y duro. Un grueso barril de vino se bajó del barco para acompañar la insípida merienda.

En silencio, los tres santos se acomodaron alrededor de una de las hogueras. Sus respectivos platos de comida permanecían a un lado, sin que los tocaran. La incomodidad entre ellos era palpable puesto que apenas se atrevían a levantar la mirada y, en la medida de lo posible evitaban cualquier contacto visual.

- Tengan. -sin que lo esperaran, el hombre de la cicatriz les ofreció tres copas de madera llenas del líquido rojo.- Eso levantará un poco los ánimos.

- Gracias. -agradeció el arquero.

- Vino sin diluir. -Kanon sonrió tras beber de su cáliz.- Al fin algo decente para beber.

- ¿A esto llamas decente? Si algún día nos encontramos cerca de mi hogar te invitaré a un trago de buen vino, no una mierda como esta.

- Estoy harto del vino terciado con agua. Así que no importa que tan malo sea el vino, mientras haga efecto, bienvenido sea. -bebió hasta el último trago y extendió la copa pidiendo más.

- ¿Vas a comerte eso? -Bias apuntó hacia el plato de comida que Kanon no había tocado. El gemelo menor negó.

- Todo tuyo.

Sin necesidad que se lo repitiera, el marinero se abalanzó sobre el plato para comer gustoso el caldo aguado. Remojó el trozo de pan en la sopa y lo devoró en cuestión de minutos ante la mirada atónita de sus tres acompañantes.

- Si quieres, puedes comerte el mío. -Aioros le tendió el plato que le correspondía. Su mirada cerúlea no ocultaba la impresión de ver al hombre comer como desquiciado.

- ¡¿De verdad? ¡Que amable, Aphetoros! -el arquero sonrió con una mueca.

- También puedes comerte la de Saga. -arrebató el plato al gemelo mayor y lo cedió al gigantón marino.

- ¡Excelente!

Saga pestañeó al ver el plato desaparecer de sus manos mientras su rostro adoptaba una graciosa expresión de sorpresa.

- Esa era mi cena. -gruñó.

"Me lo agradecerás después. Créeme, no querías comer eso," respondió vía cosmos.

Saga le miró de reojo y, después, llevó su mirada hacia el trozo de pan que aún sostenía. Resignado a que esa sería la única comida que su estómago probaría esa noche, dio un mordisco a la envejecida hogaza. El sabor rancio del pan se impregnó en su boca y le obligó a beber un trago del vino que le habían entregado.

- ¡Hey! ¡Cara de Asno! -gritó de pronto Bias.- ¡Ven a sentarte aquí con nosotros! -llamó a su amigo.

El pelirrojo no objetó a la petición y terminó sentado al lado del ellos. Asentó el cuenco de madera a un costado suyo para después terminar de vendar sus manos ampolladas. Sin descuidar su comida, Bias le observó mientras lo hacía.

- Seis meses en el mar y todavía te sangran las manos. ¿Qué solías ser? ¿Una princesa? -bromeó.- Que delicado eres.

- Cállate, idiota. -bufó el pelirrojo.- La jodida madera de los remos me hace daño.

- Y te lastimará hasta que el callo aparezca. Hazte la idea. -bebió el resto del caldo y soltó un grotesco eructo que hizo a todos fruncir el ceño con disgusto.

- Provecho. Tú si que eres el tipo más fino que conozco. -masculló el menor de los gemelos.- Todo un placer compartir la cena contigo.

Lejos de incomodarse, Bias soltó una desparpajada risa. Atraído por el eco de las carcajadas, Ganimedes se levantó y fue a reunirse con el quinteto. Alzó una ceja al comprobar el montón de platos vacío que estaba junto al gigante de la cicatriz.

- Dime que no robaste sus cenas. -dijo.

- Por supuesto que no. Ellos no iban a comerlas y suponía un desperdicio dejar tan deliciosa comida a las bestias que habitan esta isla.

- No sabía que vivías aquí. - le respondió Cara de Asno. Una sonrisa presuntuosa se dibujó en sus labios al notar la expresión enfadada de Bias.

- ¿Deliciosa comida? -le interrumpió el capitán antes de que tuviera tiempo de quejarse.- ¿No eras tú quien se quejaba del caldo de pescado, el vino viejo y la falta de rameras? -el aludido bufó.

- ¿Algún día dejarás de quejarte, Bias?

- Cuando así me dé la gana, Cara de Asno. Y deja de fingir, no soy el único que extraña un poco de acción en la playa.

- Eso no lo pongo en duda. Nada mejor que una mujer para quitarse el frío del demonio que hace por las noches.

- De acuerdo en eso, muchacho. -Ganimedes alzó su copa y todos compartieron una risa cómplice.

Repentinamente, sus carcajadas se apagaron y el trío de miradas se fijo en el inusual silencio que reinaba entre los santos de Athena. En un intento de evitar cualquier pregunta, los tres jóvenes alejaron sus miradas de la discusión.

- ¿Qué hay con ustedes? -les preguntó el viejo lobo de mar.- Han estado demasiado callados últimamente.

- No es nada. -contestó el arquero en medio de un susurro.

- Hijo, esa es la peor mentira que he oído en mucho tiempo.

- Eso es porque no has pasado demasiado tiempo con Aioros. Esa es una de las mejores mentiras que le he visto. -terció Kanon.- Dame más vino, Bias.

- Alguien está sediento.

- ¿Qué más da un trago o dos?

- ¡Me gusta ese espíritu! -Bias celebró la respuesta dándole un fuerte golpe en la espalda al mismo tiempo que rellenaba la copa del gemelo hasta hacerla rebosar.

- Deberías tener cuidado con lo que bebes. -Aioros miró a Kanon y sorbió un poco de su propia bebida.- El vino es traicionero.

