Ojo: Si comienzas a leer por aquí, vas a sentirte un poco perdido porque hay un capítulo nuevo anterior a este. Una vez aclarado…
Capítulo 32
El favor de los dioses (Segunda parte)
-1-
La noche había envuelto a Troya con su manto de oscuridad. Únicamente prevalecían los reflejos amarillentos de las antorchas públicas y los tenues reflejos de la luz que escapaban de las casas. Desde palacio, tales brillos eran apenas perceptibles, ya que el esplendor de las llamas usadas para alumbrar la casa real las opacaban con facilidad. Sin embargo, más allá de los límites de la ciudad, pasando las murallas y librando el gran banco de arena que la separaba de la bahía, la densa oscuridad daba nueva vida a las luces desprendidas por las hogueras de la playa. Si uno observaba con atención, era capaz de distinguir las siluetas de quienes aún permanecían a la orilla el océano. Los barcos mercantes y sus tripulaciones sobrevivían en medio de la alegoría que daba sentido a su existencia. También, al afilar el oído, se podían escuchar con cierta clarines las voces y cantos arrastradas por el viento; aguardentosas, excitadas, pícaras… llenas de emociones.
Así, en medio de un silencio que se sentía más acogedor que las palabras, los santos habían pasado la espera a ser convocados. Con la bendición de Periandro de hacer como les placieras, los tres se habían reunido en el balcón del gran salón. Resultó que, tal como lo había dicho Lisios, la vista era maravillosa. La polis es su total magnificencia quedaba al alcance de la vista, comenzando por los espaciosos jardines del rey y terminando en el horizonte, donde el mar se encontraba con la oscuridad del manto estelar. Una abrumadora tranquilidad reinaba, interrumpida solo por el chapoteo de las olas que se rompían en la arena troyana. Una vieja torre alcanzaba a divisarse en el punto más elevado del brazo de tierra que se adentraba con mayor profundidad en el mar. Dentro de ella, una escueta luz luchaba por vencer las tinieblas a su alrededor.
- ¿Cuánto más habremos de esperar? -se quejó Kanon. Su estómago se unió a la protesta emitiendo un gruñido.
- Espero que no mucho más. -Aioros se guardó una sonrisa.- Aunque me sorprende el poco movimiento que ha habido.
- Si por poco movimiento te refieres al hecho de que no hemos visto nada más que sirvientes, estoy de acuerdo. Resulta sospechoso. -el gemelo menor se alejó de la baranda del balcón sobre la que se encontraba recostado.
Los otros dos le observaron mientras se encaminaba de regreso al salón y se dejaba caer pesadamente sobre la silla escarlata. Sin titubeos, encaramó los pies para recostarse. Cuando le vieron cerrar los ojos, Saga y Aioros volvieron su atención hacia el panorama de la ciudad dorada. El ir y venir de los arqueros que patrullaban las murallas se volvió el centro de sus miradas.
- ¿Qué crees que quiera? -Saga titubeó ante la pregunta del castaño.
- ¿Qué?
- Periandro. ¿Qué crees que quiera de nosotros? -insistió sin quitar la vista del horizonte.
- Yo que sé. Tal vez no desea más que conocernos. -encogió los hombros.- A veces me siento como un animal en un zoológico. -el comentario arrancó una estruendosa carcajada de su amigo.
- Esa es una excelente manera para definirnos.
- No es gracioso y tampoco es una mentira. Todo el mundo parece tener un asunto pendiente con nosotros. Extraño el anonimato.
- ¿Cuál? Quizás el mundo ignoraba nuestra existencia, pero no así el resto de la población del Santuario y sus alrededores.
- Cierto, sin embargo mantenían sus distancias. -suspiró.
- ¿Qué pasa si Periandro solicita algo de nosotros? -Aioros se había tornado serio y su voz se agravó.
- No lo hará. Sus deseos e intenciones son otras.
- ¿Cómo cuales?
- Pues, si Ganimedes ha hablado con la verdad y el ego es lo que le mueve, se me antoja que sus intenciones para con nosotros van más inclinadas a que su nombre sea asociado con nuestras misiones. -miró de reojo al sagitario.- Periandro, el gran rey de Troya, luchando codo a codo con los santos de Athena. Tentador, ¿no lo crees?
- Ojalá tus ideas sean correctas, porque este desastre no debe tener más participantes.
- Si estoy equivocado, discutiremos la propuesta y buscaremos una forma de librarnos del problema. Es todo.
Sin responder, Aioros alzó las cejas sintiéndose ligeramente incrédulo de la factibilidad de esa última opción. Los hombres con grandes egos como el de Periandro nunca tomaban un no con tanta simpleza.
- Dime algo, Aioros. -Saga giró y apoyó la espalda en la barra del balcón.- ¿De verdad no tienes algún plan para cuando lleguemos a Temiscira?
- No. -rió nerviosamente por lo bajo.- Esperaba que pensáramos en algo juntos.
- Comenzaré a estresarme por ello. -le miró de reojo.
- Bienvenido a mi mundo. El estrés es parte de mi vida desde hace bastante rato.
Compartieron una risa que alertó al menor de los gemelos.
- ¿Qué es tan divertido? -preguntó con tono apagado. Su voz sonaba pastosa y cansada.
- Nada. Sólo conversábamos intentado que el tiempo pase más rápido.
- Pues no veo como eso hará la espera menos aburrida, arquero. -bufó.- ¿Por qué mejor no piensan en algo útil para nuestra aventurilla en Temiscira?
- Porque nada se nos ocurre. ¿Qué tal si aportas algo? -Saga torció la boca y miró hacia el horizonte.- Tenemos aún un poco de tiempo antes de continuar el camino.
- Sería bueno saber más de esas mujeres. Pero hasta donde sé, conocemos muy poco del lugar.
- Aretha podría ayudar.
- Todo lo que sea con tal de pasar tiempo con ella, ¿no? -Kanon rió mientras la cara del centauro tomaba un aire de fastidio.
- ¿Hay algo más que tengas que decir además de eso? Mira que, por una vez, estamos dispuestos a escucharte. -habló.
- Que gracioso te has vuelto. Se ve que después de la complicidad en acciones estúpidas, el humor es otro de tus maravillosos dones.
Ambos, arquero y gemelo, le miraron de reojo.
- Deberías conseguirte algo mejor que hacer.
- Lo hago. -sonrió con cinismo.- Voy a molestarles hasta que me aburra.
- O hasta que alguno de los dos te rompa la cara por idiota.
Algo parecido a una sonrisa iluminó los labios del mayor de los geminianos. A su lado, Aioros tosió ocultando una risa traicionera. Ambos gestos no agradaron a Kanon.
El gemelo menor se levantó de un brinco e, ignorando al par que le observaba con desvergonzada curiosidad, se puso a la tarea de husmear el gran salón en el que se encontraban. A decir verdad, el breve intercambio de palabras con Mirra unos minutos antes le había dejado con suficiente intriga como para desear que el momento de conocer a Periandro se diera pronto. Sus deseos se cumplieron.
La pesada puerta que guiaba hacia las escaleras se abrió y por ella apareció la figura de Lisios. El anciano consejero saludó a los jóvenes con una tímida reverencia a la vez que sus ojos pardos inspeccionaban cada detalle de ellos. Complacido, se dio cuenta de las maravillas que un buen baño y unas cuantas prendas podían hacer con ellos.
- Mis señores, todo está listo. El rey Periandro espera por ustedes. Síganme, por favor -dijo.
Ellos no replicaron e hicieron como el hombre les pidió. Volvieron sobre sus pasos de regreso a la entrada principal del templo. Un par de desviaciones y pronto se encontraron frente a una gran puerta de madera decorada con resaltes dorados de formas que representaban al animal emblemático de Troya y al dios Apolo, señor de la Ciudad Dorada. La entrada estaba flanqueada por un grupo de esclavos ataviados en elegantes trajes con incrustaciones de piedras y metales preciosos. Los siervos reverenciaron a los recién llegados y procedieron a empujar las láminas de madera, cediendo el paso hacia el megarón.
Dentro, el ambiente estaba a media luz gracias al enigmático reflejo de las flamas que ardían en las paredes. El color rojizo de las llamas se reflejaba en un estanque artificial situado en medio de la habitación, y delante del cual se encontraba el trono. A su alrededor se habían situado varios colchones forrados con telas de diferentes que colores que agregan vida al, otrora, oscuro lugar. La música suave sonaba y un exótico olor impregnaba la gran habitación. Sentado en su trono, un hombre de cabellos grises y mirada verde centró en ellos su mirada. El rostro, de facciones cansadas pero que todavía guardaba rasgos de la galanura de su juventud, se iluminó con una sonrisa al reconocer a los santos. Rápidamente se puso de pie y se abrió camino entre la pequeña multitud que le acompañaba con la intención de llegar hasta sus invitados. La música cesó mientras los ojos de toda la corte se posaban sobre el trío.
- ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos, jóvenes héroes! -les saludó con un efusivo abrazo que les tomó por sorpresa.
- Es un honor, señor. -Kanon intervino.- Nos honra con esta invitación.
- No podía dejar pasar la oportunidad de compartir con ustedes. Tú eres…
- Kanon, mi señor. -terció Lisios.- Su hermano, Saga, y Aioros.
- A su servicio.
