Capítulo 31

El favor de los dioses (Primera parte)

-1-

La coraza de bronce de la Kyrenia se hundió con firmeza en las doradas arenas de la playa troyana. En cubierta, un temblor se dejó sentir mientras la nave encallaba entre las decenas de barcos estibados por toda la bahía. Pacientemente, la tripulación esperó que se detuviese y, cuando por fin lo hizo, un enjundioso vitoreo emanó de los labios de marineros y siervos que esperaban en tierra. Al fin estaban en la Ciudad Dorada.

Había tomado más de una decena de esclavos para acomodar el pesado navío de Ganimedes entre el resto. Cada parte del largo y delicado proceso había sido fiscalizado por los ojos atentos de unos cuantos soldados, cuya misión consistía en mantener la playa de Troya como una de las más seguras para las decenas de mercaderes que pisaban su suelo todos los días. En una polis, cuya economía dependía completamente del comercio, nada podía dejarse al aire.

Aún dentro del barco, y a pesar de que la parte más pesada del trabajo apenas comenzaba, los ánimos habían cambiado radicalmente: tal parecía que la Ciudad Dorada encantaba con su sola visión las mentes de sus visitantes. Únicamente el trío de santos se mantenía alejado del ambiente festivo que se había apoderado de los hombres a bordo. A diferencia de ellos, permanecieron en silencio mientras sus escrutadoras miradas recorrían el lugar prestando atención a todo detalle, por mínimo que fuese.

Pronto, los amarres cayeron a tierra firme para que la tripulación comenzara el descenso y, de inmediato, el capitán tomó la delantera. Cuando sus pies se posaron sobre la arena, miró a su alrededor y sonrió tras encontrar entre la multitud un rostro conocido desde muchos veranos atrás. Sin contenerse más, el viejo Ganimedes saludó con un fraternal abrazo a uno de los soldados cuya cimera de color escarlata le diferenciaba de sus compañeros, quienes vestían penachos negros. El hombre, alto y tuerto, devolvió el gesto con igual entusiasmo.

- ¡Anaxos! ¡Viejo amigo! -exclamó con visible alegría el marinero.- Me alegra encontrarte de nuevo, aunque los años no te han perdonado. -comentó entre risas al notar el tono encanecido del cabello que sobresalía del casco.

- No han perdonado a ninguno de los dos, viejo lobo de mar. -el soldado le abrazó.- Aún así, es un placer verte de nuevo. ¿Cómo te ha tratado Poseidón?

- Cómo nunca. -respondió.- No ha nadado ni una sola vez. Ha de estar muy complacido.

- Debe ser porque los protegidos de Athena que han viajado contigo. ¿No lo crees así?

- Es probable. Nunca está de más contar con la bendición de la diosa virgen. Pero, dime, ¿cómo has sabido de ellos?

- Por eso. -contestó al mismo tiempo que apuntaba hacia un trío de cuadrigas que portaba el escudo real en el frente. - Su Alteza Real, el rey Periandro, ha solicitado la presencia de los tres santos en el Palacio.

- Las noticias vuelvan en estos lares. -Anaxos sonrió.- Permíteme comunicarles tan generosa oferta por parte de tu señor.

Anaxos palmeó su hombro a la vez que asentía. En parte, le aliviaba terriblemente no tener que presentarse ante los jóvenes guerreros con una invitación que, se viese por donde se viese, tenía el sabor de una orden real.

Ganimedes se alejó de regreso al barco bajo la mirada atenta de su amigo. A su paso, gritó un par de órdenes a su tripulación acerca del manejo correcto de la mercancía que estaba en pleno desembarque. Entonces, se sujetó a las cuerdas de amarre y trepó con una agilidad sorprendente por un hombre de sus años. El viejo miliciano se guardó una sonrisa al descubrir que su amigo todavía conservaba la vitalidad de sus años de juventud.

Una vez que estuvo arriba, Ganimedes oteó la cubierta buscando por sus protegidos, tras unos segundos, los encontró de pie en la proa del barco. Cada uno de los santos se veía extraviado en sus propias ideas y preparativos.

Kanon estaba apoyado en la borda con el morral de manta en el hombro y los brazos cruzados, en espera de sus compañeros. Tenía la mirada clavada en las lejanías, donde se levantaba la majestuosa ciudad de las murallas. Ocasionalmente, aunque se esforzaba en ocultarlo, sus ojos verdes miraban con recelo a su hermano. El antiguo general marino frunció el ceño varias veces y soltó unas cuantas palabras que Ganimedes no escuchó, pero que estaba seguro eran protestas para que los otros dos se apresuraran a desembarcar. Ninguno de los dos aludidos le prestó atención.

Después de aquel fallido intento de comunicación, cada cual regresó a lo suyo. Con una calma pasmosa, Aioros se pasó el morral sobre el hombro y cruzó en el pecho su arco y aljaba, repleta de flechas. Se irguió y la traviesa brisa revolvió sus cabellos ensortijados. El color castaño de sus rizos tomaba un tono más dorado bajo las caricias de los rayos del atardecer, a la vez que su piel bronceada resaltaba el tono azul de sus ojos de zafiro. En un evidente gesto de nerviosismo humedeció sus labios y, entonces, dirigió su mirada cerúlea hacia la ciudad. Por un instante, no se movió. Se mantuvo quieto, dejando que la magistral visión de la ciudadela, en combinación con la dulce esencia del mar, arrasara con sus sentidos. Sin embargo, había algo en su pacífico semblante, algo que Ganimedes no pudo definir, pero que le agregaba un toque de tristeza a sus facciones. Preocupación, eso es, pensó el viejo capitán, sintiéndose incapaz de alejar su mirada de ellos.

A su lado, pasando por alto las miradas recelosas de su gemelo y observando con atención los gestos de su amigo, Saga permanecía estático, listo para el desembarque. A primera vista, uno podría creer que estaba tan ausente en sus pensamientos como el arquero, sin embargo un brillo de determinación en su mirada dejada al descubierto que ningún detalle pasaba desapercibido para el mayor de los hermanos. Sin mucho más que hacer, revisó una vez más las pocas pertenencias que tenía en su bolsa y ciñó a su cintura el cinto, del cual colgaba su espada. Para el peliazul mayor, el distanciamiento del castaño era claro, no así las razones que la causaban. A pesar de ello, había callado las preguntas que surgían en su mente, esperando la oportunidad de confrontar a su ausente amigo; tarde o temprano, la tendría. Así, resignado a seguir adelante con el plan, el gemelo tomó sus cosas y, encaminándose hacia los amarres, se adelantó dejando a sus compañeros atrás.

De pronto, un súbito golpe de aire sopló desde el oeste, revolviendo las mechas de cabello azul que caían sobre su rostro y que le obligaron a cerrar los ojos por un momento. El santo de Géminis suspiró e, irremediablemente, elevó su vista al cielo. Hasta ese entonces no lo había notado, pero la tranquilidad que el océano les había brindado, parecía esfumarse con rapidez, a la vez que sus preocupaciones volvían a alzarse en medio de la incertidumbre que esperaba por ellos en tierra firme.

Viéndoles acercarse a donde estaban, el capitán permaneció uno momentos más en completo silencio, esperando el momento correcto para acercarse a ellos. Cuando sus miradas coincidieron, Ganimedes les sonrió.

- Al fin en Troya. -les dijo con aire despreocupado.- Su belleza únicamente es opacada el peligro que le rodea.

Kanon detuvo su pesado andar y giró la cabeza hacia la playa donde las decenas de soldados sobresalían gracias a los ostentosos ornamentos negros de sus cascos.

- No parece que la inseguridad sea un problema en estas tierras. -comentó con marcado sarcasmo.- Cualquier rey que pueda darse el lujo de resguardar sus playas con la mitad de su ejército mientras los tejados de oro de su palacio están más allá de la vigilancia, sin duda no teme nada.

- No permitas que las apariencias te engañen. El tono dorado de la ciudad oculta oscuros secretos detrás de su brillo, Cástor, del mismo modo que los hombres guardamos en nuestro corazón algo más de lo que nuestras acciones reflejan. ¿No lo crees así? -los ojos del gemelo se fijaron en él con recelo, a la vez que un gruñido escapó de entre sus labios. Ante el gesto, Ganimedes soltó una estruendosa carcajada.- Pero me temo que sus secretos no son el motivo de mi presencia.