- Cierra la boca, arquero. Si me apetece beber hasta quedar inconsciente, lo haré. Lo último que necesito son tus sermones.

- ¡Eh! Tranquilo, Cástor. -le detuvo el pelirrojo.- Sólo era un comentario de tu amigo. Estás exagerando en ello.

- Él no tiene nada que decirme. Ninguno de este par de idiotas tiene derecho de criticar lo que haga o deje de hacer. -indispuesto a quedarse un segundo más, el peliazul se puso de pie ante las miradas incrédulas de sus acompañantes.

- Esto esta mal. -dijo un decepcionado Bias al mismo tiempo que giraba los ojos con fastidio. Ágilmente se puso de pie y fue tras el gemelo, consiguiendo detenerlo del brazo.- Anda, Cástor. No empeores las cosas.

- No soy yo quien las complica. -siseó. Sus verdes orbes observaron fijamente a Saga.- Déjame, Bias. -con un jalón se liberó.

El marino, cansado, suspiró. Torció la boca con frustración a sabiendas de que no habría forma de hacer que Kanon cambiase de opinión. Sus planes de pasar la noche entretenido entre historias de monstruos mitológicos y viajes a los dominios de Hades acababan de esfumarse junto con el bueno humor del gemelo.

- Debimos llegar al Paso del Buitre. -masculló sentándose otra vez frente al fuego.- Un par de mujeres bien podrían haberle arreglado la noche.

- ¿Podrías dejar de pensar en eso? -Cara de Asno le arrojó un trozo de pan que se consumió rápidamente en las llamas de la fogata.- De verdad está enfadado.

Callado e inmóvil, Ganimedes fijó la vista en el santo de Géminis. Saga se mantenía alienado del grupo, ausente en sus propios pensamientos. Sostenía la copa entre sus manos con tanta ligereza que parecía que la soltaría en cualquier momento y el licor de uvas se vertería sobre la arena. Tenía la melena atada en una coleta que prevenía que la arena enredara las largas hebras de cabello azul. Los mechones de cabello que caían despreocupadamente sobre su rostro se veían más largos que de costumbre y ocultaban su taciturna mirada detrás de ellos. Sus labios, inexpresivos, estaban cerrados con naturalidad pero, si uno observaba con suficiente cuidado, podía verlos apretarse de manera casi imperceptible. Viéndolo así, el viejo capitán no pudo sino compararlo con las antiguas esculturas que adornaban los grandes patios reales del palacio de Troya.

De pronto, un movimiento del gemelo lo devolvió a la realidad. Saga empinó su copa. Una delgada gota de vino escapó por el borde de su boca y le resbaló por el mentón antes de que la limpiara con el antebrazo. Por un instante, al sentir los ojos de Ganimedes sobre él, el santo volteó en su dirección de manera que sus miradas coincidieran. El mayor le sonrió, sin embargo Saga no pudo corresponderle.

- Como sea… -Bias soltó un bostezo que contagió al resto. Se dejó caer sobre la arena y cruzó los brazos detrás de su nuca.- Si no hay diversión esta noche, al menos espero soñar con que alguna sensual morena se monta encima de mi.

- ¡Por los dioses! ¡Guárdate esos pensamientos! -exclamó el pelirrojo lanzándole un poco arena al rostro. El gigantón rió divertido. Aioros y Ganimedes le imitaron.

Más rápido de lo que hubiesen esperado, los ronquidos de Bias se dejaron oír. Los demás no tardaron en hacer lo propio y, tendidos sobre la arena, se entregaron al mundo de los sueños. El ocasional chispeo del fuego que consumía las maderas era el único sonido que se percibía en medio de la tranquilidad de la noche. Incluso el cantar de los grillos y el zumbido de los insectos eran fácilmente reconocibles en la densa calma.

Por enésima ocasión, Saga abrió los ojos y cambió de posición. Llevaba incontables minutos intentando conciliar el sueño, pero todo sus esfuerzos habían sido en vano. Al final, resignado a pasarse la noche en vela, se sentó. Miró a su alrededor para ver como todos dormían; él era el único despierto. Sediento, se puso de pie para caminar hasta el barril de vino que se encontraba justo en medio del improvisado campamento. Para su mala fortuna, estaba vacío.

Entonces, llegó a su mente la idea de regresar al navío. Levantó la mirada y observó con detenimiento a la Kyrenia, bañada por los rayos de plata que la Luna emitía. Avanzó por la playa, teniendo cuidado de no despertar a nadie. Cuando pasó cerca de su hermano, no pudo evitar detenerse unos instantes para mirarle. Tenía que admitir que le dolía el enfadado de Kanon, que el desdén en su conducta le hería como pocas cosas podían hacerlo; sin embargo tampoco se sentía capaz de abandonar todo y dar por terminada la historia con Afrodita.

Sacudió la cabeza intentado sacarse los pesimistas pensamientos y retomó el paso hacia el barco encallado. Antes de trepar a cubierta apoyándose en los amarres, se aseguró de que nadie le viera. Convertirse en un vil ladrón de vino no era algo que le entusiasmara.

Después de varias noches de subir y bajar por los amarres, el santo se había acostumbrado a ello. A diferencia de cualquier galera normal, la Kyrenia destacaba, no solo por su monstruoso tamaño, sino por aquel grueso espolón de bronce que ostentaba orgullosa en la proa y que bien podría partir un barco enemigo en dos, sin dificultad alguna.

Al igual que hizo previo al abordo, el peliazul se aseguró de verificar que nadie le viese llegar a la cubierta. Entonces, se escabulló a una de las bodegas centrales, en donde había visto los viejos barriles de madera estibados y asegurados a la superficie. Algunos contenían agua, otros más aceite, y al final, encontró los que necesitaba. Al retirar el pequeño tapón sellado con cera, el particular olor del vino llegó refrescante a sus sentidos. Estaba a punto de robar un poco cuando una misteriosa silueta sentada en la barra de la proa captó su atención.