El asombro que las palabras del que fuese general marino traían consigo dejó mudos al arquero y al geminado mayor. Miraron al segundo gemelo con recelo, pensando en silencio los planes que tenía en mente y las razones ocultas detrás de tanta amabilidad.
- Benditos sean los dioses por tenerles aquí. Sus presencia es una alegría para mi ciudad, una señal de que bueno tiempos se aproximan.
- ¿Señal?
- Si, hijo. Los gemelos y el hombre del arco representando a nuestros señores, Apolo y Artemisa. Sin duda, una señal del Olimpo.
- En realidad, es un designio. -interrumpió el arquero dorado.- Y, aunque su hospitalidad es infinitamente agradecida, el tiempo apremia.
- Lisios ha dicho que usted está en disposición de ayudarnos.
- Y está en lo cierto. -volteó hacia Saga.- Pero por el momento no hablemos de ello. Pasen. Bebamos y comamos. Celebremos su llegada.
Los guió hacia los lugares destinado para ellos, a los lados del trono. Varias personas les saludaron en el camino, aunque si lugar a dudas, la atención de todos los presentes les pertenecía a los santos. El rey reía y se congratulaba de tenerlos como acompañantes, su pecho de inflaba de orgullo cada vez que los presentaba como amigos del reino. Por fin, tras lo que pareció un interminable desfile de personalidades cuyos nombres jamás recordarían, el trío llegó hasta donde les correspondía. El soberano les invitó a tomar asiento y, de inmediato, abundantes viandas les fueron servidas.
- Cuéntenme, ¿qué les ha parecido nuestro tiempo? ¿Qué grandes aventuras han presenciado sus ojos?
- Aventuras dignas de leyenda, señor. -Kanon sonrió y solicitó a la esclava que estaba a su lado que llenase su copa de vino.- Criaturas mitológicas, como el león de piel impenetrable y la bestia de nueve cabezas.
- Pero ahora toca enfrentar a todo el ejército amazónico y conseguir el ceñidor de la reina. Quizás sea la peor de las misiones que hemos enfrentado. -Aioros arrugó el entrecejo. Metió a su boca un trozo de pan.
- Deberían preocuparse más del ceñidor que del ejército completo. No pretendo ofender la fuerza de las huestes amazónicas, pero el cinturón de Hipólita es mucho más temible que el mayor de los ejércitos dentro de sus tierras.
- ¿Es tan temible? -Saga habló por primera vez en lo que iba de la conversación.
- Esa hermosa pieza de joyería tiene bajo su control a ocho compañeros suyos, mis jóvenes amigos. Ciertamente es de temer. Se dice que otorga dones sagrados a aquel que le viste, convirtiéndole en dios entre los hombres.
- ¿Lo ha visto?
- Sí, Kanon. Temiscira y Troya mantienen tratos comerciales. Ellas necesitan de nosotros y nosotros de ellas, nuestras relaciones políticas son fuertes.
- No comprendo. Si sus ciudades son hermanas, entonces, ¿por qué el interés de ayudarnos? -los ojos de Saga le miraron con desconfianza.
- No existe tal cosa como las ciudades hermanas. -Periandro subió los hombros y soltó un suspiro.- Es cuestión de tiempo antes de que necesiten expandirse y todo lazo político se romperá.
- ¿Está diciendo que se este es un juego de quien traiciona primero a quien?
- Es una cuestión de supervivencia.
- Yo comprendo. -Kanon le sonrió.- Un inteligente movimiento, rey Periandro. Pero, ¿qué parte jugamos nosotros en esto?
- Ninguna. Sólo son una buena señal por parte de los dioses.
- Nos subestimas, mi señor. -el gemelo menor habló con la mayor delicadeza posible. Sin embargo, la ironía marcada en sonrisa era evidente.- No somos ingenuos como para creer que no habrá recompensa en la supuesta caída de Temiscira.
- Bien, aceptaré que hay que quiero. -bebió de su copa.- La elegida de Apolo.
- ¿Quién? -preguntó el arquero.
- La elegida de Apolo. Una joven que va bajo el nombre Phineas. El gran sacerdote nos ha informado de los deseos del señor Apolo de que ella se convierta en el oráculo de nuestra ciudad, sin embargo se encuentra en poder de las amazonas. Si bien podríamos solicitarles que la joven sea regresada a nosotros, Hipólita ha demostrado cierta… afición, por los dones de la adivinación; hacer semejante petición pondría en peligro la alianza que tenemos.
- Y la mejor alternativa es enviarnos a nosotros.
- Con nuestro apoyo, por supuesto, Saga. -el rey sonrió y, rápidamente llevó sus ojos lejos del santo, perdiéndoles entre sus asistentes.
- Traerla de regreso complicará considerablemente la misión. Ni siquiera sabemos si contaremos con tiempo suficiente para sacar a nuestros hermanos y capturar el cinto. -Aioros lo imitó y fijó sus ojos azules en un lugar indefinido.
- No podrán sacar a nadie si primero no consiguen entrar. Y, para hacer tal cosa, necesitan de mi ayuda.
Ninguno de los tres pudo evitar la mirada púrpura de Mirra, quien les observaba desde su lugar. En los labios de la joven mujer había una sonrisa de triunfo que contenía en ella un toque de arrogancia.
- Considérenlo. Mi bendición y el completo apoyo de Troya en esta odisea suya. ¿Qué dicen?
- ¿Tenemos más opción? -Saga le sostuvo la mirada.
- Excelente decisión, santos de Athena. Ahora, disfrutemos la velada mientras el vino estimula la fluidez de nuestras ideas. Hay muchos planes que discutir y una larga noche para hacerlo.
-2-
Una inquietante tranquilidad reinaba en los terrenos sagrados de la diosa de la sabiduría. A pesar de que el clima era por demás agradable, ni una sola ráfaga de brisa podía sentirse. En el ambiente flotaba un aura de tranquilidad. La ciudad estaba especialmente silenciosa. Incluso los olivos parecían dormidos ante la carencia de cualquier movimiento de sus hojas; nada se movía.
De pie a la entrada de su templo, Athena esperaba con impaciencia la llegada de su Patriarca. Ella, acompañada de su sacerdotisa y de un grupo de soldados a su servicio, hacía guardia justo al final de las escalinatas principales que conducían al interior de su residencia. Largos se habían sentido los minutos que transcurrieron mientras esperaban, al grado que la comitiva comenzaba a mostrar signos de cansancio que quedaron al descubierto cuando Herse no pudo contener un bostezo de fastidio.
- Mis disculpas. -se excusó de inmediato mientras sus mejillas se teñían de rojo.
- No hay razón. La espera ha sido larga. Se supone que debería haber llegado ya. -la morena alzó la mirada hacia el cielo despejado.- Mi padre dijo que llegaría poco después del anochecer, pero hasta ahora no tenemos noticias.
- ¿Cree que haya algún cambio de planes?
- No sin mi consentimiento. -torció la boca.- Saori y yo quedamos en trato muy claro, así que dudo mucho que cambiase algo de lo establecido.
- De nuevo suplico que me disculpe, señora. La espera me ha puesto ansiosa y he hablado sin pensar. -la sacerdotisa agachó la cabeza al oír el tono agrio de la deidad.
- Y nuevamente te digo que tus disculpas no tienen razón de ser, Herse. Esperaremos un poco más y si no obtenemos respuesta iré por mi padre. Zeus tendrá que darme una explicación.
La doncella asintió y volvió a asumir su posición al lado de su diosa en completa solemnidad. Pasaron unos pocos minutos antes de que las primeras señales se dieran.
En medio de la densa calma, un soplo de viento se inició. Al principio fue una ligera brisa, cuya potencia le transformó con rapidez en un vórtice de aire que levantó todo a su paso. Un torbellino de hojas y ramas se formó en la explanada que precedía al templo de Athena mientras los guardias y la joven sacerdotisa luchaban por mantener la compostura ante el inusual fenómeno que sus ojos presenciaban. Al frente, la diosa permanecía inmutable, con la mirada de plata fija en el tornado. Sus largos cabellos oscuros estaban a merced del viento implacable al igual que su fino peplo y, sin embargo, ella ni siquiera pestañeaba. Por fin, justo en el centro del tornado, una luz dorada resplandeció con fuerza. El súbito resplandor en medio de la oscuridad, obligó a todos los presentes a cerrar los ojos. Cuando la ceguera temporal quedó atrás, delante de ellos distinguieron la elegante figura del mayor de los santos.
Las hebras de cabello verde danzaban al ritmo de la tenue brisa que todavía se sentía. A través de los flecos, coronadas por los lunares que delataban su noble raza, sus orbes rosas centellaron bajo el reflejo de la luz nocturna; eran tan profundas como antiguas, repletas de sabiduría y cargadas de determinación. Vestía la túnica oscura y larga de ribetes dorados que solía llevar en el Santuario, pero el estorboso casco estaba ausente. Su semblante era uno de serenidad: carente de juicios y sorpresas.
Su primera reacción fue observar con detenimiento a la joven pelinegra que, a su vez, mantenía la vista en él. De manera apenas perceptible, una sonrisa discreta delineó los finos labios del lemuriano. Se acercó lentamente hacia su diosa. Sus ojos curiosos captaban con detenimiento cada pormenor en ella permitiéndole adaptarse a las evidentes diferencias entre la morena y la pequeña Kido que había dejado atrás al iniciar la aventura. Entonces, cuando estuvo a los pies de la escalera, se arrodilló ante ella.