- Las cuadrigas que esperan en la playa sin duda lo son. -la acertada observación de Saga consiguió dibujar una sonrisa en el rostro del viejo marinero. Nada se escapaba de la observación de los tres.- ¿Vienen por nosotros?

- Sí.

- Acabamos de llegar y, ¿van a secuestrarnos? Esto es el colmo. -expresó un fastidiado Kanon.- ¿A dónde van a llevarnos y qué tenemos que hacer?

- Al palacio. El rey Periandro ha solicitado que comparezcan ante su presencia.

- No está contemplado permanecer en Troya por demasiado tiempo. -terció el arquero para sorpresa de los ahí presentes.- ¿Cuál es el motivo que urge al rey para encontrarse con nosotros?

- Lo he dicho antes y te lo repito, joven Aphetoros, su reputación les precede.

Aioros no respondió, pero el esfuerzo que hizo por contener las palabras fue palpable en las facciones endurecidas de su rostro, usualmente afable. Su respiración se tornó pesada por un momento y apartó la vista del grupo, llevándola más allá, a donde los bogadores se esforzaban por descargar la mercancía. En silencio que rodeó al marinero y los tres santos se volvió incómodo hasta el punto en que tuvo que ser el propio arquero quien retomara la conversación de unos instantes atrás.

- Será mejor no hacerle esperar. -dijo, retomando el camino.- ¿Hay algo que debamos saber de Periandro?

- Es un buen hombre. -contestó Ganimedes.- Sin embargo, su gran debilidad radica en el ego de su espíritu.

- No pienso ir a besarle el trasero a un rey, Ganimedes. Y tampoco voy a convertirme en la atracción de un montón de príncipes y nobles sin más vida que sentarse alrededor de una mesa a comer y destruirse con sus lenguas los unos a los otros.

- Habla así delante de ellos, Kanon, y terminaremos con la cabeza separada de nuestro cuerpo.

- Sabia observación, Pólux. Ignoro las intenciones de Periandro pero, de cualquier manera, llamar a esto invitación es solamente una cortesía. Han sido convocados y negarse, no es una opción. Nada se le niega al rey más poderoso de este lado del mar.

-2-

Tendido sobre la cama, con la mirada perdida en el techo, los pensamientos de Aioria volaron hacia el viejo santuario de la diosa de la sabiduría. En sus pupilas, se reflejaba el tenue resplandor naranja del Sol que se ponía. Por primera vez, en mucho tiempo, las cortinas se habían abierto y la luz de afuera entraba a la habitación sin ningún obstáculo. Para el león dorado, aquella experiencia había sido refrescante en medio de su sombrío encierro; ver al astro rey ocultándose en el horizonte le relajaba y sacaba a flote sus memorias.

Recordaba a su hermano, a sus amigos, su templo y, especialmente, a su águila. Sonrió al pensar en Marin; en aquel precioso cabello rojo como el fuego que enmarcaba con divina perfección el rostro de su amazona y el par de ojos chocolate que le robaba el aliento con cada mirada. Recordaba lo que era tenerla cerca, sentir el calor de su cuerpo apretándose contra el suyo mientras sus labios se reclamaban mutuamente. Con ello en mente, deslizó sus dedos sobre la cabellera rubia de la cabeza que descansaba sobre su pecho y, con tristeza, se vio de vuelta en la realidad. La suave respiración que caía en su pecho no era de Marin, sino la de Artemisa, la diosa que le tenía atado a sus caprichos y que le obligaba a fingirse alguien ajeno para conseguir su libertad.

- ¿Qué ocupa tu mente, amor mío? -oyó la delgada voz de la diosa cazadora. El santo de Leo suspiró.

- Pensaba,… -habló aletargado.- … pensaba en lo que uno es capaz de hacer por las personas a las que quiere. Toda clase de actos irracionales, ¿no lo crees así?

Ella, intrigada por las divagaciones, se incorporó. Apoyada sobre su brazo, llevó su mirada ambarina hacia el hombre que creía era Orión, y le obsequió una franca sonrisa. Estaba de acuerdo: la mejor prueba de esas locuras era ella.

- Y, ¿de dónde han salido el repentino interés en la meditación? -bromeó. El castaño subió los hombros a la vez que soltaba una risa contagiosa.

- La gente cambia, a veces para bien… otras para mal.

- ¿Crees que he cambiado? -susurró.

- Sin duda.

- ¿Para bien? -el león calló. Pensó detenidamente la respuesta a esa pregunta.

- Sí y no. -hizo una pausa.- Es digno de alabanza el hecho de que encontraras la valentía y el coraje para hacer frente a tu hermano; nadie, sin importar quien sea tiene derecho a manejar a su antojo la vida de otro. Y, he aquí el segundo punto…

- Sigues creyendo que hice mal en traerte de regreso de la manera en que lo hice.

- Sí.

- No era una pregunta. -agachó el rostro y lo guardó en el cuello del santo.- Comprendo que encuentres mis modos… repulsivos, pero era necesario.

- Oye. -le besó el cabello.- No son repulsivos. Son tu manera de expresar cuanto amas.

- ¿Tú me amas? -Artemisa le preguntó, y el león dorado sintió que el corazón se le oprimía en el pecho.

No respondió, sino que la miró fijamente encontrando en sus ojos una súplica por amor que nunca pensó existiera en ella. Los labios del santo se abrieron más las palabras no fluyeron. De pronto, las palabras de Orión regresaron a su cabeza como una bofetada que aturdió sus sentidos. "No la lastimes." Sin embargo tenía que hacerlo. Temió que sus sentimientos traicionaran a su razón y que su lengua boicotear los planes que había hecho, así que se limitó a sonreírle. Hizo acopio de toda la paciencia que quedaba en él, teniendo siempre en mente las motivaciones detrás de sus acciones.

- Sí. Te amo y nunca lo dudes. -murmuró cobijándola en sus brazos.

Sembró de nuevo su mirada felina en el tejado, pensando en cuan lejos esa farsa tendría que ir, pero el temblor que un sollozo de la diosa desencadenó en el frágil cuerpo, lo llevó a concentrarse en ella. Aflojó el abraza mientras buscaba el rostro de Artemisa. Lo encontró empañado por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas sonrojadas. En un impulso, las secó con una delicada caricia.

- ¿Qué sucede? ¿Por qué las lágrimas? -preguntó.

- Desde que te fuiste he vivido en espera de volver a estar cerca de ti. Juré que haría lo que se necesitara solo para estar a tu lado; enfrentarme al Olimpo, vencer a la muerte… incluso, morir en el intento. Todo para escucharte decir que me amas.

- Entonces, ahí tienes por lo que tanto has luchado.

El momento en que la deidad de la Luna le besó, tomó por sorpresa al santo de Leo. Su primer instinto fue apartarla, sin embargo sabía que le era imposible hacerlo sin dejar al descubierto la mentira que protagonizaba. Teniendo fuera de su alcance cualquier otra alternativa, Aioria respondió el beso. Sus labios se movieron al unísono con los de Artemisa, primero suavemente pero incrementando de intensidad gradualmente. Al mismo tiempo, sus manos resbalaron por el cuerpo de la diosa, delineando con un sensual toque la curva de su cintura y caderas. Ella se respingó al sentir el fuerte agarre de las manos masculinas que la atraían hacia el cuerpo del que creía su amado y, en un movimiento instintivo, terminó el beso. En sus adentros, el león respiró con alivio.

- Discúlpame. Mi intención no era presionarte. -dijo. La rubia meneó la cabeza en negativa.

- Estoy bien. -respondió a la vez que depositaba un beso en el mentón del castaño.- Es solo que no estoy acostumbrada a este tipo de contacto. -se sonrojó.

- Entonces, iremos despacio. Te daremos tiempo a acostumbrarte a esto.

Embelesada por el ronco cariño que leía en la voz, Artemisa se acurrucó de nuevo en el pecho del santo. Dibujó sobre él una infinidad de figuras con el dedo. Cuando él la abrazó, la cazadora no pudo evitar sonreír; de manera inexplicable, al tener ese par de brazos rodeándola con celosa protección, se sentía segura. Así, mientras la deidad de la luna se abandonaba a sus emociones, Aioria respiró aliviado. Por el momento, se había librado de compartir algo más que un par de besos y con ello, se conformaba. Ahora su mente debía aplicarse en ganar por completo su confianza; después de ello, el primer paso sería encontrarse con Máscara de Muerte.

