Capítulo 33

El jardín

-1-

- El santo es mío, Hipólita. -repitió Nicia al no obtener respuesta alguna por parte de su reina.- Es el asesino de Circe y nadie más que yo tiene derecho a hacerle pagar su afrenta.

- No tengo ninguna intención de ponerte en el campo de batalla, Nicia. Olvídalo.

Hipólita le envió una última mirada a modo de advertencia. Sabía de antemano que la gravedad de las heridas de Afrodita eran las que brindaban mayores oportunidades para que una de sus guerreras obtuviese la victoria, sin embargo no estaba dispuesta a probar tal hipótesis con la que fuese su mejor miliciana y estratega más hábil.

- ¡Hipólita! -gritó su nombre buscando detenerla.- ¡¿Por qué haces esto? ¡Quiero pelear!

- Y yo te he dicho que todavía no es el momento.

- ¡¿Dé qué lado estás? -la pregunta sumió al Coliseo entero en un tenso silencio. La reina amazona se detuvo y giró sobre sus talones para enfrentar directamente a su subordinada. El cuestionamiento no le había caído nada bien.- ¿De qué lado estas? ¿Prefieres que tus guerreras sigan cayendo antes de ver a alguno de esos extraños perecer bajo nuestra fuerza? Yo puedo matarlo. Puedo traer la primera de las victorias a nuestro pueblo. Si lo hago, tal vez el señor Ares se sienta complacido y vuelva a derramar sus bendiciones sobre nosotras para reencontrarnos con la victoria.

- Nicia, te dije que…

Pero la castaña no pudo terminar de hablar.

Sus palabras se perdieron en el eco de las voces unánimes de las amazonas ahí presentes. Cada garganta en la palestra aclamaba por la victoria, por el deseo de venganza y el honor mancillado de la raza de mujeres más fuertes del mundo conocido; y la gloria tenía nombre, uno que Hipólita se negaba a aceptar.

- ¡Nicia! ¡Nicia! -rugió el Coliseo.

Con sorpresa, la reina descubrió que no podría pasar por alto las demandas de su gente, al menos no sin ninguna consecuencia. Los deseos eran claros y la petición era determinante. Acatarlos y suplicar por el éxito de su segunda era lo único que quedaba por hacer. De lo contrario, el debacle de su reinado podría ser inminente.

- ¿Señora? -es un instante la conducta de la chica de cabellos turquesas había cambiado a una de sumisión aparente. Nicia no pecaría de imprudente… no cuando tenía a Hipólita justo donde quería.

- Prepárate. Eres la siguiente. -siseó rabiosa. Había perdido el duelo de voluntades.

La guerrera ofreció una reverencia y un pestañeo desapareció hacia los fosos, donde sus hermanas se pusieron de inmediato en la tarea de ataviarla con su armadura.

-2-

- ¡¿Qué demonios…? -exclamó el menor de los gemelos mientras luchaba por equilibrar el pesado yelmo de cimera larga y color carmesí que llevaba sobre la cabeza.- Siempre creí que el casco de Géminis era aparatoso, pero ¡¿esto?

Un par de segundos después, el aditamento de la armadura cayó al piso levantando una nube de polvo que se impregnó en las fibras de cabellos teñidas de rojo que simulaban las crines de un caballo.

Con una risa que no se molestó en disimular, el viejo Anaxos se agachó a recoger el casco y lo sacudió con cuidado. De inmediato lo entregó a su dueño, quien con un bufido volvió a ponerse a la tarea de vestirlo. Al soltar las riendas de su caballo, la bestia resopló y comenzó a moverse inquietamente al sentirse libre de control alguno. El gesto que dicho acto arrancó al gemelo causó las risas de más de uno de los presentes.

- No es necesario que vistas el casco desde ahora, Kanon, pero deberías acostumbrarte porque lo necesitaras en Temiscira. Es la única forma que ellas les reconozcan como Apolonios y permitan que atraviesen sus dominios sin contratiempos. -Periandro miró hacia Lisios, extendiendo la mano y esperando que depositara en ella un viejo pergamino.- Asegúrense de identificarse en todo momento como mensajeros de Troya. Este rollo, marcado con el sello real, les será indispensable para llegar hasta Hipólita. Les sugiero ser extremadamente cuidadosos. Las fortalezas del pueblo amazónico residen en algo más que la fuerza y habilidades físicas, mis amigos.

Aioros tomó el rolló y lo acomodó entre las bolsas de cuero que pendían a los costados de su caballo.

- ¿De cuanto tiempo disponemos? -preguntó.

- Eso depende de ustedes y de la habilidad que demuestren para esconder su verdadera identidad. La petición que hago a Hipólita mediante el pergamino les dará un poco de tiempo, así que tendrán que ingeniárselas para encontrar a sus compañeros, rescatarles y huir de Temiscira antes de que el tiempo se les agote o que la verdad salga a luz.

- La reina es recelosa de sus invitados, más aún cuando se trata de hombres. -terció Anaxos.- Dispondrán de pocas libertades y es posible que estén vigilados la mayoría de su estancia en la ciudad.

Los tres santos se miraron. Ninguno deseaba albergar demasiadas esperanzas y, sin embargo, se sentían en la necesidad de hacerlo.

- Nadie respondió la pregunta del arquero. ¿Con cuanto tiempo contamos? -espetó Kanon.

- Una vez que entren a Temiscira, quizás un par de días. No más.

- Un par de días para encontrar a los otros, sacarlos de ahí, capturar el cinturón y salir. Cada vez suena más como una locura. -el gemelo resopló. De inmediato, reparó en el semblante de Periandro y no tardó en recordar el pacto con el soberano de Troya.- Si, si. No nos olvidaremos de la chica.

- Esa chica está destinada a ser la suprema sacerdotisa del templo más importante de Apolo. Es importante que regrese a Troya con ustedes.

- ¿Alguna más que necesiten saber?

- Sí. -Saga habló.- ¿Qué es exactamente lo que planea? -el rey frunció el ceño.- De tener éxito, nuestro regreso únicamente desataría problemas para su ciudad. Me imagino que está consciente de que Hipólita no descansará hasta recuperar lo que le sea arrebatado.

- Y estaremos listos para cuando sea el momento. Pero la batalla se librará bajo nuestras condiciones, no las de ella. -el rey sonrió mordazmente.

- Eso nos convierte en la carnada perfecta, ¿me equivoco?

- No del todo y tampoco deberían preocuparse por ello. Troya y sus guerreros estarán ahí cuando la hora del combate final llegue.

Saga le miró receloso. Pocas cosas había aprendido en la Edad del Mito como el hecho de que la confianza era un tesoro preciado que no podía ofrecerse a cualquier persona; no sin correr el riesgo de probar la traición en carne propia.

- Asegúrese de cumplir con su parte del trato, Alteza, porque nosotros cumpliremos lo que nos corresponde. -interrumpió Kanon.

- Nunca dudes de la palabra de un troyano.

- No lo hago. -rió.- Solo me aseguro de motivarle.

- Será mejor iniciar el camino. Mientras más pronto lleguemos será mejor para todos.

- ¿Tiene todo lo que necesita, señor? -Lisios cuestionó al arquero quien, rápidamente, pasó revisión de la carga que llevaban.

- Todo está perfecto. Gracias, Lisios. -asintió ligeramente a modo de reverencia.

El sirviente sonrió, satisfecho de su labor.

- No agoten a los caballos. -Anaxos acarició a las bestias, palmeando suavemente su cuello.- Van a necesitarlos después.

- Cuidaremos de ellos. -Aioros lo imitó y el corcel dejó escapar un bufido de aprobación ante la caricia.- Regresaremos pronto.

- Que Athena guíe sus pasos y les traiga de regreso con bien. -saludó el viejo miliciano. Después, palmeó las patas del animal haciéndole iniciar la carrera.

Desde el Arco de los Héroes, de pie bajo la gran puerta de roca esculpida, el rey y sus dos acompañantes les observaron partir. El día aún era joven pero el camino largo para los jóvenes guerreros de la diosa.

Volverían.

Esa era la única seguridad que tenían.

-3-

Las pisadas de Hipólita, por más delicadas que fuesen, resonaron con perfecta claridad en medio del silencio en el que se hundía el derruido templo.

El olor de la humedad mezclada con polvo y hierba seca se impregnó en sus sentidos mientras el tintineo que las gotas de agua hacían al caer infundía en ella una sensación de ansiedad que aborrecía. Caminó lo más despacio que pudo, cuidando sus pasos y librando los obstáculos que se presentaban frente a ella. Algunas viejas columnas, rotas y roídas por el tiempo, aún se mantenía en la caótica escena. Los viejos pendones todavía colgaban de la pared, aunque la tela rojiza de la que estaban hechos había sido carcomida y ahora no mostraban más que un color ennegrecido y carente de belleza. Parte del techo se había derrumbado dejando agujeros por los que el Sol se colaba, dibujando formas indefinidas en el piso de mármol. A pesar de las placas de piedra preciosa, las hierbas se habían apoderado de lo que fuese un regio suelo y, ahora, un manto verdoso predominaba bajo los pies de la amazona.

La última vez que había pisado aquel inhóspito lugar, Hipólita era apenas una niña. Recordaba haber ido, de la mano de su madre, y ahí, justo frente al altar, había cortado por primera vez la garganta de cordero como sacrificio a su padre.