Un escalofrío recorrió su espalda mientras lo hacía. Era innegable la emoción que embargaba a Shion al saberse en presencia de la esencia de Athena. La diosa en persona, con toda su majestuosidad y gloria, estaba a unos pocos metros de él; su señora, en carne y hueso, estaba justo ahí, observándole.
- Shion de Aries a su servicio, señora Athena. -habló con voz fuerte y clara, a la vez que agachaba la cabeza.
- De pie, Shion. -le solicitó la diosa.
Una cálida sonrisa adornaba la boca de Athena, una sonrisa que reconfortó al recién llegado. Con la mano, ella le pidió que se acercara. El lemuriano obedeció.
Caminó con cierta lentitud. No era pereza ni apatía, sino un deseo incontrolable de memorizar cuanto detalle pudiera. Desde los sobrecargados ornamentos en las armaduras de los milicianos atenienses hasta la distribución de los extensos jardines, todo era un deleite a los ojos. Tal fascinación podía ser incomprensible pero, si bien no existía comparación, el ambiente antiguo traía consigo recuerdos de sus propios años de juventud.
- Es un placer observar directamente a los ojos del hombre digno de la admiración de sus iguales. -la diosa ofreció una graciosa reverencia con la cabeza.
- Sus palabras me halagan, sin embargo el honor es únicamente mío. -la joven sonrió.
- Sé bienvenido a Atenas. Es mi profundo deseo que te sientas en completa libertad de acción. Sin duda tu experiencia y sabiduría serán fundamentales para nuestros fines en común. Esperaba ansiosa tu llegada.
- Me siento honrado que haya considerado mi presencia aquí de importancia. Me supongo que nos esperaba una larga conversación. ¿Me equivoco? -arrugó los lunares.
- No, no te equivocas. Pasemos. -le invitó.- Pero antes, quisiera que conocieras a alguien. Ella es Herse, mi sacerdotisa.
- Un placer conocerle, Shion. -agachó la cabeza, no sin antes regalarle una espléndida sonrisa que él no dudó en corresponder.
En el fondo, aquel hombre de larga cabellera verde, centellantes ojos rosas y sonrisa sincera traía consigo muchas respuestas para la joven sacerdotisa. Quizás era la oportunidad perfecta para conocer más de él y de la amistad tan profunda que mantenía con Dohko. En muchos aspectos eran parecidos. Sus apariencias juveniles y frescas contrastaban con la antigüedad y sabiduría impresas en sus miradas, a la vez que sus palabras, cuidadas y con más lógica de la que muchos podrían presumir, los hacían diferentes al resto.
- Ven, Shion. Acompáñame y conversemos un poco, ¿te parece?
- Le sigo, mi señora.
Se internaron en el templo, avanzando con tranquilidad por los pasillos hasta llegar al patio interior. Ahí, bajo el resguardo de un corredor abierto, una mesa y dos sillas se habían dispuesto para Athena y el antiguo carnero.
- Sé que es desconsiderado de mi parte mantenerte en vilo a estás horas de la madrugada…
- Está bien. Ansiaba tener esta conversación desde hace mucho.
- Comencemos entonces. -la diosa hizo una pausa mientras ambos se servían una infusión tibia. Después retomó la plática. - Ignoro lo mucho o poco que estés informado respecto a lo que acontece aquí, así que comencemos por escuchar lo que sabes.
- Muy poco. Supongo que únicamente sé lo que usted desea que sepamos. -la miró a través del humo que expedía su taza de té.
- Un hombre directo. Me simpatizas. -sorbió de su bebida.- En tal caso, asumiré que estas al tanto de que hemos conseguido terminar cuatro tareas. Desafortunadamente, la quinta se ha convertido más en una misión de rescate que en otra cosa. A excepción de Aioros, Kanon y Saga, los demás santos se encuentran en poder de las amazonas.
- ¿Cómo? -preguntó con notable preocupación.- Yo no estaba enterado de ello.
- Entonces, lamento que tengas que saberlo de esta manera, pero así es. Los ocho se encuentran en Temiscira sometidos a un régimen de batallas que pone en juego sus vidas.
- Y, ¿qué se está haciendo para sacarles de semejante situación?
- Lo único que se puede. Aioros y los gemelos han sido enviados a su auxilio con la intención de que, a la vez, consigan terminar la siguiente tarea y traigan consigo el ceñidor de Hipólita.
- ¡¿Solos? -exclamó el Patriarca. Athena subió los hombros.
Con el corazón desbocado, Shion se puso de pie y avanzó hacia lo límites de la palestra. Se detuvo antes de descender el único escalón que comunicaba los pisos de piedra con la superficie terrosa del patio interior y perdió en la mirada en un punto indefinido. Llevó sus brazos hacia su espalda para cruzarlos tras de si. De pronto, se sentía abatido.
- Hipólita es hija de Ares. -tras una larga pausa, habló. Su voz sonaba distante a la vez que el tono ronco delataba sus angustias.
- Así es.
- No podemos dar entrada a Ares. Simplemente tenemos que tener cuidado porque…
- Por Saga. Lo sé, Shion. -agregó casi en un suspiro.
- ¿Cómo lo sabe? -volteó rápidamente hacia su diosa. El mismo lemuriano encontró poco sentido a su pregunta, sin embargo el súbito temor a la respuesta le obligó a retener la respiración.
- Porque las advertencias llegaron muy tarde. Ares ya está involucrado en esto…más de lo que debería. -alzó la vista para fijarla en el rostro desencajado de su Patriarca.- Ha tomado posesión del cuerpo de Saga antes y lo ha usado para atacar este mismo templo, a sus compañeros y a mi. -Shion abrió los ojos con incredulidad.- De no ser por Kanon, no estoy segura cual hubiese sido el resultado de esa fatídica noche.
- ¿Kanon? ¿Kanon le ayudó a despertar? -Shion volvió a sentarse, aunque la ansiedad se reflejaba en sus ojos rosas.
- Sí. Lo hizo, pero casi perdió la vida en el intento. De hecho, él es la razón por la que los tres se quedaron rezagados. Tras se atacado por Ares, Kanon perdió la consciencia y su espíritu quedó atrapado dentro de su propio cuerpo. Saga no pudo manejar la culpa.
- Ese es él. Incapaz de perdonarse por un daño que nunca hizo. Su vida nunca ha sido sencilla, Athena. -suspiró.- Ni siquiera sé si podría llamarse vida a todo lo que ha pasado. -meneó sutilmente la cabeza mientras su mirada compungida se clavaba en la mesa.- Nada nunca en fácil para Saga. Le ruego su paciencia y comprensión.
- Comprendo. -Shion sintió la tibieza de la mano divina cerrándose sobre la suya y encontró una empática sonrisa en los labios de la joven.- Pero, ahora mismo, Saga esta fuera de control. Temo que sus decisiones terminen costando un precio elevado, no solo para él, sino para los demás. -sus palabras cesaron y, en esa ocasión, fue ella quién ocultó la mirada detrás del blanquecino humo que salía de su taza.- Todavía hay mucho más que debes saber. La historia no termina aquí.
- Puede contarme. Debe hacerlo.
- Además de Ares existe otro peligro latente en el horizonte para Saga; uno que se disfraza con belleza y falsa inocencia, pero que esconde detrás de sí una amenaza mayor de lo que pudiera parecer. Y, con pesar debo admitir que todo indica que mi santo de Géminis ha caído en la trampa.
- Athena, no pretendo ser grosero, pero necesito claridad en sus palabras. -la miró con resolución, dispuesto a no esperar más por las respuestas que buscaba.
- Afrodita. -con la sola mención del mítico nombre, el antiguo lemuriano sintió la sangre helándose en sus venas.
- Es imposible. -susurró en completa incredulidad.
- No lo es. Mis propios ojos han presenciado la fascinación que genera en Saga. Lo ha tentado al punto que la resistencia y la razón han abandonado su mente.
- Pero…
- Shion, no hay peros en esta conversación. He hablado con él, he intentado hacerle comprender el peligro que mi hermana representa, el cual se magnifica cuando hablamos que Saga esa la reencarnación humana de Ares; incluso le he amenazado y nada funciona. Si algo ha dejado claro es que no va a retractarse de su decisión.
- Entonces, usted y yo tenemos un gran reto por delante. -admitió con tristeza.- Saga no es un hombre que tema a las consecuencias, tampoco es uno al que se pueda intimidar ni con palabras ni con hechos. Si ha tomado una decisión, se apegará a ella sin importar lo que signifique o el precio que tenga que pagar. Su voluntad, o necedad en algunos casos, es simplemente infranqueable; y, en esta ocasión, para Saga es una cuestión de supervivencia.
- ¿Supervivencia? Está firmando su sentencia de muerte al involucrarse con ella. Ares nunca le perdonará que toque algo que considera suyo.-siseó.
- No se trata de esa supervivencia. -explicó el peliverde sin mostrar señales de exaltación.- Al ser poseído por Ares, Saga pierde todo control sobre sí mismo. Pasa de ser dueño de sus acciones, a un simple espectador que sufre cada acto maligno que sus manos realizan. Así fue por catorce largos años sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. ¿Sabe usted cual fue la primera decisión que pudo tomar en todo ese tiempo?
Athena calló. Sus facciones se tensaron y, aún en contra de su voluntad, sus ojos grises se humedecieron.