- Artemisa, ¿puedo preguntarte algo? -soltó tratando de lucir despreocupado.

- Lo que desees.

- Si algo me sucediera, si llegara a desaparecer, ¿qué pasaría con Aioria y Mascara de Muerte? -preguntó.

Cómo toda respuesta, recibió silencio. La señora de la luna se restregó contra él, buscando más de su calor. No tenía contestación para las inquietudes de Orión y tampoco comprendía aquella inesperada pregunta cuando las cosas iban tan bien. Si de algo estaba segura era de que no estaba dispuesta a pensar en semejante escenario, no en esos instantes.

Aioria comprendió el silencio, así que no insistió. Al igual que ella calló y, nuevamente, volvió a perderse en sus pensamientos.

-3-

Máscara de Muerte alzó la mirada para fijarle en el hermoso matizado rojizo que el cielo había adquirido con el atardecer. Ahí, en medio de los bosques que resguardaban la residencia de la diosa de la Luna, todo parecía verse más majestuoso que desde su ventana. En las montañas que delimitaban el Gran Valle, la luz dorada del Sol se reflejaba mientras que, en lo más alto de las formaciones, el tono naranja de la piedra anunciaba la despedida del astro rey.

Una gruesa gota de sudor resbaló por el semblante del italiano y entró en su ojo robándole una maldición causada por el momentáneo escozor. Cerró el ojo y se lo frotó vigorosamente deseando que la molesta sensación se desvaneciera con rapidez. No lo hizo.

- Se lastimará el ojo si sigue frotándoselo de esa forma.

Fastidiado por la intervención, el santo de Cáncer gruñó a la vez que arreció el ataque contra su propio ojo. Haría como se le diera en gana, así siempre había sido; y ninguna mocosa vendría a esas alturas de su vida a decirle que hacer y que no.

- Dije que se lastimará. ¿Está sordo? -se quejó Nix.

Ágilmente dio un salto para colgarse del brazo de Máscara de Muerte y puso todo su peso para alejarlo del rostro de su maestro. El mayor ni siquiera se inmutó. Sin arrebatarle su brazo a la niña, llevó su otra mano a la cara para continuar tallando el ojo que todavía ardía. Para sus adentros, guardó una maliciosa sonrisa cuando oyó a la niña maldecir al saberse perdedora de ese duelo de voluntades. A diferencia de él, los otros dos niños no pudieron contener las risas. La pelirrosa, sintiéndose burlada, desistió del esfuerzo y se cruzó de brazos evitándoles la mirada.

- No veo lo gracioso, tontos. -les sacó la lengua.

- Que mal, porque resulta de lo más divertido ver como puedes ser una mandona con todo el mundo pero no con el maestro.

- Altair está en lo cierto. -agregó el más pequeño mientras asentía repetidamente con la cabeza.

- ¡No intento ser una mandona!

- Menos mal que no lo intentas porque serías un fracaso en ello, niña. -espetó el santo.

Las miradas cómplices del trío de aprendices se centraron en él mientras se alejaba de regreso al templo; poco después se decidieron a darle alcance. Corrieron hasta que estuvieron a su lado y después detuvieron la marcha, acoplándose al ritmo de su maestro. No hubo palabras al principio, sino que solamente avanzaron en silencio. Miradas furtivas por parte de los niños escapaban de vez en cuando y se clavaban en el italiano. Aunque sutiles, los movimientos de sus alumnos no pasaron desapercibidos para él. Al principio no hizo caso de ello, pero conforme la insistencia en sus rostros infantiles crecía, la paciencia de Máscara de Muerte se agotaba poco a poco. Pronto, no quedó nada de tolerancia en el santo.

- ¡¿Qué?

- Nada. -respondió la niña despreocupadamente.

- ¿Nada? ¿Qué traen entre manos, mocosos? -los pequeños intercambiaron miradas. Y Máscara de Muerte tenía que admitirlo: su capacidad de mentirle en plena cara había mejorado considerablemente.- ¿Qué me están ocultando?

- Pues… tengo ganas de vomitar. -Corban se encogió de hombros.- ¿Eso cuenta?

El peliazul alzó una ceja. Un gesto de fastidio desdibujó su semblante. Los mocosos estaban intentando verle la cara de idiota.

- Lo que suceda en sus estómagos no me interesa. Quiero saber si hay algo importante que yo deba saber. -masculló con frustración.

- ¡Ah! -Altair se puso a pensar. Los otros dos pequeños les imitaron.

- Olvídenlo. Caminen más rápido que ya quiero llegar a mi habitación.

- ¿No cenará con nosotros? -le cuestionó la chiquilla.

- No. Tengo cosas que pensar y, sinceramente, tampoco tengo apetito.

Nix suspiró. Torció la boca sintiéndose disgustada por el hecho de no poder influir siquiera un poco en su maestro. Trataba de agradar, pero sus esfuerzos se volvían vanos.

Giró un poco la cabeza, lo suficiente para mirar por encima de su hombro. Un par de pasos detrás, sus compañeros caminaban arrastrando los pies. Los dedos de sus pies se habían impregnado del polvo grisáceo que se levantaba a su paso.

- ¡Muévanse! ¡Caminan muy lento! -les gritó. Sus pequeñas manos se posaron sobre su cadera y sacaba el pecho tratando de lucir imponente.

- ¡Ay! ¡¿Otra vez, Nix? -reclamó el menor.- No eres nuestra jefa.

- Alguien tiene que meter orden aquí.

Máscara de Muerte se respingó. Alzó una ceja y los miró de soslayo.

- ¿Qué demonios significa eso? ¿Estoy pintado o qué? -gruñó.

- ¡No! ¡No era nada de eso! -la niña rió a fuerzas con sentido nerviosismo.

- Más vale que así sea.

Habiendo fastidiado todo, Nix dejó caer los hombros. Era molesto sentirse así, pero la verdad es que su bocaza la había traicionado una vez más. Pateó una piedra que rebotó contra un árbol provocando un chasquido que se oyó con claridad en el silencio. Nadie prestó atención a su rabieta.

Entonces, su mirada rosácea se dirigió hacia los ventanales del templo; uno en particular. Había cosas que no comprendía, conversaciones a medias que le intrigaban y que despertaban su curiosidad. El breve intercambio de palabras con Aioria también había contribuido a sus dudas. No entendía la lealtad dividida del santo de Leo entre Artemisa a pesar de que ella misma se encontraba en la misma situación.

- ¿Maestro? -por toda respuesta el santo bufó.- Quizás hay algo que debería saber. Algo que ha sucedido y que podría interesarle.

Al escuchar las palabras surgiendo de la boca de su amiga, Corban y Altair se tensaron. Sus miradas, de plata para el mayor y dorada para el pequeño, se encontraron, incrédulas y temerosas de los resultados que la confesión arrojaría.

- Habla. -ordenó Máscara de Muerte.

- Su amigo, Aioria, pues… los chicos y yo hablamos con él.

- ¿Hablaron con él? ¿Cómo? -preguntó con el ceño fruncido.

- Nos escabullimos en su habitación mientras la señora Artemisa no veía. Es un tipo amable.

- Apuesto que sí. -masculló girando los ojos.- Es un maldito títere de una loca que lo usa a su conveniencia.

- No parecía eso. -terció Altair.

- De hecho, nos pidió que tuviéramos paciencia con us… con la situación.

- Serás idiota, Corban. -el chiquillo agachó la cabeza ante la reprimenda de su hermano.

- ¿Les dijo qué? -repentinamente, el santo de Cáncer se había detenido y ahora les miraba con la fuerza que expedían sus brillantes ojos azules.

- Nada, maestro.

- ¡¿Les dijo que tuvieran paciencia conmigo? -exclamó.

- Si. -respondieron a la vez.

El italiano tragó saliva. Algo no cuadraba en la historia de los pequeños, puesto que de ninguna manera alguien como Orión haría tal recomendación al trío de metiches a los que llamaba alumnos. De pronto, las palabras del supuesto cazador sonaban demasiado parecidas a las expresiones de Aioria; tanto que rayaba en lo sospechoso. Quizás estaba volviéndose paranoico, o simplemente era su instinto de supervivencia hablando, sin embargo no podía sacarse de la cabeza que aquello podría ser nada más que una trampa de la diosa de la luna.