Sin embargo, no quedaban más que piedras amontonadas donde alguna vez estuvo el hermoso retablo bañado en oro y vagas memorias de lo vivido en las ruinas del antiguo templo. Por una última ocasión, recorrió el lugar con sus ojos color chocolate.

- Muéstrate. Deseo verte. -dijo en un tono apenas audible.

Cuando el eco de su propia voz se hubo difuminado, el silencio volvió a reinar en el viejo salón. Ella, dispuesta a no retroceder, esperó con toda la paciencia que le era posible. No iba a regresar sobre sus pasos, pero tampoco era su intención suplicar.

De pronto, el aleteo de unas aves la hizo ponerse en alerta. Los pájaros escaparon graznando por el gran agujero del techo y se perdieron rápidamente en la inmensidad del cielo azul. Hipólita los miró escapar de su vista sin mover un solo músculo. Suspiró.

- ¿No eras tú quien no necesitaba de los dioses? -la poderosa voz masculina retumbó en las paredes. Hipólita trató de encontrarlo, sin embargo le fue imposible.

- ¿Y no eres tú el dios supremo de la guerra, protector del pueblo amazónico?

- No cuando la reina se ha hinchado de arrogancia y renegado de su padre y protector.

- Mi pueblo no debe pagar por mis pecados. -siseó.

- ¿Has visto lo que sucede en tu Coliseo, Hipólita?-pronunció su nombre con burla, retando con su desdén a la joven soberana.- Es demasiado tarde para pensar en ellas. Su sangre ha pagado tus deudas, más no te ha conmovido hasta ahora. ¿Qué sucede, pequeña? ¿La poderosa reina ha visto su imperio temblar? -el rencor desfiguró el rostro de la castaña. Sus facciones se oscurecieron con cada palabra que abandonaba la boca de su padre.- Deja atrás las hipocresías porque no funcionan conmigo. Tú no temes por tu pueblo, sino por tu orgullo.

- En todo caso, mi pueblo y mi orgullo son uno mismo.

- Y ahora mismo puedes quedarte sin ninguno de los dos. -soltó una carcajada.

- ¡No veo la gracia! ¡Si yo caigo, tú caerás conmigo! -exclamó furiosa.- Las amazonas no servirán a un dios que las abandonó para que los protegidos de Athena pisaran su orgullo hasta destruirlo.

- ¿De verdad crees que la fidelidad de un pueblo insignificante y caído en desgracia es algo que pueda interesarme?

Ante semejante declaración, Hipólita se quedó sin palabras. Esta vez, aún si se esforzó al máximo, fue incapaz de controlar la sorpresa que traían las afirmaciones de su padre.

- ¡Temiscira existe para servirte! -espetó.- ¿Es así como pagas su lealtad?

- No tengo ninguna deuda con ellas. Soy su dios y, como tal, puedo hacer como me plazca. A estás alturas de tu vida deberías comprenderlo mejor.

- No puedo hacerlo. -bajó el volumen de su voz a la vez que apretaba los puños con frustración.

- Cada triunfo y cada derrota viene de mi. -un aura rojiza comenzó a formarse en medio de las penumbras hasta que, dentro de ella, la reina distinguió la silueta de Ares tomando forma.- Es mi voluntad la que rige a este pueblo y, ahora mismo, es mi deseo que caigan.

- ¿Aunque el enemigo provenga de Athena?

- Me da lo mismo quien sea. El único interés que tengo es verte de rodillas. -amplio su cínica sonrisa.

- Jamás.

- Hasta la voluntad más férrea se rompe ante el poder de un dios, chiquilla insolente.

- No la mía.

- Imperios más grandes y mejores reyes han doblado sus rodillas a mi paso, Hipólita; y tú no serás la excepción.

- Has perdido la razón. -escupió las palabras con tanta ira que apenas podían distinguirse.

- Si estoy equivocado, dime entonces, ¿a qué has venido? ¿Por qué llamas mi nombre?

Una vez más, la lengua de Hipólita fue atada por las afiladas observaciones del dios de la guerra. Efectivamente, había ido por auxilio, a pedir la redención de un pueblo herido mediante la sonrisa de Niké. El imperio amazónico lloraba con fervor por una victoria e Hipólita sabía que solamente la conseguirían con el respaldo de Ares, de otra forma estarían perdidas. Pero, estaba ahí para pedir nunca para suplicar. Una amazona nunca suplica, una reina mucho menos.

- Te he hecho una pregunta. Responde.

- Vine porque… -mordió sus labios y bajó la mirada.- … porque nuestras guerreras no deben sufrir más humillaciones. -espetó.

- ¿Y cómo podría ayudarles? -el dios castaño le dio la espalda y, resbalando sus dedos sobre lo que quedaba del altar, la miró de soslayo.

- ¡Tú eres un dios! ¡Nuestro dios!

- Entonces, sabes que hacer, Hipólita. -sonrió disfrutando de su victoria.

- No puedes hacerme esto.

- Puedo y quiero. Deseo verte de rodillas. ¡Hazlo! -rugió.

La respiración de Hipólita se aceleró mientras los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. Sintió el calor de sus sangre correrle por las venas. La piel se le erizó y los ojos le ardieron con lágrimas cargadas de ira. Apretó los puños hasta que su piel se tornó rojiza y las primeras gotas de sangre manaron de sus palmas. Un temblor recorrió su cuerpo provocado por la resistencia de cada músculo de su cuerpo a obedecerle. Su mente ordenaba arrodillarse, pero su espíritu se negaba a escuchar.

Por fin, sus rodillas cayeron al piso y sus manos se ensuciaron con el polvo marrón de las ruinas. Sus uñas se hundieron en la tierra formando surcos a su paso. Sus facciones se habían desencajado y poco pudo hacer para contener las lágrimas. El dios había prevalecido.

Ares se engrandeció con la escena. A sus pies yacía , destrozado, el orgullo de una guerrera, de una reina cuya lengua imprudente se había jactado de retar a los mismo dioses. No más. Arrancado su honor y destruida su alma, no quedaba más que la vileza de un ser humano corriente.

- Aprende tu lugar, Hipólita; porque, aunque mi sangre corra por tus venas y comparta mis dones contigo, tú no eres un dios. Eres tan mortal como cualquiera, tan misero y detestable como el resto.

La joven no contestó; no podía. Le faltaba el aire y sabía de antemano que no controlaría el temblor de su voz. Temía también a su propia terquedad, a esa testarudez que estaba pagando con creces en aquel desafortunado momento.

- ¿Qué sucede? ¿No tienes nada que decir?

- ¿Me ayudarás? -balbuceó.

- Siempre cumplo mi palabra, preciosa. -Hipólita, todavía hincada, vio los pies de su padre detenerse frente a ella, pero no se atrevió a levantar la mirada y encararle. El señor de la guerra se agachó y, tomándola del mentón, la obligó a hacerlo.- Después de todo, eres mi hija, la reina amazona. -sonrió descaradamente.

-4-

Decir que había dormido poco sería mentira porque la realidad era que Shion apenas había cerrado los ojos en toda la noche. La mezcla de emociones que le mantenía despierto era poco usual en él, sin embargo, de alguna manera, era refrescante. La conversación de la noche anterior también había jugado su parte en el insomnio del antiguo santo de Aries. Muchas dudas se habían posesionado de su mente a la vez que varias respuestas flotaban sin sentido alrededor de ellas.

La mañana le había pillado por sorpresa y con la salida del Sol, el Patriarca había hecho lo mismo. La brisa era fría y el cielo estaba despejado. Las hojas de los árboles se mecían tímidamente con le toque de Eolo mientras el aroma de las flores se expandía con suavidad por el jardín. Y a pesar de esa aparente calma, Shion sentía algo más.

- Los dioses están inquietos. -habló, aparentemente para sí mismo.- Algo grande se avecina.

El viento silbó, haciendo danzar la túnica blanca del Patriarca, más el lemuriano no se movió. Se mantenía firme, erguido, con los brazos detrás de la espalda y la mirada fija en el cielo, cuyas nubes altas y agitadas parecían entregarle un mensaje con cada movimiento.

- No tienes nada que temer. -volvió a hablar. Liberando sus manos, giró la cabeza para mirar por encima de su hombro.- ¿Quién eres?

Un remolino levantó unas cuantas hojas secas y las hizo danzar en el aire. En medio del singular espectáculo, la figura de una doncella se formó y, pronto, Shion se encontró con la mirada curiosa de la ninfa.

- Soy Shion. -el Patriarca le saludó.

- Mi nombre es Aretha. ¿Eres amigo de los otros?

- Sí. ¿Los conoces?

- Son mis amigos. -la ninfa sonrió. Lentamente caminó en círculo alrededor del ariano, recorriéndole con la mirada.- Eres como Mu. -señaló su propia frente en alusión a los lunares de Shion.- ¿Eres su hermano?

Shion soltó una franca carcajada.

- Más como su padre. -Aretha alzó las cejas.

- ¿Su padre? Eres joven para eso.

- Las apariencias engañan, Aretha.

- Lo sé. Pero es un poco drástico en este caso.

- En realidad, soy su maestro. Y, dime, ¿por qué te mantenías escondida? -cuestionó mientras retomaba el camino y la invitaba a acompañarle.

- Porque no te conozco.