- El suicidio. -dijo con voz ronca.
- Así es, señora. -el santo padre agachó la cabeza mientras luchaba por controlar el temblor de su voz.
- Con mayor razón, Shion. ¡¿Acaso no teme volver a perder la vida que le ha sido otorgada?
- Vivir no significa lo mismo para nosotros que para él. Para Saga, vivir va más allá de respirar: vivir es controlar su destino. Pero Ares regresó para arrebatarle eso y ahora sus peores pesadillas regresan a atacarle. Su única defensa, lo único que mantiene su cordura, es esa ínfima libertad que posee por momentos. De alguna forma que no comprendo, la ha canalizado hacia Afrodita e insistirá en quedarse a su lado.
- ¿Aunque ello termine matándolo?
- Mejor morir bajo sus términos que bajo los de alguien más.
- No comprendo. -frunció el ceño.- ¿Qué puede ofrecerle alguien como ella?
- Puede evocar sentimientos en él, emociones que no ha sentido antes.
- Ninguno de ellos es sincero.
- Probablemente. Sin embargo, para él significan mucho más de lo que podríamos imaginarnos. Debe entender que, por fuera, Saga puede verse fuerte como un roble, pero su corazón tiene muchas heridas que lo hacen frágil.
- Estás excusándolo.
- No lo hago, princesa. Es sólo que, muchas veces, olvidamos que esos jóvenes que aparentan ser de hierro fueron forjados en brazas que consumirían incluso el espíritu del más fuerte de los dioses. Pensar que podemos leer sus mentes con perfección es un grave error.
La diosa se tornó ausente. Su rostro tomó un aire taciturno matizado con un toque de frustración. Guardó los pensamientos que surcaban su mente esperando encontrar las palabras adecuadas para expresarlos.
- No pretendo ser insensible y tampoco quiero hacer de menos tus sabias palabras, Shion, pero algo debo saber. ¿Tú dispensas el comportamiento de Saga? -le observó fijamente.
Imitando los gestos anteriores de Athena, en esa ocasión fue el lemuriano quien cayó en afonía. Sus lunares se arrugaron al fruncir el ceño y, entonces, miró a su deidad protectora.
- No. No dispenso su actitud y mucho menos deseo que su vida corra un riesgo innecesario por ella. Pero no existen palabras suficientes para hacerle cambiar de opinión.
- ¿Qué propones?
- No apresurarnos. -al escucharle, Athena alzó una ceja.- Permítame constatar la gravedad de la situación y, a partir de ahí, veremos como proceder.
- ¿Creí que las palabras no funcionaban? -la morena sonrió con picardía.
- Solo quisiera estar seguro antes de tomar cualquier decisión.
-Haz como te parezca, por eso te he traído. Tú les conoces mejor y confío en que decisiones sean más acertadas de lo que las mías han sido. Sólo pido que me mantengas informada, Shion. No quiero ni necesito secretos.
- Así será, Athena. Y, si no es demasiada molestia, me gustaría que esa confianza fuese mutua. Si vine hasta aquí es para asegurarme que estén bien, lo cual solo conseguiré con información. Para Aioria y Máscara de Muerte es tarde, pero los demás aún pueden regresar con vida a nuestro tiempo.
Al escuchar la mención de los santos de Cáncer y Leo en los labios de su Patriarca, Athena levantó la mirada. Una extraña emoción complementada con ansiedad se apoderó de ella.
- Haciendo honor a ese voto de confianza recién adquirido, quisiera contarte algo que debes saber. -dijo disminuyendo el volumen de su voz. Intrigado por la confidencia, el lemuriano entrecerró los ojos.- Hace un par de días, antes de la reunión con tu Athena, mi padre y Hera, recibí noticias que han revivido esperanzas que creía perdidas. Máscara de Muerte y Aioria están vivos. -susurró con el temor de las paredes fueran capaces de escuchar sus palabras.
- ¡¿Vivos? ¿Cómo…
- Aún no lo sé. Mis aliados están buscando respuestas para nosotros, pero es importante mantener todo con absoluta discreción.
- Por supuesto, por supuesto… -bebió un trago de su té.
- Y, hay algo más que debo mostrarte.
- ¿Qué es?
- Algo que quizás pueda servirnos. Unas urnas… para detener a aquellos dioses que se levanten en nuestra contra.
-3-
Con los primeros rayos del amanecer, la expectación regresaba a Temiscira. Lejos había quedado el duelo para muchas y poco se sentía la pesadumbre que, en algún punto de las batallas anteriores, se había ceñido con fuerza sobre el imperio amazónico. Ahora, una vez más, el pueblo clamaba por sangre.
Desde muy temprano los preparativos se habían llevado a cabo con una pulcritud admirable. Nada se dejaba al azar y cada detalle resultaba de verdadera importancia para una Hipólita que vibraba con el deseo de callar las quejas que se habían levantado en cada recóndito rincón de su ciudad. No estaba dispuesta a escuchar más esas voces. Deseaba con todas sus fuerzas que el dios de la guerra, su padre, sonriera y entonces, la victoria se mostrara para su guerreras. Aunque se negase a admitirlo, sobre ella aun pesaba la muerte de Circe. Jamás había sido su intención terminar de esa forma con la vida de una de sus mejores milicianas, sin embargo los dioses y sus caprichos la había reclamando, dejándola sin opción alguna.
- Todo está listo, Hipólita. ¿Podemos traerles? -oyó la voz de Nicia a sus espaldas.
Se negó a enfrentarla, no por cobardía, sino porque no estaba lista para encontrar el dolor sellado en la mirada de su segunda. Así que, dispuesta a dar inicio lo más pronto posible, asintió.
Para Nicia el desplante de su reina fue evidente. La rabia que todavía existía en ella ardió como el fuego avivado por la brisa al sentir la aparente indiferencia que irradiaba Hipólita. Por un segundo estuvo dispuesta a discutir por enésima ocasión la decisión que cegó la vida de su amante, pero un súbito despertar de razón ató su lengua haciéndola tragarse sus palabras. Se detuvo un momento a recobrar la compostura. Suspiró profundamente en busca de un poco de paz. Cuando por fin se sintió lista para continuar con sus deberes, ofreció una forma reverencia que Hipólita ni siquiera vio al estar de espaldas. Habiendo presentado sus respetos, abandonó los aposentos de la soberana amazona.
Sólo entonces, Hipólita se permitió respirar con cierta libertad. Por alguna razón que se empeñaba en no pensar, el recelo de Nicia le preocupaba. Nadie mejor que la propia reina sabía lo delicado que resultaba gobernar un imperio como el suyo, en el que la más mínima equivocación se pagaba con sangre. Era consciente de que los eventos de un par de días atrás habían mermado de manera considerable la simpatía y el fervor con que su pueblo la seguía. Su nombre y su reinado ahora estaban en entredicho y, si las cosas no cambiaban esa mañana, iba a enfrentarse a una incertidumbre que nunca había experimentado en su corto pero fructífero reinado.
Por inercia, sus manos descendieron hacia el cinturón que llevaba atado a la cintura. Delicadamente, sus dedos delinearon los bordes del que fuese regalo de su padre. Una pretenciosa sonrisa iluminó sus labios despejando las dudas de su semblante.
Sentía el poder de aquella mágica pieza. Podía saborear la fuerza que el ceñidor le otorgaba y que corría por su cuerpo, impregnando cada poro de él. Sabía que mientras le tuviese, era invencible. Nada ni nadie que no contara con sangre divina, podía superarla. Su poder rozaba la divinidad y su voluntad se volvía ley con tan solo pensar en ello. Era un dios… y los dioses eran intocables.
-4-
En la celda contigua a la arena, los guerreros esperaban el momento en que los combates reiniciaran. Con éxito habían sobrevivido a los primeros contendientes, pero sabían que a partir de ese momento, las amazonas no dudarían en enviar a sus mejores hijas en su contra. A pesar de las victorias anteriores, los ánimos estaban ennegrecidos. Se hablaba poco y la concentración se enfocaba en vestirse para la pelea. Esporádicamente las miradas furtivas se encontraban, compartiendo entre ellas las preocupaciones de los eventos que estaban por enfrentar.
Sentado en el piso, con la espada apoyada en la pared y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelantes, Afrodita luchaba por acomodarse el protector en su mano herida. Aunque se la había vendado cuidadosamente con trozos de tela, la simple flexión de los dedos y la presión ejercida para sujetar el arma eran suficientes para sentir como la piel se estiraba alrededor de los puntos, como si tratase de abrirse una vez más.
- Quizás te convendría más no usar el guantelete. -Dohko se agachó frente a él.
Le tomó la mano entre las suyas y revisó la herida. Las marcas rojizas en los puntos aún se observaban con claridad mientras un líquido transparente emanaba mezclado con gotas de sangre. La inquietud del santo de Libra se disparó al ver la magnitud de la lesión.
- Es muy malo, ¿no? -el chino alzó la vista y solamente acertó a sonreírle a su joven compañero con cierta tristeza.- No tema decirlo, maestro. Soy consciente de lo que esta herida puede significar.
- Significa que tendrás que acortar la pelea lo más que puedas. No significa nada más. -le miró, tratando de infundirle seguridad.
- Lo tendré en cuenta.
- Hazlo. Ahora mismo, tu mejor aliado es tu escudo. Defiéndete lo más que puedas y espera el momento adecuado para atacar. Ahorra toda la fuerza que tengas, Afrodita.
