Capítulo 34
Moviendo las piezas
-1-
Llevaba horas sin que la lluvia amainara. El cielo permanecía tan oscuro como al principio de la tormenta, pero las descargas de luz habían desaparecido. Ahora, solo llovía.
La cortina de agua caía sobre el Coliseo, como si el cielo llorase la tragedia vivida unas horas antes. El gran estadio estaba vacío. Solo los ecos permanecían, refugiados en el silencio y, a la vez, atrapados en las rocas de milenaria sapiencia. Los gritos se habían apagado, el fervor había desaparecido, y solo la peste de la muerte rondaba por el maldito lugar.
Olvidados y sumidos en el dolor, los santos permanecían sentados en su pequeña celda. Desconocían cuanto tiempo habían pasado en silencio, encerrados en sus pensamientos y en los recuerdos, llorando en silencio lágrimas que se habían evaporado con el transcurso de las horas.
De repente, la fuerza de la tormenta decayó. Unas pocas gotas, provenientes de nubes renuentes a alejarse, se perdían en los charcos que la arena dispareja había creado. El primer trino de una ave se oyó a la distancia, siendo callando casi de inmediato por el estruendoso estallido de un trueno.
Mu se encogió en el rincón de la celda. Frotó sus manos contra los brazos, invocando un poco de calor; lo hizo a pesar de que era consciente de que el frío que sentía emanaba de su espíritu. Un poco más allá, de pie junto a las barras de la celda, distinguió la figura de Dohko.
No alcanzó a verle el rostro, pero tampoco le era necesario. Sabía que el viejo maestro sufría como cada uno de los que ahí estaban. Se había armado de valor para aparentar una fortaleza que en realidad no poseía porque, para Mu, el desgaste en su mirada turquesa no había pasado desapercibido.
El santo del carnero había seguido cada movimiento del chino después de la muerte de Afrodita. Había presenciado la rabia con la que empuñase la espada para clavarla en el piso de la celda, nadie se molestó en liberar el arma; Mu también le había observado contener la rabia para tranquilizar a un inquieto Milo y la paciencia con la que se armó al curar las heridas de un Aldebarán que lucía perdido en la confusión.
Camus y Shaka se veían más ecuánimes que el resto, aunque no por ello menos abatidos. En más de una ocasión, el santo de Acuario se había acercado a su amigo escorpión y murmurado unas cuantas palabras que poco o ningún efecto tuvieron en el santo peliazul.
- Vamos a salir de aquí. -murmuró el santo de Libra tras un silencio que llegó a parecer infinito.- Encontraremos a Shura y saldremos de aquí.
- Ni siquiera sabemos si la cabra vive, maestro. -agregó Milo, agrio.
- Vive. Porque, de otra forma, Hipólita nos lo hubiera escupido a la cara.
Milo torció la boca sin tragarse ninguna palabra de Libra.
Sin embargo, el chapoteo de los pasos que se aproximaban a su prisión puso en alerta a los guerreros sobrevivientes e interrumpió la breve conversación. Aquellos que hasta entonces permanecían sentados, se pusieron de pie, acercándose a la reja en franca actitud desafiante a las mujeres que se acercaban.
Las amazonas no se inmutaron. Continuaron con paso firme hacia la celda, ajenas por completo al hecho de que sus largas capas se teñían de marrón al empaparse con el barro de la palestra. Tampoco les importaba que sus sandalias se hundieran en el fango, ni de sus armaduras metálicas que se mojaban con las escasas gotas de lluvia que todavía caían.
- De pie, con la cara contra el muro. -ordenó la que iba la frente tan pronto las mujeres alcanzaron la cercanía de la celda.
- Dame una buena razón para obedecerte. Una sola. -siseó Dohko, visiblemente poseído por la rabia.
- Porque es tu vida la que está en juego, no la mía. -la mujer se acercó aún más, libre de miedos ni tapujos.
El filo de una espada rozó su cuello. El arma había salido desde el interior de la celda con tal velocidad que la guerrera apenas tuvo tiempo de moverse los pocos milímetros que le salvaron la vida.
Las sonrisa iluminaron más de un rostro dentro de la prisión. Risas amargas, retorcidas y repletas de odio hacia Temiscira y sus hijas. Pero poco duró la atención que las recién llegadas guerreras ofrecieron a los santos, puesto que detrás de ellas, bajo la entrada a la arena, varias risas femeninas resonaron con igual sorna.
- Eso ha sido un tanto patético, Dareia. -una segunda mujer, con rango incluso superior al de la primera, hizo su aparición, seguida de otras tres milicianas.- Un poco más de puntería y menos reflejos de tu parte, y el santo te arrancaba la cabeza.
- Ge.
- Sí, sí, conozco mi nombre y no necesito que lo repitas. -Ge y compañía caminaron hasta donde esperaba el grueso del grupo.- Retrocede. Deja esto en nuestras manos.
Dohko y el resto de los santos miraron como las hermanas de la Lanza se abrieron paso entre sus propias compañeras. El respeto que imponían a las otras era notorio en la forma en que ellas seguían con diligencia cada palabra de la Hermandad, al punto de echarse para atrás sin ningún tipo de réplica.
Únicamente Dareia tuvo el coraje de plantárseles, pero su resistencia no duró por mucho. Bastó un empujón por parte de Ge para obligarla a mantener la distancia.
- Son órdenes de la reina. -se quejó.
- ¿Ves a Hipólita por alguna parte? -espetó, burlona.- Cuando lo hagas, avísanos. Mientras tanto, deja que nosotras nos encarguemos de ellos.
- ¿Ustedes cuatro contra todos ellos?
- Largo, Dareia.
El tono tosco de Ge, sumado a la sutil amenaza que se cernió cuando las otras tres hermanas empuñaron sus armas, disparó la tensión entre ambos bandos. Sin embargo, la prudencia y los inevitables augurios de fracaso para Darei se impusieron.
- Haz como mejor te parezca. -Darei reverenció a su superior. Después, caminó sobre las huellas que sus propios pies habían dibujado en el barro.- Hipólita sabrá de esto. -murmuró mientras se alejaba.
Prestó Ge oídos sordos a tan iluso chantaje. Chasqueó la lengua menospreciando los modos de sus compatriotas y soltó una risa al presenciar como una de ellas resbalaba en el fango y luchaba por mantener el equilibrio. Torpes, la mayoría de las otras lo eran; al menos así lo creía Ge. Sí, ella no era como Circe, ni siquiera parecida a Nicia. Ge había sufrido, luchado y sangrado por el honor de su Orden. Se había ganado a base de sacrificio el puesto que ocupaba y no le importaba si la acusaban de pedante o altiva, era su derecho por las lágrimas derramadas.
- ¿Piensa quedarte mucho tiempo ahí parada? -el tono insolente en la voz de Dohko la sorprendió. Volteó hacia él y le sonrió.
- No comas ansias, santo. Debo llevarles de regreso a las otras celdas y, sinceramente, espero su cooperación.
Una segunda daga salió repentinamente, pero Ge tuvo ningún problema para salir ilesa de ella. Desenvainó su propia espada y la usó para desviar el ataque furtivo.