- ¿Artemisa les ha pedido que digan esto? -les interrogó endureciendo sus facciones.- Si me mienten , lo averiguaré, rapaces.

- No, no. -Nix sacudió la cabeza con vigor.- La señora ni siquiera sabe que estuvimos con él.

- Él prometió que tampoco diría nada si nosotros no lo hacemos.

- Altair dice la verdad. Se ve que es un buen tipo.

Las preguntas arreciaron en la mente del cangrejo dorado. Cada vez encontraba más rasgos de Aioria en las descripciones de los chiquillos pero, sin importar lo que sus nervios gritaran, no podía darse el lujo de tomar las cosas a la ligera. Si alguna vez necesitó de toda la frialdad que poseía, era precisamente ese.

- Si es así, entonces escúchenle. Lo mejor para todos es que Artemisa no sepa nada de esto. -giró y retomó el camino.- ¡Ah! Y tampoco vuelvan a acercarse a Orión.

- ¿Orión? Eso dijo él, pero después se retractó.

- ¿Por qué lo dices?

- Porqué después me dijo que, si podía guardar un secreto, su nombre era Aioria. -Nix subió los hombros.

- Y, obviamente, eres incapaz de cerrar la bocota, mocosa entrometida. -pero la mente de Máscara de Muerte estaba muy alejada de ahí.

¿Valdría la pena tomar el riesgo? El momento de tomar una decisión se acercaba.

-4-

Lisios, el hombre más cercano al todopoderoso rey de Troya, pestañeó un par de veces con incredulidad. Sin salir de su asombro, recorrió con la mirada al trío de jóvenes que tenía enfrente. Sus apariencias deslucidas y semblantes adustos le habían pillado desprevenido. Adujo todo ello al largo y cansado viaje a través del océano que recién terminaba, pero que pronto tendría que reiniciarse por vía terrestre. Así que, con ello en mente, ofreció a los jóvenes un saludo acompañado de una ligera reverencia. Ellos, con propiedad, le respondieron.

- Es un gran día para Troya cuando los héroes de las leyendas pisan nuestro suelo. Sean bienvenidos, mis señores. -les dijo.- El noble Periandro se regocija con su presencia.

- El honor será nuestro, pero me temo que nuestra estancia aquí será breve. -respondió de inmediato el arquero dorado.- El camino aún es largo para nosotros y el tiempo apremia. Por favor, llévanos con tu rey y terminemos de una vez con esto.

- Me parece que están confundidos. Su Alteza desea compartir con ustedes algo más que un par de minutos. -habló el consejero real.- Espera que le acompañen durante la cena y que pasen la noche bajo el resguardo de nuestras murallas.

- Pero…

- El rey está dispuesto a compensar generosamente su tiempo. -interrumpió Lisios tan pronto pudo.- Promete toda la ayuda que le sea posible para apoyar en la misión que les trae hasta aquí. Periandro comprende la delicada situación que están atravesando y no desea ser sino un apoyo para ustedes. ¿Qué respuesta debo dar a mi soberano, jóvenes señores?

Los tres se miraron, aunque ninguno se ofreció a dar deliberadamente una contestación que pudiera comprometerlos.

- ¿Podrías darnos unos minutos? -solicitó Kanon, ante lo que el hombre asintió para después retirarse en silencio. Cuando se encontraron solos, el gemelo menor miró de Saga a Aioros una y otra vez. Ninguno mostró intención de hablar., así que él tomo la decisión de hacerlo.- Pienso que debemos quedarnos. No queda mucho antes de que el Sol se oculte y mejor pasar la oscuridad aquí que ahí afuera.

- Quedan un par de horas que bien podríamos aprovechar. -musitó Aioros mientras llevaba sus ojos a la ventana de la habitación, donde aún se filtraban los rayos de Apolo.- Además, creí que eras tú quien se opuso hace un momento a ser el entretenimiento de la familia real. -le miró de reojo.

- Ahora mismo es una cuestión de conveniencia, arquero. Deja de echar mis palabras en mi contra.

- ¿Conveniencia? ¿La de quién? ¿La tuya? -reclamó sosteniendo la mirada con rabia.- No tenemos tiempo que perder.

- Y tienes razón pero, ¿escuchaste al viejo? Periandro puede ayudarnos.

Entonces, Aioros soltó un respiró lleno de incredulidad. Se llevó las manos a la cintura y giró, dándoles la espalda a los hermanos. Movía la cabeza de lado a lado repetitivamente en clara negación. Su ceño fruncido delataba su molestia a la vez que el ritmo de su respiración mostraba su sobresalto. Atentos a él, los gemelos intercambiaron miradas. Había llegado el momento de solicitar respuestas.

- ¿Vas a decirnos lo que te agobia? -el tono ronco de Saga anunció su preocupación.

- Nada. Está situación me resulta molesta y, sinceramente, frustrante. Nosotros aquí, en relativa tranquilidad, mientras el resto sobrevive cada día a saber cómo… No podemos continuar así. No es justo para nadie.

- Esta claro que no hay justicia en nada. -bufó el peliazul menor.- Sin embargo no respondiste la pregunta de Saga. ¿Qué demonios sucede contigo?

- Nada. -siseó.

Con toda la intención de no permitir que la conversación se alargara, Aioros intentó abrirse paso entre ambos. Pero, sin que lo esperase, Kanon se interpuso frente a él, cerrándole el camino e indicándole con la mirada que no había forma de que saliera de ahí sin una respuesta. El arquero trató de evitarlo, pero antes de lo que se hubiese imaginado, sintió el agarre de Saga sobre él.

- Basta de juegos, Aioros. ¿Qué es lo que estás ocultando de nosotros? -preguntó, robándole un gesto de sorpresa a su amigo.

- ¿Qué significa esto? -Aioros torció la boca y se cruzó de brazos.- No consiguen ponerse de acuerdo para nada, pero cuando se trata de acorralarme están más que sincronizados, ¿cierto?

- Si tuvieras la decencia de decirnos lo que está sucediendo no tendríamos que recurrir a esto. No sé que es lo que callas, pero hacerlo no ayuda en lo absoluto y, solo para que sepas, ni Saga ni yo somos muñecas de cristal que no pueden resistir una mala noticia, ¿entendido? Tampoco, nada de lo que digas empeorará nuestros problemas. -miró a su hermano.- Así que nada de ocultar detalles. -entrecerró los ojos.

Aioros se liberó de Saga, regresó sobre sus pasos y, mientras trataba de encontrar la forma de decir las cosas, apoyó la espalda en una de las paredes. Es un gesto cargado de nervios, apretó la banda roja a su frente. Sin que él mismo se diera cuenta, rehuía la mirada a sus compañeros, deseoso de no sentir sobre sí la expectativa que los dos pares de orbes verdes destilaban. Por fin, haciéndose a la idea de que no tenía salida, se decidió a hablar.

- Aretha y yo hablamos… -comenzó, sin embargo, de inmediato hizo una pausa al notar una sonrisa burlona en los labios de Kanon. Suspiró fastidiado.- … y no, no es nada de lo que estás imaginando, Kanon.

- No he imaginado nada. -el aludido rió por lo bajo. Después intentado recuperar la seriedad, pidió con un gesto a su compañero de Sagitario que continuara. Éste le miró de soslayo.

- Como sea, Aretha me ha dicho que, por petición de Athena, estará atenta a nuestros movimientos y a lo que suceda alrededor de nosotros. -mientras el arquero hablaba, Saga no pudo evitar fruncir el ceño ante lo que consideró una innecesaria intervención de su diosa.-Debido a esto, ella tiene conocimiento de muchos eventos que suceden en Temiscira, los cuales ponen en peligro la vida de nuestros amigos. -se detuvo para soltar un suspiro apesadumbrado.- Según me ha dicho, ahora mismo cada uno de ellos libra una batalla en la cual las opciones son: sobrevivir o morir; no hay nada más que eso. Y me temo que, el hecho de que demuestren ser más capaces de lo que Hipólita pueda pensar, terminará costándoles la vida de una u otra manera. Por eso el tiempo es apremiante. Necesitamos llegar a Temiscira antes de que lo único que encontremos sea un montón de cuerpos quemados en la hoguera. Ya hemos llegado tarde antes y… -fue incapaz de seguir hablando porque la voz se le quebró.