Dándole una palmada en el hombro, Libra le dejó para finalizar con sus propios arreglos. En silencio, el santo de Piscis le imitó y volvió a concentrarse en lo suyo. Ganase o perdiese, sería bajo sus propios términos. No daría marcha atrás, no se rendiría. Si ese día iba a caer, lo haría por designio divino, no por falta de voluntad.
Unos pasos más allá, con las manos firmemente sujetas a las barras de metal que le mantenían prisiones, Milo fijaba su mirada azul en la arena. En secreto esperaba no tener que atravesar otra vez por el sádico espectáculo de unos días antes. No le molestaba la sangre, pero la crueldad de esas mujeres le irritaba de gran manera.
- ¿Preocupado?
- Para nada, señor toro. -rió escandalosamente.
- ¿Entonces?
- Pensaba en alguna estrategia para matar mi siguiente amazona. -contestó restando importancia a sus pensamientos.- Me gustaría algo un poco más sanguinario esta vez.
- El cautiverio afecta tu capacidad de mentir, Milo. -sonrió Aldebarán.- Aceptar lo desconcertante de estas batallas no es un pecado.
- No sé de que me hablas, Alde. -le miró de reojo. El gigante de la segunda casa soltó una carcajada.
Milo resopló al verlo alejarse. ¿Cargos de consciencia? ¿Él? Al menos no por las amazonas, no después de escuchar y presenciar las barbaries de las que eran capaces aquellas desquiciadas mujeres.
Para su mala suerte, el cruento ritual ofrendado a Ares tampoco fue pasado por alto ese día. De la misma manera en que unos días atrás había sido realizado, la matanza se repitió. Desde sus puestos, tratando de mantener el temple, los santos se preguntaban si algún día se acostumbrarían a eso. Ellos también habían sido asesinos, sus manos estaban sucias con sangre, pero se necesitaba una frialdad impresionante para cortar con tanta indiferencia la garganta de una jovencilla y después observarla morir con lentitud.
Sin embargo sus miradas no pertenecían únicamente a la joven asesinada, sino también a la reina amazona que presenciaba inmutable las acciones de su vieja sacerdotisa.
Con todo lo sucedido y a sabiendas que su pueblo comenzaba a sublevarse a su alrededor, Hipólita mantenía su postura erguida y la mirada altiva. No obstante, cierto nerviosismo era latente en la tensión que mostraba al apretar los labios. De vez en vez, suspiraba profundamente y sus ojos chocolate se desviaban hacia la amazona que se mantenía junto. La incomodidad que había crecido entre ambas era palpable. La forma en que Nicia también evitaba mirarle o hablarle tampoco era discreta. Cada acción, por minúscula que fuese, estaba arreglada para obviar la presencia de su reina.
- Esto comenzará a caerse pronto. -Dohko musitó. A su lado, Mu giró la cabeza para observarle.
- ¿De qué habla? -preguntó por lo bajo.
- De este circo. La paciencia se agota con cada gota de sangre amazónica que cae sobre la arena.
- ¿Cree que…
- Si, Shaka. Debemos continuar como hasta hoy. Cada paso hacia adelante, es un paso de ellas hacia atrás. Hipólita esta cavando su propio tumba.
- Entonces, démosle una mano. -la sonrisa maquiavélica del escorpión se anchó.
Pronto, para el alivio de los jóvenes guerreros de Athena, el protocolo terminó y la copa ceremonial se encontró llena. Al igual que en la primera ocasión, la reina amazona desfiló delante de ellos en busca del siguiente gladiador. Su fiera mirada los recorrió con desvergüenza mientras su mente decidía sobre su destino.
- Tú. -habló apuntando hacia Milo.- He escuchado de ti antes. Eres el único que ha intentado escapar, ¿no es así? Los cobardes no tienen cabida en estas tierras.
- En tal caso, deberías reconsiderar tu definición de cobardía. Mira que Temiscira corre el riesgo de quedar vacía.
El chasquido de la mano de Hipólita estrellándose contra el rostro de Milo se oyó claramente. Aunque el golpe había hecho que su cara se girara, el aire soberbio de los ojos del santo no se apagó, sino que la furia que emanó de ellos se reflejó como afrenta a la reina.
- Mantén tu lengua sometida, santo, o la perderás junto con tu cabeza. -siseó.
- Al final del día, no será mi sangre la que tengas que limpiar de tu Coliseo.
- Ya que estás tan ansioso, quizás deberías ser el primero en pelear hoy. -sonrió con sorna.
Milo no se inmutó. Instintivamente, su mano viajó hasta la espada que pendía de su cinto y sujetó con fuerza la empuñadura. No tenía miedo a pelear, ni mucho menos a perder la vida en el intento; sabría que no sucedería. Había hecho una promesa y no pensaba cruzar el Estigia sin antes haberla cumplido.
Bastó un manotazo de su parte para librarse del ungimiento de sangre. Estaba harto. No más tolerancia, no más silencios de su parte.
El grosero ademán, no solo consiguió librarle del ritual, sino que enervó los rencores de una reina dolida; ya era suficiente con tener que contenerse sus emociones frente a sus guerreras como para también tener que soportar las impertinencias de un hombre indigno. De gusto le hubiese asesinado con sus propias manos, pero una vez más, las proféticas palabras de Phineas regresaban a su cabeza sembrando las dudas sin ninguna consideración. Era frustrante sentirse atada, pero no había nada que pudieres hacer para atentar contra su destino; o al menos eso pensaba. Así, decidió dar por terminada la discusión y permitir al joven escorpión demostrar si sus palabras tenían sustento.
- Sobrevive, o arde en el Infierno. -le dijo mirándole por encima del hombro.
Milo no respondió, únicamente sonrió.
- Jamás vuelvas a hacer eso. -sintió el fuerte agarré de la mano de Dohko sobre su hombro. Con un jalón, el mayor se encargó de que peliazul le mirara de frente.- Comprendo que sea frustrante, Milo, pero esa conducta solo conseguirá que te asesinen.
- ¿No es eso lo que pretenden? -rió, restando importancia a la situación.
- Sí, la cuestión es que, mientras tengamos la oportunidad de defendernos, no van a matar a nadie. Sin embargo, sigue provocando de esa forma a Hipólita y te aseguro que con toda tu genialidad vas a terminar convertido en un cadáver más y tu cabeza será un lindo trofeo para ellas.
- Maestro, tranquilízate.
- No mientras nuestras vidas estén en juego, -musitó con marcada rabia.- Ahora, preocúpate por matar a quien sea que te pongan en el camino.
Al verlo alejarse, Milo chasqueó la lengua. Entendía el proteccionismo de Dohko sobre ellos, más no terminaba de agradarle. Con todo, el viejo tenía razón y, lo único realmente importante, era alzarse vencedor para demostrar una vez más que ninguno de ellos era presa fácil de nadie.
En las graderías, la audiencia rugía pero al santo de Escorpio no le importaba. Se revisó la armadura por última ocasión, ajustando un poco las grebas que se sentían flojas. Mientras lo hacía, al correrse el faldellín, no pudo evitar que sus ojos se fijaran en la herida de flecha que traía en el muslo. La piel todavía estaba irritada, sobre todo alrededor de los puntos que Dohko le había dado para mantenerla cerrada. Durante su pelea anterior, la lesión no había causado problemas y esperaba que continuara así.
- ¡Listo! -exclamó. Descubrió que su oponente le miraba a la distancia.
Se tomó un segundo para analizarla. Era una mujer mucho más alta que la primera de sus contrincantes, también era más musculosa. Pero fue algo en su mirada lo que llamó su atención: falta de miedo. Habiendo visto el espectáculo de dos días atrás y sabiendo que no se enfrentaba a cualquier adversario, la joven amazona carecía de temor en sus ojos marrones. Surgió entonces la pregunta en la mente de Milo. ¿Ingenuidad o exceso de confianza? Cualquiera que fuese la respuesta, él pensaba sacarle provecho.
De hecho, ella fue la primera en acercarse hasta el centro de la arena. Ahí, dio un par de brincos para estirar las piernas en espera de que el escorpión dorado hiciese lo mismo. Él no tardó en acercarse y pronto, se oyó el repicar de sus espadas que anunciaba el inicio del combate.
Los dos guerreros no esperaron para atacarse mutuamente. El metal de sus armas rechinaba una y otra vez conforme intercambiaban golpes. No resultó una sorpresa para Milo el que la mujer frente a él fuese más hábil que la anterior. Sus embates eras más firmes y sus movimientos más seguros. Con todo, el santo no se intimidaba.
Un rápido cambio de estrategia por parte de la amazona le forzó a salir de sus pensamientos y a concentrarse en su pelea. La espada de la joven rozó con peligrosa cercanía su vientre, por lo que su única opción fue tirar el cuerpo atrás. Los pocos centímetros que perdió con el movimiento evasivo fueron suficientes para que la guerrera tomase la ventaja. Aprovechando que Milo estaba momentáneamente fuera de balance, la mujer apresuró sus ataques.
Con ayuda de sus reflejos, el escorpión consiguió detener varios golpes dirigidos específicamente a sus piernas y brazos. Uno en particular abrió un pequeño rasgón en la parte interna de su brazo. No era nada de preocuparse, pero representaba un recordatorio de que no podía confiarse y que tampoco podría soportar mucho tiempo escondiéndose detrás del pesado escudo.