- Dejemos algo en claro, ustedes no van a escapar, ¿comprendido? -obtuvo un gruñido por respuesta.- No hoy, santo. Todavía no es el momento. -habiendo pronunciado tal afirmación, nada ni nadie se movió.- Oh, vamos. No puede ser tan sorpresivo para ustedes. -rió. Entonces, removió el protector de su brazo, dejando al descubierto una herida cerrada con hilos, la cual aún supuraba sangre.- Mi vida estuvo en juego por uno de los suyos, la vida de mis hermanas también. -apuntó hacia las que le acompañaban.- Ustedes saldrán de Temiscira y se llevarán la maldición de la de ojos grises lejos de aquí, pero no ahora.
-2-
Como si de un minino se tratara, el santo de Leo se desperezó, estirándose entre sus sábanas. Odiaba esas largas esperas, sobre todo después de la visita de Artemisa por la mañana, en que lo único que podía hacer era tumbarse en la cama, a observar como el viento mecía las cortinas de lino que pendían de su ventana.
El colmo de la desesperación había llegado cuando una mariposa de grandes alas con colores en tonos añiles se adentrase en la habitación unos minutos antes. Se había dedicado a cazarla, arrojando pequeños trozos de un antiguo pergamino contra ella. Al final, había errado vilmente.
Se puso de pie y caminó los siete pasos que separaban su cama del ventanal. Sí, eran siete exactamente, los habías contado… en cinco ocasiones.
Ahí, observando el jardín que había debajo de su ventana, perdió un rato más la mente. Sabía que estaba en el Olimpo y que el Sol siempre brillaba con igual fuerza cada día, sin embargo, comenzaba a extrañar los días lluviosos. Un rayo de Sol golpeó de improviso sus ojos verdes, obligando a que los cerrara.
De pronto, la paz se rompió con el quejido de la puerta. Giró, solo para ver como sus aposentos eran invadidos de nueva cuenta por los tres pequeños aprendices de Máscara de Muerte a los cuales saludó con una sonrisa. Sin moverse de donde estaba, les hizo un gesto con la mano para que entraran.
- Volvieron antes de lo que creía. -les dijo.
- El maestro nos envía de regreso. -habló emocionado el pequeño Corban.
- Tiene un mensaje para usted. -asintió su hermano.
El chico comenzó de inmediato a rebuscar un trozo de papel celosamente guardado en el cinto del pantalón. Mientras lo hacía, Aioria no pudo sino reparar en el inusual silencio de la pequeña pelirrosa. No estaba del todo seguro, pero por los pocos minutos que habían compartido con anterioridad, hubiese pensado que ella era la más parlanchina de los tres.
- ¡Lo tengo! -exclamó Altair. Con torpeza, aunque en realidad era nerviosismos, desdobló la hoja y leyó la prolija letra de su maestro.- Dice: Gato, ¿crees que estás en un spa?
Hubo un súbito momento de silencio entre todos. Aioria alzó una ceja, sofocando una risa traicionera pero a la vez sintiéndose ofendido por el enfadoso comentario.
- Señor Aioria. -los ojos verdes del felino zodiacal se centraron en Corban.- ¿Qué es un spa?
- Un spa es un lugar que… -el santo hizo una pausa.- …un lugar que nunca he visitado. -admitió con pesar.
- ¿Es un buen lugar? -continuó el pequeño moreno con el interrogatorio.
- Pues, sí. -subió los hombros.
- Y, ¿por qué habría de ser malo ahora?
- Porque no es el momento de pasársela bien.
- Claro que no lo es. -terció Nix.- Están pensando en irse.
Aioria la miró, guardándose sus palabras. Revolvió ligeramente los cabellos de color rosa y hubiese deseado decirle algo más, pero no podía hacer compromisos ni albergar esperanzas en los pequeños.
- ¿Puedes darme ese papel? -el castaño extendió la mano hacia Altair. El chiquillo obedeció.
- ¿Qué harás, señor Aioria? -preguntó, y los tres niños se pararon a espaldas del santo mientras escribía debajo de la nota del cangrejo.
- Solo Aioria, ¿ok? Nada de señor, ni cosas así. Llámenme Aioria. -continuó en lo suyo.- Aquí esta.- terminó, dobló el trozo de papel y se lo entregó de regreso a Altair.- Entrégaselo, por favor.
Los niños asintieron. Una nueva etapa de su misión se presentaba ante ellos y, al igual que en la primera, estaban dispuestos a llevarla a cabo con éxito. Así, con ánimos renovados e incesantes deseos de reencontrarse con su maestro, abrieron una rendija de la puerta para acechar que nadie se cruzase en su camino.
Al distinguir que su paso estaba libre de peligros, ondearon la mano, despidiéndose de esa forma del santo de Leo. Rápidamente, se escabulleron por el pasillo.
- Espera. -Nix volteó cuando sintió a Aioria tomándole del brazo. Sus ojos reflejaban aún destellos de rabia y frustración a causa de la discusión con Máscara de Muerte.
- ¿Sí? -preguntó, tímida.
- No sé como, pero todo saldrá bien para todos. -le dijo el santo.
El mismo Aioria se reprochó de inmediato sus palabras. Había hablado de más.
-3-
- ¡Maestro!
Máscara de Muerte abrió los ojos y llevó su mirada perezosa hasta la entrada de su habitación, en donde se encontró con los ojos de sus aprendices. Soltó un bostezo antes de incorporarse, sentándose al borde de la cama. Llamó particularmente su atención la ausencia de Nix.
Torció la boca sin poder evitarlo.
- ¿Qué ha sucedido?
- Hablamos con Aioria. -respondió, casi de inmediato, el menor de los niños.- Dijo que nunca ha ido a un spa.
El santo se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa maliciosa.
- ¿Algo más?
- ¡Ah! Le envía esto. -Altair rebuscó la nota que el de Leo había devuelto.
Sintiéndose importante de fugir como mensajero, el pequeño moreno tendió el trozo de papel a su maestro.
Con un gruñido, el peliazul tomó a nota y procedió a abrirla. Desdobló el papel rápidamente mientras su mirada azul se fijaba de vez en vez en los dos niños que le observaban, curiosos. Cuando por fin tuvo el texto a su alcance, suspiró, sintiéndose un poco más tranquilo.
Estaba escrito en italiano, señal indudable de que aquella ortografía pulcra de verdad pertenecía al santo de Leo y no a Orión, como hubiese llegado a sospechar. Después de todo, ¿qué podría saber el mítico cazador de un idioma desconocido para él? Bendito Santuario y sus insoportables clases de idiomas, pensó, por fin tenían una utilidad diferente a ser medio de chismes entre hermanos de Orden.
Leyó la nota mientras alzaba las cejas, con franca sorpresa del contenido.
"Jodido cangrejo, ¿me crees de vacaciones? Noticia de último momento: También quiero salir de aquí. Te buscaré tan pronto consiga algo. Mientras tanto, deja de pisarles el cuello a tus alumnos, ¿sí? El gato, Aioria."
Sonrió en una mueca que inmediatamente borró de su rostro, dispuesto a negar cualquier tipo de diversión que le produjesen las palabras de Aioria. Después, volvió a doblar el trozo de papel y lo guardó. Solo entonces, reparó en las miradas atenciosas de sus pupilos, quienes no se molestaban en ocultar la curiosidad que la nota había generado y a la cual se sumaba la actitud de su maestro. Máscara se aclaró la garganta. Frunció el ceño para retomar su actitud seria y distante.