- Me preguntaba cuando vendrías. -habló con una voz suave que el viento arrastró.

- De haber sabido que te encontraría aquí, lo hubiese hecho antes. -sonrió. Una sonrisa triste que no engañó a la diosa frente a él.

Afrodita entrecerró los ojos con un toque de sospecha. Con paso firme se acercó a Saga.

La brisa despeinó la larga cabellera castaña de la deidad del amor mientras la delgada tela rosa de su túnica danzaba al mismo ritmo. Se detuvo cuando ambos quedaron frente a frente, separados únicamente por unos pocos centímetros. Desde ahí, no le quedaron dudas del pesar que el joven sentía.

- ¿Se ha complicado la travesía? -dijo acariciándole la mejilla.

- Kanon sospecha… -hizo una pausa.- … sabe de nosotros. Y no está precisamente encantado con la idea.

- ¿Qué puede saber él de lo que tú y yo somos? -Afrodita agachó la mirada.

- Es mi hermano. Quiera o no, su opinión siempre será importante para mi.

- ¿Más importante que tus propios deseos? -Saga la miró pensando en la respuesta.

- A veces, si.

Afrodita calló. Confundida por las palabras, cesó la caricia al rostro del santo de Géminis y retrocedió. Sentía que con aquella frase, Saga esta terminando algo que nunca realmente comenzó y que, de alguna forma, ella quedaba excluía de su vida. Quiso hablar, sin embargo las palabras no surgieron de su garganta.

- Pero… tampoco quiero perderte. No quiero renunciar a ti. -al escuchar las palabras del gemelo, quedó completamente desarmada.

La tomó de las caderas aproximándola posesivamente hacia él. De inmediato, sus fuertes brazos se cerraron alrededor de su cintura, en clara demostración de que no la dejaría ir hasta tenerla y, antes de que se diera cuenta, se encontró besándola con pasión desbordada. Sintió el cuerpo de la diosa tensándose entre sus manos al mismo tiempo que los labios femeninos correspondían fogosamente a las caricias de los suyos. Ansiosos, sus dedos se deslizaron bajo los ropajes divinos y no se detuvieron hasta saborear la cálida tez de la diosa.

Se tumbaron sobre el piso. Él encima de ella dejando que sus cuerpos se enredaran y que sus bocas recorrieran libremente al otro. Afrodita, deseando retenerle, pasó los brazos por encima de su cuello, atrayéndolo contra si para perderse en la dulce esencia de sus labios. Así, consumidos por la pasión, se unieron una vez más. Los muslos de la castaña se abrieron y sus piernas envolvieron las caderas de su amante dándole cabida en ella. Él la penetró suavemente robándole un gemido de placer. Sonrió y sin hacer un solo movimiento, se inclinó sobre la diosa.

- En silencio. -le susurró al oído.

Al principio las entradas y salidas fueron lentas. Sus cuerpos se movieron armoniosamente, apretándose, rozándose, haciendo el contacto más profundo cada vez. El compás de aquel erótico baile incrementaba conforme la lujuria les poseía. El mundo se borró a su alrededor. Las barreras y conflictos desaparecieron, dejándoles con la intensidad del momento en que se convertían en uno. Para Saga no existía nada más que Afrodita, de la misma manera en que para ella, solo estaba él. Una vez más, como todas las veces anteriores, la culpa desapareció mientras la embriagadora esencia del deseo consumía sus espíritus y los arrastraba al vórtice del placer.

La diosa del amor luchó por ahogar el jadeo con el que el clímax anunció su llegada. El delicado cuerpo de la castaña se curvó mientras sus dedos se aferraron con desesperación a la espalda del santo quien acalló sus gemidos fusionando su boca con la de ella.

Mientras la calma regresaba a sus convulsionados cuerpos, permanecieron abrazos sintiéndose protegidos por los brazos del otro. Fue hasta que Saga se incorporó, apoyándose en su antebrazo, que se separaron por un momento. Él la miró con detenimiento, inspeccionando ese rostro que había visto tantas veces y que encontraba fascinante. Apartó los mechones que caían sobre su frente y la diosa le sonrió con intriga impregnada en los ojos. La beso una vez más, para después volver a acomodarse en el suelo, atrayéndola contra sí.

Arriba de ellos, la noche estaba en su apogeo. El cielo estaba despejado y las estrellas tintineaban con sus colores de plata.

-5-

Había oscurecido en Temiscira y los recónditos pasadizos de la casa de sanación se encontraban vacíos. El lugar era viejo y húmedo. Las paredes de piedra habían sido roídas por el tiempo; los pisos, alguna vez revestidos de madera, estaban gastados y las viejas estatuas habían perdido la forma de los dioses que representaban. En las ventanas podían verse pequeños recipientes colgados. Las viejas curanderas solían atiborrarlos de hierbas olorosas que mitigaban con sus dulces esencias el fuerte olor de los remedios curativos y la nauseabunda fetidez de las heridas sufridas por las mujeres tratadas.

El fuego de las antorchas situadas a los costados de los pasillos luchaba por difuminar las tinieblas que se ceñían sobre el antiguo edificio, sin embargo su fulgor era tan débil que lo único que conseguía era enturbiar el ambiente con un lúgubre color naranja. Una inquietante paz rondaba por los pasillos, interrumpida únicamente por los repentinos gemidos de alguna mujer atormentada por sus males. Incluso el pequeño jardín interior, estaba hundido en negrura de la noche. Artemisa no había salido a adornar la bóveda celeste.