Desde aquella conversación con la ninfa, a pesar de haberse esforzado por seguir como si nada sucediese, las imágenes de la fatídica noche en el bosque de los centauros continuaban regresando una y otra vez a su cabeza. Resultaba imposible para Aioros pensar que la situación no podría repetirse, porque, al igual que con las arpías, el tiempo se esfumaba con mayor rapidez de la que ellos podían controlar. Ahora, estaban en las mismas. Con sus compañeros perdidos, con un destino incierto y oscuro delante de ellos; y cualquier acción de apoyo estaba fuera de sus posibilidades.

- ¿Se puede saber por qué habías estado ocultando esto? -se quejó el antiguo marina.

- ¿Qué diferencia hubiera hecho?

- ¡Esa es una estúpida excusa para mantenernos lejos de esto, arquero! -levantó la voz.- ¡No viniste solo en esta expedición! Comienza a hacerte a la idea de que ni Saga ni yo somos adornos y que tampoco eres el héroe de la historia. Por eso estamos precisamente en este punto: ¡porque vivimos rodeados de secretos y verdades a medias!

- No, Kanon. Estás equivocado. Los secretos y medias verdades son la consecuencia de algo más grave. -espetó con un tono tan frío que el mismo Saga retuvo la respiración pensado en las raras ocasiones en que había visto a su amigo actuar de esa manera.- Lo que realmente nos está matando es el maldito egoísmo sumado a una falta de comprensión que no solo asfixia a los demás, sino también a nosotros mismos. Acéptalo. Nos es imposible escuchar razones ni ver las cosas desde el punto de vista de los otros.

- No me vengas con sermones. -habló entre dientes, acercándose amenazante al santo de Sagitario.

- Tómalo como quieras. Al final, sabes que te duele porque es la verdad.

- Lo que digas o pienses, me tiene sin cuidado. -escupió después de un instante de tensión en el que nadie habló.- Si ésta es tu manera de convencerme que los actos de mi hermano tienen una justificación, ahórrate los esfuerzos. No voy a cambiar de opinión respecto a ello. El egoísta aquí, no soy yo. -centró su vista en el su gemelo.- Pero, por una vez, no voy a permitir que esto le cueste la vida a los otros. Esta noche nos quedamos en Troya y hacemos que el rey nos firme, con sangre si es necesario, esa ayuda que ha prometido. Mañana temprano nos largamos de camino a Temiscira.

Saga y Aioros se quedaron sin palabras al verlo alejarse. Salió al pasillo y miró a ambos lados buscando con ansiedad al viejo Lisios. Al fin, al conseguir ubicarlo no muy lejos de donde se encontraba, el gemelo fue a su encuentro a la vez que gritaba sin ningún tipo de vergüenza el nombre del hombre de confianza del rey. Presto, Lisios acudió a su alcance. Rápidamente, se enfrascaron en una conversación que a los dos santos que quedaron atrás no les interesó demasiado.

- ¿De verdad no pensabas decirnos? -Saga preguntó al castaño sin quitar la vista de su hermano.

- Sinceramente, no lo sé. -subió los hombros.- Supongo que me preocupaba la reacción de ambos y, con todo lo que sucede… no sé si hubiese sido una buena idea, Saga.

- Íbamos a darnos cuenta. Lo hicimos. Pero, dime, ¿qué es lo que no nos contaste?

- No sé de que me hablas. -Aioros frunció el ceño. De la misma manera en que él conocía al gemelo, Saga le conocía a él.

Por primera vez en la conversación, el peliazul giró la cabeza para mirarle directo a los ojos.

- No intentes verme la cara de idiota, Aioros. Las medias verdades de las que Kanon habló siguen presentes… aunque el muy imbécil no las reconozca. -agregó, dibujando una ligera sonrisa de travesura.- Te doy una segunda oportunidad. ¿Vas a decirme o tendré que interrogar a la ninfa la próxima vez que la vea?

- Te lo diré, pero tal vez no sea importante para ti. Últimamente tú y Shura han tenido sus diferencias, sin embargo, tú sabes bien como me siento al respecto. -agachó la mirada.

- ¿En qué nuevo problema está metida nuestra cabra favorita? -preguntó con un dejo de mofa.- Mira que ya tiene suficientes como para que busque más.

- Shura no ha buscado ninguno de sus problemas, Saga. Los problemas parecen buscarlo a él.

- No, no. Se está buscando un problema. Uno muy grande del que ni siquiera tú vas a poder sacarlo. -giró los ojos.

- Calla, que no es prudente hablar de esa forma de algo que ni siquiera te consta. -por inercia, Aioros buscó en los alrededores esperando que nadie hubiese escuchado.- Lo que propones es una locura.

- No propongo nada y tampoco es una locura. Y ya que hablamos de ello, cuando rescatemos a esa cabra fastidiosa más te vale sentarte para hablar detenidamente con él y, por los dioses, espero que consigas sacarle esas ideas de la mente antes de que alguien más se entere y decidan quitarle los pensamientos con todo y cabeza. -murmuró.- Sus sentimientos hacia… ella, por nobles que sean, están prohibidos.

- No hablemos de prohibiciones, porque lo que tú hiciste en el barco tampoco es algo que sea visto con buenos ojos por nadie. -respondió el arquero también entre susurros. Saga abrió los ojos y tensó sus facciones.

- ¡¿Cómo sabes de eso?

- ¡Aretha les vio, idiota! ¿Tienes idea del problema en que pudiste meterte por una tontería así? -le golpeó el hombro a modo de reproche. Ante el gesto de preocupación de Saga, el centauro dorado se apresuró a continuar.- Hablé con ella y la convencí de no decir nada a Athena. No te preocupes por ello, pero me debes una muy grande, Géminis.

- Parece que al final de esto voy a deberte lo suficiente como para ser tu esclavo el resto de mi vida. -bufó. Aioros sonrió con desfachatez.- Dile a tu ninfa que deje de mirar a los demás cuando no debe.

- Ella puede ver muchas cosas y no lo hizo apropósito.

- Sí, ya veo que tendré que tener más cuidado. Pero, ¿sabes? Es curioso. No objetaste a la parte de que es tu ninfa. -esta vez, fue Saga quien ensanchó una sonrisa burlona.

- Eso es porque… porque… -un nervioso arquero se rascó la cabeza siéndole imposible encontrar una respuesta.

- Excelente explicación. Me quedó perfectamente claro. -rió el otro.

- A veces te prefiero depresivo.

- Bonita manera de pensar la tuya, mi amigo. -se quejó en complicidad.- Pero olvidemos un rato a tu amiguita y termina de contarme que está sucediendo con Shura.

- Pues, parece que las amazonas han decidido curarle la vista o matarlo en el intento. Aretha dice que está muy enfermo. Los remedios que le han dado le han causado fiebres que no tienen fin y ni siquiera sus propias curanderas saben si sobrevivirá.

Saga guardó silencio un instante. Chasqueó la lengua mientras su expresión se tornaba meditativa.

- ¿Aretha te dijo de cuanto tiempo disponemos? -por fin, preguntó.

- No, pero dudo que sea mucho, Saga. Hay otro detalle que agrava los acontecimientos de Temiscira. Esas peleas a las que los otros están sujetos se hacen sin cosmos. -Saga no demostró ninguna emoción, sin embargo, el dato le resultó sorpresivo.- Los combates son a punta de espada. ¿Cuántos de nosotros hemos manejado una espada antes?

- Shura, Dohko y, quizás, tú.

- Exacto. Y, aunque no dudo de las habilidades del antiguo maestro para enseñarles, no sé cuanto podrán resistir.

- Suena como que alguien más tendrá que practicar sus artes en la enseñanza. -le miró de reojo. Aioros alzó una ceja. -Ni Kanon ni yo tenemos entrenamiento en el uso de armas. Un par de lecciones no estarían demás, sobretodo si estamos considerando entrar a la cueva del lobo.

Aioros estaba a punto de contestar cuando el principio del fin de su plática se anunció.

- ¡Hey! ¡Saga! ¡Arquero! -el súbito grito de Kanon detuvo la conversación y les hizo voltear la mirada hacia el general marino.- ¿Necesitan una invitación escrita? Estamos esperando por ustedes. -se quejó.