- Bien hecho. -admitió casi en un murmullo pero que fue suficiente para que las caras de los niños se iluminaran con una sonrisa.
Tras aquella muestra de aprobación, los niños intercambiaron risas, como mutua felicitación a un trabajo bien logrado. Así, al ver a su maestro darles la espalda, se dispusieron a abandonar los aposentos del santo de Cáncer sintiéndose orgullosos de si mismos.
La puerta sonó al abrirse mientras el sonido hueco de sus pasos delató su salida. Sin embargo, se vieron obligados a detener su andar al oír a su maestro hablándoles.
- Alto. -les dijo.- ¿Dónde está Nix? -cuestionó, intentando que el tono de su pregunta pasase desapercibido.
- Se fue a su habitación. -respondió Altair.
- Ya veo.
- Ha estado actuando raro. -complementó el otro niño mientras esbozaba una mueca de confusión.
El santo permaneció en silencio. Resopló los flecos que caían sobre su frente al mismo tiempo que centraba su atención en el par de chiquillos.
- Hay algo que quisiera saber. -hizo una pausa.- ¿Quién demonios es Urián? -preguntó. Ninguna de las expresiones de sorpresa del par de niños pasaron desapercibidas para el santo de Cáncer.
- ¿Dónde escuchó ese nombre? -le cuestionó tímidamente Altair.
- Eso a ti no te importa. Responde. ¿Quién es Urián?
El mayor de los chicos giró hacia su hermano pequeño quien se encogió de hombros en una clara muestra de rendición. Aún si tratasen de ocultar la verdad, su maestro no lo dejaría pasar tan fácilmente y ambos lo sabían.
- Urián es el hermano mayor de Nix. -Altair respondió tras una larga pausa.- Sin embargo, ella se rehúsa a hablar de él. Creo que está enfadada.
- Siempre dice que Urián se fue, que nos abandonó. Cuando escucha su nombre siempre se enoja, pero en realidad, yo creo que se entristece. -complementó el menor. Al oír sus palabras, Máscara de Muerte se tornó pensativo hundiéndose en un silencio que no duraría mucho.
- Y, ¿dónde puedo encontrarlo? -sus orbes azules miraron de niño a niño.
- No puede encontrarlo, maestro.
- No me digas que puedo o no hacer, mocoso. -espetó.- Solo responde, ¿dónde puedo encontrar a ese tal Urián?
- Urián esta muerto. -dijo Altair.- Falleció el día que atacaron nuestra villa.
- ¿Atacaron? ¿Quién les atacó? -el santo furnció todavía más el ceño, si es que eso era posible.
- Ellas. Una mujeres malvadas. -la infantil voz de Corban tembló al hablar de ello. Sus ojos ambarinos se oscurecieron con el miedo mientras se aferraba con todas fuerzas a la túnica de su hermano.
- No eran mujeres. Eran demonios: las Keres. -confesó Altair.- Ellas atacaron y destruyeron a todo el pueblo.
Los colores escaparon del rostro del peliazul. De pronto, como un golpe de luz, las memorias regresaron a su cabeza con una velocidad impresionante. Recordó el viaje hasta Lerna, la pequeña villa reducida a cenizas y los gritos de dolor de sus habitantes. Entonces, una imagen todavía más clara y aterradora se dibujó en su mente.
Aldebarán, caminando hacia donde él estaba, llevaba en brazos el delicado cuerpo de un pequeño. Estaba sucio y ensangrentado. Tenía las mejillas cubiertas de una mezcla de sangre y lágrimas, mientras sus frágiles brazos mostraban sin misericordia las heridas abiertas a causa de los constantes ataques de aquellos seres infernales. La piel de su torso y parte de sus piernas se había consumido por el fuego que devoraba el pueblo. Su respiración era casi imperceptible.
Remembró también los esfuerzos por salvarlo. La desesperación de sus compañeros por ver cómo la vida del pequeño se escapaba se volvió propia y, en medio de las borrosas memorias, distinguió, atónito, el rostro del niño. El corazón se le desbocó al darse cuenta de su identidad.
- Eras tú. -musitó clavando su mirada cerúlea en Corban. El chiquillo, sin entender, alzó las cejas al escuchar a su maestro.
- ¿Yo? ¿Yo qué?
- Nada. -susurró.
Su mirada no ocultó la consternación que sentía y su lengua parecía haberse atado, robándole toda oportunidad de palabra. Alcanzó a indicarles con un gesto que podían retirarse, instrucción que ellos obedecieron en completo asombro.
Al fin, en soledad, Máscara exhaló. Incrédulo, sin saber que pensar, se cubrió los ojos con las manos. Sus verdaderos problemas aún estaban iniciando.
-4-
Las voces de mando se escucharon a través de la puerta; todas ellas eran voces femeninas. Algunos gritos más resonaron y otros respondieron con la misma intensidad. Al fin, se hizo una pausa. Un instante más tarde, la puerta se abrió, dando paso a un grupo de mujeres enfundadas en ostentosas armaduras. La puerta de madera se cerró celosamente detrás de ellas.
La vieja Tarsila pegó un brinco ante su presencia. Se puso de pie y corrió, con todo y la cojera, hasta situarse junto a la cama. Agachó la cabeza, prestando su respetos a las recién llegadas. Shura, por su parte, se sentó perezosamente al borde de la cama. El cuerpo aún le dolía, víctima de las fiebres, sin embargo el orgullo le mantenía erguido e inmutable frente a la presencia de las amazonas.
Somnoliento, bostezó.
- Y, ¿ustedes son…? -preguntó con voz pastosa.
- Hemera, hija de Iva, y décima hermana de la Orden de la Lanza. -respondió la mujer, orgullosa de las implicaciones de su puesto.- ¿Eres tú parte de los hijos de Athena?
- ¿Por qué preguntas?
- ¿Eres o no? -la mujer frunció el ceño.
- Aún convalece, Hemera. -intervino la anciana curandera para sorpresa de todos.- Dale unos cuantos días más, por favor.
Hemera, de largos cabellos cenizos recogidos en una coleta alta, levantó la mano para indicarle a Tarsila que guardara sus palabras para sí. Después, dirigió una mirada hacia las otras dos jóvenes que le hacían compañía. Estas aprobaron.
- Las reglas del juego han cambiado, santo. -los ojos verdes de Shura, fieros y desafiantes, se centraron en ella, más prestó atención a cada palabra suya.- Se han presentado situaciones que han alertado a mi Hermandad de que su presencia aquí atrae nada más que maldiciones para mi gente. Es por el bien de nuestro pueblo que ustedes deben marcharse.
- Y tú vas a ayudarnos. -soltó, irónico.
- ¿Sabes manejar una espada?
- Sí.
- ¿Tan bien como los otros?
- Mejor. -Shura sonrió, sin desearlo.
- Excelente. Te hará falta. -Hemera, entonces, se dirigió a Tarsila.- Mantenlo a salvo, si es necesario, miente para que Hipólita no se entere de su mejoría. ¿Cuánto tiempo más tardará en recuperarse por completo?
- Unos días más. Su visión todavía se nubla por momentos y pierde el equilibrio de vez en cuando. -respondió la vieja. Shura torció la boca, incómodo ante los comentarios de la curandera.