- Ya veo. ¿Vives aquí? -ella negó.

- Soy una ninfa. Vivo en los bosques.

- Una ninfa, ¿eh?

- Lo dices como si fuera malo. -esta vez, fue el lemuriano quien meneó la cabeza desaprobando el comentario de la pelirroja.

- No es malo. Sólo que Athena no es una diosa usualmente relacionada con ninfas.

- Las apariencias engañan, Shion. -rieron.- Sirvo a Athena. Soy su informante.

- ¿Sobre los santos?

- Sí, sobre ellos. Tengo la facilidad de moverme libremente por todas partes y no me resulta complicado seguirles o hallarles. Así que eso hago.

- Dime, ¿cómo están? -Shion se detuvo y fijó en la joven su mirada.

- Luchando. Son fuertes y tienen un gran corazón, un espíritu férreo. Las amazonas no han facilitado nada, pero creo que lo conseguirán, Shion. Saldrán adelante. -sonrió, tratando de infundir confianza al ver el rostro preocupado del peliverde.

- Eso deseo. Con todas mis fuerzas. -suspiró.- ¿Y los gemelos? ¿Aioros?

- En Troya, preocupados por sus amigos.

- ¿Está todo bien entre ellos? -Shion arrugó el ceño.

- No es perfecto, pero está bien. Aioros se esfuerza por mantener a los gemelos en calma.

- Siempre ha sido así. Aunque ese par no le deja nada fácil. -el Patriarca esbozó una risa y continuó caminando.

- Pero es Aioros. Si alguien puede con ellos, es precisamente él.

- Te creo.

- Es paciente, amigable, gracioso… me gusta cuando alza una ceja al sorprenderse. -Aretha se llevó la mano a la boca para guardar una sonrisa y soltó una risita divertida.- Además, se preocupa por todo y por todos. Siempre escucha, trata de comprender, aunque a veces lo hace demasiado y termina en medio de muchos problemas. -torció la boca.- ¿Sabes? En ocasiones es como si pudiera olvidarse de sus propios líos y situarse solo en los de los demás. Pero no sé si eso sea bueno.

- ¿Por qué lo dices?

- Se olvida de sí mismo. -la ninfa suspiró.

- ¿Y te preocupa? -el santo padre la miró de reojo.

- Claro. Somos amigos.

Shion sonrió, levantó el rostro y sus ojos rosáceos se centraron en el horizonte.

- ¿Puedo pedirte algo, Aretha? -murmuró.

- ¿De qué se trata?

- ¿Podrías mantener como un secreto mi presencia aquí? -preguntó, observándola de soslayo.

- ¿No decirles? -Aretha se detuvo.

- Exacto.

- ¿Por qué?

- Porque temo que pudiera distraer su atención de lo verdaderamente importante. -confesó con honestidad.- No sé como puedan tomarse el hecho de que haya venido.

- Eres importante para ellos. -Aretha le miró. Su semblante se había tornado meditativo.

- Me gusta pensar que lo soy. -le sonrió.

Aretha guardó silencio. Comenzó a caminar, más lento que antes.

- Veré que puedo hacer. -exhaló.

- Gracias.

- No me agradezcas. -susurró. Hubo una larga pausa entre ambos.- Antes decías que los dioses estaban inquietos. ¿Cómo puedes saberlo?

- Lo siento en el ambiente. -Shion subió ligeramente los hombros.- Cuando los dioses se inquietan, la naturaleza también lo hace.

- Vaya… -Aretha bajó la cabeza. Observó al lemuriano por el rabillo del ojo.- Soy una ninfa, un espíritu de la naturaleza, pero tú pareces leerla mejor que yo.

- Doscientos años de experiencia ayudan.

- Supongo.

- Te he preocupado. Lo lamento. -la miró, comprensivo.

- Sí. Lo ha hecho.

Sin darse cuenta se detuvieron bajo la Stoa que delimitaba con el templo de la diosa. Subieron los pocos peldaños hacia la construcción.

- ¿De verdad no puedo decirles? -cuestionó la ninfa.

- Preferiría que no lo hicieses.

- ¿Ni siquiera a Aioros? -se mordió el labio.- Creo que le haría bien saber que estás aquí.

Shion dibujó un mohín de duda en su rostro. Apartó un mechón de cabello verde que el viento arrojó en su cara.

- Hagamos un trato. -habló.- Puedes decir a Aioros, con la única condición que no mencione a nadie más nuestro secreto. Solo pueden saberlo dos personas: el mismo Aioros y, cuando se reencuentren, Dohko. Nadie más. ¿Entendido?

- Entendido.

Compartieron una sonrisa y, juntos, se adentraron en el templo.

-5-

Los fieros ojos de Máscara de Muerte fueron de niño a niño, recorriendo con insistencia los rostros infantiles de sus aprendices. Se cruzó de brazos y su aspecto, ya de por si intimidante, se tornó magistral.

- ¿Han comprendido lo que tienen que hacer? -cuestionó a los chiquillos.

- ¡Sí! -Corban exclamó visiblemente emocionado. Al verlo, Máscara de Muerte meneó la cabeza desaprobando la imprudente efusividad de su alumno más pequeño.

- Tranquilo, maestro. Lo haremos bien.

- Tanta seguridad me resulta preocupante. -bufó el santo al escuchar a Nix.- De cualquier modo, no presionen más de lo que deban hacerlo. A la menor de señal de problemas, quiero que salgan de ahí.

- Lo haremos. Deje de preocuparse.

El santo alzó una ceja, sorprendido por el rumbo que estaba tomando aquella loca aventura. Sin embargo, ciertos riesgos debían ser tomados antes de que el tiempo se agotase. Necesitaban volver… y rápido.

- Maestro, ¿se ha dado cuenta que es nuestra primera misión? -Máscara bajó la mirada hacia Altair. Sin desearlo, sonrió.

- ¡Nuestra primera misión! -coreó el más pequeño.- ¡Tenemos que hacerlo muy bien!

- No comprendo en que momento aprendiste a hablar tanto, mocoso. -bufó el santo peliazul.- Sí, es su primera misión y más les vale que salga bien. Ahora, ¡largo!

Los dos chicos asintieron con furor y procedieron a abandonar la habitación como dos pequeños relámpagos. Nix, en cambio, permaneció atrás, siguiendo perezosamente al par de hermanos, aunque miraba de reojo a su maestro, situado detrás de ella.

Máscara trató de no prestar atención a la insistente mirada de la chiquilla. Giró el rostro y desvió la mirada con la intención de no enfrentarla. Escuchó el chirrido de la puerta, pero nunca la oyó cerrarse. Fue entonces cuando, a sabiendas que la niña no se marcharía, comprendió que terminaría cediendo.

- ¿Qué? -preguntó, fastidiado.

- Nada. -contestó. Se escondió detrás de la puerta, pero nunca apartó sus ojos rosas del italiano.

- Habla, niña. -ella suspiró. Torció la boca y le miró de frente.

- Es que… -hizo una pausa.- ¿Qué pasará ahora que su amigo está bien?

- No sabemos si Aioria está bien. -el santo se quejó.

- Pero, si lo está, ¿qué pasará?

- Si el gato se encuentra mejor, entonces llegó el momento de considerar la posibilidad de salir de aquí. -contestó.- Tenemos muchas cosas que hacer ahí afuera y no podemos quedarnos más tiempo a merced de tu diosa.

- Entonces, ¿se irá?

- Esa es la idea.

- Ah. -susurró al mismo tiempo que agachaba la mirada.

- ¿Cómo que ah? -la paciencia comenzaba a esfumarse.

- Es que se irá… y nos quedaremos solos otra vez. -suspiró.

Por una vez en su vida, Máscara de Muerte se encontró sin respuestas a las palabras de la pequeña. Abrió la boca para responder, pero ningún sonido pudo ser emitido. Sintiéndose un completo idiota, dejó caer los hombros.

- Nosotros no pertenecemos aquí. -dijo en apenas un murmullo. Su rostro reflejaba una mueca de incomodidad a causa de la conversación.- Tenemos amigos ahí afuera y ellos nos necesitan.

- ¿Y nosotros? -Nix le miró.

- Ustedes pertenecen aquí.

- ¡Pero le necesitamos! ¡Y queremos ir con usted! -exclamó.

- ¡No pueden! -respondió el santo.

- ¡¿Por qué? ¿Por qué no podemos?

Máscara de Muerte se sopló los flecos. La situación estaba escapando de su control al punto que se veía a si mismo respondiendo los reproches de una niña carente de sentido. Cansado de esa discusión, se dejó caer sobre la cama, cruzó los brazos y la miró con seriedad.

- ¿A dónde pretendes llegar con esto, Nix? -cuestionó con voz grave. La chiquilla se respingó.

- ¿Cómo dice? -parpadeó, perpleja.

- Dije que a donde pretendes llegar.

- No, no. Mi nombre. Me llamó Nix, nunca antes me había llamado por mi nombre.

- ¿Qué más da? -intentó restar importancia al asunto aunque, en el fondo, el mismo se había sorprendido haciendo tal cosa.- El punto es que no sé que planeas con esta discusión.

- No planeo nada. -arrugó el entrecejo.- ¡Pero usted planea abandonarnos!

- ¡Por todos los dioses, niña, no puedo llevarles conmigo! Lo que sucede fuera de aquí es casi peor que éste encierro. Lo mejor para todos es que ustedes permanezcan aquí.