A su lado, Lisios asomó la cabeza para ver al par de santos. Detrás de él, un nutrido grupo de siervos esperaba, sosteniendo en sus manos cajones de madera cuyo contenido era desconocido. Como una gentileza, el hombre les pidió que le siguieran ayudándose de un movimiento de muñeca. Después se adelantó junto con su comitiva al grupo de santos. Aún estático en la entrada de la habitación, Kanon miró una vez más a sus compañeros, urgiéndoles a apurar el paso. De ser necesario, esperaría por ellos.

- Entonces, ¿qué dices? ¿Conseguimos unas espadas? -Saga sonrió.

- ¿Tengo otra opción? Aunque debo decirte que no me emociona en lo absoluto la idea de convertirme en el compañero de prácticas de Kanon. -susurró. Como si supiera que su nombre estaba de por medio, el más joven de los gemelos arrugó el entrecejo.- Tendrá que conformarse con una espada de madera.

- De acuerdo en eso. Y, para que sepas, no pienso ser yo su contrincante.

- No te odio de esa manera. -río por lo bajo.

- ¿Qué es tan divertido? -gruñó Kanon al no haber alcanzado a escuchar nada de su conversación.- ¡No, no! ¡No me digan! ¿Algún nuevo secreto suyo?

- Mal día para el sarcasmo. Guárdatelo, ¿si?

- Vaya, ¿ahora pretendes callarme, arquerito?

- Si algo he aprendido es que tal cosa no es posible, pero me conformaría con que dejaras de comportarte como un imbécil todo el tiempo.

- Mi hermano te contagia lo irritante, pero se los he dicho: nuestros problemas no van a interferir con esta misión. -se paró en seco. Fijó su vista en su hermano, que iba un par de pasos detrás.- No condono y tampoco apruebo lo que estás haciendo. También creo que, eventualmente, las consecuencias de esta estupidez van a alcanzarte, sin embargo no pienso malgastar mi tiempo y palabras contigo. Es obvio que para nosotros no existe el significado de las promesas.

Haciendo gala de prudencia, Saga no respondió. Permaneció inmutable, sin que su rostro mostrara emoción alguna, y continuó caminando como si nada sucediera. Incluso Aioros permaneció al margen de la conversación intentado no dar lugar a futuras discusiones entre los hermanos de Géminis.

El resto del camino lo recorrieron sin pronunciar palabra alguna, en un silencio que, si bien no era lo más agradable que podían experimentar, tampoco resultaba demasiado incómodo. Se mantuvieron entretenidos observando cada detalle de la suntuosa residencia real. La sobriedad de los interiores contrastaba radicalmente con los sobrecargados estilos de las estatuas y monumentos que veían por todos los rincones de los jardines que habían atravesado a su llegada. Asimismo, la decoración de los gruesos muros del palacio consistían en su mayoría en armas antiguas y desgastadas, que los santos adivinaron correspondían a los héroes de los que la ciudad tanto se vanagloriaba. Largos pendones caían desde lo alto de las paredes, todos demostrando en diversas formas el símbolo de la ciudad: el caballo.

Pronto, se encontraron subiendo una larga fila de escalones que comenzaban en un angosto pasillo escondido a unos pocos metros de la entrada al megarón. El espacio era reducido, pero las exquisitas cortinas de telas orientales que caían ambos lados y la barra de apoyo labrada en oro puro, demostraban que aquel recóndito rincón era digno únicamente de la presencia de los miembros de la familia real troyana y sus allegados. Cuando por fin alcanzaron el final de la subida, una extensa sala se abrió frente a sus ojos. El resplandor de los rayos naranjas que entraban por las ventanas se reflejó con fuerza en un inmaculado mármol blanco que revestía pisos y paredes. Varios asientos de esponjosos almohadones estaban distribuidos por el lugar, cada cual de diferentes colores y forrados en telas de texturas que podrían considerarse increíbles para la época; uno es especial, de un brillante color escarlata, permanecía cerca de la entrada a lo que parecía un balcón. Sintiendo una curiosidad que pocas veces se permitían demostrar, los santos recorrieron con los ojos el salón. Algunas viandas aún permanecían servidas en las mesas que acompañaban a cada asiento mientras otro grupo de sirvientes, principalmente eunucos y mujeres de rasgos egipcios, se afanaba en limpiar con meticulosidad hasta el rincón más alejado.

- Aquel es el palco real. -explicó Lisios apuntando hacia donde estaba el sillón escarlata.- Desde ahí se puede observar toda la ciudad e, inclusive, la explanada de arena que lleva hasta la Gran Bahía.

- Y, ¿a dónde vamos nosotros? -cuestionó Kanon.

- Se han dispuesto habitaciones para su servicio. Por lo pronto, deben asearse y vestirse adecuadamente para la cena. El rey estará esperando por ustedes en el megarón cuando la noche caiga.

- ¿Hasta la noche? ¿Qué se supone debemos hacer hasta entonces?

- Cómo les decía, primero pueden asearse y, posteriormente, son libres de hacer como gusten. El palacio entero está a su disposición por órdenes reales.

- Pero…

- Sin duda un gesto generoso de su Alteza. -el arquero interrumpió a Kanon.- Hágale llegar nuestros sinceros agradecimientos, Lisios.

"Tú apoyaste la idea de quedarnos en Troya al menos hasta el amanecer. Atente a ello, Kanon." La advertencia por parte de Aioros llegó a su cabeza con tanta claridad que el peliazul se respingó. Resopló los flecos que caían sobre su frente y evitó la mirada de su compañero.

A la izquierda del gran salón encontraron una nueva entrada, resguardada por unas delgadas cortinas que se mecían con la entrada de aire del balcón. Lisios caminó hasta ellas y las apartó para abrirse paso hacia un largo corredor con varias puertas en sus costados. Las fueron pasando una a una sin detenerse, esperando que su guía diera alguna instrucción, sin embargo nada sucedió. Casi al final del largo pasillo, frente en una puerta labrada con la figura de lo que parecía un tritón, Lisios se detuvo. El asistente del rey abrió la puerta y dejó que los siervos entraran primero. Esperó que los jóvenes santos, que venían un par de pasos atrás, llegaran hasta ahí y entonces les cedió el paso.

Adentro, encontraron un enorme baño. La piscina que ocupaba la mayor parte de la habitación estaba llena de agua cristalina aromatizada con pétalos de rosas cultivadas en los jardines del desierto. El único escalón, que a la vez servía de asiento estaba decorado con lozas de diversos colores que formaban una gran variedad de figuras. La tonalidad vibrante de las baldosas creaba un espectro de colores sobre la superficie del agua transparente. A los costados de la piscina, los sirvientes que estaban haciendo guardia habían sacado el contenido de las cajas de madera: varios aceites aromáticos, un par de pieles de cordero y unas cuantas prendas limpias dispuestas para su uso.

- Siéntanse en libertad de solicitar cuanto deseen. -reverenció Lisios.- Cada siervo en este palacio está a su servicio. Pueden entregar sus pertenencias a Ghazi y Fouad. -acotó señalando a los enormes esclavos que permanecían a su lado.- Ellos se encargaran de llevarlas hasta sus habitaciones mientras ustedes se asean. Por el momento me corresponde dejarles, pero nos reencontraremos durante el banquete de bienvenida.

Sin darles la espalda, regresó sobre sus pisadas. Dirigió una última mirada hacia los esclavos que se quedarían, indicándoles que se mantuvieran atentos a cualquier solicitud de sus jóvenes invitados. Después, cerró la puerta con sigilo.

Tan pronto Lisios hubo desaparecido, el trío de mujeres que había permanecido dentro del baño se apresuró a cumplir las funciones propias de su rango. En un recipiente de barro cocido mezclaron unos pocos granos de arena con varios aceites aromáticos de diversas esencias hasta formas una pasta de color amarillento. Cuando el amasijo se volvió homogéneo, dejaron los trastes sobre el suelo y se dirigieron hacia los santos.

- Permítame, señor. -dijo una de ellas acercándose a Saga.

La joven morena se paró frente a él y comenzó a desabrochar el cinto de piel que el gemelo llevaba en su cintura. Tomado por sorpresa, el gemelo permaneció estático mientras la mujer lo retiraba para después centrar su atención en quitarle la camisa. Entonces, Saga volteó hacia sus dos acompañantes, encontrándolos en la misma situación que él. Las caras de desconcierto que tenía se le antojaron idénticas a la que seguramente el esbozaba en esos momentos.