- Sabes donde encontrarme, Tarsila. Búscame tan pronto su recuperación sea completa. Solo entonces nuestro plan tendrá alguna posibilidad de éxito.
Ni una palabra más fue pronunciada por las amazonas.
Así como llegaron, envueltas en misterio, así mismo se esfumaron. Tarsila tampoco habló mucho después de eso. Retomó la tarea que hacía antes de la interrupción de las más jóvenes. El traste de barro sonó mientras revolvía y aplastaba las hierbas de diferentes esencias hasta obtener una mezcla viscosa.
- ¿Debemos confiar en ellas? -el santo de Capricornio la miró de reojo.
- Quizás sea tu única opción para salir de aquí.
- No estás respondiendo mi pregunta, Tarsila. ¿Puedo confiar en ellas?
- La fidelidad de la Hermandad va más allá que a Hipólita. Su juramento es para con el pueblo, no para con la reina.
- ¿Eso es un sí? -Tarsila asintió.
Le tendió una copa llena de aquel líquido de desagradable sabor y consistencia aún peor, pero el santo no protestó antes de beber hasta la última gota. Shura devolvió el cáliz a la vieja y se tendió en la cama, apenas lo suficientemente grande para él.
Perdió su mirada en el techo mientras pensaba. Solo un milagro les sacaría vivos de ahí y, quizás, aquel milagro venía de la forma menos esperada.
-5-
- Este parece un buen lugar para pasar la noche. -antes de que cualquier de sus dos acompañantes aprobara su decisión, Aioros ya había desmontado.
Sujetó las riendas de su caballo para guiarlo hasta la orilla de un estanque donde la bestia bebió con gusto el agua fresca que su jinete le ofrecía. Cuando el animal hubo saciado su sed, buscó con los hocico los retoños verdes y suaves de los bejucos que crecían alrededor del depósito de agua. Los corceles de los gemelos no tardaron en unírsele en el bien merecido festín mientras sus dueños descargaban las monturas y sus pertenencias.
- ¿Te he dicho lo tirano que eres como líder? -le enfrentó el menor de los gemelos.- Siempre tomas decisiones sin preguntar.
- No soy tu líder, soy tu compañero; y si te place, puedes agarrar tus cosas y largarte a dormir a otro lugar.
La respuesta, por agria que fuera, arrancó una sonrisa a Kanon. Sin más reclamos, se concentró en lo suyo.
El morral que Aioros descargó cayó pesadamente al suelo asustando con el repicar de las armas a los caballos, que bufaron cuando el silencio se vio interrumpido. Los gemelos hicieron lo propio, limpiando y preparando el lugar donde pasarían la noche. Después, se dividieron labores para armar una fogata. Tomó unos cuantos minutos reunir ramas secas y un par de minutos más hacerlas arder.
Por fin, cuando el improvisado campamento estuvo listo y el fuego de la hoguera espantó ligeramente el frío de la noche, los tres se sentaron alrededor del fuego en busca de un poco de calor.
- Tengo hambre. -se quejó Kanon.
- ¿Un poco de carne seca? -Aioros sacó de su morral el trozo de carne seca y salada, pero el gesto en la cara del antiguo general marino reflejó de inmediato su desagrado.
- ¿No hay nada más… fresco?
- Esto y pan. No hay más.
- Anaxos pudo darnos algo un poco más apetitoso.
- O, pudo no darnos nada.
Mientras Aioros y Kanon discutían, Saga se había apropiado de un pedazo del pan. Hizo migajas un pequeño trozo del mismo. Alzó unas pocas al fuego, escuchándolas tronar al consumirse entre las llamas. De pronto, el súbito movimiento de algunos matorrales atrajo momentáneamente su atención. Fijó su mirada en las hojas verdes que se movía hasta que, para su sorpresa, la peluda cabeza marrón de una ardilla asomó de entre la vegetación.
A pesar de las voces del segundo gemelo y el arquero, el animalito no dudó en acercarse hacia el otro peliazul. Husmeó tímidamente los alrededores, moviéndose poco a poco hacia donde él estaba. Al final, al no sentir ningún tipo de amenaza, el bicho terminó por acercarse, trepando descaradamente por la pierna de Saga para alcanzar su mano y mordisquear el pan que sostenía.
- ¡Saga! ¡No te muevas! -aunque no fue su intención obedecer a Kanon, el santo de Géminis se mantuvo quieto.
- Es solo una ardilla. No va a comerse a Saga.
- ¡Calla, arquero! No es solo una ardilla… -habló, bajando la voz y tratando de aproximarse a su hermano con el mayor sigilo posible.- … Es nuestra cena.
Como si comprendiera las palabras del peliazul, la ardilla trepó rápidamente hasta los hombros de Saga, deteniéndose sobre el izquierdo mientras fijaba su mirada en el gemelo.
- La estás asustando. -Saga habló. Su voz sonaba distante e indiferente.
- Bien, quizás muera de un infarto y podamos cenarla.
- Eso ha sonado horrible, Kanon. Escucha a Saga y déjala.
- No. Haría un buen estofado con ella. -se encaprichó.- O la atrapas tú, o lo hago yo, Saga.
- Dije que no. -repitió el gemelo. La ardilla se irguió en dos patas, sin descender del hombro del santo y con aparente reto al menor de los gemelos.- Es solo una ardilla, no es como si fueras a obtener demasiada carne de ella.
- Será suficiente para los tres. Ven aquí, Estofado.
- ¿Estofado?
- Si, es su nombre. ¿Algún problema?
- ¿Vas a comerte algo que tiene nombre? -Aioros arrugó la nariz.
- Quizás así puedan hacer una pequeña tumba para sus huesitos después de la cena. -agregó con burla.
Ninguno de los dos aludidos respondió a las provocaciones, solo le ignoraron. Sin embargo, cuando Kanon prácticamente se abalanzó sobre su gemelo, las cosas subieron de intensidad.
- ¡Kanon! ¡¿Qué demonios estás haciendo?
- Te advertí que, o la atrapabas tú, o lo hacía yo.
Rodaron por el piso mientras la ardilla huía del alboroto. Al verla escapar, Kanon trató de levantarse para seguirla, pero Saga le atrapó de la pierna, haciéndole trastabillar y caer. Con una patada, el menor se liberó. Como pudo, se paró e intentó correr tras el animalillo. Sin embargo, antes de que pudiera atraparlo, sintió un golpe por la espalda y volvió a morder el piso al ser tacleado por su gemelo.
- ¡Suéltame!
- No, hasta que dejes a la ardilla en paz.
- ¡No quiero!
- ¡Te dije que la dejes! -Saga se valió de un empujón para aprisionar a su hermano contra el piso. Sujetándole, inmóvil, dio tiempo para que la ardilla trepara a un árbol y se perdiera en el follaje.
- ¡Se escapó! -bramó Kanon.
Saga suspiró, soltando el agarre sobre el antiguo marina. Bastó un manotazo de Kanon para que Saga cayera sentado al suelo mientras el otro se levantaba.
- ¡Esa era mi cena! -se quejó el segundo gemelo, furioso.
- Era una ardilla y ya deja de quejarte. Agotas.