- En otras palabras, está abandonándonos.

El santo se puso de pie. La miró una última vez para después caminar hacia la ventana de su habitación. Permaneció en silencio mientras perdía la vista en el paisaje.

- ¿Eso es todo? ¿No va a decir nada? -ella le observó con una mezcla de tristeza y decepción.

- No tengo nada más que decir.

- Entonces nos abandona… tal como lo hizo Urián.

El santo de Cáncer se guardó sus pensamientos. No abandonó su posición hasta que escuchó la puerta cerrarse detrás de la pequeña niña. Sólo entonces, al saberse solo dentro de la habitación, se permitió suspirar.

Tenía un nuevo dolor de cabeza, uno del tipo que no se aliviaba con remedios.

-6-

El sentido de urgencia se había apoderado de toda criatura en el Coliseo de Temiscira. Las voces de júbilo se habían transformado en susurros; susurros que encerraban preguntas que pocos se atreverían a expresar en público.

Las miradas furtivas se clavaban en el palco real. Estaba vacío y nadie podía dar respuesta sobre el paradero de la reina amazona.

Ahí, por encima del resto, las guerreras de la Orden Real, protectoras personales de Hipólita, se mantenían expectantes. Ninguna sabía nada respecto de la joven soberana, pero tampoco dejarían que sus ansias traicionaran el modo parco y austero en que solían comportarse. Al lado de las milicianas, un grupo de esclavas permanecían inmóviles flanqueando la silla real. De vez en vez, sus miradas se encontraban, más sus labios permanecían sellados ante la evidente tensión que se sentía en el ambiente.

Repentinamente, todo sonido cesó ante la presencia de Hipólita. Las cortinas de seda que cubrían la entrada al palco de la reina se mecieron cuando ella hizo acto de aparición. Hipólita, siempre digna y cargada de orgullo, entró indiferente a su palco. Pasó por alto el incómodo silencio que su presencia había generado; no debía explicaciones y tampoco estaba en posición de darlas. Chasqueó los dedos mandando a sus siervas que llenaran su copa a la vez que rebuscaba con los ojos a una de las integrantes de su guardia personal.

- Entrégasela a Nicia -ordenó la reina amazónica mientras tendía a la elegida un misterioso objeto envuelto en telas de color carmesí con ribetes de plata.- A nadie más que a ella.

- Mi señora. -saludó la amazona y de inmediato acató el mandado de su soberana.

Cruzó rápidamente los fosos del viejo Coliseo en dirección hacia donde las Hermanas de la Lanza se habían reunido. Sus pasos eran cortos, pero rápidos y, así, la joven amazona expiró profundamente conforme se acercaba a sus superiores.

Entre las amazonas, el máximo honor al que una guerrera podía aspirar era ser aceptada en la Hermandad de la Lanza. Ese reducido grupo élite de mujeres era, por mucho, el más respetado y admirado de la sociedad amazónica; únicamente Hipólita se encontraba por encima de ellas. Desde pequeñas, no había niña que no se aventurase a soñar con alcanzar un lugar en la hermandad y tampoco existía quien no trabajase con todas sus fuerzas por conseguirlo. A pesar de ello, solo unas pocas podían jactarse de obtener semejante distinción.

- Nicia. -la joven amazona habló agachando la cabeza en señal de respeto.- La señora Hipólita envía esto para ti. -extendió el regalo hacia ella.

Sin ocultar el recelo que el presente le causaba, la guerrera lo tomó entre sus manos. Con cuidado apartó ligeramente las telas para descubrir el metal plateado que resplandeció cuando los rayos del sol le tocaron. En su interior, Nicia sintió la rabia apoderándose de ella una vez más. No podía pensar en otra cosa que no fuese el significado oculto de dicho regalo, uno que imploraba por perdón pero se disfrazaba de burla.

De inmediato cesó lo que hacía, liberándose de sus hermanas que la ayudaban a enfundarse en su armadura, para dirigirse hacia donde esperaba su reina. La violencia impresa en cada uno de sus movimientos dejó en claro los ánimos

- ¿Qué cree que le suceda? -al compás de la pregunta de Afrodita, Dohko alzó la mirada y la centró en la amazona.

- Nada bueno. -susurró.- Pero las aguas están turbias en Temiscira, así que habrá que tomar ventaja de ello. ¿Te duele? -le cuestionó mientras ajustaba el protector al reverso de su mano.

- No.

- ¿Afrodita? -el santo de Libra le miró con recelo.

- Bueno, sí. Pero es necesario que lo lleve.

- Nada es necesario y si va a causarte más molestias de lo que va a ayudarte, mejor pasar de ello. -acotó, esta vez, desatando las tiras de piel que sujetaban el metal a su cuerpo.-Afrodita, no puedes darte por vencido.

- No lo estoy haciendo. ¡Y no me mire así, maestro! Muchas cosas han cambiado… -agregó en un murmullo.

- Lo sé. Todos lo sabemos.

- Me alegra escuchar eso. -su sonrisa guardaba un dejo de tristeza.

- Eres uno de nosotros, Afrodita.

- ¿Por qué esto parece una despedida?

- No tengo la menor, porque no lo es, amigo. -Dohko sonrió. Palmeó su hombro con el deseo de infundirle confianza.

- Si algo sucede…

- ¡Nada va a pasar!

- ¡No, Dohko! Perdón, maestro. Por favor, déjeme terminar. -pidió mientras su mirada celeste se perdía en la arena de la palestra.- Sin importar lo que suceda, tienen que salir de aquí y encontrar a Máscara de Muerte y a Aioria.

- Deja de despedirte. Tú saldrás con el resto de nosotros. -espetó el mayor.

- Dohko, por favor. Promételo.

- Lo prometo. -dijo, resignado.- Pero mi promesa no te da permiso de bajar los brazos, Afrodita de Piscis.

- Y no voy a hacerlo. -sus labios se curvaron delatando un tenue mohín de confianza.- Si he de caer, maestro, lo haré como un santo dorado; como debió ser desde el principio.

Dohko asintió lleno de satisfacción. Era uno de los suyos, de eso no tenía duda.

Tras aquella breve conversación, su atención regresó a las amazonas. Nicia había trepado hasta el palco de Hipólita y, furiosa, mostraba ante ella el regalo que le mandase antes.

- ¡¿Qué significa esto, Hipólita? -arrancó los lienzos, liberando un hermosa espada de metal plateado en cuya empuñadora brillaba una piedra tan roja como la sangre.

- Es una espada. Úsala.

- No es el momento para regalos. -protestó. - Y si crees que con esto vas a…

- Mide tus palabras, Nicia. No te atrevas a juzgarme y tampoco a desobedecer mis mandatos. Esa espada no es un regalo, sino un gesto de buena voluntad entre ambas; si has de pelear esta batalla no quiero que lo hagas viéndome como enemiga.

Nicia la observó en silencio. Arrugó el entrecejo con desconfianza y, después, dirigió sus ojos hacia la multitud que abarrotaba el Coliseo. Su semblante se relajó haciendo que las palabras surgieran suavemente.

- No voy a perdonarte jamás que me la arrebataras, así como tampoco pienso perdonar al que tomó su vida con el filo de una espada. -dijo en un susurro.- Sin embargo no es mi intención verme envuelta en una polémica que daña a mis hermanas y que quebranta su fe. Lo que pretendas conseguir con este obsequio, no lo obtendrás.

- ¿La usarás?

- Sí, pero no por ti. -ofreció una reverencia.- ¿Podemos comenzar con la batalla? Estoy harta de esperar.

Hipólita no respondió, sino que solo esquivó la mirada de su subordinada. El gesto de aparente rendición no pasó desapercibido por la guerrera de cabellos turquesas; sin embargo, a esas alturas, lo que fuese de su reina no lo interesaba más.

Los aros de bronce que conformaban la armadura tintinearon cuando Nicia brincó la baranda con rumbo hacia el centro de la arena. El público estalló en un grito de euforia al ver a una de sus hijas favoritas tomando la arena, dispuesta a vengar a como diese lugar la muerte y deshonra de sus hermanas. Una vez más, su nombre fue coreado por la multitud en un claro gesto de apoyo y de entrega total. Nicia no era una guerrera más, era la esperanza de un pueblo herido que clamaba por redención.

De pronto, los gritos cesaron y no quedó nada más que el silbido del aire atravesando el Coliseo. Un par de risas infantiles se escucharon mientras las pequeñas descendían corriendo por la gradería, metiéndose entre sus mayores, con el afán de mirar de cerca el esperado enfrentamiento.

Las voces rápidamente fueron acalladas por las mayores quienes, tocándose los labios con el dedo índice, les indicaron que se unieran al silencio del resto. Sin embargo, a pesar de las instrucciones previamente dadas, la incertidumbre e ilusiones de sus jóvenes miradas no se difuminó.

La pesarosa magia rodeando el evento no impresionaba únicamente a las más pequeñas. Mujeres de todas las edades presenciaban, con el rostro endurecido por la ansiedad, como el destino de su pueblo una vez más recaía en los hombros de una sola guerrera.