Por los estrechos corredores, perdida entre las sombras, una silueta se escabullía hasta las entrañas del templo de Asclepio. En su camino, se encontró con un par de viejas sanadoras quienes, a manera de saludo, inclinaron levemente la cabeza hacia ella. La misteriosa silueta encorvada correspondió. Su rostro permanecía como una incógnita, pero las vestimentas que la ataviaban y su postura, envejecida por los años, no hacía dudar de su papel como curandera de Temiscira.

Por fin, su caminata cesó. Delante de ella, una puerta de madera protegía una habitación especialmente aislada de la demás. Resguardando la entrada, un par de jóvenes guerreras se mantenían erguidas y pendientes de sus responsabilidades. La anciana trató de abrirse paso, pero las lancetas de las más jóvenes se lo impidieron.

- Está prohibido pasar más allá de esta puerta. -le dijo con frialdad una de ellas.

- Tarsila me ha pedido que le revise. Ha estado postrado en esa cama un par de días y las fiebres no cesan. Necesita vigilancia. -respondió la anciana.

- Nadie nos avisó que vendrías. -la mirada de la guerrera se cubrió de sospecha.- Hay órdenes claras de que nadie puede verle.

- Cómo gustes… -giró para regresar sobre sus pasos.- Si algo le sucede, serás tú quien ofrezca explicaciones a la señora Hipólita.

- Alto. Regresa y atiende tus asuntos con él. -aceptó. Le fastidiaba los aires de importancia que aquellas viejas decrépitas solían darse. Nadie era indispensable en la tierra de las amazonas, sin embargo esas mujeres carcomidas por los años, creían serlo.

Aún dándoles la espalda, la mujer sonrió. Apretó contra si la gastada bolsa de tela que llevaba en las manos y entró sin intercambiar una sola palabra más con las vigías.

El aire dentro de la habitación era denso. A excepción de una pequeña apertura en la parte superior de uno de los muros, no había alguna ventana que ventilara adecuadamente el cuarto. Los muebles que había eran sencillos. El enfermo descansaba sobre una cama apenas adecuada para él. A su lado, en una vieja mesa de madera, reposaba una vasija de barro con un poco de agua fresca y limpia. Todo permanecía en penumbras siendo una vela gastada la única fuente de luz en el adusto lugar.

La mujer recorrió el cuarto con la vista. Se acercó al lecho de Shura y, al no encontrar una silla o lugar donde acomodarse, tomó asiento en el borde. Entonces, una vez más, dirigió su mirada hacia la entrada, asegurándose de haber cerrado la puerta detrás de ella. Cuando estuvo más tranquila, retiró la capucha que cubría su cabeza.

La luz amarillenta de la vela se reflejó en su piel arrugada y mirada cansada. Sin embargo, cual magia, la textura avejentada de su tez fue desapareciendo gradualmente revelando la verdadera identidad de la vieja. Sus cabellos pintados de gris se oscurecieron y la larga cabellera de ébano de la diosa de la sapiencia quedó al descubierto. El brillo de la eterna juventud regresó a sus ojos al mismo tiempo que la tonicidad del cuerpo divino sustituía los pellejos flácidos.

Mientras la transformación se llevaba a cabo, Athena permanecía atrapada por la visión de su santo de Capricornio postrado en la cama. Una delgada capa de sudor cubría su cuerpo semidesnudo, la camisa le había sido retirada con la intención de mantener su temperatura lo más baja posible que las fiebres permitieran. Los mechones de cabello verde cubrían parcialmente sus ojos aún cerrados y su pálido rostro mostraba las consecuencias de la prolongada enfermedad.

Buscando aliviarle un poco, la diosa tomó un viejo trapo que yacía junto a la vasija, lo mojó y, tras retirar el exceso de agua, limpió el rostro del santo. Deslizó la tela suavemente sobre su piel. Lo hizo con cuidado, apartando lentamente los cabellos de su cara. Cuando sus dedos rozaron con la tez del santo, no pudo resistirse más y acarició su mejilla con ternura. Los pocos segundos que pasó observándole después de ese primer toque le parecieron incontables.

Se fijó en el armonioso vaivén de su respiración. A pesar de que las fiebres habían agotado su cuerpo y su sueño era frágil, una incomprensible calma se posesionaba del semblante de Capricornio. La diosa, incapaz de alejarse, permaneció a su lado. Su mano se escabulló en busca de la de Shura, atrapándola con un ligero temblor. Sin dudarlo, la llevó hasta sus labios para depositar un beso sobre ella. Después la apretó con vehemencia contra su pecho.

De pronto, la claridad regresó a su mente y con presteza rebuscó en la bolsa de tela que cargaba. Sacó de ella una pequeña ámpula de cristal sellada con un tapón de cera.

Tan pronto se hubo enterado de la situación gracias a los labios de Aretha, la joven diosa se había apresurado a visitar al físico de Atenas. El anciano le había entregado la poderosa droga bajo la advertencia de que las fiebres causadas por la Sangre de Asir podían ser mortales y cualquier remedio, debía ser utilizado con rapidez. A sabiendas de ello Athena no pudo resistirse a ir en auxilio de su santo.

Dejando atrás, los recuerdos, se acercó al joven. Retiró el tapón de la pequeña botella y le ayudo a incorporarse un poco para que bebiera sin complicaciones. La cercanía del tibio cuerpo de Shura con el suyo la hizo vibrar. Su piel se enrizó cuando rozó el torso desnudo del joven. Una vez más, perdió la vista en él, dando rienda suelta a sus emociones.

- Bebe. -susurró.