Para sorpresa de la amazona, el escorpión se ladeó provocando un minuto de desconcierto en su oponente. No obstante, la recuperación fue rápida. La amazona se giró y volvió a retomar el intercambio de golpes, sólo que en esa ocasión, Milo estaba más preparado para enfrentarla.
De pronto, ambos se detuvieron y retrocedieron unos pasos. Mantuvieron su atención sobre el otro, midiéndose con cuidado. En un pestañeo, la joven arremetió. Su escudo se estrelló estruendosamente contra el de Milo a la vez que se espada buscaba colarse por encima, para causar daño. El santo la repelió bastándose de un empujón para después abalanzarse en su contra. Desafortunadamente, solo consiguió que su arma golpeara en varias ocasiones contra la coraza defensora de bronce.
Volvieron a separarse en busca de aliento, sin embargo el descanso no duró lo suficiente. La ansiosa amazona, sedienta de sangre, volvió al combate con una centella. El santo de Escorpio tuvo menos de un par de segundos para tomar una decisión. Se agachó, tensó las piernas y posó su escudo justo frente a él, dispuesto a tomar aquel golpe y a resistirlo. En el instante en que la mujer colisionó, Milo afirmó el escudo, lo presionó contra ella para terminar alzándola por aires. El cuerpo de la amazona cayó sobre la arena levantando una pequeña nube de polvo amarillento.
De ahí en adelante, el peliazul no le daría tregua.
No esperó a que ella se levantase, simplemente no le daría la oportunidad de contraatacar. Se deshizo de su escudo y corrió lo más rápido que pudo hasta donde ella estaba y alistó su espada para dar la estocada final. Sus pies se deslizaron sobre la arena conforme se aproximaba a ella y alzó el arma. Su sorpresa fue mayúscula cuando, con un veloz movimiento, la amazona logró meter su escudo entre ella y él. El santo presionó sabiendo que su fuerza era muy superior a la de la amazona. Puso todo su peso en tratar de romper la defensa que había creado, a como diera lugar pasaría sobre ella.
Sin embargo, apenas y tuvo de tiempo saltar cuando ella batió su daga hacia sus pies. Fue tal el impacto que el metal de la greba de su pierna derecha fue rasgado por el filo del arma. De reojo, Milo notó el detalle y estalló en carcajadas.
- Eres mucho más divertida que la anterior. -dijo.- Lastima que me aburra tan rápido.
La amazona se sintió confundida y, a la vez, indignada. Era un insulto que se hombre se jactara de poder terminar con ella en un parpadeo, cuando todo lo que había hecho hasta ese entonces era resistir los embates que ella le propinaba. Sin embargo, el tiempo para pensar en la ofensa resultó corto. Por primera ocasión, era el santo de Escorpio quien tomaba la ofensiva.
Blandió su espada contra la amazona, golpeando el escudo con una fuerza descomunal. Al mismo tiempo, sus piernas se escabullían tratando de ganar cada centímetro de terreno que le fuera posible. Entonces, justo en el momento en que sus cuerpos se encontraron lo más cerca, empujó contra su escudo mientras sus pies enredaban los de la amazona. Ella trastabilló y cayó de espaldas al suelo. Aunque usó su propio escudo para protegerse, la misma sorpresa de haber golpeado el piso la confundió e hizo que perdiera la concentración. Aprovechando el desconcierto, Milo se abalanzó y por un costado que encontró libre de protección, encajó su espada en costado de la mujer.
Sintió el cuerpo de ella tensarse y la vio apretar los dientes ante el inminente dolor que sentía. Una vez, la apuñaló. Las primeras gotas de sangre cayeron sobre la arena; otras corrieron por la empuñadura de la espada del santo y tocaron con calidez su piel. La respiración de la joven se apesadumbró hasta extinguirse con lentitud.
El combate había terminado.
Desde lo alto de su palco, la soberana amazona observaba impávida la dantesca escena. Sus labios temblaron al apretar con rabia la boca, mientras sus puños se cerraban con tal fuerza que sus uñas rompieron la piel de sus manos. Evitó a toda costa desviar la mirada del campo de batalla puesto que sabía que más de un par de ojos estaban fijos en ella y reprochaban en silencio sus acciones.
"Te lo advertí."
La piel se le erizó al oír en su mente la poderosa voz de su padre. Se esforzó por disimular la sorpresa que sentía, sin embargo tampoco respondió a la provocación que se le hacía.
"Ignórame el tiempo que desees, Hipólita. Al final sabes que tengo razón: yo te hice y yo voy a destruirte si es necesario; sin mis favores tú y tus guerreras no son nadie. Mientras estés en mi contra, la victoria te será negada."
Furiosa, se levantó casi de un brinco. El sobresaltó que causo en sus acompañantes las hizo tomar posiciones defensivas aún sin quererlo. Entonces, cuando giró hacia ellas, sus ojos coincidieron y muchos de los sentimientos que temía enfrentar se revelaron. Al igual que hizo con su padre, trató de pasar por alto las quejas que leía en los rostros desencajados de sus súbditos.
- ¿Qué esperan? -refutó sin cambiar el tono duro de su voz.- Retiren el cuerpo y arreglen la arena para el siguiente combate.
- ¿Cuantas humillaciones más debemos soportar? -preguntó Nicia.
- Las que sean necesarias hasta que alguien demuestre porque somos una de las razas más temidas de este mundo.
- ¡Las mejores están cayendo, Hipólita! ¡Por Ares! ¡Recapacita! -exclamó la chica de cabellos turquesas.- ¿Vale la pena hacer que tu pueblo pase por esto?
- Lo has dicho. Es mi pueblo. Mis reglas… y serán obedecidas.
- Pero…
- ¡Basta! -gritó.- Una palabra más y no respondo de lo que te suceda.
Nicia retrocedió, incrédula ante la advertencia que se cernía sobre ella. Sabía que la prudencia era un virtud cuando se trataba de mantener la paz con Hipólita. Mientras tuviera atado a la cintura aquel mítico ceñidor, el poder estaba de su lado.
Sumisa, agachó el rostro y, después, con una seña pidió a sus subordinadas que acataran las órdenes de la reina.
- ¿Quién será el siguiente?
- El grande. -susurró.- Rea y Latona. Las quiero a ambas ahí.
- ¿Dos? -Nicia frunció el ceño.- ¿Estás consciente de que, si fallan,…
- No fallaran.
La segunda al mando reverenció a su señora. Con todo y sus dudas, calló y obedeció. Brincó por encima de la barranca hacia el foso donde esperaban las amazonas de la Hermandad. Al verla acercarse, sus facciones se endurecieron y las conversaciones que se desarrollaban, cesaron. Las acciones e Hipólita también pesaban sobre ellas.
- Y, ¿bien?
- Hipólita a tomado una nueva determinación. -bufó, soplando los flecos de su frente.- Desea que sean dos quienes se enfrenten al gigante.
- ¿Dos? ¿Acaso ha perdido la razón? Es nuestra reputación la que está de por medio.
- Ve y dile. En lo que a mi respecta, no voy a poner en riesgo mi cabeza por un mal día de Hipólita.
- No, gracias. La muerte en la arena es mucho más honorable que sufrir bajo el capricho.
- ¿Vas decirnos quienes son las elegidas, Nicia?
- Tú y tú. -señaló a dos rubias. Las jóvenes sonrieron.- Son las siguientes.
- Vaya. No sé si deberíamos jactarnos o despedirnos. -comentó con ironía la más joven mientras ajustaba las correas de cuero que mantenían su armadura firme.
- Dado que esta competencia está maldita, yo diría que fuese lo segundo.
Las dos guerreras compartieron una risa despreocupada que hizo sonreír al resto de ellas. La vida pasaba a través de la muerte para las chicas, y sucediese lo que fuere, terminaría dándoles igual.
- ¡Nicia! -le llamó Rea, de cabellos más cortos que su compañera.- Hay algo que quisiéramos pedirte. Todas nosotras. -agregó recorriendo con la mirada a sus compañeras, quienes asintieron.
- ¿Qué?
- Mantén los ojos sobre Hipólita y, si encuentras algo que necesitemos saber, no dudes en decirnos.
- Hay… cuestiones, que van por encima de cualquiera; incluso de una reina. -terció Latona.
- Sus palabras pueden ser consideradas como traición.
- Y, ¿acaso no es lo mismo que piensas y callas? -sólo obtuvo una sonrisa de Nicia.- ¿Eso es un sí?
- Es un veremos.
- Para el resto lo es. Para nosotras tal vez no.
- Bendiciones para ambas. -susurró.
Se alejó consciente de que quizás aquellas serían sus últimas palabras para ellas en este mundo. Cuando llegase el momento y el señor de los muertos reclamase su espíritu, volverían a encontrarse.
Subió de regreso a la compañía de Hipólita para informarle que los ajusten habían sido hechos. En secreto esperaba no ser ella quien bajase a anunciar la dispar pelea. Simplemente no tenía deseos de continuar con aquella farsa.
Nicia quería venganza. Cruel y fría venganza.
No necesitaba un estúpido juego que hacía más daño que el placer que podría brindar el derramamiento de sangre. Tampoco estaba dispuesta a sacrificar todo por las burdas palabrerías de una mujer de mente perdida.