Nicia levantó el rostro. Con fiereza, penetró con sus afilados ojos al hombre que ese día se atrevía a hacerle frente. Por última ocasión, ajustó la coraza de metal que protegía su pecho para después llevar su mano de manera instintiva hacia la empuñadura de su espada. Ahí, en medio de la palestra, bajo los inmisericordes rayos del Sol, permaneció estática. El calor que abrasaba su piel por debajo de la armadura parecía no hacerle mella y, sin embargo, un temblor casi imperceptible en sus labios delataba la ansiedad del momento.

Del lado opuesto, el santo de Piscis mantenía sus ojos celestes en ella. Su mirada encerraba un aire de misterio que mantenía como una perfecta incógnita el origen y destino de los pensamientos que surcaban su mente en ese preciso instante. Lucía álgido, inmutable y, a la vez, hermoso. Mantenía la cabeza en alto, con el porte elegante y orgulloso que le caracterizaba. Su indumentaria, aunque no tan brillante como la de su contrincante, resplandecía bajo la belleza del santo.

Su primer instinto fue hablarle, pero pronto se reprendió a sí mismo al recordar que sus palabras caerían al vacío. Justas o no, las razones de Nicia eran las que movían aquel combate, por lo que nadie que él pudiera decir terminaría con las intenciones de la amazona de llegar hasta las últimas consecuencias.

- Comencemos con esto. -se oyó la voz de Hipólita.

El inicio del combate no se demoró más. El metal de las espadas tintineó cuando ambos contrincantes las chocaron a manera de saludo. De inmediato, los dos retrocedieron y caminaron en círculos, midiendo cada uno de sus movimientos.

Nicia atacó. Corrió contra el santo lanzando el primer golpe. El filo de la daga se detuvo al golpear la espada del santo de las rosas. Éste, a pesar del punzante dolor de su mano, consiguió soportar el peso ejercido por su enemiga. Después, con un rápido giro de la muñeca, empujó a la amazona hacia atrás a la vez que extendía su arma con la intención de golpearla. Hábilmente, Nicia se movió hacia su derecha, esquivando parte del golpe, aunque la hoja de Afrodita alcanzó a desgarrarle la piel del antebrazo. La mujer apretó los labios a causa del ardor. Por un segundo, el silencio se vio roto por la exclamación general del público que observaba.

Sacando ventaja de la situación, fue Afrodita quien tomó para sí la posición ofensiva. Sabiéndola desconcertada, atacó repetidas veces, pero fueron los instintos y experiencia de la amazona los que le sacaron a flote. A duras penas, Nicia consiguió bloquear cada golpe de su contraparte. Algunos rasguños y delgados hilos de sangre aparecieron sobre su piel.

De pronto, la amazona pareció recobrar el momento. Esperó que Afrodita atacara una vez y, entonces, frenó con su espada el golpe. Se las ingenió para sostener el embate hasta que, con su mano libre, propinó un puñetazo al rostro del peliazul. Al ver al guerrero trastabillar, la multitud explotó en un gritó eufórico.

- ¡Nicia! ¡Nicia! -volvió a rugir el Coliseo mientras, desde su pequeña celda, las miradas de los demás santos se llenaron de momentánea consternación.

Afrodita se limpió con brusquedad la sangre que manaba de una herida abierta de su ceja y que resbalaba hacia su ojo izquierdo. Sin saber porque, una sonrisa presuntuosa apareció en sus labios.

- ¿Has perdido la razón, o te has resignado a bajar al Inframundo? -le cuestionó, satírica, al verlo reír.

- Quizás las dos. -respondió abalanzándose sobre ella. Sus espadas chocaron, dejándoles a solo unos pocos centímetros el uno del otro.- En cualquier caso, no voy a irme solo. -le susurró.

Descontrolada por las palabras del santo, Nicia le empujó hacia atrás con un contragolpe. Sus ataques se volvieron impredecibles y carentes de ritmo, mientras la paciencia y precisión que hasta unos momentos antes habían reinado en el combate, desaparecían con rapidez. Para sus adentros, el de Piscis suspiró. Había conseguido sacar a la amazona de concentración, provocándolo para que cayera en la desesperación que la rabia generaba.

Así, se relegó a defenderse hasta que la oportunidad de cambiar de papeles se presentara. Pronto, el duelo se convirtió en un vaivén de golpes que resplandecían con cada choque de las espadas. Aunque la condición de igualdad prevalecía, la victoria se reducía a un movimiento en falso para cualquiera de los dos guerreros.

Por encima del campo de batalla, sentada en el trono de su palco, Hipólita observaba en espera del desenlace. Sus mirada se mantenía en el par, más sus pensamientos recaían en el dios de la guerra y la promesa que le hiciese. Depositó sus ojos sobre la daga de plata, la Espada del Caos, y un rayo de luz le golpeó la vista.

"¿Cuánto más?" Se dijo a sí misma.

El arma, aunque exquisita en decoración, a simple vista no mostraba nada de especial.; de hecho, no había significado una ventaja en el combate hasta ese momento. La miró una vez más y no pudo ocultar su disgusto al sentirse timada. Torció la boca.

Mientras, los dos protagonistas continuaban incesantemente con su combate. Un golpe directo hacia la pierna de la amazona la hizo tropezar, pero de último momento, blandió su espada, alcanzando a rasguñar el torso del santo. Él soltó un gruñido de dolor, más no retrocedió. La atacó de nueva cuenta con un golpe que ella solo alcanzó a esquivar al agacharse, pero Afrodita atinó un nuevo ataque con la empuñadora sobre la espalda de la joven. Al tratar de evitar la inminente caída, el arma resbaló de las manos de Nicia. Las muestras de asombro rompieron el silencio que se había apoderado de la palestra.

Por un instante, el terror se reflejó en los ojos de la mujer ante la posibilidad de perder la batalla y la vida. Completamente fuera de balance, cayó al piso, aunque nunca despegó la vista de espada que yacía casi a los pies de Afrodita. Entonces, alzó los ojos, clavándolos en el rostro del santo. Sus miradas se encontraron.

- Levántala. -le dijo al mismo tiempo que pateaba el arma para que Nicia pudiera tomarla.

Ella, con desconfianza, titubeó antes de deslizarse sobre la arena para recoger la espada. Tan pronto sus dedos se cerraron alrededor de ella, Afrodita retomó el ataque.

El santo lanzó una estocada hacia el pecho de la mujer, la cual fue esquivada con una habilísima maroma por parte de Nicia. Con presteza se agachó al mismo tiempo que su propia espada se extendía hacia el cuerpo del santo, alcanzando a abrir una herida en el muslo.

Las primeras gotas del líquido carmesí resbalaron por el filo de la hoja de plata de la espada hasta llegar a la piedra roja que limitaba con la empuñadura. Fue en ese momento que la sorpresa se apoderó del santo de las rosas. En lo que creyó una alucinación, la piedra se encendió mientras su color se tornaba de un rojo más intenso.

Restando importancia al asunto, usó un empujón para repeler la cercanía de la amazona y volvió a concentrarse en el combate. Por un segundo, sus ojos se desviaron para concentrarse en la piedra de la espada. Confirmó lo que unos instantes antes había observado. Llevó su mirada hacia Dohko y, entonces, extrañó la habilidad para comunicarse vía cosmos. Algo se tornaba sospechoso alrededor del combate, más aún no tenía la certeza de que lo que ese peligro representaba.

Ante la fugaz distracción, el ritmo de los ataques de Afrodita disminuyó. Sacando ventaja de ello, Nicia se apoderó del liderato de aquella batalla, blandiendo una y otra vez su espada en contra de su enemigo. El cambio de ritmo por parte del santo no le había pasado desapercibido, sin embargo las razones detrás de tal descuido tampoco le eran claras. A pesar de ello, le resultó irritante que la atención de su oponente estuviera en algo más que no fuera ella.

Le pateó en el estómago, obligándole a retroceder. Cuando hubo distancia entre ambos, le observó con la rabia grabada en su mirada.

- ¡Despierta! -gritó.- ¡El combate es aquí, conmigo!

Él posó sus ojos celestes en la mujer. No respondió a sus provocaciones, sino que dejó al silencio apoderarse de ellos.

En parte, Nicia tenía razón. Sin importar lo que sucediese a su alrededor, su concentración debía permanecer exclusivamente a ella. Ya era suficiente distracción con el ardor que le quemaba cada vez que sujeta la espada como para que también se preocupara por asuntos que no terminaba de entender y que, viéndoles con sangre fría, podrían no tener significado alguna para él.

Frunció el ceño y torció la boca con ligereza. Era hora de reiniciar el combate.

Afrodita tomó con ambas manos su espada. Apretó la empuñadura y sintió la piel alrededor de su herida tensándose. Miró de reojo como el trozo de tela con que se protegía la mano se teñía con el color rojizo de su sangre. De alguna manera, a pesar del agudo dolor, no se dejó impresionar; si había algo seguro en esa batalla, era precisamente la molestia que representaría su mano.

A lo lejos, por encima del Coliseo, el sonido de los truenos retumbó en el silencio del campo de batalla. Las nubes oscuras presagiaban el inicia de la tormenta. Las luces de Zeus centellaban entre la oscuridad que había cubierto el cielo mientras el sonido de su poder retumbaba en los corazones de la audiencia.

El santo suspiró, impregnándose con el fresco aroma de la lluvia que la brisa arrastraba. El final pronto habría de ceñirse sobre ellos.

- Terminemos con esto. -susurró en tono ronco.