Posó la boca del ámpula sobre los labios del santo y, lentamente, dejó correr el líquido para que lo bebiera. Sonrió con ternura al verlo fruncir el ceño cuando la droga entró en su boca; señal visible del mal sabor del tónico. Se aseguró de que bebiera todo el contenido y limpió con suavidad una gota del líquido transparente que resbaló por la comisura de sus labios. Habiendo terminado su misión en ese lugar, encontró que irse era imposible. Ni siquiera se atrevió a soltarlo sino que, teniéndole en sus brazos, no resistió la tentación de acariciarlo. Deslizó sus dedos primero por la piel de su pecho, subiendo por el cuello hasta el rostro de masculinas facciones y, por último los enredó en las mechas de cabello verde.

Una y otra vez, lo tocó sintiéndose incapaz de detenerse. Una parte de ella disfrutaba la dicha de tenerle de esa forma, mientras otra, más obstinada y arraigada a su estirpe de diosa virgen, se retorcía de culpa por hacerlo. Al final, a modo de despedida se inclinó para besar su frente.

Fue entonces cuando sus planes se esfumaron. De manera repentina, los ojos de Shura se abrieron tímidamente. Su mirada adormilada se centró en ella, y Athena vibró. Más allá de haber sido atrapada, estaba la expectativa de que la Sangre de Asir hubiera funcionado o no.

El español parpadeó. Cada vez que sus ojos se cerraron, parecía que el cansancio le vencería y no volvería a abrirlos, pero siempre lo consiguió. La diosa, entonces, observó cómo una sonrisa triste y melancólica se dibujó en sus labios al verla. Aún débil, su mano temblorosa se la ingenió para alcanzar el rostro de su amada diosa y la acarició con tierna añoranza.

- ¿Esto es un sueño? -la confusión que encontró en su semblante la enterneció.

- ¿Tú crees que lo es? -respondió evadiendo cualquier afirmación mientras sus dedos acariciaron la mejilla sonrosada del santo. Sin que Athena lo supiera, las suyas también ardían con la intensidad del íntimo momento.

- Puede verte y estás conmigo. -respondió con una voz tan suave que erizó la piel de la diosa.- Tiene que serlo.

La deidad cayó en el silencio. Sobrecogida por la intensidad de esos ojos que habían recuperado milagrosamente su brillo, sonrió sin poder evitar las lágrimas.

- Entonces lo es, amor mío. Es un sueño tuyo, mío… de ambos.

- No llores. No por mí. -secó sus lágrimas con los dedos.

Shura luchó por incorporarse hasta que, con la ayuda de la diosa, se sentó. Por un instante la cabeza la dio vueltas y su visión se nubló, sin embargo poco le importó. La tenía a ella y eso era suficiente para el santo de Capricornio. De nuevo, se armó de valor para tocarla. Tomó entre sus dedos las largas hebras de cabello, tan oscuras como la noche, y se deleitó al verla perderse en él con la misma vehemencia con que él la amaba. Así, encantado por ese par de ojos grises se acercó a ella. La mirada de plata se encontró con las orbes esmeraldas de él y supo que no podría evitarlo por más tiempo.

Se inclinó sobre ella buscando sus labios con los suyos. Cuando se encontraron, sus bocas se apretaron en una caricia inocente y delicada. Al principio fue difícil para la diosa, pero pronto, llevada por sus emociones, correspondió el beso de Shura. Sus labios se movieron por inercia siguiendo el lento compás de aquel deseado beso. En su pecho, el corazón desbocado latía con una fuerza abrumadora mientras su cuerpo vibraba absortó en los sentimientos que su santo hacía surgir en ella.

Paulatinamente, se separaron aunque en secreto no deseaban hacerlo. Se contemplaron por un instante que se prologó hasta la eternidad, cada cual encerrado en sus pensamientos; pensamientos que transmitían con la pasión de sus miradas. Había tanto que decirse que las palabras no se darían abasto, sin embargo sus gestos lo gritaban por ellos.

- Te amo. -confesó sin tapujos el español.- Eres mi diosa y me está prohibido, pero no puedo evitar amarte.

Sin saber que hacer, ella se abalanzó sobre él con desesperación. Lo rodeó con sus brazos para después acurrucarse contra su pecho. Él la abrazó mientras acariciaba la melena de ébano; no necesitaba una respuesta. De pronto, ella se apartó y tomó el rostro del joven entre sus manos.

- Pase lo que pase, hasta el fin del tiempo, este corazón siempre será tuyo. -lo besó, deseosa de saborear sus labios una última vez.

En contra de su voluntad, rompió el contacto. No sabría cuando volvería a verle y mucho menos si en alguna ocasión volvería a probar sus labios, pero algo era seguro: lo amaba.

- Debes dormir. -le dijo ayudándole a recostarse.

- No quiero que este sueño termine.

- Tiene que hacerlo. La vida te espera haya afuera. -acarició su cabello.- Vuelve. Vive. Yo estaré a tu lado.

El santo le besó la mano y cerró los ojos para conciliar el sueño. Athena no se movió de su lado hasta estar segura de que estaba dormido. Con un beso en la frente, dijo adiós. Su apariencia envejecida volvió y abandonó así la habitación; tal y como llegado.

-7-

Después de haber vendado un rasguño relativamente insignificante en su brazo derecho, Mu se levantó y caminó hasta donde estaba su compañero de Piscis. Llevaba rato observándole pelear con las vendas para envolver su mano que no dejaba de sangrar. No había pedido ayuda e, incluso, le había visto rechazar a Dohko unos momentos antes. Aún así, el carnero dorado estaba dispuesto a ofrecerse de voluntario.

- Permíteme. -dijo arrancando el rollo de tela de su mano y sentándose a su lado. No le daría tiempo de protestar.- Esto se ve mal.

- Se siente peor de lo que se ve. -habló el peliazul.

- Menos mal que tendremos un día de descanso. Quizás eso ayude.

- No seas ingenuo, Mu. Te lo agradezco, pero no hay mucho que hacer. -bajó la cabeza.