- Mi señor, levante los brazos, por favor. -ante la solicitud de la sierva que tenía enfrente, Aioros sintió la incomodidad haciendo estragos en su cordura.

- Puedo solo, gracias. -se apresuró a responder a la vez que se ajustaba de nuevo la camisa que la doncella le había levantado para sacarla.

- Es mi deber ayudarle.

- Lo sé, pero puedo hacerlo por mi mismo. Te lo agradezco.

La risa de Kanon explotó en el eco de la habitación trayendo consigo un refrescante escape a la tensión. El gemelo había tomado con mucha mayor ligereza la situación y, a diferencia de Aioros, no se incomodaba por los servicios de las jóvenes esclavas.

-Déjalo. -sonrió a la sirviente.- Si sigues insistiendo lo harás morir de vergüenza. La mirada que el santo de Sagitario le lanzó pudo haberlo fulminado, sin embargo el antiguo marina ni siquiera se inmutó. Permitió que la doncella le quitara la camisa. Su cabello azul cayó despreocupadamente sobre su espalda.- De aquí en adelante sigo solo, preciosa. Puedes retirarte.

- Pero…

- No debes preocuparte de nada. Nadie tiene porque enterarse de que no han terminado su trabajo… mucho menos Periandro.

El trío de mujeres se miraron con recelo. Siendo siervas al servicio de un rey, sus labores no podían pasarse por alto; de ser encontradas faltando a sus obligaciones, su permanencia en el palacio e, inclusive sus vidas correrían peligro. Por ello, las dudas respecto a las órdenes que se les habían dado y la petición de los santos causaban confusión en ellas.

- Tienen nuestra palabra de que nadie se enterará. -interrumpió Aioros al notar las dudas en ellas.

- Además, pueden tomar esto como una orden. Lisios ha sido claro al decir que nosotros estamos al mando, así que en realidad tendrán problemas si no hacen lo contrario.

- Eso, Kanon. Sé un poco más amable. -reclamó. El gemelo le ignoró.

- No es necesario, señor. -terció una de las chicas.- Si es su deseo nos retiramos, pero continuaremos a su servicio cuando se nos requiera. -agregó después con una reverencia.

Giró hacia las otras dos y con un movimiento de cabeza les indicó que se retirasen. Las otras dos obedecieron sin poner resistencia. Sus pasos hacia la salida fueron rápidos pero silenciosos, y en un parpadear, las primeras mujeres habían abandonado el baño.

- Espera. -la poderosa voz de Saga atrapó no solo la atención de la sirvienta, sino también de sus dos compañeros.- Hay algo que quisiera preguntarte.

- Diga, mi señor. -agachó la cabeza, pero el tono tembloroso con que sus palabras resonaron delató sus sentimientos.

- Es acerca de Periandro.

- No. No puedo hablar de mi rey. -se apresuró a decir.

- ¿Por qué no? Solo necesito saber si el rey es un hombre de bien. -ella guardó silencio.- Escucha, no es mi intención involucrarte en un problema, pero la experiencia me dicta que nadie da nada sin pedir algo a cambio. Lo más probable es que, para dentro de unas horas, estemos negociando con él; y no es mi deseo hacer tratos con un hombre que no vale la pena.

Ningunos de los otros dos santos agregó nada, sino que esperaron con disimulada paciencia por la respuesta de la joven sierva. Ella, abochornada, apretó los labios.

- Por favor, si tienes algo que decir es el momento de hacerlo. -el santo de Sagitario se acercó a ella. Sonrió intentado infundirle confianza.

- El señor Periandro es un rey justo. -balbuceó.

- Con eso no convencerás a nadie. Queremos la verdad o al menos que finjas mejor. -Kanon se cruzó de brazos tapando la salida con su cuerpo. La chica no iba a irse sin una respuesta.

- Periandro es un buen rey. Su reino es su principal preocupación y su honor es intachable. -dijo.

- ¿Pero? -la mirada de Kanon la desconcertó por un momento, más rápidamente se recuperó y continuó con sus explicaciones.

- Como todo hombre, no es un perfecto… mucho menos cuando hablamos de un poderoso como él. Su ego puede perderle y su insaciable sed de gloria se alza como su peor enemigo.

- Gracias. Es todo lo que necesitábamos saber.

Con las palabras de Saga, una súbita sensación de alivio llegó para la joven esclava. Deseosa de evitar cuestionamientos posteriores, se apresuró a desaparecer, dejándolos solos una vez mas.

Toda vez que la mujer se hubo marchado, Kanon se volcó a la suyo. Ignorando a sus compañeros, pasó a su lado y se dirigió hacia el recipiente de barro que las esclavas habían dejado. Lo tomó en sus manos y revolvió con el dedo la mezcla arenosa. Untó un poco de ella sobre su pecho desnudo y lo esparció. La sensación granulosa del preparado frotándose contra su piel le arrancó una sonrisa involuntaria. De inmediato la retuvo, esperando que ninguno de sus dos acompañantes hubiese reparado en ella. Un efímero olor llegó a sus sentidos y no pudo reconocerlo. Rápidamente se olvidó de él.

- No sé ustedes, pero mientras más pronto consiga sacarme la arena y el olor a salitre de encima será mejor para mí. -comentó mientras terminaba de desnudarse. En un santiamén, se deshizo de la ropa y se metió a la enorme tina.- ¿Van a quedarse ahí mirando? Porque debo decirlo, se ven horribles.

- Gracias por el comentario. -Aioros torció la boca y no tardó en imitar al menor de los gemelos.

Saga se dedicó a observar por un par de minutos. A diferencia de Kanon, él no tardó en reconocer el agradable aroma del los aceites de lavanda. Se frotó el cuerpo con la mezcla y. tras retirarla, acompañó a los otros dos dentro de la piscina.

Por un largo rato no hubo conversación entre ellos. Cada uno permaneció cerrado en sus propias ideas y pensamientos hasta que de manera repentina, del otro de la puerta, un alboroto se escuchó. Los santos oyeron las voces lejanos de los esclavos saludando a alguien mientras el repicar de unos pasos se acercaba a donde estaban.

- ¡Abre la puerta!

Ante el comando de la voz femenina que se oía afuera, la puerta se abrió y una mujer entró caminando con pasos largos y seguros. La joven vestía una larga túnica ceñida a su cintura por un cinto bordado con hilos de oro y plata. Sobre su cabello, cayendo sobre la frente, una tiara dorada adornada con una gran gema delataba su rango.

Ninguno de los tres santos se inmutó a causa de la sorpresiva visita, sino que permanecieron dentro del agua mirando hacia la chica de cabellera cobriza y ojos verdes.

- Sería un buen gesto avisar antes de entrar, sobre todo si sabes que alguien más está ocupando el baño. -Kanon habló, torciendo la boca.- ¿Quién eres?

- Mirra, hija de Periandro y princesa de Troya.

- Bien, Mirra, ahora, ¿te importaría…? -le dijo con burla y apuntándole hacia la puerta, como clara invitación a salir.

Saga y Aioros permanecieron callados. El primero parecía despreocupado por la irrupción de la princesa troyana y solamente acertaba a escuchar, con obvia indiferente, la conversación entre su gemelo y ella. Aioros, en cambio, se veía incómodo con la presencia de Mirra; sus mejillas estaban sonrojadas y mordía sus labios con nerviosismo.

Ella, sin ningún tipo de vergüenza, los recorrió con la mirada.

- En realidad, solo deseaba conocer en persona a los invitados de mi padre antes de la gran cena.

- Nos has visto. Quizás es mejor que te marches. -insistió el gemelo.

- Ciertamente podrían hacer algo con sus modales...

- Lamentamos no ser de tu agrado, pero tampoco es de buen gusto presentarse ante alguien cuando se está desnudo.

- La desnudez nunca ha sido un problema. - sonrió con descaro.

- ¿En serio? Entonces, no te molesta si voy en busca de algo con que secarme.

- Adelante. -ella meneó la cabeza suavemente. Su mirada lasciva cayó sobre el gemelo menor.

Kanon soltó una carcajada.

- Las mujeres en Troya son bastante divertidas. -le dijo.

- No sabes cuanto. -Mirra rió.