Saga se puso de pie, sacudió el polvo que se había impregnado en su ropa y, entonces, reparó en su amigo de Sagitario. El castaño se acercaba a ellos con tres espadas de madera en la mano. Eligió una y les tendió las otras dos.
- Ya que tienen tanta energía como para revolcarse mutuamente en el polvo, deberíamos aprovecharla en algo mejor. ¿Qué tal unas clases de esgrima?
- Estás loco. -bufó Kanon.
- Bien. En tal caso, te pondremos de diana cuando decidamos atacar en Temiscira. -Aioros se acercó, ofreciéndole la empuñadura con un ligero golpe en el pecho.- No hay cosmos ahí, Kanon.
- ¿Y vas a enseñarme a manejar una espada? -rió.
- Sí. ¿Por qué? ¿No te consideras capaz de aprender?
Al ver la sonrisa matizada de sátira de Aioros, Kanon se lanzó en su contra. Blandió su espada, una y otra vez, haciendo que la vieja madera crujiera al estrellarse contra la del santo de Sagitario. Aioros retrocedió un par de pasos por la fuerza de los golpes de Kanon, pero tan pronto consiguió plantar los pies, toda ventaja del peliazul desapareció.
- Lección número uno: La ira y la falta de control son completamente inútiles al mezclarse con una espada. -burló un embate, atrapó brazo al de Kanon y le golpeó ligeramente por la espalda haciéndole tropezar.- Estás muerto. -sonrió, triunfante.
- Y, de alguna manera, eso te encantaría. -bufó.
- No, en realidad creo que te extrañaría. Anda, levántate.
El gemelo se levantó con calma. Después caminó hasta donde estaban sus cosas. Rebuscó entre su morral hasta encontrar una cinta de cuero con la cual, con la cual ató su cabello en una coleta alta.
- Ahora sí. Estoy listo. -Kanon empuñó una vez más su espada.
Esta vez, actuó con mucho más prudencia. Se mantuvo en guardia, atento a la situación, sin quitar la mirada de su oponente. Despacio, con la cautela de un cazador, esperó por su momento, por la oportunidad de atacar. Sin embargo, antes de que tuviera oportunidad de tomar la iniciativa, Aioros lo hizo.
Dos golpes, uno por encima del hombro de Kanon y otro a la altura de su torso, bastaron para sacarlo de balance. Fue solamente un fracción de segundo, pero el ritmo roto del gemelo no tardó en tener consecuencias. Lanzó un último ataque, pero el contrapeso de su pierna de apoyo no fue suficiente, precipitándole hacia adelante. No alcanzó a caer, pero sus movimientos perdieron toda gracia y, a la vez, su eficacia. Aioros, entonces, contraatacó. Arremetió contra su la pierna de apoyo, un golpe más contra su brazo y la espada de madera se detuvo justo a centímetros del cuello de Kanon.
- Y, estás muerto… otra vez. -sonrió.
Con un manotazo, Kanon alejó el arma de él. Masculló una maldición. Su mirada de esmeralda se dirigió por inercia a su hermano y, en sus adentros, juró que le rompería la cara si encontraba aunque sea una pizca de burla en sus gestos.
- Lección número dos: Pierdes el equilibrio, pierdes la vida. -Aioros se interpuso entre el intercambio de miradas de los gemelos.- Concéntrate, Kanon. Tu oponente soy yo; no él.
- Sólo sondeaba los alrededores. -escupió.
Volvió a empuñar su espada. La blandió, escuchando el silbido del aire al ser cortado. Lo hizo con soltura, detalle que no pasó desapercibido para el arquero, quien sonrió a modo de aprobación.
- Bien hecho. Lección número tres: El arma es una extensión de tu cuerpo. Úsala con la misma destreza con que utilizas tus brazos o piernas. -dijo.- El truco está en la muñeca. Tu brazo debe aportar la fuerza mientras tu muñeca ofrece la firmeza y, a la vez, maneja la espada con libertad.
- ¿Sabes algo? -Kanon afiló la mirada.- ¡Me estoy cansando de estas lecciones tuyas! -exclamó, lanzándose al ataque.
La lluvia de golpes cayó sobre Aioros, quien resistió sin inmutarse el desordenado ataque. Aunque se mantenía relajado, su rostro denotaba concentración absoluta. Esperó a que Kanon lanzara un par de golpes más y, tras ello, suspiró.
- ¡¿No estás escuchando nada de lo que digo? -gritó.
- La verdad es que no. -Kanon rió.
Pero la sonrisa le duró poco. Bastó un solo movimiento para que Aioros pasara de la defensiva a la ofensiva. En pocos segundos la situación quedó bajo el control del arquero dorado, arrastrando a Kanon a un estado de confusión y rabia que terminó por colapsar todo su plan de ataque. Sus movimientos se volvieron bruscos, carentes de sentido y desenfrenados. Con cada embate frenado por Aioros, la fuerza del gemelo se incrementaba, como si a través del poder pudiera cambiar los hechos. Pero la fuerza le hacía predecible y también limitaba su velocidad. El equilibrio que tanto había cuidado al principio se esfumó y, como en las dos ocasiones anteriores, terminó a merced del santo de Sagitario.
Lo siguiente que sintió fue el golpe de la espada de Aioros en la cabeza y supo que había perdido.
- Eres un bruto, Kanon. El arte de la espada es una complicada mezcla de finura y poder. Si pierdes el balance de cualquiera de las dos estás muerto, idiota. ¿Entendido?
- Cuida tus palabras, arquero. Si me sales con que le haga el amor a la espada, te arrancaré la lengua. -espetó el gemelo.
Aioros permaneció impávido por un momento. Pestañeó un par de veces y miró hacia Saga quien, como si adivinase su pregunta, se encogió de hombros. Por fin, el arquero dorado dejó escapar un resoplido.
- No tengo la menor idea de cómo, en tu mente perversa, podrías cogerte una espada. -Aioros ensanchó una sonrisa burlona y, sin que pudiera evitarlo, el mayor de los gemelos soltó una carcajada.
- Gracioso. Muy gracioso. -se quejó el aludido.
Agotado, lanzó el arma de madera a los pies del castaño y retrocedió, dejándose caer bajo un tronco. Secó con el reverso de su mano las gotas de sudor que resbalaban por su sienes y ató un poco más alto la coleta que llevaba.
- Suficiente entrenamiento por hoy. -dijo.- Ya he tenido demasiadas humillaciones de tu parte como para un año.
- Quejica.
Bramó una maldición que Aioros no entendió y que decidió pasar por alto antes de imitarlo, tomando asiento cerca de la hoguera que habían preparado unos momentos antes. Saga hizo lo propio junto al par. Cayeron en silencio mientras sus mentes volaban más allá, detrás de los límites de Temiscira, en donde sus compañeros esperaban por su llegada.
El fuego chispeó cuando Aioros removió las ramas con ayuda de un madero y, así, los tres despertaron del letargo en que había caído.
- Díganme algo, par de genios, ¿cuál es el plan? -la pregunta de Kanon quedó sin respuesta.- ¿No tienen nada? No me lo creo.
- ¿Tú tienes alguna idea? Es buen momento para aportar algo, señor manipulador de dioses. -Aioros le miró de reojo a la vez que partía una hogaza de pan de avena y tendía un trozo a cada uno. Dio un mordisco del suyo.