Ambos corrieron el uno hacia el otro. Sus espadas se encontraron a medio camino y rechinaron al golpearse mutuamente. Se sostuvieron el golpe por un momento para después separarse. Afrodita atacó por debajo, hacia los pies de la amazona, pero ésta consiguió escapar del ataque, aunque no sin que la greba de su pierna izquierda fuera rayada.

Al mismo tiempo, Nicia estiró su brazo, alcanzando a rasgar el peto del santo y parte de su brazo. Las gotas de sangre que corrieron por el filo volvieron a hacer que la piedra de la espada brillara. En esta ocasión, la guerrera también fue testigo del acontecimiento. Sus ojos se abrieron con incredulidad al reparar en el misterioso resplandor, pero no detuvo la pelea.

El ir y venir de las dagas no se detuvo. Una y otra vez se encontraron, desatando chirridos, cortando las pieles de los guerreros contrarios y arrancando voces de asombro a quienes observaban. Conforme el intercambio de ataques continuaba, la fuerza de los dos combatientes mermaba. El desgaste hacia mella en sus cuerpos, más sus espíritus se mantenían en pie, cada cual movido por los objetivos propios.

De pronto, dentro del maratónico espectáculo, la diferencia comenzó a ser evidente. A pesar de las constantes molestias y el dolor que taladraba su mano cada vez que la posaba sobre la espada, los golpes de Afrodita parecían tener mayor alcance que los de la amazona de cabellos turquesas. Un aire de confusión matizada con desesperación invadió a Nicia.

Cayó en cuenta que estaba perdiendo terreno. Con cada embate del santo de Piscis, sus piernas se veían forzadas a retroceder mientras su cuerpo se esforzaba al máximo por esquivarlos. Súbitamente miró hacia la piedra de su arma y descubrió que el brillante tono rojizo se había tornado turbio. Confundida por ello, trató de regresar sus pensamientos a la batalla, pero el sórdido detalle continuaba atacando su mente una y otra vez.

El mismo pormenor había atrapado la atención de Afrodita. Sin embargo, un golpe de espada dirigido hacia su cuello le hizo recobrar la concentración, canalizándola únicamente hacia la amazona.

El santo tiró el cuerpo hacia atrás aunque el filo de la espada le acarició la piel, dibujando un delgado hilo de sangre. Giró el cuerpo a la vez que se agachaba y plantaba un certero golpe sobre el abdomen de Nicia con el codo. Ella dio un par de pasos hacia atrás, luchando por mantener el balance. Una nube de polvo se levantó cuando la amazona consiguió frenar y aferrarse a la arena.

Más Afrodita no estaba dispuesto a darle descanso. De inmediato se apresuró a ir tras ella. Sostuvo la espada con ambas manos y la batió hacia ella, hacia su torso. Nicia hizo lo propio, interponiendo su daga entre la del santo y su propio cuerpo. Sostuvo el golpe e, incluso, alcanzó a escuchar el gemido de dolor del santo.

Lo aventó, lejos de ella, y hundió la espada en uno de sus bíceps. Él respondió dando un tajo que abrió una herida profunda en el costado de la amazona. Sus miradas se encontraron, y ninguno encontró nada más que determinación en los ojos del otro.

Los dos guerreros replegaron sus armas y, con una rapidez excepcional volvieron a atacarse. Varios cortes más manaron sangre que caía al piso para perderse en el color marrón de la grava.

En el cielo, la luz se había esfumado. Las nubes de tormenta habían ahogado en su oscuridad al dios Sol y los únicos destellos que surcaban el cielo eran los rayos dorados. Las primeras gotas de agua mojaron la arena ardiente. Al principio, fue escueta, pero rápidamente la lluvia se volvió densa.

Aún en el ruido, por momentos ensordecedor de la tormenta, el golpeteo de las espadas seguía vigente. Algunas quejas y jadeos de cansancio también se oían ocasionalmente por parte de los combatientes.

Nicia sentía que las manos le pesaban. A pesar de que el calor había desaparecido, la intensidad del combate cobraba vitalidad en los involucrados. El cansancio era evidente en los rostros de Nicia y Afrodita. La velocidad del inicio se había perdido y la pelea se había convertido en una de resistencia. Con las heridas y el desgaste jugando en contra, el primero en perder la concentración sería el perdedor.

Nerviosa como se sentía, Hipólita se puso de pie. Poco le importó que el agua despeinara su cabellera y las mechas cafés cayesen sobre sus ojos; se acercó al borde del balcón y observó con atención el desarrollo de la batalla. Afiló la mirada mientras susurraba una maldición a medias.

Tenía sus esperanzas depositadas en Nicia pero, ahora, no estaba tan segura de la decisión que tomase. Más allá de ello, sentía la rabia de haber sido engañada por Ares. El dios le había prometido su ayuda, le había hecho humillarse a cambio de sus favores y, hasta ese momento, no veía la mano de su padre inclinando la balanza a su lado. Justo cuando se reclamaba su propia estupidez, el misterioso brillo de la piedra preciosa atrajo su atención. Entrecerró los ojos con suspicacia al notar el cambio en la roca.

Pegado a la reja, con los barrotes firmemente agarrados, Dohko también presenció el cambio. Sus ojos turquesas se abrieron con desesperación al observar como una columna de humo oscuro salió de la empuñadura. El color oscuro de la niebla se escondía perfectamente en las semi tinieblas que cubrían el coliseo.

- Maestro… -musitó el santo de Aries.

- Lo sé, Mu. -respondió sin quitar la vista de la espada.- Lo veo…

- ¿Qué diablos es eso? -preguntó el escorpión. La angustia de su mirada no se disfrazaba.

Dohko meneó la cabeza, preocupado; algo estaba mal. Elevó sus ojos hacia Hipólita y, por más que se esforzó, no pudo sacarse del pecho el presentimiento de algo malo habría de suceder… y pronto.

Mientras tanto, sobre el campo, la batalla continuaba. Aunque ninguno de los dos parecía especialmente interesado en el fenómeno pero cuando éste empezó a envolverles, las apariencias no sobrevivieron por mucho más. La misma Nicia se paralizó por un breve instante. Su mirada seguía el rastro de la neblina al igual que Afrodita que esperaba expectante el resultado de aquel movimiento. Sin embargo, para el santo de Piscis la sorpresa de Nicia le resultó incomprensible. Siguieron forcejeando y atacándose, empujándose el uno al otro al extremo, pero sin descuidar el inesperado acontecimiento.

- Nicia, ¿qué significa esto? -le preguntó mientras evitaba que la espada le hiciera un tajo en el rostro.

- ¿Por qué habría de saberlo? -dijo entre dientes.

- Porque viene de tu espada. -la empujó, alejándola de sí.

Nicia calló. Permaneció quieta por unos segundos escuchando el caer de la incesante lluvia sobre ella. Su mirada se mantenía en Afrodita.

Leyendo las dudas en sus ojos, Afrodita sonrió para sus adentro.

- El enemigo no somos nosotros. -volvió a hablar.

- Lo que sean o no, a mi no me interesa. -escupió la amazona.- La única razón por la que estoy aquí es porque tú asesinaste a Circe y tienes que pagar por su muerte.

- Sí, yo empuñe la espada que la mató, ¡pero no fui quien decidió pelear con ella!

Los labios de Nicia temblaron mientras los apretaba con cierta desesperación. La fuerza con que sujetó su espada, hizo que la piel de sus manos adquiriera un tono rosáceo más intenso.

- Sólo un cobarde se escudaría detrás de esa respuesta.

- ¿Cobarde? ¿No soy yo quién está dando la cara en el campo de batalla? -su sonrisa escondía un dejo de resignación.- Los verdaderos cobardes son otros.

- ¡Cierra la boca! -espetó, furiosa.

Se lanzó al ataque. Su espada pegó con fuerza contra la del santo.

- Esto es un error, Nicia. -Afrodita insistió.- Hipólita está usándolas a todas para conseguir sus propios objetivos. ¿Qué gana Temiscira con esto?

- Honor.

- Al diablo con ustedes y su honor. -se liberó del empuje de la joven.- Si crees que Circe cayó por una causa honorable, entonces no hay forma de que entres en razón.

- ¡No tengo nada que hablar contigo!

Las hojas de las espadas centellaron al encontrarse mientras la nube que evocaba la daga de Nicia lentamente se hacía más densa.

- ¿Vas a negarme que no tienes nada que ver con esto?

- Así es. No sé lo que está pasando y tampoco es algo que yo haya provocado. -Nicia gimió al recibir un corte cerca de la muñeca.

- Es tu maldita espada la que causa esto. -reclamó Afrodita.

- ¡No es mi espada! -espetó.- ¡Es de Hipólita!

Aunque el arma enemiga pasó tan cerca que pudo haberle cortarle el cuello, el santo de Piscis sonrió para sí. La tenía justo donde quería.

- Vaya… -sonrió sin ninguna vergüenza.- Parece que alguien estaba lo suficientemente segura que perderías como para hacer un pacto con el mismo demonio a cambio de tu victoria.

En el preciso instante en que los ojos de Nicia se desviaron y cayeron sobre la lejana figura de la reina amazona, Afrodita supo que algo había cambiado. Aprovechó la fugaz distracción para meter el pie y tumbar a la guerrera. Intencionalmente lanzó una estocada que hizo que la túnica que ella vestía se fijara al piso y le impidiera moverse. Fingiendo liberar su propia espada, se aseguró de acercarse a Nicia.