Pero Kanon no dejaría las cosas así. Estaba dispuesto a poner a prueba las palabras de la mujer y a descubrir si se trataba simplemente de habladurías o decía la verdad. Sin pudor alguno se puso de pie y caminó hasta donde yacía un tela, atándola alrededor de su cintura. La forma en que los ojos de la princesa siguieron sus movimientos estuvo a punto de robarle una carcajada que consiguió tragarse con mucho esfuerzo.

Saga suspiró, fastidiado, por las ocurrencias de su hermano. Giró los ojos, le vio de soslayo y retiró la mirada de él. Aioros se pasó las manos por el rostro. Simplemente no se creía la actitud de Kanon; por algo como ello, a saber si Periandro les mataría por exponerse así ante una de sus hijas.

Mirra no se inmutó. Por un segundo miró directamente a los ojos del geminiano, pero tras ese breve instante, su curiosidad se satisfizo con el resto del cuerpo. No era la primera vez que admiraba el cuerpo desnudo de un guerrero y tampoco era algo inusual dada la gran cantidad de soldados al servicio de Troya que pasaban largas jornadas dentro de Palacio. Así también estaban los grandes juegos, aquellos a los que las mujeres tenían prohibido pasar, pero que ella había observado desde algún escondite en varias ocasiones. Después, estaban los rumores. Las damas de la corte solían murmurar acerca de cómo esos hombres eran muy diferentes a sus esposos en tantas maneras, al grado de que la tentación se había tornado irresistible para la princesa; no había tardado en comprobar la verdad detrás de las palabras de sus acompañantes.

Una gota de agua resbaló desde los cabellos azules y ella no se molestó en ocultar como sus ojos seguían la ruta trazada sobre el cuerpo del santo de Géminis. Su aspecto era hermoso: sublime y simétrico como las esculturas de sus dioses; aunque el color tostado de la piel bronceada agregaba un delicioso toque de realismo que consiguió hipnotizarla. Su espalda era ancha y las caderas angostas, que se amoldaban en perfecta proporción al cuerpo esbelto y ligero de un luchador embarnecido por el esfuerzo físico.

Mientras él se acomodaba la prenda alrededor de la cintura, su espalda se tensó, delineando con minucioso detalle cada músculo que la conformaba y se perdían más allá de los límites de la tela. De frente, el espectáculo no era menos atractivo. Los largos mechones de cabello que caían por encima de sus hombros, descansaban sobre su pecho a la vez que enmarcaban su esculpido vientre. La vista de la princesa bajó más, perdiéndose en el trozo de tela, húmeda y transparente, que se ajustaba con morbo a las formas del cuerpo de Kanon.

- Sinceramente, esperaba un poco más de discreción por parte de una princesa. -habló con marcada ironía.

- Y yo esperaba algo más de pudor por parte de unos de los protegidos de Athena. Sin duda la vida está llena de sorpresa.

- Me simpatizas.

- Kanon, solo cállate, ¿quieres? -musitó Aioros.

- La dama no tiene problemas, ¿por qué tú si?

- Porque…

- No hay nada de que avergonzarse. -Mirra intervino. Sostuvo la mirada de Kanon y, después, con actitud retadora, volvió a recorrer su cuerpo con los ojos.

El santo de Sagitario bufó al darse cuenta que nada podría hacer cambiar de idea al hermano de su amigo. Giró la cabeza hacia Saga, esperando que el gemelo hiciese algo para detener al antiguo marina pero Saga solo subió los hombros, regresando su atención a la mujer que tenía enfrente.

- ¿Hay algo más que quieras agregar? -le preguntó a la troyana.

- Una advertencia solamente. -los tres santos guardaron silencio al oír sus palabras.- Nada aquí en Troya se da sin pedir algo a cambio… mucho menos viniendo de mi padre.

- ¿Estás diciendo que debemos abstenernos de cualquier ofrecimiento suyo? –Aioros entrecerró los ojos.

- Jamás diría eso. -contestó dándoles la espalda y caminando hacia la puerta. La abrió y, entonces, se detuvo. Volteó hacia los guerreros de la diosa de la sabiduría sin pronunciar palabra alguna por un rato.- Nunca les pediría que no hiciesen tratos con mi rey, especialmente cuando no tienen más opción que acatar lo que él les pida.

-5-

- El señor de la luz perdido en el reino de las tinieblas. ¡Singular ironía! -Hades celebró con expresa sátira la llegada de su invitado.- ¿A qué debo que alguien como tú pise el suelo maldito de mis dominios?

Su voz, grave y áspera, retumbó en la inmensidad del salón. A diferencia del Olimpo, el Inframundo era un lugar de oscuridad. Las penumbras reinaban en un mundo en el que incluso las llamas de las antorchas luchaban por sobrevivir. Macabros murales adornaban las paredes, tallados en una piedra negra de la cual relucían destellos de plata con la caricia de la luz.

Una larga y densa alfombra color púrpura recibía al recién llegado, guiando sus pasos hasta los pies del trono. Ahí esperaba el Señor de los Muertos.

- No es una visita de cortesía. Deberías saber que nadie viene por gusto propio a este lugar. -contestó el otro con la misma sorna.

- Siempre tan agudo, Apolo. Habla pronto y dime que es lo que te trae hasta aquí.

- Busco a alguien… -dijo desviando la mirada y fijándola con indiferencia en una grotesca estatua cercana a él. Después, tras una pausa, llevó sus ojos de regreso hacia el dios del inframundo.- …un hombre que murió hace algunos años. Deseo saber si su alma aún sigue bajo tu custodia.

- Ningún espíritu humano puede abandonar este reciento después que sus días en la tierra terminaran.

- Lo sé. Pero no hablamos de un humano cualquiera, Hades. Este hombre en particular posee el favor de un dios que se valdría de lo que fuera para liberarle del tormento eterno.

- Y tú crees que ese dios ha conseguido su objetivo.

- Sí. -respondió a secas.

Hades calló. Su mirada, tan oscura como las profundidades del propio infierno, se clavó en la deidad del Sol quien la sostuvo con la misma intensidad. Así permanecieron hasta que el dios pelinegro se levantó de su trono. Caminó hacia Apolo con gran parsimonia, sin delatar en sus movimientos la ira que despertaban las palabras del joven dios. Una insolencia, eso era lo que proponía y, sin embargo, Hades sabía que no era la primera vez que sus iguales metían las manos en decisiones que solamente eran de su incumbencia; siendo Zeus el primero de ellos.

En silencio, Apolo le miró cruzar a su lado. Su mirada parecía ausente, pero el señor del arco era consciente de que detrás del par de ojos de hielo se escondían más pensamientos de los que podría imaginarse.

- ¿Quién exactamente el hombre que tiene tu interés? -preguntó el señor de los muertos después de un largo silencio.

- Orión.

- ¿El cazador? -volvió a cuestionarle con una suspicaz sonrisa en los labios.- ¿Acaso no fue tu hermana quien terminó con su vida? ¿Por qué el repentino interés en un gigante de tanta simpleza?

- Las respuestas a tus preguntas son únicamente de mi incumbencia, Hades. Si estoy aquí es porque necesito comprobar que el alma de ese hombre sigue encerrada en la penumbra del Infierno.

-Puedes ir tú mismo a buscarle en todos los rincones de mi reino. Espero que le encuentres. -agregó con burla.- Por cierto, debes saber que no eres el primero en estos días que se interesa por el estado de los muertos. -ensanchó la sonrisa al darse cuenta que tenía la atención del joven dios.- Mi hermosa Perséfone parece muy interesada en la desaparición de un par de almas. En exceso sospechoso, ¿no lo crees así?

El dios gemelo asintió de manera casi imperceptible. Sabía que Hades jugaba con sus palabras y sus acciones, que detrás de cada consejo o cada pista existían intereses que el señor de los infiernos defendería a toda costa. A pesar de ello, la información era valiosa para Apolo y, si había de asumir algún riesgo, lo haría con las debidas precauciones. Así sería.

Oyó como la pesada puerta del gran salón se cerraba a sus espaldas anunciando que el amo de las tinieblas había desaparecido. Habiéndose quedado solo, regresó sobre sus pasos hacia la salida.

-Continuará…-

Tres palabras: Kanon, babas, babas. (*Sunrise es golpeada por una explosión de galaxias*).

¡Sorpresa! Dos capis publicados. A dejar review y a seguir leyendo. ¡Disfruten!

Sunrise Spirit