- No, pero pensaré en algo. -gruñó.
- Nos estamos quedando sin tiempo. -comentó apenas en un susurro el otro gemelo.
- Lo sabemos.
Kanon deglutió en dos bocados su pan y se levantó sin previo aviso. Rebuscó de nueva cuenta el morral que le correspondía entre el montón de cosas donde Aioros había lanzado cuanta pertenencia llevaban consigo y, tras acomodarlo, se echó encima, usándolo de almohada.
Aioros torció la boca, sintiéndose terriblemente insatisfecho por el resultado de esa conversación. Se metió un trozo de pan a la boca, pero sabía que había perdido el apetito.
- ¿Vas a enseñarme algo? -volteó hacia donde estaba Saga.- ¿O Kanon ha agotado toda tu paciencia?
- Usualmente toma más que eso. -sonrió. Sin embargo él mismo no se creía esa sonrisa.
Con todo, se levantó y fue detrás de él. Tomó la espada que le correspondía mientras con la otra mano frotaba una parte de su antebrazo, donde una marca rojiza delataba un golpe propinado por Kanon.
- Dime que tú si prestaste atención a todo lo que dije antes. -miró de reojo a su nuevo contrincante.
- A la mayor parte, sí.
- Entonces, pongamos a prueba tu capacidad de aprendizaje. -Aioros sonrió.
Sin más preámbulo, atacó. Algo en el gesto de sorpresa que el impacto de sus espadas robó de Saga le resultó gracioso, así que rió sin ningún reparo. Después, cambió la dirección de sus ataques. Esta vez, alzó las cejas, gratamente impresionado por la reacción del de Géminis. Pero la suerte del peliazul no duraría mucho más. El siguiente cambio de dirección y de ritmo le pilló desprevenido, ganándose un golpe en las costillas. Lo que al principio fue una mueca de dolor por parte de Saga se convirtió en una mirada de recriminación, seguida de un segundo aire de determinación que brilló en su mirada. Entonces, el gemelo, que había estado retrocediendo hasta ese momento, frenó sus pasos, afirmándose al piso dispuesto a cambiar la inercia del combate. Sin embargo, no todo salió como esperaba.
Atacó, pero Aioros desvió con su propia espada la ruta que seguía el arma de Saga. El arquero asestó un codazo al abdomen del gemelo, no con la fuerza para herirle, sin embargo le hice perder el balance. Un segundo después, la punta de la espada corta quedó justo sobre el cuello del gemelo.
Desilusionado y enfadado al mismo tiempo, Saga gruñó.
- Ahora veo lo irritante de esto. -masculló entre dientes.
Con su dedo índice, apartó la espada de él. Aioros le tendió la mano y Saga la aceptó, apoyándose en ella para ponerse de pie.
- No estuvo tan mal.
- ¿Tan?
- Hey, es un cumplido. Tómalo o déjalo. -Aioros soltó una risa que al peliazul se le antojó contagiosa.
- No estuvo tan mal porque no lo maltrataste ni la décima parte de lo que hiciste conmigo.
Ambos santos llevaron sus ojos hacia el otro gemelo. Kanon se había sentado otra vez. La luz naranja de la hoguera iluminaba parcialmente su rostro, oculto entre las sombras. Se puso de pie, avanzando hacia ellos, sin que ninguno de los dos pudiera adivinar las intenciones.
- Entraremos a Temiscira como mensajeros del rey, sin embargo no será suficiente para que confíen en nosotros. -habló, posesionándose de la espada de Saga.- A partir de ahí, nos dividiremos y, con ello, las dividiremos a ellas también. -lanzó el primer golpe que Aioros detuvo sin problema. Ninguno de los otros dos pronunció palabra.- Uno buscará a los muchachos, el otro a la sacerdotisa y, el último, será el encargado de conseguir el ceñidor.
Saga retrocedió, sus labios se habían sellado. En cambio, sus mirada verde seguía la batalla de su hermano y amigo con tal concentración que era fácil adivinar que su mente trabajaba a toda marcha en la propuesta de Kanon.
Aioros, absortó en la pelea, giró sobre sus talones para esquivar un golpe y metió el cuerpo para forzar al gemelo a retroceder. Hubo un largo silencio entre los tres.
- Lo haces sonar tan sencillo. -espetó el castaño. Un jadeo abandonó su garganta a causa del esfuerzo.- Y no lo es.
La espada de Kanon rozó su rostro mientras una esquirla de la madera en bruto rayó la mejilla del arquero, dibujando una delgada línea rojiza de la cual manó sangre. El escozor no dejó esperar.
- Nadie dijo que lo fuera. -Kanon dejó de hablar. Se concentró en su siguiente golpe, pero no obtuvo ningún tipo de éxito. A pesar del fracaso, y de que dicho ataque fallido terminó costándole la pelea, el marina ensanchó su sonrisa.- Menos mal que somos tres de los mejores cerebros de la Orden, aunque definitivamente necesitaremos un poco de ayuda que tú puedes conseguirnos, arquero.
-6-
El tiempo parecía haberse detenido en Atenas.
Sentado en el sillón, entre los esponjosos almohadones de tonos multicolores, Shion no podía despegar su mirada de la diosa. Athena lleva varios minutos de pie, en su balcón, apoyada contra la baranda y hundida en un silencio sepulcral que al ariano le resultó doloroso.
Sabía que detrás de esa imagen indiferente y fuerte que la diosa de la sapiencia intentaba demostrar, no había más que un corazón roto y un espíritu convulsionado por una mezcla de rabia y de dolor. Lo sabía por el desencajo de sus facciones, normalmente hermosas y serenas; por la ira impresas en sus pisadas cuando se alejó hasta el balcón, con el corazón galopándole en el pecho y la respiración traicionando la austeridad de sus emociones; por el pálido color que sus manos adquirieron cuando se aferró a la barandilla y perdió los ojos grises en el cielo oscuro. Shion lo sabía.
Lo que no sabía, al menos no con seguridad, eran las intenciones detrás de aquella abatida divinidad. Sin embargo, atrapado en las meditaciones, el papel de Shion se había reducido al de simple espectador; un papel que le estaba matando.
Dejó pasar unos cuantos segundos más antes de levantarse. Entonces, caminó hacia el balcón y se detuvo al lado de Athena, callado y meditativo, compartiendo en silencio los sentimientos que, sabía, abatían a ambos. En algún momento de ese silencio, el peliverde pudo sentir la mirada de su diosa sobre él, pero ella no se atrevió a romper el momento de reflexión.
- Señora. -se oyó la voz del lemuriano, suave y ronca, con un dejo de dolor en ella. Se detuvo al verla retener el aliento, mientras la mirada gris se perdió en la humedad de las lágrimas a las que tanto se esforzaba por evitar. La forma en que ella le esquivó le resultó punzante, pero no la acción en si, sino porque veía a su regia señora en un estado de impotencia absoluta.- Princesa. -le llamó una vez más, en ésta ocasión, buscándole el rostro.
- ¿Sí?
- No es ningún pecado sufrir. -cubrió una de las manos divinas con la suya.
- Los dioses no lloramos, Shion. Los dioses no mostramos debilidad, no nos dejamos llevar por las emociones. -secó rústicamente un par de lágrimas que se escaparon.