En silencio, el lemuriano prosiguió con el vendaje. La verdad era que Afrodita estaba en lo cierto: se necesitaría más de un día para curar una herida tan profunda como aquella. Ahora, forzado a usar nada más que su mano derecha, el futuro se veía oscuro para Piscis.

- Acaban de prenderlas. -escuchó a Milo hablando y volteó.

Desde la celda que compartían, fuera de los calabozos subterráneos, se veía el rojo reflejo del fuego tiñendo la oscuridad del cielo. A lo lejos, las piras funerarias ardían con vehemencia, devorando con sus llamas abrasadoras el cuerpo de las mujeres que había perdido su vida en batalla. Seis amazonas habían dejado ese mundo ese día y una sola iría con honra al Hades.

- Al menos ninguno de nosotros está ahí. -Aldebarán resopló aliviando.

- No esta noche. -complementó Afrodita.

- Ni ninguna otra. -interrumpió el escorpión.- Nadie va a morirse, ¿comprendido? No en las manos de esas dementes.

Afrodita miró su mano y suspiró. Ya no estaba seguro de sobrevivir a esa aventura.

-8-

Un cosquilleo en la punta de la nariz hizo a Aioros erizarse. Se frotó la cara con el antebrazo y giró hacia un lado sin molestarse en abrir los ojos. Despreocupadamente, volvió a acomodarse para continuar durmiendo. Entonces, el mismo hormigueo de unos minutos antes regresó, esta vez en su oído. Lo restregó, sin embargo, más tardaba en quitarse la sensación en que volviera. Fastidiado, rodó de nuevo para quedar boca arriba y abrió los ojos con fastidio.

Un respingo de sorpresa recorrió su cuerpo cuando, hincada por encima de su cabeza, encontró a Aretha sonriéndole con desenvoltura. En sus manos, la ninfa sostenía una varita de pasto con la que se había divertido atormentando al santo. Al verlo torcer la boca, Aretha soltó una risita disimulada.

- Hola. -susurró. No quería despertar a nadie más.

- Hola. ¿Qué haces aquí a estas horas? -soltó un bostezo.- Las ninfas no duermen o, ¿que?

- No cómo ustedes los humanos. Somos menos perezosas.

- Si, claro. -Aioros la miró de reojo.- Pero no respondiste, ¿qué haces aquí?

El súbito movimiento en Ganimedes, les asustó. Sin embargo, con un estruendoso resoplar, el viejo marinero volvió a caer profundamente dormido. Santo y ninfa compartieron una sonrisa.

- Sígueme. -le pidió en un murmullo.

Ambos se escabulleron entre la vegetación, internándose en la isla y dejando la playa atrás. Caminaron algunos minutos hasta que encontraron un claro desde el cual el cielo sin luna podía verse en todo su esplendor.

- ¿Y bien? ¿Vas a decirme? -el arquero la interrogó por enésima vez.

- Athena me ha encargado vigilarles. Está preocupada por ustedes.

- ¿Viajarás con nosotros?

- No. -la ninfa se dejó caer bajo un árbol.- Estaré pendiente de ustedes, pero no podré pasar todo el tiempo a su lado. También debo ver por los otros.

- ¿Los otros? -Aioros se sentó a su lado. La expectación en sus ojos era difícil de ocultar.

- Están peleando contra las amazonas. Hasta ahora, todos viven…

- ¿Pero?

- Shura está enfermo de gravedad. Las amazonas desean curar sus ojos o matarle en el intento. Cualquiera de las dos opciones es buena para ellas.

El semblante del santo de Sagitario se ensombreció. La idea de perder a Shura cayó sobre él como un golpe en el estómago. Después de Aioria, el español era como otro hermano pequeño al que adoraba con todas sus fuerzas. Apretó los puños y se mordió los labios para no llorar, sin embargo sus intentos fueron en vano. Tal vez, si no le hubiese exigido que se fuera con el resto del grupo, la vida de Shura no estaría a punto de perderse.

- Lo lamento, Aioros. -posó tímidamente su mano sobre la de él al notar la tristeza latente en el rostro del castaño.

- Es sólo que… -guardó silencio y suspiró tratando de calmarse.- Yo le forcé a marcharse. Él quería quedarse conmigo.

- Estoy segura de que tu intención nunca fue que esto sucediera. El destino es cruel y se ha ensañado con Shura, pero no puedes culparte por esto.

- Las cosas entre Saga y él eran difíciles. Tenía que escoger, sin embargo lo de Saga era preocupante. Tampoco podía verlo hundirse otra vez en la soledad.

- Hiciste bien. -tomó su cara, girándola para que la mirase. Le sonrió.- Shura es fuerte. Saldrá de esto y estará esperando que llegues a ayudarles. Concéntrate solo en eso.

- Gracias, Aretha. -respondió tras un largo silencio. Aun así, el amargo sabor de sus decisiones permanecía en él.

- No me agradezcas. Mientras esté en mi poder, haré todo para apoyarles. -el castaño le sonrió.- Alzó una ceja al verla suspirar con un dejo de pesadez.- Sin embargo, hay algo más…

- ¿Algo malo?

Aretha subió los hombros. Ordenó sus ideas, buscando las mejores palabras.

- Sabes que como ninfa del aire puedo enterarme de muchas cosas sin ser vista, ¿cierto?

- Saber eso es un poco incómodo y, sinceramente, inquietante, pero si. Lo sé. -respondió. Ella soltó una risa.

- Bien, porque he descubierto algo que no sé si quisiera saber.

- ¿Qué es?

- No hay forma correcta de decir esto, así que solo lo haré. Saga y Afrodita están juntos. En el barco. Y no precisamente hablando.

Aioros la miró incrédulo para, unos minutos después pasarse la mano por la cara. Iba a asesinar a Saga, de eso estaba seguro.

- ¿Aioros? Di algo, por favor. -la voz de Aretha lo devolvió al presente.