Recostó los brazos y cabeza sobre el borde del palco mientras presenciaba las preparaciones sobre el campo de batalla. Se alegró de no haber descendido puesto que las quejas por parte de los santos no se hicieron esperar. Desde donde estaba, a pesar del ruido que hacía eco en cada esquina del Coliseo, podía escuchar la voz de Dohko reclamando a gritos por el giro en el siguiente enfrentamiento.
El hombre estaba siendo escandaloso y, de ser por ella, un tajo en la garganta hubiese bastado para hacerle callar… una lástima que Hipólita no permitiera tales cosas. De todas formas, no comprendía el porque de la insistencia de aquel hombre necio. Tal parecía que su mente no alcanzaba a entender la situación en la que se encontraban. Con un poco de suerte, alguna muerte de ese bando les haría enfrentarse a su patética realidad.
Dejó escapar un bostezo. Ojala el triste espectáculo termina pronto.
-5-
Sus ojos verdes se abrieron con pereza. Sentía la boca seca y la garganta abrasada por el calor que se concentraba en la pequeña habitación. Arrugó la nariz al olfatear el desagradable aroma de una mezcla de hojas y flores que yacía a su lado sobre una rústica y desgastada mesa cuya pata más corta la hacía ver desbalanceada. Aunque se sentía desorientado, Shura esbozó una media sonrisa al percatarse que sus ojos despertaban después de aquel largo letargo de oscuridad.
Trató de moverse pero cada músculo que entraba en acción desataba latigazos de dolor que corrían por su cuerpo a velocidades impresionantes, así que olvidó esa idea. Entonces, giró con cuidado la cabeza para que su mirada, aún nublada, fuera capaz de distinguir algunas características del cuarto al que estaba confinado. No podía asegurar nada, pero suponía que aquel era el mismo cuarto en el que Tarsila le había abandonado después de que le diera la Sangre de Asir. Seguía en Temiscira.
Poco a poco, vagas memorias fueron regresando a su mente. Algunas en forma de sonidos y destellos de luz que su cosmos le permitía apreciar cuando era ciego y, uno más reciente, uno en especial que hizo que los latidos de su corazón se incrementaran al grado de que podía oírlos en su cabeza. Para ser un sueño había sido jodidamente real, pensó. Si cerraba los ojos y pensaba en ello aún podía apreciar el sabor de ese beso. La tibieza de la piel inmaculada de la diosa todavía estaba impregnada en sus dedos, y en su memoria sobrevivía la tierna mirada que ella le había regalado.
Apretó los ojos con frustración deseando sacarse de la cabeza las imágenes de esa noche, porque, aunque se sintieran como algo más que un sueño, al final la realidad regresaba como un inmisericorde golpe que terminaba con sus anhelos.
- ¿Estás despierto? -Shura se respingó al ser sorprendido por la voz de la anciana. Subió los hombros con indiferencia a la observación de Tarsila.- No voy a mentirte, muchacho, pensé que morirías.
- Eso le hubiese ahorrado muchos problemas a Hipólita. -habló con voz áspera y cansada.
- Probablemente, pero ahora tu milagrosa recuperación sin duda que le será interesante. -contestó mientras revisaba los ojos del santo y posaba su mano en la frente, para medir su temperatura.- Eres un hombre afortunado.
- ¿Tú crees? -sonrió tristemente.
- ¿Tú no?
- No. No existe tal cosa como a suerte.
- Entonces, sin duda cuentas como el favor de un dios; de una diosa en tu caso.
Shura cayó en el silencio.
- ¿Cuándo podré ver a mis amigos? -preguntó tras unos instantes.
- Pronto. Primero necesitas descansar si no quieres morir en la arena de combate.
- ¿Qué?
- Olvidé que no lo sabes.
- ¡Tarsila! ¿De qué hablas?
- Las batallas ordenadas por Hipólita. -susurró.- Hasta que solo uno de ellos se imponga.
-6-
Tal y como Nicia había pensado, los sucesos terminaron siendo de la forma en que Hipólita quería. Las quejas, reclamos y reproches de los santos habían servido para nada y, ahora, el santo de Tauro se enfrenta en duelo en desventaja frente a dos de sus hermanas. A primera vista todo parecía sencillo, pero siempre había algo de que preocuparse.
Las dos amazonas tomaron la arena enfundadas en sus armaduras que brillaban bajo el influjo del sol con el mismo tono dorado que sus cabelleras. Los vitoreos de los espectadores no se hicieron esperar y, pronto, la multitud estalló en gritos de apoyo hacia sus iguales.
Del otro lado del campo, Aldebarán esperaba por ellas. Su mirada cargada de determinación y su porte orgulloso le hacían ver como los míticos héroes que se retaban a los mismos dioses. Una gota de sudor resbaló por sus sienes a consecuencia del asfixiante calor que se había apoderado de Temiscira. En la mano derecha sostenía con firmeza su espada mientras un gran escudo pendía de su brazo izquierdo. Todo estaba listo para la batalla. Era hora de demostrar el poderío del toro.
Rea y Latona intercambiaron miradas y un leve cabeceo de la segunda dio la señal del inicio de la batalla.
El grito de guerra hizo eco en el Coliseo cuando las dos amazonas se abalanzaron contra su víctima. A toda carrera, se separaron, tomando los costados del santo para rodearlo. Aldebarán se preparó. Sostuvo su escudo frente a él mientras su ojos vigilaban intermitentemente a las amazonas. La primera de ellas, Rea, saltó desde el flanco izquierdo empuñando la daga y lista par el ataque.
El santo de Tauro metió el escudo para detener el ataque. El brazo le cimbró bajo la fuerza con que la amazona impactó contra su defensa. Aunque se había salvado del primer embate, el peligro todavía estaba latente y el toro de oro lo pudo leer en la mirada de su contrincante.
Por una fracción de segundo, la mirada de la rubia se desvió, delatando el punto de ataque de su compañera. En vago reflejo en el reverso de su escudo bastó para que Aldebarán supiera. Hábilmente, giró sobre sí mismo. Su cuerpo se echó para atrás escapando así de la línea de ataque de Latona. Faltó poco para que ambas colisionaran, pero su experiencia las sacó adelante.
De inmediato recobraron posiciones y se enfilaron para la batalla: una ligeramente detrás de la otra. Mientras la primera atacaba de frente, la segunda buscaba espacios por los lados. Bajo el acoso de la pareja de guerreras, las opciones de un contraataque por parte de Aldebarán se reducían poco a poco. Por un lado, se valía de su escudo para protegerse; del otro, su espada batía el aire una y otra vez deseando mantener lejos a la otra amazona.
Pero Aldebarán era consciente de que no podría soportar por mucho más ese ritmo. Sus fuerzas eventualmente se esfumarían y sus nervios poco a poco minaban la capacidad de decisión de su cabeza.
Miró hacia atrás por encima de su propio hombro para darse cuenta de que el constante ataque le empujaba hacia la baranda. Una vez que estuviera ahí, las dos mujeres, cual leonas en plena caza, lo tendrían a su completa merced. Tenía que hacer algo para romper la inercia de esa pelea… y tenía que hacerlo pronto. Sabía también que no saldría ileso de ello. Necesitaba arriesgar y al hacerlo terminaría herido.
Habiendo tomado una determinación, espero el momento adecuado. Mantuvo el escudo firme de manera que tuviera cierta libertad para concentrarse contra aquella que le atacaba directamente. Por fin, al verla preparar el siguiente golpe, justo cuando el escudo de Latona se ladeó, Aldebarán atacó.
Lejos de enfocarse en puntos vitales, cuyo acceso era difícil, se dirigió hacia los puntos descubiertos. Con una rápida estocada alcanzó a rasgar el muslo de la amazona y, aunque fuese solo un segundo, la vio trastabillar. Sin embargo, como lo había pensado, sus acciones tuvieron consecuencias. Un rayón apareció en su brazo, causado por el arma enemigo. La piel se alzó y la sangre no tardó en manar. La presuntuosa sonrisa que esbozo su rival le hizo enojar. Con todo lo afable que pudiera ser, el carácter del toro estaba llegando a sus límites.
No tardó en implementar el siguiente paso de su plan. Tomó la empuñadura con fuerza y clavó su arma en la pantorrilla de la rubia. Mentalmente se sintió satisfecho cuando la greba femenina se soltó y cayó al suelo acompañada de un rastro de sangre. Esta vez, la herida era mucho más profunda y, con certeza, mucho más molesta.
Su efímera alegría se vio interrumpida cuando una punzada de dolor atacó su hombro izquierdo. Desvió la mirada hacia Rea quien, a base de insistencia, había conseguido vencer las defensas del santo de la segunda casa y ahora tajaba con el filo de espada la carne del hombro.
Aun cuando luchó por contenerlo, un gruñido de dolor escapó de los labios de Aldebarán. Pero, a pesar del espasmo causado por la hoja, el santo se las arregló para mantener su escudo en su lugar tras repeler con un fuerte golpe a Rea. Las molestias del hombro eran un claro aviso de que el tiempo apremiaba.