- Emociones y debilidad no son lo mismo. Sí, algunas veces pueden abatir el corazón, pero otras, son una infusión de fuerza y coraje.
Athena lo miró, sin molestarse en responder, sin saber en que manera podría hacerlo. Permanecieron así, ocultos tras las palabras y, al mismo tiempo, con los sentimientos al descubierto, reflejados en sus respectivos semblantes. Justo cuando la diosa parecía animarse a hablar, la puerta del salón de abrió, revelando la presencia de Herse, acompañada de otra doncella.
Las dos jóvenes mujeres ofrecieron una reverencia a su señora y, después, Herse tomó la bandeja que sostenía su compañera para entrar al encuentro de la diosa y el patriarca.
- Aretha salió hace unas horas en busca de los tres, tal como ordenaste. -se dirigió al lemuriano. Sirvió un poco de infusión de hierbas y tendió una taza a cada uno.
- Te agradezco. -Shion bebió un sorbo bajo la atenta mirada de la joven sacerdotisa. La curiosidad en sus ojos no pasó desapercibida.- No hay nada de que preocuparse, Herse. Quizás solo del tiempo.
- ¿No le preocupan sus reacciones?
Athena sopló el humo que salía de su vaso y, sin perderse un segundo de la conversación, centró su vista en Shion. El antiguo lemuriano dejó pasar un instante antes de contestar.
- Hablaba al respecto con Athena. -comenzó.- Definitivamente me consternan los sentimientos que tendrán que enfrentar ante la terrible noticia. Sin duda será devastador para ellos enterarse de esta manera de la noticia, sobre todo por lo reciente que es la situación con Aioria y Máscara de Muerte. Sin embargo… -hizo una pausa.- …confío en que hallaran el coraje para seguir adelante y terminarán con este desafío de una vez por todas.
- Aún así, temo por lo que pueda suceder con ellos.
- Es tarde para temer, Herse.
La doncella agachó la mirada, centrándola en las piezas de cerámica, como si jamás antes hubiese mirada la vajilla tan exquisitamente decorada.
- Shion está en lo cierto. -Athena dejó su infusión de hierbas. Apenas había bebido un sorbo.- Trae las urnas, Herse.
- ¡¿Las urnas? Señora…
- No, Herse. Es suficiente. -detuvo su presuroso andar para enfrentar a su joven sacerdotisa.- Debí hacer esto hace mucho, pero los dioses son dioses y merecen ser respetados. No más. -agregó con un tono que sonaba a reproche, incluso a arrepentimiento.- Shion, prepara todo.
El lemuriano no respondió. Sabía de lo que hablaba su diosa.
- ¿Cuándo, señora? -al fin, preguntó.
- Mañana. Aquí. Si quiero ayudarles, tengo que detener a Ares.
Herse sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Dos dioses, señores de la guerra, enfrentados uno contra el otro. La violencia en su máximo esplendor contra una sabiduría herida por la pérdida.
Uno caería y el otro habría de prevalecer.
-7-
La brisa nocturna sopló, levantando una pequeña nube de polvo y hojarasca que, al hacer contacto con las llamas de la fogata, las hicieron chispear. El sonido despertó a Aioros de sus divagaciones. De inmediato llevo su mirada hacia los gemelos, encontrándoles dormidos sobre sus bolsas de equipaje. Sonrió al pensar en lo inofensivos que se veían al dormir.
Sin embargo, la sonrisa se esfumó rápidamente, dejándole con aquella horrible ansiedad que venía persiguiéndole desde unos momentos atrás. Pasó la mano sobre su pecho, como si tratara de aliviar un dolor inexistente, pero que se resistía a alejarse. Cansado de esa impotencia, se levantó a caminar.
Un descuido fue suficiente para despertar a los gemelos. Maldijo por lo bajo al pisar un rama seca, que se quebró bajo el peso de sus pies.
- ¿Te vas de paseo y nos abandonas? -la voz somnolienta de Kanon se vio interrumpida por un bostezo.
- ¿Me extrañarías? -Aioros sonrió a duras penas.
- No.
Con la espontaneidad con que se había despertado, Kanon volvió a acostarse. Concilió el sueño en un santiamén, robándose con ello una sonrisa del arquero quien, para sus adentros agradecía esos pequeños arranques del gemelo que a veces, con todo lo odiosos que podían ser, resultaban refrescantes.
- ¿Aioros?
- No me alejaré. Sólo necesito caminar un poco. -asintió ligeramente.
- ¿Quieres compañía? -Saga preguntó, aunque la verdad era que no tenía la menor idea de cómo tranquilizar las inquietudes de su amigo.
- Gracias, pero no tienes que hacerlo.
Saga alzó una ceja al verlo alejarse y perderse en las semipenumbras de un bosque apenas iluminado por la luna. Sin embargo, nadie mejor que Saga para saber lo que un momento a solas podía ayudar, sobre todo, pensó, si el mejor amigo era un idiota como el mismo capaz de ligar dos palabras coherentes de apoyo.
A pesar de todo, se forzó a si mismo a hacer algo al respecto, así que se frotó los ojos para desperezarse y levantose para seguir a su amigo.
No había avanzado más que un par de metros antes de que divisara entre la negrura de los bosques una silueta de cabellos rojizos que le era conocida y que, al igual que él, iba tras los pasos del arquero. De alguna manera se sintió tranquilo de verla, porque estaba seguro de que la ninfa sería de mucho más ayuda que él.
Un tanto menos preocupado, regresó sobre sus pasos.
Mientras, sin detener su andar, Aioros se habría paso entre las ramas de las árboles. Algunas más bajas que el resto se las ingeniaban para enredarse en sus cabellos castaños y, otras, arañaban la piel de su rostro y manos. Sus botas resbalaron un par de veces en el musgo húmedo de los árboles casi llevándolo al piso, salvo por un madero del cual se sujetó a tiempo. Maldijo por lo bajo su estupidez mientras retomaba el camino.
- ¿Harás que corra detrás de ti?
Aioros se detuvo y miró atrás.
- Siempre puedes convertirte en aire y alcanzarme.
- Entonces me atropellarías. -sonrió.
- Probablemente. -agregó el santo con una sonrisa insípida mientras se frotaba sus ojos cansados.
- Un poco de sueño no te caería mal. Necesitas descansar.
- Quisiera hacerlo, Aretha. De verdad que quisiera poder cerrar los ojos y olvidarme por un instante de todo.
- ¿Pero?
- Simplemente no puedo. -se encogió de hombros.
Aretha bajó el rostro, a sabiendas de que las noticias que traía consigo solamente empeorarían la situación. Sin embargo, trató de reponerse a la impresión con el afán de dar por terminado el penoso motivo que la había llevado hasta la mitad de los bosques limitantes con el territorio amazónico.
Dejó escapar un suspiró que puso al descubierto sus preocupaciones delante del arquero, así que se resignó a llevar a cabo su misión, sin más retrasos.
- Hay algo que debes saber. -se detuvo para buscar en el rostro confundido de Aioros alguna señal de lo que pasase por su mente, pero solo encontró aquel gesto de desconcierto que siempre le arrancaba una sonrisa. La diferencia era que, en aquella ocasión, la sonrisa estaba matizada con tristeza.- Es sobre los otros. -agregó.