- Escucha. Es un tanto complicado, sin embargo, a Saga le hace bien su presencia.

- ¡¿Tú sabías? -el santo asintió.- Athena va a matarles a ambos.

- ¿Podemos mantenerlo como un secreto? ¿Sí? -pidió con una sonrisa forzada.- Sé que no debería involucrarte en esto pero, no te lo pediría si no fuera realmente necesario.

- Pero…

- ¡Por favor!

La pelirroja frunció el ceño y arrugó la nariz. Observó al arquero dorado fijamente. Él solo pudo sonreír con nerviosismo ante tal fiscalización.

- Espero que sepas lo que estás haciendo. -cedió mientras jugaba con los mechones de cabello rojo que caían sobre sus hombros.

- Agradezco que confíes en mí. -dijo pasando su brazo sobre los hombros de ella, atrayéndola contra si.

Permanecieron así por unos minutos, si hablar, sin hacer nada. Por fin, fue Aretha quien rompió el silencio.

- ¿Aioros? -preguntó- ¿Qué tal se te dan las armas?

- El arco, excelente. La espada, bien. Shura solía practicar conmigo. ¿Por qué preguntas?

- Porque creo que las necesitarán en Temiscira. Lo que ustedes llaman cosmos, ahí no es de utilidad.

-9-

Cómo se había vuelto usual, el santo de Leo permanecía horas de pie frente a la ventana de la aposentos que le servían de prisión. La única diferencia en aquella ocasión es que, por primera vez en un largo tiempo, se sentía en completo control de su cuerpo. No sabía cómo o por qué, pero desde el encuentro en el que Máscara de Muerte fue capaz de encontrar su agonizante cosmos perdido en su propio cuerpo, las cosas habían cambiando radicalmente. El reencuentro con la realidad, por fugaz que fuese, parecía haberle despertado.

Nada había sido igual a partir de ese día. Mientras su consciencia regresaba con una rapidez envidiable, la presencia del cazador dentro de si iba en pleno declive. No había desaparecido del todo, porque Aioria aún podía escuchar con demasiada claridad hablando en su cabeza; pero al menos ahora tenía la habilidad de resistirle y relegarle a una voz tan lejana como indiferente.

Ahora, sabiéndose más seguro, el león había llegado a conclusión de que era el momento adecuado para buscar una salida. Desafortunadamente, y aunque confiaba en que su compañero haría hasta lo imposible por cumplir la promesa de sacarles del encierro, Aioria sabía que todo pasaba por Artemisa. Si alguna vez habrían de ser libres otra vez, no lo conseguirían sin ella.

"Sé lo que tramas."

Lejos de inquietarle, el sonido de aquella voz que a últimas fechas se había vuelto familiar para él, solo consiguió sacarle una sonrisa de satisfacción. Suspiró con tranquilidad y dejó que unos pocos segundos transcurrieran antes de ofrecer una respuesta.

"Y, ¿qué es lo que estoy tramando?"

"Piensas suplantarme, pero no lo conseguirás." La voz se detuvo y el silencio se volvió pesado entre ambos. "Artemisa no caerá en tus engaños."

El santo sonrió con ironía y volteó al escuchar la puerta abriéndose a sus espaldas. De inmediato, la expresión altiva de su rostro fue sustituida por un gesto mucho más relajado.

"Ya veremos." Contestó terminando así la conversación con el cazador. Dejando atrás todo, el felino centró su atención en la rubia diosa que le miraba apoyada en el marco de la puerta.

- No esperaba verte por aquí. -le dijo.

- Estoy preocupada. -admitió la diosa rubia.- Últimamente te vez demasiado tranquilo.

- Me siento mejor, Artemisa. Mucho mejor.

- Dijiste que Máscara de Muerte logró comunicarse con el cosmos casi extinto de Aioria y estabas abatido por ello, pero ahora…

- No sabría explicártelo. -chasqueó la lengua.- Es como, si su voz simplemente se hubiese apagado. Las pesadillas se terminaron, sus recuerdos se esfumaron y no hay más sentimientos de culpabilidad. ¿Cómo pasó? Sinceramente no me interesa. Sólo sé que ahora estamos tú y yo. Nadie más.

Artemisa le ofreció una sonrisa a medias. Cerró los ojos tratando de encontrar la poca paz que quedaba en ella, y se sentó al borde de la cama.

- Todo sucede muy rápido. -dijo.- Un día estabas destruido, y al siguiente… al siguiente te vez radiante.

- ¿Eso es malo? -tomó su mentó y la obligó a mirarle.- Pensé que te alegrarías por mi.

El santo la dejó y, con mirada pesarosa, se alejó de regreso a su ventana. Ahí, de espaldas a ella, se permitió mirarla de reojo. La vio ausente, con los ojos perdidos en el suelo. Su rostro había tomado una expresión de temor mientras sus labios temblaban ligeramente. Aioria sabía lo confundida que estaba y eso, le ponía en ventaja. La miró una vez más. Después, sonrió en una mueca apenas visible.

- Nunca quise decir eso. -la voz de la diosa volvió a atraer.- Perdóname.

- No hay nada que perdonarte. -volteó viéndola acercase a él.- Ven aquí.

Necesitada de sus brazos, se arrojó contra el santo. Por un momento, permanecieron juntos, estrechándose uno contra el otro.

"No la lastimes," Orión habló en la mente del santo.

"Lo siento…" el león respondió con un pesar que odiaba sentir. "Yo también tengo gente ahí afuera a la que quiero y, por ellos, tengo que salir de aquí a como dé lugar. Voy a llegar hasta las últimas consecuencias. En verdad… lo lamento."

-10-

- Mi Señor. -la mujer, vestida de larga túnica blanca, se hincó.