Actuó con rapidez, esquivando el siguiente contragolpe de Latona mientras que observaba con atención a Rea recuperarse del último impacto. Entonces, haciendo uso de la ventaja que su gran cuerpo le daba, devolvió un manotazo hacia Rea. El escudo, con la fuerza de su brazo, la aventó contra el piso, abriendo una cortadura sobre la sien de la amazona. Después uso la misma inercia del ataque para regresar a encargarse de Latona. Sus largos brazos volvieron a ser de ayuda encajando un tajo en el torso de la segunda guerrera. Si bien no fue lo suficientemente profundo, le brindó unos pocos segundos de desconcierto para actuar. Se aproximó a ella lo más rápido que pudo y clavó la espada en su pierna, atravesándola con limpieza. Ella gritó y no dudó en atacar, haciendo lo propio contra el bíceps de Tauro.
Al sentir el arma desgarrando su carne, Aldebarán la golpeó con su escudo. El impacto la hizo caer, perdiendo en su espada que aun permanecía atorada en el brazo del gigante. Sin dubitaciones, el santo arrancó la espada enemiga de su brazo y la resguardó en su propio cinto. Pensó que podría serle de ayuda más adelante, sin embargo la prioridad era terminar con Latona. Miró de reojo en dirección a Rea asegurándose de que no interfiriera.
De repente, el escudo se sentía demasiado pesado. Con el corte en el hombro, levantar el gran trozo de metal se complicaba y temía que llegase el momento que tuviese que renunciar a su único método de defensa. Su andar trazó el camino sobre la arena conforme avanzaba. Su mirada fija en la distancia.
Latona intentó levantarse, más las heridas abiertas en su pierna se lo impedían. Sin embargo, su honor de guerrera consiguió ponerla en pie. Tambaleante y desorientada, trató de afirmarse, pero una vez más las piernas le fallaron. Su estirpe le prohibía resignarse ni perder el deseo de ganar. Si habría de caer, caería con su enemigo. Poco le importó tener que arrastrarse hacia su arma que había descansaba a unos cuantos metros de donde ella estaba.
Detrás, Rea se levantó. Con brusquedad limpió la sangre que le cubría el rostro y corrió en auxilio de su compañera de hermandad. Su mirada se veía perdida, sin embargo sus deseos de salir vivas de aquel reto les mantenía en la batalla. Gritó desesperada por atraer la atención de Aldebarán y hacerlo desistir de sus intentos de asesinar a Latona.
El santo miró hacia atrás. El cambio de planes era evidente. Tendría que deshacerse primero de Rea y, después, terminar con Latona. Giró el cuerpo para quedar justo frente a ella, pero el rústico girón terminó por costarte una nueva oleada de dolor recorriendo su cuerpo. Metió el escudo a tiempo para evitar un golpe. El choque de la espada contra la lámina de metal hizo que si brazo completo vibrara. Sostuvo el golpe por el mayor tiempo que pudo, hasta que el escozor de su hombre avisó que no disponía de mucho más. Entonces, decidió usar su fuerza sobrenatural por enésima ocasión.
Se valió del poder de sus piernas para coger firmeza e impulsarse hacia adelante. Su cuerpo entero se estrelló contra al amazonas con una potencia descomunal; ella, llevada por el impulso colapsó. Dejando a un lado las dudas, Aldeberán corrió hacia ella. Tenía el ceño fruncido y su boca delineaba una mueca de desconocidas emociones.
El gigante de la segunda casa rugió. El filo de su espada atravesó limpiamente el dorso de su contrincante mientras un grito mudo se ahogaba en la garganta de la moribunda. Desde el momento en que el brillo de los ojos se ausentó de ella, Aldebarán supo que había ganado. Retiró el arma de un solo golpe, viendo como las gotas de sangre caían sobre la arena para teñirla de un sombrío color escarlata. Un sórdido silencio cayó sobre la multitud que observaba, impávida, como el cuerpo inerte de su guerrera golpeaba el piso.
Sin dar crédito a sus ojos, Latona permaneció impávida ante la visión de su compañera caída. Un grito cargado de rencor hizo eco en su garganta mientras las fuerzas que creía perdidas regresaban a ella. Poco le importó el tirante dolor de su pierna porque su mente pertenecía sola a la dantesca escena de la hermana perdida en la deshonra. Su único deseo era tomar la vida de aquel que había robado la gloria de una de las suyas. Se abalanzó confundida por su propia rabia, lanzando golpes con todas la potencia que su maltrecho cuerpo le permitía, consumiendo hasta la última gota de esperanza que quedaba en su alma. Lucharía con todo, o moriría en el intento.
Unos cuantos golpes perdidos causaron rayones en la piel del santo quien se defendía con cierta facilidad a pesar de su hombro lesionado. Su mirada se había empañado de un tristeza que para la amazona resultaba irritante. No quería su lástima, no necesitaba su pena… anhelaba su muerte. Por fin, extenuada y cediendo ante las quejas de su cuerpo, el ímpetu que la cólera le inyectase unos minutos antes comenzaba a desvanecerse. Su espada pesaba más que de costumbre mientras las piernas le protestaban a causa de sus exigencias. Fue así que Aldebarán supo que el momento había llegado. No había que aplazarlo más tiempo.
- Perdóname. Esto no era contra ustedes. -pronunció en medio de un suspiro.
Las palmas de sus manos se tornaron rojizas por la fuerza con que apretó la empuñadura de la daga. Después, la hundió en el torso de Latona una ve, otra más, así hasta que vio la vida esfumarse del cuerpo de la amazona. La culpa le sobrecogió por unos instantes antes que un falso sentimiento de paz llegase. De pronto, se sintió inmensamente solo rodeado del silencio.
Sin saber porque, fijó su mirada en la reina amazona quien observaba el espectáculo sin una pizca de exaltación. Aldebarán sabía que ella seguramente no le observaba, sino que su atención pertenecía únicamente al par de cuerpos que yacían sobre el campo de batallas. Se sentía nervioso, ansioso a pesar del resultado de su batalla, pero no podía hacer nada para evitarlo. El vacío no venía de vivir, sino de matar. No celebró su victoria ni tampoco respondió a las provocaciones de las espectadoras. Callado, caminó hasta donde sus amigos le observaban y se perdió rápidamente en el grupo que festejó tenerlo entre ellos aún con vida.
Entre el barullo y las múltiples señales de asombro, los cuerpos fueron retirados y la arena preparada para el siguiente duelo. Más allá, en el foso, los ánimos hervían entre la Hermandad de la Lanza. Las voces que clamaban por venganza se hacían cada vez más fuertes al mismo tiempo que los susurros de la duda hacían mella en la lealtad de las hijas de Ares. eEn el fondo, sin importar cuanto se esforzase por negarlo, Hipólita sabía que su corona nunca había estado más en peligro que ese día.
Su siguiente decisión era crítica. Una victoria por parte del pueblo amazónico urgía, o el ego herido de su pueblo se voltearía en su contra. Analizó con paciencia a los santos que aún faltaban por pelear buscando rastros de debilidad que jugasen a su favor. De pronto, supo que hacer y la esperanza regresó a ella.
Al lado de la reina, la guerrera en turno esperaba por su contrincante. Si existía en ella el temor de la muerte, jamás nadie lo sabría por sus gestos. Sus ojos ambarinos siguieron cada paso de su señora mientras avanzaba en busca del santo elegido. Alzó las cejas al reconocer que el asesino de Circe sería su siguiente rival.
- Veremos si puedes repetir la hazaña dos veces, santo. -sonrió con burla.
- Hemos logrado hazañas mucho más complicadas que asesinar amazonas. Para cuando terminemos, usted sabrá que cometió un error al declarar un guerra que nunca estuvo en sus manos ganar. -devolvió la sátira.
Hipólita se tensó ante irreverencia de esos hombres malditos. Juró en sus adentros que pagaría cada ofensa realizada en contra de ella y de su gente. Sangre se pagaba con sangre y ella no descansaría hasta que la deuda estuviese saldada.
- ¡Fedra! -exclamó, convocando a su miliciana.
- Aquí, señora.
- Es todo tuyo.
La joven mujer ofreció una reverencia a la vez que preparaba su espada. La reina les miró por última ocasión y giró, retomando el camino hacia su palco.
- ¡Hipólita! ¡Espera! -la interrupción irritó a la reina amazona quien de inmediato busca a la dueña de aquella voz conocida.
- ¿Qué quieres, Nicia?
- Venganza. Ese santo es mío. -respondió desenfundado su espada.
-Continuará…-
¡Gracias por tantísimos reviews! ¡500! (*Sunrise brinca de emoción*) Habrá que hacer alguna celebración al respecto. Mientras tanto, a todos ustedes que se toman el tiempo para dejarme una lindas palabras así como los comentarios que tiene respecto al capítulo. Es terriblemente divertido poder leer sus opiniones al respecto de la historia, sin mencionar que me ayudan muchísimo a plantear situaciones que ustedes disfrutan. ¡Nuevamente gracias!
Cybe, Dama de las Estrellas, Neferet Ichigo, Jaelinna, RIAADVD, June Star, L. Byron, Amary22, ELI251, DiCrO, Kisame Hoshigaki, Zen/Kurai Kurayami Kage, kumikoson, Doje-chan, Chris, Star Intrépida, ddmanzanita, Kilder, Niernath, Loly-chan, Tisbe, IceQueen102, Art1sta, Claudia, marinlucero chiba, TatMoon, , Liz y Nekane Lawliet.
Pues ya me despido por ahora. Se vienen las vacaciones, así que pásenla bien. Cuídense, disfruten, que aquí nos seguimos leyendo, corazones.
Sunrise Spirit