Estaba oscuro, porque de haber sido de otro forma, Aretha hubiese notado como los colores abandonaron el rostro de Aioros, tornándose fantasmagórico. Retrocedió un par de pasos y se aclaró la garganta, en un desesperado intento de ganar un poco de tiempo antes de que la voz se le quebrase.
- ¿Qué hay con ellos? -la voz del santo tembló.
- Me temo que no hay buenas noticias.
Aretha tuvo que detenerse al ver la reacción que las escasas palabras habían desatado en el castaño. Se acercó a él y pasó su mano sobre la mejilla bronceada de Aioros. Con suavidad, le hizo levantar la mirada, guiándola hacia ella.
- Estoy bien. -Aioros posó la mano, sobre la de la ninfa. La retiró, no sin antes depositar un beso en la punta de aquellos dedos delgados y fríos.- ¿Qué sucede, Aretha? No lo prologues más, por favor.
- Afrodita murió.
Aioros no se movió. Arrugó el entrecejo mientras luchaba porque su respiración no se exaltase, pero no lo consiguió. La piel se le erizó y sintió un agujero en el estómago.
- ¿Cuan… -suspiró para disimular su voz que se quebraba.- ¿Cuándo?
- Hoy. Hace unas horas. -hubo un pesado silencio.- Aioros no tienes que…
- Estoy bien. -mintió. Tosió, aclarándose la garganta.
- No, no lo estás. -la ninfa volvió a tomar el rostro del santo entre sus manos. Se puso de puntillas para alcanzarlo y enjuagó con un beso a una lágrima rebelde que corría por la mejilla.- Detesto verte así.
Aioros cerró los ojos, refugiándose en la caricia.
Hubo otro beso y uno más, primero solo de parte de ella, pero pronto, el santo se encontró a si mismo buscando el contacto. En algún punto, abandonados al momento, sus labios se rozaron, en un toque ínfimo. Entonces, el castaño despertó.
- No debí… -el santo intentó disculparse, sin embargo Aretha se lo impidió.
- Calla. -sus mejillas se había sonrosado.
- Disculpa es que…
- Aioros, basta. No te disculpes. -le acarició el rostro.- Hay algo más que debes saber.
- ¿Más?
- Sí. Aunque esta noticia no es tan desaventurada como la anterior.
- Te escucho.
- Shion, su maestro, está aquí.
Aioros palideció.
-Continuará.-
Pf… apenas a tiempo, jeje. Quería dejarlo listo porque… ¡me voy a la playa el finde! ¡Muajaja (Vil intento de presumir :P). Ya sabes, mis lindos lectores que, como siempre, agradezco desde el fondo de mi corazón sus lecturas y comentarios.
Amary22, June Star, RIAADVD, Kisame Hoshigaki, ELI251, marinlucero chiba, Dafne, Dama de las Estrellas, Dai Acuario, Doje-chan, ddmanzanita, kirstty, LadyDeath, DiCrO, kumikoson, Neferet Ichigo, art1sta, IceQueen102, xanxel, Chris, Alfa, Kilder, Mine, shaoran-sagitario, Sakurita 94 y sol angel dpl.
June Star: Lamento la tristeza, bella, pero en algún punto considere necesario hacer esto al pobre Afro. Una decisión un tanto radical, lo sé. Gracias por seguir queriéndome T_T ¡Un besote!
ELI251: Me siento mal por Afro, mucho. Sin embargo, como mencionas, creo que ha muerto con honor y en pelea, como debió ser desde le principio. Si me gustara el tequila, te diría que me convidaras, pero la verdad es que hace que me ahogue u_U , así que mejor lo dejamos para otra ocasión. ¡Saluditos!
Dafne: Soy una despiadada escritora, sí u_U Lo soy porque Afrodita está bien muerto el pobre (¡bua!) aunque quizás regrese en algún recuerdo o algo. Te doy muchas gracias por las bonitas palabras sobre el fic y es honor que sea de tus favoritos, aunque tarde tanto en actualizar jeje. Como bien dices, quisiera hacerlo más seguido, pero me es imposible. Ejem… la seguridad de Saga… no prometo nada xD. ¡Un abrazo!
Dai Acuario: Sip, de acuerdo en todo lo que dices. Hay que vengar a Afro y en su momento habrá la oportunidad; la venganza es un plato que se come frío. En cuanto a los demás, hoy si hubo un poco más al respecto, mientras los diferentes planes comienzan a tomar forma. Saludos y ojalá te guste el capi.
LadyDeath: ¡Miles de gracias, preciosa! Aquí hay más ;)
DiCrO: Sniff… lo lamento, DiCro. He sido mala con Afro, con el cangrejo y con un montón de gente también. Al menos me queda la satisfacción que la muerte de Afrodita les pareció a la altura de los sucesos, porque creo esa era mi intención desde el principio. Realmente dudo mucho que Afro regrese, al menos no de la manera en que lo hicieron gato y cangrejo, a lo más, serán en memorias o en palabras de sus propios compañeros. Lo de Nicia, que te simpatizara, ha sido un logro personal del que me siento orgullosa :P Quería algo así para ella, pero no estaba muy segura de lograr cambiar la percepción que tenían de la amazona. Y pues, linda, la venganza se aproxima. ¡Ah! El secretito de los enanos de Masky se reveló al fin, jeje. Mal por tu pobre cangrejo u_U ¡Un beso y abrazo enormes!
Kumikoson: ¡Aw! ¡Lo siento! Creo que maté al santo que te rige T_T Al final, no hubo buenas noticias para Afro y para ti. No me odies T_T ¡Besotes!
Art1sta: Muchas gracias por seguir aquí, leyendo y dejándome saber tus comentarios. La verad es que fue un capítulo un tanto agrio el anterior y este un poco más dado a la estrategia. Efectivamente, la ayuda va en camino para el resto de los santos, aunque se han conseguido un poco de apoyo dentro de la tierra amazónica. Y los niños de Masky… me siento culpable T_T Pues, aquí un capítulo más de este drama de nuestros muchachos. Espero que te gustase. ¡Besitos!
Chris: No me voy a cansar de pedir disculpas. ¡Perdón! Ya volví a hacer de las mías y le tocó al pobre Afro esta vez. Solo me alegra el saber que la pelea les ha parecido digna y apropiada para un santo de ese rango, en las condiciones en que estaba obligado a pelear. Pasando a los aprendices, creo que ahora el panorama se ve un poco más complicado para el cangrejo dorado, aunque coincido contigo en que Nix sería un buen complemento para él y, sin duda, sorprendería al resto. Me queda despedirme y agradecerte por al lectura. ¡Besotes!
Kilder: Nop, Afro no estaba desmayado, el lado malévolo de Sunrise lo mató, sniff. Hasta donde puedo decirte, Hipólita ha demostrado ser hija de Ares en todos los sentidos; es egoísta y únicamente buscar poder a como dé lugar. Se merece lo que le sucede y le sucederá :P El momento de Phineas se viene, solo es cuestión de que mi mentecilla termine de componer el desastre que ha causado. Muchos abrazos.
Sólo me queda esperar que hayan disfrutado este capítulo y nos veremos en el siguiente. ¡Ah! Jael, Mine, cumplí. Ojalá haya quedado bien ;)
Un beso para todos.
Sunrise Spirit