Delante de ella, sentado en su trono, el dios del Sol alzó su vista hacia ella. La frente del joven Apolo estaba adornada por una delgada tiara cuyo tono dorado resaltaba en el rojizo color de sus cabellos. Sin dirigirle la palabra, Apolo le indicó con una seña que se pusiera de pie. La tensión en su mirada fue suficiente para interrogarla.

- Tengo noticias. -dijo.- Me temo que sus sospechas han sido acertadas, señor mío. Detrás de las paredes del Templo de Luna se esconde un gran secreto. Dos, de hecho. -Apolo frunció el ceño al mismo tiempo que la invitaba a continuar.- Solamente he visto a uno, pero el rumor entre las doncellas es que la señora Artemisa, oculta a dos de los denominados santos de Athena.

- ¿Qué? -el tono en la voz del dios la hizo detenerse. Asintió sin saber que más responder.- ¿Por qué habría de hacer tal cosa?

- Uno de ellos ha sido asignado al entrenamiento y cuidado de un trío de pequeños. Al parecer, la señora desea formar guerreros exclusivos de ella.

- ¿Y el otro? -interrumpió Apolo, poniéndose de pie de manera inesperada.

- Del otro no sabemos nada. Nadie le ha visto jamás.

- Entonces, ¿por qué estás tan segura de su presencia?

- Su compañero, el maestro de los niños, ha hablado y preguntado por él en más de una ocasión. Además… -la mujer calló mientras sopesaba su siguiente afirmación.- No piense, señor Apolo, que pongo en tela de juicio las actitudes de su hermana, pero pasa horas enteras encerrada en una habitación a la que ha prohibido por completo el acceso. Se dice que el segundo de esos hombres permanece ahí.

Ninguna de las reacciones que la mujer esperaba por parte del señor del Sol hizo aparición. Si se sintió enfureciendo por noticia, o burlado por los actos irracionales de su hermana, por su rostro era imposible de saber. La mujer incluso llegó a pensar que no estaba prestándole atención, pero no objetó ni intentó importunar al dios pelirrojo. No fue sino hasta que los vibrantes ojos del dios la miraron con atemorizante determinación que supo que había escuchado cada palabra.

- No abandones la vigilancia sobre ella. -ordenó a la doncella.- Cada movimiento que haga, cada decisión que tome, será de mi conocimiento, ¿entendido? -la joven asintió.- Hay algo que debo verificar.

-11-

El reflejo del Sol golpeó sin compasión los ojos azules del arquero cuando se paró en la proa para observar el horizonte. Era poco más de medio medía y la brisa del mar era escasa, obligando a los bogadores a hacer uso de todas sus fuerzas para mover el navío. Saga no tardó en unírsele al frente de la Kyrenia. Kanon no se acercó demasiado, pero se situó lo suficientemente cerca como para tener una clara visión del panorama frente a ellos. Ninguno de los tres podía negar que se sentían ansiosos. Pocos minutos antes, Ganimedes había avisado que Troya no se encontraba muy lejos y, no mucho después, una delgada línea oscura se había pintado en el horizonte, anunciando la cercanía al continente. Conforme el barco vencía las olas, la proximidad con la tierra firme era mayor.

El tiempo que tardaron en llegar se les hizo eterno, sin embargo, la belleza que inundó su mirada cuando el barco entró en la bahía de Troya, les dejó sin aliento.

Más allá de la amplitud de la playa, trepando por una pequeña colina de arena, descansaba la polis. Sus altas y milenarias murallas de piedras gris y brillante se alzaban, regias, por sobre la superficie de un extenso valle. Por encima de ellas, situado en la parte más alta de la ciudad, el palacio real resplandecía bajo los intensos rayos de dios protector: Apolo. Finas placas de oro adornaban los tejados de la Casa Real y varias otras a su alrededor, dándo así resalte al nombre de la Ciudad Dorada y cómo inequívoca señal de la gloria que bañaba a la hermosa ciudad de Troya. Mirando al oeste, la puerta principal, el Arco de los Héroes, ofrecía una suntuosa bienvenida a propios y extraños que ingresaban a la fortaleza.

Afuera de los límites, los vastos campos se dividían entre el verde del forraje y el amarillo de los sembradíos de trigo. Los salvajes potros, símbolo de la gran ciudad, corrían libremente por las llanuras al lado de los animales de campo, que pastaban con tranquilidad bajo el atento cuidado de los aldeanos.

Muchas cosas se habían dicho de la cuidad de leyenda, pero nada comparado con lo que tenían frente a ellos.

- ¡La ciudad dorada! -exclamó un eufórico Bias.- ¡Llegamos!

- Continuará... –

NdA: Me puse cursi :P ¡30 capítulos para un beso! Espero haya valido la pena y le gustase =D Hoy no tengo mucho que decir (suficientemente largo el capi .)

Sólo agradecerles por sus lindísimos comentarios: Magic. Wonder, Kisame Hoshigaki, marinlucero chiba, angel de acuario, ddmanzanita, Doje chan, kumiko_son, Neferet Ichigo, Dama de las Estrellas, Amary22, Anonymous-Anonimo, SilentForce, L. Byron, Cybe, Jaelinna, ELI251, Art1sta, Chris, , Tisbe, Star Intrépida, RIAADVD, Kilder, Liz, DiCrO, Ice Queen, June Star, sol angel dpl, Shari y LadyDeath.

Y a ustedes, lectores fantasmitas, por leerme ^^

Por último y como publicidad descarada, si disfrutan de las aventuras y desventuras del trío fantástico (Aioros-Saga-Kanon) lean el fic "Donde Todo Empieza," escrito por la Dama de las Estrellas y una servidora. Pueden encontrar el link en mi profile. ¡Prometo que no se arrepentirán! xD

Besos para todos.

Sunrise Spirit