- ¿Qué opinas ahora del honor y la cobardía? -le susurró.

El retorno a la pelea de Nicia fue salvaje y desordenado. Enfurecida por las palabras del santo, lanzó decenas de golpes contra él. Él, por su parte, soportó. Lo haría hasta donde pudiera, porque estaba seguro que terminaría consiguiendo que el fuego de las dudas consumiera la fe de Nicia.

Pero la oscuridad pasajera en los pensamientos de la amazona se difuminó y la rabia que sintiese unos momentos antes se enfocó en alguien más allá de su oponente. El cese de sus movimientos traicionó a su mente.

- ¿Qué pasa?

- Pasa que, al menos para mí, el honor existe.

Ante el sonido de las palabras, Afrodita sintió el escalofrío que recorrió su espalda y le erizo la piel. De inmediato, le sobrevino una sensación de alivio.

- La batalla no ha terminado, santo de Athena, pero continuará bajo mis propios términos. -Afrodita asintió. La luz y el estruendo de un rayo se apoderaron del cielo.

Sus voces habían sido acalladas por el rugido de la lluvia, pero el alto en el combate levantó murmullos entre los asistentes. La misma reina se mostró sorprendida por la decisión de su guerrera y no se esforzó en disimularlo.

Nicia la miró. En sus ojos había latente un aire de decepción. La castaña trató de fingir indiferencia, pero la verdad era que sus preocupaciones se desbordaban con cada segundo que pasaba.

"Tranquila," oyó la voz de su padre. "Lo mejor aún está por venir."

Hipólita volteó, encontrándose con la incipiente figura de su padre. Los rastros de energía purpúrea fueron conformando el cuerpo del dios de la guerra hasta revelarse en plenitud.

- No iba a perdérmelo. -sonrió, satírico. Ella no respondió, más ambos llevaron sus miradas hacia el campo de batalla.

Entonces, el brillo rojizo de la piedra emergió una vez más; pero en esta ocasión, iluminó los ojos de la amazona. El semblante de la mujer perdió todo rastro de emoción y su mirada se extravió. El peliazul retrocedió, confundido por el comportamiento de Nicia. Fijó su mirada en ella en espera de su siguiente acción, sin embargo, sus respuestas no tardarían en llegar.

En un arranque, la amazona regresó al combate. Sus movimientos habían recuperado frescura y su fuerza, aumentado.

Todavía presa de la sorpresa, Afrodita luchó por mantenerse al ritmo de la pelea. Resistió con valentía cada golpe, luchando no solo contra la enorme presión que la mujer ejercía sobre él, sino también contra el dolor propio del cuerpo agotado. Pelearía hasta el final y, si habría de caer, lo haría con la cabeza en alto.

Detuvo la espada enemiga cuando ésta se abalanzó sobre su cuello, pero con un veloz movimiento, la amazona se liberó del agarre del santo y golpeó su rostro con la empuñadura. El embate y la inercia empujaron el cuerpo del santo de Piscis hacia el piso. Escupió la sangre que se había concentrado en su boca y luchó por ponerse de pie a la brevedad, consciente de que la guerrera no tendría misericordia ninguna.

Faltó poco para que el arma de Nicia se clavara en su pierna antes de que pudiera levantarse. Se paró accidentadamente, titubeante aún ante lo sospechoso de la situación. Atacó otra vez.

Arriba, hacia la cabeza de la amazona. Después, hacia sus piernas. Al final, al torso. Todos los golpes fueron detenidos. Reinició la secuencia en orden diferente y así lo haría hasta conseguir algo. Sus esfuerzos valieron el sacrificio y atinó un par de estocadas que abrieron sendas heridas en la pierna de apoyo y el brazo de la espada de Nicia. Entonces, Afrodita siguió atacando. No se detuvo a pesar de que sus propias heridas ardían como el fuego del Infierno. La amazona, impávida a pesar del desgaste y daño a su cuerpo, tampoco bajaba la guardia.

- ¡Mátala, Afrodita! -se oyó entre el sonido del agua la voz de Milo quien, colgado de las barras de su prisión miraba con desesperación la batalla.

A ambos lados del joven escorpión, el resto de los santos observaban en silencio. El antiguo maestro mantenía los labios apretados, como si quisiera resguardar a su lengua de pronunciar palabras de mal augurio. Su instinto volvió a gritarle que levantara la vista, que las respuestas a los porqué residían en la reina y no en la vasalla. Y así lo hizo.

Su rostro palideció al mirar en dirección a Hipólita. La reina estaba de pie, con los brazos apoyados en la baranda de su palco. La túnica empapada se le pegaba al cuerpo y sus cabellos castaños caían sobre su rostro y hombros sin cuidado. Una sonrisa iluminaba su rostro, una sonrisa irónica y repleta de seguridad. Pero lo que realmente le robó la calma al santo era la figura que se mantenía al lado de la reina.

- Ares. -dijo en un murmullo.

- ¿Qué? -los ojos azules de Shaka se abrieron ante la mención del dios.

- ¡Ares! -respondió. Se aferró con todavía más fuerza a las barras de metal.- ¡Afrodita! ¡Tienes que terminar esto! ¡Ahora!

Efímeramente, la mirada celeste del santo de Piscis se posó en el chino. Apretó los labios y continuó enfocado en su pelea. Distinguió como la sangre de su mano había empapado la tela que la cubría y que ahora las gotas corrían arrastradas por el agua de lluvia por la empuñadura, rozando incluso el filo de su espada.

El cielo se había oscurecido casi por completo y la lluvia era tan densa que poco se alcanzaba a ver o escuchar. La arena se había convertido en un pantano que dificultaba el movimiento y hacia todavía más cansado el combate.

Entonces, Afrodita embistió por la izquierda, pero la amazona detuvo el golpe. Nicia giró la muñeca, obligando al santo a bajar la espada. Después, apoyándose sobre sus puntas volteó para atacarlo por un costado. Consiguió rayar y romper el metal de la coraza, y abrió una herida en la espalda de Afrodita.

El santo trastabilló, sintiendo el escozor de la lesión propinada. Perdió el equilibrio. Tuvo que apoyarse en una de sus manos para evitar la caída mientras que, con la otra, se prendió a su daga para blandirla contra ella. Contraatacó. Y su espada alcanzó a rasgar el torso y la mano de la joven. Tras la estocada, se derrumbó.

Nicia soltó un grito de dolor. La profundidad del corte era grande y, con el miembro entumido, soltó la espada. Cayó arrodillada al piso. A pesar del dolor en su mano, la llevó hacia su vientre en un intento de frenar la hemorragia. Se encorvó sobre si misma, víctima del dolor.

A unos pasos de ella, Afrodita luchaba por ponerse de pie. El cansancio y el punzante dolor de su espalda dificultaban la tarea, pero el santo seguía luchando. Tanteó el suelo hasta encontrar su arma. Trabajosamente la empuñó mientras se levantaba, tambaleante. Sus pies resbalaron en el barro que la lluvia había formado, pero encontró la fuerza para erguirse.

Se acercó a Nicia y permaneció un rato frente a ella. Vio como la sangre de su vientre había tornado la túnica blanca de la amazona en un trapo color carmesí. Su blanca piel había tomado un color aún más pálido y sus brazos trataban de hacer presión en la herida, sin ningún resultado.

A unos pocos pasos de ella, la espada del Nicia resplandecía bajo la luz de los rayos. Descansaba sobre la arena, hundida en el fango del Coliseo. El santo caminó hasta ella y la tomó entre sus manos. Giró la cabeza hacia Nicia.

La miró, y ella alzó el rostro para verle.

- Vas a matarme.

- Eso se espera que haga, ¿cierto? -la respuesta del santo robó una sonrisa retorcida a la amazona.

- La leyenda le ha nombrado como la Espada del Caos… -tosió y gota de sangre resbaló desde sus labios por su barbilla.- Cuenta el mito que es el regalo de Ares para sus elegidos. Que equivocados están…no es más que un instrumento de control.

- Nicia…

- Este no es el honor de mi pueblo, santo.

- Lo sé. Y ésta tampoco es la guerra de tu pueblo.

En medio del ruido de la lluvia, sus voces se perdían y únicamente el movimiento de sus labios era perceptible.

A pesar de que se esforzaba por afilar el oído, Hipólita no era capaz de escuchar una sola palabra de la conversación. Se esforzó por leer los labios de ambos gladiadores. Tampoco consiguió nada.

La ansiedad que se apoderó de ella quedó al descubierto en la presión con que sus manos se cerraron sobre el borde de la baranda y la forma en que su cuerpo se inclinaba hacia delante, como si quisiera brincar a la palestra en cualquier momento. Sus dedos temblaron empujados por la fuerza que ejercía. Entonces, junto a las de ella, las manos de Ares se posaron. Su cuerpo se pegó al de ella, y sus labios le susurraron al oído.

- Traición. -los ojos cafés de Hipólita se abrieron con desmedida incredulidad. Sus labios se separaron y tiritaron compulsivamente, más ningún sonido abandonó su garganta.- Van a traicionarte y tu imperio caerá contigo.

- No. -musitó. Una lágrima escapó de sus ojos y corrió por sus mejillas, disfrazada por lluvia.

- Obsérvalos. Conspiran en contra ti, en tu propia arena y en tu propio reino. -susurró.- ¿Lo permitirás?

Hipólita apretó los labios. Su ceño se frunció y la mirada se le oscureció.

- ¡Cállate! -gritó, desenvainando su espada. Le tomó un rápido movimiento situarla a milímetros del cuello de Ares.- Una palabra más y comprobaremos si los dioses son inmortales como dices. -cínicamente, el dios sonrió.

- No sabes lo que haces. -dijo antes de desaparecer en la bruma púrpura que le había llevado ahí unos minutos antes.

Al verlo esfumarse, Hipólita suspiró. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras los latidos de sus corazón comprimían su pecho. Hizo el mejor de sus esfuerzos para recobrar el porte, ocultando sus verdaderos sentimientos tras una máscara de indiferencia.

- Maten al santo. -ordenó a las guerreras de la Orden Real.

El grupo de mujeres se respingó casi a la vez. Intercambiaron miradas, preocupadas por la repercusión que dicho acto podría representar: Intervenir en una pelea ajena, sobre todo tratándose de una de las Hermanas de la Lanza, significaba un insulto para la dignidad de la guerrera en cuestión.

- Señora…

- He dado una orden. Obedece,¡ahora! -detuvo el intento de las guerreras por hacerla entrar en razón.

Las diez mujeres asintieron. Empuñaron sus armas para descender hasta la arena.

El inusual movimiento de las tropas especiales de Hipólita conmocionó a los asistentes. Los murmullos superaron por primera vez al eco de la lluvia mientras las miradas recaían intermitentemente en los guerreros y las fuerzas de la soberana de Temiscira. En su foso, las sobrevivientes de la Hermandad observaban, impávidas y confundidas, el desenlace de la batalla.

- Vienen por ti. -Nicia intentó ponerse de pie. Afrodita levantó la vista, clavándola en las mujeres que se aproximaban a él.- Dame mi espada.

El santo dudó pero las guerreras le habían alcanzado. Consiguió esquivar los embates de dos de las mujeres, pero el de la tercera le tomó desprevenido. La espada enemiga atravesó su costado, mientras la siguiente rayaba su brazo, dibujando una línea de sangre que cruzaba verticalmente el bíceps.

- ¡Afrodita! -los gritos de sus compañeros se oyeron. Se colgaron de los barrotes, algunos empujando, otros jalando, pero todos desesperados por ir en ayuda de su hermano de Orden.

- ¡Esto no es lo acordado! -exclamó Dohko, más la reina no prestaba atención a nada que no estuviese en el centro de la arena.

Su rostro no la delataba, pero algo en ella encontraba la paz al presenciar la escena. Si había hecho bien o mal, simplemente ya no era de importancia para ella. El primero moriría y el resto lo harían eventualmente. Por ese día, estaba asqueada de todo, incluso de si misma. Para su fortuna, el día terminaría en una muerte por la que tanto había pedido.

Pero lo que Hipólita no sabía era había aún designios del destino que debían cumplirse, designios que la joven reina no esperaba…

La batalla de Afrodita se había vuelto encarnizada. No era solo la desventaja numérica, sino el desgaste emocional y físico al que había sido sometido con anterioridad. Solo su orgullo le mantenía de pie. Asestó un buen golpe y atravesó de manera limpia el pecho de una de las mujeres quien cayó al piso, muerta.

Se viró para enfocarse en otra, más no notó el ataque que venía por detrás. Para cuando lo sintió, su hombro había sido herido. Aguanto el dolor y repelió a la guerrera que le causase la herida. Una vez más, su espalda quedó al descubierto. Sin embargo, justo cuando el filo de otra daga iba a cortarle, la ayuda llegó de donde menos esperaba.

La espada plateada se interpuso entre la guerrera de Hipólita y el santo. Nicia, con el rictus de dolor impreso en su rostro cenizo, la sujetaba con todas las fuerzas que le quedaban. Repelió el ataque y hundió la Espada del Caos en el cuello de la que fuese su compatriota. De inmediato, se puso espalda con espalda con Afrodita al mismo tiempo que sus ojos recorrían a las otras jóvenes.

- Retrocedan. -les dijo.- Ésta es una batalla entre dos.

- Son órdenes de Hipólita. -respondió una de ellas.

- No me importa de quien es la orden. Retrocedan y dejen que seamos nosotros quienes demos fin a esta historia. -insistió.

La líder de la Orden Real llevó su mirada hacia la reina. Ésta permanecía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro inmutable. Negó con la cabeza e hizo una señal a su subordinada.

La joven suspiró. Aquella era la señal de los condenados.

Se abalanzaron contra el increíble par. Sus espadas surcaban el aire y cortaban la piel a su paso. La arena se tiñó con la mezcla de agua y sangre bajo los pies del grupo. Una de ellas sucumbió, no sin antes hundir su espada en el torso de Afrodita. Otra más lo hizo unos segundos después. Su daga se quedó atascada en el costado de Nicia.

Ambos, amazona y santo, se sentían desfallecer. Sus respiraciones era cada vez más superficiales y sus cuerpo destrozados clamaban por descanso. Sus brazos se movían por reflejo, siendo el instinto de supervivencia lo que les mantenía en la batalla. Entonces, Nicia se desplomó.

El susurro de decenas de personas reteniendo el aliento se esparció en el Coliseo. Afrodita observó el cuerpo inerte por el rabillo del ojo. Hubiese querido intentar algo más, pero la situación le presionaba a algo mantenerse atento para sobrevivir. Sin embargo, las sorpresas no terminaban aún. Con un grito de guerra, la Hermandad de la Lanza se lanzó a la ayuda.

En un abrir y cerrar de ojos la cruenta batalla se agudizó. La sangre corrió con mayor rapidez mientras las espadas y armas de las guerreras de élite deshacían a sus propias compañeras. Como animales salvajes protegiendo a los suyos, se pararon alrededor del cuerpo inerte de Nicia. Sus armas por delante eran una clara amenaza de que cualquier paso en contra significaría nada más que la muerte.

- Mantente atrás, santo. -ordenaron a Afrodita, incluyéndole dentro del circulo de protección.

El maltrecho santo retrocedió. Estaba demasiado cansando y herido; necesitaba un segundo para respirar.

Se acercó arrastrando los pies hacia Nicia. Con delicadeza volteó el cuerpo para dejarla boca arriba. Estaba pálida, cubierta de lodo y sangre, pero su rostro había tomado un aire de calma. Se agachó junto a ella sintiendo como la piel rasgada amenazaba con abrirse más a cada movimiento que daba. Apartó los cabellos turquesas de su cara y buscó en su cuello por el pulso.

- Está muerta. -susurró en tono tan claro que en medio del sepulcral silencio se oyó hasta el fin del Coliseo.

- ¿Qué dices? -preguntó un de las otras hermanas.

- Está muerta. -repitió.

Afrodita tembló. Su voz parecía esfumarse tan rápidamente como el color de su piel. Tenía la respiración cortada y trabajosa, mientras que cada músculo de su cuerpo despedazado parecía estar entumido, sofocando el fuerte dolor que le atormentaba. Sentía el metálico sabor de la sangre en su boca. Las fuerzas se esfumaban tormentosamente despacio de él dejándole nada más que el vacío de la impotencia.

En un último esfuerzo, tomó la espada que yacía junto a la guerrera caída, posándola sobre su pecho. Se hincó a su lado, rindiéndole respeto.

Nadie habló. Solamente el repicar de las espadas de la Orden Real se oyó cuando cayeron al suelo. Y, pronto, las rodillas de aquellas guerreras que aún tenían la fuerza para mantenerse en pie tocaron la grava.

Una de las mujeres de la Lanza, que parecía haberse erguido como líder de las que quedaban, se acercó a Afrodita. Posó con suavidad su mano sobre el hombro del santo. Sintió el cuerpo, frío, que tiritaba. Apenas y le dio tiempo para sostenerlo cuando desfalleció.

- ¡Santo! -exclamó mientras el resto de sus hermanas se arremolinaban alrededor de la escena.- Mantente despierto.

Pero sus ojos celeste apenas se mantenían abiertos. Luchaban por mantener la conciencia sin embargo poco a poco se perdía en la calma que le arrullaba. De pronto, el frío desapareció. Se sintió arropado por los calidez de sus memorias, especialmente aquellas de su segunda vida. Recordó las sonrisas y los momentos de alegría que se habían convertido en su motivo de vivir. Remembró a los que dejaba atrás y se sintió orgulloso al decirse que lo extrañarían.

Había cultivado el jardín más hermoso de todos: La amistad. Con rosas perfectas, bellas y eternas. Flores que el tiempo no marchitaría y se quedarían con él para siempre. Si, Afrodita tenía todo lo que siempre había deseado.

Su jardín, su obra maestra…

"Mis amigos."

-Continuará…-

Me siento triste, así que seré un tanto breve hoy. ¡Sus reviews! ¿Cómo no agradecerles por tantas palabras bonitas y de ánimo y todos esos comentarios que siempre me sacan una sonrisa? A ustedes:

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¡Gracias!

Sniff… regreso a mi rincón a llorar un rato más. Amenazas de muerte, gritos de desesperación e integración de grupos de apoyo, en el botoncito de abajo.

Sunrise Spirit